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El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Lun Mayo 27, 2013 8:06 am



- ¿Qué sucede, moxt kiluyu?

Sentado sobre el tocón de un árbol, me recuperaba del intenso entrenamiento. Respiraba fatigosamente, y mis pulsaciones se precipitaban como el caudal del Río Madre. Hacía dos Kring llenas que había cumplido un año junto al anciano, y, cumpliendo férreamente a su palabra, comenzó a entrenarme para ganar control sobre mi parte licantrópica. Era duro, de implacable disciplina, y aunque aún no notaba ningún avance, confiaba en sus palabras, en que, al final, lograría imponerme. ¿Pero imponerme a qué? Me preguntaba entonces, ¿A las transformaciones en . Mentalmente estaba preparado, llevaba a cabo los ejercicios sin rechistar y a la hora de transformarme mi voluntad se hacía tensa y feroz. No obstante, mi cuerpo recién comenzaba a transitar los caminos de la adolescencia y mis músculos aún estaban en pleno desarrollo. Semejante castigo me dejaba boqueando en el suelo, pero de alguna manera me acostumbraba a ello. Más dolor sufría en las noches de luna llena.

Mi mentor me observaba, parado a mi lado. Había notado mis ojos pensativos, y, preocupado e intrigado, interrumpió la rutina con la duda plasmada en su rostro. Nada se escapaba a esa mirada de águila, e inclusive a veces me preguntaba si no era capaz de leer la mente. Su perspicacia era escalofriante. Intenté hilar mis pensamientos, y, tras tomar una bocanada de aire, respondí.

- Si… es algo... extraño…

Me llevé la mano a la frente en un gesto confuso, que numerosas veces repetiría en el futuro, y meneé la cabeza como negando. Desde hace algún tiempo, en el comienzo del entrenamiento más precisamente, al momento de transformarme por propia voluntad una extraña sensación me dominaba. Más allá de que sentía aflorar mi lado más salvaje y animal, una cara oculta se hacía presente e iba arrebatando los pequeños trazos de cordura que, según el anciano, me unían con mi faceta humana. Me hacía sentir poderoso, único, como si el resto del mundo hubiese sido creado únicamente para que yo lo cazara, para ser mi presa. Tenía hambre, tenía sed. Sufría con la increíble necesidad de cerrar mis fauces sobre el cuello de una criatura, ahogarle, arrebatarle la vida poco a poco entre charcos de sangre y lastimeros gemidos. Regocijarme con sus gritos, con su sufrimiento. Matar por un placer sádico y bestial.

Ese sentimiento crecía a cada vez que me transformaba, y esa última vez tuvo una potencia tan abrumadora que agotó mis fuerzas antes de tiempo, concentrado como estaba en que no volviera de mi una bestia sin cerebro, y me obligó a regresar a mi forma humana, no sin pasar por tan doloroso proceso. Él volvió a hablar.

- ¿Y qué es tan extraño? Cuéntame, déjame que te ayude.

Estaba seguro de que, incluso antes de que yo le confesara todo, él ya lo sabía. Ya que sonreía.

- Cuando realizo el cambio, a partir del instante mismo en que me sostengo en cuatro patas, comienzo a sentir una… una necesidad, algo que nunca antes había sentido por voluntad propia. Es como… como si necesitara devorarlo, consumirlo todo…

Mi voz se perdió en un hondo suspiro. Estaba indeciso, inseguro. Tenía miedo de que, si las prácticas continuaban, no pudiera controlarme y estallara en un frenesí destructivo. ¿Todos los licántropos debían soportar, refrenar esas ansias de matar cada vez que se transformaban? Mi raza suele cambiar a su forma animal muy seguido, algunos lo hacen tan fácilmente como respirar, y usualmente estos tiempos se prolongan hasta días. ¿Eso significa que han dominado ese irracional sentimiento?

- Veo que lo has descubierto. – Dijo el anciano, pero su voz no se perdió allí. Apenas pude percibir en un susurro una enigmática frase. – Pero es demasiado pronto…

- ¿Qué es demasiado pronto? ¿Qué he descubierto? – Me apresuré a preguntar. Sus palabras habían despertado mi interés, y no dejaría que esta vez desviara la conversación eludiendo mis dudas.

Él sencillamente sonrió. Evidentemente algo me ocultaba, pero sus ojos decían que no estaba seguro si debía contarme aquel secreto. Más no pudo evitar una mirada tan inquisitiva, y cedió ante mi pedido. Se sentó en un costado, y se colocó en una posición que la costumbre más que la lógica me dijo que era propia de las noches de historias. Aclarándose la garganta, se dispuso a explicarme.

- Los “korwkaldaka”, u “Hombres-lobo”, en la lengua de los humanos, cuentan con la energía de Kring para sus transformaciones, cosa que ya te he enseñado. No obstante, no termina allí. – Hizo un breve silencio, como si quisiera agregar suspenso a su explicación tal como hacía con sus relatos.- Aquello que los que en su ignorancia llaman “Maldición” no es más que un alma engendrada por la energía de la luna y el poder de la tierra. Eso explica el por qué muchos de vosotros podéis desenvolveros mejor en los bosques y valles. Al unirse este espíritu con el alma humana, se da origen a lo que conocemos como “Licántropos”, seres cuyos cuerpos pueden alterarse y tomar la forma de un lobo. – Se interrumpió un segundo, tomando aire para proseguir con renovados bríos. – No obstante, en algunos casos esta “Unión” no es totalmente exitosa, lo que provoca que, en vez de la fuerza nativa, la humana, sobreponerse a la bestial, ambas se encuentren en constante disputa…

Se detuvo por un largo rato, hasta el punto que creí que no volvería a hablar. Más cuando me dispuse a levantarme, una frase profética surgió de sus labios. Algo que no podría olvidar nunca, y que, como muchas otras cosas, me perseguiría hasta el final de mis días.

- Y cuando gana la bestial, ya no eres tú mismo…


<<<…>>>

Un grito me sobresaltó y logró sacarme de mi trance. Cuando levanté el rostro, pude ver como mi otro yo aniquilaba a un antropomorfo ser, descuartizándole, haciéndole pagar al ser la osadía de haberse cruzado en su camino. O quizás en nuestro. No lo comprendía bien aún. Desvié la mirada para no tener que observar semejante espectáculo, pero aún así los chillidos de dolor llegaban a mis oídos. ¿Cuáles oídos? ¿Los reales? ¿Aquellos que pertenecían a mi cuerpo? ¿Cuál era el real? Una fuerte jaqueca hizo que cerrara fuerte los ojos e hiciera presión con la mandíbula. Sabía que ese dolor no me pertenecía del todo. ¿Qué me había sucedido hasta entonces?

Noté un líquido en el suelo. Su olor era nauseabundo, pero fácilmente se confundía con lo que percibía del exterior. ¿Vómito? Me pregunté, pero al instante callé al recordar como habíamos entrado a esa sala buscando a la Divium. Tanta muerte, tanta podredumbre superaba todos mis sentidos. No quería pecar de delicado, era que sencillamente mi estómago no estaba preparado para ello. Sin embargo, la bestia no parecía importarle. Es más, hasta aseguraría que disfrutaba ese aroma tal como yo lo haría con una flor. Después de ello, perdí la conciencia. ¿Había encontrado ya a la mujer alada?...

Observé nuevamente al usurpador, viendo como se movía ágilmente entre los sombríos pasillos, portando las dagas en ambas manos en una posición de lucha muy conocida para mí. Estaba preparado para asesinar en el momento preciso. Tensos sus movimientos, se desesperaba, buscando en cada trazo, en cada esquina, como acechando a una presa invisible, escurridiza, a la cual no era capaz de hallar. Incluso en mi pobre condición pude sospechar que aún no la había hallado.

No iba a durar mucho.

Ambos percibimos ese olor característico, a suciedad y plumas. Se me encogió el corazón, e imploré en vano al equilibrio de que no lo hubiese percatado. ¿Cómo no darse cuenta precisamente de aquello a lo que busca? Sonrió, enseñando una doble hilera de filosos dientes, y se arrojó, siguiendo el rastro, relamiéndose ante el festín que buscaba. O, quizás, por las atrocidades que cometería. No quería pensar en ello.

Pero la sorpresa fue más grande. Un pasillo a oscuras nos cerró el paso. La bestia estaba decidida a avanzar, más algo le detuvo. Al principio no lo oí, pero cuando él reaccionó bruscamente y la visión dio un vuelco junto al suelo noté que algo nos había atacado. ¿Qué o quién había sido? Por lo que había visto, las criaturas en este lugar le temían a la bestia mucho más que yo, y no dudaban en esconderse al verlo.

- Solo un cazador poderoso tiene el valor de enfrentarse a un lobo…

Un ruido como el de pisadas a nuestro alrededor, y otro golpe que le arrojó, o nos arrojó, a través del espacio, embistiendo una puerta y aterrizando en una habitación iluminada. No se demoró en ponerse de pie y quedar en posición defensiva. Aunque al principio lo imaginaba como un ser idiota que se arrojaba de cabeza a la batalla, me di cuenta a partir del juego de manos que realizó que distaba mucho de aquello. Con velocidad, guardó la daga en su mano derecha y desenfundó el hacha, cambiando el peso de su cuerpo y balanceando el arma por detrás. Lo esperaba.

La criatura se dejó ver a través del marco de la puerta, y él reaccionó al instante arrojando el arma como tantas veces yo lo hiciera, buscando dañar seguramente la zona superior de la aberración. Desenfundó nuevamente la daga, y retiró la capa de sus brazos para así tener una posición cómoda para luchar. Sus piernas flexionadas, ambas dagas en las manos, los filosos pinchos de los guantes brillando con la tenue luz de las antorchas, se mantuvo en una postura digna de un luchador. Una pose de contraataque que yo había aprendido del anciano, en donde el usuario, al ser atacado, repele el daño con un movimiento de piernas, situándose en su costado y habilitándole para efectuar un golpe eficaz. En este caso, debería cubrirse con la mano del lado al cual girará para cortar con su daga alguno de los numerosos brazos y/o cola, para así con el otro asestar un feroz corte.

No sabía que pensar. Quería que ganara, que hiciera honor al nombre de mi mentor, pero al mismo tiempo deseaba que perdiera, que detuviera su caótico frenesí. Que me liberara de mi prisión, aunque más no sea con la muerte misma. Con esa muerte que tantas veces ya había eludido.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Mayo 27, 2013 8:29 am

Bestias sin alma, agobian el castillo de mi querido amigo Stefan, ¿Por qué él? ¿Por qué este castillo y esta ciudad deben sufrir la locura de Isaac? No, este no es el momento para pensar en eso, ahora solo debo continuar, e intentar ayudar a los más débiles. Creo… ¿Por qué debería preocuparme? Esta no es mi ciudad, no los conozco… No, no dejare que lo mismo que le paso a Shading le ocurra estas personas, no mientras este con vida.
<<<-.0.->>>

Una sombra acosaba al licántropo, Kiluyu se enfrentaba a una criatura hecha de odio, dolor y pena. Una criatura que nació de los sentimientos de los muertos, tomo forma de muchos cadáveres, pero fue la influencia de cada alma lo que hacen que se mueva, la búsqueda de venganza y de la paz, lástima que este castillo solo permita la venganza.
Un fuerte golpe de su hacha llego directo a la cabeza del bestial enemigo, este cayó al piso pero rápidamente se perdió en las sombras, como un bicho rastrero con más de un cerebro. Con la agilidad propia de un licántropo, Kiluyu esquivaba los ataques del monstruo, para referirnos a él, lo llamaremos “Asfixia”. Asfixia, se ocultaba en la oscuridad y golpeaba con su cola a Kiluyu, bueno no era una cola per sé. Era más bien un bulto con brazos que golpearon el cuerpo del licántropo. Asestar un golpe era muy difícil, la criatura por muy grande que fuera, era igual de ágil.

En otro lado del castillo, Ondine, Biggs, Mary Ann y Foxhound esquivaban los poderosos golpes que daba el monstruo. Poderosos pero muy rápidos, de un fuerte golpe mando a volar a Biggs, no lo mato pero si lo alejo bastante del grupo. La bestia desde que apareció poso sus… bueno, su atención en Ondine, una sonrisa macabra se dibujó en su cara. Sacándose Mary Ann y Foxhound corrió hacia la Divium.

Las flechas que Ondine lanzaba no tenían efecto en la bestia, el enemigo simplemente reía cuando sentía que los proyectiles alcanzaban su cuerpo. Cada vez más cerca, la bestia estaba lista para aplastar a la Divium con su puño, pero Foxhound intervino. Feroz y valientemente, el lobo se lanzó al cuello de la bestia, hundiendo sus colmillos y… bueno, la criatura debería sangrar, o por lo menos gritar de dolor; Pero no lo hizo, no grito ni sangro. La criatura estaba hecha de piel de humanos, distintos rostros se veían por todo su cuerpo, era una de las tantas aberraciones que son construidas en el castillo.

