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Las puertas de Ghazrüll

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Abr 29, 2013 7:54 pm

Sentí un cierto alivio cuando el paladín logró, por fin, incorporarse y ponerse de pie. Aunque ambos estábamos consumidos, demacrados, débiles físicamente, nuestro espíritu seguía siendo fuerte, nuestra voluntad de sobrevivir seguía siendo firme. No íbamos a morir allí, no íbamos a dejarnos matar, al menos no sin plantar dura batalla. Axelier me respondió, y sus palabras me hicieron torcer el gesto en una sonrisa sin alegría:

-Al menos podrás conjurar uno, y eso es mejor que nada... Pierde cuidado, si todo sale bien no hará falta más de uno... Espero...-

Empezamos a conjurar ambos, aguardando a que el custodio se preparara para atacar mientras, en el exterior de la celda, la mujer que había sido arrastrada por aquél hórrido glóbulo ocular trataba de librarse. Sin embargo, aquél maldito minotauro demoníaco pronto empezó su ataque, embistiendo la puerta y destrozándola mientras de su boca salía un aliento que me recordaba al de un campo de batalla tras unos cuantos días, cuando los cadáveres están en el clímax de la putrefacción.

Rápidamente nuestros conjuros salieron disparados de nuestras manos, estrellándose primero la esfera purpúrea que acababa de canalizar dándole justo en la cara al demonio, quien se detuvo a apenas un metro de nosotros, aunque no parecía que su carne se estuviera necrotizando y eso me hizo apretar los dientes con rabia, pero aún con todo mi ataque había sido más efectivo de lo que creía. Había logrado frenarle. Sin perder tiempo, y mientras Axelier lanzaba su conjuro apenas unos instantes después de mí, yo ya iba preparando el retorcer ligamentos, empeñado en matar al ser con mi magia si podía.

La magia del paladín se estrelló contra mí en primer lugar, y aunque al principio el malestar casi me hizo perder la concentración del conjuro, pero luego me sentí mucho más recuperado y vigoroso, pues el conjuro había logrado sanarme. Aquello me hizo esbozar una sonrisa de medio lado bastante amplia. Tenía una mínima posibilidad de sobrevivir, y en ese sentido era mi locura quien mandaba. Mi sangre guerrera volvía a estar despierta, mi adrenalina volvía a fluir por las venas como antes lo hizo cuando sabía que, frente a mí, se hallaba la muerte encarnada en una de sus heraldos. Era una prueba más que la Parca me ponía en el camino, y era mi deber demostrarle que era digno sobreviviendo a ella.

Mi febril mente empezó a tramar un plan cuando vi que el rayo de luz del paladín había hecho que el ser cayera arrodillado y el suelo se agrietara, dejando patente que su resistencia era escasa. ¡Claro! ¡Debía lograr que la tierra se lo tragara literalmente!

El custodio rugió con fuerza, haciendo que la celda vibrara y yo tuviera que abrir la boca y soltar un gruñido para minimizar el dolor de oídos que me dio su voz. De mientras, escuchaba los ruidos del ser al que había llamado, que se golpeaba contra todos sitios después de haber recibido un ataque que no alcancé a ver. Fue en ese momento que escuché una especie de quejido, y rápidamente una vida demoníaca se apagó para mis sentidos. El esqueleto estaba cerca, por lo que pude notar, y aquello era una muy buena noticia. Apenas pude ver nada, desgraciadamente, ya que el custodio seguía frente a mí, tapándome la visión, y detrás mío escuché el golpe de algo cayendo al suelo. Axelier había perdido la conciencia.

En la estancia el vapor empezaba a inundarla, y pronto el calor se hizo muy intenso, la humedad se pegaba a mi piel y a mis huesos y el miedo de lo que pudiera llegarme a pasar, viendo la furia del monstruo que frente a mí se hallaba, me hizo saber que difícilmente iba a salir de aquella. Sí, tenía miedo, pero si me dejaba dominar por él... Entonces sí que no quedaría esperanza alguna. Estaba jodido, y mucho, pero no iba a rendirme. Con un grito furioso, y manteniéndome justo en el borde de la zona quebrada, le arrojé el retorcer ligamentos con toda la potencia que pude, y aguardé a una posible reacción. No iba a romper el conjuro a no ser que el monstruo me atacara, y si lo hiciera aprovecharía mis recuperadas fuerzas para saltar hacia atrás, agachándome. Estaba a apenas un metro de mí, de modo que una carga no le saldría rentable, mientras que lanzarme un puñetazo o una patada sí que podría resultarle efectivo, y esa era mi intención en caso de que pudiera lanzarme el ataque. Que tuviera que hincar los pies con fuerza en el suelo, que le hiciera pasar a la inestable superficie donde se hallaba más castigo del que podía aguantar, que volviera a caer arrodillado... Cualquier cosa que implicara que la estructura colapsara. Mientras lanzaba el conjuro, mi grito se transformó en una nueva súplica al esqueleto:

-¡¡¡Shkuldir!!! ¡¡¡Khûdushei urth dârmoneigh, shûr kraeh!!! ¡¡¡Akhrôshei erth sôlkth ysh pâkh!!!-

Mis palabras sonaban desesperadas, sí, pero incluso en esa situación impuse el respeto a las órdenes. Esqueleto, mata al demonio, por favor. Derrumba el suelo bajo sus pies. Las cartas estaban echadas, el conjuro estaba lanzado, mi plan de batalla estaba listo, y el esqueleto estaba enterado de lo que quería que hiciera. Ya solo el destino determinaría si viviría y vencería o moriría y me llevaría a ese bastardo conmigo a la tumba. No quería morir, quería salir de ahí, pero si moría podía jurar que lo haría llevándome por delante a todo bastardo que se me pusiera por delante.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Jue Mayo 02, 2013 11:10 pm

Enfrentar una situación critica como aquella, comenzaba a sobrepasar la capacidad de autocontrol de la Hörigen, llegando al punto de que por momentos sentía su interior temblar, no solo por el dolor de la herida que aun latente la dejaba en medio de un limbo entre una especie de entumecimiento y punzadas profundas que la regresaban de él. Pero eso no detendría la necesidad de sobrevivir…

Muy a pesar de que a estas alturas su pecho aun se acongojaba con la ausencia de su demonio, no sentía tan latente la necesidad de correr y buscarlo. Ahora mismo solo era una mujer que buscaba la supervivencia y de alguna manera sentía que si intentaba permanecer con ambos hombres habría más posibilidades que si se marchase sola. Después de todo… aquella mordida que le arranco el aire ante el dolo, puede que haya valido incluso la pena.

Todo lo demás había ocurrido tan rápido que poco tiempo tuvo de reaccionar, excepto por su intento de perturbar al demonio que aun en sus fauces la sostenía de su ya bastante destrozado hombro, y no creyó que lo hiciera, en verdad ella no tenía la idea de que funcionaria. Quizá solo lo hizo por desesperación o lo que fuera pero en el instante en que aquella bola de sangre y músculos aflojo el agarre, su cuerpo tocó el suelo primero de rodillas y luego extendió su brazo bueno para que no se estrellase de cara al suelo, pero ahí estaba ella… tendida en el suelo aspirando aire como pudiera pero eso no evito que al instante en que la soltara ella hubiera visto una energía que nunca había presenciado realmente. Una que había invocado el hombre alto y de apariencia demacrada, pero no fue sino hasta que el segundo hombre se había puesto de pie y atacado casi igual de rápido que ella observo una serie de luces que parecían rebotar… uno de sus rebotes fue ella misma. Había cerrado los ojos por temor, no sabía que era, y había golpeado con ella, pero… hubo algo que la hizo mirar con asombro su propio hombro… era como si le hubieran envuelto el brazo con un ungüento de amapolas. Y soltó el aire con un alivio que no creyó pudiera sentir si no en días… la hörigen sollozó ante esto y volvió la mirada al humano pero le perdió de vista… lo cual de alguna manera le dijo que dado la apariencia que tenia, quizá se hubiera derrumbado a descansar después de haber usado su poca energía.

Pero Qhinn no quería perder el tiempo, aquella bestia parecida a un minotauro estaba en el suelo pero nada indicaba que estuviera inconsciente, al contrario se notaba que estaba más que despierto pues si a caso solo se aturdiría ante la caída. Eso aprenso la necesidad de huir. Pero tenían que deshacerse de esa bestia y ella no podía ayudar mucho... estuvo a punto de ponerse en pie cuando un sonido de crujido y viscosidad se escucho demasiado cerca de ella. Tuvo miedo de girar la cabeza para mirar, a decir verdad pasaron escasos tres segundos para que ella tuviera las agallas de observar y lo que vio la dejo un tanto asombrada. Una calavera de pie, con una espada en mano con la que había atravesado al demonio en forma de bola. Por un instante sintió el impulso de arrastrarse lejos, pero el esqueleto no parecía hacer nada más… la Hörigen se había puesto de pie, con dificultad, pero el no tener el dolor intenso de hacia unos minutos a penas, le ayudaba bastante a no caer derretida de agonía. Pues si bien, no había perdido el brazo, la herida había sido lo suficientemente profunda.

Una vez de pie observo por encima a su alrededor, y tuvo que parpadear varias veces para aclarar la vista, sentía las colas pesadas, a penas la arrastraba al moverse, y su cara le ardía, como si las cenizas y el polvo le lastimaran el cutis. Dio dos pasos hacia las celdas que estaban frente a la de los dos hombres, y jadeo cuando vio los cadáveres pulverizados prácticamente, calaveras de lo que seguro fueron prisioneros, pero también parecían usar de almacén dichas celadas. Inhabitadas. Había varios objetos, en su mayoría oxidada y demasiado maltratada. Pero eso no pareció importarle mucho, tal vez… ella retenía la esperanza de encontrar algo de utilidad… unas llaves tal vez, pues no sabia si al subir o bajar escaleras se toparía con cerrojos que le impidieran avanzar. Pero no encontró nada de ese estilo, contrario a ello halló un arma. Una espada sostenida en mano aun por un esqueleto de lo que probablemente en su tiempo de vida fuese un guerrero. Su mentón tembló, igual que su labio inferior, quería llorar. Quería tirarse al suelo y llorar de miedo, desesperanza, angustia… y aunque dos lagrimas se le escaparon contuvo el resto, atando un nudo en su garganta que casi la desgarra del sufrir. Al lograr dar los pasos suficientes para llegar a la celda, se sostuvo de uno de los barrotes. Lo apretó con tanta fuerza que se desprendieron pequeños trocitos de la capa de oxido del barrote, y de nuevo sintió la necesidad de dejarse derrumbar.

Pero no podía traicionarse a sí misma abandonándose en este lugar… soltó el barrote y su dorso le sirvió para secar unas cuantas lagrimas más que le mojaron las mejillas, y se hizo a un lado, colocando la palma de su mano en la puerta de la celda dejando que su peso cediera y abriese la reja. Una vez abierta, con un paso algo dubitativo y forzado, logro avanzar hasta donde estaba la espada, también había un mazo, y sintió la iniciativa de llevarle un arma al hombre aquel pero con un brazo inútil ahora no podría, podría hacerlo uno por uno pero eso si el tiempo les daba la oportunidad, pues no sabía si el grito que había dado una de las bestias podría llamar a más de ellos. Se forzó a moverse con más agilidad, lo más que pudiera por el agotamiento, se inclino para tomar la espada y ahora con ella en mano salió de la celda con un paso menos pesado que antes.

Debe haber esperanza…

Cuando se devolvió hacia donde la celda de los hombres escucho lo que sería una especie de cántico… el cual le causo un escalofrió de solo escuchar pronunciarlo. La magia que manejaba aquel humano era oscura, y peligrosa, y se sintió temerosa de ayudarlo, pero no podía juzgarlo por ello. No tenía mucho que perder en realidad, arriesgarse a ayudarlo y que le hiciera daño vendría siendo el mismo riesgo que si lo dejaba en su sitio y se adentraba en lo que parecía una enorme colonia de demonios. No tenía una gran baraja de opciones si no es que ninguna.

