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Las puertas de Ghazrüll

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Vie Mar 29, 2013 11:07 pm

Aunque en esos momentos no era más que una sombra de todo lo que fui algún día, mi voluntad, mis deseos de venganza, y sobre todo, mis ganas de seguir viviendo, de volver a saborear la libertad una vez más... O morir en el intento. Si iba a caer, al menos quería hacerlo luchando con todas mis fuerzas, luchando como un perro acorralado para triunfar y ser libre o morir luchando, como todo zhakheshiano anhela.

Con mi voz, que a pesar de estar quebrada por la sed que padecía y por el hecho de que mi único compañero de conversación era yo mismo y, últimamente, mis propias alucinaciones producidas por el hambre, el calor y la sed, empecé a llamar al carcelero de las cadenas. Me sorprendí al darme cuenta de que seguía recordando insultos variados, y aún me sorprendí más al darme cuenta de que no estaba tan mal de la cabeza como creía en un momento. Estaba suficientemente lúcido como para darle comienzo a aquél plan e intentar ejecutarlo.

Tras unos minutos de llamar al demonio de las cadenas, por fin empecé a escuchar a lo lejos el sonido que hacían al tintinear, acercándose hacia mi posición. Fue en ese momento que pasé a hacer la siguiente parte del plan, que era revivir al cadáver que tenía justo delante de mí.

Usé todo el poder que me quedaba, que no era mucho, toda mi fuerza de voluntad, todo lo que tenía a mano, traté de absorber el poder que debajo de mí se escondía, hice lo posible y lo imposible por lograr que, de algún modo, aquél conjuro saliera bien. Necesitaba desesperadamente que tuviera éxito o estaba condenado. Aunque finalmente vi atisbos de movimiento en el no-muerto, desgraciadamente el nexo era muy débil todavía. Estaba agotando rápidamente mis fuerzas, y de no ser por la desesperación hubiera parado al saber que aquello podría llegar a matarme, pero no iba a rendirme. Si debía morir, que así fuera. Y en ese momento llegó.

Un hórrido grito intenso me hizo soltar un gemido de dolor, demasiado cansado estaba hasta para gritar. Noté el cálido rastro de la sangre saliendo de mis orejas, y poco después supe que a sus amigos no les había gustado el grito, pues noté en mi espalda cómo golpeaban varios restos humanos y detritus varios, que me hicieron caer hacia adelante, apoyándome en el suelo con las palmas de las manos. Lo único que permanecía en alto era mi cabeza, mirando desafiante al demonio a pesar de lo débil y magullado que yo estaba.

Sonreí levemente a pesar del dolor y del zumbido que notaba en mis oídos, y del hecho de que me encontraba mareado, las sienes latientes, casi parecía que tuviera el corazón metido dentro de la cabeza. Mi sonrisa enfureció más al demonio, quien tras forcejear con las llaves y decirme cosas en su idioma, logró finalmente abrirla. Entonces empezó el intenso dolor que bien recordaba mi espalda.

Tras el primer golpe, descubrí que aún me quedaban fuerzas para gritar de dolor. Tras el segundo, descubrí que aún poseía la capacidad de sentir la agonía que producían aquellos flagelos. El tercero, y me percaté de que ni aún así se quebraba mi espíritu, de que mi rostro, aunque ya no sonreía, seguía siendo desafiante. El cuarto, y todas mis esperanzas se desvanecieron con el débil nexo que se acababa de quebrar. Para el quinto, ya no sentía nada, mi visión se oscurecía y sentía que se me escapaba no sé si la conciencia o si la vida. Y en ese momento sucedió algo...

Mientras la negrura se adueñaba de mí, me di cuenta de por qué el sexto azote no había llegado y nunca iba a llegar. Detrás del demonio, se alzaba el esqueleto. El látigo, salpicado de mi sangre, cayó frente a mí, haciéndome sentir una nota de júbilo y satisfacción. El demonio tenía la cabeza a medio arrancar, cayendo al suelo finalmente muerto, y fue entonces que mis ojos se fijaron en las cuencas vacías del esqueleto. Sin dejar de sonreír, sólo tuve tiempo a decir una palabra y su traducción a la lengua de los muertos antes de caer en la inconsciencia:

-Gracias... Shuriek...-

Al cabo de un rato indefinido desperté. Abrí los ojos lentamente, casi con dolor, saliendo lentamente de la inconsciencia mientras escasas fuerzas volvían a mí. Si seguía vivo era por voluntad pura y dura más que otra cosa. Lo primero que mis ojos vieron nada más los abrí fue al esqueleto... Todavía allí. La sangre del cadáver ya estaba coagulada, y a juzgar por el estado en el que estaba juraría que habían pasado al menos cinco horas. Mis oídos apenas dolían ya, y aunque estaba aturdido por todo... Sin duda lo que más aturdido me tenía era ver al esqueleto, todavía ahí, aguardándome, esperando a mis órdenes. Rompí el silencio, aún aturdido, pero sonriéndole levemente:

-¿Cómo es posible...? Esqueleto... Gracias, shuriek, de nuevo... De no ser por ti... Estaría muerto...-

En ese momento desvíe mi mirada, cansado, hacia el cadáver del no-muerto y vi algo que... Me sorprendió enormemente. ¡Mi anillo! ¡El sello de los Kohlheim! ¡Ese bastardo lo tenía y...! ¡Ahora volvía a mí! Sin perder tiempo, le susurré al no-muerto:

-Por favor... Dame ese anillo...-

El esqueleto, sin mediar palabra, tironeó hasta arrebatarle el anillo de los dedos y entonces lo dejó en la palma de mi mano extendida. Aunque me resultaba algo pesado debido a la extrema debilidad en la que me hallaba, me quedé mirándolo, sosteniéndolo con ambas manos mientras lo miraba con cariño, con amor... Tan grato me fue recuperarlo que, de haber podido, habría llorado. Cerré los ojos y susurré con la poca voz que tenía en aquellos momentos:

-Gracias Elhías, gracias Madre Muerte... Gracias...-

No perdí tiempo, y me lo coloqué en el pulgar, aguardando a que surtiera en mí los efectos que le recordaba. El sello reconocería la sangre de los Kohlheim. Sin embargo, aún necesitaría unos instantes para eso, de modo que, sin poder alzarme aún, encontrándome débil como estaba, me tumbé boca arriba y alcé levemente la cabeza, viendo la pila de detritus que habían lanzado antes, momento en que le susurré al esqueleto:

-Esconde al cadáver en la celda, por favor, y por cierto... ¿Podrías rebuscar en esa pila a ver si encuentras algo de utilidad...? Por lo demás... En cuanto acabes, encuentres algo o no... Agarra el látigo y las cadenas del demonio... Serán tus armas hasta que encontremos algo mejor... A mí no me quedan fuerzas... Yo seré la mente, tú serás el cuerpo, y seremos uno solo... Y de nuevo... Gracias por no dejarme tirado... Gracias por matar al demonio... Shuriek...-

Suspiré, aún tumbado, volviendo a darme la vuelta lentamente. Estaba muy débil, necesitaba reponerme de los esfuerzos que había hecho, necesitaba recobrar mi fuerza de una vez... Necesitaba volver a ser poderoso. Y aprovecharía aquella oportunidad que me había sido dada. No rendirme, no desfallecer por imposible que pareciera... Lucharía con uñas y dientes para sobrevivir. Y en ese momento tuve una idea... Arrastrándome hacia el cuerpo del demonio después de que el esqueleto lo moviera dentro de la celda, puse una mano temblorosa sobre su herida, tratando de absorber la esencia de la muerte. Entre el anillo y el cadáver... Tal vez sí lograría reponerme, al menos suficiente como para levantarme y andar. Quería saborear aquella pequeña pizca de libertad y victoria que acababa de agenciarme.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Mar Abr 02, 2013 4:59 am

El cuerpo de Qhinn se precipitó hacia adelante sin esperarlo, el golpe de la puerta empujada por Vex había lanzado un metro de distancia a la Hörigen, su cuerpo había colapsado al suelo de manera que resulto herida de su mano derecha, un gemido se escapo de sus labios en señal de que realmente había dolido. Pero había caído de tal manera que su intimidad femenina había quedado bastante expuesta a la vista, no se había dado cuenta hasta el momento en que ella intento mirar hacia atrás, girando a penas el torso para verle el rostro tenso. Y aquella amarillenta mirada fija en su entrepierna, ella no se movió. Su reacción fue la misma que la de un conejo acorralado por su cazador, se quedo quieta observándolo como sus músculos se tensaban y la manera en que había aferrado sus grandes manos en la puerta. No fue hasta que observó la madera astillarse ante la fuerza de su mano, que Qhinn se apresuro a recuperar la postura y su mano herida encogerá entre sus senos protegiéndola de más accidentes. Lo miró ruborizada y algo triste, pues ni el dolor de su mano, ni la evidente tensión sexual le habían disipado la pena que le causaba el dolor de su Demonio.

Ella en ningún momento retrocedió, para alejarse de su captor, no mostró ni si quiera temor o desconsuelo, sólo un amor silencioso que espera ser respondido de una forma que nadie más si no él podría hacer. Pero en vez de eso, al mirar la herida mano de la Hörigen, el demonio en un momento a otro, su demonio se retiro de ahí, cerrando con fuerza la puerta detrás de él. Y aunque ella hubiera deseado que él la cobijara entre sus brazos y le besara con sumo cuidado esa mano lastimada, no podía ser así. A pesar de ello, sabía que para un demonio, la sola acción que Vex acababa de hacer, era una muestra de su amor hacia ella, o al menos su cariño…


[…]

Qhinn lo miro con una sonrisa amplia y maravillada, justo después de que le preguntase como se encontraba su mano, y de hecho alzó esta misma para darle la muestra de cómo de bien se había puesto. Ella ya no veía mundo si no era el que estaba entre esas paredes redondas y la presencia de quien la confino a este destino de encierro. Había perdido de tal manera su ser después de tanto tiempo que llevaba ahí dentro, que solo recordaba su día a día, ya no se esmeraba en mantener tan hábil su mente si no era con dinamismo en la música. Ya no era más la delicada artista que servía a su dios, ni la dulce mujer que desprendía sensualidad al paso. No. Qhinnetherea, ahora era la musa y consuelo de un demonio que no tuvo miramientos al momento de privarla de su libertad, llevándose con ello incluso la propia identidad y cordura de la Hörigen.

Sus amaneceres llegaban cuando la puerta mostraba al demonio que le arrebataba el aliento con su presencia, y el ocaso era irremediable cuando la dejaba sola de nuevo en su cuarto. Su demonio había pasado ciclos lunares visitándola con una diferencia notable en su aspecto, ella se había dado cuenta de detalles en su captor, su ropa ya no tenía rasguños ni manchas notables de sangre fresca o vieja, su cabello ya no estaba algo enmarañado y con residuos de piel humana o polvo, cada vez que lo tocaba o se acercaba demasiado a ella incluso podía sentir un aroma natural de él, pues antes más bien era opacado por el fuerte olor a humo y sangre. La paz era tal en él, para ser un demonio, que ella comenzaba a sentir mas confianza en él, y soldaba su amor con la ilusión de consumarlo a su lado.

¿Vex la tocaría con lujuria y delicadeza?

¿A caso su demonio le haría el amor días y noches en sus aposentos juntos?

Ella soñaba ahora, con un futuro a lado de Vex. Ella estaba encerrada en un mundo que había creado solo para su amante y ella, un mundo donde aquella edificación no olía a muerte podrida, sino donde el aroma de la leña en la chimenea inundaba la sala de estar; un pequeño mundo en el que pasaban sus días solos en la habitación, o cenaban en el salón acompañados por velas… uno donde ella no era Qhinn, era más bien la sombra de un demonio, la frágil criatura sin voluntad ni libertad. Aferrada a la idea de que no era una prisionera, y que tenía una vida… y los dioses llorarían si la vieran tan perdida como ahora.

Su jaula ahora era de oro, tenia comodidades que un prisionero común podría envidiar o desear, la decoración de la no muy extensa habitación había mejorado notablemente con el delicado gusto de la suavidad y los tonos claros, como si desearan darle una apariencia de pureza a su encierro. Ya no tenía que ataviarse de sus dos o tres prendas de tamaño tan reducido. Una prisionera que vestía telas finas, y colores de gusto exquisito, con el único fin de encantar a su captor.

