Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» A Hope's Tail
Hoy a las 8:32 pm por Gar'Shur

» El deber de un jefe
Hoy a las 3:44 pm por Varok

» Strindgaard
Hoy a las 2:29 pm por Strindgaard

» Ficha Varok del Clan Martillo de Trueno
Hoy a las 1:19 pm por Bizcocho

» Pero sin presiones eeh!
Hoy a las 12:37 pm por Lujuria

» *dances the seaweed dance* (〜 ̄△ ̄)〜
Vie Nov 17, 2017 2:01 pm por Balka

» Aracnofobia [Campaña]
Jue Nov 16, 2017 9:56 pm por Almena

» - Apocalipsis now -
Jue Nov 16, 2017 7:42 pm por Abdel Azim

» 5 días bajo la nieve [Grupo 1][Campaña][Kasumi, Arete, Pereza, Eudes, Niris, Suwan]
Jue Nov 16, 2017 7:07 pm por Arete

» El cordero
Jue Nov 16, 2017 9:46 am por Bizcocho

» Apocalipsis now
Miér Nov 15, 2017 10:39 am por Abdel Azim

» Varok viene a saludaros
Miér Nov 15, 2017 9:14 am por Bizcocho

» Maleficarum [Solitaria +18]
Miér Nov 15, 2017 6:36 am por Lujuria

» Cassandra vs Aulenor
Mar Nov 14, 2017 3:09 am por Aulenor

» Demonología: Adulterium [+18]
Lun Nov 13, 2017 5:46 pm por Lujuria




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Página 4 de 7. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Richard Kane el Sáb Abr 27, 2013 6:48 pm

Me desperté, la cabeza me daba vueltas, muchas vueltas y mi visión borrosa no me ayudaba para nada el situarme. Recuerdo que me hallaba en Arthias, un poblado que me pillaba de paso por mi extenso y basto recorrido por estas nuevas tierras. Algo de oro, comida caliente y alojamiento, nada mal, claro, todo mi plan iba a ir sobre rueda, sino fuese por que a mitad del camino me sorprendieron con el fuerte golpe de un arma contundente.

Bien, en principio, no me hallaba tan mal herido como me pensaba, solo una fuerte contusión en la cabeza, algo de sangre ya reseca y un cierto sabor metálico en la boca, nada serio. Cuando mis ojos perdieron ya la niebla de la confusión y se pudieron adaptar a la escasa iluminación del lugar, me vi con que mi figura se hallaba en una celda, ¡Magnifico comienzo para un pobre tipo como yo!.

-¡Empezamos bien!..-

Con esfuerzos me levanté, llevándome ambas manos a la espalda, sintiendo ese crujido tan familiar como doloroso. Desde mi nueva perspectiva y ya con mis miembros desentumecidos, pude dar con la gravedad de mi situación. No era el único aislado en aquél lugar, como mi celda, habían muchas otras, la mayoría de índole individual y otras más grandes, hechas específicamente para grupos más numerosos.

Comprobé los barrotes, duros aún a pesar de tener una infinita capa de polvo, como toda mi estancia. La separación debía de ser de unos veinte centímetros, cosa que anulaba cualquier intento de colarme por ellos, y eso que ya lo había ello infinidad de veces. Las paredes eran de pura roca, sin debilidades, ni corrientes de aires que me ayudasen a identificar algún punto hueco, nada. Estaba totalmente a merced de mis captores, desconocía lo que me harían o por cuanto tiempo me tendrían encerrado, pero por el lamentable estado que tenía de algunos reos más cercanos, parecía ser mucho.

Analicé mi situación con calma mientras me recostaba en una de las paredes, no tenía nada salvo un cazo que había encontrado. La verdad es que mucha utilidad no tenía, estaba oxidado y por el olor, no sabía si era donde depositaban la comida o si era mi cagadero personal, en cualquier caso, era de poca utilidad.

-Maldita sea.-Suspiré con resignación, me quedaba la esperanza de la magia, pero últimamente los vientos arcanos no estaban de mi parte, y sin mi bastón como canalizador, menguadas estaban mis artes. Cerré los ojos con intención de dormitar un poco y calmar el palpitante dolor de cabeza que aún seguía sufriendo producto del golpe.

Estuve ya a punto de aliviar mi pesar con el sueño cuando los gritos me alertaron. Voces, las voces de mis compañeros prisioneros se escuchaban por todo el lugar, y con curiosidad, me acerqué a la puerta con barrotes y aplasté mi cara en estos con la intención de ver mejor. Dos figuras, dos hombres, se daban prisa por liberarnos.

-¡Ohh, gracias señores, mi nombr....-No me dejaron acabar, pasaron de largo y siguieron con su labor. Mi puerta había sido abierta, quizás por que uno de ellos uso la fuerza adecuada, fuerza que yo ni por asomo, tendría jamás.

Libre, me aventuré a salir de mis dependencias, mezclándome con el resto de presos. Tendría que seguir a esos hombres si quería tener alguna oportunidad, aunque mi suerte se vio truncada, unos pasos metálicos nos alertaron, posiblemente los captores y por lo que pude ver tras asomarme y abrirme paso entre el resto, no pintaba nada bien.
avatar
Richard Kane

Mensajes : 27
Edad : 29
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Vie Mayo 03, 2013 11:27 pm

-No te preocupes, si se llevaron tus armas de seguro están en la armería más adelante. Pero primero tenemos que cruzar el puente, sobre tu caballo… reza para que no lo mataran.- Le dijo Necross a Urox, antes de salir a la pequeña plaza. Ya de vuelva al presente, el grupo se colocó en posición defensiva, Wedge, el imperial, disparó, pero uno de los enemigos rápidamente esquivo su bala, ellos comenzaron lanzar pequeñas pero poderosas bolas de fuego al grupo, enemigos mágicos y peligrosos, pero no inmortales.

La criatura que prácticamente arrinconaba a Ondine y a Abelia seguía golpeando la puerta, cada golpe debilitaba a madera de la cual estaba hecha. prepara tus flechas Ondine, apenas la criatura abra algún agujeros le disparas con todo lo que tengas. Le comento la blonda mujer a la Divium mientras cargaba su mosquete.

Kiluyu y Biggs planeaban que hacer, Biggs en su apuro se dirigió a los prisioneros. –Muy bien, si quieren salir vivos de aquí tendrán que ayudarnos.- Biggs los guio hasta le una habitación cercana, allí habían todo tipo de armas, robadas y de algunos prisioneros. Kane entro rápidamente y busco entre ellas lo que le habían quitado, todos sus implementos estaban sobre un pequeño mueble, el mago se armó y Biggs lo miro. -Tu pareces conocer cómo luchar, iras con nosotros al frente, ¿Cuál es tu nombre?-

Un agujero mostro la fea cara del ser reptiliano que quería asesinar ferozmente a Ondine y a Abelia. -¡Ahora!- La rubia muchacha dio un desesperado grito, ambas dispararon sus armas y la criatura cayó de espaldas, muerta. Un alivio para ambas pero debían seguir su camino. Salieron de la habitación y continuaron por las almenas el final del recorrido era una escalera que bajaba y se adentraba al castillo, miraron hacia abajo y vieron a Necross y su grupo luchar con los “fantasmas” un botón en la pared anunciaba que era lo que necesitaban para bajar el puente. Abelia lo presiono y la estructura bajo, dejando que el grupo de abajo lograra seguir su avance.

Urox el orco lanzo un ataque, un corte en diagonal fue recibido por el enemigo, que chillo como demonio del averno, no eran fantasmas del todo, solo humanos, o eso creían. Necross con su gran espadón partió el cuerpo de uno de los enemigos, Luna con su poder de fuego incinero a dos de las criaturas, la brillante luz rojiza hizo que el resto huyera, pero de las paredes aparecieron muchos más, alrededor de quince enemigos se acercaban a ellos. Un sonido metálico hizo que el puente bajara, sobre ellos, en las almenas estaban la Divium y la humana. Necross saludo con su mano y con un gesto les advirtió que deberían seguir avanzando. Hizo lo mismo con su grupo, debían ir hacia la otra parte del castillo, son demasiados enemigos para ese reducido grupo.

Biggs con determinación hablo. –Bien, preparen sus armas los que consiguieron, ahora las mujeres y niños solo pasen por la puerta mientras nosotros nos encargamos de esos feos bichos.- Abrió las puertas de par en par y entraron, Kiluyu, Kane y Biggs al comienzo. Los prisioneros corrieron como lo harían las cucarachas al ver la luz encendida, Kiluyu poseía una nueva arma, una lanza llamada pilums. De un fuerte golpe le arrebato el escudo a una de las armaduras, esta no se inmuto y continúo lanzando ataques, estos eran esquivados fácilmente por el trio pero las otras dos armaduras se acercaron a ellos, los prisioneros que portaban armas se lanzaron para defenderlos.

Ondine y Abelia bajaron las escaleras, no había otro lugar al cual ir. La poca iluminación que tenía el pasillo era entregada por antorchas, Abelia tomo una de ellas en caso de que el camino de más adelante estuviera oscuro. Salieron a un pasillo, el piso estaba teñido en sangre, sangre fresca. No existían murallas que cubrieran las paredes, en vez de eso, había rejas de acero que separaban las habitaciones. Lo que dejaban ver las rejas no era lindo, había gente colgada, algunos sin piel y otros sin algún miembro. La escena asqueo al par de féminas, pero lo peor fue lo que vieron más adelante. Un hombre tenía ganchos en la espalda, de cada extremo de la pared salía uno, los ganchos separaban su piel y dejaban ver su interior, cuando lo separaron el hombre muerto fue retirado de allí, dos engendros colocaron a uno nuevo, aunque este intento dar pelea fue inútil, los engendros anclaron los ganchos a la espalda y repitieron el proceso, al parecer lo hacían por diversión.

La mayoría de prisioneros ya había salido de la habitación, una de las armaduras yacía en el piso, su interior estaba vacío lo que decía que un tipo de magia estaba sobre ellas, uno de los prisioneros fue acabado por el filo de una de las hachas enemigas, su cuerpo muerto no quería soltar el arma, fue el momento en que cuatro de los cinco prisioneros que se quedaron y Kane se lanzaron sobre él, de un movimiento se los saco a todos estaba más concentrado en Biggs ya que fue el al que vio primero. El imperial estaba concentrado en luchar contra otra de las armaduras, lanzo un corte, pero el blanco se movió y el golpe lo recibió Kiluyu. Su pecho comenzó a sangrar lentamente, las armaduras al ver al hombre abatido se lanzaron contra él, sus espadas entraban y salían como si se tratara de mantequilla, el hacha que portaba el enemigo le abrió el pecho en vertical, dejando que sus costillas se abrieran al público. -Vámonos, mientras están distraídos- Advirtió Biggs, no perdería a más hombres por salvar a alguien estaba muerto desde hace mucho, el grupo se fue y las armaduras al perder a sus rivales tomaron el cuerpo de Kiluyu y se lo llevaron a otro lugar.


Necross, Urox, Luna Mary Ann y Wedge cruzaron el puente, si bien el espacio entre los lados no era grande, nadie podría cruzarlo saltando, el puente era necesario, detrás del grupo centenares de sombras los perseguían, entraron al castillo nuevamente y cerraron los cerrojos de las puertas. Los golpes de las criaturas se escuchaban fuertemente, deberían seguir avanzando. Ondine y Abelia salieron de una habitación y se reunieron con el grupo de Necross. -¿Donde esta Kiluyu y Biggs?- Le pregunto el hombre del lobo a Abelia. No sabemos, cayeron por unas de las tantas trampas del castillo, ¿debemos ir por ellos? Necross negó con la cabeza. –No, estoy seguro que los encontraremos más adelante.-

El cuerpo sin vida de Kiluyu era arrastrado hasta cierto lugar, las armaduras lo lanzaron al piso y una sombría figura se acercó a él, desde su mano una luz azulina apareció y el cuerpo del licántropo se comenzó a retorcer, se levantó con las pupilas apagadas mientras sus heridas se cerraban, su piel pálida y su boca abierta demostraban que ya no estaba en este mundo, ni en el otro, ahora estaba condenado para siempre a vivir en el limbo, sirviendo como marioneta a alguien malvado.



¿Quién te conoce Invitado?
avatar
Necross Belmont
The Azure Knight

Mensajes : 1010
Edad : 97
Link a Ficha y Cronología : Necross Belmont
Un Hombre sin Lobo

Nivel : 7
Experiencia : 2630 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Dom Mayo 05, 2013 2:31 am

De alguna manera, el encierro me hace sentir como presa y ser considerada una, me condena a una tremenda humillación moral, ¿por qué? La respuesta es simple, aunque mi exterior corresponda al de otra especie, en mis entrañas y en mi cabeza pienso y siento como una de mis hermanas élficas: la sangre me llama y la cacería es mi profesión. Ahora, sólo podía aguardar a que otro cazador me sentenciara a mi destino y eso, en la cultura drow, era la muerte en vida. A pesar de las contradicciones, y aguardando la amenaza que sobre nosotras se cernía, mi ser estaba sereno, ecuánime, ajeno a las angustias que aquella situación me planteaba, me abordaba una tranquilidad que parecía no pertenecerme, era algo inquietante, pues en algún lugar recóndito de mi alma sabía que era un algo más el que me lo proporcionaba. Ser intuitivo, conjeturas expectantes, suspicacias infundadas, triquiñuelas de la mente, todas ellas definían el momento y sin embargo, nunca había estado tan concentrada y bien dispuesta para una batalla.

Como traídas de un sueño, me llegaron las palabras autoritarias de la guerrera que me acompañaba: la vi algo nerviosa, ansiosa, en sus ojos noté la juventud de su mirada, a pesar de tener un poder abrumador, parecía que aquella chica fuera un títere de su propia moral, y eso en algún punto de mi lógica absurda, me divertía, pues contrario a mí, aquella no tendría opción de abandonar a su suerte toda esta empresa con el ánimo de salvar la vida. La incoherencia del lugar y la naturaleza de lo que enfrentábamos me hacía plantearme una y mil veces el por qué estaba yo exponiendo mi vida por unas simples monedas, ¡Mundo infame el que tuvimos que vivir, lejos de la cordura! La veía a ella y admiré su arrojo, su ímpetu, sus principios.

