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El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Feb 19, 2013 12:44 am




Las noches en el la región de Valashia eran tranquilas, eran porque el capricho de un hombre a transformados días/noches de paz y tranquilidad en caos, desesperación y muerte.

Isaac es su nombre, su familia viene de una gran estirpe de magos, para su desgracia ellos vivían en el reino de Fígaro cuando este condenaba la magia con la muerte. Cuando el rey de esa época descubrió a los magos, la madre de Isaac lo escondió, el vio como toda su familia fue quemada en cruces de maderas. Ahora está buscando un poder antiguo y oscuro para quemar dicho reino tal como ellos hicieron con su infancia.

Misteriosas muertes y desapariciones están ocurriendo en el poblado de Arthias, un pueblo tranquilo, un pueblo de gente noble y honesta, todos con excepción del hechicero loco, Alrededor de la media noche, monstruos infernales salen del castillo abandonado que allí se encuentra y raptan a pobres infelices que no tenían nada más que hacer que caminar en una tranquila y fría noche.

Sabin Fígaro, el actual rey de Fígaro, envía al escuadrón especial del rey para averiguar sobre el misterio que envuelve a Arthias. El escuadrón especial son tres féminas llamadas “los cuervos negros”, cada una con una habilidad especial, se manejan entre el combate, la magia y el poder de las armas de fuego.

Abelia, una chica que aparenta ser inocente pero es la reencarnación del mismo demonio, usa armas de fuego y tiene una precisión mortal.

Luego sigue Luna, una invocadora de demonios, ella con su magia puede crear espectros de fuego y aire para atacar al enemigo, es algo sádica en sus métodos de lucha, pero intenta ayudar a los miembros de su grupo como pueda

Y por último esta Mary Ann, la más honorable del grupo, con su armadura completa y sus armas puede rebanar y resistir casi cualquier golpe, Ella es la líder del grupo y tiende a ponerse temperamental cuando sus órdenes no son escuchadas.

Un puñado de hombres y mujeres han sido convocados a Arthias por los cuervos negros, a dichos seres una carta les llego gracias de un cuervo negro que actuó como mensajero, en la carta el mensaje es el siguiente.

Tú, ser de gran poder, has sido requerido para una peligrosa misión, si aceptas, ven a la región de Valashia, ciudad de Arthias, si completas la misión el reino de Fígaro te recompensara con 20 monedas de oro, pero has de tener cuidado, esto no es un paseo por el parque, cuando llegues a Arthias repórtate en el cuartel general, aquí se te dará la información que necesitas, tienes cinco días para llegar.

Llueve y en una taberna sin mucho público un hombre bebe en un rincón oscuro, allí su lobo descansa a sus pies, pero ¿qué es lo que trae a este hombre a dicho lugar?, una promesa de poder sería una buena respuesta, Edgar el siguiente en la línea del trono de Fígaro, le informo al hombre del lobo sobre la existencia de un artefacto capaz de controlar un gran poder, Necross desesperado busca cualquier cosa para calmar las voces en su cabeza, el único requisito que Edgar le pidió fue que ayudara a los cuervos negros en esta misión, Abelia entra por la puerta y reconoce al hombre del lobo.

¡Hey tú!, el que tiene al pulgoso a los pies, sígueme que los demás están por llegar.

Necross sigue a la joven guerrera a el punto escogido, mientras los demás miembros comienzan a llegar, Necross se pregunta sobre el futuro de la misión, en este momento no conoce nada sobre el enemigo, ni donde iran, solo sigue a la chica por la información que le proporciono Edgar, ese es el impulso que tiene para ser parte de esta misión, ese y ningún otro…



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Naiéth el Mar Feb 19, 2013 7:15 pm

Aquel pájaro negro que a todos nos suele parecer espeluznante traía una carta consigo, de su pico la dejo caer justo cuando alcé la mano para recibirlo. La atrape entre mis dedos, era amarillenta y parecía de papel antiguo. -..... Pájaro ..¿Quién te ha mandado enviarla? - Le pregunté en voz alta mientras este se dedicaba a dar vueltas sobre mi cabeza lanzando algún que otro sonido tan típico de los cuervos antes de desviarse y perderse entre los árboles de la zona. Cogí aire y lancé un largo suspiro... no sabia para que le había preguntando al pájaro, no es que fuera a entenderme..¿Verdad? - Supongo que tendré que averiguarlo por mí misma.. - Agaché la mirada de nuevo a la carta y seguí caminando por aquel sendero de arena, no hacía mucho que vivía sobre la tierra por lo que me cansaba con mayor facilidad y se podía notar en mi piel que cada vez se volvía más pálida, necesitaba beber agua.

Deslicé mis dedos sobre un símbolo que traía consigo, un cuervo pintado y entonces sin esperármelo brilló de manera antinatural -¡¡...!! ¿¡Que cojones!? - Sorprendida dejé caer la carta dando un leve saltito hacia atrás, aquello me había sorprendido. -Qué clase de magia es esta..¡Es guay! - Susurré emocionada con el corazón a toda velocidad y los labios temblorosos sin apartar la mirada de la carta que se abría poco a poco dejando ver su contenido, parecía un breve texto escrito con una delicada caligrafía. -Veamos.. - Murmuré echándome el cabello hacia atrás puesto que con el salto se me había colocado varios mechones por el rostro dificultándome un poco la vista. Me agaché y procedí a leerla.

Obviaré el contenido de la carta puesto que todos ya lo sabemos ¿No estoy en lo cierto? .. Así que avanzaré esta historia unos días después, con más exactitud tres, justo cuando la pequeña sirena llega a Arthias dónde todo el mundo canta o eso cuentan las historias, historias que van de boca en boca. - Waooo nunca había venido aquí - Dijo Naieth con una sonrisa, tan grande que casi no cabía en su cara. -Ahora toca averiguar dónde estará el cuartel general.. mmmm - Se colocó las manos en la cintura y paró de caminar para mirar a su alrededor y decidir cual camino, de los muchos que ofrecía el lugar, tomaría.

No sé cuantos minutos pasaron pero podría decir que había visto tantas caras que me era imposible acordarme de todas ellas y mucho menos contarlas. -Dahhhh - Dijo revolviéndose el cabello la peliazul -Será mejor que me ponga a preguntar - Así que sin pensarlo más echo a correr hacia delante, dónde se encontraba un grupo de personas las cuales llevaban unas vestimentas bastante coloridas. -¡Heyyy!- Se dieron la vuelta extrañadas parar mirar a Naiéth - ¡Hola! ¿Sabéis dónde está el cuartel General? Es que estoy cansada de buscarlo y no lo veo por ningún lado - Una de ellas me sonrió ,las dos restantes seguían mirándome como si fuera un bicho raro.. quizás por haberme puesto a gritarles de aquella manera mientras corría hacia ellas. -Pues si.. si tiras por aquella calle te encontr.. blablabla - En ese preciso momento en que me dijo la calle por la que debía ir dejé de escucharla - Blabla y verás.. blabla muchas personas blabla.. - Todo lo que me decía sonaba lejano como un murmullo. Me di media vuelta - Pues me voooy y... - Sali a correr sin esperar a que terminase - ¡¡GRACIAS!! - Dije gritando aquello ultimo a todo pulmón para que se enterase mientras me alejaba de ella mientras corria de nuevo aunque ahora más rápida que antes, sentía un sudor frío recorrer mi espalda y la boca seca como si acabara de comer galletas. Corrí y corrí como si la vida se me fuera en ello y entonces ya sabeis como acaba esto... Efectivamente con Naiéth entrando en el cuartel General aunque no de manera como cualquier persona corriente lo haría.

Las puertas sonaron con fuerzas tras el empujón de Naiéth que con la cara expresando agotamiento gritó -¡¡¡NECESITO AGUA!!! y ya he llegado - Cogió varias bocanadas de aire, dio varios pasos hacia delante y sonrió mientras una de sus manos se iba hacia su nuca. Por fin había logrado su objetivo y bien poco sabia la muchachita que pronto se vería sumergida en una divertida tarea en la cual su vida, su fuerza, su astucia y voluntad se pondría a prueba.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Sventhil el Miér Feb 20, 2013 4:22 pm

Son cientos de miles los caminos a elegir, cuando uno se dispone a iniciar una travesía nueva hacia un territorio totalmente desconocido para uno mismo. Si me lo preguntan, yo diría que de todos ellos, al menos el 90% te llevan a una muerte horrible e insatisfactoria a manos de un depredador salvaje, un carterista bien acompañado o un grupo de orcos ebrios con ganas de fiesta... Mis hermanos constantemente traían muchas historias y anécdotas junto a ellos cuando volvían de alguno de sus viajes en las colonias enanas del exterior. Cuentos de los rincones más lejanos de todo Noreth, viniendo incluso de más allá del Río Verde, donde Thargund estrecha sus tierras áridas y rocosas con los brazos verdes y frondosos de Djoskn... Tengo que decir que tenía muchas expectativas de vivir alguna clase de "aventura" al salir de Drunk'Thrond (Expectativas disimuladas por supuesto, porque el motivo de mi viaje no podría estar más alejado de esa clase de juegos para niños). Aún así, y a pesar de fingir estar satisfecho con ello, las mayores emociones que viví durante los primeros tres días de mi viaje fueron las que un hombre vive al orinar por primera vez lejos de una fosa, y la de golpear un cervatillo con un maso de herrería con tal de obtener comida fresca y consistente. Al llegar mis pasos finalmente hasta el río Tiffis en una triste noche sin una sola nube en el cielo, y sin señal alguna de ningún contendiente interesante ni hechicero enloquecido, no podía estar más decepcionado de todo esto, e incluso me vi tentado a aventarme a mi mismo "por accidente" en el pantano Swash con tal de ver algo de acción... Claro, uno piensa muchas cosas cuando se encuentra aburrido y solo a la luz de una fogata.

Pero el destino parece ser más sabio o al menos no tan estúpido como yo solía pensar, pues cuando me disponía a descansar con esta idea envenenando mi cabeza, noté un peso extra sobre mi cabeza. Disimulé tanto como me fue posible, ignorando el peso y respirando profundamente, para luego mover mis manos rápidamente y capturar lo que sea que fuese lo que estaba sobre mi. Un dolor punzante en la mano y el graznido de un ave furiosa fueron las únicas cosas que obtuve de ello, además de un rollo de papel que cayó justo a mis pies. Sacudí con fuerza mis gruesas manos mientras sentía como el peso volaba lejos de mi, seguramente insultándome a su manera... Estuve tentado a voltear la cabeza para darme cuenta de que era, pero cuando noté el rollo de papel todo lo demás pasó a segundo plano. Acariciándome levemente la mano izquierda, que había sido tocada por el pico del "ave" (Supongo que fue un ave, no pude verla bien) de mi cabeza, me arrodillé en el suelo y tomé el pequeño rollo, tanteando levemente el sello que me separaba de su contenido: Un cuervo cuervo ¿Que coño podía significar? ... Al mero tacto de mis manos, el cuervo empezó a brillar con fuerza, y a partirse por la mitad con una cierta lentitud que me desesperó a los pocos segundos.