Pero no hubo detalle que ella apreciara más que cuando su demonio, le había devuelto sus pertenencias, ese morral que contenía todo lo que se había llevado en su viaje ahora volvía a estar en sus manos. Dicho acto no era valioso por volver a tener sus cosas, no, en realidad va más allá de su propiedad en sus manos… su demonio le daba un voto de confianza. Uno sellado por el hecho que desde hacia tiempo la puerta ya no tenía al otro lado, un candado custodiando a la Hörigen. De hecho, desde que tenía libertad de abrir la puerta a voluntad, había estado asomándose en contadas ocasiones, incluso había salido a unos pasos de la habitación, solo devolviéndose hacia ella cuando el temor se apoderaba de su menudo ser, encogiéndose de nuevo dentro de la seguridad relativa de su habitación. La música la acompañaba para calmar su temor…

¿Qué la esperaba ahí afuera…?

¿Habría sol y viento fresco, o se encontraría con el infierno que es escuchaba casi a todas horas?

Pero más importante aún… ¿Quería libertad?


Una ocasión, pues ella no sabría decir si era día o noche, había decidido que entregaría su cuerpo al demonio que le iluminaba los ojos con solo presentarse en el umbral de la puerta, ella no quería que pasara un día más sin que pudiera expresarse físicamente con Vex. Siempre habían sentido esa tensión sexual, pues había veces que incluso se sentía desvestida por la mirada arrebatadora de Vex sobre el cuerpo de la musa que reposaba ante él en sus visitas. Ella misma respiraba deseo cuando la tocaba en el rostro o jugaba con su ya demasiado largo cabello que ahora mismo casi podría tocarle las pantorrillas. ¿Cómo a caso podría pasar otro ciclo más sin desatar su lujuria y amor con su captor? Ya habían pasado demasiados días, semanas y a veces ella creía que años, sin que fuera tocada por otro que no fuera su propia mano dándose consuelo en la oscura soledad.

Esta vez había pasado mucho tiempo ante el espejo adecuando su rostro con pintura que no fuera exagerada pero llamase de inmediato la atención hacha la boca de ella, su vestimenta era sencilla pero delicada y provocativa, un corsé ajustado que hacía que sus senos se vieran aprisionados y expuestos para el contacto con manos gentiles como las de su demonio, y sus piernas revestidas con medias oscuras. Y su intimidad a penas era cubierta por cuero negro suave que hacia el juego perfecto con su corsé. Esta vez, no habría nada más que Vex y ella, no habría música que no fuera la de sus cuerpos sudando y entregándose a la lujuria y el placer. Con solo pensarlo la piel se le erizaba y su entrepierna subía su temperatura casi clamando por su amante, pero entonces vió el arpa y prefirió que para comenzar pudiera tocarle una seductora y lenta melodía a su demonio, una que lo llevara a tocarla y explorarla con suavidad y deseo. Acerco dicho instrumento para que al entrar su demonio pudiera darle la bienvenida con el sonido de su amor por él.

Qhinn estaba lista, sentada sobre sus talones con las piernas bien flexionadas, entre los cojines que abundaban a su alrededor, sus colas blancas y de brillante pelaje estaban a su alrededor como si la decorasen en un retrato de perfección y sensualidad, sus ojos no se despegaban de la puerta y su mano acariciaba por momentos el arpa que daría introducción a la velada que planeaba.

Había pasado poco tiempo, pero para ella se había tornado en una larga y ansiosa espera por el momento que desde que su dependencia, que ella titulaba como amor, había nacido hacia su captor había nacido. Lo deseaba, y no pasaría más tiempo sin él. Pero su espera había finalizado, escuchó claramente como se acercaban hacia la puerta, su sonrisa fue un trazo perfecto en sus labios, sus ojos brillaron con la ilusión, y la puerta entonces chocó contra la pared al ser abierta con brusquedad…

El rostro de la Hörigen se transformó en cuestión de instantes, en el reflejo inconfundible del horror y la confusión. Su cuerpo se tensó al instante y sus ojos estaban tan abiertos que comenzaron a resecarse al no parpadear, lo que estaba postrado bajo el umbral de la puerta no era Vex, no era ni la sombra de él. Ahí, frente a ella, el infierno resumido en una criatura con una apariencia espantosa, alas membranosas y oscuras, un hocico que solo parecía querer devorar lo que a su paso se encontrara, y un cuerpo de un tamaño amenazador y deformado.

¿Dónde estaba Vex? ¿Quién era el demonio que se había presentado? Esas y más preguntas pasaron por la mente de la Hörigen a tanta velocidad que no pudo pensar bien en ninguna de ellas, y quería gritar. Ahora más que nunca quería gritar de la forma más fuerte posible el nombre de su captor, de su demonio…

“Sálvame… ayudame Vex…”

Pero no había sonido alguno en sus palabras, solo el miedo y la desolación que la invadían como un violador invadiría la voluntad de una mujer, y no tuvo otra oportunidad de temer… el demonio que había irrumpido en su habitación había corrido hacia ella con la destreza de un cazador, y Qhinn solo pudo reaccionar sin pensar. Su primer impulso fue tomar de un lado el arpa y con ambas manos lanzarla, sus ojos cerrados con fuerza como si temiera ver a la bestia, quería que el arpa chocara con él o se atorase entre sus garras o su hocico o lo que fuera. Su cuerpo se impulsó queriendo llegar a su morral, en él tenía las pequeñas bombas de humo, era su único medio para poder escapar de la habitación, si es que él no la atrapaba antes de llegar a su bolso y reventar en el suelo una de las bombas y salir de su cuarto… el terror era una sombra gigante que la comenzaba a cubrir como una segunda piel…
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El Renacimiento de la Muerte.

Mensaje por Cinna Ravane el Lun Abr 08, 2013 8:52 am


Loving you was like loving the dead


She's in love with herself
she likes the dark
on her milk white neck
the devil's mark


Blasfemia es y será para el torturador que la víctima no se retuerza, que sea indiferente al impacto de sus instintos sádicos. Que no grite, llore, suplique por piedad y exprese su desesperación por medio de miradas desoladas. ¿Acaso no has experimentado la sensual necesidad de admirar la perfecta lágrima de un ojo condenado? ¿El exquisito temblor de los miembros empapados en sudor de un organismo llevado a la extenuación? ¿El alarido mudo del cuerpo deshecho, la negación del que está en la mesa de operaciones?

... El momento exacto en que la flaccidez de la carne indica que ésta se rindió.
Sin embargo, Ravane siempre ha sido y será blasfema y la sed se ha vuelto tan aguda y punzante que es mejor llamarla hambre, avidez, gula. Cualesquiera sea la palabra que elijas para llamarla, seguirá siendo esa sensación terrible en el fondo del ser, que te carcome por dentro hasta que no queda donde expulsarla, sólo saciarla.

La misma necesidad primigenia que obligaba a la niña que no estaba muerta ni viva a morder como si fuera la fuente de la vida a esa vena rugosa y asquerosa, a absorber el inmundo, indigno torrente de curación ofrecido a la fuerza mientras la parte más íntima de su cuerpo era arrebatada. Y el saciarse, ese dulce canto del goloso al ser obedecido su deseo interior, lograba el macabro regalo de la regeneración, la oscuridad pariendo a más penumbras, un monstruo cincelado en los abismos del mundo, por naturaleza, tenía que ser abominable.
El oscuro elixir fue para Ravane como paraíso encarnado, aunque no era más que otra faceta gozosa del Caos, la ansiosa y gemebunda liberación de la perdición envuelta en esa pulsión de muerte que haría a alguien pedazos.

Ese alguien era el demonio, porque Ravane llevaba mucho tiempo rota para ser quebrada nuevamente sin que se transformara en algo más útil. Y aunque normalmente en el júbilo de beber y robar la vida que ella ya no tenía derecho a pedir, el éxtasis superaba todo lo imaginable, en aquella ocasión la muchachita sentía el proceso en cada una de sus células, igual que un cáncer que su masoquismo envolviese en seda y lujuria, una imprevista sensación de cautividad, de encanto malsano.

Ese ciclo interminable de promesas sin concluir hizo que la perversa y trastornada muñeca de porcelana empezara a mojar su árida máquina de placer para ofrecer un caudal dónde sumergirse y el orgasmo de la misma muerte alimentó a Ravane tal y como había hecho la sangre del demonio. Pegó su boca más a la fuente de toda sensación, recreándose en ese sabor a podredumbre que la repelía y la atraía al mismo tiempo y se aferró como un niño al seno de su madre.

Chupó, chupó, sintiendo una vida antinatural, horrenda, terrible...
Chupó más allá de la razón y la locura.

Hasta que la vida se cobró muerte. La muerte volvió a la vida. Y el mal heredó su trono a la desposeída, la condenada.
¿Qué le otorgó?
Un don. Con más dolor.
Porque tal es la revelación del padecimiento a los ojos de los sabios.
...

No estás muerta ni viva. No estás viva ni muerta. Pero sientes, experimentas como cualquier otro ser que respira, que percibe el mundo y lo que éste contiene. Incluso a pesar de la distorsión de tu realidad, a pesar de que eres un ente despojado de emociones humanas complejas, puedes sentir. Ya casi has olvidado cómo es experimentar las sensaciones agradables y ese goce oscuro, veteado de maldición, ha sido aún más potente al resultar inesperado.
Aún estás disfrutando del estremecimiento que te devuelve la vitalidad cuando, en medio de tus suspiros de satisfacción, llega la primera oleada de inaguantable sufrimiento.

Nunca has sentido semejante agonía, ni siquiera con todo lo que has experimentado, porque este nuevo dolor (jamás pensaste qué hubiera tantos y de tantas clases) viene de dentro, allí donde ninguna espada, ningún proyectil ni ningún miembro es capaz de penetrar. De las fibras más pequeñas de tu cuerpo, de la estructura que tu organismo necesita para mantenerse, crece una enfermedad que te destroza y te deforma de tal forma que contener los gritos resulta casi imposible. Ni siquiera puedes caer de rodillas porque las cadenas aún te aprisionan, pero realmente eso no es en lo que estás pensando en ese momento.

Estás ahogándote por los colmillos que te crecen hasta casi destrozarte las encías, como agujas afiladas, como dientes de piraña, barrotes en los que eres prisionera del silencio. Por eso nadie acude a entender qué está sucediendo, por eso el dolor se acrecienta y te convulsionas con tanta fuerza que rompes casi sin querer las cadenas, aunque no los grilletes (Irónico, ¿Eh?).
Te arqueas, el dolor se ha vuelto un ardor insoportable y lo peor es que es como si se te quemaran la misma médula de los huesos.

Cierras los ojos y estás convencida de que vas a morir...

Eres una marioneta manejada en un eterno baile con un amable titiritero. Tus miembros débiles están atados a cordones que propulsan tu frágil condición a bocanadas de hermosura, de maravilla. Tus ojos con cuencas de cristal tallado con los que miras a esa enorme y tímida criatura con la que asciendes del borde del mundo. Hace frío pero es fuego lo que te recorre mientras danzas al ritmo del reloj de la tierra. Conforme te mueves los años pasan sobre ti, ¿Cómo no va a ser maravillosa la vida, si tienes todo el tiempo del mundo?

Tu paciencia es infinita porque estás siempre correcta en compases. Cada palmada es una grácil figura modelada, el público acomoda su dicha a tu felicidad. Cada parte de ti es fácil de reconocer, vives en cada uno de tus nervios exacerbados por un placer indescriptible.
No hay palabras, pero no las necesitas. Tu vida es perfecta, con la sola excepción del océano a cuyas orillas naciste.
Y comprendes que tu anhelo se ha trasladado a tus funciones, porque en los ojos del titiritero está la promesa de llevarte lejos, a casa...

Te pide que cierres los ojos sin decirte nada. Sientes un profundo sueño.
Lo último que ves es su cara amable y lunar.


Sus ojos están abiertos pero no comprenden lo que están mirando o cuánto tiempo permaneció inconsciente. Se siente pesada y vacía, el dolor ha dado paso a una sensación nueva y mucho más incómoda. Aún así sus ojos hundidos miran sus brazos, entendiendo que hay algo diferente en ella, pero sin comprenderlo del todo.
Una ligera brisa la molesta y alza una mano para detenerla. Entonces mira más de cerca la blancura de sus dedos largos y entiende.