El crujir de la madera cada vez se hacía más penetrante, martillando nuestros oídos, acrecentando nuestras angustias; el tiempo daba paso al sonido, y el ruido a la angustia, un círculo vicioso que poco faltaba para explotar en nuestra propia cólera. De pronto, la madera cedió y nuestra oportunidad se hizo evidente. ¡Ahora el momento! Una pequeña brecha dejó entrever el ojo amarilloso y reptilio de una criatura amorfa de piel escamada y mirada despiadada. Sin dudar y con determinación férrea solté la flecha y la incrusté en su ojo, mientras la humana hacía lo mismo soltando de su ballesta una lluvia de proyectiles que se incrustaban estratégicamente en su pecho; no tenía otra salida: la bestia cayó sobre su descomunal peso de espaldas con gran estruendo. Unos segundos tardamos en reincorporarnos, y leyéndonos la mirada, abandonamos el recinto, recorriendo a paso vivo y decidido las alamedas en dirección hacia unas escaleras que volvían a adentrarnos al castillo. En todo momento no quité la atención a mi lado izquierdo, donde resplandecía el estoque junto con lo que parecía un papel que fungía como manual del usuario. Aquella arma me inquietaba, pero los problemas nos pisaban los talones y no había manera de desviar la atención hacia otra cosa que no fuera sobrevivir. De pronto, los ruidos de respiraciones forzadas, choques de aceros y gritos de combate se convirtieron en las señales claras de nuestro camino: al asomarnos, el resto del grupo de “Los cuervos” apareció ante nosotras. La guerrera de blonda cabellera se dirigió hace lo que parecía ser el final de nuestra misión: un curioso botón incrustado en la pared permitió que el puente cayera habilitando el paso de los nuestros.

El hombre de armadura, el guía de esta expedición, nos saludó: -¡Misión cumplida!- pensé. Al menos una parte de la recompensa ya era mía, y bien ganada. Más mis ojos sólo pudieron notar la presencia de un semiorco avanzando junto con ellos. Su aspecto brutal me hizo sentir pánico de aquel aliado y no pude evitar mi cara de sorpresa terrorífica al verle: un ser como él en la cultura a la que pertenezco simplemente se le hubiese dado caza y su piel hubiese servido para algo más útil que cubrirle. Evitando su mirada, seguí mi camino, inquieta por la presencia salvaje que dejaba atrás.

Bajamos y bajamos por aquellas escaleras, no teníamos otro camino que seguir. De pronto la luz cedió a las tinieblas y las antorchas se hicieron la única fuente obsoleta de iluminación posible. La oscuridad se cernía sobre nosotros, hasta que finalmente llegamos al fondo: paredes oscuras, con algunos brillantes nos revelaron que se trataba de un líquido tibio y recién vertido. Con curiosidad posé mis dedos para detectar su naturaleza viscosa y, bajo la antorcha que la joven de blonda cabellera tenía en su poder, se reveló su naturaleza: sangre humana. Seguimos caminando, con cautela y sigilo, tratando de tapar cada huella que dejaran nuestros pasos, aguantando la respiración, evitando los murmullos, calmando nuestra propia ansiedad. Las paredes se tornaron rejas y la oscuridad se hizo más espesa: nos encontrábamos en una especie de calabozo que incluía sus propias instalaciones de tortura: las huellas rojizas, los gritos, los artefactos… todo indicaba la función de aquellas edificaciones. Mis ojos se posaron en la escena más mórbida que he presenciado en las 43 lunas que llevo en este mundo, sólo recordarlo me genera escozor: allí estaba enmarcada la brutalidad del mundo, algunas criaturas están en esta tierra con el único propósito de ser un parásito más. Ni siquiera las drows de Jyurman trataban a sus cautivos como aquellos engendros; si hubiese sido arrojada les hubiese dado unos cuantos flechazos, pero la acción sólo hubiese delatado nuestra ubicación y éramos sólo las dos en contra de quién sabe cuántos enemigos. Esa imprudencia no me la podía permitir y por ello, sólo pude morderme los labios y decir una y mil veces ¡Idiota!

Seguimos nuestro camino y, cuando menos lo esperamos, el resto de los Cuervos aparecieron ante nosotros. Me sorprendió no ver al herido, ¿pasaría algo? ¿No lo habrían logrado? Al parecer las mismas dudas las tenía el guía del otro grupo, pues sus palabras llegaban hacia mí como un lamento triste por aquellos dos que aún no aparecían. Miré a las estrellas y pensé en lo volátil que era la existencia:

-Al fin y al cabo… encontró su destino- reflexioné y mi mirada se clavó en el orco: su presencia me incomodaba profundamente. ¡Para completar el cuadro de locos que éramos, ahora teníamos a algo parecido a una bestia! ¡No teníamos esperanza de lograr esta locura!
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Sáb Mayo 11, 2013 6:13 am


Es interesante ver como los miedos subyugan a un ser, lo doblegan, lo quiebran hasta transformarlo en una fina capa de polvo y cenizas, un vestigio ahogado y macilento de lo que en algún momento fue. Un ente omnipresente, albergado en el alma la existencia misma, sabe extender sus garras en el momento oportuno, en un estremecedor abrazo cubierto de frío sudor. Primitivo, nacido en el seno del universo, es el corazón del instinto y su representación más directa. Sus ojos van más allá de sí mismos, observando y desconfiando. Amenazando. Aprende de nuestros errores, de nuestras experiencias, amamantándose de la cordura y el sentido común.

No obstante, eso no lo hace nuestro enemigo. El miedo no es más que un simple mecanismo de alerta, una campana que tintinea “Peligro” cada vez que te acercas a una filosa espada, a un recodo oscuro u oyes un aullido en la noche. Da rienda suelta a la imaginación, permitiéndonos prever miles de sucesos antes de que nada suceda, nos pone en guardia como un atento vigía sobre el palo mayor de un barco en una tormenta.

Entonces, ¿Por qué lo describo tan destructivo al principio, para luego redimirle como una alarma natural? Porque pocos son los que interpretan adecuadamente su inexistente lenguaje. A este reducido grupo pertenecen aquellos fuertes de voluntad, aquellos que han sufrido lo indecible y han logrado seguir caminando, aquellos que temen antes una violación a sus códigos que a la muerte misma. En su primigenia naturaleza, este lenguaje es difícil de reconocer a simple vista. Toma años y años aprenderlo, y otros tantos dominarlo.

Sin embargo, si lo consigues, serás capaz de sostener una parte de tu destino en tus manos.


<<<…>>>

Mi cuerpo me dolía exageradamente. Nunca habría podido prever que una bestia tan torpe me dejaría tan gravemente herido. La batalla contra semejante aberración fue breve en comparación con otras, pero no por ello dejó de ser excesivamente brutal. Y, pese a haber sido un episodio muy confuso, nuestro desempeño como grupo fue excepcional, coordinándonos como si fuéramos uno, atacando y rechazando, desviando y esquivando sus golpes con sorprendente agilidad, rechazándole una y otra vez, yendo a por sus puntos débiles, aprovechando su enorme tamaño e increíble idiotez, intentando ignorar las voces de las condenadas almas con los cuales se constituía su horrenda figura. Voces que clamaban una ayuda que nunca llegaría, un auxilio inexistente. Mejor no seguir pensando en ello, mejor ignorarles y seguir, avanzar como aquella vez en la infestada catedral... Si dejas que tu mente siga dándole vueltas a aquello, terminas teniendo pesadillas, cobras una insana paranoia, se vuelve una enfermedad. Enloqueces. En este mundo, es mejor no tener remordimientos si quieres sobrevivir. Es la regla natural.

No obstante, sería demasiado bueno si semejante enfrentamiento quedase sin bajas, considerando el tamaño y la fuerza del oponente. Y, precisamente, yo fui esa baja, si no contamos al enano. Antes de caer a su perdición, incluso antes de que pudiese asestar un hachazo en lo que podría llamarse su abdomen, un puntapié para nada ligero me arrojó prácticamente al otro lado de la estancia, estrellando toda mi humanidad, si así podía llamársele, contra una de las paredes. Afortunadamente, la misma era mucho más resistente que la de nuestro pobre guerrero de baja estatura, y no se vino abajo al ser impactada. Sin embargo, la lógica básica dice que si dos cuerpos de distinto tamaño chocan, el más débil cede. Y precisamente, yo era el más débil.

Apenas recuerdo algo, muy probablemente haya perdido el conocimiento durante unos segundos. Cuando levanté la cabeza, la pelea había concluido. Al instante me alegré al ver que nadie más terminó herido, más una dolorosa punzada en el pecho me hizo caer en cuenta de mi estado. “Excelente” Pensé “Tengo las costillas rotas, ¿Qué más?” Intenté verificarlo, pero otro agónico dolor en los miembros me inmovilizó “Bien, el brazo derecho me duele más que el izquierdo, lo mismo con la pierna izquierda. Si no es un esguince, es una fisura o quebradura” Concluí. Probé respirar un par de veces, mover algunos músculos, y comprobé que no escupía sangre ni tenía heridas en tendones y ligamentos. El tiempo medio estimado de curación de un daño semejante suele rondar entre uno o dos meses. Claro, en una media humana. Y yo no soy solo un humano.

En un primer momento, al ver mi estado, se me ofreció, por no decir obligó, retirarme del equipo, más grata fue la suerte de que nuestro guía se ofreciera a ayudarme cargándome. Extendió su mano aferrando la mía sana, ahora librada de las ataduras del pequeño broquel. Sin percatarme de ello, una sensación conocida me asaltó entonces. La voz, esa extraña voz resonó otra vez en mi cabeza, acompañada por un pequeño mareo.

-
Kiluyu, no puedes rendirte, no aun. Cuando tenga
ti piel sobre mis fríos dedos allí recién te dejare marchar al infierno,
no antes.

Un frío sudor recorrió mi espalda. Una vez más, el vello de mi nuca se erizó, mis ojos se abrieron ampliamente y la sangre comenzó a correr rauda por mis venas. ¿Quién era? ¿Qué quería de mí? ¿Cómo era que me conocía? Preguntas sin respuesta que se apelotonaban en mi mente, que me inducían a pensar exageradamente.

¿Qué sucedía realmente en esa mansión?


<<<…>>>

-
…Unidos o separados, igual cada uno terminará encontrando su destino…

Las palabras de la divium me sacaron de ese estupor sin sentido. Las “Cuervos” discutían entre sí, con el ocasional comentario de Biggs o Wedge. Parecían no ponerse de acuerdo en qué camino seguir o como dividirse entre sí. Aunque el griterío era bastante aturdidor, fui capaz de oír esa sigilosa respuesta que me brindó la mujer alada. Y sus ojos, sus brillantes, claros, puros ojos me observaron por un momento, revelando una vez más un alma cerrada al tiempo que inquisitiva, una duda sempiterna que rondaba en sus irises, denotando fuerza, convicción y voluntad. Estudiaban tanto como eran estudiadas. “¿Quién es?” Pensé. Ya se había presentado anteriormente como una elegida por los cuervos, una más entre los tantos que pudieron haberlo hecho, pero esa no era mi pregunta. ¿Por qué esos ojos me eran tan familiares?

El ambiente se calmó repentinamente, y Necross dividió el grupo otra vez. Yo iría por la derecha, junto con la divium, la dama del mosquete y uno de los mensajeros. Aunque la advertencia del hasta entonces nuestro guía me puso alerta, intenté convencerme a mí mismo de que nuestro camino sería uno de los más sencillos de todos. Biggs me ayudó a incorporarme, y me dio una mano a la hora de caminar, pasando mi brazo lastimado por su cuello. Después de todo, una de mis piernas estaba inutilizable. Pensé en cómo podría ser útil estando así, y que quizás hubiese sido mejor hacer caso a las palabras de Mary Ann, regresar al pueblo y pedirle al anciano que me curase una vez más. Y tal vez volver a la batalla. Pero no podía. Estaba mucho en juego, y estaba más que seguro que no encontraría el camino de haberme separado entonces. Además, debía descubrir el origen de aquella voz, qué era lo que buscaba, lo que deseaba de mí. ¿Mi piel? ¿Quería matarme?

Subimos los peldaños poco a poco, acompañados por mis gemidos de dolor aislados. Aún me dolía mucho para apoyar totalmente la pierna, pero esperaba que, si no la movía, no me sucedería nada. Por fortuna, mientras descansaba en el salón, no perdí el tiempo y me ingenié algunos vendajes con algunas cortinas, alfombras, cobertores y lo que sea que hallara con mi afiladísimo cuchillo de caza. Improvisé estacas, con la ayuda de Wedge y Biggs, para mantener firmes los cabestros en su lugar, utilizando para ello las robustas patas de la pobre mesa, que fue reducida a astillas por mi precisa hacha, cortándoles en dos y luego en cuatro secciones verticales mucho más finas. Tras hacerme un cabestrillo para el brazo, un duro vendaje para el pecho y un tirante para la pierna, lo consideré un buen trabajo, si se consideraba mi estado. No tenía las herramientas suficientes para crear una muleta o bastón, pero en cuanto me viera en la posibilidad lo haría.

El viento nocturno me despeinó, y volví a respirar aire puro tras lo que había sentido como una década, mancillado apenas por el fétido aroma que desprendía la dama alada, algo que poco a poco me había resignado a asimilar. Las tres lunas se ocultaban tras un denso muro de nubes, lo que dejaba nuestro panorama en la más total penumbra. Tras observar un poco mis alrededores, determiné que nos encontrábamos en una especie de terraza, al aire libre. A lo lejos podía divisar algunos bosques y las montañas más lejanas. ¿Cuánto había viajado en tan pocas horas? Dejé mis dudas atrás, concentrándome en el camino. Me vi tentado a utilizar el pequeño cristal de luz, pero descarté la posibilidad rápidamente. No era conveniente hacer tal cosa en un lugar tan vulnerable.

El camino era algo extenso, y el castillo presentaba los claros signos del paso del tiempo, con sectores peligrosamente derruidos, huecos oscuros que dirigían a un ignoto destino. Vigilaba mis pasos, tanteando el suelo con el miedo de que bruscamente cediera a mi peso y atravesara varios pisos en caída libre hasta una muerte segura. Hermoso panorama.

