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Aventuras de un navío oscuro

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Mensaje por Kiluyu el Jue Mar 07, 2013 5:57 am


El capitán, a decir verdad, era un hombre intrigante. Fiero, tenaz y despiadado, imponente y carismático, más era evidente que poseía cierto código de honor y un aprecio excesivamente grande por su barco y, en menor medida, por su tripulación. Sin embargo, había logrado percibir un lado de él que con esmero ocultaba bajo un rostro adusto y un filoso garfio, un corazón, capaz de sentir compasión, tristeza, empatía. Humanidad. Años debía de llevar escondiendo esa faceta, ahogándola con alcohol y una férrea voluntad. De todas formas no era algo que me importara, las penas cada quién debe sobrellevarlas a su manera.

Hizo caso de mis preguntas, respondiéndome tranquilamente y con naturalidad, agradeciendo que se lo dijera en persona e indicándome dónde se encontraba aquel viejo conocido, incluyendo una advertencia en su respuesta al respecto de nuestras transformaciones, algo que me esperaba. No obstante, ¿Gray como pinche de cocina? ¿Estaba seguro de que era buena idea? Tenía fe de que el cocinero fuera alguien lo suficientemente temible como para mantenerse en su lugar frente a ese cabeza hueca. No mostró demasiado interés frente a mi propuesta acerca de las joyas, aunque el brillo de sus ojos develaba que no había sido del todo sincero. Tras ello, se excusó retirándose a su camarote. Miré como se alejaba a su recinto privado, allí donde hace pocas horas me había ocultado para poder colarme en el navío. “Bien, supongo que soy una persona afortunada.” pensé “Me salvé de un abordaje pirata, me escapé de ellos robándoles un barco, sobreviví a una inusual tormenta y a los escollos de la isla, llegué ileso a una ciudad de canallas y salí de allí con tan solo un sillazo en la cabeza, logré colarme en un barco corsario con un temible capitán y conseguí, además, sobornarle para dejar que me quedase. Si eso no es suerte, que me parta un rayo.” Sonreí ligeramente. Hechos extraños, eventos inexplicables y peligrosos, que amenazan mi vida y la de quienes me rodean, pero a las que, sin embargo, termino sobreviviendo, con algunos golpes y heridas, pero vivo. El azar ciertamente es impredecible y caprichoso, igual que el océano, donde en un momento todo es calma y tranquilidad, para transformarse en una terrible tempestad capaz de arrastrar la arboladura de un navío con sus monstruosas olas.

Observando a mí alrededor, estudiando a los marineros inmersos en su ajetreada labor, no me percaté que el contramaestre estaba haciendo lo propio conmigo, con una vena palpitándole en la sien, y su grito restalló como el trueno ante mi holgazanería.

- ¡Tú, rata de agua dulce! ¡Ponte a trabajar! – Evidentemente poseía un serio problema de control de la ira, sin contar con una voz que te obligaba a obedecerle sin importar el cómo. - ¡Ayuda a mantener fijos los cabos del palo mayor! – Añadió señalando el mástil más alto, donde ya algunos estaban forcejeando con las sogas de la vela.

Sin mediar palabra, acaté su orden presto, y corrí al lugar indicado, tomando una de las cuerdas que colgaban libres de la verga e imité al resto. La aferré con firmeza, moviéndome hasta los aparejos en la barandilla de cubierta con la torpeza característica de un recién iniciado que intenta ser útil. Más no esperaba verme ante semejante problema. Miré como los demás hacían unos intrincados nudos con sorprendente velocidad e increíble habilidad. Aunque de apariencia frágil, los mismos, una vez asegurados, no se movían ni un solo milímetro de su posición. Volví la vista a mi propio trabajo. El único nudo que conocía era el doble, y no creía que fuera tan útil como el firme nudo marinero. Estaba confundido, ¿Qué hacer en una situación así?

El rescate llegó de improviso. Uno de aquellos hijos del mar, evidentemente molesto por mi lentitud e ignorancia, se acercó a mí y me arrebató la soga de las manos de un tirón. Tan solo dijo “Mira” y procedió a armar tan intrincado nudo con una pasmosa habilidad. Lo hizo lentamente, de forma que yo pudiera verlo y memorizarlo. Presté especial atención al procedimiento, cada vuelta y movimiento de la cuerda.

Caminé hasta otro de los cabos sueltos, y realicé el mismo procedimiento con este, llevándolo hasta otra de las amarras en las barandillas de cubierta. Con manos ágiles, imité al marinero en la creación del nudo. Paso la cuerda por el amarre, realizo una gaza en la parte anterior, paso el extremo del cabo por la vuelta, lo doy vuelta por el extremo cruzándolo con el cuerpo y volviéndolo a introducir en el anillo, y, con un fuerte tirón, lo ajusto. Aunque no era tan bueno como el resto, era sorprendente la practicidad del mismo. Sentía un fuerte aprecio por los trabajos manuales, y semejante labor despertó en mí cierto interés. Era necesaria destreza y velocidad, técnica y mecánica. Sonriente ante este descubrimiento, me dispuse a acatar las indicaciones del contramaestre, que ladraba órdenes a diestra y siniestra, entremezclando insultos e improperios.

Durante toda la jornada, aprendí duramente el oficio del marinero, sin limitarme únicamente a atar cabos y sogas, sino también moviendo aparejos y acarreando barriles, empujando las vergas para desenredar las velas… en fin, todo aquello propio de un hombre de alta mar. Estaba animado, era un ejercicio que requería mucho el uso de los brazos y velocidad con los dedos, y transpiraba como hacía mucho tiempo no lo había hecho. Además, aunque el rumor de mi naturaleza lupina había circulado ya entre la tripulación, no parecían darle importancia a ello, más aún, se veían complacidos por mi esfuerzo y esmero. Eventualmente, logré entablar conversación amistosa con varios de ellos, cruzando chistes y bromas en los breves momentos de descanso, incluso haciendo pequeñas competencias con aquellos que parecían más nuevos para ver quien ataba más cabos o quién llegaba primero a la punta del palo mayor.

Un pequeño accidente ocurrió mientras descansábamos. Uno de los tripulantes más jóvenes se encargaba de aferrar la vela del bauprés en proa para que no se soltase gracias al maltrecho estado en el que se encontraba tras la tormenta. No obstante, hubo un pequeño error en la distribución de su peso, lo que provocó que el botalón, una extensión del mismo mástil que ya se encontraba en pésimo estado, se quebrara del todo, y que los cabos que daban cierta firmeza a la arboladura del trinquete cedieran y restallaran en el aire como látigos de increíble velocidad y fuerza. El pobre hombre tuvo la poca suerte se sobrevivir a ello, al aferrarse a uno de los bordes estriados del casco, más no se libró del castigo brindado por el contramaestre, consistente en una pequeña paliza que le dejó la carne surcada de manchas violetas. Afortunadamente, estábamos cerca de nuestro destino, la isla de Palagos, donde se efectuarían las reparaciones necesarias a la nave.

Cuando el sol atenuó su brillo en el mar, mientras se ocultaba detrás de la inmensa extensión del horizonte, mi sensible olfato logró percibir el aroma de una exquisita cena entre el olor a sal y humedad. La noche se acercaba, y también el momento de degustar aquello que el cocinero, que se decía era una morsa parlante, nos había preparado. Antes había logrado vislumbrar entre el ajetreo a Gray con una caña de pescar en el borde del barco, con muy buena suerte por cierto. Mentiría si dijera que no estaba intrigado en saber que elaboraron esos dos seres tan estrafalarios en este ambiente tan… humano.

No hubo aviso ni llamado, ni bien el firmamento llegó al punto donde el astro rey ya se encontraba más allá pero las estrellas aún no se podían divisar bajo la penumbra otorgada por las tres lunas, cada marinero en cubierta aseguró su labor y se dirigió a las escotillas. Yo hice lo propio, siguiendo sus pasos a través del interior del barco, alumbrado tan solo con algunas lámparas de aceite colgadas en el techo. Las pisadas retumbaban con fuerza en los resecos tablones del viejo navío, coreados por conversaciones y risas de aquellos que anhelaban llevarse algo a la boca. Un fuerte olor a pescado y verduras impregnaba el aire conforme nos acercábamos a la sección del barco destinada a servir de comedor. Se habían improvisado mesas con largos tablones, y ya varios tripulantes se hallaban cómodamente sentados allí, cada uno más interesante que el otro. Imité a aquellos con quienes ya había trabado cierta amistad, tomando asiento en una de las puntas, y recorriendo con la mirada los rostros de los presentes.

Por un lado, se encontraba nuestro cocinero de a bordo, esa enorme morsa de increíble musculatura, se hallaba repartiendo las raciones entre los comensales acompañado por ese viejo conocido que, por pura suerte, se había salvado de ser comida de tiburón. Aunque tenía cierto hedor, debía decir que me causaba cierta risa el desgarbado aspecto que presentaba ese ser humanoide, de apariencia tosca, cosa que no concordaba del todo con sus amenazadores colmillos y colosal masa corporal. Uno de los piratas había dicho algo de que pertenecía a una tribu de su misma especie, Bereskarn se llamaban, y que eran cazadores de ballenas de los fríos mares del norte. Curioso, sin duda.

Seguí estudiando los rostros quemados por el sol, por si algo útil podría sacar de aquello. A varios los había visto trabajando conmigo, ya sea en cubierta con los aparejos como en la bodega de proa, más no había cruzado palabra o gesto alguno con ellos. Otros, los más, tenían la ferocidad marcada en los ojos, piratas de pura sangre, que podían bien haber sido impulsados por la codicia como por las ansias de matar, si no era por ambas. Pero una de las caras allí me resultaba familiar. Lo recordaba entre la suave luz de las antorchas y las linternas de la cabaña de la dama elfa. ¡Tristán el arquero! Su cabello de tonalidades variadas era inconfundible, no importaba si se encontraba entre tanta gentuza. Yo me había preguntado que había sido de su vida, y esto respondía las dudas con creces.” ¡El mundo es un pañuelo!” Cruzó la frase por mi mente. Y vaya que lo era.

Por lo demás, poco pude notar, más allá de una señorita que, según corría el rumor entre los marineros, era una peligrosa hechicera. También la había distinguido en cubierta, mirando el océano con ojos perdidos. Y, ya fuera por miedo o por superstición, parecía que nadie osaba acercársele, lo que podría explicar el hecho de que todos se sentasen en los extremos. Poseía una exótica belleza, enmarcada en un aura de misterio y seriedad. Parecía como si quisiera mantener la distancia entre la tripulación y ella, aunque parecía tener cierto lazo con uno de ellos en especial. Tan solo escuchaba las conversaciones a su alrededor.

Un cuenco con lo que parecía ser sopa de pescado llegó a mis manos, y, hambriento como estaba gracias al duro trabajo físico, lo devoré sin miramientos, apartando tan solo las agudas espinas, las cuáles podían llegar a clavarse en mi garganta o en mi estómago. Ya bastante tenía con saber que había muerto una vez para hacerlo nuevamente. En líneas generales era una comida deliciosa, al menos para alguien cuyo estómago rugía hacía tan solo unos minutos, y se disfrutaba más gracias a la oportuna conversación que surgió en la mesa. Los comentarios fluían al igual que el alcohol, soltando las lenguas de los lobos de mar, contando historias de seres del océano, de batallas y de amores perdidos. Yo oía embelesado como los más veteranos relataban con labia y premura esas fábulas, añadiendo vocablos propios de la juerga marina, pero con tal pasión que llegaban al corazón del espectador. Era un espectáculo digno de ver y de oír.

Repentinamente, uno de ellos llamó mi atención, con una voz de hojas secas arrastradas por el viento, en tonos que delataban cuanto de aquel vil líquido corría ahora por su sangre.

- Tú, niñato de agua dulce, he oído como tocas esa flauta. – Aunque arrastraba ligeramente las palabras, era fácil entenderle, y la mesa hizo silencio. – Haz esa melodía que hiciste hoy, muéstranos que sabes hacer. – Su pedido fue secundado por varios de ellos, a quienes se les veía algo achispados, pero que distaban mucho de estar borrachos.

Haciendo caso a su petición con amabilidad, saqué de su funda mi pequeña flauta. Aunque no era muy grande, podía ejercer una gran cantidad de sonidos con ella, haciendo surgir hermosas melodías, como si las mismas fueran una extensión de mi propio cuerpo. Y eso hice. Aunque cada vez que tomo ese instrumento en mis manos la melodía es distinta, intenté lo más que pude de que la misma siguiera el mismo ritmo y aspecto, uno animado y profundo, que recordaba al mar y su libertad. Los comensales callaron todos, absorbidos por la música, algunos de ellos con los ojos cerrados y tarareando cada nota.

El viejo rompió nuevamente el silencio, más no era para interrumpir. Con su seca voz de cuervo, comenzó a cantar, haciendo compañía a mi solitaria flauta con unos versos marinos.

"Sabio de un día verás
Que los ojos de marfil
Alguna vez vi venir
A través del bello mar
Los cabellos al viento
Y la mirada de niña
Era ella la elegida
Mi amante casual.

Con los brazos abiertos
En su seno me escondía
De su cuerpo calor desprendía
En las noches que compartía
Lejos de alta mar
Y logro pensar que
En poco tiempo lograba
Siempre su amor dar.

No era mujer de único lecho
Más bien todos tenían derecho
De exigir sus besos
O su respiración de hecho
En una fogosa noche
Pero su corazón esperanzado
Seguía en el firmamento
Buscándome en el mar.

Enamorada de la vida
Ella un futuro tranquilo anhelaba
Aún si el infierno pasara
Esperanza albergaba
De alguna vez sentar cabeza
Y que del horizonte arribase
Al hogar su querido
Marinero de alta mar.

La separación era difícil
De mi camisa no se separaba
Sus lágrimas rodaban
Denotando su tristeza
Más nada podía hacer por ella
Otra amante me esperaba
Una caprichosa y exacerbada
Que se llamaba “Mar”."


Las estrofas terminaron acompañando a mi última y larga nota final, con armonía y naturalidad, como si fuésemos uno el eco del otro. Los aplausos llegaron tras un breve momento de silencio, en el que sentí la mirada de todos aquellos navegantes, hijos de la inmensidad del océano, cuyas vidas pasarían entre la sal del mar y los rayos del sol. No obstante, nadie dijo nada. Al parecer, a varios de ellos había tocado una fibra interna, seguramente potenciado por los efectos del alcohol, pero pronto la conversación volvió a su cauce original. No volví a ver al viejo, ya no se encontraba allí. Seguramente se había retirado a los camarotes a descansar.

Me levanté silenciosamente del asiento, mientras otros tripulantes también se retiraban a sus respectivos sitios. Enfilé rumbo a la escotilla de proa, procurando pasar lo más desapercibido posible. Quería estar un tiempo a solas conmigo mismo. Subí las escaleras, abriendo la compuerta con un metálico ruido proveniente de las oxidadas bisagras, y pronto me vi iluminado tan solo por las brillantes esferas que navegaban por su lado en celestiales océanos salpicados de estrellas. Mi ánimo mutó de cuando me hallaba en el improvisado comedor, cambió a la tranquilidad y parsimonia habituales en mí cuando buscaba la empatía con el medio natural a mí alrededor. Me recosté contra el trinquete, de cara a proa, mientras observaba las olas romperse ante el filo del casco del navío. No se oía nada más que los embates del agua contra los costados de la embarcación, el ruido del viento impulsando la arboladura y el ocasional grito de alguno de los beodos que aún quedaban despiertos.

La relajación hizo mella en mis agotadas energías, arrastrándome consigo a un sueño que me pareció conocido. Uno en el que apenas podía ver nada, donde sentía ahogarme, las piedras caían de una cueva y una puerta apenas resistía los embates de una criatura. Y la sangre, las enormes cantidades de sangre, que bañaban mis manos y mis piernas, mi pecho, mi abdomen y todo mi cuerpo. Y clamé por ayuda, exigiendo una respuesta, mirando a mí alrededor al vacío mismo.

