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El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Dom Abr 07, 2013 5:08 pm


Jugueteaba con la piedra de luz que siempre llevaba en mi morral, pasándola de mano a mano, girándola, rozando con la yema de mis dedos cada imperfección de aquella pequeña roca. Poseía un gran parecido con algunos minerales, como el cuarzo, aunque su verdadera naturaleza y origen me era desconocida. Desprendía fulgores a través del contacto con mi piel, reflejando su brillo en los vidrios de la carroza y formando caprichosas formas en el techo. Era intrigante como un objeto tan pequeño podía ser tan decisivo por momentos, así como en las cuevas de las montañas, mientras era perseguido por aquella patrulla de tercos orcos salvajes. De no haber usado el pedrusco en aquel momento, muy probablemente no estaría sentado en ese vehículo, de camino a un enorme castillo cuyo destino póstumo nos era totalmente desconocido.

No, no era así del todo. Algo… Algo sucedía. Un evento anormal hacía que se me erizasen los pelos de la nuca. ¿Cómo pudo aquel nigromante saber acerca de la reunión con las “Cuervos”? Que yo supiese, la magia de los muertos no sirve para realizar adivinaciones o predicciones. Cabía la posibilidad de que capturasen a una de las oscuras aves mensajeras en su camino en la búsqueda de guerreros. Por supuesto, eso explicaría todo, excepto el hecho de que esas mujeres no eran estúpidas, y no dejarían libres unas fuentes de información tan valiosas a merced del enemigo. Quizá también, el mago pudo haber capturado a algún viajero que acarreara consigo la diminuta nota. Podía ser una posibilidad más lógica, pero no menos incierta. Si había aprendido algo de vagar tanto tiempo por el mundo, era que las casualidades no se daban porque sí, y que la desconfianza y la paranoia son tus mejores aliados en situaciones de gran peligro, como era este caso. Obviamente, eso daba pie a un enorme abanico de posibilidades, posibles e imposibles.

Lo único cierto era que ese hombre buscaba algo más que solo muerte. Buscaba riqueza, dolor, destrucción.

Poder.

Mi cabeza zumbaba cada vez que recordaba esas palabras, que hacían eco en mi mente con una voz grave y profunda. Mi… mi nombre. Decía mi nombre, buscando algo, algo que yo tenía, algo que yo buscaba. ¿Pero qué era aquello? “Nos encontraremos pronto” Decía, ¿Pero quién lo decía? ¿Qué buscaba de mí? Demasiadas dudas sin respuesta. Aunque, quizás, uno de mis acompañantes si sepa.

Arrebujado en mi capa, observé disimuladamente a la "Cuervo" que nos acompañaba, a mí y a la nueva incorporación, una dama cuyo inconfundible aroma la revelaba como una usuaria de la magia de los muertos. La mujer de cabellos claros se veía distraída, lo que me benefició al momento de estudiarla. Sus rasgos eran suaves y finos, casi perfectos. Pero las arrugas en su frente y su mirada cansada daban clara cuenta que no era un momento donde la belleza fuese algo que remarcar. Y sus ojos... Brillaban con inteligencia, con astucia. Quizás pudiese preguntarle al respecto... Quizás.

Suspirando, guardé la piedra en los inmensos bolsillos de mi morral, y me dispuse a contar los árboles que nos cruzábamos por el camino, mientras inconscientemente acariciaba la cicatrizada herida de mi pierna. La magia de aquel hombre si había sido poderosa, y su ayuda al momento de cargar con las cosas fue invaluable. A pesar de su frágil aspecto, había cargado con algunos víveres por él mismo sin quejarse siquiera. Sonreí. Con sus palabras, su voz amable y su serenidad, los recuerdos de mi mentor regresaban, llegando incluso a hacer una comparación entre ambos.

El trayecto fue corto, en poco tiempo llegamos a destino, afortunadamente sin contratiempos. Bajamos de las carrozas ni bien estas se detuvieron, yo acarreando mis pertenencias, la pequeña bolsa con víveres y la ballesta en mi espalda. Mi rostro se vio enmarcado con un grave gesto de sorpresa y, por qué no, de repugnancia. Una enorme mansión, que parecía haber pasado mejores tiempos, se erguía ajada y añeja frente a nosotros, entre los restos putrefactos de las víctimas del corrupto ser que allí moraba. A punto estuve de preguntar algo, pero un suceso singular me silenció.

De unos arbustos, dos hombres muy raramente ataviados se presentaron ante la dama de acero, y le entregaron una carta que ella leyó, primero con calma, y luego con furia, para terminar estallando de ira. ¿El reino de Fígaro, anexado al Imperio? Cierto era que poco había oído de ese país, pero de ese poco que lo conocía destacaba el hecho de que fuese un territorio independiente que se ocupaba de sus propios asuntos. ¿Por qué razón habíase de unirse a una fuerza más poderosa? ¿Acaso tan enorme era la amenaza que requería del protectorado de esa fanática teocracia? Eché un vistazo a las colosales puertas del castillo, algo acongojado. ¿Qué nos esperaba detrás de ellas?

En silencio, acaricié el mango de mi hacha y coloqué en posición en broquel mientras dirigía mi atención a las palabras de la nigromante. Dubitativo, no terminaba de confiar totalmente en aquella mujer. Era demasiado extraño que, tras semejante ataque al poblado, de la nada emergiera ella como un refuerzo en nuestro "Peor" momento. Pero lo que decía sonaba lógico, y estaba sinceramente de acuerdo, aunque no lo demostrase. Sencillamente esperé a por una respuesta, un movimiento quizá por parte de nuestra líder o el guía, que ahora lucía una espléndida armadura cuyo yelmo asemejaba a la figura de un lobo.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Abr 07, 2013 7:35 pm

El grupo está frente al inmenso castillo preguntándose por lo que hay en su interior, Ireira dio su opinión sobre la entrada, Necross le contesto mientras una pequeña carcajada se escuchó dentro de su casco. - Esto de seguro es una trampa, existe otra entrada, son las cloacas del castillo, pero estoy seguro que ese camino es mucho peor que entrar por aquí directamente. -

En otro lado del castillo una Divium estaba atrapada y escapando por su vida, ella si había entrado por las cloacas. La carta le llego por medio de los cuervos al igual que a los otros seres de esta aventura pero lo que la motivo fue la promesa de dinero, cada uno tiene motivos propios pero toda ayuda es bienvenida, en la exploración del castillo necesitaran toda la ayuda posible.

Necross se pone en frente del grupo, quiere hablar, necesita advertir los verdaderos peligros del castillo.

- Muy bien, yo y las cuervos agradecemos su presencia, esta misión no se podría llevar a cabo sin su ayuda, y la gente que salvamos en el pueblo estaría muerta si no fuera por vuestra intervención. Lamentablemente lo único que se les podrá ofrecer es dinero y el recuerdo de que ayudaron a los más necesitados cuando nadie más lo haría. Sera un agrado luchar a su lado, por favor sigan mis indicaciones al pie de la letra, el castillo tiene muchas trampas y si recuerdo bien al momento de entrar al castillo debemos separarnos. -

Necross camino con las cuervos tras de él, el grupo más atrás y el lobo a su lado. Las grandes puertas rechinaron fuertemente al momento de abrirlas y el grupo observo un inmenso pasillo a sus ojos, fácilmente podrían caminar siete personas horizontalmente y librar una batalla sin problemas.

Las paredes eran de rocas y la iluminación la proporcionaban antorchas colgadas en las paredes, sobre las antorchas grandes ventanas dejaban entrar la luz lunar al pasillo, las paredes eran adornadas por pinturas pero estas eran imposibles de ver ya que estaban manchadas con sangre, el pasillo termino en una gran puerta, el que la abrió fue Necross. Al otro lado de la puerta había dos caminos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

- Aquí nos separamos, Kiluyu, Mary Ann, Abelia e Ireira irán conmigo por la izquierda, Sinvyl, Luna, Sventhil, Wedge y Biggs irán por la derecha, la misión de los últimos es abrirnos el paso. Existe un interruptor por el camino de la derecha que abre la única puerta que nos permitirá continuar adelante, una vez que la abran deberán bajar y nos encontraremos al otro lado. -

En otro lado del castillo la Divium conocida como Ondine Wasser escapaba de una gigante abominación, esta al parecer estaba hecha de distintos cuerpos y le faltaba el brazo derecho, el brazo izquierdo no posee mano y lleva una gran bola de acero en su reemplazo. La Divium por muy fuerte que fuese no podría hacerle frente a una criatura de ese tamaño.

Por el lado izquierdo caminan lentamente el grupo de Necross, Kiluyu, Ireira, Mary Ann y Abelia, una gran escalera se ve frente a ellos, el único camino que podrían seguir los está obligando a bajar hacia la oscuridad. Hay poca iluminación pero cuando terminan de bajar la escalera el piso se siente húmedo, la habitación estaba inundada y el eco que hacían los chapoteos del grupo se escuchaban por toda la sala, un fuerte rugido se escuchó a lo lejos y el piso comenzó a temblar mas no duro mucho y se desapareció como apareció. Ondine continuaba su carrera esta vez escondiéndose de la criatura que la seguía a una habitación, la bestia no dejaría escapar tan fácilmente a la intrusa, al parecer podía disparar la maza que tenía como mano ya que Ondine vio el momento que la mole de acero atravesó la pared mientras la gran bola de acero caia inerte a su lado, no tenía más que continuar corriendo.

Necross llego a la puerta que debía abrir el otro grupo, intento abrirla pero al parecer no lograron cumplir con su tarea o aun no llegaban, un fuerte clic en la puerta aseguro el paso del grupo. Cruzaron el umbral y vieron nuevamente un gran pasillo, una valla con una puerta en el centro separaba al grupo de Sinvyl del de Necross. Escucharon el rugido nuevamente y como la tierra comenzaba a temblar pero al igual que antes duro poco. El rugido no fue lo único extraño que se escuchó, pequeños pero agudos chillidos se escuchaban del otro lado de la puerta, donde la habitación estaba inundada, Necross abrió la puerta lentamente para ver la causa de los chillidos, no encontró nada. -¡¡Cuidado!!-

Un grito de Wedge advirtió del peligro.

