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Entre los lobos

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Entre los lobos

Mensaje por Invitado el Jue Feb 21, 2013 10:33 pm

El archipiélago había quedado atrás, lo único que le quedaba de recuerdo de la huida del último barco es un moretón del tamaño de una oruga caníbal en su brazo izquierdo. Había nadado hasta las costas, escapado de sus enemigos y parecía que estaba lejos de estar a salvo. Pensó que sería buena idea considerar escapar del lugar por unos meses.

Miro hacia el otro lado del Suroeste, donde sabía bien que se encontraba el bosque de Silvide, ocultado el rostro del que juro asesinar desde que tiene uso de razón, su abuelo elfo.

-Seguramente este vivo-se dijo para sí mismo, quitándose el casco.

Tantos años había odiado a ese ser, que no sabía pensar en otra cosa más que entrar al bosque y buscarlo, pero no estaba listo. Sus habilidades mágicas y de combate no estarían al nivel de un ser con más de 500 años de vida. “Y si es un importante elfo…” Cavilo deteniéndose para quitarse el casco.

Su rostro lucia cansado de una huida que se había prolongado mucho más de lo desea y le había costado magia y sudor, no podría usar algún hechizo hasta más acerca el anochecer, quedándose a merced de lo que encontraría en su próximo destino.

Frente a él se erguía la ciudad de Phonterek, una de las ciudades más caras que podría haber visitado, sin mencionar que esta llena de Mhaze, de la misma cultura de los que no hace más de una semana traiciono y dejo mal heridos, con un barco inútil para navegar en los próximos dias. Se tapo las puntiagudas orejas con el cabello y se aventuro a entrar.
Tapizada enteramente de belleza, las tiendas caras, las posadas lujosas y la buena comida y ropa eran el idioma del lugar. Recibía algunas miradas de extrañeza que se acercaban al desprecio, se aseguró que sus orejas estuvieran cubiertas y no tuvo opción que acostumbrarse a que el pueblo veía con ojos extraños a los extranjeros.

“¿Cómo subsisten sin extranjeros?” pensó para si mismo, pues si algo le había enseñado su infancia en las costas de los archipiélagos, es que el comercio exterior salva de la ruina a cualquier ser y en este momento, el mismo es un prenda para comercio.

Se detuvo cerca de la calle principal y trato de buscar una posada que no tuviera le precio de oro más exuberante brillando en pintura dorada. Sin encontrar una que cumplirá con sus expectativas, pronto se encontró perdido en el centro de la ciudad y frente a su catedral.

Levanto la vista lentamente y pudo ver el dragón azul que la adorna. Su tono y estilo se asemejaba mucho a un tesoro que robo para su último capitán de una banda de antropomorfos. Se recordó a si mismo que pronto seria un hombre buscado entre los mercenarios del mar, que casualmente ocupan casi toda la población de la tierra que esta pisando. “Tal vez comienza a ser buena idea enfrentarme al bosque de Silvide” pensó para si, mientras sentía las continuas miradas de extrañeza de los locales, que mantenían sus ojos enfocados en sus armas y vestimenta.

Se alejo del camino principal, encontró la puerta a una taberna y la música lo envolvió cuando entró. Sus botas hicieron ruido metálico en la madera que rechinaba ligeramente a cada paso. Algunos de los sujetos, en su mayoría aventureros de segunda, vestidos con elegancia como si no tuvieran que ensuciarse para sus andansas.

-Dame lo que mejor que tengas

Le digo al cantinero que alegre recibió algunas de las pocas monedas que Ulmo llevaba consigo. El dio la vuelta para observar a la gente del lugar y procurando que sus orejas no salieran de su peinado
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