Todo su cuerpo, desde el cuello hasta los pies, está cubierto de un extraño exoesqueleto, tan extraño y a la vez tan complejo que ningún escorpión podría envidiarle. Fue como si los huesos, necesitando espacio, comprimieran a la carne, encogiéndola para pasar a través de ella y ocupar su anhelado lugar al frente de la estructura, resultando en una escultura continua y fluida. Las manos han enflaquecido, igual que si se hubiera quedado sin carne, aunque sólo fue que hueso y músculos se licuaron para hacer una materia más resistente, pero también menos flexible. No hay distinción entre uñas y dedos, entre mano y muñeca, más que por las separaciones naturales del esqueleto "humano" y las garras de dos centímetros de largo en donde deberían haber estado la parte superior de las yemas de los dedos

. En los brazos y hombros se repite el fenómeno, y es en la médula espinal, donde Ravane tiene su centro de soporte, donde las cosas cambiaron. Los dientes que pensó se habían alargado, eran las muelas, que atravesaron con dolor las encías para unirse a los huesos de la nuca y continuar hacía la columna vertebral, donde los huesos se habían ensanchado, licuando la carne, sobresaliendo allí donde podían. Las costillas de la parte de atrás habían crecido, creando un complejo mapa conectado que parecía como si fueran una estructura para alas, aunque era evidente que aquellas deformidades, parecidas a las ramas de un árbol, no seguían las leyes de la aerodinámica. El torso sobresalía donde había hueso y se hundía donde sólo quedaba músculo, siendo el cambio más significativo el que se había operado en la pelvis, que era más dura y delgada que lo demás, junto con las piernas y los pies, cuyos huesos (tarso, metatarso, etc) se habían alargado dolorosamente hasta hacerse afiladas garras de tres centímetros de largo y uno de ancho.

Ravane aún sentía dolor. Podía soportarlo, teniendo en cuenta lo que había pasado y la insoportable agonía de la mutación, pero seguía sintiendo el latir de sus huesos como una campana en un oído especialmente sensible. Se llevó aquellas extrañas manos al cuello, y a las clavículas que sobresalían como si estuviera desnutrida y trató de aliviar esa angustiosa sensación, sin conseguirlo.

Había algo más. ¿Dónde estaba? ¿Qué debía hacer? ¿Adónde había querido ir?
Recordaba haber estado allí desde siempre, sufriendo lo indecible y nada más.
Y recordaba a una niña de ojos grises, con cabellos rubios en la oscuridad, pidiendo por ayuda.
"Sería sólo un sueño" pensó la vampiresa y giró las muñecas para aliviar la dolorosa presión de aquellas cosas que le oprimían manos y pies, los símbolos de su esclavitud. Sí, la niña sería sin duda un sueño porque ella nunca había salido de esa torre maltrecha.

¿Verdad?

Cinna se quedó quieta un instante, evaluando hacía dónde ir, cuando aquellos curiosos seres entraron, con sus colores desiguales.
No supo por qué, pero ella sintió que los conocía. ¿Dónde, cuándo, cómo los había visto?
Se encogió de hombros al no recordarlo. No importaba. Aquellas cosas aladas tenían las colas lo suficientemente largas para agarrarlas si se esforzaba y quería distender un poco su cuerpo.
Decidió que sería muy bueno si le jalaba la cola a uno de ellos y lo giraba hasta que lo usara de garrote para pegarles a los otros dos.
Divertido, ¿No? Finalmente, Ravane no tenía otra cosa qué hacer.

¡Ravane! Mujer ensombrecida de infancia eterna, cuerpo núbil marchitado en la flor de su juventud. Alma torcida que no puede ser salvada, perfume efímero de destrucción, has olvidado el aroma que te llevaba a casa. ¿Por qué no tienes miedo? ¿Por qué no caen lágrimas de tus ojos? ¿Cuáles son tus aspiraciones?
Navegas en aguas más oscuras que las de ningún ser, tu vida maldita se cobró un alto precio. Sangre de demonio sustenta tu cuerpo, transformándolo en un resabio de la tumba, y apenas le prestas atención.

Concha de alabastro que esconde tantos secretos, ¿Es verdad que no recuerdas nada? ¿O es que sabes demasiado? Los señores de la noche te esconden noticias, averigua que los mantiene insomnes. No estás sola aunque así lo piensas, lo que es la perdición de uno puede ser lo que el otro necesita.
Solamente, no te dejes vencer...







¿Acaso la mínima sombra de una mentira no te ha enseñado a cuidarte? Pobre tonto, crees conocerme, pero te equivocas... te he engañado desde la misma palabra y sigues sin descubrir quien soy

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Lun Abr 08, 2013 11:50 pm

Los gritos de desesperación y muerte habían quedado atrás. Los sonidos parecían un simple susurro aterciopelado en sus oídos y, frente a él, la sencilla puerta de madera de roble bellamente labrado parecía inmensa y pesada de mover. Posó su mano sobre la superficie rugosa para comprobar su forma y que esa era la de su hogar. Dudaba. Sentía la necesidad de abrirla y, a la vez, deseaba con todas sus fuerzas dar vuelta y marcharse para nunca más volver. Pero no podía. Sus movimientos no eran controlados por su mente consciente si no por sus recuerdos.

Axelier sabía lo que había adentro. Sabía que la muerte y la maldad del exterior habían mancillado su hogar. Sabía bien que ahí no encontraría nada en pie, ni sus estanterías de libros con temas diversos que tanto gustaban a los niños vecinos ni su hermoso sillón, de madera tan negra como la obsidiana, que le había sido entregado como un obsequio de bodas por un noble prominente de Erenmios durante uno de sus viajes de negocios. Sabía bien que ahí no encontraría a su amada Daanira. Sabía que al entrar en aquella habitación solo encontraría destrucción y ni un solo rastro de su hermosa mujer. Pero su cuerpo no respondía como él deseaba y, resignado, abrió la puerta dejándose vencer por el propio impulso de su mente. Pero nada en absoluto le habría preparado para lo que ahí dentro presenciaría. Todo era diferente a como lo recordaba. Todo era mucho peor. Aquello no podía ser un sueño inspirado por el cansancio extremo. Aquello tenía que ser una terrible pesadilla…

La muerte era algo que abundaba en el antiguo monasterio de los monjes del Alba Roja, pero los sentidos necróticos de Khaelos Kohlheim aún estaban demasiado débiles como para sentirlo. Si victoria sobre un acérrimo oponente era minúscula en comparación del mal que estaba a punto de conocer, pero le había dado ánimos a su endeble espíritu y a su destrozado cuerpo maltrecho y zurrado. Tan solo tocar su preciado anillo familiar, Khaelos lograría recordar su honorable linaje y su antigua fuerza. Él era un noble en ascenso. Un militar, general de una gran cantidad de hombres y mujeres listos para dar sus vidas en su nombre. Guiaba a las masas hacia la revolución con ideales y liderazgo. Amaba y era amado. Luchaba y sangraba junto a los suyos. Él era alguien importante, y por mucho tiempo lo había olvidado todo. Pero ya no más.

Poco a poco su mente se iba aclarando, señal de que el anillo aún reconocía a su amo legítimo oculto tras capas de barro, sangre y heces fecales demoníacas. Los instintos de Khaelos volvían rápidamente, devolviendo un poco de aquel brillo de ambición a sus ojos oscurecidos por el mal. Su mano, aún esquelética a causa de la desnutrición, posaba sobre el pecho del demonio decapitado tratando de absorber la esencia de la muerte que se había cernido sobre aquel desgraciado. Poco a poco, la esencia habría de ser absorbida por el necromancer, restaurando así sus sentidos.

El silencio de los calabozos era imperturbable, como normalmente era. En la parte superior se escuchaban las voces de los demonios y los gemidos de aquellos que torturaban o comían, pero ninguno de los sonidos del exterior le indicaban que si quiera se hubiesen percatado del deceso de uno de los suyos. El esqueleto no había encontrado nada de utilidad entre los despojos y la mierda demoníaca de la celda de su dueño, pero esto no representaba ninguna sorpresa. Todo transcurría con normalidad, y eso era bueno en cierto sentido. El calor que sentía ya no era tan sofocante gracias a su espíritu fortalecido y su mente ya podía canalizarse buscando otras presencias cercanas pero, sobre todo, intentaba localizar la presencia familiar que anteriormente había sentido. Estaba solo, y sabía que la ayuda de un paladín venido a menos sería mucho mejor que nada.

Mientras repasaba las presencias cercanas con sus sentidos restaurados, Khaelos había descubierto algo peculiarmente interesante. A varios metros de distancia, por debajo de sus pies, había una multitud de presencias no muertas atadas a los designios de una fuente sin maestro. Una fuente de energía necrótica tan poderosa que se sorprendía de no haberla descubierto antes, lo cual era una prueba tangible de lo mal que habían estado sus sentidos. El conde necromancer estaba de pie repasando su mente a través de todos los muros y pisos del lugar buscando la presencia del paladín cuando una voz, proveniente de una fuente sorpresiva, le sacó de su letargo – Kaazzzz… – el esqueleto había interrumpido su intento por pronunciar algo con una voz seseante para luego retomar su intento de hablar pero ahora en el idioma común – Eee… El paladínnn… Abajoooo… – Sin esperar las ordenes de su amo, el esqueleto comenzó su andar a través de los pasillos oscuros del calabozo esperando que el necromancer le siguiera sin chistar.

Era inconcebible. Khaelos no podía comprender la razón del porque aquel esqueleto podía hablar con naturalidad y, encima, tomar decisiones por sí mismo. El necromancer no tenía demasiadas opciones, sus ojos estaban acostumbrados a la oscuridad pero aquel esqueleto era su único escudo en contra de cualquier enemigo que intentara dañarlo, y al parecer no obedecería tan fanáticamente a su amo como si lo haría cualquier otro no muerto levantado por su propia mano.

Su caminata a través de los pasillos oscuros cubiertos por una nube de vapor inagotable, y su descenso por unas apestosas escaleras en forma de caracol, terminó repentinamente cuando el esqueleto se detuvo frente a una de las celdas del fondo señalando a su interior con el mango del látigo de seis colas que portaba en la mano derecha – El… paladín… – Inconsciente, y con la parte superior de su cuerpo desnudo, Axelier parecía estar incluso en tan mal estado como originalmente lo habría estado el conde que ahora podía andar en pie casi tan erguida mente como un anciano de ochenta y cinco años que había trabajado en las minas de carbón durante toda su vida. Al menos ahora sabía que la esperanza de salir vivo de aquel lugar de depravación comenzaba a cobrar cierta validez.


El significado del verdadero infierno variaba dependiendo de las situaciones de las personas. Para unos, este podría ejemplificar literalmente lo que al interior de ese monasterio condenado se llevaba a cabo. Varios miles de individuos agonizaban en una tortura interminable a manos de cientos de demonios depravados bajo las ordenes de un señor al que cualquiera podría denominar locura, furia, maldad pura o cualquier adjetivo que pudiese nombrar aquello que guiaba las manos y las mentes de los demonios. Para otros, el verdadero infierno consistía en la pérdida de toda esperanza o sus posesiones, si hablaran de personas pudientes y sin mayor ambición en la vida que la acumulación de sus tesoros y riquezas. Existen muchos tipos diferentes de infiernos, como las barbaridades que sufre una joven al ser violada por tanto tiempo sin esperanzas de salir viva de un agujero oscuro sin salidas. Pero para Qhinnetherea, la hermosa huésped de una de las torres del monasterio, el verdadero infierno aún estaba por comenzar.

En un principio, ella había separado su mente de su cuerpo en un intento desesperado por escapar a la realidad de su reclusión. Un temible demonio vestido en sedas finas le había robado su más preciada posesión, su libertad. Pasaba días enteros maldiciendo su fortuna y llorando lágrimas de sangre generadas por las heridas ocasionales que el iracundo ser propinaba en su cuerpo. La tortura había sido larga para ella pero, a la vez, había sido considerablemente menor que la que cualquier otro prisionero hubiese experimentado alguna vez. Qhinn había conocido el lado más amable de un ser que no debería tener dicho encanto y había comenzado a generar un sentimiento mucho más profundo que el odio hacia él. Qhinn había aprendido a amar a su captor. Amaba con locura a un demonio del cual solo conocía su amor por la música, su música, y la locura que yacía bajo esa máscara de serenidad y deseo conocida como Vex.

Qhinnethera posiblemente había enloquecido, eso no lo podría confirmar pero si sospechar. Quizá todo esto era una terrible pesadilla ¿En qué realidad podría ella amar a un demonio? Una pregunta que muchas veces se hacía mientras pasaba sus días tratando de recuperarse de las heridas de la noche anterior ¿Cómo podría yo ser capaz de sentir compasión y amor por mí captor? Y sin embargo ella esperaba con ansias el momento en que aquel demonio de finos rasgos la visitara. Siempre deseaba verlo, sentirlo y abrumarlo con bellas melodías y miradas de lujuria que esperaba fuese capaz de destruir el auto control que él mismo se había impuesto para evitar herirla una vez más. La mente consciente de Qhinn no lo admitiría jamás, pero ella estaba tan obsesionada con el demonio como un adicto al peyote lo estaría de su planta.