Cinco criaturas anfibias se acercaban rápidamente y se disponían a atacar al grupo de Necross, prontamente el grupo desenfundo sus armas y se prepararon para pelear, la batalla no duro mucho, las criaturas eran torpes y lentas, pero al parecer tenían un apetito voraz ya que en cada ataque intentaban dar mordiscos al grupo. Las bestias terminaron muertas y el grupo se puso en marcha una vez más, el camino por el que Sinvyl iba no tenía salida según Necross, así que el grupo se juntó nuevamente y cruzaron las grandes puertas que impedían su paso. Al entrar en la siguiente habitación el grupo vio una gran escalera y tres habitaciones cerradas. - En esas habitaciones estaban los tesoros de Stefan, si quieren pueden entrar pero no lo recomiendo, existen trampas en cada una de ellas. -

*Ver el off de la partida*

Después de las decisiones individuales que tomo cada uno sobre las habitaciones, subieron la escalera que estaba en medio de la habitación, nuevamente el panorama era un ancho pasillo iluminado por grandes antorchas, al final del pasillo una gran puerta estaba bloqueando el paso. El extraño rugido se escuchó una vez más, cada vez se escuchaba más cerca, las puertas se abrieron pero el grupo no las abrió, ¡fue la Divium que se encontró con el escuadrón de las cuervos! Su expresión de espanto asusto al escuadrón que instintivamente desenfundo sus armas , las puertas estallaron y entre la polvorera que levanto la gran bestia que persiguió incansablemente a Ondine se mostraba ante el grupo, - ¡Mierda! ¡Mujer con alas, ven aquí antes de que eso te aplaste!- La bestia se acercó peligrosamente y Sventhil con la furia y orgullo que caracterizaba a los enanos le fue a hacer frente solo, un grave error ya que la criatura de un fuerte golpe con su maza lo mando a volar, rompiendo la pared y cayendo al vacío.

La criatura sonrió, si podían sonreír. Levanto su único brazo y lanzo la gran maza de hierro en contra del grupo, por suerte el escuadrón la esquivo hábilmente, la cadena que unía el brazo de la criatura con la maza se retraía, esta es su oportunidad, Luna se acercó con su estoque, Abelia cargo su mosquete y Wedge se acercó a ella para apoyarla en el suyo, Mary Ann, Biggs y Necross corrieron a hacerle frente a la criatura, esta aun no cargaba su maza y tal vez no tengan otra oportunidad para atacar.


Última edición por Necross el Mar Abr 09, 2013 5:12 am, editado 1 vez



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Lun Abr 08, 2013 10:39 pm

Gente estúpida, y yo. No me cabía duda de ello, como de otras cosas más. Pero al son de mis pasos apresurados, las ideas vienen locas, atropelladas, fugaces e inconexas. Sólo yo podía haber tomado un camino subterráneo, uno tan oscuro, tan infestado de peligros, tan maligno, tan corrupto, más aún cuando está en mi naturaleza surcar los cielos y alimentarme de esa fuerza que los astros magnos emanan. La ausencia de luz, el hedor de aquellos túneles, la sensación de encierro sepulcral, empezaba a aterrarme; más no, ¡no! No moriría en semejante tumba de tierra, sangre y barro. ¿Acaso no había encontrado otra mejor manera de entrar? Sí, la había sobrevolado, más mi estupidez no llegaba a tales límites: tocar la puerta principal de esa tétrica morada hubiera sido la mayor imprudencia.

Corro… corro… pausa: inhalo, exhalo y vuelvo a correr… me siento atrapada en aquellos angostos túneles… me falta el aire… apesta… el hedor me desorienta… pero no puedo parar: alguien me observa desde las sombras.

-¡Bienvenida a la vida en las cloacas, idiota Wasser!- me decía una y otra vez a mí misma entre dientes, mordiéndome mi propia lengua, queriendo coger mi cuerpo a golpes contra las paredes para castigar la falta de cordura, pero el peligro me seguía los talones y se deleitaba con mi desesperación. Sin verle aún, pero oyendo muy cerca ese latido constante de un músculo ajeno al mío, me sentí invadida por un ser maligno, de aura siniestra y mente brutal, que en aquellas sombras respiraba a mis espaldas, siguiendo mis pasos. Aquello me llenaba de ira, más que de angustia: a cada tramo corrido mis fuerzas se agotaban, las alas me estorbaban, y lo que era aún peor, mi ataque a distancia era más inservible. En conclusión: poco a poco me estaba sirviendo en bandeja, como cena ideal de un algo desconocido, y para un ser como yo, acostumbrado a cazar, sentirse cazado era la peor pesadilla hecha realidad.

Sigo corriendo… corro… pausa: inhalo, exhalo, algo agitada, y vuelvo a correr… los túneles se hacen cada vez más anchos… las alas son cada vez más estorbosas, aún para mí, una divium entrenada por las drows… siento la agitación de mi respiración… atravieso puertas… y más puertas; todas son enormes, ¿por qué serán tan grandes? Keïne Ähnung! Mientras el tiempo corre… Sólo puedo seguir mi instinto natural en medio de lo que parece un completo laberinto que no lleva a ningún lado. Mis pensamientos se dirigen hacia aquella carta que guardo en mi bolsa y la cual recibí en la tranquilidad de mi hogar, hace ya 3 semanas… ¡Los Cuervos!, ¿quiénes serán? Keïne Ähnung! Pero no me alcanzarán los días en el más allá para decir a cada segundo las mil maldiciones que han de caerles si llegara a morir en esta jaula asquerosa.

Más de 6 horas llevaba corriendo desde mi entrada en aquellas cloacas, y ni una pizca de esperanza; la buscaba a la vuelta de cada corredor, pero tal parecía que ése día me sería esquiva. La desesperación alimenta la desesperanza, y con esa idea fatalista otra vez me invade la ira. Pero sé que tengo razones para sentirme como una presa: con velocidad tronadora la sombra ha ganado ventaja… el suelo tiembla bajo mis pies, la tierra se estremece, y me aterra que esto sólo sea el dejo de sus pasos. Ha de ser enorme, pesado, de seguro estúpido, pues la cantidad de cerebro es indirectamente proporcional a la musculatura en reposo de cualquier ser… sí… sí… esa idea me anima, aunque conozco mis desventajas. Más nunca le temeré: soy Wasser, hija de Ärgenaith, mi problema no es morir, sino el deshonor de una pelea fácilmente perdida.

Con la agilidad que me es posible, dado el nivel de agotamiento que ya había traspasado los músculos y calaba en los huesos, y ante una puerta de enormes proporciones, decido aguardar a mi atacante: necesito verle, calcular mis posibilidades, así sean éstas escasas. Tomo una de mis dagas y aguardo.

… Brr….Brr… la tierra bajo mis pies tiembla… Brr… Brr.. se acerca cada vez más… Brr… Brr… y es ahí cuando por fin vislumbro en la oscuridad una figura en la lejanía. Sin perder minuto lanzo una de mis dagas, cual emite un sonido seca y movedizo al incrustarse en lo que parece ser uno de los pies de mi objetivo. La respuesta no se hace esperar: para mi sorpresa una bola de fuego es la respuesta de mi atacante, quién no es más que un gigante, quien en vez de mano porta una masa ardiente.

-Mörgenstërn… increíble… una Mörgenstërn… imposible pelear contra eso… ¡IMPOSIBLE!- pienso mientras retomó el aliento y el valor para continuar la fuga. Apenas alcanzo a reaccionar para evadir la masa de fuego y, es posible que algunos de mis cabellos hayan terminado chamuscados por mi reacción tardía. Sí, estoy aterrada, aquellas criaturas sólo las conocía por chismes o rumores, meros indicios de tradicional popular que viajaban de boca en boca entre los beduinos de los glaciales como mera superstición. Y acá tenía uno, a unos cuantos pasos de mí, avanzando a una nefasta velocidad, con unas posibilidades de combate contra las cuales no tengo opción.

Corrí hacia la izquierda, luego a la derecha, una puerta y luego un pasillo interminable… no resistiría mucho aquella persecución. Y fue en ese momento que pensaba dar media vuelta y ponerle la cara a mi oponente para enfrentar mi destino, cuando tras una puerta ELLOS me esperaban. ¿Quiénes eran? Lo ignoro, pero era un grupo heterogéneo de guerreros, armados hasta los dientes, quienes rápidamente reaccionaron ante mi presencia. Poco me importó analizarles, en mi espalda sentí el calor de un nuevo ataque de la mano infernal de aquel ser de sombras.

-¡Mierda! ¡Mujer con alas, ven aquí antes de que eso te aplaste!- dijo uno de ellos. Más en mi cabeza sólo pude decir:

-¡Idiota!

Con mis últimas fuerzas desplegué mis alas para impulsarme unos cuantos metros y alejarme del peligro, mientras un ruido seco me indicaba que uno de ellos había sido golpeado contra la pared de piedra. El cansancio me domina, más la sed de venganza clama por la vida de esa criatura:

-Un poco más… un poco más, Wasser… - me digo: debo luchar sólo un poco más. Aterrizo torpemente y caigo de rodillas frente a algo; alzo mi rostro perturbado, pálido por el nerviosismo, sudoroso por el esfuerzo, más aún con esa mirada, la mía, de color lila con rayos amarillos que expresan mi furia y ganas de asesinar, y le miro. Veo a… a… un encapuchado que captura mi atención por breves minutos. Sin dudad, un día especialmente extraño es ése.

Con rapidez decidida empuño mi arco en dirección al rostro de la deformación demoníaca, con la plena tranquilidad de que aquella mole de seres pútridos perecerá ante estos desconocidos. Ellos parecen tener su propio plan, mientras yo estoy ya alejada del peligro y libre para atacar a mi manera, desde lejos, confiando en la puntería que poseo. Sólo me queda tranquilizarme y esperar, controlar el temblor de mis músculos por el cansancio, aguardar a que los guerreros arremetan para que mi objetivo, aquel punto entre ambos ojos desorbitados, centro del equilibrio de todo ser, quede expuesto para mí. Ignoraba quiénes eran esas gentes, lo cierto es que por ese breve momento, y mientras me ayudaran a matarle, temporalmente, serían mis aliados.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Mar Abr 16, 2013 1:58 am


Luz y sombras, orden y caos, cielo y tierra. Sujetos al destino del mundo, la mítica balanza que rige en su divina sabiduría el cauce de nuestras acciones va cerrándose poco a poco. Nadie lo sabe, nadie lo espera. No está escrito en las leyendas, ningún “Oráculo” podría presagiarlo. Porque como la naturaleza misma, el tiempo y el orden son salvajes, son adustos vestigios del azar, impredecibles en el curso de la historia. El espacio mismo se ve obligado a transformarse bajo los indescifrables designios de aquello que todo lo ve y todo lo controla. Y cuando digo “Aquello” no estoy haciendo apología de aquellas religiones que el resto de los hombres defienden. Porque “Aquello” no es un ser, no es un objeto ni una entidad. Es un suceso, un evento, un camino, un vástago mismo del inescrutable futuro del equilibrio. Es “Aquello” que fue, que es y que será, es “Aquello” que su existencia se halla en cada uno de nuestros pasos.

Nosotros creamos “Aquello”, y “Aquello” nos crea a nosotros. Porque el nombre de “Aquello” es “Destino”.


<<<…>>>

- Esto de seguro es una trampa, existe otra entrada, son las cloacas del castillo, pero estoy seguro que ese camino es mucho peor que entrar por aquí directamente.