Desperté con el grito del vigía. Frente a nosotros podía vislumbrarse entre los primeros albores de la mañana una isla de considerables proporciones. Los últimos vestigios del sueño me habían abandonado con el fresco de la brisa mañanera, y desperté del todo al verme bañado por una ola repentina. “Linda forma de comenzar la mañana” Pensé. Me levanté del que había sido mi lugar de descanso, y revisé mis pertenencias, por si no me faltaba ningún elemento. Tras finalizar con ello, miré a mí alrededor, viendo si el resto de la tripulación había madrugado como yo. Si no era así, muy seguramente el grito del vigía había obrado con ello. De todas formas, pocas personas se encontraban en cubierta en ese momento, además del hombre en la punta del mástil. Y, entre ellos, se encontraba el capitán, su segundo al mando, y un hombre regio e imponente que no reconocí. El pirata del garfio le dijo algo al timonel, para luego dirigirse al Sr. Otul. Éste se movilizo rápidamente ante lo que parecía haber sido una orden de su superior, y caminó a través de cubierta hacia una de las escotillas. Sin embargo, su mirada se cruzó con la mía, y me hizo un gesto de que me acercase y esperara allí, mientras se internaba en las profundidades del barco.

Momentos después volvió a subir, acompañado por la hechicera, Tristán, Gray y la enorme morsa, además de la dama que en su momento habían rescatado del océano. Me indicó que le siguiera, y nos guió a todos ante el hombre de elegantes ropas, quien nos esperaba junto al otro imponente individuo. La exótica dama, que había sido objeto de algunos comentarios en la cena de anoche, tan solo se presentó con un cortés saludo, inclinándose ante él. Una acción que consideré innecesaria y que mucho menos imité. Tan solo procedí a mirarle fijamente, buscando alguna señal que me indicase que era lo que cruzaba ahora mismo por su mente.


La belleza del mundo se encuentra en el equilibrio.
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Mensaje por Kalu'ak Colmillar el Jue Mar 07, 2013 6:47 am

Me quede cortando las verduras con una mala cara después de que el joven que había estorbado mi cocina se fue a pescar. Al menos esperaba que eso pudiera hacerlo bien. Ya había cortado lo necesario de zanahoria y de cebolla y tenia las hortalizas para cuando el joven llego de nuevo con la cesta llena de pescado. “De acuerdo, ahora, agarra cualquier cuchillo y ya sabes el resto, necesitamos 100g de puerros. Cuando termines por favor busca pimienta en grano, laurel, perejil y eneldo en rama. También necesito media ramita de apio verde”

Entonces me puse a extraer las espinas del pescado. Fue un proceso bastante largo pero finalmente lo conseguí. Para entonces todos los condimentos y lo demás. Vertimos todo en la olla con agua fría y lo dejamos calentar durante media hora con el fuego a todo lo que daba sin quemar el barco, siempre extrayendo la espuma que se formaba. Al final, lo deje enfriar, extraje las espumas de pescado y las hortalizas, luego vertí un par de claras de huevo en el Fumet y se ponía a cocer de nuevo. A medida que se calentaba, la clara iba solidificándose y subiendo a la superficie arrastrando con ella todas las partículas que allí estuviesen.

Por ultimo separe el Fumet en los recipientes necesarios para toda la tripulación. La cena ya estaba lista. Ahora solo faltaba esperar un par de minutos hasta que fuera la hora de la cena. El tiempo se paso rápido. Pronto ya toda la mesa estaba ocupada con piratas que bebían y reían como idiotas. Luego de que cada alma hambrienta tuvo su Fumet y una botella de ron a su alcance, pude sentarme a comer. Tuve que sentarme lentamente para evitar romper algo. Necesite dos asientos normales para sentarme y ocupaba tres o cuatro lugares, tal vez mas.

Entre los borrachos y habladores pude distinguir a algunas personas es particular, además del capitán y sus hombres mas conocidos. Uno de ellos era el joven que había arruinado el primer intento de Fumet que había hecho. Otro era un hombre, de pelo corto, con flequillo rubio platino y lo que parecía ser una tonalidad caoba en la parte de atrás. No tenia ni idea por que a algunos les da por pintarse la cabeza, en mi opinión es algo ridículo.

Otro era, también un hombre, tal vez mas joven, de largo cabello y ojos de color igual. Vestía una especie de capa negra. También parecía tener varias cicatrices en la piel. Posiblemente un guerrero por profesión, aunque daba pinta de asesino o ladrón, por algo debía haberse unido a una tripulación de asesinos borrachos. También había una mujer, vestida como pirata, de piel clara, notablemente delgada con pelo castaño y algunas joyas. Posiblemente robadas.

Al último, estaba una mujer de piel blanca como la leche. Era de pelo negro y largo. Notaba como evitaba el pescado e iba directo a las verduras. Posiblemente estuviera a dieta o algo así, aunque me costaba mucho trabajo creerlo, pues estaba delgada al punto de lo raquítico. Posiblemente fuera anoréxica o tuviera algún otro desorden alimenticio. Posiblemente cuando estuviera a solas se metería el dedo en la garganta para vomitar lo ingerido.

Cuando la cena y mas importante, el ron, se acabaron, todos se fueron levantando. Yo me quede hasta más tarde para recoger los platos y las botellas. Una vez acabado mi trabajo, sentí la necesidad de salir a cubierta. Me quede contemplando en increíble espectáculo que ofrecía el mar. Era una vista hermosa. Indomable, feroz, tenaz. El mar era como una enorme Bereskarn, por la cual cientos de machos se hubieran matado entre s por tenerla, incluyéndome, como era nuestra tradición. Luego de pase varias horas, decidí irme a mi habitación. No es que estuviera muy ansioso por llegar, puesto que en realidad no era una muy linda habitación, de hecho ni siquiera contaba con una cama que yo pudiera ocupar, era cama para humanos y a mi me quedaba por casi la mitad, quizás menos. Por eso es que dormía en el piso con la almohada apoyada en el suelo. Aunque no me quejaba mucho, había dormido en peores lugares,

De pronto, alguien interrumpió mi tranquilidad. Era el Sr. Otul, quien vino hasta mi habitación a avisarme que ya estábamos llegando a la isla. Me emocione un poco al saber que me bajaría de ese barco al fin. Espere a que se fuera Otul para empezar a recoger mis cosas. Coloque mi Arbalesta amarrada a mi mochila, guarde mi pica hielos y mi cuchillo carnicero en sus fundas, colgando de mi cinturón y sostuve mi lanza con una mano mientras me disponía a salir a cubierta. Cuando llegue con el capitán, pude notar que la mujer-esqueleto y el joven habían llegado, así que me quede esperando sin hacer mucho ruido

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Mensaje por Tristán de Tincoras el Lun Mar 11, 2013 6:17 pm

Tristán se encontraba en la bodega, peleando por equilibrar de una manera u otra los barriles y cajas que se encontraban allí. La mueca de esfuerzo estaba ya tatuada en su rostro, pues el esfuerzo físico de la bodega ahora se sumaba al de haber limpiado varios de los camarotes del Rocío. Pero Tristán no se quejaba, ni mucho menos. De hecho, y viendo como habían terminado otros de los reclutas, estaba más bien agradecido. Agradecido porque conocía a alguien en el barco de tiempo atrás, el lupino Kiluyu. Agradecido porque por lo general, la opinión de los marineros respecto a él rondaba entre la indiferencia y la leve aceptación. Agradecido porque había sabido tragarse su orgullo – o lo que tuviese en vez de ello – y no había osado ser bravucón con los piratas, que habría conllevado ser cena de pez. Agradecido porque, de hecho, seguía vivo.

Tristán nunca había sido muy amante del trabajo, y realmente siempre buscaba un método de vida fácil, pero los azares del destino y esa manía del arquero de dejarse llevar por las cadenas de acontecimientos habían hecho que terminase en el Rocío Carmesí. Ahora, ahora simplemente debía buscar un modo de que su estadía fuese lo más fácil posible. Y por eso se dedicaba a hacer lo que le pidiesen sin chistar, porque al fin y al cabo él sabía que en el pequeño mundo de estos piratas, él no se había ganado ningún derecho aún.

Poco a poco, aquello parecía conseguir cierta distribución segura, haciendo que a menos que otra tormenta azotase el barco, aquello no se iba a caer. Quizás.

○○○

Las olas seguían chocando contra el casco del barco, aunque esta vez y por el clima más calmado, parecía más bien que el mar acariciaba suavemente al navío, como dándole la bienvenida a toda aquella tierra que cubría. Tristán observaba con cierta calma y melancolía en los ojos como el mar daba paso al barco, permitiéndole avanzar. Quizás simplemente era un bajón, ese sentimiento que te queda tras un momento de euforia, pero simplemente le parecía hermoso. Quizás los sentimientos que hacían que los piratas amasen esa vida eran contagiosos. Parecía que los dolores causados por el cansancio se desvanecían junto a la espuma del mar, que se iba desvaneciendo como una retahíla, como las huellas del barco.

Mientras se reclinaba sobre la barandilla – o algo por el estilo – que impedía que un traspié terminase en un ‘hombre al agua’ sentía como a sus espaldas seguían sucediéndose eventos y situaciones peculiares, que sin embargo pasaban desapercibidas ante el hombre sumido en pensamientos. Pensaba, y no pensaba en nada en concreto, realmente Tristán no tenía nada serio en lo que pensar. No tenía posesiones materiales que acaparasen su mente de ninguna manera, ni personas que pudiese decir que en ese momento eran lo suficientemente importantes como para salir a flote en sus recuerdos. Quizás fuese simplemente la melancolía, pero un gesto de tristeza se formó en el rostro del arquero, que lo acompañó por unos largos minutos, mientras miraba al horizonte mientras se oscurecía.

Más pronto que tarde, todos los que se encontraban en cubierta comenzaron a dirigirse a las escotillas, y al verlo, Tristán los imitó y siguió, al ver que todos se dirigían a un lugar común. A medida que caminaban, su olfato le advirtió de un olor cálido que le hizo rugir el estómago sin reparos, pero que asimismo el ruido fue ahogado por diversas y vivaces conversaciones que se sucedían a su alrededor. Pescado, diría, por el olor salado que flotaba en el aire.

Sin prestar mucha atención al entorno, Tristán tomó un asiento raudo, temeroso de que no hubiese suficientes sitios improvisados. Se arrastró con rapidez y cuando ya estaba cómodamente colocado – si realmente pudiese usarse ese adjetivo – se permitió observar a los que se encontraban por el lugar. Primero que nada vio a aquel que llamaba más la atención… Un ser curioso. Descomunal, pero curioso. Tristán lo miró con estupefacción en su rostro, acompañado de un “¿pero qué demonios es eso?” – dicho en voz baja. Los largos colmillos del humanoide de gran tamaño hizo que Tristán solo pudiese tragar saliva, impresionado por lo afilado y peligroso que parecían. Cuando se sobrepuso a la sorpresa, giró la cabeza y observó de nuevo a Kiluyu, moviéndose con bastante sigilo, como era costumbre, pasando desapercibido. Mientras ladeaba la cabeza de un lugar a otro, Tristán vio una cara que recordaba borrosa, de una mujer pálida y con un pelo negro como la noche, que hacía que sus rasgos contrastasen mucho. Su apariencia, a pesar del contexto, parecía mucho más digna y refinada que la del resto, quizás viendo algo de orgullo en ella. Aunque por supuesto, el arquero no era especialmente perspicaz juzgando a la gente solo por su apariencia.

Antes de poder seguir matando el tiempo, el enorme… ser con los colmillos exageradamente grandes se acercó a su asiento, y colocó un cuenco con sopa humeante y con un fuerte olor a pescado y verduras, que hizo que el estómago de Tristán rugiese de nuevo con ansia. Con velocidad y destreza a la hora de evadir los trozos menos apetitosos, el estómago se llenaba con rapidez, devolviendo cierta calidez al frío cuerpo del arquero, que había sido azotado por la fría lluvia horas antes. Sorprendentemente, la comida estaba muy bien, o al menos bastante mejor de lo que uno pensaría viendo la tosca apariencia del cocinero. Al lado de la comida rápidamente había llegado una botella de ron, que para cuando terminó de comer ya había menguado a tres cuartos. Cuando solo quedaba nada más que un tercio del caldo total y el estómago ya parecía satisfecho, Tristán abandonó la estancia, somnoliento. Con los ojos entrecerrados, caminó casi a tientas hasta encontrar lo que debía ser una cama, en la que se tumbó sin molestarse siquiera en ponerse cómodo, quitándose de encima poco más que su arco y demás objetos que serían un peligro a la hora de dormir.

Las horas pasaban rápidas a medida que Tristán recuperaba fuerzas. Y no fue hasta la llegada del Sr.Otul al susodicho camarote que entre quejidos mañaneros abandonó el lecho. Las jaquecas estaban presentes en Tristán, pero era ya algo a lo que estaba acostumbrado, por lo que no dejó escapar quejidos a la hora de conversar con el marinero. “¿Qué sucede?” – preguntó el arquero con somnolencia aun en sus facciones. “El capitán os requiere. Tienes tres minutos para tomar todo lo que creas necesario y salir.” – dijo con un tono no muy amable, pero que era lo suficientemente claro como para que el mensaje llegase a su destinatario y este comenzase a recoger sus armas y objetos personales, saliendo rápidamente y acompañándolo.

Tristán no se atrevió a comenzar un diálogo con el Sr.Otul, así que simplemente se dejó llevar. Así hasta que llegó ante la presencia del dueño y señor del Rocío, el Capitán Garfio. Saliendo del estado somnoliento, por fin pudo reparar en todos los presentes. Allí se encontraban Kiluyu, la mujer de cabellos azabache, el lupino causante del destrozo en la taberna y el humanoide fornido y de aspecto tosco. Aun así, ante la presencia del capitán del navío, todos parecían empequeñecer.


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Mensaje por Thorin el Mar Mar 12, 2013 3:17 am

Aventuras de un oscuro navío, parte 2: Desembarco en Pelegos.


Pocos marineros conocen esta isla, los que la conocen en su mayoría son piratas, algo asusta a los hombres y hace que sus corazones se encojan, pues en esta isla aparentemente tranquila, habita un mal que nunca duerme.

Era ya por la mañana, había ordenado al señor Otul, que fuera en busca de los nuevos marineros, Pelegos podía ser un buen ‘’rito’’ de iniciación para ellos, donde comprobaría su lealtad y pondría a prueba las habilidades, de mis nuevas adquisiciones, algo interesante sin duda, Pelegos tiene fama de ser una isla tranquila, mas a mis oídos han llegado rumores acerca de un gran tesoro que duerme, esperando a que le eche el guante, tentador sin duda.

-Blood: Morgan… ¿crees que serán de utilidad?- Pregunto con intriga el sr.Blood, es normal que se preocupe, su experiencia le impide fiarse de la gente nueva, incluso de los que ya conoce, no le culpo de eso. Cuando su pregunta fue formulada lo observe, mientras aguardaba que Jack, trajese ante mí a los novatos.

-No, no tengo la menor idea, de si me pueden ser útiles, pero sino los pusiera a prueba, jamás lo descubriría ¿verdad?- Dije terminando mi frase, mi rostro lucia una quizás malvada sonrisa, es verdad que no tengo intención ninguna de perder hombres en esta isla, pero si no me sirven ¿para qué tenerlos en mi barco? Pelegos sería una buena experiencia para ellos, Blood no parecía compartir mi misma opinión, pero el capitán soy yo y no pondrá en duda mi palabra, ya lo hizo una vez y aquello le costó caro, con lo que se limito a asentir, mientras que ya podía ver como el señor Otul se acercaba hacia nosotros, seguido por los reclutas, quienes poco a poco iban presentándose ante mí, de los cuales la única que demostró algo de respeto fue la señorita Rione, sin duda tenía que ser una chica de ciudad, como ellas no hay en alta mar.
La última en llegar fue, aquella chica que rescatamos de su naufragio, no pude evitar negar con la cabeza, era una adquisición relativamente nueva para que la trajese conmigo, mire a Otul quien al verme solo asintió y tras posar sus manos en los hombros de la muchacha, se la llevo de nuevo indicando que ella se quedaría a bordo, pero el resto vendrían conmigo a tierra.

