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El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Jue Ago 08, 2013 5:41 pm

El hombre del lobo quedo sorprendido, la velocidad y fuerza del espectro, eran de admirar, Kiluyu vocifero algo, según el debían comprarle tiempo, allí entrarían Ondine y Necross.  El espectro enfoco su vista en la silueta de Ondine, ya que una de las flechas de la divium se alojó en el hombro izquierdo de la bestia de Kiluyu. Ayekantun  se puso en frente de Ondine, con los brazos estirados y las palmas abiertas, el espectro de un manotazo hizo caer a la pequeña hada, algo despertó en  Sjach, que comenzó a disparar desde su pico pequeñas pero filosas dagas de hueso, un malestar menor en el cuerpo del espectro de Kiluyu, y antes de que este pudiera hacer algo, Belias lanzo una onda de poder, esta salió de su torso e hizo que la bestia interior del licántropo retrocediera.

Un leve descuido por parte del espectro, fue lo que necesito Necross para apretarlo y no soltarlo, así Kiluyu tendría tiempo, y si se mantiene quieto, Ondine podría clavarle una de sus flechas, un buen plan, el problema es que no esperaban lo que sucedería a continuación.  Rayos, rojizos como la sangre comenzaron  a salir de la nada, y entre ellos formaron un portal. El espectro de Kiluyu de un golpe se sacó a Necross de encima, que estaba distraído por lo que sucedía. Los rayos rojizos crearon un vacío, un portal y desde su interior una figura conocida se hacía presente.  

Isaac, petulante y orgulloso salió del portal, comenzó a reír al ver al trio luchando contra lo que alguna vez estuvo dentro de Kiluyu.   –Tres contra uno no es nada bueno, yo he venido ha… Isaac quedo sin palabras cuando vio a los demonios inocentes de los guerreros, su cara se llenó de cólera, pero luego comenzó a reír maniáticamente. –Veo ustedes también tienen a esos demonios. Al igual que ustedes, yo también poseo uno, déjenme presentarles a Abel.-
De las entrañas de la tierra, un agujero se creó y de dentro de él, un fulgor rojizo presentaba a un ser con real apariencia de bestia, el demonio inocente, tipo demonio, era el que poseía Isaac, pero en su forma final. –Bien, la batalla está algo igualada, ya que ustedes serán los que mueran en este lugar. Sus cuerpos serán devorados por  Baalzebu, la bestia encadenada al final del corredor-
La criatura que gritaba de agonía, y que  el trio vio desde un principio se llamaba Baalzebu, pero que es lo que hacia allí, y las razones de su encadenamiento aún son un misterio.   –¡Isaac! Bastardo… ahora pagaras todo lo que le has hecho a Arthias, no descansare hasta verte muerto, ¡te cortare las piernas y se las daré a los buitres! El hombre del lobo se enfocó en Isaac, Abel, el demonio de Isaac luchaba contra Belias, el demonio de Necross. Kiluyu, ya había logrado su cambio, y luchaba contra su espectro, ayudado de su demonio y de las flechas de Ondine, que surcaban el aire como la luz de un relámpago.

–Aun veo desventaja, creo hare desaparecer al licántropo de este lugar.- Necross escucho esa palabra y por fin comprendió, la agilidad de Kiluyu, sus sentidos, su poder, todo era porque estaba maldito. El hombre del lobo intento atacar a Isaac, que estaba distraído, pero fue golpeado por Abel. Isaac chasqueo los dedos, y una gran estrella se apareció debajo de él, la estrella viajaba a gran velocidad a ras de piso  hacia Kiluyu, pero  Belias golpeo al maniaco, desconcentrándolo y cambiando la trayectoria de su ataque.

Kiluyu no vio venir la técnica de Isaac hasta que fue demasiado tarde, su espectro de un fuerte zarpazo hirió a Ondine. Su pecho, su busto sangraba, y el espectro reía ante esa situación, inclusive lamio la sangre de sus garras, eso solo hizo crecer la furia de Kiluyu.  Como Isaac se desconcentro, su magia se posó bajo Ondine, y esta comenzó a desaparecer lentamente. Ayekantun  abrazaba fuertemente a su ama, e intentaba consolarla, pero sentía miedo, es un ser inocente en un mundo lleno de caos. Necross vio atemorizado como su armadura se desprendía de su cuerpo y se posaba sobre el de Ondine, era el actuar de Eneomanos, que en el piso lamentaba el destino de la divium.

Con un gesto, el hombre del lobo le hizo saber a Eneomanos que no le importaba que le quitase su armadura. Ondine desapareció, fue transportada hacia otro lugar del corredor, para su mala suerte, llego hasta donde estaba Baalzebu. La divium miro hacia arriba, temerosa, y pudo ver a la criatura, era un ser gigante, y gritaba de dolor, encadenado y aprisionado le dio una mirada lastimera a la divium.

Necross se sacó a Abel de encima, gracias a la ayuda de Belias, estiro su mano, y con toda la energía que le quedaba, le lanzo un poderoso rayo al espectro de Kiluyu, su ataque fue certero y le lastimo gravemente el hombro derecho a su enemigo, esta es la oportunidad de Kiluyu, ahora su ser malévolo está herido, Necross sintió un fuerte dolor en su costado, la lanza que portaba Isaac estaba clavada en su cuerpo. Antes de caer al piso, sonrió, Isaac estuvo a punto de darle la estocada final, pero su cuerpo se detuvo repentinamente,  Abel también sufrió la paralización repentina.

Eneomanos estaba de pie, un esfera color azulado cubrió a Isaac y su demonio –Yo lo mantendré fuera de su alcance, Kiluyu, encárgate de tu ser… no poder mantenerlo por mucho tiempo…- Necross aun en el piso le entrego su espada a Belias, y le ordeno ayudar a Kiluyu, ahora, Kiluyu, Sjach, y Belias lucharían contra el espectro del licántropo… todo depende de él.

<<_0_>>

Ayekantun, con sus poderes lentamente recuperaba las heridas de Ondine, la divium respiraba pesadamente, pero lo peor ya había pasado, ahora, solo sentía un fuerte dolor en el lugar que antes sangraba. Una voz gutural y llena de dolor hizo eco por todo el corredor… –Criatura alada… ¿qué te trae a este horrendo lugar? Corre, escapa mientras puedas… o podrías terminar como yo…



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Mar Ago 20, 2013 3:18 am



- ¡Cubridme! ¡Dadme tiempo para cambiar! –

Miré de soslayo al hombre que había vociferado aquellas palabras enigmáticas, incomprensibles para mí, siendo forzada a retornar la vista hacia el espectro bestial que había interferido con nuestro camino. Ayekantun seguía profiriendo gritos, suspiros angustiosos, frases sorpresivas en mi cabeza, sin dar tregua a sus ideas ni a la tranquilidad que mi mente añoraba. Su cuerpo, endeble y frágil, se refugió detrás del mío. Yo, estática, seguía observando a la criatura sin poder entender nada de lo que se presentaba. Las palabras de la pequeña voladora eran verdaderas: aquella criatura, ese nuevo enemigo, era como el humano de capa y al mismo tiempo parecía despojado de su humanidad, de su espíritu, de su bondad, de ese calor que escondía su mirada reflexiva y penitente. Nada parecía ser lo que era, ¿qué demonios pasaba?

