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Una Caza En Condiciones

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Una Caza En Condiciones

Mensaje por Arthorius Bloodbane el Mar Mar 26, 2013 10:49 pm

Mis pasos hacían saltar gotas de agua a mi alrededor, mientras el metal de mi armadura se hundía unos milímetros en el barro del suelo antes de moverse para dar el siguiente paso. Daba la sensación de que si me quedaba quieto la tierra me tragaría. Había llovido hacía poco, aunque bueno, en Swash llovía de forma común, y si no lo hacía no importaba, allí la humedad nunca faltaba. Lo demostraba la vegetación que crecía por todos lados, árboles de enorme tamaño que tapaban el cielo en muchas zonas con sus enormes ramas, y los grandes helechos que asomaban del suelo en busca de la luz que sus parientes leñosos les dejaban.

Ser silencioso, al menos para alguien de mi peso y tamaño era una tarea imposible a cada paso el suelo hacía el ruido de la succión del barro a mis pies, y cuando estos se posaban de nuevo creaban un chapoteo audible a varios metros. Pero no importaba, al fin y al cabo no estaba allí intentando ser sigiloso, solo quería llegar de una vez a la ciudad. Shuwap era un refugio de antropomorfos y engendros, pero no era por mi aspecto por lo que iba allí, los pueblos aún no habían decidido exiliarme a la ciudad de los Parias, más bien eran los negocios los que me llamaban. Un hombre me había entregado una nota el día que llegué a Zheroker, al parecer un hombre requería de mis servicios como cazador, un tal Dan, un alquimista. No terminaba de especificar bien que quería, pero eso era independiente, mencionaba que pagaría bien por cazar a unas cuantas criaturas, pero que habría que tener cuidado con ellas, según parecía, él quería algunas partes de ellas intactas. No me importaba mucho realmente, una caza era una caza.

Veía desde hacía un buen rato las pasarelas de madera colgantes en los árboles de la lejanía, pero avanzaba lentamente, y siempre parecía permanecer a la misma distancia, haciéndome maldecir aquel terreno embarrado continuamente. Pero finalmente mis pies tocaron suelo... Más o menos firme, al menos más que el cieno, y empecé a subir por la rampa de tablas que llevaba a la ciudad. Cuando llegué a la zona llana donde se asentaban la mayoría de edificios (Sin contar los que emergían de los troncos como ramas, o los que colgaban como frutos) vi que no era un sitio con un gran población en las calles. Paseaba gente, si, y había tiendas y una plaza, pero sin duda no había tal densidad como en otros lugares anteriores. Por último, los rumores eran ciertos, en aquel lugar los engendros eran realmente comunes, dos tercios de la gente que vi en las calles tenía rasgos peculiares. Unos más que otros, claro.

Saqué de la bolsa que llevaba el trozo de papel arrugado que contenía la información, repasando los datos. Decía que podríamos esperar en la Taberna Oro Negro la llegada de su ayudante, que nos llevaría ante él.
Ya había mirado aquellas palabras más de una vez, y estaba claro que no sería el único que habían contratado para aquel trabajo. Me preguntaba que desearía aquel hombre que matásemos para requerir al menos a dos mercenarios... Aunque la intuición me decía que seríamos más de dos. Nada especial me lo comunicaba, pero lo sentía, claro, quizás pudiese equivocarme, al fin y al cabo todo eran suposiciones.
Busqué con la mirada el local mencionado, pero no logré hallarlo en aquella zona, así que deambulé por la ciudad en busca de algo que me indicase que era el lugar correcto, y pasó más de un cuarto de hora hasta que un cartel colgante que mostraba la imagen de una jarra de cerveza rodeada de monedas color azabache me convenciese.

Sin esperar más tiempo entré en aquella casa. Se trataba de un edificio construido de madera (Como casi todo lo de aquella ciudad) y que asomaba del tronco de un árbol. Para subir había que seguir un camino de planchas colocadas sobre una gruesa rama, que hacía las veces de camino.
No parecía muy grande visto de fuera... Y desde dentro tampoco era expectacular, pero el hecho de que se hundiese en la corteza del gigantesco vegetal le proporcionaba un espacio extra que se agradecía. Allí no había mucha gente, y su mobiliario se resumía en ocho mesas pequeñas con sus respectivas sillas, una barra tras la cual estaba el típico tabernero, y unas escaleras que daban a un segundo piso. Además de la puerta que daría a los almacenes y las cocinas, situada tras la barra. No parecía haber llegado aquel hombre aún, así que me limité a sentarme en una silla y pedir una jarra de cerveza para amenizar la espera... Pero antes de que me diese cuenta ya me habían arruinado el descanso. Aquel paliducho espectro sin casi percatarme del momento en el que había salido de la espada se sentó frente a mi en la silla, intentando aparentar ser material. A veces me preguntaba como hacía esas cosas.

-¿No se te ha ocurrido pensar que podría ser una broma? Sería la mar de divertido, una semana de viaje para luego volver con las manos vacías...

-Podría ser una broma, pero si lo fuese, no me iría con las manos vacías, seguro que podría ser de ayuda a alguien

-Este sitio ya está lleno de engendros, no creo que les haga falta ninguno más...

Mi rostro, y todo mi cuerpo estaba cubierto por mi armadura, por lo que Grahim no pudo ver la mirada de odio que le lancé desde el interior de mi yelmo, pero aquella sonrisa perversa que me lanzó me hizo saber que la había notado. Solté un bufido simplemente y miré en otra direccón. No estaba dispuesto a que volviese a arruinarme el día. Era su afición preferida.

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Off: En breves, el off de la partida.
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Mar 27, 2013 3:43 am

Como otras tantas veces, me hallaba sentado en mi escritorio de la fortaleza del Túmulo, revisando unos informes. Hacía un par de días que había vuelto de una escaramuza, en la cual los Cuchillas actuamos como fuerza de apoyo para los renegados del ejército real. ¿Quiénes eran los renegados? Aquellos soldados del ejército que desobedecían las órdenes de nuestro “querido” rey de mantenernos expectantes y quietos. ¿En qué demonios estaría pensando ese hombre? ¿Iba a dejar que su pueblo fuera muriendo poco a poco o qué? Suspiré y di un golpe a la mesa, enfurecido por ese pensamiento. Ese hombre se había pasado toda su maldita vida apoltronado en su sillón, dando órdenes que otros cumplían y dedicándose a darse la gran vida junto a su maquiavélico Senescal, que es quien corta el bacalao, y ninguno de los dos hacen nada por el reino. Yo, en cambio, he perdido a familiares contra los imperiales, perdí a mi esposa y apenas hace unos meses que perdí a mi amada, he perdido más amigos de los que pueda contar ya, he sido torturado por la Inquisición y por demonios, he sido secuestrado durante mis sueños... ¡Y sin embargo no me he rendido en momento alguno, he seguido luchando hasta el último aliento y sigo sin quebrarme! ¿Acaso debía añadir al Rey y al Senescal en mi lista de víctimas también? Sí... Sin duda ellos también merecían recibir la justa venganza de los zhakheshianos... ¿Pero quién nos lideraría? ¿Y Amon? ¿Dónde se había metido ese hombre? ¿Qué demonios estaba haciendo? Desapareció sin decir nada y no se ha vuelto a poner en contacto... ¿En qué estaría pensando?