Pero al instante en que aquella bestia comenzaba a tomar su fuerza y ponerse lentamente en pie ella sintió el horror de ello y pensó en su única salida, usar su magia… pero no podía usar su flauta ni la ocarina, necesitaría ambas manos para ello, y ahora mismo a penas y podía con la sana. Parpadeo unos instantes y le temblaron los labios cuando comenzó a silbar, un tono que en un inicio ante los temblores de su mandíbula parecía inconstante pero, después de unos momentos cerró los ojos y se imagino el jardín de la aldea, se imagino el mar chocando las olas contra las rocas, la brisa nocturna mientras miraba las estrellas… solo pudo ayudarse con una fina fantasía de recuerdos para no rendirse ante su llanto, y dejar que una melodía tenue y larga saliera de sus labios con la fuerza de su propio aire… uno que no le duraría mucho si no apuraba el efecto de su acorde tentador. Si podía ganar tiempo era un extra. Incluso pensó que, si lograse que su hechizo hiciera efecto, podría intentar hacer que enterrase la espada en la extremidad del demonio que tuviera más cerca. Puede que no tenga experiencia con armas, pero haría su esfuerzo por cuando menos enterrarla o mutilar algo… lo que fuera, si podía causarle una herida en sus pies, o sus tobillos, que mas bien parecían patas de elefante, podría evitar que vuelva a intentar ponerse en pie o lo que fuera. Pero entonces se percato de las ranuras gruesas que alrededor de la bestia se habían formado, y entonces pensó en que el peso tarde o temprano lo tiraría, si. Pero tenía el temor de que eso ocasionara un derrumbe mayor o abriera una entrada a más demonios como ese… opciones, de nuevo no hay demasiadas cartas buenas. Quizá el dolor que pueda causarle con una herida lo haga moverse o retorcerse y contando su tamaño… podría causar el mismo su caída…

Qhinn seguía entonando a base de silbidos pero cada vez se hacía más difícil aspirar aire, por el ambiente contaminado y su corsé ajustado. Pero eso no detendría su fervor, y su ansia de vida… o lo que quedaba de ella. Por un momento sintió que comenzaba a rogarle a su dios, que le bendijera con el éxito en este hechizo… y cuando pensó en aquel amor con él, recordó la miseria que ha sentido desde que su demonio la dejó a merced de criaturas que… ya no quería pensar más en eso. Solo ignoro su angustia…
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Mayo 03, 2013 9:16 pm

¿Qué es este lugar? – Se preguntó el paladín dual al abrir sus ojos celestes. Lo rodeaba la oscuridad absoluta. Su cuerpo, por extraño que pareciera, emitía luz suficiente como para verse a sí mismo, pero no la necesaria como para iluminar ni siquiera el piso a sus pies – ¿Dónde…? ¿Dónde estoy? – Su mente comenzaba a explorar todos sus rincones escondidos. Recordaba el monasterio, y como había caído bajo el yugo de los demonios de los Nueve Infiernos hace mucho tiempo atrás. Recordaba las torturas y las quemaduras de los metales y el escozor del humo y las cenizas en el ambiente. Recordaba bien la cara de sus torturadores, sobre todo el horrendo Carnicero que con tanto placer lo había mancillado hasta el cansancio una y otra vez.

¿Acaso… al fin he muerto? – No, recapacitó rápidamente. Había algo más que no lograba recordar. Él había sobrevivido a la tempestad y al dolor. Había soportado todas las pruebas a su Fe y su voluntad. Había recorrido los caminos de humo y fuego con los pies desnudos sin siquiera pestañear. Pero, en medio de esa oscuridad no lograba recordar lo que había sucedido, ni lo que hacía ahí…

El Custodio había caído sobre una de sus rodillas y ahora bufaba enfurecido frente a un revitalizado Khaelos. El viejo piso de roca se quebró por debajo de los pies del demonio y esto le dio una idea al nigromante quien ya comenzaba a calcular sus probabilidades de supervivencia. Por su parte, la hörigen Qhinnetherea batallaba en reincorporarse después de tan tremenda herida causada en una de sus extremidades superiores. La luz sagrada de Axelier había devuelto algo de aliento y disminuido su dolor, pero las heridas eran aún demasiado frescas y si se esforzaba demasiado volverían a sangrar y a arder.

Mientras se ponía de pie, Qhinn no daba crédito a lo que veía. Por una parte el enorme y musculoso demonio en forma de minotauro que a punto estuvo de aplastar a los dos humanos que resistían su embiste mientras que, por otro lado, el globo sanguinario que la había arrastrado hasta ese caluroso y lúgubre lugar había sido empalado como una enorme y rojiza albóndiga a manos de un esqueleto andante que portaba un mandoble. Estaban pasando demasiadas cosas como para que pudiese reconocer quienes eran malos y quienes eran buenos, pero la verdad era mucho más subjetiva que eso pues cualquiera de los ahí presentes podía acabar con ella si así lo desearan. Aun así, reconoció el esfuerzo que los humanos estaban demostrando plantando pie a lo imposible, y el tranquilizador rayo de luz que la había sanado fueron suficiente inspiración como para apostar por ellos en vez de huir muda y ciega hacia la oscuridad.
La mujer había divisado un pequeño montículo con armas, tan viejas como la propia estructura que ahora los encerraba, al interior de la celda que le quedaba más cercana. La calidad de las mismas era pésima, pero no podía ser exigente en aquellas condiciones y un filo oxidado era mucho mejor que nada.

¡VRÓK! ¡VRÓK TUZZÛL! – El custodio esbozaba palabras en su idioma desconocido para los demás. Un escalofrío recorrió la espalda de la hörigen al reconocer tal dialecto agresivo, pues eran palabras que reconocía claramente. La imagen de Vex mientras la masacraba a golpes y palabras había regresado a su mente como una refrescante brisa de fuego y dolor que fue capaz de arrancarle un sollozo silencioso y un torrente de lágrimas indescriptiblemente dolorosas y melancólicas.

Khaelos concentraba su esencia y su espíritu para conjurar, lo que seguramente sería su último acto de valía. Tenía claro que el custodio no moriría a efecto de sus conjuros, al contrario, solo servirían para enfurecerlo más. También tenía claro que el paladín no podría ayudarlo en esta ocasión y que ambos morirían si no detenía el furioso embiste de la bestia. Solo podía contar con la ayuda del esqueleto, el cual ya había echado al suelo la enorme bola de carne que pendía de su espada en búsqueda de su siguiente objetivo. Pero ahora se daba cuenta de lo que había hecho el demonio frente a él. Sus palabras anteriores habían sido mucho más que un simple insulto en un idioma infernal. El fuego se acumulaba rápidamente en su hocico mientras sus ojos, negros como la noche, se tornaban de un rojo tan intenso como el fuego. Mucho más intenso incluso.

¡VRRRRRÓK TUZZÜLLLL! – Una terrible voz endemoniada se escuchó a lo lejos, al fondo de la oscuridad. Axelier reaccionó al sonido y cerró sus ojos tratando de recordar con mayor detalle que hacía en ese lugar. El rostro del custodio saltó a su mente y el de su antiguo compañero – ¡Khaelos! – Axelier logró salir de su inconsciencia justo a tiempo para observar como una bola de fuego, tan grande como la cabeza del demonio, impactaba directamente con el cuerpo desnudo del conde que se encontraba a menos de un metro de distancia. Fue demasiado rápido. Fue demasiado impredecible. Fue una explosión de fuego tan intensa que los mismos cimientos del complejo temblaron, quebrando aún más el suelo donde ahora descansaban ambos guerreros.

¡KHAELOS! – Gritó Axelier tras la escena. El nigromante había salido volando hasta el fondo de la habitación, estrellándose violentamente contra la pared de piedra. El paladín tuvo que forcejear con el movimiento del suelo para poderse dar vuelta y auxiliar a su compañero, pero su visión se enfocó entonces en el Custodio, el cual había caído sobre el suelo en cuatro patas víctima de algún sortilegio que estremecía visiblemente todos los tejidos fibrosos de su cuerpo sin piel. El demonio sufría y se encabritaba con cada retortijón de dolor. Qhinn, por su parte, se había cubierto la cabeza instintivamente ante la violenta explosión. No sabía que había pasado pues estaba más concentrada en recuperar las armas que el cadáver de un antiguo guerrero aún aferraba con sus manos esqueléticas y, sin embargo, también pudo sentir como temblaba el cuarto en general. Fueron solo fracción de segundos.

¡KHAELOS! – Volvió a gritar el paladín cuando hubo tomado a su compañero por los hombros. Había recibido aquel impacto de fuego directo en el pecho y su cara. La marca de la explosión le había ennegrecido la piel en la zona de impacto y algunas flamas aún persistían en su cabellera y los restos de la barba consumida casi en su totalidad por las llamas – Resiste compañero. Saldremos de esta… – Fueron sus palabras, pero ni él las había podido creer.

El Custodio se puso de pie torpemente, fijando toda su atención en el paladín y el nigromante. Axelier no podía hacer más nada, su cuerpo estaba entumecido por el esfuerzo anterior y Khaelos no tenía mucha mejor pinta. Pero, justo en el momento más crítico, el esqueleto del mandoble atravesó al demonio justo a la altura del omóplato derecho dejando salir el filo de la espada por el otro extremo. El demonio no esbozó ningún grito de dolor ni nada parecido, simplemente giró sobre sí mismo y de un solo golpe destrozó en mil pedazos al guerrero no muerto para darse vuelta nuevamente. El suelo volvió a estremecerse.

Bueno compañero – Comenzó el paladín – Tal parece que hoy nos volveremos a encontrar en los jardines del más allá – Recapacitó mientras una misteriosa melodía resonaba en su cabeza. No podía determinar el origen de la tonada pero parecía que alguien la silbaba con cierta dificultad. Por alguna razón el paladín se relajó y sus músculos se relajaron – Bueno, quizá no en unos jardines pero al menos ahora sabemos que no hay demonio inmune al sufrimiento – Estaba resignado a la muerte. No había nadie más que pudiese ser de ayuda. La mujer a la que había auxiliado no estaba por ninguna parte pero, hasta cierto punto, lo agradecía pues no había manera que con un cuerpo tan lastimado pudiera ayudar. Solo esperaba que tuviera la suficiente firmeza como para salir con vida de ese maldito lugar.

La decepción de Quinn fue monumental. Su melodía no había hecho efecto en el poderoso demonio. Ni siquiera había podido darle toda la esencia y la potencia sonora que hubiese deseado gracias al dolor que la herida le producía al respirar. Ya daba por muertos a los guerreros y aquel esqueleto que había acabado con el globo ocular no pareció más que una rama endeble ante el majestuoso golpe del Custodio. Pero entonces, lo que vio a continuación la hizo perder el equilibrio y caer boquiabierta sobre su trasero. En segundos, el viejo esqueleto de la armadura salió corriendo como bólido hacia la inmensa espalda del demonio. Axelier y Qhinn fueron testigos de cómo el esqueleto se había sujetado del toro por los cuernos, literalmente, haciendo que este se moviera bruscamente hacia todas direcciones dando golpes y patadas hacia todos lados. Y el paladín lo vio venir.

Mierda... – Sin pensarlo dos veces, Axelier se sujetó firmemente a la cadena que colgaba de la pared mientras con la otra mano sujetaba por el antebrazo a Khaelos justo al tiempo en que el suelo de la celda se vino abajo por completo arrastrando a la profundidad de la oscuridad y la nube de vapor al Custodio y al esqueleto. El paladín cerró los ojos y comenzó a contar mientras sostenía con fuerza a su compañero. Cinco fueron los segundos que pasaron hasta que por fin se escuchara el impacto del pesado demonio contra el suelo, silenciando permanentemente su voz.

Vamos Khaelos, despierta… no… soportaré demasiado – Las fuerzas del paladín eran menos de la mitad y aún estaba mareado por el esfuerzo. No soportaría mucho más tiempo sujetado a esa vieja cadena y la caída era bastante larga. El vapor colmaba la habitación casi como un baño sauna y, si los cálculos no le fallaban al paladín, la propia pared se vendría abajo con todo y los guerreros a causa del peso extra y la pobre cimentación.