Pero aquella noche, la que había decidido sería el inicio de una nueva etapa de su vida, su demonio no había aparecido. En vez de él, un horrendo demonio con fauces caninas había entrado amenazante hasta sus aposentos decorados con finas telas de seda y algodón. Aterrada, la hörigen había lanzado su harpa en contra de su agresor el cual la había partido en tres partes distintas con un solo corte cruzado de sus afiladas garras de diez centímetros de largo y la mitad de ancho – Gök!... Hussa Hörigen… Vokum’trull gomák! – las palabras del demonio sonaban amenazadoras y con un cierto tono de burla que no podía ocultar. Estaba claro que la joven mujer no tenía oportunidad alguna si se enfrentaba a alguien como él, pero por suerte había alcanzado sus pertenencias justo a tiempo para arrojar al suelo una de las pequeñas bolas de humo que le había regresado anteriormente su captor. El humo de color verdoso se esparció rápidamente por todo lo ancho y largo de la habitación nublando en su totalidad la visión del demonio el cual ya había comenzado a arremeter en contra de todo lo que le rodeaba mientras maldecía y tosía por el pesado aroma del humo.

Qhinn mantenía sus ojos cerrados para evitar que el humo se le metiera en los ojos y avanzaba pecho tierra alejándose lo más posible de los golpes ciegos del demonio. Ella no necesitaba ver para conocer la ruta hacía la salida, ya que había pasado demasiados días, meses o años, encerrada en ese lugar. Lo conocía tan perfectamente como las palmas de sus manos, como coloquialmente se dice, y las abundantes frazadas de tela que colgaban alrededor de la habitación hacían especialmente difícil encontrarla.

Tras abandonar la habitación recordó que solo algunas veces había salido de ella y no conocía el lugar en lo más mínimo. Frente a ella solo estaban las escaleras en forma de caracol que subían y bajaban hacia rumbo desconocido. Sabía que estaba en lo más alto de una torre, por lo que su instinto le decía que si subía llegaría a alguna azotea pero quedaría seguramente atrapada sin salidas. Hacía abajo solo el brillo del fuego y el clamor de las miles de voces y sonidos metálicos de las cadenas y las herramientas de torturas ya hacían que la mera idea de descender fuese lentamente descartada de su mente. Pero Qhinn no tenía demasiado tiempo para pensar pues el humo no duraría mucho más y entonces solo quedaría un demonio altamente peligroso y enfurecido detrás de ella.

La idea de salir libre al fin de su reclusión brilló por un instante en su mente como una débil señal de que aún conservaba cierta cordura, pero la incertidumbre de no saber qué había pasado con su demonio la atormentaba ¿Se preocupaba por él más que por ella misma? Una pregunta que comenzaba a resonar en su mente mientras los dos caminos escalonados aguardaban impacientes por la decisión de la hörigen y el humo verde comenzaba a disiparse rápidamente.


Pero la agonía apenas comenzaba. Su mutación fue tan terrible que incluso las miles de horas que había pasado maniatada a ese tronco no habían sido tan malas en comparación. Cinna Ravane había terminado con la vida del último de sus agresores tras ingerir toda su repugnante sangre malsana, dejando tras de sí solo un saco de piel, huesos y órganos inerte. Pero nunca imaginó que dicha sangre, dicha vida cegada por la ansiedad y la hambruna, le llegara a afectar físicamente de esa manera. Su cuerpo se destrozó una y mil veces más mientras su don inmortal la sanaba una y otra vez en un ciclo vicioso de dolor y contracciones. Cinna perdió la consciencia más de una vez impulsada por el dolor que ocasionaba su propio esqueleto y la contracción violenta de sus músculos. Pensó que moriría, que al fin dejaría de sufrir en aquel lugar del que no tenía ningún conocimiento en absoluto sin haber conseguido nada en esa no vida. Pero no fue así.

Tras su despertar, su hermosa imagen de niña inocente y pura había desaparecido por completo. Sin duda no había nada de pureza restante en ella después de todo lo que había pasado en manos de un desfile interminable de miembros demoníacos y extremidades dentro de su ser, pero ahora era su belleza física la que había sido mutilada permanentemente. Su propio esqueleto había encontrado la forma de abandonar su forma original para abrirse paso hasta el exterior de su propia piel. Cinna había adquirido un exoesqueleto producto del descuido que tuvo al beber sin restricción alguna de aquél abominable demonio obeso. Pero eso no era lo único que había cambiado en ella, pues tanto sus extremidades como la forma de su mandíbula se habían vuelto más afilados y temibles. Parada ahí ya no había una pequeña e inocente niña maldecida con la bendición de la inmortalidad, sino más bien había quizá un ser incluso peor que cualquiera de los demonios que la habían violado tantas veces que ni siquiera podría recordar.

Su mirada pasó de arriba abajo intentando reconocer el lugar en el que estaba. Recordaba su tortura y los largos días debajo del implacable sol del mediodía pero no lograba recordar el dolor que había sufrido. Recordaba las sensaciones de desesperación que experimentó al ser penetrada por infinidad de objetos pero no recordaba el disgusto mental que aquello le había ocasionado. Era como si recordara la vida de otra persona, una de la que escuchó hablar o que habría leído en algún libro de historias de terror, pero no se sentía como si fuesen sus propios recuerdos. Cinna había renacido como algo más, algo terrible. Algo que solo había conservado la furia y la sed de venganza de su anterior capullo.

Al percatarse de la presencia de los tres demonios variopintos su mente instintivamente le indicó la forma de acabar con ellos en un abrir y cerrar de ojos, pero en ese preciso momento algo se activó en su cerebro que la hizo reflexionar. Conocía a esos tres demonios. Sabía quiénes eran. El amarillo era una sabandija traicionera llamada Villynruxx, se encargaba de fregar los pisos regularmente. El de tono azulado era Krunhg, un desgraciado que regularmente se encargaba de recolectar restos humanos para su posterior uso en la cocina. Por último estaba Baelzedûk, el diablillo de piel rojiza conocido por su mente afilada y su odio visceral a sus superiores. Regularmente lo azotaban o le pedían las peores tareas, como bajar a Las Catacumbas o subir al tejado durante los días más despejados, en castigo por sus constantes actos de rebeldía.

De pronto todo se volvió incluso más confuso para Ravane ¿Cómo diablos conocía tanto sobre ellos si era la primera vez que los veía? Pero pronto se vio a si misma recapacitando sobre el asunto. Ella ya no era la que fue, era alguien más. Cinna era alguien que conocía bien a los demonios de aquel sitio, ahora acogedor. Conocía el monasterio casi a la perfección con excepción del Ala oeste, Las Catacumbas, La Torre Norte y, por supuesto, Dôcklorn^Gazrüll o, en la lengua común, Las puertas de Gazrüll.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Sáb Abr 13, 2013 1:27 am

Cuando mis dedos se posaron sobre el anillo de mi familia, sobre una de las primeras reliquias que habían llegado a mis manos, noté una intensa alegría en mi corazón. Por fin empezaba a recuperar aquello que por derecho me pertenecía, por fin mi antigua fuerza, al menos mágica, estaba volviendo a mí. Cada vez mis recuerdos sobre quién era se volvían más y más poderosos, hasta el punto de que me dieron el último empujón de voluntad que mi espíritu necesitaba. No podía dejarme derrotar. Debía sobrevivir y seguir la batalla para salvar a los míos y a mi pueblo. Debía escapar de ese lugar, y debía hacerlo con todo mi equipo.

El anillo me reconoció, y noté como poco a poco mi mente se iba despejando, como mis pensamientos eran más claros y el embotamiento que mis sentidos padecían iba disminuyendo poco a poco. Lentamente mi mente volvía a ser la que era, y eso era lo más importante en aquellos momentos. De mientras, mis dedos absorbían la esencia que yacía dentro del cuerpo del demonio, y cuando finalmente agoté todo rastro de vida que pudiera quedarle me noté restablecido mentalmente, a pesar de que mi magia aún estuviera incompleta y mi cuerpo siguiera débil. Poco a poco, poco a poco.

El silencio de aquella planta era considerable, y solo los hórridos sonidos que provenían de los torturadores y torturados que en el piso superior habitaban rompían tenuemente la falsa paz de aquella planta. Sin embargo, me sentí aliviado al percibir que nadie estaba dando la alarma por el demonio que el esqueleto había asesinado.

Mi nuevo camarada no-muerto no encontró nada que pudiera ser útil entre los despojos que había en mi celda, pero lejos de decepcionarme me lo esperaba. Ahhh… De no ser porque al menos de vez en cuando arrojaban carne sin digerir, el hecho de que mi celda fuera un vertedero me habría enfurecido mucho más de lo que estaba.

Todo estaba calmado en aquellos momentos, y el calor que sentía había amainado gracias a que me había fortalecido con la recuperación del anillo, asegurándome de que no caía al mantener apretados los dedos. Decidí que era hora de ponerme a buscar al paladín, y así lo hice con mis sentidos, pero antes encontré algo sumamente interesante. Bajo mis pies había no-muertos, atados a una especie de fuente de energía que no poseía dueño alguno. ¿Qué sería aquello? Sin duda era algo que debía investigar a fondo, tal vez pudiera apoderarme de ella, y con eso tendría más posibilidades de sobrevivir. De todos modos, no pude evitar sentirme sorprendido de que, hasta ese momento, no la hubiera percibido. Definitivamente, mis sentidos por fin se recuperaban favorablemente. Gracias a eso pude percibir que el muerto que estaba bajo mis órdenes… No era normal para nada. Y aquello me sorprendía enormemente y me llenaba de curiosidad. Hasta al paladín encontré. Lo único que no hallaba eran rastros de mis armas, pero tiempo al tiempo…

En esas estaba que de repente una voz surgió del sitio que menos me esperaba. El esqueleto. Abrí los ojos de nuevo y lo observé hablar en un extraño idioma al principio, que luego transformó en común para que yo le entendiera. ¡Sabía dónde estaba el paladín! Cuando empezó a andar yo no dudé a la hora de seguirle, aunque eso no me permitía salir de mi asombro. Solo podía pensar en que era impresionante lo que había sucedido y, sobre todo, que no tenía ni idea de qué era. ¿Acaso había logrado devolverle el alma al esqueleto? ¿Qué demonios había sucedido? ¿Habría pertenecido siquiera a un humano o a otro ser aquél esqueleto? Decidí dejar de preguntarme cosas, agarrar las llaves y seguirle.

Aprovechando que mis ojos estaban acostumbrados a la oscuridad, y que aquél esqueleto era la única protección física que poseía, me puse a caminar detrás de él, arrastrando una pierna y jadeando por el movimiento. Aún necesitaba reponerme mejor, pero por lo menos podía andar, aunque lo hacía encorvado, apoyándome en la pared y renqueando. Estaba débil físicamente, pero al menos mi mente estaba lúcida.

El pasadizo era oscuro, cubierto de vapor y tenía varias celdas, la mayoría vacías si no lo estaban todas o sus habitantes estaban ocultos. Así, finalmente llegamos a unas escaleras de caracol que atufaban, aunque poco me importaba a mí el olor tras todo lo que había pasado ahí abajo, y cuando acabamos de bajar el esqueleto se detuvo frente a una celda del fondo. Aunque en el lugar hacía más calor todavía, por lo menos seguía pudiéndolo aguantar bien.