- ¡AH! ¡PATRAÑAS! -Grité fastidiado, tomando yo mismo el sello con la mano herida y arrancándolo de la hoja con suma brutalidad, tirándolo a un lado para que continuara con su parafernalia sin fastidiarme el mensaje, que por supuesto procedí a leer- Vamos a ver... Ser de gran poder... Blah blah blah... peligrosa misión... Hmmm... -Mi ojos se paseaban sin demasiado interés por el manuscrito, mientras dejaba escapar un leve bostezo- ¿Arthias? Eso no queda demasiado lejos de aquí, creo que estaba en Zhakesh...¡Hostia! ¡20 Monedas! ... Ni idea de si eso será mucho o poco, pero... hmmm... Tengo 5 días, creo que puedo decidir mientras camino, después de todo me queda de camino...

No era cierto, en realidad tenía planeado avanzar hacia Nargelion por esta ruta que había tomado... de hecho ¡Esa dichosa ciudad me quedaba en la ruta completamente opuesta! Si es que estaba recordando correctamente el mapa que dejé en mi casa (Estúpido de mi)... Pero como sea, el viaje hasta ese punto no me había llevado a ninguna parte, y puede que esto resultara interesante o hasta informativo... Esa noche me quedé fumando toda la noche, sopesando los pros y los contras del viajar hasta esa región tan solo por seguir uno de esos estúpidos impulsos juveniles... No estoy seguro de cuando fue que me quedé dormido, pero al despertar ya estaba decidido a tomar la oportunidad que se me había presentado. Después de todo, era lo que Elroich hubiera hecho en esta situación, y como él era la principal guía en este viaje, supongo que no puedo desobedecerle. "Esa no es más que una escusa barata..." Me dije a mi mismo al iniciar el viaje, dando media vuelta y caminando en dirección opuesta a la de los últimos 4 días, quizá con mucho mayor ímpetu que antes. Me lo continué reprochando aquello sin cesar durante todo el viaje, atravesando llanuras y montañas hasta llegar a Valashia 2 días más tarde, o incluso hasta llegar a Arthias a la noche del tercer día... Pero no había caso, ya tenía una decisión clara en mi mente y ni mi propio subconsciente fue capaz de detenerme o desviarme ni una sola vez hasta llegar a mi destino, no sin antes consultarle a un par de humanos la ubicación exacta del dichoso cuartel general con un rostro completamente fastidiado. "¿No deberían haberlo dicho en la carta?" Reproché mentalmente mientras interrogaba a cada humano o ser homínido que veía pasar por la calle principal de la ciudad...

Fue ahí cuando empecé a notar su bajo número, y la extraña actitud que parecían mostrar hacia los extraños. Bueno, todos los humanos son así con seres de otras razas, pero esta gente... se pasaba ¿Tendría que ver con la misión que me trajo hasta aquí? Maduré esa idea mientras platicaba con el último humano que encontré, quien parecía estar lo suficientemente ebrio como para indicarme el camino correcto sin estar influenciado por la mala fe intrínseca de su raza. Agradecí con un mero asentimiento de mi cabeza y, encendiendo cuidadosamente mi pipa una vez más, dirigí mis pasos hacia el dichoso edificio indicado... claro que dudé por unos momentos que fuera el lugar correcto, al ver que una joven entraba corriendo con gran estrépito antes de que yo pudiera siquiera acercarme al lugar ¿No sería una especie de taberna o algo parecido?... "En todo caso tampoco me vendría mal una copa en este momento" Murmuré en voz baja mientras esperaba un par de minutos para que la chica cerrara la puerta, y así poder entrar sin llamar la atención. Las gruesas puertas de madera se abrieron suavemente ante un leve empujón, y sin mayores preámbulos ni saludos mostré la carta que me había llegado en una mano, y el sello del cuervo en la otra. Intercambié un par de miradas con la gente presente y, sin nada que decir, me encaminé hacia una de las sillas ubicadas en los costados, acomodándome en ella y dejándo escapar un suspiro de alivio antes de volver a disfrutar de una calada de mi pipa. Ya más relajado, me dí el tiempo de observar a la gente a mi alrededor... La mayoría de las personas parecían ser soldados, con excepción de 3 personas: Una armadura gigantesca que, seguramente, tenía a algún ser humano dentro; una mujer de cabellos rojos y rostro de pocos amigos, acompañada del perro más aterrador que haya visto en mi vida, y una chica de pelo azul con una extraña necesidad de beber agua...

- ... Bueno Sven -Murmuré en idioma enano, dejando escapar un anillo de humo de mi boca mientras hablaba- ¿Querías ver gente extraña e interesante? Dudo que encuentres nada más extraño que esto...

No estoy seguro de a que me lleve todo este asunto, ni de si llegaré a sobrevivir a esta "aventura"... pero de una cosa si estoy seguro: La gente fuera de las minas es mucho más extraña de lo que podría haber imaginado... Y eso me agradaba.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Rosalie el Sáb Feb 23, 2013 2:52 am

¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Cuándo hacer? ¿Dónde hacer?

Hacer: Servir al Dios Único
Cómo: Erradicando la herejía
Cuándo: La situación lo amerite
Dónde: Subyace el mal


-Flash Back:

-¡Pero el mal está en todas partes maestra!, los demonios de la corrupción fluyen libremente hasta por medio de los fieles!, ¿es qué acaso la malevolencia tiene origen y lugar propio…?-Inquirió la joven aprendiz ante su maestra, la Novicia Dorada, para luego levantar la voz a punto de levantarse de su pupitre. Aquel era un tema que le extasiaba en demasía- ¡Por qué a veces pareciese que surgiese de nosotros mismos!, y siendo así entonces no tiene entidad propia, si no que no es más nuestro propio comportamiento manifestado ante nuestros intereses, nuestra propia…-

-Egoísmo Rosalie, esa es la respuesta-

-¿Egoísmo?-Murmuró la pregunta al tiempo que relajaba los brazos y su tono de voz volvía a ser el normal.

-El hombre es egoísta por naturaleza…-Prosiguió su maestra examinando el rostro interesado de su alumna aunque sin mostrar atisbos de encantarse con ello. Su expresión era mármol frío y rígido.- ..Por lo cual todo lo atribuye a sí mismo, es incapaz de concebir la idea de algo que no provenga de él, y este pensamiento si bien fue entregado por nuestro Dios, fue únicamente para nuestra sobrevivencia, porque pensando en nosotros mismos es la forma en que hemos podido sobrevivir en Noreth y progresar como raza, pero asimismo el egoísmo constituye una prueba Rosalie, el egoísmo terrenal es la prueba que nos dejó el gran Dios para ver si somos dignos de permanecer protegidos bajo su sombra, de ver si perecemos ante las propuestas terrenales que son tentadoras pero al mismo tiempo destructivas, como lo es la magia o si preferimos seguir sus enseñanzas y obligaciones alcanzando así un lugar en sus filas. La magia es pecado Rosalie, principalmente aquello que atenta contra la vida y la muerte…-

-¿La nigromancia?-

-Exactamente Rosalie. No lo olvides nunca: El mal y el bien son externos a nosotros mismos, el bien es la fe que le proporcionamos a nuestro Dios y el mal es el pecado y la herejía. El mal es la magia, y si esta magia no es entregada por nuestro Dios, entonces es magia corrupta, magia pecadora. El mal subyace donde hay magia.

-¿Y donde se ubica la magia más corrupta conocida?... -

-¡De nuestros enemigos claro!, los tenebres, Zhakkesh… ellos y su tierra están corruptos y es por ello que deben ser erradicados, no son razones políticas lo que nos impulsa a combatir contra ellos Rosalie, no escuches las malas lenguas del pueblo, que no tienen la fe suficiente para aguantar el hambre en tiempos de crisis y sucumben ante el mal en vez de morir de hambre en honor al Dios que les entrego la vida… ¡egoístas e inconsecuentes!. No Rosalie, las razones no son su tierra ni su oro, es el deber de nuestro Dios, nada más, nada más…

Flash Back -


-Donde subyace el mal…-Susurró Rosalie doblando aquel trozo de papel que perteneció a uno de sus cuadernos cuando era estudiante en la Torre de las Novicias en el gran Imperio hace ya muchos años.

-La mente puede ser frágil y no hay que olvidar el deber…-Agregó mirando el cruce de caminos donde uno de ellos iba en dirección a Zhakkesh. Si continuaba su travesía estaría a pies del enemigo y si bien su deseo de erradicarles era creciente aún no se sentía preparada para ello. Debía empezar de a poco hasta que su Dios fuese quien dictaminara que estaba lista. Debía ser prudente y esperar. Además que…

-Valashia, ¿eh?-

Tenía otra misión que cumplir.

Anteriormente Rosalie se había dedicado a predicar en los monasterios de ciudades aledañas al Imperio junto con las novicias de turno y había sido partícipe de someter a la hoguera a unos cuantos herejes tenebres. Asimismo se dedicó a visitar las bibliotecas en busca de algunos textos religiosos que no hubiese tenido oportunidad de revisar y hubo solicitado varias entrevistas con el sacerdote real para que le entregase alguna misión que cumplir pero por mucho que insistiese al respecto el sacerdote real por el momento no tenía ninguna misión que no fuera más allá de ayudar en las iglesias recogiendo las limosnas o recibiendo peregrinos. Y si bien Rosalie no desprestigiaba ninguno de aquellos labores no era lo que buscaba, era una novicia inquisidora y quería un labor como tal, o por último alguna misión donde tuviera que luchar y le significara aportar a una buena causa.

Pero no sería ni el sacerdote real ni una llamada divina la cual le traería una encomienda a Rosalie. La muchacha sería sorprendida de súbito por un cuervo mensajero que descendería en picada sobre ella hasta posarse sobre su hombro y hacer señas con su pata de que una nota colgaba en ella, nota que al leerla significó un sinfín de preguntas en torno a su contenido, preguntas que no tendrían respuesta a menos que acudiera a dicho llamado. Por lo cual emprendió el camino hacia su caballo y se dispuso a ensillarle al tiempo que cavilaba en torno a lo ocurrido:

-“Puede perfectamente ser una trampa de parte de mis enemigos como no serlo, pero lo que realmente me preocupa es que sepan de mí, ¿acaso me estarían vigilando? ¿O mis milagros y buena voluntad han sido escuchados incluso más allá del Imperio?, es todo muy dudoso y por lo mismo tentador. Y, sumando a ello… la misión es una mera sugerencia, no hay tono amenazante en ninguna de sus letras por lo cual no tengo obligación de asistir, por lo cual el peligro es solo mi decisión… No obstante soy incapaz de rechazar el socorro del prójimo y más cuando este se manifiesta tan clemente porque además indica un monto por cumplir el objetivo… ¿Debería informarle de ello al Sacerdote Real?, podría si… pero si lo hiciera ellos lo sabrían… tal y como saben quién soy. No, será mejor que acuda sola y cumpla con la encomienda, solo me preocupa… La ubicación”-

Y es que el camino iba en dirección a Zhakkesh, por lo cual quitó toda insignia de su orden y se vistió lo más sencilla posible para partir, no podía permitirse ser presa fácil de sus enemigos.

El viaje fue largo mas no agotador, tardaría más o menos cuatro días desde el Imperio y al llegar se dedicaría a preguntar a cada aldeano que viera donde se encontraba el cuartel pero no todos fueron demasiado prestos a responder a la extranjera, preguntó desde ancianos a niños pero nadie quería responder, por suerte una vendedora de verduras a cambio de una compra le daría la respuesta no sin dedicarle una mirada de pocos amigos.

Rosalie para esta ocasión vestía una capucha color verde oscuro, prendas simples de tono marrón y botas de viaje oscuras y gastadas, su caballo relucía por su blancura pero no portaba ninguna insignia que revelara su Orden, nada debía revelar que era una inquisidora, ni siquiera cuando entrase al cuartel en el cual observaría, aparte de los soldados, a algunos individuos que destacaban por su vestimenta fuera de lugar y también por su raza.