La voz del hombre del lobo surgió del interior del yelmo, tras una estridente carcajada, en respuesta a la directa pregunta de la nigromante. Evidente era que nadie estaba a gusto con este camino, pero prefería internarme en una trampa a morir en una cloaca. Suspiré. No, no pensaba en perder mi vida aún, pero en mi camino me había encontrado tantas veces con esa posibilidad, algunas veces más contrastada que otras, que sencillamente la aceptaba como tal, y luchaba contra ella con uñas y dientes.

Tras situarse frente a nosotros, el sujeto de la lupina armadura volvió a hablar, esta vez para todo el grupo.

- Muy bien, yo y las cuervos agradecemos su presencia, esta misión no se podría llevar a cabo sin su ayuda, y la gente que salvamos en el pueblo estaría muerta si no fuera por vuestra intervención. Lamentablemente lo único que se les podrá ofrecer es dinero y el recuerdo de que ayudaron a los más necesitados cuando nadie más lo haría. Sera un agrado luchar a su lado, por favor sigan mis indicaciones al pie de la letra, el castillo tiene muchas trampas y si recuerdo bien al momento de entrar al castillo debemos separarnos.

Es decir, en pocas palabras, que no recibiríamos recompensa y que debíamos obedecerle sin rechistar. “Bien, no me quejo, en tanto ello no nos mate.” Pensé. Después de todo, apenas si conocía a estas personas que me rodeaban. Nos pusimos en marcha casi de inmediato, sin mediar palabras entre ninguno. Las “Cuervos”, junto con nuestro guía y su cánido amigo, iban al frente de la formación, mientras el resto les seguíamos, indecisos algunos ante la decisión de avanzar a un destino incierto o retirarse al abrigo de la oscuridad, ahora que aún estaban a tiempo. Nadie retrocedió.

El metal de las bisagras soltó un estridente llanto al abrirse las puertas de par en par, como el aullido de miles de almas en pena, logrando que llevase ambas manos a mis oídos en un gesto de dolor. Una vez más, maldecía mi tímpano sensible, por más que este me hubiese salvado en más de una ocasión. Una pequeña ráfaga de aire se coló desde el interior a través del portal, exhalando un fétido aroma a carne en descomposición, fermentada por el encierro y la oscuridad de las paredes de piedra de aquel impresionante pasillo que ante nosotros se presentaba. Quizás a los demás no les afectase de la misma manera el putrefacto ambiente del interior de aquel recinto, pero sobre mí pendía la bendición de la licantropía. Es decir, que semejante hediondez casi me hizo dar arcadas del asco. Estaba curtido en cuanto a olores, pero no estaba acostumbrado a tamaña pestilencia a muerte. Y ese era tan solo el comienzo.

Mientras seguía la marcha junto a mis compañeros con el corazón en un puño, intentando controlar el vomitivo reflejo de largar todo lo que en mi estómago contenía, y atenazado por la horrible sensación de estar ingresando en la boca del lobo, por más irónico que aquello sonase, intentaba buscar una respuesta a esa pregunta que seguía rondando mi mente desde el momento mismo en que habíamos llegado aquí: “¿Qué o quién era esa voz?”. Cabe aclarar un hecho que podría sonar irrisorio y carente de sentido, pero que para mí en ese entonces importaba demasiado: Tenía vergüenza de decirlo abiertamente. Suena estúpido, tomando en cuenta la situación en la que estábamos, pero temía ser tachado de loco y expulsado de la expedición. Después de todo, lo que me impulsaba a estar allí era nada más y nada menos que las ansias de ayudar.

El cabello en mi nuca estaba erizado. Además de estar acongojado y confundido, también estaba nervioso. El fuego de las antorchas jugaba con nuestras sombras, mientras caminábamos por ese pasillo tan parecido a un lujoso portal al infierno. Mirando de soslayo las pinturas, intenté alejar de mi mente las imágenes de la ciudad, que fugazmente intentaban hacer mella en mi cordura. Apenas si quedaba algo de belleza en esos lienzos cubiertos por la sangre seca de las víctimas que habían sido arrastradas por aquel pasillo. ¿Y si sufríamos el mismo destino? ¿Y si irremediablemente moríamos bajo las garras de los inmundos lacayos del nigromante? Miedo. Si, era miedo lo que comenzaba a sentir. Sacudí con fuerza la cabeza, en un gesto que pudo haber parecido extraño para el resto. No, si dejaba que esa parte animal en mí me controlase, estaríamos perdidos. Mis instintos me decían claramente que me alejara, que ese lugar era peligroso. Pero no podía, no debía hacerlo. Esto era por esas gentes en el pueblo, por las familias enteras que en pocos minutos se transformaron en víctimas. Debía hacerlo por esos dos huérfanos sobrevivientes. No podía rendirme ahora.

Llevando la mano a mi morral, volví a tocar la superficie de mi piedra de luz. Su brillo, su calidez, me reconfortaba. “Su luz te guiará en los caminos más oscuros” me había dicho mi mentor al regalármela. Si tan solo pudiese tenerlo conmigo una vez más…

Llegamos al final del pasillo. Miré hacia atrás un momento antes de que abriesen las puertas al otro sector del castillo. Las antorchas bailoteando en una danza sin sentido, las pinturas mancilladas con la vida de las víctimas que en este infecto lugar habían encontrado su fin, los ventanales que iluminaban con enfermizas figuras creadas con la luz de las lunas en las paredes. Regresé al frente, intentando olvidar tan retorcida visión, concentrándome en lo que sucedía.

Dos caminos. Tal como el sujeto de la armadura había predicho, debíamos separarnos para cumplir nuestro cometido. Él no dudó a la hora de asignar los grupos, tocándome a mí el sendero de los que debían abrir la marcha. Nos separamos sin muchos miramientos, caminando cada cual con calma y pericia. Por mi parte, mi nerviosismo no hacía más que incrementarse a cada metro avanzado. No podía borrar de mi mente la sensación de estar descendiendo al mismísimo infierno. Tenía ya mi hacha empuñada con la mano derecha, y mi broquel estaba en su lugar en la izquierda. Desconfiado, calculaba cada paso que daba, mis agudos sentidos alerta ante cualquier cambio. A mí no me tomarían desprevenido.

Y, al final de nuestro desvío, hallamos una maldita escalera. Amplia y fría, descendía a las tinieblas como un portal al inframundo. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Sin embargo, el resto procedió sin muchas contemplaciones, y me vi obligado a seguirles con cierta reticencia. No me era agradable la idea de meterme allí, pero sabía muy bien que debía hacerlo. Me sentía como un perro acorralado, vigilando cada paso que daba, con todos los pelos erizados y enseñándole los colmillos a la oscuridad. Resultaría hasta cómico pensar en esa analogía, si no fuera porque el peligro que se cernía sobre nosotros era real.

Maldecía por lo bajo a cada gélido peldaño que pisaba. Olía a moho y humedad de muchos años, lo que provocaba que estornudase repetidas veces, recibiendo un suave eco de las profundidades. “Es más molesto que un resfriado, y ciertamente más escalofriante” susurré por lo bajo en uno de los breves momentos que gozaba de tranquilidad sin sufrir espasmos que sacudieran todo mi cuerpo. Y era cierto, era un estorbo. Casi perdí pie en más de una ocasión, lo que habría significado descender de golpe a gran velocidad arrastrando conmigo a todo el resto.

El ruido de agua siendo golpeada por un cuerpo pesado rompió la monotonía de los pasos sobre la piedra y mis estornudos. Estos se multiplicaron, y eventualmente yo terminé haciendo exactamente lo mismo, pisando sobre una fina capa de líquido, que parecía inundar toda la sala. Sin embargo, esto era meramente especulativo, ya que la ausencia total de iluminación hacía imposible ver algo. No me costó mucho llegar a una rápida y efectiva solución. Enfundando mi arma, busqué en mi morral ese pequeño objeto brillante, que en poco logré hallar y aferrar con mi mano. Manteniendo la piedra en alto, alumbré la estancia con su resplandeciente luz, ahuyentando la oscuridad que nos envolvía cual manto de las tinieblas.

Un temblor en el piso, un estruendoso rugido a lo lejos. Sorprendidos y algo alterados, intentamos mantener el equilibrio por el breve momento que duró el evento. Y no pude evitar soltar una pregunta, alterado y con cierto miedo.

- ¿¡Qué demonios fue eso!?

Nadie respondió.

Avanzamos, esta vez más precavidos. Yo llevaba alzada la piedra en mi mano, estilando a una antorcha o un báculo, en un raro intento de iluminar el camino de forma efectiva. Mentiría si dijera que no estaba aterrado en cierta manera, sin embargo, mis nervios ya en este punto estaban tan destrozados que había regresado a un estado de ciega aceptación, caminando detrás del hombre del lobo sin rechistar de forma alguna, aunque aún estaba lejos de caer en la desesperación. Pero no lo suficiente.

Necross, el de la cánida armadura, halló una puerta al otro lado de la sala. No cedió al primer intento de abrirla, más luego de oír un sonoro chasquido, nuestro guía volvió a probar, se movió esta vez de forma exitosa. Según parecía, este era el camino que el otro grupo debía despejar por nosotros. Atravesando el umbral, nos encontramos nuevamente en un largo pasillo iluminado por ventanales y antorchas, de la misma forma que en el primero. No obstante, este contaba con una larga valla a nuestro lado y una puerta en su centro mismo. Del otro lado podíamos ver a nuestros compañeros, que seguían por un trayecto muy parecido al nuestro.

Muy poco habíamos recorrido que el poderoso bramido se hizo escuchar nuevamente, acompañado de otro ligero sismo. En cierta forma, me esperaba que regresase de un momento a otro, y lo recibí con un gruñido por lo bajo. Pero algo más se oía. Eran una serie de chillidos, muy agudos, que parecían provenir del otro lado de la puerta que habíamos cruzado recientemente. La curiosidad picó fuerte al sujeto del lobo, quien tomó la iniciativa y la abrió, encontrándose con absolutamente nada más que la oscuridad que habíamos dejado atrás.

- ¡¡Cuidado!!

Un veloz aviso de parte de uno de los mensajeros al otro lado de la valla me sobresaltó y me obligó a girarme casi al instante. Antes de poder siquiera ver que era aquello, intenté reconocerle a través del olfato. Pero fue en vano, ya que nada podía oler más allá de la humedad y la pestilencia a muerte. Y con mi oído sencillamente escuchaba unos pasos similares a los que una rana hacía, pero más fuertes. No creía posible que, lo que fuese aquello, no lo hubiese detectado antes de que lograsen aproximarse a nosotros. No me quedaba más que guiarme a través de mis ojos, y estudié a las criaturas en el instante mismo en que entraron en mi rango de visión. Precisamente, eran bestias que asemejaban a una suerte de reptil de tierra y agua, sus manos terminadas en garras y sus patas unidas por una membrana, y palmeadas, de forma que serían veloces en el agua. Quizás fuese por estar en un área bastante humedecida del castillo, y alguna habitación o sala cercana se encontrase inundada. Además, presentaban aletas en espalda y cola, sumando una hilera de filosos dientes en un agudo y deformado rostro humanoide. Eran repulsivos, sentí que los detestaba al instante, no solo por los chillidos que largaban o la forma de arrastrarse a nosotros con el hambre marcada en los ojos, sino por haber sido capaces de camuflarse ante mi sensible olfato y mi buen oído, ambos elementos de los cuales me sentía especialmente orgulloso.

