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Crónicas apocalípticas

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Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Lun Mar 18, 2013 10:04 pm

Capítulo 0: Prólogo
Por el heraldo del fin


En aquella catedral de aspecto antiguo pero bien cuidado se filtraba la luz del mediodía a través de unas vidrieras de distintos colores, haciendo hermosos reflejos en la superficie de mármol que conformaba el suelo. Las estatuas de aspecto grotesco dedicadas a cultos indecibles decoraban los pasillos cubiertos con baldosas de colores blancos y negros alternando. Columnas de mármol blanco, grandes y ostentosos candelabros daban al lugar un aspecto mucho más luminoso del que le correspondería. En una de las salas más al oeste, aquella cubierta de estanterías con libros y libros se encontraba aprovechando la estructuración alargada de la estancia una mesa de piedra pulida, grisácea y llena de papeles de distinta índole. Unos pocos mapas geográficos de Thargund, con una serie de anotaciones hechas con tinta roja, otros de hecho eran de las ciudades y asentamientos del Imperio, así como pequeños pueblos Zhakheshianos. Además, libros con portada de cuero negro y marrón sin ningún texto en ellas. Planos de diversas estructuras también estaban esparcidas por la fría superficie sin mucho cuidado, igualmente garabateadas con decenas de anotaciones de suma importancia.

En el cabecero se encontraba una silla de tejo negro lustrosa y acolchada con terciopelo carmesí, y sentado cómodamente en ella un hombre de bastante edad. Su piel blanquecina hacía que sus ojos de color mostaza, fijos en el libro que tenía entre manos, llamasen incluso más la atención. Su nariz aguileña y sus arrugas propias de la edad hacían de él una figura similar a las gárgolas que decoraban el exterior de la catedral. Su barba de chivo canosa era perfecta para acompañar esa perenne sonrisa cuando veía a su objetivo abatido. Su traje no era tan ostentoso como el de los nobles, pero esa camisa beige y la gran gabardina oscura sobre ella eran una vestimenta reconocible donde fuese.

Holgado en su silla y con ese báculo que ya tenía cierto renombre en Thargund reposando cómodamente en el reposabrazos, ojeaba un libro en una lengua que desde luego no era la común. Las páginas ya amarillentas y el polvo acumulado sobre la tapa hacían ver que era un libro recién sacado de las estanterías, y que parecía más un receso del arduo trabajo que una continuación del mismo. Las páginas pasaban con relativa velocidad, demostrando que el hombre era un ávido lector. Los dedos cubiertos por esos guantes blancos que cubrían hasta el codo se aferraban con delicadeza a las páginas, como con miedo de que demasiada fuerza pudiese mellar el antiguo compendio de conocimientos.

◦◦◦

La catedral se alzaba en medio de una arboleda, solo permitiendo que las torres con las campanas sobrepasasen la espesa copa de los árboles, que impedían asimismo que la estructura se divisase hasta que se estuviese peligrosamente cerca. Igualmente y si se acercasen, dos hombres apostados en la puerta vestidos con la típica túnica, roja con bordados en negro, de gran musculatura y suficientemente intimidantes como para que un aventurero común y corriente que solo estuviese de paso ni se molestase en acercarse a ellos. Las gárgolas, vigilantes, decoraban las cornisas de las torres, un poco por debajo del follaje. Sus formas grotescas y amenazantes solo hacían que aquel lugar fuese menos hospitalario.

El interior, sin embargo, era curiosamente menos intimidante. Si bien como se ha dicho estaba decorado con estatuas de monstruos y pinturas no más agraciadas, los pasillos silenciosos y las estancias amplias y viejas pero ostentosas hacían del lugar si bien sobrio en decoración, que tuviese cierto aire hogareño. Muy de vez en cuando, algún que otro hombre o mujer ataviados con la misma túnica carmesí y negra bajaba o subía las escaleras, navegando entre las estancias. Una de ellas, grande, espaciosa y vacía daba la bienvenida a unas escaleras. Las mazmorras que se encontraban en el interior parecían construidas más recientemente, a juzgar por el mantenimiento general del lugar que, aunque precario para dar el ambiente típico de estos lugares, los pequeños detalles podían verse cuidados a simple vista.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 19, 2013 12:05 am

Capítulo 1: Reclusión
Por el heraldo del fin


Bajando paulatinamente por las escaleras, el anciano encorvado que se apoyaba en su báculo parecía mucho más inocente de lo que realmente era. El perfil aguileño y los ojos ladinos y sapientes dejaban entrever un poco el cerebro macabro que se escondía tras ese cuerpo azotado por la edad. Los pasos eran cuidados, delicados y aunque se tomaban su tiempo en sucederse, lo hacían para nada de manera torpe. Su apoyo en el báculo era meramente ornamental, y más bien servía para usar la edad como una ventaja, y aparentar ser más frágil de lo que realmente era.

Tras bajar se encontró en el piso inferior de la catedral, mucho más nuevo pero al mismo tiempo mucho menos acogedor. Decorado aun así sublimemente, los adornos grotescos eran mucho más recurrentes. En las paredes vacías, los relieves con murales de demonios y seres deformes eran comunes, así como pequeñas gárgolas colgadas de pequeños salientes, que asimismo servían para soportar antorchas y aportar cierta luminosidad al lugar. El suelo, a diferencia de arriba, era completamente de mármol gris sin ningún tipo de variación. Si mirase a los lados, encontraría varias estancias con portones de piedra y un pequeño ventanuco a modo de aperitivo a la sala que guardaba. Este patrón se repetía a lo largo de la alargada estancia, haciendo más de doce puertas en total. Al presentarse allí y observar unos segundos el lugar, una mujer escondida bajo una túnica holgada de color carmesí y una gran capucha se acercó hasta el anciano. Los labios carnosos y de color caqui así como la tez pálida y las manos delicadas que se frotaban contra un trapo de seda fue lo que pudo observar el anciano cuando oyó como lo llamaban. “¡Maese Nathrezim!” – dijo con cierta ilusión que, aunque tratando de esconderla, fue incapaz de retener en la voz, similar a como si hubiese visto a una celebridad. “¿C-Cómo usted por aquí?” – comentó con nerviosismo, escondiendo por algún motivo el paño tras de su propio cuerpo. “Eres nueva, ¿cierto?” – dijo aun fijándose en la habitación y sin hacer contacto visual con la muchacha. “… Sí, maese.” – musitó en un tono entre avergonzada y arrepentida.

Bien.” – comentó el anciano, con un tono indiferente. “Ven, acompáñame.” – dijo mientras caminaba con paso lento por la espaciosa y alargada estancia. La muchacha primero se sorprendió, y luego sincronizó su paso con el de él. “Veamos… He sido informado de que tenemos unos invitados de honor, y que se aposentan en una de estas cómodas estancias que se encuentran a nuestros lados. Realmente, su séquito poco me importa, pero sí me interesa conocer en cuál de ellas se encuentra nuestra querida… Como se llame.” – el tono indiferente estaba ya arraigado en su voz, tiñendo todas y cada una de las palabras que salían de su boca. La mujer se encontraba claramente nerviosa ante su presencia, y aunque el anciano era de todo menos intimidante, sus infinitos apodos y títulos decían lo contrario. ‘El augurio de tiempos peores.’ “Ella… Ella está en la última.” – señaló aun tartamudeando ligeramente. El anciano volteó rápidamente y sin prestar un ápice de atención a la encapuchada, que ahora se quedaba atrás mientras él se dirigía a la puerta con un XII en oro sobre ella. Golpeó cuidadosamente la superficie, siendo apenas audible desde dentro, y aplicando un poco de fuerza la abrió lo suficiente como para que su cuerpo cupiera cómodamente.