Agh ¡Mierda!… ¡¿Mujer, sigues con vida?! – Gritó Axelier y guardó silencio esperando una respuesta. Qhinneterea lo escuchó claramente, pero la capa de vapor era demasiado intensa como para que la vieran y, lamentablemente, ella no podía hablar. La desesperación y la impotencia la abrumaban. Ella estaba consciente de que sola no tendría posibilidades de salir viva de ahí ¿Pero de qué forma podría ayudarlos? – ¡Mujer! ¡Respóndeme! – La urgencia en la voz del paladín era tangible, pero no se le ocurría nada a causa de la desesperación.

Parada al borde del abismo de calor, pensó en silbar nuevamente para que supieran de su presencia, pero antes de que pudiera hacer nada una voz en su cabeza la sorprendió – Míth… Míth^Grrundïll… – Era la voz de su demonio – Míth^Grrundïl, a-y-u-d-a-m-e… – Vex remarcó sus palabras como si estuviese sufriendo en realidad, pero no sabía si quiera por donde comenzar. La voz continuó – Vrömm… el… vrömm… en… su… boca… – La imagen borrosa del Custodio vino a su mente como si él quisiera que lo viera – …prisa…Míth… – La voz cesó.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Mayo 07, 2013 2:07 am

El custodio empezó a gruñir palabras en su idioma demoníaco, el cual desgraciadamente no comprendía. Aunque en una ocasión había estado en el mundo demoníaco para salvar el alma de la difunta madre de mi hija, no había tenido tiempo de aprender la lengua de los demonios, y empezaba a pensar que tal vez cada grupo de ellos tuviera su propio dialecto, pero al menos hubo algo que sí tenía claro. El monstruo se estaba quieto e iba esbozando palabras, de modo que posiblemente tuviera que enfrentarme a su magia. Aquello iba a ser interesante...

Mi esencia y mi espíritu volvían a trabajar juntos, y a cada conjuro que lanzaba me iba quitando más y más capas de óxido de mis capacidades mágicas, aunque sabía que mi conjuro no mataría al ser, solamente enfurecerlo. Eso y el suelo quebradizo eran mis únicas bazas en aquellos momentos. Tal vez iba a morir en aquél sitio, pero nadie podría decir que no planté cara antes de hacerlo. El fuego empezó a acumularse en su rostro y, para cuando recibí el impacto de la enorme bola ígnea ni siquiera llegué a saber si había logrado lanzarle mi conjuro, y sencillamente salí volando, notando ardor en mi pecho y cara. Menos mal que logré cerrar los ojos y la boca... Noté el dolor durante unas milésimas de segundo y tras eso... Oscuridad. Oscuridad absoluta.

El fuego me rodeaba en aquellos momentos. Como otras veces me hallaba en el onírico mundo de la inconsciencia, en el cual uno no sabe si está vivo o muerto y ni siquiera sabe qué le está pasando a su cuerpo físico en aquél momento. En aquellos momentos solo notaba un calor sofocante, pero quitando eso, mi cuerpo estaba en la plenitud física que había tenido antes de entrar en aquél infierno. Sí... Sin duda no estaba consciente. No se me notaban las costillas ni sentía el cansancio que sentiría de estar despierto. Suspiré y miré al suelo. No sabía en aquellos momentos si deseaba morirme de una vez y abandonar aquél agujero de sufrimiento o si ansiaba despertarme de una vez y ver qué demonios había pasado.

Un grito lejano me hizo alzar el rostro de nuevo. Podía atisbar a la lejanía el rostro del paladín, y sentía su presencia. Sin embargo, apenas le oía. Apenas escuché cuando me dijo que resistiera, que saldríamos de esa. Alzándome como pude, me dirigí en dirección a él, hasta que una figura apareció delante mío. Mi padre. Deteniéndome le miré, y con una sonrisa débil le dije:

-¿Y bien, padre? ¿Voy a salir también de esta o me ha llegado definitivamente la hora?-

Mi progenitor se rió y negó con la cabeza, acercándose y poniéndome la mano en el hombro. Mirándome a los ojos con decisión me habló, traspasándome su firmeza:

-¿Desde cuándo te he enseñado a rendirte, hijo mío? Aún no te ha llegado la hora, no os ha llegado la hora ni a ti ni al paladín. Fíjate cómo estáis... Resignándoos ante la muerte, dándoos por perdidos... Debes despertar, Khaelos, abrir los ojos y ayudar al paladín... Debes sobrevivir, descubrir cuánto tiempo llevas aquí, y unirte de nuevo a la lucha por Zhakhesh. Has llegado demasiado lejos como para estirar la pata ahora. Recuérdalo hijo... Confío en ti, y sabes que te quiero así que no se te ocurra morir antes de hora. Ahora, ¡vamos, despierta!-

Justo en el instante en el que mi padre me dijo que despertara noté que la conciencia volvía a mí y pude escuchar las palabras del paladín, quien me pedía que despertara. Abriendo los ojos lentamente, alcé la mirada hasta que mi vista se cruzó con la de él. Soltando un gruñido, y notando mi cuerpo dolorido por el golpe y el impacto mágico le respondí, recuperando poco a poco la voz:

-Ya... Ya he despertado... Dioses...-

Agarré con mi mano la suya, y tras eso decidí que era momento de alzarse lo que pudiera para relajar el peso sobre el paladín. Intentando aprovecharme de que estábamos sujetándonos, mi intención era ponerme más o menos a su altura y, si podía, agarrarme con una mano a su cadena. El primer problema que noté fue que las piedras estaban muy calientes, hasta el punto en que el contacto con ellas dolía. Sin embargo, cuando lo único que separa a alguien de la vida y la muerte es un clavo ardiente, uno se aferra a eso. Soltando un gruñido de dolor cuando mi mano libre se agarró a una de las rocas, finalmente tracé otro plan. La pared se estaba viniendo abajo, y teniendo en cuenta que el peso se aplicaba hacia nuestra banda... Si se derrumbaba caería sobre nosotros. Por lo tanto... ¡Claro! ¡Había que lograr que la pared cayera hacia la banda contraria! Mirando al paladín le dije, tras toser por el calor del lugar:

-¡Axelier! ¡Debemos darnos prisa! Supongo que te habrás dado cuenta de que la pared está débil... ¡Debemos empujarla sin importar que nos podamos chamuscar las manos y los pies! Si logramos que caiga al lado contrario evitaremos irnos por el agujero y evitaremos ser aplastados por las rocas. Trepar no es una opción, el dolor lograría hacernos caer antes. Además, con un poco de suerte a la otra banda de la pared hay un suelo más firme que podamos pisar. Y si esto no funciona... Ha sido un honor conocerte. Deberemos saltar al agujero y rezar porque el cuerpo del custodio nos amortigüe la caída.-

Esos eran mis planes. Con la ayuda del paladín y sumando nuestras pocas fuerzas derrumbar la pared que amenazaba con desplomarse de modo que cayera hacia un sitio donde los cascotes no fueran a destrozarnos la cabeza ni dejarnos sin puntos de apoyo. Caer nosotros sobre la pared débil, no que la pared se derrumbara sobre nosotros. Si aquello no resultaba y al final la pared amenazaba con caer sobre nosotros de todos modos y no había otra salida... Probar suerte y ver si podríamos usar al custodio de colchón. Dudaba que lo segundo funcionara, pero... Poco nos quedaba por intentar. Solo esperaba que el paladín también tuviera algún plan o de lo contrario íbamos a morir los dos. Elhías, dame fuerzas...
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Vie Mayo 10, 2013 12:01 am

“En plena oscuridad, había una tenue luz… que desapareció para dejarme a la merced de la desesperanza…”

Sintió, decepción… su melodía improvisada no había resultado en ningún efecto, y por un momento tuvo temor de haber perdido su poder, lo único que le otorgaba una razón de existencia, su magia y su adoración a su dios. Y quería poder cantar, si tan solo tuviera voz… ella podría haber cantado con la delicadeza de un hada para atraer su magia divina y pedir a su Mordekaiser que la guiase con su tono hacia el éxito del hechizo. Pero no hubo nada más que un silbido que tramaba un poder que no poseía.

¿Habría perdido su don?

“Vez te lo ha arrebatado todo…”

No. Se negaba a pensar que él le haría algo así, el había abierto su corazón, había encontrado amor en el para ella. Qhinn quería estar segura de eso, quería creer que un torturador, un asesino a sangre fría era capaz de haberla amado por sobre cualquier bipolaridad propia. Ella quería entenderlo… pero mientras aquel demonio con apariencia de minotauro comenzó a incorporarse y a hablar, Qhinn pudo sentir como su piel se erizaba y casi en automático, el miedo la hizo retractarse, retrocediendo hasta que se encontró dentro de la celda de donde había tomado la espada, que aún conservaba en su poder. A estas alturas no se desharía de la única arma que pudiera usar en su defensa. Y ahí, detenida y abrumada por recuerdos que ella misma había querido enterrar en su mente. El dolor en su cuerpo frágil y menudo se sentía de nuevo casi como si recientemente la hubiera visitado en su peor momento… sus ojos llenos de histeria, su cuerpo poderoso abusando de la debilidad de la Hörigen.

Y aunque cualquiera podría considerar esto como una locura, realmente deseaba poder volver el tiempo, poder permanecer en su celda, con las visitas de su demonio, sin importar sus malos humores, sin importar su fuerza ni su poder… quería volver a estar a salvo en su burbuja sin libertad… sus ojos llorosos ya no estaban seguros de realmente querer volver a ese suplicio… lejos de su vida, de su libertad, del aire fresco y los templos de su dios. Sentía el impulso de inclinarse y derrumbarse entonces sobre el suelo a llorar y temer, a rendirse. Porque no pensaba que pudiera con todo esto, no tenía idea de donde estaba, no sabía a dónde ir, ni como ir.

Era un abismo.

Hubo un estruendoso ruido, el grito bestial del custodio la sacó de su sufrimiento para devolverla a su desastrosa realidad, pero no fue sino hasta que sus pies sintieron el terrible temblor en el suelo que el corazón casi le da un vuelco. ¿Qué le esperaba ahora? ¿Todo se derrumbaría sobre ella? Los humanos… no podía verlos claramente, pero si pudo ver al esqueleto que antes sotenia la espada que Qhinn ahora mantenía en su mano derecha, se había levantado y movido con una velocidad que solo un vivo debería tener, ella por su parte no terminaba de sorprenderse, sus ojos dorados brillantes abiertos como platos ante la impresión de todo ese escenario… Mientras ella en el suelo, aun encandilada por la impresión, miraba a ese esqueleto ir hacia el custodio. ¿Aquel humano tenia tal poder?

Si, estaba segura que si, lo cual no le inspiraba ninguna esperanza… si aquel poderoso hechicero nigromante estaba apresado por estos demonios, a una joven hechicera cuyas habilidades se limitan a la ayuda de otros, pues… que los dioses se apiaden de ella.

Pero al ver al esqueleto aferrarse al cuerpo inmenso y francamente peligroso de aquel demonio, la hizo tener que parpadear repetidas veces… esos dos hombres eran su única esperanza. Había visto en sus ojos querer ayudarla, lo había hecho.

El demonio comenzó a moverse bruscamente y eso no solo le pareció peligroso para los humanos que aun se encontraban dentro de la celda, sintió temor por ellos, pero también por ella misma. ¿Qué hará si ellos mueren? Ya no habría ni una esperanza de salir viva de ahí… y sus ojos se inundaron de nuevo en lágrimas. Pero el suelo tenía vibraciones demasiado fuertes, y por un momento pensó que ahora moriría bajo un derrumbe. Su mano aferro el mango de la espada como si eso pudiera consolar el miedo y la angustia que la invadían como un violador.