La dirección del viento cambió de improviso. Me detuve en seco. Un olor en el aire hizo que las alarmas en mi cabeza saltaran, y me puse en guardia, utilizando mi escudo adherido en mi mano libre, como precaria defensa. Se camuflaba entre el húmedo ambiente que imperaba tras la feroz tormenta, era rancio, como a mugre adherida, era inmundo como la podredumbre. Olía a perro mojado. Inmediatamente, se hicieron audibles una serie de gruñidos y aullidos que confirmaron mis sospechas. Lobos. La angelical mujer remontó vuelo, con el fin de explorar el panorama ante nosotros. No tardó en llegar a la misma conclusión. Con el corazón esperaba que estos lobos fuesen de los normales. Para ser honesto, no solo amo a los lobos, sino que también me llevo muy bien con ellos. Según el anciano, es algo natural que mi especie posea empatía con esta raza. No obstante, no sentí la presencia de aquellos como tales. Algo en su olor, en su aullido, los diferenciaba de las hermosas bestias con las que tanto estaba familiarizado. Mi cuerpo no había reaccionado a ellos como usual: En vez de relajarme, me puso nervioso. Me vi tentado a preguntarle a la dama alada si distinguía algo extraño en ellos, pero estaba seguro de que no reconocería ningún detalle adicional. Ya de per sé, me pareció increíble el hecho de que pudiese verles en semejante penumbra. Como fuese, la presencia de las criaturas pareció alejarse de nosotros. Presumiblemente nos habían visto u olido, y ahora se fugaban. No, no creo que su hubiesen estado fugando.

La dama descendió, y proseguimos. Ya que mi mente se encontraba inmersa en el dilema de la verdadera realidad de aquellos lobos, no me di cuenta de que me había acostumbrado a caminar con un solo pie. Incluso me atreví en un momento a intentar utilizar mi pie dañado, más el dolor aún era lo suficientemente intenso como para impedirme apoyar todo el peso del cuerpo. Tal vez tuviera suerte me cure un par de semanas antes. En ello, me percaté que la mujer de blancas alas, las cuales al sentir el viento nocturno se habían abierto casi como un gesto inconsciente de alegría ante la libertad reencontrada, de vez en cuando desviaba su penetrante mirada hacia mí por encima de los hombros. Quizás estuviese preocupada por mi condición, o tal vez fuera desconfianza, ya que he de admitir que mi aspecto no la inspira en lo absoluto. O quizás fuese algo más…

Las almenas llegaban a su fin. La zona por la cual cruzábamos aún mantenía el rastro de las criaturas. De haber poseído más luz, de seguro habría encontrado pelo y rastros de huellas o tierra en el suelo. Ante nosotros se erguía una pequeña puerta, tras la cual pronto se nos presentó un evento algo… anormal. La habitación era pequeña, sencilla, sin muchos rasgos esenciales. Lo que nos llamó la atención fue la repentina aparición de un hombre elegantemente vestido, que contrastaba grotescamente con el ambiente a nuestro alrededor. Y lo que dijo fue lo suficientemente malo como para que por poco me cayera al suelo. Tan pronto como surgió, volvió a desaparecer.

¡El hombre lupino era yo! Las piezas del rompecabezas comenzaban a unirse, y el esquema se revelaba poco a poco. Las voces, el elegante señor… todo indicaba que yo no había llegado allí por simple casualidad. Si algo había aprendido, era que la “Casualidad” no existe en este mundo. Todo responde a un orden determinado por el destino, a un equilibrio esencial del corazón de la naturaleza. ¿Pero por qué insistían en mi muerte? ¿Por qué querrían matarme? Mi pierna sana, involuntariamente, había comenzado a temblar. No, esto no estaba bien. Me había arrojado de cabeza a la boca del lobo. Bien podría no haber hecho caso a las indicaciones del cuervo, bien podría haber seguido mi camino a las Drakenfang, ignorando semejante carta. Pero no podía lamentarme ahora. Sabía muy bien que, de no haber acudido al llamado, quizás muchas personas más hubieran muerto gracias a la locura del nigromante. ¿Entonces qué podía hacer?

Seguir adelante, por supuesto. No podía rendirme, no ahora que habíamos llegado tan lejos. Si debía enfrentarles, lo haría. No sería un hueso tan fácil de roer. El grupo, pese a la advertencia de ese llamativo ente, prosiguió su camino. Tal vez fuera mi imaginación, pero parecía que todos poseíamos la misma resolución. En cierta forma me alegró, sabía que no me dejarían atrás. Tras otra puerta nos aguardaba un camino a oscuras. Esta vez no dudé en utilizar mi cristal de luz. No dejaría que nos atraparan desprevenidos. No otra vez. Tomamos la delantera con Biggs, sosteniendo yo mi pequeño artefacto en frente, creando un círculo de claro resplandor frente a nosotros.

Sucedió muy de repente. Antes de darme cuenta, bajo mis pies se abrió únicamente el vacío. Y sentí como descendíamos a una vertiginosa velocidad. Luz, un golpe seco y un chasquido se sucedieron en orden. Una vez la sorpresa desapareció, intenté incorporarme. No pude. Evidentemente había aterrizado sobre el pie derecho, y el daño recibido agravó mi situación considerablemente. Evaluando superficialmente el impacto, pude suponer que me había torcido el tobillo o un poco menos. El tiempo de caída no había sido tan extenso como para ameritar algo peor. O eso esperaba. Lo cierto era que difícilmente podía mover mi pierna hasta entonces sana. Bien, con ambas piernas rotas, no tendría muchas posibilidades a la hora de luchar, y mi movilidad sería reducida de forma brutalmente drástica. No obstante, tras Biggs asegurarle a Abelia y la divium de que nos encontrábamos bien y que siguieran adelante, nosotros hicimos lo propio. Por fortuna, el lugar en el que terminábamos contaba con su sistema propio de iluminación, antorchas aún muy llenas de vida, y no necesitaría más mi piedrilla. Parecía un calabozo, todo sucio y con barrotes repletos de polvo.

Proseguimos con cautela, mi compañero ayudándome a sostenerme como podía. Ahora debía tratarme la otra pierna, y por desgracia no había traído ningún trozo de tela inútil conmigo. Realmente no pensé que lo necesitaría tan pronto. Parecía una prisión, las mazmorras del inmundo castillo. Personas golpeaban los barrotes y gritaban, pidiendo ayuda. No lo pensamos mucho, y ambos nos dividimos, yo con algo más de dificultad, para liberarles, utilizando nuestras armas para forzar las cerraduras. Tras un par de golpes, los candados cedieron, y lentamente los liberamos a todos ellos. Bajo la luz de las llamas, pude notar que algunos estaban flacos y macilentos, con los huesos marcados y demasiado débiles para empuñar un arma siquiera. En cambio, otros, cuya cifra llegaba a los doce hombres, prisioneros más recientes de seguro, se veían aún capaces de luchar. Traté de calmarles mientras Biggs volvía a ayudarme, ya que no soportaba del todo la condición de ambas piernas. Debía encontrar una cura a ello, y rápido.

Nos dirigimos a la salida, controlando el ruido de nuestros pasos, para encontrarnos nuevamente en problemas. Guardias. Aunque eran solo tres, se encontraban fuertemente armados y acorazados. Se movían metódicamente cuál autómatas, siguiendo un ordenado patrón a través de los pasillos. Nos retiramos sin dudarlo. No podíamos hacerles frente, no así. Uno de los presos nos llamó la atención, señalando una puerta que conducía a lo que pronto descubriríamos como una armería. Bien, parecía que el equilibrio no estaba del todo en contra nuestra.

El mensajero imperial se veía inquieto. Mientras me ayudaba a caminar hasta el arsenal, me resumió su estrategia de batalla. Aunque muy simple, parecía poder funcionar, al menos en aquellas condiciones. Era sencillo, armar a aquellos capaces de empuñar un arma, y atacaríamos de frente, sirviendo como distracción para que las mujeres y los niños pudiesen escapar. No había duda que los hombres sacrificarían incluso su vida por sus allegados, pero no estaba seguro acerca de mi compañero. Se le veía nervioso, sus manos temblaban, quizás por emoción o por miedo, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas. No lo sabía entonces, pero lo presentía. Presentía lo que iba a suceder.

Biggs, aún sosteniéndome, se dio la vuelta y les pidió, corrección, les ordenó que nos ayudasen. A paso rápido, entramos todos a esa recién descubierta armería, dejando que aquellos que habían seguido la iniciativa se equipasen como quisieran. Primer gran error, cosa que dejé pasar al no darme cuenta de ello. Debería haber recordado que de seguro esas personas no habían tenido capacitación militar alguna, o haber aprendido alguna vez a manejar un hacha o espada. Quizás algunos usaran bien el arco por ser cazadores, pero dudaba que hicieran algo más que ello. Después de todo, la guerra en Zhakhesh se sucedía en otro lugar y en otra forma. Por mi parte, rengueando y dolorido, tomé una pequeña lanza que hallé en una estantería. Por su tamaño y forma, supuse que sería una arrojadiza, y supe que me vendría bien considerando mi estado.

El segundo error fue mucho más obvio, y lo noté claramente. Cuando salimos de allí, tras cruzar algunas palabras, nos dispusimos a atravesar las puertas y lanzarnos al ataque. ¿Pero así sencillamente nos enfrentaríamos contra enemigos blindados y envueltos en acero? ¿Un mensajero, un licántropo lesionado y un montón de prisioneros mal armados? Mala, muy mala idea. Llevábamos las de perder desde el comienzo, desde el mismo momento en que Biggs abrió ambas puertas y nos hizo enfrentarnos cara a cara contra ellos. Contra esas… criaturas.

La batalla en sí fue muy confusa. Mi lanza arrebató el escudo a uno de ellos, pero no le importó. Tan solo avanzó y repartió golpes a diestra y siniestra, errando una y otra vez el objetivo. Éramos demasiado ágiles para sus movimientos tan torpes, pero sabía muy bien que eso no duraría demasiado. Allí llega el tercer error, el último error, el amontonarnos al momento de enfrentarnos a enemigos tan bien equipados. Pese a que al momento ya habíamos derribado a uno, el resto sencillamente seguía llegando. Mi olfato no me había engañado cuando no percibí olor alguno proveniente de las armaduras, y el hueco vacío en la que había caído me dio la razón. Pero no importaba. El caos fue generalizado. La ineptitud fue mi perdición.

Todo sucedió muy deprisa, quizás demasiado. Yo tan solo cerré los ojos por un momento, un instante. Y un dolor en mi pecho me dijo que todo había acabado.


<<<…>>>

Oscuro. Todo estaba demasiado oscuro. Nada se veía, nada se sentía. Era como estar en la base de un negro abismo, enterrado en las profundidades de la tierra, alejado de todo y todos. No, era más bien como hallarse en el centro de la nada misma. Era vacío, era inexistencia, era ausencia de vida, de cuerpo, de mente. Era estar sin estar, vivir sin morir y morir sin vivir. Era tierra, limbo y muerte al mismo tiempo y a la vez que nada era. Porque esa nada lo era todo allí. Yo era la nada, yo era vacío, yo era oscuridad e inexistencia. Yo había dejado el mundo ya. Y no sentía nada. Podría haber estado asustado, enojado, enfurecido, quizás incluso feliz. Pero no era capaz de hacer nada, no era capaz de sentir nada. Sin cuerpo, sin mente, sin alma. Era un viajero extraviado en las profundidades del cosmos, del caos, de la chispa verdadera de la vida. Estaba perdido en los confines de la muerte. Ya nada era lo mismo, ya nada era igual, ya nada era diferente o anormal. Ya todo era nada.

Nada quería, nada anhelaba. Mis recuerdos nada eran, mis memorias, una vez más, habían sido esparcidas por el viento, y a mí no me importaba. Ya no existía nada de ello, y no existiría nunca allí. Porque allí la nada era soberana, era emperador del vacío supremo, era el rey de la profunda inexistencia. Y a mí no me importaba. Veía sin ver, estaba sin estar, tocaba sin tocar, pensaba sin pensar. Existía y no existía, rodeado de sombras y oscuridad. Pero un punto luminoso mancilló las tinieblas, un faro en la negrura de la noche, una invisible ventana a un mundo que tampoco existía. Un mundo al que no pertenecía. Algunas figuras se dibujaban tenues, como esbozadas con carboncillo y papel. Eran imágenes del infierno mismo.

Un infierno al que había vuelto a caer.



La belleza del mundo se encuentra en el equilibrio.
avatar
Kiluyu

Mensajes : 239
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Richard Kane el Dom Mayo 12, 2013 1:53 am

Caballeros armados, corpulentos y acorazados venían en pos de nuestras cabezas y lo mejor era que ninguno de nosotros, por lo menos, de los presos, llevábamos algo con lo que defendernos. Mentiría sin dijese que no tenía miedo, pensar que mi vida iba a ser acortada de forma tan repentina me daba escalofríos, aunque había esperanza, y se nos presentó con la voz de uno de nuestros libertadores. Éste se había abierto paso hasta una habitación, donde, por bendición de los dioses, se encontraban todo tipo de armas.

Sin media palabra me hice hueco entre mis compañeros, entre en la sala y encontré aceros de todos los tipos, de todos los tamaños, la variedad era casi infinita. La alegría se me presentó, cuando, en una inspección rápida en busca de cualquier cosa, hallé las que eran mías.

-¡Ahh, viejo cabrón, te encuentro aquí después de haberme abandonado!.-Dije con alegría al volver a tomar mi cayado. El roce de la vieja madera entre mis manos volvió a darme la confianza necesaria, sentía que aquella magia que me había sido arrebatada volvía con ganas a mi ser, estaba completo, por el momento.

Con avidez tomé el resto de mis cosas y volví a repasar el arsenal. No tenía tiempo de elecciones minuciosas, así que tomé una vieja espada corta, por el polvo que presentaba el cinto y la vaina, algo me decía que llevaba allí un porrón de años, bueno, yo también tenía bastantes.