Buenas.” – dijo como aquél que acaba de entrar a la taberna del pueblo. La nueva estancia era exponencialmente más pequeña, y toda la luz que había venía de una antorcha a medio encender que hacía pues que el lugar tuviese cierto manto de penumbra. La decoración era más bien parca. Primero que nada, las paredes estaban completamente vacías de cualquier decoración, haciendo exasperante el pasar más de cinco minutos allí. A su derecha, se encontraba una mesa de madera clara tapada con una larga pieza de seda. Sobre la mesa y a adivinar por la silueta marcada tras la tela se encontraban diversos utensilios de mayor y menor tamaño, y de formas variadas. Uno, de los más grandes, simulaba la forma de una pera, mientras que otros parecían más bien recipientes. En el fondo de la estancia y allá donde la luz ya apenas llegaba se encontraba una figura curvilínea. Con claridad y gracias a la poca luz que llegaba se podían ver rasgos femeninos atados con cadenas a la pared. Ella reposaba dormitando, sentada sobre sus piernas y apoyada sobre una de las paredes. Su traje era más cercano al de una campesina que a la de una noble. Sobre ella solo un camisón blanco, como aquellos que muchas damas portan bajo sus ostentosos y absurdamente caros vestidos de diseñadores vanagloriados. Sus cabellos castaños que alguna vez debieron lucir hermosos con peinados imposibles ahora se derramaban como una cascada de rizos sobre su espalda y algunos mechones restantes, también por su cara.

Cuando el anciano caminó hasta su cercanía, chocó su bota con una bandeja de plata. En ella se encontraba un puré nada desdeñable y un pedazo de carne que por su distribución al parecer ni habían sido catados. Al lado de la misma, una copa de oro con agua fresca que, nuevamente, ni siquiera se había llevado a los labios. El cinismo del anciano llegaba incluso hasta el punto de preparar comidas decentes para sus prisioneros, y tratarlos perturbadoramente bien… En un inicio. Con una dificultad más fingida que real, el anciano se agachó y tomó la copa, aspirando el inodoro olor del agua como si de uno de los mejores vinos se tratase. Luego se arrastró hasta estar peligrosamente cerca de la durmiente mujer, y derramase el líquido sobre ella sin aviso previo, siendo respondido con un grito ahogado.

Buenos días.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 19, 2013 2:36 am

Capítulo 2: Tortura
Por el heraldo del fin


¡Oh! ¿Qué…?” – la mujer profirió un grito sordo, mientras intentaba torpemente ponerse en pie de nuevo y descubrir dónde demonios se encontraba. Haciendo memoria, ella recordaba haber sido enviada por su padre, un hombre influyente dentro de las murallas del Imperio, políticamente poderoso y viejo amigo de uno de los cardenales más cercanos al Papado fuera del Imperio, a una de las casas de verano que su familia tenía en quiensabedónde. Con ella iban seis hombres más, guerreros todos y aquellos que se asegurarían de su completa seguridad en un viaje tan rutinario. En el carruaje, se colocaba el maquillaje tan blanco que hacía que las mujeres Tenebres pareciesen Huntas, y unos labios con un carmín tan rojo que parecían los de un vampiro que se acababa de dar un festín. Su traje amarillo y tan pomposo que dificultaría los movimientos de cualquiera solo hacía que dar la última pincelada al lienzo. Los caballos caminaban sin prisa pero sin pausa, mientras que despreocupada se entretenía leyendo algún libro religioso o mirando el simple paisaje.

Sin embargo, pronto oiría gritos. Gritos de varones adultos, gritos de agonía, dolor y muerte. Luego explosiones, pequeñas explosiones similares a las de un arma de pólvora como un arcabuz. Ella sacaría más de medio cuerpo por la ventana del carruaje, y al hacerlo un varón musculoso, con armadura y capucha roja tiraría de ella, haciéndola caer al suelo. Luego le pondría un saco maloliente en la cabeza, no sin antes llevarse un tortazo o dos. Ella sentiría como la bolsa se empapaba de un fuerte olor, y poco a poco perdería las ganas de resistirse, pelear… Y estar despierta.

Un gélido líquido la despertaría en quién sabe dónde, y al acomodarse a la luz del lugar, vería a un anciano más bajo que ella, pero que al ver la posición en la que ella se encontraba hacía que él pareciese decenas de veces más grande. “¿Qué…?” – intentó preguntar, aún demasiado desconcertada como para dar prioridad a alguna de las decenas de preguntas que azotaban su mente. Ella no reconocía al hombre que se alzaba frágil e imponente a la vez ante ella, pero no pudo si no abrazarse a sí misma en busca de una protección que realmente no podía conseguir. “Bien, veamos…” – dijo por fin ese hombre con la barba de chivo y ojos mostaza, que por tan curiosos rasgos parecía un Zhakheshiano. “Mi nombre es Nathrezim. Probablemente hayáis oído de mí, o de alguno de mis apodos. Realmente que vos, una chica que no vale para nada excepto gastar dinero me reconozca o no me resulta irrelevante. Sin embargo, quiero que me llevéis a vuestro padre.” – comentó sin permitir tiempo de intervención por la mujer que compartía la estancia con él en ese momento. “Vos sois un mero puente para que llegue hasta vuestro padre, igual que él será lo propio hasta que llegue al cardenal Gerar.” – el hecho de que comentase tan ligeramente sus planes a la muchacha hizo que ella temiese como terminaría, tras obtener semejante información.

Llevo meses siguiendo los pasos de vuestro padre. Sé que su hijo, vuestro hermano menor, ha tenido cierta aventura con la hija de otra familia importante en Sacralis y sé que eso es lo que ha llevado a que dentro de dos semanas, al alba, vuestro padre se bata en duelo a pistola con el padre de la dama mancillada por su honor y demás bobadas.” – a medida que charlaba, la cara de la mujer se volvía de más y más estupefacción. “Ahora, necesito la localización de dicho acontecimiento.” – comentó, para finalmente hacer contacto visual con la cara de la mujer, con los ojos tan abiertos como su boca. Cuando él la miró, intentó recomponer su gesto por uno más digno y señorial, a pesar de su precario aspecto en aquel momento. “Yo… Yo no sabía… Mi padre simplemente… Me mandó a casa de mis abuelos…” – comentó intentando, aun ligeramente atontada, formar una frase coherente. Los ojos mostaza la juzgaron rápidamente, mirándola de arriba abajo. El anciano chasqueó la lengua, teniendo muchas dudas respecto a lo comentado.

Bien… Tarde o temprano hablaréis, milady. No tengáis duda alguna sobre nuestros métodos de persuasión.” – volteando sobre sí mismo y caminando hacia la puerta, se detuvo en seco e hizo un gesto como si acabase de recordar algo importantísimo. “Oh, sí. También me han informado que tenéis una tierna amistad con uno de los caballeros que os acompañaban en vuestro inocente viaje.” – su tono volvía a ser frío y distante, casi distraído. “Pudimos reconocerlo inmediatamente por la fiereza con la que intentó defenderos. De hecho, la fiereza fue tanta que nos fue imposible mantenerlo con vida. Oponía demasiada resistencia.” – si su gesto antes era de incredulidad, ahora la muchacha sumó desesperación a la mezcla, haciendo que no pudiese mantener su peso y sus rodillas le fallasen, haciéndola caer. El anciano no prestó mayor atención y salió de la estancia, encontrándose de nuevo con la mujer encapuchada, que lo miraba curiosa a una distancia prudencial. “Sonsacadle todo lo que podáis con los métodos que sean. No tengo ningún interés en ella más allá de la información, así que obtenedla sea cual sea el coste.” – tras dictar las ordenes y que la encapuchada asintiese efusiva y casi juvenilmente, comenzó a caminar en dirección a las escaleras. “¡Oh! Y por favor, haced que el caballero… Aquel que os costó tanto de apresar… El de la celda nueve, si no me equivoco, escuche los gritos de la dama. Estoy seguro que estará encantado de saber que su amante sigue viva… Aunque sea en tan agonizante condición.” – a pesar de lo cruel de sus palabras, lo decía con una frivolidad e indiferencia que resultaban espeluznantes, haciendo que a la encapuchada no se le pudiese evitar un escalofrío y una sonrisa de excitación y admiración pura se formase en su rostro.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 19, 2013 3:28 am