-Bien, he llegado...-Murmuró para si adentrándose al interior y sentándose en un rincón, aguardando en silencio lo que tuviera que pasar. No estaba emocionada pero si ansiosa y bajo el peso de la curiosidad.
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Rosalie
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Mar Feb 26, 2013 3:53 am



Muchas veces me pregunto ¿Por qué viajo tanto? ¿Por qué arriesgo mi vida de formas tan extravagantes sin razón alguna? ¿Tengo un propósito al vagar por estas tierras? Aunque meditase durante años, durante décadas, nunca llegaría a una respuesta real. Podría decir que lo hago para buscar a esa manada, a esa familia a la que alguna vez pertenecí. Pero el destino selló ese pasado, y, aunque una parte de mí aún busca recordar, recuperar esas memorias perdidas, muy bien se que ya no soy la misma persona que en algún momento fui. Pero ya no me importa, ya no. Soy tan solo un viajero que cruza sin destino alguno este mundo, un vagabundo de tierras desoladas y marchitas, recorriendo un camino sin sendero, siguiendo una estrella que quizás ni siquiera esté allí. Sin pasado ni futuro, el presente es la rosa que me acompaña, disfrutando cada día el nacimiento del poderoso astro en su plano celestial, aquel que nos brinda luz, y también oscuridad. ¿Cuál es la razón de mí existir?

Los bárbaros agresores parecían haber detenido su frenética persecución. Ya no oía sus gritos retumbando en la fría roca, ni tampoco veía la luz de sus antorchas reflejarse en las frías paredes. Estaba a salvo, al menos por ahora. Me recosté, apoyando mi espalda contra uno de los lados de la caverna, respirando agitadamente. El corazón me latía desbocado, la adrenalina estaba por los cielos. Llevé mi mano al pecho, intentando calmarme. La desesperación ofuscaba mis sentidos, de los cuáles, en ese momento, más que nunca, dependía mi vida. Estaba demasiado oscuro para que, incluso yo, pudiera ver, por lo que dependía de mi fino olfato y audición para orientarme en ese inmenso laberinto natural. Podía apostar que me encontraba a varios kilómetros dentro de la montaña, alejado de cualquier entrada o salida. Y la única vía que conocía estaba ahora infestada de orcos de las llanuras, que anhelaban mi cabeza como trofeo.

Pero había algo más urgente por lo que debía preocuparme. El olor a sangre inundaba mis fosas nasales, mas no era sangre de aquellos salvajes, sino mía. Mientras huía a través de los anchos y escurridizos pasadizos, una de sus flechas logró alcanzar mi pantorrilla derecha. No conocía la condición de mi herida, no había tenido el tiempo necesario para revisarla, pero muy seguro era que me había atravesado el músculo de lado a lado, juzgando por la parálisis y el terrible dolor que sentía. Con destreza, busqué en mi morral unas mudas de ropa de algodón grueso, destinadas a combatir el frío, y, sin dudar por un segundo, arranqué varias tiras de las mismas, las cuales até con fuerza bajo mi rodilla, haciendo un torniquete que detuviera el flujo de sangre. Debía quitar de allí esa flecha, cortarla al medio y quitar las puntas de cada lado, cauterizar la herida con fuego y cerrarla con vendas. Era una operación peligrosa, y necesitaba luz para ver lo que hacía y fuego donde pudiese calentar el metal del cuchillo para sellar el agujero de mi pierna, pero no tenía combustible cerca y no podía correr el riesgo de ser visto por esas bestias que con tanto afán deseaban ver mi cráneo destrozado. Sin embargo, de no tratar la lesión, muy posiblemente la misma se infectaría y causaría más problemas. No tenía otra opción.

Inspeccioné la zona afectada con las manos, asegurándome superficialmente del daño general en mi pantorrilla. Era como lo imaginaba. La flecha había atravesado la pierna desde un costado, impactando a través del músculo, la punta sobresaliendo del lado derecho. Era terriblemente doloroso, pero no parecía haber tocado ningún hueso o cartílago. Debía partir al medio la flecha para de esa forma quitarla de allí, de otra forma podría desgarrarme aún más. Aferré con fuerza el extremo terminado en un agudo filo, y, con un pequeño crujido, fracturé la flecha, arrojando el trozo a un costado. Ahora tocaba la parte difícil. Mordí con fuerza un pedazo de tela, y sostuve firmemente el otro fragmento restante. Poco a poco fui sacándole de la herida, con mucho dolor que, sin embargo, no era nada comparado con la tortura de cada transformación. Gruñí repetidamente con cada movimiento, hasta que la maldita flecha terminó de salir. Rápidamente, procedí a vendar el agujero, e impedir que siguiera saliendo sangre. No me traería nada bueno el desangrarme aquí.

No me di tiempo a descansar, no podía permitírmelo. Debía hallar una salida, una forma de escapar de aquí. Y debía tratar la herida lo más pronto posible, o podría infectarse. Me levanté como pude, y comencé a caminar en dirección contraria a donde había venido. No deseaba encontrarme de nuevo con aquellos orcos, no estaba en condiciones de luchar, solo me quedaba arriesgarme por este incierto camino y ver hasta dónde podía llegar. Tanteando en la oscuridad, cojeando y avanzando, noté el olor, además del de la sangre que manaba de mi herida, la del agua corriendo por las paredes y la humedad propia de un lugar cerrado al mundo durante eones. Adentrándome cada vez más en esa densa oscuridad, me aseguré de estar lo suficientemente lejos de donde suponía que se hallaban esas bestias, e introduje mi mano en el morral, sacando de allí esa pequeña piedra, que comenzó a brillar en cuanto mis dedos acariciaron su fría superficie. La luz apenas si alcanzaba para alumbrar unos cuantos metros, aunque era mejor que nada. Era un estrecho pasadizo, el cuál descendía en una pendiente, brillante por el vital líquido que se escurría en finas hebras a través de la roca. Muy posiblemente este lugar fue tallado en la piedra por el agua misma, y si no me equivocaba, esto debía llevarme a un río subterráneo en las profundidades de la montaña. Si el drenaje era bueno, en algún punto conectaría con la superficie. No debía perder más tiempo, confié en que mi buena estrella fuera propicia dándole razón a mis suposiciones, y me adentré en esa demoledora oscuridad.

El pasaje nunca dejaba de descender, y giraba en bruscas y extravagantes curvas, ensanchándose y achicándose a cada momento, a veces obligándome incluso a agacharme y arrastrarme durante varios metros, con un pequeño hilo de agua corriendo entre mis pies, abriéndose camino entre los pequeños guijarros que componían el suelo de esa caverna. El tiempo fluía distinto allí, los minutos parecían horas, cada paso simulaba ser más lento y pausado, en un camino que ponía a prueba mis nervios y sentidos. Y que me hacía pensar, imaginarme cosas horribles, finales trágicos o terroríficos sucesos. Muy bien sabía que no era aconsejable dejar que mi mente volara en esa dirección, por lo que me obligué a distraerme pensando en otras cosas, a contar la cantidad de virotes de agua de las paredes, o a entonar para mi mismo canciones, historias y cuentos que en mis años con el viejo memoricé y aprendí, narrando mis favoritas, como el vuelo del dragón plateado, o la caída de un reino en las islas olvidadas. Era un viejo y astuto truco para evitar ser dominado por ese pánico claustrofóbico que suele afectar a aquellos en mi misma situación. Noté como la herida en mi pierna se había hinchado, y dolía terriblemente a cada paso. Mas no podía hacer nada ahora además seguir hasta el final de esa larga fisura. Las horas pasaban, ¿O habían sido días? No podía asegurarlo. Mi garganta se secaba, pero calmaba esa sed bebiendo un poco de ese elixir que brotaba del corazón de la tierra. Mi respiración era agitada, mucho ya había avanzado en una condición tan débil, y tan solo mi voluntad de seguir viviendo me impulsaba. La de llevar a cabo aquella invitación del cuervo.

Aún traía conmigo esa pequeña carta que tenía atada a su diminuta pata. Estaba acampando cerca de Ciudad Esmeralda cuando la recibí, dos días hace de aquello. Llegó por la noche, sus graznidos fueron los que me alertaron de su presencia. Revoloteó sobre mí algunos minutos, hasta que se posó sobre mi hombro. A picotazos, me informó acerca de la nota que traía consigo. La desaté delicadamente, y procedí a leerla bajo la pobre luz de aquel fuego que poco a poco moría, dejando tan solo humeantes brasas y cenizas. No sabía cómo, ni de qué forma, los que me convocaban a la ciudad de Arthias sabían de mí. No obstante, no poseía un destino fijo, y esa ciudad se encontraba en la dirección a la que viajaba. En realidad, planeaba regresar a mi punto de inicio, a las montañas Drakenfang y a la ciudad enana de Drunk’Thrond, quizás para buscar aquel pasado eliminado de mi memoria, mas lo hacía sin pista alguna ni conocimiento de cómo moverme en ese enorme escenario tan solo con una idea vaga en la cabeza. Prefería hacer esta misión a errar sin rumbo buscando algo que muy seguramente no estaba allí.

Entonces, a la mañana siguiente enfilé en dirección a Zhakhesh, la tierra de los ténebres, siguiendo el sendero de cabras que bordeaba las llanuras de Eódhain, uno que hace tiempo había usado con el mismo propósito. ¿Cuánto ha pasado desde entonces? ¿Un año? No poseo clara memoria de las fechas desde que había “regresado” a este mundo. Aún no podía creer que me hubiese adaptado tan bien en tan poco tiempo. Tal vez, fuera porque ya lo conocía gracias a las historias y enseñanzas del viejo Whkerlííen. El viejo… ¿Qué habrá sido de él? Cuando nos despedimos, muy seguro estaba que esa enfermedad, esa “corrupción” como él la había llamado, terminaría con su vida. Una enfermedad que, según él, mi alma portaba… Tenía tantas dudas, tantas preguntas que hacerle, y que ahora no puedo hacer…

El camino parecía seguro, al segundo día ya había atravesado uno de los picos más altos de la cordillera zhakhaeshiana. Empero al instante supe que no llegaría a tiempo, a menos que acortara camino de alguna forma. De allí surgió la idea de atravesar las montañas a pie, y tomar algún carruaje que me llevara allí. Después de todo, tendría que dar un largo rodeo si siguiera el camino tradicional. Y, de todas formas, las opciones para mí se habían cerrado de forma demasiado brusca. Una patrulla de orcos salió de la nada misma, emboscándome en una zona accidentada, repleta de rocas de gran tamaño, como apiladas allí por gigantes en tiempos remotos. Por lo que pude entender de los fragmentos de improperios y órdenes que se lanzaban mutuamente, se hizo evidente el hecho de que mi presencia allí era conocida. Escapé casi de milagro, y me vi obligado a escalar, trepar y rodar en esas montañas, huyendo constantemente, esquivando flechas y lanzas que esos bárbaros disparaban hacia mí. La vegetación, pese a hallarnos en una zona poco propicia, era abundante en arbustos de mediano tamaño, lo que dio a que hallase la boca de la caverna solo por casualidad. Viendo un buen escondite, y cansado por la ininterrumpida carrera, ingresé en esa boca de lobo sin muchos miramientos, ocultándome detrás de gruesas paredes de piedra, esperando que esas criaturas se amedrentasen por el panorama y renunciaran a tan desquiciada persecución. Muy errado estaba. Improvisaron antorchas, y me siguieron hasta las profundidades más remotas de ese lugar. No tenía posibilidades de evitarles, mis pies eran ligeros, mas sus pasos resonaban entre las paredes cada vez con más fuerza. Hasta que, en una cámara natural, tuve que hacerles frente. Era un grupo numeroso, bien armado. No parecían simples salvajes. Intentaron acorralarme, aunque, con erráticos movimientos, no se los permitía. Uno de ellos se precipitó demasiado, portando una enorme hacha, blandió el arma intentando segar mi vida, pero, una vez más, mi agilidad me salvó, y su torpeza dio a parar contra una gigantesca pero frágil columna de piedra natural. Lo sucedido después fue borroso, mucha tierra y rocas cayeron, inundando tan solo en parte ese recinto cubierto de polvo. Logré colarme a través de un pasillo oculto a un costado, sin embargo no pude evitar ser alcanzado por una de esos dardos disparados al azar.