-Bleib bei mir, Ayëkäntün… (Quédate a mi lado)- le susurré de manera dulce, entendiendo su angustia, calmando su ansiedad a punto de desbordar la mía con sus ideas imparables. Una pálida sonrisa brotó de mis labios, tratando de reconfortarla, matizando la frialdad de mis ideas, buscando que aquella pequeña sintiera seguridad al menos en quién tenía la obligación de protegerla. Ella pareció comprender mis intenciones, y agradecer con silencio mi petición vedada: su mente dejó descansar a la mía, la cual sin titubeó volcó todo su poder en el nuevo objetivo.  

Las flechas, una a una, salieron expedidas; sus suaves plumas acariciaron mis dedos callosos antes de dirigirse a su blanco. Pero aquella criatura era sorprendentemente ágil. Era un luchador, un cazador. Por mí lado, sabía que fallaba en la empresa, no estaba concentrada, pero, ¿cómo hacerlo? Veía en esa criatura a un aliado y a un enemigo. De manera curiosa me sentía insegura y eso se reflejaba en la efectividad de mis lanzamientos. ¡Demonios! Desesperaba ante la poca claridad de mis razonamientos, ¿y si esa criatura moría, también lo haría nuestro aliado? ¿Qué hacer? La zozobra parecía tomar control de mis acciones erráticas. Por primera vez en 43 años no era yo, Ondine, la guerrera de Jyurman; por primera vez, parecía no estar segura en lo que era ese objetivo preciado; por primera vez no sabía si quería ser esa cazadora que mi cuerpo y mente decían ser.

Mi arco cantó una vez más hasta que una de las saetas atinó en su blanco: un hombro de la criatura había sido perforado y su sangre emanó de manera copiosa como tentadora. Era música para mis oídos salvajes, el sonido de un llamado que despertaba mis más oscuros impulsos. Pero… ese personaje era Kiluyu, no me sentía en capacidad de aún desear su muerte. ¡Craso error! No podía ser más idiota. Debía emocionarme, debía alegrarme por esa alma que se entrega a una muerte merecida, pero aquella víctima significaba una contrariedad en sí misma. ¿Qué hacer?

La furia de sus ojos encontró la inseguridad de la mía y supe de inmediato que yo era su blanco, su mayor ansiedad, su primer objeto de destrucción. Añoraba mi sangre, era un asesino, conocía el vacío de esa mirada, la furia, las ansias de muerte que emanaba. Ayekantun leyó estos pensamientos y su locura la obligó a actuar de manera estúpida, nublando mi actuar con sus quejidos imparables. Sin que yo pudiera evitarlo se dispuso enfrente de mí y, extendiendo sus brazos diminutos para protegerme, se interpuso entre nosotros dos.  

-Vörsïcht!, Öndine (¡Cuidado!)- gritó la pequeña multicolor. Fue lo último que le escuche, de manera ahogada y suplicante; un manotazo de la bestia la arrojó lejos de mí, apagando su vivacidad, silenciándola en mi mente.

La furia brotó de mi ser oscuro como un llamado primitivo que se escapa de su celda de racionalidad frenética, y lo que otrora fuera inseguridad, se tornó fiereza. Del cielo parecían surgir filosas astillas que rebotaban de manera tosca sobre ese enemigo, objeto de mi odio y repudio, mientras que Belias, la criatura del hombre de armadura lupina, realizaba un ataque sorprendente en el mismo momento en que empuñé el arco como mazo y le asestaba un golpe sobre su rostro, cortando los impulsos de batalla con un grito iracundo haciendo alarde de esas fuerzas que incluso no creí poseer.

-¡Muere!... ¡MUERE!- repetía mi cabeza, mientras me alejaba volando, con el firme propósito de continuar disparando hasta verle desfallecer. Ahora no había tregua, era mi presa y así como él me veía como una, yo quería ver su sangre correr y la luz de sus ojos apagarse con la llegada del poniente.

El blanco estaba dispuesto, sujeto y forzado a estar anulado por el agarre de Necross; la flecha estaba ubicada, su sangre era mía, su aliento me pertenecía. Sonreí con el rostro inundado de dicha, cantando victoria… pero en ese segundo que pretendía aniquilarlo para siempre, unos rayos rojizos cubrieron el lugar dando entrada al causante de todas nuestras desgracias. Volteé con furia para observar a aquel ser detestable y, fue allí, en ese momento, que mis ojos se clavaron en el hombre de la capa  y mi cara no pudo esconder su sorpresa: de aquel hombre,  del humano que conociera, ya no quedaba nada. Un licántropo, un ser mitad lobo, mitad humano, ahora se exhibía ante nosotros, en su apariencia más pura y brutal. Con un suspiro incliné el arco, dejándolo caer ligeramente ante mi impresión; siempre lo supe: sus ojos escondían algo y ahora podía ver la potencia de su secreto.

–Bien, la batalla está algo igualada- tronó desde las alturas el demoniaco ser que continuaba hostigándonos con sus ataques.

Concentré mi ánimo en vengar la afrenta a Ayekantun, atacando, acosando, hostigando a mi enemigo, ese ser brutal que ahora medía fuerzas con nuestro aliado, el licántropo Kiluyu.

-¡Lucha!- oí entre sudor y gritos a la pequeña alada; su suave voz irrumpía con mis ideas, llenándome de esperanza, anunciándome que ella parecía recobrarse del golpe que le asestará la criatura bestial. Sonreí al sentir de nuevo su presencia, tan siempre molesta pero ahora milagrosa. Mis músculos recobraron la fuerza y seguridad que con el ataque contra ella les había sido arrebatada, y una vez más me dispuse a rematar a aquel cazador de agilidad sorprendente. Tensé el proyectil, respiré una última vez, y…

La luz nos cegó y la sangre emanó de mi ser. El sonido del arco que cae, un grito que escapó de mis labios pálidos, el ardor que es capaz de descocer, acompañó mi caída, mientras la mano que sujetaba mi pecho cada vez más se llenaba de sangre. Era consciente de la gravedad de la herida, la disminución de mis fuerzas, el desvanecimiento que me rondaba, pero no podía evitar tratar de mantenerme allí, luchando. Incliné mi cabeza y Ayekantun me cubría con su llanto, la realidad dejó de ser precisa y al mirar con atención la gravedad de esa fuente de dolor, lo entendí… la sangre, el ardor, la impotencia, me recordaron algo… a ella.

--//--


La oscuridad se cernía sobre ambas. La batalla había sido dura, inclemente. Su lanza aún yacía clavada en mi pecho, y era consiente que me atravesaba no sólo el cuerpo, también el alma. La naturaleza enmudecía ante nuestra respiración entrecortada. ¿Moriría? Sí. Estaba segura de ello. Lo sentía en mis músculos quebrados, en la agitación que con dificultad se escapaba de mis pulmones, en  esa necesidad de cerrar los ojos e irme más allá del tiempo a un mundo lejano, uno que no pertenece a la realidad. Sabía que era mi último aliento, mi última súplica ante esas sombras que se cernía sobre mí. Las tinieblas se agolpaban alrededor, y la sensación de soledad fue más fuerte que nunca. Postrada sobre la hierba fría, con los cabellos balanceados por el viento, mirando hacia las lunas, brillantes como soles de verano, las lágrimas escaparon de mis ojos. ¿Había ganado? ¿La había vencido?

-… el camino se posa sobre tus pies, y sin querer ya has comenzado a atravesarlo…- escuché de manera leve una voz que susurraba, débil, airosa, como un canto que acompañaba el silbido del aire, proveniente de más allá, de dónde ella yacía atravesada por mis astillas. Los jadeos se confundían con la sangre que brotaba de su boca marchita, sonidos extraños se mezclaban con esas palabras que sólo ella y tal vez yo, podíamos comprender. Era el último diálogo de dos moribundos, las últimas fuerzas reunidas para dar un mensaje que tiene que ser dicho.