Una gran nube de humo y calor se pronto se adueño del espacio, causando que fuera aun mas difícil poder respirar , su sudor se sentía un poco más espeso por el polvo, y tosió repetidas veces ante lo difícil que era tener ese ambiente toxico a su alrededor. Pero entonces, se dio cuenta de que ya no podía ver del otro lado de la celda, sabía que el suelo había cedido ante la brutalidad de los movimientos del custodio pero no sabía que más habría pasado. No escuchaba nada más que escombros caer, y no fue sino unos instantes después que escucho a uno de los humanos hablarle, preguntando por su estado… y de nuevo, una inmensa frustración le arrebato la respiración… no podía hablar. No podía hacerle saber que seguía viva. Ni mostrarse ante ellos porque seguramente tampoco ellos podían ver demasiado. Su voz era insistente, pero no hacía más que repetir y remarcar la desesperanza en Qhinn, quien no podría contestarle ni dar señales de vida. Pero todo eso se le olvidaría en cuanto aquella voz la invadió…

Vez comenzó a hablarle, y su pecho se sobresaltó inevitablemente, aunque sería difícil describir la emoción, o más bien, las emociones que la embargaron al instante. Se levo una mano al pecho, sintió la angustia al escuchar en su cabeza aquellas palabras…

“Oh Vex…”

Lo escucho con toda la atención que sus sollozos y su temor le permitían, pero cuando le explico acerca de las catacumbas, sintió ese atisbo de esperanza que antes había tenido con la mirada del humano. Ella entendió perfectamente la situación en ese lugar, los demonios por supuesto que eran repudiados por aquellas almas, pues estos seres son maldad pura. Corruptos.

[color:68d8=#violet] “Debo ir a las catacumbas entonces… a diferencia de tu especie, yo dedico mi vida a ayudar y a cultivar la doctrina de Mordekaiser. No creo que les cause recelo la presencia de alguien sin malas intenciones, pero iré con cuidado, de no perturbarlos.”

Por una parte, sentía lastima por su demonio, sentía dolor, y pésame por la especie a la que él pertenecía y las acciones que a lo largo de su existencia había hecho. Pero también pensaba que de alguna manera ella podría repararlo, ella lo podría volver diferente, pero cuando había mencionado antes sobre su liberación… era como si un gran peso le fuese quitado de encima. A su vez, una melancolía ya la acobijaba…

Pero no perdería el tiempo, tenía que moverse ahora, mientras su voz la mantenía sujeta, se incorporo hasta quedar de pie, frente al humo que aunque cada vez era menos denso, continuaba limitando su visión y dificultando su libre respiración. Las palabras de su demonio le habían dado información suficiente para intentar salir por ella misma, y ahora solo quería dirigirse a las catacumbas, pero no había dado mucha explicación de cómo llegar, aunque no sería muy complicado simplemente bajar… lo que le preocupaba, no eran los muertos en las catacumbas, era lo que pudiera encontrarse en el trayecto hasta ellas. Quizá solo aquellos monjes que solo buscan proteger su lugar, pudieran permitirle permanecer en su recinto de muerte, hasta encontrar aquel camino que había prometido Vex…

Qhinn podría desconfiar de él, una parte de sí misma sentía desconfianza de su propia sombra ahora mismo, pero la esperanza era la única que la mantenía con las manos en el anhelo de salir de ahí con vida. Salir… sin él. A pesar de los sollozos, y motivada por la voz que la había acompañado en su cautiverio por demasiado tiempo, se acercó hasta la entrada de la celda, usando la espada como contacto con el suelo, y entonces, a solo unos centímetros de la entrada, la espada se hundió. Y supo que ahí comenzaba el derrumbe ante ella, intentó resoplar y manotear con espada en mano, para dispersar el humo, pero no ayudaba demasiado. Se sostuvo del borde del umbral, su cuerpo recargado en ello, y su mano con la espada calculo más suelo a unos centímetros del umbral, tiro la espada en él, escuchando el peso car sobre el poco suelo que quedaba y eso la hizo soltar el aire más relajada. No quería perder la espada, pero cuando iba a impulsarse para extender las piernas lo suficiente para que el pie derecho llegara hasta el suelo, fuera de la celda, su demonio terminaba de hablar y sintió la inquietud de perder contacto con él.

“Yo… yo no sé… no se que debería sentir Vex… sino miedo por ti, de ti… quisiera ayudarte, pero tampoco puedo cargar conmigo misma. Estoy demasiado herida, no puedo hablar y mi poder mengua… libérate de su yugo, deja de servir a un demonio y… quisiera decirte que iré por ti, o que esperare a que me encuentres, pero… pero no se qué hacer con esto, contigo… ya no recuerdo quien era antes de llegar aquí, ya no sé si debo odiarte o amarte.

Se detuvo solo para que de nuevo se impulsara, sujetando su mano sana en un barrote vertical por sobre su cabeza, y dio el salto para que su pie tocara ese extremo, así al menos de un impulso mas su cuerpo ya estaba del otro lado. Cuando lo hizo soltó el aire con pesadez, y recargo la frente en una de las oxidadas y maltratadas barras de la celda para respirar con agitación, no porque hubiera hecho un enorme esfuerzo si no porque estaba intentado no perderse en el terror de la incertidumbre. Pues no sabía que la esperaría ahora. Su cuerpo estaba cansado evidentemente, pero su deseo de vivir era fuerte, y usaba sus pocas fuerzas para poder lograrlo. Así entonces se inclino hacia el suelo, y palpo un poco hasta encontrarse con la espada, tomando el mango con firmeza. Pudo haber cruzado del lado izquierdo, donde estaban las escaleras superiores, pero ya que había decidido las catacumbas, solo podía descender. Cuando miro hacia las escaleras, estando frente a ellas, se mordió el labio inferior titubeando de su decisión.

“Vex?, ¿sigues ahí? No… no me dejes sola aun, tengo miedo. Cuando baje las escaleras… ¿Qué tanto deber descender? ¿Qué me dirá si estoy en el camino correcto y cerca de las catacumbas? Por favor no… no me dejes sola.

Secando las lagrimas con el dorso de su mano aferrada a la espada, comenzó a descender las escaleras, cada escalón hacia abajo la llenaba de congoja y expectación de que pudiera lograr vivir, y sobre todo, no ser vista o apresada por alguna de estas bestias brutales, quienes estaba segura no se medirían ni un poco con su fuerza sobre ella, como su demonio había hecho. ¿Qué pasaría si el saliera de ahí?

¿Se lo encontraría en la salida? Y si asi pasaba…

“ ¿Qué harás? ¿Recibirlo con los brazos abiertos y vivir una larga vida junto a él? ¿Eso harás Qhinnetherea?”

Sintió su mandíbula apretarse con fuerza ante sus propios reproches, ante los cuestionamientos que la hacían y obligaban a ver la realidad de aquella relación, una que solo existía en este plano. Porque en su libertad, antes de vivir aquellas torturas, antes de estar ahora sometida a la incertidumbre y el terror de no sobrevivir, no habría tenido ninguna relación con Vex. Y ella lo sabía, pero la revoltosa e insensata parte de ella que se aferraba a la idea de un amor con aquel demonio, no le permitía pensar con la claridad que desearía y necesitaba ahora.

A cada paso, torpes pasos que denotaban que no se sentia en las mas optimas condiciones, escaleras abajo, surgían mas reproches, miedos y preguntas que ella misma sabía que no tenían respuesta o consuelo. Solo quería una cosa, llegar a las catacumbas y rogar por que los monjes le permitieran permanecer en su protección al menos mientras pudiera encontrar la salida.

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Miér Mayo 15, 2013 6:04 am

El abismo acechaba en todas direcciones como una enorme bestia con las fauces listas para devorar a los guerreros en cualquier instante. El incontrolable vapor hediondo aparentaba el aliento pútrido de la misma bestia, con ojos tan negros como la noche y gruñidos sutiles y siniestros ocasionados por los escombros que resonaban al caer y rebotar en el fondo de tal portal. Axelier colgaba, exhausto y maltrecho, aferrado de la ancestral cadena de hierro corroído la cual milagrosamente lograba imponer resistencia ante el peso de los dos humanos. Al paladín no le cabía duda de que de no ser porque ahora mismo ambos estaban desnutridos ambos hubiesen caído mucho antes a una muerte segura, acompañando al deforme demonio que se les había adelantado.

¡Agg! Maldición – Maldijo el paladín al sentir el crujir de su hombro. Estaba a punto de dislocarse gracias a la fuerza con que la cadena de hierro tiraba de él, pero no dejaría caer a su compañero el cual ya le había salvado la vida en dos ocasiones a pesar de saber que sus ideologías eran completamente opuestas la mayor parte del tiempo -- ¡Khaelos! ¡Despierta maldición!… No… soportare demasiado…

Por su parte, Qhinetheera dialogaba con su interior. Su mente y su alma se habían sincronizado con el espíritu de fuego y sangre de Vex, quien aparentaba ser todo lo contrario a lo que su propia estirpe era. Qhinn estaba anonadada, confundida, desesperada. Era eso, pero mucho más. Era impotencia. Era desconsuelo. Era desamor y pérdida. La hörigen sabía que debía abandonar aquel lugar tan caótico y depravado a la brevedad. No había espacio para una flor silvestre como ella en aquel pantano de muerte y destrucción. Pero, por otro lado, su corazón estaba partido a la mitad. Su cuerpo aún exigía el calor de los brazos de su demonio y su presencia. Una parte de ella deseaba sentirse sofocada por la usual cantidad de miradas y tensiones que terminaban en espasmos descontrolados del demonio. Espasmos controlados que transmitían un deseo ferviente por la flor de Qhinn, y su néctar, pero que morían casi al instante tras una barrera mental que el propio ser de las profundidades se había impuesto para no destrozar a su amada musa en un frenesí de sexo y deseo.

Quinn escuchaba atentamente las palabras del demonio y sentía que aquellas parecían más las palabras de una melancólica despedida que las de alguien que planea volver a ver a quien recibe la carta de adiós. Era intolerable. Sentía que un agujero la tragaba viva y por un momento consideró la sensación en su pecho decidiendo que ahora sabía lo que el Custodio había sentido al caer al vacío junto con el piso de roca de la prisión.

Entre sus opciones estaban las de subir hacia las calderas, y la rebelión en alza, o descender a las catacumbas de los Monjes del Alba Roja y esperar que los no muertos que infestaban el lugar no le prestaran demasiada importancia a su presencia.

¡Khaelos! – Respondió el paladín al volver a escuchar la voz del nigromante. Por fin había recuperado la consciencia y ahora se aferraba del filo de las rocas de la pared. No le cabía duda que aquello debió arder en sus dedos, pero no se podían poner quisquillosos con tales insignificancias, sus vidas dependían de ello -- ¡Khaelos, no soportaré mucho más! ¡Si la pared no se desprende mi brazo y esta cadena derruida lo harán!

El tiempo era escaso y cada vez era más difícil respirar gracias al intenso vapor que ascendía desde las profundidades. El sudor los empapaba y las paredes comenzaban a actuar como las paredes de barro de un horno, y ellos eran el platillo principal. De pronto la voz del nigromante sacó un poco de la desesperanza al paladín quien, en efecto, asintió a su compañero.

¡No queda mucho compañero! – Le indicó al nigomante mientras le lanzaba una mirada llena de atención y soltura -- ¡Te voy a balancear! ¡A la de tres! – De nuevo el peso del nigromante se posó sobre los hombros de Axelier mientras este comenzaba a balancear a su compañero. El “crac” de su hombro y sus huesos eran evidentes y el dolor comenzaba a apropiarse de sus sentidos, pero tenía cosas más importantes que atender en ese momento, por lo que decidió dejar el sufrimiento para después -- ¡Una! – El cuerpo de Khaelos surcó el aire. Dos piedras de gran tamaño cayeron al abismo justo donde el nigromante se había apoyado antes – ¡Dos! – El brazo de Axelier tronó una vez más. El impulso que ahora tenía el compañero colgante era más que suficiente, pero había costado la poca resistencia que le quedaba a la cadena de hierro y al brazo, ahora dislocado, del paladín – ¡Ahora! – Haciendo uso de todas sus fuerzas y autocontrol, Axelier arrojó hacia un lado todo su peso y el de Khaelos, esperando que su compañero pudiese llevar a cabo su estrategia, o aquel sería el último día, o noche, de los humanos.