-Damas, caballeros.- Salude respetuoso a mis subordinados. –Nos disponemos a desembarcar en la isla Pelegos, a mí ya me conocen, pero les presento a nuestro acompañante, el señor Bartholomew Blood.- Exprese presentando a mi compañero, quien dio un paso al frente dejándose ver por completo ante los marinos, en el apreciaron los años de experiencia, la furia de los mares en un solo hombre, el cual ahora carecía de mano y pierna. –El señor Blood, será su protector, su mentor en esta ‘’prueba’’, no lo tomen como algo personal, pero me gusta saber que personas residen en mi navío y si puedo fiarme de estas.- Continúe explicando. –Ya que ninguno quiso preguntar, les confiare nuestro objetivo conforme con la isla de Pelegos.- Explique mientras tomaba aire y caminaba hacia los nuevos marineros, entre los cuales pase para bajar las escaleras donde proseguí mi explicación. –Nuestro objetivo en Pelegos, es confirmar un rumor, un… cuento puede parecer, mas ardo en deseos de averiguar su autenticidad, se dice que en el corazón de la isla existe un tesoro, un tesoro tan grande que haría empequeñecer el de los reyes a lado.- Explique terminando de bajar las escaleras seguido de mis ahora confidentes, los cuales eran seguidos desde detrás por el señor Blood. –Pelegos puede parecer una isla, paradisiaca sin duda, mas prefiero que estén preparados, todos aquellos que no estén provistos de armas, diríjanse al contramaestre y el les atenderá, otorgándoles las armas que deseen.- Esas fueron mis primeras ordenes, los muchachos tenían que estar preparados, no dudo de sus capacidades, pero estoy seguro de que preferirán estar armados.

-Señor Otul, por favor prepare un bote, anclad el barco a cien metros de la orilla, no quiero que quede atorado en el arrecife, durante nuestra ausencia quiero que este navío, quede como si recién lo hubiera construido, espero haber sido claro y conciso.- Dije serio a mi segundo al mando, quien asintió y corriendo fue a cumplir mi orden.

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Poco tiempo después de las explicaciones, ya nos encontrábamos en el mar, flotando gracias al bote el cual era llevado por el chico de cabello multicolor y el lupino que causo, el altercado en la taberna de Krakoa, mientras que la señorita Rione estaba sentada junto a mi provista ahora de una espada y el señor Kiluyu, estaba sentado junto a Bartholomew y al igual que la señorita portaba una espada, a Gray le habían entregado también una espada, pero a Tristán le otorgaron seis pistolas de mecha cargadas y listas para disparar cuando lo necesitara.

-¿Os encontráis bien sr. Colmillar?- Pregunte con un tono chistoso, a la Morsa la cual tenía que ir nadando aquel trayecto, puesto que su peso era demasiado para que el bote los mantuviese a flote junto con los nuestros, sabía que aquella criatura no requería de armas puesto que lleva su propio pequeño arsenal, la verdad es que no me quejo de esta adquisición, sin duda me podría ser muy útil.
Debido a la inexperiencia de Tristán y Gray, tardamos un poco más de tiempo del previsto en llegar a la costa, pero no era importante eso, cuando ya estuvimos lo bastante cerca tanto el señor Blood como yo desembarcamos, hundiendo nuestras botas en la fina capa de agua que nos separaba de la tierra firme, en vista de que a los nuevos les era un tanto dificultoso ‘’aparcar’’ el bote el maestro de armas y yo mismo decidimos amarrar el bote con nuestros garfios y arrastrarlos hasta tierra firme, donde podrían desembarcar sin problemas.

-Damas y caballeros, bienvenidos a la isla Pelegos.- Dije mientras me apartaba, para permitir que la vista de aquellos a los que pudiera tapar, pudiese contemplar el esplendor tropical que esta isla luce a los desconocidos, sin duda es un buen regalo cuando uno lleva días, semanas y meses navegando en el mar sin ver una pizca de tierra, su jungla exuberante, el cantar de sus aves, los sonidos de las olas rompiendo contra la arena y las rocas, confieren a esta isla una buena impresión a sus visitantes, el aire que trae un agradable olor a agua salada y una refrescante brisa marina.

-Como ya les dije…- Llame su atención ‘’rompiendo’’ el momento. –Nuestro objetivo será investigar el interior de la isla, damas y caballeros, prepárense para lo que pueda suceder.- Dije intentando concienciarlos, puede que poca gente conozca esta isla, puede que pocos decidan hacer caso del rumor, pero siempre hay que estar preparados por si acaso las cosas se torcieran. –La señorita Rione y el señor de Tincoras vendrán conmigo.- Explique mientras daba la orden de cómo, funcionaríamos en esta misión. –El señor Colmillar y Kiluyu, irán con el señor Blood.- Al oír esta orden Bartholomew asintió y se puso en camino, aunque es un hombre experimentado, no es una persona que se pueda considerar verdaderamente paciente. –Blood: Venid conmigo novatos.- Comento mientras caminaba cojeando, debido a la falta de su pierna.

-Muchacho.- Dije refiriéndome a Gray. –Tú te quedaras vigilando el bote, si intentas fugarte, o intentas jugármela, volveré a colgarte de la proa, espero haber sido claro.- Explique amenazante, le tenía muy poca confianza a este lupino y no es de extrañar, pues aunque me había pedido disculpas, no se había ganado ni mis respetos ni mi confianza, pues aun sigue vivo porque mis hombres empezaron a creer que matarle hubiera estado mal hecho, ese era el único motivo que le había mantenido con vida por el momento, no me importaba si esto le sentaba bien o mal, pero vigilar un bote, tampoco es tan malo, todos los piratas lo hemos hecho.

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Grupo de Bartholomew Blood:


  • Bartholomew Blood
  • Kiluyu
  • Kalu’Ak Colmillar


Blood avanzaba, quizás algo lento entre la maleza, valiéndose de su espada para abrirse camino entre esta, cortando cuanta rama, o hierba le molestaba en su camino dando así la espalda a los que le seguían que eran el lupino encapuchado y Kalu’Ak, este ultimo debido a su tamaño debía cortar sus propias ramas para no sentirse incomodado entre tanta vegetación, puesto que su altura quizás le dificultaba algo el caminar en este terreno, pero debería adaptarse si quería sobrevivir.

-No os quedéis atrás.- Comento Blood, con un tono divertido, ya que él sabe muy bien que carece de pierna y eso le impide correr bien, con lo cual su velocidad no es algo muy destacable, mas el confía en su experiencia y maestría en el combate pirata.
Tras un rato de caminata entre la jungla alzo la mano, dando la señal de que se detuvieran, algo había llamado su atención. –Esperad aquí.- Su voz ronca y llena de experiencia, daba confianza a quienes se dirigía, haciendo ver que sabía perfectamente lo que hace, apenas se separo un metro de ellos para poder observar algo que parecía una flecha, estaba clavada en el tronco de un árbol, Blood la arranco y miro la punta, toco un poco la afilada punta de la flecha no lo suficiente para herirse pero si para poder impregnar un poco sus dedos con lo que tuviera aquel pequeño trozo de metal. –Parece que los Pelegostos, se han estado divirtiendo.- Comento el veterano pirata, las flechas de los nativos de pelegos están hechas de madera y piedra, en sus puntas ponen veneno extraído de las adormideras, eso les facilita la caza, pero por lo general no malgastan sus flechas en vano, Bartholomew entonces miro hacia el suelo, desenvaino su espada y con la punta de esta agarro algo que parecía tela, al verlo quedo un poco atónito, era un sombrero, los Pelegostos no tienen sombreros, se dijo así mismo el veterano pirata mientras miraba hacia los lados. –Tened cuidado muchachos, no estamos solos en esta isla.- Dijo intrigado comunicando su preocupación al grupo, entonces se escucho un fuerte disparo, el disparo sin duda había sido producido por una pistola, el perdigón impacto en un tronco cercano a Kiluyu, cuando la esfera de acero impacto hizo que la quebradiza madera saliera por los aires, esto puso al grupo en alerta.

-¡Preparaos muchachos!- Una vez más la ronca y veterana voz del, señor Blood se hizo escuchar mientras preparaba su espada, pronto el grupo empezó a escuchar gritos, algo se acercaba y deberían estar preparados.
Empezaron a aparecer piratas, mas no eran tripulantes del Roció Carmesí, los cuales atacaron al grupo sin piedad con la intención de abatirles. –¡A las armas marineros de agua dulce!- Exclamo Blood refiriéndose a Kiluyu y Kalu’Ak.

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Grupo del capitán Garfio:

  • Capitán Garfio
  • Tristán de Tincoras
  • Yvonne Baynham


Ahora ya estábamos internados en la espesura de la jungla, era tan grande, tan impresionante, algo digno de ver para los aventureros que se precien, para nuestra desgracia la densa vegetación no nos permitía avanzar a un rápido ritmo, pero al menos podíamos abrirnos camino cortando las ramas con nuestras espadas, algo que al menos para mí era de agradecer, el suelo se sentía bastante embarrado, caminar sobre él era algo bastante incomodo, pero no lo suficiente como para que no pudiéramos movernos sin problemas.

Me mantenía atento a cualquier señal, de los nativos, los Pelegostos no suelen dejarse ver demasiado, pero tampoco les gustan los visitantes, así que por lo general si no les molestas, ellos no te molestan, pero nunca está de más estar atento y preparado. –Quietos.- Exclame dando una orden, desde nuestro frente provenía un pútrido olor a carne en descomposición, algo realmente desagradable, aunque yo ya estaba bastante acostumbrado no sabía cómo reaccionarían mis muchachos ante esta situación, con tranquilidad me acerque al causante de tan fétido olor, debido a la proximidad con el cuerpo no pude evitar gesticular asco en mi rostro, pero aun así la curiosidad es una fuerza bastante poderosa que nos incita a descubrir cosas, aunque sea descubrir de donde viene el hedor.
Al verlo quede algo sorprendido, era un hombre, un varón adulto, aparentemente tendría unos veinticinco de edad, aunque con la carne de su rostro descomponiéndose no era muy fácil saberlo, aunque una cosa era clara, sus facciones, el color de su piel, el era un Pelegosto y lo que es malo para ellos, es malo para nosotros en este momento.

-Tened cuidado.- Dije serio, sin duda algo había matado a este nativo y desde luego, no tenia ningunas ganas de saber que lo había matado, aunque por las marcas en su pecho, no había duda de que se trataba de un arma de fuego, algo así como mis pistolas, siniestro sin duda, de pronto escuchamos un disparo, el ruido era lejano pero no demasiado, algo se acercaba, pues tras el disparo los gritos inundaron la selva y de entre la maleza piratas enemigos decidieron aparecerse para luchar contra nosotros, yo desenvaine rápidamente mi espada preparándome para la pelea.

-¡¿Quién quiere ser el primero, en probar el acero de mi espada?!-

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En la playa:

Gray seguía vigilando el bote, pero no pudo evitar que algo le llamara la atención, mientras miraba la frondosa selva, le pareció ver algo que se movía.
Un grito inundo la playa y tres hombres, aparecieron frente a Gray, poseían un aspecto salvaje y vestían como piratas, sin duda tratarían de acabar con su vida. El lupino tendría que decidir, si luchar o no.

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OFF ROL:

Muy bien muchachos aquí empieza lo divertido, perdonad la manipulación, pero ya tenia ganas de darle caña a la partida, muy bien la situación es muy simple, estamos divididos en dos grupos, por el momento no hay forma de tener contacto entre ambos, aunque estamos relativamente cerca un grupo del otro, así que la ayuda entre grupos no esta disponible por el momento.

Bien cada uno de vosotros tiene dos enemigos a los que poder abatir (obviamente hay mas), tenéis una acción cerrada si lo deseáis, aprovechadla como veáis conveniente, el resto del combate serán todo acciones abiertas, ahora os diré como son vuestros enemigos.

Kiluyu: Tus enemigos son un Pirata con un trabuco, no dispara rápido pero tiene mucha potencia de fuego a quemarropa, el otro es un hombre tan ágil como tu, especialista en el combate con cuchillos en la corta distancia, no te confíes de tu fuerza, el trabuco del otro esta trucado para poder disparar dos veces (Suerte)

Kalu'Ak: Tus enemigos son dos hermanos gemelos, los cuales se especializan en la caza de antopomorfos, mas están acostumbrados a antropomorfos mucho mas pequeños y de menor fuerza (Merrows) mira como aprovechar tu fuerza.

Tristán: Tus enemigos, uno es un tipo muy grande con muchísima fuerza, su aspecto es tan intimidante como el del contramaestre o mas si cabe, es de piel oscura y su ''compañero'' es un hombre bajito aunque muy escurridizo, de piel blanca armado con varias pistolas de mecha. El grandullon va armado con un machete enorme.

Yvonne: Tus enemigos, son piratas ágiles, especializados en el combate con espada y también son especialistas lanzando cuchillos.

Gray: Esto en parte es un castigo, ya que aunque borraste el post anterior, no seguiste mis indicaciones de que tenias que cenar, con el grupo, es por ello que estas vigilando el bote y tienes ahora tres enemigos, pero recuerda que tienes una acción abierta y una acción cerrada disponible, tienes muchas opciones. Tus enemigos son tres piratas normales, armados con espadas y cuchillos.

Bien, recordad ser coherentes, leer bien el mastereo y ver cuales son las mejores acciones, que podéis hacer en este turno, no hagáis el Rambo y todo saldrá bien, que disfrutéis y suerte.

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Ahora aquí os dejare una pequeña ficha del señor Blood.

Nombre: Bartholomew Blood
Apodo: The Saber/El Sable
Edad: 45 años

Armas:
  • Sable pirata
  • Pistolas de mecha cargadas
  • Garfio de metal
  • Granadas de cerámica
  • Trabuco de mecha cargado
  • Bombas de humo


Habilidades:

  • Hábil espadachín
  • Tirador veterano
  • Grito de valor: Blood es capaz de mediante un grito inspirar a sus compañeros, a que le sigan a la batalla.
  • Presencia imponente: Blood hace que sus aliados se sientan mas confiados teniéndole cerca, dándoles así mas confianza si el esta cerca.
  • Rastreador


Estadisticas:

  • Resistencia: 25
  • Fortaleza: 25
  • Agilidad: 4 (Pata palo)
  • Destreza: 30
  • Esencia: 0
  • Espíritu: 7


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Thorin
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Mensaje por Yvonne Baynham el Vie Mar 15, 2013 11:50 pm

El oscuro navío que llevaba por nombre “Rocío Carmesí” había dejado de deslizarse en la inmensidad profunda y cerúlea del mar. Las olas hacían que no perdiese del todo el movimiento, no obstante, la madera ya apenas crujía en cada arremetida oceánica, pues el barco no avanzaba. El bauprés ya no cortaba el aire, ni el casco hacía lo propio con el agua. Al tiempo que el variopinto grupo traído por Jack Otul se reunía en torno al capitán, un gigantesco sol escarlata asomaba su borde por el este. La dilatada franja anaranjada que dibujaba sobre el azul del mar, llegaba hasta el barco e incluso lo atravesaba, anunciando la llegada del día.

