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Las puertas de Ghazrüll

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Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Mar 15, 2013 6:46 pm

La tortura era insoportable. Fuego. Fuego y cenizas en el aire alrededor del paladín de la dualidad. Cenizas que anteriormente habían pertenecido a seres vivos, esclavos y desgraciados que yacían a los costados del torturado humano habían terminado incinerados en las calderas ante los ojos agotados del hombre que a duras penas podía mantenerse erguido en esa posición antinatural.

Habían pasado días, semanas, meses o incluso años desde que el paladín había sido capturado por las hordas del monasterio. Era imposible saber el tiempo transcurrido. Después de tantas atrocidades lo único que uno logra recordar es el sonido de los gritos y la sensación del dolor. Axelier yacía encadenado al centro de aquella habitación de calderas. El humo negro y el intenso vapor ocasionado por los aceros en llamas hacían prácticamente imposible ver más allá de sus narices. Sus manos ensangrentadas con su propia sangre seca gracias a los grilletes de hierro forjados con púas metálicas al interior. Un objeto diseñado exclusivamente para infligir dolor. Su torso desnudo y maltrecho tras un sinfín de atrocidades realizadas por los demonios que solo conocían formas de tortura y nada más. Marcas de látigos y cortes de espada y pinchos, heridas abiertas una y otra vez y algunas otras en perpetua recuperación gracias a cortes contiguos profundos. Más de tres costillas rotas y él casi sofocado por la falta de aire limpio y la presión que aquella posición le infería en los pulmones. La marca de varias quemaduras de hierros al rojo vivo en pecho y espalda como si a una res hubiesen marcado.

Los gritos de cientos de víctimas en agonía envolvían al paladín. Sabía que a escasos metros de él estaban torturando a una mujer joven, lo notaba por sus gritos y sus súplicas y por las risas guturales del demonio al que decidió nombrar Carnicero. No la podía ver gracias al humo, pero sabía que estaban haciéndole y se estremecía por aquello que no sospechara. Su atención de pronto se concentró en otra de las muchas voces que ahí reinaban. La voz de un niño o un joven con voz infantil. Suplicaba por su vida mientras pedía que ya no lo violaran más. Los demonios desgarraban a sus víctimas introduciendo hierros y maderos puntiagudos por cualquier orificio que encontraran, aunque muchas veces terminaran creando nuevas rutas de acceso. Una y otra vez, los chillidos del joven desgarraban la mente y las fuerzas del paladín hasta que al fin, después de horas de tortura, los gemidos pararon y solo las risas demoniacas retomaban el control del recinto.


La habitación era oscura y repleta de humedad. El vapor de las calderas del piso inferior se filtraba entre los bloques de roca del calabozo, convirtiéndolo en un horno con una temperatura tan alta que ni el agua de un manantial helado podía refrescarte. Dormir era imposible. Comer, improbable. La sangre coagulada en las paredes del calabozo solo era opacada por las heces fecales que los demonios dejaban caer desde la habitación superior a través de una gruesa reja de hierro. El maltrecho Khaelos Kohlheim, desnutrido, deshidratado y desarmado, llevaba tanto tiempo en aquella prisión que su mente ya había olvidado la grandeza que antaño su nombre representaba. Aquí no era el noble ni el barón. Aquí no tenía sirvientes ni ejércitos. Aquí era un simple humano y, quizá, incluso menos que eso. Su cuerpo había sido mancillado miles de veces, y cientos más. Su mente vacilaba. No tenía idea clara de donde estaba ni el por qué. Habían días donde batallaba horas enteras en recordar su nombre, su verdadero nombre, no la infinidad de apodos que los demonios le otorgaban diariamente durante su castigo.

Cientos de cicatrices en todo su cuerpo daban fe de lo terribles que podían ser los encargados de los calabozos. Cicatrices que no tenían tiempo de cerrar. Heridas en constante descomposición por el intenso calor pero sanadas por la resistencia del guerrero de Elhías. No sabía si su dios lo maldecía manteniéndolo con vida o si gozaba con su sufrimiento. Mucho pasó antes de que el noble guerrero perdiera la noción total del tiempo ¿Era de día? ¿Era de noche? ¿Qué año era? ¿Cuánto llevo en este lugar? ¿Qué hago aquí? muchas preguntas sin respuesta, no porque no supiera, sino porque su mente estaba demasiado exhausta como para pensar.

Solo su orgullo quedaba en pie. Al menos una parte de ese orgullo familiar. Semanas habían pasado desde que comprendió que los demonios no lo dejarían morir. La magia demoníaca funciona tanto para infligir dolor como para prolongar la muerte. Tuvo que alimentarse de restos humanos. Brazos, torsos, piernas, dedos y orejas. Cualquier cosa que le cayera de la sala de torturas y que estuviese lo suficientemente blando y limpio como para ser ingerido, pues la mayor parte del tiempo lo único que caía a su celda eran restos defecados mal digeridos, y comerlos constituía un mes de sufrimiento intestinal sin opción a morir. No, no moriría por más que así lo deseara. No moriría simplemente porque a los demonios no les apetecía dejarlo morir.



No solo los mortales temían a las atrocidades demoníacas y a los abusos por parte de estos seres que rara vez eran vistos en las tierras Northeñas, a no ser claro por los invocadores y sus necromancias. Nada de lo que había experimentado Cinna en su joven vida mortal, y sus sesenta años como inmortal, la habrían preparado para lo que su curiosidad y su sed le ocasionarían. Nadie había pasado noches en vela contándole historias sobre los pantanos más profundos de Noreth. Nadie nunca le había platicado acerca de lo terrible que puede ser un demonio, ni hablar de miles. Nadie jamás le había dicho que hacer en caso de encontrarse cara a cara con una de estas abominaciones. No. Cinna no tenía a nadie ni dependía de nadie. Al menos ya no más.

Habían pasado más de diez ciclos desde que un encuentro inesperado con un gran demonio alado, a las afueras del pueblo de Rullvar en el extremo más al norte del pantano de Swash, cambiara el rumbo de sus pies de forma por demás repentina. Cinna viajaba a través de los páramos despoblados de Swash en busca de víctimas de quien poderse alimentar. Habían pasado más de tres días sin probar la sangre de un humano gracias a la persecución de unos templarios de Luminaris. Perderlos no había sido un problema una vez llegado a los bosques y las marismas de Swash, el problema fue encontrar fuentes de alimento y avanzar entre tanta maraña y aguas lodosas. Estaba exhausta gracias a las bendiciones de los paladines. Simplemente no pudo abandonar aquellas tierras lo rápido que le hubiese gustado.

No había logrado encontrar ni siquiera a una rana o una serpiente. Por alguna extraña razón la vida de esos pantanos, de por sí escasa, había desaparecido dejando solo un rastro de cadáveres putrefactos tras de sí. Solo una enorme presencia maligna reinaba sobre aquellos pantanos. Una presencia proveniente de lo que parecía ser un enorme monasterio abandonado tiempo ha pero con luces de fuego en su interior. Sus instintos le decían que no se acercara, pero su hambre y su prepotencia pudieron más que la razón. No pasó demasiado tiempo para que un enorme demonio alado la avistara y pusiera a prueba la resistencia mental que le caracteriza a los vampiros. Resistencia que no soporto más de un par de segundos en ser quebrantada por el ser infernal, arrastrando al infante a una oscuridad incluso mayor que la noche que tanto le gustaba.

Sus días venideros no fueron mejores en ningún sentido. Al despertar, durante su primer día de custodia al interior del monasterio, se encontró a sí misma amordazada y encadenada a un enorme tronco de madera suspendido por cadenas en forma vertical. Estaba desnuda. Sus extremidades sujetas con cadena y grilletes a cuatro pilares de roca en cada esquina de la destruida habitación. Su cintura permanecía atada al tronco haciendo que su estómago se posara sobre el tronco. Era una posición por demás comprometedora, reveladora y por demás humillante.

Por las noches, grupos distintos de demonios la visitaban para torturar su cuerpo inmortal mientras la violaban en repetidas ocasiones con sus propios miembros ardientes o espinados hasta con objetos completamente inverosímiles. Prácticamente con todo lo que tuviesen a la mano. Algunos de ellos eran tan altos y delgados que incluso sus dedos lograban atravesarla entera como si de lanzas se tratasen. Otros eran tan robustos que lograban desgarrar el pequeño cuerpo inmortal de la vampiresa a tal grado que sus heridas no sanaban hasta la noche siguiente, momento en el cual continuaba la tortura.

Por los días era completamente diferente. Encadenada a ese lugar, sin fuerzas ni movilidad, Cinna tenía que soportar la agonía de los baños de Sol a los que su piel desnuda estaba expuesta. LA habitación no tenía techo en absoluto pero, debido a la inmensa cantidad de humo negro que despedían los pisos inferiores, los rayos del Sol no eran tan intensos como para calcinarla hasta la muerte pero no eran tan tenues como para evitar que su piel se bronceara y ardiera con intensidad diariamente.


Los gritos de dolor que provenían del área de calabozos del monasterio eran tan desgarradores como las miles de risas demoníacas que atiborraban la destrozada construcción. En las profundidades más oscuras de ese lugar existían una serie de catacumbas donde los monjes del Alba Roja enterraban los restos de sus muertos. Las Catacumbas eran un lugar desolado por la vida, donde el calor y la humedad intensa harían retroceder a un dragón joven. No era un lugar en el que ningún demonio desease entrar. No era un lugar donde ningún ser vivo quisiera entrar. Era justo en ese lugar donde el bárbaro de las tierras del norte, Vraz Tok, sufría lo indecible en manos del calor intenso y los muertos vivientes.

Las Catacumbas eran el basurero de los demonios. Los restos de sus víctimas mutiladas eran arrojados a este lugar a través de enormes agujeros en los pisos superiores. Muchas historias hablaban sobre el tormento eterno que sufrían las víctimas de los demonios, quienes simplemente no podrían morir en paz y se levantarían de sus sepulcros para deambular por las calles durante el día. Historias que el bárbaro pronto descubrió eran verdad. Los muertos arrojados desde las alturas volvían a la vida después de unas horas. Se arrastraban, sufrían, gemían como putas en celo y chillaban como bebes arrebatados del seno de sus madres. No importaba si fuese un torso o el cuerpo entero, todos sin excepción se levantaban nuevamente. Los huesos encontraban su forma original entre la inmensidad de huesos amontonados a lo largo y ancho de las catacumbas. Nada permanecía muerto e inmóvil por demasiado tiempo en ese lugar.

Pero eso no era lo único que habitaba en ese inhóspito lugar. Zombis de gran tamaño deambulaban por los pasillos en busca de partes que añadir a sus deformes y putrefactos cuerpos. El hedor que desprendían era terrible, como si dejaran hervir a un perro muerto durante dos días seguidos en una habitación bombardeada por el calor un par de días de verano. Todo era gracias al vapor y el calor intenso. La piel muerta se podría con tal rapidez que los muertos vivientes de mayor inteligencia debían buscar repuestos casi diariamente.

Vraz Tok era un humano demasiado duro como para terminar muerto sin ofrecer pelea. Sin embargo los demonios lo arrojaron en una enorme jaula al centro de una gran habitación redonda. La jaula no tenía puertas. Los barrotes no tenían más de quince centímetros de separación, lo que le impedía a casi cualquier cosa el entrar y salir de ese lugar. Estaba claro que aquello originalmente no era una prisión, pero ya había pasado a ser un misterio todo lo que los monjes del Alba Roja hacían en su propio monasterio. La única salida era el hoyo por donde había descendido, a más de veinte metros de altura sobre él. El techo de roca estaba completamente destruido pero alcanzarlo sería una tarea prácticamente imposible. Llevaba menos de un ciclo en ese lugar pero no tenía recuerdos del cómo ni el por qué fue a parar en ese lugar. Era como si algún mago le hubiese arrebatado todos los recuerdos de semanas antes. No tenía sus armas. No tenía su preciada armadura. Solo contaba con algo de cordura y muy poco tiempo, pues estaba claro que no resistiría mucho tiempo más antes de morir deshidratado debajo de algún desperdicio demoníaco o antes de que los enormes constructos no muertos se percataran que podían aplastar la jaula y hacer con él lo que deseasen.


Lo que había comenzado como un nuevo viaje de reconocimiento espiritual para la Hörigen habría de terminar en una pesadilla terrenal de la cual no tendría escapatoria. Sus intenciones no eran ambiciosas. Su camino no parecía complicado. Una nube de maldad se comenzaba a extender por las tierras de Noreth oscureciendo el Sol allá donde su sombra se posaba. Qhinn intentaba mejorar sus habilidades musicales mientras buscaba una cura para su problema de habla, pues era una mujer fuerte de voluntad aunque muy ingenua. Hasta ese día, hace más de tres meses, los únicos que caían cautivados a sus encantos musicales y carnales solo eran hombres pervertidos y una que otra mujer demasiado embobada como para discernir lo que hacía. Sin embargo, mientras practicaba con su flauta en un bosque le los límites exteriores de Thonomer, un hombre elegante con apariencia de duque acudió al llamado de su melodía. El hombre era demasiado apuesto como para ser un humano, pero demasiado fornido como para ser un elfo. Sus ojos eran amarillos como el azufre con una pupila más negra que el carbón. Cabello negro obsidiana, largo y lacio, y una forma de hablar tan refinada y educada que Qhinn dudó por un momento si aquella persona no sería un enviado de Mordekaiser invocado por su música. Lejos estaba de la verdad.

El hombre, el cual se presentó con el nombre de Vex, admitió que le sería imposible seguir viviendo sin escuchar las hermosas melodías de la Hörigen. Qhinn se había ruborizado antes cuando la halagaban, pero aquello no fue un halago llano y sin sentido, el hombre de piel pálida en verdad hablaba con seriedad.

La mente de Qhinn se nubló una vez más, como lo recordaba en sus pesadillas, y no supo nada hasta el día siguiente. Día en el que se encontró encadenada por el cuello a una enorme pared de piedra caliza. Estaba acostada sobre cojines de seda de buena calidad y una hermosa manta que desentonaba por completo con el resto del desgarbado cuarto en el que estaba. Era pequeño y circular, de al menos unos ocho metros de diámetro. El piso estaba cubierto por heno. El techo tenía forma de cúpula lo que indicaba posiblemente la punta de una torre o una de las alas de alguna mansión antigua. A un par de metros de ella había un asiento que más bien parecía una especie de trono religioso. Era de madera oscura y almohadones de gamuza roja. Algunas telas de seda de colores pastel colgaban por las paredes haciendo un intento por mejorar el atractivo visual nulo que tenía aquella habitación, pues por más elementos decorativos que colocaran ninguna tela o almohada podía cubrir los cientos de gritos desesperados de un centenar de personas fuera de ese rincón de quietud al cual ahora parecía pertenecer.

Qhinn estaba aterrada, pero no lo demostraría a sus captores pues sabía que los demonios se deleitan con el sufrimiento y el terror. Diariamente Vex, aquél elegante demonio que la había posesionado, entraba a través de la gruesa puerta de madera de la habitación circular para exigir una melodía sin importar si ya la había escuchado o no. El demonio simplemente se sentaba en la elaborada silla y contemplaba a la hörigen con deseo y lujuria mientras esta tocaba sus instrumentos vestida con menos ropa que una prostituta de Malik Thalish. Nunca la había tocado, al menos ninguna vez que ella pudiese recordar, y cuando un demonio corriente entraba en la habitación Vex rápidamente lo fulminaba con la mirada y le hacía abandonar el lugar con una orden imperiosa. Vex no era un alguien a quien te gustaría ver enojado, y Qhinn hizo lo posible por mantener esa relativa cordialidad. Algunos días, Vex entraba con un humor bastante decente. Otros muchos llegaba cubierto de sangre ajena y una mirada tan terrible que la joven Hörige debía tocar instrumentos que no remarcaran tanto el temor que sufría. Los días transcurrían. Semanas y meses, y nada cambiaba. Qhinn estaba desesperada y se preguntaba si, algún día, aquella tormentosa quietud acaramelada con los alaridos de pena de miles almas en desgracia llegaría a su fin.