Capítulo 3: Resultado
Por el heraldo del fin


Aunque era un día rutinario y el hastío se había apoderado de él, el anciano seguía leyendo decenas de documentos con información, tanto relacionados como inconexos a lo que maquinaba desde hacía meses. Ahora él no se encontraba en la gran biblioteca, si no en uno de los aposentos personales que se encontraban en el ala este. En tamaño, no eran mucho más grandes que las salas del piso inferior, resguardadas por las puertas de piedra numeradas, pero su decoración y el tipo de utensilios que se encontraban en ésta eran muy distintos, intentando ser más prácticos para el día a día. Esta habitación en concreto tenía un escritorio de madera oscura, con montones de papeles de distintos tamaños, y un par de libros de gran grosos que eran compendios de distintas materias. Sobre una cama individual que se encontraba a su lado también se encontraban varios papeles, pero en este caso eran mapas enormes y poco exactos de la distribución general de todo Thargund. Sentado en una silla, el anciano tenía la maniobrabilidad limitada por dos montones altísimos de libros que se habían colocado en el suelo, a falta de un lugar mejor.

La puerta sonó cuando alguien entró en la estancia, sin esperar una contestación del anciano. Él miró y vio a un hombre de grandes proporciones, cubierto por una túnica roja y por encima un delantal blanco demasiado limpio para lo que estaba ideado. Con un gesto de la mano en la que no sostenía los documentos, instó a que contase aquello que le traía a su presencia. “No hay manera, maese. Ha pasado ya una semana y media, y no hay manera humana de que suelte nada… Rectifico, creo que nos ha contado todos los pecados que ha cometido en vida, pero no la información que nos interesa…” – el tono del hombretón sonaba verdaderamente arrepentido, y temeroso de una reprimenda. Sin embargo, el anciano lanzó los documentos a la cama sin cuidado alguno y se puso en pie, desequilibrando las torres de libros.

La mirada de color mostaza mostraban una contrariedad vívida, pero la sonrisa ladina hacía que el gesto fuese más sádico que furioso. Frotándose las manos, abandonó la estancia dejando allí al hombre del delantal. Cruzando el ala este, volvió a las escaleras y la estancia con las puertas numeradas. Desde la entrada, caminó con más presteza que la última vez hasta la duodécima puerta, abriéndola con mucha más fuerza. Allí estaba ella de nuevo. Volvió a mirar la estancia, y allí estaba la mesa, con la tela negra pero esta vez con ligeras manchas carmesíes. Allí estaba la antorcha, pero con un fuego más vivo esta vez, iluminando completamente la estancia… Y a ella. Allí estaba, sin fuerza alguna. Sus muñecas ya no estaban atadas, y sin embargo reposaban junto a sus manos sobre su regazo. Las muñecas estaban amoratadas, deduciendo rápidamente que por el forcejeo con las cadenas.

Su apariencia era completamente diferente a la última vez. Ojeras habían nacido bajo sus ojos, y la palidez, esta vez natural, estaba presente en su rostro. Los labios estaban resecos y agrietados y lejos de lo atractiva que podría haber sido uno o dos meses atrás, ahora estaba demacrada y derrotada psicológicamente. Una sábana blanca era lo que la rodeaba, cubriendo la mayoría de su cuerpo. Aunque a diferencia de la última vez ahora tenía los ojos abiertos, éstos estaban completamente perdidos en la distancia, dando a entender que se había retraído a su propio psique en busca de una ruta de escape. Sin embargo, de nuevo, allí se encontraba el anciano, inclemente. Se colocó a su vera, y agarró la cara de la muchacha del mentón, sorprendiéndose de la falta de reacción de la misma. Los ojos seguían fijos, sin mirar a ningún lugar en particular, y no había resistencia ninguna. Esto molestó al anciano, que abandonó la estancia con rapidez.

¿Qué sucede, maese?” – dijo el hombre del delantal, que ahora se encontraba a su lado. “Sacad al hombre de la celda nueve. Ahora. Traedlo hasta la celda doce.” – comentó entre dientes, con cierta rabia en el rostro. Cuando el hombre del delantal entró en la estancia, salió de ella arrastrando de los brazos ayudado por otro encapuchado a un hombre de cabellos cortos y castaños, rasgos fuertes y marcados pero claramente desnutrido y maltratado, con el torso desnudo azotado y sin fuerzas o ganas de ponerse en pie. Arrastrándolo hasta la estancia, lo dejó caer en el suelo de la sala doce, haciendo que el impacto le hiciese recuperar un ápice de consciencia, la suficiente como para que se pusiese a cuatro patas, alzando la cabeza y encontrándose con aquella figura. Esa mujer tan familiar, con la que había compartido viajes, momentos, amistad, cariño, amor, el lecho… Sus ojos primero se desorbitaron, para luego humedecerse. Ya no tenía fuerza para reprochar, para pelear, para gruñir… Sólo podía lamentar, lamentar el fallo y el error…

A su espalda se encontraba el anciano, que tras unos segundos para que el caballero asimilase la información, comenzó a hablar. “Supongo que tras los gritos ya habrías supuesto su situación tiempo atrás… O quizás tu mente intentó obviarlo para protegerse. Ahora no importa, estás aquí y no tienes más remedio que afrontarlo. Ahora en tu mano queda… Podemos prolongar esto hasta la saciedad, tenemos habitaciones de sobra… O puedes ponerle fin. Mis hombres te darán algo con filo.” – comentó, tan impasible que parecería inhumano. “Por supuesto, yo no estaré aquí y puedes intentar abatir a uno o dos de mis hombres, todos ellos reemplazables. Supongo que eres consciente de que por muy bueno que seas, con tu físico actual eres incapaz de hacer más que eso, ¿cierto?” – no esperaba respuesta a su pregunta, y si lo hiciese, solo oiría sollozos sordos del hombre agazapado frente a él. Abandonó la estancia pronto, y ordenó al hombre del delantal que preparase una daga para el caballero, así como que lo encerrase en la estancia hasta nuevo aviso. Tras esto y un poco más calmado, volvió a su lectura.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 19, 2013 3:51 am

Capítulo 4: Relación
Por el heraldo del fin


La mañana despuntaba recién, mientras el canto de algunas aves silvestres se filtraban por la ventana de los aposentos del anciano, junto a unos pocos rayos de luz matinales hacían lo propio. Por lo desgarbado de su aspecto, lo desordenado del cuarto y el hecho de que la cama estaba ocupada por media docena de libros parecía que el hombre había pasado toda la noche enfrascado en la lectura. El libro era un compendio de anatomía de distintos mamíferos, y la página que observaba mostraba la de un roedor similar a una rata, pero que por las anotaciones sobre su tamaño era exponencialmente más grande. El libro de cubierta de cuero era exageradamente grande, con una importante cantidad de páginas y que por su aspecto maltrecho parecía que había sido consultado una y otra vez.

Mientras él se encontraba enfrascado en su lectura, el sonido de la puerta lo trajo de nuevo a la realidad. Dando permiso a quien fuera para que entrase, eso fue lo que ocurrió. “Maese, tengo la información.” – la persona que entró en la estancia era una mujer alta y de porte recio. De grandes pechos y cadera y pequeña cintura, la piel que exponía al mundo tenía cierta apariencia porcelanosa. Su traje era bastante especial. Compartía la capucha roja y negra, pero a diferencia de terminar en una túnica, terminaba en una especie de bufanda que dejaba al aire gran parte de su pecho y zona clavicular. Luego, un corsé rojo tapaba desde los pechos hasta la cintura, y una larga y amplia falda roja con bordados negros hacía lo propio con las piernas. Sus brazos estaban descubiertos excepto por unos guantes negros con diseños decorativos en rojo que no pasaban del codo. De la cara apenas se veía una nariz pequeña y juvenil, y unos carnosos labios teñidos de un fuerte carmesí, así como un par de mechones rubios que enmarcaban la cara y caían hasta un poco más abajo del cuello. “Cuéntame, Belle.” – la persona que ahora se presentaba ante el anciano era una de las pocas personas dentro del círculo de Nathrezim en tener un nombre. ‘Tener un nombre’ no era en el significado literal, si no en el hecho de que el Gran Maese lo recordase, cosa que pocos podían decir, aliados y enemigos por igual.