La luz diurna dibujaba la silueta de los hombres que terminaban de enlazar las tres velas en sus respectivos palos. Los marineros se movían con una agilidad sorprendente, teniendo en cuenta que habían estado bebiendo hasta la madrugada. Trepaban en las redes o por la propia mismísima madera para completar sus tareas, y volvían adentro o se abocaban a otras labores. Ninguno atinaba a acercarse al capitán, aunque no fueron pocos los que echaron un vistazo desde lejos. Para sorpresa de Yvonne, las pocas miradas que se dirigían hacia allí no se posaban justamente en el capitán, sino en su acompañante.

La maga decidió no darle importancia al desconocido hasta que fuese presentado, o por lo menos, hasta que el asombro de los demás pasara, pues no quería parecer indiscreta ni tampoco pecar de curiosidad. De todas formas ver a la propia tripulación lanzando esas miradas aprensivas alimentaba su imaginación. Si bien llevaba menos de un día en el barco, había tenido ocasión de ver la obediencia que cada hombre le profesaba a su capitán. Sin embargo, lo que tenían con el foráneo que ahora estaba de pie a su lado, era otro tipo de respeto.

Yvonne se llevó una mano al cabello en un gesto inconsciente para constatar que, pese a que no se lo había podido lavar después de la terrible tormenta, estaba presentable para la ocasión. Sus dedos inmaculados, de piel tersa y suave como el satén, peinaban la melena de ónice, adornada por finas cadenas de oro delicadamente elaboradas. Casi sin notarlo, caminó hasta el borde para posar sus ojos en el color impreso por el sol en el agua. El rítmico movimiento de la superficie marítima, tenía un efecto hipnótico y la peculiaridad de vaciar la mente de cualquier duda.

De las mejores intenciones puede resultar un gran mal. La amabilidad y las buenas intenciones pueden ser un insidioso camino hacia la destrucción. La segunda norma retumbaba en sus sienes una y otra vez, junto a cada latido de su corazón. Sentía el don manifestándose en su interior con fuerza. Nacía desde el pecho y se desplazaba en infinitos ríos de energía que llegaban a cada parte de su cuerpo. Una sonrisa de sosiego se dibujó en sus delicadas facciones, suavizándole el gesto, que generalmente permanecía inmutable. Le daba un aspecto más juvenil que de costumbre. Por alguna picardía del destino, el tal Vencarlo –si es que así se llamaba realmente- había aparecido en un momento de necesidad, recordándole en otras palabras, la segunda regla que todo mago debe tener en cuenta antes de emprender cualquier acción.

Cuando Yvonne volvió a acercarse al capitán, Jack Otul hacía lo propio, empero a diferencia de la maga, el hombre venía de adentro del barco. Traía una expresión ceñuda que hasta el momento no había visto en el rostro indiferente y jovial del hombre. Tal vez hubiera resultado extraño, si detrás de él no caminara el cachorro de licántropo. La bestia se acercaba con su mejor cara de indolencia, ¿o se estaba riendo de su situación? Cuando llegó y se ubicó cerca de ella, un escalofrío subió por su columna para erizarle la piel, sin embargo no borró la sonrisa de su boca. Prácticamente nunca lo hacía.

El discurso del capitán Garfio comenzó con la fuerza y la ironía que caracterizaban tanto el tono como el timbre de su voz. Cuando hablaba, parecía farfullar como hacen los borrachos, sin embargo no perdía el brillo inteligente en su mirada ni dejaba de plasmar su autoridad a cada palabra. Eso hizo cuando presentó a Bartholomew Blood. ¡El señor Blood! De repente las palabras de los marineros cobraban sentido, cuando, la tarde anterior, le habían dicho que él era quien entrenaba a los nuevos reclutas. El cutis níveo de Yvonne reveló que se había quedado lívida en cuento se tornó traslúcido. En el momento en el que le habían hablado del señor Blood, los hombres no se habían atrevido a describirlo, sino que se miraban los unos a los otros con una expresión de aprensión en sus rudas facciones. Ahora que lo tenía frente a sus ojos, la maga podía entender por qué.

Bartholomew Blood era un hombre temerario de aspecto hosco y harapiento que llevaba un sombrero de un pico -raro entre los piratas, que prefieren tres o por lo menos dos-, coronando su cabellera cenicienta. El abrigo de color marrón, repleto de agujeros y manchas de distintos tamaños y colores, le llegaba hasta el tobillo, pues carecía de un pie. Cuando dio un paso adelante, instado por el capitán, el balanceo producto de la pata de palo resultó ridículo. Contrastaba con su apariencia huraña, y especialmente con el gesto áspero que llevaba en el rostro. A pesar del garfio que llevaba en el muñón que había quedado tras perder la mano derecha, el señor Blood estaba cargado de armas. A simple vista se veía un sable con empuñadura de estoque pero una hoja similar a la de un shamshir, dos pistolas y un arma de fuego que Yvonne desconocía sobresalía detrás de su fiera imagen, asida posiblemente por correas que a simple vista no se veían.

Si este será el protector, no quiero imaginar cómo serán aquellos que, en un inútil esfuerzo por enfrentarnos, aparezcan en nuestro camino. Inmediatamente el capitán prosiguió con su alocución, esta vez caminando entre el grupo de reclutas. Yvonne se hizo a un lado, respetuosa. Aunque por el momento no corría peligro, con su brazo derecho abrazaba el cetro, en el que además, descansaba parte de su peso. Sin embargo comenzó a moverse ni bien Garfio pasó por su lado, sin dejar de prestar especial atención a todo lo que este dijera. A simple vista, Pelegos era una buena oportunidad que ningún pirata se permitiría desaprovechar.

– Pelegos puede parecer una isla, paradisiaca sin duda, mas prefiero que estén preparados, todos aquellos que no estén provistos de armas, diríjanse al contramaestre y él les atenderá, otorgándoles las armas que deseen.

Raudamente, Yvonne se dirigió a la mitad de la plataforma principal, donde esperaba el hombretón, rodeado de expositores de metal colmados de armas. Había espadas de todos los tipos, algunas hachas e incluso en una estantería solo se exponían armas de fuego. A la maga no le interesaban estas últimas, sino que buscaba un filo en específico, un tipo de sable que siempre le había atraído pero que, por el momento no había tenido oportunidad de usar. En Eclipse había ciertas reglas que respetar, y una de ellas era la de no mezclar destreza en armas con el uso de la magia. “Los magos aportan su don, y los guerreros el acero”, era una norma que no estaba escrita en ningún contrato ni estatuto, y sin embargo corría por los pasillos de cada base. Desde siempre, el Hombre Etéreo era el único cuya fama había sido labrada en base a ser un mago guerrero, y según comentaban los miembros originales, aquel que desafiara en poder al carismático líder, osaría enfrentarlo para quedarse con su lugar.

Esta era una oportunidad que no podía desaprovechar.

— Quiero esta— comentó, posando su mano en la hoja de acero común.

El contramaestre frunció el ceño, exasperado, haciendo sentir muy mentecata a la mujer, cuyas mejillas se teñían de rubor.

— Pues tómala.

¡Cuánta diferencia había entre ese animal y el señor Otul o el mismísimo capitán Garfio! Yvonne lo fulminó con la mirada, sin dejarse amedrentar, le lanzó una silenciosa amenaza que el hombre captó en el aire, sin embargo no alimentó el conflicto ni provocó más a la maga. Simplemente le tendió un tahalí de cuero negro con actitud de indiferencia. Sin dudas, el hombretón no era la mitad de necio de lo que aparentaba, así que Yvonne tomó el cinturón con una sonrisa sarcástica. Hubiera sido una excelente pieza para Eclipse.

Minutos después, un bote que pese a tener la apariencia de no soportar ni cinco kilos, llegaba a la costa de la isla de Pelegos. El trayecto que iba desde el barco hasta allí, los pasó con serenidad. Se había ubicado mirando hacia atrás para no tener que ver al licántropo sentado cerca de ella, o la otra bestia que nadaba como un pequeño ballenato peludo y apestoso, cerca del bote. Ahora el capitán y su camarada empujaban el bote hasta la tierra, asombrando a la maga con aquel acto de humildad. Cuando creía que comenzaba a armar un esquema acerca de Garfio, este se las ingeniaba para cambiar el paradigma de manera total.

Las palabras de bienvenida del Capitán Garfio sonaron distantes para la supuesta hechicera, que deslumbrada como estaba por la visión que tenía ante sus iris azules, se había bajado del bote empuñando el cetro como un bastón. La arena bajo sus botas era tan clara, que dejaba a la vista la pureza del lugar. No muchas personas habían pasado por allí. Las olas llegaban marcando un ritmo constante en el límite entre la tierra y el mar, mientras que unos metros más adentro, algunas palmeras se alzaban, delicadas y altivas, sobre la costa desierta. Los únicos seres vivos que se encontraban a simple vista, eran unos cangrejos que caminaban al borde del agua.

La arena desaparecía a una distancia considerable, para dar paso a la tierra donde nacía la jungla. Las copas de todas las escalas verde posibles daban la bienvenida con movimientos acompasados por la leve brisa que empujaba sus hojas, de distintas formas. Yvonne no era muy proclive a sentirse maravillada al entrar en una jungla, pero esta vez fue diferente, tal vez porque hacía varias semanas que no pisaba tierra firme. La última vez había estado media hora, cuando había tenido que correr hacia el Rocío Carmesí por los errores de una espadachina y del cachorro de licántropo. Al pensar en aquello, la maga se volvió para verlo, sin ocultar la repugnancia que le producía.

Por fortuna para Yvonne, el capitán tenía la intención de llevarla con él, junto al hombre que se había presentado el día anterior, cuando salieron de Calipso. A pesar del título de “protector” que Garfio había usado para su maestro de armas, la maga no estaba dispuesta a confiar su vida a aquel hombre. Además tenía ganas de hacer un poco de ejercicio, y estaba segura de que no podría haberlo hecho teniendo por compañía una pata de palo. El licántropo fue puesto a vigilar el bote y la otra bestia, marchó junto al oportunista de capucha, al lado del señor Blood. ¡Perfecto!

Los minutos pasaron silencio. De vez en cuando se oía el gorjeo de algún pájaro, o se sentía el revoloteo en las copas de los árboles, además de los pasos de algún animal pequeño. Pero no era nada comparado al ruido nacido del murmullo generalizado en las grandes ciudades. Viéndolo así, a Yvonne le pareció que después de todo, la idea de bajar a la isla no había sido del todo mala. Lo único que la inhibía un poco, o que la mantenía un tanto seria, es que no estaba en un bosque, sino que era una jungla. En la selva es más difícil avanzar, no hay sendas naturales, y la vegetación crece de tal forma que para caminar hay que ir cortando lianas, plantas y ramas. Aunque hasta eso tenía un lado bueno, pues le daba la oportunidad de aprender a usar la espada.

En realidad el estoque le gustaba desde que había visto a los duelistas usarlo. Le parecía un sable muy elegante, especial para acompañar a un bastón, y si bien no estaba permitido en Eclipse, era su meta aprender a usar ambos elementos como armas. La hoja era delgada, y por consiguiente se sentía ligera cuando rozaba el aire. Por un momento, fue tal la libertad que sintió, que olvidó las posibles miradas de sus compañeros de grupo. Había pasado el cetro a la mano izquierda, y la derecha estaba protegida por la protección de la empuñadura del estoque. La densa vegetación que bloqueaba el camino, ofrecía una buena oportunidad para ponerse a prueba. Abrió las piernas para equilibrar el peso y, sujetando la espada con la hoja apuntando hacia arriba, lanzó el primer corte, llevándose varias ramitas y hojas consigo. Estaba bien afilada. Avanzó haciendo cortes verticales y diagonales en cualquier obstáculo que se presentase frente a ella hasta que oyó al capitán dando una órden.

— ¡Quietos! — había dicho, más serio que de costumbre.

Yvonne se quedó en su lugar, a medio corte durante unos segundos, antes de retirar su nueva arma de una rama más gruesa para acercarse al capitán. Fue entonces que comenzó a sentir el hedor inequívoco que acompaña a la putrefacción de la carne. No fue un proceso lento, sino que de una aspiración a otra, la fetidez se abrió paso hacia sus pulmones, provocando que se cerrara la garganta. El cuerpo llevaría unos cuantos días, por lo menos dos, abandonado en la jungla, aunque no se entendía por qué las bestias no se habían hecho con su carne. Salvo que la amenaza que se cernió sobre este pobre diablo sea también hacia ellas, pensó, acercándose hacia el capitán para tener una mejor visión del cadáver. No había marcas de garras, ni de colmillos u otra arma animal, sino que tenía la indiscutible huella del hombre. Un agujero en su pecho confirmaba que aquel hombre había sido atacado por un miembro de su especie, o algún otro ser pensante. Ojala y sea esto último.

En cuanto el capitán les pidió que se cuidaran, la supuesta hechicera lanzó una mirada a su compañero. El muchacho tenía varias pistolas distribuidas en correas, tal vez le sirvieran, pero sabía que esas armas no son muy precisas ni rápidas. Aunque no le gustaba confiar tan rápidamente en las personas, él no le había caído mal, especialmente porque en el barco no se había acercado ni una sola vez a hablar con ella. Eso significaba que no estaba interesado en su apariencia, sino que en realidad le había saludado por respeto. Yvonne sonrió observándolo, justo en el momento en el que un disparo rompía el silencio, hasta el momento sacro, de la jungla.

La vegetación alrededor del Capitán Garfio, Yvonne Baynham y Tristán de Tincoras ya no parecía tan segura. Se oían movimientos, se sentían, se palpan en el aire. Cuando una está acostumbrada a la batalla, reconoce el momento que la precede, y si es inteligente, lo aprovecha para prepararse. Alguien se acercaba, y a juzgar por los movimientos de las hojas y el ruido del metal al ser desenfundado, que provenía de varias zonas a la vez, estaban rodeados. El capitán, lejos de dejarse intimidar, lanzó una amenaza en voz alta a sea quien fuere que se acercaba. La maga ensanchó su sonrisa con confianza. Lo cierto es que había un lugar del que no había arribado ninguna clase de sonido, y era de atrás del árbol en el que había encontrado su última morada el pobre infeliz recién encontrado muerto.

Yvonne se movió ingenua hacia allí, sin sospechar que al rodear el grueso bonga, un hombre estaría allí para lanzar un corte a la altura del cuello. Menos mal que antes de dar el paso, había ubicado su cetro de manera vertical, pues fue el repique del acero contra el acero lo que le advirtió que tenía al enemigo justo delante. En un acto inconsciente, empujó con su mano derecha, haciendo que su estoque se clavara en la carne del hombre. Este, no obstante, ya había dado un paso atrás, por lo que el corte no alcanzó profundidad. Viéndolo a la cara, la maga no habría podido distinguirlo de cualquier hombre de la tripulación de Garfio. No había duda de que era un corsario, probablemente un cite, pero corsario al fin y al cabo.

La piel nívea de Yvonne estaba envuelta en una fina capa de sudor recién liberada, sin embargo, no era lo que sucedía afuera lo importante, sino lo que ocurría en su interior. La adrenalina recorría el riego sanguíneo, en los latidos que su acelerado corazón ofrecía para ayudarle a adquirir una destreza superior. En el cuerpo astral, sin embargo, era el don lo que recorría cada terminación, alimentándola con la energía pura de la magia. El viento está a mi favor, pensó complacida, al tiempo que daba un paso atrás para volver con Garfio. Su enemigo se había llevado una mano al estómago, para asegurarse de que el sable no lo había alcanzado. Entonces fue que la maga escuchó un gruñido tan cerca suyo, que la piel se le erizó. Aturdida por el sonido, se volvió para quedar cara a cara a un nuevo enemigo y sin detenerse a sopesarlo movió el cetro de forma diagonal. Mientras la espada chocaba contra el cetro una vez más, Yvonne lanzó una estocada directa al cardias del hombre, y a pesar de que no estaba entrenada en el uso de esta arma, y la hoja se desvió, hundiéndose sobre el ombligo y atravesando el torso. La hoja salió entre las costillas, en la espalda del hombre.