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Axelier Dragonos
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Sáb Mar 16, 2013 9:41 pm

Los pasos tranquilos pero cautos de la Hörigen de vez en cuando hacían tronar las ramitas del suelo pero se amortiguaba un poco el sonido por la textura lodosa del suelo. Ella observaba con un poco de desconfianza el enigmático paisaje nebuloso de aquel pantano. De hecho, a pesar de no estar muy adentrada en el mismo, la apariencia general del lugar parecía que estuviera en medio, justo en el corazón, o al menos esa impresión le daba a Qhinn. Podría decirse que más bien caminaba cerca de una especie de frontera, pues no muy lejos de su camino, se lograba ver un paisaje totalmente diferente al que ella estaba expuesta ahora. Pero no se desviaría más, solo quería llegar a algún poblado en Swash, pero siguiendo el sendero cercano a la frontera, de manera que si fuese necesario ya sabría hacia donde huir.

Ella tenía cuidado de no mantener su piel en mucho contacto directo con hojas o tallos, si algo sabia es que los pantanos regularmente tienen plantas cuyas propiedades resultaban toxicas, no siempre mortales, pero si toxicas en alguna medida menor. O también la presencia de animales cuyas pieles están recubiertas de venenos naturales que a veces quedan impregnados en las ramitas u hojas más frescas. En general tenia cuidado y más temor de la naturaleza que una preocupación por otros factores como otros forasteros, bandidos, orcos o cualquier otro ser o criatura peligrosa. No era despreocupación en sí, solo que la naturaleza le imponía un tanto más de respeto.
Y después de tanto caminar, había encontrado unas rocas lisas, y estaba al cansada, solo se sentaría un rato y quizá tocaría antes de relajarse en ellas. Se sentó en posición de loto, sobre la roca más grande, y miró hacia abajo, donde reposaba su ocarina, de alguna forma se remontó a los días en que su señora vivía y le regalaba a la Hörigen, momentos donde se sentía más humana que hibrida, era casi un sueño pasajero ese recuerdo, echaba de menos ese amor… y sin más preámbulos tomó su morral que aun estaba colgado de su torso pues así lo tenía más seguro aunque estuviera descansando, y de él extrajo su flauta de plata, y mientras sus labios rosaban la boquilla expulsando en ella una suave cantidad de aire constante y tersa, pensaba en lo que había hecho hasta ahora. Que era en realidad muy poco, pues en su viaje poco contacto o conocimiento de algún hechicero experimentado había tenido, llegó a usar su magia muy poco, a penas cuando encontraba en su camino algún animalito enfermo o herido. Y su contacto con humanos estaba muy limitado a viajeros pervertidos que casi sin mirarla, solo sabiendo que era hembra, se encimaban en ella, sin que ella evitara ese contacto pues su libido era casi activado al ser tocada por ellos, pues pasaba dos semanas a veces sin contacto carnal, y eso para sus necesidades sexuales era más como si pasaran meses. Incluso tuvo algunos encuentros más cercanos con mujeres de una apariencia promedio, pero no pasaba más de un juego de besos y caricias, acabando en ellas reaccionando y volviendo a lo que estaban antes de verla. Pero lo que en verdad capturaba su atención era que aun no podía encontrar a nadie que le dijera o al menos le diera pistas de cómo curar su mudez.

Pero se ha de agregar un detalle en todo esto: Qhinn, muy dentro de sí misma, comenzaba a dudar de recuperar su voz. De una manera inconsciente, había desarrollado mejores sentidos, y en su propio silencio se dedicaba mucho más a la música. Pero echaba de menos su propia voz, las melodías que podía alcanzar con ella, y curiosamente incluso extrañaba esos sonidos tenues al momento de un encuentro sexual, sonidos que surgían a cada detalle placentero o embestida furiosa de un hombre. Realmente la Hörigen estaba comenzando a sentir una contradicción en cuanto a su deseo de recuperar su voz. Y eso la preocupaba, por lo que había estado ignorando sus propias reflexiones sobre ello.

El sonido viajaba desde la delicada flauta hasta la soledad del pantano, se había ensimismado la pequeña Qhinn en su flauta, la música, su arma y su virtud. Estaba en su propia melodía atrapada, cuando escuchó sigilosos pasos, suaves pero seguros. Y sin detener la melodía giro un poco su torso, no necesitó moverse mucho de hecho, pues quien se acercaba a ella, era directo. Un hombre cuyo andar, lejos de ser de alguien que curioseaba por los al rededores, parecía ser de alguien que sabía lo que estaba buscando, y ella fijó sus ojos dorados hacia el hombre, su femenina mirada era fija, pero sublime casi invitándolo, como si le diera puerta abierta a apreciarla. Cuando esl hombre se detuvo, a pocos, escasos, pasos de la Hörigen, ella misma alzó la mirada pues su altura la obligaba a hacerlo, pero solo sus ojos fueron los que se elevaron pues de mover la cabeza así, habría perdido su melodía.

Por un momento la melodía comenzó a tomar otro tono, uno menos alegre, más bien ahora sería mística, una tonada que invitaba a la intimidad. Sus ojos ambarinos se ahogaron en la mirada amarilla brillante del hombre era hermoso a su ver. Las facciones eran marcadas, y bastante varoniles, sin embargo a su misma vez, era un rostro fino. Habría esperado que fuera de una complexión más etérea, pero fue sorprendida por una más bien fornida. Un torso ancho, un poco más angosto en las caderas, y entonces fue cuando al bajar la mirada a su cuerpo casi lo imagino sudando, haciendo algún entrenamiento físico, ese cuerpo se notaba fibroso, estaba segura de eso.

“¿Quién eres?”- Le habría gustado preguntar, pero el único sonido que su boca podría emitir son los que logra al usar sus instrumentos de aire. Le hombre había ido a ella, como si supiera que estaba ahí, como si la hubiera estado esperando, y ella se preguntaba si en realidad era así. Era un hombre tan apuesto, y la forma en que la miraba y adoraba su música, la hizo emocionarse por dentro, pues no mostró su emoción. ¿Lo habría enviado su dios? Mejor aun… ¿sería su amo divino quien se presentara ante ella? Pobre criatura ilusa, la delicada Qhinn tenía la esperanza de que el hombre le explicara, que él le dijera algo que la sacara de las dudas.
El hombre había dado su nombre, un nombre que por supuesto nada tenía que ver con la identidad de su Dios, Vex. Un nombre corto, pero que de alguna manera tenía cierto peso cuando se lo mencionaba. Las palabras de Vex, fluían con ese tono grave y varonil, que solo la embelesaba más, y en ese instante cuando él termino de hablar, y expresó lo “indispensable” que la música de Qhinn era para él, ella comenzó a bajar el ritmo de la melodía como si sopesara eso lentamente y sus manos comenzaron a detenerse, la melodía iba desapareciendo mientras lo miraba con intriga y sorpresa. Ella sentía que eso no estaba tan bien, es decir, se lo dijo con una sinceridad que no podría ser verdad… como si estuviera decidiendo pasar la vida con ella. Pero Qhinn más bien imaginaba que querría viajar a su lado o proponerle matrimonio. Alejada estaba la Hörigen de lo que los planes de Vex tenían para ella que cuando pudo apagar el sonido, solo pudo mirar a sus ojos una vez más antes de que la visión casi en un instante se nublara hasta el punto de la oscuridad total…

[….]



La Hörigen abrió por fin los ojos, para encontrarse con un dolor de cabeza, y la vista algo limitada, aunque había una asola antorcha que regalaba alguna vaga iluminación, ella estaba recién recobrando la conciencia por lo que su vista se tomó su tiempo para recobrarse. Dejó de ser nublada unos momentos después de tallarlos y parpadear enfocándose, y al momento se fijó en su estado. Ya había sentido pesadumbre y molestia en el cuello, pero al haber reaccionado pudo notar la cadena que incrustada desde la pared, la ataba, la longitud de la cadena parecía no ser muy generosa, así que se levantó y trató torpemente de caminar sobre el heno, queriendo llegar a la entrada pero sin tener éxito de si quiera rosarla. Estaba confundida, y antes de recordar cómo es que llegó hasta ese lugar, miro hacia arriba, para encontrarse con la negrura de una especie de domo, le recordaba a dos alas alternas de la casa de su difunta señora. No había ventanas a la vista, ni rendijas, ni nada; en las paredes, más abajo, había telas aparentemente adheridas recientemente, eran colores que no combinaban mucho entre sí, pero no es como si eso le preocupara. Sin circulación de aire dentro de ese cuarto, descartó alguna ventanilla detrás de alguna tela. Así entonces caminó de regreso hacia lo que parecía ser una improvisada cama, cojines que parecían más bien como para la habitación de una dama de prestigio y miró la sabana que la había cubierto antes de despertar y moverse. Esto había sido hecho para ella o la habrían colocado en la habitación de alguna damita, pero a juzgar por la estructura del lugar y el suelo con heno además de las viejas paredes de piedra caliza, que por cierto ya no era caliza blanca, podría votar por la opción uno: habían decorado una jaula de oro dentro de una especie de mazmorra. Afortunadamente, se ha de agregar, no encontró a la vista ningún instrumento de tortura. Así como tampoco encontró sus pertenencias, excepto que su flauta y ocarina estaban a un lado de uno de los cojines, cosa que le pareció extraña.
Su mirada continuó recorriendo su alrededor, hasta detenerse en el asiento, que más bien era un trono. Obviamente lo habría traído hacia aquí, y aunque ya estaba por acercarse a él e inspeccionarlo escucho la pesada puerta, ser manipulada para abrirla, un candado o algo era lo que quitaban primero.
Qhinn entonces dio media vuelta y volvió de inmediato a la improvisada cama, reposando las colas alrededor de sus piernas, su respiración involuntariamente se aceleraba y su corazón se notaba más activo ante el nervio y la expectativa. Realmente quería gritar, lo deseaba. Tenía miedo de lo que pudiera entrar por esa puerta, pero no podía darse el lujo de portarse como un insecto asustadizo y arrinconarse. Estaba ahí, como una pintura hermosa sentada sobre sus pies con las rodillas bien juntas y sus colas actuando como un cobijo, sus orejitas respingadas como si estuvieran alertas.

Por aquella puerta, había atravesado un cuerpo alto y grueso, pero atlético… y ese rostro inconfundible que le dio un par de respuestas. Ella había sido secuestrada nada más que por aquel misterioso y bello hombre. Así que a esto se refería con que no podría vivir sin escuchar su música. Por un instante, Qhinn sintió ganas de llorar. Quizá fueron los nervios, la sensación de repetir algo del pasado… una vez alguien le había hecho perder la conciencia y al despertar su vida cambió por completo, nada le decía que esta vez fuera a ser diferente. Sus ojos se estrecharon sobre él enfocándolo con la poca luz de la antorcha. Ya no tenía la apariencia segura, ahora tenía una presencia imponente, éste era su territorio y como tal lo demostraba. Vex no había hablado mucho durante un rato en el que camino rodeándola, para después sentarse en aquel trono, y solo decirle “La flauta…”

Qhinn no necesitaba demasiado para entenderle, pues si había sido traída aquí era porque él parecía estar mucho mas que dispuesto a escuchar su música para él solamente… así que se acerco con cautela, quería que sus movimientos carecieran de temor pero no fueran bruscos, llegó hasta donde estaban posadas la flauta y la ocarina, y tal como él había ordenado tomó la flauta en sus manos, volvió a la posición en la que la había encontrado al entrar y comenzó a tocarla. La melodía en un inicio parecía salir con lentitud, como si la tonada tuviera también miedo, y eso alarmó a Qhin quien de inmediato cambió el ritmo a uno que estuviera en el borde de la melancolía y la esperanza…
Spoiler:

El tono seria ese, sin voces claro, todo en flauta.



[…]

El sonido de la puerta fue brusco, como si se desesperase por entrar por la necesidad pero al mismo tiempo estuviera lleno de rabia. Ella temía por dentro cada día o cada noche, pues bien no sabía en qué tiempo del día vivía, cuando aquella puerta sonaba así. Desde que estaba ahí metida, se había dado cuenta de cuan inesperada puede ser la actitud o las reacciones del demonio. Pues ahora sabía que era él. Pero también sabía que para mantenerse viva tenía que mostrarse firme pero dócil ante él, lo segundo no era difícil, pues a pesar de todo temía mucho, por la forma en que pudiera herirla. Aunque hasta el momento no le había hecho algo realmente irreparable en cuanto al físico.

La puerta cedió ante la agresiva manera de tratarla y se escuchó un fuerte portazo, ella tenía los puños cerrados y las uñas que no se había podido moderar en tamaño por falta de algunos detalles de higiene personal, se le enterraban en la palma de la mano. No pudo reaccionar bien cuando Vex dando largas zancadas por la habitación llegó hasta la cadena y tiró de ella obligando irremediablemente a Qhinn, a caer sobre su espalda, su cabello se abrió como cascada sobre los cojines y sus colas estaban debajo de las piernas de ella, piernas que estaban ligeramente flexionadas con las rodillas elevadas y juntas. Su mirada ambarina y felina demostraba sumisión. Vex había inclinado su largo y grueso cuerpo sobre el diminuto cuerpo de la Hörigen. No se tocaban pecho a pecho pero ella casi podía sentir la presión, y sus manos se juntaron por entre sus senos a penas cubiertos por una prenda de fina tela pero demasiado ajustada y pequeña, se sentía constantemente desprotegida. Ella lo miraba a los ojos, siempre, pero sin ser petulante, solo una mirada como la que un cachorro dirige a su amo. Vex, con los ojos amarillos brillando en furia, acerco la nariz al cuello de Qhinn quien no hacía más movimiento alguno, y pudo sentir la fuerte aspiración que hizo el demonio sobre la delicada piel de la cautiva. Lo miro después lamer lentamente su mejilla, y elevarse de nuevo para mirarla, siempre intentaba intimidarla. Siempre.

Se levantó en toda su altura y tomándola del cuello, haciendo que el grillete le lastime la piel, la levantó para dejarla a la altura de su rostro, un rostro que tenía algunas manchas de sangre mezcladas con tierra, más bien lodo. Un momento el demonio la deseaba, al otro la deseaba pero con una ira ciega. En un inicio, podría decirse que los primeros meses, la había golpeado, suficiente para dejar moratones de dos o tres días, o creado heridas de garras que la sangraban y que tardaban en cicatrizar. Pero el sabia algunas cosas de ella, él le había preguntado si practicaba algún tipo de magia, y cuando obtuvo el sí pidió una muestra. Ella había curado una herida del brazo, que era de unas horas fresca, en él. Desde entonces la usaba de vez en cuando para ese beneficio. Y ella lo hacía, por momentos de hecho, ella pensaba que sabiendo su habilidad, la obligaba a usar sus energías mágicas para él, de tal manera que ella no pudiera curarse a sí misma cuando estuviera a solas.

Ahora mismo mientras se miraban a los ojos y ella se sujetaba de la muñeca de Vex para sostener algo de su propio peso y no herir mas su cuello, ella no despegaba su mirada de él. Con el paso del tiempo había surgido un problema aun mayor al de la bipolaridad de Vex o el cautiverio de Qhinn; ella ahora no podía verlo de otra manera que con ternura, más bien su mirada era… la de una mujer que comenzaba a temer no verlo al siguiente día.

Qhinn, estaba encariñándose del tempestuoso demonio que no hacia si no divagar en los límites de sí mismo para adorarla y someterla al mismo tiempo.

Pocas ocasiones había recibido visitas, Vex, mientras estaba en ese cuarto con ella, y cuando sucedía, parecía ponerse furioso con quien interrumpiera, y casi rabioso si la miraban si quiera de reojo. No solo estaba obsesionado con su música entonces, o al menos ese era el pensamiento de la Hörigen, quien ya a estas alturas sentía que también ella misma ocupaba la mente del demonio. Ella y la música parecían ser lo único que quería ver y escuchar. Sentía el deseo de su mirada sobre su cuerpo, pero por alguna razón no la tocaba. Ella no estaba muy informada sobre los demonios, pero empezaba a sospechar que tal vez anatómicamente él pudiera literalmente matarla al acto. Después de todo un demonio no podría ser especialmente pequeño en sus partes masculinas, y mucho menos delicado, pero… a veces él la rosaba con un cuidado y delicadeza que la estremecía. Su propio libido se despertaba cuando había algún contacto suave con él, a veces, mientras ella tocaba y él solo estaba reposando en el asiento, imaginaba si él podría poseerla con mesura, si tendría la capacidad de ello. Incluso en su propia mente, pensaba que tal vez el la cuidaba más de lo que parecía, impidiéndose poseerla por quizá, temor a perderla. Una fantasía que le daba consuelo a la Hörigen.