El esqueleto, señalando con el látigo hacia el interior de la celda, me mostró que allí se hallaba el paladín, momento en el que yo le susurré, asintiendo:

-Gracias… Mantente cerca de mí, ¿de acuerdo?-

Aunque estaba débil y enormemente demacrado, tal vez tanto como yo, tal vez más, o tal vez menos, no lo sabía todavía, al menos parecía que por fin aquél hombre tenía algo de descanso. O estaba inconsciente, más bien. Sin embargo, yo no pude evitar sonreír. Que el paladín estuviera allí y yo estuviera libre, que el esqueleto me acompañara, y que hubiera recuperado mi anillo, el cual llevaba firmemente agarrado, era un símbolo de esperanza creciente en mi corazón. Busqué la llave de la celda, y cuando la hallé abrí, entrando y haciéndole un gesto al esqueleto para que me acompañara al interior. Tras eso, me acerqué a Axelier, quien parecía inconsciente, y situé las llaves justo delante de su rostro, sujetándolas con la mano diestra, mientras con la izquierda acercaba mi mano a su hombro para zarandearlo levemente. Con voz algo ronca y rota por el tiempo que había pasado ahí, pero aún cargada con esperanza le susurré, no muy lejos de su oído:

-Paladín, despierta… Soy Khaelos, y he logrado escaparme… Eres libre, Axelier… Aún queda esperanza para nosotros dos… No todo está perdido…-
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Mar Abr 16, 2013 1:51 am

El miedo no podia ser disfrazado esta vez… la Hörigen que solía esconder sus debilidades ante otros para nunca ser intimidada y doblegada por quien deseara hacerle daño, ahora sentía su fortaleza flaquear y temblar en sus cimientos ante lo que tenia frente a ella, pero ni aquel temor pudo derrumbar el aun palpitante sentido de supervivencia. Ella no lo dejaría mancillarla, no le permitiría destrozarla…

A pesar de haber hecho el intento esperanzado de aturdir o herir a la bestia, no lo habría logrado con ningún objeto que le arrojase, solo ver la forma en que destrozo aquella arpa… en cuestión de segundos ella había saltado prácticamente hasta donde reposaba la bolsa que hacia un tiempo su demonio captor le había devuelto. Una vez sus manos tocaron el bolso, casi con desesperación su mano se adentro en el bolso y ante la primera sensación de redondez tomó el objeto y lo lanzo al suelo, haciendo que la esfera reventara su forma y liberase un humo verde que se expandió por la redondeada habitación. Incluso su vista había sido bloqueada pero eso no le impedía moverse, sabia donde estaba parada, recordaba cada rincón de ese cuarto. Sabía de memoria los pasos que se daban de un extremo a otro, sabia donde había tomado el bolso y de ahí como llegar a la puerta. Pero mientras su cuerpo se arrastraba por el suelo, podía escuchar tan cerca el zumbido que causaban los rápidos zarpazos de la bestia tratando de capturarla a pesar de no poder verla, la hacían estremecerse pero no detenerse. Qhinn podía comenzar a sentir humedad en sus ojos, no sabía si estaba realmente llorando o era solo la irritación por el humo así que cerró los ojos confuerza, pero cuando llegó al umbral de la puerta, que el demonio no se había molestado en cerrar, su mano se sostuvo del marco y se impulso hacia afuera pero no cerró, temía que el sonido de un portazo le diera una pista al demonio de cómo salir de ahí…

Qhinn sinceramente no estaba pensando del todo las cosas, estaba actuando como su instinto le indicaba y tal vez un poco de razonamiento… un poco. Cuando estuvo fuera le costó un poco recomponerse y ponerse de pie para frotar sus ojos y enfocar la vista de nuevo, cuando lo logró se vio aun encerrada, pero con una latente posibilidad de salir de este lugar… y su corazón dio un vuelco ante la idea, casi pudo sentir que su pecho se oprimía con fuerza para no dejarla respirar. Y sintió las lágrimas punzar sus ojos. Ella vio las escaleras y se inclino en el barandal para mirar hacia abajo, lo que encontró fue un largo caracol de escalones, hacia donde se notaba un poco de humo y luz; hacia arriba, en cambio, había forma de ir supuso ella hacia el techo, y no tenía idea si podría ver salida, pero entonces escucho al demonio gruñir con fuerza y le tomo un segundo comenzar a correr escaleras abajo. Mientras ella bajaba con premura, con miedo y con desolación de no saber dónde estaría su demonio… sus lagrimas recorrieron sus mejillas, ella intentaba secarlas mientras bajaba pero por momento s tuvo unos tropiezos que casi terminan en rodar por las escaleras se detuvo solo un instante secando sus lagrimas y mordiéndose el labio inferior para resistirse a derrumbarse ahí mismo. Ella tenía que huir y encontrar a Vex.

Pero no solo tenía que lidiar con no conocer el lugar, ni saber dónde estaría su demonio, y que no pudiera pedir ayuda porque nadie le entendería, debía hora enfrentarse a lo que se desato al momento de salir de su jaula… estaba en el borde de la libertad y la ruina. ¿Qué era lo que en realidad quería?

“Tenias una misión Qhinn… ¿la recuerdas?”

Su propio ser le intentaba ayudar a encontrar su camino, pero la Hörigen no tenía muchas opciones, o al menos no quería verlas que se asomaban ahora. Solo bajaba los escalones con prisa, y con cuidado de no caer. Al tiempo en que escuchaba en su mente como se reprochaba a si misma su propia libertad…

“ ¿Recuerdas los campos alrededor de la aldea? ¡El aire libre! ¡Las noches de desvelo en los brazos de un gentil caballero! ¿Dónde está la armonía de la música que regalabas a tantos seres?”

Sus ojos de nuevo se inundaban en lágrimas. Quería salir, quería correr sin detenerse y abrir un gran portón que le mostrara la paz de los paisajes de su tierra natal, o de la aldea donde había aprendido tanto sobre su dios… Mordekaiser. Su piel se erizaba siempre que pensaba en la luz que su dios de otorgaba desde que le dedico su primera melodía. Recordando que solo en él se había refugiado cuando se encontraba asustada y sola en su cautiverio. Pero poco a poco había ocultado su esencia y su amor por su dios para no ser consciente de su infierno. De su prisión. Del desconsuelo de no ser más, dueña de sí misma.

“! ¿Qué harás cuando lo encuentres?! ¿Has pensado en eso? ¡ ¿Qué harás Qhinnetherea, si encuentras al demonio… le pedirás que te encierre de nuevo?!

Sus labios se movían para gesticular un NO. Un no que resonaba repetidamente en su cabeza, pero que la asustaba también.

Cuando estuvo por fin en la planta más baja, se detuvo en seco, mirando su alrededor. Parecía una gran terraza, muy grande, y justo en el medio, una edificación. Cerró los ojos un momento y se secó los últimos rastros de lágrimas que tenia, al volverlos a abrir calló su mente, y observó detenidamente… solo entonces cayó en cuenta del infierno bajo sus pies. Humo, denso y oscuro ascendía desde las entrañas de la tierra por todo el patio, pudo ver las grietas que dividían el suelo, sintió mucho temor de lo que pudiera haber abajo. Al alzar la mirada se percató de que no era de noche… o bueno, es decir, era en realidad una capa de aquel humo casi negro que no dejaba apreciar el cielo. Y también pudo ver a penas, las sombras de las alas de lo que parecían más demonios… le recordaban a los buitres. La edificación de en medio, tenía grandes puertas, altas e imponentes y cuya decoración le era imposible de reconocer, jamás había visto esos símbolos antes. El calor en el ambiente parecía que le sofocaba un poco, pero lo que la abrumó mas fue la intensidad de los gritos agonizantes que vienen desde el fondo y los alrededores…

En realidad no lo pensó demasiado, las puertas parecían no estar bajo llave, de hecho casi podía ver ese espacio entreabierto en ellas. Así que comenzó a avanzar pero a su vez horrorizarse de atravesar ese terreno. Cuando dio unos pasos sobre la tierra seca y sucia, se retiro de inmediato ante el escozor en los pies. Le dolían, sentía el calor de la misma y no pudo más que pensar en cubrir sus pies. Sin darse tiempo para perder, rápido busco en su bolso, donde tomó uno de los rollos de venda, y lo partió a la mitad, atándolos a sus pies cuidando de enroscarlos de manera que cubrieran la planta muy bien, pues era lo que más se sensibilizaría ante el calor, con todo y las medias que aun llevaba puestas. Esto le habría tomado uno o dos minutos entonces comenzó a caminar de nuevo, sus colas las mantuvo juntas sin que tocaran mucho el suelo pero no se elevaran, el color blanco podría llamar la atención y eso era lo que menos quería.

Cada paso lo daba dudando, pero no se detenía, quería llegar a ese lugar, quería lograrlo realmente. A pesar de que aun no sabía qué era lo que haría si entraba… ¿Buscaría a Vex realmente? ¿Se dispondría a buscar su libertad? Sus pasos eran largos, pues el terreno era bastante amplio y no podía perder más tiempo. La Hörigen había pensado incluso en comenzar a correr pero se arriesgaba a caer seguramente entonces… terminaría muerta. Su respiración era irregular, no podía mantenerla apaciguada y podría decirse que estaba sollozando y con las manos temblando. No avanzo demasiado cuando se topó con una gran ranura, el espacio era de cómo un metro y veinte; era prácticamente su propia estatura así que por sus piernas más cortas sería complicado alcanzar la otra orilla solo estirando las piernas, dio unos contados pasos hacia atrás y corrió impulsándose para saltar… sintió entonces un seco y duro golpe en su talón y cómo su tobillo se torció de manera que, no fuera fisurado, le dolía suficiente para que al momento de aterrizar del otro lado cayó en cuatro puntos, y su rostro expresara el malestar, tocio un par de veces y se levantó como pudo para que sus manos no tocaran más tiempo el calor del suelo. Pero entonces el calor la estaba agotando, estaba exponiéndose demasiado directamente al él y al humo que se liberaba de las franjas profundas en la tierra. Su piel estaña húmeda, y le resultaba un tanto más pesado respirar que antes de comenzar a caminar sobre aquel patio enorme. Pero su objetivo ahora mismo, era uno, llegar al edificio que estaba al centro del patio, tenía que llegar y entonces… solo entonces podría decidir qué es lo que en verdad haría… aunque no estaba del todo segura que ese lugar fuera seguro, a estas alturas nada le parecía seguro en este lugar.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Abr 19, 2013 6:17 am

Un abismo negro. Un abismo tan oscuro como la noche sin luna ni estrellas, o como el negro penetrante de los ojos de un equino salvaje, fue lo que Axelier vio durante un pequeño instante mientras abría la puerta de su hogar. Un instante que había durado horas enteras. Horas de agonía e incertidumbre que pasaron tan rápido como el recorrido de una babosa o un caracol. El paladín sintió un vacío implacable mientras su mirada viajaba de un lado a otro tratando de encontrar las cosas que sabía debía encontrar. Buscó la estantería de libros destrozada en la esquina contraria a la entrada. Su sillón negro envuelto en llamas. Su estudio, y el escritorio de madera de sauce con hermosos relieves élficos que tanto le gustaba a su mujer, destrozado hasta los propios cimientos de la casa de madera. El cuerpo inerte de Daanira tirado sobre la cama de plumas de ganso envuelta en un mar de su propia sangre carmesí.

Pero la oscuridad ya había pasado, y su hogar aún permanecía en pie. Axelier miraba a todos lados en busca de algo que esperaba mucho peor y que no era así. Los gritos de la batalla, más bien de la masacre, en el exterior seguían su incontenible coro dando a entender que lo peor aún no había pasado. La muerte aún no había llegado a su hogar.

¿Isslûndil? – Los ojos del paladín se llenaron de lágrimas al escuchar la dulce voz de su mujer al otro lado de la habitación. Daanira Lynella corría hacia él con su bello rostro inmaculado lleno de una mezcla de preocupación y alivio. Su larga cabellera castaña clara brillaba en un tono cobrizo tan hermoso como un adorno digna de la realeza gracias a la luz rojiza que proyectaban los incendios en el exterior. Vestía un largo vestido de seda color verde olivo que resaltaba el color de su cabello y sus ojos color avellana. Axelier extendió sus brazos para contener sus penas entre sus brazos y agradeció a Luminaris por permitir que por lo menos ella estuviese a salvo en aquel festival de sangre. Pero su mente le había jugado una nueva mala pasada. Al intentar abrazarla, el cuerpo de Daanira lo atravesó a él como si fue un fantasma o una mera ilusión. La impresión fue enorme, pero mayor fue a la hora de voltear en dirección de su amada buscando los brazos que la habían sostenido a sus espaldas solo para encontrarse a él mismo viéndose directamente a los ojos como si escrudiñara lo más profundo de su alma.

Por un momento pensó que aquella copia de sí mismo era un simple reflejo creado por algún espejo o alguna brujería, pero rápidamente descartó la idea al ver como su mujer se aferraba a sus brazos y descargaba su llanto en hombros que no eran los suyos. Ambos paladines mantuvieron su mirada fija entre sí. Axelier estaba impactado y desorientado mientras que su copia esbozaba una sonrisa de maldad impropia de un protector de la Luz. Era idéntico a él en el aspecto físico, pero su mente era claramente una cuestión aparte. Quiso correr hacia él cuando vio que su imitación levantaba su espada con la intención de atravesar a la mujer pero las piernas no le respondieron y su voz no salió, justo como la sensación que a veces uno puede experimentar al ser perseguido en pesadillas, pero cuando la estocada mortal fuera a penetrar el frágil cuerpo de su mujer una voz espectral lo sacó de su letargo arrastrándolo a un agujero negro justo bajo sus pies.

Paladín, despierta… – La voz espectral que había escuchado el paladín en sus pesadillas se aclaraba poco a poco. Sonaba muy conocida – …Soy Khaelos, y he logrado escaparme… – La mente del guerrero comenzaba a verse más lúcida mientras ese nombre resonaba en su memoria – Eres libre, Axelier… Aún queda esperanza para nosotros dos… No todo está perdido.

La visión perdida del paladín abandonó las nieblas de la inconsciencia. Su cuerpo estaba entumecido gracias al descanso repentino después de tantos días en la sala del Carnicero. Khaelos le zarandeaba el hombro mientras agitaba las llaves de la prisión las cuales sonaban como un coro de campanillas malgastadas. La oscuridad de la celda y el calabozo en el que estaba sirvió como un filtro esotérico que ayudó a Axelier a la hora de hacer la transición de la ilusión a la realidad. Pero aún podía ver su mano a punto de cegar la vida de su amor.