Lamentablemente el otro enemigo ya se había repuesto, y se acercaba otra vez por el costado desprotegido de Yvonne. Tenía el reciente cadáver a su frente, el cetro en el lado izquierdo y el flanco derecho vulnerable. Como vio que no podía desenterrar la hoja del torso, dio un paso hacia la izquierda, empujando las exánimes piernas hacia el otro lado con el báculo. De esta forma quedó tras el amparo que ofrecía el cadáver enemigo. Si hubiera esperado un segundo más, el sable de su competente antagonista la hubiese alcanzado, pues al mirar hacia abajo, encontró la punta ensangrentada rozando su seno derecho. Un hilo de sangre brotó en cuanto sintió el agudo pinchazo, pese a todo, no era una mala noticia. ¡Seguía viva! Como no podía hacerse con el estoque otra vez empujó su improvisada protección al otro pirata, y una vez que el arma quedó libre volvió con Garfio, comprobando el camino con los talones y guiándose con la mano libre.


Yvonne

¿Así que crees que yo también quiero una firma con tu nombre, Invitado?
eBe
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Mensaje por Gray Fenris el Sáb Mar 16, 2013 4:38 am

Comí un poco apartado de los marineros, una vez lavado todo lo que ensuciamos para servir, tome mi plato y me sitie cerca de Colmillar mientras comía sin dirigir una palabra a nadie. Una vez terminado todos de comer, no fue gran trabajo recoger toda la loza y lavarla, solo me tomo unos minutos dejar todo en su lugar como estaba, o eso pensé yo, al voltearme, ya solo quedaban en el comedor los borrachos durmiendo en la mesa, lave mis manos rápidamente y me apure a abandonar la cocina a los camarotes con Crisofilax siguiendo mi camino.
La noche había sido lenta luego de la cena, a pesar de ser de noche, con solo hecho de ser una isla tropical, el calor inundaba cada madera del camarote y con ello, mi cama. "-Maldición.-" me moví de un lado para otro despertando a John Rackham mi compañero debajo mio. -¿Que pasa Gray? tienes mucho calor-Dijo en un tono burlesco. -Maldito calor, parece un horno acá dentro, no pareciese que fuese un barco. Dije en un tono algo tranquilo. -Tan solo ignóralo por completo y duerme de espalda....y maldición déjame dormir a mi también. Dijo John con un tono de risa mientras se volvía a quedar dormido nuevamente. Mi sueño fue llegando poco a poco, estaba totalmente descubierto, solo durmiendo con pantalones, mis brazos estaban extendidos, pasando por la almohada y colgando hacia el limite de la cama, mis ojos se entrecerraron mientras comenzaba a quedarme dormido.

Caminaba tranquilamente en una isla tropical, descalzo sin preocupación alguna, a pesar de ser tropical, en ella corría un viento ligero y frió; que chocaba contra mi nuca y me reconfortaba todo el cuerpo. camine ligeramente por la orilla hasta encontrarme con la madre tierra y la madre mar; espíritus de la naturaleza, bailando ligeramente cerca de su territorio pero sin tocarse. Las observe tranquilamente mientras me quedaba ahí. Poco a poco el aire se volvió seco y caliente, los espíritus tuvieron miedo y se desarmaron mientras poco a poco el suelo a mis pies comenzaba a temblar estrepitosamente, abrí mi boca pero no hubieron palabras. El suelo comenzó a abrirse dando a conocer unos grandes colmillos dentro de el, sus fauces comenzaron a tragar toda vegetación alrededor mientras sangre y muerte salían de su mismo hocico. Corrí desesperadamente alejándome del suelo que era devorado por aquella bestia, pero era casi imposible, que cada vez me encontraba mas cerca de ella. Caí en sus fauces mientras era tragado por el vació de la isla.

Desperté fuertemente debido al sueño que había tenido, agitado me levanté de mi cama dándome cuenta que ya era de día. Tomé mis botas y me las coloque junto con el resto de mi equipo, deje a Crisofilax durmiendo en la cama a medida que me paraba y abría la puerta para encontrarme de frente con el contramaestre -Buenos días, el capitán os requiere, seguidme.- Dijo tranquilamente mientras se daba la vuelta dirigiéndome hacia donde un gran grupo estaba reunido.

Escuchamos atentamente todas las palabras que el capitán dijo, sobre Bartholomew, Pelegos, y el gran tesoro que albergaba, pero sin duda, lo que mas me llamo la atención ahí fue Bartholomew, aquel hombre denotaba una mirada mas fulminante que el propio Garfio, como también su aire de seguridad, si no habría sabido que Garfio era capitán, quizás lo habría confundido con aquel sujeto. – Pelegos puede parecer una isla, paradisíaca sin duda, mas prefiero que estén preparados, todos aquellos que no estén provistos de armas, diríjanse al contramaestre y él les atenderá, otorgándoles las armas que deseen.- Camine lentamente separándome del grupo, entre por los laberintos del "Rocio Carmesí" llegando hasta un salón en donde se encontraba un sin fin de armas y en el; también al contramaestre.-¡Wow! Siempre he querido usar un trabuco.- Dije tranquilamente mientras acariciaba un gran rifle colgado en la pared.-Pues hoy no sera la ocasión muchacho, cortare por lo sano.- Me volteé para escuchar las palabras del Contramaestre mientras recibía sin previo aviso una destartalada espada con un alcance medio y un desgastado pomo.-Eh...¿gracias?- Dije sin apelar y me alejé del lugar mientras colgaba la espada en el lado derecho del pantalón y dejaba mi hacha en el lado izquierdo, la cual pasaba desapercibida debido a mi poncho.

Bajamos en un bote preparado por contramaestre a la isla, tanto yo como Tristan remamos en el con poca experiencia hacia el pequeño pedazo de tierra olvidado por Dios. Luego de unos minutos mas de lo usual debido a nuestra poca coordinación, llegamos a la isla y nos situamos en la orilla mientras Garfio y Bartholomew dejaba situado en tierra el barco, debían de estar bastante atareados con la perdida de tiempo y estaba claro que no nos dejarían moverlo nosotros y gastas unos cuantos minutos mas.-Damas y caballeros, bienvenidos a la isla Pelegos.- Dijo Garfio mientras se apartaba y dejaba que mirásemos la isla sin ninguna dificultad. Algo dentro de mi dijo que ese lugar no era lo suficientemente seguro, un helado escalofrió corrió por mi espalda recordando con pesadez aquel sueño donde era engullido por lo que ahora estaba pisando, sin duda alguna debía de ser cauteloso a la hora de entrar en aquella isla, pero para mi suerte, en mi letargo lapso de pensamiento Garfio decidió por dejarme cuidando el pequeño bote, no omití ninguna palabra, solo moví la cabeza aceptando la pequeña labor mientras me sentaba en una roca en la orilla del mar y observaba como los dos grupos se alejaban del lugar.

Un grito despavorido enardeció el lugar, moví mi cabeza rápidamente hacia la creciente fauna de la isla de donde salían 3 tipos no mas harapientos que yo, al parecer eran piratas, pero no de nuestro bando, los tres rieron ante mi escuálida figura, no preste importancia y esboce una sonrisa mientras me levantaba si desenfundaba solamente la espada con la mano izquierda y la enterraba frente a ellos. -Tranquilos quisiera evitar todo combate, tan solo soy un cuidador, no tengo nada de valor ademas de esta espada.- Dije mientras daba tres pasos hacia atrás y mantenía mi torso inclinado, escondiendo mi mano derecha, Los piratas se confiaron al ver que dejaba mi única fuente de defensa entre ellos y yo, y avanzaron sin contar los pasos cuando estuvieron frente a mi espada sonreí ligeramente mientras que con una patada levante una gran cantidad de arena que fue a dar a su cabeza. La adrenalina se elevo en mi cuerpo mientras los piratas se tapaban los ojos evitando la arena y gritaban insulto e improperios contra mi, rápidamente y sin contar el tiempo saque mi pequeña hacha de debajo de mi poncho y la lance al grupo de atacantes, "¿Le habré atinado a alguno?" me pregunte mientras tomaba la espada y me alejaba hacia el bosque, si ellos tenían algún arma de fuego necesitaría de obtaculos que parasen las balas. Me escondí en los primeros troncos mientras sentía un pequeño calor arrancar desde mi torso, me revise rápidamente encontrando un leve corte en el torso, unos centímetros bajo la axila, uno de ellos me había logrado dar mientras tomaba la espada y corría hacia aquí, pero gracias a mi suerte no había sido lo suficientemente profundo como para incapacitarme en el combate. Moví mi cabeza fuertemente y deje de ver mi herida para fijar mi atención en los tres piratas que me atacaban, mientras levantaba algo tembloroso por culpa de la adrenalina el sable.
Suerte había sido la mía, al observar que mi hacha había dejado manco a uno de los piratas, este estaba apretando con fuerza su brazo mientras su muñeca colgaba de un hilo de carne, victima del corte, su espada yacía en el piso alrededor de varias gotas de sangre, uno de los dos, rasgaba parte de su vestimenta preparando un improvisado torniquete para su compañero mientras le daba palabras de aliento al desdichado hombre que temblaba de rodillas en el piso. Un sable se enterró en el árbol a centímetros de mi cabeza, despabile rápidamente para darme cuenta de que el otro pirata había descubierto mi posición debido a la fuerte respiración que emitía, me moví para atrás mientras el sujeto sacaba su sable del árbol y revelaba su posición frente a mi. Hubiese sido mas fácil si me hubiese transformado pero quería dejar aquello para ultima instancia. Levante el sable frente a mi enemigo y con poca experiencia comencé a cruzar filo contra filo, sus golpes, mas experimentados que los míos no cortaban mi carne, pero me empujaban cada vez mas al interior del bosque y eso me ponía cada vez mas nervioso, hasta que de una gran ráfaga cortante, mi oponente me dejo a sin mi arma y haciéndome caer al piso. Estaba desprotegido en el piso mientras me arrastraba poco a poco hacia atrás, el miedo me invadía y no era culpa del sujeto frente mio, sino de aquella isla que me causaba mala espina, busque rápidamente en el piso algo que me ayudase a sacarme de encima al pirata que acechaba mi vida, tome una piedra mediana y se la lance frenéticamente a la cara cuando intentaba darme un estoque, este dio contra uno de sus ojos, el cual hizo que gritara de dolor y fallara el golpe insertando su estocada letal en la orilla de uno de mis muslos,contuve el grito mientras me lo sacaba de encima con una gran patada y sin perder el tiempo, me lance encima de el y lo abofetee hasta que quedo fuera de combate. Me levante rápidamente sin saber si mi oponente estaba muerto o no, tome su espada, la mía y empece a caminar lentamente hacia la orilla mientras cojeaba levemente, donde tenia claro que me quedaba un ultimo oponente, claro, si es que el otro no se atrevía a luchar con una hemorragia.
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Mensaje por Tristán de Tincoras el Sáb Mar 16, 2013 10:36 pm

Ante la presencia del capitán del navío, incluso el enorme ser de colmillos peligrosos parecía empequeñecer. Al parecer, todos los nuevos reclutas – al menos en apariencia – se encontraban en frente del capitán, que los observaba con mirada crítica. Antes que nada presentó ante ellos a Bartholomew Blood, tan extravagante y hostil a ojos de Tristán como el propio capitán. Lisiado, eso solo lo hacía parecer más intimidante, por algún extraño motivo de la psique del arquero. El capitán contaba con cierta emoción extraña en la voz sobre el motivo que los había hecho llamar. “Nuestro objetivo en Pelegos, es confirmar un rumor, un… cuento puede parecer, mas ardo en deseos de averiguar su autenticidad, se dice que en el corazón de la isla existe un tesoro, un tesoro tan grande que haría empequeñecer el de los reyes a lado.” – si bien a Tristán le podría haber parecido un bulo, no pudo evitar contener esa misma sonrisa que tendría un niño que lee en los cuentos sobre ciudades de oro y esmeraldas del tamaño de un puño. Oyendo todos más o menos en silencio, el capitán continuó la explicación sin perder un ápice de énfasis. “Pelegos puede parecer una isla, paradisiaca sin duda, mas prefiero que estén preparados, todos aquellos que no estén provistos de armas, diríjanse al contramaestre y el les atenderá, otorgándoles las armas que deseen.

Tal como sugirió el capitán, cada uno de los nuevos reclutas se arrastró hasta unos expositores con armas. Al ir viéndolas, acarició con delicadeza el machete que portaba con guardado en el cinto, sabiendo que para él ese pequeño filo podía ser mucho más útil que cualquiera de las espadas y dagas que el contramaestre les ofrecía como si de un mercadillo se tratase. Sin embargo, en otro rincón vio la sección de armas de fuego…

Tristán había vivido su infancia en una casa de cazadores. Su padre era hasta la fecha imbatible con el arco en los recuerdos del aquel entonces infante, y muy tradicionalista en ello. Por aquel entonces, era popular también de vez en cuando usar armas de fuego para la caza mayor, sin embargo en esos vívidos recuerdos de una infancia feliz la figura de su padre jamás portó semejantes armas. Recordaba a aquel hombre de rasgos toscos, aguileños, con una prominente nariz afilada y una cuidada barba canosa. Ojos celestes y críticos, con su inclemente mirada pero aun así llena de valores. Con su inconfundible traje de caza verde, su gran constitución y su siempre fiel Dago, el perro de la familia. A su espalda un carcaj de flechas finas y mortales, y en sus manos un arco de tejo negro, lustroso y cuidado con más amor que su propia familia. Jamás vio en él pólvora, y sin embargo era temido como uno de los mejores tiradores en su tiempo. Jamás tuvo en sus manos un arcabuz, pero siempre acertaba el tiro.

Al ver esas pistolas, rifles y arcabuces a Tristán le vino cierto sentimiento de melancolía, haciendo que una sonrisa nostálgica se formase en sus labios. De pronto, sintió el peso de su arco en su espalda, y algo le incitó a tomar varias pistolas. “Disculpe… ¿Puedo tomar uno de éstas…?” – le preguntó al contramaestre, que le respondió con una mirada de desgana. “¿Una…? Estoy seguro que vas a necesitar más que eso.” – dijo burlándose, pero con un gesto igualmente serio. Tristán así colocó dos pistolas de mecha en su cinto, otras dos en ambas piernas sujetas con unos cintos a medio muslo, suficiente como para poder tomarlas sin tener que inclinarse en demasía. Las dos últimas y haciendo un total de seis pistolas estaban sujetas a unos cintos cruzados en el pecho en forma de equis y colocadas bajo los brazos, en la zona de los oblicuos y en diagonal para poder, igualmente, tener acceso a ellas con facilidad. Tristán apenas era conocedor del uso de las armas de fuego, y lo poco que sabía era resultante de las veces que las habían usado contra él, pero aun así se aventuró a usarlas como arma. Al fin y al cabo, ¿Qué peligros podían esperarles en Pelegos?