El peso se me hizo extraño, el arma era liviana, pero en mis manos era algo ajeno. Con esfuerzos saqué la hoja, su acero era magnifico, pudiendo verme en el reflejo. Un arma que sin dudas sería letal en manos expertas, en las mías, un estorbo, pero no me quedaba otra, tendría que confiar en aquél metal cortante. Con una mano mantuve la espada y con la otra mi cayado, lucharía con ambas si era preciso.

Presto a encontrarme con mi destino, uno de aquellos hombres que nos devolvieron las esperanzas, me paró en seco y me analizó como un guerrero de igual capacidad. No iba a negar que, con mi tunica rasgadas, el pecho al descubierto y portando mis armas, pareciese a uno de esos magos guerreros que se dedican a vender sus servicios en el campo de guerra ¡¡Ay del pobre infeliz!! Mis apariencias engañaban más que un troll intentando pasarse por un elfo, pero no podía negarle nada, no ante aquella mirada de dura expresión.

-Bueno camarada, se algo, no mucho, pero lo suficiente.-Mentí, claramente.- Mi nombre es Richard, Richard Kane y, si se me permitiese, preferiría ir en reta...-No hubo tiempo, ambos hombres salieron y casi me arrastraron con ellos, uno de ellos no estaba para muchos trotes y con mis camaradas escuálidos, dudaba mucho de nuestra victoria y menos con un ataque frontal temerario, pero no quedaba otra si queríamos que los más débiles pudiesen sobrevivir.

Salimos al encuentro, aquellos caballeros armados nos atacaron, el primero lanzó un tajo hacía mi que por muy poco atraviesa mi cara. Para mi suerte, mi propia inaptitud de combate había hecho que cayese de de espaldas en un intento pésimo de esquiva, pero eso fue lo que me salvó. Siendo ya un objetivo menos a ojos de esas cosas, intenté reincorporarme mientras mis nuevos compañeros mostraban mejores galas que yo a lo que en combate se refería. Un golpe propinado por la lanza de uno de ellos, arrebató el escudo a la criatura, tiempo en que aproveché para lanzar un intento de estocada trapera.

Mi acero resonó en la armadura y se escuchó un eco metálico, mentiría sino dijese que aquellos mal nacidos estaban huecos por dentro. No tuve tiempo de más pesquisas, me agaché a tiempo de esquivar otro hachazo. Si tenía alguna ventaja, era que contaba con una mayor rapidez pues ellos se movían lentos.

Seguí pues atacando como un energúmeno al que encarábamos, golpes inútiles y traicioneros, pero que atraían de vez en cuando la atención. El resto de prisioneros ya se encaraban con el resto, alivio por mi parte dado a que tenía que esquivar hachazos por mi flanco derecho y de frente, y juro por todo lo posible de que aquello no me era divertido.

Finalmente conseguimos abatir a una de las armaduras, pues eso eran, armaduras huecas animadas por algún tipo de magia que desconocía, artes oscuras. No todo eran alegrías, noté los gritos de dolor mientras me hallaba empapado de sudor y jadeante, la muerte ya comenzaba a rondar entre nosotros. Uno de mis camaradas de prisión había muerto entre las manos de aquellos seres sin razón, aún agonizaba a pesar de sus mortales heridas. Su rostro estaba compungido presa de su final inevitable, pude apreciar lágrimas en aquellos ojos moribundos. Avancé sin miedo, aquella visión me había envalentonado, no lo conocía y posiblemente, jamás lo hiciera, pero estábamos luchando juntos para salir de aquél infierno.

Salté por encima de su cuerpo, con la espada y el bastón alzados, otros tantos me imitaron y atacamos, aunque solo para ser rechazados con inigualable maestría. El golpe de uno de aquellos guanteletes férreos golpeó mi rostro con fuerza, haciéndome caer de espalda con severa brusquedad, ahí terminó mi lucha.

Me alzaron, estaba lo suficientemente aturdido como para no poder abrir los ojos, sentía la sangre emanar de mi cara, sentía la debilidad de todo mi ser. Un único golpe había bastado para acabar con mi resistencia, aún así, no solté mis armas, mis manos engarrotadas no lo permitieron.
avatar
Richard Kane

Mensajes : 27
Edad : 29
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Mayo 13, 2013 1:27 am

Una sombría figura cursaba el velo de la noche y la oscuridad que entregaba el castillo de Stefan, pasos pequeños y pasos ligeros hacían eco por los oscuros pasillos del castillo, mientras otros pasos mucho más pesados y grandes los perseguían. Una madre y su pequeño escapaban de una sombría figura, lo único que dejaba ver el bestial ser, eran unos ojos blancos como las nubes, no representaban vida alguna, cosa que es normal, porque el ser que los perseguía alguna vez se llamó Kiluyu.

La desesperanzada madre llego a un callejón sin salida, la sombra de la muerte lentamente se acercaba a ella, con los ojos ahora, inyectados en sangre, quería una y solo una cosa, alimentarse. Regresando al pasado, sabrán cómo es que sucedió todo, los hechos que llevaron al licántropo que luchaba para liberar una ciudad, que luchaba para ayudar a los desconocidos… a ser un ser despiadado que no tiene otro fin más que el de complacer a su amo.

Un ser sombrío al ver el muerto cadáver del licántropo decidió usarlo para sus beneficios. Con su poderosa magia despego el alma de Kiluyu de su cuerpo, mientras el misterioso hombre restauraba el maltrecho cuerpo del pobre Kiluyu.

Un extraño cristal fue incrustado, en su hombro derecho, en él se podía ver un tipo de vapor moverse, el cuerpo sin vida ya fue restaurado, solo faltaba el toque final. El sombrío sujeto uso su magia y corrompió el alma del pobre licántropo. El material necesario para la vida fue de vuelto al cuerpo inerte. Este abrió los ojos y se levantó sin hablar, sin pestañear, no podía hablar si no se lo pedían, pero podía pensar, libremente sobre lo que le paso…y sobre lo que hará en el futuro.

La madre con hijo sobre sus brazos lloraba porque algo llegara y los salvara, el llanto logro entrar en el cuerpo del nuevo licántropo, se detuvo un segundo, solo un segundo, pero retomo su acción, lanzándose ferozmente contra el par que estaba aterrado. La sangre corría por el suelo, sangre y algunas tripas. Kiluyu había masacrado ambos cuerpos, aun con la sangre tibia, el licántropo absorbió la esencia de ambos cuerpos, arrugándolos en el proceso como si de pasas se tratasen. El licántropo tiene órdenes, ahora que ya se alimentó, puede cumplirlas.

Necross tenía una expresión fría, estaba preocupado por Kiluyu, conoce algunas trampas del castillo pero ahora fue mejorado, entre dientes maldice a Isaac por condenar a sus camaradas y manchar el castillo de su amigo. –No dejare que Kiluyu se pierda entre estas murallas, mucho menos que muera. Se acaba de agregar un nuevo punto a la búsqueda, debemos encontrar a Kiluyu, no importa que, no dejare que muera y sea un juguete más de las artimañas de Isaac.-

El hombre del lobo ordeno avanzar, esta vez con un tono mucho más potente, la desaparición del desconocido licántropo para él, lo afecto un tanto. En otro lugar, las entrañas del castillo para ser exactos, Kane y Biggs continuaban con su exploración obligada, más el triste mago tuvo que ser cargado ya que un golpe lo saco de la pelea. Con movimientos muy bruscos, Biggs despertó a Kane – Nadie te cargara Kane, si no puedes seguirnos el paso, será mejor que te quedes aquí, a morir como lo hizo el otro sujeto, que en paz descanse.- para ser un imperial, Biggs no tenía nada en contra de los magos, esa fue una de las causas que lo incitaron a venir a Zhakhesh.

Con el grupo casi completo, Necross guio a todos a esta parte del castillo, aunque era un tanto desconocida para él. Como ya es típico los enemigos aparecieron, esta vez eran zombis, o ghouls o alguna de esas mierdas, eran bastantes, siete aproximadamente. Lo que los diferenciaba de los demás es que estos eran muchos más rápidos, y no poseían manos, espadas oxidadas estaban en su reemplazo.

El hombre del lobo junto a Mary Ann, Urox y Luna se lanzaron al ataque, Ondine, Abelia y Wedge, se quedaron atrás, disparando con sus armas de largo alcance. Los enemigos eran muy rápidos, las estocadas y disparos que fueron lanzados no alcanzaban sus cuerpos, un poderoso corte abrió la piel de la pierna derecha de Urox, causando una fuerte pérdida de sangre. La batalla duro varios minutos, al parecer las bestias se cansaron y escaparon. ¿O tal vez fue una trampa? ¿Querrían ellos distraer al grupo de algo? Tal vez, pero ese algo aun no llega.

Jadeando el hombre del lobo obligo nuevamente a continuar, Abelia portaba en su bolso gazas, algunas medicinas y hierbas desinfectantes, uso algunas para curar la pierna del orco, pero solo la pseudo recuperación fue leve, aun sentía el dolor a causa del corroído acero de los enemigos. A paso firme continuaban avanzando, los pasillo de este sector del castillo eran mucho más iluminados y limpios que los anteriores, las paredes estaban hechas de piedra y eran de color blancos, con varias antorchas que iluminaban el sector.

No habían escaleras, el camino por ahora era recto, leves murmullos se escuchaban en las paredes, Luna acerco su oreja al frio concreto para escuchar mejor, una horrible cara salió de la pared y comenzó a gritar, luego le siguieron algunos brazos, como si tratasen de llevarse al grupo. Rápidamente la pelirroja se alejó de allí, y con su arma intento cortar los brazos, pero estos eran ilusiones, el filo solo los rozaba sin hacer ningún daño, pero los gritos de las caras… en los gritos se sentía la desesperación de estar atrapados allí, era como si estuvieran pidiendo ayuda a los valientes que se adentraron al castillo, una lástima que nadie pudiese hacer algo por ellos. Mary Ann ordeno seguir en marcha, no hay nada que se pueda hacer.

Biggs ya se estaba desesperando, los pasillo cada vez más oscuros no le daban confianza, y el hecho de llevar la vida de los inocentes prisioneros a su espalda lo ponían más nervioso. Kane adolorido, caminaba entre los prisioneros, anteriormente escaparon de un grupo de engendros reptilianos, ya no quedaban más de quince prisioneros, los enemigos los emboscaron, aparecieron de la oscuridad de los pasillos, Biggs obligo a todos a correr, mientras los más lentos morían irremediablemente, gracias a ellos lograron escapar. Por fin salieron de la prisión, salieron a un campo abierto, a la derecha un derrumbe impedía el paso, a la izquierda una escalera ascendía hasta el interior del castillo, y en frente una escalera aún más grande estaba destrozada, impidiendo el paso. Aunque había algo, había alguien en frente de la escalera destrozada, no se veía bien quién, pero Biggs supo inmediatamente quien era.

-¿Kiluyu?- Dijo nervioso, el encapuchado estaba lejos, a unos veinte metros, alzo su mirada y los primero que el grupo vio fueron sus ojos blancos. Con un infernal grito corrió hacia los prisioneros, Biggs se lanzó a defenderlos, al notar que el acero del imperial se acercaba mortalmente, el antes conocido como Kiluyu saco una de sus dagas y bloqueo el golpe. Los prisioneros estaban nerviosos, ellos lo vieron morir. Los movimientos del licántropo eran demasiado rápidos, en un pestañeo acabo con tres prisioneros. Kane estaba peligrosamente cerca del tercer muerto, ahora con los ojos inyectados de sangre Kiluyu continuaba peleando con los prisioneros, dos de ellos para ser exactos. -Lo lamento compañeros, ¡el resto, sigan avanzando mientras el monstruo es distraído!- Grito tristemente Biggs, los diez prisioneros restantes corrieron hacia la izquierda, que parecía ser el único camino posible, mientras Biggs miraba de reojo como su antiguo camarada envejecía de alguna manera los cuerpos que acababa de asesinar.

¿Por qué hacer esto? ¿Acaso el licántropo no se puede liberar del hechizo? O tal vez no está siendo controlado, ¿tal vez está haciendo esto por decisión propia? Son las dudas que acomplejaban a Biggs, el ascenso de las escaleras termino con la reunión del grupo de Necross y los prisioneros de Biggs. -¡Biggs! ¿Quiénes son estas personas? ¿Dónde… donde esta Kiluyu?- Biggs cabizbajo, negó despacio con la cabeza. –Nosotros lo vimos morir, pero allí estaba, cazándonos como si fuésemos liebres en un bosque, ¡Necross! El viene hacia acá…- Necross gruño y su lobo junto a él. -No te preocupes, somos bastantes y no podrá con todos, veo que traes gente que a simple vista conoce como defenderse.- Al decir eso, Necross miro y apunto a Kane. ¿Él? Él es un idiota con suerte, las apariencias engañan.- Comento con furia.

-Bien, al parecer la magia de Isaac ya ha tomado a uno de nosotros, pero debemos seguir avanzado, unidos venceremos. Separados… terminaremos como Kiluyu. Descansaremos en la siguiente habitación, luego veremos qué hacemos con los inocentes que libero Biggs.-

Necross abrió de par en par las puertas que estaban frente a ellos una gran sala con una larga mesa estaban en ella, sofás estaban esparcidos en las esquinas, los prisioneros fueron los primero que se sentaron, estaban agotados. Necross guio a las cuervos, Urox, Ondine, Biggs, y Kane a otra habitación, salieron a un inmenso pasillo, allí hablarían sobre lo que Biggs y Kane vieron mientras Wedge se quedaba protegiendo en caso de que el licántropo llegase.

Un sonido metálico se escuchó detrás de la puerta, estas se trabaron y dentro de la sala que estaba protegiendo Wedge se escuchaban gritos, aterradores gritos. El grupo comenzó a golpear las puertas querían saber que estaba sucediendo dentro. ¿Era Kiluyu? Durante largos siete minutos las puertas no se abrieron, y las voces dentro se apagaron lentamente, cuando las trabas de las puertas se liberaron, Necross las abrió de par en par con su espadón en mano. Dentro todos los prisioneros y Wedge estaban ensartados en espinas de acero que salían de las paredes, estas regresaron a los agujeros de donde salieron mientras los cadáveres caían y su sangre manchaba el piso. Biggs al ver a su amigo muerto se desesperó e intento entrar pero Necross lo detuvo. –No, estoy seguro que esas trampas se activaran nuevamente, Biggs, usa esa furia contra Isaac, no dejes que la muerte de Wedge sea en vano.- Con los puños apretados el imperial asintió, Necross guio nuevamente al grupo, pero algo salió mal.