En esas estaba, al borde de tener un estallido de furia, que una voz tranquila y dulce me interrumpió y logró tranquilizarme. Dreanna. Aunque ya hacía tiempo que la conocía, desde que mis planes de venganza y de aumento del poderío de los Cuchillas se iniciaron la mujer se había convertido en un importantísimo apoyo, tanto estratégico como personal. A su manera, siempre estuvo allí, y su extraña forma de ver el mundo lograba ayudarme a vencer mis problemas, sobre todo los mentales. Sin duda, era una gran amiga. En aquella ocasión, sus palabras lograron arrancarme una sonrisa:

-¿Qué te ha hecho la pobre mesa para que la golpees de esta manera? Ahhh... Khaelos... A veces piensas demasiado, amigo mío... Deberías relajarte un poco, salir a correr por ahí, blandir un poco la espada, vaciar la mente, o acabarás iniciando una cruzada contra todo el mobiliario de la fortaleza. Ha llegado una carta para ti proveniente de un alquimista. Al parecer, es sobre una cacería de monstruos o algo así. ¡No me mires de esa manera! Te recuerdo que me diste pleno derecho a leer todas las cartas que te llegaran.-

Cuando acabó de hablar suspiré y asentí, reclinándome en la silla y relajándome un poco. Hice crujir mis dedos y la observé a los ojos con mirada algo abatida, pero su sonrisa cálida tan poco común me animó el corazón. Finalmente logré sonreír levemente y le respondí, mientras echaba mano de la copa de vino que reposaba en la mesa y le daba un trago:

-Ahhh... No negaré que una nueva aventura... Sí, una nueva aventura me vendría bien. Y los imperiales están tranquilos, según parece. Además... Hasta que el Rey Amon no vuelva, no nos servirá de mucho ir a luchar. El actual Rey está cada vez metiéndonos más presión, y desgraciadamente muchos soldados le son leales porque pronunciaron el juramento. No les culpo... Su honor es grande. Pero para ponerlos de nuestro lado sólo podríamos usar a una persona, y esta persona no está... Argh, ¿por qué todo es siempre tan cuesta arriba?-

Dreanna se encogió de hombros y avanzó hacia donde estaba, sentándose como siempre en la silla que había delante de mi escritorio, posando la parte trasera de las rodillas sobre un reposabrazos y apoyando la espalda en el otro. Tal vez si no tuviera la muerte de Naerys tan reciente a pesar de los meses que hacía que habían pasado hubiera sentido atracción por la mujer que había sentada delante mío. En aquellos momentos, lo que sentía era amistad y gratitud, mucha. La mujer, finalmente, se decidió a responder mientras me miraba con una sonrisa cálida:

-Piensa, Khaelos... Todos hemos de ser puestos a prueba, y desgraciadamente, tú más que nadie. No eres un simple mortal. No eres un hombre destinado a pequeñas cosas. De serlo, ya habrías muerto hace años. No, Khae, a estas alturas ya eres un héroe, uno de los hombres que decidirán la historia de Noreth, quieras o no. No te envidio y soy tu amiga, así que te ayudaré como pueda y en lo que pueda para que soportes el peso que hay sobre tus hombros. Y sabes que Dalahak, Shasta, Kern, Erenimir, Ilea, Bâznar... Ellos también lo harán. Te entendemos, somos tus amigos. No te vamos a dejar caer. Eso sí, Khae, cuando vuelvas espero que te centres. Nos queda trabajo por hacer... Y aunque no seas el Rey ni desees serlo, tú serás quien deba guiar a nuestro pueblo a la libertad y a la victoria. Eres el Héroe de Zhakhesh. Eres nuestra esperanza. Eres nuestro capitán. Que no se te olvide.-

Ambos nos alzamos tras esas palabras, y yo sonreí, levemente. Aunque ese destino, esos títulos me venían grandes... Sabía que si yo no los asumía, nadie lo haría. Alguien debía hacer ese sacrificio, alguien debía asumir esa carga, y ya que nadie lo había hecho... Yo lo haría. Muchos podían afirmar que mis motivos eran egoístas, que solo quería vengarme, pero... ¿Acaso mi venganza no era en nombre de todo Zhakhesh? Era mi tierra, la patria que me había visto nacer... Era el sitio al que todo se lo debía, e iba a saldar esa deuda aunque fuera con mi vida. Sonriendo con más firmeza, le respondí, recuperando la fuerza en la voz:

-Te haré caso, Dreanna. Hasta la fecha tus consejos nunca han fallado, y dudo que lo hagan ahora. Iré al pantano, aunque no me traiga gratos recuerdos, y cumpliré el encargo de ese alquimista. Quién sabe, a lo mejor así puedo lograr más aliados, porque los necesitamos. Como siempre, ya sabes a quiénes dejo al cargo de todo. Sé que no me fallaréis. Por lo demás, como siempre, nada de escolta, viajo de incógnito. Por lo demás... En cuanto acabe esa misión, recibirás una carta mía. Ya sabes qué tocará hacer.-

Dreanna asintió, y yo la miré con convicción. Le di un fuerte abrazo, y ella me besó en la mejilla. Sin embargo, antes de irse, mientras yo me dirigía a por mi armadura y todo mi equipo ella me dijo, antes de desaparecer por la puerta:

-Que sepas que te queda bien la barba como la llevas ahora.-

Finalmente me guiñó el ojo y se largó. No pude evitar sonreír levemente. Sin embargo, pronto me centré, y en apenas diez minutos ya estuve equipado y pertrechado. Antes de ponerme el yelmo, me miré al espejo que había en la sala. Ciertamente... Había cambiado. Mi rostro era más afilado, más duro que antes, y la barba que me había dejado, que recorría desde la línea de la mandíbula hasta la barbilla, haciendo ahí un candado con la perilla y el bigote, bien recortado todo, me confería la edad que tenía, y me daba un aspecto más señorial. No supe si suspirar o sonreír. ¿Desde cuándo Khaelos el joven había pasado a ser Khaelos el señor? No negaba que me favorecía el cambio, pero... ¿Cuántas cosas había dejado atrás? Inocencia, felicidad, juventud, confianza... Apreté fuerte el puño mientras pensé en qué no me habían quitado. El odio. El deseo de vengarme. Aquello era lo que me hacía seguir adelante... Y por aquello seguiría adelante. Me puse el yelmo y abandoné la sala.

Horas después me hallaba cabalgando. Como siempre, antes de partir me había despedido de todos. Me aseguré de que mi hija estuviera bien, hablé con algunos de los soldados y con todos los oficiales, y me despedí de los míos. Cada vez que partía solo, explicaba el por qué, y en aquella ocasión no fue distinto. Afortunadamente mi gente me entendía, y me di cuenta de lo que había logrado hacer con El Túmulo. Aquella fortaleza era un remanso de paz. No habíamos sido atacados, y los imperiales no se acercaban por miedo al poderío militar que tenía ya. La ciudad había crecido mucho gracias a la inmigración, al comercio y a la fama de los Cuchillas. En aquellos momentos ya poseía un total de 4.000 hombres y mujeres valientes bajo mis órdenes, y la población civil de la ciudad eran cerca de 10.000 personas, y todo y con eso no estábamos ni siquiera al 50% de la capacidad máxima del lugar. Además, hasta los campos de cultivo y ganadería estaban protegidos por murallas, amén del río que nacía de las montañas. Era posible que tuviera en mi poder una obra maestra de la ingeniería defensiva. Aquello me enorgullecía, sin duda. Lanzando una última mirada atrás, observé la mole de la ciudad y las montañas, y finalmente me di la vuelta y cabalgué rumbo a mi destino, con la mochila cargada de provisiones y ropas de recambio.