Su mente evidentemente, ya estaba emocionalmente involucrada con su captor. Tal vez era su juventud, y su poca aproximación a situaciones de tal grado peligrosas y dolorosas. El ambiente de fondo siempre era el sonido ahogado por su encierro, de voces tanto femeninas como masculinas, e incluso juraría ella que había escuchado voces infantiles, agonizar en lo que suponía eran torturas o ejecuciones. Había pasado todo ese tiempo, en reprimir su miedo, en esconderlo de la observación del demonio, que ahora, de manera casi inevitable había sustituido ese miedo por cariño, apego…
Un apego fielmente acompañado de otro sentimiento encontrado, que no era otro si no la necesidad de libertad de la Hörigen, su amor y devoción a su propia cultura mágica de Mordekaiser… Qhinn ya no sabía si era día o de noche, pasaba un letargo de tiempo y espacio desde que había despertado ahí, pasando descalza en el suelo de las emociones drásticas de su demonio captor, que su mente empezaba a quebrarse, buscando una falsa sensación de protección.

El demonio la dejó estrellarse contra la pared de caliza, haciéndose de un dolor profundo en su espalda, su cadera especialmente le dolía, al caer al suelo intento incorporarse de nuevo, teniendo éxito pero sin poder ocultar el dolor. No había lágrimas. Ella se las terminaba mientras él estaba fuera, lloraba cada momento a solas, lloraba por su cautiverio, lloraba por el dolor y la angustia de su cuerpo y su corazón, lloraba porque no podía tenerlo cerca pero tampoco lo quería lejos de ella. Para no volverse completamente desquiciada, mientras sus lágrimas fluían, ella bailaba, intentaba recordar alguna danza que haya visto de la aldea. Bailaba las danzas de nupcias, las de nacimientos, contaba las piedras de las paredes que estaban visibles, a veces ataba el heno de punta a punta, y lo intentaba desatar de nuevo. Cerraba los ojos y recordaba cuentos que se expresaba a si misma pensando en ellos, cada palabra de fabulas o cuentos, de leyendas incluso.

El demonio le traía comida, muchas veces tenía una apariencia poco apetecible, pero no podía darse el lujo de exigir nada más, y si no quería pasar hambre se lo comía sin chistar, mientras él la observaba. Qhinn aprovechaba cuando la dejaba sola al comer, para guardar pan. Incluso, aquella braga de cuero grueso que tenía cuando había llegado, la usaba para guardar el agua. Debajo de un cojín pegado a la pared. Dependiente de las emociones de Vex, tenía que tener algo para cuando no la alimentara, y aunque el pan era rancio para ese entonces, no importaba mientras tuviera algo que comer. Unas veces su plato tenia claros restos humanos, y ella estaba en esos momentos horrorizada por dentro, y ante la duda, muchas veces Vex la forzaba a comer de maneras poco amables.

Hubo en ciertos momentos, de relativa tranquilidad, oportunidad de conversar, a su manera. Ella a señas le había dado a entender que podía traerle más instrumentos, así que en cierta ocasión el había traído un arpa y una lira. Qhinn no sabía mucho sobe las liras pero su talento natural con la música le permitió acoplarse rápido y aprender a tocar en ella nuevas melodías. Ese era otro ejercicio menta que se hacía. Inventaba melodías, otras veces las repetía. Y aunque él podía escuchar la misma tonada infinitas veces, quería tenerlo tan complacido que se daba la tarea de darle nuevas notas.

A veces parecía que quería verla más bonita, y le permitía tomar duchas con agua escasa, siempre que el estuviera observándola. Al inicio se sentía algo incomoda, pero al pasar el tiempo casi podría jurar, que disfrutaba empaparse de agua y a la vez de la mirada lujuriosa del demonio. Y esas ocasiones, después de la ducha tal vez habría un trato amable a su largo cabello, él mismo usaba el peine de hueso que pertenecía a Qhinn, pero que obviamente nunca le devolvería mientras estuviera cautiva. Ella casi sentía la respiración agitada del demonio cuando pasaba el cepillo por entre la melena más crecida y de nuevo brillante y sedosa ante la renovada limpieza. Una que ella apreciaba, pues sucedía en contadas veces.

Ahora mismo, mientras se encontraba hincada y adolorida, domada por entero por aquel hombre que resultara ser lo que más la hiere hasta ahora, pero a quien más necesita a su lado, se preguntaba si estaría viva por más tiempo, o si moriría en un arranque de furia o cuando se aburriese de ella. Quería mantener aun asi, la esperanza de que la liberasen un día… o ella pudiera escapar. Pero esa esperanza se apagó en el instante en que la sombra del demonio la absorbió enteramente, y vió venir la ira sobre su mejilla derecha. El calor en su cara, ardor, y el sabor metálico en su lengua y paladar. Tuvo que escupir la sangre y con el dorso de la mano quito el exceso que escurría de sus labios. A veces se preguntaba si no sería mejor la muerte. Y posteriormente se reprendía a si misma recordándose cuan deshonroso seria para alguien que solo en vida podría dar a Mordekaiser una devoción digna.
Hoy pudo haber sido un día estresante para él, y ahora ella como cada vez que el estaba en su más ardiente furia, pagaría con su dolor. Uno que no estaba segura podría seguir escondiendo.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Vraz Tok el Sáb Mar 16, 2013 11:51 pm

Vraz abrió sus ojos... y entonces conoció el infierno. Aquel lugar del que hablaban en su tribu, y en miles de culturas... el infierno, un lugar donde el calor abrasa todo lo vivo, el dolor y el sufrimiento flotan en el aire, donde la tortura azota todo lo vivo y lo no-vivo. Cuando el gran bárbaro nórdico despertó su paz terminó, contemplaba restos de cadáveres mutilados, desmembrados, sin ninguna forma aparente... muerte por doquier, muerte fusionada con un maldito calor que incluso a los habitantes de los desiertos haría que se quejasen. Es necesario recalcarlo, era el infierno mismo... así lo vió Vraz Tok.

Sin embargo, la situación era peor, estos cadáveres no eran simples masas amorfas sin vida, eran mismísimos zombis. Seres malditos que de la muerte regresan a la no-vida, sin inteligencia, seres demoníacos sin duda. Se encontraban por todo el lugar, deambulando y desprendiendo cada uno un olor asfixiante que era intensificado por el hermetismo del lugar.

¿Qué pasó en la mente de Vraz en aquel momento?. Únicamente una interrogante: "¿Qué demonios?". Estaba en una jaula donde no existía escapatoría alguna más que trepar hasta el agujero que se veía allá arriba...

El bárbaro estaba desorientado, no tenía arma alguna y armadura tampoco, estaba completamente desnudo. Sus recuerdos se habían ido, no recordaba nada, era como si se naciese y se estase en ese lugar sin ninguna explicación. Frunció el ceño y rechinó sus dientes, allá afuera habían zombis que querían la deliciosa carne de Vraz, y este se estaba quedando sin tiempo. Miró a un lado, miró al otro... estaba atrapado. A su izquierda, a su derecha, adelante y atrás... no había escapatoría, únicamente encima de él. Esta era la respuesta. Estaba sofocado y sudando por el calor... pronto su hidratación se iba a ir al desagüe, estaba jodido. Se levantó con desesperación y miró a los Zombis, maldijo: "¡Maldigo todo lo existente, no sé qué es esta mierda, no sé quien mierda seais vosotros, no sé quienes fueron los desgraciados que me pusieron acá, pero mi maldita ira os atrapará, juro por mi clan que os decapitaré y os violaré, que las brujerías recaigan sobre vosotros y que vuestros ancestros estén siendo atormentados infinitamente!". Dio un pisotón de ira y cerró los puños. Estaba iracundo, pero aplicó su autocontrol y se calmó rápidamente... aunque estaba nervioso sin dudas.

Pero se puso en marcha, él quería vivir sin dudas. Maquinó rápidamente qué era lo que tenía que hacer: se acercó a los barrotes, aprovechando su poca separación esto era lo que haría: pondría un pié que sería su completo apoyo en el barrote, el pié derecho. A la vez, su mano izquierda tomaría más arriba un barrote. Ahora bien, ¿qué sería lo siguiente?: con la mano derecha tomar otro barrote más arriba, entonces con el apoyo del pie derecho realizar un impulso hacia arriba y volver a sujetarse. Luego repetir el proceso lo más rápido posible. Con suerte el rey bárbaro saldría con vida.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Mar 18, 2013 12:48 am

¿Cómo había llegado allí? Abrí los ojos, consciente de que el paisaje que tenía delante no había cambiado. Llevaba más tiempo del que podía recordar en aquél lugar, siendo torturado día sí y día también. Suspiré, observando con mirada vacía mi alrededor. Volví a cerrar los ojos y me llevé las manos a la cabeza. ¿Quién era? ¿De dónde venía? Tanto era el tiempo que me costaba recordarlo. Hacía poco que acababa de comer, en aquella ocasión una pierna humana, o eso creía. Abrí de nuevo los ojos y me miré el cuerpo con curiosidad. Estaba cubierto de heridas que dolían, y que de no ser por mi resistencia ya se habrían infectado. El calor me embotaba la mente y los sentidos, y me hacía tener sed constantemente. Hacía ya tiempo que lo único que bebía era el agua que se filtraba por las paredes, proveniente del vapor de la sala inferior, y de la poca sangre que quedara en las extremidades que lanzaban a mi celda.

Sin dejar de examinar mi cuerpo, me fijé atentamente en mi brazo derecho, y luego en mi pecho. El tatuaje, la cicatriz... Me traían recuerdos, tenues al principio, pero... A medida que mis ojos repasaban el dibujo del tatuaje y el recorrido de la mayor herida que había sufrido en mi vida, empecé a recordar. Aparte de mi nombre, Khaelos Kohlheim, recordé por fin cómo había ido a parar ahí...

Estaba en el... Pantano de Swash. Acababa de luchar junto a un paladín de Luminaris, Naerys y mi hermana Eressea contra criaturas de pesadilla. Primero mi hermana no pudo seguir y tuvo que huir. Luego, ante la cantidad de criaturas que iban a abalanzarse contra nosotros, recordé que le dije algo a Naerys... Sí, le dije:

-Naerys, huye. Sé que si te lo pido no me harás caso, así que te lo ordeno como tu capitán. ¡Vamos, corre!-

Al principio ella se negó, pero finalmente aceptó mi orden. Un beso y ella partió. Dioses... La echaba tanto de menos... Recordarla a ella me hizo recuperar parte de la fuerza y el orgullo que había perdido en aquella celda, y lo mismo se podía decir de recordar a Eressea. Tras ordenarle a Nae que huyera, no recordé mucho más. Batalla, y al final ser capturado. Al menos sé que ellas pudieron huir.

Tras eso, desperté en la celda. Durante más tiempo del que podía recordar empezaron a torturarme, lacerarme, golpearme, insultarme... Al principio yo les devolvía los insultos, y les devolvía los golpes que podía. Aún desarmado, iba a vender cara mi vida. Tardé tiempo en comprender que no era mi vida lo que querían. Lo que querían era romperme, quebrarme hasta el punto de que les suplicara la muerte. No les di ese placer. Al principio, cuando tenía fuerzas, les insultaba y les golpeaba, y ellos se devolvían hasta dejarme tirado en el suelo, al borde de la inconsciencia. Al día siguiente el espectáculo continuaba.

Cuando las fuerzas empezaron a fallarme, sencillamente permanecía quieto, relajado, dejando que me golpearan hasta que se cansaban. Al parecer, esa estrategia dio sus frutos, pues cuando veían que mis gritos de dolor, a base de acostumbrarme, se volvían cada vez menos frecuentes, acabaron por frustrarse. Al principio lo tomaron como un desafío, pero mi obstinación acabó por convertirlo en un hastío. El por qué no me habían matado aún era un misterio. Fue en ese momento de lucidez que tuve en el que empecé, de nuevo, a reflexionar, y lo primero que hice fue hablar en voz baja, no para mí, si no para Elhías:

-Elhías... No sé si me has abandonado o si es que los demonios me han dejado fuera de tu alcance... Me dijiste que estaba destinado a grandes cosas y... Heme aquí, en una hórrida celda, rodeado de muerte y tortura, con más marcas en mi cuerpo de las que habría imaginado jamás que tendría. ¿Es esto parte de algún plan divino para fortalecerme? ¿O es sencillamente que te has cansado ya de mí? Mándame una señal... Indícame que no me has olvidado.-

Suspiré y cerré los ojos. No iba a llorar, pues ya me había resignado, y no pude evitar reír levemente cuando me di cuenta de que lo que me estaban haciendo pasar los demonios no era muy diferente de lo que me hicieron los imperiales cuando me capturaron. La única diferencia era que los demonios llevaban mucho más tiempo haciéndome sufrir. Fue entonces cuando escuché una voz demasiado familiar que me hablaba:

-¿Tan pronto te rindes, Khaelos?-

Alcé la vista, y aunque mi mente sabía que aquello no era más que una alucinación, era tan real que me la creí. Era mi padre. Aunque sabía que estaba muerto, y que estaba empezando a sufrir delirios, descubrí para mi sorpresa que no me importaba para nada. Sencillamente le miré y le dije, sonriendo torpemente al principio, teniendo que recordar cómo se dibujaba esa curva con los labios:

-Padre... ¿Qué quieres que haga? No se puede salir de aquí. He intentado luchar contra los guardias, matarlos con mi magia, con mis manos desnudas y nada ha servido. Y encima no me van a matar. ¿Qué puedo hacer excepto aguantar y esperar a que alguien logre acabar con los sucios demonios?-

Mi padre se cruzó de brazos y se acarició el largo bigote, mirándome con detención. Tras unos instantes en los que yo le miré a él y él reflexionaba, finalmente alzó una ceja y me sonrió:

-Has estado alimentándote de extremidades humanas durante todo este tiempo, así que la cantidad de huesos que debe haber tirada por el suelo no debe ser pequeña. ¿Has probado a usar huesos afilados para luchar? Es mejor que nada, al fin y al cabo.-

Reí levemente y me encogí de hombros. No sabía si tendría fuerza suficiente siquiera para matar al demonio que entrara en mi celda para seguir torturándome, si alguno lo hacía. Pero el pensamiento me dio fuerzas, que se aumentaron cuando la visión de mi padre empezó a desvanecerse, a medida que se metía dentro de mí, mientras decía unas palabras:

-No te he criado para que te rindas, Khaelos... Lucha, hijo mío. Si vives, usa lo que has pasado aquí como método de fortalecerte, y si mueres, al menos nos reuniremos... Pero no creo que quieras dejar viuda a Naerys, ¿verdad? Vamos soldado, actúa rápido o será demasiado tarde.-

Pensar en Naerys, la alucinación, en todo en general... Me dio todas las fuerzas que podría reunir en ese momento. Empecé por agarrar un hueso, un fémur, y partirle la punta. Tras eso, usando el suelo, lo empecé a afilar todo lo posible hasta que tuvo una punta capaz de penetrar la piel con facilidad, cosa que comprobé al apretar la punta de forma tenue contra mi antebrazo izquierdo. Apenas hizo falta presionar para que una gota de sangre saliera de mi brazo. Sonreí levemente, y tras eso recordé las palabras de mi maestro de magia:

-Los nigromantes nos alimentamos de la muerte... Ella nos da fuerzas...-

Me quedé arrodillado, esparciendo algunos huesos delante mío, con las manos al lado del montón, y dejé lo que podría decirse daga de hueso al alcance de mis dedos, en la derecha. Tras eso, cerré la mente, y noté que mi magia no se había apagado. Lentamente, dejé que la muerte que había en aquél lugar, que los cadáveres que abundaban en él, se juntaran con mi odio, con la rabia que crecía en mi pecho contra mis captores. Necesitaría hasta la última gota de poder que pudiera reunir, y con un poco de suerte, la esencia que pudiera conseguir me ayudaría a mejorar mi salud. Sí... No iba a permanecer allí por más tiempo.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Cinna Ravane el Lun Mar 18, 2013 1:29 am

Can I steal your mind for a while?
Can I stop your heart for a while?
Can I freeze your soul and your time?
Scorpion flower
Token of death
Ignite the skies with your eyes
And keep me away from your light...