¡DAANIRA! – El grito que tenía atorado en la garganta sonó más fuerte de lo que hubiese esperado gracias al vacío del calabozo y el eco de su voz. Axelier se había incorporado apoyándose en una rodilla y extendiendo la mano derecha hacia la nada en dirección a donde se encontraba su antiguo compañero. Khaelos, sorprendido por la reacción del paladín, dejó caer su cuerpo hacia atrás mientras posaba sus ojos en el rostro aterrorizado del seguidor de la luz. Axelier estuvo a punto de desplomarse nuevamente pero sus brazos impidieron la caída quedando inclinado mirando al suelo mientras un rio de lágrimas recorría su rostro y caía en forma de cascada hacia la roca enmohecida. Khaelos trató de auxiliar al guerrero, el cual claramente tenía asuntos pendientes que solucionar tal como él.

En el exterior del monasterio, Qhinn intentaba encontrar alguna razón que la impulsara a seguir adelante con su tortura interna. Por un lado estaba la Hörigen amante de la música y el placer ocasional que los hombres, deseosos de su cuerpo, le brindaban así como el amor incondicional que le dedicaba a su deidad patrona Mordekaiser, señor de las artes y las melodías. Solo la sensación de la libertad absoluta podía competir con el amor que ella sentía para su música.

Por otra parte estaba la Hörigen que había recibido el mote de Míth^Grrundïll, lo que significaba también Viento del Alma. Esta era una mujer devota a su raptor y amante en cuerpo y alma. Su amor hacía el demonio Vex había rebasado los límites de su cordura después de años de encierro y cotidianeidad. Era una Hörigen que había aceptado entregar su cuerpo y su corazón a un ser que había demostrado tener cariño en su ser a pesar de su terrible verdad.

Su amor era una obsesión. Qhinn avanzaba por el patio del fuego y destrucción que frente a sí se había levantado. No sabía si la asfixia que sentía era por las bocanadas de humo y el fuego que respiraba o por la sensación de pérdida y arrebato que ahora experimentaba al no tener cerca a su demonio ni poder volver a la que había sido su morada y su sitio en el mundo a lo largo de tanto tiempo encerrada en su torre. Qhinnetherea estaba aterrada y cegada. Su visión era acuosa. Su mente, un caos solo comparable con el que sufría el propio monasterio. Sus pies avanzaban torpemente, casi de manera automática, hacía las grandes puertas del edificio principal tratando de ignorar el dolor de su tobillo y el agotamiento general que comenzaba a sentir. Su mente divagaba lejos del fuego y la negrura, en un sitio que no estaba ahí.

Divagaba hasta que un terrible dolor punzante, a la altura de su hombro izquierdo, la sacó de su trance de desesperanza. Un grito ahogado trató de escapar de la garganta silenciada de la Horigën mientras volvía su mirada hacia lo que le ocasionaba un dolor tan terrible como el de mil agujas clavadas a su cuerpo. Una enorme cabeza enrojecida prendía de su hombro propinando una increíble mordida, la cual había atravesado fácilmente su piel y sus huesos. La horrible criatura tenía cuernos tan grandes como un niño humano y un solo ojo reptiliano lleno de un odio y una locura descomunal. Qhinn le miró directamente mientras trataba de examinarlo mejor pero la mordida le ardía como un sinfín de llamaradas atravesadas en su interior. Pronto sintió que sus piernas ya no tocaban el suelo y el fuego del interior de las enormes grietas le escocía las plantas de los pies y sus innumerables colas oscurecidas por el hollín y las cenizas. Estaba muy débil e indefensa. Poco y nada que pudiese hacer para librarse de la muerte que comenzaba a cernirse en sus hombros como un buitre hambriento.

Kha… Khaelos – Por fin logró decir Axelier cuando su pesar había pasado y su mente había vuelto a la realidad. El paladín jamás hubiese imaginado que verle a él, parado ahí en frente, fuese tan reconfortante. Sin pensarlo demasiado le dio un abrazo agradeciendo a los dioses por darle ese brillo de esperanza. Pero la escena no había durado lo suficiente como para una respuesta por parte del conde cuando los ojos del guerrero se cruzaron con las cuencas vacías del esqueleto justo al momento en que una bola de fuego, tan grande como el corredor de piedra del calabozo, lo había arrojado lejos de ahí.

¡Cuidado! ¡Se acercan lo…! – Las palabras de Axelier se cortaron gracias a una repentina toz seca producto de su deshidratación. Afuera de la celda ahora se erguía orgulloso un demonio de aspecto bovino y una boca rellena de afilados colmillos ónice. El demonio jadeaba pero sonrió al ver a ambos humanos a sus pies – Es… un custodio… – Dijo Axelier mientras intentaba ponerse en pie lo más rápido que sus extremidades le permitían.

¡GROLOGORGOOOO! – Gritó con una estridente voz que resonó por todo el calabozo. El grito había logrado hacer retroceder un par de centímetros a ambos humanos mientras trataban de permanecer en pie ante el terrible adversario que les había bloqueado su única ruta de escape. El demonio parecía una especie de minotauro deformado, carente de pelaje ni piel. Sus tejidos y sus múltiples músculos lucían orgullosos y escalofriantes sobre la carne ensangrentada del ser. Su cabeza parecía ser desproporcional al tamaño de su cuerpo, pero no dejaba de ser una terrible visión de la cual jamás se podrían acostumbrar.

De pronto, el horrendo globo ocular que sostenía entre sus fauces a Qhinn, se desplazó al interior de la grieta que había a sus pies. La hörigen logró aferrarse a uno de los cuernos del demonio para evitar que el arrastre le cercenara el brazo, pues la velocidad con la que se desplazaba por los aires era incomparable con cualquier ave que ella conociese. Atravesaron fuego y humo, cadáveres y víctimas en proceso de serlo, grupos de demonios de clases tan diversas como ningún libro jamás ha descrito y mucho más fuego y perversión, hasta que por fin la oscuridad y el calor la envolvieron nuevamente al interior de aquella grieta.

Cuando volvió a abrir sus ojos lentamente, pues era temerosa de lo que vería a continuación, se encontró flotando aún sujeta a las fauces del globo de sangre al interior de lo que parecía un cuarto de celdas y barrotes de hierro. Volvió a intentar gritar sin hacerlo al ver el horrible monstruo deforme frente a ella pero contuvo cierta lucidez al cruzar su mirada con un par de humanos listos a entrar en combate, por más irrisorio que aquello pudiese ser.

Lejos de ahí, la niña semi demonio cavilaba toda la nueva información que había llegado a su interior mientras observaba a los tres diablillos frente a ella. Sabía todo sobre ellos. E incluso más. Sabía que aquella torre era conocida como La torre celeste, ya que no tenía techo. Sabía que antes de visitar la torre había estado violando a una joven pareja élfica en Mil Pieles cuando el rumor de la joven infante atada en la punta de la Torre celeste había llegado a sus oídos.

Cinna estaba confundida y desorientada. Por un lado sabía que era una vampiresa pero, por otro lado también era Dûmboliargösk, el cabrón al que le había devorado su vida entera. Dos mentes dentro de su cuerpo inmortal deformado por la sangre de un demonio corrompido.

Quien… ¿Quién eres? – La voz de Villynruxx, el diablillo de color amarillo, llamó su atención mientras seguía repasando toda la información que había adquirido. El diablillo había hablado en su idioma nativo pero, a oídos de la vampira, aquello había sido tan claro como el vil idioma común. Ahora los entendía.

¿Eres tan imbécil que no reconoces al gran Dum-Gösk cuando lo ves? – La voz de Cinna había sonado más similar a la horrenda voz gutural del obeso demonio difunto que a la suya propia, o al menos eso le pareció a ella mientras continuaba hablando en aquel idioma recientemente obtenido – Necesito estar solo, fuera de aquí los tres.

El miedo en los rostros de los diablillos amarillo y azul era tangible y de inmediato dieron media vuelta para abandonar la habitación circular. Pero Baelzedûk, el diablillo rojo, era demasiado listo como para ser engañado tan fácilmente. Aunque en su rostro se notaba duda, Cinna tuvo que fulminarlo con una mirada imperiosa para que el pequeño bastardo escarmentara, haciendo que se retorciera ligeramente para después esbozar una sonrisa complaciente y abandonar la habitación a toda prisa.

Por fin se había quedado sola en aquel lugar. El cielo rojizo gracias al reflejo del fuego en la cortina de humo negro que cubría por completo la bóveda celeste iluminaba levemente el lugar en una danza hipnótica de luz ámbar. Lo primero que hizo fue repasar los cambios en su cuerpo. EL exoesqueleto cubría sus partes vitales pero la había deformado cruelmente, de tal manera que su belleza y su inocencia inmaculada había desaparecido permanentemente. Sus finas manos y pies ahora mostraban unas garras largas y huesudas capaces de penetrar una armadura como si se tratase del mejor de los aceros. Decidió probar dichas sospechas en la roca gruesa de los pilares del torreón dejando las marcas zanjadas en su superficie, pero no eran tan resistentes como lo pensaba pues había perdido dos garras en el acto. Sin embargo su sorpresa fue mayor al ver que dichas garras se habían regenerado nuevamente en cuestión de segundos, dejando como nuevas sus extremidades.

Su cuerpo la sorprendía, pero era su mente lo que más le interesaba en aquel momento. Las imágenes del enorme monasterio del Alba Roja, visto desde los aires, eran majestuosas. Desde ese lugar podía ver las cuatro torres de guardia, incluida la Torre celeste y El Torreón del Huesodragón en la parte más septentrional de La Muralla. El patio principal de Las Mil Pieles se extendía majestuoso por toda la parte frontal del monasterio. Dicho patio era una explanada de más de trescientos metros de largo por cien de anchura y dividía las puertas principales del exterior con el portón de Las Calderas, en el edificio principal. Mil Pieles era su lugar preferido, ya que se trataba de una inmensa extensión de sangre coagulada y restos humanos desechados por todos los demonios y los dioses sabían que otras cosas. Uno podía pisar el suelo carnoso del lugar y vería como la sangre tibia se escurría por los costados de la suela del zapato y, en ocasiones, una o dos manos salían del suelo intentando aferrarse a cualquier cosa que los librara del sufrimiento eterno e indescriptible de seguir con vida mezclado con miles de cuerpos mutilados.

Cinna examinaba todos los rincones de su nueva mente con atención. Buscaba armamento y tesoros escondidos. Buscaba alimento y posibles rutas de entretenimiento. Pero, sobre todo, buscaba a los doscientos cuarenta y tres demonios que habían abusado de ella durante tantos años que ahora parecían ser un simple sueño o una simple ilusión. Los rostros de los infelices saltaban a su mente uno a uno, y por suerte Dum-Gösk parecía haberlos conocido a todos, o al menos a la mayoría. El sabor de la venganza y de la sangre de esos bastardos ya corría por la lengua bífida de la criatura sin identidad cuando un poderoso aleteo, proveniente del cielo del torreón, la sacó de sus pensamientos. Desde los cielos había descendido Grond'Vazzúm, uno de los tres generales de Ghazrüll.

El engendro medía más de tres metros de altura, lo podía saber a pesar de que el propio demonio se encorvaba demasiado gracias a su fisionomía delgada y esquelética, y pesaba lo suficiente como para provocar que una de las paredes del torreón en ruinas se desplomara por completo dando paso a la visión para contemplar el techo del monasterio y el patio trasero. Por cabeza tenía un cráneo alargado sin piel ni ojos y unas alas negras hechas girones tan largas como las cortinas de un enorme ventanal. Sus extremidades eran igual de largas y, si la vampiresa había considerado que sus garras eran mortíferas, tras ver las del general de los cielos no le quedó la menor duda de cuál conjunto de garras era el mejor. Volando sobre el hombro derecho del general se encontraba Baelzedûk, haciendo que tan repentina visita tuviese una justificación.

Cinna estaba en aprietos. Grond'Vazzúm era conocido por ser un ser impaciente y sanguinario. Más de la mitad del ejército de demonios alados que estaba bajo su mando habían sido exterminados por él mismo sin muchas razones aparentes. Algunos decían que sus soldados eran demasiado ineptos, mientras que otros aseguraban que hablaban a espaldas de su general y que este se había enterado con sus miles de ojos y oídos informantes. Grond'Vazzúm era un demonio que no toleraba las habladurías ni que se hablara de él en ningún sentido, ni siquiera en halagos o historias de terror, y ahora esperaba de pie, frente a la pequeña demonio neonata, por una explicación o algún argumento válido que probara o refutara las habladurías del astuto rufián.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Abr 23, 2013 2:55 am

Mientras zarandeaba suavemente al paladín vi como lentamente sus ojos se iban abriendo poco a poco, fijándose en mí, notándose en sus ojos que me reconocía, que estaba logrando despertar y que, al igual que yo, su mente no había sido destruida, no del todo al menos. No pude evitar sonreír levemente, con un sentimiento de alegría pura. Una cara conocida al fin... A pesar de que su esencia me repelía, mi humanidad por fin volvía a existir, e incluso... Tal vez era más intensa que antes. Sin embargo, logró sobresaltarme cuando soltó un fuerte grito, nombrando a una mujer. ¿su amada, tal vez? ¿Una amiga? ¿Una hermana? No lo sabía, pero yo recordé a Naerys entonces... Dioses, la echaba mucho de menos... Di gracias por haber logrado que se alejara a tiempo.