Levanté la mano que aferraba la herida y observé mi sangre. Fue la última vez que alcé mis manos para invocar la magia y atacar, la última vez que la escuché, la última vez que me salvé de la muerte a pocos segundos de desfallecer. Fue ese día escondido en mi memoria, lejos del tiempo, la gran culpa que mi alma carga y en silencio resguarda.

--//--

Con lentitud abrí los ojos. Estaba a los pies de una sombra colosal. Tarde un tiempo en entender lo que era, un monstruo encadenado, uno enorme, atroz, cuyo lamento retumbaba en todo el reino construido sobre la nada. Su mirada entristecida respondió ante la debilidad de la mía. Aún podía oír las palabras de Ayekantun, su llanto, sus rezos, sus pequeños brazos rozando mi piel, abrazándome con desconsuelo. Poco a poco me sentía renovada, aunque el dolor, ese escozor de carne que es lacerada, me acompañaba, amenazando con no irse nunca de mí. Traté de mover mis manos, pero se sentían extrañamente pesadas como si cargara un peso que antes no tuviera.

–Criatura alada… ¿qué te trae a este horrendo lugar? Corre, escapa mientras puedas… o podrías terminar como yo…

-Tenemos que irnos…-seguía repitiendo la pequeña hada: -irnos de este lugar…

Aún me encontraba débil y las energías no querían volver a mí. ¿Qué era ese sitio? ¿Quién era ese ser? Sonreí a Ayekantun y me perdí de nuevo en ese mundo de realidad y fantasía que es la inconsciencia.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Lun Ago 26, 2013 7:19 pm

No puedo… mi cuerpo no responde, ella se fue, él está luchando. Y yo aquí me lamento, ¿Qué me pasa? ¿Cuándo me he rendido ante el abismo? … tengo que dejar de beber…

El hombre del lobo, no podía hacer mucho, después de la desaparición de Ondine; fue herido por el cobarde de Isaac. Estaba en el piso, estaba… ¿alucinando tal vez? Ya que hablaba solo, o quizás consigo mismo pero en voz alta. -¿Crees que una simple burbuja podrá detenerme? ¿Crees poder evitar lo inevitable comprándole tiempo a estos bastardos? ¡Nada! Escúchame bien mago del tiempo, Nada podrá detenerme, ¡ni siquiera la muerte!- Isaac estaba a punto de romper la barrera de Eneomanos. El poder del brujo oscuro no tenía límites,  de hecho, si los tiene, pero nadie los conoce.  

Isaac se liberó del conjuro de Eneomanos, se levantó orgulloso y pomposo, libero también a su demonio, y le ordeno pararse a su lado.   –Veamos que tenemos por aquí, una pelea de perros, un decrepito hombre en el piso, y una paloma en dios sabe dónde… mmm… creo hoy me iré de casería, ¿y que mejor que las alas de un Divium como trofeo? – Necross se arrastró hasta Isaac, le tomo los pies, e intento detenerlo. –¿Cuál es la razón para toda esta locura? ¿Qué te hizo la gente de Valashia para que merezcan tanta crueldad? ¿¡¡Qué te hemos hecho nosotros!!?- Isaac le pateo la cara al hombre del lobo, quedo unos metros alejado, pero aún no se rendiría, debía acabar con Isaac.

–No hay razón, nadie en Valashia me ha causado daños, solo en Fígaro, allí es donde el verdadero caos reinara. Aunque debo decir que tu natal Shading, en esta misma región, también me dará la bienvenida.- –No… no lo permitiré, no te dejare acercarte, ¡juro que te matare antes de que pises mi ciudad!- Isaac se acercó a Necross, mientras caminaba alrededor de él, lo picaba con su lanza. – Oh, ¿no permitirás que me acerque? ¿Así como no permitiste que matara a todos los pobladores de Arthias, así como no permitiste que quemara Shading en el pasado? Si Necross, yo envié ese ejercito de Orcos. ¿Así como no permitiste que tu familia muriera, así como no permitiste que enviara a Ondine a otro lugar?-

Aunque quisiera, el hombre del lobo no se podía levantar, la fuerza escapaba de su cuerpo, así como su vida. En un arranque de violencia, Isaac comenzó a patear a Necross, nadie podía  ayudarlo, Eneomanos estaba igual de herido, y Kiluyu estaba en su pelea personal. – Aunque… me mates… no llevaras a cabo tus… aaghh… Una fuerte patada en la cara hizo sangrar a Necross, no quedo inconsciente, pero estaba muy mal herido. – Bueno, ya me aburrí de ti, ahora iré por la Divium. Nos veremos en la otra vida Necross.- Una luz rojiza apareció en la nada, un portal se construyó de ella, e Isaac entro en el, despidiéndose con un gesto de su mano.

– Eneomanos, debes llevarme allí… No dejare que Ondine caiga a manos de ese loco, esta vez, cumpliré mi promesa de sacarlos vivos…- Aunque su fuerza estaba mermada, y de su costado, el líquido carmesí necesario para vivir se escapaba, el hombre del lobo aún tenía la fuerza para pelear.

Dos seres, dos seres muy parecidos pero a su vez muy distintos. Kiluyu, desafiaba ferozmente a su espectro, a esa parte que siempre quiso ocultar, quizás por el bien propio, quizás por el bien de noreth, solo él lo sabe. El espectro estaba mal herido, el rayo de Necross, los cortes que le daba Belias, los ataques en conjunto de Kiluyu y su demonio, todo apuntaba que el Kiluyu bueno, el ser bondadoso y tranquilo seria el ganador.

–Es mi culpa que ustedes estén aquí… es mi culpa que Ondine esté cerca de la muerte, Necross… por favor, repara mi daño y ve en su ayuda.- Necross se levantó, miro la batalla de Kiluyu y pensó en ayudarlo y que juntos, cuando derrotaran al espectro, ayudar a Ondine, pero no había tiempo. –Te daré el resto de mi energía, la vida que me queda, eso debería recuperar tus heridas… y mantendré el portal abierto hasta que regresen. Apresúrense, mi fuerza se merma con los segundos…- Necross antes de cruzar el umbral, llamo a Belias, Kiluyu podría encargarse de su espectro solo, o con la ayuda de Sjach.

El hombre del lobo cruzo el umbral, su cara se llenó de felicidad cuando vio a Ondine, ella estaba inconsciente y  Ayekantun sobrevolaba su herida, sanándola de a poco.

–¿Ondine? ¿Me escuchas Ondine? Alooo, ¿se encontrara la Divium con magia de agua por ahí? No debería bromear en esta situación…-

Necross tomo en brazos a Ondine, y comenzó a hablarle para intentar hacerla reaccionar. – Sabia que eras idiota… pero nunca creí que fueras así de idiota.- Isaac con su magia destrozó el portal de Eneomanos, y con una actitud Hostil, se acercó  al par. –No dejare que te la lleves, no hasta que saques el último aliento de mi ser.- Isaac comenzó a reír. -Eso no es difícil mi querido Necross. Pero me parece interesante, ¿Qué tal si hacemos un trato? Si yo te mato, la mato a ella, pero si tú me matas, podrán escapar, al momento de cegar mi vida, un portal se abrirá y regresaran donde el patético mago del tiempo. Soy de todo menos mentiroso, puedes confiar en mi palabra.-

Necross dejo suavemente a Ondine en el piso, – Belias, ¿me oyes? Quédate cerca de ella, puede ser que este malnacido la intente matar mientras pelea conmigo.- –Si amo Necross, lo escucho, seguiré sus órdenes.- Necross asintió, y se acercó a Isaac con su mandoble en mano. Camino algunos metros, y junto a él camino Isaac, Necross quería alejarlo de donde estaba la Divium.