Luna, Abelia, y Kane. Luchaban contra los cuerpos reanimados de lo que supongo eran los habitantes de Arthias, Luna y su estoque grácilmente esquivaba y atacaba a las criaturas, mientras Abelia fortalecía sus debilidades, dícese, cuando ella no podía esquivar algún ataque inminente, la rubia la protegía. Solo lograron matar a uno de los cinco enemigos, más dos de ellos al ver que Kane no hacía nada, se lanzaron a destriparlo. Los cortes de Luna, y los disparos de Abelia, no permitieron más avance. Algo causo que las criaturas se alejaran, le dieron una mirada de desprecio al grupo y por el mismo agujero que entraron se fueron. Ahora podían respirar tranquilos.

Necross ágilmente esquivaba los golpes que su enemigo le lanzaba, el choque de espadas que hacían ambos desestabilizo más de una vez al hombre sin el lobo. Pero con el ímpetu guerrero que lo caracteriza continuo luchando. Apretó fuertemente el mango de su espada y se lanzó al ataque, un corte vertical en la pierna derecha hizo correr sangre, la bestia podía sangrar. Bajo su casco, Necross sonreía, un golpe del escudo enemigo mando a volar a Necross, aunque solo el impacto de la caída le causó daño. Aunque no fue mucho, Necross podía sentir como cada parte de su cuerpo dolía a causa de la caída.

Asfixia de un fuerte arañazo, hizo sangrar la cara de Kiluyu, las puntas de sus dedos no tenían uñas, solo eran una punta de hueso afilado. La criatura era bastante inteligente, ya que hacia sonidos en lugares lejanos y atacaba por direcciones impensadas o imprevistas. Al enemigo muy poco le importaba su propio bienestar, ya que se lanzó sobre la mano izquierda de Kiluyu que sintió una gran presión, el licántropo podía sentir como la piel de su mano izquierda se separaba de su brazo, ya que la atrocidad que me gusta llamar Asfixia, estaba mordiendo la mano del licántropo. Kiluyu en ese momento, pudo ver que un ojo rojizo estaba en la nuca de Asfixia. La bestia tiró fuertemente hacia atrás, intentando llevarse la mano e ignorando las puñaladas que sufría por parte de Kiluyu. De un rápido y poderoso movimiento Asfixia tiró de la mano izquierda de Kiluyu, No alcanzo a sacar la mano, pero si la dejo imposibilitada, casi colgando de su brazo, ¿Qué es lo que hará ahora el licántropo?

La bestia hecha de pieles, tomo a Foxhound y lo lanzo lejos, nuevamente poso su atención sobre La Divium, solo para recibir una estocada en las costillas por parte de Biggs, mientras Mary Ann le cortó una de sus rodillas, rompiendo algunas suturas y haciendo que la carne y hueso que rellenaban la pierna cayeran al piso. Rápidamente, los dos humanos y la Divium sabían cómo derrotar a la criatura, pero no será fácil, eso es algo seguro. El brazo izquierdo de la criatura fue cercenado y las suturas separadas, la carne y otros restos humanos que estaban dentro del brazo cayeron lentamente, esta vez, la criatura si grito de dolor. Sin una pierna y sin un brazo la criatura seguía luchando, esta vez lanzando cosas sobre Ondine, Mary Ann, y Biggs. Pero por muchas cosas que lanzara no le faltaba mucho para morir.

Desesperadamente escapaban, Luna, Abelia, y Kane. Ahora eran miles de criaturas que los perseguían, Kane tropezó, los enemigos no tardaron en lanzarse sobre él y abrir sus entrañas. Un festín de sangre y tripas se llevaba a cabo en ese oscuro pasillo, Luna y Abelia solo escaparon, mientras Kane; que aún seguía con vida, suplicaba ayuda. Pero nadie lo ayudaría, nadie llegaría en su rescate, ahora solo podía ver como infernales monstruos se alimentaban de sus entrañas. Al parecer las criaturas tenían un instinto macabro y cruel, ya que dejaron a Kane en el piso mientras ellas se alejaban. Pero pronto, una de las abominaciones se acercó y arrodillo a los pies de Kane. Con su espada (que era un reemplazo a una mano que no existía) comenzó a cortar la rodilla del hechicero, ya cuando finalizo con la extremidad, se la lanzo a sus hermanos, que comenzaron a luchar por obtener un trozo de carne. Luego vino la segunda pierna, lo único que Richard quería era morir, acabar con este tormento, acabar con este dolor… lamentablemente su deseo no fue concedido. La criatura subió hasta la altura del torso, allí con una mirada fría, comenzó a cortar su brazo, corto a la altura del codo, la inteligente criatura no quería que su presa muriera, no aun. Después de cortar todos los miembros de Richard Kane. Un gutural grito por parte del verdugo del mago, hizo que las demás criaturas se acercaran y devoraran los restos muertos del hechicero. Ahora de Richard no queda nada más que un recuerdo en la memoria de los que aun sobreviven al castillo, un recuerdo que pronto será olvidado.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Mar Mayo 28, 2013 6:38 pm

El agua cristalina corría con frenesí, luego de una noche lluviosa sin lunas. Esa mañana las nubes, entendiendo mi vergüenza, no dejaron que el sol se asomara con su calor ni llenara de vida y esperanza los alrededores. Había llorado, una vez más, y aunque no podría considerarme la responsable de ser quién llenara el cauce del río con mi llanto, si podía decir que mi tristeza le abarcaba y con creces le superaba. Con la mirada clavada en algún punto más allá del horizonte y los pensamientos perdidos, no noté la presencia de ese ser que se aproximaba, batallando contra la maleza.

-¿Por qué lloras?-me preguntó con inseguridad, mientras su rostro infantil lleno de preocupación e inocencia concentraba su visión en mi espalda; la sangre me delataba.

-¡Largaos, niño!.. Hoy no sois bienvenido… ¡Largaos!- respondí de manera seca, sin mirarle, con el único ánimo que obedeciera y me dejara sola, junto al castigo merecido. Sequé mis lágrimas automáticamente y la expresión de dolor cedió ante el orgullo. Un verdadero guerrero nunca mostraría su debilidad, y aún más frente a un pequeño curioso de escasos 10 años.

Disfrutaba de su compañía. Más ese día no estaba de ánimo para lidiar con nadie y menos con las preguntas de esa criatura amorfa que tan insistentemente añoraba hablar. Maldije mil veces el día que le encontré; tanta bondad corroía mi alma oscura, enseñada al desamor. ¿Cómo podía sentir tal abnegación por alguien como yo? ¿De dónde nacía su gentileza?

-Pero…- y su voz denotó preocupación a medida que veía cómo al quitarme yo misma la camisa para examinar la gravedad de mis lesiones, éstas dejaban entrever su profundidad: -¿Quién os ha hecho esos golpes, milady? ¿Por qué?- y dando unos pasos hacia mí, extendiendo su mano, como quién quiere verificar con el tacto lo que la vista persigue, continuó: -Estáis… sangrando demasiado. ¡Yo os cuidaré!- dictaminó con resolución.

-Os dije: ¡LARGAOS! Obedece, mocoso- grité, volteándome con furia mientras golpeaba su mano, que atrevidamente había tocado mi piel.

El enojo no había superado aún al dolor que sentía, y aquél nunca vencería la humillación y la frustración que inundaba mi alma. Me estremecía ante el ardor de mis heridas, más aquello no era excusa para hablarle con la franqueza que me caracteriza. Tampoco pude responderle con mi rostro altivo de siempre, ahora cabizbajo y taciturno. No me sentía con el derecho a mirarle, ¿cómo podía?, ni siquiera era merecedora de tener el orgullo de mis pares, menos el de un alma inocente, que poco o nada me conocía. ¿Con qué convicción podía sostener la dulzura que generaba y no sentirme disminuida ante el hecho de ser una abominación para su pureza? Él tenía una vida que merecía y yo era un error de la naturaleza. No era digna de su compasión, como tampoco de su benevolencia.

Callamos. Más como si estuviera clavado al suelo que pisaba, no se retiró, y pasados unos segundos replicó:

-No… ¡NO! ¡No me iré!-

Su insolencia me obligó a levantar la cabeza y observarle con ira. Nuestros rostros se encontraron. ¿Cómo un pequeño como ése se enfrentaba a mí de esa manera tan insensata y testaruda? Ciertamente, era grande para su escasa edad, incluso si se comparaba con los nacidos dentro de la raza élfica. Sus cabellos despeinados, largos, y llameantes hacían juego con sus ojos. La fuerza de su mirada era una oda a la ilusión de una existencia que descubre con sorpresa el mundo que le rodea, llena de vida, de una felicidad que yo era incapaz de comprender, como de sinsabores que compartíamos en silencio; su cuerpo, marcado por la maldición que llevaba a cuestas, me hizo reconocerle en un principio como un igual, otro marginado. Más él tenía el valor para continuar con su existencia y yo… mi caso era distinto.

Su arrojo conmovió mi ímpetu y, viéndome incapacitada para alejarle –ya bien le conocía esa terquedad marcada en la manera como cerraba sus puños, con la convicción de que ése era el lugar en que quería estar, al lado mío-, sólo pude devolverle el gesto con una sonrisa, como nunca la había sentido, no de desgano o conformismo, sino de agradecimiento.

El agua corría. Seguía el fluir de su cauce, y sentí cómo sus pies ligeros le llevaban al río. A su retornó y con cierta inseguridad, empezó a limpiar mis heridas. Arrugué el rostro, más el orgullo de un elfo siempre supera cualquier indicio de sufrimiento. El dolor me iba hasta los huesos y admiré con cierto temor el poder de mi madre para lacerar mi carne con un mínimo de latigazos. Sin duda los merecía, todos ellos.

-Gracias, pequeño demonio… aunque apenas pueda os daré un buen castigo por no obedecer- le dije secamente.

-Eso hacen los amigos también- contestó con su usual determinación.

Así conocí por primera vez lo que era la gentileza y, contrario a lo que mis hermanas elfas dijeran, ese día sentí que había nacido para apreciar en esos gestos que para mi raza inmortal denotan debilidad, su fortaleza.

---//---

Le tenía en la mira; no había manera de fallar. Flotando en el aire, respaldada por mis alas, sintiendo la adrenalina del combate, con mi concentración dispuesta, ¿qué podría salir mal? Mi puntería no tenía manera de errar el objetivo, era una con el espacio que me circundaba: sólo éramos la bestia y yo. Una tras otra las flechas surcaban la recámara para clavarse directo en los puntos que mi lógica dictaminaba: cabeza, corazón, incluso una de ellas buscaba atravesarle el cuello y llevarle a la perdición, más aquella masa amorfa se oponía a la muerte misma, con ironía y una gran risa en lo que parecía ser su rostro. ¿Por qué? ¿Qué demonios era? Una abominación que venía del más allá y, como todas, escapaba a mi comprensión. Parecía hecha de retazos de otros seres, cuyas siluetas de ojos, manos, pies, torsos, estaban unidos por algún artilugio oscuro. Aquello sólo podía asquearme al mismo tiempo que inspirar con mayor fuerza al ataque. No me rendiría… no ante la encarnación del salvajismo.

Sin que les viera, los guerreros trataban por todos los medios de ralentizarlo; el lobo, sediento de la sangre del enemigo, no le daba respiro: atacaba, mordía, acechaba; pero la criatura no mostraba signos de debilidad. Como burla misma hacia nosotros nos sonreía con sorna y repugnancia. Era ágil, pero nosotros teníamos la astucia de nuestro lado.

Debía morir. TENÍA que morir o me iría la vida en al menos encontrar el punto en que pudiera caer. Su mente primaria pareció leer mis pensamientos, pues de súbito devoró con su mirada la mía, dando a entender su plan macabro: había sido elegida, yo era el objetivo de su casería. Aún en la esquina, continué lanzando mis proyectiles. El sudor corría por mi frente, mezclándose con la sangre del orco, más aquello antes que desconcentrarme me daba la fuerza para seguir insistiendo. Era el olor de la lucha, haciéndose uno con el de las víctimas.