Me dejé caer hacia atrás, aún sobresaltado, mientras miraba su rostro contraído por el terror, y no pude negar que yo también me había asustado por un largo momento. Para cuando mi corazón volvió a un ritmo normal, vi que el paladín se había inclinado y estaba llorando. Un gesto de estoica rabia apareció en mi rostro y le agarré de los hombros con suavidad, haciéndole que me mirara y le dije, imprimiéndole esperanza a mis palabras:

-Axelier, relájate. No sé en qué soñabas, pero... No es real, estoy seguro. Lo que es real es que estamos en este sitio y que por fin nos hemos librado, paladín. Ahora estamos juntos en esto, y vamos a salir de aquí, te lo prometo. No dejaré que te pudras aquí abajo.-

Mis ojos se clavaron en los suyos, mirándole con determinación y haciéndole saber que pensaba cumplir aquello. Aunque nuestros credos, nuestras magias, tal vez hasta nuestras opiniones en muchas cosas fueran distintas... Aquél hombre era el único rostro conocido que había visto en mucho tiempo, y... No lo iba a negar, me alegraba de verle. Por eso volví a esbozar una sonrisa cálida, y me sorprendí a mí mismo... Hacía tanto tiempo que no tenía motivos por los que sonreír que casi... Casi había olvidado a hacerlo. Había llegado a olvidar emociones humanas, casi me convertí en una bestia. Sin embargo, los últimos sucesos... Habían logrado hacer que, por fin, volviera a ser humano. Fue por eso que cuando Axelier pronunció mi nombre, dándome un abrazo, yo lo correspondí, devolviéndole ese gesto y no pudiendo evitar que un par de lágrimas cayeran de mis ojos. Por fin recordaba qué era un abrazo, recordé por qué eran tan reconfortantes... No pude evitar sentir una punzada de alegría. Igual que para el paladín, para mí aquello era también un rayo de esperanza. Desgraciadamente, poco duran esas cosas.

Me giré repentinamente al escuchar una deflagración, viendo que el esqueleto había salido volando tras recibir el impacto de una bola de fuego. Mi mandíbula cayó y mis ojos se abrieron con miedo, mientras Axelier empezaba a hablar, tosiendo antes de acabar la frase, y para cuando supe qué era lo que había sucedido lo vi, mientras Axel me decía su nombre. Un custodio.

No perdí el tiempo en ponerme de pie, ayudando al paladín y siguiendo medio abrazado a él, con mis manos aferradas a sus hombros lo justo como para poder ayudarle a ponerse en pie. Miré un momento a mi dedo y suspiré con alivio al ver el anillo todavía allí. De mientras, el custodio sonreía, y en ese momento decidí empezar a trabajar a toda máquina mentalmente. En primer lugar, pude percibir que, milagrosamente, la presencia del esqueleto seguía existiendo. ¡No había muerto, seguía en pie!

Retrocedí un pequeño paso ante el fuerte grito que soltó el demonio, que tenía aspecto de minotauro deformado, completamente desnudo. Mis ojos repasaron la estancia y no vieron nada de utilidad, de modo que miré unos instantes al paladín, aprovechando para no mirar todo el rato a la hórrida criatura. Le susurré al oído, preparándome para la batalla y dejando que el miedo y la adrenalina corrieran por mis venas:

-Axelier, si tienes algún conjuro que pueda freírlo, úsalo. Yo le lanzaré uno también, primero disparo yo y luego disparas tú, ¿de acuerdo? Nada más me veas lanzarlo lanza tú el tuyo.-

Sin embargo, otra cosa sucedió cuando vi como una especie de globo ocular llegó cerca del custodio con una hermosa muchacha aferrada en las fauces de forma poco agradable. La chica debía tener los músculos destrozados a juzgar por la presa... La miré a los ojos y asentí levemente para darle algo de esperanza. Tras eso, empecé a conjurar con la mano izquierda la esfera necrótica, y miré a Axelier durante unos instantes, susurrándole:

-Prepárate... Estás bastante débil, así que cuando el ser cargue contra nosotros te empujaré a un lado para evitar que te arrolle, y yo saltaré hacia el otro como buenamente pueda. Si puedes, apunta el rayo de modo que le dé primero al custodio y, de ser posible, que le dé de rebote al monstruo que hay detrás con la muchacha. Y ahora... ¡¡¡Shkuldir!!! ¡¡¡Ordoth, shûr kraeh!!!-

Mis palabras en lengua de los muertos habían sido simples. “Esqueleto, ayúdanos por favor.” Era una de nuestras bazas a favor. Por lo demás, me mantuve a la espera de que el custodio atravesara la puerta cargando contra nosotros. Nada más empezara a pasar por ella, le arrojaría la esfera necrótica para reducir sus posibilidades de escapar y apuntándole al pecho , y esperaba que Axelier lanzara un conjuro contra él de igual manera. Cuando el custodio se lanzara hacia nosotros empujaría al paladín para evitar que fuera arrollado y usaría el impulso para saltar a la otra banda, intentando que el ser se golpeara contra la pared. Tal vez no haría falta y los conjuros lo matarían. De todos modos, era mejor contar con todas y cada una de las variables, y más en aquellos momentos en que estábamos desarmados. Pocas eran nuestras esperanzas, pero muchos nuestros motivos para querer matar a aquél ser y a todos los otros que poblaban el sitio.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Miér Abr 24, 2013 9:58 pm

No había avanzado, si quiera la tercera parte de aquel miserable patio, cuando sus sentidos comenzaron a menguar, sus labios se habían resecado ante el calor la falta de agua para hidratarlos, sus pies comenzaban a sentirse pesados y sus ojos no estaban siendo del todo confiables, pues eventualmente su mirada se tornaba cada vez más borrosa.
Dulce Hörigen, la misma que ilusamente creía que cual cuento de hadas su caballero formidable acudiría al rescate de su menuda y delicada persona. Ya no podía llorar, sentía que si lo intentaba solo conseguiría sangrar ante la evidente necesidad de agua… su cuerpo era el calor y el hollín. Sus colas se habían ensuciado, sus mejillas tenían unas manchas grises que ella no notaba, y el humo que la rodeaba comenzaba a balancearla en una especie de limbo mental que la separaba de aquel infierno, y que a la vez, la ataba más a él. Su respiración desigual, intensificaba el malestar y su cada vez más agudo dolor de cabeza.

¿Recordaba el toque de un hombre a estas alturas…? Si, lo recordaba, y una leve sonrisa se dibujaba en su rostro cuando dicho recuerdo la invadió como una brisa marina en el atardecer.
¿A caso las memorias de una melodía a Mordekaiser, no la llenaba de júbilo y paz? Así es, sus manos casi le picaban por sentir en ellas la suavidad de sus instrumentos musicales, sus labios temblaban por volver a producir la música que había pregonado por años…

El infierno no puede ser peor, que perder la libertad.

Pero todo estaba por cambiar, cuando la fuerza y profundidad de un dolor tan agudo que por un segundo creyó que perdería su conciencia, sus labios se separaron y su boca formo la mueca de un dolor que a casi cualquiera dejaría derrumbado en los brazos de la perdición total. Pero su cordura retomó su puesto en la Hörigen, ante tal dolor y ante lo que sus ojos verían al voltear su rostro hacia su hombro izquierdo. El horror había sido casi obvio si o fuera por el dolor de músculos perforados y huesos astillados que disipo la naturaleza de su mirada petrificada. Aquel ser, era un manojo de músculos, cuernos y algo viscoso también parecía su superficie, podía ver sangre en el interior de sus fauces y estaba segura que no era solo suya. Y entonces, su mirada se cruzo con el gran y único ojo de la bestia, tal vez no parecía más aterradora que el demonio que la buscaba en su habitación, pero igualmente era una bestia, y como tal no podía causarle menos miedo que cualquiera.

Su cuerpo se sentía liviano, y claramente no estaba tocando más el suelo, a pesar de que intento estirar los pies para tocarlo pero no fue posible, la angustia en su rostro era un retrato para el sádico. Sobre todo cuando comenzó a ser transportada por el ser aquel, aun en las fauces, con hombro casi triturado aun en la enorme y llena de colmillos gigantes de aquella que se elevaba junto con ella. El cuerpo de Qhinn comenzaba a hacer peso y aumentaba la intensidad del dolor en su hombro, manoteaba intentando librarse pero no tocaba nada que pudiera ver bien, pero no fue hasta que la velocidad de aquella bestia fue tal, que temió que le arrancaría el brazo en un instante, y su mano logro encontrar uno de aquellos cuernos, del cual se sostuvo intentado que su peso cayera ante la poca fuerza que tenía en su brazo sano. Y entonces, se adentraron a una de las grietas con la velocidad suficiente para incluso sentir aire en su rostro, el problema radicaba en que, dicho aire solo podía venir acompañado de un abrasador calor y humo, además del penetrante olor de carne quemada.

Sus piernas se flexionaron levemente como si quisiera evitar que se golpease con algo y se lastimara aun, o mucho peor sería que se atorase con algo y causara una extremadamente dolorosa mutilación. Y seguramente, y a pesar de que no quería ni mirar hacia abajo, una caída que no sabría en que terminaría. A decir verdad, ahora mismo… su corazón sentía mil veces más miedo que cuando aquel demonio había irrumpido en sus aposentos.

El paisaje que la esperaba a continuación, la dejó con el alma en el borde de un abismo de locura que de no ser por el inmenso amor que predicaba a su dios, y a su propia libertad, que no se habría aferrado a sus restos de cordura… y ante dichas imágenes, de muerte, tortura, maldad en su estado mas corrompido posible, y el interminable sufrimiento de las víctimas, Vex se hacía presente en su delicada mente.

“Vex, ¿a caso tu también has causado esto? ¿Dónde estás ahora…?”

Sus ojos ya sentían las punzantes lagrimas queriendo liberarse, y casi se sorprendió de tener aun lágrimas en ellos, pero lejos de derrumbarse llorando, cerró los ojos ante la inminente oscuridad de la profundidad de la grieta… no había pasado un largo rato, pero para Qhinn ahora mismo cada instante resultaba ser una eternidad en este lugar.

“¿Por qué, Vex, me has arrastrado al peor de los tormentos…?”

La duda era intermitente, pero cada vez más insistente en ella, la duda sobre si realmente era importante para su captor, ella le habría entregado su cuerpo con deseo y pureza. Ella realmente habría entregado más que eso y a cambio… ¿ella tendría reciprocidad del demonio? Su tembloroso corazón estaba arrinconado y delirante…

Para cuando abrió los ojos, dubitativa de lo que podría ahora encontrarse… lo que vio hizo que su rostro ya palidecido, se viera casi fantasmal. Una especie de mino tauro cuyas fauces parecían el borde del vacío y la oscuridad más atroz. Sus ojos se ensancharon y sus labios querían, más que antes, poder gritar hasta desgarrar su garganta. Pero no había sonido alguno, nada… sin embargo cuando dejó de enfocarse en la bestia nueva, observo que estaba obstruyendo la entrada de una celda, una cuyos barrotes no parecían haber sido tratados mas amablemente que a los prisioneros que vio en los pisos y rincones de las grietas. Eran viejos, y entonces pensó en algo que no había notado. ¿Había pasado más de uno o dos años en este lugar? Sus ojos se tornaron cristalinos cuando pensó en el tiempo que habría estado sin una verdadera vida que no fuera ser, la triste marioneta de Vex.

¿Lo podría amar aún?

Su mano y los musculos del brazo derecho comenzaban a dolerle de la tensión que ejercía para sujetarse de él. Y estuvo a punto de desmayarse, rendida. A la peor de las muertes, estuvo a solo una duda más de dejarse ir de no ser por la última cosa que habría esperado ver… un humano. Un enorme y aun bien formado humano. Pero no solo eso, si no que estaba acompañado de otro que aun no podía mantenerse en pie al parecer, pero quien había cruzado su mirada con ella, tenía el rojo más intenso que había visto antes tan solo en su par de ojos demacrados por evidente mal sueño y a saber qué más. Su cabello era muy largo, y se notaba maltratado y con manchas de suciedad y sangre, a pesar del cuerpo magullado y la suciedad, se notaba que detrás de eso había un hombre que en sus buenos tiempos habría hecho temblar hasta a la menuda Qhinn. Del otro hombre solo pudo destacar algo… esa mirada perdida en el dolor y la nostalgia, misma que casi ahogaba a Qhinn. Sintió una enorme pena por él.