Sed. Dolorosa sensación nocturna, acechante y reptante que paraliza los miembros desvaídos rogando por ser saciada. ¿Quién eres para decidir que eres la presa perfecta? Sólo el cazador sabe lo que es anhelar por noches enteras la sangre derramarse en la boca por satisfacer siniestros impulsos. El sinuoso placer de la muerte escondida, un solo movimiento rápido para un goce pleno y desenfrenado.
No hay civilidad en la matanza, ningún escrúpulo que pueda alimentar éticas vacías. Aquel que mata sabe que puede morir, pero no le importa. ¿Por qué debería? El eterno ciclo debe cumplirse incluso si uno no quiere que tal cosa suceda.
Y ya se debería estar consciente de que disfrutar del éxito impunemente antes de que éste haya sido realizado no es la manera más prudente de consumar un asesinato.

Cinna lo sabía y llevaba varios días irritada. Hasta una pequeña golosa de destrucción guarda sus ansias para quien pueda saciarlas de veras y cuando vio a los paladines en su viaje hacía el pantano creyó que serían un reto lo suficientemente temprano para guardar su cordura un rato. Los persiguió, una pequeña sombra rodeada de más oscuridad pero aquellos llevaban mucho tiempo huyendo de las cosas anatemas a su luz y la confundieron por sitios inexplorados, senderos no hollados mucho por humanos en los que el traje se llenaba de barro y marañas apestosas. Fue una trampa bien planeada, porque ella no sospechó nada hasta que su sed le ardió en la garganta como ácido hirviendo y no encontró nada que comer ni forma de regresar, porque aquel laberinto de luces y sombras estaba hecho para que se perdiera.

Cuando quiso detenerse por la sensación de peligro, uno que no tenía que ver con caballeros, descubrió que era incapaz de hacerlo. Tenía que avanzar, demostrarse a si misma que conservaba la suficiente fuerza para hacerle frente a lo que se viniera. Práctica y realista como era, ignoraba las realidades del mundo metafísico, desconocía completamente a las criaturas abominables que eran aún peores que ella, criaturas que no se escondían en la oscuridad porque ésta no podía contenerlos.

Y al llegar su perdición en forma de alas, ella no recordó...

Hundirse en la putrefacta marisma del dolor.

...
...
...
...
...
...
...



Ternura en Tinieblas. Un despertar agitado en la dulce penumbra silenciosa que debería ser mejor recibido que alertado. ¿Por qué, pequeña, tienes entonces tanto miedo? ¿Es que la reina de las pesadillas no puede recordar su más antiguo sueño?
La malla negra que cubría tu cuerpo ha desaparecido y sientes el tirón de ataduras en manos y pies, apretando con más familiaridad y sostén de las que te gustaría.
Tu piel de porcelana es acariciada tétricamente por el frío aire que circula y traspasa sitios que ni siquiera estabas consciente de que existían. Denodadamente tratas de liberarte de tus ataduras, traspasar los lazos que cruelmente te oprimen. Sin embargo, antes derraman elixir rojo tus muñecas a que tú puedas verte sin estos "adornos".
No te da tiempo a observar a tu alrededor porque entonces la "ilusión" más macabra comienza. ¿De dónde has sacado esas criaturas, loca sin remedio? ¿Quiénes han sido creados para hacer realidad tus más terroríficos miedos empapados en dolor?
Mejor sería morir, pero no, vivirás para llorar un día más.

Al principio, de lo único de lo que te puedes percatar es que te sientes incómoda siendo observada en silencio por ojos ardientes. No recuerdas la última vez que permaneciste desnuda ante algo o alguien y un escalofrío de premonición te recorre mientras los recuerdos quieren sacudirte en una promesa y recordatorio que no sabes cómo evitar. Tratas de huir de nuevo, no se te ocurre suplicar, pero todo es más bien inútil. Con la impotencia grabada en cada uno de tus miembros ves a una criatura alargada y purpurina que se acerca a ti lenta y oscuramente Sus manos deformes aferran tu rostro y su lengua bífida profana tus labios de rosa como un preludio de lo que te hará su cuerpo cuyo hedor apenas te deja respirar.

Quieres gritar pero en su lugar, muerdes tan fuerte y él se inmuta tan poco que sientes como un dolor tremebundo explota en tu garganta como un fruto maduro. Gorgoteas igual que una cañería vieja y después de un bofetón, las uñas del demonio trazan característicos cortes en tus pálidas mejillas. Arden y tratas de no seguir derramando lágrimas de fuego, pero ya no por dignidad sino porque la sangre de tus ojos, que se mezcla con la de tus heridas, es como sal. Sientes como aquellos ojos inhumanos te traspasan y mientras intentas debatirte una extremidad invasiva embiste tu vagina con la fuerza de un mástil.

"No" Tus ojos miran hacía el cielo con desesperación, la belleza de la bóveda celeste es la burla que faltaba al cuadro estremecedor. Tiemblas y gritas y te debates mientras el vaivén sigue, desgarra tus cavidades infantiles mientras las risas de los espectadores te convierten en espectáculo de circo, en una descarnada frivolidad de una velada cualquiera.
Cualquiera diría que tú sola te denigras con tu actitud vulnerable pero te estás sofocando bajo el peso de la criatura apestosa, el dolor de tus caderas y de tu interior, la sed, la desesperación.
Tras esa criatura cuya espantosa risa coral empiezas a odiar, vienen otros y cada vez es peor que la anterior. Gritas hasta que crees que te quedas sin voz y cuando tratas de cerrar los ojos invaden tu mente por lo que, como hipnotizada, mantienes los párpados abiertos y la boca entreabierta en un ademán de desolación.

En algún momento, el agotamiento y la exacerbación de tus espantados sentidos te lleva a una especie de sueño/pesadilla, una consciencia olvidada donde te fundes para evitar parte del sufrimiento.
¿Qué te despierta? ¿Por qué no quedarte allí para siempre?
Te has acostumbrado al humo negro que turbaba tus horrorosas visiones pero no te pusiste a pensar en las consecuencias de estar en una habitación sin techo hasta que una agonía indescriptible torturó aún más tus frágiles miembros.
El alarido que soltaste al sentir el sol en cada fibra de su ser simbolizaba que aquello era mil veces peor que cada violación. Te convulsionaste y lanzaste espumarajos de esputo y sangre por la boca y finalmente empezaste a arder. En tu interior creíste que en algún momento terminarías de calcinarte y rogaste como nunca lo habías hecho porque aquella tortura parara.

No sucedió y no podías comprender cómo es que lograbas soportar tanto dolor o por qué tenías que seguir sintiendo aquello. ¿Qué habías hecho? ¿Qué pecado, por abominable que fuera, te orilló a esto?
Al caer la tarde perdiste piadosamente el conocimiento y tal vez tu fortaleza era mayor de lo que pensabas, porque despertaste cuando la luna salió, plateada, curada y con la mente clara.
¿Dónde estoy? ¿Qué está sucediéndome? pensaste y al bajar la vista con perplejidad notaste que tus achaques y vejaciones se habían curado. Una vez más, trataste de retorcer las ataduras de tus manos y pies, sin éxito.

Esta vez fueron criaturas de pies palmeados y tres ojos los que se acercaron.
¡Qué quieren!- gritaste semipreguntando pero nadie te respondió. Y el ciclo volvió a empezar, una y otra vez, una y otra vez...
El único momento en que podías pensar con claridad era cuando la noche era joven como el mundo en sus primeros días. Entonces te llenabas de pánico y tus ojos eran joyas grises veteadas de carmesí y luego venían las violaciones. Tu cuerpo conoció sensaciones que debería haber ignorado y tu alma perdió la poca humanidad que aún le restaba. Supiste que estabas perdida en el mismo momento en que los orgasmos tumultuosos sustituyeron al terror más profundo y socavador y suspiros se entremezclaban entre tus alaridos de angustia.
Virgen violada, belleza pisoteada, mente quebrada en pedazos. Luz ahogada en tinieblas, garganta mancillada de humo, fragilidad hecha pecado, abismo conocido y por conocer.

¿Y la locura? ¿Es sólo un término? No. La conociste cada amanecer hasta que insensibilizó tus membranas y tu organismo y eras sólo una lamentable figura derrumbaba, una bestia bruta sin capacidad de hablar y pensar cuyo sudor era la marca de su sufrimiento.
Ni los mártires sacrificados conocieron el mar de agonía.
En tu mente deshecha, sólo un conocimiento se abrió paso: el placer y el dolor están muy cerca y se funden en un océano de amargura del que nadie te sacará.
Porque estás sola, mi bella dama. Ni siquiera recuerdas cómo te llamas.
O qué harás.

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Jue Mar 21, 2013 7:46 pm

Su espalda ardía después de los azotes con el látigo de fuego que tanto le gustaba utilizar al Carnicero. Su pecho mancillado nuevamente abriendo heridas que no sanaban nunca. Una de sus costillas era visible a través de una herida que había dejado complacido al demonio durante la tortura diaria. Axelier colgaba encadenado al techo por sus muñecas. No tenía fuerzas para mantenerse en pie, ni siquiera se sostenía de rodillas a pesar de ser posible. Su cuerpo agotado al caía como peso muerto impulsado por la gravedad haciendo que las espinas metálicas de sus grilletes perforaran aún más sus endebles muñecas. Su espíritu estaba quebrado pero su convicción y su Fe aún podían aguantar un poco más. No tenía idea de que podría hacer para liberarse del yugo de sus captores y verdugos. Las fuerzas demoníacas eran inexorables y la luz de Luminaris no atravesaba esa gruesa cortina de humo y depravación.

MASH GUSH… Gromüsk mor lodek… -- Habló el obeso demonio carnicero. Axelier comprendía un poco de su dialecto pero estaba demasiado aturdido como para comprender lo que le decían. El Carnicero era enorme, al menos tres metros y medio de estatura y una cintura tan grande como una osa preñada. Tenía el estómago abierto de este a oeste mostrando con orgullo sus intestinos verdes y apestosos. Su rostro solo mostraba depravación. Babeaba constantemente y mantenía su lengua de fuera como si tuviese el cadáver de algún bagre atorado en la encía. Su risa y su voz eran guturales, y no disimulaba los gases que su cuerpo emanaba. De hecho, entre más nauseabundos y sonoros fueran más orgulloso de su podredumbre se sentía. Lo aborrecía y deseaba tener los medios para cegar su inmunda existencia, pero simplemente era imposible en su actual situación.

¡MASH GUSH! – Suponía algún apodo, pues siempre se lo decía al paladín para que prestara atención a algo en especial – GURM… PA… PATETICO HUMANO – Rara vez hablaba en idioma común. Por lo general lo hacía cuando sus invitados eran demasiado tontos o estaban muy aturdidos como para reconocer un insulto. Su risa gutural se apoderó nuevamente del recinto mientras un gran número de desgraciados gemían por el dolor que otros demonios les ocasionaban. El paladín casi caía en la inconciencia por el cansancio cuando un sonido metálico hizo eco en el suelo tras el sonido serpenteante que producen las cadenas al caer libres y sin control. El carnicero había arrancado las cadenas del paladín dual y por fin, después de meses o quizá años, sus brazos encontraron descanso a tan inhumana postura.

¡GRÜK^HOFST! – Un demonio alado de menor tamaño que el propio paladín se acercó rápidamente al Carnicero – HÜM TRUZZÖK MASH GUSH… GOLG^KÜM ZATÓR… ¡ÁAK! – Sin demora el demonio alado cogió los extremos de las cadenas que aún mantenían sujeto al paladín por las muñecas y comenzó a arrastrarlo a través del salón. Los brazos de Axelier estaban completamente entumecidos, pero ya comenzaba a sentir el ardor punzante de la sangre regresando a su cauce original. El dolor era agradable, le daba a entender que su cuerpo aún funcionaba como debía a pesar de estar tan mancillado. Pronto la espesa cortina de humo y vapor ardiente de esa habitación infernal quedaba atrás mientras una oscuridad agradable acobijaba al guerrero. Habían pasado demasiados días sin que pudiese ver el negro de la oscuridad. Aunque cerrara sus ojos en aquella habitación el brillo y la luz del fuego eran demasiado intensas como para que sus parpados pudiesen competir.

Axelier era arrastrado a través del pasillo oscuro. Era una zona de calabozos. Al interior de cada una de las celdas sobraban los restos humanoides de todas las víctimas que han tenido que sufrir lo mismo que él o cosas incluso peores. Esqueletos aún encadenados a la pared y muchos más dispersos por todo el piso sin orden aparente. Cadáveres momificados naturalmente por la deshidratación extrema y la desnutrición, la mayoría en posiciones fetales o sentados cubriendo sus rostros entre sus rodillas. El demonio alado maldecía y chillaba como una chicharra en celo durante el verano. Sus sonidos eran irritantes y mantendrían despiertos a cualquier mortal. Los pocos prisioneros con suficiente vida huían al fondo de sus prisiones al ver que se acercaba el demonio chillante. El miedo y la costumbre los había convertido en criaturas sin dignidad ni esperanza. Aunque vivos, ellos ya habían muerto años atrás.

Axelier comenzaba a sentir cálidos sus brazos. Ya podía cerrar el puño con algo de fuerza pero no podía competir aún contra los horrendos grilletes. El descenso a través de una escalera de caracol fue especialmente molesto pues el demonio halaba sin contemplaciones mientras el humano azotaba su cuerpo lastimado contra cada escalón que encontraba. Observaba bien sus alrededores. Celdas y más celdas a cada lado del pasillo. Algunas habían sido improvisadas con maderos y espadas encajadas en el suelo, las cuales aún conservaban la sangre de aquellos que histéricamente habrían intentado escapar entre las rendijas que dejaba esa valla imperfecta. Pero lo que más le llamó la atención fue una presencia familiar. Sentía el aura de Elhías, algo que llevaba tiempo sin sentir pues la presencia maligna de Gazrüll era omnipotente. Esta aura provenía de una de las celdas que doblaban en el camino contrario al que el demonio lo arrastraba. Intentaba recordar el nombre de aquella persona con el aura del dios de la muerte pero su mente estaba nublada con tanto dolor.

El demonio alado arrojó al humano dentro de una celda húmeda al fondo del pasillo más oscuro del calabozo y retiró las cadenas que aprisionaban sus manos. Axelier casi agradeció tal gesto al demonio, pero su orgullo era aún mayor que su dolor. Pronto se quedó en soledad al interior de una celda tan oscura como una de las noches que ya no recordaba. No tenía ventanas ni otros accesos más que la puerta de barras de hierro. Una manta vieja y ensangrentada cubría el piso rocoso de la habitación y no dudó un segundo en cogerla y cubrirse con ella. Además de la parte inferior de su armadura, conformada por las botas y su pantalón de placas mancilladas, no tenía otra prenda encima. No pasaron más de un par de minutos para que aquella oscuridad tranquilizadora lo sumiera en un sueño tan profundo que cualquiera que lo hubiese visto azotar el suelo de esa manera hubiese pensado que el hombre había perdido la conciencia tras un ataque cardiaco fulminante.


A veces, las personas terminan aceptando su realidad como si fuesen prisioneros de su propio destino. Este caso es muy común entre las familias nobles. Sus jóvenes son educados de tal manera que, al obtener la madurez, sean capaces de llevar el peso de su casa a sus espaldas y brindar honor y reputación a su familia. Sin duda es una vida que muchos quisieran en Noreth, sin embargo aquello no era más que una falacia para muchos de sus jóvenes. Para ellos esa clase de vida era una prisión de la cual no tenían escape alguno mientras tuvieran un nombre y una familia. Lo mismo pasaba con los prisioneros de cualquier prisión. A la larga, terminaban aceptando su propia perdición como si fuese acto del destino.

Pero más extraño era el hecho de aceptar el encierro y tener sentimientos hacia sus captores. Sentimientos que no eran exactamente de ira o resentimiento. Qhinn ya llevaba muchos ciclos lunares encerrada en sus aposentos. Tocaba diariamente una melodía para su captor, el demonio Vex. Algunas veces tocaba melodías nuevas, según el ánimo de su señor, otras ocasiones terminaba por tocar melodías que consideraba eran de las favoritas para el demonio. Para evitar la monotonía de una balada repetida, Qhinn cambiaba el ritmo y algunos acordes. Sus cambios y variantes eran mínimos, pero el oído musical de Vex claramente se deleitaba con esa clase de sorpresas. Era como lanzarle una brisa refrescante al demonio, en sentido figurado por supuesto.