Más allá de aquello, en ese momento esa furia disipó el miedo. Estaba enfrentándome a algo tangible, a una amenaza que podía ver, que era mortal, que era capaz de sangrar y morir. Ya no eran vagas ilusiones y aterradores sonidos en un lúgubre pasillo, ahora era un enemigo que se abalanzaba hambriento hacia mí. Y no tardé en responder.

Habían recorrido el corto trecho que nos separaba con sorprendente agilidad, pero ya tenía mi broquel preparado y mis compañeros en formación. La piedra en mi mano derecha ya la había guardado al momento mismo de ingresar al recinto iluminado, y la estaba llevando al mango de una de mis dagas, guardada con firmeza en una de sus fundas de mi pecho. Para estas bestias muy mal iba el combate a distancia, por ello no utilizaría el hacha. Repelí el primer ataque con un golpe del pequeño pero robusto escudo, impactando de lleno en el rostro del más arrojado de ellos, y con mi arma ya preparada, procedí a embestirle nuevamente. Algo atontado, el bicho no vio venir el golpe propinado con el puño enfundado en el cestus espinado, transformando en una masa sanguinolenta uno de los lados de su rostro. Pero no me detuve allí. Con el rabillo del ojo me aseguré de no ser acechado por otro de los seres, viendo que estaban muy entretenidos con el resto del equipo, y procedí a romper mi defensa en pos de dar el golpe de gracia.

No me esperaba que la bestia, enceguecida por la ira y el hambre, ignorase mi golpe anterior y se lanzara hacia mí con la rabia digna de un ser controlado por sus más bajos instintos. Yo había cambiado a mi pie derecho, adelantándolo un paso para así asestarle con la daga, y el escudo se encontraba detrás de mí. Estaba sin defensa ante un bicho capaz de arrancarme un pedazo de carne de un mordisco gracias a su loco frenesí. Saltó, los agudos colmillos chorreando saliva, las garras listas para destrozar. Y lo recibí de la mejor manera posible, arrojándome hacia atrás, cayendo de espaldas al suelo y rechazándolo con las piernas, que actuaron como un elástico, mandándole a volar un par de metros gracias a su propia fuerza. Habría reído de no ser por como resonó mi espalda como un tambor al momento de estrellarme. Había dolido, pero afortunadamente no era nada serio. Más gracias di que la ballesta tuviese tendencia a correrse de mis hombros a la izquierda y no había aterrizado sobre ella, sino el daño habría sido peor.

Un disparo retumbó con fuerza contra las paredes de piedra, ensordeciéndome por un momento. Vi el fogonazo en el momento justo emergiendo del arcabuz de Abelia, una de las “ Cuervos”. Y si, era en dirección a donde mi oponente había sido arrojado. No necesité verlo para saber que había finalizado la labor que yo no logré terminar. No me dirigió mirada ni gesto alguno, recargando su arma con una maestría que solo años de práctica otorgaban. Me incorporé con cierta dificultad. Manchas de sangre por doquier revelaban lo rápido que la batalla había terminado. Los cuerpos de las criaturas, que contaban hasta cinco, yacían en el suelo reventados cada uno a su manera. Dos se encontraban rebanados a la mitad a los pies de quien yo había bautizado como “Doncella de Acero”, tanto por su espléndida armadura como por su fiereza al combatir. Me limpié un poco el polvo y la sangre, no con cierto disgusto. No había colaborado lo suficiente con el equipo, y alguien podría haber muerto gracias a mí y a mi falta de atención. Quizás era eso lo que quería darme a entender la experta tiradora.

Seguimos adelante, ahora con el grupo completo ya que el camino de mis otros compañeros sencillamente no tenía salida. Mejor así, cuantos más fuésemos, más seguro me sentiría al transitar por ese tenebroso castillo. Lo que el nuevo recinto nos deparaba eran sencillamente tres puertas, una detrás de la otra, y una gran escalera. Nuestro “guía” volvió a hablar, con su mismo tono de voz que tan aguardentoso me sonaba.

- En esas habitaciones estaban los tesoros de Stefan, si quieren pueden entrar pero no lo recomiendo, existen trampas en cada una de ellas.

Genial, entre eso y vender nuestras almas por unas pocas monedas no distaba mucho. Preferí seguir viviendo tranquilamente y pasar por este cementerio de piedra con el menor problema posible. Muy seguro estaba de que algunos lo tomarían como algo divertido, pero mi instinto no me engañaba, el peligro era demasiado para ignorarlo da tal forma, por lo que seguí adelante, esperando a los que se tomaron su tiempo y subiendo rápidamente las escaleras. Quería avanzar y dejar atrás ese tortuoso escenario cuanto antes.

El panorama que se presentó frente al grupo entero al abrir la puerta de la escalera era el de un pasillo muy similar a los anteriores. Quizás demasiado. Antorchas, ventanales… faltaban solo los cuadros teñidos en sangre. Otra puerta nos esperaba en el lado opuesto, como una cruel broma ante nuestros esfuerzos. Recién habíamos comenzado, y parecía que habíamos atravesado más umbrales que en un monasterio. Nunca terminaría de entender la gracia de construir semejantes edificaciones si la mitad de las mismas serían puro pasillo y puertas. En ese momento, no me había dado cuenta de dos cosas. La primera, el miedo que engendré en todo el sector principal había desaparecido. La segunda, los ruidos de grotescos pasos y el olor a cloaca y a varias decenas de cuerpos acercándose.

El rugido me sacó de mi abstracción. Se escuchaba cerca, muy cerca. Y tan solo unos pocos segundos después, aquellas portezuelas se abrieron de par en par con brusquedad, dejando pasar al último ser que pensaba que podía encontrarme allí. Una divium de angelicales alas atravesó a la carrera la abertura que muy pequeña parecía a su lado, no tanto por su altura sino por la envergadura de sus miembros aéreos. Y el terror estaba dibujado en su rostro, lo que erizo los vellos de mis brazos. No dudé en ponerme en guardia, mientras detrás de ella las puertas volaban en pedazos en una nube de polvo y escombros. Casi por instinto, llevé mi mano a la pierna y quité de su seguro a mi fiel hacha. Fuese lo que fuese, no me tomaría desprevenido. Un grito se impuso sobre el estruendo, que aún hacía eco en las galerías que nos precedían.

- ¡Mierda! ¡Mujer con alas, ven aquí antes de que eso te aplaste!

Ella obedeció con premura, abriendo sus alas y planeando a nuestra dirección. En tanto, un monstruo de colosales proporciones, que inmediatamente asocié con los numerosos olores pertenecientes a varios cuerpos, emergía del hueco recién abierto. El enano, en un acto de insensibilidad y estupidez, se abalanzó sobre la bestia en un vano intento de hacerle daño. A cambio, recibió un doloroso golpe con una suerte de mazo de hierro adosado a uno de los grotescos brazos del gigante, dando con toda su enanidad de lleno contra una pared, derribándola y siendo despedido entre los ladrillos y escombros al exterior, al oscuro vacío nocturno.

Entonces veo como la divium desciende, debilitada, frente a mí, posándose de rodillas y sobresaltándome. Hasta mi nariz llegó su profundo olor a desechos y a suciedad, a cansancio y a sudor. Pero no tardó en volver en sí. Y me miró. Me observó con ojos profundos, iracundos, rabiosos. Poseían fuerza, poseían pureza, poseían el alma de quien nunca se rinde, de quien nunca flaquea, por más que la situación esté completamente en contra. Y observó solo mi rostro repleto de cicatrices, sino más allá, rebasando la barrera de mis plateadas pupilas. Su sed de sangre, intensa como el fuego, se contagió a mi ser solo con aquella mirada.

La masa amorfa de cuerpos entrelazados arrojó la bola metálica al centro de la formación, afortunadamente errando el disparo por pocos centímetros. No era momento de sentirse afortunados, todos lo sentimos. Casi al unísono, atacamos, todos nosotros. Si recuperaba su arma, estaríamos perdidos, y no dejaría que fuera así. No lo permitiría.

Corrí. Corrí con toda la fuerza que pude imprimir a mis piernas. Mientras me movía a gran velocidad, aproveché el impulso para detenerme ligeramente y arrojar mi arma, mi hacha de mano. Pie izquierdo delante, trazar una curva con el brazo y dejar que todo el peso y la fuerza acumulada fluyera en un ataque veloz y preciso. No me detuve a ver el destino de mi arma, sencillamente seguí mi instinto de batalla, mi explosión de adrenalina, y desenfundé una de mis dagas con destreza, arrojándome cual bestia a mi enemigo. Si algo aprendí de mis numerosos combates, es que cuanto más grandes son, más vulnerables a mí se vuelven.


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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Abr 16, 2013 2:49 am

La bestia, feroz bestia, atacaba sin un blanco definido, no volvió a lanzar su gran masa pero si la separo de su brazo y comenzó a girarla en el aire, la tonta criatura no dimensiono la habitación en la cual estaba e hizo que su maza golpeara las paredes causando que pequeños pero gruesos escombros cayeran sobre él y el grupo.

Abelia, Wedge y Ondine disparaban a la cara de la criatura, muchas de las balas y flechas se clavaron en la frente del monstruo pero este continuaba peleando, de su único brazo muchas caras y brazos comenzaron a hablar y a moverse, las voces pedían auxilio con una voz de ultratumba mientras que los brazos se movían violentamente.

Ondine, la nueva en el grupo logro clavar una de sus flechas en el ojo derecho del monstruo, este rugió fuertemente y lanzo su potente maza contra ella, antes del disparo, Necross, Kiluyu, Mary Ann y Biggs desviaron el disparo atacando sus extremidades inferiores, la criatura destrozo una de las paredes del castillo y dejo un gran agujero en la pared, la maza del enemigo cayó al vacío, el peso del armamento del monstruo hacia que este lentamente comenzara a caer, el grupo de Necross comenzó a empujarlo para luego cortarle las piernas, la bestia de una patada lanzo a Kiluyu contra una de las paredes dejando una gran marca en el cemento y botando al piso la antorcha que iluminaba el pasillo.