Pero no pudo tener espacio para pensar en nada más, ella le vio al grande, murmurar algo al otro hombre, y entonces solo una mirada de aprobación a la Hörigen… y entonces, la mano del humano comenzó a formar una especie de energía… a penas distinguía aquello pues sintió desesperanza, y esperanza. Una mezcla curiosa de miedo y valor, y no dejo pasar aquella oportunidad.

Como un bebe ansiando los brazos de su madre, la Hörigen se aferro a la esperanza que parecía ofrecer el humano, dejo sus pies estirarse y por fin tocar a penas con la parte frontal de la [planta del pie, el suelo menos caliente que el de la superficie, aun con el dolor arañando su hombro sostuvo de alguna forma su peso sobre sus débiles piernas, y su ultimo atisbo de fuerza se enfoco en usar su brazo sano, para soltarse de aquel aspero cuerno y arañar con profundiad y fiereza la superficie viscosa del ojo que estaba por encima de su cabeza, a un lado de su hombro herido. Donde había visto ese ojo penetrante y desquiciado… no esperaba matarlo, ni mucho menos, lo único que ella deseaba era liberarse de sus fauces. Tenía la ilusión tal vez, de que lo único que pudiera hacer por si misma seria que aquel ser la liberase de su agarre de una vez por todas. Y por otro lado, no sabía lo que haría el humano y temía salir mal herida de ello… es decir, estaba en el lado de afuera de la celda, junto a ambos demonios. Sea lo que fuera que haría el hombre, no quería salir afectada por eso, más de lo que ya estaba siendo atormentada por la enorme y deforme bola de sangre y músculos. La angustia dejaba poco en poco su rostro para mostrar la nostálgica luz de esperanza que la invadía como un amante en la noche.

¿Sería esto su última manera de salir?

A caso, ¿intentaría ella realmente, escapar sin ver a su demonio antes?

En realidad, y muy a pesar de la ilusión que sentía de tener oportunidad de que la ayuden a escapar… dudaba de esa decisión, dudaba de que realmente tuviera la fiereza de escapar en vez de buscar a su demonio y pedirle que la lleve lejos… junto a él. Y también, pensaba que estaba loca. Pensaba que quizá nunca saldría de ahí, que perdería partes de su cuerpo lenta y dolorosamente… perdería antes su mente… sollozaba en la mudez total. Esperando que sus largas uñas pudieran causar el dolor o moelstia suficiente para que la bestia aflojara sus fauces y pudiera liberarse por fin, cayendo al suelo y tal vez pueda alejarse de ellos los suficiente para que no la vuelva a querer tomar de alguna otra extremidad… no sabía si podría mantenerse consciente por más tiempo.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Dom Abr 28, 2013 8:24 pm

Aquí está señor, tal y como su humilde servidor lo dijo – Comenzó a hablar Baelzedûk mientras frotaba sus manos con impaciencia – Dijo que era Dum-Gösk, El Depravado, señor. Si lo dijo. Si, si lo dijo mi señor – Hablaba en círculos, un acto bastante común en él, pues disfrutaba retorciendo los hechos y los rumores hasta el punto en el que o perdían sentido o ganaban aprobación – Dijo que era el obeso asqueroso señor, pero él no es. No, no lo es. No es el obeso no, es otra cosa mi señor. Otra cosa, si claro que lo es.

Grond'Vazzúm resopló claramente fastidiado del diablillo y centró su mirada vacía en Cinna. La joven vampira, mitad demonio, podía sentir como escudriñaban en su interior. Era como si hubiesen sustituido la sangre de sus venas por un millar de hormigas. El cuerpo entero le temblaba con la mera presencia del implacable general, y su completa atención lo hacía mucho peor. El general no pronunció palabra alguna y gracias a la carencia de piel y músculos en su rostro era imposible leer su mente o siquiera escrudiñar algún gesto de disgusto o apatía. Bael continuó hablando con cierto aire de superioridad.

¿Lo ve señor? Se lo dije señor. Le dije que no era el gordo. Le dije que alguien lo suplantó. Si, si le dije – Las risas del diablillo comenzaban a salir con mayor naturalidad mientras desviaba su mirada hacia Cinna. Un atisbo de victoria se dibujó en su arrugado y malicioso rostro – Este bastardo no merece vivir mi señor, no, no lo merece. En verdad que nos ofende su presencia. Si, si en verdad que si nos ofende.

Grond'Vazzúm no se inmutó. El general permanecía encorvado con la misma postura esperando escuchar cualquier objeción y súplica del desgraciado de Dum-Gösk. Por su parte, la vampiresa demoníaca tenía su propia discusión al interior de su mente. El terror que sentía era confuso. Por una parte temía por su recién recuperada libertad pero, por otro lado, sentía un terrible rencor y un terror abismales por el enorme demonio general. Hablaban sobre ella y sobre el desgraciado que había devorado y que ahora peleaba por el control de su propio cuerpo.

¿Y qué harás pequeña insolente? – La sebosa voz de Dum-Gösk se escuchó claramente en la mente de Cinna, algo que hasta ese momento no había experimentado – ¿En verdad pensaste que te sería tan sencillo escapar de aquí? ¿Pensaste que te librarías de mí con tan solo succionar mi sangre? Oh, espera, si ya veo… Ya veo que si lo pensaste – La inmortal no podía luchar contra la presencia dentro de su mente. Sentía como todos sus recuerdos, sus ideas y sus propios pensamientos eran descubiertos y repasados por el demonio como si tuviese vía libre en una enorme biblioteca en su interior.

Tú no puedes salvarnos de la mano de Grond'Vazzúm… – Dum-Gösk hablaba seriamente por primera vez quizá bajo la urgencia de la situación en la que estaban – Tú no puedes controlar nuestras mentes ni nuestro cuerpo…[/i] – Hablaba de ambos como uno mismo. Cinna le concedió cierta razón – Tú estás muerta sin mi ayuda. Yo sin ti no seré más – Las palabras del demonio eran ciertas, y las enormes fauces del general parecían impacientes por probar su delgada capa de carne cubierta por huesos y espinas de calcio.

¡DÛMBOLIARGÖSK! – El grito imperioso del general hizo retumbar la estancia, haciendo que varias rocas sueltas cayeran al suelo y sorprendiendo a una indecisa Cinna, la cual no esperó más a que su mente se decidiera. Tenía que dejar que Dum-Gösk hablara cuanto antes…


El peligro acechaba en todos los rincones del monasterio maldito, y los calabozos no eran la excepción. Era muy extraño que una trifulca se desatara en el área de celdas, por lo general todos los prisioneros estaban demasiado lastimados o enloquecidos como para armar un revuelo mayor a una sinfonía de gritos ahogados y lamentos de desesperanza. Era raro que El Custodio tuviese que actuar para mantener a raya alguna rebelión en sus dominios. Era muy raro que siquiera algún prisionero le viera por ahí. Pero, era extremadamente raro que, tanto el Custodio como una de sus cientos de mascotas estuviesen ahí para controlar una rebelión en progreso.

Axelier había logrado incorporarse apoyado sobre los hombros de su antiguo compañero. Ambos hombres, anteriormente esbeltos y con un gran poder físico y mental, ahora no eran ni la quinta parte de lo que fueron. Débiles física y mental mente, más parecían un par de ramas secas a punto de ser partidas por las pisadas de un animal. Lo único que no había decaído en lo más mínimo era su espíritu, armas que tanto el nigromante como el paladín podían utilizar tan efectivamente como un hacha en manos de un orco.

Supongo que puedo hacer uso de uno de mis conjuros – Dijo el paladín tras conocer las intenciones de Khaelos – Pero estoy muy débil. Su uso mi magia seguramente quedaré inmóvil y no seré de mucha ayuda.

Ambos comenzaban a concentrar su energía esperando alguna reacción por parte del demonio en forma de minotauro lacerado. Por su parte, Qhinnetherea había presentido el poder de ambos humanos. Era claro para ella que el estado físico tan deplorable de ambos esclavos no daba demasiadas esperanzas, pero el espíritu de ambos humanos aún resistía y la energía de ambos se acumulaba en forma de magia o algún otro arte desconocido. El dolor de su hombro y su pecho la escocía, y tenía que librarse de tal engendro antes de quedar parada en medio de fuego cruzado o, peor aún, verse privada de la mitad de su cuerpo si a aquél demonio se le ocurría avanzar a través del angosto portal de la celda.

El Custodio bufó y azotó sus espantosas pesuñas contra el suelo, creando un leve temblor en el recinto, y sin mayor contemplación comenzó un ataque de carga contra los humanos. Las gruesas rejas oxidadas de la celda cedieron ante el peso del demonio como si hubiesen sido de madera. El Custodio embestía con su enorme cabeza desproporcionada hacia el frente y su hocico abierto exhalando un aliento tan penetrante como el de miles de cadáveres en descomposición. Qhinn logró hacer equilibrio y con un potente arañazo, sobre el ojo del demonio que la tenía apresada, lograría cegar permanentemente al engendro mientras este abría involuntariamente sus fauces dejando caer al suelo a la Hörigen.

El cuarto se iluminó repentinamente con una combinación de resplandores púrpuras y dorados. Una potente esfera de energía negativa, lanzada por el nigromante, impactó directamente en el rostro del custodio haciendo que este sacudiera su cabeza y detuviera su avance a un metro de ambos humanos. El impacto había sido más potente de lo que hubiese esperado Khaelos o le había afectado más de lo que hubiese previsto. Milésimas de segundo más tarde, un trío de pilares de energía sacra iluminarían los calabozos casi en su totalidad. Axelier había hecho uso de todo su poder disponible para crear una serie de rayos de luz que parecían atravesar el techo de roca sólida para impactar en sus objetivos. El primero de los rayos de luz bañó con su resplandor al nigromante, el cual sintió un ligero malestar al principio pero descubriría rápidamente que aquello no lo había dañado. El segundo en sucesión impacto de lleno al Custodio, el cual aún se sacudía por los efectos de la esfera necrótica. El rayo de energía sagrada lo había hecho caer sobre una de sus patas y había detenido por completo su embestida. El suelo a sus pies se agrietó dejando pasar a través de si una serie de columnas de vapor provenientes de los pisos inferiores, pero el demonio solo había sido aturdido, aquello no había terminado con él como hubiese esperado el nigromante. Por último, el tercer pilar de luz impactó a la hörigen, la cual sintió como sus graves heridas perdían importancia como si aquel extraño resplandor fuese un bálsamo contra el dolor y los huesos rotos.

¡GROOOOAAAAARRRGGG! – El rugido del custodio fue atronador. La celda se cimbró y vibró ante tal exclamación de furia mientras el globo ocular se azotaba vigorosamente contra las paredes y el techo del pasillo a causa del dolor y la ceguera. Su único ojo había sido desgarrado y ahora un torrente de sangre caliente salía por su herida a borbotones como si estuviese relleno de ello y el ojo hubiese tenido una función de tapón. Pero el dolor del globo ocular apenas comenzaba. Un penetrante quejido ahogado, similar al que haría un hombre ahogado en su propia sangre, alertó a los presentes quienes pudieron observar como el esqueleto atado a la voluntad del nigromante había atravesado de lado a lado al globo ocular utilizando un espadón de acero cubierto de tierra y telarañas. El esqueleto sostenía su espada con firmeza, convirtiendo al esférico demonio en una brocheta. Parecía una albóndiga atravesada por un palillo.

Khaelos solo pudo atisbar un poco de la escena al exterior de la celda pues el cuerpo del enorme bovino tapaba casi por completo su visión. Un golpe seco se escuchó a la espalda del nigromante alertándolo. Axelier se había desplomado hacia el frente cayendo completamente inconsciente a causa del esfuerzo anterior. Seguramente se habría roto la nariz tras el impacto con la piedra, pero ahora sus problemas eran mayores. A escasos centímetros de él, el demonio se reincorporaría mucho más enfurecido que antes, y ahora no tendría ayuda por parte del paladín. A sus pies el suelo vibraba y retumbaba por el peso del demonio y el vapor comenzaba a invadir por completo toda la celda aumentando rápidamente el calor, la humedad y el miedo en el humano.

No había escape. No había forma de pelear contra el demonio. No había forma de solicitar ayuda. No tenía opciones ni ideas. No tenía armas. Pero tampoco tenía la intención de morir sin dar pelea.


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Axelier Dragonos
El Paladín Caído

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Re: Las puertas de Ghazrüll

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