Sonreí un poco ante el peculiar desarrollo de los eventos, mientras la monotonía del descenso sin fin era interrumpida por un fuerte ruido que hábilmente reconocí como el de grandes cantidades de agua fluyendo. Mis suposiciones eran ciertas, había dado con un río subterráneo. No obstante, el mismo estaba aún demasiado lejos, ya que tardé incontables minutos en dar con el mismo. Tener un fino oído puede ser tanto una bendición como una maldición. Arribé a él con mi pequeña piedra en mano, alumbrando mi camino entre esa oscuridad, revelándome un caudal de gloriosas proporciones, que se vertía con furia en las profundidades de la tierra. Tan solo verlo hizo que mi corazón se detuviera, que mis piernas temblaran y mis esperanzas se desvanecieran. ¿Cómo podría siquiera pensar en atravesar algo así? Realmente era inmenso, la luz de la piedra no llegaba a tocar el techo de ese lugar, menos aún podía divisar el otro lado de ese monstruoso torrente. Todo esto lo veía desde la boca del pasadizo que hasta entonces había seguido, el cuál terminaba en una caída de al menos dos metros, cubierta la misma por una pequeña cascada de aquella vertiente natural que me había guiado hasta aquí. Sin embargo, si algo bueno podía sacar de mi situación, era que si lograba ver el fondo de ese enorme río, el cual tendría quizás tan solo un metro de profundidad, y el agua era cristalina, totalmente incolora. Era pura.

Nuevamente, no tuve tiempo para pensar acerca de mi siguiente movimiento. El ruido de los gritos de aquellos bárbaros llegaron hasta mí entre el fragor del furioso correr del vital líquido. No esperaba que llegaran a mí tan pronto. En cierta forma me desesperé, pero despejé mi mente con velocidad. No podía dudar, no tenía el tiempo ni las posibilidades para ello. Me arrojé sin titubear, aterrizando dolorosamente con la pierna derecha. Sentí la velocidad del poderoso caudal, el cual me arrastró varios metros, golpeándome con numerosas rocas, hasta que logré afirmar los pies entre la gravilla que formaba el lecho de aquel brioso río. No quería ser arrastrado a las profundidades de ese negro túnel, llevado como una pequeña marioneta impulsado por un caótico torrente. Respiré fuerte, el agua estaba fría, muy fría. El cuerpo comenzó a temblarme entre espasmos musculares. Lo peor que podía pasarme ahora era que me atacase un calambre. Luego de revisar que todo estaba en orden, con la piedra aún aferrada entre mis dedos, seguí la dirección de la corriente, resistiendo los furiosos embates y la presión de ese grotesco caudal.

La vida estaba ausente en este lugar, tan solo oía el ruido del líquido chocando contra los bordes de la caverna, arrastrando miles y miles de pequeñas piedras que, ocasionalmente, impactaban contra mí, sin hacerme daño siquiera. Y el olor. Supe que los orcos habían llegado hasta este lugar gracias al fétido aroma en el aire. Y, a mi pesar, también en el agua. ¡Incluso me perseguían hasta aquí! Debía felicitar su testarudez, cazarme hasta los confines de la tierra… o debajo de ella. Apresuré la marcha, intentando no perder el equilibrio ante la corriente. Pero muy bien sabía que aquello, en mi pobre condición, era imposible. Resbalé y fui arrastrado completamente por el río. Luchando para evitar ahogarme, guardé la piedra en uno de los numerosos bolsillos de mi capa. Sabía que más tarde lo necesitaría. Apenas me quedaba fuerza para mantenerme a flote, por lo que solo me quedaba encomendarme una vez más a la suerte para salir vivo y de una pieza. Aún no sé si mi estrella estaba burlándose de mí. La sorpresa vino pronto. Demasiado pronto. La corriente comenzó a cobrar una extrema velocidad, en una caída que se hacía cada vez más empinada. Si, esa corta pesadilla terminó con una cascada que mando todo mi cuerpo y mente a volar varios metros. Recordando una vieja lección de mi mentor, estiré todo mi cuerpo como si de una vara se tratase y atravesé la superficie del agua que me esperaba debajo. Era más profundo de lo que me imaginaba, pero quemando un litro de adrenalina conseguí respirar aire nuevamente. Noté que la corriente era mucho más lenta, aunque seguía siendo igual de poderosa. Ahora no lograba siquiera hacer pie, por lo que me vi obligado a chapotear y poner en práctica lo que había aprendido tras tantos años nadando en el “Río Madre”, cuando aún vivía en “Ala de los Dragones”.

Así, las horas pasaron. A través del movimiento, evitaba que el frío atacara mi cuerpo exageradamente. No podía permitir que los calambres dominaran mis músculos, no ahora. Ponía cada fibra viva y activa de cada miembro en la función de calentarse e impulsarme a la superficie del agua. Me aferraba con fuerza a la vida, a la esperanza de que esa violenta y gélida travesía terminase.

En ese momento pude olerlo. Bosque. Era bosque lo que sentía. No podía verlo aún, pero el cambio en el aire era lo suficientemente notorio como para reconocerlo. ¡La salida! Mi corazón, que se adormecía poco a poco a medida que el calor me abandonaba, volvió a latir con renovadas fuerzas. Todo terminaría. Comencé a bracear, mi deseo de volver a ver el sol era lo único que me hacía seguir. Una luz, una pálida luz podía ver a lo lejos, sumado a la débil canción de lo que creía que era un ruiseñor. Rendirme estando tan cerca era imperdonable. Acercándome cada vez más, aterido del frío, con el dolor de algunos calambres que ya estaban formándose en mis piernas y brazos, logré notar la procedencia de esa luz. Era una brillante abertura que daba precisamente al exterior. El gorjeo de las aves de allí evidentemente procedía. Un gran grupo de enredaderas caía desde allí, como si de una mata de cabello se tratase. Me acerqué a la misma y débilmente me sostuve en uno de los tallos. Sabía que debía trepar, pero apenas me quedaba energía para ello. Los brazos sencillamente ya no me respondían. Mordí mi piel en un desesperado intento por reactivar mis músculos, cayendo en un pánico cada vez mayor. Más todo era inútil. Mi cuerpo ya no quería seguir adelante. La hipotermia había llegado a un punto crítico. El miedo terminó de apoderarse de mi cordura cuando me di cuenta de que mis párpados caían como si fueran plomo. Grité. Grité con toda la fuerza que me quedaba, con todo el aire que restaba en mis pulmones. Pedí ayuda con toda mi alma. Nunca, nunca antes en mi vida había estado en una situación semejante. Y el ver mi muerte tan próxima me asustaba, me aterraba más que cualquier otra cosa.

Y la divina providencia respondió a mi llamado. Pude oír el ruido de pasos, que se acercaban velozmente a la caverna. Grité más fuerte aún, desesperado. Ya no sentía nada debajo de mi estómago, como si hubiese perdido esa parte de mi cuerpo bajo la voracidad del frío. Unas voces hicieron eco, resonando en las gélidas paredes de la caverna, pidiéndome que aguantara allí, que esperara un poco más. Mis dedos no se aferraban con la fuerza de mi cuerpo, sino ya con la de mi alma y mi espíritu. Miré hacia arriba una vez más, y vi las sombras recortadas de varias figuras, algunas descendiendo por aquellas improvisadas sogas naturales. Una vez estuvieron lo suficientemente cerca, sentí unas manos que me sujetaron vigorosamente, elevándome hacia mi salvación. Y, mientras ascendía, cedí ante mi poca resistencia, mis ojos cerrándose poco a poco, hasta caer en un sopor inconsciente.

Poco recuerdo de lo que sucedió después. Sé que deliraba, veía eventos pasados, violentas luchas y rostros de personas que había conocido en mis travesías. De vez en cuando, oía voces, fragmentos de conversaciones que no pertenecían a ese onírico mundo. Humanos, la voz de humanos, las mismas de aquellos que me habían rescatado. Sin embargo, no tenía idea de que sucedía. En los pocos momentos de consciencia que tuve, sentía que era llevado en una especie de parihuela, sumado al ruido de cascos y relinchos. Recuerdo fragmentos de conversaciones entre ellos, hablando de alguien cuya condición era demasiado delicada, con una fuerte infección en su pierna derecha, mientras el sol brillaba en el cenit, oculto por algunas nubes. Debía ser mediodía. Había pasado toda una noche bajo tierra. Y también recuerdo el ruido de muchas personas, gritos y órdenes, rostros que me observaban con miedo y compasión. Sentí mucho movimiento, como si la camilla en la que era llevado fuera movida bruscamente. Calor. Calor y un techo de piedra, también los recuerdo. Varias caras a mí alrededor, el de una niña y un enano. Y un rostro en especial podía recordar, el rostro de un anciano, que me revisaba, me inspeccionaba. Ese era el último fragmento que pude rescatar antes de despertar.

Una pesadilla provocó que mis ojos se abrieran y me levantara bruscamente. Había soñado con que me ahogaba en un gélido y oscuro pozo, donde el agua se elevaba cada vez más. Eso provocó que recordara todo lo relacionado a la travesía en el río subterráneo, la persecución y el rescate. Entonces, ¿Había sido real? El lugar en que me encontraba era tan solo una pequeña habitación, con paredes y techo de piedra. Estaba bien amueblado, las sábanas estaban limpias y una enorme ventana daba al exterior, a través de la cual se filtraba una fresca brisa y la luz del sol, que ingresaba en diagonal a la bella estancia. El lugar olía a naturaleza, a árboles y flores, a hojas secas, barro, tierra y agua. Era relajante. Si cerraba los ojos, sentía como si de pronto me hallase en ese mundo que había dejado atrás hace ya tanto y tan poco tiempo. Salí de aquel cómodo lecho, y me di cuenta que los dolores, incluso el cansancio en mi cuerpo, habían desaparecido por completo. Quité el vendaje de mi pierna, y descubrí que de la herida solamente quedaba una cicatriz. A un costado de la cama, sobre una elegante silla, hallé mi morral junto a mi capa y mis armas y armadura. Me acerqué a mis pertenencias y las toqué. Estaban tibias. ¿Pero cómo? Era la pregunta. Procedí a colocar todo aquello en su lugar, mientras me dejaba embargar por la tranquilidad de aquel lugar.