El piso se abrió, todos excepto Ondine cayeron por toboganes en diferentes direcciones, Ondine voló hacia el sector donde aún había piso, Urox Cayo junto a Mary Ann, Foxhound y Biggs, Kane cayó junto a Luna y Abelia, Necross cayó y estaba solo. Sus dedos se movían nerviosos, le incomoda mucho estar solo. Todos cayeron a una habitación donde una sola antorcha iluminaba el lugar. Solo debían seguir avanzando. Urox al caer, cayó sobre su pierna dañada, aumentando el daño interno e imposibilitando mucho sus movimientos. Necross no sabía qué hacer, estaba nervioso, congelado. Imposibilitado de todo movimiento, alzo su mirada y en Ondine vio algo que le hizo continuar, tal vez su apariencia de ángel calmaron sus pensamientos, con la mirada fria bajo su yelmo se adentró en la oscuridad que ofrecía el castillo. Mientras la Divium se debatía en bajar o continuar hacia adelante, está sola, solo tiene a sus armas para ayudarse y la presencia del licántropo cazador es una amenaza constante, son dos opciones las que tiene, bajar y continuar junto al hombre de la armadura lupina o atravesar las puertas que estaban detrás de ella. Ahora debería escoger sabiamente, ya que ambos caminos son igual de peligrosos y mortíferos.

Kiluyu entro a la habitación donde todos los prisioneros murieron, comenzó a absorber la esencia de los fallecidos cuando una voz maniática le advirtió algo. -Ya conoces tus ordenes licántropo, debes matar cada uno de los que alguna vez te ayudaron, su muerte concretara lo que estamos haciendo aquí, si no es su muerte será la tuya. Ahora ve esbirro mío, ve y acaba con tus amigos. Solo con su muerte lograras el descanso, ya que te mataremos cuando no nos seas útil.- Una figura sombría apareció ante Isaac y Kiluyu, de un movimiento levanto el cadáver de Wedge. -Si logran destruir su alma, su cuerpo será fácil, ya lo logre con el llamado Biggs, ahora solo faltan los demás.- El cuerpo de Wedge entre espasmos se levantó y sus pupilas blancas como las nubes revelaban que al igual que Kiluyu ahora servía a alguien más, La única ventaja que el licántropo tiene es que él aún tiene sus pensamientos, mas no controla sus acciones, no aun, ya veremos que sucede más adelante.



¿Quién te conoce Invitado?
avatar
Necross Belmont
The Azure Knight

Mensajes : 1010
Edad : 97
Link a Ficha y Cronología : Necross Belmont
Un Hombre sin Lobo

Nivel : 7
Experiencia : 2630 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Miér Mayo 15, 2013 6:10 pm


Dër Träurïgbërg, la montaña de la tristeza, una elevación extraña, amorfa, árida, sin maleza, sin vida, se levanta sobre uno de los valles más desolados y oscuros de Jyurman. Según las tradiciones que se narran desde tiempos más allá de la memoria, del mito, alcanzando la leyenda, es realmente un puente hacia los linderos del infierno, en el cual la danza macabra de los muertos sigue las intenciones de la mágica y siniestra mente divina de dónde emana el poder que da vida a todo aquel paraje desolado. Las almas de todos los que han sido cazados y torturados, tienen su último respiro allí, donde los límites de la vida y la muerte se encuentran y se funden. Era una expedición temeraria, más eso en vez de ser un motivo de abandono para la empresa, era el impulso: mi madre pretendía, como siempre, acercarnos a la realidad del bosque, a su crueldad, a su oscuridad, a partir del método práctico. Y fue allí donde les vi por primera vez, y nuestro primer encuentro sólo pudo ser catalogado como infortunado, o en palabras de ella, vergonzoso: mi sangre se congeló con el frío de aquellos parajes, como si fuera la respiración de la muerte la que acechaba mis hombros, invadiendo de miedo mi corazón, negándole esa capacidad que tiene para latir; la ausencia de vida, solo evocaba una triste oda a la muerte, haciéndonos especiales, objetivos notorios, condenables; y la sensación de estar ante un ambiente que escapaba a la explicación lógica, al uso racional de las facultades, sólo pudo sumirme en el estado más inconveniente: la parálisis. Sus ojos vacíos, sus miradas perdidas, la lividez de sus rostros, sus movimientos carentes de sentido, su condena a seguir los deseos de algo más allá del entendimiento, me hizo anhelar la vida, agarrarme para siempre a ese último rayo de luz para no caer en aquel abandono del ser. Les compadecí y les temí.

-Son seres del más allá, sin objetivo, sin ego, sin pretensiones, sólo los guía la muerte y ella sólo busca mayores adeptos a su causa. Contra la realidad máxima de la vida misma, sólo existe una manera de escabullirse- dijo ella, la más fuerte entre todas: - engañarla o aniquilarla de raíz.- Y diciéndonos aquellas palabras, empuñó su arco y con la rapidez y destreza que siempre la caracterizaron, Ärgenaith soltó una de sus flechas, la cual se estrelló en el cuerpo sin vida, que a tumbos ya nos había detectado y se dirigía hacia nosotros. El poder espiritual de mi madre desintegró su carne, y en breves instantes, le redujo a polvo.

Desde ese entonces sé de la muerte, puedo sentirla, y cada vez que le intuyo, no puedo evitar huir… cualquier enemigo del mundo es combatible, pero aquellos muertos en vida excedieron mi poder a los 12 años, y aún hoy lo siguen excediendo.

==/==

–No dejare que Kiluyu se pierda entre estas murallas, mucho menos que muera. Se acaba de agregar un nuevo punto a la búsqueda, debemos encontrar a Kiluyu, no importa que, no dejare que muera y sea un juguete más de las artimañas de Isaac-

A una distancia prudente, oí a nuestro guía y aunque poco me importaban mis compañeros de expedición, aquel a quien llamaba Kiluyu no debía ser otro más que el herido perdido en el abismo, y su mirada reapareció en mi mente.

-¡Grandísimo idiota!- pensé, sin poder evitar que algunas sílabas fueran susurradas como fonemas que más parecían gruñidos que palabras, los cuales poco o nada podían decir a aquellos que me rodeaban. Aquel hombre de facciones rugosas y hostiles, era quién había hablado de estar unidos para sobrevivir, y ahora… ¡estaba perdido! El tema me traía cierto malestar, y no era para menos: ese castillo me parecía cada vez más una trampa que se cerraba con sigilo estudiado sobre nosotros. Aquella búsqueda sólo podía servir para acercarnos más a las sorpresas mortuorias que escondía la edificación. Sí, al comienzo no lo había percibido así, más con todo lo que había sido revelado, sumada la desaparición de ese miembro del grupo, a cada paso que avanzamos, he empezado a sentir esa opresión que en años no había sentido. En mi mente la oscuridad ha crecido conforme nos adentramos en terrenos desconocidos, la presencia de una amenaza me oprime el corazón y, por extraño que aquello parezca, una vez más me hiela la sangre.

Pero no hay manera de evadir al guía, su lógica es incuestionable y su palabra se convierte en hecho. Un líder entre nosotros, ése es el hombre de oscura armadura. Así que, reconociendo lo infructífero que sería discutir con aquel guerrero, con resignación, sigo sus pasos, aunque de tanto en tanto miro sobre mis hombros, sospechando la presencia de algo que desde las tinieblas ha de surgir para hacernos frente. Anduvimos por pasajes, habitaciones, pasillos, sumidos en el silencio sólo irrumpido por el eco de nuestros pasos.

La emboscada de seres oscuros no se hizo esperar más. Eran amorfos, pero con siluetas definidas y para un ser como yo, su fealdad me resultaba un insulto para la visión. Rápidamente tomé mi arco y la primera flecha se estrelló contra la pierna de uno de ellos, de facciones humanas, pero con ojos vacíos y mirada perdida... antes de caer por la acción de su propio peso me dirigió un extraño ruido, sordo, brutal, casi animal, el cual trajo el recuerdo de un viejo temor. Controlando un leve temblor de mi mano, agarré una de las dagas, la que quedaba en mi bota izquierda resguardada, -la otra, su hermana, había descendido con el gigante a las profundidades del castillo- y con precisión la arrojé, clavándose en su corazón. Corrí en su dirección y, evadiendo la pelea de todos, retiré de su cuerpo lívido mi arma. Le observé y como las dudas sobre aquellos seres me invadían, preferí degollarle, cayendo unas cuantas gotas de sangre en mis ropas al son del combate.

Al levantar mi rostro, el panorama fue revelado: era evidente que no eran enemigos fáciles de evadir; su rapidez y destreza era notoria. Una vez más tomé el arco y lancé varias flechas a aquellos ghouls que estaban en la cercanía, más a cada flecha, había un movimiento evasivo que llevaba a errar el tiro… ¡Eso podía colmar mi paciencia! Más tan pronto como surgieron, emprendieron la retirada, como si en vez de huir hubiesen sido convocados por su amo. Aquello pudo con la diplomacia que hasta el momento había adoptado:

-Esto no me gusta… Gëfällt mïr äbër nïcht!- dije, mirando al guía. Mientras una de las guerreras atendía al orco, quien había resultado herido. Él, poco menos me miró y llamándonos a todos, nos dispusimos a continuar por ese horrible sendero.

A pocos metros el ambiente se iluminó, el aire se tornó menos nocivo y la apariencia de estar en una mejor ubicación del castillo, donde no habría peligro, alegró un poco el clima de angustia en que estábamos sumidos. Pero eso fue temporal. Una de las guerreras empezó a inspeccionar las paredes, dado que unos sonidos extraños procedían de ellas con insistencia molesta. Las paredes tomaron formas de rostros, brazos, cuerpos empezaron a emerger, tratando de agarrarnos. La guerrera atacó pero fue evidente que aquello no era un artilugio de este mundo: la irrealidad de sus formas y la desvanesencía de su presencia nos advirtió de la ilusión. Sin embargo, los gritos taladraban nuestros sentidos y nos sumían en una angustia tormentosa. Miedo… sentí miedo de aquello que no podía comprender.

Al final del pasadizo, unas escaleras trajeron de vuelta a muchos humanos, encabezados por el compañero del herido. Con cierta curiosidad, poco común en mí, busque entre todos esos rostros los ojos de aquel a quién de alguna manera le había aprendido a reconocer por su alma antes que por sus acciones. Sólo noté un par curioso: ojos puros con destellos de magia, había un hechicero entre nosotros. Pero mi corazón buscaba aún al hombre de rostro amorfo y es que él había capturado mi atención desde el inicio de esta estúpida aventura: la tranquilidad que podía generar, como si sus acciones no pudieran encerrar la maldad, dominando su ego, su orgullo, sus propios ideales por una idea de rectitud honorable. Yo podía leer las miradas, poder que tenemos todos a los que la vida nos ha hecho sabios a través de los años, porque había aprendido a conocer con el tiempo mis ojos y los secretos que encierran. Su vacuidad, crueldad, soledad, honorabilidad, y análisis, eran cualidades que era capaz de reconocer en mis semejantes. La magia también dejaba sus rastros en la mirada. Pero sin temor a equivocarme, aquel a quien llamaban Kiluyu tenía un alma similar a la mía. Sobrevolé buscándole, pero no… ninguno tenía sus ojos, una copia de los míos. Más no podía ser ciega a lo que veía en cada uno de los recién llegados: a todos, el terror les había hecho su presa, y con esa idea, sentí crecer en mí la amenaza de la oscuridad que se cernía sobre nosotros. Aterricé al lado del lobo que acompaña al guía y oí su lamento; algo sin duda andaba mal, muy mal.

-Bien, al parecer la magia de Isaac ya ha tomado a uno de nosotros, pero debemos seguir avanzado, unidos venceremos. Separados… terminaremos como Kiluyu. Descansaremos en la siguiente habitación, luego veremos qué hacemos con los inocentes que libero Biggs.-

Me recosté en el pasillo y esperé a que acomodaran a todos los humanos en la habitación para descansar. Largos y tétricos debieron ser los días para aquellos prisioneros, aquella pausa les refrescaría el corazón y les devolvería un poco de esa energía que ahora estaba totalmente sumida en la desesperanza. Al poco tiempo, los guerreros retornaron, había mucho que discutir entre nosotros. De súbito un sonido metálico nos sorprendió. Me incorporé y junto a los demás guerreros forcejee con la puerta, más está no quiso abrir. Del otro lado, las voces aterradoras de los humanos, comenzaron a apagarse. Al abrirse las puertas, se reveló la verdad de todo. El castillo seguía cobrando vidas… ¿qué pasaría cuando demandará la mía? Cerré mis ojos y continúe con los guerreros, sumergida en mis pensamientos.

==/==

El miedo me llena una vez más. Algo ha salido terriblemente mal. El suelo bajo mis pies ha desaparecido y con él mis compañeros de viaje. ¿Compañeros? Sí. No temo llamarles así pues con el tiempo he aprendido a respetar a cada uno de esos seres. No puedo ver nada y sé muy bien la amenaza que sigue nuestros pasos. Ahora dos opciones se me presenta: reunirme con ellos en lo profundo del castillo o continuar sola y sobrevivir por mis propios medios. Abajo, sería una presa fácil sin opción de defenderse, aquella opción era más que descartable. Miré hacia adelante y me llené de valor.

-Andando… andando… -me dije. Sola había recorrido mi devenir por esta vida y ahora sola debía mantenerme con ella. Me aferraría a ese último rayo de luz en medio de la oscuridad, tal vez, sería capaz de evadir a la muerte por mis propios medios, pues la vida misma me ha enseñado que sólo en mí puedo confiar.