Nathrezim trataba su propio cerebro como si de un trastero se tratase. A pesar de que devoraba cantidades insanas de información prácticamente diariamente, era consciente de que su capacidad para retenerla era limitada, como la cantidad de trastos que caben en una habitación, por lo que se negaba a absorber información que él considerase irrelevante, entre ellos los nombres de la gente. Sin embargo, unos pocos sí que los había considerado suficientemente valiosos como para recordarlos, entre ellos el de Belle, la mujer que se encontraba ante él. Para ella, ese hecho tan nimio era como si el anciano le hubiese hecho un regalo personal, cosa que la enorgullecía y la llenaba de responsabilidades. Pero ella no fallaba, era la élite entre los hombres que seguían al ‘augurio de tiempos peores’ y era por eso que él le había dado un nombre.

El encuentro será en la fecha que sospechábamos, en la finca de los señores De Bors.” – a pesar de que la información era de hecho nada sorprendente, la confirmación hizo que la sonrisa se crease sobre la barba de chivo. “Bien Belle, ahora déjame solo.” – a pesar de que no lo mostraba, el gran ‘hacedor del mal’ estaba bastante complacido, y Belle entendía eso, y aun si la contenía una inmensa alegría por haber sido útil había nacido en el centro de su pecho. “Sí, maese.” – y abandonó la estancia con paso firme y seguro. Si ese anciano grotesco y perturbado sentía aprecio por alguien, todos pensarían inmediatamente en Belle. Ella fue una de las primeras personas que sintieron fascinación por ese hombre, que lo siguieron aún siendo simplemente una adolescente abandonada por la mano de los Dioses, sin idea alguna del mundo y lo que ello significa. Pero aun así y sin necesidad de mentiras o medias verdades, ella sintió curiosidad primero, luego fascinación y finalmente apego por ese hombre, y por consiguiente, con sus planes. Él dejó que ella lo siguiese, a sabiendas de que a futuro necesitaría gente para sus ambiciosos planes.

Ella fue una de las pocas personas que conoció a Nathrezim antes de sus mil apodos apocalípticos, antes de ser señor de nada y cuando todo lo que existía era un cerebro ambicioso, egocéntrico y macabro. Sin embargo, aun en aquel momento aquella relación era prácticamente unilateral, y con el tiempo la adolescente creció en una mujer con inmensas aptitudes. Era una persona culta, una ávida lectora y era buena reteniendo información crucial y fijándose en los detalles. Era una combatiente decente, flexible y diestra en el uso de armas ligeras y venenos, además de una excelente exploradora y capaz de infiltrarse y actuar de una manera magistral. Era conocedora de diversos métodos violentos o no de obtener información, y muy pocos escrúpulos en usar a la gente o a sí misma para obtener los favores necesarios para llegar a su meta. Además, era una persona fría con mil disfraces para mostrarse como más le conviniese ante el mundo, para así facilitar su camino. Y todo ello obtenido gracias a la influencia del ‘jinete caótico’.

Cualquier excusa era válida para que ella quisiese pasar unos minutos ante su ídolo, y el trabajo era una perfecta.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Miér Mar 20, 2013 6:31 am

Capítulo 5: Confianza
Por el heraldo del fin


En una de las estancias más apartadas de toda la catedral se encontraba el laboratorio de Eric. Así como Belle, Eric era uno de los pocos seguidores a los que ‘el heraldo’ le otorgó un nombre. En comparación con Belle, el momento en que Eric conoció al hombre de ojos mostaza fue muy posterior, pero aun así grabó su nombre a fuego en el cerebro del por aquel entonces no tan anciano. Eric, por aquel entonces Eric Woodenfort era un mago rúnico, ingeniero y un alquimista de cuidado, cualidades que todas puso a disposición de Nathrezim. Si Eric Woodenfort no se había hecho un nombre en el mundo de los avances tecnológicos o alquímicos fue por su sibarita modo de trabajo. Como si de obras de arte se tratasen, no permitía que cualquiera poseyese su trabajo.

Eric fue siempre una rata de laboratorio y biblioteca, débil en el trabajo de campo pero un gran teórico y además un hombre sin escrúpulos a la hora de experimentar. Esto hizo que de un modo u otro, llamase la atención de un hombre tan ambicioso. Y él, como sibarita que era, no dudó cuando le fue prometido algo más que un laboratorio consistente de chatarra y cuatro cajas mal colocadas en un antro de mala muerte. La gran biblioteca, con cientos de libros y entre ellos algunos sobre los avances tecnológicos y demás investigaciones que nunca salieron a la luz, el suministro de materiales y el hecho de tener un emplazamiento fijo para llevar a cabo su trabajo habían hecho que ahora Eric vistiese la túnica carmesí y roja cuando saliese de su antro, y que su pelo oscuro como la misma noche pocas veces viese el sol, y aun con ello pudiese vivir sin complicaciones. Eric fue una inversión arriesgada por parte del heraldo, y una que pagó con creces, lo que causó que Eric se ganase un nombre entre los seguidores.

Ahora, se encontraba en su habitación completamente a oscuras, donde un par de tenazas de hierro bien cuidadas sostenían una gema hexagonal, que brillaba con un hipnotizante brillo aguamarina. Un vaho escapaba de la gema, como si su temperatura fuese exponencialmente más baja que la temperatura ambiente. Él la observaba fijamente tras unos lentes, rotándola para verla desde distintos ángulos. Sobre una mesa alargada de madera estaba un montón de papeles a medio escribir y una gran caja de madera, que difícilmente podría haber subido él mismo hasta allí. Asimismo y ordenados perfectamente en una bandeja habían una pinza y varios utensilios mecánicos más.

Eric entonces tomó el tintero y la pluma, y escribió con letra desigual y prácticamente ilegible mientras aun sostenía la gema verdosa, apuntando el comportamiento y estabilidad de la misma. Entre las palabras que garabateó en una esquina de la página estaban ‘frágil’, ‘fría’ e ‘inestable’. Luego colocó la gema con sumo cuidado sobre una seda blanca doblada para resultar mullida, y tomó una taza humeante que tenía a sus espaldas. Tras un largo sorbo de la amarga bebida, volvió al trabajo. Intercalando la mirada entre la gema y el papel, comenzó a escribir ideas sensatas y extravagantes por igual que le pasaban por la cabeza, en prácticamente un frenesí narrativo. La tinta oscura salpicaba en la hoja cuando escribía con velocidad, pero poco importaba la presentación de los documentos, si no su contenido. Escribía sonriente, mostrando toda su portentosa dentadura blanca como la nieve, y apartando la lente para mayor comodidad.

Cuando terminó enderezó la espalda súbitamente, satisfecho. Se levantó y usando las pinzas colocó la gema en una pequeña caja acolchada como si de una joya de inmenso valor se tratase, y de alguna manera, así era. Cerró la pequeña cajita decorada con tintas doradas y rojas, y la colocó con cuidad dentro de la caja de madera. Luego caminó hasta una de las otras dos mesas que decoraban la sala, y tomó la túnica carmesí que doblada reposaba sobre ella. Se enfundó en ella con destreza, y comenzó a caminar, no sin antes tomar el buen montón de papeles. Eric era una persona frágil y pequeña, un pequeño insecto en un mundo de depredadores que de no ser por su don único y su genialidad, habría sido devorado por el más fuerte como el resto de su calaña. Sin embargo, él había seguido con vida, y había encontrado a alguien que lo mantendría así mientras fuese útil. Vivía una vida muy por encima de sus posibilidades, y podía permitírselo gracias a un cerebro altamente especializado. Era torpe socialmente, y sin duda no tenía todas las habilidades que otra de las que tenían nombre, Belle, poseía, pero aun así solo por saber hacer bien lo que sabía hacer bien, se había ganado una gran bendición.