La criatura cayó de una vez por el agujero, pasaron varios segundos antes de que se escuchara como chocaba contra el piso. El grupo festejo en silencio, Mary Ann se acercó a Ondine para preguntarle cómo es que había llegado allí y cuál era su razón de estar en tan horrendo lugar, la Divium la mostrar la carta con el sello de las cuervos se había ganado una sonrisa por parte de la dama de hierro, pero no logro verla ya que ella estaba con su casco.

-No sabes la alegría que me causa ver que atendiste el llamado de los cuervos, Mi nombre es Mary Ann, es un placer conocerte.-

Luna se acercó a Kiluyu que en el piso se encontraba sentado después de golpear violentamente la pared del castillo, pregunto por su condición física pero estaba demasiado adolorido para hablar en ese momento, tenía a causa del violento golpe, tres costillas rotas el brazo derecho y la pierna izquierda fracturadas. -No nos servirás si te encuentras en malas condiciones, puedes regresar a la aldea si es de tu agrado.- Le comento fríamente Mary Ann a Kiluyu.

-No te preocupes, yo lo cargare hasta que tengamos donde descansar, ¿estás bien camarada?- Le dijo Necross a Kiluyu mientras le ofrecía su mano para ayudar a levantarse.

Kiluyu después de escuchar al hombre del lobo sintió nuevamente la voz que perturbaba sus pensamientos. -Kiluyu, no puedes rendirte, no aun. Cuando tenga ti piel sobre mis fríos dedos allí recién te dejare marchar al infierno, no antes.- El frio entraba por el agujero en la pared y el grupo lo sintió hasta los huesos.

El grupo camino hacia el frente y cruzaron el umbral que los separaba con la siguiente habitación, un gran salón se veía ante sus ojos, una gran y alargada mesa con veinticinco sillas para ser exactos, grandes y hermosos candelabros iluminaban el salón mientras música, si música, se escuchaba muy tenuemente. Había comida en los platos que servidos estaban, se veía caliente y recién hecha, Necross miro curioso como la comida soltaba vapor, en el extremo opuesto desde donde se encontraba el grupo habían dos grandes puertas, de ellas apareció mucha gente, estaban vestidos de manera elegante y comenzaron a bailar al ritmo de la música, ignorando al grupo de las cuervos.

Un fuerte relámpago destrozo el firmamento haciendo que las luces del salón se apagaran, no volvieron a encenderse; la escena cambio mientras la luz lunar se colaba por las pequeñas ventanas que tenía el salón, la carne que estaba en los platos estaba sumamente descompuesta y llena de moscas, de hecho, toda la mesa estaba llena de pequeños bichos rastreros, los desconocidos que comenzaron a bailar ignorando al grupo estaban colgados del techo, allí se balanceaban de un lado a otro, alguno no eran más que huesos pero otros aún tenían carne colgando de sus cuerpos.

-Sera mejor seguir avanzando, este castillo está mucho más cambiado de lo que recuerdo.-

Cruzaron la puerta que tenían en frente y el camino se dividía en dos, uno a la derecha y otro a la izquierda y en medio una puerta, Necross se adelantó y entro a la habitación solo, pasaron unos minutos antes de que saliera y lo hizo con una sonrisa en su rostro. -Vengan, descansaremos un momento antes de continuar.-

Al entrar se vio una pequeña mesa en el centro con cuatro grandes sillones y dos individuales, tenían polvo pero eran cómodos, la habitación era iluminada por un solo candelabro en el techo que Necross encendió antes de que el grupo entrara. Necross se puso en frente de todos y comenzó a hablar.

Bien, ya se fijaron que existen dos caminos, el de la derecha los llevara hacia los pisos superiores, allí necesito que un grupo baje el puente que conecta este lado con el otro, el camino de la izquierda nos llevara hacia las entrañas del castillo, su parte más baja, el sótano. Allí, los que me acompañen deberán ayudarme a limpiar el lugar, estoy seguro que allí es donde más bestias existen, la decisión de qué camino tomar es suya

El hombre del lobo salió de la habitación esperando que el grupo tomara sus decisiones, prendió su pipa y miro la puerta que anteriormente habían cruzado, sobre ella había un cuadro del antiguo dueño de la mansión, era el cuadro de Stefan. Necross lo miro con nostalgia y comenzó a hablarle.

-Stefan, amigo mío. No sabes todo lo que ha pasado; Arthur se perdió en el mar, Edgar está luchando contra el peligro que ataca a Fígaro y yo estoy tratando de purificar tu hogar, este hogar que tantas alegrías nos dio, si tan solo me hubieses escuchado, si tan solo no te hubieses vuelto loco, tal vez este tranquilo pueblo no sufriría lo que ha sufrido.-

Necross sintió que algo rasgaba la puerta que lo separaba de él y del grupo, la abrió muy levemente y su lobo se quedó a sus pies mientras Necross le acariciaba el lomo algo pasaba dentro de la pequeña habitación. Sinvyl y Ireira estaban en los pequeños sillones individuales, desde las sillas se escuchó un sonido metálico y rápidamente se abrió una puerta en la pared que las arrastro contra su voluntad. En un segundo el par de féminas había desaparecido ante los ojos de todo el grupo, el castillo oculta muchas más trampas de las que demuestra.

Sinvyl cayó por un tobogán varios minutos al igual que ella lo hacia Ireira pero por un camino diferente. Terminaron saliendo del castillo a un bosque cercano, sin peligro y sin ningún rasguño en su cuerpo pero el grupo no sabía de eso, Necross escucho el sonido metálico y abrió las puertas de par en par con una expresión de nerviosismo en su rostro, sin duda sabía lo que había sucedido.

-Por favor díganme que no se sentaron en los sillones individuales.- Dijo con una sonrisa nerviosa y la pipa aun en su boca.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Jue Abr 18, 2013 11:31 pm

La escena, que ante mis ojos se exhibía, era más sorprendente. Los sonidos alocados de cada uno de los guerreros adornaban apenas en un mínimo los de aquella bestia, tan estridentes que por momentos pudiera creerse que aparte de su demoledora maza poseía como poder extra ese nefasto ruido secundado por otros que brotaban de los cadáveres que lo forman. Más mis ánimos de matarle me otorgaban una condición inmune a la brutalidad de aquella criatura colosal. Sentía como mi propio hedor me fatigaba los sentidos, aun cuando la sangre clamaba la venganza despiadada contra ese engendro de masa mixta que por largos caminos llenos de estiércol e inmundicia me había acechado entre las sombras, perseguido con locura infernal y… quemado alguno de mis plateados cabellos. La maza enorme que porta por brazo ha hecho que varios escombros de piedra de los muros y el techo caigan sobre todos nosotros y, para nuestra sorpresa, también sobre el engendro enorme mismo, una muestra más de la carencia de inteligencia a la cual me enfrentaba. Con sigilo tuve oportunidad de esquivar uno pedazo de muro, tan grande como un sillón, que salió expelido por los aires tan cerca de mi rostro que poco faltó para que me dejara sin cabeza. Está que los espíritus diabólicos que incuban ese lugar me protegen de alguna manera, y aquella idea sólo hace brotar en mí una leve sonrisa de ironía, tan fría como la que exhibiera un cadáver pútrido. Pero la lógica del grupo es acertada, aquellos que atacan cuerpo a cuerpo van tras las piernas de la gran mole, mientras que los que atacamos a distancia, tratamos de encontrar ese punto del equilibrio que permita derrumbarlo sin problemas mayores. Dos combatientes, a parte de mi propio ser, somos los que tenemos esa tarea. Sin embargo, ninguno hasta el momento ha logrado algo significativo y ya son dos las flechas que he desperdiciado.

Inhalo y exhalo para serenar mi mente, mientras que con movimientos acompasados muevo mis alas: el aire que produzco le da mayor libertad a mi olfato y espanta por momentos el hedor. Me siento agotada y mis piernas tiemblan por el cansancio, más la vida aún la poseo y con esa idea fija trato de invocar la última ración de autocontrol que tengo para lanzar un ataque más y matarle sin miramientos. Vuelvo a respirar, despacio, no soy ser impaciente y sé que en la tranquilidad se logran los mejores resultados. Y fue en ese momento, cuando rápidamente tomé una de mis flechas y tensé el arco, mientras calculaba el objetivo y sus movimientos alocados, producto de la propia incoherencia de la bestia, que oí claramente una voz de ultratumba que entre esos cadáveres amorfos que la componían hacía aparición: era la sombra de un rostro élfico y su lengua del norte la reconocí de inmediato:

-Hïlfe!… Hïlfe!… Neredïth, Hïlfe… -

La furia se apoderó de mí al reconocer la voz de uno de mis hermanos adoptivos, mientras con encendido aliento la flecha salía disparada hacia un objetivo poco claro. El grito de dolor que emitió la bestia, parcialmente enceguecida, fue un canto de victoria para mis oídos. Aquello sólo compensaba la afrenta sufrida, aunque en el rostro de la criatura pude leer un efecto nefasto: su venganza se concentró una vez más en mí y su mirada diabólica me devoraba con premeditación. Pero, el gigante ya estaba sentenciado. Alrededor de él los combatientes ganaban el dominio de la situación, llevando a la criatura a seguir el destino de su maza. El hueco abierto por ella sería el final de esta contienda. Disparé dos flechas más, siendo ése el máximo de lo que podía dar, dado el agotamiento de mis brazos por la tensión del arco y caí nuevamente de bruces sobre el piso frío, pero pese al sudor o al hedor, al dolor de los músculos o a la falta de hidratación, no dejé de mirar cómo le cortaban las piernas y luego, en medio de un silencio sepulcral, un sonido sordo anunció la caída de la gran mole al vacío. La satisfacción se sentía en el aire, más ahora se planteaba la duda primaría: ¿quiénes eran esas gentes?

Con lentitud me incorporé nuevamente ante la cercanía de la dama ataviada con brillante armadura, quien en tono serio y profundo, interrogó sobre mi presencia en aquel sitio. Por lo que había visto en batalla era una mujer impetuosa, valiente, arrojada y suspicaz, en otras palabras, alguien digno de seguir para ser un simple humano. Sin titubear, como tampoco sin mencionar palabra, me llevé la mano al bolso y extraje la carta. La respuesta de aquella guerrera confirmó algunas de mis sospechas:

-No sabes la alegría que me causa ver que atendiste el llamado de los Cuervos. Mi nombre es Mary Ann, es un placer conocerte.