Un silencio de un segundo apronto las ganas de Necross de acabar con su enemigo, se sentía desesperado, lo único que quería era que el filo de Sherckano hiciera correr la sangre de Isaac. En un momento corrió hacia su enemigo, y este hizo lo mismo, sus armas se encontraron y ambos se miraron a la cara, el sentimiento de desprecio que uno sentía sobre el otro era igual…



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Mar Sep 03, 2013 11:19 am


-¡Levántate!- dijo una voz conocida, pero lejana, como si proviniera del abismo oscuro que me rodeaba.  

-¡No puedo!- respondí con debilidad.

Jadeaba. Maldecía. ¿Qué es este vacío? ¿Qué es la nada que me envuelve? ¿A dónde se fue el dolor y la alegría? ¿La desesperación? ¿La agonía? ¿Qué se puede decir del mundo cuando la ausencia del todo embarga el ser y sólo queda la resignación o la aceptación de una zozobra estática? La vida trascurre desde el nacimiento sin que nada en ella sea anhelado o esperado, solo sucede y por ende nos somete a su voluntad, a un andar pausado y casi lánguido por las vicisitudes y esporádicas alegrías que  tiene guardado en el continuo deambular por la vida, y cuando por fin el alma debe regresar a la nada que la engendró, parte sintiéndose siempre extranjero en una tierra de desconocidos. Y, al final queda la pregunta en el aire, esa incógnita que culmina en un grito desesperado con nostalgia culposa, ¿todo esto para qué? ¿Por qué?  

-¡Levántate! ¡Levántate!- volvió a tronar esa voz imperativa, distanciándose aún más de lo que ya estaba de mí.

-¡No puedo!

Ahí estaba yo, sintiendo por momentos cómo iba y volvía entre dos mundos desconocidos: uno era aparentemente tranquilo, aunque vacío, carente de coherencia, brillante por su ausencia,  y el otro rebosante de vida, con sonidos conocidos, rodeado de un cielo lila, color que reconociera siempre como propio, presente en mi mirada; cubierta de ese abrigo carmesí que emanaba de mi pecho, atravesada por un dolor más grande de lo que mi propia alma pudiera cargar. Pasado y presente caían sobre mis espaldas, atormentando mi ser al punto de quebrarle, todo armonizado por el llanto de Ayekantun, quién entre sollozos y rezos, me devolvía el aliento como las ganas de luchar.

-¡Levántate! ¡Levántate!

Silencio…

¿Para qué quería volver a un mundo donde la esperanza se esfumaba siempre de mis manos? ¿Por qué querría yo esforzarme en hacer parte de un lugar de dónde sé que algún día he de partir? ¿Para qué encariñarme con los demás, hacer promesas, mentir, reír, aparentar, si en últimas eso no tiene ningún propósito más allá de generar un bien en los demás más no en mí mismo? Y sí lo gano, ¿es acaso suficiente recompensa para una vida de miseria que se conforma con las migajas que el destino se digna en tirar?  

-STËH ÄÜF!

¿Por qué?¿Para qué? ¿Por qué esa voz quería que lo hiciera? ¿Qué interés podía tener en ello? ¿Por qué su insistencia? La reconocía, sabía quién me llamaba. Era la fuerza de su pensamiento la que invadía mi mente con clara autoridad pero desde un universo lejano más allá de la oscuridad que me rodeaba. Había muerto, lo sabía; yo la había aniquilado, ¿por qué? Aún esa pregunta sin respuesta… pero la maté, luego de haberme salvado de las aguas y de una muerte miserable, de enseñarme a sobrevivir, de brindarme su cultura, de entregarme una familia, de moldearme con cuidado y rigor a imagen de ella… y yo le había pagado con una triste ironía: el descanso eterno.  

Debía odiarme y sin embargo, esa voz denotaba otra cosa.

Mis ojos, con resistencia, pero con un valor oculto y obstinado, por fin sintieron el coraje suficiente para abrirse y la luz me dio su bienvenida a una realidad que ya tiempo atrás me esperaba.

--//--

-Estás faltando a tu promesa, Ondine - habló con la serenidad sistemática que exhibía cuando su alma no era torturada por ese deber ser de nuestra cultura.

-¿Eres tú?- respondí desde las profundidades de mi alma con indecisión y nerviosismo- Pero… pero… yo te… ¡Te vimos caer!- terminé, temblando como una hoja, finalmente poniéndome en pie. De manera misteriosa el dolor, el agobio, la confusión, se habían esfumado.

-Todo es posible en el lugar donde nos encontramos -contestó con simplicidad, casi despreciando cada una de sus palabras: -Solo es cuestión de aceptación.

-Pero…

-¿Qué haces acá?- cortó de un tajo. Su mirada rojiza hacía contraste con la oscuridad de su tés; Ärgenaith, mi madre, parecía no haber envejecido ni un solo día y su tranquilidad era contraria a la fuerza que durante esa vida de guerrera había sido acallada.

Esa esbelta, fornida, con una musculatura muy particular, parecía delgada pero sobresalía por sus ondulaciones fibrosas en las piernas y los brazos, desarrolladas por todos los años que se había ejercitado en el bosque. Más esa fortaleza estaba vedada por un vestido blanco, de pureza inmaculada, tan brillante, que era difícil pensar la existencia de un color así en nuestro mundo. Debía encontrarme en otro lugar, en una dimensión extraña, donde los colores eran más que eso y las personas podían perder su bondad como su maldad. Una sensación de profunda nada nos invadía hasta los tuétanos.

-Yo… yo estaba en Zhakhesh, una última misión antes de…

-Dü… Dümme Wasser (Tú… tonta Wasser)-nuevamente me interrumpió.

La miré con curiosidad, buscando la respuesta a ese interrogante que me rondaba. ¿Cómo había sobrevivido?

-… pierdes el tiempo, Wasser: la merrow clama tu presencia, las camaradas aguardan tu retorno, la guerra se avecina. Debes andar ese camino Ondine. Está a tus pies… fue tu promesa… y aunque tengas razones fuertes para dudar, no tienes manera de mirar atrás… tu magia clama salir del encierro… tú imploras por la libertad. Y para eso te la dí…

-No quiero incumplir…

-Entonces, ¿qué haces acá? ¡Cumple!

Silencio… ¿qué podía decir? Ni si quiera sabía en qué lugar me encontraba.

-No sientas culpa por mi destino, hija. Sé que a esa pregunta ha estado en tus labios, tan presente, que te has negado la posibilidad de aceptarla. Ahora he de decirla yo, para que tus dudas queden finalmente resueltas: ¿Por qué?.... –suspiro con desgane y una sonrisa como nunca la hubiera visto se reflejó en su rostro: -porque era lo último que podía hacer para liberarte de las ataduras de nuestro mundo. Naciste para volar y así como yo te lo impedí por 20 años, así debía ser el empujón para que volvieras a las alturas que clamaban por ti. Muchas respuestas estaban aguardando, y yo sabía que es importante para todos que las aclares.

-Ahora ve, vuelve a tu mundo, cumple esas promesas, pelea por lo que ahora crees como verdad. ¡LUCHA!

Titubeé y como lo hiciera en mis años de juventud, con la misma sumisión, con el mismo respeto que mostrara a aquella, la más fuerte entre todas nosotras, la guardiana líder de Jyurman, contesté con decisión y convicción:

-Así lo haré...