Tras tres días de marcha, finalmente llegué a las puertas de Shuwap, la ciudad del pantano. Unas horas antes, tras haber llegado al pantano, había mandado a mi caballo de vuelta, sabedor de que ya hallaría la forma de volver rápidamente al Túmulo en cuanto acabara mi misión, y tras eso había andado hasta llegar allí. No necesité usar las armas, y me bastó con andar rápido por los traicioneros caminos del pantano para evitar hundirme. La lluvia repiqueteaba contra mi armadura, pero aquél sonido, lejos de resultarme molesto, era confortable. En Zhakhesh casi siempre llovía, de modo que el notar el agua colarse por mi armadura y refrescarme me hacía sentir a gusto. Los zhakheshianos estamos bien acostumbrados a eso. Llevaba el yelmo en la mochila, y la capucha echada hacia atrás, dejando que el agua mojara mi rostro sin preocuparme en exceso. Para cuando llegué a Shuwap, ya empecé a sentir que era hora de ir a la Taberna del Oro Negro, a calentarme y secarme un poco. No iba a resfriarme por la lluvia, pero tampoco era cuestión de arriesgarse.

Las calles de la ciudad eran curiosas cuanto menos, llenas principalmente de antropomorfos. Algunos me miraban con caras extrañas, pero les sorprendía enormemente el hecho de que les saludara con una sonrisa amable y un asentimiento de cabeza. Era un humano, y a esos seres no se les hacía muy normal que un forastero humano no les mirara con asco ni superioridad. Y yo no quería problemas, la verdad. Cuando llegué finalmente a la taberna, tras subir por una especie de escalera y adentrarme finalmente en el edificio excavado en la corteza de un árbol, me llevé una grata sorpresa al ver un rostro conocido. Arthorius. También estaba con él el maldito espíritu de la espada, pero no me preocupaba. Miré al tabernero y alzando un par de dedos le di a entender que quería dos cervezas. Tras eso, me acerqué al antropomorfo y sonriente le dije, sentándome “accidentalmente” donde se hallaba el espíritu de la espada:

-¡Arthorius! Hacía semanas que no te veía, amigo mío. ¿Cómo te va? ¿A ti también te ha mandado una carta el tal Dan? ¡Por cierto! Al final no me dijiste si aceptabas mi propuesta de unirte a los Cuchillas.-

Me alegraba ver a alguien conocido en aquél lugar, y ese caballero sin duda era una compañía grata que tener. Además, si iba con él en esa misión sin duda iba a tener un buen compañero que me cubriera las espaldas, de eso no había duda.
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Enya el Jue Mar 28, 2013 10:09 pm

Desde la última vez que mi espada había probado la sangre y mis flechas habían rasgado la carne contaban ya varias semanas. Desde entonces no había hecho otra cosa que cabalgar de pueblo en pueblo dejándome llevar por los correveidiles de los habitantes de las diferentes aldeas, quienes hablaban de bestias mágicas, criaturas de indómito poder o hasta de bandas mercenarias que daban problemas en la localidad vecina de noséquécuántos, sin embargo todos esos rumores habían resultado caer en la desgracia de la mentira como un traidor frente a un hechizo para leer mentes. Sólo había estado perdiendo el tiempo, cada vez más lejos de las nieves de mi tierra natal, para cabalgar en pos de esas mismas mentiras y desilusionarme con cada una que atrapaba. Por ese mismo motivo me había costado tanto aceptar aquella carta entregada por un mozo de armas que pertenecía a un loco de los tubos de ensayo: un alquimista como los llaman por estas tierras.
En el escrito se prometía una gran cacería de bestias, oro y el probar las mieles del éxito para aquel que lograse escapar con vida de las afiladas garras de los Cu Sith, pero tantas decepciones seguidas me hacían dudar ya incluso de la palabra de un hombre que prometía tanto. Aun así, en aras de vivir una nueva aventura que me diese mayores conocimientos sobre el mundo que me rodeaba y me brindase la oportunidad de hacer nuevos aliados en cuyos hombros apoyarme durante mi futuro mandato en la tierra que me había dado la vida, decidí poner las pezuñas de mi caballo rumbo al Pantano de Swash, una tierra que desconocía por completo.

En los días próximos me acerqué bastante a la zona, procurando cabalgar siempre de día y de noche para llegar a tiempo al encuentro, pero como no sabía de su ubicación exacta tuve que comprar un mapa en una aldea cercana al pantano. Al llegar maldije mi suerte, el terreno era casi impracticable por culpa del denso fango que había, el cual llegaba sin problemas hasta las rodillas de mi montura. Además el aire viciado de la ciénaga ascendía con malolientes columnas tórridas y hacía que mi pelo sudase bajo el yelmo y la cota de malla que llevaba cubriéndolo hasta el punto de terminar por bañar mi espalda con una ardiente salina. A causa de no conocer el terreno me perdí, y tuve que pasar una noche al raso en una pequeña “isla” de tierra más o menos firme que encontré durante el trayecto hacia la mítica ciudad colgante del pantano. Más adelante, cuando el problema de la localización fue solventado por mi habilidad para orientarme y mi tenacidad frente al cansancio, encontré el lugar de reunión, o al menos el emplazamiento de este.

Shuwap era la ciudad más extraña que jamás había visto. Sus casas y edificios no estaban en el suelo, al menos no la mayoría, sino que pendían de los árboles como frutos, surgían de estas cuales ramificaciones de grandes troncos de leña oscura o, simplemente, rodeaban estos con madera traída de otro lugar (pues era más clara que la de los árboles donde estaba). Al lugar había que ascender a pie por placas de madera situadas en el mayor tronco de todos, así que até al caballo en unos postes situados en una de las casas del suelo y después ascendí a paso lento, admirando con la boca bien abierta bajo la armadura el increíble despliegue de conocimientos que aquel lugar representaba. Tardé al menos cinco minutos en llegar al nivel de la calle, pues durante la ascensión iba parando para observar patidifusa el lugar, y cuando por fin estuve en una de sus pasarelas colgantes de madera también me asombré, aunque no para mal, cuando comprobé las extrañas apariencias de la gente del lugar. Casi todos eran engendros, criaturas extrañas y que de haber encontrado durante alguna de mis aventuras en un lugar oscuro, seguro, hubiese atravesado con mis flechas.

Por aquellas calles extrañas que colgaban de gruesos troncos caminé poco tiempo, estaba algo cansada y consideré más oportuno encontrar la taberna “Oro Negro”, lugar de la supuesta reunión con los demás mercenarios contratados para la montería, en lugar de perder más el tiempo. Ya pensaba preguntarle a alguno de los autóctonos de la zona cuando, por encima del hombro de un medio toro, vi el cartel colgante con una jarra espumosa y dos monedas oscuras circundándola. Me acerqué rauda al lugar, acelerando el paso aumentando así el tintineo de mis pertenencias al chocar contra la armadura. Entré observé el lugar. Para empezar me sorprendió el hecho de que hubiese chimenea, pues la sala con varias mesas y sillas, estaba construida enteramente en madera y se internaba en el árbol para ganar más espacio, aunque claro, las piedras que rodeaban el fuego parecían suficiente para recoger cualquier brasa que saltase fuera de su lugar. A continuación me fijé en la poca gente que había, y destaqué entre ellos dos figuras enormes que iban embutidas en armaduras. Hablaban amistosamente, al parecer se conocían, y por lo que mencionó el melenudo sin yelmo, también acudían al llamado de Dan.