Pero no todos los días eran tan serenos. Hubo un día en especial en el que Vex había entrado completamente enfurecido. Qhinn ya lo había visto enojado antes, pero en esa ocasión su furia iba más allá de la demencia. La piel pálida del elegante demonio se había tornado rojo quemado y se deformaba violentamente como si miles de púas desearen salir de su interior. Gritaba y maldecia en idiomas completamente desconocidos. La joven artista no comprendía nada obviamente, pero se habría de percatar que el demonio repetía una y otra vez un nombre “Gazrüll”. La paliza que le propinó aquel día no sería una que olvidaría jamás. Le había roto tres costillas y el brazo derecho de una sola patada y había marcado su mejilla izquierda con el filo de una de sus garras de hueso. Garras que jamás lucía pero que sin duda eran armas temibles. Tres semanas tardó la mujer en recuperarse de tal golpiza a pesar de utilizar su magia para ayudar a su cuerpo a sanar. Durante esas tres semanas no vería a Vex. Esperanzada en sus fantasías románticas ella esperaba que su ausencia fuese una forma de disculpa por parte del demonio, incluso quizá hasta su forma de decir cuan avergonzado estaba. Claro que sabía lo mal que estaba si de verdad pensaba eso del demonio que la tenía al borde de la locura, pero al menos tuvo tres semanas de relativa tranquilidad puesto que ya había aprendido a ignorar los gemidos de dolor del millar de víctimas en el edificio.

Cuando las visitas de Vex comenzaron nuevamente, la actitud del demonio había cambiado un poco más. El primer día había llevado un ramo de plantas ponzoñosas del pantano de Swash. Eran absolutamente horribles y sin duda moriría si aspiraba profundamente su aroma venenoso, pero jamás antes hubiera concebido la posibilidad de que un demonio le regalase un presente por más repulsivo que este fuera. El segundo día había aumentado la cantidad de cojines rellenos con plumas de pollos y gallinas. Eran tantos que ya podía ordenarlos en el suelo en forma de cama y le sobraban suficientes como para usar en otras áreas que desease cubrir.

Vex ahora era mucho más cuidadoso con su trato hacía Qhinn. Incluso había días en que el demonio se quedaba afuera de la habitación maldiciendo y golpeando la pared con una cólera desbocada. Qhinn sabía que era él, pues ya estaba acostumbrada a su voz y a sus maldiciones, pero se había quedado atónica cuando comprendió que el demonio prefería quedarse afuera y auto flagelarse que entrar y volver a destrozar el cuerpo de su musa. No pasó demasiado tiempo para que la confianza de la mujer fuese aumentando y, al mismo tiempo, sus atenciones hacia el elegante demonio bipolar.

Míth^Grrundïll – Vex había comenzado a llamarla así hacía más de un ciclo – ¿Sabes lo que eso significa en mi lengua? – Le preguntó a Qhinn mientras esta jugueteaba con la larga y sedosa cabellera negra del demonio mientras posaba sentada sobre el estribo del trono de Vex. Hacía tiempo que le había retirado las cadenas y ahora era libre, dentro de los límites de su habitación – Significa “Viento del alma” – Vex se cubrió el rostro con su mano claramente avergonzado – Es una verdadera lástima que en mi lengua no tengamos palabras para denominar mejor las cosas hermosas. Tuve que pasar dos estaciones enteras investigando antes de lograr conjugar estas dos palabras de manera que, al pronunciarlas, no se refirieran a entrañas o a sangre derramada.

Las visitas de Vex ya no eran una simple rutina para Qhinn. Ahora sus visitas tenían mayor valor. Ya no podía considere a sí misma una prisionera sino más bien una huésped destinada a visitar solo los rincones de una sola habitación. Incluso ahora tenía una bañera. Seguramente era propiedad de alguna familia pobre de la zona pues el óxido del metal era abrumador, pero al menos ya no tenía que ducharse una vez cada tres semanas tratando de hacer rendir el agua de un cubo de madera.

¡BAALTRU GUSHMÜK AK LIADÉNK! – El grito que, más parecían órdenes de comando, resonó en todo el interior de las Duchas de Vapor. Esta zona del calabozo era famosa y evitada por los demonios del monasterio pues, como su nombre lo indicaba, el vapor era abrasador en casi todos sus rincones. Un demonio podía vivir en zonas inmensamente calientes, como el interior de un volcán o el mismísimo infierno, pero adentrarse en esa pestilente nube sofocante de calor era simplemente demasiado. Los cadáveres de los muertos eran arrojados desde grietas superiores hasta el sótano donde se encontraban estas catacumbas originalmente para los muertos de los Monjes del Alba. Los demonios pronto comprendieron que aquellos restos de cadáveres desechados permanecían poco tiempo inmóviles e inertes. Algo los hacía volver a la vida, a la no vida, aunque no sabían que ni por qué.

El bárbaro de las tierras del norte había comenzado a desesperarse después de tres días de calor insoportable, sobreviviendo de los restos de comida que algunos demonios arrojaban a su jaula desde la azotea de la habitación. Se sintió como si estuviese en una enorme jaula de pájaros sin puertas aparentes. Su única posible salida de ese lugar era el enorme agujero por donde caían los desperdicios, pero a menos que aprendiera a volar por los aires alcanzar esa altura era tarea imposible.

Se sabe que los bárbaros son impulsivos e impacientes, y Vraz Tok no era la excepción por supuesto. Estaba rabioso y maldecía con un vozarrón a los cadáveres que se aglomeraban alrededor de su enorme jaula. Estaba a salvo gracias a la distancia a la que estaba pues había varios metros entre los barrotes y el centro de la jaula. Estaba desnudo y enfurecido, le habían quitado sus armas y armaduras sin que hubiese podido ofrecer resistencia y ahora planeaban arrebatarle su orgullo y su dignidad. Maldiciendo a sus captores y a los no muertos que alcanzaba a ver y oler, el bárbaro decidió trepar tomando un vuelo importante antes de sujetarse al ardiente metal de la jaula. Su plan, obviamente, terminaría en fracaso. Sus manos, sus piernas a la altura del muslo y su pecho habían conocido lo que una res sentía al ser marcada con un metal ardiente pues las rejas de bronce estaban ardiendo casi como una espada dentro de la forja. Otro detalle era la ligera capa de agua caliente que se posaba sobre el metal. Sin duda el vapor dejaba húmeda la reja, haciendo especialmente imposible aferrarse a ella.

El bárbaro fue a dar al suelo cayendo sobe el culo mientras continuaba maldiciendo como marinero ebrio, pero su posición ya no era favorable para su seguridad. Sus piernas habían quedado hacia afuera de la jaula, con una reja de bronce cerca de la entrepierna, y gracias a su furia y a la intensa nube de vapor no se percató a tiempo de la situación externa de esa zona en particular. No hasta que el dolor de una potente mordida por debajo de la rodilla lo hizo maldecir aún más. La nube de vapor se dispersó gracias al movimiento de al menos ocho no muertos que se amontonaban uno sobre otro a escasos centímetros de sus piernas. Uno de ellos había comenzado su festín mientras que, de la nada, un segundo zombi se lanzó a la otra pierna de Vraz Tok arrancando dos dedos de una sola mordida y aferrando sus mugrientas garras al tobillo para proferir una segunda mordida una vez terminara de masticar.

El dolor punzante fue suficiente para sacar de su letargo de furia al bárbaro. Rápidamente se separó de los barrotes arrastrándose hacia atrás, pero no hubo tiempo de revisar el estado de sus heridas pues ahora que los no muertos habían probado su carne y su sangre cálida no estarían contentos hasta no terminar de comer. Vraz Tok estaba en un aprieto aún mayor. Antes, cuando había mantenido la calma, los no muertos que rodeaban la jaula lo ignoraban pues estaba demasiado lejos como para que su sabor y su aroma les afectara. Pero ahora que sabían el jugoso premio al interior de la jaula no descansarían hasta alcanzarlo. En cuestión de segundos la jaula había sido rodeada por cadáveres emitiendo sonidos guturales de deseo y hambre. Algunos se comían entre sí por la desesperación o la costumbre, pero todos ejercían presión en las rejas intentando pasar entre ellas. Solo algunos brazos y piernas mutiladas por la presión de un centenar de no muertos habían pasado a través de los barrotes, pero esto no significaba peligro. El verdadero peligro era el enorme constructo de cadáveres que rondaba por las catacumbas. Era un zombi enorme de al menos tres metros de alto formado con partes de muchos cadáveres. Era deforme pero era sumamente fuerte, quizá lo suficiente como para abrirse paso entre los barrotes. Y se acercaba. El sonido de sus pesadas zancadas se podía escuchar por encima de los gemidos de los demás vasallos.

Los sonidos de una multitud de muertos en las partes más bajas del monasterio habían llamado la atención de los que estaban en el piso superior. El calabozo oscuro era un lugar generalmente silencioso. Solo los sollozos y algunos gemidos de dolor casi imperceptibles se podían escuchar al interior de sus celdas, pues los prisioneros que ahí habitaban apenas si tenían fuerzas para seguir respirando después de todas las penurias que los demonios les hacían pasar. Pero uno de ellos aún tenía una última batalla por librar, a pesar de que su mente comenzaba ya a delirar.

El orgullo de Khaelos, el que alguna vez había sido un conde de gran importancia en sus tierras, flaqueaba pero aún se mantenía erguido impulsado más por su necesidad de seguir vivo que por su propia dignidad. Sus visiones le habían alentado a seguir adelante y buscar la forma de salir de ahí, fue así como descubrió que su espíritu al fin había detectado la presencia de la muerte. Tendría que explicar cómo era esto posible. Siendo un nigromante de categoría como era posible que, después de tanto tiempo sumergido en la oscuridad del monasterio, la muerte jamás había influenciado su esencia. El conde no podría haber podido imaginar algún otro lugar de Noreth que tuviese tanta muerte y perdición como aquél monasterio endemoniado. Pero el motivo principal era la presencia abrumadora de aquel señor demoníaco al que vio en una ocasión y que le había marcado la mano izquierda tiempo atrás. Era la presencia de este demonio de los Nueve Infiernos el que abrumaba los sentidos del nigromante lo suficiente como para impedirle canalizar su energía. Por semanas, e incluso quizá meses, Khaelos había intentado por todos los medios concentrar su energía para salir de ese lugar, pero jamás logró si quiera reanimar un pequeño pedazo de carne muerta. Solo fue hasta esa ocasión que intentara nuevamente canalizar su energía mágica, y lo había logrado.

No podía explicar que era lo que había pasado con la increíble presencia del demonio Gazrüll, pero ya no era tan abrumadora como ciclos atrás. La esencia de la muerte era abundante en la zona en la que se encontraba. No lo sabía bien, pero a su alrededor habían suficientes muertos recientes seguramente olvidados en sus celdas hace semanas. Además sabía perfectamente que, debajo de sus propios pies había una gran cantidad de muerte viva. Sentía incluso la presencia de una fuente de energía necrótica intensa, aunque no podía definir con exactitud su localización. Pero eso no fue lo mejor ni lo más interesante que el guerrero había sentido en aquel oscuro y depravado lugar. Mientras cerraba los ojos y se concentraba en las presencias que le rodeaban, su mente había sido cegada por un resplandor familiar. Era la esencia de Luminaris. La aborrecía, pero era algo que no pensó que pudiese volver a sentir en aquellas tierras… y sabía bien que solo una fuente podría emitirla en ese lugar.

La presencia había pasado a escasos metros de él antes de descender a un piso inferior. No había tenido la oportunidad de verlo y confirmar sus sospechas pues había pasado lejos del rincón donde se encontraba su celda, lo único que había escuchado era un sonido característico de uno de los carceleros de ese lugar. Un demonio alado con voz demasiado chillante el cual gozaba azotando a los reos con pesadas cadenas oxidadas. Su propia espalda escocía al recordar las veces en que este demonio lo había torturado. Sin duda sería uno de los primeros en la lista negra del seguidor de Elhías.

El nigromante ahora sabía algunas cosas del lugar en el que estaba pero no estaba seguro de muchas más. Los desperdicios inmundos de un grupo de demonios que se embriagaban bebiendo la sangre de una docena de niños cayeron de forma imprevista a la celda del conde, el cual fue completamente empapado en desperdicios y heces fecales a media digestión. Estaba acostumbrado. Aquello no lo sacó de sus cavilaciones. El cuerpo de Khaelos estaba ahí, pero su mente le había abandonado y había salido a dar una vuelta e inspeccionar con mayor detalle el monasterio.

Para Cinna era un asunto completamente diferente que para la mayoría de los prisioneros de aquellos demonios infernales. Estaba completamente inmovilizada. Su mente flaqueaba. Su cuerpo mancillado por un desfile interminable de penes y objetos de peor proveniencia no lograba sanar del todo debido a la constante tortura de sus captores y del propio astro rey que la calcinaba sin matarla durante los días eternamente nublados.

La pequeña vampiresa ya había memorizado los trescientos cuarenta y cuatro bloques de piedra que conformaban la única parte de la habitación que podía ver desde su posición. No podía levantar demasiado la cabeza, por lo que aún desconocía cuantas rocas tendría la parte superior de aquella parte que había contabilizado miles de veces durante su estadía involuntaria. Sentía que sus pequeños pechos y su abdomen ya habían adoptado la forma circular del tronco de madera sobre el que estaba. Sentía que sus pechos insípidos se habían desplazado hacia los lados como los ojos de un camaleón y que su estómago ahora parecía una especie de cuenca similar a las huellas de un caballo sin herraduras. Su espalda baja, por otro lado, había perdido toda la sensibilidad. En la posición en la que estaba, con sus piernas elevadas en un ángulo de treinta grados, el entumecimiento era indescriptible. No solo no se había alimentado en meses, sino que tampoco sentía ya nada de la parte baja de su cuerpo. El dolor que experimentaba durante sus penetraciones diarias daban fe de la presencia de partes inferiores en su cuerpo, pero el resto del día era como si no tuviese nada por debajo de la cintura.

Nada cambiaba en su rutina. Por las madrugabas su cuerpo se recuperaba de las tremendas violaciones a las que era expuesta, un don que sin duda ya comenzaba a maldecir la joven vampira. Durante la mañana y el medio día comenzaba la tortura inexpugnable del sol en su espalda. Todo su cuerpo desde la nuca hasta el trasero y los talones sufría y se tornaba de color rojizo a café. En las tardes, cuando el Sol ya no iluminaba directamente su torre, el don vampírico de la regeneración comenzaba su trabajo. Cada día que pasaba tardaba más tiempo en sanarse, pues el daño era cada vez mayor y sin alimento era especialmente complicado para su piel. Pero lo peor ocurría durante las noches. Violación es una palabra que nadie podría ya utilizar para describir las cosas que le hacían a la pequeña inmortal. Una violación hubiese sido exageradamente misericordiosa y amable al punto de poderse considerar un acto de caballerosidad. No, aquello simplemente no tenía nombre.

Sin embargo no fue sino hasta ese día en particular en que algo cambió. Por primera vez, en quien sabe cuánto tiempo, su violación diaria se había adelantado. La luz del día no había abandonado del todo el recinto cuando un demonio en solitario se adentró en la habitación cerrando fuertemente la puerta tras de sí. La joven Cinna no pudo ver de quien se trataba ni que intenciones tuviera, aunque ya se lo esperaba – UK UK UK… SOVERN KUZ’TOK KRUSH YÓK… AD ¡LOKUST¡ – La voz era pesada y grave. Cinna supo rápidamente que este demonio era grande ya que la había sujetado por la cadera con una sola mano y la había jalado hacia atrás sin contemplaciones. Los brazos de la vampiresa se estiraron y casi sintió que podría perderlos si la jalaba más hacia él pues sus cadenas no se moverían de la pared al que estaba amarrada – ROG… SOVERN ¡KUZ-NAK! – El demonio maldijo y la soltó, haciendo que sus pechos y su estómago rosaran bruscamente sobre el tronco de madera. La incertidumbre la abrumó inmediatamente mientras escuchaba como maldecía para sí mismo mientras caminaba de un lado a otro por la habitación fuera del rango de visión de la mujer. Estaba claro que, si se le antojaba, este demonio podía partirla por la mitad y así satisfacer su lujuria. Por un momento consideró la posibilidad de ser libre y morir ahí y ahora. Pero sus expectativas no fueron correspondidas como ella hubiese esperado. En vez de eso, el obeso demonio había arrancado las cadenas que aprisionaban sus brazos y había soltado el grillete que la mantenía pegada al tronco de madera.

