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Las puertas de Ghazrüll

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Lindorië Mir-Eärendil el Lun Jun 03, 2013 7:28 pm

El ungüento fue acariciando con algo de ardor las heridas profundas en su brazo, penetrando un poco pero no demasiado en cada perforación de los sitios donde los colmillos estuvieron enterrados, su mano intentaba ser gentil al aplicar la mezcla, pero era evidente que tocar demasiado el área le retornaba un tanto de dolor. Con la misma delicadeza la venda la fue enrollando hasta atorarla con otro pliegue y dejar bien cubierta el área del hombro, quería encontrar agua rápido para poder lavarse la herida pero a juzgar por el sitio donde estaba dudaba por mucho que el agua no fuera contaminada y sucia. Y entonces no podría lavar ni mucho menos beber de ella. Soltó un largo suspiro…

Lentamente al pasar más tiempo sola de nuevo, iba recobrando sus momentos de pensamiento y reflexión, sobre todo por los asuntos sucedidos apenas unos momentos antes, con el hecho de haber afrontado el mundo fuera de aquella habitación que si bien no la mantenía siempre del todo a salvo pues su demonio captor la atormento en su momento incontables ocasiones, la tenia lo suficiente resguardada de toda la podredumbre y maldad que habitaba este antiguamente sagrado recinto.

“Los demonios no conocen la paz… ni la compasión… mucho menos el amor, Qhinn.”

Estaba escuchando su propio subconsciente reclamando atención con aquellas palabras dolorosas que no solo la recobraban a la realidad si no a la desilusión latente hacia lo que su demonio pudiera sentir o imitar sentir por ella. Su corazón se le oprimía dentro de su pecho, con la crueldad de la verdad. Y aunque deseaba continuar llorando, sentía que ahora mismo eso solo le arrebataría más energía y liquido de su cuerpo. Sin embargo no fue eso lo que la devolvió a lo que estaba, si no el penetrante olor de la muerte, sentía su estomago estremecerse ante el asco, a pesar que había momentos en que parecía acostumbrarse, otros más no lo hacía y como si el olor se intensificara por momentos le volvían las nauseas y el profundo dolor de cabeza. El ultimo, no solo causado por el olor, si no por el calor húmedo dentro de aquellas criptas.

Su tiempo pasaba y permanecer mucho en su rigor de pensamientos no le ayudaría nada, así que recogió sus pertenencias con las que se había aplacado la herida, y tomó la ocarina del bolso, colgándola en su cuello como siempre había hecho antes, no es que pensara tocarla pero era parte de ella, siempre que la tenía cerca fácilmente incrementaba su seguridad por alguna razón, la más probable era que tenia así cerca, una conexión con su dios.

“El único ser que te amara con sinceridad… el único.”

Frunció las cejas ante ese pensamiento y retomo su caminata dentro de aquellas catacumbas, cambiando su semblante a uno de asombro, y quizá un atisbo de intriga, al alzar la antorcha no podía si quiera asomar un poco del techo, lo cual la hizo darse cuenta que probablemente no había ningún techo demasiado cerca… a juzgar por lo que vio antes en el patio principal, este lugar mantenía grandes techos en su construcción casi como las gran des catedrales de las ciudades más importantes que logro conocer una que otra vez. Y seguramente sabia que quien hubiera sido la mente detrás de la creación y estructura del lugar, estaría llorando sangre si viera en qué estado esas criaturas malévolas habían dejado su creación.

Dio un par de vueltas intentando ver si enfocaba más, pero solo había un largo abismo de oscuridad sobre ella, no sabía si sentir alivio u opresión con eso. Pero dejo pasar aquellos pensamientos y se obligó a bajar de nuevo hacia su camino. Un camino del que de hecho, tenía bastante cuidado y temor, no quería encontrarse pisando algo que se despertase, no sabía realmente que había dentro, pero en una que otra ocasión mientras avanzaba se encontró con un cráneo y quizá unos cuantos huesos más. Pero debía despejar la neblina de vez en cuando por miedo también a caer en algún poso o agujero. Sin embargo al hacerlo, descubrió que había infinidad de objetos en el suelo, no quería llevarse nada de valor, eso sí, pues le parecería una violación mas a estos monjes que no encontraban descanso. El aire se le fue de los pulmones con un susto que aunque no de muerte, la hizo detenerse en seco, un par de lamentables gemidos se escucharon esta vez tan cerca que temió encontrarse a alguien más dentro, pero frente a ella no había nadie. Se invito a mover frente a ella la mano que sostenía la antorcha, sin soltar esta, para sentir algo en ese sitio pero se encontró con el mismo vacío. Retomando el aire de nuevo, continuaba caminando, un par de pasos la antorcha se debilitó y sintió desesperación, quiso soplar un poco para que la llama tuviera más oxigeno pero sabía que no era eso lo que necesitaba para mantenerse viva aquella lumbre. Pero la oscuridad se adueño de ella, cuando la llama se extinguió por completo, y se quedo quieta, muy quieta. Pero dejó caer la antorcha apagada ya, al suelo. Hizo un sonido bastante seco al tocar los escombros en el piso, y no se movió más, sentía ansiedad, su respiración se hizo un poco agitada, su corazón casi se le sale del pecho. No era fobia a la oscuridad por supuesto, pero evidentemente no era nada inspirador moverse por un lugar que no conocía a ciegas… si ya era muda, restar un sentido más no la ayudaba. Pero aquella desesperanza se fue disipando mientras su vista se acoplaba a la oscuridad, captando lo poco que su rango de visión. Eso a pesar de no ser la mejor opción, era lo único que… se sintió confundida… no podía acostumbrarse la vista a la oscuridad si no había una fuente de luz, aunque sea una mínima. Y entonces al mirar abajo se dio cuenta de que, había luz. Una luz tenue y brillante, que parecía dar un aire mágico al fúnebre ambiente de las catacumbas, y frunció el ceño ante la confusión de aquel asunto. La bruma que cubría el suelo, parecía ser nieve brillante por momentos, era casi esplendido de no ser por la peste y el calor, evidentemente esta luz por débil que fuera, le daba seguridad de caminar más tranquila realmente.

Con un poco menos de desesperanza, su andar continuó, dio un par de giros al caminar, había pasillos ahí mismo, y tenía la impresión de que estaba más bien en un laberinto que en una cripta de muertos. No iba rápido, pero trato de no caminar con demasiada parsimonia, sin embargo algo perturbo completamente la nueva calma que había adquirido, la sobresalto un grito. Gutural y siniestro. Al mirar lo que producía el sonido, se asustó realmente… era un cadáver en plena putrefacción, desprendiéndose prácticamente, y este mismo intento alcanzarla pero no era rápido al parecer, o ella fue demasiado avispada, pues logro alejarse suficiente para que no la tomara. Sus ojos ambarinos brillantes, se abrieron de par en par, como platos ante la nueva escena que se levantaba frente a ella, centenares de cadáveres vivientes, todos estaban conscientes de su presencia y eso solo la hizo sentir pavor. Pero no se atrevió a correr, y pensaba en huir eso sí. Había celdas con montones de ellos encerrados, sí, pero había otras que estaban abiertas y notaba como lentamente salían de ellas y avanzaban. Y entonces, alzo la espada que tenía en la mano derecha, ya que su antorcha había muerto podía cargar perfectamente la espada pero no creía que funcionara aquello realmente, quizá pudiera cortar a uno pero… si eran muertos vivientes hechos miseria no creía que cortarles un brazo o pierna ayudase demasiado. Pero su semblante cambio cuando una voz relativamente conocida la captó por completo, y su visión desesperadamente se escabullía entre los cadáveres andantes hasta dar con el hombre que compartía prisión con el amo de los muertos. Y se preguntó si esto había sido obra de aquel hombre.

Pero cuando le sugirió enérgicamente que huyera, se dio cuenta de que esto no era una obra muy buena, y probablemente el amo de estos muertos no fuera el mismo que intento ayudarla antes, pero tampoco lo veía por ahí, así que… el de cabello plateado probablemente estaría solo ahora… ¿Qué habría sucedido con el pelirrojo? No sabía y el tiempo corría, y en esa situación lo de menos era pensar. No sabía que opciones tenia, no tenía idea de que hacer, excepto que podría intentar algo que había tratado antes sin su instrumento… pero desde ese momento su confianza estaba menguando, no se sentía tan capaz como antes de aquel fallido intento…

No queso arriesgarse a fallar, así que tenía que aprovechar que el hombre había llamado la atención de los cadáveres… pero no huiría de ahí, ella llegaría hasta él. Había perdido oportunidad de unirse a ellos antes, pero ahora no dejaría pasar eso. Quizá no podía gritarle y decirle nada más pero estando junto a él era probable que fuera más fácil salir de ahí. Claro… estaba el detalle de que comunicarse con él sería difícil, pero ahora mismo era el asunto menos importante, fue ahí cuando escucho al otro humano gritar, no podía verlo pero ahora sabía que estaba ahí.

“Pequeña y rápida, aunque no precisamente tengo mucha fuerza. Pequeña y rápida.” – Se decía a si misma.

Tomó con fuerza la espada y avanzó realmente corriendo, uno de los cadáveres se acerco peligrosamente y ella aprovecho el impulso que traía para cortarle el torso, quizá no a la mitad pero al pulverizarse una gran parte de las costillas y la columna no pudo evitar caer al suelo y quebrarse más pero no estaba segura de tener esa misma potencia y despedazar a otro más… quería llorar, en verdad quería, pero si lloraba se nublaría la vista. Su otro brazo encogido queriendo protegerlo de toparse con algún cadáver y quiera tomarla de aquel brazo, tenía miedo y sentía que si no se dejaba llevar por su impulso sus piernas flaquearían y caería inevitablemente. Tenía que cruzar y llegar al par de humanos, o ser atrapada en el intento pero no iba a ser sin intentar luchar aunque sea… Sin cerrar los ojos, con las manos tan apretadas que no se notaba que temblaba de miedo, tenía que zigzaguear si quería logar avanzar todo ese tramo, y esperaba que ellos siguieran llamando la atención para darle algo de tiempo y sí… sabia que lo más seguro es que tuviera que usar su magia para congelar un poco a esos muertos y salir en otra dirección juntos, ella y los humanos.

“Mordekaiser… te ruego des valor a tu musa y servidora…”

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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Lun Jun 10, 2013 12:04 am

La oscuridad de las catacumbas era tan interminable como los lamentos y la pestilencia que la inundaban. Solo un resplandor tenue de luz celestina brindaba a los humanos la poca visibilidad que tenían. No podían ver más que siluetas en la oscuridad y cuencas vacías por donde los ojos de un ejército de las sombras aguardaban en cada centímetro cuadrado de la estancia por la carne fresca que tan voluntariosamente se había adentrado en sus fauces.

El paladín dual tenía muy malas sospechas de aquel sitio desde que su compañero de armas había optado por descender. Si bien la muerte no asusta al seguidor de la muerte y la luz, aquél lugar no era ni por cerca el mejor lugar para explorar. Aunque pocas eran sus opciones, por lo que simplemente mantuvieron la boca cerrada y las altas expectativas. Pero la relativa tranquilidad que dominaba aquel sitio fue tan sencillamente perturbada como la superficie de un estanque pasivo al ser golpeado repentinamente por un fruto en caída libre. Creando ondas de impacto que pronto arrasarían con cualquier cosa que estuviese en su camino.
¡Maldición! – Maldijo el paladín de la dualidad mientras cercenaba la cabeza dedos no muertos que habían salido a su encuentro – ¡Apártense de mí camino! ¡Que la muerte los engulla de vuelta a su eterno sufrimiento!

La hermosa mujer no daba crédito a lo que sus cansados ojos veían frente a sus pies. La escena de más de un centenar de cadáveres en avanzado estado de descomposición era simplemente demasiado horrible como para guardar la calma. Su mente exigía el auxilio de entidades superiores mientras sus manos intentaban devolverla realidad aferrándose con más ahínco a la antigua espada de su diestra.

No fue sencillo, pero tras reconocer la silueta del humano que peleaba al otro lado del camino el valor y una ligera esperanza volvieron a sus ojos mientras un extraño cosquilleo comenzaba a hacerse vigente en su enmudecida garganta. Pronto, el torso del primer no muerto había caído ante una repentina muestra de habilidad o desesperación. Sería imposible para ella saber que había guiado su mano, pero el resultado no había sido lo más agradable que hubiese hecho en semanas o meses. Girando sobre su propio eje, Qhinn volvió a recuperar la compostura mientras el zombi, al que había cercenado la mitad de su cuerpo, se retorcía en el suelo nebuloso con claras intenciones de continuar su búsqueda por carne fresca, con o sin la parte inferior de su cuerpo comenzando por el tórax.

Khaelos… – Murmuró por lo bajo el paladín mientras veía de reojo como la silueta de su compañero se fundía con la oscuridad y la neblina. Había logrado escuchar algo sobre una señal y sobre seguirle, pero su mente y sus sentidos estaban enfocados en cercenar la cabeza del siguiente zombi que se atrevió a plantarle cara al guerrero – Un nigromante siempre será un nigromante – Se dijo a sí mismo con cierto gesto de desprecio mientras la cabeza del desgraciado recorría el suelo y se perdía en la profundidad de la espesa niebla que cubría el piso de piedra.

Hubiese deseado tener tiempo para explicar sus intenciones, pero Khaelos no solo no tenía idea de lo que hacía, sino que además no tenía idea de lo que había visto o lo que le esperaba algunos metros más hacía el interior de la enorme estructura sin final a las alturas.

Entre la confusión y el desastre, el enorme esqueleto armado había iniciado su frenética carrera en la misma dirección en la que el nigromante había decidido comenzar la persecución. Lo primero en fallar fue su compostura y su respiración. Khaelos se había percatado por fin lo exhausto que en realidad estaba, pues al cabo de diez metros de carrera ya le costaba respirar el viciado aire de las catacumbas. El Custodio había hecho mucho más daño del que originalmente había pensado, pero no fue sino hasta que efectuó aquel esfuerzo físico cuando lo resintió. Por si no fuera poco, la oscuridad reinante y la espesa neblina nebulosa del piso ocultaban perfectamente los escombros y demás objetos punzo cortantes de los cuales destacaban armas oxidadas, huesos astillados, maderos con clavos y cuñas puntiagudas y un sinfín de piedras y restos de cerámica por doquier. Escombros que sus pies pronto lamentarían pero que no mermarían el avance del conde.

Los pies le dolían y las heridas en la piel escocían como si hicieran reacción con la pestilente nube tóxica del lugar, pero ni su velocidad ni su mente perdieron firmeza. Tomando un poco de su lucidez restante, el conde comenzó a marcar las esquinas donde había doblado dejando tallas las paredes de piedra con un raspón blanquecino propio de la piedra desgastada por el roce de un metal, pero no disminuiría su carrera frenética mucho más de lo necesario. Khaelos perseguía los ecos y sonidos fantasmales sin una verdadera idea de que es lo que estaba haciendo ni lo que estaba a punto de conseguir.

Por otro lado, Qhinn hacía gala de su agilidad y desesperación mientras demostraba al guerrero todo lo que un cuerpo esbelto y ligero podía lograr si se lo proponía. El espectáculo de giros y volteretas de la hörigen eran dignos de antología. Había logrado avanzar poco más de la mitad del camino esquivando todas las manos, dientes, cabezazos y muñones amputados que fueron posibles recibiendo el mínimo daño que aquella situación exigía. Su brazo inmovilizado dolía el doble después de caer sobre el codo en un par de ocasiones. La nariz sangraba fluidamente tras el fuerte golpe que se propinara al estrellarse de boca contra la pared mientras se zafaba de una potencial mordida a la altura de su cuello. El tobillo del pie derecho dolía como un millón de agujas encajadas a través gracias a su mala compostura tras pisar un cráneo redondo oculto bajo la manta grisácea de niebla en el suelo. Pero aun así, ella seguía y seguía mientras que Axelier combatía contra el yugo de once no muertos que le rodeaban. Sus fuerzas habían sido suficientes como para destrozar los cuerpos de cuatro no muertos, pero su espada rota le había servido de muy poco, quedándose desarmado tras dejar su filo encajado en el cráneo de uno de los cadáveres. El peso de siete no muertos se cernió sobre él, echándolo de espaldas al suelo sobre un conjunto de vasijas de cerámica que se quebraran bajo su peso y el de los no muertos apilados unos sobre otros.