○○○

La diferencia de tamaño entre el pequeño bote y el gran y ostentoso Rocío Carmesí hacía que el tambaleo fuese mucho más obvio, pero gracias también a la poca altura del bote podían ver a los pequeños peces de colores huir despavoridos a medida que el bote partía las olas costeras. Tristán había sido elegido como uno de los dos que llevarían un bote hasta la orilla, lo que en parte le molestó, pero que al ver como el tal ‘Colmillar’ tuvo que ir a nado pensó entre risas mentales “Valió la pena.”. En la distancia podía comenzar a ver pelegos, y la manta verde en forma de selva que la cubría en parte. Aunque no lo pareciese, Tristán tenía cierta experiencia a la hora de moverse por bosques y demás, lo que hacía que se alegrase al ver un entorno más familiar tan cerca. Al paso de los minutos y tras ver como Garfio y Blood se veían obligados a arrastrar ellos mismos los botes ante la incapacidad general de los reclutas de hacerlo, Tristán por fin sintió esa arena fina y blanquecina bajo sus pies. El aire fresco del mar parecía ligeramente diferente en tierra firme, como si de un verdadero paraíso natural se tratase. Obviando la bienvenida de Garfio, el arquero estaba maravillado como si de un elfo se tratase ante el paisaje exótico y bello a partes iguales que se alzaba a su frente, muy distinto a las murallas blancas de Phonterek y los bosques que lo rodeaban, así como los fríos caminos y arboledas de Abanisia. El aire era fresco, pero caluroso al mismo tiempo, como si no hubiese sido corrompido por la visita de extraños aun. La playa blanca corroboraba esta sensación, su arena fina e impoluta daba la misma sensación que la de una dama elfa de piel pálida e incorrupta, suave.

Sin embargo y embobado como estaba, se puso en marcha cuando los demás lo hicieron. Poco a poco, vio como Garfio y Blood tomaban rutas distintas. A pesar de que Blood tenía una presencia imponente – podríamos decir que si Garfio no fuese el capitán del barco, lo zarrapastroso y hostil de la presencia de Blood podría opacarlo – también es cierto que la sensación que le transmitía no era algo que hiciese que confiase en él. Al oír las órdenes de Garfio y como se dividirían, Tristán no pudo si no sonreír ante como se desarrollaría. Si bien habría querido poder encontrarse con Kiluyu y charlar sobre los viejos tiempos, lo cierto es que haberse encontrado en el mismo grupo que la señorita Rione era un desenlace ciertamente encantador a sus ojos. Y sobre todo, no quería estar en el mismo grupo que el señor Colmillar, ya que sentía algo similar a como con Blood. Quizás demasiado hostil en apariencia para su gusto.

A medida que marchaban hacia la selva, Tristán empuñó su machete con gracia. Sabía que a diferencia de un bosque común, la maleza, setos, arbustos y vegetación en general de estos lugares era mucho más inquisitiva, dificultando exageradamente el camino sin alterar el entorno. Dejando marchar ante él a la señorita Rione y por supuesto, el capitán Garfio, zarandeaba de vez en cuando el filo más para matar el tiempo que para abrirse paso de hecho. Si bien tenía intención en iniciar una conversación con la dama, la inquietante presencia del capitán allí hacía que se lo pensase dos veces. Además, ella parecía demasiado ocupada peleando a vida o muerte con esas temibles ramitas como para interrumpirla. Al oír las hojas meciéndose ante las bocanadas de aire que pasaban de vez en cuando, el ahora improvisado pistolero se encontraba en una gran calma. Calma que se fue al garete cuando Garfio lanzó una orden con su imponente voz. “Quietos.

A pesar de que la orden era estar quietos, Tristán no pudo evitar arrastrarse hasta allí para ver el motivo. Cuando cierto olor llegó a sus fosas nasales, la respuesta fue obvia mientras un gesto de desagrado llenaba su cara. De pronto, los gritos se llenaron a su alrededor. “Una emboscada… Mierda.” – Tristán, a pesar de su flemática forma de vida, en su trabajo siempre había preferido moverse como el depredador y no la víctima. Sabía las capacidades de una emboscada bien hecha, y le inquietaba enormemente encontrarse en una situación como esta. Tristán primero vio como la señorita Rione se veía envuelta en una trifulca, y aunque hizo amago de darle soporte cambió de idea al ver como un hombre de grandes proporciones, musculatura y sonrisa mezquina aparecía a su espalda, cerrándole el camino por el que los tres habían venido. Su piel oscura y lo intimidante que resultaba hizo que Tristán titubease en enfrentarse cara a cara con él, pero al ver que su arma, un machete exponencialmente más grande que el del arquero, cruzaba el aire con sed de sangre solo pudo interponer el filo propio para reducir el impacto. Torpemente, porque el muchacho terminó estrellándose con uno de los árboles colindantes.

… El tamaño no es lo que importa, sino cómo lo utilizas.” – musitó en voz baja, tras mirar su propio machete y luego el del contrincante. Poniéndose en pie con velocidad y rotando sobre el árbol, usó la zurda para tomar la pistola que portaba bajo el brazo contrario. Al ver que le perseguía como sería lógico, tomó más distancia aun para frenar de pronto unos pasos más allá. Cuando el gran hombre lanzó una estocada horizontal a la altura de los pectorales, Tristán en un gesto bastante torpe pero acertado se lanzó al suelo boca arriba, quedando tumbado. En los segundos de ventaja que había ganado durante la carrera, no sólo huyó, sino que también había preparado el disparo. Cuando se encontraba tumbado y con la enorme masa de músculos ligeramente inclinada hacia delante para aumentar el rango de la estocada, apretó el gatillo, soltando el disparo. Tristán era consciente de que su puntería en general distaba de esos elfos de las antiguas leyendas, y su uso de las armas de fuego resultaría torpe e inexperimentado ante gente como Blood o el propio Garfio, pero aprovechando el gran tamaño del oponente, la cercanía, el hecho de que había sido avisado que las pistolas estaban listas para disparar y que gracias a encontrarse apoyado en una superficie sólida como era el suelo de la jungla evitándole así un desvío importante, acertó. No golpeó en la zona pectoral, que era donde quería, pero al haber herido seriamente la boca del estómago, sabía que aunque se encontrase jadeando, tenso y asustado, había ganado esa batalla. Esa pequeña e insignificante batalla.

Mierda…” – dijo mientras el hombre de tez morena caía boca arriba y agarrando su herida con gesto adolorido en una posición similar a la del propio Tristán. Más pronto que tarde se levantó de un salto del suelo. Sin embargo, sintió un raudo silbido proveniente de la maleza, muy similar al estallido que había salido del arma que acababa de usar. El susto llenó su alma pronto, cuando vio a otro de los piratas que aprovechó los segundos que había perdido enfrentándose a su compañero para prepararse y disparar. Despavorido, el arquero huyó del atacante zigzagueando entre la maleza y buscando de nuevo al capitán y la señorita, en un intento desesperado de recuperar la seguridad del grupo.


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Mensaje por Kalu'ak Colmillar el Dom Mar 17, 2013 8:21 pm

Luego de que llegaron todos los marineros a cubierta, el capitán se dispuso a explicarnos nuestra misión. AL parecer teníamos que desembarcar en una isla conocida como Pelegos, EL capitán nos presento a otro pirata que no había visto antes. Estaba seguro de no haberlo por que jamás olvidaría a un hombre con su aspecto. El tipo de por si era bastante grande. Vestía con ropas negras y un sombrero. Se veía bastante formido, inspiraba respeto como el capitán, y posiblemente seria igual de implacable. Sin embargo, esta no era la única similitud que tenia con el capitán. El tal Blood también tenia un garfio en vez de mano, y a diferencia del capitán, tenia una para de palo. Si este tipo iba a ser nuestro acompañante, no sabia si sentirme seguro de tenerlo de mi lado, o preocupado por que pasaría si se volviera en nuestra contra. Ese sentimiento de inseguridad no era natural en mí. Pero ese garfio que tenia; he visto a mis compatriotas ser degollados con armas como esa mas veces de las que quisiera.

El capitán finalmente dijo el objetivo de nuestra misión. Teníamos que llegar hasta el centro de la isla para buscar un tesoro que al parecer rivalizaría con el los reyes mas ricos. Claro que eso era solo un estupido rumor, pero si algo me enseño la experiencia es que nada es incierto hasta que uno lo compruebe. El capitán también nos ofreció ir a por algunas armas de su arsenal. Yo por mi parte ya tengo lo necesario y cabe mencionar que no me llevo bien con las armas de fuego, no por que no me gusten, sino por que mis enormes y gruesas manos son demasiado grandes para manejar bien esos juguetitos. Sin embargo, no pude resistirme a ir a hurgar un poco en el arsenal. Busque y rebusque entre espadas, lanzas, hachas y todo tipo de cosas, hasta que al fin encontré un arma que me quedaba bastante bien. Era un enrome machete, con una hoja de entre 50 y 60 cm. Tenia un mango como el de una espada, así que no tendría problemas en hacer que mis dedos cupieran en pequeñas aberturas. Además tenía ligeras puntitas de metal en el lado sin filo. Sin duda me seria útil para avanzar entre la selva. Llegue a tiempo para partir, y presencie como ponían un bote en el agua, mientras el capitán le decía a Otul que se quedara a cuidar el barco.

Sin embargo, sabía tan bien como cualquiera que tuviera uso de la vista que ese destarlatado botecito era más que incapaz de llevar mi peso. Pesaba como 300 Kg., posiblemente mas después de tanta comida, pero el punto es que seria como cargar un gato sobre una hoja y tratar de que cruce un río. Fue así como me tuve que ir nadando. Por suerte no tenia nada que se arruinara con el agua. Busque una soga de por ahí y la amarre a mi cintura; luego amarre el machete a la soga para que se mantuviera fijo. Espere a que tiraran el bote al agua, y cuando estuvo algo alejado, me tire de clavado al agua. Debo admitir que por un momento casi me quede hipnotizado con la sensación de tener mi cuerpo en el agua. Había estado mucho tiempo en un barco, flotando sobre el agua constantemente, y sin poder tocarla. El agua era mi segunda casa. Literalmente, había sido hecho para el agua, además de la tierra.

Cuando emergí de la superficie pude notar que el bote se había alejado un poco, así que comencé a nadar de espaldas, ya que me relajaba. El hombre del pelo multicolor y el joven intento de cocinero llevaban el bote donde encontraban Bartholomew, la mujer escarba dientes, el hombre de la capa negra, la mujer con joyería y el capitán. Este último en un momento me pregunto a modo de broma si me encontraba bien. Gire un poco la cabeza mientras nadaba y le grite “No me quejo, capitán”. No tarde mucho tiempo en igualar y hasta superar al bote, puesto que a quienes habían dado el cargo de remeros parecían no saber desempeñarlo muy bien. Llegue a la costa un poco antes que el barco, lo que medio algo de tiempo para sacudirme un poco. Cuando el barco llego, el capitán y Bartholomew ayudaron a aparcar el barco mientras los demás se bajaban. Una vez listos todos sobre la playa, el capitán nos dio la bienvenida a la isla. Debo admitir que me decepcionaba un poco haber estado meses sobre el agua para poder estar en ella cinco minutos y luego volver a tierra. El capitán nos dividió en dos grupos, después de advertirnos que estuviéramos listos para cualquier cosa. Decidí aprovechar el momento de tranquilidad. Baje mi arbalesta de mi espalda, apoye la punta en el suelo, gire las dos palancas como siempre y una vez estuvo cargada, la cargue con un arpón No la volvería a guardar, directamente la puse debajo de mi acciona y me dispuse a cargarla con un brazo hasta necesitarla.

Al parecer la raquítica y el arsenal con cabello de colores irían con el capitán. El hombre de la capa negra y yo iríamos con Bartholomew. Por ultimo, en joven se quedaría a cuidar el bote. Es cierto que el joven tal vez no seria de mucha utilidad en la jungla, pero por otro lado, dudo que seria de más utilidad defendiendo el bote solo. Sin embargo, no estaba de humor para contrariar al capitán, al menos no en ese momento, aun era un “novato” a los ojos de los piratas, aunque ya tendría tiempo para dar a entender que novato, es una de las palabras que no me define.

Mi grupo comenzó a avanzar en una dirección hacia la jungla. Bartholomew iba primero, el hombre de capa negra y yo en la reta guardia. A pesar de que Bartholomew nos abría camino, yo tenia que emplear mi machete para cortar mis propias ramas, ya que mi tamaño no me facilitaría avanzar de otro modo. En esos momentos agradecía enormemente haber agarrado ese machete del arsenal. Bartholomew dijo que no nos quedáramos atrás, algo curioso viniendo de quien tenía una pata de palo que lo alentaba bastante. De pronto, Bartholomew se adelanto un poco para observar algo. Luego de acercarme un poco, pude observar que era una flecha, clavada en un tronco. Bartholomew la agarro y la observo detenidamente. Al parecer eso era obra de los pelegostos, quienes intuí, eran los habitantes de esa isla. Ciertamente avisaron que la isla era peligrosa pero no mencionaron la existencia de nativos armados con flechas envenenadas. Pero al parecer no acababa allí la revisión. Bartholomew llevo la punta de su espada al suelo y recogió algo. Era sin duda alguna un sombrero. Me resultaba raro que nativos primitivos tuvieran la “tecnología” de los sombreros, y mas aun que, si los tuvieran los usaran. Al parecer Bartholomew noto lo mismo que yo y más. Nos dijo de ponernos en guardia, pues según el no estábamos solos.

De pronto, una bala impacto en un tronco cercano al hombre de la capa negra. Eso basto para ponerme alerta completamente. Apreté con fuerza el mango del machete y apoye mi arbalesa con la punta en el suelo, sujetándola por el extremo de las palancas. Bartholomew grito que nos preparáramos. De pronto aparecieron de la nada piratas. No distinguí bien los enemigos de los demás, pero se que hacia mi vinieron dos piratas, lucían como gemelos. Los dos tenían una gran red, sostenida por ambos extremos. Lancé mi machete al suelo mientras levantaba la arbalesta cargada con ambas manos. Cuando estuve para disparar, ellos me aventaron la red. Conseguí disparar justo a tiempo. El arpón voló a tal velocidad que atravesó la red limpiamente y le dio a uno de los gemelos en el costado izquierdo. A juzgar por su herida tal vez le rompí el costado de un par de costillas. Por otro lado, el impacto del arpón sobre la red provoco que esta perdiera su velocidad y apenas cayo a mis pies.

El gemelo que fue dañado se quedo agachado, cubriendo su herida con una mano mientras se apoyaba en la otra. Mientras, el otro hombre avanzo, alejándose bastante de su gemelo mientras me miraba con ira y odio en sus ojos al mismo que sujetaba un arpón con una de sus manoseara luego lanzármelo. Logre esquivarlo junto a tiempo, sin embargo, el filo de la punta rozo un costado de mi barriga. Apenas salio un poquito de sangre de la herida, casi ni una gota. El hombre me miro con algo de impresión, mientras yo me acercaba hacia el para combatir. “Nunca peleaste contra un bereskarn, verdad” le dije mientras me apuraba. Para cuando el hombre saco otro arpón, yo ya estaba demasiado cerca. Estire mi mano, buscando atrapar la mano del hombre que sujetaba el arpón y de ese modo evitar que me lo lanzara. En caso de conseguir sujetarla, sacaría mi pica hielos con mi mano libre y se lo clavaría debajo del mentón.
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Mensaje por Kiluyu el Lun Mar 18, 2013 9:11 pm


La sádica sonrisa del capitán nos dio la bienvenida. ¿Qué lo hacía sonreír? ¿El mar? ¿El ver a los novatos de la tripulación presentar sus respetos ante él? Ciertamente, era una persona cuyos pensamientos evadían la mirada del más astuto, inmersos en el fragor de intensas batallas internas, en un alma indómita y salvaje como el mismo medio que tanto amaba atravesar con su hermoso y regio navío. Mientras el Rocío Carmesí se aproximaba a su destino, la tripulación toda ya despiertos y en sus posiciones, preparándose para el desembarco. Pelegos… Mientras me preguntaba que nos aguardaría allí, logré ver cómo, tras una señal del hombre de elegantes vestiduras, su segundo al mando se alejaba llevando consigo a la pirata que el día anterior habían recogido del mar.