Miré una vez más el abismo por donde todos habían desaparecido y volando, a la velocidad que sólo los seres con alas podemos permitirnos, continué el camino, apretando entre mis dedos el mango del estoque.
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Lun Mayo 20, 2013 4:00 am


La llama de la vida seguía ardiendo con fuerza aislada en el más profundo vacío. ¿Aún estaba vivo? No, eso era imposible. Los puntos donde las armas habían penetrado y desgarrado piel y carne aún palpitaban, más no existían rastros de heridas o cicatrices en la superficie. Casi como si hubiese sido el producto de un sueño. Porqué eso era, ¿verdad? Una pesadilla nacida en el agotamiento de una dolorida mente. Quizás… quizás realmente estaba descansando entre las pieles al costado de una hoguera extinguida en un claro de bosque, en el momento de mayor oscuridad anterior al amanecer, donde ni las estrellas ni las lunas brillaban y el sol naciente no dejaba entrever su fulgor. Habría deseado que así fuera, que pudiese al menos aferrarme a esa idea, recostar la cabeza y cerrar los ojos, dormir en el cálido sueño de los inocentes. Pero la única ilusión aquí era esa. El engaño de creer que estaba en un lugar seguro y reconfortante. Porque lo único cierto allí, era que nada era real… y que, aunque no lo recordaba, hace muchos, muchos años había pasado por una situación similar, con la única diferencia que, esta vez, mi composición era muy diferente a aquel olvidado suceso.

Miré, o al menos intenté mirar a mí alrededor, pero el mismo panorama se abría ante mí: Una fría, horripilante oscuridad. Era como estar en el estómago de un dragón, como estar enterrado en las profundidades de la tierra. Las tinieblas gobernaban allí, como un silencioso pero poderoso emperador. Pero algo no cuadraba. Al observar mi mano, pude verla. Mi piel, era como si emitiese luz propia, algo que no concordaba con el ambiente a mí alrededor. Ya que lo único que podía distinguir en aquel profundo, interminable vacío, era yo mismo.

“¿Qué sucede?” Me pregunté entonces, pero mi voz se perdió en un eco insondable. Aunque no podía ver ni sentir paredes, ese lugar parecía poseer una increíble resonancia. Una vez me había internado en una caverna cuando vivía con el viejo en el valle, y en su interior encontré una cámara abovedada de impresionantes dimensiones. Al ser de pura piedra, cualquier mínimo ruido que hiciera se veía reflejado mil veces en esas pétreas paredes hasta apagarse a causa del limo que hacía de suelo. Aunque esto me recordó mucho a aquel episodio, me era difícil realizar una comparación acertada. Principalmente porque tenía la angustiante seguridad de que estaba muerto, y que ese lugar distaba mucho de ser una caverna en las profundidades de la tierra.

Comencé a caminar, pero no pude avanzar más que un par de pasos hasta chocar contra una invisible barrera. Apoyé mi mano contra la misma, y me fue imposible discernir cuál era su material. Era lisa y rugosa, era cálida y fría, era punzante y cortante. Era todo al mismo tiempo que nada, como todo el resto. Todo era nada. No pude evitar ser asaltado por numerosas dudas, cada cual más compleja y difícil de responder que la anterior. “¿Dónde estoy?”, “¿Qué hago aquí?”, “¿He muerto?”, “¿Por qué siento que este lugar me es tan familiar?”. Por supuesto, nadie más se encontraba allí para responderme. O eso creía.

Un extraño ruido sacudió mis aletargados sentidos. No me había dado cuenta hasta entonces que mi respiración se había agitado terriblemente. Algo me decía que lo peor aún no había comenzado, y el vello de mi nuca se erizó hasta lo indecible. Estaba asustado, muy asustado. Hasta entonces no había sido capaz de encontrar otro sentimiento más que una confundida comodidad. ¿A qué se debía entonces tal cambio de actitud? No tardé en descubrirlo, y, como si quisiera responderme, una brillante luz emergió del infinito vacío a mis pies, elevándose cientos de metros hasta situarse a una docena de pasos. Era como un increíblemente colosal espejo, que iluminaba delante de sí lo que parecía ser el suelo con un apagado resplandor, similar a la aureola de luz de una fogata en la noche, con la única diferencia de que éste iba del blanco más brillante a la más negra oscuridad, pasando por una variada tonalidad de grises. No tuve oportunidad de exteriorizar mi sorpresa, ya que de inmediato una figura se perfiló en la luz. Una figura que portaba capa.


<<<…>>>

- ¿Qui… Quién eres?...

Supe la respuesta incluso antes de preguntar. La escena que acababa de presenciar me había dejado mudo, pero aún así necesitaba comprobarlo yo mismo, que él me lo dijera. Era una actitud irracional, pero no podía dar cabida a tamaña posibilidad. ¿No le había conminado a las más profundas celdas de mi alma? ¿Por qué estaba allí, caminando, controlando mi cuerpo? ¿Por qué rendía pleitesía a un ser taimado, cruel, sanguinario y oscuro?

¿Por qué se había liberado?

- Oh, libertad… Gloriosa libertad… - Dijo con sorna. Su voz no era como la recordaba, ronca y gutural, sino clara, límpida, y manchada de crueldad y sadismo. No se giraba al hablarme, más sentía sus palabras tan punzantes como si las estuviese escupiendo sobre mi rostro. – Que ironía, ¿No lo crees? Ahora, los roles se han invertido. – Ignoró completamente mi pregunta, mientras recitaba con un marcado acento de ironía. – Donde la bestia encadenada furibunda yacía ahora su domador cae rendido como una patética presa.

Aún no lo creía. ¿Cómo? ¿Cómo era que él estaba allí? ¿Qué “Eso” estuviera allí? ¿No había dicho el mago que no sería capaz de soltarse nuevamente? ¿Qué su poder se había enterrado tan hondo en mi alma que no podría volver a hacerme daño? No pude evitar soltar un gemido de angustia e impotencia. Mis dientes rechinaban por la fuerza con la que presionaba mi mandíbula. No podía creerlo, no podía aceptarlo. Tenía que ser una mentira, una horrible mentira.

- ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo te has soltado? – Pregunté con voz entrecortada. El golpe de la sorpresa me había hecho caer al suelo, de rodillas. No lo comprendía, por qué semejante pesadilla había tomado el lugar que tanto había anhelado.

No se hizo esperar para responder.

- ¿Cómo, preguntas? Eso es muy fácil de responder, pequeño idiota. ¿Acaso no recuerdas mis palabras la última vez que nos vimos? ¿Aquella vez que me encerraste en tu prisión de carne? – Rebatió, alterado. No necesité hacer mucha memoria para rememorar esa fatídica frase dicha e los últimos estertores de su malnacida agonía.

Allí donde tú caigas, yo renaceré. Porque nunca me verás desaparecer.


<<<…>>>

- ¡¡NO!! ¡¡¡DÉJALES IR!!!

Me arrojé desesperado contra los invisibles barrotes de mi incorpórea prisión. La desesperación había hecho mella de mi limitada cordura, y no podía evitar sentirme impotente ante lo que presenciaba. La bestia que se había liberado dentro de mí de alguna forma controlaba mi cuerpo y mis acciones a través del espejo, por el cuál podía observar todo lo que mis verdaderos ojos veían, olfatear lo que mi nariz olía, oír lo que mis oídos escuchaban y sentir todo lo que mi piel tocaba. Su dominio era absoluto, y podía hacer lo que le diera en gana. Quizás eso era lo que más me irritaba. Porque entendí que ahora su control no se limitaba solo a la luna llena.

- ¿Qué sucede, bastardo? – Dijo de forma grosera. Su falta de modales contrastaba brutalmente con mis moderadas palabras, lo que contribuía a formar de él el modelo de un verdadero salvaje. Miró por encima del hombro, directamente a mis ojos. Otro escalofrío corrió por mi espalda. Su rostro también era diferente, aunque era el mismo. Solo destacaban esas esquizofrénicas cuencas de un ser insano, y esa macabra sonrisa que parecía el fiel reflejo del infierno. - ¿Por qué te molesta que busque algo de diversión? – Se llevó una mano al hombro, como señalando algo allí. Yo hice lo mismo, inconscientemente. - ¿Recuerdas esto? Él dijo que había que llenarlo con lo que estas inútiles presas llevan en el interior. – Sacó su lengua, más larga de lo que habría visto nunca, y la pasó por sus labios, como relamiéndose ante una suculenta cena. Quizás porque exactamente eso fuera.

No se demoró más tiempo. Pude ver a través del espejo como me acercaba a esas dos pequeñas figuras, que trataban de huir inútilmente ante el avance del inclemente asesino. Sus pasos eran seguros, su mirada fría. La saliva se escapaba entre los bestiales gritos que aquel profería. Que yo profería. Aunque me negaba a admitirlo, tenía razón en una cosa, en que esto era una retorcida versión de un cazador persiguiendo a su presa. Avanzaba sin detenerse, acechándole, hostigándole, mermando sus fuerzas hasta que ya no pudiera correr, hasta que sus piernas se rindieran al fin por el esfuerzo, o que se hallara arrinconada. Lo que no podía soportar era ver que esas “Presas”, como las llamaba, eran una madre y su pequeño, dos seres humanos, dos inocentes criaturas. Pero él no cedía. De a momentos gruñía de satisfacción, quizás por la emoción que solo la caza puede brindar. Sabía que ese juego no iba a durar mucho tiempo, y tras doblar un recodo la persecución acabó. Solo su llanto podía oírse, mientras la criatura se acercaba a ella cadenciosamente, con los colmillos emergiendo de sus comisuras, con la respiración fuerte y agitada. El final, su final, estaba cerca.

Y yo estaba fuera de mí. No podía presenciar aquella atrocidad. Mis puños golpeaban una y otra vez aquella invisible barrera, sin éxito. Lágrimas hicieron acto de presencia en la comisura de mis ojos, más no llegaron a derramarse. Era angustia, sufría con lo que veía. Era impotencia, pero no por ser testigo de tamaña crueldad, de observar como aquel sanguinario acechaba a sus presas. Sino por el hecho de saber que lo hacía manipulando mi cuerpo a su antojo. No podía permitir que usara mis manos para manchar de sangre la tierra, para ir totalmente en contra del equilibrio.

La mujer lloró. No, no le dejaría. No podía hacerlo.

Embestí con fuerza esas falsas paredes, esa prisión inexistente. La razón me decía que no podría hacer nada, que no atravesaría aquellos barrotes invisibles. Pero mi parte racional ya no existía, o se había fundido con mi ira. Luego supuse que quizás por eso pude hacer lo que hice. Fue un instante, un momento. Él se encontraba muy cerca de mí, aunque esa pared nos dividía. Sabía que solo tenía que estirar el brazo para aferrarle. Y, por alguna extraña razón, eso sucedió. Lo tomé de la capa, y lo saqué de su ostracismo. La imagen en la pantalla dejó de moverse. Pero más pronto que tarde él reaccionó y, dándose media vuelta, me arrojó al suelo de un puñetazo en la mandíbula.

Rápidamente volvió a su lugar, y con rabia terminó la faena. Los gritos de la mujer y de su hijo aún resuenan en mis oídos.


<<<…>>>

Encadenado de pies y manos al suelo, era incapaz de moverme. Al ver que mi voluntad se impuso por un momento sobre la suya propia, así como alguna vez él hiciera en la misma condición, se vio obligado a inmovilizarme con las cadenas que, según sus palabras, eran las mismas que yo había usado para encerrarle durante más de quince años. Aunque suponía que el lugar donde me encontraba era una especie de plano creado por mi mente, su realidad era apabullante al punto de que el golpe en mi mentón había dejado una sangrante marca. Pude constatar que inclusive su fuerza física era superior a la mía, y que las espinas de mis guantes aún seguían ocasionando un terrible daño.

Ahora lo veía empecinado corriendo entre unos pasadizos, arañando las paredes y oteando a su alrededor cual sabueso. Sus ágiles pasos me recordaban las imágenes de mis compañeros, de aquellos prisioneros que había liberado, cayendo por mi mano. No había constatado hasta entonces de lo veloz, de lo mortífero que podía ser. Pero supe que era distinto, porque yo luchaba para preservar mi vida, mientras que él lo hacía por el simple placer de matar. Era un cazador, una bestia insaciable que se alimentaba del miedo y el terror. Si había algo que lo complacía más que ninguna otra cosa era ver como las presas se revolcaban en su red, huyendo por unos instantes a la muerte próxima. Su sed de sangre era impresionante. Al momento de caer los hombres, él comenzó a alimentarse. Se arrodillaba frente a ellos, abriendo sus brazos, y un cristal en el hombro comenzaba a brillar en tanto los destrozados cuerpos emanaban un vaho que con placer absorbía mientras estos se secaban. Era un espectáculo horrendo, macabro, repugnante hasta lo indecible. Aunque sus palabras intentaban convencerme de lo contrario.

- Eres un completo imbécil, ¿Sabes? – Decía con un tono despectivo. – Esto es exactamente igual que alimentarse de un cadáver.

En cierta forma tenía razón, pero ello no justificaba tan terrible acto. No justificaba el hecho de matar constantemente y sin verdadera razón. Me revolví inquieto, haciendo que las cadenas emitiesen un molesto quejido. En muy poco tiempo había presenciado increíbles atrocidades, cosas que nunca olvidaría. Como tantas otras, como aquella vez en la catedral de Abanisia. Pero la principal diferencia entre aquellos eventos era que ahora quien cometía todo aquello… era yo. Me mordí el labio hasta casi hacerlo sangrar. No pude evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas y cayeran al suelo. Era cruel, monstruoso. Había… había matado a personas que conocía, con quienes había luchado lado a lado. No podía creerlo, no podía aceptarlo.

Arrodillado en el suelo, lloré en silencio. Él no dijo nada.

<<<…>>>

- ¿A quién más mataré, imbécil? – Me preguntó.

Habíamos salido de aquella horrible habitación. Todos aquellos cuerpos atravesados por miles de heridas evidenciaban una muerte muy dolorosa. Sus rostros aún evidenciaban el miedo de la muerte que los había atrapado en el descanso. No me costó reconocerlos. Eran los prisioneros que yo mismo había ayudado a liberar. La bestia no se demoró en comenzar su festín, pero otra presencia lo detuvo en medio del acto. Era el titiritero, el director de orquesta de aquella función. O al menos eso creía. Su amenaza zumbaba en mis oídos y me hacía temblar. No era miedo por el ser, era por la bestia que manejaba mi cuerpo. Ya que, por alguna razón, respondía con lealtad a aquel taimado hombre. No comprendía como un monstruo tan rebelde y orgulloso se arrodillaba ante él. ¿Quizás había sido un conjuro?