Por suerte para los dos, la pared se vino abajo al contacto con el peso muerto de Khaelos y ambos guerreros cayeron junto con los escombros hacia una habitación por detrás de donde se encontraba el muro.

El sonido del derrumbe de las rocas, y el resonar de varas metálicas y voces ahogadas en dolor, alertó a Qhinn quien solo podía deducir dos cosas: O ambos guerreros habían caído al vacío o ambos habían muerto de una forma peor. Por más que ella deseara que aquellos hombres estuviesen con vida la situación en la que estaban era precaria y no podía encontrar forma en que tales personas pudiesen salir con vida de su actual situación. Y lo peor de todo era, para su pesar, que ella no podía hacer nada para impedir tal destino.

En sus manos solo estaba su propia vida, o al menos eso se decía a sí misma tratando de encontrar consuelo en su interior y un rayo de esperanza al final de las oscuras escaleras de roca y basalto que enmarcaban su visión hasta las profundidades donde no había más nada que la oscuridad absoluta y un destino quizá tan terrible como indeseado.

No podré acompañarte durante todo el descenso Míth^Grrundïll – Decía la voz de Vex, la cual parecía cada vez más lejana y amortiguada como si le estuviese hablando a través de una capa gruesa de agua – … las barreras de los monjes aún son fuertes, a pesar de que han pasado más de doscientos años desde la toma del monasterio… – Sin duda la sorpresa era enorme. Una barrera que había mantenido alejado a los demonios por tanto tiempo y que ni siquiera había sido destruida por el poder de los tres generales ni por el mismísimo señor del infierno – … pero quizá tu no tengas problemas, mi amada Míth^Grrundïll. Ellos odiaban nuestro mal y nuestra esencia, pero la tuya es gentil y sublime. Tan sublime que incluso pudo crear arrepentimiento en un desgraciado como yo… – Nuevamente parecía que su comunión se desvanecía, y en pocos segundos volvía como una interferencia que se acentuaba. Pero había llegado la hora de decir adiós, y eso lo supo bien la mujer cuando por fin sintió que la misma presencia de su demonio se perdía en las profundidades de su mente y su corazón – … no puedo… más… Míth… e… agotado… – Las palabras de Vex se escuchaban entrecortadas y el ruido del vapor a presión que salía del enorme vacío a sus espaldas la hacían perder más atención de la que hubiese deseado – … ten… cuidad… muertos… no es… parece… la orbe… destruye… orbe… – Silencio. Silencio al fin y un sollozo adornado por lágrimas sinceras y un llanto que simplemente no resonó.

Ayúdame amigo – Después de un momento de respiro, Axelier solicitó la ayuda de su compañero en armas. Estaba agotado hasta la médula y con el hombro dislocado – Me he dislocado el brazo con ¡Agg!... con ese vuelo – No tenía que decir demasiado más. Además no podía. El paladín simplemente deseaba que su compañero le reacomodara el brazo en su lugar, era lo menos que podía esperar de él y lo peor que podía desear en aquellos momentos. Un poco más de dolor a la bolsa, qué más da.

El lugar en el que habían aterrizado era un viejo sendero casi al exterior de una enorme torre. Por fin pudieron percatarse del lugar en el que estaban, y aquello solo lograría sorprenderlos más de lo que ya lo estaban, pero el cansancio era demasiado como para si quiera abrir la boca con sorpresa y suspirar.

Estaban en una especie de escalinata secreta, la cual no había sido utilizada en siglos, quizá más. El polvo y las telarañas daban testimonio de los años de acumulación tras esas gruesas paredes. La escalinata seguía su camino en dos direcciones, una superior y otra inferior. No cabía la menor duda en que hacía arriba se encontrarían con alguna puerta o acceso que los pondría de vuelta en el peligro del área de calderas, pues aún se encontraban en el mismo edificio. Pero la idea de descender era igual de inspiradora, pues por una parte el calor y la oscuridad se hacían más y más intensos con forme bajaran niveles, pero los gemidos y las voces guturales de una multitud de voces que resonaban en eco desde el interior solo significaba una cosa: Más problemas.

De cualquier forma, el camino hacia el interior del calabozo en el que habían sido huéspedes más tiempo del que hubiesen deseado estaba completamente destruido y sería imposible retomar aquel camino. Sus opciones eran cortas; subir o bajar. Sus opciones eran simples; pelear o sufrir. Sus opciones. Sus opciones eran la muerte y la perdición.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Mayo 16, 2013 5:03 am

El vapor en el ambiente, el olor a muerte y putrefacción que ascendía por el abismo bajo nuestros pies y la oscuridad que advertía la profundidad de la caída eran suficientes como para darle miedo a cualquier persona, y yo no era la excepción. Tenía miedo de caer, sí, miedo de fallar, de morir sin cumplir mi propósito... Pero igual que el paladín, ese mismo miedo era lo que me impulsaba a seguir adelante y me daba fuerzas. Cuando recuperé la conciencia y le hablé a Axel él me respondió. Cuando apoyé los dedos en las rocas de la pared noté el dolor por el calor y no pude evitar mascullar de dolor, pero me tragué el sentimiento y le respondí al paladín:

-¡En ese caso démonos prisa y llevemos acabo el plan! ¡No quiero morir ni verte morir!-

Estábamos cubiertos en sudor, y la respiración era jadeante, tratando de encontrar algo de aire entre toda aquella oleada de vapor que amenazaba con cocernos vivos si seguíamos ahí. Finalmente logramos coordinarnos bien, y mirándonos a los ojos por unos instantes con determinación, el paladín dijo que me balancearía. Yo asentí y me preparé, poniéndome en posición. El primer balanceo fue brutal, dándome una sensación de vértigo mientras me movía de una banda a la otra, y escuché con horror el crack proveniente del hombro de mi camarada. Afortunadamente no cedió, y cuando me hizo balancear me salvó de ser aplastado por un par de piedras. Con el segundo logré ganar suficiente impulso, pero supe que la cadena no iba a resistir más. Sin embargo, justo a tiempo logramos dar el último golpe y, con una fuerte embestida, la pared se derrumbó y nosotros quedamos por fin a salvo. De haber estado más desesperado habría besado el suelo y dado gracias.

Me quedé observando la sala mientras trataba de recuperar un poco la respiración, ya sin la amenaza del vapor. Finalmente escuché a Axelier hablar, pidiéndome ayuda. Me giré hacia él y cuando escuché que se había dislocado el brazo hice una mueca de dolor. Sabía bien que eso no era nada bonito, pues yo había sufrido eso mismo más de una vez. Me quedé observándolo unos instantes hasta que su lengua estuvo dentro de su boca y sus dientes casi cerrados. ¿Por qué? Porque si le daba por apretar los dientes instintivamente al menos no se mordería la lengua. Tomé su brazo con toda la delicadeza posible, y una vez puestas las manos en posición le reacomodé el brazo de forma rápida y brusca para minimizar al máximo la tortura que iba a sentir. Una vez puesto en posición me dejé caer en el suelo unos instantes, jadeando, y me quedé mirándolo, con una sonrisa de medio lado:

-Si salimos de aquí, camarada... La historia que podremos contarle a nuestros nietos será épica... Si es que logramos tenerlos...-

Me notaba todo el cuerpo hecho polvo, adolorido, en especial los brazos, y sabía que las agujetas que acabaría teniendo iban a ser más que considerables. Por otra parte, notaba las quemaduras varias por mi cuerpo tras haber recibido el impacto de la bola de fuego del custodio, y el escozor no era poco. Al menos agradecí que sintiera el dolor, pues eso significaba que el fuego no había llegado a matar carne ni tejidos. Aparte de eso, me costaba respirar, y constantemente mi cuerpo trataba de limpiarse tosiendo. Finalmente logré eliminar la tos y noté que respiraba un poco mejor, pero seguía siéndome bastante dificultoso. Cabía añadir que mi voz era rasposa en aquellos momentos, como si estuviera de resaca. Lo único que seguía a plena capacidad era mi magia, y di gracias por ello. Una vez hecha la comprobación de estado, ya sí, me fijé en los alrededores.

Estábamos en un camino que, para mi sorpresa, parecía ser secreto. Polvo y telarañas mostraban que allí no había pasado nadie en... Siglos. Había dos direcciones a seguir, y para cuando recuperé un poco el aliento y reposé un mínimo decidí que era hora de ponerse en movimiento. Los gemidos y voces que provenían de la planta inferior parecían pertenecer a no-muertos, y eso sumado a la esencia de la muerte que percibía desde ahí abajo... Sí, sin duda allí estaría más cómodo que subiendo a la planta superior con demonios y quién sabe qué. Me giré hacia Axelier y le dije, mirándole a los ojos con una fuerza que me nacía del interior. Aunque no era física, aquella fuerza sí era de espíritu, de alma, y mis palabras denotaron que aquello era posiblemente lo único que me lograba hacer seguir adelante:

-Debemos bajar y tratar de poner de nuestro lado a los no-muertos que allí habitan para matar a los demonios y recuperar nuestras cosas. ¿Percibes el aura de muerte? Axel... Antes han pasado cosas muy raras... Cadáveres que se levantan sin necesidad de usar mi magia con ellos... Cadáveres que odian a los demonios y nos ayudan contra ellos... Crees... ¿Crees que tal vez tienen conciencia de su estado? ¿De cómo murieron? Antes esto era un monasterio... ¿Podría ser que los que lo habitaban antes que los demonios siguieran vivos o conjuraran algo para luchar contra los demonios? ¿Podría ser que las almas perturbadas se queden en sus cuerpos y que deban ser liberadas de alguna maldición? Sé que tal vez te sonará suicida, pero... Creo que, antes que intentar someterlos... Deberíamos tratar de... Contactar con ellos. De hablar con ellos... Tal vez... Tal vez los muertos puedan ayudarnos como lo han hecho los dos esqueletos de antes... Sí... Axel, cuando bajemos abajo déjame a mí llevar la situación, mantente completamente en silencio y trata de ser sigiloso como una sombra... Y sobre todo trata de enmascarar tus poderes... No muestres que eres un paladín de la luz si no te digo que lo hagas... Sé que no debería decírtelo, eres tan veterano como yo, pero... No sé, creo que ahí abajo veremos cosas que nunca habíamos visto antes...-

Poco después nos pusimos en camino y empezamos a descender por las escaleras. El calor era muy sofocante, y las paredes estaban cubiertas de musgo. Cuando llegamos abajo el asunto no era mucho mejor, pues en la penumbra veía figuras de no-muertos moverse tras rejas de celdas, aunque afortunadamente no parecía que hubiera ninguno amenazándonos por el momento. Sin embargo, la oscuridad del sitio me hizo tomar precauciones, y poniéndole una mano en el pecho al paladín le indiqué que se detuviera. Me agaché, andando acuclillado, mientras mis manos rastreaban lentamente el suelo. Aunque el movimiento era más lento así, pude notar que de vez en cuando las yemas de mis dedos tocaban armas oxidadas y destrozadas por el tiempo, buscando así la manera de pasar sin hacer ruido y, de paso, al ir acuclillado, iba a ser un blanco menos visible. Indiqué con la mano al paladín que hiciera lo mismo, y antes de seguir avanzando hice un estudio mágico detallado. Para empezar, sentí a un esqueleto que me llamaba la atención, luego a un enorme constructo cadavérico y por último a un no-muerto cuyo poder... Me hizo tener un escalofrío. Tras eso, percibí el orbe mucho más cercano y supe que debía dirigirme a él. Lentamente fui trazándome un camino mental, y avanzaba a paso lento, tanteando el terreno con sumo cuidado y moviéndome de forma tan cuidadosa como fuera posible. Mi mente y mi corazón me pedían llegar al orbe, y decidí controlar todo lo que pude mi magia. Si algún no-muerto llegaba a percibirla se percataría de que, a pesar de ser un nigromante, mis intenciones hacia ellos no eran ni hostiles ni de dominación. Más bien sentirían una esencia que lo que quería era contactar con ellos, hablar con ellos, tratar con ellos. Aquello era sumamente importante. Que si me descubrían, supieran cuáles eran mis intenciones. Si la magia era capaz de transmitir emociones, ellos percibirían que necesitaba su ayuda y que, de alguna manera, me sentía identificado con ellos, como si fuera uno más... Y sobre todo notarían que mi odio hacia los demonios era enorme. De todos modos, prefería que no me descubrieran hasta que pudiera contactar con aquél misterioso orbe. No deseaba tener que salir corriendo.
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Dom Mayo 19, 2013 12:32 am