Aquel que nos había mandado a llamar no dio rodeos al presentar al individuo de poderoso aspecto detrás suyo. Bartholomew Blood... Este pirata poseía el olor del mar impregnado en su piel, al igual que el alcohol. Aunque aparentaba estar algo entrado en años, todos pudimos apreciar que su contextura física era prominente, pese a poseer una pata de palo y un garfio. Un lobo de mar en toda regla, no existía la duda en sus firmes ojos, y su temible aura podría haberlo convertido en capitán. Si en realidad hubiese sabido entonces todo lo que había pasado entre esos dos, no me habría inmutado en lo más mínimo. Se movía con pasos experimentados, propios de alguien cuya vida había sido única y exclusivamente en el mar, soportando su furia y caos, los azotes de inclementes temporales y el penetrante calor del sol habían teñido su piel, como al resto de los presentes. Inclusive yo, resguardado tras mi capa, había comenzado a oscurecerme bajo la influencia del mar.

Nos fue introducido como nuestro “mentor y protector” en lo que el caballero de gran sombrero definió como “prueba”, la isla que se abría a nosotros sería el lugar donde demostraríamos nuestra valía. Solo entonces nos develó el verdadero propósito detrás de tanta enigmática charla. El rumor del que tanto había oído hablar por parte de los navegantes era nada más y nada menos un tesoro de colosales dimensiones, que se suponía yacía en lo más profundo de ese trozo de tierra. Ciertamente parecía sacado de una trillada historia de piratería, más si aquello tenía aunque sea un mínimo de verdad…

El capitán no se demoró en hacer lo que mejor sabía, dar órdenes. Y la primera de ellas fue que nos abasteciésemos de armas con el contramaestre. Y los convocados no dudamos en obedecer. Mientras el caballero se ocupaba de sus deberes como comandante de su nave, indicándole a su segundo al mando las maniobras a realizar con el navío, yo seguí los pasos de los reclutas que me precedían al interior del barco. Nunca, en ningún momento, ni siquiera cuando trabajaba en las alturas de los mástiles o acarreando barriles, me separé de mis pertenencias, y tampoco tenía en mente hacerlo. Pese al ambiente de camaradería que había desarrollado con los tripulantes, estos mismos no dejaban de ser piratas y ladrones, y lo que menos deseaba era perder algún elemento preciado para mí. Entre mis elementos se encontraban mis armas, aquellas que el Olvidado me había regalado antes de nuestra separación, y vaya si era hábil manipulándolas. No estaba seguro de querer llevar otro filo conmigo además de los que ya llevaba, pero igualmente mis pasos me llevaron a una de las estanterías, donde algunos sables y espadas cortas se hacían lugar, amontonados unos sobre otros. Pese a que nos internaríamos en la jungla, no creía conveniente el uso de un filo para abrir un camino entre la maleza. Después de todo, crecí siendo uno con la naturaleza y con el medio que me rodeaba.

Sopesando algunos filos, revisando meticulosamente la calidad del material de las espadas y blandiéndolas a continuación, terminé decantándome por una espada pequeña y muy ligera, cuya hoja no superaba los setenta centímetros de longitud, y de no más de tres centímetros de ancho en la parte más robusta. Su empuñadura era simple y sin muchos lujos, y debía pesar aproximadamente seiscientos-setecientos gramos, bastante poco para ser un arma de acero. Tras extraerla de su vaina y blandirla un poco para adaptarme a su forma, procedí a situar el nuevo equipo en mi cintura, uniéndole a mi armadura inferior. Tras comprobar que se adaptaba perfectamente a mis movimientos, regresé a cubierta.

El resto de los integrantes de la pequeña incursión ya se encontraban sobre un pequeño barquichuelo a un costado del Rocío Carmesí. Sacudido por el constante oleaje, se llegaba a él a través de una escalera de cuerdas que rozaba la superficie del agua. Y no me hice rogar para unirme a la travesía, demostrando la agilidad ganada con las horas trabajando en los mástiles el día anterior descendiendo con presteza y tomando el único lugar libre, al lado del señor Blood. Muy a mi pesar, debía soportar los poco agradables aromas de aquel veterano hasta que volviésemos a tocar tierra, y, aunque el panorama no era nada alentador gracias a que la primera bocanada de aire se veía envuelta en un pestilente hedor a sudor y alcohol, prefería aquello a lo que me había acostumbrado en cierta forma a volver a sentir la tortura de estar cerca de un rátido envuelto en su propia desgracia. Bien, al menos me servía como un recuerdo de que las cosas pueden ser peores.

Nos separamos del navío principal en silencio y con tranquilidad. Los remeros, las únicas dos personas que había tenido el placer de conocer, demostraban su torpeza y falta de práctica haciéndonos avanzar a una velocidad mínima, alargando aún más un viaje de unos pocos metros. Incluso el cocinero de a bordo nos rebasó nadando de espaldas. Aunque solté una pequeña risa al ver aquello, preferí mantenerme distanciado de lo que acontecía, acariciando la fina y tersa superficie del vital líquido con mis dedos, claro y transparente como en ningún otro lugar existía. Era tan cristalina, que el fondo lograba distinguirse inclusive si nos encontrábamos a varios metros sobre este. Era un fenómeno que solo en ese sector del mundo ocurría, donde las inmaculadas aguas eran casi un segundo mundo. Cardúmenes de peces se dispersaban cada vez que los remos rompían la suave calma de ese paisaje que parecía de otro mundo. Embelesado, me perdí en pensamientos incluso más profundos y carentes de significado o valor alguno, hasta que llegamos a la orilla.

- Damas y caballeros, bienvenidos a la isla Pelegos.

Tras una demostración de lo que yo consideré como un acto rutinario por parte de los piratas, desembarcamos en las blancas arenas de Pelegos. En ese momento sentí que habían pasado meses desde la última vez que había estado en tierra firme, cuando en realidad no habían sido más que unos pocos días. Incluso si pensaba más allá, no habían pasado siquiera treinta días desde que había embarcado en el buque mercante de Thonomer. Me sentía extraño, como si el tiempo mismo hubiese transcurrido mucho más lento que antes. No obstante, tras tantos sucesos, allí me encontraba, siguiendo la pista de una leyenda, comandado por un par de piratas de dudosa calaña y en una isla de la que nadie sabía nada. Era innegable que echaba en falta estar una superficie que no se balancease cada vez que una ola golpea su costado, por más que ya me hubiese acostumbrado a ello. Y, aunque no tenía ni idea de la fecha, muy seguro estaba que la noche de luna llena se acercaba. Era mejor que me encontrase en tierra cuando sucediera.

El beodo caballero de elegantes ropajes nos dividió en dos grupos, cada uno tomaría un rumbo diferente hacia el interior de la isla. Yo estaba junto con el cocinero y mi compañero en el barquichuelo, el señor Blood, mientras que Garfio se llevaría con él a Tristán y la hechicera. Gray se quedaría vigilando el bote, a lo que él no objetó reparos. No comprendía la lógica del capitán, si no confiaba totalmente en él, lo que dejó claro con su amenaza, ¿Por qué lo dejaba al cuidado de nuestra única vía de regreso al Rocío? De todas formas, aunque era una buena idea fraccionarnos para batir los alrededores, esperaba no tener la mala suerte de encontrarnos con hostiles en el camino. Separados éramos más débiles.

El experimentado lobo de mar abría la marcha ante nosotros en una excepcional muestra de agilidad con su pata de palo y su espada, dejando una brecha en la maleza en la que fácilmente cabía un hombre. Más no un Bereskarn. El cocinero se veía obligado a apartar su propio camino usando un machete que se veía ridículamente pequeño en sus enormes manos, aunque demostraba una buena adaptabilidad a este medio tan diferente a su naturaleza. Yo por mi parte, aprovechaba mis años de experiencia viviendo en el corazón de los bosques de Wer Altiui di Wer Darastrixi, avanzando sin problemas en la espesura, evitando las raíces y las enredaderas, esquivando los arbustos espinosos, casi como si volase sobre la tierra. Desde que tenía memoria me había deslizado en la naturaleza de esa manera, como si fuera uno con ella.

Evidentemente el señor Blood mantenía su humor, si soltaba una broma tan limpiamente. Por mi parte, prefería mantenerme alerta. Algo no estaba bien, no cabía en la ecuación. Tanta tranquilidad me daba mala espina, la ausencia de fauna en los alrededores era anormal incluso para una isla solitaria en el mar. No podía oler ni oír animal alguno, tan solo molestos insectos que revoloteaban alrededor de nuestras cabezas, y eso hacía que el pelo de mi nuca se erizase. ¿Qué se cocía en ese ambiente tan extraño?

Un cambio en el olor del aire me arrebató de mis pensamientos. Era… distinto, no podría calificarlo de alguna forma. El lobo de mar nos ordenó detenernos, a lo que obedecimos inconscientemente. Se adelantó un poco, extrayendo lo que parecía ser una flecha clavada en la corteza de un árbol. Indudablemente no estábamos solos allí, más despertó de forma pronunciada mi curiosidad el ver que la punta de esa flecha era de frío metal. Si eran nativos, lo más lógico sería que usasen herramientas de piedra, ya que al estar distanciados de la civilización no deberían tener incorporada la tecnología para manipular el hierro. Otro descubrimiento de nuestro guía reforzó mis sospechas. Un sombrero no era algo que llevasen los nativos.

El extraño aroma se había intensificado. Además… podía oírlos. Pasos apresurados, ruido de ramas rotas y susurros. Desenfundé mi hacha, más no me dio tiempo a sacar mi escudo cuando un disparo rompió la quietud del ambiente, y astillas volaron de un árbol cercano. Una descarga de adrenalina recorrió mi cuerpo, y me obligó a situarme en una posición de defensa, mi pierna derecha detrás soportando todo el peso de mi cuerpo. De un rápido vistazo, reconocí varios enemigos frente a nosotros gracias al reflejo de sus armas con la luz. Aquel que había dejado escapar el disparo se hizo visible ante mí, su rostro adusto denotando fiereza y crueldad. No dudé un solo instante, levanté mi brazo izquierdo para hacer de contrapeso, deslicé mi brazo derecho hacia atrás y lo crucé rápidamente hacia delante, dejando escapar el hacha con velocidad.

No conté con la oportunidad para verificar si había acertado, ya que un filo cortó el aire desde la derecha frente a mí, dejando un hilo de sangre en mi mejilla, al mismo tiempo que otra explosión hacía eco en la espesura y sentía un agudo dolor en el flanco bajo mis costillas. No tenía tiempo para analizarlo, debía dejarme llevar por mi instinto, retrocediendo a la izquierda y enfrentando a mi fugaz enemigo. Un hombre de mediana estatura, vestido con ropas marinas y manipulaba un par de cuchillos con velocidad y destreza. Su ataque había fallado por poco, más no me dio tiempo a recuperarme del todo, abalanzándose sobre mí con ambos cuchillos rompiendo el aire a su paso.

Todo sucedió en cuestión de segundos. Intentó apuñalarme usando el filo de la daga en su derecha apuntando a mi abdomen, a lo que respondí volteando unos milímetros y aferrando el brazo atacante con el fin de inmovilizarlo. Pese a la sorpresa de tan veloz reacción, mi contrincante reaccionó mucho más rápido de lo que esperaba, y, tras un rápido movimiento de piernas, me arrojó al suelo utilizando la inercia de ambas manos. El aterrizaje fue duro, ya que caí de costado sobre la reciente herida provocada por el disparo. Sentía que perdía el aire, no obstante sabía muy bien que no podía rendirme aún, y no desesperé al ver que mi contrincante a punto estaba de darme el golpe de gracia. Muy alejado estaba de terminar conmigo. Con un grito de furia, lancé una fuerte patada a la parte posterior de sus rodillas, obligándolo a arrodillarse. Contuve la respiración por un momento mientras desenfundaba al mismo tiempo una daga con mi mano izquierda, acariciando el frío acero de aquella arma tan querida. Una que usaría para segar otra vida. Levantando mi torso del suelo, estiré mi brazo y mi cuerpo todo con la punta de mi daga rompiendo el aire mismo a mi paso, apuntando al rostro de mi enemigo.

"¿En qué momento comencé a tomar la muerte tan a la ligera?"



La belleza del mundo se encuentra en el equilibrio.
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Aventuras de un navío oscuro - Página 4 Empty Re: Aventuras de un navío oscuro

Mensaje por Thorin el Mar Mar 19, 2013 3:57 am

Había desenvainado mi espada, preparado para hacer frente a todo lo que se me acercase, los piratas rivales surgieron entre la maleza rugiendo con fiereza, yo no me amedrente confiaba en mis posibilidades, estaba más preocupado por los novatos, días atrás la señorita Rione me había preguntado por alguien que la instruyera a combatir con espadas, eso quería decir que no sabía cómo blandirla, también dudaba de ese ‘’Terror de los siete mares’’ el muchacho llamado Tristán, pero ahora era tarde, debíamos defendernos de esta emboscada y salir airosos de esta, el capitán del Roció Carmesí no caería tan fácilmente.

‘’Combates del grupo de Garfio’’

Tristán: Tristán fue abordado por un gigantesco, hombre de color, el cual le perseguía encolerizado, sin duda el joven arquero tenía ases en la manga, logro abatir al tipo de color gracias a un disparo afortunado, la herida provocada fue en el estomago, su herida le haría sufrir y sangrar hasta morir, un destino horrible para un guerrero, pero ahora tocaba atender otros asuntos, un segundo hombre ataco a Tristán, este armado con pistolas y sin dudar disparo, la suerte volvió a sonreír al muchacho de pelo multicolor pues el pirata agresor fallo su disparo, de hecho erró varios disparos hasta que quedo completamente desarmado pues solo dependía de sus armas de fuego, Tristán en un ágil movimiento agarro su machete y mientras el pirata trataba de escapar, así que el arquero le perdono la vida a ese pobre diablo. (Un muerto, y el segundo huye)

Yvonne: Yvonne por el contario tenia más problemas, ya que nunca había blandido una espada, pero eso no la impidió defenderse como pudo, lanzo una estocada al vientre de su adversario, pero erro y no fue nada más que un rasguño para aquel pirata. Ese no era el mayor de sus problemas, otro pirata la asalto mientras el otro se miraba la herida, rezando de no estar malherido, el pirata que la asalto era imprudente y ataco a Yvonne sin cuidar demasiado su defensa, algo que la inteligente mujer supo aprovechar para hundir su espada, en el abdomen de aquel pirata, esto hizo que la maga pudiera así probar que se sentía, al atravesar un cuerpo con el filo de su arma, una nueva experiencia sin duda. Ella trato de retroceder buscando a Garfio, el cual continuaba su lucha con sus adversarios, en un momento el rival de Yvonne se acerco suficiente lanzando asi una estocada pero fallo, aunque valiéndose de su otra mano abofeteo duramente a la maga, la cual cayó al suelo golpeándose duramente la espalda, pero cuando fue a rematarla la joven logro invocar una ráfaga de viento desesperadamente, que evito que el pirata culminara con sus intenciones de acabar con ella. (Un muerto y el segundo desconcertado)

Garfio: Yo luchaba blandiendo mi sable, valiéndome de mi experiencia, el prime atacante se acerco a mi blandiendo un sable, muy parecido al mío, esquive su primer golpe dando un pequeño salto hacia atrás, momento en el que aproveche para tratar de clavar mi garfio en aquel sujeto, no tuve éxito y gracias a mi ímpetu, fui alcanzado fugazmente, el hombre se recompuso más rápido de lo que yo me esperaba, lanzo una estocada recta hacia mi cara, pero con algo de fortuna pude evitarlo, mas no resulte ileso, la afilada hoja de su espada, me hizo un corte en la mejilla el cual empezó a sangrar, aunque no le di una mayor importancia puesto, que aunque dolía y escocía bastante, no podía flaquear ahora, aprovechando un justo desnivel en la tierra utilice mi garfio nuevamente para desarmar al pirata quien cayó al suelo gracias, a que al desviar su sable hacia el suelo justo en el momento, en que la tierra se desnivelaba un poco, el pirata tropezó y rauda fue mi acción al clavarle mi espada justo en la garganta, una muerte rápida, dolorosa y que le haría sufrir pues hasta que el sable no fuera, enterrado del todo su espina dorsal no quebraría con lo cual, moriría por asfixia, no trate siquiera de retirar el sable de aquel cuerpo, tenía otras cosas de las que ocuparme, note como algo caía tras de mí, así que decidí volverme para ver de qué se trataba, era la señorita Rione, me sorprendí al ver como un fuerte viento impedía que su rival acabara con ella, pero no tenía tiempo para las preguntas, tenía que actuar deprisa, gracias al desconcierto del pirata por el viento invocado por la muchacha, yo aprovechándome de la situación desenfunde una de mis pistolas y rápidamente dispare hacia aquel pirata, mi disparo fue acertado y alcanzo justo al objetivo donde quería, el perdigón de acero entro por su ojo, reventando por completo el globo ocular, atravesó tejido y llego hasta el cerebro, pero no fue allí donde se detuvo, debido a que estaba bastante cerca el disparo fue prácticamente a quemarropa y el perdigón se perdió tras salir por la parte posterior de su cabeza, dejando en esta un horrendo pero casi perfecto agujero, mi felicidad no llegaría a poseerme pues escuche otro grito, era otro pirata, el cual me derribo en frente de la muchacha, se echo encima de mí como si fuera un perro rabioso, me aproveche de esa situación y con rapidez, mostrando cierta destreza clave mi garfio en su cuello, hundiendo la punta por la tráquea y saliendo esta por la boca así que literalmente se podría decir que lo ‘’pesque’’, los demás piratas que nos asaltaron parecieron aprender una lección, pues huyeron despavoridos, o tal vez fue otra cosa lo que les llamo la atención, me era indiferente, yo seguía vivo, me levante aun con el cadáver enganchado en garfio y tras quitarlo, recogí mi sable.