-Buenas, señores. – Dije, una vez que el peliblanco había hablado y antes de que el otro, gigante y ancho como un gólem de piedra, respondiera – Por lo que he podido escuchar parece ser que los tres estamos aquí llamados por el mismo hombre, el alquimista Dan, así que me gustaría presentarme. Al fin y al cabo parece que vamos a tener que trabajar juntos. – tomé aire un segundo y aproveché para levantar la mano pidiendo una jarra de cerveza para beber con ellos, después continué un poco más: - Mi nombre es Enya; provengo del norte. -
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Snarl el Vie Mar 29, 2013 4:41 pm

Recorrer los viejos estantes
Encontrar un antiguo libro y soplar el polvo
Zambullirte en las historias olvidadas
Y volver a recordar lo olvidado
Escuchar el aullido de la bestia
Y correr, aunque solo sea un efímero sueño.

Christian Chacana 29 de marzo de 2013

El fuego ardía levemente, parecía que con sus llamas lamiera la madera seca y con voracidad inhumana intentara consumirlo todo, las ramas y hojas verdes se le resistían, como guardianes que decían “No”, y que luchaban hasta que el fuego se extinguiera o estas fueran devoradas por las hambrientas llamas. Las sombras se levantaban y desaparecían, mientras le fuego danzaba contra el frio y el viento, sentado sobre un tronco, el Schakal atizaba las flamas con su espada, quizás un uso indigno para un arma tan noble, pero el filo había desaparecido y el oxido la había devorado, ensartado en un trozo de madera, un conejo era asado lentamente, una pequeña cacería que había realizado la bestia, si bien podría habérsela comido cruda y saborear la sangre, apetecía algo más caliente para el frio ambiente. La luna lentamente se dejaba ver entre las nubes, dando la sensación de que puentes de luz se formaran y tocaran la suave y oscura superficie de Noreth. Un sonido alerto al Schakal, que sin dudarlo llevo su mano hacia su cinto, donde aguardaba su daga y sin soltar su espada aguardo, los pasos eran erráticos y el aroma a sangre era más que notoria para su olfato, de pronto un cuerpo cayó cerca del fuego, la blanca tela del vestido estaba manchado de barro y algo de sangre, el platinado y casi níveo cabello brillo un instante con los resplandores del fuego, antes de que la mujer elevara su rostro ante la semi bestia, aquello de lo que debía estar huyendo debía de ser mucho más terrible que la visión de Snarl, ya que sin dudarlo se acerco a sus pies, pidiendo ayuda con lagrimas en sus ojos.

-P…por favor, ayuda, nos han atacado… mi hermano… mi hermano *con lagrimas en sus azulados ojos*-

El Schakal miro con desprecio a esa mujer, pero una idea cruzo fugazmente su mente, mientras guardaba su espada y daga, con suavidad ayudo a pararse a la mujer, mientras con voz tranquila intento que le explicara, solo demoro unos minutos en contar una historia larga, un viaje entre dos pueblos, un asalto de bandidos y una huida desesperada por ayuda, el Schakal dijo que les prestaría ayuda, pero que cobraría después de ello, la mujer acepto sin más y mientras ambos corrían por el bosque, el Schakal mantenía las manos en sus armas, listas para ser desenvainadas. El aroma a sangre caliente se hacía más notable, cuando el Schakal detuvo a la mujer de un fuerte agarrón y el solo se adelanto unos pasos, no era difícil ver lo que sucedía, tres hombres rodeaban a otro que parecía herido, otro estaba moribundo en el suelo y el hombre bestia podía oír sus jadeos intentando mantenerse con vida. El Schakal cerró los ojos y aspiro llenando sus pulmones a toda su capacidad, para lanzarse a la batalla, los hombres le daban la espalda, algo ventajoso para él y al ser solo bandidos comunes por lo que se podía ver, no eran un verdadero reto, el Schakal saco su daga, mellada y oxidada, pero con fuerza sobrehumana, la incrusto entre las costillas del bandido más cercano, haciendo que su grito se ahogara con la sangre caliente que brotaba de su boca, sus compañeros se dieron cuenta, pero el animal era mucho más rápido que aquellos simples humanos, y antes de poder actuar, las garras del Schakal se habían teñido de sangre, un grito se escucho, mientras el bandido retrocedía, manchando el suelo con su sangre, y cayendo de espaldas llevándose las manos a donde antes había estado su cara y ahora solo había una masa sanguinolenta de carne desgarrada. El Schakal miro al último de esos hombres, que sin perder tiempo, se giro sobre sus talones y huía como perseguido por el diablo, el Schakal se acerco al hombre que gritaba y sacando su espada rota, le degolló, para que dejara de molestar con su voz. El bandido que huía ya se encontraba a varios metros corriendo, pero el Schakal colocándose casi en cuatro patas le persiguió, solo fueron unos segundos, un salto en el aire y las mandíbulas abiertas para que los colmillos como acero se incrustaran en la carne, quebrando aquellos huesos del cuello con un sonoro crack, el Schakal se levanto lentamente, limpiando la sangre que había en sus fauces y escupiendo la que había en su lengua, le desagradaba aquella sangre tan asquerosa.

El Schakal volvió a la carreta, el caballo estaba muerto, una pena, mas con su mano arrastraba a uno de los cadáveres aun tibios, para tomar al otro en el camino y apilarlo sin mucho orden, a simple vista no tenían nada útiles, espadas de mala calidad, dagas incluso peores que la propia, aunque hay que admitirlo, las bolsitas de monedas que llevaban tenían unas pocas de plata y un collar de oro, algo útil.

La mujer, que hasta ese momento había estado oculta, salió de los matorrales para abrazar al hombre, llorando y preguntándole si se encontraba bien, al parecer era su hermano. El Schakal estaba revisando las monedas de oro cuando el hombre se le acerco, con una sonrisa y guardando su espada, un grave error que pronto se daría cuenta de este.

-Muchas gracias, hubiéramos estado perdidos si mi hermana no le hubiera encontrado, solamente tratábamos de ir a ver a nuestros padres y estos bellacos nos atacaron, nos emboscaron , en la lucha el caballo murió y mi hermana aprovecho de huir, pero debemos de agradecerle infinitamente por su ayuda, dígame que podemos darle y con gusto se lo daremos.-

El Schakal se levanto y girándose hacia el hombre avanzo hacia él, con tranquilidad, mas colocando su garra en su hombro y formando una mueca semejante a una sonrisa en sus fauces, la daga del Schakal se incrusto en el vientre del hombre, que abriendo los ojos de par en par, sintió como la fuerza de la bestia rajaba su vientre de lado a lado, mientras el Schakal únicamente le decía “Puedes comenzar por callarte … para siempre” , el hombre cayó de rodillas, llevándose las manos instintivamente al vientre, mientras la sangre brotaba abundantemente, la mujer dio un grito, pero el Schakal, avanzando en carrera le agarro por el cuello, apretando con sus garras y levantándola del suelo, la mujer intento liberarse de las garras, mientras pronunciaba un tenue “Por que” con un débil aliento, mas el Schakal le dijo con toda tranquilidad.