¡Malditos sean! ¡Suéltenme! – La voz imperiosa del paladín sonó mucho más débil de lo que hubiese deseado pero su urgencia denotaba claramente la desesperación y la impotencia – ¡Arg! – Exclamó un grito de dolor y furia mientras dos zombis lograban morder los costados del paladín con tal fiereza como la de un perro hambriento. Sacando fuerzas de flaqueza, Axelier lanzó por los aires a dos cadáveres usando ambas manos mientras que con un giro rápido lograra soltarse de los demás y ponerse a salvo a un par de metros de distancia.

Qhinn vio y escuchó la situación del guerrero, la cual no era más favorable que la de ella, pero sintió que debía apresurar su paso si deseaba salir de allá con algo de compañía. Sin embargo su carrera se vio interrumpida por un jalón, lanzándola de bruces al suelo. Con un breve vistazo se percató del cadáver que ahora la sujetaba por una de las colas mientras dos más se abalanzaban hacia las demás tratando de morder allá donde pensaban que podría haber grandes cantidades de carne en vez de un pelaje tan bromoso. De pronto, ahí echada en el suelo por esos breves instantes, un terrible dolor familiar le volvía a irrumpir el cuerpo y el alma mientras un zombi insertaba su mandíbula podrida entre el cuello y el hombro izquierdo que anteriormente ya había sido masticado.

Desesperada, Qhinn lanzó al no muerto a un lado librándose de su mordida mientras la sensación de cuatro o cinco mordiscos más le recorría la espina a través de sus peludas y voluminosas colas. El dolor fue insoportable, pero no era peor del que se le vendría encima si no salía de ahí antes de que una veintena de cadáveres extra la rodearan definitivamente. De nuevo el cosquilleo en su garganta y un hilillo de desesperación y miedo surcaron su mente tan rápido como la luz o el sonido. El pensamiento de vacío y la sensación de la muerte que se posaba sobre sus hombros cansados era más que evidente. El paladín tenía sus propios problemas y aún los separaban diez pies de distancia y una quincena de cadáveres. La muerte, como nunca antes la había sentido, la miraba desde lo más oscuro de aquellas terribles catacumbas –… No … -- Logró susurrar.

Al final del camino que había decidido tomar, justo en la tercera vuelta al interior de un pasillo similar a los anteriores, Khaelos se detuvo repentinamente. A sus pies solo se extendía la oscuridad y la nada. Tuvo que soltar la antigua espada bastarda para aferrarse a las paredes de aquel angosto camino sin retorno. Por suerte para él, tanto la espada como su propio ser se habían afianzado al irregular suelo del pasillo en lugar de caer al vacío de la oscuridad.

Las pisadas y el sonido de las placas de armadura del enorme esqueleto se escuchaban lejanas a espaldas del conde. El lugar era una encrucijada de cuatro caminos. Dando media vuelta, el camino a su izquierda es por donde había llegado hasta ahí. Frente a él se extendía otro camino similar todos los demás caminos, aunque no lograba divisar bifurcaciones como anteriormente; parecía un camino recto al menos a primera instancia. A su derecha el camino continuaba unos diez pies antes de llegar a otra bifurcación dividida de norte a sur. A sus espaldas, solo la oscuridad hasta una caída libra hacia la nada.

Pasó un minuto completo mientras Khaelos trataba de orientarse con sus sentidos arcanos pero su mente estaba nublada por la influencia que aquella fuente de poder nigromántico poseía en todo el lugar. Pero entre más tardara en tomar una decisión, más se alejaba el esqueleto de su posición. Tenía que darse prisa.

Axelier estaba rodeado por una multitud. Su cansancio al fin había cobrado factura mientras su espalda rozaba la pared del recinto y un gran número de cadáveres bloqueaban todas sus rutas de escape. Sentía la sangre recorrer su frente cegando parcialmente su ojo derecho. Sus piernas lastimadas por un gran número de golpes contundentes. Sus costados ardían con las mordidas que había recibido anteriormente, dejando las marcas negras y pútridas que seguramente habrían de infectar las heridas si no eran tratadas a la brevedad. No había indicios de que Khaelos volviese a su ayuda y mucho menos sabría decir si aquella muchacha tendría una mejor suerte que la de él. Estaba atrapado y acorralado como un perro; pero se sabe bien que es en esas situaciones cuando los perros son más peligrosos, pues ya no tienen nada que perder.

¡Golarn Makh Ugdúr! – Viendo cerca el final, Axel emitió un fuerte impacto de energía profana el cual lograría ahuyentar a más de la mitad de los cadáveres que se arremolinaban alrededor de Qhinn y de él. Los no muertos habían emprendido una huida frenética de vuelta al interior de sus celdas y hacia diversos rincones de la estancia mientras que algunos más habían resistido de buena manera el impulso de miedo para continuar con su lento y cansino avance como si nada. El aura mágica revigorizaba al paladín pero no lo sanaba, solo le permitía tener mayor claridad de pensamiento. Por fin respiraba con mayor tranquilidad a pesar de su precaria situación. Por fin miraba con ojos distintos aquel lugar de muerte y podredumbre. Por fin… Había algo raro.

Sin saber que era, el paladín profano estiró su mano hacia el cielo desde su posición actual. Permanecía arrodillado sobre una pierna en el suelo mientras parecía esperar de buena manera la muerte que se avecinaba pero, contra toda lógica, algo nuevo lo estaba llamando. Algo nuevo, pero altamente familiar – ¡Köme! – Gritó sin dudas en su voz ni en su mente. Por fin sabía lo que hacía. Por fin, después de demasiado tiempo.

Una ráfaga de energía profana surgió de pronto a espaldas del nigromante. Torpemente logró hacerse a un lado del camino justo a tiempo para ver lo que parecía ser una especie de rayo carmesí, proveniente de las profundidades a su espalda, y volando a gran velocidad a través de los caminos de las catacumbas. Se planteó por un momento seguir ese rayo de energía, pero tras breves instantes perdió de vista su resplandor haciendo de aquella persecución una mucho más impensable de ganar que la que actualmente mantenía.

Una luz roja iluminó los pasillos de las catacumbas mostrando siluetas oscuras y sombras de guerreros tallados en piedra y mármol cientos de años ocultos bajo las tinieblas y el musgo de las paredes. El rayo de luz resplandecía como una ráfaga de fuego infernal emitiendo un alarido similar al de una tetera en su punto máximo de ebullición. Era ensordecedor y a la vez reconfortante. Sin clemencia, el rayo desintegró a cinco de los cadáveres que desfilaban en fila frente al paladín para por fin terminar su trayecto justo en la mano derecha de Axelier. El paladín afirmó su agarre mientras aquella luz tomaba la forma de una espada plateada con una fuerte aura maligna impregnada en la hoja.

Una media sonrisa, cargada de vileza, brilló en el rostro del paladín mientras se reincorporaba con fuerzas recuperadas.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Jun 12, 2013 5:04 am

Argh... Maldito custodio, malditos demonios, maldito monasterio, maldito Elhías, malditos no-muertos, malditos monjes, maldito suelo, maldita niebla, maldito yo, maldita debilidad física, maldita falta de armadura... ¡Maldito sea todo! En apenas diez pasos que había dado a trote frenético ya notaba que no era el de antes. Mi respiración era irregular, y no pude evitar toser en más de una ocasión. Había perdido bastante la forma física, y sabía que necesitaría un tiempo de trabajar en ello para lograr a ser el hombre vigoroso y fuerte que una vez fui. Estaba cansado, y el aire de las catacumbas no mejoraba mi capacidad respiratoria en esos momentos, lo cual era malo para mí, bastante malo. Al parecer el custodio había sido efectivo en su tarea, después de todo... Lo peor era la parte que se estaban llevando mis pies y piernas por debajo de las rodillas, notando decenas de cortes y pinchazos que, aunque no ralentizaban mi avance, me hacían soltar quejidos de dolor y en más de una ocasión sonoras maldiciones. ¿¡Es que esa gente no limpiaba o qué!? ¿¡Cómo demonios llega a acumularse tanta mierda en un sitio así que, se supone, está abandonado casi en su mayoría!? ¿¡Y por qué demonios tenían esa jodida neblina en lugar de antorchas!? En aquellos momentos estaba demasiado cabreado como para contenerme, y eso era bueno. Parte de las fuerzas que sacaba venían de ahí.

Notaba el dolor en las piernas, las heridas en la piel, y encima el ambiente no hacía nada bueno por ellas, pero aquello no era malo para mí. El dolor me mantenía consciente, me mantenía alerta, me mantenía activo... Posiblemente era lo que me mantenía vivo. Afortunadamente podía seguir el ritmo, y mi mente seguía firme, aunque no estuviera en su mejor momento. Iba dejando marcas en las esquinas, sin detenerme para sí poder seguir en búsqueda del no-muerto. No sabía qué seguía, qué intención tenía, solo... Solo sabía que debía lograr encontrar algo que... ¿Me permitiera ayudar a Axelier? Siempre había sido un buen camarada, tanto él como yo, pero... ¿Tanto había cambiado que incluso en esas situaciones pensaba en otros antes que en mí? Tal vez... Todo lo que pasé en el monasterio fue una lección de humildad. Muy dura, pero... Sirvió, al menos.

Mi carrera se detuvo cuando giré el último recodo, y de no ser porque tuve reflejos suficientes la espada que llevaba en la mano y yo nos hubiéramos ido al infierno literalmente. Delante de mí se extendía el abismo, haciéndome imposible ir por ahí. Tuve que soltar la espada y todo para evitar caer al vacío, pero ésta afortunadamente quedó en el suelo del pasillo, en lugar de dejarme desarmado. Menos mal...

Escuché a lo lejos las pisadas y el sonido de la armadura del esqueleto a mis espaldas, pero desgraciadamente no sabía de cuál de los caminos provenía. Me hallaba en una encrucijada, una vez recogí la espada y me di media vuelta para poder observar los tres caminos que podía tomar. A mi izquierda, por donde había venido. A mi derecha, un camino que era como los demás, acabando en una bifurcación según parecía. Y delante mío... Delante mío un camino recto que parecía no tener final. ¿Habría ido por allí? Tal vez...

Cerca de un minuto fue el tiempo que necesité para orientarme como pude, pero desgraciadamente la fuente de poder me estaba nublando la cabeza, me hacía no pensar con claridad... Aunque no trataba de tomar control sobre mí, sí estaba afectando a mi capacidad de pensar... Pero no pareció afectar a mis reflejos. Como pude me eché a un lado nada más percibir la ráfaga de energía profana a mis espaldas, y vi una especie de rayo carmesí adentrarse por las catacumbas dirigiéndose a Elhías sabe donde. Y eso me hizo darme cuenta de algo. Mi mente estaba nublada, no podía pensar con claridad, pero... Había sido capaz de detectar aquél haz de magia a tiempo y apartarme. Había sido capaz de seguir adelante sin desfallecer a pesar de las heridas, había sido capaz de tomar un camino... En aquellos momentos un viejo amigo volvía a mí. El instinto. A él me iba a encomendar.

Empecé a andar hacia adelante, dejando que mi instinto fuera mi guía. Algo en mi interior me dijo que debía tomar ese camino, que debía dirigirme hacia ahí, llegar hasta el final, que algo importante hallaría. A cada paso que daba notaba como la respiración se me iba haciendo más difícil, la vista se me empezó a cansar poco a poco, y el cuerpo parecía dormirse. El dolor de mis piernas era menor, y notaba con una intensidad más pequeña los nuevos cortes que pudiera hacerme. Los sonidos a mi alrededor cada vez se iban apagando más y más, como si estuviera tapándomelos... Casi como si me estuviera sumergiendo en un lago. Pero no todo se apagó. Cincuenta pasos conté cuando de repente sentí una presencia poderosa frente a mí. No era el esqueleto al que buscaba, pero... Era un no-muerto... Y era poderoso. Bastante poderoso. Seguí avanzando hasta que finalmente llegué a una cripta que parecía intacta, en el centro de la cual había un sarcófago cubierto por una pesada losa de piedra. Entrecerré los ojos para poder verla mejor, y entonces sentí algo muy... Familiar, algo muy conocido... Notaba la presencia de mi linaje dentro de esa tumba. No sabía si por parte del no-muerto o no, pero... Había algo Kohlheim ahí dentro.

Empecé a concentrarme. ¿En qué? En nada en especial. Mi mente no pensaba con claridad en aquellos momentos, no podía pensar con claridad. Debía confiar en mi instinto y así dejé que fuera. Cerré los ojos unos instantes, tratando de despejarme, mientras me sentía como si estuviera en un sueño por culpa del adormecimiento. En aquellos momentos solo pensaba en que debía abrir esa tumba, vencer al no-muerto de su interior y volver a donde se encontraba Axelier, ayudarle a luchar contra los no-muertos y no volver a separarme de él. Igual que él me necesitaba, yo le necesitaba. Era el único camarada que estaba allí abajo conmigo. Era el único rostro conocido que veía en mucho tiempo. No podía abandonarle, no por tanto rato, y ya que lo había hecho, no podía volver con las manos vacías. Debía llegar más fuerte de como me fui, debía volver y ayudarle a combatir contra los no-muertos hasta que pudiéramos ponerlos en nuestro control. No podía dejarle abandonado.

Mi mente se volvió un torbellino de emociones. Rabia, responsabilidad, culpa, esperanza, ganas de sobrevivir... No pensaba en nada en concreto. Solamente dejaba que fueran mi cuerpo y mi espíritu quienes guiaran mi mente. Empecé a cargarme de esencia, a dejarla fluir libremente por mi cuerpo, a prepararme para el choque de titanes que iba a producirse. Mi mano derecha empuñó firmemente la espada, y usando la palma de esa mano para mantener apretada la espada contra la tumba sin cargármela, dejé que mi mano izquierda subiera para ayudarla. La losa de piedra se movió y cayó a un lado, y me preparé para la pelea. Mi espada estaba en la mano derecha, mi espíritu estaba preparándose para resistir cualquier cosa que lo que ahí dentro había pudiera arrojarme, y en mi mano izquierda se estaba acumulando la esencia de mi conjuro para dominar a los muertos. Mi mente no pensaba, era un mar de emociones guiadas por el instinto, preparando a mi cuerpo para defenderme... Y para atacar. Si tenía tiempo o instinto suficiente, le arrojaría el conjuro, y si no funcionaba... Seguramente trataría de atravesarle el cuello o el pecho con la espada al no-muerto. Si ambas cosas fallaban, solo me quedaba aguantar el golpe. Si de veras soy uno de los avatares de Elhías y la Madre Muerte... Que lo demostraran en ese momento.
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Khaelos Kohlheim
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Mar Jun 25, 2013 7:41 am

¡En el nombre del Señor de la Larga Muerte, los enviaré a todos al descanso eterno del olvido! – Las palabras del paladín de la dualidad resonaron en los rincones silenciosos de las catacumbas del Alba Roja. Uno a uno, los cinco zombis que asediaban el cuerpo maltrecho del paladín cayeron a sus pies como harapos usados. La espada del guerrero resplandecía un radiante carmesí mientras dibujaba una línea rojiza con cada surco que daba por el aire, interrumpiéndose por pocos instantes su flujo al cercenar los cuerpos desgastados de los muertos en vida.
 
Qhinnetherea se había quedado congelada en el suelo del corredor de la muerte. Ansiosa observaba como el paladín, al que había creído bondadoso, disfrutaba de la masacre que estaba brindando a los cadáveres putrefactos. Era como si el placer y el deber del paladín fueran uno mismo, o quizá tan solo fuera la euforia que tan reluciente hoja le estaba brindando. No lo sabía, y esperaba que no fuera ella la siguiente en probar el filo de su espada de sangre.
 
El dolor de las decenas de heridas en su cuerpo le sacaron de su ensimismamiento. Como pudo, Qhinn logró asir la pierna de Axelier mientras la voz, que recién volvía a inundar su garganta, formulaba una súplica de auxilio. El paladín la miró directamente a los ojos con un brillo siniestro inundado de sangre y muerte. Por un instante la hörigen creyó que encontraría la muerte en ese mismo momento y se lamentaba no haber logrado escapar de ese horrible lugar y ver nuevamente los bosques y los lagos que tanta inspiración le brindaban. Lamentó no poder volver a visitar las posadas llenas de hombres dispuestos a todo por ver sus pechos y escuchar sus melodías. Lamentó no haber sido el instrumento de Mordekaiser, quien sin duda la había abandonado a su suerte hacía tanto tiempo que dolía siquiera tratar de calcular. Pero sobre todo, lamentaba no haber podido hacer nada por su demonio. Aquél demonio que en medio de toda esa perversión a la que estaban expuestos había logrado brindar paz a su cautiva y a su propia alma. Lamentaba no haber podido hacer más por Vex.
 