A lo cual contesté tajante en la lengua que me es propia:

-Dër Vërdiënst ïst dër ëiniëgë Gründ für mïch. Sägen Sïe bïtte nïcht “dänkë” nöch eïnmäl ïn mëinër Änwësënheït (el pago es la única razón que tengo, por ello no deis las gracias una vez más ante mi)-

Si había entendido o no mis palabras, lo ignoraré siempre. Pero ésa era la idea, darle a entender a aquella dama que seguiría sus instrucciones, haría lo que me pidiesen, y me ganaría lo prometido, más no participaría en sus decisiones o espíritu de camadería: yo estaba por encima de ese grupo heterogéneo de seres y no rebajaría mis intenciones propias por las de otros. Al menos esa era la teoría, pues inconscientemente no pude evitar mirar hacia el rincón oscuro, donde otra de las jóvenes guerreras hablaba con el hombre del hacha. Aquel hombre, cuyo rostro estaba plagado de cicatrices, había resultado fatalmente herido, sin embargo vi cómo otro, le tendió su mano y le ayudó a incorporarse. Era lamentable su estado, y su mirada reflexiva aún seguía fija en mi mente, ¿por qué? Ya lo descubriría después, pero nada podía hacerse por remediar su estado, no en ese momento al menos.

Con mayor tranquilidad, y siendo muy consiente de mi propio hedor a cloaca, dejé que todos avanzarán de tal manera que fuera yo quien cerraba la comitiva de aquel variopinto grupo. Ingresamos a un salón curioso: estaba iluminado y sobre la gran mesa que ante nosotros se presentaba, habían manjares propios de un rey. Humanos, elegantemente ataviados, entraron al son de bailes y cánticos. Un mundo al revés, eso era ese cuarto: la inversión de los valores en medio de un caos sumido en tinieblas. Por mi mente sólo pude suponer, casi con la inmediatez con que nos sorprendió la realidad, que aquello era una ilusión, un artilugio con el cual habían sido engañados nuestros sentidos. El desvanecimiento de tan acogedor paraje, me hizo caer en cuenta del hambre que traía; mi malgenio no podía llegar a mayores niveles de ansiedad y zozobra, cuando oí al dueño del lobo decir:

- Será mejor seguir avanzando, este castillo está mucho más cambiado de lo que recuerdo-

Traspasamos el corredor, siendo yo aún quien resguardaba la retaguardia. Caminaba de mala gana, mi propio hedor me fastidiaba, la sed me invadía, pero peor que todo lo anterior, maldecía una y mil veces por la crueldad con que aquel a quién debíamos el engaño, me había tentado con aquellos manjares tan apetitosos: ¡Qué no daría por un plato de comida! Me relamía mis labios secos de sólo pensarlo, y sólo por ello, ¡yo misma era la compañía más nociva que podía tener en ese momento!

Atravesamos la habitación y nos encontramos ante una puerta central y dos caminos laterales. Aquel que parecía ser el guía del lugar nos dijo:

-Vengan, descansaremos un momento antes de continuar- y dicho esto todos atravesamos la puerta e ingresamos a una nueva habitación. Antes de que comenzara una nueva ilusión, pues mi mente ya estaba bastante trastornada con la idea de que mataría a cualquiera con tal de saciar un poco mi malestar con aquellas ilusiones, decidí dirigirme a una esquina del lugar y sentarme en el piso. Estaba cansada, e introduciendo mi cabeza entre las piernas para evitar las miradas molestas de los demás, escuché las indicaciones del guía:

-Bien, ya se fijaron que existen dos caminos, el de la derecha los llevara hacia los pisos superiores, allí necesito que un grupo baje el puente que conecta este lado con el otro, el camino de la izquierda nos llevara hacia las entrañas del castillo, su parte más baja, el sótano. Allí, los que me acompañen deberán ayudarme a limpiar el lugar, estoy seguro que allí es donde más bestias existen, la decisión de qué camino tomar es suya.

Dicho esto el guerrero se retiró, dejando al grupo sumido en el debate. Oía sus opiniones, sus discusiones, algunas aireadas, otras simples hipótesis y conjeturas, más yo ya tenía claro lo que haría y por ello podía darme el lujo de seguir con mi cabeza apoyada en mis piernas, deleitándome con la idea de cerrar los ojos y huir por breves instantes hacia la región de hielo que es mi hogar. Me encontraba ya a medio camino de lograr un poco de sueño, cuando un sonido metálico hizo que súbitamente me incorporara y con el arco y la flecha en mano, apunté a su fuente: dos de los miembros del grupo habían desaparecido.

-Idiotas, todos acá son unos idiotas- pensé.

Casi de inmediato ingresó el guía seguido del animal que le guarda y quién por el momento parecía detestarme gracias al mal olor que no me abandonaba:

-Por favor díganme que no se sentaron en los sillones individuales.-

Sólo pude sonreír por su comentario, el cual sin duda sólo había sido motivado por un conocimiento a priori del lugar y sus trampas. Aquel caballero tenía un humor bastante crudo, lo cual me agradaba. Él bajaría a las profundidades de este castillo, pero lo mío demandaba del aire de un afuera que me llenara un poco de nuevas energías: el encierro empezaba a afectarme y el cielo demandaba mi presencia. Sin ningún titubeo me adelanté a decir a todos en mi acento particular:

- Bien, para los que iremos por el camino de la derecha, ¿hay alguna recomendación que queráis hacernos, caballero?
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Mar Abr 23, 2013 4:08 am


“- Tus ojos, moxt kiluyu, son incapaces de engañar. No puedes mentir, ni ocultarte de las escrutadoras miradas de los demás. La tristeza, el enojo, incluso la tranquilidad, son fáciles de verse allí. Pero tranquilo, eso no es algo malo. Al contrario, demuestra la honestidad que albergas en tu interior, lo franco y directo que eres. Considéralo un regalo de Zhuìè Shùù.

Recuerdo aún el día que el viejo me dijo aquello. Fue una mañana en la que el deber de capturar la comida era mío (Cosa que se volvía cada vez más frecuente a medida que pasaban los años), y decidí acercarme al río a pescar. Reuní todos mis bártulos, red y caña, y me interné en el bosque. No era muy grande ni tan extenso en esa zona de la colosal grieta, pero más adelante, siguiendo el curso del agua, se hallaba una suerte de valle que quintuplicaba el tamaño de nuestro asentamiento, y en su centro mismo reposaba al sol de la estación que precede a Zuìè Driador, reflejando sus gloriosos rayos en las elevadas paredes de piedra como un espejo, una amplia superficie del vital líquido. El lago era una suerte de intersección entre otras grietas, lo que justificaba su tamaño fuera de lo común, como si algo de aquel lugar fuese común, y varios afluentes desembocaban en sus cristalinas aguas, incluyendo el de nuestro río. Bueno, en realidad, todos tenían el mismo origen en el Río Madre, pero se subdividían en tantos recodos que era difícil afirmar que cada uno nacía del mismo lugar.

Arribé al punto de pesca habitual, donde pasé cerca de una hora con red en mano atrapando peces que se dejaban llevar tranquilos por la corriente de la desembocadura. Era evidente que la temporada de crecimiento estaba en pleno auge, demostrándolo así la enorme cantidad de presas que recogí aquel día. La red que había llevado conmigo casi no daba abasto por la cantidad recogida, y tuve que ingeniármelas para arrastrarle a hombros hasta nuestro hogar. Quizás tardase un poco más de lo habitual, pero ese había sido un verdadero golpe de suerte. Tanta comida nos ayudaría a pasar el invierno sin problemas… o al menos eso pensaba. Mientras atravesaba uno de los tantos claros, dispuesto a introducirme dentro de otro bosque, me encontré con una escena que me atenazó el corazón. Un lobo, flaco y macilento, con las costillas marcadas en sus costados, hambriento y con la lengua afuera, me observaba frente a mí con ojos brillosos. Podía oler lo sucio y demacrado que estaba entre el aroma del pescado en mi espalda, y de inmediato le reconocí. Era uno de los cachorros de una de las manadas que habitaban la zona. Debía de ser de la camada del año pasado, ya que se veía muy joven y sumiso. Sus negros ojillos no se apartaban de los kilos de carne que llevaba, mientras la poca saliva que le quedaba resbalaba de su diminuto hocico, cayendo al suelo.

¿Alguna vez os he contado acerca de mi amor por los lobos? ¿De mi fascinación? Ver aquello pudo más que cualquier sentido de deber o responsabilidad, ya que los mismos habían cambiado. Ahora sentía como obligación alimentar a ese pequeño. No lo dudé, descargué la red y, con cuidado, le tendí uno de los peces con una mano, con lentitud y delicadeza. Al principio reculó, tembloroso, pero al final el hambre pudo más que cualquier miedo, y se abalanzó sobre la carne, mordisqueándola con sus afilados dientecillos, sumergiendo la nariz en la herida abierta con el cuchillo que dejé al momento de capturarles. Dio cuenta de su comida en cuestión de pocos minutos, y volvió a observarme, moviendo la cola con alegría, como buscando por más. No dudé en alcanzarle otro, de todas formas tenía muchos conmigo. Lo sostuvo con los pequeños colmillos, sus fuerzas renovadas, más no procedió como antes, internándose esta vez en la espesura. ¿Qué hacía? Picado por la curiosidad, me propuse seguirle, colgando mi botín en la rama de un árbol por seguridad. Caminé con sigilo, guiándome por su olor, intentando no pisar ramas u hojas. Por aquí, aquel árbol, detrás de ese tronco… Y lo encontré. Estaba en un claro rodeado por rocas y cortezas, con el pez a sus pies. Pero no estaba solo. A su alrededor se congregaban varios cachorrillos, que a duras penas se alimentaban con la blanca carne. Y más allá, los adultos descansaban, agotados incluso de vivir, secos, hambrientos. No tenía remedio. Regresé, bajé la red del árbol y fui hasta el claro, cargando con semejante peso entre mis hombros. Ellos me vieron, me olieron, me oyeron, pero no hicieron nada para alejarme de allí. Solo cuando bajé la comida mostraron ciertos signos de vida. Y los alimenté.

Regresé con el viejo con una pequeña fracción de la pesca. No me dijo más que lo anterior, no me retó ni me criticó. Perceptivo, casi omnisciente, había logrado ver a través de mi mentira. En aquello pensaba mientras descasaba en uno de los sofás donde Necross me había depositado. Todo había sucedido demasiado rápido, la batalla, el golpe que casi me mata, las personas bailando, la comida, las voces… Las voces habían regresado…

No sabía que hacer en aquella situación. De alguna forma, había salido herido, pero con todas mis cosas en su lugar. El hacha estaba en su funda, recuperada del campo de batalla, al igual que las dagas. Y el hombre del lobo volvió a hablar. Y algo extraño le siguió. Las dos mujeres, la drow y la nigromante, fueron absorbidas por los sillones individuales, desapareciendo con un chasquido metálico. No comprendía nada, nada en absoluto.

Solo sabía que, si quería seguir viviendo, debía ir por la derecha.