Eric caminaba encorvado, y aunque era muchísimo más joven que ‘el augurio de tiempos peores’ – rondaría la treintena de años – era incluso más frágil que él. Era escuálido, pálido y de aspecto desgarbado. Su túnica le quedaba excesivamente grande, e iba arrastrándola por los bajos. Llevaba barba de tres días mal afeitada y tenía un aspecto despistado y congestionado, como si tuviese un catarro. Sus pasos eran torpes y desiguales, y caminaba con las piernas excesivamente separadas, tambaleándose a cada paso. Él no era como Belle, no era grácil ni bonito de ver, pero era útil. Era un genio digno de llamarse así, pero de esos que no pasarían a la historia, pues él era de ese tipo de personas que se contentaban con vivir bien su vida y que aquel que hiciese uso de sus invenciones fuese el que se llevase la gloria. Así era, y así sería.

El escuálido hombre entró entonces en la estancia, y allí estaba él. La relación entre él y el ‘caos andante’ era curiosa. A diferencia de Belle, él no sentía fascinación hacia él, y tampoco es que lo viese como un ser superior per se. Lo que existía entre el heraldo y Eric era más bien complicidad, y no confianza. Mientras que la confianza se basa en la creencia de que la otra persona no va a traicionarte, la complicidad se basa en la confianza – valga la redundancia – que hay respecto a las habilidades de otro. Podría decirse que el respeto era algo entre ellos.

Eric.” – dijo el anciano, abandonando la lectura de unos documentos para lanzar una mirada fija hacia él, que se intentó enderezar mientras lo hacía como si fuese un general militar el que hubiese mencionado su nombre, pero para volver al reposo unos segundos después. “M-M-Maese, a-a-aquí están los documentos con toda la información respecto a e-e-e-eso” – Eric tampoco era un buen orador, de hecho pocas personas desearían tener una conversación con él, sino por su irritante forma de hablar por su torpeza a la hora de ordenar sus pensamientos ajenos a su trabajo. El muchacho avanzó unos pasos para darle en mano los papeles al anciano, que los ojeó durante unos segundos. “Hazme un resumen.” – dijo, con voz desafiante. El muchacho se sorprendió y comenzó a ordenar mentalmente todos los factores para hacerlo lo más entendible posible. “Es inestable todavía, aun con la aplicación y mantenimiento en grados bajo cero cualquier pequeño movimiento o impacto puede resultar en una explosión terrible, lo que dificulta su transporte, su comercialización y por supuesto su uso. Sin embargo, hemos alcanzado un equilibrio de potencia y área de efecto adecuado, así como contener su potencia en un recipiente de tamaño fácil de llevar.” – dijo sin dudar un segundo, dándole un aire ciertamente diferente. El anciano sonrió complacido, y comenzó a leer los documentos cuidadosamente. “Bien. Vuelve al trabajo.” – ordenó sin apartar la vista de los papeles, absorbiendo la información que en ellos había plasmado Eric, el cual ahora volvía al trabajo.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Miér Mar 20, 2013 8:21 am

Capítulo 6: Reunión
Por el heraldo del fin


Cinco personas se encontraban ahora en una estancia de forma circular, con una gran mesa también con esa forma y un asiento para cada uno. Una cúpula cristalina era lo que sustituía al clásico techo y la luz natural del mediodía era lo que los iluminaba. En una de las sillas se encontraba el anciano de ojos mostaza, barba de chivo y rasgos pálidos, que se acomodaba en su lugar mientras escuchaba atento el diálogo que se estaba desarrollando. “¡N-N-N-No eres quien para dudar de mis capacidades!” – esputó el hombre escuálido y de aspecto desarreglado, que con nerviosismo se reclinaba sobre su propia silla, completamente indignado por las palabras de otro de los presentes. “No lloriquees. No podemos contar con un arma que ni siquiera está terminada, ¡y con la cual nuestros hombres no han podido practicar! ¡Ni siquiera estamos seguros de que puedas producirlas en masa!” – gritó, golpeando la mesa con autoridad, lo que hizo que Eric, el joven con aspecto desarrapado se reclinase atrás en su silla, amedrentado. Al frente y enfurecido ante las promesas de humo de Eric se encontraba Jacques. Jacques, como el resto de los presentes, se trataba de uno de ‘aquellos con nombre’, y su aspecto contrastaba muchísimo con el del propio Eric.

Jacques era un adonis de cabellos dorados y ondulados, recogidos en una cola de caballo holgada. Sus ojos del color del mar podían ser tan calmos como temibles, como el propio océano. Jacques era un buen guerrero y un excelente exmilitar, que se encargaba de entrenar y desarrollar todo lo bélico dentro de los seguidores de Nathrezim. No era diestro en la infiltración como Belle, ni un genio como Eric, pero Jacques se había ganado tener un nombre a fuerza de espadazo. Y no solo eso, si no que sus poderes como paladín no eran nada desdeñables, aunque su carácter era bastante inquisitivo. Su relación con Nathrezim era más que de respeto o confianza, era de resignación. Lo obedecía y lo seguía porque había quedado avasallado por la fuerza del anciano, y no solo bélicamente. No había aprecio por su parte, pero sabía que no podía trabajar para alguien más poderoso en ese momento.

Cálmate, Jacques.” – ordenó Belle, autoritaria pero son levantar la voz un decibelio, no tenía necesidad. Belle le envió una mirada fugaz, y Jacques comprendió que estaba yendo muy lejos, y que no había necesidad. “Eric,…” – dijo, con un tono más calmo de voz, intentando darse a entender de nuevo sin necesidad de ser intimidante. “…Sigue desarrollándola, pero no podemos tomar por hecho que va a estar en pleno funcionamiento en el momento en que la necesitemos. La mantendremos como una alternativa suculenta, de momento.” – Todos miraron a Nathrezim, que simplemente se limitó a asentir sin mucho énfasis, pero que era todo lo que necesitaban para cerrar ese punto. A su derecha inmediata se encontraba Belle, tan estoica como siempre, siendo más la moderadora que una debatiente más. Ella se encargaba de mantener el cauce de las cosas para que el heraldo no estuviese contrariado. Al otro lado de Belle se encontraba Jacques, que aportaba toda la información y opiniones sobre la parte combativa. Por supuesto, luego estaba Eric, que mantenía en desarrollo las diversas investigaciones simultáneas que le habían sido encargadas y, en el quinto asiento, se encontraba Caitleen.

Caitleen era una hörigen con ojos y lengua de serpiente, pero eso no era lo que más llamaba la atención de ella, si no el hecho de que era apenas una quinceañera. Una joven de cabellos color zafiro, era la más baja de todos los presentes, incluso más que Eric. Sus mejillas sonrosadas la hacían parecer una niña inocente, pero sin embargo mucho había tras ella. El momento en el que conoció al heraldo y su relación con el mismo es bastante incierta, solo sabiendo que entró en algún punto antes que Eric y Jacques, pero después de Belle. Es la única después de Nathrezim además de ganarse un apodo, y es ‘la bruja del caos’, pues ella es una piromante de poderes inconclusos – pocos la han visto practicar este arte fuera de la teoría – pero que deberán ser suficientemente importantes como para haberse ganado un nombre.