La muerte te reclama mujer demonio – Dijo el paladín de la muerte mientras decapitaba a dos zombis con un solo corte de su espada, sin dejar de mirar a la hörigen – Las almas putrefactas de estos antiguos monjes no han probado la calidez de una mujer en siglos. Sería un crimen privarlos de tal manjar – Una siniestra sonrisa se alcanzó a divisar en su rostro. Sin duda no era un error, Qhinn sabía que aquel hombre en verdad quería decir lo que había dicho. Sus ojos revelaban su locura interna. El cuerpo de la mujer se estremeció y se retorció cuando una mordida más le había alcanzado el muslo. La espada del guerrero formó una línea vertical en dirección a la hörigen sin que el paladín desviara la mirada de su rostro. Cerró los ojos impotente y llorando en silencio.
 
La desesperanza abundaba en el corazón y la mente del conde nigromante. Las heridas le escocían los pies y las piernas mientras la terrible quemadura de la bola de fuego del custodio seguía causando estragos en la resistencia física del guerrero. Khaelos había decidido adentrarse en un laberinto de muerte siguiendo a un fantasma de huesos que había perdido de vista hacía ya varios minutos. Sus sentidos estaban nublados. La única buena noticia que tenía era que podría volver siguiendo sus pasos y sus marcas hasta la entrada de aquel confuso lugar. Pero sería una bochornosa volver a ver al paladín con las manos vacías y el cuerpo maltrecho, y sabía bien que aquella carrera imprevista pudo interpretarse como cobardía. No podía deshonrarse frente a su camarada de esa manera.
 
El pasillo que había decidido tomar se habría de extender varios metros en línea recta hasta una tumba abandonada tiempo ya. Una inmensa sofocación le había atormentado durante todo el traslado, nublando aún más sus sentidos, pero la sensación que sintió al acercarse al ataúd del centro de la habitación lo dejó sin palabras.
 
Era evidente que el lugar había sido el último lugar de descanso de algún monje importante, las decoraciones así lo confirmaban. El tiempo había pasado a través de los jirones de los estandartes de hilo dorado que colgaban en la pared del fondo. Las velas, consumidas siglos atrás, formaban una cascada congelada de cera, cubriendo una gran parte de las paredes de la estancia. El brillo de cientos de monedas de oro y platino se lograba distinguir en diversos rincones de la habitación, disimulados por el tenue brillo verdoso del suelo. La niebla que cubría la superficie del suelo había quedado muy atrás, en alguna parte del oscuro camino que había recorrido para llegar hasta ahí, pero el nigromante no se percató de ello hasta que comprendió que aquella habitación estaba perfectamente iluminada por el fulgor. Su sorpresa fue inmensa. Pero mucho más lo fue descubrir que, al interior de la tumba sin nombre que yacía a escasos metros de él, existía la presencia de su familia.
 
La presencia de su linaje provenía del interior del ataúd, encerrada por una loza de piedra que no había sido perturbada en años. Pero dicha presencia no estaba sola. Al interior del mismo lugar, una poderosa presencia inundaba el recinto y los sentidos del guerrero. Un no muerto de gran poder descansaba al interior, y seguramente no estaría feliz de que un mortal le interrumpiera el sueño. Pero era demasiado tarde para dar vuelta atrás. Khaelos había llegado hasta ahí por su propio pie. Había resistido las torturas de los demonios por tanto tiempo que parecía una eternidad, y aún seguía con vida. Había recorrido los caminos de muerte de aquel monasterio venido a menos utilizando solo su fuerza de voluntad y la ayuda de un compañero en las mismas condiciones. Había superado la locura de la soledad y la desesperanza. Sería una blasfemia a su nombre y a sus ancestros dar la espalda a lo que bien podría ser la respuesta que tanto había buscado en ese lugar.
 
Preparado para todo, con la espada en una mano y la magia en la otra, deslizó la losa de piedra a un lado y dio una calurosa bienvenida a la muerte que descansaba en el interior. La negrura del aura profana de su magia cubrió el cadáver que descansaba en la tumba justo en el instante en que su mirada se cruzó con las cuencas vacías del cráneo de un no muerto que despertaba de su estasis, inundando dichas cuencas con un fulgor similar al del fuego. Después, oscuridad absoluta.
 
Los no muertos restantes habían sido eliminados por el paladín. Aún se agitaba una multitud de no muertos al interior de las celdas y a lo largo del pasillo por donde había llegado Qhinn, pero ya no eran una amenaza. Axelier avanzaba en sentido contrario llevando a cuestas a la mujer, quien aún no podía creer que siguiera con vida. Tras avanzar en silencio algunos metros, el hombre la arrojó al suelo con la poca sutileza que logró concretar. Un par de cortes más se produjeron en los brazos de la hörigen al encontrar un par de espadas en el suelo.
 
Khaelos tomó este camino – Axelier hablaba para sí mismo, o al menos eso le pareció a la mujer quien comenzaba a aplicar ungüento en sus múltiples heridas con la esperanza de no coger una infección, o peores cosas – Los dioses sean piadosos con él si simplemente ha huido por miedo, porque yo no lo seré.
 
El paladín se tomó un tiempo para revisar el entorno. La espesa niebla cubría el fulgor luminoso que emitía el piso. La presencia de muertos vivientes se concentraba principalmente al interior del otro camino y en las celdas que ya había visitado. Piedras de escombro precipitándose al suelo, a escasos metros de distancia de ellos, lo alertaron mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad del espacio vacío que había a sus espaldas. Un enorme bulto destacaba por sobre el piso, revelando una inmensa mancha oscura que cubría por completo el brillo del suelo. Era el cadáver del custodio.
 
Así que aquí fue a caer este malnacido – El paladín rodeó el cadáver examinándolo. Estaba boca abajo y había dejado un cráter de medio metro de profundidad. Todos sus huesos estaban destrozados, como era de suponer, y su cuerpo presentaba enormes bultos de sangre coagulada y viseras que no habían logrado eludir el mismo final de su anfitrión. Sin embargo algo llamó la atención del paladín. Una pequeña orbe de cristal, nada diferente de una canica de vidrio, se encontraba flotando sobre el charco de sangre que manaba de lo que anteriormente había sido el hocico del Custodio. Axelier la tomó sin pensarlo demasiado y la guardó en uno de los remanentes de bolcillos que quedaban en la cintura de su destrozada armadura.
 
Aparentemente estamos a salvo mujer – Dijo el paladín mientras observaba a la hörigen sin mucho interés. Ya se había cubierto la mayoría de sus heridas, pero el ardor del ungüento la hacía esbozar gestos de dolor.
 
Mi… -- Comenzó a hablar entrecortadamente, como si le faltara el aliento tras una larga carrera – Mi nombre es Qhinnetherea. Deja de llamarme mujer – Su mirada era seria pero el tono de su voz sonó más débil de lo que hubiese deseado, restando algo de importancia a lo que decía.
 
Me da lo mismo mujer – Contestó Axelier remarcando claramente su última palabra con un tono de prepotencia – Si sigues con vida es por mí, me perteneces. No me hagas lamentar el haberte salvado de ser devorada – Se dio la vuelta con indiferencia sin percatarse de la seña obscena que Qhinn le había dedicado – El camino que mi compañero tomó se adentra en este laberinto, pero este otro camino – Se detuvo para inspeccionar la niebla del piso delante del otro pasillo oscuro. La neblina avanzaba hacia el exterior del camino como si de una corriente de agua se tratara, lo cual le hizo suponer que cualquier cosa que estuviese produciéndola provenía de ahí – Hay que descansar mujer. No es probable que los muertos nos hagan una nueva visita mientras yo tenga esta espada en mis manos, y si quieres salir con vida de este lugar será mejor que puedas seguir mi paso y no me retrases.
 
Sin decir más palabras que un par de maldiciones hacia sus adentros, Qhinn asintió y se recostó en el suelo sobre un pedazo de cuero viejo y sus colas mancilladas. Aún no podía creer que la voz le hubiese vuelto como si nada y pensaba en por qué y el cómo sin dejar de mirar al guerrero que se había recostado sobre una esquina de la pared justo en frente de ella. No había tardado demasiado para caer dormido. Seguramente estaba exhausto, pero no lo demostraba con ese deje de orgullo y prepotencia. Por un momento pensó en aprovechar la oportunidad y acabar con su vida mientras dormía, pero pronto descartó esa idea al observar como sujetaba la empuñadura de su espada a pesar de estar profundamente dormido. No le gustaban nada las palabras de aquel hombre, pero ella sabía muy bien que todo era verdad. Le debía la vida y sin su ayuda no saldría con vida de ese espantoso lugar. Si tenía que escoger entre un demonio verdadero y uno con piel humana prefería cien veces el humano que al menos no la había herido físicamente hasta ahora. En pocos minutos ella también cayó rendida ante el sueño y el cansancio.
 
 
La energía oscura, que su conjuro de control había generado, se había disipado por completo mientras los ojos carmesís de Khaelos luchaban por mantener su mirada directo en las cuencas de fuego del esqueleto que le miraba fijamente desde el interior de su ataúd. El conjuro había fallado categóricamente. Su diestra tenía la orden de atacar con la bastarda oxidada pero su brazo era sujetado a la altura del codo por la esquelética mano del no muerto. Era demasiado fuerte, o quizá era simplemente que sus sentidos aún seguían nublados y sus músculos atrofiados por la falta de alimentos y descanso. Tuvo tiempo suficiente para pensar mientras volaba algunos metros a través de la habitación para después caer de espalda sobre un grupo de huesos antiguos.
 
El no muerto abandonó su lugar de descanso tras arrojar al guerrero. En las historias sobre los no muertos más poderosos de los que había leído, durante sus largas horas de estudio sobre la nigromancia y el poder arcano, los Liches ocupaban un lugar de honor en la cima de cualquier escala de poderío. Poderosos usuarios de la magia que habían perecido en situaciones catastróficas de forma repentina o hechiceros tan hambrientos de poder que abandonaban voluntariamente la vida para obtener el poder de la no muerte eran los candidatos perfectos para convertirse en Liches. Y ahora Khaelos veía a uno por primera vez.
 
Bruzz… ¿Korglaa Zök neruz Kohlheim? – Valla… ¿acaso un Kohlheim me visita? – ¿Roogart vazüt ssmet froztek graall? – ¿Es que tu familia no se cansa de atormentarme? -- ¡¡¡KRÄK TROZ DÜLL ZONÉK KOHLHEIM!!! – ¡¡¡ESTA VEZ SERÁ MUY DIFERENTE KOHLHEIM!!!
 
El imponente no muerto había dejado sin habla al descendiente de nigromantes y guerreros legendarios. El Liche flotaba a escasos centímetros de su ataúd mientras hablaba sin dejar que Khaelos pudiese contestar a ninguna de las acusaciones. Portaba unas túnicas harapientas cubiertas de polvo y telarañas. El símbolo del Alba Roja aún se podía ver en las costuras del cruce y el cinturón de tela que débilmente resistía sujeta a la cadera del cadáver. En la mano izquierda llevaba un libro tan antiguo y derruido que era un verdadero milagro que no se hiciera pedazos con el leve movimiento del viento. En la derecha tenía un cetro más similar a una maza pequeña de sacerdote que a un objeto mágico y, sin embargo, el poder que radiaba se sentía aunque no se podía ver. Pero lo que más llamaba la atención era la corona de tres picos que adornaba la cabeza del cadáver. El oro del que estaba hecha estaba en impecables condiciones, como si la hubiesen terminado de pulir apenas unos minutos antes. De él se podía sentir una fuerza nigromántica terrible y, a la vez, familiar. En la parte frontal, el escudo que había sido utilizado trescientos años atrás por la familia Kholheim se podía divisar claramente.
 
Sin el menor esbozo de esfuerzo, el Liche había levantado de entre los escombros a tres esqueletos desarmados pero con las intenciones de ir a por el guerrero que se tambaleaba confuso y aturdido. Una rencilla que siglos atrás había comenzado aquel desgraciado, ahora debía ser terminada por un descendiente de quien fuera el que había ofendido al poderoso no muerto frente a él. Ya no hay vuelta atrás.
 
 
Alguien viene – Dijo el paladín mientras sacudía a Qhinn, sacándola de su letargo – Son dos presencias similares. Ambas muy poderosas. Los he sentido demasiado tarde y doblaran en aquella esquina en cualquier momento – Apuntó al interior del pasillo que había tomado el conde nigromante hacía varias horas atrás. La expresión de Qhinn era de terror. Ya no sabía que esperar en esos oscuros rincones del monasterio, y si la situación era tan grave como para erizar los cabellos del paladín ¿Qué esperanzas había ahí para ella?
 
No me sirves si tienes miedo – Dijo Axelier en un tono cruel tras ver la expresión de terror en el rostro de la mujer – Ve a esconderte tras el cadáver del Custodio y espera el momento indicado para salir – Le volvió a dedicar una mirada despectiva – O reza a tus dioses, quienes quieran que sean. Quizá les importe un comino lo que los mortales hagamos, pero seguro se interesan por ver como muere una de sus seguidoras.
 
No lo quiso admitir abiertamente, pero Qhinn también sintió las dos presencias que se acercaban y sabía perfectamente que no era rival para ellas, menos en su condición actual. Dedicando una mirada de rencor, Qhinn asintió a las palabras del paladín no sin antes hacerle patente su intención de ayudar y no huir.
 
Sal de ahí desgraciado cadáver – Dijo el paladín mientras mantenía su guardia alta a la espera de cualquier cosa – Sal de las sombras y enfréntate al juicio final de la Larga Muerte – Una enorme silueta se divisó al final del pasillo. Era dos veces más alto que Axelier pero más delgado a pesar de que el humano estaba claramente desnutrido.
 
Se trataba de un constructo creado a partir de los huesos de cientos de cadáveres. No poseía armaduras, pero tenía tantas capas de hueso que sería una hazaña lograr generar algún daño en tal superficie tan solo con una espada. Tenía dos cabezas, una era claramente humana mientras que la más frontal pertenecía a algún demonio muerto. Su cuerpo era irregular. Tenía el brazo izquierdo más largo que el derecho y la pierna derecha más pequeña y frágil que la izquierda. Una doble cola de huesos y púas enmarcaban una de las creaciones nigrománticas más complejas y escalofriantes que jamás había tenido oportunidad de ver. Tal como no vio a tiempo la enorme bola de hierro negro que colgaba de su brazo izquierdo y era arrastrada a través del piso con extrema facilidad. La bola estaba pegada a una cadena del mismo metal y, tras un grito hostil de la criatura, el pesado objeto voló en dirección al guerrero.
 
El grito ahogado de dolor que exclamo el paladín fue fugaz, pues no tenía tiempo para detenerse a pensar en lo que pudiese pasar ahora. A duras penas había logrado esquivar el impacto directo de la bola de hierro pero su movimiento no había sido del todo veloz, convirtiendo su hombro izquierdo en un enjambre de abejas picoteando el interior de la carne en forma de astillas de sus destrozados huesos.
 
Había perdido el uso del brazo, pero eso no le impidió cargar con furia cegadora a la criatura que le esperaba a escasos metros de distancia con sus fauces bien abiertas y la cola encorvada como si se tratase de un escorpión.
 
No había vuelta atrás.
No había nada más que hacer.

Solo podían seguir, y morir de la forma que mejor les pareciera…


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Jun 26, 2013 11:08 pm

¿Estaba desesperado en aquellos momentos? Sí, y mucho. Iba a despertar de su letargo a una criatura no-muerta de gran poder para poder obtener los objetos familiares y así ayudar al paladín dual, a quien esperaba que la suerte acompañara y siguiera vivo. Cada segundo que pasaba era crucial, y por eso mismo, lejos de dar media vuelta y dejar tranquilo al ente, decidí desafiarlo o hacer lo que fuera que debiera hacer para poder obtener suficiente poder para ser más una ayuda que un estorbo. Las heridas me escocían, en especial la del pecho que parecía restarme fuerzas a cada instante, y en más de una ocasión me flaqueaba el cuerpo. Solo mi magia y mi fuerza de voluntad se mantenían firmes y fuertes. Debía seguir así.