El demonio de piel pálida y un exoesqueleto en forma de púas era tan obeso que resultó claro para Cinna que no podría violarla en una posición tan incómoda como en la que estaba. En vez de pene, este demonio tenía una especie de daga de hueso con carne no más larga que una daga para abrir correspondencia y no más gruesa que el retoño de un arbusto de jardín. Cinna tuvo que contener su burla, pues el demonio aún la sujetaba de una mano. Su intención era clara: el demonio la violaría como quisiera… o al menos esa era su intención.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Vie Mar 22, 2013 1:58 am

La criatura reposaba su cuerpo vencido en los cojines que apenas se podían apilar para ser cómodos sobre el sucio suelo tapizado de heno, sus ojos le pesaban. Así que sólo los cerró y en ese momento las lagrimas acumuladas en ellos, se derramaron sobre sus sienes, su cuerpo estaba dolorido como no había estado en mucho tiempo, su brazo roto estaba sobre su estómago, intentaba no retorcerse de dolor por ello, un hueso roto, después de todo es un dolor poco tolerable y Qhinn no estaba sobrellevando muy bien eso. Lloraba, de dolor, de pena… de desesperanza. Su corazón estaba roto. Su mente estaba hecha pedazos.

Vex ya se había marchado en ese entonces, pero de su mente no se borraba su imagen, sus ojos llameando en una furia amarilla que casi la calcina, su piel se había tornado oscura, toda la delicadeza de su piel pálida se había esfumado como si el fuego la hubiera quemado. Y ese cuerpo… parecía todo como si de dentro de él quisiera salir algo o alguien. Qhinn no podía entender mucho de lo que le había dicho, pero recordó algo, vagamente… Gazun… Gazl… era una especie de nombre algo raro, y ahora pensaba que entonces quizá el demonio tuviera dos seres dentro de sí… No es como que supiera que era un nombre, si no que las cosas encajaban de una manera peculiar. Si algo quería salir de dentro de él, cambiando incluso su apariencia, y él había repetido con claro énfasis aquella palabra, solo le quedaba pensar que se trataba de dos seres en uno solo. Tal vez era eso… o tal vez alguien que lo hubiera hecho enfadar, mucho. Y su apariencia había cambiado entonces por la furia… después de todo, Vex no era sino un demonio, y no siempre conservan apariencia amable. Ella quería pensar que Vex no le habría hecho daño con la intensión de herirla… quería pensar que no había sido si no un arrebato de ira que no pudo controlar… pero ahora estaba sola en donde no sabía, rodeada de dolor y agonía, de olor a muerte, pero sola…

¿Quién recogería ahora los pedazos que quedaban de sí misma? La criatura delicada y musical, no estaba tan preocupada por su dolor incluso… y se preguntaba ¿Por qué Vez le habría hecho tanto daño esta vez? ¿Es a caso, que no ha sido una buena chica? Y de nuevo, sus ojos se inundaban en un silencioso rio de lágrimas. En ese mismo momento, no tenía mucha fuerza, y mucho menos voluntad, de levantarse y curarse, de sentarse y cubrir su rostro al llorar, no. Qhinn ahora mismo era solo una sombra sobre la cama de cojines, era un corazón roto, un manojo de locura quieta y callada. El dolor de sus costillas no se quedaba detrás del de su brazo, y no quería tocarse, no tenía demasiados conocimientos anatómicos o sobre su estructura ósea tan buenos como para repararse a si misma. Solo le quedaba la magia y ahora no podía si quiera respirar adecuadamente… dejó, que su cansancio y su derrota emocional la enviaran directo a un abismo de sueño.

[….]


Tres semanas habían transcurrido, y sus heridas estaban aliviadas por su organismo y la ayuda de su magia, ahora mismo sus huesos habían soldado naturalmente de sus fracturas, definitivamente se sentía mejor, pero solo en cuanto al daño ocasionado aquella ocasión. Incluso la herida sobre su mejilla había sanado, pero a pesar de sus intentos, aun sentía una cicatriz, no se sentía demasiado prominente, esperaba que no lo fuera, pero de largo calculaba los cinco centímetros, y bueno, el grosor no era destacable. Sin embargo sabría que se le notaría, quizá no a simple vista pero ahora tendría una marca para siempre. Bueno, siempre habría magia para remediarlo, pero no es como si ahora tuviera esa clase de conocimientos, por el momento al menos se sentía aliviada de que no fuera una herida grave que le hubiera arrancado una parte de su rostro, no por vanidad, si no por mera higiene. Aun con magia, perder una parte de su cara no se habría curado y eso quizá la hubiera llevado a sufrir una infección y con ello muy seguramente la muerte. Una que no creía que pudiera ser muy tranquila.

Cada vez que ella cerraba los ojos durante aquellos días, solo podía ver la peor versión del demonio que la había confinado a esa habitación, uno del que lentamente se había encariñado porque bien se había convertido en el único ser con el que compartía sus días y noches a pesar de ignorar el tiempo. Y esos días en soledad, habían sido solo un descanso para su cuerpo mal herido, pues su mente y sentimientos, estaban aun en mayor guerra. La inestabilidad de sus emociones era tal que lloraba casi todo el tiempo, lloraba porque por aquella grande y pesada puerta no entraba nadie, no entraba su demonio. Se acurrucaba en un rincón, a guardar silencio y sopesar la ausencia que más le dolía… ¿su libertad?

Ahí, sola, se había estado acordando del color de las flores silvestres, los violetas más vivos, los azules más picarones, el verde vivo de los bosques. O la oscuridad y misticismo de los pantanos, las olas chocando en la orilla, las rocas empapadas por la caída de los ríos, el aire fresco en la cima de un cerro, las noches vibrantes y eróticas con… sus amantes. Y cuando esa imagen venia a su mente, el rostro gentil y bello de Vex se asomaba en los confines de su memoria. Ya no quería amantes, quería solo a aquel demonio de bipolar personalidad, quería que le regalara una caricia, que le dedicara sus palabras. Quería que la consolara ahora mismo. Pero entonces el hambre la devolvía a su realidad, y daba dos o tres bocados a los duros y viejos panes, el agua ya casi se le acababa, si a caso tomaba un trago o dos al dia… y eso solo empeoraba el dolor de cabeza. Sentía acides en su estomago, y la sentía subir por el esófago, ya no dormía acostada, intentaba hacerlo sentada para que esa sensación no empeorara de noche, no podía verse a un espejo, pero sus ojos tenían una profunda sombra en sus párpados, incluso ya no brillaban como de costumbre sus iris. Su piel estaba reseca, se sentía de un olor muy malo también, su cabello estaba grasoso por el cebo natural que solo se retira con las duchas. Sus uñas largas y sucias, sus labios realmente resecos y cuarteados. Ya no miraba hacia ningún otro lado cuando estaba despierta, ninguno sino la puerta frente a ella. Tres semanas… hasta que el sonido de la puerta ceder ante quien la abría, hizo que la Hörigen se encogiera en sí misma.

El demonio al fin había hecho acto de presencia en la habitación de su prisionera. Vex se detuvo a solo unos pasos de la puerta, y momentos después retomó sus pasos en dirección hacia ella, quien esperaba acurrucada en el rincón, sin mostrar miedo, si no más bien resignación. Ella lo miró, vagamente mientras le extendía un ramo de lo que parecían plantas de pantano. No tenían la mejor apariencia pero ella las tomó, y sabia que no eran inofensivas una vez sintió el picor en su mano, pero no se atrevió a soltarlas, solo las sostuvo frente a él. Mirando el ramo de plantas, con cautela. Y hasta momentos después, fue que ella dio un gesto que no había mostrado jamás desde que estaba en ese lugar. Una media sonrisa, se había dibujado en sus maltratados labios.


[…]


Ya habían pasado unos días, en los que el demonio parecía redimirse, y compensarla por lo sucedido. Incluso ella llegaba a pensar que tal vez también se habría enamorado de ella. Pronto se le iba olvidando que había estado al punto de poder matarla, que había dejado de parecer hermoso para dar paso a una imagen retorcida y demoniaca, que incluso pudo haber sido peor de lo que parecía en un inicio. Pronto se encontraba ella misma olvidando por qué estaba en ese lugar, por qué había viajada, por qué dedicaba su vida a la música… se olvidaba de sí misma.

Ya no parecía una sombra, de nuevo su cabello había recobrado su brillo y suavidad, su piel estaba tersa una vez más, sus labios carnosos y vivos, sus párpados ya no eran los de una persona sin alimento ni sueño, tenía un aspecto envidiable tomando en cuenta las condiciones de donde se encontraba, pero no era más maltratada. Se había percatado perfectamente en el drástico cambio de Vex sobre su trato. Había una ducha para ella sola, había comida más frecuentemente, sus cojines eran tantos que podría dormir completamente desparramada por casi todo el cuarto. Las cosas habían tomado un rumbo que en un inicio eran solo esperanzas de una prisionera resignada, para convertirse en una realidad torcida.

¿Por qué alguien amaría a su captor? ¿Por qué adoraría alguien el solo hecho de poder mirarlo a los ojos? ¿Es a caso, que se ha enamorado la dulce y sumisa Hörigen?

Se había abandonado a sí misma, se había perdido en los bordes de su propia soledad que la atormentaba, su aislamiento tormentoso, su libertad arrebatada, no. No había nada más para ella. Y ahora se aferraba a lo único que estaba a su alcance. Un amor falso que su propia mente le inculcaba, aunque, ¿era realmente así de falso? Cuando ya no podía ni si quiera dormir tranquila de no tenerlo a su lado… pobre criatura olvidada por su soledad.
Qhinn tocaba todos los días, sí, pero ahora no solo era eso, también pasaba tiempo escuchando a su demonio platicarle algunas cosas de sí mismo. Cosas como capturas, o que quería conquistar ciertos lugares, le contaba incluso leyendas que él había conocido a lo largo de su vida. Mientras la Hörigen le escuchaba con atención y recargaba su cabeza en las rodillas del demonio, quien de hecho un día le había liberado de la cadena que le ataba a la pared, cosa que ella había agradecido con una tímida sonrisa dedicada a él. Las cosas ya no eran como en un inicio. Y no podría decirse que eran mejores, tomando en cuenta entonces, el claro estado mental de la muchacha.

Pero, había un detalle que ella aun concebía muy a duras penas. Vez había estado muchas veces fuera de aquella redonda y reducida habitación, lo sabía por los gritos de furia y la forma en que arremetía contra la pared de caliza. Incluso se sentía de su lado de la pared, el temblor de la misma, un poco de polvo de la pared incluso se caía al suelo ante los arrebatadores golpes cargados de ira. El demonio la estaba protegiendo… de sí mismo. Qhin había derramado un par de lágrimas por ello, conmovida por aquel amor no proclamado que pensaba él tenía por ella, se mantenía siempre junto aquella pared que del otro lado el demonio golpeaba y azotaba e incluso parecía insultar, tenía ganas de abrazarlo, de sostenerlo contra su pecho y consolar su ira, pero estaba consciente de algo: podría matarla. Pero en su defecto, parecía acariciar la pared, imaginando que pudiera llegar a él de esa manera, quería agradecerle que la protegiera. Quería tenerlo para ella.

Incluso la había comenzado a llamar de cierta manera: Míth^Grrundïll. Ella conocía su propio nombre, pero había adorado que él la llamase de tal manera, pues cuando le dijo el significado, sus ojos parecieron brillar como el oro liquido, lo había mirado a los ojos con la ilusión con la que mira un chiquillo un regalo nuevo. No podía expresarse con habla, ni con las señas pues él no conocería esa lengua probablemente, pero sus expresiones faciales y sus melodías siempre le demostraban lo agradecida que estaba, o lo mucho que significaba ahora para ella… De hecho el día en que le había llamado de esa manera la primera vez, dentro de sí había sentido una gran necesidad de decirle que le amaba. Que lo necesitaba, pero gracias a los dioses, solo había dedicado su sincera sonrisa.

Hoy mismo, era una de aquellas ocasiones en que la rabia invadía a l demonio, y las paredes eran las que recibían aquel odio ciego. Qhinn casi corrió hacia la pared y recordó su rostro en ella, anhelando que la paz llegara a su demonio… pero eso no sucedía, de hecho esta vez, había tardado mucho rato ya desde que llego a descargarse en la caliza de su cuarto. ¿Estaria aun peor? ¿Qué le sucedía hoy a su demonio?
No era usual que le tomara tanto tiempo desquitar el enojo contra aquel muro, y Qhin sentía el pecho apretarse contra ella, como si no pudiera tener una respiración sin pesadumbre. Y quería gritar, quería gritarle que lo consolaría con su cariño y sus cuidados. Pero no podía, estaba atrapada en su silencio y su inminente locura. Rota por dentro, se acercó a la puerta, con el instrumento en sus manos, pero recargando la espalda en la pared, así el sonido podría apreciarse, pues la puerta tenia hendiduras y había un espacio de dos centímetros si a caso entre la puerta y el suelo. Ya acomodada, sus labios dejaron que el aire se convirtiera en música a través de la flauta. Su música reflejaba su dolor ante la impotencia de amarlo como quisiera, su esperanza de compartir aquel sentimiento plenamente con él. La melodía estaba ribeteada de dolor y amor…

Spoiler:

¿Hasta dónde llegará, la oscuridad de locura que la abraza sin piedad? ¿Hasta cuándo, Qhinn, dejará de ocultarse de su realidad y la enfrentará con cordura?
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Vie Mar 22, 2013 6:27 am

Un extraño sonido provenía de las zonas más bajas del monasterio. Era como una especie de rumor, de muchedumbre enfurecida o... Hambrienta. Algo. Mi oído no me permitía saber qué eran exactamente. Fue mi magia la que me daba una pista algo más... Acertada, por decirlo de alguna manera. ¿Podían ser no-muertos lo que había ahí abajo? Tal vez... Y de ser así, saberlo sería algo muy interesante, sin duda, pues... ¿Qué pasaría si desde las profundidades del monasterio un ejército de no-muertos atacaba a los demonios? No pude evitar elevar una plegaria a Elhías para pedirle que así fuera. En aquellos momentos solo me importaba una cosa... Salir con vida de allí. Debía hacerlo. Mi cuerpo estaba débil, pero nuevas fuerzas nacidas de la resignación, de la furia y de la muerte que me embargaban a mí y a aquél lugar. Tal vez mi mente estaba acabando de quebrarse y aquello no fueran más que los anhelos de un loco, pero... Recordaba quién era. Y por eso mismo decidí que, por intentarlo, no perdería nada. Cualquier opción era mejor que quedarse ahí y recibir duchas de mierda de demonio.

Cuando percibí que la muerte por fin volvía a mí sentí una alegría en mi pecho similar a la del reencuentro con la mujer amada o al nacimiento de una hija. La magia me había acompañado desde que era pequeño, y tal vez uno de los golpes más duros que sufrí allí fue el dejar de percibir mi magia... El acabar creyendo que la había perdido para siempre. Había días en los que incluso había llegado a pensar que toda mi vida anterior, que el que yo pudiera hacer magia no eran más que imaginaciones mías y que en realidad había llegado a nacer en ese monasterio. El sentir la magia fluir de nuevo a través de mí, no con el vigor de antaño, pero al menos notarla de nuevo, me hizo sonreír de forma sincera, dándome cuenta de que, afortunadamente, no me había olvidado de cómo se hacía esa curva con los labios. Quise hasta derramar lágrimas de alegría, pero la deshidratación no me lo permitía. Empezaba a sentirme completo de nuevo.

Finalmente salí de esa ensoñación y sacudí la cabeza, obligándome a centrarme. Necesitaba ser cuidadoso y firme a partes iguales, y ahora no podía emocionarme por aquello. Solo usar la alegría que acababa de tener para fortalecerme y recobrarme mentalmente. Aunque sabía que nunca sanarían del todo las heridas que mi salud mental recibió en el monasterio... Al menos me harían más peligroso. Ese pensamiento me hizo sonreír. Sí, sin duda los demonios iban a arrepentirse de haberme encerrado allí.