Hay que darle la razón a Jacques. No podemos vender la piel del oso antes de cazarlo. Eric, comprendo que quieras que tu trabajo haya valido para algo, así que tú no te desanimes y continua trabajando.” – dijo, para terminar guiñándole un ojo, cosa que terminó por tranquilizar al genio inventor, que se resignó a la opinión de la mayoría. “Jacques… Espero que tras haberlo decidido de esta manera, no decepciones.” – a pesar de lo hiriente que podría haber resultado para el impetuoso Jacques semejante frase, la entonación juvenil y desenfadada que le había dado Caitleen había hecho que Jacques solo asintiese, confiado. Belle entonces carraspeó para llamar la atención de todos los presentes, y comenzó a hablar. “Entonces, damas y caballeros, creo que tenemos bastante claro cómo se va a desarrollar todo, ¿no es así?” – cuando todos asintieron, unánimes, ella se levantó de la silla y se colocó apoyando ambas palmas en la mesa. “Entonces, nos volveremos a ver aquí una vez más si surge algún imprevisto.” – todos se fueron levantando y abandonando la estancia. Primero Jacques, que caminó con paso firme y zancadas orgullosas, sin voltear atrás, como si tuviese prisa por retomar la rutina. Tras él, Eric caminaba cabizbajo descontento por las decisiones que se habían llevado a cabo respecto a sus investigaciones y a su lado Caitleen, colocando una mano en su hombro e intentando darle ánimos. Cuando todos ellos abandonaron la estancia, fue el silente Nathrezim quien se levantó apoyándose en su cetro, y comenzó a caminar con esa tranquilidad habitual. “¡Esperad!” – dijo Belle, que había estado esperando esta situación a solas con el anciano. “Yo… Quiero pedirle un favor, maese.” – comentó tímida. Aunque resultaba fría y recta ante sus compañeros, cuando se refería al anciano lo hacía como una niña que teme contrariar a su padre o maestro de escuela. “Habla.” – le respondió con cierta indiferencia. “Enviad a Jacques a guiar a nuestros hombres… O a Caitleen, pero no a mí, os lo ruego.” – el heraldo se sorprendió al oír esas palabras, y se volteó para mirarla directamente a los ojos, lo que la incomodó lo suficiente como para apartar la vista al suelo. “Oh…” – soltó, inconscientemente.

Belle era una gran trabajadora. Sus habilidades no eran como las de Eric, ella no era un genio mediante a un talento innato e inexplicable. Ella era una trabajadora, y todo lo que había aprendido había sido mediante teoría, experiencia y práctica, y nunca se había negado o había dejado de ser voluntaria ante una petición del ‘augurio de tiempos peores’, lo que hizo que el anciano estuviese confuso, curioso y entretenido a partes iguales. “¿No te crees capaz de llevar a cabo una tarea tan sencilla?” – ella hizo amago de responder, pero se tragó sus propias palabras y se mantuvo cabizbaja, como una súplica. “¿O acaso ya te has cansado de trabajar para mí?” – tan pronto como terminó la frase, Belle levantó la cabeza con los ojos abiertos como platos. “¡No! No…” – luego volvió a bajar la cabeza, como debatiéndose entre decir el verdadero motivo o no, cosa que no pasó por alto la mirada analítica del anciano.

No te preocupes… No fue en ningún momento mi idea de que fueses tú la que estuvieses al frente. Irá Jacques, es el más adecuado.” – el rostro de la mujer se iluminó en agradecimiento y alegría, pero pronto la borró por un gesto más serio y profesional, menos juvenil. No podía mostrarse tan inocente, no quería que él pensase mal de ella. El anciano sin embargo continuó rumiando respecto a la actitud de la mujer, incluso después de abandonar la estancia.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Vie Mar 22, 2013 12:49 pm

Capítulo 7: Temor
Por el heraldo del fin


Belle se retorcía en su lecho entre sábanas y sudores fríos. Daba vueltas dejando que su cabello se fundiese con las sábanas como hilos de oro. A pesar de la escasa ropa, las gotas corrían por su rostro de porcelana como lágrimas saladas. Murmuraba palabras incomprensibles mientras se abrazaba a sí misma, acurrucada. Las piernas esbeltas y descubiertas temblaban, como intentando moverse, correr, pero no pudiesen. El ceño fruncido, y su aspecto desprotegido. Aquella figura distaba mucho de la rígida mujer que hacía un trabajo impecable, si no más parecía una niña inocente en medio de una pesadilla, con los temores acumulados durante el día acechándole durante la noche.

Y entonces, cuando el olor a fuego fue demasiado para que pudiese soportarlo, y las torturas por parte de los diablos escondidos en su mente eran algo que ya no podía aguantar, abrió los ojos. Miró a su alrededor, y volvió a sentir la brisa en su piel erizada. Respiraba ahogadamente, y se sentía febril. No podía pensar claramente, y estas eran las pocas ocasiones en las que ella se mostraba tan intranquila y frágil. Entonces los pensamientos comenzaron a acudir, y recordó que el día anterior Jacques había partido con doce hombres para secuestrar al hombre conocido como Lamorak de Bors. Deberían haber tenido noticias de él a medianoche.

Colocándose primero un salto de cama y por encima la típica túnica carmesí, abandonó su estancia en busca de algo de frescura, alejarse de su antro personal de temores y preocupaciones. Abandonó la gran catedral por la gran puerta principal, viendo a las dos perennes figuras carmesíes haciendo compañía a las vigilantes gárgolas. Se acercó a ellos con rectitud y seriedad, no dejando que sus vulnerabilidades internas se filtrasen a través de esa fachada responsable. “¿Han llegado noticias de Jacques…?” – preguntó a uno de los vigilantes, que rápidamente contestó casi mecánicamente. “Negativo.” – Belle chasqueó la lengua con decepción y preocupación a partes iguales. A pesar de que siempre se colocaba la máscara de la rectitud, cuando un plan no salía exactamente como se había planeado o pequeños retrasos como éstos sucedían, le era imposible no sentir nerviosismo. La brisa nocturna se coló a través de su escaso ropaje, lo que la instó a volver al interior. Volver a sus perturbadores sueños no era la opción más encantadora, y la preocupación tampoco lo habría permitido en cualquier caso.

Se retrajo pues en la lectura. Belle era una ávida lectora, y aunque era capaz de leer libros sobre diversas materias teóricas, ahora había tomado uno de los escasos libros de ficción que se encontraban en la gran biblioteca del heraldo. Pasaba las páginas con hastío, como si las historias fantásticas no fuesen suficiente como para hacerla abstraerse de su mente inquieta. Los minutos pasaban como horas, y las horas como días, hasta que una mujer entró en la biblioteca con cara de preocupación. “Señorita Belle, el señor Jacques acaba de llegar, y ha pedido vuestra presencia, así como la de la señorita Caitleen, el señor Eric y el gran maese.” – Belle respondió asintiendo sin palabras, y se levantó rápido abandonando el libro sobre la mesa. Caminó rauda pero sin llegar a correr hasta llegar a la sala de la mesa circular. Allí se encontraba ya Jacques, pálido y con gesto pensativo y preocupado. Justo después de ella entró Caitleen con una cara de somnolencia obvia y luego Eric tan desarreglado como siempre, en apariencia sin haberse molestado siquiera en dormir. La tensión se palpaba, todos se morían de curiosidad por saber pero nadie se atrevía a preguntar hasta que el heraldo se presenciase.

Y así fue. Entró el anciano en la sala, y tomó su asiento mientras todos lo vigilaban para que, en el segundo que se acomodase, poder preguntar. “¿Y bien? ¿Qué ha pasado?” – preguntó Caitleen, sin poder retener su curiosidad. Jacques la respondió con una mirada preocupada y contrariada a partes iguales. “No había nadie allí.” – comentó, dejando que todo lo que lo seguía quedase implícito en el mensaje. Belle palideció también, y al ver el gesto del heraldo lo pudo ver impasible, pero guardando preocupación en el fondo. “Llegamos allí, y todo lo que nos encontró fue la nada. Nadie, absolutamente nadie se encontraba en esas tierras…” – continuó Jacques, sin poder evitar hacer el aire entre ellos más tenso.