La catacumba que había hallado indicaba a todas luces que se trataba del sepulcro de algún monje de importancia. Los estandartes de hilo dorado, aunque estaban maltrechos, reflejaban la importancia de antaño, y la gran cantidad de velas ayudaba a esa sensación. Había una gran cantidad de monedas valiosas por doquier, disimuladas por el brillo verdoso que había en el suelo, y la niebla había desaparecido para mi sorpresa, pues el sitio estaba bien iluminado. Lo más impactante, sin embargo, era notar mi linaje en el interior de la tumba. Debía abrirla. Estaba obligado a ello, casi. ¿Por preservar la herencia, por honrar a mi familia? No, pero de lograr salir de ahí sería una buena forma de proclamar que soy digno de ser quien soy. De demostrar que había superado al resto de Kohlheim en la historia. Estar allí abajo me había enseñado que el apellido no era importante. Muchos de los cimientos sobre los que mi vida se sustentaban habían caído y me habían revelado qué era lo importante. Aquellos a los que queremos, en esta ocasión representado por mi padre cuya aparición, por mucho que fuera una alucinación, me había dado fuerzas. Los amigos, los camaradas de armas, en esta ocasión representado por Axelier, con quien había luchado por sobrevivir a ese sitio, y por quien iba en esos momentos a librar una dura batalla con tal de lograr suficiente poder como para poder ayudarle a sobrevivir. Eso era lo que en aquellos momentos me impulsaba a salir de ahí. Eso, y que tenía todavía mucho que hacer. No iba a rendirme y desperdiciar mi vida en aquél estercolero. Saldría de ahí matando a todo el que se interpusiera en mi camino... O moriría en el intento, llevándome por delante a cuantos bastardos pudiera antes de caer. ¿Esperanza? De eso no me quedaba. Solo obstinación. Iba a ser una presa difícil de cazar.

Abrí la lápida y rápidamente me preparé para atacar a la criatura. Mi conjuro le impactó, sí, pero se disipó al fallar por culpa de la potente capacidad mágica de aquél ser que pronto reconocí como un liche, y mi brazo armado fue atrapado a la altura del codo por la mano esquelética del no-muerto, sabiendo en aquellos momentos que bueno... Estaba algo jodido. Salí despedido, soltando la espada bastarda y acabando tirado de espaldas sobre un montón de huesos. Solté algunos quejidos de dolor, mientras trataba de recomponerme y cerraba los ojos unos instantes por el impacto. Estaba contra un liche... Definitivamente, soy un suicida. En especial porque, aunque hubiera sabido que me iba a topar con una criatura de aquella índole, habría abierto el sarcófago de todos modos. Al menos podría iba a obtener información, porque el liche dijo algo de mi familia. ¿Atormentarle? Por los dioses... ¿¡A cuánta maldita gente ha jodido en el pasado mi familia!? Sabía que teníamos enemigos, pero... No esperaba hallarme a uno en aquellas condiciones ni de aquella manera. Me senté antes de quedarme mirando al no-muerto, el cual flotaba a escasos centímetros del ataúd, y yo me quedé mirándolo. Distinguí el símbolo del Alba Roja en costuras y la hebilla del cinturón, en su mano izquierda llevaba un libro que en cualquier momento bien podría volverse polvo, y en la diestra llevaba una especie de mazo de sacerdote, el cual irradiaba cierto poder. Sin embargo, lo más curioso era su corona de tres picos... Se conservaba bien, tenía la esencia de mi linaje además de una poderosa fuerza necromántica, y... El dragón carmesí en fondo negro estaba grabado en el escudo de dicha corona. El símbolo de los Kohlheim.

Me quedé sentado, mirándolo mientras levantaba tres esqueletos afortunadamente desarmados. Miré a mi lado y vi una maza de armas de aspecto casi ornamental. Al otro lado de la sala había una espada de aspecto oriental, considerablemente de mejor calidad armamentística que el mangual que había a mi lado, pero con un gran impedimento para obtenerla. Los no-muertos. Agarrando el arma de tres cabezas empecé a incorporarme, mientras reía levemente, entre toses por hacerlo. Me quedé mirando al liche y empecé a hablar, negando con la cabeza y reflejándole bien que el hombre al que tenía delante seguramente no era como otros Kohlheim que podría haber conocido. Carraspeé para poder pronunciar bien y empecé a hablar en la lengua de los muertos: -Bien... De nuevo a mí me toca ser el imbécil de turno que ha de reparar todos los daños y errores que mi casa ha cometido en el pasado. Perfecto, sencillamente perfecto... De momento vayamos por partes... Mi nombre es Khaelos, si puedes llamarme de esa manera y no por mi apellido del cual en estos momentos no me siento especialmente orgulloso ni afortunado por poseerlo, mejor, y si me dices tu nombre, entonces perfecto. En segundo lugar, perdóname por haberte lanzado un conjuro y haber tratado de ensartarte con mi espada, pero entre que llevo a saber cuánto tiempo capturado por los mil veces malditos demonios que llevan quién sabe cuánto profanando este monasterio con su presencia y los usos que le están dando, y la bienvenida que me han dado las pobres almas atormentadas de los que han sido torturados y masacrados en este monasterio... Dudaba mucho de que fueras a recibirme con un pedazo de tarta y una sonrisa.-

Empuñé con toda la fuerza que podía la maza de armas y sin dejar de mirarle, para lanzar el conjuro de levantar muertos hacia el cadáver inanimado más cercano a mí. Aunque no era fácil concentrarse, lo intenté, y una vez lancé el conjuro seguí hablándole al liche en aquella lengua que ambos conocíamos: -Aquí viene el asunto. No sé qué demonios te ha hecho mi familia en el pasado, no sé por qué tienes una corona en la que está el símbolo de los míos, y está claro que yo no soy el imbécil que te hizo quién sabe qué. Sé que no te bastarán unas disculpas, así que dime qué quieres que haga para compensarte que no implique ni mi muerte ni mi alma a poder ser y lo haré. De todos modos, en tus ropajes distingo el símbolo del Alba Roja, y yo te pregunto... ¿En serio? ¿De veras quieres ponerte a pelear contra mí cuando tu monasterio está infestado de demonios? Puedes ser muy poderoso pero ahí arriba no te doy ni cinco minutos antes de que te conviertan en polvo. No, no es orgullo, sé que a mí también me barrerían en poco rato de ir solo. Ahí viene la cuestión, liche... ¿Vas a atacarme para zanjar una rencilla de tu pasado de la cual yo ni siquiera estoy enterado ni soy responsable, o posponemos ese duelo si sigues teniendo ganas de hacerlo y primero nos encargamos de lo importante que es matar a todo demonio que habita en estos lares? Si quieres atacarme, adelante, luchemos. No tengo nada que perder, solo la vida, y viendo el panorama poco me importa que eso suceda, pero eso no significa que vaya a darla con facilidad. Si aún deseas matarme, adelante, inténtalo. Seguramente vas a lograrlo pero te avanzo ya de que no voy a ser una presa fácil y combatiré hasta mi último aliento.-

Mantuve el conjuro activo, esperando que me proporcionara algún tipo de refuerzo, y me quedé mirando al liche a los ojos, con la maza a un lado, preparada para atacar al primer bastardo que se me acercara, y finalmente hablé: -¿Y bien? ¿Qué eliges? ¿Dejarme tranquilo y ayudarme a sacar toda la basura demoníaca de este templo o atacar al perro sarnoso y rabioso en que me he convertido?-

La sonrisa en mis labios reflejaba hasta qué punto había dejado de importarme la posibilidad de morir, el ser un Kohlheim, el estar tan venido a menos tras todo lo que había pasado. Aquél liche tenía en aquellos momentos a un hombre que había cambiado la esperanza por temeridad, el orgullo por obstinación, la arrogancia por aceptación. Si iba a morir en aquél lugar, que así fuera, pero iba a luchar como una rata acorralada, ya fuera solo o ayudado por los cadáveres que pudiera levantar con mi conjuro. Y si no iba a morir... En ese caso los demonios podrían irse preparando porque ya no solo seríamos un guerrero nigromante y un paladín dual, ambos venidos a menos... Contaríamos con la ayuda del liche. O al menos con su equipo.
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Khaelos Kohlheim
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Jue Jul 04, 2013 12:27 am

La situación no era especialmente alentadora para el guerrero nigromante, quien ahora temblaba ante la imponente y abrumadora presencia del poderoso no muerto frente a él. Las opciones eran aún más limitadas que en ocasiones anteriores. La astucia y la buena fortuna le habían ayudado a escapar del yugo de su carcelero. Un camarada y lo viejo de la estructura del edificio, en el que ya se sentía residente permanente, le habían salvado por los pelos al enfrentarse al terrible Custodio. La osadía y el orgullo le habían llevado a explotar hasta el último gramo de valentía y tenacidad por descender en las fauces de la muerte que las Catacumbas le aguardaban, a pesar de que su cuerpo y su mente flaqueaban con cada paso adelante y cada tres hacia atrás.

Sin embargo aquello estaba fuera de su control. Ni siquiera la testarudez innata de los Kohlheim le podría ayudar a la hora de enfrentarse a la muerte en vida que profería el Liche con rencillas familiares, o al menos eso estaba por comprobarse.

En un intento por ponerse en contacto con el enfurecido Liche, quien ya preparaba a sus esclavos para comenzar su ataque, Khaelos comenzó a hablar de forma pretenciosa y orgullosa. Hablaba irónicamente y provocaba al no muerto de tal manera que la familiaridad entre ambos fuese un poco más estrecha que una simple sarta de amenazas y aseveraciones sin fundamentos. Hablaba con el tono de un noble que ya no tenía nada más que perder. Con el tono de un nigromante venido a menos. Con el tono de un hombre libre que lo daría todo por un día más o una muerte digna. Hablaba por hablar, y fue escuchado.

¡JA-JA-JA-JA-JA! – La fantasmagórica risa del Liche resonó interminable gracias al eco que se extendió a lo largo del pasillo por donde Khaelos había arribado a su morada. El idioma de los muertos que pronunciaba el necromago tenía un deje de acento extraño que resultaba familiar para el Conde, quien se aferraba fuertemente a su arma de oro y gemas preciosas a la espera de una respuesta desfavorable, pero esta no llegó – ¡TE PARAS ANTE MÍ CON EL ORGULLO DE UN KOHLHEIM ¿Y ME EXIGES QUE NO TE LLAME ASÍ?! – Khaelos hubiese esbozado una sonrisa de no haber estado tan estresado – TU FAMILIA ME DESTERRÓ AL EXILIO EN ESTE MONASTERIO. TU FAMILIA DERRIBÓ LAS PUERTAS DE MI HOGAR Y MASACRÓ A MI FAMILIA SOLO POR PERTENECER AL IMPERIO. TU FAMILIA ES DE HIPÓCRITAS Y DESGRACIADOS NIGROMANTES, JOVEN KHAELOS. COMPARADO CON LOS DEMONIOS QUE ASOLAN ESTE PÚTRIDO LUGAR NO SE QUIEN ES EL PEOR.

El Liche termino de hablar pero su imperiosa voz aún tardó unos segundos en desaparecer del ambiente. Sus sonidos guturales y la fantasmagórica entonación del lenguaje de los muertos lo ocultaban bien, pero a Khaelos ya no le quedaba duda de porque le era tan familiar el timbre de su voz. Se trataba de un Imperial, pero no de cualquier imperial de la actualidad. No. Aquel acento era digno de las familias nobles conocidas como Chandriël, un linaje descendiente de nobles de la antigüedad, cuando las guerras entre Zhakhesh y el Imperio aún no comenzaban y el mundo era más joven y supersticioso. Escrudiñó en su mente tratando de recordar a algún personaje imperial que hubiese sido víctima de las atrocidades de sus antepasados, pero en ese momento no podía si no concentrarse en su conjuro de invocación, por lo que guardó ese pensamiento para más adelante.

El conde continuó hablando ya que había logrado la atención del no muerto. Esta vez su intención era diferente. No provocaría al Liche a un debate familiar, sino que lo abordaría con una propuesta. Una de unión y tolerancia encaminada a un bien común. Pensaba que el Liche sentiría tentadora la opción de unir sus fuerzas con las del humano, pero no guardaba demasiadas esperanzas para sí mismo pues ¿Qué diferencia haría su limitado poder actual en comparación con aquel que emanaba a borbotones el no muerto? Sin embargo, el Liche contestó en vez de simplemente acallarlo. Otro éxito, por así decirlo.

HABLAS COMO SI TUVIESES ALGUNA OPORTUNIDAD DE DERROTARME, KOHLHEIM. ERES ESTÚPIDO Y ARROGANTE COMO TODOS TUS PREDECESORES ¿Y NO QUIERES QUE TE RELACIONE CON LOS QUE COMPARTIERON TU APELLIDO ANTES DE TI? – El no muerto dejó salir un resoplido que bien podía interpretarse como un deje de burla. Khaelos estaba sin palabras, pero esperaba paciente una reacción más favorable – NO JOVEN KOHLHEIM. LAS COSAS NO SON NEGRAS NI BLANCAS PARA MÍ, HACE MUCHO TIEMPO DEJÉ DE DISTINGUIR LOS MATICES DE LAS COSAS – Un rayo de energía necrótica salió disparado de las cuencas vacías del Liche y se fueron a impactar directamente con las rodillas de Khaelos quien, sin poderlo evitar, cayó de rodillas al suelo víctima del dolor. El ataque había roto por completo la poca concentración que tenía, anulando su próximo conjuro.

En un abrir y cerrar de ojos, ya no eran tres si no ocho esqueletos levantados por la voluntad del Liche. Prácticamente no había hecho nada más que parpadear y ahí estaba ya un grupo mayor de muertos vivientes. El conde comenzaba a comprender que su única opción de supervivencia sería huir de ese lugar cuanto antes, pero eso solo sería posible si no estuviese tan exhausto y deteriorado. La mera idea de volver a estar en la seguridad de su celda le invadió por unos segundos, pero inmediatamente reprimió ese impulso cobarde e indigno para devolver una mirada tan vacía como las cuencas oculares que ahora observaba sin desviar la mirada.

AH – Dijo el Liche al paso de tres segundos – AL FIN VEO EN TI ESE BRILLO EN TUS OJOS. ESE BRILLO DE ODIO Y RESIGNACIÓN DIGNO DE LOS DE TU LINAJE – Seis esqueletos más se levantaron a espaldas del Liche, cubriendo por completo el resquicio que había entre los cadáveres y aquella espada enfundada a la que Khaelos le había puesto el ojo. Por fin se había quedado sin opciones – NO JOVEN KHAELOS. TU NO PUEDES NEGAR LA VERDAD DE TU LINAJE NI PUEDES FINGIR QUE LA MISMA Y HORRIBLE SANGRE KOHLHEIM CORRE POR TUS VENAS Y ALIMENTA ESE RENCOR QUE AHORA MISMO SIENTES HACIA MÍ – De haber tenido labios o piel habría jurado que el Liche esbozaba una sonrisa de satisfacción. En cambio simplemente mantuvo alineada su afilada dentadura con su mandíbula rígida e imponente – SIN EMBARGO TIENES RAZÓN EN UN ASUNTO – El sentimiento de derrota e impotencia del nigromante se transformó en una profunda curiosidad a la cual no se atrevería a llamar esperanza. Era como una pequeña flama tratando de aferrarse a su vela en medio de una tormenta. Los catorce esqueletos invocados cayeron de vuelta al suelo como títeres a quienes les cortaran las cuerdas.