- ¿Una sugerencia? Permanecer unidos… Y con vida… - Respondí a la divium.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Mar Abr 23, 2013 10:49 pm

Necross rio al ver las caras del grupo, estaban algo nerviosos al ver a las dos féminas desaparecer ante sus ojos. -Bien creo debo una explicación, cuando Stefan invitaba gente que no le agradaba al castillo los hacia sentarse en esas sillas, las sillas son una trampa, al sentir peso se activa un mecanismo tras la pared que hace que los anfitriones sean expulsados del castillo, quedando fuera en un bosque cercano. Está muy lejos como para ir a buscar a las chicas pero espero sepan regresar a la ciudad.-

El grupo, especialmente las cuervos, continuaban discutiendo por cual camino seguir, cuando por fin se calmaron Necross repartió al resto del grupo, por la derecha irían Ondine, Kiluyu, Biggs y Abelia y el resto iría con Necross por la izquierda.

-Aquí nos separamos nuevamente, sean cautos y no mueran, si Isaac encuentra sus cadáveres lo usara en su ejército y no creo eso les guste. Nos vemos al otro lado camaradas.-

El grupo se separó nuevamente, el escuadrón de la derecha subió grandes escalones que al terminar salían en una especie de terraza, el aire se sentía frio y la luna estaba cubierta por espesas nubes. El camino era largo y algunos muros estaban destrozados, a lo lejos se veía una jauría de lobos, no eran lobos exactamente ya que estos eran más grandes y feroces. Los canes, al ver al grupo escaparon, no se veían asustados y como no había otro lugar para ir, el grupo tuvo que seguir adelante.

Necross por su parte, guiaba a las dos cuervos y al imperial hacia el lado más oscuro del castillo, las escaleras estaban cubiertas de sangre y también las paredes, a lo lejos se escuchaban gritos de auxilio y terror, el sonido de látigos golpeando la carne también se podía oír.

Por el lado derecho Kiluyu iba caminando ayudado de Biggs, ya estaba algo mejor de sus heridas pero no del todo bien. El grupo termino de recorrer las almenas y entro a una habitación, esta era simple y pequeña, pero algo salió de las sombras, un ser de cabello rubio, traje elegante y sombrero de copa salió de la oscuridad y se acercó al grupo. -Queridos y nobles guerreros, yo se los que los ha traído hasta este horrendo lugar, les debo pedir abandonen su causa y se retiren. El hombre lupino está destinado a la muerte.- Como apareció desapareció, entre las sombras el desconocido ser se fue para no volver.

El escuadrón decido ponerse en marcha nuevamente, salieron de la pequeña habitación para encontrarse con un pasillo oscuro, no existía nada de luz, solo las sombras y extraños sonidos. Biggs aun cargaba a Kiluyu, ellos iban adelante siendo el artefacto de Kiluyu el que daba poca iluminación. Un agujero se abrió por debajo de ellos, una nueva trampa se había activado. Kiluyu y Biggs cayeron por el. El impacto daño mucho más a Kiluyu, cayendo sobre el pie derecho agravando su estado. Allí una antorcha iluminaba el lugar, Biggs grito hacia arriba, ordeno que siguieran avanzando.

Necross y los demás se acercaban a los sonidos de los látigos, un zombie, ghoul o sea lo que fuese, estaba azotando fuertemente a un hombre, o eso parecía ser. Urox, el orco se encontraba en la ciudad, para mala suerte de él fue justo el momento cuando se desato el caos, fue atrapado en las jaulas de acero y llevado hacia el castillo, el objetivo de los seguidores de Isaac es doblegar su espíritu y hacer que se canse de vivir, un ser como él es bastante fiero y no se dejara vencer por bestias sin almas. Necross y los demás se acercaron sigilosamente y acabaron con el enemigo.

Tu, sea lo que seas. ¿Estás bien? Si quieres salir de este castillo debes seguirnos… ah y mi nombre es Necross, la dama de la armadura es Mary Ann, la pellirroja es Luna y el último es Wedge. ¿Cuál vendría a ser tu nombre?

El orco no portaba armadura ni armas, estaba a torso desnudo con algunos latigazos marcando su espalda, no habían pasado más de cinco minutos entre que comenzaron a castigarlo y llego el grupo, Necross advirtió que si el poseía armas, las encontraría en la armería que estaba más adelante.

Kiluyu y Biggs caminaban con la poca iluminación que la antorcha que tomo Biggs les otorgaba, para el encapuchado los pasos cada vez se hacían más difíciles, agravando el dolor que sentía en su pierna derecha. Donde cayeron parecía ser un calabozo, tenía barrotes pero estaba lleno de polvo, las antorchas que lo iluminaban parecían tener mucha vida aun, hace poco las habían puesto.

Ondine y Abelia aun caminaban por la oscuridad del lugar, con paso lento lo hacían, no querían caer en alguna trampa ya que Kiluyu y Biggs tuvieron suerte, existen muchas trampas así pero no todas terminan con un piso plano al cual caer, otras tiene espinas de acero o es un simple agujero hacia la nada.

La Divium y la humana salieron nuevamente a las almenas, un engendro hacía de guardia, aun no las había visto pero no faltaría mucho para hacerlo, ahora deben decidir si siguen avanzando o intentan pasar de manera sigilosa.

El dúo que se adentraba en las entrañas del castillo no la pasaba mejor, al salir de la habitación en la cual se encontraban, salieron y llegaron a la que parecía ser la prisión del lugar, allí la gente clamaba por ayuda, algunos con llanto llamaban al par para que los liberaran. Biggs no dudo en liberar a las personas, eran más de veinte y entre ellos algunos sujetos parecian tener el potencial suficiente como para hacerle frente al enemigo.

Un problema para ellos es que al salir del sector carcelero se logró ver a tres guardias, estos no eran como los enemigos pasados, portaban armadura completa y se movían con un patrón determinado. Primero hacia abajo, luego hacia la derecha y por ultimo volvían a donde empezaban. Solo Kiluyu y Biggs portan armas, ellos deben decidir qué es lo que harán, si llevar a esta gente con ellos y luchar contra el enemigo o buscar otro camino ya que al parecer si hay otro. Una puerta justo al lado los guiaba hacia una pequeña armería, allí estaban todo tipo de armas de ladrones y existían más, así los prisionero podrían servir de algo, pero nuevamente el peso de llevarlos a la batalla caía sobre los hombros de Kiluyu.

Ondine vio que a su costado existía una puerta, el guardia aun no los veía pero ella entro junto con Abelia, en la habitación se exhibía un estoque, ella al tomarlo y moverlo veía como un haz de luz era dejado por el arma, un papel estaba atado a la funda del estoque. Escrito en el solo había un círculo con un pentagrama en su centro y una línea recta atravesándolo. El guardia aún está afuera y escucho los sonidos, comenzó a golpear la puerta fuertemente mientras Abelia cargaba su mosquete, no faltaba mucho para que entrara.

Necross corría por los pasillo, junto su grupo y le recién integrado Urox, al salir de los oscuros pasillo llegaron a una pseudo plaza, un gran abismo estaba en el medio de ella y un gran puente sobre sus cabeza, aun no lograban bajarlo. Desde las paredes comenzaron a salir sombras y a tomar formas a medida que se acercaban al grupo. Necross saco su espada bastarda y se la lanzo al orco -Espero que no la pierdas o te juro que hare que mi lobo te quite la descendencia.- el hombre del lobo se equipó con su espadón y se colocó en pose defensiva, esperando que el enemigo atacara.


Última edición por Necross el Vie Mayo 03, 2013 10:01 pm, editado 2 veces



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Urox Defiler el Jue Abr 25, 2013 8:05 pm

Cuantas cosa habían pasado en tan poco tiempo, prisionero en tierras lejanas de mi hogar, poco comprendía de lo que estaba sucediendo en este lugar, admito que desde mi llegada el ambiente de este lugar me puso algo nervioso, tal vez me confié de que mi cara de orco espantaría cualquier amenaza pero la cara de aquel ser que me apreso ni siquiera se impacto de mi apariencia era como si ese ser tuviera en su mente la visión de seres más intimidantes que el rostro de un semi orco.

Mientras estaba privado de mi libertad y con la visión segada lo primero que pensé fue en la seguridad de mi corcel Tormenta eran un caballo de gran peso cualquier rufián con gusto por la guerra lo tomaría y tal vez jamás nos encontraríamos de nuevo, me relaje pensando que si estos seres tenían fines bélicos mi caballo sería llevado al mismo lugar a donde me llevan pues él era toda una máquina de guerra, solo esperaba que no se deshicieran de mis pertenecías que cuidaba en el morral en mi corcel.

No podía ver nada, solo escuchaba puertas abrirse y otras cerrarse tras de mi, era obvio que mi destino era la esclavitud.

- Acaso quieres seguir arruinando mi vida?. Esto lo dije en mi mente.

Cuando me bajaron de aquella jaula quitaron mis vendajes me encontraba en una sala sombría, semi desnudo y sin ninguna de mis armas con las cual pelear por mi libertad, batalle un poco con los guardias mi orgullo me impedía doblegarme ante ellos, uno de los engendros saco un látigo con el cual comenzó a golpearme, me flagelaba la espalda mientras yo me cubría el rostro.

Solo el estaba frente a mi con una mirada perdida no entendía lo que tenia frente a mí, era la primera vez que tenía un ser de estos a mi vista, no le temía pues parecía ser un ser sin voluntad, tampoco pensé en mi fin pues si me quisieran muerto no se hubieran tomado la molestia de traerme a este lugar, lo que si me preocupaba era lo que buscaban de mi, pues en mis aventuras me e ganado de muchas enemistades solo espero no haberme metido con la persona incorrecta.

Me encontraba hay siendo torturado sin una razon o alguna explicación solo podía cubrir mi carne de aquellos latigazos de aquel ser cuando sin mero aviso este se deplomo, pensé que la magia o lo que fuera que tuviera con vida a este ser se había terminado, pero inmediatamente pude ver a este guerrero con armaduras de placas negras y a sus acompañantes, sin decir mas nada el guerrero se dirigió a mi.

Tu, sea lo que seas. ¿Estás bien? Si quieres salir de este castillo debes seguirnos… ah y mi nombre es Necross, la dama de la armadura es Mary Ann, la pellirroja es Luna y el último es Wedge. ¿Cuál vendría a ser tu nombre?

Su nombre era Necross, parecía mi única alternativa de escape y sus acompañantes se miraban poderosos, no me quedo más que ser cortes y antes de dirigir palabra di una ligera patada al ser desplomado frente a mí.

-Mi nombre es Urox Defiler, puedes llamarme solo Urox, puedes explicarme que demonios pasa aquí, ¿que esto que tengo a mis pies? ¿Es esto un engendro?

-Mis Armas y mi caballo tengo que recuperarlas, con mi caballo descansa mi mandoble y en mi llevaba dos hachas de caza, te seguiré para salir de este endemoniado lugar.

Segui a estos guerreros por los pasillos tétricos de este lugar, era sorprendente el ambiente, no negare que me en algunos instantes me gusto, pero el ambiente demoniaco no era mi estilo.