¿Alguien ha filtrado nuestros planes?” – Belle por fin dijo sin tapujos lo que todos temían mencionar.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 26, 2013 1:45 pm

Capítulo 8: Abandono
Por el heraldo del fin


Fuego, gritos y cenizas. El anciano abrió los ojos en medio de la noche, y a pesar de sentir la quietud propia de la noche estival, estaba inquieto, y eso no era un buen augurio para él. Caminó a través de la penumbra, como si su sueño hubiese sido tan esclarecedor que sabía lo que debía hacer en ese momento.

Jacques se despertó con un grito desgarrador, un grito agónico de muerte. Rápidamente abandonó la comodidad de sus sábanas y agarró su mandoble, que siempre reposaba envainado sobre la mesa de sus aposentos. Bajó las escaleras de dos en dos, a grandes zancadas y con destreza. Al llegar abajo vio como una pesadilla muy real se personaba ante él. Dos paladines embutidos en armadura blanca con una gran cruz roja en su escudo portaban dos espadas largas y afiladas, chorreando sangre. Al ver un poco más allá de los intrusos, vio a los dos hombres de túnicas carmesíes tumbados y encharcados en su propia sangre. “¡No opongáis resistencia y seremos piadosos!” – gritó uno de los paladines, mientras Jacques se deshacía de la vaina y empuñaba su arma a dos manos. No solo él estaba en desventaja numérica, sino que tampoco había traído su escudo ni mucho menos su armadura, lo que hacía que la situación fuese muy desventajosa. Belle y Caitleen aparecieron en las escaleras también, y su gesto fue de tanta sorpresa como lo fue el de Jacques. “¡Belle, ve a avisar al gran maestro y llévate a algunos hombres contigo, y salid de aquí!” – ordenó sin voltearse a ver a las mujeres que aun vestidas con apenas lencería se presentaban ante los dos paladines, que mantenían la guardia alta con el escudo por delante, pues no se fiaban de las habilidades que pudiesen ocultar sus enemigos.

¡Caitleen, despierta a algunos hombres y diles que vengan, armados!” – Caitleen quedó unos segundos en shock, y rápidamente corrió por donde había venido, en busca de refuerzos. Belle ya se había ido incluso antes que Caitleen, y ahora Jacques encaraba a ambos enemigos completamente solo. “¡Rendíos, rendíos ahora!” – gritó uno de los dos paladines blancos, que corrió hacia Jacques y chocó su espada contra el filo de su contrincante, haciendo que el metal hiciese un estruendo importante. “¡No podéis oponeros al Imperio!” – gritó el otro enemigo, y justo cuando el primer paladín se apartaba, un rayo de luz impactó en Jacques, no solo haciéndole sentir un dolor terrible en cada músculo del cuerpo, sino además entumeciéndolo lo suficiente como para que no tuviese fuerzas para sostener su espada, no sostenerse en pie. “Nadie que se oponga al Imperio puede pretender terminar bien.” – comentó uno de los hombres en armadura, mientras la consciencia de Jacques se desvanecía.

Belle, por su parte, había reunido un pequeño grupo de siete hombres y mujeres por igual, y ahora corría por los pasillos en busca del anciano. Más pronto que tarde se encontró con él camino a la gran sala circular, y al compartir una mirada con él, supo que no debía explicarle la situación. “Seguidme.” – dijo el anciano, y con un paso más raudo que de costumbre, avanzó hasta la estancia junto a Belle y los siete hombres que Belle logró despertar. Nathrezim se adelantó y empujó una de las baldosas que componían las paredes, y ésta se apartó dejando ver unas escaleras descendientes. “Nos vamos.” – comentó sin pararse, mientras tomaba una lámpara de aceite que colgaba de la pared y comenzaba a descender por las escaleras, no sin antes cerrar la puerta secreta una vez todo el grupo había pasado por ella.

Caitleen había logrado reunir a cinco hombres, todos ellos portando espada y escudo por igual. Ella corrió de nuevo a las escaleras centrales, para ver como no quedaba ni rastro de Jacques, y en su lugar habían dos paladines en armadura ostentosa idéntica a la de los que había visto unos minutos antes, además de dos mujeres vestidas en una túnica con capucha blanca, roja y dorada y tres guerreros de aspecto más ligero. “¡Cubridme, y terminaremos con ellos!” – gritó Caitleen, mientras se quedaba atrás arrodillada, con ambas palmas en el suelo mientras los hombres se adelantaban y comenzaban un combate a espada y escudo contra los paladines y guerreros enemigos. Caitleen comenzó a pronunciar algunas palabras en un idioma extravagante, mientras el aire en la estancia comenzaba a calentarse. Por su parte, los espadachines peleaban contra los paladines mientras intentaban evitar el hostigamiento de los guerreros, manteniendo controladas a las mujeres con la vista, que igualmente parecían estar conjurando algo.

¡Retor, burn, detrois!” – gritó Caitleen como últimas palabras de su conjuro, y así las armas de los guerreros aliados comenzaban a brillar en carmesí, calentándose y aumentando su destructividad. “¡Sanae, disipar!” – gritó una de las mujeres, y entonces Caitleen quedó boquiabierta al ver como su hechizo se disipaba sin el menor esfuerzo. “¡Luminis!” – gritó la otra, y un brillo tan poderoso como el del propio sol cegó a Caitleen y los guerreros que se encontraban ayudándola. Los ojos de la muchacha escocían, y todo se veía emblanquecido por la luz. Caitleen estaba cegada, pero todavía oía gritos y choques de aceros, lo que la hacía inquietarse, no saber qué sucedía. Posaba sus manos en el suelo de nuevo, ahora ya no para lanzar un conjuro, si no para no perder el equilibrio con sus sentidos embotados. Y pronto, gritos. Gritos de agonía, dolor y muerte. Poco a poco comenzaba a recuperar la visión, solo para verse rodeada por los paladines y guerreros, con las espadas apuntándola. “Ríndete, en nombre del Imperio.” – Caitleen palideció, sin ninguna posibilidad de un contraataque que no fuese suicida.

Eric se encontraba en su estancia como de costumbre en su laboratorio. Sobre su mesa se encontraba un largo y mullido cojín, y sobre él varias de las gemas verdosas, todas de diferentes formas y tamaños, como si se tratasen de fragmentos partidos de una gema de mayor tamaño. De pronto, sintió pasos metálicos, y como alguien abría la puerta de un golpe. Eric se puso en pie del mismo susto, para ver desde la penumbra de la sala a dos guerreros con la misma cruz. “En nombre del Imperio, no opongáis resistencia y seremos piadoso.” – entonces, por la mente del muchacho pasaron diversas cosas. Primero, alzó las manos, quedándose muy quieto, y pensando que quizás así se le perdonase la vida. Luego bajó la vista a las gemas, y entonces sintió que si algo no quería, era que sus creaciones terminasen en manos del Imperio. A medida que los paladines se acercaban con sus espadas amenazantes, Eric dio un manotazo en la mesa, empujando el cojín y haciendo volar las pequeñas gemas por los aires. Él era consciente de que en esa habitación habían potenciales armas e investigaciones importantes, lo que hacía que hubiese preferido que sus creaciones, su arte no cayese en manos del Imperio incluso por encima de su propia vida.

Las gemas cayeron, y frágiles como eran se fragmentaron como si de cristal se tratase al impactar con el suelo, haciendo que la estancia entera se llenase sonidos atronadores, y luces blancas y verdes, y azules. Los gritos de dolor se ahogaron con el ruido de explosiones, y el humo salió por la puerta cerrada al igual que el olor a quemado y a muerte, y nadie abandonó aquella estancia. En vida, Eric siempre había apreciado sus creaciones como si de su propia familia se tratase, y en un acto tan noble como loco, había antepuesto eso a que fuesen poseídas por sus enemigos, que las usarían sin escrúpulos ni consentimiento.