A cada paso suyo, la superficie de toda la habitación temblaba. Sobrepasó las defensas de los guerreros y, alardeando de su fuerza, quedó frente a mí: al alcance de su puño. Cerré los ojos, y me negué a la idea de morir bajo las manos inmundas de un ser corrupto. – No así.. No así – me repetía incisivamente. De pronto de las tinieblas surgió el lobo y poseído por ese lado bestial que sólo los animales tienen, atacó el cuello del adefesio. Su reacción no pudo más que helarme la sangre: no sintió absolutamente nada, y con la fuerza que estaba destinado ese puño hacia mí, agarró al lobo y lo arrojó. Mi ira no tuvo límites. Aquel animal había arriesgado una posición segura de ataque por evitar mi muerte y eso… esa clase de valor y bondad... eso sólo lo había vivido una vez…

Como sincronizados por un mismo pensamiento, el humano se arrojó sobre la espalda de la bestia, mientras que la dama guerrera cortaba sus rodillas, inutilizando una de sus piernas. Por mi lado, decidí jugarme la vida alejándome de la criatura, surcando los aires con la velocidad que podía darme mis alas, superior a la agilidad del enemigo, y de nuevo armada con el arco, enfrente del inconsciente animal, concentré mis esfuerzos en el brazo izquierdo, donde la guerrera empezaba a hacer una daño considerable.

El plan fue secundado por el humano. Todos atacamos un mismo punto, del cual ante la insistencia de los cortes emanaron cuerpos inertes y cadáveres putrefactos. Enfurecida, la bestia se defendió arrojando todo lo que encontraba a su paso. El lobo, aún inconsciente por el golpe recibido, corría un gran riesgo. Tomándolo de sus patas traseras, tan grande como era, usé todas las fuerzas que tenía para moverlo a un sitio de menos riesgo: debajo de la cruz metálica donde había estado colgado el orco. Lentamente le movía, y en el intento, uno de los escombros calló sobre nosotros, propinándonos algunos golpes, en mi caso en los brazos y dos cortaduras que corrían el riesgo de infectarse con la suciedad que me cubría; mi mente no sentía el dolor, sólo las ansias de volver al campo de batalla.

Con la bestia a salvo, sentí que mi deuda estaba pagada y, tomando en mi mano izquierda el arco, centré mi atención en el ataque combinado de ambos guerreros. Mi respiración era rápida, el cansancio se adueñaba paulatinamente de mis músculos, pero eso no me detuvo. Con presteza me dirigí hacia el enemigo para apoyar a los combatientes. Por primera vez, sentí que mi mente se conectaba con la de otros. Miré el lobo y luego tensé el arco… mi corazón latía con rapidez inusitada. La flecha estaba en posición de ser lanzada, en la mira estaba el objetivo final:

-¡¡EL CUELLO!!- grité, concentrando mi mira en la abertura que el noble animal había logrado en nuestro enemigo. Los movimientos de mis compañeros me indicaron que habían entendido el mensaje.

Olía en el aire la perdición del demonio, lo sentía en la desesperación que brillaba en su ojo, extrañamente resplandeciente; sus movimientos incongruentes sólo eran la coda de su deceso, y yo... yo sólo podía verle y sonreír.

Sabía que estábamos cerca… muy cerca de lograrlo.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Vie Mayo 31, 2013 4:00 am


- Pero, ¿Qué relación tiene lo que me cuentas con lo que siento?

La duda rondaba mi mente. ¿Qué tenía que ver todo eso con el hecho de que sintiera esa urgencia, esa necesidad de matar? ¿Es que acaso…? Quizás, era muy probable que así fuera, ¿O era algo más? Él me miró con ojos severos, y volvió a hablar con voz imperativa.

- La paciencia es una virtud, moxt kiluyu. – Me amonestó mi mentor. Cerré la boca y bajé los ojos, apenado. Él pareció compadecerse, y volvió a usar su tono habitual. – Tú te hallas dentro de esos poco afortunados cuyas almas se encuentran en constante lucha por el dominio del cuerpo. – Sus palabras terminaron de confirmar mis sospechas. – Esa ansiedad que me describes es la prueba más cabal de ello. – Se acercó a mí, colocando su mano en mi pecho. – Al estar en su forma, tu animal busca liberarse, y el imponer sus instintos sobre ti es una forma de lograrlo.

Era una revelación algo abrumadora, pero extrañamente fácil de aceptar. Después de todo, los peligros más inmediatos son los que más velozmente asimilamos y buscamos enfrentar. Quizás por ello no vacilé en responder con seguridad y firmeza.

- Entonces debo ser yo quien le controle.

Afirmé, asintiendo. Si su voluntad deseaba imponerse, yo le detendría. Mi fuerza, mi poder contra el suyo, en una contienda constante, eterna. Él era parte de mí, pero, al mismo tiempo, era otro ser muy diferente. Era mi bestia interna, mi “Animal”, aquel que forma mi lazo con la naturaleza. No podía deshacerme de él, ni mucho menos exterminarle.

Yo soy él, Él es yo

Sin embargo, algo aún quedaba inconcluso. Tras rondar varias veces el tema en mi mente, concluí que no podría solucionarlo yo solo. Rompiendo el silencio, como un descarado visitante, volví a hablar.

- Pero… ¿Cómo podré mantenerle a raya? ¿Cómo evitar que se imponga sobre mí? Él es… demasiado fuerte… - Terminé casi en un susurro.

Era cierto, había sentido su fuerza tan solo minutos antes. Aún quedaban rastros en mi deseo inconsciente de desgarrar la carne de la primera criatura que se cruzara frente a mí. Su voluntad era desmedida, y sabía de antemano que tarde o temprano caería ante esos impulsos. La sola idea de ingresar en ese trance, en ese frenesí de sangre y locura, donde yo no podría hacer nada por evitarlo, me aterraba. ¿Qué pasaría si él tomara control total sobre mi cuerpo? ¿Cambiaríamos los roles? Yo el prisionero, él el dominante…

- Buena pregunta. Yo, más allá de este entrenamiento y de mis consejos, no puedo ayudarte. – Contuve la respiración un segundo. ¿No podría ayudarme? ¿Qué significaba eso, que estaba solo? Él pareció notar mi rostro preocupado, y velozmente añadió. – Pero tranquilo, no os preocupéis, mi pequeño discípulo. Tu mejor arma se halla entre los pliegues de tu capa, y creo que sabes muy bien como se utiliza. – Una sonrisa se enmarcó en sus labios. Una que me devolvió la esperanza de pisar tierra firme, tal como un faro en una noche oscura.

La prenda aludida se encontraba doblada junto a un árbol, donde la había dejado para poder entrenar con más comodidad. Corrí rápido hasta ella, rebuscando en los dobleces aquello que el anciano mencionaba. Noté el bulto en uno de los bolsillos, y lo arrebaté presto de su morada, dejando que la luz del sol mostrara su figura. Una grácil flauta, de bellos detalles, yacía en mi mano. ¿Ésta era mi herramienta, esa “Arma” contra mi animal? ¿Qué podría hacer mi Sijjken contra él? Lo miré desde el otro lado del claro con ojos interrogantes, a los que él solo devolvió una cálida sonrisa. Hizo un gesto de llevarse el instrumento a la boca, ¿Qué lo tocara? ¿Qué locura era esa?

Empero, pese a mis incógnitas y mi recelo, le obedecí. La superficie de marfil rozó mis labios, y los dedos se extendieron expertos por los orificios en su superficie, finamente labrados, mientras acariciaba las suaves marcas talladas por sus partes lisas, aquellas que la hacían tan única. Inspiré, mientras en mi mente una melodía tomaba cuerpo y forma, y cerrando mis ojos dejé que aquello que tantas veces ya había hecho se pronunciase por sí solo, como un ente incorpóreo capaz de razonar y pensar. “La Armonía de la Luna” emergió con el aire desatado de mis pulmones, envolviendo al ambiente en su dulce música. Esta tonada era la única que recordaba con claridad, la única con “partitura real” en mi mente, todas las demás eran solo improvisaciones bien elaboradas. “De todas ellas, ella era las más bella” Dice el poeta a su dama enamorada, y mi hermosa damisela era esta sublime canción.

Las últimas notas quedaron flotando en el aire, mientras el silencio volvía a adueñarse del escenario. Volví a abrir los ojos en el momento en que la melodía se convertía tan solo en un recuerdo en mi memoria. Miré a mi tutor, cruzando nuestras miradas, concentrados en nuestros corazones. Lo había sentido, lo había entendido. Deposité la flauta sobre la capa casi sin darme cuenta, y caminé lentamente hacia el centro del claro. “¿Era esto a lo que se refería?” Pensé, observando mis manos. Cerré los ojos, mientras dejaba que el sentimiento de tranquilidad me inundara y aislara del dolor de la nueva transformación.


<<<…>>>

Los cambiaformas somos seres producto de la unión de dos almas. Somos mitad animal, mitad humano. Nuestra sangre lleva un lazo irrompible con la naturaleza que nos engendró, nos ata a la tierra y nos vuelve salvajes a la par que nobles. Tenemos empatía por plantas y animales por igual, respetamos nuestra matriz de origen y muchos la veneran. Empero, a causa de ser humanos, somos susceptibles a la corrupción, nuestras mentes caen en los hábitos de los hombres. Luchamos entre nosotros, causamos guerras, segamos vidas, nos volvemos asesinos y guerreros, combatientes y estrategas. Pocos son los que enseñan las banderas de la paz, que suelen ser los ligados a animales no cazadores, y aún así suelen verse arrastrados en ese espiral destructivo. Pero nuestras vidas no pueden desligarse a ese lado animal. Seguimos atados a los instintos y deseos que nuestras bestias desean. Algunos los hacen propios, otros sencillamente los rechazan y les dejan salir una noche por luna. Y todos ellos logran llegar a un acuerdo imparcial, a un equilibrio entre sí, fortaleciendo la ley natural.

No obstante, existen aquellos que no pueden alcanzarlo. Son seres en constante cambio, en continua ruptura. Luchan contra sí mismos cada día de sus vidas contra su alma animal, contra ese espíritu que busca imponerse, que busca liberarse. Ambos se rechazan, buscan alejarse el uno del otro, separarse, volverse entes individuales. Son almas que no se han fusionado completamente, que no se han unido del todo, pero que tampoco pueden separarse, ya que son técnicamente el mismo ser.

Observé a mi captor, a mi bestia, que erguido frente al colosal espejo se hallaba concentrado en una brutal lucha. Nosotros éramos como esos cambiaformas que se rechazan entre sí, así lo había afirmado el anciano hace tanto tiempo. Pero yo sabía que algo más ocultaba, algo que nunca había osado revelar. Porque, aunque el deseo de no estar unidos permanecía, el método para ello era distinto. No buscábamos la separación, sino la subyugación y aniquilación mutua. O, al menos, él lo hacía, ya que yo desconocía si existía algún método para eliminarle, por lo que solo podía encerrarle, encadenarle en mi interior.

Y ya no. Ahora, él se hallaba libre, obedeciendo la voluntad de un hombre cruel, y yo encerrado en su lugar, siendo testigo de las atrocidades que cometía. Encadenado, atrapado dentro de una prisión sin muros ni barrotes, mi solo propósito era ver como destruía, como consumía y asesinaba a quienes conocía, su cacería eterna en busca de satisfacer su ambición de muerte y caos. Anhelaba que el frío del descanso eterno me abrazara nuevamente, pero una tenaza en mi corazón me impedía clamar por ello. Era el sentimiento del deber fallido, del no haber podido contenerlo, y que no podía renunciar sin haber enmendado mi falta. Si me dejaba vencer, todo estaría perdido, y no me importaba si debía morir yo también para llegar a ese fin.

La pelea era feroz. La abominación que le atacaba era veloz, rápida, astuta. No dejaba respiro a los movimientos de la bestia, quien apenas lograba evitar sus golpes. De no ser porque mi cuerpo se hallaba tan bien entrenado, y de sus poderosos instintos de cazador, quizás ya hubiera muerto hace mucho. Era evidente que llevaba mi agilidad a su límite, dando saltos y vueltas, esquivando y evitando los golpes que parecían venir de la nada misma. Y, como ironizando la inversión que había sucedido entre nosotros dos, ahora las cosas parecían haberse dado vuelta también. La bestia ya no era cazador, ahora era tan solo una presa luchando por sobrevivir. Su enemigo acechaba en las sombras, moviéndose de un lado al otro, oculta de la escasa luz que las débiles llamas de un candelabro encima otorgaba.

Lo veía utilizar su nariz, y se concentraba en su audición para predecir los ataques al oír el roce de la masa de brazos sobre el suelo y las paredes y el ruido de su carne cortando el aire a gran velocidad, ante los cuales reaccionaba tirándose al suelo, rodando o saltando. Sin embargo, la criatura confundía al lobo emitiendo sonidos y desplazándose al mismo tiempo para atacarle donde tenía su guardia más baja. Uno de sus brazos de lo que podría considerarse el torso surgió bestialmente de la oscuridad y con garras de hueso le arañó el rostro, mi rostro. Gruñó de forma casi inaudible mientras una línea de sangre manaba de mi mejilla, y goteaba en el negro vacío de mi prisión, formando pequeños charcos. Pero no me percaté de que el daño en el cuerpo se reflejaba en nosotros hasta que la abominación, en un ataque descabellado, saltó y se aferró con la boca de la mano izquierda. Claramente mordiendo, ejerciendo una bestial presión, arrancaba la piel y tironeaba de los músculos con el fin de arrancarla. Ambos proferimos un grito de dolor, en tanto el animal le comenzó a dar puñaladas con la daga en su derecha, inútilmente ya que la criatura no parecía ceder en su agarre.