--//--

El hada lo supo primero: ¡Estaba muerta! No había hecho su trabajo bien y ahora… ¡Estaba muerta! Su energía se había desvanecido y en una última mirada había sentido como de manera suplicante, esa mujer con alas, de mirada dura y rostro severo, se despedía de ella:

-¡Me ha abandonado! ¡Me ha dejado sola, sumida en la oscuridad!- lloró y se quejó en silencio entre rezos quedos y arrepentimiento.

¿Moriría? ¿Viviría? ¿Acaso con la partida de su ama ella dejaría ese plano de oscuridad, donde solo había visto sus malos tratos y el significado del terror? ¿Perecería por la acción de los seres extraños que la circundaban? ¡No lo sabía! Y peor que todos esos posibles escenarios de pesadilla, era el peso de la ignorancia.

-Belias, ve con tu amo… ya nada podrás proteger acá- susurró, y sus palabras salieron como pequeños sollozos suplicantes, y no con la fuerza con que su ama alguna vez le hubiese demostrado en su habla. Ya no podría aprender de ella eso. - ¡Ayuda a tu amo, Belias! ¡AHORA!

La pequeña alada se concentró en peinar a ese cadáver sonriente, apacible. Con sus diminutas manos recorría las facciones de un ser que nunca pudo llegar a entender pero que, en el fondo de su alma, había apreciado desde el primer momento que le vio. Lloró en silencio, conteniendo la tristeza, esforzándose por no derramar ni una lágrima, tratando de simular la dureza de quién la había traído a la vida.

-Mientras pueda, ayudaré en la batalla- sonrió con aflicción: -Seré valiente, aunque no sé cómo- aseguró. Giró y observó el desenlace de la contienda, absorta en el fuego de esas miradas contrarias. El hombre de dientes amarillos y el brujo, ambos daban miedo, ambos estaban entregados a la muerte misma y ella, tan pequeña y endeble,  sólo podía colaborar de una manera: volando alrededor del guerrero amigo y continuar con sus rezos, protegiendo las heridas y golpes que recibiera. Él estaba desprovisto de su armadura, Ayekantun lo sabía, porque había preferido obsequiarle esa valiosa protección lupina a un cadáver. ¡Craso error de cálculo!

De improviso, una ráfaga de aire surcó cerca de feérica y el guerrero. Ella, tan diminuta como era, volteó enseguida con angustia y miedo, imaginando la envestida de un nuevo enemigo y su sorpresa no pudo ser mayor. La respiración paró de repente y el corazón le volcó la sangre hacia lugares recónditos, donde ya no podía sentir su calor: era una figura femenina envuelta en armadura, de rodillas, con el rostro caído, cubierto por sus cabellos finos plateados, bañada en sangre, pero empuñando con fuerza y convicción su arco. ¡Era ella! Su ama que renacía como el fénix de sus cenizas. La diminuta alada la observó por breves segundos, ¿podía estar viva? No sentía la ola de pensamientos que aquella cabeza solía producir pero… una fuerza que brotaba de ese cuerpo, antes sin vida, la envolvía: magia contenida que quería salir. Se sintió feliz, tenía que gritar, debía terminar su trabajo, voló hacia ella alocada, repitiendo una y otra vez:

-Mi ama… ¡ha despertado!
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Jue Sep 05, 2013 6:48 pm

El sonido de ambas armas chocando hizo eco, un infinito eco que se perdió en el inmenso paisaje que otorgaba el llamado corredor infinito. Necross estaba frente a Isaac, ¿la batalla final tal vez? Lo único que quiere es que todo esto termine, asegurarse que los dos únicos compañeros que le quedan salgan con vida. Aunque él deba morir, cumplirá con su palabra, los sacara de aquí con vida.

¿Por qué Ayekantun volaba cerca de Necross? ¿Por qué no está con Ondine? Ella está herida, y según parece, la pequeña hada puede curar heridas… No puede estar muerta… Belias… dime que aun respira… Lo siento amo Necross… La respiración del hombre del lobo comenzó a agitarse, estaba enojado, furioso. Apretó su espada con fuerza, y de  una patada alejo a Isaac de sí mismo. -¿Y por qué de pronto esa furia Necross? ¿No me digas que tu amiguita murió?-

No hablaba, sentía furia, quería por primera vez matar, matar a Isaac, y disfrutar de eso. Dicen que cuando un hombre cruza el umbral de la locura, no hay regreso, que es un camino de una vía, y Necross estuvo a punto de caminar por esas tierras oscuras. Estuvo a punto de perderse para siempre en la oscuridad  que la demencia le otorgo, el estrés de la situación, estar a cada segundo a punto de morir, cambiar el castillo por el corredor, que Foxhound no esté a su lado; casi es demasiado para la mente del hombre del lobo.

- Mi ama… ¡ha despertado!–

El ojo del hombre del lobo se abrió inmensamente, no demostró lo que corría por su mente, la alegría que esas palabras despertaron en él, sin saberlo, Ayekantun lo salvo de la locura. Por medio de la conexión mental que Necross comparte con su demonio, lo llamo, necesitaba ayuda. Isaac al ver que Belias se acercaba, invoco a Abel, el demonio que acompañaba al mago.

Ayekantun al acercase a Ondine comenzó a brillar, su cuerpo se rodeó de una luz blanca, y su figura quedo envuelta en una crisálida, que se mantenía flotando en el lugar. Pero aún estaba la pregunta sobre Ondine ¿Estaba viva? ¿Estaba muerta? El casco de la armadura no permitía ver su mirada…

Si la Divium seguía consiente, podría escuchar los gritos de terror que vociferaba su hada, todo lo que ocurría era nuevo para ella, para ambas.
La batalla entre Kiluyu y su ser oscuro continuaba, aunque el licántropo, el original, ya estaba por ganar. Era ágil, estaba decidido a terminar con su ser oscuro; quedo algo desconcertado cuando su espectro, en el piso, le comento algo que le helo la sangre. Según el espectro, Kiluyu no podría vivir sin esa parte sádica dentro de él, y viceversa. Entonces, ¿Qué podría hacer el licántropo?

Isaac hirió el brazo derecho de Necross, y este le golpeo la cara, ambos sangraban. Abel golpeaba a Belias, este solo se defendía. El hombre del lobo casi le corta una pierna a Isaac, Belias golpeo fuertemente a Abel.  ¿Pero aun esta la duda de que sucede con Ondine? Ella estaba inmóvil, quieta, parecía no respirar, pero tenso su arco, y apunto en dirección del maniático.

Una flecha surco el cielo, pasó junto a la crisálida que era Ayekantun y esta se rompió en mil pedazos, dejando ver a la pequeña hada, con una nueva forma. Su piel no era verde como antes, sus ojos ahora representaban la vida que tanto tenia. La flecha de Ondine paso a su lado, liberándola de su prisión mágica, también surco el aire cerca de Belias, y termino su viaje en el hombro de Isaac.

El hombre del lobo se lanzó sobre el mago, y clavo su mandoble en su vientre. Isaac escupió sangre, maldijo al hombre del lobo, a la Divium, y a sus respectivos demonios. Isaac se quitó a Necross de encima, lo pateo para alejarlo, pero más flechas de la Divium atravesaron su cuerpo cuando se levantó. Una después de otra, como una ráfaga incesante, una ráfaga incesante que aterro al mago.