-Solo estoy cobrando mi paga-

Las garras se incrustaron en el cuello y apretaron hasta que los brazos de la mujer cayeran sin vida a ambos lados de su cuerpo, el Schakal solo debió de abrir la mano para que le cuerpo cayera como una muñeca de trapo al suelo, estirando los huesos de su cuello y bostezando comenzó a darse prisa, si bien la zona no era frecuentada por muchos, no era un camino alejado de la vista de los curiosos. Mas cual fue su sorpresa cuando, entre las cosas de la carreta, solo encontró unas ropas de mala calidad, un trozo de carne seca y una hogaza de pan, el Schakal gruño, nada de valor, mas mirando ambos cuerpos debió de contentarse con lo que obtendría de ellos. El muchacho no parecía traer mucho consigo, la bolsita de monedas solo tenía dos de bronce, una miseria, mas su espada era interesante y quizás ganaría algo con ella, eso pensaba cuando se la quitaba y la colocaba en su cinto, mas allá no había nada de utilidad, mientras se dirigía hacia la mujer con daga en mano y comenzaba su trabajo.

Cuando el Schakal se retiro, dirigiéndose hacia la ciudad más cercana, que al parecer era la de Shuwap, quizás ahí encontraría algún comprador para lo que había conseguido, media hora después de que el Schakal se había marchado de ese lugar, dos esferas surgieron desde los cuerpos del chicho y la chica, una esfera rojiza como la sangre y otra azulada como el cielo claro, de estas dos surgieron dos figuras, un hombre vestido con armadura de guerra y casco, severo y claramente orgulloso, de la azulada, una hermosa mujer, portando un cetro y vestida con un largo vestido, fue el hombre quien pronuncio la primera palabra, en un idioma desconocido, pero que sonaría algo semejante a esto.

-Simplemente es una Bestia, ¿Que interés tienes en el Amanecer? Hemos llegado a interferir en su camino únicamente por uno de tus caprichos, no solo le dimos vida, si no que ahora rompemos una de nuestras propias reglas para hacer que obtuviera esa espada.*Claramente molesto*-

-Argonauta, calma *pronuncio la mujer, mucho más tranquila que su compañero* tarde o temprano el debía de cruzar por este camino, nosotros solamente hemos sido la mosca que pico su oreja, aun así, esa espada estaba destinada para él, aunque es verdad, debimos de interferir, no hemos hecho ningún mal… ellos ya habían muerto con anterioridad, únicamente les dimos algo más de tiempo en este mundo-

-Es un capricho tuyo, desde que lo viste luchar con aquel titán y estúpidamente acabar con su vida y al de él en un último instante, a pesar de ello, su lucha me agrado, por sus venas corre la guerra, sería interesante hasta donde podría llegar … quizás *mirando de golpe a su compañera* ¿Acaso el será quien incline la balanza?-

-Está en su destino… el tendrá la opción de hacerlo, pero no sabemos hacia qué lado y si estará dispuesto a pagar por su elección… nosotros podremos ser eternos y todo poderosos, pero hay algo que los mortales tienen y nosotros no… la capacidad de elegir, nosotros solo seguimos el camino que ya conocemos, ellos… ellos lo recorren por primera vez, y en cada acto pueden desviarse, por ello debemos de guiarle, levemente… y aun no presentarnos-

La conversación duro unos minutos más, antes de que las dos entidades volvieran a ser esferas y se elevaran hacia el firmamento, entre las demás estrellas. El Schakal demoro bastante en llegar a Shuwap, ya casi atardecía del día siguiente, el pueblo parecía bastante tranquilo, aunque los habitantes eran silenciosos, tan solo debió de preguntarle a una anciana, con los ojos como si fueran de caracol, para saber donde había una tienda. Ya llegando a esta, la primera impresión era que parecía una herbolaria, mas cuando miro de más cerca, pudo ver algunas cosas más familiares, pieles de animales, frascos con ojos, casi una tienda de brujería, quien le atendió era un ser parecido a una tortuga cocodrilo, ya que su largo hocico contrastaba grotescamente con el caparazón que portaba en su espalda.

-Buenos… días… en… que… le… puedo…servir-

Hablo pausadamente, mientras el Schakal levantaba un morral y comenzaba a sacar cosas de este, a primera instancia fue un saquito, pequeño, pero que cuando saco su contenido, docenas de dientes rodaron por la mesa, el vendedor estaba alegre por aquello, después de contar dijo que eran los dientes de seis humanos, y algunos bastante bellos, lo siguiente fue algo hermoso, una larga cabellera plateada, aun con el cuero cabelludo, algo que el vendedor no podía dejar pasar y por último, un pliego de piel, tersa y dulce de una espalda femenina, el vendedor se sorprendió ya que estaba “fresca” y sin curtir, por lo que había sido extraída recientemente, después de conversar y obtener un precio, el Schakal se retiro con diez monedas de oro en su bolsa, y un pequeño papel, al parecer cierto alquimista quería cazadores y debían de encontrarse en una taberna no muy lejana, dinero es dinero, y el Schakal ya tenía suficiente para vivir tranquilamente un par de días, aunque claro, era mejor beber algo, la caminata había sido larga y el estomago le exigía alimento. Media hora después encontró la taberna y ya entrando en ella, se sentó en la barra, nos e preocupo de quien estaba o no presente, dejando unas monedas de bronce pidió una jarra de cerveza y algo de comer, por lo cual el tabernero no demoro en darle un trozo de carne a medio cocer de origen desconocido y una jarra de cerveza amarga, cosa que el Schakal bebió sin complicarse del origen de esta.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






~Sobrevivir es lo importante ... La forma no~
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Cerverus Dante el Vie Mar 29, 2013 6:55 pm

Atravesar el pantano de Swash, ni mucho menos, una tarea fácil. La densa humedad, el extraño olor a fermentación en el aire, y por supuesto los endiablados mosquitos eran una molestia constante, pero sin duda lo peor del camino era la ausencia de tierra donde poner los pies.

Allí no había nada que pudiésemos calificar como “suelo firme”, solo un mar de fango en el que te hundías hasta las rodillas, si no una completa inundación de agua turbia y repleta de sanguijuelas, y posiblemente cosas peores. Aunque su formación en el ejército le había preparado para la supervivencia en campo abierto, aquel terreno era algo diferente a nada de lo que le hubiesen descrito antes. Generalmente hubiese preferido visitar cualquier otro lugar, pero en esta ocasión, era allí donde le llevaba el trabajo.