Un brillo en su nuca llamó poderosamente mi atención. Su forma era extraña, pero la silueta en semejante cuerpo era inconfundible. ¿Un ojo…? No tuve tiempo de pensarlo más, ya que, de un brusco movimiento, el engendro se separó de nosotros, casi arrancando la mano limpiamente. Dentro de mi prisión, observé la representación de mi alma y pude notar como también a mí me colgaba la mano, goteando líquido sin cesar, con una cadencia pasmosa. Por un segundo me pregunté qué sucedería si estas heridas eran producidas en este plano por mi carcelero.

Regresé mi atención a los sucesos delante de mí. El animal, mi bestia, estaba furioso. Su postura denotaba un enfado sin igual mientras el líquido seguía manando de su cuerpo con la misma cadencia que a mí. Podía oír como rechinaban sus dientes, y como un gruñido constante se abría paso por su garganta, como si fuera a rugir en cualquier momento. Una duda me asaltó. ¿Sería capaz de transformarse de forma involuntaria debido a su ira, o podría controlarlo a gusto? Como fuere, parecía que no sería aún el cambio, y era ventajoso ya que en la forma de lobo no podría moverse rápido por la ausencia de una pata. Quizás fuera por ello que aún no haya cambiado. Pero eso no significaba que no lucharía con todas sus fuerzas, ya que, haciendo gala nuevamente de su velocidad, cambió de postura a una mucho más nerviosa, animal. Con las piernas flexionadas, el brazo con la mano herida situado en la espalda y el de la mano sana hacia delante, en guardia constante. Agudicé el oído, ya que un sonido era distinto. Una risa, una risa macabra, casi diabólica, había sustituido al gruñido. No estaba seguro si era porque disfrutaba de la lucha, o porque se hallaba tan enfurecido que, en su locura, se regodeaba con la visión de la abominación muerta a sus pies.

¿Pero podría vencerle? Estaba seguro de que él había estudiado sus ataques, y mucho más su anatomía al encontrarse tan cerca de él. Quizás haya visto el ojo en su nuca, y si era así, muy probablemente estaba tramando estrategias de batalla al respecto. Después de todo, esa bestia me sobrepasaba en poder y su instinto era terriblemente fuerte.

Yo solo imploré que esta pesadilla se acabara en algún momento, y que si me iba al infierno pudiera llevarme al animal conmigo.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Dom Jun 02, 2013 5:17 am

Las batallas aun no terminaban, pero el final estaba cerca. Necross ferozmente golpeaba a su enemigo, este hacia lo mismo, las espadas al chocar parecían sacar chispas, una batalla para recordar sin duda. Ya cabreado, decidió acabar de una vez por todas con su enemigo, con una rodilla en el piso y la otra como apoyo, tenía el espadón por sobre su cabeza, tomando la punta de este con los dedos de la mano izquierda. Necross ataco en el mismo momento en que lo hizo su enemigo, mientras retrocedía, dejaba que toda la fuerza concentrada de su espadón cortara el brazo derecho del enemigo.

En la oscuridad de la habitación, Kiluyu, o la bestia interior de él, intentaba mantenerse fiero, con la lesión de su mano, confiadamente esperaba matar a Asfixia, la bestia lanzo una mordida, apareció detrás de Kiluyu pero este ya sabía eso, girando en su propio eje. Lanzo un corte, el dicho corte llego a la garganta de Asfixia que parecía que se ahogaba con su propia sangre, pero la bestia no detuvo sus ataques ni se ralentizo, al contrario, ahora atacaba con más ferocidad y enojo. Nuevamente se escondió en la oscuridad, pero esta vez dejo un rastro de sangre, anteriormente, cuando Kiluyu apuñalo a la abominación, no sangro, ¿extraño no?  Pero comparado con las otras cosas que han visto en el castillo, ya vendría a ser algo normal.

La inmensa bestia continuaba arrojando basura entre otras cosas a Ondine, Mary Ann, y Biggs. Aunque era obvio que ya no podría continuar. Con toda su fuerza, la bestia tomo un cadáver cercano, cabe destacar, que esparcidos por toda la habitación habían unos pocos cadáveres, tal vez de otras personas sin la suerte de este peculiar grupo. Al lanzarlo, el cuerpo sin vida cayó sobre Mary Ann. Ella, sin poder levantarse, quedo fuera de combate. La flecha que lanzo Ondine llego a su destino, separando la carne y dejando la cabeza del monstruo casi colgando. Biggs viendo su oportunidad corrió hacia la criatura, esperando cortar su cabeza, pero no alcanzo a llegar.

Foxhound salió de la nada y se encargó de morder el cuello del enemigo. La cabeza se separó del cuello y Biggs la pateo lejos, cayendo a los pies de Ondine. El cuerpo aún se movía, pero lo hacía erráticamente, pareciera que estaba convulsionando. La cabeza como se dijo, llego a los pies de Ondine, aunque estaba cortada, seguía gritando. El ojo en su frente brillaba más que nunca.

Los sentidos agudizados de Kiluyu lo hacían escuchar la sangre que caía, ya no servía de nada hacer sonidos en otros lugares, ahora la presa se convertía en cazador y el cazador en presa. Aunque una de sus manos no servía, el joven Kiluyu aun podía dar una buena pelea. al momento de esquivar sus embestidas, Kiluyu hacia cortes en el cuerpo del enemigo, con la misma gracia que tendría un torero.

Las manos que estaban en la cola de la criatura, tomaron a Kiluyu, haciendo caer al piso; la  bestia rápidamente se lanzó sobre él. Con los huesos de sus dedos comenzó a arañar la cara y el cuerpo del licántropo, que desesperadamente intentaba zafarse de su enemigo. Un bulto gris se lanzó sobre asfixia, en ese momento Kiluyu se liberó y pudo observar que un tipo de lobo, o perro o sea lo que fuese estaba atacando a la criatura. Sin dudarlo se lanzó a contraatacar, era una oportunidad que  no podía desperdiciar.

Mientras asfixia era distraída por el Hellhound (lo llamaremos así para diferenciarlo) Kiluyu tomo el hacha que anteriormente había lanzado, rápida y desesperadamente comenzó a golpear a su enemigo con la anteriormente mencionada arma. Golpes de hacha y mordidas de Hellhound, de Asfixia solo quedaba un bulto amorfo, estaba totalmente destrozado, siguiendo con su misión, Kiluyu volvió a la ruta que el aroma  de Ondine le dio, el Hellhound camino junto a él, casi apegado a sus piernas pero temeroso, el aura de miedo que demostraba Kiluyu era suficiente como para asustarlo.

Una criatura sin cabeza, sin un brazo y con una pierna menos, ese era el panorama que el grupo de Ondine tenía, Foxhound comenzó a olisquear el lugar, camino hasta Mary Ann (a quien Biggs ayudo a levantarse y quitarse el cadáver de encima) y comenzó a mordisquear la espada de Necross. Al principio, la blonda guerrera creyó que el lobo los guiaría hasta su amo, pero Foxhound no caminaba, solo quería la espada de amo. Mary Ann la coloco en el hocico del lobo y este salió corriendo, con la espada en su boca salió de esa habitación y se perdió en los pasillos del castillo, Mary Ann ordeno seguir a lobo, con esa ferocidad que solo ella puede expresar.

El ataque de Necross surtió efecto, logro cortar un brazo pero eso no fue suficiente, aun su enemigo no caía, no demostraba dolor, ni cansancio, pero Necross sí. Sentía cansancio, dolor, fatiga, lo único que quería era acabar pronto ese combate. Nuevamente hicieron chocar sus espadas, esta vez, la criatura pateo el torso de Necross, este prácticamente salió volando, perdió su espada y para colmo, su enemigo la pateo lejos.

Debe recuperarla o de otra manera morirá, el enemigo corrió hacia el hombre sin el lobo, pero algo en una puerta cercana lo interrumpió ¡era Foxhound! Que rápidamente se puso a los pies de Necross y le entrego su espada bastarda. El hombre del lobo apretó el mango de la espada fuertemente, le dedico a su enemigo una mirada furiosa, aunque claro, no la vería porque Necross tenía el yelmo puesto.

Con un sonido ordeno algo a Foxhound, una orden que solo el lobo podría entender. Foxhound se fue por el lado derecho y se perdió entre los escombros y algunas estanterías. Necross corrió hacia la criatura pero se lanzó a un costado, a unos metros del enemigo, el lobo por la izquierda salió y se lanzó sobre la criatura, Necross fue a buscar su espadón y cuando lo tuvo en mano, lo lanzo fuertemente hacia su enemigo, cabe decir, que Foxhound ya se encontraba a sus pies.

Instintivamente, la criatura se protegió con su escudo, al momento de bajarlo, Necross ya había clavado su bastarda en el la espalda del enemigo, esta retrocedió dos pasos pero parecía que aún podría seguir luchando, eso hasta que Necross con su bastarda le corto la cabeza. El casco se separó de la cercenada cabeza, en la nuca de ella, el mismo ojo brillante y rojizo que tenían las demás criaturas brillaba intensamente.

Confundido, Necross saco ese rojizo ojo, era una brillante gema que exploto unos segundos después de ser retirada, dejo un humo negro en el aire y se dirigió a la espada bastarda de Necross, esta comenzó a cambiar, el humo del ojo retirado se alojó en el mango de la espada, transformándola en algo distinto, en algo vivo, en el centro del mango un ojo apareció, nerviosamente miraba hacia todos lados, más se calmó y se cerró cuando Necross (que estaba nervioso) tomo la empuñadura.


A su espalda, el rechinar de una puerta lo alerto, pero en el marco del portal, vio entrar a Mary Ann, luego Biggs y por ultimo Ondine. Para sorpresa de todos, luego entro Abelia junto con Luna. –En la sala contigua vimos al orco… estaba hecho mierda… veo que ustedes también, sobre todo Necross, a no, así se ve normalmente.- el hombre del lobo rio se sacó el yelmo y se unió al grupo, –¿Y qué paso con el tipo canoso? Murió supongo.- Se dirigió Mary Ann a Luna. – Si, murió, no si es lamentable, pero esta mas muerto que el hígado de Necross.- - Hey, ya paren conmigo, jajajaja, aun debemos seguir avanzando, esto aún no termina.- Comento Necross.

Ahora, el grupo cruzaba el umbral por el cual había entrado el grupo de Mary Ann, Necross camino junto a Ondine, necesitaba darle las gracias. –Mary Ann me dijo que ayudaste a Foxhound cuando él se encontraba en problemas, no sabes la alegría que me llena saber que el lobo está bien después de estar a punto de morir.- Con el Yelmo aun en sus brazos, la bastarda en su cinto y su espadón a su espalda, Necross camino hacia el frente del grupo, su tarea es guiarlos. Dejando atrás la librería y el laboratorio, el grupo llego hasta el salón más grande y amoblado de todo el castillo. – Esta sala no tiene trampas, a menos que les agregaran nuevas en este último tiempo. Descansaremos aquí, después de tantas batallas creo se lo merecen.-


Última edición por Necross Belmont el Dom Sep 22, 2013 11:45 am, editado 1 vez



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Lun Jun 03, 2013 10:11 pm

La cabeza colgaba a punto de caer. A través del corte fue visible el interior viscoso y la corrupción de la criatura; los despojos humanos caían en cantidades copiosas, así como la sangre empezaba a embardunar el suelo y las paredes. El olor era nauseabundo, la escena macabra, más ello sólo podía inspirar ese lado oscuro que todo elfo tiene en su interior. Mi poder era cada vez más fuertemente desatado y yo, ya nada podía hacer para contenerme.

-Ës Ïts mëinër…- repetí para sí una y otra vez, entre un susurro y el silencio, mientras veía cómo el líquido vital emanaba de la herida, manchándolo todo de rojo carmesí; no podía ser ajena a lo evidente: la desesperación errática de ese adversario monstruoso era cada vez más notoria, casi sufriente. Era la oda de la victoria, y al mismo tiempo, un sentimiento similar al placer invadía mi alma también corrupta por las tantas muertes que tanto él como yo habíamos consumado. Le odiaba tanto como me odiaba a mí misma, y esa furia sólo alimentaba mi propio sentimiento de venganza. Mi sangre clamaba la suya como recompensa, mi ser interior quería verle inerte e inmóvil para compensar la afrenta recibida. Erguida, orgullosa, totalmente entregada a dar cada una de mis energías en aquella carnicería, perdí la noción del tiempo y del espacio. El sudor corría por mi rostro, mientras mis ojos lila, llenos de furia y odio, solo tenían un punto fijo perseguido: arrancar de un tajo la cabeza de aquella bestia y alzarla ante mí como trofeo; el deleite de mi ser añoraba bañarse con su sufrimiento y el de sus víctimas. Sabía que podía, pocas veces mi puntería me fallaba y ahora, tan fuerte como me sentía, no había manera de errar.