A pesar de querer salir de donde estaba, era un asunto primordial, por unos momentos dio un par de pasos hacia atrás, sobresaltada, ante otro estruendoso derrumbe. Aunque antes había escuchado algunas palabras o murmullos de los dos humanos que suponía aun estaban en la celda, ahora se habían acallado y eso le erizó la piel, temiendo lo peor pero deseando que los dioses fueran misericordiosos con ellos y les dieran un camino, y vida… la mano que sujetaba la espada se apretó fuertemente sobre aquel mango aun funcional pero evidentemente un poco corroído por el ambiente y el tiempo. Realmente esperaba que ambos estuvieran bien… cuando iba a darse de nuevo media vuelta con el semblante seriamente desanimado y desolado, de reojo vio el resplandor tenue de una antorcha, la única a la mano, volvió la mirada hacia las escaleras que no prometían iluminación y se obligo a caminar unos cuantos pasos más, pensó en tomarla con su brazo izquierdo pero no creía tener aun esa fuerza y seguramente el dolor podría volver si esforzaba ese brazo así que se debió acercar el mango a la correa del morral y dio una vuelta a este para que la espada quedara un poco atorada, a su lado izquierdo. Si bien usar su brazo para cargar era imposible solo usaría la mano para poder mantener en su sitio la espada dejando que el peso recaiga en la correa que cruzaba su cuerpo desde el hombro derecho hasta la bolsa en su lado izquierdo de la cadera. Su mano sana tomo la antorcha, cuya llama ya era muy débil y no pensó que la luz le durase mucho.

Pero así con la antorcha en mano, dando un último vistazo comenzó a bajar los escalones, aunque los desnudos dedos de sus pies, tocaron la superficie y se notaba resbalosa, como si una capa de limo, humedad contenida ahí. Aunque no toco las paredes, pero sabía de antemano que cada escalón era un peligro, se detuvo al decimo escalón que había bajado cuando Vex le respondió.

¿200 años?

Ahora algo había seguro, y era que se podría olvidar de los demonios si permanecía en esas catacumbas o si no la alcanzaba alguno antes de llegar a ellas. Pero al mismo tiempo temió que pasaría ahí dentro…

“No será jamás tarde, para redimirse y encontrar el bien… no se nace siendo bondadoso, se aprende a serlo…”

Evidentemente su corazón se volvía un nudo cuando él se recordaba a sí mismo su miseria con aquellas palabras. Pero ninguna otra palabra pudo pronunciar en su mente para su demonio, la pena la invadía paulatinamente, y como una bestia la carcomía por dentro, ella sabía que esto no era sino una despedida… cuando él dio sus últimos murmullos en su cabeza ella no pudo responder, solo pudo detenerse en uno de los escalones e inclinar la cabeza con pesar, aspirando un par de veces aunque su expresión fue de asco unos segundos después, había un malo olor en el ambiente, uno que apenas había percibido estando aun en las celdas anteriores. Pero a pesar de ese ambiente pesado, sus pensamientos se iban directamente a lamentarse por Vex…

¿Qué destino le esperaba?

¿Y a ella…?

Las lágrimas parecían fluir con menos constancia, no le extrañaría pues ya había llorado demasiado desde que fue forzada a salir de su celda, y ahora casi sentía ardor en los ojos por el llanto y la hinchazón de sus párpados. Sus pies continuaron despacio, bajando cada escalón con miedo, mirando al suelo con la antorcha en mano que le regalaba tenuemente una caricia de luz en su camino, una que no estaba segura de cuánto tiempo le duraría, pero no supondría que mucho. Habría bajado como unos diez metros, pero ella sentía como si fueran al menos unos cincuenta y nunca se acabarían los escalones, era una bajada pesada, lenta. El olor que apenas había percibido antes, cada vez se hacía más intenso y penetrante que tuvo que detenerse para tratar de contener el impulso de vomitar, pues si a penas hacia unas horas de que había comido, no quería devolver lo poco que tendría en su estomago por quien sabe cuánto tiempo… su cabeza le daba punzadas de dolor a la altura de las sienes y entre los ojos, causado probablemente por el aire denso y casi toxico que estaba respirando. Sus ojos le ardían y le molestaban mas, aunque la parpadear repetidamente esto se aminoraba pero la molestia se repetía cuando volvía a mantener los ojos abiertos por un rato. Pero ahora había algo que la comenzaba a perturbar, murmullos a l lejos, murmullos que no tenían sentido para ella pero que eran insistentes y lastimosos. No como las víctimas del edificio que desde su llegada había escuchado, no. No eran de dolor aparentemente pero con forme ella volvía a tomar su paso escaleras abajo, ese sonido era aun más demandante.

Su cuerpo estaba cubierto ahora por una capa de sudo y polvo, sentía las gotas recorrer su pecho, sus piernas, sus brazos y su cara un poco menos que el resto. Pensó en distraerse, y comenzó a recordar las últimas palabras que recibió de Vex… frunció el seño cuando recordó precisamente sobre un orbe que destruir, pero le pareció que no era algo que debería hacer en todo caso… si ella entraba a las catacumbas y se encontrase con dicho objeto… ¿Y si era la fuente de poder de los monjes? No podría destruirlo, eso podría llevarla a derrumbar la barrera que ellos habían puesto y así ponerse en peligro ella misma. En su trayecto había resbalado un par de veces casi causando que se cayera, bueno… más de un par de veces, mantener el equilibrio ahí era difícil, y por eso la bajada se volvía un proceso lento y sufrible. Pero el orbe dejo de ser una preocupación cuando aquellos susurros se convirtieron en fuertes y sonantes palabras que ella claramente no podía entender, no sabía si era por la cantidad de ellos o por si se trataba de otro idioma que no conocía. Pero sentía el impulso de querer callarlos a todos, ya no podía pensar muy claramente para sí misma pero al menos intentaba concentrarse en bajar lentamente cada uno de los escalones hasta que… aquel viento turbulento de palabras mezcladas y desconocidas se hizo casi imparable. Quería respirar hondamente pero le daba tanto asco el olor que no quería atreverse a respirar más de lo que necesitara para mantener sus pulmones activos.

Por fin había estado frente a la entrada, alta y fúnebre realmente, aunque le hacía ver que aquellos monjes realmente tenían una cultura muy rica en sus tiempos de vida, aunque aparentemente la pretendían mantener aun en muerte. Lo cual era completamente respetable y admirable. Tosió bruscamente y luego alzo la antorcha, a pesar de que no alumbraba demasiado pudo ver unas columbras grabadas al entrar, eran bellas en realidad, titubeó unos instantes antes de querer entrar en las catacumbas, pero se armo de coraje… o usó lo que le quedaba. Y dio pasos dentro de ella, el suelo era irregular como si escombros obstruyeran cada paso, y había humedad en gran parte de las superficies que estaban próximas a ella, pues la luz no permitía que se percatase más allá de nada.

Las voces ya no la molestaban tanto, si pudo acostumbrarse a los lamentos y gritos de antes de salir de su jaula de oro, podría con esto. Definitivamente confiaba en que podría. Pero eso solo podría lograrlo si pensaba y se enfocaba en cualquier otra cosa, y ahora era ver donde estaba.

Avanzados un par de metros encontró frente a ella, a sus pies, como una tapa de cerámica, parecía de una cubierta de algún féretro, no era algo que le extrañase si se suponía que ya estaba en las catacumbas. Giró a la derecha y observó aquellas altas paredes que tenían una especie de cajones, cada uno poseía un féretro, o al menos casi todos pues al rodear un poco su contorno con la antorcha pudo ver en el suelo varias tumbas rotas, definitivamente el tiempo había sido grosero con los monjes. Sintió pena por ellos, ser perturbados en su muerte… era un acto que le resultaba imperdonable pero no podía hacer mucho por darles descanso, sabía que hasta que los demonios no abandonaran ese recinto, los monjes no tendrían oportunidad alguna de descansar…

Su mandíbula se encontraba apretando todo el tiempo, como si se mantuviera en tensión, y era algo normal, tomando en cuenta la molestia del calor húmedo dentro del sitio, su malestar, las voces, todo era influyente. Pero la pena era mayor, la pena y el desconcierto. No estaba segura de querer huir sin ayudar a Vex, pero a su vez no estaba completamente segura de tener fuerza y valor para arriesgar su vida por él.

¿A caso le debía algo?

¿Él merecía el riesgo…?

Qhinn sabía la respuesta a la perfección, pero no quiso decírsela a sí misma en ningún momento. Y su pobre corazón se sentía atrapado entre una pared y una larga y punzante espada, sus emociones y sus conflictos mentales la atrapaban en un laberinto del que no estaba segura de cómo salir. O si había salida alguna… y al observar aquellas columnas que adornaban cuidadosamente el interior, le vinieron los recuerdos, bellos recuerdos, de una vida dedicada a las buenas costumbres de la adoración y su vida como una sacerdotisa. Sirviendo a un dadivoso dios, que la permitía vivir su vida sin dejar de lado su deber, experimentar, conocer, sentir… una sonrisa habría podido tener en su rostro de no ser que no sentía energía para ello, quería conservar la que le quedaba para avanzar y hallar la salida lo más pronto posible, pero, justo en ese momento le dio por recordar a los humanos, a quienes había visto hace varios minutos atrás.

En verdad deseaba, que los dioses les iluminasen su camino, y les dieran la oportunidad de salir convida… ¿Qué clase de vida tendrían? ¿Habría esposas esperando por ellos? O ¿Hermanas, hermanos, hijos...?

Continuó avanzando hacia donde las tumbas estaban, no buscaba nada en especial, pero quería revisar aquellos rincones por si pudiera encontrar una salida, un ducto o algo, y también familiarizarse con el lugar, aunque había momentos en los que solo se detenía a mirar al infinito y trataba de alejar su mente de los lamentos y las palabras resonantes que la volvían a perturbar por ratos, y preguntarse si en algún momento se callarían o podría al menos entenderlos… bueno, realmente no se sentía segura acerca de querer saber que querían decir. Cuando vio aquellos esqueletos ataviados con colores vivos, sintió una pena aun más profunda por ellos, habían dedicado sus vidas a este lugar, a sus creencias y ahora, corrompido su palacio no podrían tener paz. Y admiraba la manera en que se defendía… ella ¿habría actuado igual si muriera en su recinto sagrado? Una tragedia era todo esto… una inmensa tragedia.

Su atención fue devuelta al suelo, donde escombros y grandes trozos de cerámica se postraban en él, ahí pensó que sería un buen lugar para sentarse y tratar de ayudar su brazo a curar. Entre dos restos de tumba, que estaban a medio metro de ella, se acerco a colocar la antorcha, aprovechando antes de que su llama se extinguiese por completo, y la espada la dejó en el suelo, frente a sus piernas colocadas en posición de loto. Y ahí buscó entre sus objetos, su frasco de ungüento, cuando lo tomó, se percato de una leve fractura en él, le preocupaba que se hubiese roto antes, pero era lo de menos realmente, el ungüento podría aprovecharse aun así, y tomó uno de los restantes trozos de venda de las que quedaron de los dos rollos que usó para sus pies, en ellos embarraría el ungüento y colocaría los trozos sobre su hombro herido, el ungüento haría que se adhirieran a su hombro y eso podría evitar infecciones o que vuelva el dolor. Pero mientras hiciera esto, ella solo podía pensar en su pena interminable, y que tendría que encontrar en ella misma coraje para salir sin mirar atrás…
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Mayo 24, 2013 8:24 pm

El dolor del hombro era punzante e inexorable. Khaelos había colocado nuevamente el brazo del paladín en su lugar, pero pasarían varias horas antes de que pudiese siquiera levantar el brazo nuevamente sin necesidad de mostrar el ceño fruncido por el dolor.