DURANTE SIGLOS HE ESPERADO UNA OPORTUNIDAD COMO ESTA, KHAELOS KOHLHEIM, Y NO PERMITIRÉ QUE SE ME ESCAPE DE LAS MANOS EN ESTA OCASIÓN – Sin contemplaciones, el Liche hizo flotar a Khaelos con su poder, elevando al humano hasta que ambos pudieron verse a los ojos sin inclinar el cuello – ESTA CORONA ME MANTIENE APRISIONADO EN EL EXILIO. RETÍRALA Y TUYO SERÁ EL PODER DE CAMBIAR TU PROPIO DESTINO Y ENMENDAR LOS MALES QUE TU FAMILIA HA CAUSADO A LA MÍA – Una risa gutural se escuchaba a través del cuello y las cervicales deterioradas del cadáver – RETIRA ESTA CORONA EN NOMBRE DE TU ANTECESOR, LORD AMATHEUS KOHLHEIM. HAZ ESTO, Y TUYA SERÁ MI GRATITUD. NIEGATE Y CONOCERÁS EL SIGNIFICADO DE LA PALABRA “OLVIDO”

De pronto todo parecía tan claro. El hecho de que ahora sabía que el Liche fue hace siglos atrás Lord Morial Griscount, un nigromante acusado de herejía y conspiración tras la muerte de un prominente señor el cual no recordaba su nombre. No fue sino el mismísimo Amatheus Kohlheim quien capturara y nulificara los poderes arcanos de Lord Griscount años antes de que los Kohlheim obtuvieran su título nobiliario. Para lograrlo, la historia decía que había sido necesaria la ayuda de los propios vínculos mágicos que alimentaban el poder de Morial. La corona que ahora portaba el Liche había sido el sello, el cual había sido grabado al interior con la sangre del mismísimo Amatheus en persona. Nunca se divulgó el lugar al que había sido exiliado, pero debió haber sido trasladado en varias ocasiones hasta llegar al Monasterio del Alba Roja, donde sin duda los monjes de la abadía le vestirían como uno de ellos para ocultar su verdadera identidad, a pesar que desde su captura el Lord Morial nunca habría de volver a abandonar su ataúd.
Otro hecho que ahora era tan dolorosamente evidente para Khaelos era que estaba a su merced. Si le ayudaba y hacía lo que el Liche ordenaba seguramente liberaría un mal terrible, aunque después de lo que ya había vivido no habría mucha diferencia a la actualidad. Y por otro lado, si se negaba igualmente estaría acabado. Jamás había sido tan definitiva una decisión en su pasado y lamentaba el hecho de que, pasase lo que pasara, nadie más que un cadáver y él serían testigos del momento. No sin antes luchar.

En un intento desesperado por salir del yugo controlador del Liche, Khaelos usó la fuerza que le quedaba para intentar lastimar al no muerto con su maza dorada. Las tres cabezas del arma surcaron el aire dibujando un arco luminoso en dirección al rostro, por así decirle, del necromago. Un “¡Toc!” sonó cuando el arma y los huesos encontraron contacto. El rostro del conde se iluminó por un momento mientras observaba como giraba el cráneo de su enemigo ciento ochenta grados en dirección contraria mientras algunas astillas de piel seca y hueso volaban por los aires ante el seco y contundente impacto. Pero el poder que mantenía inmóvil al humano no decayó. De hecho, sintió como perdía sensibilidad en sus extremidades hasta el punto en el que ya no sentía la minúscula seguridad que le había conferido el arma en su mano. Se escuchó el metal chocando contra el piso de piedra, señal de que Khaelos había perdido su arma pero no podía comprobarlo pues su cuerpo no reaccionaba ni siquiera como para voltear hacia abajo y cerciorarse.

FUE UN INTENTO ESTÚPIDO, KOHLHEIM – El cráneo del Liche volvía a su posición original mientras un fulgor verdoso comenzaba a surgir al interior de sus cuencas oculares – APRENDERÁS QUE LEVANTAR LA MANO CONTRA TUS ANCESTROS ES UN ACTO QUE SE CASTIGA CEBERAMENTE – El fulgor verde que había nacido en sus ojos se había convertido en una llamarada de fuego del mismo color, el cual envolvió en sus brasas el brazo derecho del humano haciendo que este no pudiera contener el grito de dolor que aquello confería. El minuto que permaneció la flama viva en su brazo pereció una eternidad. Este fuego no tenía comparación con el fuego normal. Este parecía una mezcla de ácido y calor tan terrible y corrosivo que parecía imposible que el dolor pudiese desaparecer en algún momento. Pero de hecho si desapareció. Tras los primeros cuarenta segundos el dolor había dejado de sentirse junto con su brazo. No fue sino hasta que el brillo cegador del fuego desapareció que Khaelos cayó en cuenta que su brazo había dejado de existir, sin siquiera dejar cenizas tras de sí.

Las ataduras mágicas que mantenían sujeto al humano desaparecieron, haciendo que el humano cayera al suelo sin delicadeza. El humano logró caer arrodillado, a un lado de su arma de oro, pero no se atrevió a hacer nada más que pudiese significar en la pérdida de otra de sus extremidades, o peor. Había sido ampliamente superado, pero aún le quedaba una última opción: Ayudarlo.
AHORA BIEN, KOHLHEIM – Continuó el Liche mientras esperaba expectante la reacción del humano. Expectante, pero no preocupado – ¿ME LIBERARÁS DEL YUGO DE TUS ANCESTROS O PREFIERES EL CAMINO DEL DOLOR Y DEL OLVIDO?

La encarnizada pelea en contra del enorme constructo de huesos, que sostenía Axelier con dificultades, llegaba a su clímax. El paladín había hecho gala de una gran variedad de ataques mágicos y físicos en contra del macizo constructo, pero su presencia maligna no le era de mucha ayuda en contra del no muerto y aún era demasiado temprano como para atreverse a cambiar de estado mental y divino. Eso sin mencionar el mal presentimiento que sentía podía pasarle si declaraba, en aquel lugar de muerte, su naturaleza divina. Pero las opciones se le terminaban rápidamente y maldecía a su compañero por haberle abandonado a su suerte por perseguir los dioses sabían que.

Hasta el momento las heridas en el constructo de huesos eran de un par de dientes rotos, una de sus cuatro manos amputadas, tres costillas rotas y una mallugada en el cráneo. Mientras que el paladín ya contaba con tantos cardenales que si su piel no tuviese esa pigmentación oscura parecería que a su cuerpo lo estuviese consumiendo una mancha oscura de sangre coagulada. Contaba muchos cortes en pies y manos, su brazo dislocado dolía y parecía a punto de caerse en mil pedazos, su respiración era entre cortada gracias al impacto directo de la enorme bola metálica del golem en contra de su tórax y la cabeza le daba vueltas con el terrible golpe que le había propinado el enorme no muerto con su puño cerrado. Las cosas pintaban mal, y empeoraban.

Un grito ahogado fue lo último que escuchó por parte de la mujer hörigen, la cual había desaparecido tras la impenetrable capa de oscuridad a donde se había ido a refugiar, cerca del cadáver del Custodio. Impotencia e incredulidad sintió Axelier al ver que el propio demonio en forma de minotauro había vuelto a la vida y salía a la persecución de, lo que a él le pareció, la mujer quien se adentraba más y más en las fauces de la oscuridad y la muerte.

Axelier hizo a gritar su nombre, pero el golem no le daba tiempo ni espacios como para salir en su ayuda. Pasara lo que pasara, Qhinn estaba sola y sola debía salir de sus problemas o acabaría muerta y deambulando por estos corredores corrompidos por toda la eternidad.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Jul 04, 2013 7:23 am

¿Era el fin para mí aquella catacumba? Tal vez. Tal vez haber descendido allí había sido mi perdición, y haberme metido por aquél camino había resultado el peor error que podría haber cometido. Sin embargo, mis palabras parecieron afectar al liche de alguna manera. Este empezó a reír, y ante sus palabras no pude evitar apretar los puños con fuerza hasta hacerme sangrar las palmas de las manos. ¿El orgullo de un Kohlheim? ¡Ese era MI orgullo! ¿Y qué decía acerca de lo que hizo mi familia? Si eso era verdad... ¿¡Por qué demonios me hacía pagar a mí por pecados que no había cometido!? Al principio hubiera querido esbozar una sonrisa, pero cuando siguió hablando de lo que tuve ganas fue de llorar, de llorar de rabia. Toda mi vida había crecido con la enseñanza de que debía honrar mi apellido... ¿¡Para qué!? ¿Para prolongar mentiras y falsas creencias? Y ahora que sabía la verdad, ¿¡encima me tocaba enmendar todo lo que había hecho en el pasado mi familia!? ¿¡Acaso ese era mi mísero destino!? ¿Sufrir, sufrir y sufrir por todo lo que habían hecho mis antepasados? ¿¡Es que la vida tenía que castigarme a mí cuando yo era inocente de muchos de los pecados que habían cometido aquellos pertenecientes a mi linaje!?

Caí en la cuenta de que el acento del liche era imperial, y no pude evitar sentir una pizca de odio que pronto se tornó en una sonrisa al entender la gran ironía de la situación. Yo era un nigromante zhakheshiano... Y él un liche imperial. Sin embargo, no pude pensar más mientras trataba de invocar a un no-muerto, pero... El liche no me dejó. Seguí hablando, tratando de al menos llegar a un maldito acuerdo con aquella criatura de ultratumba, aunque no guardaba esperanza alguna. Se podría decir que hablaba más por hablar que realmente tratando de convencerle. También me mostré desafiante, sí, pero seamos realistas... ¿Acaso había alguna oportunidad de que pudiera realmente vencerle? Su poder me superaba. Tal vez era el concepto de tener una muerte heroica. En aquél momento pude entender bien a los matadores enanos y su determinación suicida. Sin embargo, el liche respondió. Sus primeras palabras me hicieron apretar los dientes con furia, cada vez que decía aquello no podía evitar sentir una punzada de rabia, de odio, y cuando acabó de hablar me lanzó un conjuro a las rodillas.

La criatura empezó a alzar no-muertos, y me di cuenta de que la única posibilidad de sobrevivir era escapar, pero aunque pudiera... ¿Realmente lo haría? No, no lo haría. ¿Volver a Axelier con las manos vacías? ¿Volver a mi compañero solo para decirle que huí de un liche? No, no podía hacer aquello. Resignado, alcé la mirada y lo miré a los ojos con odio, aguardando a que viniera lo que tuviera que venir. Sus palabras me hicieron bufar con rabia... Dioses, si antes era la fuerza de voluntad lo único que me mantenía con vida ahora era la ira. Fue entonces, sin embargo, que el liche desconvocó a los cadáveres y me dio la razón en algo. Al parecer, solo un Kohlheim podía sacarle la corona, y eso quería que hiciera yo. Dijo que de esa manera podría enmendar los pecados de mi familia, y que de hacerlo me daría su gratitud. Si me negaba, en cambio, haría que conociera el significado del olvido. ¿Y se creía que me importaba eso? En lo más mínimo.

Fue entonces que caí en la cuenta de quién era y todo. Morial Griscount. Fue el mismo Amatheus quien le condenó a todo esto, quien le aprisionó y demás, siendo acusado de herejía y conspiración. Todo aquello me importaba un bledo. Aquél pobre diablo llevaba encerrado tanto tiempo ahí abajo que no sabría qué demonios había pasado en el mundo exterior. Estaba a su merced, pero técnicamente... Yo decidía si él se liberaba o no, y vivir o morir era algo que me importaba poco. Decidí luchar, en un gesto estúpido, y le lancé el lucero del alba a la cabeza. El arma impactó, sí... Pero no logré hacerle daño alguno. En su lugar, la criatura decidió castigarme. Y vaya si lo hizo.

De sus ojos surgió un fuego verde que rápidamente rodeó mi brazo derecho. El dolor atroz que sentí fue tal que no pude evitar gritar de dolor. Fue posiblemente la peor agonía que jamás sufrí, extendiendo mi grito hasta que casi me quedé sin aire. Cuando el fuego se disipó, solo pude contemplar con una sonrisa amarga que había perdido el brazo. ¡Ahora estaba mutilado! ¡Perfecto! La presión mágica del liche dejó de cebarse sobre mí y entonces caí al suelo, arrodillado. Las palabras de Morial no me hicieron ningún efecto. Descubrí para mi asombro que perder el brazo no me había supuesto más trauma que haber sufrido el dolor del proceso. Me llevé la mano al muñón y empecé a reír a carcajadas mientras de mis ojos manaban lágrimas. No sabía si me había quebrado... O si estaba liberando todo lo que había acumulado en mi interior. Tras los instantes de risa concluí con un grito de rabia y dolor que resonó por la estancia, haciéndome daño en la reseca garganta.

Apoyé la mano en el suelo, mientras las lágrimas caían sobre los huesos que tenía debajo. Estaba harto de todo aquello, de cargar con culpas que no eran mías. No había sido la mejor persona, no me consideraba un buen hombre pero dudaba ser el peor. Entre lágrimas y sollozos empecé a hablar, revelándole al liche por qué lo estaba haciendo: -¿Por qué me toca a mí? ¿Por qué me está tocando todo a mí? ¿¡Por qué, Morial!? ¿¡Por qué estoy pagando por los pecados de mis putos ancestros cuando yo no he cometido sus jodidos actos!? Yo no masacré a tu familia, yo no te condené a esta vida... ¡¡¡Y sin embargo descargas tu ira sobre mí!!! ¡Me obligas a responder por actos que tras conocerlos yo mismo condeno! ¡Me obligas a responder por un apellido que ya hace tiempo que dejé de sentir mío! ¡Me obligas a responder por una familia de la cual solo quiero a mi hermana, a mi hija y a mi padre, no a mis malditos antepasados! ¡Y encima me torturas de esta manera aún a sabiendas de que soy el único que puede quitarte esa maldita corona! ¡Sabes tan bien como yo que por mucho que me tortures, si no quisiera quitártela no lograrías hacer que te la quitara! ¿¡Es que te crees que me importa mi apellido, caer en el olvido!? ¿¡Acaso te olvidas de que mi vida no vale nada más allá de mis ansias por sobrevivir!? Atribuyes lo que has visto de mí a mi sangre... Cuando el verdadero motivo por el que he hecho todo esto, ¡es que tengo a un amigo por aquí al cual debo salvar! ¡Necesito poder, fuerzas para poder salvarle sin serle un maldito estorbo! ¡Y tú me haces perder el tiempo y encima me torturas y me acusas de cosas que yo no he hecho!-

Había acabado mirándole a los ojos, aún llorando, mientras seguía agarrándome el muñón. Tenía los dientes apretados, los ojos llenos de odio, sí, de rabia, de frustración. Incluso podía ver la incomprensión que abundaba en mí, pues no entendía por qué todo aquél encarnizamiento contra mí. Sabía que los deseos de venganza podían ser algo muy fuerte, yo mejor que nadie lo podía saber... Pero el nivel de rencor de aquél liche era tan grande... Que ni siquiera yo era capaz de comprender tal ensañamiento con alguien que había nacido siglos después. Suspiré, más relajado, y seguí mirando al liche, negando con la cabeza, sonriendo con tristeza: -Esto es patético. Yo te necesito a ti para salir de aquí y tú me necesitas a mí para salir de aquí... Y nos tienes a ambos discutiendo y gritándonos por temas de familia. ¿Te piensas que mi intención es enmendar los males que mi familia ha cometido? Tal vez antes lo hubiera intentado. Pero tras todo lo sucedido solo siento asco por mi sangre y por mi apellido, y que mi padre me perdone, pues él era un buen hombre digas lo que digas. Supongo que el problema es que él no vivió para descubrir las verdades que yo voy descubriendo. No, no retiraré la corona en nombre de mi antecesor Amatheus, no retiraré la corona en nombre de los Kohlheim a pesar de que por mis venas corre parte de la sangre que corría por las suyas. No, te retiraré la corona como Khaelos, como yo mismo, como un nigromante guerrero tullido y acabado que al menos tiene la capacidad de quitártela. No te la retiraré para enmendar los pecados de mi familia. Que paguen ellos en la otra vida. Te sacaré la corona para que al menos tú puedas hacer en paz lo que sea que desees hacer, y para que a mí me ayudes a salvar a mi compañero y a levantar a todos los no-muertos de estas malditas catacumbas para arrasar a sangre y fuego a todos los demonios que habitan en el Monasterio. Te liberaré para ayudarte y para ayudarme, a pesar de que no me haga gracia después de que me hayas arrebatado el brazo. De todos modos creo que estamos en paz. Yo te he tirado el lucero del alba, he tratado de subyugarte y he tratado de apuñalarte. Ha sido un intercambio justo, diría...-

Secándome las lágrimas me levanté, tambaleándome. Casi creí que caería al suelo pero logré mantenerme en pie. Sin embargo aún no me acerqué a Morial. Me quedé mirándolo a los ojos, sin miedo ya, pero tampoco sin desafío. Solamente había dolor calmado en mis ojos. Sin moverme, volví a hablar: -Tengo tres condiciones que quiero que cumplas antes de quitarte la corona. Si las cumples, te prometo que te liberaré. Primera condición, quiero que me dejes ver qué objeto familiar es el que hay en el sarcófago y equipármelo. En segundo lugar, quiero que me digas TODO lo que sepas acerca de este Monasterio, tanto de la actualidad como del pasado. Quiero saberlo todo. En tercer lugar, y más importante... Quiero que me ayudes a salvar a mi amigo, a matar a todos los demonios que hay en esta fortaleza y a recuperar mi equipo. Si haces eso, yo, Khaelos el nigromante guerrero, aceptaré gustosamente quitarte esa maldita corona. ¿Trato hecho?-

Aceptó. Para mi sorpresa el liche aceptó. Seguramente no se esperaría mi reacción. Sonreí, no de forma falsa, no de forma forzada. Sonreí porque por fin parecía que algo de mi buena estrella volvía a mí. Y ahí surgió una sola palabra de mis labios que seguramente le haría aumentar su incredulidad, pues de mis labios, junto con un suspiro de alivio salió una palabra sincera que dudaba que se esperara: -Gracias.- Me acerqué al sarcófago, tocándome distraídamente el muñón hasta que me asomé y vi el atuendo. Si mal no me informaban las historias, aquél atuendo perteneció a Vannicus Kohlheim. En teoría era camarada de Morial, así que mientras sacaba aquella vestimenta comenté, alzando una ceja: -El atuendo del Enviado de la Muerte... Esto perteneció a Vannicus. ¿No era camarada tuyo? ¿O él también contribuyó a tu desgracia?- Mientras hablaba sacudí el polvo del atuendo, sin evitar sorprenderme al ver que se conservaba en perfectas condiciones y percibía a su vez el poder mágico que desprendía. Sin perder tiempo me vestí con ella, aunque tuve que ir paso a paso pues con solo una mano era algo difícil. Afortunadamente no necesité ayuda, pudiéndome vestir con aquél atuendo. Suspiré mientras notaba como mi poder mágico aumentaba cuantiosamente. Por fin empezaba a sentirme mejor conmigo mismo. Había perdido un brazo, sí... Pero técnicamente había salido ganando. Podía lanzar conjuros con la mano izquierda, aunque dependería más de la magia que de otra cosa en aquellos momentos. Sería un buen entrenamiento...