Gracias a que la presencia del jefe de los demonios parecía haber disminuido, podía por fin percibir a la muerte. Me rodeaba, en la zona donde estaba había bastante muerte, y aquello era bueno. Me hacía sentir poco a poco cómo recuperaba el poder que antaño tuve, así que decidí explayarme un poco más con aquella sensación. Percibía una cantidad considerable de muertos en las celdas de mi alrededor, y finalmente pude darme cuenta de que lo que había en la planta inferior era una gran cantidad de no-muertos. Además, percibí un foco necrótico muy poderoso... ¿Qué sería aquello? Sin duda era interesante... Sin embargo, tal vez lo más interesante que sucedió fue una presencia mágica que me resultaba conocida... Tenía los ojos cerrados, concentrándome en toda presencia que había a mi alrededor, y en mi mente vi una luz. Aunque esa esencia me hizo esbozar una mueca de asco, no pude evitar alegrarme al saber que solo había una persona que pudiera emitirla. Axelier. Así que seguía vivo... Instantáneamente supe que debía ir a sacarle de donde estaba. Si en todo aquél lugar había dos personas que pudieran escapar con vida, éramos nosotros.

Finalmente se lo llevaron a un piso inferior, por lo que pude notar. No pude confirmar si era el paladín, pero... Tenía esa corazonada, estaba seguro. Era un tipo duro, y si alguien podría haber sobrevivido tanto tiempo como yo lo hice... Sin duda habría sido él. Solo rezaba para que no fuera una ilusión de mi mente... De hecho, deseé con todas mis fuerzas que aquello fuera real y no una ilusión. Sabía que no era un sueño, pero de ser un engaño mental... Quién sabía qué podía llegar a pasar si despertaba de él. Sería caer del fuego a las brasas.

En ese momento, mientras lo bajaban, escuché una voz que me sonaba... Sí, era el carcelero alado. Ese puto murciélago mutado que hablaba en horribles chillidos que te taladraban el cerebro y te daban jaqueca. Además, ese bastardo empuñaba cadenas oxidadas, y en más de una ocasión las había usado con mi espalda. Suerte tenía de que estuviera tan débil y no estuviera yo fuera... Iba a matarle como fuera. Fue entonces que noté algo cálido y apestoso caerme encima, quedando empapado en sangre, restos de comida y heces. No me inmuté. Solamente sacudí la cabeza para evitar que me llegara a los ojos o a la boca y seguí pensando un plan para salir de ahí.

Finalmente abrí los ojos, y delante mío vi algo que me hizo sonreír. Un esqueleto. ¡Sí! Sí, podría tratar de reanimarlo. Sin embargo, primero necesitaba hacer algo. Agarré el hueso que había afilado y lo hice deslizarse por el suelo, apuntando al esqueleto. Entonces, manteniéndome arrodillado y con los ojos fijos en el esqueleto, mientras mantenía la mano izquierda en contacto con el suelo tratando de filtrar desde los pisos inferiores toda la muerte que pudiera, alcé la voz todo lo que pude, tratando de llamar la atención de un carcelero en concreto:

-¡Rata con alas! ¡Bastardo de las cadenas! ¡Monstruito con voz de pito! ¡Ramera del calabozo! ¡Sí, te llamo a ti, carcelero alado! ¿¡Te has vuelto una nenaza y ya no vienes a pegarme con las cadenitas!?-

Tras eso, y sin pararme a comprobar si había tenido éxito o no, fijé en mi mente al esqueleto que tenía delante, y mientras mantenía ambas manos en el suelo, tratando de filtrar muerte para ganar más y más fuerzas, empecé a lanzar descargas de esencia hacia el cadáver. Susurrando, empecé a recitar las palabras del conjuro más básico de la nigromancia, conjuro que mi mente empezaba a recordar a medida que hablaba. Mi tono era bajo, casi como un salmo, y con el jaleo que había me aseguré de que fuera imperceptible. Casi parecía un rezo. Cada vez más rápido, repetía las siguientes palabras:

-Diloex, dahînaghûr ishîhâr frah ahnaghâr... Gah krimpah inzarkh guh thrakat nurth khag garthâur dinoex agkhûr garthûothâr agkhôsh.-

Si el conjuro funcionaba, lograría alzar a aquél esqueleto. No quise arriesgarme a alzar nada más, pues sabía que si intentaba alzar dos o más posiblemente moriría o acabaría demasiado consumido. Aún no me atreví a darle órdenes al cadáver, pero en cuanto lograra establecer contacto con él, mentalmente le transmitiría las siguientes órdenes: “Agarra el hueso afilado, acércate al demonio por la espalda, clávaselo en la garganta.” Eran órdenes simples, de modo que la posibilidad de fallar en ese sentido era mínima. El problema venía de... ¿Sería capaz de levantar al muerto? Y más importante... ¿Mis insultos habrían surtido efecto con el carcelero?
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Khaelos Kohlheim
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La Sed Saciada Es Peligrosa

Mensaje por Cinna Ravane el Vie Mar 22, 2013 6:02 pm

We all have our fears but yours are
The scariest of them all
Lift your head and let us taste
The horror you adore.
As your days turn to weeks
You'll cry yourself to sleep
In the cage.
And as your days turn to weeks
You'll cry yourself to sleep
In the cage you've locked yourself in.

Cada respiración siseante es un esfuerzo cuyo sonido resuena en su piel sin darle el menor alivio. Entre sus demás padecimientos, el hecho de estar boca abajo hace que Ravane se sienta mareada y el entumecimiento de su cuerpo más allá de la cintura y hacía arriba, a los pies, no es el alivio más adecuado. Cruel dolor de sus extremidades, es como una muñeca maltrecha esperando por quebrarse en macabros pedazos sanguinolentos. El pelo dorado tira de ella hacía la tierra y como una hipnótica idea ella anhela fundirse en la oscuridad de las entrañas del mundo para que de ese modo pueda olvidar los dolores de esta existencia maldita.
No duerme, no bebe, su cuerpo es una llama dolorida que ni siquiera puede diferenciar a su raída garganta hambrienta de todo lo demás. Su único entretenimiento consiste en mirar cada grieta de la pared de caliza, imaginar que sus pies ascienden por los trescientos cuarenta y cuatro bloques de piedra que alcanza a divisar (porque ha contado cada uno de ellos) y soñar que alas indefinidas la llevan al corazón de la insensibilidad, un paradisíaco lugar donde no tiene que experimentar nada que no sea una profunda paz.
Sus ojos, agónica muestra de un alma fulminada por la vileza y el escarnio, enrojecidos, se clavan ausentes y a veces sombríos viendo sin ver, registrando sin anotar.
No hace ningún sonido, ya no le queda fuerza para gritar por ayuda (que en el fondo siempre supo que no llegaría) y a veces consigue mantenerse callada bajo tortura, un juego de resistencia que le ayuda a soportarlo un poco mejor. Las raras veces que lo inhumano le causa placer se estremece entera y cuando se quema deja la boca abierta para no perder tiempo en lanzar alaridos.
Su piel, antes tersa, blanca, juvenil y hermosa, es ahora grisácea como las nubes de una tormenta, llena de costras, mugre y putrefacción. Las heridas medio curadas y las ya cicatrizadas forman un mapa en su cuerpo y las macilentas mejillas están llenas de surcos de desolación, representa un cuadro de lo miserable tan brillantemente que cualquiera con un poco de compasión se habría apiadado de sus circunstancias.
A menos que estés en tu infierno personal.
Cuerpo. Carne. Materia. ¡Cuán frágil eres, cuán fácil es romper las redes de tu dignidad prístina! Nervios exacerbados, redecillas de venas estalladas, fruto maduro explotado antes de madurar. Rosa marchita cuyo hedor repele, elixir demoníaco que incita a la lujuria y la depravación. Curación malsana para herirte otra vez. Carnosos agujeros listos para ser profanados, fuego insufrible que no purifica. Ojos de diablo puestos en la belleza perdida, ¡Mira que bajo has caído, mi pequeña Ravane!
Y no obstante que sólo han torturado tu cuerpo, tu mente no acerta a refugiarte sin perderte definitivamente. El sufrimiento es el maestro de la pérdida de la cordura, mueve los hilos igual que titiritero novato para hacer líos donde había corrientes serenas. Tus ojos sólo ven la misma monótona imagen de caliza y ladrillos pero tu consciencia...
Una vez que has descendido no vuelves a ascender. No hay escalera para los caídos y condenados, ninguna mano redentora te hará libre o lo hará demasiado tarde. Y mientras tu sino reluce en forma de tatuaje de perdición, los hilos de plata de tu alma tejen el escudo de locura en el que te refugiarás mientras puedas.
No es sueño. Es Visión. Bella niña hecha trizas, para que no vean tus jirones te reducirás a fantasía.
Viejo manto convertido en espada.

Cierras los ojos, los abres y ya no estás en el mismo lugar



Te columpias bajo la luz de un sol suave como la caricia de una madre, sonriendo bajo los rayos de una esperanza raída, pero todavía fuerte. Los listones en tu cabello son azules y hacen juego con tus ojos grises, tan llenos de plenitud y sabiduría que los traseúntes se los quedan mirando más tiempo del que les dicta la cortesía. Asciendes en el abrazo de una brisa fragante, respiras con tanto placer que el perfume perdura en tu nariz incluso cuando vuelves al suelo. Lilas. ¡Tu aroma favorito! Y la tela de tu vestido de seda algodonoda te roza cual pluma gentil y acaricias el piso con tus zapatos, disfrutando de la sensación que se implanta en cada una de tus terminaciones nerviosas.
No hay nadie a tu lado. No importa. Eres la perfecta acompañante de los árboles, la amiga de los ríos, te llevas con las piedras y susurras a la tierra. ¿Por qué no sentirte agradecida en semejante compañía? No hay razón alguna para llorar...
Hay luz y sol todavía pero el cielo anhela que llueva para besar tus labios, así que el agua corre hacía ti,llena tus brazos, empapa tu piel y danzas bajo su bendición, te solazas en cada paso. Una melodía vieja como los dioses hace tus pasos más vibrantes y dedicados. Te ríes y tu risa tintinea como campanillas plateadas.
Alzas la cabeza para recibir el beso de la lluvia.
Y te quema
.

Ilusión y realidad estampan en tu organismo como suero oscuro y gritas, dividida entre el frío de tu sueño y el fuego de tu agonía. Tus pies intentan patalear, tu cintura duele de la presión que haces contra el grillete y ahora tus alaridos son tan fuertes que no puedes ver. Por primera vez en quién sabe cuánto tiempo estás llorando de verdad, gotas de sangre que caen con tus sollozos en tierra de nadie. Y por primera vez en toda la largueza del dolor, estás suplicando.
Por favor tu voz de pájaro roto es tan conmovedora que es como un rayo de luz en las tinieblas interminables Por favor...
Pero nadie viene. Porque nadie viene nunca.
Y ese pequeño resquicio de humanidad, el último hilo que te ataba a las cosas buenas de esta existencia, se extingue igual que el canto de la alondra al anochecer. Tu última lágrima sella el contrato, deshace la dicotomía de tu ser y te quedas tan quieta que parece que acabas de fenecer.
Así ha sido, aunque no del modo en que tú querrías. Aún así, no importa.
Reflexiva, fría ahora, tiras de las cadenas sólo por probar. No, no tienes fuerza para soltarte pero quizá no importe tanto ahora que te han arrebatado todo. Un poco más o menos de depravación no te matará.
Y quizá es, después de todo, una prueba, porque mientras esperas a que el sol desaparezca y lo maldices con más pasión de lo que lo has hecho nunca, oyes el sonido que anuncia una nueva ronda de violaciones.
Te pones cómoda, todo lo que puedes cuando tan forzada postura te mantiene permanentemente agraviada.
Oyes un extraño dialecto y memorizas las palabras, aunque sabes que no tienes idea de qué significan.
Pero además, es el sonido anterior el que te hace reflexionar. Sonó... a una puerta. No puedes verla, no puedes ver a tu torturador, pero sabes que está ahí y eso te pone a pensar.
No dices nada. No gritas. No suplicas, ni siquiera cuando aquel hombretón o lo que sea tira con tanta fuerza de ti que sientes el dolor en tus brazos igual que hierro candente.
Aquel ser dice algo más y te suelta. Suena enojado, sabes lo que eso significa para ti, pero no lo diferencias de lo demás, todo en esos seres es rabia, lujuria, odio.
"Aburrido" piensas con tristeza "Y no me mata, que es lo peor"
De pronto, no cadenas en sus brazos (aunque sí grilletes) ni grilletes en su cintura (aunque sí cadenas en sus piernas) y Ravane palideció debajo de la porquería bajo la visión de su violador.
Tal vez no sea comprensible por qué, ya la habían violado tantas veces que una más no haría mucha diferencia. Pero ninguno de los monstruos que se había recreado en su cuerpo infantil había sido tan horrible y tan descomunal ni les brillaban a los otros los ojos como grasa cebada y promesas de mierda, así que Ravane reprimió las ganas que tenía de provocar al mórbido.
Quería morir, por todos los dioses que no existían que lo quería, pero ser aplastado bajo esa masa de carne no iba a resultar divertido. Y no importaba cuántas ganas tuviera de burlarse por el miembro con el que iba a ser atravesada tuviera, porque sabía por experiencia que incluso lo pequeño desgarra y lo insignificante lastima.
Ravane bajó los ojos como si estuviera haciendo gala de pudor y se preguntó qué hacer. Le dolía la cabeza, le ardía cada centímetro del cuerpo y el tacto del otro era tan repugnante que si hubiera tenido algo en el estómago lo habría vomitado.
Y sin embargo, un rastro del olor a rosas de fantasía nublaba su mente...
Sed. ¡Trampa que te llevó allí! Pero, ¿Qué más puedes hacer?
Los ojos grises se clavaron en los del mórbido. Es demasiado alto, es demasiado feo, demasiado grande.
Pero es carne. Y es la primera vez que Ravane se puede mover
Así que ella, con las pocas fuerzas que le quedaban, con la misma avidez que un niño pequeño chupa la teta de su madre, buscó un sitio libre y aguantándose el asco mordió y se aferró con ambas manos, con su cuerpo entero, sabiendo que la iba a deshacer aquel ente, sabiendo que la pagaría caro, pero... ¡Qué importaba, con tal de ver saciada su sed!
¡Ultrajada, moribunda, vencida, muñeca desarticulada!
Y con la boca agrietada chupando.
Y con los brazos abrazando.
Y con la mente viendo cosas que no estaban ahí.


¿Acaso la mínima sombra de una mentira no te ha enseñado a cuidarte? Pobre tonto, crees conocerme, pero te equivocas... te he engañado desde la misma palabra y sigues sin descubrir quien soy

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Mar 29, 2013 3:04 am

Poco a poco la tranquilidad de la nada y la profunda oscuridad abrumaron los sentidos aturdidos del antiguo paladín. Axelier ya había aceptado su culpa y pecado mucho antes de que su tortura física comenzara. Él había sido el único culpable de la muerte de su amada y una parte de sí mismo se maldecía y maldecía a Luminaris por haber permitido tal afrenta. Por otro lado, el mismo comprendía que lo que había hecho había sido por pura misericordia y compasión. Una parte de él abrazaba a la muerte y a la oscuridad como un infante a los pechos de su madre. El paladín había encontrado consuelo en la muerte y en las sombras pero, por otro lado, aún le quedaba espíritu suficiente para aferrarse a la vida que le había enseñado Luminaris. Su mente estaba dividida y su cuerpo destrozado. Solo la fe quedaba intacta.

No sabría decir si lo que vio en esa ocasión, durante su repentino encierro en la oscuridad, habría sido un sueño o una visión. Su mente vagaba a través del recuerdo de aquél bosque cuyo nombre ya había olvidado. La comunidad de elfos y artistas que le habían abierto las puertas y donde conoció a la más hermosa mujer que sus jóvenes ojos jamás hubiesen imaginado que existiera. En su mente, su nombre era mujer[ pues no recordaba nada de ella más que su hermosa figura, su voz y su sangre. Su juventud eterna irradiaba una luz que lo cegaba incluso en su memoria. Era como mirar directamente una lámpara de luz mágica o el fuego de una forja, los ojos le calaban pero simplemente no podía dejar de mirar. Su visión era de días de paz muy lejanos y de una libertad que nunca más volvería a experimentar.