Llegamos a lo que parecía ser una plaza con una boquete en el suelo con una escalera estaba frente a nosotros, estuve a punto de arriarme a la orilla por la curiosidad de ver el fondo, pero no di ni dos pasos cuando de las paredes comenzaron a aparecer sombras de seres que no tenían para nada una pinta de amigables, no entendía y me preocupe al estar desarmado, y me pregunte si las armas común dañarías a los etéreos seres frente a nosotros.

El hombre llamado Necross se dirigió a mi me lanzo una espada bastarda

-Espero que no la pierdas o te juro que hare que mi lobo te quite la descendencia.-

Logre tomarla con mi mano derecha e inmediatamente mis dos manos tomaron la empuñadora de aquella espada, di un característico gruñido Orco para demostrarle a aquellos seres que no les temía y yo era el que busca intimidarlos.
Después de mi Gruñido y con una voz normal me dirigí a Necross.

- Hombre, has acertado en mi tipo favorito de armas, ¿será que estas armas logren dañar a estos seres?

Urox tomo su pose de batalla con una posición balanceada aunque alerta para atacar esperando la primera oleada.

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Pose de urox


Spoiler:

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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Vie Abr 26, 2013 5:54 pm

Mientras en el interior de la habitación todos seguían discutiendo, no tuve reparos en disponerme a salir de aquel lugar, tal vez huyendo de mis propias inseguridades, tal vez porque el exceso de compañía empezaba a fatigarme; la desaparición espontánea de ambas guerreras me hacía desconfiar de todo lo que en el recinto nos rodeaba, una simple cuchara ya me hacía sospechar de las mil posibles trampas que detrás de su inocencia escondía. Pero las palabras del hombre herido alcanzaron mis oídos. Le escuché sin prestar demasiada atención a lo que vociferó desde uno de los rincones de la habitación; sabías las encontré, más poco o nada aclaraban el panorama de la realidad presente. Por lo pronto sólo me sentía alivianada de esos pocos minutos de pausa; mi propio olor a cloaca ya empezaba a ser parte rutinaria de mis sentidos, ¡por fin mi nariz asimilaba aquello que hasta hacía poco rehusaba aceptar! Sólo en aquellos momentos cuando la esperanza y la fe son puestas a prueba es que los mínimos detalles de la cotidianidad resultan tremendamente reconfortantes, y así me sentía con mi propio hedor: finalmente habíamos hecho las paces.

Me levanté y a paso lento me dirigí a la salida. Mi pensamiento vagaba una vez más ignorando las discusiones que a mis espaldas se libraban, ruidosas, poco claras en el ocaso de mi memoria, más pude percibir una mirada furtiva puesta en mí, que con cierta insistencia me seguía. Volteé y allí en la esquina opuesta a la puerta, estaba el caballero gravemente herido.

-…Unidos o separados, igual cada uno terminará encontrando su destino…- le contesté, sin mirarle, en un susurro, que para los demás debió pasar desapercibido. No sé por qué la banalidad de ese tipo de esperanzas siempre me habían sonado a estupideces que la gente incauta se auto decía para superar la mediocridad de su existencia, pero con aquel joven había un algo misterioso que de manera vaga me hacía creerle, a pesar de lo dictaminado por mi lógica. Durante la pelea vi la luz de una convicción y en aquellos seres que estamos invadidos por la soledad, la fuerza de una meta es un motor excepcional de supervivencia. No pude evitar una sonrisa por la ironía: aquel moribundo de tez marcada empezaba a tener mayores probabilidades de sobrevivir que yo, y eso me llenaba de envidia por aquello que nunca podría llegar a tener en esta vida, la mía, llena de ausencias y desconocidos, de vacíos y absoluta desilusión. Sin poder evitarlo, antes de adentrarme en el pasillo exterior, una fugaz mirada me sirvió para entender que sus ojos claros habían leído los míos.

Con ecuanimidad esperé a que el guía de oscura armadura y miembros metálicos saliera con el resto del grupo, comunicando su decisión: una vez más tendría de compañía de batalla a ese enigmático personaje visiblemente debilitado y no me entusiasmaba para nada ninguno de mis compañeros de aventura. Más estaba dicho lo que debía hacerse, sólo quedaba acatarlo con prudencia. Tomé mi arco con ambas manos y lo sujeté con fuerza, realmente era en lo único que podía confiar en ese momento y mirando a la que parecería ser la líder de nuestro escuadrón, comencé a andar tras de ella.

Nuestros pasos eran suaves, comparados con aquellos dos que nos seguían a una distancia prudencial. La dama que respondía al nombre de Abelia nos guió por unas escaleras y al finalizar el ascenso, el viento frío tocó mis alas y meció mis cabellos: mi alma no pudo sentirse más a gusto. De pronto nos encontramos afuera, donde el firmamento nocturno nos daba la bienvenida. Alcé mi vista al cielo y sin proponérmelo mis alas no pudieron esconder más su necesidad de abrirse a un horizonte que soñaban con surcar. La luna, pálida y brillante, cubierta de nubes grises complementaba de manera poética mi sensación de libertad. Más aquello fue momentáneo: el lugar no había perdido su semblante tétrico y peligroso. Al comienzo, sólo pude reconocerles como ruidos que de seguro acompañaban al viento, más conforme fuimos avanzando los aullidos se hicieron penetrantes, presentes. Inmediatamente supe que aquella labor de inspección era mía: con cautela me elevé por encima de los combatientes, dejando siempre en la retaguardia al hombre herido, y desde la distancia los vi:

-¡Vörsïcht! ¡Cuidado! ¡Lobos!- advertí y con armas en mano les vi avanzar hacia su encuentro. Criaturas malignas eran aquellos animales, pues aunque al principio parecían lobos ante mis ojos, luego fue evidente que eran mucho más aterradores y de mayores proporciones. Una vez más estaba ad portas de una nueva batalla, más las criaturas al sentir nuestra presencia, se alejaron, huyendo de nosotros. Aquella reacción fue sospechosa para todos y, regresando una vez más a tierra, seguí los pasos de nuestra líder, sin poder evitar voltearme con cierta frecuencia para supervisar el estado del herido: cada vez más se le veía avanzar con menores dificultades, una recuperación estupenda para un humano ordinario.

Finalizando el recorrido, bajo la pálida luz de la luna, ingresamos a una habitación pequeña, donde ya alguien nos esperaba. Un hombre de mediana edad, porte galante y mirada vacía, lejana, como maligna, nos recibió con palabras poco reconfortantes. ¿De quién nos hablaba? ¿Quién era el hombre lupino? ¡Estaba harta de ese lugar y sus múltiples acertijos acechándonos desde las sombras! Una vez más sentía como la frustración de una aventura sin sentido y una compañía tan pesada como el más denso yunque, se cernían sobre un destino poco favorable para mí y todos los que me rodeaban. Algunos intercambios de miradas y pocas palabras que más parecían gruñidos de malestar fue lo que impulsó una vez más nuestro avance. Al otro lado del pequeño cuarto, nos aguardaba la oscuridad más densa y, pese a que secretamente siempre estuve en contra de tener la presencia del hombre del hacha en nuestro grupo, parecía que por fin tendría una utilidad para nosotros. Con valentía, él y su compañero iban delante de nosotras, resguardados por la luz tenue de un artefacto mágico que el joven herido poseía. Más aquello no les ayudó de mucho, ante mis ojos vi como sus sombras desaparecían en la inmensidad profunda de la oscuridad que nos rodeaba. La guerrera se abalanzó con presteza a lo que parecía un agujero-trampa, gritando hacia el vacío en busca de algún rastro de supervivencia de los dos individuos que por allí habían caído. Del orificio surgió la voz de uno de ellos, y con la seguridad de que aquellos dos incautos aún estaban con vida, continuamos nuestro camino de manera lenta y pausada: no cometeríamos el mismo error dos veces.

Con resolución salimos de aquel pasillo para encontrarnos una vez más en un exterior. La felicidad de otra vez sentir el viento soplando en mi cara, me hizo abalanzarme con premura, sin fijarme bien en los enemigos que pudieran estar aguardando nuestra llegada. Poco faltó para que mi presencia hubiese sido detectada si no hubiese sido por la guerrera, quien rápidamente atajo mis movimientos. Aquella bestia guardiana, podía superar nuestras posibilidades de combate, más teníamos el elemento sorpresa. Podíamos atacar, pero no sabíamos si era sólo aquel guardián de ojos rojos y aspecto escamoso o si, por el contrario, más aguardaban en los alrededores. ¿Qué hacer? ¿Pelear, escabullirnos, devolvernos y buscar una mejor opción? Abelia y yo nos leíamos en el silencio: las angustias estaban escritas en nuestros rostros expectantes. De pronto mi mirada se posó en una puerta metálica con barrotes oscuros y decoraciones inquietantes, la cual reposaba a justo al lado mío, pero por la ansiedad del momento no había tenido la atención para reparar en su existencia. Indiqué con un guiño sobre mi descubrimiento y, luego de la aprobación de la dama, con sigilo máximo ambas ingresamos a aquella recámara.

De todas las habitaciones que había visto en aquel castillo, aquella era la más pequeña de todas: una capilla diminuta que fungía como altar a lo que a la distancia resplandecía con gran hermosura y brillantez. Presta y poseída por una curiosidad extraña a mi naturaleza, me dirigí a la fuente de mis inquietudes: una funda de colores claros y diseños hermosos escondía en su interior un estoque, el cual al moverlo con firmeza, para mi sorpresa, desprendió un hado de luz a su paso. Miré a Abelia con extrañeza, mi rostro por primera vez tomaba los rasgos de un infante, quien se encuentra absorto ante un nuevo juego descubierto. El juguete resultaba encantador a mis ojos, más al pasar la novedad, mi atención volvió a la funda. Como bien conocía de aquellas armas, muchas de ellas llevan su historia gravada en las fundas que las portan: los detalles de los arabescos, las figuras, no hacían parte de aquellas culturas que yo conocía. Una nota se desprendió furtivamente, y con atención la observé, aquello era un acertijo que me superaba, causándome profundo malestar. De pronto, de afuera provinieron ruidos extraños, mientras la puerta comenzó a ser forzada desde afuera: ¡Nos atacaría! Veloz tomé el estoque y lo colgué en mi cinto, al lado opuesto de la daga.

Inhale y exhale para tranquilizar mis ánimos, la batalla estaba sobre nosotras. Observé a Abelia y respiré de nuevo, mientras mi corazón retornaba a esa tranquilidad que me permite una mayor efectividad. Con rapidez tomé una de mis flechas y la apunté a la puerta, estaba lista para recibir lo que fuera que apareciera en contra de nosotras. Mientras, la guerrera también ya estaba preparada, ambas concentradas en atacar a aquello que penetrara la única defensa que nos separaba de nuestros enemigos: la puerta.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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