Con los dientes ensangrentados, Isaac cayó al piso, Abel de pronto se prendió en llamas, gritando fuertemente, tan fuerte, que pareció que despertaría a los demonios que viven en el corredor. –¿Creen que aquí se acaba? ¿Creen que por matarme conseguirán liberal al mundo del caos? Alguien como yo, o peor, dará un paso adelante. Esto continuara, el caos, la muerte y la destrucción volverán, y si no es conmigo, alguien más las traerá. ¿Quién sabe, quizás seas tú Necross?-

Al igual como paso con Abel, el cuerpo de Isaac se prendió en llamas, su cuerpo desapareció lentamente y sus cenizas se esparcieron por todo el corredor.  Necross se acercó a Ondine,  su mandoble cayó al piso mientras se acercaba a la Divium, el acero de Sherckano al caer levanto polvo e hizo mucho ruido. El hombre del lobo, al estar cerca de la Divium la abrazo fuertemente. – No sabes cuánto me alegro de que estés con vida, Little bird…-
Al igual como paso con Ayekantun, Belias se envolvió en una crisálida, pero esta parecía ser de acero.  El hombre del lobo se acercó curioso, toco la crisálida con la punta de su espada bastarda. La crisálida se rompió  y ya no era el mismo Belias que Necross conocía, este era distinto. Un ser metálico y con un sable reemplazando su mano izquierda. El hombre del lobo asintió al ver el cambio de su demonio.

El espectro de Kiluyu estaba en el piso, moribundo. Como paso con los demás demonios inocentes, Sjach se envolvió en una crisálida, y cambio, paso de ser un simple cuervo con poderes mágicos, a una criatura un poco más hermosa, se asemejaba mucho a la criatura de leyendas, algunos lo llaman fénix.

Eneomanos se apareció frente a Ondine y Necross, aún seguía herido, pero parecía que ya tenía las fuerzas como para mantenerse de pie. – Veo han logrado lo imposible, no saben cuánto me alegra que todo esto terminara… gracias… muchas gracias.- Necross miro a Ondine, aun llevaba su armadura, así que no pudo ver su rostro. Pero sabía que una sonrisa podría ocultarse debajo del casco.

–Es hora de irse, veo  sus compañeros han logrado alcanzar sus siguientes niveles. Aún falta que se desarrollen por completo, pero yo sé que ustedes serán capaces de lograr que ellos lleguen a la madurez. Recuerden compañeros, solo ustedes los verán en su mundo, ellos piensan  lo que ustedes, tienen sus miedos, sus esperanzas y sus metas… cuídenlos muchos.- Necross estaba confundido… ¿y qué pasaría con Kiluyu? –Eneomanos, ¿que pasara con Kiluyu?- – No se preocupen por él, ya lo devolví al castillo, ahora es turno de ustedes.- Eneomanos con el resto de la magia que le quedaba, abrió un umbral hacia el castillo.

Necross y Ondine cruzaron, los demonios volvieron a las respectivas armas, algo llamo la atención del hombre del lobo, Kiluyu no estaba allí. Necross volteo hacia Eneomanos, que aún estaba en el corredor, dentro del portal. –¿Dónde está Kiluyu?-  Eneomanos suspiro, negó con la cabeza y procedió a hablar. –No puedo dejar que el ande libre por aquí… es demasiado peligroso. Lo siento, pero se quedara en el corredor conmigo.-

El portal se cerró, y Necross corrió hacia él, pero Eneomanos ya no estaba. Aunque curiosamente, apareció junto al grupo de Mary ann, que sorprendidos veían como todo ocurría. Eneomanos tomo al hellhound de Kiluyu, y desapareció en un pestañeo…

<<_0_>>

Antes de la traición de Eneomanos, antes de la muerte de Isaac, el mago del tiempo ya sabía lo que debía hacer con el licántropo de doble personalidad.

–Sir Kiluyu… bien hecho, tu demonio ha alcanzado un nivel más alto. Pero… te pido que me perdones por lo que hare…- Con su magia, Eneomanos atrapo a Kiluyu en una esfera amarillenta, y a su espectro moribundo con él, uniéndolos nuevamente. –Con el dolor de mi alma hago esto, perdóname sir Kiluyu, por favor perdóname.- La prisión que Eneomanos género en Kiluyu desapareció, llevando al licántropo a otro lugar del corredor infinito, donde quedaría encerrado para siempre… o eso cree el.


Última edición por Necross Belmont el Dom Sep 22, 2013 12:36 pm, editado 1 vez



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Amethist el Mar Sep 10, 2013 5:30 pm

-Ayekantun, no… no vuelvas a separarte de mi lado…- susurré entre la duermevela que aún dominaba mi cuerpo y mente. Sentía la fuerza con la que empuñaba el arco, la rigidez de mis nudillos, la tensión en mis brazos, incluso, la certeza con la cual, sin abrir los ojos, había intuido dónde se encontraba el blanco de mis saetas, y sin embargo, me sentía aún desganada, sin el menor aliento para continuar. Mi cuerpo estaba claramente menguado pero en el interior la fuerza de un empuje flameante me obligaba a seguir y mantenerme consiente, peleando por mi verdad, por las promesas que aún debía cumplir, por esa vida que aunque incierta, tenía aún muchos secretos por revelarme. Y eran esas premisas las que desde el fondo del corazón se volvían en verdad, y me hacían poderosa.

No podía levantar la cabeza, el peso de algo más me impedía sentir la ligereza que otrora yo reconociera en mis propios huesos. Busqué a la feérica con insistencia, tratando de encontrar su rostro para al menos comprobar que la pequeña estuviera bien, pero de nuevo era ese algo pesado que cubría mi cabeza el que entorpecía mi deseo, negándome gran parte de la visión que normalmente tenía.

De improviso una luz resplandeciente entró por entre ese cobertor metálico que me cubría, y la desesperación de Ayekantun se tornó casi palpable en mi mente y corazón: estaba asustada, frenética, desolada, sus gritos de angustia se clavaban en mi alma como dagas afiladas que no podía combatir, impedir o evadir; aún no tenía la suficiente energía para buscarle o si quiera con mi mente consolarle. Su llanto levantó mi ira; si la estaban hiriendo, era mi deber protegerla, como lo hubiese prometido el día que ella vino a mí. ¡Encarte del demonio el que había conseguido! ¡Maldita suerte la que tenía en este viaje! Pero, ¡más lamentaría el idiota que se atrevía a hacerla llorar!

La impotencia y el dolor que expresaba la feérica alcanzó las fibras más íntimas de mi voluntad, la energía oculta en ese cuerpo herido y sangrante surgió una vez más y con ella pude tomar una nueva flecha y empuñar el arco. Abrí los ojos, y la luz me encandiló. Al aclararse el panorama los pude ver. Eran dos combatientes con sus demonios, arriesgando la vida en una batalla a muerte. A él, el demoniaco hechicero, el individuo envuelto por la aura maligna, no le reconocía pero sabía que mi ira iba toda en contra de él; el otro humano, de cabellos oscuros, parche y barba incipiente, me resultaba familiar, pero su cuerpo desprotegido por el metal que usualmente portaba me llamó la atención, ¿por qué nuestro guía se encontraba sin su preciada armadura?