Sin duda mi hermano – Contestó a las palabras del nigromante – Solo espero que los bardos no sean tan específicos con lo deplorables y desesperados que estábamos. Eso sería vergonzoso – Axelier esbozo una sonrisa junto a su compañero la cual rápidamente fue eliminada por la sensación de dolor del brazo. Era simplemente intolerante.

Habían descansado un buen rato en aquel lugar olvidado por el tiempo. Era evidente que ellos eran los únicos que hubieren pisado ese lugar en siglos, cosa que agradeció de todo corazón pues el descanso los hizo recuperar energías físicas y mentales mientras decidían qué camino tomar. Axelier sopesaba sus posibilidades. Estaba claro que hacia arriba tendrían que enfrentarse de vuelta con la realidad infernal que durante tanto tiempo habían experimentado en cuerpo y alma. Y, a pesar de lo mucho que deseaba la venganza, el paladín sabía que en su estado actual no sería más que una carga para su compañero. No había comido nada en días, sobreviviendo solo con el tuétano de los huesos que lograba conseguir y el musgo verde de las paredes que le hacía más mal que bien. Sus labios y su garganta estaban tan secas como el desierto. Toda el agua que había consumido eran las gotas de vapor condensadas en las paredes y algunos frascos de orina que lo hicieron alucinar uno o dos días antes de su reencuentro con el nigromante. De no ser por la sanación de su magia el paladín habría dejado de existir hace demasiado tiempo.

Habían descansado ya lo suficiente como para continuar su camino. Arriba o abajo, al paladín le era irrelevante pues bien sabía que nada bueno les podría esperar dentro de aqeul maldito monasterio. Khaelos comenzó a hablar, haciéndole saber sus intenciones por descender, en vez de subir.

Ya había sentido la muerte bajo nuestros pies – Contestó al nigromante mientras se apoyaba sobre los escombros de la pared derrumbada y se ponía de pie – Una multitud de muertos en vida deambulan los caminos inferiores de este monasterio ¡Ay! – Su brazo se tensionó obligándolo a esbozar un gesto de dolor repentino. Cruzó ambos brazos depositando todo el peso del izquierdo sobre el derecho, para así evitar moverlo inconscientemente – Si… si lo que dices es cierto, entonces es probable que tengamos un aliado desconocido. Posiblemente alguien que nos necesita con vida para sabrán los dioses que cosa – Se apoyó al borde del portal que encerraba las escaleras de bajada y miró hacía la oscuridad, pensativo, para después volver a mirar los ojos rojos de su compañero – Yo no confío en la muerte Khaelos, al menos una parte de mí. Pero admito que aquel lugar es tu elemento, por lo que confiaré en tus sentidos… nigromante.

Haciendo uso del poder en su interior, Axelier dejó la mente en blanco y viajó a un lugar en el que el dolor y el hambre no lo alcanzaban. Un lugar de sombras y sangre, de muerte y penitencia. Un lugar escondido en su mente, pero siempre presente y constante como una espina enterrada en el ojo. Su esencia sagrada disminuyó poco a poco. Las piernas y las botas de su armadura azul con bordes dorados, que aún cubrían la parte baja de su cuerpo, cambiaron de tonalidad a un negro carmesí intenso mientras la piel quemada, antes blanca, del paladín se tornaba un poco más morena. Sus ojos se abrieron de par en par en un instante, dirigiendo su mirada de sangre a los mismos ojos de su camarada. Por unos instantes parecieron hermanos, diferenciados solo por la mente y el desgaste físico y emocional. El paladín ya no poseía su aura sagrada, había dado paso a la oscuridad en su interior – Andando, hermano.

El camino de bajada había sido especialmente atemorizante para la hermosa hörigen. Temía por su vida. Temía por la oscuridad que se cernía frente a ella y tras de sí. Temía por las voces que aumentaban su coro y su llanto. Temía por el piso resbaloso y la pared enmohecida. Temía por los peligros que aún estaban por venir. Temía. Temía por su cordura y por su demonio.

Vex la había advertido y la había guiado hasta ahí. Habían pasado ya más de cinco minutos desde que la comunicación con él terminó, y ahora solo la tenue luz de su vieja antorcha le hacía compañía. Se preguntaba sobre sí misma. Sobre la salida prometida y sobre la identidad de los que gemían de dolor al interior de las catacumbas. El olor era penetrante. Incluso podía oler sin respirar, como si el hedor a muerte y putrefacción se introdujese a su cuerpo a través de la piel impregnada de sangre seca y sudor. La herida de su hombro había sanado bien gracias al hechizo del hombre de aura sagrada, pero aún estaba lejos de considerarse curada. Los vendajes ayudarían a mantener las cosas en su lugar y a que el intenso calor no gangrenara tan rápido las heridas que aún no sanaban. Un centenar de laceraciones en la piel eran vestigio de la potente mordida que le había propinado el globo ocular. Deseaba que la magia o la botánica fuesen capaces de eliminar tan horrendas marcas en la piel, pero más deseaba lograr encontrar el agua y la salida que su demonio le había contado.

Las catacumbas eran más inmensas de lo que la mujer hubiese imaginado. El haz de luz que producía la antorcha le mostraba un piso de roca cubierto por musgo, huesos y una pesada capa de niebla gris tan espesa que debió dispersarla un poco para descubrir el suelo que pisaba. A los lados del pasillo en el que se encontraba las paredes se convertían en arcos de roca antiguos. Cada arco era como una cripta abierta, donde los monjes depositaban las cajas de sus camaradas caídos. Muchas de ellas aún estaban cerradas, mientras que otras no habían resistido la prueba del tiempo o las inclemencias de batallas antiguas, dispersando su interior por doquier. El techo era infinito y estaba cubierto de oscuridad pues su luz no lograba llegar a la cima del pabellón, dejándola con una sensación de vértigo mientras trataba de imaginarse que tan alto era aquel lugar y que tantas criptas funerarias habrían sobre su cabeza extendiéndose a lo largo y ancho de la pared. Prefirió no preguntárselo demasiado, y avanzar.

No pinta bien – Susurró lo más despacio que podía para que solo Khaelos escuchara. Ambos guerreros de Elhías avanzaban a gatas a través de la habitación. A su derecha, una gran cantidad de muertos vivientes permanecían quietos, inertes, a la espera de cualquier cosa que perturbara su quietud. Gruesos barrotes de hierro separaban a los humanos del lugar donde los cadáveres descansaban, pero estaba demasiado oscuro como para discernir si no había puertas o rendijas por donde pudiesen atravesar hasta ellos. Optaron por el sigilo y el silencio, una sabia decisión.

Supongo que ya lo sentiste – Un sobrenatural brillo azul hacía que el suelo a sus pies emitiera brillo suficiente como para iluminar las siluetas de los muertos y de sus propios cuerpos. Una capa espesa de niebla corría al ras del piso, pero con cada movimiento que hacían dispersaban dicha niebla y dejaban salir el brillo con más intensidad. Por un momento pensó que se trataba de algún hongo luminoso, pero ahí no había más que piedra y hueso, y la piedra era la que brillaba – La fuerza de una fuente de poder nigromántica mantiene a estos muertos en pie y a este piso brillante. Eso sin mencionar esas tres entidades… -- Se detuvieron en seco al escuchar los gemidos de un cadáver que por un momento pareció que había escuchado la conversación, pero no pasó a mayores – Siento algo… más adelante.

Con sumo cuidado, el paladín cogió una espada oxidada partida por la mitad. El suelo estaba cubierto por armas antiguas con símbolos raros. Soles nacientes y puños adornaban las empuñaduras de las armas de aspecto marcial, propias de los monjes que alguna vez habitaron el recinto. Ambos habían llegado al final del pasillo hasta una puerta de madera podrida echada al suelo. Al exterior, solo sombras y un pasillo más amplio. Khaelos hiba a la cabeza, sumido en sus pensamientos y sus planes mientras Axelier cubría la retaguardia. Dio un breve vistazo a sus espaldas solo para cerciorarse que todo estuviese en orden. La sorpresa casi lo hace saltar y detuvo al nigromante sujetándolo por el hombro repentinamente – Tal parece que ya nos esperan – El centenar de siluetas oscuras, pertenecientes a los no muertos del otro lado de las rejas de hierro, permanecían inmóviles. Todas compartían el color negro de la oscuridad, tan solo iluminados en los bordes y las cuencas más prominentes por el tenue brillo del piso. Todas las cuencas vacías de los ojos, de zombis y esqueletos por igual, estaban depositadas en los dos pares de ojos carmesíes al borde del pasillo.

El avance era lento, un pasito a la vez temiendo de todos los rincones y las sombras que no alcanzaba a iluminar su luz. Los gemidos se incrementaban no en cantidad, si no en potencia. Un paso más. Qhinn retiraba un cráneo con el que casi se tropezaba. Tumbas y muertos por doquier, en pisos y paredes, y el olor a podredumbre penetrando sus sentidos. Dos pasos más. Mantas antiguas con un sol poniente o naciente bordadas con hilos rojos y dorados ahora yacían desgarbados y deshilachados sobre las paredes húmedas y el piso cubierto por la espesura de la misteriosa niebla. Cuatro pasos adelante. Dos gemidos de pena lastimosos se escucharon frente a ella tan claros como si se hubiese topado con alguna pareja invisible frente a ella. Estiró las manos con incertidumbre, pero no encontró más que vacío. Los gemidos y el sonido gutural incrementaban su presencia. Dos pasos extra. LA antorcha disminuyo considerablemente su brillo. Ya no tenía grasa y el cuero viejo estaba completamente desgastado. Qhinn buscó la manera de mantener viva la llama, pero fue inútil. La oscuridad la abrazó. Cero pasos. No se movió por un instante mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. La desesperación la embargó por unos instantes, pero el misterioso brillo del suelo le iluminó ligeramente el rostro y las extremidades. No podía explicar cómo o porque, pero ese piso de roca brillaba. No lo había visto antes a causa del haz de luz amarillenta de la antorcha, pero ahora era más claro el camino y su miedo disminuyó por un momento antes de volver a emprender el camino. Cinco pasos. El pasillo terminó en una esquina y dobló a la izquierda. La pared frente a ella era como la del inicio del pasillo. Catacumbas llenas de cajas con sus muertos dentro o esparcidos en las cercanías y adornos propios de los monjes que ahí vivieran una vez. El sonido del silencio fue ensordecedor. Un paso adelante. El grito de un cadáver la paralizó de miedo. A su lado izquierdo, un zombi permanecía en pie con la mandíbula desprendida y las cuencas de los ojos vacías. Sus brazos se extendieron para sujetarla pero la hörigen se separó rápidamente. Miró hacia adelante. Rejas de hierro la separaban del cadáver, pero no eran continuas. Parecían prisiones, más prisiones. Unas cerradas y otras abiertas. Un centenar o más contó. Todos volteando la cabeza hacia ella. Todos conscientes de su presencia. Todos avanzando torpe pero firmemente. Todos hambrientos. Todos.

¡Mierda! – Exclamó Axelier al escuchar el estruendoso grito de uno de los cadáveres detrás de ellos – ¡Algo los perturbó. Debemos salir de aquí cuanto antes! – Eran fuertes, pero los muertos eran simplemente demasiados. Una vez fuera del pasillo, el paladín logró divisar a la esbelta mujer con colas que yacía al fondo del camino, frente a los muertos vivientes. Era evidente que ella los había perturbado, pero no la podía culpar – ¡Mujer! – Los cadáveres volcaron su atención en él -- ¡Corre!