Hacía solo unos días, había recibido un encargo de un alquimista llamado Dan. El encargo consistía en capturar a una serie de criaturas de aquél pantano, que al parecer necesitaba para algunos de sus experimentos, o mejor dicho, necesitaba algunas partes de sus cuerpos. Dante no entendía demasiado de alquimia pero por lo que tenía entendido, los mejunjes que estos hombres preparaban solían componerse de ojos, grasa, sangre, veneno, huesos molidos y otras sustancias extraídas de distintas criaturas, que luego daban lugar a efectos extraños similares a los de los hechizos (aunque sin duda bastante más limitados y menos impresionantes que la verdadera magia, o eso era lo que cualquier mago opinaba). Aquel alquimista no debía ser una excepción así que lo más probable era que la mayor parte del cuerpo de aquellas criaturas se desperdiciase. No era que tuviese demasiados inconvenientes en cazar un par de monstruos, y tampoco que empatizase con aquellos bichos, pero lo cierto es que era una verdadera lástima matar a una criatura para aprovechar solo su hígado. En fin, mientras la paga fuese buena…

Después de su primer intento, Dante había desestimado completamente cruzar el pantano a pié, así que había optado por contratar a un barquero para que le transportase. Por esa razón, Dante se hallaba subido a una balsa de troncos de aspecto bastante poco seguro, a cargo de un barquero bastante poco usual para cualquiera que no rondase aquellas tierras. El barquero era un ser de estructura y proporciones humanas, aunque ahí acababa el parecido. Tenía la piel verde y correosa, como la de un anfibio, pies palmeados, ojos saltones, y una enorme boca en la que se dibujaba una extraña sonrisa, que llegaba prácticamente hasta las dos aletas que se situaban donde normalmente estarían sus dos orejas.

A pesar de su extraño aspecto, lo cierto es que aquel hombre anfibio cumplió con su trabajo, llevándole a la aldea donde, según las indicaciones del alquimista, debía encontrarse con los otros miembros de aquella expedición. El viaje había transcurrido sin ningún percance, e incluso aquel extraño ser le había facilitado un ungüento que alejaba a los mosquitos, así que, en cuanto pisó tierra, le pagó gustosamente lo acordado por sus servicios. El anfibio tomó sus monedas y volvió remando por donde había venido.

Ahora era el momento de encontrarse con el resto de cazadores. Ciertamente, tenía curiosidad por saber qué tipo de personas se habrían unido a aquella cacería (suponiendo que realmente fuesen personas, pues el elenco de razas de aquel lugar era de lo más variopinto: reptiles, anfibios, términos medios entre ambos…)

Llegó a la taberna que iba a servir de punto de encuentro y allí vio a un tría de personajes con toda la pinta de ser a quienes buscaba. El grupo incluía a tres guerreros con armadura, uno por cuyo pelo blanco podía deducir que era coterráneo suyo, el segundo era un tipo de proporciones enormes, que ocultaba su rostro tras un yelmo, por lo que no podía identificarlo. El tercero se identificaba como un hombre de las tierras del norte. No sabía mucho de aquellas tierras, pero según había oído, los norteños eran guerreros terriblemente duros, probablemente por el clima hostil en el que tenían que crecer, aunque también era cierto que, las descripciones de los mismos que había oído solían definirlos bastante mas grandes. Probablemente las historias que había oído era exageradas y eran solo humanos como cualquier otros.

Seguro de haber encontrado al grupo que buscaba, se acercó a la mesa y con una reverencia saludo a los tres miembros.

-Supongo que sois los otros que también acudieron a la llamada del alquimista. Mi nombre es Cerverus Dante, de las tierras de Zhakesh, saludos-
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por AndeRKan el Sáb Mar 30, 2013 12:57 am

Con lo cómodo que estaba antes de que llegara la dichosa nota, en la taberna, con mi jarra de cerveza y mis compañeros mercenarios brindando por un trabajo bien hecho. Aquel hombre entro en la taberna, se tomo unos instantes y se dirigió directo hacia mi. Me hizo entrega de la nota y tan rápido como vino se fue, y yo entupido de mi pensé que seria buena idea aceptar el trabajo... Que entupido…

Y ahí estaba yo, avanzando por un cenagal perdido de la mano de dios, por una simple carta que me prometía un trabajo y oro. En pocas palabras aquel pantano, era un infierno, hacia un frió que te calaba hondo, un frió que cuando te calaba en las extremidades, te las dejaba tan moradas que al final no llegabas a notarlas, la delicada combinación de olores fétidos que se te metían en las fosas nasales tampoco ayudaban en nada, pero el barro, aquel maldito barro interminable ya era el colmo, no podía avanzar mas de 5metros sin que mi pie se hundiera o resbalara por culpa de ese barro.

Y así después de cinco días de infierno a pie, empecé a divisar el pueblo que mencionaba la carta. El lugar era curioso, los edificios salían de los árboles sin ton ni son y las “calles” no eran mas que pasarelas colgantes de madera y lianas entrelazadas que llevaban de un sitio a otro. Agradecí que al menos las calles contaran con un suelo de maderos, lo agradecí mucho.

-Shuwap ciudad de “no-vacaciones”.

Después de este comentario que en el momento me pareció gracioso empecé a subir la rampa que me llevaría a un montón de pasarelas, que luego me llevarían a la taberna llamada: Taberna del oro negro. Una taberna en un lugar como ese no debería ser difícil de encontrar, pensé. Error, aquel pueblo era un laberinto lleno de cosas “raras” (Habitantes incluidos). No tarde en perderme, un poco, mucho.

Dos horas y media mas tarde, después de ver todas las variaciones antropomórficas habidas y por haber, de pasearme por cientos de tiendas y oír todo tipo de sonidos y oler todo tipo de olores, empecé a vislumbrar algo muy claro a simple vista, un cartel con una jarra rodeada de monedas azabaches, lo había tenido delante la mayoría del tiempo y no lo había visto, malditos lugareños “raros” como me habían distraído…

Entre en aquella taberna, toda echa de madera, como toda la maldita ciudad, parecía que no tenían escasez de madera. El lugar era un sitio medianamente acogedor en donde a duras penas cabían 8 mesas. Aunque al menos hacia mas calorcito que afuera. También pude ver una barra tras la cual estaba el típico tabernero, y unas escaleras que daban a un segundo piso. Me senté en una de aquellas mesas, pedí una jarra de cerveza a la cual di un sorbo, en aquella jarra flotaban tres cosas que no fui capaz de identificar, pero la cerveza era en pocas palabras “pasable”. En aquel lugar ya se habían reunido unos cuantos mercenarios por lo que veía desde mi mesa, el tipo-golem era el que mas llamaba la atención, tome otro sorbo mientras me preguntaba si mis virotes de acero serian capaces de atravesarle. Sin lugar a dudas aquella cerveza era solo pasable…



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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Arthorius Bloodbane el Sáb Mar 30, 2013 5:43 pm

Estaba ignorando alegremente las palabras del espectro cuando de pronto apareció un rostro conocido, y sin ningún problema se sentó en la silla del espíritu. Era obvio que lo había visto, todos lo veían, y Khaelos no era una excepción. Sonreí de forma maliciosa cuando vi como su armadura se solapaba con el cuerpo de Grahim. Sin ningún atisbo de disculpa empezó a hablar conmigo, ignorando al espectro tanto como yo.
No me pregunté ni como me había reconocido aun llevando el yelmo, había muchas señales. Grahim, la espada que colgaba de mi cinto, mi armadura (Que no tenía nada nuevo desde la ultima vez que nos vimos) y mi tamaño. Además, no descartaba que hubiese oído mi voz. Ya habíamos pasado bastante tiempo juntos como para que pudiese reconocerme por esos detalles. Me hizo unas preguntas, pero mientras las formulaba vi otro hombre con armadura que se dirigía hacia nuestra posición, y antes de que profiriese palabra alguna, él ya había hablado, presentándose como Enya y como otro mercenario atraído por la carta de Dan, al igual que Khaelos y yo. Giré mi rostro para comprobar su aspecto y analizarle rápidamente...