Era mío... su espíritu, su corrupción, su sufrimiento y, cuando estuve a punto de disparar, mis manos se congelaron y mi mente se encandiló.

--//--

-Rühigë Öndine Nimïolëth Wässër- le escuché desde lo profundo de mi ser, en un tono dulce, extrañamente cálido y armonioso.

El agua, gota a gota, crecía, evolucionando, hasta llegar a ser cantidades enormes del líquido cristalino, como si todo el elemento me rodeara, llenando mi pensamiento e inundándome de paz. Era una tranquilidad que no es posible lograr entre los terrestres, más sí en las aguas, en las profundidades abisales, que apaciguó mi espíritu combativo y su esencia oscura, mientras parte de mi conciencia me decía que, fuera de allí, se libraba una batalla, una en la que yo estaba a punto de rendirme a la oscuridad de mi corazón elfico. La ira, el placer del sufrimiento mismo, cedió terreno ante el calor de un sitio conocido, ante la placidez del lugar al que sé, en el fondo de mi ser, que pertenezco. Callé, buscando la fuente de la voz y, como en un sueño, al abrir mis ojos, aquella visión desapareció.

--//--

Abrí los ojos y el suelo tenía marcas de las gotas de sudor que copiosamente caía de mi frente. Estaba de rodillas, con la cabeza agachada y sumisa, como si por comando de algo, ajeno a mi propia voluntad, mi cuerpo hubiese sido doblegado. Alcé la mirada y me encontré con la del lobo, quien me devolvió el gento con suspicacia, consciente de que algo había pasado. Sus dientes y las manchas de sangre alrededor de su hocico me dieron a entender que él había finalizado la tarea que yo debí haber consumado. De no haber sido por ese evento que aún yo misma no puedo explicar, le habría aniquilado, más... ¿qué había sido eso?

Alcé la mirada y la cabeza del monstruo yacía ante mí. El faro rojo que servía de visión a nuestro enemigo capturó mi atención, al mismo tiempo que me permitía volver a retomar control de mí misma. Tomé una de las flechas entre mis manos, aún temblorosas y, de rodillas enfrente del objetivo, la clavé sin piedad ni remordimiento. De allí surgió una piedra roja, la cual se desvaneció en el suelo y un humo misterioso buscó al estoque, fundiéndose en él. Ninguno de los miembros del grupo estaba allí para presenciarlo. Como espantados por la misma oscuridad, habían salido tras el lobo, luego de las instrucciones que impartiera la guerrera de blonda cabellera. Algo debilitada, observé el arma y con cierta desconfianza la blandí, solo una marca en forma de ojo quedó impresa en su fina hoja. Pronto noté que los pasos de los otros miembros ya no resonaban e, incorporándome lo más rápido que mis músculos endebles y torpes me permitieron, corrí tras ellos.

Les seguí hasta otra habitación y al ingresar, para sorpresa mía, estaba el dueño del lobo, nuestro guía, quien acababa de resultaba victorioso de un enfrentamiento. Amo y bestia estaban nuevamente reunidos y el animal no escondía su contento. En medio de tanta desolación aquella escena me alegró y con un gesto de cabeza saludé al otrora líder del grupo. Fue una bienvenida, y tal vez la manera más efusiva que podía encontrar para expresar lo que mi alma contrariada sentía. Como una acción estudiada y practicada, las otras dos guerreras que faltaban del grupo ingresaron y de esa manera volvíamos a ser un contingente lo suficientemente sólido para combatir. Distraída en todo lo que sucedía, fijé mi vista en el arma del caballero, y luego la mía y, antes de ponernos en marcha, mientras ellos discutían, supe que las hojas compartían ahora un mismo misterio. Tal vez, en otro momento, le preguntaría por ello; tal vez ese misterio se quedaría irresuelto.

Nos encaminamos en dirección a otra ala del castillo. En aquella extraña misión solo podía sentir que, a cada paso, en cada esquina, con cada nueva experiencia, me sorprendía la manera como esos humanos se comportaban. Obedecían a comportamientos que, de donde yo provenía, solo podían ser vistos como bondad debilitadora y estúpida, más, en aquellas condiciones tan extremas y mortuorias, esos gestos parecían ser pequeños tranquilizantes o faros en medio de un mar tormentoso. El hombre de armadura lupina anduvo a mi lado por un tiempo y sus palabras de agradecimiento tocaron mi corazón de piedra; nunca había esperado el reconocimiento por mis acciones, pero el no merecía mis palabras, pues yo sabía muy bien que aquello que me había impulsado a actuar no había sido la devoción que él le profesaba a su mascota, sino la valentía de su compañero animal. Mis ojos pasearon del humano a la bestia que iba a su lado y, como si entendiera las palabras de su dueño, me dirigió una mirada agradecida como enigmática. En el fondo, tanto esa bestia como yo sabíamos que algo había pasado… y ese algo seguía rondando mi cabeza y corazón.

Llegamos a un gran salón finamente decorado, como la mayoría de las otras salas no infestas del lugar. En aquel recinto se podía respirar un poco de la historia que se escondía detrás de cada detalle de la colosal construcción. Un castillo magnífico debió ser en otros tiempos, menos sombríos, más ahora, era una trampa siniestra que poco a poco volvía cerrarse sobre todos nosotros. La oscuridad en mi mente regresó y esa sensación de sentirme cazada, perseguida, acechada por algo, llenó de ira y temor mi corazón.

-Deberíamos irnos pronto-dije suavemente, más nadie oyó mis palabras.

Los ventanales enormes revelaban una noche de oscuridad absoluta, mientras pequeñas gotas caían del cielo en lo que fuera el inicio de una llovizna que podría evolucionar a tormenta. Tomé con resolución una de las flechas y con ímpetu rompí el vidrio del ventanal. Los fragmentos del cristal se precipitaron fuera del castillo y otros dentro del recinto. Con ambas manos dirigidas a la abertura canalicé la energía mágica que tenía y, de nuevo, como invocando un antiguo recuerdo, mi mente centelló.

--//--

-Rühigë Öndine Nimïolëth Wässër, Ärgenaiths Töchtër, Dü, dass Jyürmän Rüf äntwörtën müsst (Tranquila Ondine, hija de Argenaith, aquella que debe responder el llamado de Jyuman)– dijo la voz con su característico dulzor, emitida de una profundidad más allá de este mundo.

La oí y lejos de temerle, otra vez tuve esa sensación familiar soñada, como si viniera de un pasado distante, de otra vida, lejos de esta realidad. Mi mente, fascinada con su melodiosa voz, escuchó con atención, rindiéndome ante la voluntad refrescante de ese otro ser que me envolvía. Y en su mente aparecieron dos ojos oscuros como el azul profundo de los mares, viejos, antiguos, sabios, temibles… poderosos.

--//--

Miré alrededor y, al parecer, nadie parecía notar el lapsus que en mí se había producido. Levanté los brazos y llamé el agua en cantidad considerable, la cual entró por la ventana y se posó relajadamente en frente mío. Con ese dominio que me es propio, el líquido refrescante, tomado de la misma lluvia, levitó, como si allí hubiese un poso, cuyo soporte invisible pudiera ser llenado con ese contenido. Introduje mis manos lavándolas, luego mi rostro, y para refrescar mi cuerpo vertí toda mi cabeza allí, liberándome en algo de la suciedad que hasta ese momento, parecía perseguirme y ahogarme.

Mientras aguantaba la respiración y sentía como el hedor desaparecía con el fluir del agua, mi mente seguía rumiando las ideas que me perseguían, y como si viniera la voz del agua misma, escuché como un suspiro o un eco:

-Sylvilla-. Y mi corazón latió con fuerza y con miedo.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Kiluyu el Sáb Jun 08, 2013 4:06 am



La vida es cruel. Ni los seres más inocentes escapan a tan fatídica verdad. A todos juzga diferente, pero con una irreal igualdad, como si la justicia mortal no tuviera las mismas reglas para el tejedor del destino, o alteradas de formas incomprensibles para mentes con fecha de caducidad. En este mundo, ninguna criatura, por más mítica que sea, escapa del oscuro abismo de la muerte. Es el ciclo natural, es la forma en que el equilibrio se renueva, se reafirma a sí mismo. Es la muerte quien siembra el camino de la vida, y viceversa. Cuando el cazador atrapa a su presa y se alimenta de ella, cuando el pez grande devora al pez chico, cuando la ágil serpiente se enrolla sobre la veloz rata de campo para terminar entre las garras de la astuta águila, la ley brilla sutilmente en su pedestal.

Arrebujé un poco más la capa de gruesa y cálida piel de oso, cerrando un poco más la solapa. Los vientos gélidos del norte habían llegado demasiado pronto ese año, y la ventisca en el interior del valle había tomado por sorpresa a los pequeños habitantes del Bosque Grande durante la noche. Los montículos de nieve se habían vuelto parte del paisaje junto con el manto de hielo entre los grandes árboles, cuyas colosales copas no eran capaces de detener totalmente la tormenta que arreciaba. Y el silencio se había coronado rey por sobre los añosos troncos. No se oía el canto de las aves, el ruido del batir de alas o de algún animalillo corriendo entre los arbustos. El majestuoso lobo no dejó oír su aullido, ni los zorros o los ciervos buscando algo que comer. El único rastro de todos ellos se hallaba en esos montículos de nieve. Más precisamente, bajo su frío seno.

El cuerpecillo se acurrucó más contra mi pecho. Todavía temblaba, incluso con el calor que le brindaba mi cuerpo, el gélido viento había logrado colarse en lo más profundo de su alma, como a todos los demás. Tuvo suerte de que le encontrara. De haber estado así solo unos minutos más, de seguro padecería el mismo destino que todos los otros seres en el bosque. Noté como su piel se calentaba poco a poco mientras caminaba, sintiendo su sangre fluir nuevamente con más energía y vigor, como sus pequeños pulmones absorbían el aire caliente y liberaban la mortal trampa gélida. La tienda estaba cerca, allí ambos podríamos recuperarnos de ese frío que parecía querer internarse a través de las prendas, por los poros de la piel reseca y quemada por el frío y el feroz reflejo del sol sobre el hielo del lago.

Pude distinguir la luz de la fogata a través del denso follaje, en el interior de una estructura de cuero doble de forma cónica sostenida a través de estacas clavadas férreamente en el duro suelo del claro. Se hallaba en un extremo del mismo, recostada sobre un enorme y viejo sauce que extendía sus ramas como en abanico, formando una débil protección ante las inclementes heladas nocturnas. Podía oler la carne asándose en el fuego, a la par que algunas raíces que desprendían un exquisito aroma que abrió mi apetito, y de seguro también el de la pequeñísima criatura. Aceleré la marcha, pisando la nieve con cuidado con un par de botas impermeables forradas con pelo de bisonte confeccionadas por mí ante la necesidad de una protección para que mis pies no se congelasen. Detrás de mí, el sol daba sus últimos estertores, bañando la nieve con sus últimos fulgores antes de que sus tres hermanas gobernaran otra noche más en un cielo extrañamente limpio y despejado. Esa noche helaría.

Descorrí las solapas de cuero y entré suavemente, intentado que el calor no escapara demasiado. El viejo me dio la bienvenida con una mirada afable, mientras entretejía algo con sus callosas manos. Tras saludarlo de la misma manera, con una sonrisa pícara y alegre, me sacudí la nieve a un lado, y, sin demorarme más, abrí mi capa y deposité en el suelo, al lado de los leños crepitantes, el pequeño cuerpecito tembloroso, que pareció alarmarse al sentir ese ambiente nuevo y buscó nuevamente mi protección con su hociquito. Me arrodillé a su lado, en tanto mi mentor me observaba con una mezcla de curiosidad y sorpresa. Yo le enseñé los blancos dientes, mientras cubría con mis piernas a mi diminuto desamparado, y le daba tiempo a acostumbrarse a esos olores extraños que le rodeaban.

- Lo hallé entre la nieve y el hielo, acurrucado bajo el cadáver de su madre junto a sus hermanos. Era el único que quedaba con vida. - Mi voz se tornó seria por un momento. Hablar de la muerte no me era fácil, aunque ya estuviese acostumbrado a ello. En mis cortos años había visto y llevado a cabo muchas cacerías, pero no era capaz de asimilar aún esas ideas que en mi opinión eran crueles e injustas. ¿Qué era justo en esta vida? - Se que podría haberlo abandonado, dejarlo para que el frío se llevara su aliento como al resto de los animales, pero...