El ruido de pasos y voces me sacó de ese ensimismamiento. La puerta de aquella habitación se abrió repentinamente, dejando paso a una joven muchacha, de quizás tan solo doce años de edad, seguida por un elfo. Lo que tenía de particular este último era la edad que aparentaba. Parecía un hombre de cincuenta años humanos, el cabello cano y algunas arrugas en una piel que debía ser tersa y suave. Sin embargo, sus ojos no tenían forma de avellana, al igual que sus orejas no eran tan largas. Un semielfo. Pero, incluso así, debía de tener muchos años encima para poseer esa apariencia. Los rostros de ambos mostraron sorpresa al verme levantado y colocándome mi armadura. Aún no llevaba mi capa encima, y tan solo había logrado montar mi pantalón y perneras, lo que dio un panorama completo de mis innumerables cicatrices, contrastadas con el blanco cabello que lo recorría. Pocas personas habían logrado verme así, y, aunque de cierta forma esté orgulloso de mis cicatrices ya que son una insignia de que regresé de la muerte, no resultaba tampoco placentero el mostrarme así. Empero ellos no parecían avergonzados, ni mucho menos asustados, más bien era preocupación lo que se reflejaba en sus ojos. Ambos ingresaron del todo y cerraron la puerta, y, mientras la niña me ayudaba con mis elementos, el viejo me decía.

- Veo que ya has mejorado. – No había mucha confianza en su voz, pero de alguna forma su tono relajado me decía que al menos lo peor ya había pasado. – Trata de no hacer mucho esfuerzo, curarte ha sido fácil, pero si te exiges demasiado puedes recaer en un fuerte agotamiento. – Pese a la edad que aparentaba, hablaba firme y con soltura, y sus movimientos delataban que se encontraba en óptimas condiciones físicas. Más las palabras que siguieron me sorprendieron. – Kiluyu, ¿Cierto? Los cuervos te esperan en el salón.

- Gracias por todo, pero, ¿Cómo es que me conoces? – Cierta excitación nació en esa pregunta. No tenía idea de por qué sabía mi nombre, y quería averiguarlo.

Él me miró a los ojos, y, de un bolsillo de su chaqueta, sacó un sobre de papel arrugado, el cual me tendió, devolviéndomelo con una sonrisa.

- No puedo decírtelo. Tan solo debes saber que no eres el único con esta misma carta, y que no debes perderla bajo ningún concepto. – Aunque era un consejo, el tono imperativo de su voz lo transformaba en una orden.

Ya había terminado de vestirme totalmente, cada cosa se encontraba en su sitio, y ambos me abrieron lugar para que saliera y me dirigiese a donde debía ir. Allí a donde los que enviaron esta carta que llevaba en mis manos aguardaban mi presencia.

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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Sinvyl el Sáb Mar 02, 2013 6:45 pm

Un leve chirrido, apenas una perturbación en el silencio hasta ahora reinante en la habitación. No era suficiente para despertar a alguien adentrado en el pesado velo que producen los sueños, pero ella no estaba del todo dormida. Se encontraba en ese extenuante momento en el que el cuerpo pide un descanso pero la mente se niega a dejar la vigilia. ¿Percepción? Tal vez, o puede ser el hábito, puesto que llevaba casi dos siglos cuidándose de esta clase de inconvenientes. La luz penetró en el ambiente, cual visitante que nunca había pasado por allí. Estaba demasiado oscuro para llegar a ella, pero supuso que fue suficiente para iluminar los primeros pasos del visitante, porque oyó el crujir de la madera bajo los pies invasores.

Con soltura, pero lánguidamente, giró sobre la cama. No quería alertarlo de sus movimientos haciendo un sonido brusco, por otra parte, estaba claro que no le vería, porque él venía de afuera y ella ya estaba a oscuras. Sus adaptados ojos, distinguían la forma de un hombre acercándose a la cama en la que había estado hasta recién intentando conciliarse con el sueño. La silueta se acercó por el costado del mueble, cuchillo en mano, arrastrando los pies en un vano intento de no anunciarse frente a su víctima. Su respiración era agitada, inconstante, como si intentara inhalar lo menos posible para no hacer ruido. Lentamente llevó una mano trémula abajo para cerciorarse de que el objetivo estaba allí, y como no lo halló en el primer contacto tanteó por la superficie vacía.

Todo lo que Sinvyl Xarann tenía era un pequeño puñal de no más de veinte centímetros sujeto de tal forma que parecía una garra, con el filo hacia fuera y la punta debajo de la mano. El puñal, no tenía ni la mitad de longitud de la daga que empuñaba aquel huésped inesperado, pero eso poco importaba. Cuando entró en la parte baja de la espalda hasta clavarse en el riñón, el hombre sufrió una repentina descarga de dolor tan fuerte, que cayó en la cama sin poder moverse.

— Que Falon'Din te guía hacia los brazos del Custodio— dijo la voz, tan vigorosa, pura y transparente como pocas. Era tarde para él, malgastó su último pensamiento en una maldición que no pudo ejecutar en voz alta, pues su garganta ya estaba seca y contraída.

La asesina abrió los ojos y se puso de pie para arrancar el puñal de la espalda de su víctima. Esa era la parte que menos le gustaba de su trabajo, cuando tenía que sumar una muerte a la que ya de por sí era una larga lista. Pero eso no cambiaba las cosas, si alguien era lo suficientemente estúpido como para acercarse a su habitación, entonces no tenía más remedio que sacarle de ese error. Con la parsimonia nacida del momento, se acercó al rincón donde tenía su ropa y comenzó a vestirse. Su mente, tan certera al momento de enfrentar el peligro, ahora se había disparado, y le costaba concentrarse en lo que estaba haciendo. Las manos, acostumbradas al ritual de ataviarse, lo hicieron todo solas.

Cuando quiso acordar, estaba bajando las escaleras. El salón principal de la posada estaba tan concurrido como cuando había llegado, unas horas atrás. El mesonero seguía sirviendo bebidas, y gritando órdenes conforme recibía pedidos, mientras sus comensales se entretenían en conversaciones que a Sinvyl le parecían absurdas. Sin prestarles demasiada atención, se hizo camino entre las mesas y los borrachos para salir por la puerta principal.

La noche la recibió con una reconfortante brisa fresca que le quitó la sensación de ahogo provocada por los olores de la taberna. Acababa de matar a un asesino, tenía asunto importante que tratar. Rebujándose entre las sombras de las casas, la drow comenzó a moverse dando largas zangadas. Sus botas, suaves por dentro, eran apenas un poco más gruesas en la suela, para proteger los pies sin necesidad de hacer demasiado ruido. Estaba tan acostumbrada a usar su vestimenta de ejecutora, que no le difería mucho de ir desnuda, pues además el color de cada prenda era tan oscuro como ella misma. Su piel tersa y suave, tenía una coloración negra que le permitía pasar desapercibida si se movía en la oscuridad.

Caminó durante algunos minutos, usando estrechos callejones, columnas y muros para esconderse de miradas indiscretas. Aguardó agazapada tras un árbol un instante, mientras oía los cascos de unos caballos acercarse por la calle continua. El cielo nocturno estaba iluminado por una luna blanca grande, acompañada de cientos de estrellas que parecían puntos blancos sobre el fondo violáceo. Entre la comitiva, formada por seis imperiales, empezaron a encenderse algunas antorchas. ¿La habían visto? Eso era improbable, pero tal vez alguno sintiera su presencia mediante la magia. Ante la duda, decidió meterse en un callejón y continuar su camino rumbo al noreste de la ciudad, donde estaba una de las puertas. Se movió en silencio fuera del alcance de los guardias y cruzó un montículo de escombros en una esquina a ocho cuadras de la puerta. Allí se detuvo y aguardó a que pasara otros imperiales, varios cientos más adelante. Maldita la hora en la que acepté encargarme de ese capitán, ahora las calles están infectadas. Había llegado a la ciudad de Dinremer contratada para encargarse de un dirigente del Imperio. Un rango bastante menor, pero era trabajo y no podía desaprovecharlo. Sinvyl, acostumbrada a preguntar lo justo y necesario antes de aceptar un muriente, tomó el trabajo ignorando que en realidad el capitán Trimek era el hombre de mayor rango en la zona. Ahora se hallaba en una ciudad que la consideraba enemiga, tenía decenas de guardias ansiosos de atraparla solo por el hecho de ser drow, y no quería imaginarse lo que podían hacerle de enterarse que ella era la asesina de su líder.

Si podía evitarlo, eso nunca pasaría.

La drow se envolvió en su capa y se acercó a la puerta, con pasos medidos. Había dos hombres apostados a los lados, y uno bajo el techo que ofrecía la muralla, además había al menos dos arqueros observando la ciudad desde arriba. Si algo salía mal, tendría que improvisar, pero era de noche y rara vez desfavorece a los drow. No fue hasta que estuvo a veinte pasos, que uno de los guardias estiró el cuello en su dirección.

— ¿Quién anda ahí?— preguntó entre el susto y el deber de aparentar seguridad.
— ¿Ahí dónde?— inquirió su compañero, entrecerrando los ojos.

Sinvyl se acercó con las manos “a la vista”, si es que sus guantes negros podían ser vistos por los ojos humanos en aquella oscuridad nocturna.

— Una viajera— explicó, más cerca. — Necesito salir de la ciudad.

Los hombres, que la tenían a pocos pasos, alzaron sus espadas desconcertados, apuntando a donde creían que estaba la mujer, pero no la vieron hasta que esta se quitó la capucha develando su cabellera blanca.

— ¿Por qué dejaríamos escapar una enemiga del imperio?— dijo el primero, ya recuperado del susto y dispuesto a usar su espada.

— Porque en realidad no soy enemiga del imperio, tienes trabajo que hacer aquí y ni tú ni yo tenemos tanto tiempo para perder en formalidades— respondió tajante para dirigirse al hombre que hasta el momento había permanecido en silencio— Teniente, creo que podemos llegar a entendernos— puntualizó.

El guardia salió del reparo de la muralla haciendo notar su autoridad sobre los otros. Con ademán petulante, mantenía la mano sobre la empuñadura de su espada. El uniforme era exactamente igual al de los otros. No han tenido tiempo de reorganizarse y ha habido ascensos precipitados.

— ¿Qué propones, elfa oscura?

— En realidad no es algo fuera de lo común, teniente. Ustedes me abren la puerta, y yo les agradezco por la molestia ocasionada— comentó, haciendo sonar una bolsita llena de monedas. — Pero tendrá que ser rápido, pues si llegan más, tendrán que compartirlo.

Sinvyl era previsora, siempre tenía varias bolsas en su mochila y una en el cinturón. En realidad lo que hacía era llenarlas de monedas de cobre, y le agregaba dos de oro arriba. Cuando tenía que mostrar el contenido, sacaba estas dos últimas y su escucha tenía el deber de creérselo. Esta vez no fue distinta.

Esa noche consiguió un caballo en las afueras de Dinremer, y después de dejar suficiente dinero para que compraran otro en el establo donde lo encontró, se alejó al trote por si los guardias se arrepentían de haberle dejado marchar. Tenía su ropa preferida puesta, el traje de asesina, no obstante el frío le había obligado a ponerse un largo abrigo negro de lana que siempre llevaba en el bolso. El camino hacia Zhakkesh le llevaría algunos días, y una vez allí, tenía que encargarse de aquel que había vendido su paradero. A Sinvyl no le gustaba dejar rastros tras de sí, y cuando tenía que enfrentarse a otros asesinos contratados para terminar con ella, sabía que por lo general, se debía a que preferían mantener en secreto el trabajo que le habían encargado.