Era... Bajo, la verdad, al menos más que El Conde y yo, aunque nosotros no destacásemos precisamente por ser bajitos. Portaba una armadura pesada, pero por como entró en la taberna parecía llevarla con facilidad, así que no poseía una fuerza despreciable. Portaba varias armas, y la seguridad en sus palabras era férrea, parecía acostumbrado a la batalla. Decía provenir del norte, lo cual me hizo pensar que era un nórdico un poco bajo. Ya me había encontrado con varios, y todos destacaban por que su tamaño era considerable. Era extraño, pero de todas formas lo dejé pasar, tenía buen aspecto para la caza.
Apenas tardé un segundo en hacer el reconocimiento, tras el cual sonreí bajo mi yelmo y asentí.

-Eso parece, Enya, y por tu aspecto parece que serás de mucha ayuda. Mi nombre es Arthorius, y este que tengo a mi lado se llama Khaelos.-Hice una pausa, mirando a mi antiguo compañero, intentado encontrar una mínima expresión en su rostro que corroborase mis pensamientos, lo logré.-Y creo que tienes la misma opinión que yo ¿Verdad?-Volví de nuevo mi rostro hacia el hombre del norte y le señalé una silla de madera que se encontraba entre el nigromante y yo.-Adelante, siéntate... Y Khaelos... Como iba a decirte... Efectivamente, vengo por Dan, no esperé encontrarte aquí, pero el destino parece unir de nuevo nuestros caminos. Quizás esté intentando decirme que debería unirme a tu causa. Y tal vez lo haga, pero dime. ¿Que función podría cumplir yo para vosotros?

De pronto se escuchó el sonido de una garganta aclarándose, e instantes después el rostro de Graim asomó por el peco metálico de la armadura del conde. Momentos después el resto del cuerpo estaba fuera, y se sentó en la cuarta y última silla que había en la mesa, sin perder de vista a Khaelos y con un gesto bastante molesto, aunque no tardó en cambiarlo por una sonrisa perversa.

-Khaelos... Que... Placer volver a verte por aquí. Aunque parece que lo de verme por aquí a ti no te parece lo mismo. No creí que fueses de ese tipo de personas a los que les gusta sentarse en las piernas de otros hombres. Bueno, no importa, si son tus gustos los respetaré.-Dijo mientras hacía un gesto con la mano, como si dejase atrás aquella situación.-Oh, vaya, y aquí tenemos a otro caballero de galante armadura. Mas os vale que la caza no sea en el mar, u os hundiréis como piedras.

La cerveza llegó instantes después. Cada cual tomó su jarra. No era la mejor que había probado, sin lugar a dudas, pero agradecí un trago después de la caminata que había seguido. Empezaba a plantearme el tomar una montura para ese tipo de desplazamientos.
Grahim se levantó de su asiento y se dedicó a contemplar la habitación desde una esquina, como solía hacer cuando pensaba. Y yo me preguntaba que demonios estaría pasándole por la cabeza cuando llegó otra persona más, haciendo un ostentoso saludo que me dejó pensativo. Parecía ser otro Zhakeshiano, pero su aspecto distaba mucho del que tenía Khaelos, además, no destilaba poder, a diferencia del otro. Pero decidí no infravalorarlo, pues por el momento no le había visto en batalla, y podría dar muchas sorpresas.

-Mm... Así que Cerverus Dante... Mi nombre es Arthorius. Y supones bien Cerverus, venimos por la carta de Dan, empiezo a preguntarme cuantos seremos al final y si será capaz de hacer frente al coste que supone hacer viajar a tanta gente. No ando escaso de dinero, pero no me agrada hacer un trayecto tan largo para nada.

-Oh, por eso no se preocupe, señor Arthorius, le aseguro que este viaje no será en vano.-Dijo de pronto una voz a la entrada.

Giré mi rostro para encontrarme con el autor de aquellas palabras, y no era más que un humano vestido con una camisa blanca y unos pantalones color arena. Llevaba un libro bajo el brazo y unas gafas apoyadas en la nariz. De pelo corto y moreno y tez rosada. Tendría unos veinte años y era de estatura media (Metro sesenta, calculé aproximadamente). No parecía en absoluto impresionante, aunque si despertaba mi curiosidad, supuse que sería Dan, puesto que hablaba del tema.

-Así que... ¿Sois Dan, el alquimista? Si es así podríais empezar por explicarnos la razón de tanta gente, la razón del encargo y otras muchas cuestiones que tengo. No se si el resto comparten mi posición de obtener más datos, pero no soy de los que se embarcan en una misión sin tener ninguna idea de a que me enfrento y por que.

Aquel hombre empezó a reír levemente, pero después se acercó al centro de la sala, y mirando un trozo de papel que tenía encima de la tapa del libro fue pasando su mirada por la gente del bar, y escribiendo algo con una pluma que llevaba en la otra. Tras unos segundos la guardó y metió el papel dentro del libro, para volverse de nuevo hacia mi y los que estaban en mi mesa.

-Pues no, no soy Dan, pero soy su aprendiz, me llamo Mack. Yo soy el encargado de recibiros y llevaros hasta él, pero primero tenía que comprobar que estabais todos. Arthorius, Khaelos, Enya, Cerverus y Ande... Oh, y el Schacal de última hora, claro.-Con el último nombre miró hacia un tipo sentado en la barra, mitad hombre mitad bestia. Sentí curiosidad ante aquella persona y su razón de estar allí, no esperé tener que compartir misión con ese tipo de criatura.-Bien, será mejor que me sigáis, Dan os espera en su casa, aquí al lado. Solo debemos seguir la pasarela que hay en el exterior de la taberna. Y mientras vamos hacia allí puedo responder vuestras preguntas.

Y sin esperar a que le contestásemos, aquel tipo se dio media vuelta y salió pro la puerta. Me levanté de la silla y eché un vistazo a mi cerveza... Me encogí de hombros y tras levantar un poco el yelmo, lo suficiente como para dejar mis labios al descubierto, me tomé el resto de un trago y dejé la jarra en la mesa para salir tras aquel tipo. No me agradaban aquellas prisas, pero desgraciadamente, por el momento no estaba en situación de hacer más, después tendría tiempo para hacerle esperar. Grahim se desvaneció en una nube de rombos como solía hacer cuando me desplazaba, y volvió a su sitio en el interior de la espada.
Todos acabamos siguiendo al tal Mack por la empinada pasarela de planchas de madera, mientras este no aminoraba el paso, continuando el trayecto a largas zancadas.
No tardé demasiado en ponerme a su altura para repetir mis cuestiones.

-Y bien, dinos. Seis personas ¿Por que hacen falta tantas? ¿Y por que son tan importantes como para hacernos buscar? También me gustaría saber a que nos vamos a enfrentar y en que condiciones, y conocer los detalles de la recompensa tampoco estaría de más.

-Verá, señor Arthorius, no necesitamos cazar a una criatura, si no a unas cuantas, por separado, y en determinadas condiciones. Por eso al maestro Dan le hacen falta hombres, y muchos. Los asuntos que quiera el maestro con las presas son otra cuestión, su trabajo es simplemente cazarlas. Por lo demás no se preocupe, se les proporcionará un pago adecuado a su importante trabajo, y el maestro les proporcionará los datos necesarios para que hagan su trabajo. A su debido momento.