- Pero lo has hecho, porque sabìas que así debía ser. - Me interrumpió con su voz profunda y armoniosa, tan bondadosa y cálida. - Por alguna razón ese cachorro sobrevivió al frío donde sus hermanos no pudieron. Y por alguna razón tú lo encontraste en la nieve mientras explorabas, y le salvaste la vida. Moxt kiluyu, aprende que las casualidades no existen, que todo sucede por una razón. Nosotros podemos decidir nuestro destino, pero hay caminos que están más allá de nuestra elección, decisiones en las que no podemos tomar parte, sucesos que se desencadenan sin que lo hayamos deseado. Encuentros que, para bien o para mal, estaban predestinados a ello. - Me alcanzó lentamente un trozo de carne asada del fuego clavada en una estaca. - Aún así, como tú bien has dicho, pudiste dejarlo allí para que muriera. Pero tomaste la decisión de salvarle. Ahora, hazte responsable por ello. Su vida te pertenece.

El pequeño animal, ajeno a la conversación que se desarrollaba, se había echado entre mis piernas, disfrutando del calor que estas y el fuego le brindaban. Pese a su débil apariencia, era evidente su fuerza, ya que sus ojos, pese a su edad, estaban abiertos. Eran unos ojos de iris blanco, plateado, como su pelaje. Bostezó, y el pequeño lobezno se dispuso a dormir.



<<<...>>>

El movimiento de la criatura en las paredes se hacía cada vez más audible. O al menos eso parecía, ya que le bestia no le ofrecía oportunidad a la abominación de cogerle desprevenido otra vez. Su guardia era alta, y parecía saber de dónde llegaría el próximo ataque. Pude reconocer en sus movimientos técnicas y habilidades que yo mismo había desarrollado y aprendido de Whikerlííen. Quizás fuera porque era parte de mí. O al menos eso quería creer, ya que la idea de que fuera otra cosa lograba aterrarme hasta el punto que deseaba no estar allí. Mi mano izquierda sangraba profusamente, aunque, extrañamente, el dolor lo sentía lejano, aislado. Como si no fuera mío. Era una sensación extraña. Yo era capaz de sentir todo aquello que mi cuerpo sentía, más no de forma total y completa. En mi interior, un sentimiento de soledad me atenazó, y un nudo se formó en mi garganta. ¿Qué significaba? ¿Por qué quería llorar ahora? ¿Porque estaba encadenado, prisionero a merced de esa bestia? ¿Porque quizás no volvería a sentir nada nunca más? ¿Porque todo aquello que amaba, que deseaba, todos mis sueños y esperanzas se desvanecerían en mi muerte?

Un grito desgarrador me devolvió a la realidad, o lo que así podía llamarse. Entre mis ojos nublados, pude ver como la bestia esquivaba otro ataque con gran pericia y agilidad, volteando en el momento justo en que la deformidad se abalanzaba sobre él por la espalda, dejando una estela con el brillo de la daga en su cuello, o lo que parecía serlo. Aunque me pareciera extraño, la sangre comenzó a emerger de la herida abierta, como un torrente fluyendo en un seco y árido desierto. Anteriormente no la había hecho, ninguna de las puñaladas recibidas le había arrancado una gota del vital líquido. Muy probablemente fuera por la podredumbre que en su cuerpo cargaba, lo que logró que su sangre se coagulase en las venas mismas de su abominable figura. Como fuera, el daño evidentemente le enfureció, y cual cazador regresó a la seguridad de la oscuridad, donde la bestia no le vería.

Los ruidos se repitieron a nuestro alrededor, el cazador quería retomar la cacería, más el sonido de la sangre al caer era todo lo que la bestia necesitaba para reconocerle. Sus minutos estaban contados. La desesperación se hizo palpable en los desenfrenados ataques del monstruo, quien intentaba tomar de imprevisto a la representación de mis pesadillas, quien contraatacaba sin inmutarse. Disimulaba muy bien el dolor de la mano, aunque el sudor que le bañaba de pies a cabeza delataba el inhumano esfuerzo que hacía para soportarlo. Yo no podría hacerlo. Aún quedaban vestigios de las improvisadas vendas elaboradas en una de las salas de estar del castillo, pruebas fehacientes de mi debilidad ante el daño intenso.

La abominación contaba ya con innumerables cortes a lo largo y ancho de su cuerpo. Las tornas de la batalla habían cambiado, y la bestia había denotado su poder con su supremacía y pericia en el combate. Siempre había sido así, y siempre lo sería. Era poderoso, muy poderoso, y él lo sabía muy bien. Pero aún era un niño. Si tuviera que otorgarle una edad, diría que aún era un adolescente descubriendo sus limitaciones. ¿Pero qué limitaciones podría tener un ser así? Cerré mi mano derecha con fuerza. Debería haber sido capaz de contenerle. No había entrenado durante tanto tiempo solo para caer ante él de esta forma. ¿Qué me había dicho él la última vez que nos vimos? No lograba recordarlo. Miré al suelo, ya rendido ante la inútil idea de intentar liberarme. ¿Para qué? Esta prisión era inexpugnable. Era mi propio espíritu el que me mantenía encadenado, ¿Cómo podría liberarme?

Me percaté que la sangre había dejado de caer de mi mano herida, y ante mi sorpresa vi como una cicatriz rodeaba la zona de la mordida. Estaba seguro que era obra de la magia que también me había devuelto de entre los muertos y había esclavizado a quien nunca pensaría que se dejaría gobernar. Si realmente poseía tal poder, esperaba que al menos fuera útil como tal.

Una fuerte sacudida puso al mundo de revés. Confundido, miré al espejo solo para hallarme observando un horrendo rostro deformado con un enorme corte en la garganta, quien se imponía en una posición dominante, arañando y rasgando piel con unas garras hechas del hueso de cuatro largas extremidades que nacían de su pecho, o sus pechos. Más algo le detuvo. Una sombra cruzó rauda la escena, embistiendo a la monstruosidad y alejándole de mi cuerpo. La bestia se incorporó ágilmente, y, con la velocidad que solo otorga un instinto super-desarrollado, inició un contraataque contra la criatura, que se enfrentaba a dos enemigos distintos. Deteniendo mi atención un segundo en el nuevo visitante, noté que era una suerte de lobo, con un pelaje de dos tonalidades distintas y un detalle particular, un par de cuernos en la cabeza. Su olor era conocido, no había duda de ello, pero no me detuve mucho a pensar al respecto, ya que algo más tomaba lugar en el espejo.

La bestia, tomando ventaja de la distracción otorgada por el lobo de demoníaca apariencia, enfundó la daga en cuanto tuvo en su alcance el hacha que en su momento había arrojado a la criatura. La escena que se sucedió fue sangrienta, digna de una inmortalización en las paredes de una carnicería. La bestia hizo gala de toda su furia, de toda su alevosía y destructiva personalidad, desgarrando, cortando, lacerando, destrozando y mutilando el monstruoso cuerpo de la abominación, literalmente transformándole en una representación grotesca de todo lo que había visto en las habitaciones del castillo. O de las casas en el pueblo...

- La muerte se cobró su precio... ¿Has visto bien, maricón? Tú serás el siguiente, solo debes esperar a que mate a todos esos tipos que pululan por ahí...

Su voz estaba cargada de desprecio, de arrogancia, de odio. Era una bestia fraguada en el yunque de la ira, siendo su martillo la prisión y la locura del poder. Y nacido de la separación de nuestras almas. Ahora se desquitaba conmigo. Pero al oír sus palabras no me sentí con poder para responder o recriminarle, ya que parcialmente tenía razón. Yo le encadené, yo le encerré en mi interior, lo aislé para que no pudiera expresar su terror. ¿Me había equivocado al hacerlo? Si no lo hubiera reprimido, ¿Qué habría pasado?

Mientras pensaba, la bestia seguía su búsqueda, su camino de muerte, su camino de destrucción. La decisión en sus ojos era evidente, así como el encantamiento sobre su mente. El lobo demoníaco caminaba a su lado.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Sáb Jun 08, 2013 7:17 am

El licántropo atrapado, solo observaba como su otro ser se abría paso entre la muerte del enemigo, intento absorber la esencia de Asfixia, pero nada paso, al parecer, una criatura como esta no tenía nada de esencia. Isaac desde las sombras apareció frente a Kiluyu. –Kiluyu, Kiluyu, Kiluyu, ¿aún no los encuentras? ¿Te diste el lujo de matar a una de mis mascotas y aun no los encuentras? Si te traje a la vida, puedo arrebatártela, Y si no me crees, aquí te daré una pequeña demostración...- Desde la mano de Isaac, una esfera roja como el fuego apareció, el maniaco comenzó a cerrar su puño y a apretar la esfera. Kiluyu comenzó a retorcerse en el piso, el dolor era indescriptible, como si estuvieran apretando su alma, pero, algo interesante sucedía.

Si bien el cuerpo terrenal de Kiluyu sufría, la entidad aprisionada dentro de él no lo hacía, solo miraba como su otro ser sufría, tal vez le cause alegría, o tristeza, incluso empatía, eso solo él lo sabe. Isaac dejo de apretar, el cuerpo del licántropo se repuso, con una mirada que demostraba locura y su supremacía, Isaac le ordeno a Kiluyu seguir avanzando. Ahora con su nueva mascota, Kiluyu acelero el paso, perdiéndose en la oscuridad que el castillo le ofrecía.

El grupo reunido en el salón descansaba, Necross en un sofá acariciaba el lomo de su lobo, notó que el estoque de Ondine tenía la misma marca que tenía su espada bastarda, pero la espada de ella no cambio, la de Necross causaba miedo, el ojo en el mango se movía inquieto miraba a todos lados de manera nerviosa, pero no sentía peligro al empuñar su bastarda, solo, sentía nervios, el cambio lo asusto. Ya era hora de partir, Necross se acercó a Ondine para avisarle, mas ella parecía estar perdida en su mente, El hombre del lobo acerco su mano al hombro de ella, lo que la hizo dar un pequeño salto, perdió la concentración y causo que el agua que controlaba cayera al piso.

-Ya es hora de partir…ehh… creo aun no conocemos tu nombre. Tal vez sea difícil presentarse a un grupo de desconocidos, tal vez no vale la pena presentarse ante gente que posiblemente muera al salir de esta habitación, pero estamos en esto juntos, por lo menos hasta que salgamos de aquí. El tipo de la armadura café se llama Biggs, la mujer de estoque y cabellera rojiza se llama Luna, La de los rubios cabellos y mosquete es Abelia, la de la armadura y nuestra líder es Mary Ann, y yo soy Necross, Necross Belmont. Es un placer.- Al terminar de hablar se sacó el casco, y sonrió, como tantas veces lo hizo en el pasado, quería que la Divium desconocida para él, confiara, aunque sea un poco, pero que también, confiara en el grupo. –Oh, y el sujeto encapuchado fue Kiluyu, y prometo que lo hare recapacitar, volverá a ser el tipo que brevemente conocí, de eso estoy seguro.-

Con Necross al frente, el grupo salió de la habitación, los pasos de ellos hacían eco por todo el largo pasillo por el que transitaban. –¿Ahora donde Necross? ¿Falta mucho?- Comentó Mary Ann, ya estaba cansada, de hecho, todos lo estaban, solo querían acabar con Isaac y salir del castillo. -No, después de algunas habitaciones y pasillos, llegaremos a la última habitación, allí debe estar Isaac, ya que no estaba en ninguna de las otras, y las que no exploramos están llenas de trampas.- Las palabras del hombre del lobo tranquilizaron y pusieron nervioso al grupo. Si bien ya falta poco para acabar con todo esto, se enfrentarían a Isaac, que es bastante poderoso y traicionero, el corazón de Necross latía de emoción, solo quería que el filo de su espada hiciera correr la sangre el maniaco.

La mano destrozada de Kiluyu regresaba a su estado natural, pero cada vez que la movía sentía dolor, como si la mordida de Asfixia estuviera permanentemente allí, mascando y desgarrando carne. El animal caminaba junto a Kiluyu, como si un tipo de lazo los uniera, aunque a veces le gruñía con odio, solo cuando la voz atrapada dentro del licántropo hablaba, o lo intentaba, el lobo reaccionaba. Siguió su olfato, el olor a suciedad de Ondine era más fuerte que el olor a sangre y muerte que impregnaba el castillo. Así que siguiendo sus instintos y sentidos, Kiluyu acelero el paso, esquivando y matando todo lo que se le interpuso en su camino.