“Él me prometió muerte, y por ello le seguiré hasta el infierno si es preciso” Me respondió secamente cuando le pregunté acerca de ello, más cuando hice hincapié en que se desharía de nosotros cuando terminara su trabajo, él solo respondió “Seguro”.

- ¿Lo hueles? El aire huele a plumas… Creo que aún no he probado la esencia de un “Ángel”

No se detuvo en su marcha, y siguió el rastro de quien creí que perseguiría. No pude evitar tironear de mis cadenas al oírlo, pero mi forcejeo fue vano. Nada ni nadie detendría el arrollador avance de ese monstruo.



La belleza del mundo se encuentra en el equilibrio.
avatar
Kiluyu

Mensajes : 239
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Mayo 20, 2013 7:29 am

-Desesperación, ¿eso es lo que siento? ¿Porque mis piernas no se mueven? ¿Dónde estarán los demás? Me pregunto si es lo correcto caminar por estos pasillos, no alcanzo a ver nada. Foxhound, amigo, ¿podrás leer mis pensamientos? Necesito a alguien, esta soledad me aterra, ¿¡Qué fue eso!? Sonidos extraños se escuchan tras de mí, ¿me estarán persiguiendo? ¿Kiluyu eres tú? Dios, él es único que estuvo desde el comienzo, el único que quedaba y ahora está del lado de Isaac. ¿Podrás mantener tu alma intacta Kiluyu? Siento mucha culpa, creo, siento, que la causa de su corrupción es culpa mía, ¡demonios! Tengo que concentrarme y salir de aquí…
<<<-.0.->>>

Lentamente y casi rozando las paredes, Necross caminaba en la oscuridad que ofrecían los pasillos, el olor muerto era cada vez más cercano, y el hecho de estar solo aceleraba el corazón del hombre sin el lobo, estaba asustado, tenía mucho miedo, le era muy difícil continuar caminando. Pero no se quedara quieto, no morirá por tener miedo a estar solo, mucho menos que lo atrapen.

Un orco herido, un lobo que no funciona sin su dueño, y un imperial que no le da confianza. El grupo de Mary Ann era bastante débil, pero al igual que Necross, ella no moriría entre las paredes del castillo, solo quedaba seguir avanzando, esperar a encontrar a los demás y acabar con la locura de Isaac de una vez por todas. Una tarea bastante difícil, del grupo inicial solo quedan las cuervos y el hombre sin el lobo, Sinvyl, Rosalie, Naiéth, Sventhil, Ireira. ¿Qué paso con ellos? Muchas cosas han cambiado, y muchas cosas continuaran cambiando, todo por la locura que un solo ser puede desatar. Locura, caos y muerte.

Luna y Abelia se levantaron rápidamente, Kane no era lo que se podría definir como un guerrero, pero sus habilidades tal vez funcionen. Sonidos extraños salían desde la oscuridad ofrecida, se escuchaban gemidos, lamentos y gritos varios, pero no se veía nada, ningún enemigo o aliado, solo oscuridad. – Tú, Kane. Lleva la antorcha, creo que no tienes armas y nosotras debemos mantener despejado el camino.- Altanera como solo ella puede ser, la pelirroja encamino a su grupo, debían seguir hacia adelante, no existe otro camino. Al igual que los demás, espera encontrar de nuevo a todos los integrantes de esta misión.

Volaba, con la velocidad que sus alas le permitían, Ondine Wasser, la Divium que llego a esta casa del terror estaba sola al igual que el hombre sin el lobo, las grandes puertas que estaba frente a ella se abrieron y el ambiente dentro de la habitación demostraba el verdadero objetivo de Isaac. Un millar de cadáveres estaba esparcido por toda la habitación, esta era bastante amplia y un candelabro entregaba poca iluminación, esparcidos por doquier, los cadáveres parecían frescos, como si solo hace unos momentos hubiese comenzado la masacre, en una jaula lejana una voz comenzó a gritar, cosa que alerto a la Divium. – ¡Hey! ¿Hay alguien allí? ¡Sáquenme de aquí! ¡¡Por los dioses libérenme de esta pesadilla!!-
Lenta y desconfiadamente, Ondine se acercó al lugar de los gritos. Un hombre estaba atrapado en una pequeña jaula, a su lado, en un mesón, una brillante llave relucía, la Divium la tomo y libero al humano que estaba atrapado. –Muchas, ¡muchas gracias! Eres mi ángel salvador!- El sujeto tomo un mosquete que estaba en el mesón y le asintió a la Divium, que por ahora, no estará sola.

-Izquierda, derecha, izquierda… ¿qué camino debo tomar? Seguiré caminando aunque la oscuridad me lo impida, debo... necesito salir de aquí.- Continuo su camino, Necross salió del castillo a su jardín interior, la luna dejaba que su luz se colara por el tejado de vidrio. Respiro muy fuertemente, su corazón se calmaba pero aún se sentía nervioso. El único lugar que tenía belleza en el castillo era este, los árboles, las flores, inclusive la luna se veía hermosa. El problema es que sabe que debe seguir avanzando, y perder ese bello paisaje en sus recuerdos.

Kiluyu, el ahora bestial Kiluyu, iba detrás de Ondine, ella desconocía lo que la estaba persiguiendo, ella y el sujeto que libero. El agujero en el piso no fue problema para el licántropo, de un salto cruzo al otro extremo, la habitación siguiente confundieron los sentidos del licántropo, el olor a muerto era demasiado potente. Kiluyu rápidamente tomo una salida, pero equivocado estaba, no era el lugar por el cual la Divium avanzo. Aunque quisiera, su olfato estaba saturado del olor a sangre y putrefacción de los cuerpos, con la esperanza de encontrar a Ondine, Kiluyu siguió adelante.

Urox como podía caminaba, su orgullo orco le impedía pedir ayuda o ser cargado por sus compañeros – dame esa espada, si llegas a perderla sería algo catastrófico.- De un brusco movimiento, la dama de hierro le quito la espada de Necross, a Urox. Para que el sujeto no estuviera desarmado le entrego la que ella portaba, la cual era el mismo modelo que la del hombre sin lobo. Un cambio tonto pensaras, pero esa espada ha pasado por mucho, debería ser portada por alguien que la conozca. Al salir de la oscuridad, una prisión parecida en la que estuvo Biggs se dejó ver, solo que esta estaba vacía, polvorienta y con algunas antorchas a punto de morir.

Ningún enemigo, solo silencio y polvo. Mary Ann sabía que algo iba a pasar, como la calma antes de la tormenta, el silencio presagiaba solo el caos que estaba a punto de a ocurrir. Pero no, nada pasaba, ¿podrían tener un momento de tranquilidad en ese castillo? Al no ver enemigos, continuaron su avance, Mary Ann, Biggs, y Foxhound al frente, Urox caminaba unos pasos detrás de ellos. Desde la oscuridad del tejado se escuchó un disparo, un arpón con una cuerda hacia la nada cayo a los pies de Biggs, los ojos de todos se abrieron ampliamente y Foxhound gruñía a la nada. Corrieron, no tenían nada más que hacer que correr. Uno de los arpones se clavó en el brazo de Urox, luego otro le siguió en una pierna, luego en el tórax, y así sucesivamente hasta que el cuerpo ensangrentado del orco quedo colgando, sus gritos de dolor se escucharon por todo el salón, mas Mary Ann y los demás no los escucharon, ya habían dejado esa habitación y a Urox morir allí.

Por más que corrieran, Kane, Abelia y Luna no salían de la oscuridad.
Comenzaron a desesperarse, los gruñidos de dios sabe qué cosa los perseguían hace bastante tiempo. Respiraciones rápidas, espadas o el filo de algo contra el piso, eso era lo que escuchaban, más de una vez Abelia disparo a la oscuridad, no le dio a nada, o eso creía ella. Entraron a una nueva sala, y con estantes, sillas y mesas cubrieron la entrada. Furiosos golpes amenazaban con romper la débil barrera en cualquier momento. Los golpes y gritos se calmaron de a poco, hasta que desaparecieron por completo, cuando el trio se volteó observo por primera vez en donde se encontraban. Un elegante salón, con candelabros por doquier, tal vez la sala más limpia de todo el castillo, ¿una ilusión nuevamente? El grupo debía estar listo para cualquier cosa. Como es típico, la tranquilidad del momento duro poco, las mismas bestias que los perseguían aparecieron del techo, eran cinco de ellos. Cabe destacar, que eran las mismas bestias que hirieron a Urox en la pierna. Ferozmente se lanzaron contra los tres sobrevivientes, intentando destriparlos, ahora es cuando deben demostrar si quieren vivir, o morir en el castillo que tantas vidas se ha llevado.

-Por cierto, mi nombre es Connor, ¿cuál sería el tuyo ángel salvador?- El sujeto que Ondine había salvado se llamaba Connor, un nombre muy especial para cierto miembro del grupo. Con su actitud distante Ondine continúo su camino, pero algo la interrumpió. Una ser con alas membranosas ataco desde el aire, El dúo estaba en una gran habitación parecida a las demás, pero esta tenía un gran orificio en el techo, de allí entro el llamado “Gaibon”. El primer golpe, mejor dicho disparo, lo dio Connor, que con una excepcional puntería le dio a la bestia. El Gaibon sin dudarlo se lanzó en picada hacia Ondine y Connor, y con gran destreza esquivo todos los disparos que les lanzaban. De un fuerte golpe cayó sobre ellos, haciendo que perdieran sus armas. Bueno, Ondine aún tenía el estoque, pero su habilidad con él era básica, por no decir nula.

El Gaibon con las garras de sus patas, tomo el arco de Ondine y el mosquete de Connor, el enemigo no era tonto, sabía que ahora sus presas estaban en desventaja.

Nuevamente en picada se lanzó, esta vez como blanco tenía a la
Divium, sin notar al humano que justo antes de que la alcanzara se lanzó a su espalda. Como si la estuviera llamado, el estoque comenzó a brillar. Casi inconscientemente, la Divium tomo el arma y en el aire, lentamente trazo el pentagrama que aparecía en el papel. Su mano impulso un golpe que atravesó el dibujo y lo destrozo en mil pedazos, pedazos que como el vidrio caían. Los pedazos que caían se levantaron como si no existiese la gravedad, se formaron en tres bolas de energía, eran tan grandes como el puño de la Divium.

Las esferas de energía volaron directamente hacia el Gaibon, cuando tocaron su cuerpo, el maligno ser comenzó a incendiarse, el fuego que salía de su cuerpo tomo un color azulado. La bestia gritaba igual como lo hacían las bestias que del infierno salían. Estaba muerta, Connor levanto el arco y se lo lanzo a Ondine, que aún no podía creer lo que había hecho. Un arma muy especial es ese estoque.

Ahora solo deben cruzar nuevamente la puerta que los separa de la siguiente habitación, pero desde la abertura del tejado, alrededor de quince Gaibon aparecieron, estos tomaron a Connor y se lo llevaron. -¡¡El Hombre pirata no es real!!- Grito Connor antes de ser llevado por los enemigos, Ondine, nuevamente quedo sola. Ahora, solo debe seguir avanzando.

La siguiente habitación en la que se encontró Ondine, fue una especie de laboratorio. Allí, en una cruz de metal, el cuerpo de Urox estaba atrapado.
El orco gritaba de dolor, un mecanismo a su lado se movía y se podía ver como la cruz también lo hacía, el cuerpo del orco estaba siendo separado lentamente, en un pestañeo y con un último grito de dolor, Urox el semi orco fue separado de sus brazos que quedaron colgando en cada lado de la cruz, su torso también fue partido en dos, quedando con una expresión de dolor en su cara.

Una puerta se abrió a un costado de la sala, Ondine rápidamente apunto con su arco, pero era Mary Ann, Biggs y Foxhound los que entraban por las puertas. Una expresión de alivio se dibujaba bajo el yelmo de la dama de hierro. Lástima que el alivio no durara mucho, de una de las paredes una horrenda y gigante bestia hacia su entrada. De su cabeza, un ojo rojo como los rubíes brillaba intensamente. No me malentiendan, no era su punto débil, solo algo que La Divium debe tener en cuenta. Rápidamente Mary Ann y Biggs desenfundaron sus armas, ahora solo deben matar a la criatura y seguir avanzando, ¿fácil no?

¿Puede ser que un licántropo se confunda siguiendo un rastro? Al parecer si, el olor a sangre y a muerto confundieron los sentidos de Kiluyu, ¿podría ser que una bestia como el sienta miedo? Lo dudo, pero lo que si sentía era la impotencia de no poder dar con Ondine, siguió su camino. Muchas de las aberraciones del castillo le abrían el paso cuando corría por los pasillos del castillo, como si le tuvieran miedo, nadie se le acerco, y el que lo hacía, terminaba destrozado por las garras del licántropo.

En un momento consiguió el rastro que iba dejando Ondine, su olor a suciedad, la suciedad de las alcantarillas. Corrió ansioso, no podía esperar saborear (si es que puede saborear) la esencia de la Divium, pero algo paso.
Se adentró en un pasillo muy oscuro, si no fuera por sus sentidos, no hubiese logrado salir de el, y fueron esos mismos sentidos los que lo alertaron del peligro que casi lo mata. Solo alcanzo a ver una cola que le golpeo las piernas, e hizo que cayera al piso, y el sonido del ser que reptaba por las paredes a gran velocidad. Comenzó a rodearlo, pero Kiluyu no consiguió ver que es lo que era. Nuevamente un fuerte golpe de la cola del desconocido enemigo golpeo al licántropo, solo que esta vez lo mando a volar, golpeando y abriendo las puertas tras Kiluyu y cayendo en una habitación un poco más iluminada.

Esta vez logro ver a su enemigo, una combinación de varias manos y brazos en un solo cuerpo, no tenía pies, solo brazos. El licántropo rápidamente supo que esa bestia no lo veía con miedo, ni mucho menos como aliado. Nuevamente, es hora de luchar contra las aberraciones de Isaac.