La respuesta me importó poco; esa duda sempiterna podía aguardar, pero el combate no. Esto debía acabar. La voz de Ayekantun se silenció, el aire de pelea entre demonios y humanos inundaba el mundo lila donde nos encontrábamos. Sus gritos, el odio que los inundaba, llenaba mi alma de renovadas fuerzas, ¡yo también quería luchar! Pero ante todo, quería que terminara esa contienda, buscar a la feérica, garantizar que el humano viviera… Tomé una flecha del carcaj y reuniendo toda la energía que me restaba apunté en dirección al hechicero. Sí, era buena en esto, lo sabía, y al menos con mi talento sé que asestaría el golpe. El brazo que empuñaba el arco tembló ante la tensión y fuerza de mi agarré, la debilidad podría hacerme errar el tiro, pero mi convicción llevaría esa saeta a buen término. De mí, aquel ser de oscuridad no se salvaría: su corazón era mío y su aliento del mundo de los muertos.

Acompañado de un grito de dolor, la flecha cruzó el lugar: rozó a Ayekantun, o al menos así me pareció, pues su pensamiento volvió a latir en mi cabeza;  pero su trayecto fue certero, el gruñido de odio del hechicero me aseguró mi victoria. Ahora todo quedaba en las manos del guerrero.

Los brazos cansados fijaron el arco en el suelo y con ello pude con dificultad levantarme. El rostro de Ayekantun, luminoso, radiante, cundido de cabellos de colores, con ojos que expresaban su dicha y felicidad por fin se encontraron con los míos, apenas visibles por aquella armadura.

-¡Ondine!¡Ondine!- gritaba entre quejidos y sollozos.

-Hablad… - contesté, aunque incluso mi voz denotaba esa emoción que poco o nada estaba acostumbrada a reflejar. La veía distinta, bella y luminosa, ¿por qué?

-Yo… tú… estabas… pero no… ehhh… sabes…. ¡Nada!- finalmente sentenció con un suspiro.

-Eso imaginé- repliqué en mi pensamiento, conmovida, con una sonrisa que poco se vio por el yelmo que me cubría, pero también con cierto aire de aprensión. La batalla del guerrero aún no terminaba: -Ayudadme, pequeña. No sé bien qué pasó pero el pecho me arde… y esta ropa me vuelve demasiado torpe. Siento que no me puedo mover con libertad.

-Es la armadura del borracho… él no sé cómo… pero te protegió con ella.

¿Me había protegido? Estaba en deuda con ese caballero, ¡lo que le faltaba a todo esto para ser aún más molesto! ¡Demonios!

-Ayudadme, Ayekantun.

Reuní todo el coraje que tenía, las fuerzas que tontamente se escapaban, eran reunidas todas en mis manos. Con determinación lancé una flecha, luego una segunda, incluso una tercera, pero no me sentía conforme, quería matar a ese ser minúsculo que tantas angustias nos había causado. Ubiqué tres flechas en el arco. Sí tenía energía solo para un lanzamiento más bien valía la pena que fuera uno bueno. Abrí los ojos y entre lo nebuloso que era mi visión y la poca cobertura que me permitía el casco metálico, pude distinguir al hechicero, quién vociferaba a gritos su odio contra todos, en especial a él, “el guerrero borracho”, como solía llamarlo la feérica.

-Dadme la fuerza para este tiro… sólo uno más.

Tensé con maestría el arco, y experimenté la fuerza de él y su resistencia. Uno común se habría quebrado ante la presión que ejercía. Las tres saetas salieron expelidas acompañadas de un segundo grito que escapó de mis labios, ahora ese ser moriría: me lo decía el corazón, me lo aseveraba su sangre que ya podía sentir supurar de sus heridas. Pero el grito fue producto de  la fuerza de mi convicción y el dolor de mis músculos al resistir tanta tensión. Eso era todo… no podía hacer nada más. Caí nuevamente de rodillas y entregué el resultado al azar. Mis fuerzas otra vez languidecían. Y fue ahí cuando fui consciente del trabajo de la pequeña: con sus dulces oraciones, casi canciones a mis oídos, mi cuerpo se restablecía poco a poco, incluso por segundos el ardor que me acompañara se esfumaba, volviendo con menguada intensidad. Ella me sanaba, ése era su poder.

-Al fin y al cabo… sí sirves para algo, pequeña- dije con cierta prepotencia y sintiéndome odiosa ante aquel ser que me ayudaba solo pude soltar en un suspiro mental: -Gracias.

-Gracias a ti-contestó con dulzura, también concentrada en lo que hacía pero ocultando de mí todo lo que su cabeza tramaba: -Volviste conmigo y eso es suficiente para mí- finalmente terminó entre sollozos.

Sonreí y con renovado aliento me puse de pie, justo para oír un estruendoso ruido de metal que caía. Cuando me incorporé, el rostro de él, el hombre del lobo, me observaba con su único ojo de manera fija y jovial. Sin darme tiempo a protestar o pensar, me abrazó. Ayekantun río por lo bajo, ahogando un pequeño ruido de nerviosismo mezclado con diversión. ¡Claro, ella sabía la ira que podía producirme esas toscas demostraciones de afecto! Pero todo fue tan rápido que no supe cómo reaccionar. Su agarre fue caluroso y sincero, sus brazos me envolvieron de tal manera que supe cómo en ellos hallaría protección, y todas esas sensaciones eran nuevas para mí. Agaché la cabeza, cayendo con el pesado casco sobre su pecho, conteniendo mi propio desagrado pero sin sentirme con ánimos de alejarlo.

-No sabes cuánto me alegro de que estés con vida, Little bird…

-¿Little bird?- repitió Ayekantun, cayendo al suelo y riendo de manera estruendosa.

¡Suficiente! Como siempre, aquel hombre tentaba su destino gracias a sus idioteces. Con ambas manos le empujé de mi lado y me dispuse a retirarme el casco que tan molesto me resultaba. Par palabras se merecía por su atrevimiento. Pero mis planes se vieron en picada ante la aparición del espíritu elegante, notoriamente recuperado de su herida. Sólo hasta ese momento reparé en ese otro compañero que faltaba, el licántropo Kiluyu. Mi mano instintivamente tocó el pecho, recordando el ardor de esa herida que causara un ser igual a él. ¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado con él? Eneomanos habló y una pálida sonrisa se dibujó en mi rostro cubierto ante el anunció de aquel ser etéreo: ¡habíamos logrado nuestro cometido! ¡Por fin, terminaba esta pesadilla! Miré a Necross, y sin saber muy bien por qué, me ruboricé. ¡Maldito abrazo! Y tornando la mirada hacia otro punto encontré a Belias, ahora hecho un ser de metal reluciente, quién sin duda sería muy poderoso en combate.

Como era usual en él, aquel hombre de trajes vistosos pero notoriamente herido habló demasiado. Sus palabras se sellaron con la apertura de un portal desde donde los Cuervos nos observaron con curiosidad y sorpresa. Retiré finalmente el casco de mi cabeza y crucé al otro lado, algo taciturna y aún curiosa por el futuro de ese guerrero de mirada gentil y doliente. Algunos de mis cabellos brillaron con una extraña tonalidad carmesí, producto de la sangre que había llegado hasta ellos. Me carcomía la curiosidad por el paradero de Kiluyu… algo en mi interior se encontraba intranquilo. Me dispuse a preguntar cuando el hombre del lobo leyó mi pensamiento y formuló la interrogante que nos rodeaba.

–No puedo dejar que el ande libre por aquí… es demasiado peligroso. Lo siento, pero se quedara en el corredor conmigo.

Mi reacción fue instantánea: tomé una de mis flechas y la apunté hacia ese espíritu que hasta hacía poco había sido nuestro aliado. Nos había engañado y ahora Kiluyu estaría lejos de nosotros, ¡le habíamos fallado!

-No…. ¡Deteneos!- grité en vano.