El pasillo por el que el grupo transitaba era largo, largo y oscuro, existían muy pocas antorchas que lo iluminaban, para colmo, los engendros del castillo vieron al grupo. Por ahora escapaban pero más adelante deberían luchar contra ellos, no queda de otra, por suerte, la velocidad del grupo fue suficiente para perderlos. Había algo extraño en ambiente, Necross se detuvo . El tipo rubio y elegante apareció frente al hombre del lobo, mientras veía como las acciones de sus camaradas se habían detenido. –Señor Belmont, creo no hemos tenido el placer de intercambiar opiniones. Veo que sigues en tu búsqueda, ¿sabes que ese sendero que recorres terminara con tu total y completa infelicidad?- Necross saco su espada, el sujeto frente a él no parecía querer atacarlo. Pero de cualquier manera, no bajaría su guardia. -Puedo ver que me conoces, ¿yo te conozco a ti? ¿Tienes nombre? Si no es molestia tengo varias preguntas que quisiera que respondiera, señor. ¿Por qué mis colegas no se mueven?- Casi flotando, el hombre de rubios cabellos y frondoso bigote, rodeó a Necross. –Oh, eso se debe a que detuve el tiempo, estimado. Y no, tu no me conoces, pero yo si a ti, conozco tu pasado, presente y futuro, al igual que el de tus camaradas. Conozco el futuro de Kiluyu, de Ondine y del resto, pero eso no puedo revelártelo.- Necross un poco entusiasmado por una idea en su cabeza, le hablo al sujeto frente a él. -¿Vienes a advertirnos? ¿Porque mejor no nos ayudas? Con una habilidad como la tuya, ganaríamos en un parpadeo.- El sujeto de bigote negó con la cabeza. -Yo solo soy un informante, y debo decirte tu destino, pero no de una manera directa ya que eso podría destruir el balance de este mundo. Necross, el camino que recorres está lleno de oscuridad, alegrías momentáneas tendrás, pero no se compararan con el dolor que sufrirás. Aunque directamente, tú no serás el que sufra. Ahora, me retiro, hasta nuestro próximo encuentro señor Belmont. El sujeto hizo una reverencia con su gorro y se alejó caminando, mientras se fundía con la oscuridad, Necross grito. -¡Espera! ¿¡Por lo menos tienes nombre!?- El desconocido se volteó y antes de desaparecer, le contesto a Necross. Las coincidencias de la vida son grandes, mi nombre es Stefan. Necross, el pirata no es real…

El tiempo volvió a su normalidad, Necross inmóvil, miraba hacia la dirección en la cual se fue el llamado Stefan, Mary Ann le hablo, algo preocupada. -¿Necross, estas bien?- -Si, sigamos avanzando.- Reanudaron su camino, aun con muchas dudas, el hombre del lobo guio a sus compañeros, No estaba seguro de nada, si las palabras de Stefan fueron ciertas, o si saldrán vivos de ese castillo, inclusive si encontraran a Isaac saliendo de ese pasillo… ahora es cuando debe pensar claramente y mantenerse firme, después de todo, lleva las vidas de sus compañeros en sus hombros.

El pasillo se acabó, una gran y destrozada puerta estaba frente a ellos. Necross la movió e intento abrirla pero esta termino cayendo al piso. -¡Aléjense! ¡Estoy armado! Sucias bestias, si no me llevaron antes, ¡¡no lo harán ahora!!- En la lejanía de la habitación, entre estanterías y muebles sucios, un hombre con un estoque oxidado estaba amenazando al grupo. Necross reconoció a ese hombre. ¡Era Arthur! El amigo que Necross perdió en el mar estaba en el castillo. -Arthur… ¡Arthur! ¡Estas vivo, maldito bastardo!- Necross se acercó a su camarada, pero este no lo reconocía ya que tenía el casco puesto. El hombre del lobo se quitó el casco, y sonrió. -¿Ahora me reconoces?- Arthur retrocedió unos pasos, su cara demostraba que estaba conteniendo el llanto, pero no lloro, solo se acercó a Necross y le extendió la mano. -Idiota, ¿cómo llegaste a este lugar de pesadilla? El hombre del lobo sonrió nuevamente. -Esa es una larga historia amigo mío, ven, te la contare en el camino.- Necross puso su mano en el hombro de Arthur, ambos marchaban al frente del grupo, El hombre del lobo conto toda la historia, que es lo había sucedido, las razones de los hechos, y por qué ellos se encontraban en el castillo.

-¿Por alguna casualidad no encontraste a Connor? A él lo trajeron conmigo, pero nos separaron. Dios, espero se encuentre bien.- Necross se lanzó sobre Arthur y comenzó a sacudirlo. -¿¡Que!? ¿¡Connor también está aquí!? ¿¡Qué mierda estaban haciendo en esta ciudad!?- Intentando calmar a su amigo, Arthur hablo. -Tranquilo Necross, ahora lo importante es salvar a Connor, encontrarlo y asegurarse de que este bien.- El nombre, “Connor”, resonó en los oídos de Ondine, ¿podría ser el mismo Connor que ella vio? Si el caso es tal, ese Connor ya estaría muerto. Ahora el grupo marcho nuevamente, cada vez el castillo ofrecía mas enigma y muerte, pero el grupo debe mantener la mente cuerda, tranquila, no dejarse absorber por la oscuridad del castillo, no dejarse llevar por su maldad, ni mucho menos perecer entre sus murallas.

Kiluyu corría junto al endemoniado can, la oscuridad del castillo era total, pero los sentidos de ambos “animales” fueron suficientes para guiarse, horrendos engendros salieron de una habitación, lo primero que pensó el bestial licántropo fue en atacarlos. Pero algo paso, las bestias que escapaban por mantenerse con su no vida, se habían detenido. Desde la oscuridad detrás de Kiluyu, Stefan apareció, y sonriente comenzó a hablar.

-Kiluyu, Moxt Kiluyu, perdón, ¿sabes que en cuanto termines con los demás, vas a morir? No estoy diciendo que lo consigas, ¿es que en esa alma bestial no existe una gota de humanidad? Espera, si existe, pero está atrapado. Señor Kiluyu, nos volveremos a encontrar.-

Como lo hizo anteriormente, El sujeto de frondoso bigote desaparecía en la oscuridad, los engendros volvieron a correr, y Kiluyu también, pero con ciertas dudas en su cabeza.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Jue Jun 13, 2013 9:58 pm


-Controlar un elemento no es algo que se ejercita, tampoco es un talento que depende de la voluntad de quien le forma, y menos del entrenamiento juicioso- y una risa baja y mezquina se mezcló con el aire frío de la tarde - es un regalo de los dioses que se entrega con equidad y justicia; ambas son razones ridículas, lo sé, pero... es que ésa es la esencia del mundo: llevar a niveles impredecibles la estupidez – y explotó en carcajadas estruendosas, dejando ver los dientes amarillentos y puntiagudos que tenía.  Bajando su tono de voz, siseando como una serpiente en ese característico carraspeo que podía dominar, continuó sus instrucciones, mientras nosotras, pequeñas en ese entonces pero portadoras de ese “don” que ella buscaba en sus pupilas: – el elemento vive en su dueño y el dueño vive en el elemento, es por eso que, aquel que es poseedor de la magia elemental es capaz de controlarlo – y dicho eso la sirena impetuosa y obstinada como era, elevó sus brazos hasta la altura de su rostro, lleno de corales y algas, cerrando los ojos, concentrando ese poder que sólo ella podía esgrimir. Levantó sus manos rugosas, generando una luz azul de una tonalidad maravillosamente pacífica y extendiéndose a lo largo y ancho del lago de Wäldstëin, el agua empezó a elevarse hacia el cielo, levitando como si de súbito el firmamento fuera el hogar del mar. 
La escena era fantástica como fatídica: en ese dulce ascenso que todo el elemento recorría, como si fuera su destino natural pertenecer allí, al lado del aire; abajo, en el cauce que antes había sido el hogar del agua, quedaban los seres vivientes que lo habitaban, muriendo de ahogo por la ausencia del líquido vital. 
-Y es así, como se imparte la justicia: los seres de la oscuridad sólo existimos por que los de la luz tienen cabida en este mundo. La claridad se percibe con su mayor esplendor sólo porque atraviesa a las tinieblas… no las destruye… -y río por lo bajo: -eso quisieran pero… oh no, no, ahí sigue, su fin es aparente… coexistimos juntos porque esa es la fuerza que mueve el mundo –y mirándome de esa manera que nunca pude entender, inspeccionando mi alma, como si pudiera leer el pensamiento, la vieja merrow, aquella a quien las drows llamábamos la diosa de las aguas, sentenció: -El lago estaba lleno de parásitos… -y moviendo su mano con sutileza, haciendo un ademán de desentendimiento, continuó con aparente inocencia: -… yo sólo he controlado su índice de población. 
No pestañeó, no se arrepintió ante la matanza vil, solo observaba, devorando con su mirada, extasiada en deleite supremo cómo la vida les era arrebataba a esas criaturas marinas, testeando su propia manera de hacer justicia. Nosotras, aquellas iniciadas en la magia, veíamos con cierto regocijo –más en el fondo de mi corazón crecía el temor- el dolor esculpido en los rostros de esos seres, admirando como la vida se les escurría, la angustia traducida en esos ojos que parecían salirse de sus cuencas, el efecto nefasto de despojar a un viviente de su hábitat natural, matándolo de asfixia. Era una oda a la muerte, un juego en donde con inocencia salvaje se aniquilaba a la vida misma. 
Y sólo cuando ellos murieron, cuando el último suspiro fue escuchado, ella permitió que el agua regresara a su lugar original, al sitio que naturalmente le pertenece. La noche se cerró sobre nosotros y el silencio absolvió el pecado de sus actos. Tal era su poder, tan grande su malicia. 
--//-- 
El agua calló, mojando mis pantalones y botas, salpicándolo todo, extendiéndose a lo ancho y largo del recinto donde descasaba el grupo de los Cuervos. Miré con enojo al guía, quien devolvió mi gesto con cierta ingenuidad dibujada en su gestualidad. Le oí sus explicaciones, o al menos traté de hacerlo, pues mis pensamientos aún eran confusos: la mente me había tenido recluida en el mundo de los recuerdos. Los nombres de aquellos guerreros iban y venían dentro de su propia lógica; al parecer, luego de los peligros sufridos, le pareció el momento oportuno para que yo  les conociera y, al menos, supiera el nombre de aquellas almas con las cuales me jugaba la supervivencia, aunque en el fondo sabía que en el orden de la equidad, todos merecíamos un destino tan patético, como el que en último lugar fue nombrado.  
-Kiluyu- me dije para sí como queriendo retener ese nombre en algún lugar del subconsciente, y al escuchar los deseos que tenía el hombre de la armadura extraña, de volver a su amigo al mundo de la cordura, no pude evitar soltar esa sonrisa fría que me caracteriza, una que demostraba mi propia incredulidad frente a sus palabras, aparentemente nobles. Sus ojos eran valerosos, llenos de esa confianza que viene ligada a la experiencia, más también estaban vacíos, desolados, opacados por la tristeza.  
- No es nuestro el poder para decidir esas empresas –rumié en voz sutil, como si las palabras fueran más para convencerme a mí misma, que para él. –Ninguno conoce lo que depara el destino, incluso es posible que él mismo no sepa qué hacer con nosotros, más sólo sé que tenemos un único poder: el de luchar y ganarnos el derecho a vivir en este mundo- dije con firmeza, con la convicción de quien ha vivido lo que yo. –Soy Ondine, aunque en mi tierra Wasser es como me llaman- y con un breve gesto de cabeza, me retiré de su vista. A pesar de haber experimentado cierta cercanía hacia aquellos individuos, su presencia seguía molestándome, como si de una alergia se tratara. Sin duda era yo un ser que había nacido para abrazar la soledad y sentirse plácidamente ante su única compañía. 
Emprendimos el camino, siendo yo la última de aquel grupo, quien a una distancia prudente, les seguía el rastro evitando su contacto y comentarios.  Anduvimos por un largo corredor, con la esperanza latiendo en los corazones, que el final de aquella aventura pronto llegaría. Corrimos como uno, huimos como uno, evitamos el peligro y, sin embargo, cada uno sentía que se encontraba infinitamente solo. Engendros salieron a nuestro encuentro, más tan pronto nos veían huían. Sin hablar, parecía que el aire nos permitía comunicarnos en el silencio mismo: aquellos enemigos eran cuentas pendientes que debían ser saldadas en algún momento de nuestra travesía. Y fue en medio de nuestro camino por aquel corredor, que el guía pareció perderse en sus propias ideas, fue un lapsus breve, más su mirada no parecía ser la misma desde entonces. Le observé con el ceño fruncido, pues sus ojos no mentían: algo ocultaba y su respiración agitada le delataba. 
Finalmente, una gran puerta, visiblemente destruida, nos hizo frente en el camino. Tal parecía que detrás de ella encontraríamos lo que estábamos buscando, y mi corazón latió con fuerza junto a una vaga alegría, que rondaba mi pensamiento: –Estamos prontos de terminar esta locura, ¡por fin!-. Tomé el arco y alisté en mi mano derecha una de las flechas para ser lanzada tan pronto asomara aquello que veníamos buscando. El odio frente a ese enemigo oculto en las sombras, venido desde las profundidades de la oscuridad, era más grande que mi propio temor: el sufrimiento de sus víctimas me servía de argumento para hacer mi propia justicia. El guía, intrépido como siempre, forcejeó con las enormes puertas, más en su estado deplorable, con un poco de fuerza, terminando cayendo frente a nuestros ojos. Un humano, en posición de combate, estaba allí para darnos la contienda. Tensé el arco y, de no ser por las palabras sorprendidas del caballero Belmont, hubiese disparado a su rostro y destrozado su ojo. Más la charla entre aquellos dos no era motivo de preocupación y, luego de registrar el perímetro, resguardé la flecha en el carcaj.  
Mientras aquellos dos se contaban sus aventuras, decidí alejarme del grupo lo suficiente para no sentir la presencia de los demás guerreros a mi alrededor, su sola respiración me resultaba fatigosa e insoportable. Sin embargo, a mis oídos llegó la palabra “Connor” dentro de esa críptica conversación que ambos mantenían, y me fue imposible evitar acercarme con cautela inquisitiva.  
-Tranquilo Necross- oí: - ahora lo importante es salvar a Connor, encontrarlo y asegurarse de que esté bien- dijo el humano con tranquilidad en su hablar, más en mi cabeza, si hablaban de aquel a quien había visto desaparecer por el hoyo oscuro en manos de miles de enemigos, solo había una respuesta para ello: 
-¡Idiota! Ese Connor ya es comida de los infiernos- y una sonrisa tosca se dibujó en mis labios pálidos. La vana ilusión que guardaban me divertía.
Continuamos el camino, y mis recuerdos volvían de vez en cuando a ella, mi mentora, pues su voz había invadido mi ser, atormentándolo con sus juegos mentales. Ella me llamaba y yo debía acatar su mandato. Ese impulso me obligaba a salir con vida de aquel lugar, pues curiosamente era mi deber y mi condena. Más paso a paso, seguíamos con la esperanza de estar cerca del final y, al parecer, con un humano más dentro de nuestras filas. Para mí eso sólo podía traducirse en una cosa: un lastre entre nosotros, un insoportable más que respiraba. 
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Sáb Jun 22, 2013 9:33 pm