El liche empezó a hablar mientras yo me equipaba el atuendo, maravillándome ante la suavidad del cuero de ala de draco, y notando el metal adamantino de la coraza y las hombreras. Aunque suspiré levemente por notar el peso, me acostumbraría. Una de las cosas que más me alegró era que por fin disponía de calzado adecuado. Como pude me puse el guante correspondiente, y tras eso guardé el sobrante en un bolsillo. De mientras, mi cabeza retenía la información sacada del liche. El monasterio tenía cinco siglos de antigüedad, los monjes eran grandes guerreros y no tenían líder alguno, eran todos iguales entre sí. La culpa de lo que sucedió fue de hecho suya, pues estaban engañados por Ghazrüll, quien les engañó para que le rezaran creyendo que era el dios Eos. Finalmente éste llegó al plano material y bueno... Lo demás es historia. Luego me contó quiénes eran los tres generales demoníacos, no sabía cómo era Ghazrüll, y los demonios disponían de una sala llena de riquezas y otras de armas y armaduras mágicas. La primera era la Sala Dorada, la segunda el Carnivarium. En las Catacumbas había tres sitios importantes. La Fosa, que seguramente ahí estaría tanto mi equipo como el de Axel, los Acueductos, que comunicaban con las aldeas cercanas, y por último el Sanctasanctórum, donde se hallaba el Orbe de la Santa Muerte, que mantenía alejados a los demonios y en pie a los no-muertos.

Tras saber aquellos datos asentí, acercándome al liche. Lo miré a los ojos y acerqué mi mano a su corona, empezando a hablar: -Yo, Khaelos, nigromante guerrero, te libro a ti, Morial, de tu confinamiento injustamente impuesto por Amatheus Kohlheim.- Tras eso agarré la corona, quitándola de su cabeza y arrojándola a un costado. Me acerqué entonces a la espada estilo katana que había apoyada contra la pared y la agarré con la mano. Convoqué entonces mi conjuro de levantar cadáveres, y decidí guardarme al menos la mitad de fuerzas. Con la capacidad mágica que me daba aquella túnica de sacerdote guerrero podría disponer de ocho cadáveres. Decidí alzar cuatro. Ordené a uno que me atara la espada en el cinto, en el costado derecho para poder desenvainar con la zurda, y tras eso le comandé a agarrar el lucero del alba que había en el suelo. Hasta que cayera, sería el líder de los demás. Miré al liche y le dije, con una nueva fuerza y una nueva determinación, mientras ponía en formación a mi alrededor a los cuatro esqueletos: -¿Vamos a ayudar a mi camarada? No hay tiempo que perder, ya hace demasiado rato para mi gusto que está luchando solo. Por cierto, ¿sabes alguna forma de que pudiera bajar en algún momento al foso? ¿Y sabes si existe alguna manera de poder recuperar pronto el brazo? No me es cómodo estar sin él. Y por cierto, si pudieras enseñarme algunas cosas sobre nigromancia te lo agradecería. Eres más poderoso que yo, y no lo digo por halagar, lo digo por la paliza que me has dado.- Curiosamente, mi voz no reflejó sarcasmo ni nada. Reflejaba determinación por una parte, y curiosidad por la otra. Sí, aquél liche me había arrebatado un brazo. Yo le había girado literalmente la cara con un lucero del alba. Vale, él me había hecho daño en las rodillas. Yo le había tratado de apuñalar y subyugar. Estábamos en paz, y... Para qué negarlo, aquél liche, de seguir ayudándome, podría enseñarme muchas cosas. En aquellos momentos era como si mi mente se hubiera... ¿Inmunizado? Más bien era como si hubiera levantado defensas contra todo lo malo, tal vez era el hecho de haber descubierto verdades y poder enmendar errores... Y tal vez también influía que ahora mismo era mucho más poderoso mágicamente de lo que jamás fui. Sin perder tiempo, manteniendo a dos esqueletos delante de mí y a dos detrás de mí, asegurándome de que me apartarían los escombros del suelo, finalmente me puse en marcha. ¡Debía ayudar a Axelier! Esperaba no llegar demasiado tarde...
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Jul 05, 2013 7:35 pm

La angustia reposaba cerca de los hombres que osaban adentrarse en la oscuridad. Khaelos había roto en un llanto impulsado por la impotencia y el enojo. Ante él, los restos del finado y resucitado, Lord Morial Griscount se erguían impecables y poderosos como lo haría un padre que regaña a su hijo pequeño. Comparar las fuerzas entre ambos era como tratar de comparar un elefante con una hormiga o un espadón con un cuchillo de peletero. Pero incluso el cuchillo tenía filo, y Khaelos estaba lejos de ser quebrado por la imperiosa presencia del no muerto.

¿PREGUNTAS PORQUE, KOHLHEIM? – Dijo el Liche Morial mientras Khaelos respondía con odio y rencor tras la pérdida de su brazo y la esperanza – ¿QUE TU NO ERES CULPABLE DE LOS PECADOS DE TUS PREDECESORES? – Una risotada espectral fue la respuesta del liche quien no pudo reprimir el impulso por burlarse de su interlocutor – NO HAY RAZON NI PORQUE, JOVEN KOHLHEIM – cada vez que pronunciaba su apellido trataba de resaltarlo y darle énfasis intentando enfurecer más a Khaelos. Cosa que lograba sin mucho esfuerzo a estas alturas – TU, QUIERAS O NO, ERES UN KOHLHEIM, Y YO ODIO A LOS KOHLHEIM POR LO QUE ME HICIERON A MÍ Y A LOS MIOS – El rostro del Liche paseó sus cuencas oculares vacías por el techo de lo que había sido su tumba durante varias generaciones. Se sorprendió de ver que era la primera vez que las veía desde el día de su encierro, pero no lo demostró – QUE TERRIBLE HA SIDO TU FORTUNA JOVEN KOHLHEIM, PERO LOS PECADOS DE LOS PADRES TRASCIENDEN EN EL TIEMPO Y PERSIGUEN A SUS HIJOS, Y A LOS HIJOS DE SUS HIJOS, HASTA QUE EL MAL QUE HICIERON SE REVIERTA O SE COMPENSE – Agitó sus esqueléticas manos restando importancia a sus palabras. Una gruesa capa de tierra vieja se desprendió de la cubierta del libro que portaba en su mano izquierda gracias al movimiento, revelando la portada de un antiquísimo tomo que le era familiar al humano, pero que no recordaba bien. Morial continuó – Y TU TIENES UNA OBLIGACIÓN, ASÍ QUE CREO PREFERIRÁS COMPENSAR EL DAÑO EN VEZ DE SEGUIR SUFRIENDO MI VENGANZA – El fulgor verde en sus ojos vacíos volvió a destellar amenazante, dando mayor importancia a sus palabras.

Khaelos continuó hablando, ciertamente más relajado que antes habiendo pasado el peor de los dolores. Morial esbozó lo que parecía una sonrisa de satisfacción, a pesar de no tener labios ni mejillas, mientras el nigromante hacía la promesa de retirar la corona que lo aprisionaba. Lo haría en su nombre y no en nombre de los que trajeron la desgracia sobre el no muerto y sobre él. Morial, a su vez, escuchaba en silencio las palabras y las propuestas del humano. Parecía estar de acuerdo con las intenciones y las peticiones del humano, o al menos eso parecía significar su falta absoluta de movimiento. Solo un par de cuencas oscuras fijadas en el rostro del nigromante daban fe de que aquel poderoso esqueleto prestaba total atención sin objetar nada. La confianza de Khaelos fue en aumento y, por primera vez en toda su estancia al interior de aquel maldito monasterio, se sintió en control de su propio destino.

Después de unos minutos, en lo que el nigromante encontraba las fuerzas para ponerse en pie y andar, su interrogante logró sacar a la luz un nuevo recuerdo de la vida mortal del Liche. No dudó un segundo en contestar, siguiendo al pie de la letra las condiciones impuestas para su liberación – VANNICUS, EL DEPRAVADO, QUERRAS DECIR – Su fría expresión y la voz fantasmagórica no dejaban claro si lo decía con desprecio o con gusto. Khaelos le restó importancia y revisó el impecable atuendo de mago antes de comenzar a ajustarlo a su medida – ES… FUE MI APRENDIZ. UN TRAIDOR – Khaelos forcejeó con la vestimenta por unos minutos mientras el liche permanecía en silencio como si estuviese recuperando fragmentos de su memoria taimada. Al fin logró vestirse y sentir que el poder volvía a fluir por sus venas. Sus venas llenas de sangre Kohlheim – SU LEALTAD FUE RÁPIDAMENTE TORCIDA CUANDO SE VIO FRENTE A FRENTE CON EL DESTINO QUE COMPARTIRÍA A MI LADO DE HABER DESAFIADO LA VOLUNTAD DE SU SEÑOR HERMANO. OTRA PRUEBA DE LO NEGRA QUE ES LA SANGRE DE LA QUE TANTO TIEMPO TE HAZ ENORGULLECIDO, KOHLHEIM – Examinó de pies a cabeza al humano que ya portaba el atuendo como un niño con juguete nuevo – SI, ASÍ DE ENGREÍDO ERA TU PARIENTE. INCLUSO TE PARECES UN POCO A ÉL, SOLO QUE SUS CABELLOS ERAN CASTAÑOS Y TENÍA DOS BRAZOS… SI MI MEMORIA NO ME FALLA – Otra risotada invadió el recinto. Esta vez parecía como si se fuese a atragantar. De haber tenido pulmones funcionales, y una tráquea, aquel hubiese sido el caso.

Sin muchos ánimos, Morial relató todo lo que sabía sobre el monasterio. Habló sobre las costumbres religiosas de los monjes del Alba Roja. Sobre Eos, el supuesto Dios del Alba al que rendían culto, y sobre como el demonio proveniente de Minauros, Ghazrüll se aprovechó de la ingenuidad de los mortales que lo reverenciaran para abrir un portal al mundo terrenal. Khaelos escuchaba con atención mientras el Liche relataba la historia. Hablaba sobre los tres grandes generales del ejército de Ghazrüll y el conflicto que estaba por estallar. Morial no conocía los detalles al respecto, por lo que el humano se dignó a seguir escuchando sin interrumpir. Su interés en La Sala Dorada y El Carnivarium lograron hacerle esbozar una sonrisa de satisfacción y avaricia, pero por desgracia tampoco conocía el paradero de ambas. Morial era anciano, pero distaba de ser alguien bien informado. El encierro perpetuo no ayudaba mucho en ese aspecto.

Por último habló sobre Las Catacumbas. El foso era un lugar especial en el que los demonios de las plantas superiores arrojaban las posesiones de aquellos a los que atrapaban o capturaban y, en muchas ocasiones, arrojaban también a los dueños de las mismas. Khaelos supo que, con algo de buena fortuna, tanto su equipo como el de Axelier estarían en el fondo de ese agujero. Morial continuó hablando. Platicó muy superficialmente sobre los acueductos que, suponía, ligaban las catacumbas con la superficie exterior del monasterio. La razón para aquello era simple: Ahí abajo también era necesario contar con un flujo constante de agua y aire. Y por último mencionó el Sanctasantórum y la misteriosa Orbe de la Santa Muerte, cuyo poder había sido capaz de mantener alejados a los demonios durante siglos y cuya presencia alimentaba de energía a los cadáveres que rondaban los pasillos interminables de las catacumbas.

Satisfecho por la información, Khaelos Kohlheim prosiguió con su parte del acuerdo. Sin más que unas meras palabras de gala, Khaelos daba fin a la penitencia que se le había impuesto a Lord Morial Griscount retirando la corona dorada de su cráneo putrefacto.

¡AH! ¡AHHHHH! ¡AH, SÍ! ¡SI, SI, SI, SI, SI! – Khaelos dio un paso atrás a ver que un aura de color verde, similar al fuego que terminara con su extremidad, comenzaba a rodear el cuerpo del no muerto hasta envolverlo en su totalidad. Parecía un cadáver en llamas sufriendo un tormento eterno. Pero Morial no sufría. Reía. Reía descontroladamente por primera vez, después de los dioses sabían cuánto tiempo.

Sin hacer demasiados movimientos, Khaelos comprobó que su poder mágico había aumentado considerablemente. Levantó del suelo a cuatro esqueletos atados a su voluntad y ordenó a uno de ellos que le atara a la cintura la espada katana que había encontrado al fondo de la habitación, tras lo cual se dirigió nuevamente al Liche. Morial volteó a ver directamente el rostro de Khaelos como si le viera por primera vez. Aquello logró hacer que Khaelos posar su mano sobre la empuñadura de la espada. El nigromante habló nuevamente tratando de asegurar que el Liche cumpliera la parte del trato que implicaba su ayuda, pero agregó ciertas cuestiones que no habían sido estipuladas antes, como la posibilidad de recuperar el brazo y la, aún más remota opción, de que el Liche compartiera sus secretos con un simple mortal. Morial volvió a reír y, torpemente, se inclinó haciendo una esforzada reverencia.

BAJAR AL FOSO NO ES UN PROBLEMA, KHAELOS KOHLHEIM – No era la primera vez que el Liche se refería a él utilizando su nombre completo, pero en esa ocasión no hubo sarcasmo en su voz y no enfatizó el apellido como antes lo había hecho para fastidiar el orgullo del humano – Y AYUDAR A TU CAMARADA NO SIGNIFICA UN ESFUERZO PARA MÍ – Sin esperar respuesta alguna, Morial envolvió con flamas verdes el cuerpo de Khaelos haciendo que éste se intentara cubrir en claro terror por lo que podría significar aquello. Ya antes había sentido lo terrible de esas llamas y no deseaba tener que volver a experimentar tal dolor. Pero, para su sorpresa, aquellas llamas verdes no le lastimaron. Le rodearon como hicieron con el Liche y con los cuatro esqueletos que había levantado y, con un chasquido de los dedos, la oscuridad los envolvió y una densa capa de humo gris nubló su mirada.