Comenzaba a aclarar por el este, y el camino estaba más transitado. Como era de esperar, los comerciantes llegaban a primera hora para tener una jornada larga de trabajo. Fue cuando encontró una bifurcación en el camino, que oyó el primer graznido, no fue un sonido cercano, pero para sus oídos élficos había sonado claro. Entre el gorjeo de los pájaros que iniciaban su vuelo con la llegada del sol, el graznido se distinguió como un sonido lúgubre irrumpiendo con la vida animal. El segundo fue más cercano y obligó a la drow a girar la cabeza para buscar la fuente del sonido. No era la primera vez que un cuervo se acercaba a ella, pero las otras veces había estado avisada con anticipación. Oh no, no de nuevo, pensó, y como si de una burla se tratara, la oscura ave le clavó las garras de una pata en su hombro. En la otra llevaba una carta.

Sinvyl la leyó en voz alta, irremediablemente ofuscada.

Tú, ser de gran poder, has sido requerido para una peligrosa misión, si aceptas, ven a la región de Valashia, ciudad de Arthias, si completas la misión el reino de Fígaro te recompensara con 20 monedas de oro, pero has de tener cuidado, esto no es un paseo por el parque, cuando llegues a Arthias repórtate en el cuartel general, aquí se te dará la información que necesitas, tienes cinco días para llegar.

Los tres días siguientes, los pasó cabalgando a ritmo ligero, parando solo por las noches para que descansara el caballo. Odiaba viajar con rapidez, pero los Cuervos Negros la necesitaban, y ella tenía una deuda que saldar con la organización. Además, alejarse un poco de su zona de caza habitual, en el corazón de Zhakkesh, podía traer grandes beneficios. Necesitaba mantenerse al margen por un tiempo, pues si su contacto la había vendido, entonces habría más gente buscándola. Tal vez la estarían esperando. Por un momento Sinvyl sintió ganas de reír, imaginando un grupo de matones aburridos, mirando por la ventana.

El viaje no fue duro. Estaba acostumbrada a las rutas de comercio que comunicaban las distintas ciudades, y aunque la del reino de Fígaro estaba casi desértica, fue la que usó para llegar a Valashia. A la tercera noche, estaba cruzando la puerta de Arthias, y adentrándose oficialmente en la ciudad. La drow paró en una encantadora posada, después de recorrer las calles bajo miradas hostiles. Los habitantes parecían aún más cerrados que otras veces, como si estuvieran esperando que alguien o algo llegara para matarlos. Para colmo, y para completar la triste escena, una llovizna nada grave pero sí bastante molesta, caía incesantemente sobre los techos viejos de las casas.

En el momento que cruzó el umbral de la puerta, se hizo un silencio profundo en la taberna. Algunos, incluso, la miraron con los ojos exaltados. Hacía tiempo que Sinvyl no se enfrentaba al terrible hecho de ser una drow de manera tan directa. Tenía que salir de allí rápido.

Se acercó a la mesonera con prisa.

— Una habitación— pidió desafiante.

— No tengo nada disponible— replicó la mujer.

— Baje esas manos señora, y hágame un lugar. He tenido un viaje agotador y solo quiero descansar en su acogedora posada.

La mujer se acercó sobre la barra.

— Por favor, no quiero problemas— explicó en voz baja.

— Este es su día de suerte, acaba de encontrar una clienta que comparte su gusto por la paz— respondió Sinvyl, dejando cuatro monedas de oro sobre la barra. — He traído un caballo y necesitará cuidados.

— Tim, ve afuera y lleva el caballo de la señora al establo.

Cuando el muchacho salió de la posada, la drow volvió a hablar.

— Necesitaré agua caliente en la habitación, hace tiempo que no me tomo un baño.

La mesonera le otorgó la llave de la habitación, y veinte minutos más tarde, ella misma le llevó el agua. El cuarto era pequeño, pero la cama era cómoda, y tenía un lugar fijo para dejar sus pertenencias. Sinvyl no tardó en ponerse cómoda. Lustró sus cuchillos con paciencia, y enaceitó tanto el shamshir como la daga antes de bañarse. Aprovechó el agua tibia durante al menos media hora, y cuando salió de la bañera, se tomó su tiempo para secar la cabellera nívea. Después de una experiencia tan reconfortante, le costó su tiempo vestirse otra vez, y en esta ocasión se puso otras prendas similares, pues las otras estaban sucias.

Estaba preparada. Salió a la calle por la ventana, para que nadie notara que dejaba la habitación, y trepó al tejado con la habilidad que le caracterizaba. Su recuerdo del cuartel general de los Cuervos no le traicionó, estaba donde ella creía.

No se demoró en entrar, sintiendo la duda carcomiéndole la cabeza. Tenía varias preguntas rondando en su mente, ¿por qué la habían citado a ella? ¿qué estaba pasando en Arthias? ¿por qué la gente se comportaba de manera tan huraña? Solo esperaba encontrar algunas respuestas.


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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Mar 03, 2013 11:47 pm

Un intensa y repentina llovizna se dejó caer en la fría noche de Arthias, un desolado Necross espera su contacto para la misión que se le entrego, allí una jarra de cerveza ocupa parte de la mesa, un lobo duerme a sus pies mientras una mano baja para encontrarse con el vaso de licor y llevarlo a la boca.

Una sexy fémina se abre paso por la taberna buscando un parche, una pierna que cojea y un lobo. Cuando logra dar con las descripciones con un tono pícaro y muy propio de ella lo obliga a levantarse para seguirla, ¿la razón?, ella es el contacto de Necross.

En el cuartel, la primera persona que llega a por respuesta a la carta es Naiéth, al escuchar su griterío, una vena se asomaba por la cabeza de luna, los gritos de la joven le causaban jaqueca, se levanto sonriente de su silla, tomo un vaso de agua que estaba en la mesa y con una sonrisa se lo entrega a la pequeña Merrow, al momento de ella tomar el agua, Luna la toma del cuello y la levanta en aire asfixiándola, Mary Ann que estaba en un escritorio lejano le dice a la pelirroja.

Suéltala ya mismo, ¿si está aquí es por algo no?, ¿cuál es tu nombre y que te trae a este lugar?

La pequeña retrocede un paso ante la hostilidad de luna, es natural en su actitud tener cierto desprecio por los demás, no obstante la comandante de la misión no la dejaría dar rienda suelta a su mente, no ahora, no con ellos, no es el momento. Mary Ann se saca su casco y con un tono maternal y una sonrisa en el rostro se dirige a Naiéth
Disculpa a mi amiga, ¿te encuentras bien?

El segundo en aparecer fue un enano, Mary Ann se aseguró de ella atenderlo y con paso firme se acercó a él y al ver que le enseñaba la carta con el símbolo de los cuervos negros, le ofreció un vaso de ron. Bien, creo que el mensaje consiguió su destino, bienvenido seas, toma asiento y ya comenzara la explicación de todo esto

Una camilla entra rápidamente al salón y es llevada a una habitación alejada de allí por un elfo anciano y una muchacha. Mary Ann entra a la habitación y allí se queda por unos minutos, al salir hace como si nada paso.

Luego una sombra verdosa fue la que abrió las grandes puertas, se sentó en un rincón y solo espero, Luna con una sonrisa le acerco un vaso de agua a la muchacha pelirroja, los viajes tienden a ser agotadores, y el estilo de Rosalie le agrado a Luna. Por algo debe ser.

Una sombría figura femenina se abrió paso hasta el centro del cuartel, una Drow que alguna vez trabajo para las cuervos negros, los ojos de Mary Ann se iluminaron un momento cuando la vio entrar, ella siempre recuerda a las personas que alguna vez conoció, Rápidamente se volteo para que los demás no la vieran en ese estado. toma asiento, ya se te informara sobre la misión

A paso lento y mojados por la lluvia Necross y Abelia caminaban al lugar de destino, el hombre del lobo camina con una expresión fría y melancólica en un momento se sacó la gabardina para cubrir al lobo de la lluvia. Al llegar la primera en entrar es Abelia quejándose por caminar bajo la lluvia, Necross se acerca a la mesa donde está el ron y se bebe un gran trago, luego se sienta y se pone su talón derecho sobre su muslo izquierdo cruzándose de brazos.

Mary Ann y las demás cuervos se ponen en frente del grupo de recién llegados, la chica de la armadura comenzara a explicar el porqué del llamado.

Bien, creo que somos todos, Mi nombre es Mary Ann, la chica de pelo rubio es Abelia y la de cabello rojo es Luna, ustedes fueron convocados aquí pero no fueron escogidos, es decir, ustedes fueron los afortunados que el azar escogió, los cuervos fueron dotados con la habilidad de sentir el poder de las personas, el valor de los guerreros y las virtudes del alma, los cuervos las escogieron no nosotras. Como decía la carta el reino de Fígaro pagara por sus trabajos, nuestra tierra natal está siendo constantemente atacada por un ejército desconocido, nuestro ejército ha resistido bien pero cada vez es más difícil mantener en alto el espíritu de los soldados. La razón por la cual están aquí es para encontrar y matar a el que creemos está comandando al ejército contra Fígaro.

Deben saber que existe otro miembro que se unirá si sus heridas se lo permiten, en este momento está descansando y esperamos se logre recuperar


Luna continúa desde aquí.

Nuestros contactos y espías nos han informado que el maniaco tras el ataque a Fígaro se llama Isaac, nosotras lo hemos seguido hasta aquí y sabemos que se refugia en el castillo abandonado que está cerca de esta ciudad, allí nuestro deber y el suyo es encontrar a Isaac y matarlo antes de que se dé cuenta que lo buscamos y escape. Tal vez notaron que la gente de aquí no es muy amable con los forasteros, eso se debe a que desde que llego Isaac las personas por las noches comienzan a desaparecer, unos pocos han visto que extraños seres de pesadilla llevan a los pobres infelices al castillo abandonado.

Abelia sigue ahora.

La misión consiste principalmente en encontrar y matar a Isaac, pero si encontramos sobrevivientes debemos rescatarlos, ese es el objetivo secundario. Nosotras no hemos explorado el castillo porque solo somos tres, y en esta ciudad no existe nadie que sepa cómo luchar, por eso los necesitamos a ustedes, el hombre del parche conoce el interior del castillo, él nos servirá de guía, lo que sabemos es que el castillo esta infestado de criaturas malignas, no sabemos mucho pero al primer contacto con ellos debemos proceder a eliminarlos.

Necross con una botella de ron en su mano, comienza a hablar.

Yo conocí alguna vez al dueño de dicho castillo, Stefan era su nombre y era un hombre honrado, pero el paso del tiempo terminaron llevándolo a la locura, antes de su colapso mental era un amigo mío, uno de los más cercanos que tuve, el castillo en si es inmenso, Stefan después de la muerte de toda su familia se volvió loco, alguien descuartizo a su mujer e hijos, nunca encontramos al asesino. A medida que pasaba el tiempo el castillo crecía, pero sus nuevas habitaciones fueron diseñadas para albergar la pestilente muerte de inocentes, unos meses después de la muerte de su familia, Stefan construyo verdaderas salas de tortura, allí mato creo a más de 50 personas, cuando volví a Arthias tuve yo mismo que detener su locura.

¡¡Ayuda!!



Un exaltado y desesperado hombre entra rápidamente al cuartel, Señorita Mary, ¡extrañas criaturas están atacando el poblado! Extraños seres de pesadilla comenzaron a atacar la tranquila Arthias, algunos comenzaron a quemar las humildes casas de los pobladores, otros simplemente se dedicaban a matar todo lo que estuviera a su vista, hombres, mujeres, niños y ancianos fueron alcanzados por el metal de los monstruos.