Por alguna razón los pasillos se volvían cada vez más angostos, pero el hombre del lobo no noto eso, estaba contento,  su amigo de toda la vida estaba a su lado. Por lo que recuerda, Arthur se perdió en el mar, mientras una criatura gigante destruía el barco en el cual navegaban. La meta para él se cumplió, encontrar a  Arthur, lo logro, y sin mucho esfuerzo. El hombre del lobo  estaba contento, y demostraba su felicidad al grupo.
 
Necross y Arthur guiaban a los demás, Mary Ann, Biggs y Luna caminaban en medio, Abelia con su mosquete cargado caminaba unos pasos más delante de Ondine, no tan cerca, pero tampoco muy lejos, ellas iban al final del grupo. Las fuertes risas de los dos hombres que caminaban en frente hacían eco por todo el lugar, ambos se empujaban y golpeaban como niños pequeños, se prometían entre ellos beber en algún antro al salir del castillo.
 
Pronto las risas se apagaron, nuevos enemigos aparecieron, no eran más que huesos con armadura, portaban grandes mazas con espinas y escudos, el grupo se dispersó, no eran más de siete los enemigos; y por órdenes de Necross el grupo los rodeo, –¡No dejare que sigan ensuciando el castillo de Stefan, condenadas bestias!- Grito Arthur fuertemente, una duda detuvo a Necross de atacar, mas no la comento y continuo con su ataque. Saco su bastarda y se dispuso a golpear a uno de los enemigos, pero algo no andaba bien, la espada cambio su dirección y golpeo el mango de la maza enemiga, haciendo que esta cayera al piso, sin pensarlo mucho, Necross con la misma espada corto la cabeza enemiga, ¡la espada guiaba sus movimientos! De reojo, el hombre del lobo intentaba mirar a Ondine, quería saber si ella también podía sentir como la espada se guiaba sola, ya que ambas armas tienen la misma marca, un ojo un tanto endemoniado en su mango.
 
La divium prefirió el estoque a su fiel arco, sus movimientos tenían gracia, maestría, podía desviar inminentes golpes con solo un movimiento, era un espectáculo digno de observar. Con toda esa nueva maestría, la divium quedo sorprendida, y no dudo en  clavar la punta de su nueva arma en el cuello desprotegido del enemigo, luego ella, ¿o tal vez fue su arma? Hizo palanca, separando el cráneo enemigo de su cuerpo, haciendo que el resto  del cuerpo cayera al piso, muerto; bueno, mas muerto de lo que ya estaba.
 
Los demás acabaron con sus enemigos, era uno para cada ser, y las batallas no duraron mucho, los cuerpos ya desechos de los enemigos quedaron inmóviles, el grupo por fin actuaba unido, como un solo ente, con un objetivo específico, sobrevivir a toda costa. –Debemos seguir avanzando, ya falta poco… creo solo quedan dos habitaciones mas.- Aun había algo que inquietaba a Necross, ya no jugaba con su camarada, estaba mucho más serio, y eso se notaba.
 
–¿Necross, sucede algo?- Arthur se veía preocupado, Necross no contesto, continuaba avanzando y al cruzar el siguiente umbral, se detuvo frente a todos. La sala era grande, rodeada de estanterías, y estas llenas de libros. En la pared de la izquierda, había un gran retrato de Stefan, el dueño del castillo. Sus cabellos blancos fueron manchados por sangre, ahora poco se veía de esa pintura. - Si bien es un agrado volver a encontrarte Arthur, un hay muchas dudas que circulan por mi mente. Primero, me parece increíble que aparezcas en este castillo, en esta ciudad, cuando Valashia es grande, me es difícil creer que tu destino específico fuera Arthias. – Arthur miro con dudas al hombre del lobo, Foxhound sintió algo, e inmediatamente comenzó a ladrarle a Arthur. - ¿No crees en las coincidencias de la vida amigo Necross?- El hombre del lobo se cruzó de brazos, mientras miraba como Foxhound no le permitía el paso a Arthur. –En las coincidencias de la vida si creo, pero también la las advertencias que alguien me hizo, yo jamás te conté sobre Stefan, ni mucho menos sobre su castillo, además… alguien me dijo que el pirata no era real.- Arthur se mostraba cada vez más nervioso. Ondine,  que también escucho  esa advertencia apunto su arma en contra del pirata.  Abelia, la mujer de rubios cabellos decidió hablar. –Necross, ten cuidado, ese no es tu amigo.-
 
–Es simple, ¿no podían caminar tranquilos hasta su muerte? Si tan solo no hubieses descubierto todo, bastardo del lobo… La figura del pirata comenzó a cambiar, ¡era Isaac! Rápidamente todos desenfundaron sus armas, Isaac con solo un movimiento de su mano, mando a volar a Foxhound. –Bastardo, como te atreves a usar la figura de mi amigo, ¡cómo te atreves a herir a Foxhound! ¡Voy a matarte!- El hombre del lobo se lanzó al ataque, junto con Mary Ann  y Biggs, pero Isaac era demasiado rápido, esquivaba grácil y fácilmente los cortes que las armas intentaban darle. -Acéptenlo, están destinados a morir, y lo harán eventualmente, pero no ahora… - Isaac soltó una carcajada, se podía sentir la locura del enemigo, luego salió corriendo, cruzo el umbral detrás de él.
 
Necross lleno de cólera lo siguió, no se preocupó por su lobo y olvido al resto del grupo, solo quería ver muerto a Isaac. Al llegar a la puerta, pudo ver como su enemigo estaba esperándolo, se veía como una trampa, algo no se sentía correcto, todos menos Necross se dieron cuenta de eso, el hombre del lobo con el juicio nublado decidió correr, conocía esa parte del castillo. Allí existía una cuerda maestra, que hacía que la parte izquierda y derecha del piso colapsaran, dejando solo un camino recto, suficiente para que un hombre pudiera pasar. Pero algo existía allí, algo que Necross no había visto.
 
Seres con apariencia de cerdos estaban parados en los costados de la habitación, con ballestas en manos dispararon contra Necross, el hombre del lobo alcanzo a lanzar su bastarda, corto la cuerda maestra pero fue demasiado tarde, las flechas enemigas alcanzaron y penetraron su armadura. Los enemigos cayeron en un profundo abismo y Necross quedo tirado en el piso. Isaac tomo la bastarda de Necross, y se la lanzo verca de los pies. Mary Ann ordeno a Ondine y Abelia que pasaran al frente y dispararan, pero sus intentos eran inútiles, Isaac esquivaba sin muchos problemas los disparos. – Sus intentos son inútiles, ahora conocerán la desesperación que el caos puede causar. ¡Ahora..!- Uno de los proyectiles de Ondine rozo la mejilla de Isaac, en ese momento comenzó a gritar, a gritar de desesperación, casi  de dolor, chillaba fuertemente mientras inconscientemente continuaba esquivando disparos.
 
-¡Sucias arpías! ¿¡Se atreven a hacerme sangrar!? Solo por eso, ¡experimentaran todo le horror y el caos del corredor infinito!-
 
Debajo de Necross se creó un círculo rojo, con extraños grabados, la pierna de Ondine estaba atrapada en el, no la podía remover, ella no se podía mover, estaba paralizada. Los demás retrocedieron, no podían hacer nada, y algo cayo desde el techo.
 
Cuando la cuerda maestra se cortó, hizo que Kiluyu cayera, él estaba en otro sector del castillo, arriba de la habitación  en la cual el grupo se encontraba. Cayó varios pisos, solo, su peludo compañero no alcanzo a caer por el agujero, Kiluyu no podría detenerse o aferrarse de algo. Cuando Isaac creo el conjuro debajo de Necross, Kiluyu cayó a un lado de este, quedando en el piso, sin poder moverse. Isaac maldijo al licántropo, eso no le incumbía, pero ya es tarde, no puede detener el hechizo, y con un gesto de su mano, Necross, Ondine, y Kiluyu, desaparecieron de este mundo.
 
-Y ustedes, sucias sabandijas. Morirán ante mis bellos experimentos, ¡adiós para siempre!-
 
Isaac escapo, y desde ambas puertas comenzaron a entrar todo tipo de enemigos. Esqueletos con pesadas armaduras, zombis con navajas en vez de brazos, Extraños seres anfibios… el grupo no duraría mucho en ese lugar.

 
Necross abrió su ojo, el panorama que su vista otorgaba no le gustaba. Se sentó en el piso, vio a Ondine tirada, se acercó prontamente y la despertó solo para observar que había algo más con ellos. Existía un manto negro tirado unos centímetros cerca de Ondine. El manto se movió, ¡era Kiluyu! Necross busco su bastarda, esta estaba a sus pies, pero no la utilizaria. El hombre del lobo estaba muy confundido, Foxhound no estaba a su lado, estaba preocupado. Saco su espadón y en una pose defensiva amenazo a Kiluyu. Su pose de batalla lo forzó a estirar la pierna derecha, dejar la rodilla izquierda en el piso, el mango de su arma sobre su cabeza, tomando la punta de esta con los dedos de la mano izquierda.
 
–¡Kiluyu! ¿¡Que mierda te pasa!? ¿Cómo es posible que intentes matarnos? ¡Respóndeme demonios!- El licántropo no contestaba, pero en su subconsciente algo faltaba, no se sentía sediento de sangre ni mucho menos, este, es el mismo Kiluyu que Necross conoció en el pueblo. De reojo y mientras esperaba una respuesta, el hombre del lobo miraba el paisaje.  Ellos se encontraban en un camino de roca, este terminaba en una especie de habitación, muy parecida a la torre de un castillo, pero lo extraño era que el cielo era violeta, piedras de distintos tamaños flotaban en el aire, y a lo lejos, muy muy lejos, se podía ver la figura de un hombre, parecía ser un gigante… y sus gritos de dolor se escuchaban hasta el lugar donde los tres guerreros se encuentran.
 
Con la respiración agitada, Necross se puso de pie, tomo el mango con ambas manos y se dispuso a clavarlo en el cuerpo de Kiluyu. Lo que él no sabía, era que la bestia dentro del licántropo no estaba allí, estaba en otro lugar, buscando su próxima víctima… ahora deben ser más cuidadosos que nunca.


Última edición por Dracul el Jue Ene 23, 2014 9:39 pm, editado 2 veces



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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