El combate que mantenía Axelier contra su enorme enemigo estaba cerca de su fin. El humano había perdido el uso de sus piernas tras un potente golpe en la espina dorsal. Estaba tirado boca arriba en el suelo, con el filo de una espada oxidada atravesada en su costado justo por debajo del pulmón derecho mientras su enemigo se acercaba impecable a asestar el golpe final. Al constructo solo le hacían falta dos brazos y la cola, pero eso no había sido suficiente para eliminarlo. La batalla había sido un suicidio desde un comienzo y Axelier estaba exhausto incluso como para mantener bien sujeta su espada. No había ya nada que lo pudiese salvar de la muerte. Pero entonces, una flama verde le envolvió y la oscuridad lo tragó y lo puso a salvo de la mole que se le venía encima.

LE HA FALTADO POCO, JA-JA-JA – Dijo Morial en tono de burla.

La oscuridad era imponente, pero las tenues flamas que emitía el cuerpo del Liche lograban iluminar lo suficiente como para que Khaelos y Axelier se lograran ver mutuamente en la oscuridad. Khaelos portaba orgulloso su nueva vestimenta mientras que Axelier, más muerto que vivo, permanecía recostado sobre un cumulo de huesos y metales irregulares. El paladín no logró sonreír como hubiese querido y una toz seca, llena de sangre, lo interrumpió. El nigromante saltó hacia su camarada, claramente sorprendido del daño que presentaba y preocupado por su actual estado.

Tal… – Comenzó a hablar Axelier una vez se hubo recuperado de la repentina tos – Tal parece que has encontrado lo que buscabas – Dijo finalmente mientras paseaba su mirada entre las vestimentas del nigromante y el temible esqueleto envuelto en llamas. Hasta que descubrió la parte faltante del cuerpo de su compañero – Y el precio ha sido alto por lo que puedo ver – La tos lo volvió a interrumpir, pero agitó la mano restándole importancia.

EL BRAZO DEL KOHLHEIM NO SERÁ PROBLEMA – Interrumpió Morial mientras miraba fríamente a los mortales – SI ES LA MITAD DE BUENO DE LO QUE ÉL SE CREE, SERÁ CAPAZ DE CONTROLAR LA MAGIA DE LA MUERTE LO SUFICIENTEMENTE BIEN COMO PARA OBTENER UNA NUEVA EXTREMIDAD – Levantó los brazos y una intensa bola de luz blanca iluminó la estancia. Parecía el fondo de algún pozo olvidado, de más de cien metros de diámetro, en el que se vertía toda la basura del pueblo. Pero ahí abajo no había basura ni mucho menos, solo un millar de huesos y cadáveres en descomposición y un sinfín de armas y atuendos que los vestían. Morial continuó hablando – PERO SEGURAMENTE DESEEN VOLVER A SENTIR EL METAL Y EL CALOR DE UNA BUENA ARMADURA O UNA BUENA ESPADA EN LA MANO.

Adelántate Khaelos – Dijo Axelier con poca energía – Yo debo reposar algunas horas mis heridas.

Los ojos en flamas vivientes del Liche se posaron sobre el cuerpo de Axelier envolviéndolo nuevamente en el fuego verde que le caracterizaba. El paladín palideció impotente mientras comenzaba a flotar por encima del suelo hasta que su mirada se igualo a la altura del esqueleto y logró verle directamente a los ojos. Tras un breve instante, el fuego desapareció y el paladín cayó libremente hacia el suelo a una altura de un metro. Cerró los ojos al presentir el dolor que la caída le representaría pero inmensa fue su sorpresa al encontrarse de pie y sin daño alguno sobre el montículo de huesos que había bajo sus pies. Sus heridas habían sanado casi por completo. No la inmensa cantidad de cortes ni punzadas, pero si la movilidad de sus piernas y la resistencia de sus huesos. También había recuperado el aliento y ya no se sentía tan agotado. La profunda herida bajo el pulmón había sido cauterizada por completo a pesar de no haber sentido ninguna clase de dolor. Estaba sorprendido, pero decidió no cuestionar su suerte, por lo que simplemente agradeció con la mirada y dio la espalda al Liche para dirigirse a su compañero.

Bien – Dijo con una decisión que hace tiempo no sentía. Hasta él mismo se estremeció de sentir tal regocijo en su interior. Miró directamente a Khaelos y esbozo una sonrisa similar a la que un enano contra la pared pondría al decidir pelear contra el ejército de goblins que había entre él y su escapatoria. Era la sonrisa de alguien sádico y con cuentas pendientes. Era el gesto de alguien al que le habían arrebatado todo y que ahora no tenía nada que perder. Era la mirada fría de un asesino y de alguien con cuentas pendientes por saldar. La postura de una persona que ahora se podía dar el lujo de pensar en venganza – Es nuestro turno de hacer sufrir a esos bastardos.

JA-JA-JA-JA-JA – Una terrible carcajada se escuchó tras los humanos – ME GUSTA COMO SUENA ESO – El Liche Morial levantaba los brazos haciendo gala de un poder que había estado dormido durante muchos siglos, levantando a su servicio a un centenar de esqueletos y zombis a sus pies. De pronto el fondo del foso en el que estaban parecía demasiado pequeño.


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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Sáb Jul 06, 2013 8:54 pm

El liche me enfurecía cada vez que pronunciaba el maldito apellido con aquél tono burlón, me hacía tener ganas de poseer suficiente poder como para poder callarlo, hacer que dejara de decirlo de una vez por todas. Aún así, a pesar de mi estado de furia, de mi visión algo borrosa por las lágrimas, pude ver que una capa de polvo caía del libro y vi que me sonaba de algo... Pero en aquellos momentos estaba demasiado perdido en mi infierno personal como para siquiera fijarme en por qué me sonaba el dichoso libro. Al menos en algo Morial tenía razón, y era que prefería compensar el daño.

Las siguientes palabras que pronuncié, habiéndome calmado considerablemente tras haber soltado todo lo que sentía en aquél momento, hicieron que el liche sonriera satisfecho, o al menos eso parecía, siendo difícil juzgar las expresiones de una calavera. Mis condiciones parecieron satisfacerle, y por fin empecé a recuperar el control de las cosas. Por fin... Sentía que ya no era una alimaña que sobrevivía como podía. Por fin estaba recuperando mi humanidad. Aquello me alegró y me hizo ganar confianza. Por primera vez en toda mi estancia allí.

Cuando por fin logré levantarme y vi el atuendo de Vannicus hablé, y entonces el liche empezó a hablar. ¿El depravado? Lo mejor fue que no supe si lo decía despreciándole o si aquello le gustaba. Era curioso... Al parecer, también le traicionó, y mientras yo sentía el poder fluir por mis venas de nuevo tras equiparme la vestimenta escuché lo que dijo. ¿Su lealtad se torció? ¿La voluntad de su hermano? ¿Qué debió pasar? Hay capítulos de la historia que no se revelan a los descendientes, sin duda... También trató de enfadarme con lo de los dos brazos y lo de llamarme engreído, pero tras su risotada mi respuesta no mostró enfado alguno: -Me gustaría saber la historia de Vannicus, el por qué era un depravado... Y qué demonios pasó con el asunto de la traición. Como comprenderás, hay historias que se le ocultan a los descendientes para que éstos no sepan las sombras de sus antepasados. ¿Qué pasó para que Vannicus te traicionara? Sabiendo solo lo que sé, es comprensible que una persona apoye a su hermano... O no, no sé qué decirte... Tengo una hermana, ¿sabes? Estaba conmigo en el pantano... Pero huyó, presa del miedo... Me dejó solo, y el resto es historia... A estas alturas, la lealtad a la familia es algo que se me hace complicado de entender. Imagino que Vannicus tendría motivos para estar a tu lado en lugar de al de Amatheus, pero... A veces, la cobardía y quedarse sin la herencia hace que las voluntades débiles prefieran ir a lo seguro. Perdóname, estaba divagando.-

Mi ánimo se había ensombrecido al recordar aquello. Eressea me había abandonado en el pantano. Sí, era cierto. Ella era débil, cobarde, su voluntad titubeaba. Al principio me alegré de que se fuera y no viviera el infierno que yo viví. ¿Pero ahora? ¿Y si ella hubiera marcado la diferencia entre ser capturados y lograr salir indemnes? ¿Y si ella no hubiera huido? ¿Y si yo no le hubiera ordenado a Naerys huir? Y más importante, ¿por qué ninguna de las dos mandó a nadie en mi ayuda? Lo hubiera sabido. Los demonios me habrían torturado mostrando lo que les hubieran hecho a ambas. No... Me habían dejado solo. Eran unas cobardes. No poseían la lealtad que yo poseía. Me habían traicionado. Sí... Debían morir. Ambas. Las dos debían sufrir por haberme dejado abandonado y olvidado.

Morial empezó a decirme todo lo que sabía sobre el monasterio, y escuché con especial atención cómo al parecer Ghazrüll engañó a los monjes del lugar, haciéndose pasar por una divinidad. Era extraño... ¿Cómo podía hacer eso un demonio? Por algún motivo pensé en Axelier y en esa remota posibilidad... ¿Y si no fuera Elhías su patrón? No, no podía ser... ¿O sí? ¿Por qué ese aura de malignidad que le envolvía? Era raro... Pero tenía la mente demasiado embotada como para hallar una respuesta. Decidí sencillamente seguir adelante y mantenerme cerca del liche, al cual, aparte del miedo, estaba empezando a sustituir mi odio hacia él por... ¿Respeto? Sí... De algún modo empezaba a respetar a aquél liche. Su poder mágico era descomunal, y algo me inducía a pensar que apenas había visto una pequeña parte.

Cuando mencionó el foso supe que mi equipo estaría allí, pero... ¿De veras iba a recuperarlo? No sabía qué decir. Por una banda eran armas poderosas, y las armas vienen definidas por quién las empuña, no por quién las empuñó, pero por otra... Amatheus distaba de ser el gran héroe que decía ser, a pesar de que fue un gran amigo del Gran Nigromante Zhakhesh, cuyo reino porta su nombre, y el cual ayudó a constituir. Sin embargo, la época a la que se remontaba Morial Griscount era anterior... ¿Y si Amatheus lo que hizo fue convertirse en un usurpador? Tal vez, de no haber sellado allí al liche hubiera sido éste último, y no mi antepasado, el que habría estado posteriormente junto a Zhakhesh. Pero aquello solo eran conjeturas, y mi mente febril en aquellos momentos estaba pensando demasiadas. Lo mejor sería tratar de dilucidar la verdad poco a poco, en lugar de hacer adivinaciones. Entonces el liche mencionó el Orbe de la Santa Muerte. En esos momentos empecé a pensar que tal vez mi idea de manipularlo no fuera tan buena como parecía. En especial disponiendo de un liche a nuestro lado... Tal vez... Podríamos aprovechar que los demonios no entrarían ahí abajo, que conocíamos un atajo y que al parecer había problemas entre los generales para lograr la victoria.

Al recibir la información me sentí satisfecho, y tras un corto discurso le quité la corona a Morial. Un aura de color verde empezó a rodear al poderoso nigromante cadáver, el cual empezó a gritar con júbilo mientras reía y reía con aquella extraña alegría. Yo de mientras, retrocediendo levemente, reviví a cuatro esqueletos para ir preparando mi equipo e ir a salvar a Axelier e hice que uno me atara la katana al cinto, momento en que me dirigí de nuevo al liche. Cuando éste me miró puse la mano sobre la empuñadura de la espada, retrocediendo de nuevo y con una chispa de miedo en la mirada. ¿Qué le pasaba? Fue entonces que rió e hizo una reverencia. Mi mano se relajó y me volví a quedar erguido, mirándole a los ojos con una mezcla de profundo respeto e incluso admiración por su enorme poder. Cuando mencionó mi nombre completo noté un cambio, y es que no enfatizó el apellido ni lo pronunciaba con sarcasmo. Estaba de buen humor, al parecer. Sus palabras me hicieron suspirar aliviado, pero cuando mi cuerpo se vio envuelto por llamas verdes no pude evitar cubrirme con el brazo que me quedaba la cara, deseando no sufrir una muerte dolorosa. No quería volver a sentir aquél inmenso dolor. Sin embargo, fui sorprendido cuando aquél fuego, lejos de hacerme daño, me rodeaba y me hacía durante unos momentos ver solo oscuridad y humo gris.

Gracias al fuego del liche mi capacidad visual fue suficiente para ver a Axelier en la oscuridad. Yo llevaba mi nuevo atuendo, mientras el hombre permanecía recostado sobre una pila de cadáveres y metal. Tosió sangre, y rápidamente me dirigí hacia él, arrodillándome a su lado mientras le observaba, preocupado. Ante sus palabras le respondí, negando con la cabeza: -No servirá de nada si te me mueres, camarada... Y sí, el precio fue alto, pero si habiéndolo pagado logro que sobrevivas, me alegraré de haberlo hecho.-

El liche habló entonces, y sus palabras me hicieron alzar una ceja. Controlar suficientemente bien la nigromancia para obtener un nuevo brazo... Sí, me gustaba la idea. También me gustó lo que dijo de volver a sentir una buena espada y una buena armadura. La luz con la que iluminó la estancia reveló que el sitio estaba lleno de huesos, cadáveres, armas y atuendos. Ante sus palabras le respondí: -Sin duda, llevo poca armadura para mi gusto... Y espero poder controlar suficientemente bien la nigromancia como para poder reponer mi pérdida. Mientras me mantenga cerca de ti sé que podré aprender esa capacidad.- El paladín habló entonces, diciendo que debía reposar sus heridas, y en ese momento me costó alejarme. Me lo quedé mirando y le dije, negando con la cabeza: -No quiero dejarte solo, hermano.-

Y el liche volvió a usar su magia. El hombre se vio envuelto en fuego verde, y le vi palidecer. Yo lo hubiera hecho, pero... Tras haber sido transportado por dicho fuego hasta ahí abajo supe que algo bueno iba a suceder. Axelier empezó a flotar mientras yo retrocedía levemente, llevándome la mano al hombro derecho, acariciando sobre la tela y la hombrera donde antes había existido un brazo. Fue un movimiento inconsciente, recordando el dolor de la pérdida. Me quedé expectante hasta que el paladín cayó de pie sobre un montón de huesos. Se le veía bastante fortalecido, revigorizado, y entonces se dirigió hacia mí. La decisión que brillaba en sus ojos era similar a la que brillaba en los míos, y respondí a su sonrisa con una casi idéntica. Ninguno de los dos tenía nada que perder, pero por lo menos ahora teníamos suficiente fuerza para poder vengarnos de todo lo que habíamos sufrido. Ante sus palabras el liche se carcajeó, mostrando su conformidad con la iniciativa y yo reí suavemente, asintiendo mientras una sonrisa cruel se dibujaba en mis labios: -Por fin podemos pasar al ataque. Gracias por devolverle la salud a mi amigo, Morial.- Mi segunda frase la dirigí al liche, dándome la vuelta y haciendo una leve reverencia, aumentando el respeto mostrado en mi agradecimiento.