¡Vamos! Ustedes recién llegados tomen sus armas y prepárense para luchar, ¡ahora demostraran de que están hechos!

Las tres cuervos tomaron sus armas y partieron su camino, Necross así también lo hizo, el grupo al salir del cuartel vio un gran fuego causado y unas horrendas criaturas acercarse lentamente a ellos por el costado izquierdo, derecho y en frente. Mary Ann rápidamente se puso su casco y con su espada bastarda en mano corrió hacia uno de los enemigos en frente de ella, así también lo hicieron el resto de los cuervos, Necross miro a los demás integrantes del grupo con una expresión fría y partió a la lucha, con espada en mano tras las cuervos. El ambiente se siente tenso, la muerte acaba de llegar a Arthias y con ella un extraño y enfermo ser, su nombre es Isaac.


Última edición por Necross el Sáb Mar 09, 2013 6:31 pm, editado 1 vez



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Sinvyl el Vie Mar 08, 2013 4:07 pm

El cuartel general de las Cuervos Negros no se difería mucho de otros edificios de Arthias. La pequeña ciudad se alzaba de forma abrupta sobre una leve cuesta, con edificios de piedra gris de todos los tamaños, que compartían un proceso arquitectónico para nada interesante. En lo más alto, coronando toda la ciudad, se alzaba el castillo más importante de la región, con sus torres y almenas tan grises como el resto de los edificios de la sombría ciudad. Los estandartes descoloridos, con las imágenes características de la región bastante desfiguradas, no contrastaban con la languidez de los muros.

No era la primera vez que Sinvyl pasaba por aquella pequeña ciudad, y sabía que la ausencia de colores se debía a razones profundas, cuidadas con respeto por sus habitantes. Recordaba haber hablado alguna vez con un vidriero de talento, que le habían recomendado en cierta ciudad de Thonomer que no viene a cuento. Aquella vez la drow había entrado a la vivienda del hombre, que estaba justo detrás del taller. Las habitaciones estaban llenas de calor, afecto y colorido. Por todas partes había cojines de colores vivos y cuadros. Los aprendices del vidriero, llamado Krogan, parecían miembros de la familia más que trabajadores y su hija mayor tocaba el arpa mientras ellos se concentraban en el vidrio molido. Los dedos de la joven pulsaban las cuerdas y las notas se desgranaban en un verdadero torrente musical.

— Es tan distinto al exterior…— había observado Sinvyl con expresión de perplejidad.

— ¿Qué quieres decir?

— El exterior es tan sórdido, tan severo y gris…; pero cuando entras en la casa, todo es calidez y colorido.

— Los extraños no lo esperan— había asentido Krogan con una sonrisa. — Nuestras casas son en gran medida como nosotros mismos. Por razones de necesidad, las fachadas son tristes. La ciudad de Arthias fue construida para defender el castillo y cada edificio forma parte de la fortificación general. No podemos cambiar el exterior, pero en el interior tenemos arte, música y poesía. El hecho de que las casas sean grises no quiere decir que en nuestros corazones no haya amor y belleza.

Cuanto más pensaba en ello, más comprendía a aquellos citadinos de aspecto sórdido. La severa reserva de los arthianos de ropas grises y gesto adusto era la cara que mostraban al mundo; pero detrás de aquella máscara la gente era muy distinta.

El cuartel general de las Cuervos Negros era la excepción a la regla. Por dentro era tan frío como lo era su fachada, el exceso de colores y sonidos no había llegado a aquel edificio. En cuanto Sinvyl hubo asegurado de que MaryAnn la recordaba –y un brillo en la mirada se lo confirmó-, buscó un rincón oscuro en un rincón para tomar asiento. Le había costado reconocer a la comandante del pequeño grupo de elite, puesto que solo la había visto una vez sin el yelmo. No obstante, no había dudas de que era ella. Una melena rizada, tan dorada como el trigo que se cosecha durante los veranos en las afueras de Phonterek, y unos iris cristalinos como las aguas del Mediterráneo lo confirmaban. La expresión inalterable, aquella que rozaba la indiferencia, regía en sus facciones inmaculadas, y en vez de alterar su belleza, la exaltaba. El rostro de MaryAnn parecía extraído del busto de alguna estatua de mármol blanco.

La guerrera era indudablemente una parte muy importante, pero no era la única. Sinvyl Xarann llevaba más de dos siglos en las sombras, pero eso no era motivo para pasar desapercibida, sino una cuestión de maestría en sus servicios. La drow había trabajado para consejeros, condes y barones, e incluso no fueron pocas las veces en las que cumplió algún papel fundamental en los planes de la realeza. Era una asesina silenciosa y curtida con un sinfín de encargos cumplidos, que le habían hecho ganar cierto prestigio entre los nobles y políticos más reconocidos. La cuestión estaba en que todos sabían a qué se dedicaba, pero jamás habían podido vincularla a un trabajo. Las Cuervos Negros también trabajaban por encargo, pero a diferencia de Sinvyl, estaban a la orden pura y exclusivamente del reino de Fígaro.

Además, ellas no eran asesinas. Si tenían que matar, lo hacían a su manera, pero no conocían lo que significa la discreción. Como un ejemplo irrefutable de esto, a un lado de la comandante MaryAnn, estaba una de sus compañeras. La muchacha, a quien había conocido como Luna, era una hechicera de talento que habitualmente se escondía tras la apariencia de una espadachina. De cabellera bermeja y brillante como el fuego infernal, tenía los ojos grises, más en las ocasiones en las que hacía uso de sus verdaderas habilidades, también estos tomaban un tono carmesí. Era bastante más menuda que la otra mujer, y a diferencia de ella, no portaba armadura. No la necesitaba, Sinvyl la había visto valerse de invocaciones de fuego que se llevaban la atención, mientras ella se acercaba a dar el golpe de gracia con su estoque.

La drow escudriñó entre los presentes para encontrar a la tercera Cuervo pero lo cierto es que no resultaba difícil caer en cuenta de su ausencia. Abelia tenía una personalidad avasallante, más parecida a la de Luna que a la de MaryAnn. Era una mujer explosiva en varias acepciones de la palabra. Su cabellera leonada y los atuendos que generalmente vestía, la dotaban de una apariencia incluso más llamativa que la de sus compañeras. Además, las extrañas armas de pólvora y perdigones que utilizaba terminaban de darle cierto aire peligroso. Su compañero, un hombre cuyos movimientos se veían dificultosos debido a la falta de media pierna, se movió toscamente hacia el alcohol, mientras ella se puso a un lado de la comandante.

El discurso de las Cuervos Negros fue corto. Cada una habló concisamente sobre un aspecto de la misión, y entre las tres no dejaron muchas preguntas por contestar. Lo que llamó la intención de Sinvyl fue la participación del hombre que había llegado con Abelia. Ahora que lo tenía adelante, reparó en ciertos detalles que se le habían escapado observando a la Cuervo. El hombre parecía haber sobrevivido por muy poco a los últimos combates, sus facciones, alguna vez opuestas, estaban ensombrecidas por el rastro de dolor y por el alcohol. Aunque había algo más. Sus ojos eran los de alguien que no tiene motivos para seguir viviendo, como los de quien ya no tiene esperanza. ¿Podría guiarlos por el castillo, si existía el peligro del que habían hablado las Cuervos?

La asesina drow estaba acostumbrada a moverse entre las sombras, en segundo plano. Su papel en un grupo consistía en reconocimiento del terreno y valerse de sus compañeros para pasar desapercibida. Sabiendo esto, no eran pocas las veces que había rechazado un trabajo que involucraba participar en un equipo. Sinvyl prefería la discreción sobre todas las cosas, además no le gustaba mostrar su rostro ante mercenarios. Después de todo, cuando el trabajo termina pueden ser recontratados para borrar evidencia, o pueden hablar de ella con otras personas. Si llevaba tanto tiempo en el ejercicio del asesinato, no había sido por confiar en otras personas, precisamente.

La calma sucedida después del discurso se vio interrumpida cuando un hombre irrumpió en el cuartel general. Lo que decían las Cuervos era verdad, las criaturas oscuras estaban atacando la pequeña ciudad.

— ¡Vamos! Ustedes recién llegados tomen sus armas y prepárense para luchar, ¡ahora demostrarán de que están hechos!

Sinvyl miró inconscientemente hacia abajo, y aunque ni siquiera ella pudo ver sus armas en la oscuridad, sabía que allí estaban, listas para ser usadas. Con un poco de ventura, solo tendría que usar el puñal guardado al lado de la daga. Salió del edificio detrás de las Cuervos, junto al hombre que les serviría de guía en la exploración al castillo. Si quería servir de utilidad, más le valía perderse en las sombras, y así lo hizo. La oscuridad nocturna era propicia para acercarse al grupo de la izquierda pero, ¿acaso eran zombis? Al acercarse pudo confirmarlo, ¿qué clase de hechicería practicaría el tal Isaac? Si se valía de la nigromancia, lo mejor sería esperar a que sus compañeros actuaran antes de involucrarse en el combate, nunca sabía si su puñal les haría el mismo daño a los muertos que a los vivos.


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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Dom Mar 10, 2013 5:17 pm


Un ruido de conversación llegó a mí a través del pasillo. No comprendía del todo lo que sucedía, pero si sabía que, de alguna extraña manera, había llegado a mi destino. Qué ironía del azar el haber terminado mi camino aquí, o quizás haberlo iniciado. Esa carta que llevaba en mi mano evidentemente me había abierto las puertas del lugar, seguramente por llevar el sello de los “Cuervos”. La residencia no era muy grande, y para ser honesto no destacaba principalmente por su magnificencia. Mejor dicho, era una construcción demasiado sobria para lo que parecía, tan solo piedra y madera como elementos de construcción, en un estilo algo rústico más sin llegar a ser primitivo.

El pasillo no era muy largo, y terminaba en una puerta de madera que daba a la estancia misma de donde provenía una voz femenina. Prestando atención, pude notar que la misma era relajada, y parecía mantener el mismo tono de voz durante su discurso, sin presentar variación alguna en ningún momento. Y un olor… un perfume muy fuerte provenía de allí, uno que pude distinguir también dentro de la habitación. Era encantador, dulce podría decirse, pero posiblemente pocos pudiesen notarlo, ya que incluso a mí me costaba distinguirlo de otro aún más intenso. El mismo era irreconocible, no tenía en mi memoria un recuerdo al respecto. No era desagradable, no obstante tampoco era placentero. Era muy parecido a la ceniza, a fuego e ira.