–Ya falta poco, si mal no recuerdo, estas escaleras me llevan a la biblioteca de Stefan, y de allí al laboratorio. Si tengo suerte, encontrare a los demás allí.-

Con su espadón fuertemente apretado Necross subió las escaleras, al terminarlas una inmensa biblioteca se dejaba ver, por un momento su corazón se calmó, pero su calma rápidamente se disipo cuando algo casi le da un fuerte corte, por muy poco Necross lo esquivo. El hombre sin el lobo quedo paralizado cuando vio al enemigo, su cuerpo era dos veces más grande que él y portaba una inmensa espada. Se mordió el labio inferior hasta sangrar, eso lo hizo reaccionar y esquivar nuevamente un golpe enemigo. Ahora, como lo hacen sus amigos, debe luchar por su vida, y como lo hace Kiluyu, debe hacerlo el solo.



¿Quién te conoce Invitado?
avatar
Necross Belmont
The Azure Knight

Mensajes : 1010
Edad : 97
Link a Ficha y Cronología : Necross Belmont
Un Hombre sin Lobo

Nivel : 7
Experiencia : 2630 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Sáb Mayo 25, 2013 9:49 pm

Spoiler:
Bueno, obviando ciertas referencias y si imaginan que las voces son de todos los muertos del castillo, entenderán por qué esto fue mi inspiración para este post: http://www.youtube.com/watch?v=p2-oazei-Pk

… ¿qué es sobrevivir?
Es la manera desesperada que tenemos
de impedir que la vida se nos escurra de las manos.

Miro aquella puerta, tan alta y magnífica, con inscripciones que desconozco, talladas magistralmente en un estilo que denota refinamiento como maestría, y no puedo dejar de pensar que he cometido un grave error al dejar a aquellos guerreros a su suerte. ¿Debería desandar mis pasos para encontrarles en el abismo? No. La respuesta nunca estará en lo que dejamos en el pasado. Respiro con dificultad, y no es para menos, la ansiedad me domina y la lógica cede terreno a la desesperación de esa oscuridad que cada vez con mayor intensidad invade mi pensamiento. En el fondo, sé cuál es ese presentimiento que me invade, le conozco muy bien de tantos años haberlo inspirado en más de una víctima de mis dagas y flechas: me siento como presa, acechada por un enemigo que entre el manto de las sombras se cobija.

-¡No hay marcha atrás!.. Adelante… siempre adelante- me animo y recurriendo a todas las fuerzas que poseo, logro abrir una brecha entre las puertas e ingresar al siguiente recinto.

La oscuridad es espesa. Mis ojos no logran adaptarse a las tinieblas que reinan en el lugar. No me arriesgaré a volar, no con la duda de un enemigo surcando mi mente y espíritu. Haber crecido con seres terrestres hace que confíe poco en mis alas. Más el resto de mis sentidos están despiertos y alerta, compensando la ausencia de visión, y no puedo evitar taparme la nariz ante el olor nauseabundo que inunda la habitación. ¡Sangre! ¡El aire apesta a ella y carne! Con horror doy algunos pasos hacia atrás hasta sentir una vez más la puerta por la que ingresé. El nerviosismo me invade, mi valentía flaquea, ¿cómo recuperar la confianza en un lugar del que poco conozco y con una situación que excede en mucho mis conocimientos sobre la vida y la muerte? Evidentemente, el pago por aquella tarea no contemplaba ni en una mínima parte el riesgo que a cada paso corría con la misión; todo lo contrario, había sido timada y por un amplio porcentaje. La idea de obtener una paga mayor, pensamiento traído desde lo más recóndito de mi pensamiento, fue el último recurso con el cual buscaba distraer mi cabeza de lo que en mi intuición sabía que era la fuente de semejante repugnancia. Cerré mis ojos:

–¡Demonios, tan pronto terminé esto pediré que me den un verdadero aumento!- y una segunda voz, más lógica e incisiva, me contestaba: -¡Qué idioteces dices en este momento, Wasser!-. Desvariaba.

Fruncí el ceño, obligando a mis ojos dar un último esfuerzo para percibir la realidad que me circundaba. Sabía lo ridículo que era todo esto; un castillo en nada podía amedrentar a un espíritu como el mío, levantado sobre la oscuridad de los seres más mezquinos de la tierra, pero mi mente estaba demasiado alterada como para confiar en ella, y abriéndolos una vez más sentí como las formas vagas de cuerpos se traslucían a través de la oscura densidad mortuoria: cadáveres, por centenas, aparecieron ante mis ojos.

-¡Qué asco!- pensé y con resolución avancé, aferrando con firmeza el arco. Nada podía hacer por los que ya estaban muertos, sólo los vivos podíamos pelear con los medios que tuviéramos por nuestro derecho a la vida.

A cada paso, el olor se hacía más insoportable. La ausencia de luz, no me permitía entender las circunstancias en que aquellos cuerpos habían muerto, más el olfato, y más de una pisada en falso, me hizo percibir de primera mano la densidad del líquido rojizo que bañaba los pisos de la habitación: fresca, algo tibia aún, sin coagular. No quise analizar el porqué de aquella matanza sin sentido, pues ese castillo burlaba cualquier racionamiento posible, y seguí con mayor temple mi camino.

De pronto, fue claro lo que sucedía. A mayor avance, mayor luz, y la fuente de tal esperanza yacía enfrente de mí: una pálida llama de un candelabro había sido el faro en aquella travesía infernal. Con la manga de mi camisa aun cubriendo la nariz, seguí avanzando, sin prestar atención a los cadáveres y sus rostros desencajados y sufrientes, concentrándome sólo en avanzar y salir. La imagen de un afuera, la reminiscencia del viento y el tenue reflejo de la luna entre las nubes, me servían de consolación en ese momento de angustia.

A unos cuantos pasos de allí, unos gritos me obligaron a apuntar por puro reflejo, hacia un objetivo poco claro. -¿Cómo podía haber un ser vivo entre tanta infamia?- me dije, y con cautela avancé hacia una jaula, donde un hombre imploraba ayuda. Curiosamente, la llave para salvarle estaba en un pequeño mesón cerca de él y, superando mi propia desconfianza hacia todo lo que allí se presentaba, le liberé. Irónica la manera que tiene el destino de ponernos compañía en el camino. Por molesta que fuera, agradecía la presencia de aquel individuo, quien a simple vista parecía humano.

–Muchas, ¡muchas gracias! ¡Eres mi ángel salvador!- me dijo, y mi reacción no pudo ser más clara: con la mirada quería fulminarle, queriendo que explotara en mil pedazos por la simple referencia a compararme con un ser tan inferior como un ángel.

-Mënschën! (¡Humanos!)- respondí, sabiendo que no entendería palabra de lo que dijera en mi lengua, pero con la vaga convicción que había comprendido mi desagrado frente a sus palabras. El resto del camino no pude más que fruncir el ceño con altivez. ¿Ángel? Lo cocinaría a fuego lento si pudiera, pero me era más valioso vivo. Y para completar, ordené: -Avancemos… ¡moveos!-. Una vez más la amenaza invadía mi espíritu y la oscuridad se cernía como una alarma intuitiva.

Anduvimos por varios corredores, en silencio, con el eco de nuestros pasos resonando por los pasillos. No quería volar, la oscuridad impedía ver más allá de sí mismos y el techo podría albergar algún tipo de trampa que en el aire me convertiría en presa fácil. Al salir de la habitación pestilente, sentí que dejaba atrás la oscuridad que por varios minutos, sino horas, había estado latiendo a la par de mi corazón. El fresco del aire no corrupto, traspasó mis pulmones y alcanzó mi alma. Mi mente cobraba su poder para razonar con lógica y no con intuición. Por su parte, el individuo que seguía mis pasos, extrañamente, me generaba confianza, sin saber muy bien por qué. Tal vez fuera el hecho de que me sentía agobiada por tratar de entender la maldad que en ese castillo se gestaba, tal vez por la reciente perdida de todos los miembros del equipo, quizás era el saber que estaba expuesta al mismo destino que ese joven de rostro lacerado, ojos claros y mirada pura, tal vez… sí, tal vez fuera la esperanza errante de que si ése individuo sobrevivía, yo también tendría el mismo chance de lograrlo. Una sonrisa desganada cruzó mi rostro inexpresivo hasta ese entonces.

-Por cierto, mi nombre es Connor, ¿cuál sería el tuyo ángel salvador?-

¿Cómo era posible que volviera a llamarme así? ¿Cómo? ¿CÓMO se atrevía? Le miré enfurecida, indignada, incluso pensé en detenerme y darle un pequeño sermón a la mejor manera que conocía, con la sutileza retórica de mi daga, pero el peligro estaba camuflado en cada esquina. No… no podría hacer nada. Y con la misma determinación, pero clavando mi vista lejos de la de él, exactamente en la puerta que teníamos en frente, seguí el camino, ignorando sus palabras.

Ingresamos allí, tal vez él un poco más confundido por mis continuos desplantes, y yo con la esperanza de quitarme el seudónimo de “ángel salvador” tan pronto como dijera “ya”, cuando de improviso, unos ruidos de punzas y alas llamaron nuestra atención sobre nuestras cabezas. El techo presentaba un gran hueco y de él no tardó en emerger una criatura horrenda, membranosa, alada, de aspecto siniestro. Mi improvisado aliado sorprendió con el primer ataque, un golpe directo en el cuerpo viscoso de la criatura, aunque sin propinarle ninguna herida que le dejara fuera de combate. Intuitivamente, yo respondí con tres flechas, las cuales no acertaron por la agilidad del contrincante. Aquella técnica me debilitaba, lo cual había convertido su uso en una muy mala táctica de mi parte. Connor tampoco parecía tener éxito. El ser alado esquivaba todos sus ataques con agilidad impecable. De pronto, en uno de sus giros se abalanzó directo hacia nosotros: como último escape lancé la última de mis dagas, más como todo lo demás fue inútil. Con gran estruendo a penas pudimos evadir su caída, en mi caso, rodeé tan lejos como pude de la criatura, dejando atrás mi arco. Al parecer mi improvisado aliado cometió el mismo error, pues con cara victoriosa el enemigo tomó nuestras armas y las lanzó lejos de nosotros.

Me miró con aquellos ojos que denotan seguridad y fiereza, y supe de inmediato que vendría tras de mí. ¡Estaba perdida! Nada me salvaría de sus garras y de su malicia. Como por impulso natural tomé entre mis manos el estoque, mis dedos acariciaron ese mango frío, de un arma que aún no comprendía, pero que sobre todas las cosas, nunca había conocido. Era mi última oportunidad, la única opción que tenía para sobrevivir. Respiré para tranquilizar mi espíritu y al mirar el arma, me sorprendí de lo que vi: una luz centellaba desde la funda misma y al desenvainarlo, empezó a guiar mis movimientos sin que yo pudiera comprender muy bien lo que hacía. En el vacío el estoque dejó el destello de la estrella de cinco puntas que estuviera grabado en el papel que acompañaba la funda y, luego de cortarlo, sus residuos se levantaron del suelo en forma de esferas de luz que pulverizaron en fuego vivo azulado al enemigo. Sin notarlo, también mis alas me habían impulsado un tanto para darle mayor velocidad a ese ataque. ¡Estábamos a salvo! Y yo aún no entendía muy bien cómo y por qué.

Con la gracia que le era propia a los humanos, Connor me lanzó de vuelta el arco, con esa mirada propia de él que dejaba un rasgo de sorpresa y otro de aliento y gratitud. Asentí con un movimiento de cabeza y, luego de recoger la daga, me dispuse a continuar el camino. Más antes de abrir la puerta para salir de aquella oscura recámara, demasiadas criaturas, iguales a la que acababa de matar, salieron del mismo hoyo y, antes de que pudiera reaccionar, se llevaron a la única compañía que tenía. Entre gritos, él desapareció en la oscuridad. ¿Trataría de salvarle? No… su vida ya no estaba en mis manos; eran demasiados enemigos y yo ya nada podía hacer por él.

Salí presurosa de aquella habitación, con las últimas palabras del humano grabadas en mi cabeza, cuando la panorámica del lugar al que había arribado, me dejó pasmada: el orco, aquel ser que tanta desconfianza me había generado en el grupo de los Cuervos, exhibía ante mí gritos de dolor mientras era crucificado de la manera más cruel y despiadada. Sabía que, para el momento que reaccioné, aquel ser había cruzado el más allá, pero ver su cuerpo allí destrozado no pudo más que despertar mi piedad y, sacando mi daga, corté las ataduras y cuerdas que lo aprisionaban a aquella maquinaria de tortura y le liberé, lastimosamente, ya hecho un despojo de lo que antes fuera. Su sangre cubrió parte de mi rostro, el cual más sucio no podía estar: sudor, olor a cloaca y ahora el aroma del orco, quedaba impregnado en mi ser cansado.

Con sorpresa recibí el ruido de la puerta, sin que yo estuviera con mis armas bien dispuestas. De inmediato aparecieron la mujer de armadura, aquel que respondía por el nombre de Biggs y el lobo. Sentí cierta tranquilidad de verles con vida, y de saber que el resto del trayecto no lo haría por mi cuenta (aunque sabía muy bien que podría valerme por mis propios medio, ese castillo tenía maneras poco conocidas de sorprenderme). A penas aquella idea había cruzado mi pensamiento, pareció que el lugar quisiera darme un ejemplo de mis temores: de una de las paredes surgió un gigante deforme, obeso, torpe en sus movimientos (como todos), pero con un extraño ojo llameante. Volé a una de las esquinas opuestas a donde se encontraba la criatura y, tratando de mantenerme firme, sintiendo mis cabellos flotar, por la fricción del aire, lancé una de mis flechas en dirección a su corazón. Podría usar aquel mágico estoque, más nada me indicaba que reaccionaría una vez más, y no correría el riesgo de confiar en un arma que hasta ese momento no tenía idea cómo funcionaba. La suerte estaba echada, aunque en el fondo de mi corazón sentí una vez más el presentimiento de que algo se acercaba cada vez más y la oscuridad crecía como una amenaza latente.
avatar
Amethist

Mensajes : 372
Edad : 29
Link a Ficha y Cronología : Amethist
El Sendero de un Guerrero

Nivel : 7
Experiencia : 910 / 3500

Volver arriba Ir abajo

Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 4 de 7. Precedente  1, 2, 3, 4, 5, 6, 7  Siguiente

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.