Morial empezó a levantar cadáveres, mostrando su inmenso poder al levantar sin dificultad a un buen montón de esqueletos y zombis. El foso se hizo algo pequeño para nosotros, pero era igual. Sentía el “calor” de estar rodeado de un ejército aliado. Un ejército de cadáveres, aquellos seres con los que cada vez sentía mayor empatía y cercanía. Ahora empezábamos a tener posibilidades de victoria... Viendo cómo estaba el sitio decidí que cuatro esqueletos no eran la gran cosa, de modo que con un chasqueo de dedos hice que mis seguidores no-muertos se desplomaran, para seguidamente alzar mi mano y empezar a conjurar Tumularios. Mi mirada iba seleccionando cuerpos dignos, que portaran armaduras y armas que se conservaran bien. Tras unos instantes de pronunciar las palabras mágicas y liberar una buena dosis de poder mágico que nunca antes habría creído posible en mí, vi como no uno ni dos ni tres, ¡si no diez cadáveres se levantaban! Sonriendo murmuré, asintiendo al ver aquello: -Esto es otra cosa... Vannicus, parece que al final sí has hecho algo útil en tu vida...-

Igual que Axelier hizo, empecé a buscar entre los restos algo que pudiera serme de utilidad. Lo primero que hallé fue una espada bastarda. Era hermosa, y podía sentir que tenía cierto poder latente. Uno que me recordaba a mi antigua espada familiar. Mi interés en recuperarla radicaba exclusivamente en su poder, antes que en su valor sentimental, y fue por eso que cuando hallé aquella arma... Supe que la de Amatheus podría pudrirse en aquél foso. Mi única mano se ciñó sobre la empuñadura, quitándola de su vaina y observándola con la luz del lugar. Se mantenía en perfectas condiciones, y ante un análisis atento pude ver no solo que era mágica... Si no que su poder era bastante similar al de mi anterior arma. Sin embargo, aunque su poder no variaba, sí lo hacía su aspecto. La empuñadura estaba revestida de cuero negro, y el pomo era una reproducción de la cabeza de un dragón. Sus ojos eran rubíes, y tanto esa parte como el gavilán de la espada, el cual era recto, tenían un característico color carmesí. La hoja, por su parte, era negra, aunque brillaba cuando la luz impactaba en ella. Sí... Aquella espada me gustaba. Sin perder tiempo, indiqué a uno de mis Tumularios que soltara la katana de mi cintura, y colocara en su lugar la vaina de la nueva espada. No tenía nombre por lo que vi, de modo que antes de guardarla susurré, contemplando una vez más su filo: -Perdición... Ghûrz... Este es el nombre con el que te bautizo. Mi antigua espada se perdió, tu antiguo dueño murió... A partir de ahora, tú eres mi espada, yo soy tu portador...-

Envainé a Ghûrz en la vaina, que ya se hallaba pendiendo a mi lado, y en ese momento me percaté de que el liche se iba. ¿A dónde? No lo sabía, de modo que decidí esperar a que algo pasara. No tenía sentido preocuparse, pues si iba a hacer algo malo, estábamos condenados hiciéramos lo que hiciéramos, y si iba a hacer algo bueno ya lo veríamos nosotros mismos. Sin perder tiempo fijé mi vista en una armadura que había cerca de mí. Su yelmo estaba aplastado, así como el peto estaba desgarrado. Sin embargo, sus brazales y sus grebas estaban en buen estado, y percibí una cierta influencia mágica proveniente del equipo. Sin perder tiempo, ordené a un par de Tumularios que le quitaran las grebas y los brazales. No tardé en equiparme las grebas en su sitio, así como hice con el brazal izquierdo. Desgraciadamente había perdido el otro brazo, de modo que, hasta que lo recuperara... Uno de los no-muertos tendría que cargar con él. Y pronto hallé cuál. Uno de mis Tumularios carecía de armadura en el brazo derecho, y sin perder tiempo le ordené que, hasta que hallara la forma de recuperar mi brazo, él debería llevar aquél brazal en el suyo, pudiéndose cubrir mejor de los ataques. Por mi parte, me notaba considerablemente más potenciado físicamente, y no pude evitar sonreír de medio lado al percatarme de que conocía el efecto que las runas estaban llevando en mí... Me notaba más fuerte y resistente, y me quedé observando el color de aquellas  piezas de armadura. Eran bellas, sobrias y resistentes, como a mí me gustaban, de colores negros y rojos que conjuntaban con el atuendo que portaba, y por debajo llevaban algo de acolchamiento, evitando así el roce entre mis piernas y el metal. Me sentía considerablemente mejor ahora que bajo la falda del atuendo llevaba grebas de mithril, material del que antaño fuera mi armadura, y un guantelete del mismo metal, que cubría mi brazo sobre mi manga. Esperaba poder recuperar el otro brazo para poder completar el conjunto, pero lo cierto era que empezaba a gustarme el cambio...

Mi búsqueda continuó, y pronto hallé un par de objetos que me llamaron la atención. En primer lugar, una daga bellamente labrada y forjada, hecha de un muy buen acero. No dudé a la hora de reclamarla, haciendo que un no-muerto me atara la vaina de modo que sobresaliera la empuñadura por mi costado izquierdo. De aquél modo podría desenvainarla con la mano que me quedaba. Tras eso, me agencié un escudo, también forjado por un maestro herrero y hecho de acero del bueno. Era circular, negro, y tenía una cinta con la que poder colgármelo a la espalda. No lo dudé más, y un Tumulario me colgó la defensa a la espalda, con el cinto yendo desde el hombro izquierdo hasta la cadera derecha. Así, si me atacaban por la espalda podría cubrirme. Aquél peso me reconfortaba, y por fin había dejado por completo de sentirme desnudo ante el peligro. Fue entonces que percibí un colgante, el cual pendía de la empuñadura de una espada oxidada. Me agaché, tomando con cuidado el amuleto y lo observé. Era mágico, por lo que pude notar, aunque en un principio no reconocí qué hacía. Decidí ponérmelo, y pronto supe que había sido una decisión acertada. Noté como lentamente me iba sintiendo mejor. Al parecer tenía propiedades regenerativas, y aunque no sabía cuánto tiempo tardaría en sanar... Solo por aquella sensación ya me sentí mejor. Mucho mejor.

Mis pensamientos fueron reemplazados por alarma al ver cómo el aura demoníaca empezaba a notarse en las catacumbas. Ante aquél presagio no evité desenvainar a Ghûrz, mirando el entorno con algo de alerta y notando algún que otro temblor. Apretando la espada entre las manos grité: -¡Axelier! ¡Permanezcamos juntos, algo me dice que la función va a empezar y dentro de poco vamos a tener que salir al escenario!-
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Re: Las puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Lun Jul 08, 2013 2:36 am

Hay algo que me ha mantenido intranquilo a lo largo de estos ocho años de encierro – Comenzó a hablar Axelier mientras caminaba entre filas de esqueletos y zombis levantados bajo el yugo de Morial – Algo que no he podido quitarme de la cabeza desde que nos conocimos hace tantos años en aquella taberna de mala muerte en el pantano ¿Recuerdas ese día? – Khaelos asintió, aunque un deje de duda y perplejidad le invadía el rostro mientras pensaba en las palabras de su compañero ¿Ocho años de encierro? El nigromante prefirió mantener silencio ya que el paladín había continuad su monólogo – Casi pierdes a un par de seres queridos y yo… – Se interrumpió al recordar la escena en su mente – Yo terminé con la vida de alguien más.

Khaelos asintió a las palabras del paladín pero no hizo más intento por extender esa conversación. Algo tenía intranquilo a Axelier, pero a su tiempo lo expresaría pensaba mientras continuaba hurgando entre las armas y armaduras aglomeradas en el lugar.

Habían pasado quince minutos desde que comenzaran a buscar objetos de utilidad entre los despojos de los miles de cadáveres que colmaban el foso. Morial había levantado a cien esqueletos más mientras que Khaelos había creado diez tumularios bien armados y dispuestos a proteger a su amo con fidelidad fanática. Por su parte, Axelier cavilaba en sus pensamientos mientras removía armaduras y espadas viejas sin mucho interés. En su mente, el paladín comenzaba a comprender un hecho que había estado presente en su mente por muchos años. Una idea que le atormentaba desde el fatídico día de la muerte de su amada Daanira y de cómo fue el mismo quien cegara su existencia sin mostrar remordimiento. Una idea que había mostrado su parte más oscura cuando se acercara por primera vez al Monasterio del Alba Roja y que había tomado fuerzas a lo largo de su tortuoso encierro en los calabozos y las calderas. Un pensamiento que ahora, frente a la nueva fuerza de su camarada, había dejado de ser una simple suposición para pasar a un hecho real y tangible. La fuente de su fuerza profana no era Elhías, sino algo más.

NO TIENES PORQUE DUDARLO MÁS – Dijo Morial fijando su penetrante y vacía mirada en los ojos carmesíes de Axelier. Khaelos desvió su mirada para prestar atención en lo que el Liche tuviese que decir, pues sospechaba que clase de pensamientos abrumaban a su camarada – LA RESPUESTA ESTÁ FRENTE A TI Y A TU ALREDEDOR – Hizo un ademán con sus brazos extendidos que pareció demasiado dramático, pero cuyo significado aún eludía la mente del paladín – PERO NO TE PREOCUPES, SEÑOR DE LA MENTE PARTIDA, EN UN MOMENTO TE MOSTRARÉ LO QUE EN VERDAD ERES – El fulgor de fuego verde le envolvió y en un abrir y cerrar de ojos desapareció dejando tras de sí un fuerte olor a azufre y carbón quemado.

Axelier trató de restarle importancia a sus palabras, pero le mantenía intranquilo el hecho de que era bastante posible que el Liche supiera más de lo que aparentaba. Se cuestionó un momento las razones por las cuales Khaelos parecía confiar plenamente en el no muerto, pero tras volver a ver su brazo amputado desde el hombro comprendió que él no tendría ningún derecho por sospechar de quien fuese que su camarada confiara. Si Khaelos había depositado su confianza en un poderoso cadáver él lo respetaría. Era un hecho que su ayuda les sería de gran utilidad a la hora de devolverles a los demonios todas las atenciones que habían tenido hacía con él y su compañero.

Que dem… – Se interrumpió el paladín cuando una presencia, similar a la que su aura maligna irradiaba, hizo resonancia con él. No comprendía cual era la fuente de tal poder, pero su piel se erizó al sentir que aquella energía compartía las mismas cualidades que su aura profana. Enseguida retiraba huesos y restos humanos del piso, tratando de descubrir cualquier cosa que todos los restos del foso cubrían debajo. Y no demoró demasiado.

Tras escavar un metro, entre metal y hueso, Axelier descubrió un viejo cadáver momificado con características demoníacas. El ser poseía una cola y una vasta cornamenta similar a la de un carnero de las altas montañas, un factor que resaltaba de entre todos los restos humanos del fondo del foso ya que, hasta ese momento, no habían encontrado rastro alguno de demonios ni diablos. Pero lo que en verdad saltaba a la vista era la armadura que aún llevaba puesta el finado ser. Una armadura de placas negras completa. Adamantio con bordes de bronce y oro, cuya manufactura revelaba el trabajo de manos demoníacas en vez de mortales. Axelier no pudo si no sentir un escalofrío prolongado mientras mantenía su mirada fija en la pieza que tenía frente a sí. Terribles púas metálicas recubrían piernas, pies, manos, brazos y hombros dándole un toque tenebroso al portador. Pronto descubrió que el ser poseía cuernos en la cabeza, sí, pero no eran más que cuatro pequeñas púas en la frente. La cornamenta en forma de cuernos de carnero era parte del temible casco del mismo metal pesado, notificando al paladín que el conjunto de armadura estaba completo y en perfectas condiciones.

La hermosa y terrible armadura le llamaba espiritualmente, lo podía sentir, pero su mente dudaba y se mantenía reacia a portar tal objeto mágico. Pero cuando el paladín acercó su mano para tocar por el brazo al cadáver este le sujetó fuertemente la mano logrando que Axelier esbozara un gesto de dolor y sorpresa. La cabeza del demonio giró hasta posar sus ojos sobre los del paladín mientras, en su mente, proyectaba las imágenes del monasterio mientras era asediado por un ejército interminable de demonios. Uno de ellos vestía las mismas ropas que el que ahora le sujetaba. El demonio peleó al frente de un regimiento de temibles demonios pero había caído al fondo del foso tras ser derrotado por la magia espiritual de un poderoso monje, para morir tras el impacto. Las palabras “Sangre por verdad” resonaron en la mente de Axelier al tiempo que los restos del demonio se desintegraban, formando un montículo de polvo envejecido que rápidamente se esparció por el lugar.

Sin dudarlo más, y con un gesto de decisión como nunca había utilizado, Axelier cogió las piezas de armadura y se las fue colocando una tras otra sin demorar. La armadura pesaba, pero algo en él le hizo hacer uso de fuerzas desconocidas hasta ese momento y sin demasiados esfuerzos logró colocarse toda la armadura en menos de diez minutos, dejando el casco para el final. Hasta ese momento no había notado la capa roja como la sangre que yacía por debajo de los restos del demonio y la cual también tenía impregnada la presencia maligna del propio ser. La capa tenía un collar de cráneos disminuidos con nigromancia o santería. No dudó ni un segundo en ponérsela a los hombros.

El poder comenzó a fluir por su cuerpo una vez colocada la última pieza de armadura, haciendo que el aura que le rodeaba se expandiera y se intensificara potencialmente. El golpe de poder fue tal que incluso Khaelos, quien se encontraba casi al otro lado de la enorme habitación circular, sintió el repentino aumento de poder y desenvainó su espada bastarda pensando en algún enemigo cercano. Pero solo era Axelier, a pesar de que la presencia era digna de un demonio.

He cometido un error amigo mío – Dijo el paladín mientras se acercaba al nigromante con una estabilidad y seguridad que no había mostrado hacía ya muchos años – Vuestro dios Elhías no guía mi espada ni mi venganza – Se miró las manos y apretó fuerte el puño dejando salir una leve ráfaga de energía similar al fuego – No. Yo lo supe desde el primer momento en el que sentí su mirada y su terrible calor – Cerró los ojos mientras pensaba en cosas que solo él sabía y que jamás, fuera de sus diarios, se había atrevido a mencionar --  Aquella noche yo leía sobre el mal que había invadido este lugar. Leía sobre Ghazrüll y su ejército de demonios. Leía como un ingenuo imbécil, pensando que la luz de Luminaris me protegería de cualquier sortilegio que pudiese atentar contra mi cuerpo o mi mente. Pero las líneas que leí hicieron algo más que solo resonar en mi garganta y mis oídos – Axelier meditó sus palabras mientras la imagen de un centenar de demonios masacrando una comunidad élfica, a las afueras de Uzuri, invadían sus recuerdos. El rostro ensangrentado de su amada Daanira, inerte en sus brazos, fue tan doloroso que comenzó a llorar lágrimas de sangre sin siquiera pretender hacerlo. Khaelos se hubo alertado, pero un repentino temblor sacudió la habitación sacando de su ensimismamiento a los camaradas. Morial volvió al recinto sosteniendo en la diestra La Orbe de la Santa Muerte.

TENDREMOS COMPAÑÍA HUMANOS – Recapacitó un momento mientras posaba su atención en el paladín. Esbozó lo que podría haberse interpretado como una sonrisa -- ¿O QUIZÁ DEBERÍA DECIR HUMANO Y … ? – Esperaba la respuesta de Axelier quien no logró contener el río de sangre que recorría sus mejillas. La mirada fría del paladín caído se posó en el Liche como si se tratara de un tigre acechando a una presa indefensa.

Solo llámame Axelier, El Maldito – En su voz se podía sentir el resentimiento y el dolor, la sed de venganza y la pena. Khaelos adoraba a la muerte, pero ante él había un hombre que podía verse a sí mismo como la muerte en sí. Él había perdido un brazo, pero aún tenía un reino al cual volver y una familia a quien amar o asesinar. Axelier no tenía nada, y lo que alguna vez logró tener él mismo lo había destruido. Su sufrimiento estaba más allá de la comprensión y, aun así, era extremadamente triste y atroz.

La presencia demoníaca de los pisos superiores del monasterio invadió por completo las catacumbas. La oscuridad perpetua y el fulgor luminoso que mantenía en las penumbras el último bastión de los monjes del Alba Roja se había corrompido en su totalidad, dejando pasar la luz roja del fuego y la sangre y la presencia de los demonios que, ahora mismo, ya comenzaban a abarrotar las entradas superiores de las propias catacumbas. Morial extendió el orbe en sus manos, explicando a los humanos sobre el efecto secundario de haber reclamado aquél poder para sí. Ahora no había nada que mantuviese a raya a los demonios, pero tampoco había nada que mantuviera muertos a los monjes. Con una sonrisa de satisfacción diezmada, Morial Griscount les hizo saber a ambos guerreros que ahora disponían de un ejército de monjes enrabiados dispuestos a devolver a las fauces del infierno a todos y cada uno de los demonios que habían osado profanar sus mentes y sus espíritus.

La guerra por el Monasterio del Alba Roja había comenzado así, sin más. Un Liche enloquecido por su propio poder, un Nigromante impulsado por el rencor y un paladín caído sin más razones que la venganza, comenzarían una campaña de muerte dirigida a un solo propósito en particular: Encontrar Las Puertas de Ghazrüll, destruirlas y aniquilar a cualquier ser que se haga llamar con el mismo nombre y a todos los desgraciados que osen cruzarse en sus caminos.

LA MUERTE NOS BENDICE CAMARADAS, PRESENTÉMOS RESPETOS A NUESTRO ANFITRIÓN.



== Continuará ==


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Axelier Dragonos
El Paladín Caído

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Re: Las puertas de Ghazrüll

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