-¿Se encuentran bien?- Comente serio, mirando a mis ‘’compañeros’’ aunque en mi voz se podía apreciar el cansancio, el esfuerzo y como no, el enfado que naturalmente siente un hombre, cuando alguien le ataca, tenía la respiración agitada, mi frente estaba empapada en sudor, mi mejilla sangraba sin cesar y además, tenía sangre ajena en mi rostro y los brazos, sin duda algo que corregiría más adelante. –Cuando atrape al capitán, de estos perros, conocerá la ira de E. Morgan McCloud.- Comente cruel, intentando recobrar el aliento.

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‘’Combates del grupo de Bartholomew’’

Kalu’ak Colmillar: El Bererkarn sin duda era un oponente fuerte, era sin que nadie pudiera contradecirlo el más fuerte y corpulento de los piratas, del Roció Carmesí, pero aquello no le iba a convertir en superviviente ¿o quizás si? Los gemelos se abalanzaron sobre él con presteza y agilidad, corrieron hacia él para intentar atraparlo con la red que llevaban, una maniobra arriesgada pero que si surtía efecto les pondría en una clara posición ventajosa, pero no fue así, Kalu disparo su arbalesta antes de que le alcanzara la red, su arpón voló, voló cortando el aire con tanta fuerza que el silbido del proyectil se podía incluso oír, pero como había contactado con la telaraña de cuerda su disparo se vio un poco desviado y choco contra uno de los gemelos, aunque no lo atravesó, sus costillas se quebraron como si fueran de pan duro, algo que nadie podría apreciar es que al romperse una de las costillas se incrusto en un pulmón, este pronto se llenaría de liquido y el herido moriría por falta de aire.
El segundo gemelo, ataco con violencia al antropomorfo mediante un arpón, aunque no logro malherir a la poderosa criatura. Cuando el pirata se dispuso a atacar nuevamente, Kalu se abalanzo sobre él con velocidad, logro que no pudiera lanzarle el arpón, entonces la poderosa morsa saco su pica hielos y lo incrusto en el mentón del pirata, haciendo que la afilada punta saliera por la boca, pero algo de lo que el antropomorfo no se dio cuenta es de que el pirata si había logrado impactarle con el arpón, cuando le detuvo la punta de este sin querer se clavo en el brazo de Kalu, pero solo era una herida superficial, a la cual apenas daría importancia. (Dos muertos)

Kiluyu: Ágil, rápido y observador el licántropo se detuvo al escuchar un disparo, se preparo y gracias a su amplia percepción, estuvo preparado para el combate, antes incluso que sus compañeros, pero eso no le evito ser atacado, el lupino lanzo su hacha, pero esta no encontró fortuna entre la maleza, además alguien le estaba atacando.
De pronto un estruendo ensordeció el combate, un trabuco disparado entre la maleza, el pirata que lo empuñaba era un aguerrido combatiente, gracias a su experiencia sabía que su arma no sería efectiva a menos de diez metros, se aprovecho de la distracción del lupino, emergió de detrás de un árbol y disparo al licántropo prácticamente a quemarropa, los perdigones volaron con violencia atravesando el aire sin que nada se opusiera, entonces sin que hubiese otro objetivo varios de ellos impactaron el cuerpo del licántropo, el cual sintió un agudo dolor pero no creyó que fuera demasiado importante, es por ello que siguió luchando ya que gracias a la adrenalina que había liberado, su cuerpo le había inhibido el dolor lo que le permitía seguir peleando contra el otro pirata.
A pesar de su herida, el sentimiento, la fuerza y la voluntad, sumando a todo ello la adrenalina, le permitieron seguir luchando y sumido, en una especie de trance logro derrotar a su adversario, clavándole una daga justo en la sien. (Un muerto)

Bartholomew: El veterano lobo de mar rugió, al ver como de entre la maleza surgían piratas, se aprovecho de que ya tenía desenvainada su espada y por ello, empezó a luchar como si los espíritus de los siete mares le poseyeran, su maestría con las espadas era bien sabida a bordo del Roció Carmesí, ahora esos perros conocerían su error al enfrentarse a él, con habilidad desvió el ataque de su primer rival, en cuanto lo hizo clavo su garfio en la cabeza de este, pero eso no acababa ahí, alzo ese cuerpo para cubrirse de su segundo atacante, el cual disparo a bocajarro con una pistola de mecha, el cuerpo inerte que sostenía Blood con su garfio hizo de escudo, evitando que fuera alcanzado y evitando que su atacante viera sus intenciones, tras el cadáver ‘’pescado’’ que sostenía Bartholomew, su mano había soltado su sable y se dirigía ahora a su chaqueta, de ella saco una pistola, tras apartar el cuerpo con presteza y puntería disparo, su ataque fue efectivo y el perdigón de acero se aventuro, en la nuez de su atacante destrozando su tráquea, al mismo tiempo que el sanguinario maestro de armas del Roció Carmesí, dejaba escuchar una sonora carcajada: -Yaaaarjajjajaj.- Rio con su voz ronca el pirata, mientras veía caer el cuerpo su víctima, además de eso se quito el otro cadáver del garfio, parecía que no hubiera rival digno de él, o al menos no tan tramposo como él.

Bartholomew se volvió, para ver a sus protegidos al parecer ambos habían vencido en sus combates, algo que le hizo sonreír con sinceridad, pero su felicidad fue borrada al ver como el lupino caía al suelo desplomado, sin razón que él pudiera ver entonces allí lo vio, un pirata armado con un trabuco emergiendo de la maleza, apenas estaba a cinco metros de el, apretó los dientes y de su chaqueta saco un arma grande que empuño con una mano apoyándola, sobre el muñón donde esta ahora su garfio, pego la culata del arma a la cadera y disparo, al tiempo que gritaba de nuevo un sonó: -¡Yaaaaar!- la corta distancia entre Blood y el, sumando sus años de experiencia con, hicieron que su disparo fuera completamente acertado, Bartholomew disparo su trabuco, del cañón de este surgieron cuarenta perdigones dispuestos a destrozar al pirata, las diminutas esferas de acero volaron por el aire dispersándose poco a poco, pero no lo suficiente como para que aquel pirata se salvara, quien recibió todas y cada una de ellas, su cara, su pecho y sus piernas quedaron destrozadas, la muerte fue dolorosa e instantánea, tal era la fuerza del arma de Blood que el pecho del pirata afectado, casi quedo abierto en canal por el disparo, su cuerpo cayó al suelo inerte.

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Gray: El joven lupino, volvió a la orilla cojeando por la herida que le habían producido en el combate, era ágil, fuerte pero insensato, cuando regreso a la playa no vio a nadie, estaba completamente desierta, al menos a su vista, esto pareció tranquilizarle, su respiración agitada poco a poco se iba tranquilizando, al parecer había salido triunfante y victorioso: -Lo logre- Se dijo a si mismo dejando salir un último suspiro tranquilizador, entonces escucho un ruido que lo alerto y se volvió para ver de qué se trataba, el pirata al que le había cercenado la mano estaba ante él y antes de que pudiera hacer nada, enterró su espada en el abdomen de Gray hasta que su filo salió por su espalda, sus ojos se abrieron de par en par sintiendo cada centímetro de acero, entrar en su cuerpo limpiamente, como la aguja que atraviesa la ropa al tejerla, su mano cercenada ya no estaba y en lugar de ella, llevaba un vendaje que cubría su muñón, el licántropo quedo atónito pues creyó que le había derrotado al cercenarle mano, pero no fue así.
El pirata que había curado, a su compañero a base de vendajes también quería su trozo, alzo un trabuco el cual había tenido tiempo de ir a buscar, lo apunto contra Gray y lo disparo a quemarropa justo en frente de, el aunque el lupino quisiera adoptar su forma de licántropo fue demasiado tarde, los perdigones de metal se empezaron a incrustar por todo su cuerpo, perforándolo violentamente, cada bala que recibía eran como puñales que se internaban en su cuerpo, tal era la potencia de aquella arma, que partió en dos al licántropo, haciendo que sus tripas fueran esparcidas por toda la orilla, un salpicón violento de sangre y la mitad de su cabeza se cayó en la arena, su ojo atónito y abierto miraba hacia los piratas, mientras que el resto de su torso había sido descuartizado por el violento disparo.
Gray murió en el acto, su cuerpo entero fue destrozado por el potente arma de fuego.

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Dentro de la jungla Garfio y su grupo se recomponía, descansando del arduo combate que habían realizado, pero no todo serian buenas noticias.
Bartholomew se acerco a Kalu y al verlo, vio que este apenas estaba herido y no necesitaba, atención inmediata, e incluso dudaba que necesitase atención, el problema era Kiluyu, el veterano pirata tan rápido como pudo se dirigió hacia el lupino, se tiro al suelo arrodillándose frente al licántropo para ver si se encontraba bien, a primera ya daba a entender que no estaba en perfecto estado, incluso que la vida había abandonado su cuerpo, Blood acerco su oído a la boca y nariz del licántropo y sintió que su cuerpo, aun estaba vivo, respiraba, ¡estaba vivo! Rápidamente el veterano pirata abrió sus ropas para examinar que heridas tenia, su torso estaba peor de lo que imaginaba ya que lo había visto combatir, tenía más de diez agujeros esparcidos por su torso a causa del disparo de la mortífera arma y esto solo era un fallo, aquel pirata de cincuenta perdigones que podía disparar solo había alcanzado a dar diez, pero aun así, eran heridas demasiado serias como para que Blood pudiera tratarlas, sabiendo que Garfio no estaría demasiado lejos decidió alertar a sus compañeros, ahora que los asaltantes se habían ido.

-¡Morgan!- Exclamo tan fuerte como pudo tratando de llamar la atención de su capitán.

Escuche el grito de Bartholomew llamándome, mire en la dirección que provenía y tras envainar mi arma y preparar guardar mis armas, decidí ponerme en marcha. –Vamos.- Dije a mis compañeros, indicándoles que me siguieran, algo preocupaba a Blood pues por lo general, no levanta demasiado la voz así que algo había ocurrido, debía apresurarme y eso hice, fui corriendo en la dirección donde había enviado a mi maestro de armas.
Apenas dos minutos más tarde, los vi, vi al antropomorfo y a Blood arrodillado en el suelo, algo sucedía, indique que Bartholomew que me dejara ver, se aparto y entonces vi al licántropo, estaba realmente malherido, no era consciente de lo que había ocurrido pero sin duda, esto nos pondría ciertas trabas en el camino, una herida así…

-Blood: No sobrevivirá Morgan.- Me explico con negatividad mirándome, la herida que podía ver sin duda era grave, mucho más grave de lo que me esperaba, aunque claro tampoco, podía predecir que recibiríamos una emboscada en Pelegos. Examine con cuidado a Kiluyu, no era medico así que no podría curarlo, además estas heridas eran demasiado graves para que un médico, normal las cuidara, Blood estaba en lo cierto, no sobrevivirá demasiado tiempo.

-Lo llevaremos a que lo vea ella…- Dije con negatividad. –Blood: ¿Seguro Morgan? A ella no le hará gracia, no tenemos con qué pagarle.- Comento mi maestro de armas, pero ninguno de los dos confirmamos identidad alguna. –Ella es la única, que podría sanar una herida así, además no sabemos si sobrevivirá.- Comente, quizás algo apenado, este licántropo en concreto no tenía nada que ver con el otro, era serio, educado e incluso se digno a advertirme sobre su razas, así que si él me había depositado su confianza, de algún modo se lo tendría que devolver. –Es la única opción, o el muchacho morirá.- Volví a comentar. –Sr. Colmillar, por favor deberá cargar con el.- Ordene, cuanto antes nos pusiéramos en marcha, antes seguiríamos con nuestro camino y más probabilidades tendría el licántropo de sobrevivir. Blood no trato siquiera de discutirlo conmigo, se puso en pie valiéndose de una rama y tanto él como yo, empezamos a caminar, esperando que nuestros ‘’subordinados’’ nos siguieran.

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OFF ROL:


Bien vamos a ello, Yvonne tuviste alguna falta (como ya te comente) asi que recibes castigo, cuando caes al suelo, te golpeas duramente la espalda y por ello ahora la tienes amoratada y dolorida, pero como es tu primer castigo y tu error prácticamente fue nimio, no es una herida grave ni te entorpece, tan solo te es molesta. (Heridas leves, la mas destacable es el moratón, a excepción de algunos cortes, debido al caer al suelo te rasgaste un poco la espalda y escuece)

Tristan tu saliste victorioso de tu combate, eliminaste a un pues, la bala provoco una herida mortal en tu adversario, el segundo huyo como una rata, pero no lo perseguiste y lo dejaste marchar, tienes algunas heridas muy leves, así como rasguños por los forcejeos.

Kalu, saliste victorioso de tu combate, no tuviste complicaciones, no te preocupes por la herida, de hecho fue sin querer así que solo es un rasguño mas, estas perfectamente como Tristán, heridas leves fruto del combate nada mas.

Kiluyu, debido a ese fallo en tu post, de dejarte disparar por un trabuco, ahora estas sumamente malherido, moribundo, casi muerto, pero no es un castigo, simplemente es aplicar la lógica pues te hirió una escopeta de época y ahora, tienes diez perdigones incrustados en tu torso, el próximo o quizás dos turnos, deberás pasarlos moribundo.

Gray, o no leíste bien el mastereo, o lo hiciste pero no hiciste caso, tenias una acción abierta y una cerrada, tu hiciste demasiadas acciones cerradas, cercenaste la mano de uno, hiciste que otro perdiera tiempo curandole, noqueaste a uno a bofetadas... por desobecer mis indicaciones y tras varios avisos/castigos tu personaje a muerto, quedas fuera de la partida.

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Mastereo: Veamos tenemos un medio cadáver en el grupo, Garfio os a comentado ir a visitar a ''Ella'' bien, en el próximo post Bartholomew responderá esa pregunta a quien se la haga si os interesa, Kalu, tu deberas cargar cargar con tu compañero ya que eres el único que podría hacerlo sin fatigarse apenas.

Este turno sera caminar y observar la jungla prácticamente, bien tenéis una semana para postear.
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