Empuñando su filo mancillado, Axelier plantó cara a un par de zombis desganados que habían salido en su encuentro. Con poco esfuerzo logró arrancar de un tajo las cabezas de ambos gracias a que el intenso calor del lugar había podrido en demasía la carne y los huesos. Fue como deshebrar la carne de un pollo hervido por más de dos horas. Simplemente se desprendió al tacto.

Khaelos, debemos traerla con nosotros – Dijo mientras examinaba el rostro del nigromante, el cual miraba hacia el lado contrario al de los no muertos. Parecía sorprendido y confundido -- ¿Khaelos? – Al otro lado de la habitación, un esqueleto con armadura pesada y un gran espadón oscuro permanecía de pie mirando fijamente al nigromante. Fueron cuestión de segundos, pero en un instante el esqueleto simplemente avanzó rápidamente hacia uno de los muchos caminos que desentrañaban las catacumbas y la hacían parecer un laberinto de muerte y oscuridad infinitas – ¡Khaelos!


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Mayo 28, 2013 1:40 am

El paladín demostró que aún a pesar de su condición, similar a la mía, seguía siendo bastante resistente al dolor. Su brazo por fin estaba recolocado y al cabo de un rato podría empezar a moverlo. Le dolería, sí, pero... Al menos no iba a ser inútil por lesiones. Ambos nos necesitábamos, y necesitábamos estar en las mejores condiciones posibles para sobrevivir a aquél sitio. El hombre me respondió y no pude evitar reír de forma leve y cansada:

-Bueno, si salimos con vida de aquí seremos nosotros quienes les digamos qué deben cantar, hermano... ¿Sabes? Me gustaría saber cuánto tiempo llevamos metidos en este sitio... ¿Crees que si le pedimos amablemente a un demonio que nos diga en qué año estamos nos lo dirá?-

Volví a reír levemente, y tras eso nos permitimos un rato de descanso para recuperar fuerzas tanto físicas como mágicas. Cada instante que pasaba nos permitía comprobar mejor que, definitivamente, el sitio donde nos hallábamos era un lugar seguro al no haber sido pisado por nadie en años, tal vez siglos incluso. Gracias a eso pudimos relajarnos y regenerar energías durante un rato hasta que finalmente decidimos continuar nuestro camino, aceptando el paladín mi idea de descender. Ambos nos levantamos, e igual que él mostró que le dolía el brazo yo no pude evitar soltar un siseo al recordar el escozor de los latigazos en mi espalda. Sus palabras me hicieron asentir, y estando pendiente de si necesitaba ayuda para levantarse le respondí:

-Teniendo en cuenta que esto antes era un monasterio y que ha sido profanado por demonios... Me juego lo que quieras a que al dios que antaño gobernaba aquí no le hará gracia ver su templo profanado. Ahora mismo estamos los dos solos y solo podemos confiar en nosotros mismos y nuestros sentidos... Por eso mismo te juro desde ya que no voy a traicionarte. Ahí abajo está mi elemento, y hace tiempo que no me encuentro en él... Si ves que cuando estoy allí hago algo raro... No desconfíes. Masacrando demonios y purgándolos con luz divina está tu elemento, paladín... Pero entre los muertos quien se siente seguro soy yo. Debemos aprovecharnos de esa dualidad tanto como podamos.-

Fue entonces cuando noté un cambio en él. Noté como poco a poco su esencia fue cambiando, como su piel se oscurecía levemente, como lo poco que quedaba de su armadura se tornaba de color negro y rojo, y como sus ojos se volvían carmesíes como los míos. En aquellos momentos éramos casi gemelos. Hermanos de culto que iban a descender a las tinieblas para ayudar al ejército de los muertos contra las aberraciones demoníacas que se hallaban sobre nuestra posición. Las palabras de Axelier me hicieron asentir, mirándole a los ojos con determinación:

-Vamos allá.-

Al cabo de un rato de camino, avanzando a gatas y con sigilo por la habitación oscura en la que nos hallábamos. Al ir yo delante debía centrarme en el camino que pisábamos el paladín y yo, mientras él mantenía a ralla con la vista a los no-muertos que, afortunadamente, no parecían habernos detectado todavía. No sabíamos si tenían el acceso barrado a nuestra parte o si podían acceder por algún sitio, de modo que lo mejor era permanecer indetectados. Ante su susurro yo le respondí con un apenas perceptible asentimiento de cabeza, y entonces volvió a hablar, con un tono de voz que solo mis oídos parecían llegar a alcanzar... Y mejor así. Mencionó el brillo azul que emanaba del suelo, iluminando nuestras siluetas y las de los cadáveres, y dijo que era la fuerza de la fuente de poder necromántica la que mantenía a los muertos en y el suelo brillante. Iba a mencionar algo de las tres entidades pero el gemido de un muerto nos hizo detenernos de golpe, quedándonos quietos como estatuas. Por unos segundos hasta contuve el aliento, pero afortunadamente no paso nada más. Cuando el peligro pasó yo le respondí, susurrando en voz muy baja:

-Debemos encontrar la fuente... Debemos seguir adelante y hallar la fuerza... Y tal vez a alguna de las entidades...-

Me giré un instante y vi que Axelier agarró una espada. Estaba en mal estado pero era mejor eso que nada, y decidí hacer lo mismo. Mientras avanzaba fui observando algunas de las armas hasta que hallé una que me llamó la atención. Aunque como la mayoría estaba mellada, y el óxido era evidente en ella, al menos el filo conservaba su longitud original y, aunque no me daba confianza suficiente como para que si me atacaban pudiera usarla para bloquear, al menos sabía que podría hacer cortes con ella. Al fin y al cabo, la carne de los no-muertos debía estar en condiciones pésimas gracias al calor y la putrefacción del sitio. El olor lo delataba. Por lo demás, el arma era una espada bastarda, lo cual me hizo notar una especie de vigorización... ¿A qué se debía? Simple, desde que aprendí a manejar una espada, aquellas siempre habían sido mis favoritas. Había pulido y perfeccionado mi arte con ese tipo de espada, y mis dedos se sentían muy cómodos con una en ella. Hubiera practicado algunos movimientos para poder recordar mejor lo que era poseer una de esas bellezas entre mis dedos de no ser por la situación... Y porque Axelier me tocó el hombro y me advirtió. Me giré hacia ellos, y pude ver sus miradas fijas en nosotros. Un cadáver soltó un grito detrás de nosotros, y aunque ambos reaccionamos a la vez, el paladín oscuro fue más rápido a la hora de responder, y nada más acabó de hablar yo también me puse en pie, saliendo ambos del pasillo a paso rápido mientras veía a la mujer de antes, que ahora se hallaba al fondo del camino, con los muertos entre ella y nosotros. Empuñando la espada con ambas manos también exclamé:

-¡Maldición, no podemos plantarle cara a semejante marea! ¡Mujer, espero que seas rápida y ágil, porque estos bastardos serán lentos pero son muchos!-

Fue en ese momento que algo llamó mi atención y me quedé congelado por unos instantes. Mis brazos quedaron laxos a los costados, y solo mi mano se mantenía ceñida alrededor de la empuñadura de la espada que acababa de hallar. Vi a un enorme esqueleto que, aunque humano, portaba una armadura digna de un minotauro y por su altura me recordaba a un viejo amigo... Dal... ¡Dalahak! Mi mejor amigo... Que murió hace... ¿Cuánto tiempo? No podía recordar... Por mi mente en aquellos momentos solo pasaban ideas de cómo defenderme si el esqueleto atacaba, pero... No lo hizo... Axelier me hablaba, pero en mi mente solo había una idea, y pudo verlo por la forma en la que miraba hacia aquella obertura. Empezando a correr hacia el lugar le respondí, mirándole para que viera que no era el miedo lo que me hacía moverme:

-¡Axel, salva a la chica y luego sígueme, he visto una señal! ¡No te arriesgues innecesariamente! ¡Métele prisa y venid por donde yo voy! ¡Sigue las marcas, hermano!-

Mientras corría, empuñando la espada bastarda con una mano, me agaché un instante para agarrar algún arma, y finalmente hallé una espada larga. Si Axel podía verme en esos momentos, vería que dejaba esa espada larga apoyada contra la entrada del pasadizo por donde se había metido el esqueleto, dejándola en posición vertical. Sin perder tiempo me colé por el pasadizo, y ahí agarré una nueva arma del suelo, encontrando de las últimas que había. En aquella ocasión era una daga, un cuchillo apenas. Aunque, como todo, estaba en mal estado, mi intención no era usar eso para matar. Tampoco creía que fuera a lograrlo, de intentarlo. Me puse en guardia, con la espada bastarda lista, mientras avanzaba tan rápido como podía, levantando los pies y yendo a pisotones. ¿Por qué? Simple. Si avanzaba arrastrando los pies muy posiblemente acabaría con las espinillas llenas de rasguños y doloridas, mientras que si alzaba los pies y andaba con firmeza podría avanzar todo lo rápido que fuera posible sin arriesgarme a cortes ni magulladuras. Tras unos diez pasos aproximadamente, pues yo siempre fui un hombre de largas zancadas, llegué hasta una bifurcación. Escuché pasos y tintineos de armadura, seguramente pertenecientes al esqueleto, pero... El eco del sitio era demasiado intenso como para orientarse. Decidí que iba a tratar de tomar un camino lo más frontal posible, pero antes busqué el sitio más visible y fácil de grabar, y una vez lo localicé marqué una flecha que señalaba hacia la derecha con el cuchillo en una caja de madera que se hallaba en el centro de la bifurcación, apoyada contra la pared. Quedó visible la marca. Hecho eso, giré hacia el lado designado.

El camino era ideal para la paranoia, pues entre el eco y que entre pared y pared solo habían cinco metros de separación daba una sensación de claustrofobia que, yendo sin armadura ni escudo, me hacía estar bastante incómodo. Me mantuve alerta, mirando constantemente a los lados y escuchando atentamente cualquier ruido que fuera distinto al de mis pies o al de la armadura del esqueleto por los pasillos. La espada bastarda estaba todo el rato barriendo lentamente el aire, cambiando de posición constantemente para readaptarse a los movimientos que hacía, en parte para tener siempre la mejor posición defensiva, en parte para recordar el placer y la seguridad que me daban empuñar un arma de ese tipo. Mi camino me llevó a girar dos veces más, en esa ocasión, si había girado primero hacia la derecha, ahora había dado dos giros a la izquierda, dejando marcas que señalaban la dirección que había tomado en cada bifurcación. Me detuve unos instantes, agudizando el oído y poniendo aún más alerta mis sentidos. Permanecí en posición defensiva, cerca del suelo, mientras trataba de orientarme antes de seguir adelante. Unas palabras salieron de mis labios:

-Madre Muerte, guíame por estos senderos habitados por tus enviados... Dime qué debo hacer para poder comunicarme con ellos... Dime qué debo hacer para poder encontrar el camino... Qué debo hacer para hablar con aquellos que cayeron y no descansan... Aquellos cuyo sueño ha sido despertado... Cuyo reposo ha sido mancillado por la presencia de los demonios... Escucha mi súplica, por favor, Patrona de los Muertos...-

Aquello fue un susurro, una súplica desesperada se podría decir, a pesar de que en sí no lo estuviera. ¿Por qué aquello? Sentía como el poder de la muerte volvía a mí, sí, pero... Necesitaba sentirlo de una manera más personal, más... Divina, podríamos llamarlo... Aunque Elhías era mi divinidad como zhakheshiano, como nigromante zhakheshiano se me había enseñado a venerar a la Parca y a la Muerte, y eso era lo que estaba haciendo en esos momentos. Implorar su ayuda, pedir su protección, su guía... Lograr que, de algún modo, los no-muertos que allí habitaban pudieran percibir mejor que la única diferencia entre ellos y yo era que mis pulmones tomaban aire y mi corazón latía. No sabía si iba a funcionar, pues mi poder no era divino si no mágico, pero... Por probar que no quede, ¿no? Sin perder más el tiempo, me preparé para seguir el camino, aún sin bajar la guardia... No me fiaba nada de ese sitio...
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Khaelos Kohlheim
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Re: Las puertas de Ghazrüll

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