Aunque la voz se detuvo, no fue así con mis pasos, que me llevaron hasta la puerta que nos separaba. Tomé el picaporte suavemente, y lo abrí lentamente y con mucho cuidado, revelando una estancia que apenas recuerdo entre los delirios febriles de cuando me trajeron aquí. El lugar estaba tenuemente iluminado por algunos candiles aquí y allá, jugando con las sombras de los curiosos presentes. La puerta estaba situada en una especie de pasillo formado por unas columnas que sostenían las paredes del gran salón, otorgándome una reconfortante sombra al reparo de miradas indiscretas. Las primeras personas que noté fueron tres regias mujeres, dotadas con extrañas pero sin duda poderosas armas, y, pese al aspecto y estilos totalmente diferenciados de las mismas, parecían estar en el mismo bando. No fue difícil considerar que ellas eran los tan mentados “Cuervos”. Frente a las damas se encontraban algunos variopintos personajes. El primero en llamar mi atención fue un hombre de mediana edad con un parche en su ojo derecho, sentado de forma particular en una mesa donde lo más característico es el alcohol encima. Un enorme lobo se encontraba a su lado, de negro pelaje y brillo en los ojos. Ambos estaban empapados gracias a la fuerte lluvia que se había empecinado en caer sobre el mundo de forma tan repentina, y hasta mí llegaba el aroma húmedo de su pelaje. El rostro adusto del hombre no dejaba lugar a dudas de que era algún tipo de mercenario. Como todos los convocados

A continuación, se hallaba una jovencita que aparentaba no muchos años de edad, quizás diez años menos que yo. Y había algo particular en ella, eso era su olor a mar, a sal. Me recordaba a mis aventuras en el barco de aquel distinguido pirata, a la libertad del océano y al estruendo de las olas chocando contra el casco del navío. Eso se entremezclaba con su menuda y grácil figura, llevando a mi mente una palabra en especial. Merrow. ¿Pero qué hacía una dama del mar tan lejos del mismo? ¿Acaso el poder del oro es tan fuerte que atrae incluso a miembros de esa raza tan pura?

Ese interrogante siguió allí presente mientras observaba al resto. Un enano de gran barba se situaba cerca, portando consigo una enorme hacha. No era raro de todas formas ver a uno de su especie por allí. Más aún, me hubiese extrañado el no ver a uno de esos seres tan pequeños y fuertes ser llamado por el tintineo del oro y la promesa de una buena lucha. Si hay algo que caracteriza a esa raza, además de la testarudez y la codicia, es el fuerte espíritu de lucha que albergan en su interior.

Dos extrañas figuras le precedían. Por apariencia, la primera parecía ser una fémina de finos rasgos, oculta tras una capucha y ropajes sencillos. Su aire era muy similar a la elfa que le seguía, una drow supuse por su color de piel. Solo las diferenciaba el hecho de que esta última se encontraba en un aura de muerte que fácilmente reconocí como el de un ser del bajo mundo. Una asesina en pocas palabras.

Entré sigilosamente, haciendo nulo ruido. Agazapado, con la negra capa sobre mis hombros y la capucha ocultando el color de mi cabello, buscaba pasar desapercibido ante las personas que allí se encontraban. Era mejor si nadie se enteraba de mi presencia, podía llegar a descubrir cosas que posiblemente no se dirían en mi presencia. El diálogo se retomó, más no era la misma persona la que hablaba, sino aquella con el aspecto más tenebroso de los tres “Cuervos”. La siguió aquella con las vestimentas más provocativas, y entre ellas nos informaron a todos de la situación actual, la misión y que debíamos hacer. Un nigromante en un castillo, un argumento digno de las más refritas historias, y el hecho de que aquel hombre de mirada turbia fuera nuestro guía no me inspiraba mucha confianza.

Un grito restalló en la oscuridad del poblado. Un ataque, monstruos y bestias, alaridos de terror y dolor y rugidos infernales provenientes del más aterrador infierno. ¿Qué sucedía allí fuera? La respuesta llegó pronto. Era un ataque, un asalto por parte de las oscuras fuerzas de ese hechicero. Las mujeres nos encomendaron mostrar nuestra valía allí fuera, enfrentarnos a lo que fuera que saliera de las tinieblas de esa perversa mente. Aunque no se dirigieron a mí expresamente, tomé aquello como una orden directa, y, olvidando el hecho de que buscaba permanecer oculto, corrí hacia el exterior, hacia el fragor de las llamas.

Era un espectáculo estremecedor. Pocos corazones podrían ver la masacre que allí tomaba lugar sin que su corazón dejase de latir durante algunos minutos. Unas bestias salidas del mismísimo infierno vagaban por las calles de la pequeña ciudad devastándolo todo a su camino. Eran como una infección cruel y mortal, digna de una historia de terror. No tuve mucho tiempo para pensar, ya que una de esas pesadillas se abalanzaba sobre mí, su carne putrefacta colgando en sus costados, empuñando una oxidada espada, que reflejaba la sombra del fuego que consumía algunos edificios. Respondí con velocidad, esquivando uno de sus mandobles con un juego de piernas, y situándome a su costado. Mi puño derecho reaccionó por sí solo, rompiéndole la quijada con un golpe seco, que dejó algo resentida mi mano. Sin darle tiempo a un respiro, mi puño izquierdo cruzó el espacio en una exhalación, enterrándose en sus vértebras y mandando a volar su cabeza varios metros de distancia. Uno menos.

El frenesí se apoderó de mí, y desenfundé mi hacha en un solo movimiento, con mi broquel delante de mi cuerpo y el amenazador filo de mi arma detrás, preparado para asestar un golpe que destroce los huesos de aquellos caminantes. Otro se aproximó a mí tomando cierta carrera, su espada aferrada con ambas manos sobre su cabeza. Otra vez, la velocidad jugó un papel fundamental en esquivarlo, impactando su mandoble sobre el barro y mi contraataque rompiéndole la columna vertebral en la zona abdominal, cercenando en dos ese frágil cuerpo, y rematándolo aplastando el cráneo con mi escudo. Regresé a mi posición inicial y me fui retirando hacia la puerta de aquel recinto. Mejor acompañado que solo, pensé.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Mar 10, 2013 11:11 pm

Llueve, pero la lluvia no alcanza para detener el fuego, bestias del infierno han tomado la tranquila Arthias, en algún lugar del pequeño pueblo un ser de cabello rojo controla los demonios.

El grupo ha salido del cuartel, algunos ya con armas en mano partieron a la batalla, otros esperan un determinado momento para comenzar a atacar. Una pequeña Merrow se queda mirando como los demás van a la batalla, Necross observa como desde las sombras un hombre encapuchado ha aparecido, era el hombre de la camilla, el hombre del lobo no puede distraerse, eso ha causado que perdiera su ojo en el pasado, ahora ha de concentrarse en el enemigo. ¿Pero que es de los cuervos?

Abelia con un mosquete dispara al cráneo de uno de los enemigos, con una puntería excepcional o mucha suerte, logra derribarlo al primer golpe. Luna con su estoque lucha con mucha gracia, movimientos rápidos y certeros hacen que una de las bestias se confundan, un rápido corte en la garganta hace que el enemigo pierda la cabeza, no fue difícil, la carne del putrefacto ser colgaba y caía con cada paso.

Sin duda la más feroz fue Mary Ann, con su bastarda le corto las piernas a uno de los cuerpos andantes, mientras que con un feroz golpe le disloco la mandíbula, ya con el enemigo en el piso su bota se encargó de acabarlo, tal vez sin su casco se vea como una mujer simple, pero con su  armadura  y espada su personalidad se vuelve brutal, sin pensarlo dos veces se dirigio a otra de las criaturas, una de las que venían por la derecha, Necross usando a su lobo como distracción clavo su bastarda entre los ojos de una de las criaturas, una de ella lo ataco sin que este se diera cuenta, pero Abelia rápidamente le salvo el pellejo, Una de las criaturas se lanzó sobre Naiéth, ella logro esquivar la feroz mordida que la bestia quería darle, pero en el frenesí cayó al piso con la criatura sobre ella, ¿qué pasaría?, todos los demás están luchando, tal vez nadie escuche los gritos de dolor y desesperación que hace…

¿Qué es de Rosalie? Ella uso su magia para detener el avance de una de  las criaturas, cuando el hechizo golpeo al bestial ser este grito de dolor, un extraño  fuego azul comenzó a provocarse en él e hizo que los demás enemigos retrocedieran y dudaran un momento, mas solo fue un momento ya que continuaron su ataque.

Sventhil el enano, tomo su arma de fuego y dispara acertadamente a la cara de una de las bestias, el impacto hizo que el cráneo del ser explotara haciendo que ojos, dientes y partes del cerebro quedaran esparcidas por la cara y cuerpo del enano.

Kiluyu el hombre que había llegado herido al parecer ya estaba completamente recuperado, ya que había acabado con dos de los enemigos rápidamente, un extraño dolor de cabeza le comenzó a afectar y una lúgubre voz se escuchaba en su cabeza.

Tu.. tú tienes algo que yo quiero, ven. Tú sabes que quieres. Nos encontraremos pronto Kiluyu

Luna con todo su poder creo una gran muralla de fuego, quemando a los enemigos restantes, estos gritaban de dolor, ¿extraño no?, tal vez no sean lo que los demás creen que son. Mary Ann al ver que el peligro momentáneo había pasado comenzó a dar órdenes  al grupo. Luna volvió al cuartel exhausta, ella fue la única excepción que Mary Ann dejo pasar.

Bien, esto ha salido mejor de lo que esperaba. Sinvyl, ve con Abelia y la chica de la verdosa capucha hacia el norte del pueblo, saquen y salven a todos los que encuentren, más si no pueden, déjenlos,  Necross tu iras conmigo, Sventhil y el otro tipo de la capucha iremos al sur. Al parecer aquí ya no hay más criaturas. Cuando terminen vuelvan los más pronto posible aquí.

La Pequeña Merrow por órdenes se quedaría en el cartel con Luna, por si algo pasaba.

El cuartel se encuentra en el centro del pueblo, al ser un pueblo pequeño no existen muchas casas, pero Mary Ann tiende a preocuparse demasiado por los inocentes, a causa de eso ha perseguido  a Isaac por todo Noreth, siendo que Thonomer y Fígaro están muy lejos de Zhakhesh y la región de Valashia.

El grupo que fue al norte se encontró con que la mayoría de las casas fueron incendiadas, a lo lejos un carro/jaula de gran tamaño era llevada por un tipo de corcel, eso parecía pero estos era más huesos que carne, el grupo aunque quisiera no podría salvar a los pobres inocentes que eran encerrados en la jaula, los caballos partieron su curso hacia el castillo, en las casas aún se escuchaba como las familias clamaban por ayuda, cualquier ayuda. El grupo del sur encontró el mismo panorama pero no vieron la jaula, ya se habían llevado lo que necesitaban.

Restos de personas mutiladas estaban en el piso, eso vio el grupo de Mary Ann y como las bestias engullían cada pedazo de carne en un frenesí de sangre y tripas, el fuego de las casas comenzó a amainar a medida que la lluvia cubría las llamas. Con un desesperado grito incito al grupo para comenzar el ataque, no eran más de cinco los enemigos, pero el festín de sangre hizo que la suya comenzara a arder.

Abelia se dio cuenta que un niño salió de una casa, el niño en su desesperación cayo al barro, uno de los cadáveres andantes le dio una estocada en la espalda apagando su vida al primero de muchos golpes, al momento de la bestia dejar de golpear se arrodillo en el piso y comenzó a alimentarse del pequeño cadáver, Abelia  sin pensarlo disparo su arma, el disparo consiguió acabar con el enemigo, pero aviso a los demás de los intrusos ahora de la misma casa un grupo de cuatro bestias se disponía a atacar.

¿Pero que es de Luna?, ella descansaba en el cuartel, su respiración era rápida y se encontraba agitada, cuando se calmó, fue en camino al norte del pueblo, no iba a dejar que sus compañeros terminaran la batalla sin ella. Al salir de la casa vio un grupo de alrededor 10 cadáveres y a lo lejos una sombría figura de cabellos rojos reía maniáticamente…


Última edición por Necross Belmont el Dom Sep 22, 2013 10:54 am, editado 1 vez



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