De pronto su visión comenzó a oscurecerse de forma gradual e inevitable como un pesado pestañeo de sueño y cansancio. Los días de luz y juegos habían dado paso a una visión horrenda. Fuego, sangre e intestinos regados por doquier en aquella tranquila comunidad de elfos. Demonios alados bailaban y se regocijaban bebiendo licor y sangre usando las cabezas cercenadas de niños y ancianos como tarros improvisados. Los hombres descuartizados y apilados uno encima del otro haciendo imposible la tarea de saber a quién pertenecía esa pierna y aquel brazo mientras que las mujeres habían sufrido lo peor, pues todas, muertas o no, habían sido empaladas alrededor de una enorme hoguera como cerdos listos para asar. Sus cuerpos desnudos y mancillados comenzaban a tomar un color rojizo propio de las quemaduras de tercer grado mientras que, las menos afortunadas, aún se retorcían sufriendo el ardor impasible y la gruesa asta de madera que la había penetrado por la parte inferior de su cuerpo.

De no haber sido una visión Axelier hubiera vomitado ahí mismo, asqueado por el horrible recuerdo, y de no haber estado tan exhausto se hubiese despertado inmediatamente gritando inútilmente a la oscuridad, como quien hubiera tenido una terrible pesadilla. En su visión, pues eso parecía ser, todo era muerte y depravación. Demonios y el fuego consumiendo la aldea entera dominaban lo que anteriormente había sido verde y lleno de vida. Pero la desesperación y la agitación disminuían. El paladín comenzaba a sentirse más tranquilo y recomponía el ritmo de su respiración como si hubiese parado después de una larga carrera. Ya no sentía repudio ante lo que sus ojos presenciaban. Ya no había sentimientos de ira e impotencia. Estaba en paz con su entorno, por más corrompido que este parecía ser. Avanzaba lentamente sin escuchar los gritos de la multitud. Su visión y sus oídos nublados como si hubiese estado aturdido por una explosión cercana. Avanzaba despacio, sin ningún apuro. Miraba sus pies, una armadura oscurecida muy diferente a la hermosa armadura del paladín de Luminaris. No le daba importancia, simplemente trataba de esquivar las entrañas y los miembros esparcidos por la tierra fértil tratando de no ensuciarse con aquél río carmesí. Avanzaba despacio y con cuidado. Avanzaba hacia una casa. Hacia su casa…


Como… -- comenzó a hablar el demonio una vez que la hermosa melodía había llegado a su fin -- ¿Cómo te sientes hoy, mi querida Míth^Grrundïll? – La noche anterior había lastimado levemente la mano de Qhinn al abrir sin contemplaciones la pesada puerta de madera, sin saber que la Hörigen se encontraba apoyada sobre la misma, impaciente a su llegada. Las palabras endulzadas del demonio desentonaban con el claro gesto de preocupación y arrepentimiento, un gesto que no pasaría desapercibido para la mujer quien no dudó un momento para sonreírle mientras movía la mano demostrando su total recuperación.

Ya habían pasado varias semanas desde la última arremetida de Vex hacia la pared del corredor exterior. Qhinn sabía que algo le seguía perturbando el sueño a su demonio y capturador pero estaba agradecida de que la paz en el rostro de Vex parecía perdurar más de lo habitual. Incluso había notado que el demonio ya no llegaba a su habitación cubierto en sangre y con rasgaduras en su ropa. La limpieza con la que ahora se presentaba el demonio era digna de un miembro de la nobleza, y sus atuendos eran justamente de ese mismo nivel. Por su parte, Qhinn había aumentado drásticamente la cantidad de posesiones materiales de las que disponía. Todos los objetos con los que había iniciado su viaje, incluyendo las esferas de humo y el peine de hueso, se los había devuelto. Así mismo, Vex le consiguió una hermosa alfombra color perla y una gran cantidad de pliegos de tela de algodón y seda de distintos colores para las paredes de modo que era prácticamente imposible averiguar que se encontraba en una destrozada torre de caliza sin apartar varios centímetros de buena tela. Había un enorme espejo con un armazón metálico de buena calidad y un ropero con más de veinte vestidos de gran elegancia, objetos que no dudó en que habían sido robados. Pero esto ya no le molestaba a la Hörigen, quien dejaba que su demonio le regalara cosas como si se tratara de un noble cortejando a la hija de algún gobernador. Haciendo a un lado el encierro permanente, aquella sería una vida envidiable para muchas doncellas de la alta sociedad.

Los días transcurrían lentamente cuando Vex no se encontraba a su lado. Se mordía los labios de impaciencia y varias veces intentó abandonar su habitación para ir en su búsqueda, ya que ahora la puerta permanecía sin llave, pero rápidamente se arrepentía a escasos metros de distancia de su habitación al sentirse presa del pánico por la realidad que le aguardaba afuera de su segura morada. Solo al salir lograba recordar el horrendo lugar en el que estaba. Los gritos y lamentos de miles de víctimas sodomizadas una y otra vez impregnaban cada rincón de aquél lugar con su dolor y sus maldiciones. Qhinn se sentía como un pequeño ratón asustado de abandonar su jaula por temor a lo que hubiera más allá de ella. Eran esos días cuando su música tocaba con menor intensidad y sentimiento. Días que intentaba tragar y olvidar rápidamente llenando su vista y sus sentimientos con la imagen de su elegante demonio deleitado por sus melodías y su amor.

Todo parecía ser mucho mejor cuando esperaba paciente a la llegada de Vex. Se arreglaba adecuadamente utilizando algunas pinturas y cepillaba su cabello hasta dejarlo completamente desenredado, pues a Vex le gustaba pasar sus dedos a través del largo y sedoso cabello de la Hörigen. Ya había seleccionado las piezas que interpretaría para Vex esa misma noche. Una bonita melodía de flauta que tanto le agradaba al demonio y un par de bellas notas con el arpa dorada que le había regalado hace no más de dos ciclos. Todo parecía estar listo para una velada romántica perfecta. Lo había preparado así para él, pues el pasado ciclo se había mostrado sexualmente atraído a ella. La tensión que había entre los dos era tangible. Se deseaban pero ella no lo externaba demasiado y él trataba de contenerse con todas sus fuerzas. Sin embargo el lívido de Qhinn estaba desbocado. Llevaban tanto tiempo deseándose en silencio que era simplemente insoportable seguir así. Estaba dispuesta a dar ese paso.

Por fin la puerta se abrió de un golpe. Qhinn permanecía erguida sobre sus almohadas vistiendo solamente su corsé más ajustado y unas medias muy sugestivas. Un atuendo negro con rojo. Sin embargo lo que entró por esa puerta no era su elegante demonio. Ni siquiera era el demonio lleno de rabia que antes la había dejado muy mal herida. No. El que ahí entró era un recordatorio de carne y hueso sobre el lugar al que ahora pertenecía. Era un demonio alado con fauces como las de un perro y garras como las de un lagarto. Jadeaba y babeaba con una mirada llena de lujuria y depravación mientras saboreaba a la exquisita mujer que Vex tenía solo para sí – Vrözk kül .. akatusk Vörnmondus Vexúas aanék tuil – Sus palabras eran amenazantes y frívolas. Estaba impaciente y excitado por lo que tenía enfrente. No dudo un solo segundo más antes de lanzarse sobre su presa.


Las fuerzas aún lo habían abandonado del todo. Por alguna razón, que no podía explicar, la presencia del señor demoníaco de ese monasterio había dejado de ejercer presión sobre los sentidos del necromancer Khaelos Kohlheim. Al fin era capaz de sentir la muerte y la depravación de ese lugar infestado de ellos. Estaba débil física y mental mente, pero su enorme resistencia le habían permitido sobrevivir lo suficiente como para fortalecer sus deseos de venganza. Lo que no te mata te fortalece, y eso era justamente lo que el conde Zhakheshquesiano tenía en mente.

Gritaba y maldecía cosas al azar con las fuerzas que le quedaban intentando llamar la atención del carcelero de la voz de chinchilla. Un desgraciado que muchas veces lo había azotado antes y que hacía varios meses que no se dignaba a pasar a su celda ni siquiera para burlarse como lo hacía durante el principio de su reclusión. Las cadenas que arrastraba el pequeño demonio alado se habían dirigido a un piso inferior, sin embargo el silencio en aquel calabozo era algo al que los oídos del conde ya estaban más que acostumbrados. No podía haber un sonido en ese lugar que no generara el más mínimo vestigio de ruido, y Khaelos lo escucharía. La sarta de maldiciones y quejidos resonaba por los pasillos del calabozo y solo dejaba de gritar para tratar de adivinar el paradero de su objetivo, logrando alcanzar el éxito al escuchar como las cadenas se apresuraban a subir al nivel anterior.

Su espíritu había pasado la prueba de mayor importancia en su larga carrera militar y, haciendo uso de toda la concentración que fue capaz de conseguir, había logrado reanimar a un cadáver cercano. Se trataba de un esqueleto que había perdido ya todo rastro de carne a manos de las enormes ratas que abundaban en aquel lugar. El nexo mágico entre el necromago y el cadáver era débil, pero Khaelos tenía la esperanza de poderlo comandar como antaño hubiese sido capaz de hacer. El esqueleto movía la cabeza y sus extremidades, pero el nexo no se estaba llevando a cabo como el conde hubiese deseado. Apenas tenía fuerzas para mantenerse consciente, y la magia drenaba la fuerza que le restaba conforme pasaban los segundos, pero no debía ceder terreno al agotamiento. Hacían más de cuatro ciclos desde la última vez que alguien había pasado por su celda, y esta vez era precisamente ese maldito carcelero. Su mente aún divagaba ensimismada cuando el demonio arribó a la prisión.

Sin miramientos, el demonio alado emitió un chirrido tan intenso que hizo sangrar los débiles tímpanos del humano y provocaron el descontento de un grupo de demonios que pasaban cerca del orificio de la parte superior de la celda de Khaelos, y él lo supo no por los posibles insultos que estos había echado, sino por la cantidad de despojos humanos que se precipitaron hacia el suelo de la celda golpeando en varias ocasiones las piernas y la espalda del conde.

El demonio forcejeó con su amplio llavero mientras decía palabras incomprensibles al oído humano que aún dolía por el estruendo anterior. Khaelos logró mantener vivo el vínculo como un tenue fuego danzarín tratando de aferrarse a su vela. Lo siguiente que sintió fue el impresionante ardor del látigo de seis cuerdas dentadas del carcelero. Era su instrumento de tortura preferido y la espalda del necromancer lo recordaba muy bien.

El dolor era agudo y ardía alimentado con el fuego del nivel superior y el intenso calor generado por el vapor de los pisos inferiores. El dolor era indescriptible y a punto estuvo de desmayarse tras el cuarto juego de latigazos cuando lo peor pasó. El débil nexo con el cadáver se destruyó. La desesperanza volvía a desaparecer mientras el cuerpo y la mente del necromancer volvían a ser presas de la oscuridad. No podía moverse debido al esfuerzo mágico y a las heridas. El quinto azote ya no lo sintió. El dolor había bloqueado todas las sensaciones que su cerebro podía soportar. Poco a poco la oscuridad lo envolvía nuevamente, pero justo antes de perder la consciencia logro atisbar una visión que pudo hacerlo esbozar una ligera sonrisa, aunque no la había sentido. Unas piernas traqueteantes sin carne yacían de pie tras el demonio. El látigo de seis colas cayendo al suelo frente al necromancer. El cuerpo inerte del demonio con la cabeza parcialmente arrancada del torso rojo y un par de cuencas oculares vacías viéndolo directamente a los ojos mientras volvía a quedar incomunicado de la realidad. Aunque esta vez, quizá, por última vez.


¿Acaso los muertos sienten dolor y desesperación? Una pregunta que muchos magos y estudiosos de la muerte y de la vida gozaban de poner en tela de juicio. Por un lado, la muerte es algo natural que debe ocurrirle a cualquier ser con alma y esencia. Es una ley de la vida irrefutable y que une a esta con la vida misma en un ciclo de armonía interminable. Por otra parte, la no vida era considerada una aberración y una ofensa a las leyes de la naturaleza por la gran mayoría. Perturbar a los muertos ya era demasiado inhumano como para también intentar comandarlos y levantarlos a más sufrimiento sin descanso alguno. El debate entre la vida, la muerte y la no vida o no muerte era un tema candente en cualquier mesa de diálogo arcano. Pero el tema de los vampiros era no completamente diferente. Los vampiros, por ley, eran seres vivos que terminaron su existencia de forma abrupta y repentina sin haber pasado por el umbral del más allá, quedándose solamente en el limbo entre ambas dimensiones. No pueden morir por formas naturales, pero no pueden vivir sin consumir la vida de otros seres. Recuerdan todas sus experiencias de vida pero no son la misma persona que antaño. Son y no son. Muertos y condenados les llaman y, al mismo tiempo, ni muertos ni más condenados que un ser mortal destinado a morir por heridas o el tiempo.

Muchos hubiesen apostado a la idea de que estas criaturas no podían sufrir ni guardaban arrepentimientos. Pero que equivocados estaban. Cinna Ravane ya había sufrido lo indecible. Durante los días rogaba al sol que concluyera su trabajo. Por las noches rogaba que las violaciones fuesen menos severas y más mortales. Que la partieran en mil pedazos y la arrojaran al fuego purificador. Que alguien terminara con su miserable existencia. Pero nada de esto ocurrió jamás. En efecto. Cinna era una desgraciada. Sufría y guardaba arrepentimientos, resentimientos, celos, ambiciones, plegarias, lamentos y un sinfín de emociones que se supone los muertos no poseen. Los no muertos o los no vivos, como desearan llamarlos.

Cinna estaba tan seca y arrugada, como un pedazo de cuero echado al sol por semanas, que pensaba que podría haberse hecho polvo con una brisa lo suficientemente fuerte. Una brisa que tampoco nunca llegó. Solo un desfile interminable de genitales y artilugios dispuestos a lacerar el cuerpo del infante con edad indefinida. Pero ninguno le había causado tanta repulsión como el que aquella noche le había dado un vuelco a la vida, o la no vida, de la vampiresa.

El enorme y obeso engendro la había arrancado de sus ataduras para poderla penetrar más cómodamente con el pene de hueso puntiagudo que no lograba destacar por debajo de aquella masa de tripas y grasa acumulada sobre la cintura. Cinna estaba débil, de cuerpo y mente. Una violación más no significaba nada para ella, ya no más, pero el hecho de estar más libre de lo que jamás había podido sentir durante su larga estadía en aquella prisión le había devuelto la lucidez suficiente como para encontrar una vena gorda y salida a través del grueso exoesqueleto del inmundo ser. El demonio poco y nada hizo por forcejear. Sentía como la niña mordía fuertemente por debajo del bíceps derecho pero esto solo lograba excitarlo más de lo que ya estaba. No hizo el mayor esfuerzo por retirar su boca de su brazo, era una niña inofensiva a los ojos del demonio, y éste gemía con cada penetración que su horrendo puñal hacía. La niña estaba demasiado seca, incluyendo sus genitales, pero esto no significó nada para el demonio que no pararía de follar por más agudo que el dolor del brazo fuese.

Habían pasado más de cinco desde que el demonio comenzara a violar a la joven cuando comprendió que algo había cambiado. Su pene árido ahora parecía mojado y lubricado. La tersa piel de la niña ahora era similar a las vajillas de porcelana que abundaban en las casas de los colonos que había descuartizado infinidad de veces. La mordida comenzaba a ser algo más que un ligero y excitante dolor para pasar a convertirse en algo similar al penetrante puntazo de algún fuego sagrado. La niña no era una niña ordinaria. No estaba viva ni muerta. No era muerta ni viva – ¡VÖK TRU… TRULLG’OK! ¡¿NOSFERA GOK Ak?! – La sorpresa del demonio, al caer en la cuenta de que la niña era en realidad una vampiresa había pasado rápidamente al pánico mientras intentaba, con su mano izquierda, arrancarla de su otro brazo halándola de su larga cabellera. Pero Cinna ya había bebido demasiada de su sangre. La cisión del demonio comenzó a hacerse borrosa y blanquecina. Su perversión había sido su tumba. Ya no tenía fuerzas para defenderse de la arremetida de un vampiro. Su vida había terminado tan miserablemente como lo había sido su existencia.

Los tres pequeños demonios alados que se encargaban de preparar a la niña antes de su violación diaria habían atravesado el portal de la habitación. Mayúscula fue su sorpresa al ver el gran saco de carne sin jugos que había dejado el obeso demonio tras de sí, y de pié, junto a sus restos, Cinna Ravane completamente alimentada y curada de todas las heridas que le habían ocasionado a lo largo de su estadía en ese horrible lugar. Solo quedaba algo por hacer, y no sería nada agradable.
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Axelier Dragonos
El Paladín Caído

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Re: Las puertas de Ghazrüll

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