Necross corrió tras él pero en un parpadeo ya no había portal ni espíritu. ¡Le fallamos a uno de los nuestros! Y ese sentimiento me llenó de frustración. El mutismo de Ayekantun, la impotencia del guerrero, se mezclaron con la alegría de los demás compañeros en vernos surgir de la nada. Era una victoria, pero su sabor amargo nos embargaba el alma.

Me paré al frente de Necross y con aire resuelto, extendí mi mano para ayudarle a poner en pie:

-No temáis, caballero. No dejaremos que nuestro compañero se quedé atrapado en el limbo que representa  ese lugar de encierro y tormento. Si pudimos sobrevivir una vez allí, tal vez… de algún modo… encontremos la manera de llegar a él y traerle de vuelta- sonreí, notando la sorpresa de Ayekantun ante mis palabras serias, templadas, pero llenas de honestidad: - Por lo pronto, poneos de pie, tomad vuestra espada, y portad de nuevo vuestra armadura, ya que su misión conmigo ha finalizado.

-Gracias- le dije al tomar él su propio casco y con rapidez me desembaracé de ese peso que poco me había gustado portar. Mi mano rozó con cierto temor la herida en mi pecho. Curioso era como ambas cicatrices, ahora totalmente cerradas y saneadas, representaban para mí el peso de un pasado y la promesa de un futuro. Sí, aquel licántropo no merecía su destino y por ello sentía en mí la convicción que le volvería a ver. Era una cuestión de justicia... tal vez balance. Pero lo cierto era que él tenía mi mirada, el peso de una búsqueda que le impulsa, la demanda constante de preguntas que merecen ser resueltas y así como yo había estado en ese más allá, tal vez en ese mundo de la muerte, donde la nada es placida y deseable, y había regresado por mi verdad, él... el poseedor de esos ojos curiosos, también respondería al llamado de los suyos.

Regresaría... Él regresaría.
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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

Mensaje por Necross Belmont el Vie Dic 27, 2013 1:56 am

- ¿Y ahora como sacamos a Kiluyu?-

Al preguntar eso, Necross se volteó al grupo, vio a Mary Ann, y el resto; Foxhound se lanzó inmediatamente sobre él. –Ya basta Foxhound, que me llenas de baba…- Pero no habría respuesta para la pregunta de Necross...

Aunque lograron superar las trampas del castillo, sobrevivir al corredor infinito, incluso acabar con la maldad de Isaac, la victoria se sentía vacía. Ya que la perdida de Kiluyu, el ser que desde el comienzo de esta aventura lucho fértilmente por su vida, y supero todos los obstáculos, haya quedado atrapado en el corredor, dejaba un sabor muy amargo.

-Mary ann, supongo que este castillo ya esta limpio, que las atrocidades que ha creado Isaac aquí ya desaparecieron... ¿no?-

Mary Ann, Abelia, y todo el grupo estaba muy cansado, lucharon contra incontables criaturas hechas por Isaac, apenas tenían energías para mantenerse de pie, pero eso no evitaría que Mary cumpliera con su tarea de informar a Necross.

-Peleamos contra cientos de criaturas, pero en un momento de la batalla se retiraron. No se donde fueron, no se porque se fueron, solo se que escaparon con mucha prisa.-

Necross se sentó en el piso, estaba agotado, exhausto, y mientras estaba en el piso, Foxhound no dejaba de lamerle la cara. - Bueno, Isaac esta muerto... quizás su magia mantenía vivas a esas criaturas, y al morir, perdió el control sobre ella...- El hombre del lobo se puso de pie rápidamente, quejándose de dolor mientras lo hacia. - Pero basta de eso, logramos  salir vivos de este castillo... bueno, cuando salgamos diré eso. Bien hecho gente... no podría haber pedido un grupo mas perfecto para esta misión.- Necross sonrió ampliamente, ya no necesitaba su armadura, así que ahora solo llevaba su gabardina roja, y su mandoble en la mano y su espada bastarda en su cintura, guardada en su funda.

Ya no quedaba algo que hacer en el castillo, Mary Ann, que seguía liderando el grupo, les informo a todos que volvieran al pueblo. Una vez allí, podrían descansar, y se les pagaría el dinero prometido.  

Ya había amanecido hace muchas horas, cuando entraron al castillo, al comienzo de todo, estaba recién oscureciendo, ahora era casi mediodía.  La gente del pueblo no celebro, internamente estaban alegres por ya no tener que sufrir las atrocidades que Isaac causo, pero estaban tan acostumbrados a vivir así, que es era difícil expresar su alegría. Solo Gabranth,  esta dichoso, y lo expresaba ampliamente.

Felicito a cada uno de los guerreros, se sorprendió cuando vio a la divium, y a las personas que faltaban, eso también resulto curioso para Necross, allí faltaba gente. - ¿Dónde esta la muchacha de capucha y la chica mas joven?- El elfo anciano negó con la cabeza, les conto que unas pocas horas después de que el grupo partió, ellas se habían ido, no dijeron nada, solo se fueron.

-Bueno, ¿que se le va a hacer? Supongo que la drow y la humana nigromante también se fueron, ¿o tu viste algo por aquí, elfo?-

Gabranth volvió a negar con la cabeza, Mary Ann y las cuervo se veían algo tristes, ellas conocían a la drow, y no poder despedirse las deprimía un poco. - Ustedes quédense aquí, coman algo, descansen y pronto tendrán su pago.- La dama de hierro comenzó a dar ordenes a sus colegas, a las cuervos, Abelia debería traer el dinero, y Luna... bueno, Luna solo se quedo allí.



Abelia apareció con una caja, y en ella traía sacos de dinero, pequeños para cargarlos con facilidad, pero lo suficientemente grandes como para que cupiera el dinero. -¡Ahora! Como solo Ondine y Necross salieron del castillo, a ellos le otorgaremos el pago, y a Biggs, por ser tan bueno y ayudarnos hasta el final.-  

Las horas pasaron y Gabranth no dejo que nadie marchara si no comían algo antes. Fue una cena pequeña, silenciosa, a veces Necross decía idioteces para alegrar los ánimos pero no funcionaba muy bien.  

La cena termino y cada ser que lucho en el castillo, estaba listo para marcharse. Necross se acerco a Ondine que era la mas reacia del grupo aun, quizás ella se iría primero y él no querría que se fuera, sin que él pudiera despedirse. -Tienes un arma muy poderosa en tus manos...tu y yo sabemos lo que guarda ese estoque, el poder que llevas en tu cinto. Cuídate mucho "little bird" que quiero ver ese rostro cascarrabias nuevamente, quizás en el futuro.-

Necross sonrió ampliamente, luego se despidió de todos. Aunque estaba agotado, no quería permanecer en ese lugar por mas tiempo. Arthias continuaba siendo una ciudad lúgubre, ahora con un castillo que seguía acumulando muertes, pero las cuervos se sintieron compasivas, y el dinero que sobro, el que se supone era para los demás miembros del grupo, lo donaron a la ciudad; quizás así el dolor de tantas muertes sea menor.

Y antes de que el ocaso tomara posición en el infinito firmamento, cada ser de ese curioso grupo de guerreros emprendió su camino, cada uno en dirección opuesta del otro.  Pero después de tantas luchas, de tantas veces que estuvieron a punto de morir, el hombre del lobo desarrollo aprecio por sus colegas. En especial por esa alma cascarrabias, no sabia por que, pero esa actitud le causaba gracia. Como sea, ahora el hombre del lobo tiene un largo camino por recorrer, El viento soplaba hacia el norte, hacia su futuro... y  esa la dirección que tomara.



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Re: El origen de la maldición,1ra parte -el castillo abandonado.

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