El estruendo se habría oído incluso en el pasaje oculto bajo la arboleda, pero ninguno tuvo el valor de volver.
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Re: Crónicas apocalípticas

Mensaje por Nathrezim el Mar Mar 26, 2013 4:07 pm

Capítulo 9: Comienzo
Por el heraldo del fin


El tiempo había pasado de tal manera que ahora ya no habían leyendas ni sobrenombres que los recordasen, y eran iguales a los fugitivos comunes y corrientes. Ya no habían trajes de seda ni túnicas carmesíes, en cambio el anciano ahora vestía un traje de campesino, una camisa a cuadros y unos tirantes azules, así como un amplio sombrero de paja. Él estaba sentado en una mecedora en frente de una pequeña casa de madera, en la que ahora residía temporalmente, hasta que oyese rumores sobre Imperiales cerca. La brisa estival hacía que las espigas de trigo se meciesen grácilmente, dando a toda la escena un aire muy pacífico. Nathrezim había logrado asentarse, y llevar una vida bastante mundana, pero él sabía que el momento llegaría, y un sentimiento de venganza lo corroía por dentro, incluso si en ocasiones pensaba que era mejor simplemente terminar sus días en un lugar apartado, con tranquilidad, reposando.

En el interior de la casa se encontraba una mujer de cabellos dorados atados en una coleta. Antaño, verla suponía ver a la muerte encarnada en una mujer bella y sensual, pero si la viesen ahora verían a una mujer descansada, quizás inclusive feliz. Ya no se teñía los labios con carmín, y aun así resultaba bella. Ya no se vestía con corsés y ropas ajustadas, pero aún se podían ver las curvas esculturales. Con ambas manos, sujetaba un jarrón pintado, y en él habían sido colocados segundos antes unos girasoles hermosos. Belle seguiría a su maestro a donde fuese, y quizás esta vida no estaba tan mal… O eso comenzaba a creer ella con bastante convicción. Vestía un traje simple, con pantalones grisáceos y camisa de botones marrón, fundiéndose con el ambiente rural. Colocó el jarrón con cuidado sobre la mesa de madera, portando una sonrisa apacible en su rostro. “Maese, deberíamos ir a la ciudad… Recuerde que nos están esperando.” – comentó mientras salía, y posaba una mano delicada sobre el hombro del anciano, que continuaba mirando absorto las espigas bailando al son del viento. “… Sí

Ambos montaron en caballo, y comenzaron su camino hasta la urbe con calma. Eran esperados al ocaso, y ni siquiera había llegado el mediodía todavía, así que se podían permitir tomarlo con calma. Ellos cabalgaron a través de los caminos entre los cultivos, mientras que algunos campesinos que trabajaban los saludaban. Aunque el anciano poco salía de la casa y menos se relacionaba con el mundo, Belle sí había comenzado a socializar con los campesinos y demás, al menos para ganarse su amistad y pasar desapercibidos. A medida que el gran astro se deslizaba por el cielo, ambos comenzaron a ver como la ciudad se presentaba ante ellos. No era la primera vez que viajaban hasta ella, y gracias a eso sabían moverse a través de las callejuelas con relativa facilidad. Caminaron con paso calmado, sin prisa alguna, y pronto vieron el edificio al que debían acudir. ‘La taberna del Gato Quemado’ aparecía ante sus ojos, y una vez dentro vieron dos caras familiares.

Sentados en una mesa al fondo se encontraba un hombre de tez morena, musculoso y de cabellos rojizos y una mujer más bajita, con rasgos delicados y pálidos y un cabello tan negro como la noche. El anciano y la mujer caminaron hasta esa mesa, sentándose frente a ellos. “Maese, Belle…” – saludó el hombre, en voz baja e intentando permanecer con el perfil bajo. “¿Qué sabéis?” – preguntó el anciano sin dignarse a devolver el saludo. Entonces, la mujer de pelo negro comenzó a relatar. “Primero que nada y según algunos rumores, al parecer por fin… Los han ejecutado…” – y entonces, el rostro de Belle palideció. Sabía que sucedería, pero… No podían haberlo imaginado.

◦◦◦

¡Ante vosotros se encuentra Jacques Atelier, conspirador en contra del cardenal Gerar, y uno de los hombres de Nathrezim, terrorista que atentó más de una vez contra el avance de nuestro Imperio!” – gritó el capitán de la guardia de Sacralis. “¡Y este hombre que ahora se encuentra frente a vosotros ha derramado la sangre de nuestros soldados una y otra vez, y ahora Dios hará que su castigo justo se haga realidad! Que esto sirva como ejemplo para todos aquellos que osen oponerse a nuestro Dios único” – con una soga al cuello se encontraba un demacrado Jacques. En él ya no se veían trazas del guerrero que una vez fue, ni de la belleza, arrogancia y orgullo que una vez portaba en su rostro, pues ahora solo quedaba a la vista un hombre torturado hasta la saciedad por los secretos que pudiese guardar, un hombre abatido y que ya había olvidado el fragor de la batalla, o como se sentía empuñar una espada. Su pelo alguna vez sedoso y brillante ahora portaba un dorado pálido y grisáceo, y el pelo caía por su espalda enmarañado. Ya no tenía intención de evitar la muerte, y en cambio suplicaba desde el corazón que el piadoso abrazo de Elhías por fin llegase a él. Ya no tenía brazos, pues ambos habían sido amputados y si viesen tras el saco raído que portaba como vestimenta, verían un torso y espalda destrozados, con cicatrices viejas y nuevas, curadas y sangrantes por igual. De látigos y cuchillas, cortes y quemaduras… Su vida ya no valía la pena, el sufrimiento hacía que no valiese la pena aferrarse a la vida, simplemente deseaba que la piedad de la muerte llegase a él, le permitiese descansar por fin.

Y así fue. El suelo de madera se hundió bajo él, y el collar hecho de soga comenzó a apretar… Pero él ya no sentía dolor. No lo sentía, ya estaba acostumbrado… Solo contaba los segundos que le quedaban para poder cerrar los ojos al fin.

Y eso no fue suficiente para que el Imperio se desquitase, porque a Jacques no era al único que habían atrapado. A su lado se encontraba una muchacha más joven y baja que él, y de aspecto igual de desolador. Sus rasgos eran demacrados, y alrededor de sus ojos portaba una cinta negra pues ellos ya habían sentido el contacto con el acero ardiente. Había sentido el dolor y la vejación, y la humillación. Habían buscado modos de torturarla física y mentalmente hasta la saciedad, no solo por la información que pudiese tener, si no para castigarla, algunos por fe y otros por morbosidad. Caitleen había llorado, gritado y suplicado. No había ya nada de poder en ella, y sus conjuros habían desaparecido cuando decidieron cortarle la lengua. Ciega y muda, ya no podía ver venir su siguiente tormento, ni suplicar por piedad. Y ahora, estaba allí en pie, solo pudiendo oír como la gente que la miraba vitoreaba el hecho de que iba a morir, y aunque su alma pugnaba por ello, ya no podía derramar más lágrimas amargas como si de ácido se tratase, así que simplemente tuvo que aceptar su destino.

Y así fue, la soga también se tensó para ella. Todo lo que sentía era el viento frío que acompañaba a la parca, y los insultos hacia ella. Y así todo desapareció en la negrura.

◦◦◦

El silencio se asentó entre todos. El rostro de Belle ya no portaba la sonrisa apacible, sino una tristeza obvia. No pudo evitar que los ojos se le aguasen, pero se contuvo estoicamente. “¿Qué hay de los Imperiales?” - preguntó fríamente Nathrezim, sin dejar entrever siquiera si en realidad sentía o no la muerte de Caitleen y Jacques, o simplemente era tan frío como sus sobrenombres hacían suponer.
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Re: Crónicas apocalípticas

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