Solté un bufido mientras deceleraba el paso para que se adelantase, y quedar de nuevo a la altura de mis compañeros. No me agradaba en absoluto aquel secretismo en el que lo llevaban todo. Si íbamos a arriesgar nuestras vidas al menos me apetecía saber contra qué íbamos a ponerlas en juego. Y la recompensa me interesaba bastante, para que me pagasen en piedras me habría quedado en casa, en las minas no faltaban. Había dicho que nos iba a contestar, pero aquellas respuestas no respondían nada.

-Khaelos... ¿Tu también crees que hay algo aquí que no quieren que sepamos? Y en tal caso ¿Soy el único al que le importa?

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Off: Disculpas que este post tenga tanto diálogo y tan poca acción. No quiero alargarlo mucho, ni meter más cosas porque os quitaría mucho turno. En fin, las explicaciones en breve en el post del off.
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Miér Abr 03, 2013 1:54 am

La sonrisa que Arthorius me dedicó cuando me senté en el lugar del espíritu fue correspondida por otra que se dibujó en mis labios, pues era obvio que a ninguno de los dos nos caía bien el espectro de la espada. Aunque sus intentos de enfadarme con sus palabras eran pobres, no iba a negar que era molesto ir escuchando continuamente el runrún de su palabrería que a veces era capaz de desconcentrarme cuando hablaba con el noble guerrero que padecía el eterno tormento de tener que empuñar a semejante pesadez. Antes de que pudiéramos entablar conversación, pero, se nos unió una persona.

Era un... ¿Hombre? ¿Mujer? Ni su nombre ni su aspecto daban muchas pistas, de modo que preferí no aventurarme a adivinar su sexo a la primera. Por una banda, su armadura era pesada e iba bien armado, pero para provenir del norte era alguien más bajo y menos ancho que yo, y el yelmo distorsionaba su voz haciéndola bastante neutra. Saludando al recién llegado llevándome el puño derecho sobre el corazón mientras inclinaba la cabeza, a modo de saludo militar zhakheshiano, añadí algunas palabras a la presentación de Arthorius:

-Khaelos Kohlheim, gran maestre de los Cuchillas Carmesíes y oficial del ejército zhakheshiano a tu servicio. Me alegra ver que para la batalla mi amigo Arthorius y yo podremos contar con un compañero capacitado, como reflejan la calidad de tus armas y armadura. Sin embargo, quiero preguntarte... ¿Qué eres? ¿Hombre o mujer? Así sabré si tratarte de él o de ella.-

Me sorprendí a mí mismo tras decir aquellas palabras. Las había pronunciado con un tono digno y seguro, sin imprimir ostentación ni orgullo en mi voz. Antes posiblemente me hubiera presentado de forma algo más vanidosa, más digna de un joven arrogante. Sí, definitivamente no era solo en apariencia que había pasado a ser Khaelos el señor. Tras ofrecerle asiento a Enya, Arthorius finalmente me respondió con otra pregunta a mi pregunta sobre si pensaba incorporarse en los Cuchillas, a lo que yo respondí, sonriendo de medio lado:

-Para empezar, serías un soldado de infantería excelente, y nunca está de más disponer de ellos para combatir a los imperiales. Además, te recuerdo que una de nuestras misiones es despejar Noreth de dragones, y yo que no provengo de un linaje de matadores de esos seres ya llevo a cinco bajo mi espada, seis si contamos al dracolich contra el que luchamos juntos. ¿No quieres igualar el marcador?-

Sabía que mis palabras le afectarían, y de hecho por eso le había dicho eso. Sabía que deseaba cazar dragones, y ofrecerle la oportunidad de hacerlo no sería algo que el hombre fuera a desaprovechar. Fue en ese momento que pude escuchar un carraspeo y vi salir de mi pecho el rostro de Graim, el molesto espíritu que vivía en la espada de Arthorius. Cuando me habló lo miré alzando una ceja y le respondí, de forma cínica y mordaz:

-Al menos yo puedo sentir lo que toco. Por lo demás, gracias por la advertencia, no me había dado cuenta de que las armaduras impiden nadar. ¿Tienes algo verdaderamente inteligente que decir o te vas a callar y a dejar que los vivos hablen? Gracias.-

Rematé la frase con una sonrisa nada amable, y tras eso me giré hacia la jarra de cerveza que acababa de llegar, bebiéndomela en pocos tragos largos. No era cerveza de una gran calidad pero estaba fresca, era bebible y quitaba la sed. Fue entonces cuando apareció un compatriota mío, quien saludó de forma elegante con una reverencia, a lo que yo respondí con el saludo militar zhakheshiano, llevándome de nuevo el puño al corazón e inclinando la cabeza

-Saludos, Dante. Como ha dicho mi amigo nosotros también acudimos al llamado del alquimista. Mi nombre es Khaelos Kohlheim, gran maestre de los Cuchillas Carmesíes y oficial del ejército zhakheshiano. Un placer, camarada.-

En ese momento una persona interrumpió las conversaciones, un muchacho de ropas sencillas y con aspecto de erudito por el libro y las gafas. Arthorius fue el primero en hablar, preguntándole si era Dan, el alquimista que nos había llamado. Resultó no serlo, si no que era su ayudante llamado Mack, quien nos guiaría hacia su maestro y de paso se iba a encargar de pasar lista para comprobar que estábamos todos, lo cual al parecer así era. Me fijé en el grupo completo y vi que no estaba mal. Por una banda, estábamos Enya, Arthorius y yo, quienes teníamos todo el aspecto de ser guerreros veteranos y expertos. El schakal, mi compatriota y el ballestero, por su parte, parecían no quedarse atrás en cuanto a curtidos por la guerra se refiere. Sin duda era un grupo interesante.

Arthorius y yo fuimos los primeros en levantarnos, y yo sin mucha prisa me cargué el escudo a la espalda, para seguidamente echar a andar tras el tal Mack, aunque no sin antes pagarle con un kull de oro al tabernero mientras le decía, señalando uno por uno a los seis que éramos en el grupo:

-Creo que esto paga las consumiciones de los seis, ¿verdad?-

El tabernero asintió y aceptó la moneda. Tras eso, ya sí, me puse en marcha, siguiendo al ayudante de Dan, con el escudo familiar pendiendo de mi espalda y mis armas reposando en mi cinturón. Mi mano izquierda descansaba sobre el pomo de mi espada familiar, y mis pasos eran lentos pero largos, siguiendo el ritmo de nuestro anfitrión con parsimonia y solemnidad, la cabeza bien alta pero moviéndome sin arrogancia. Llevaba el yelmo en la mano derecha, dejando que gotas de lluvia acariciaran mi rostro y mis cabellos, cosa que me arrancó una leve sonrisa. La lluvia me recordaba a mi hogar, y cada vez que notaba el agua golpeándome el rostro notaba una agradable sensación de retorno.

Mi atención volvió al mundo real cuando Arthorius le preguntó a Mack sobre el por qué de la misión. Al parecer, debíamos cazar a unas cuantas criaturas en unas condiciones especiales para el tal Dan. Aunque no me daba buena espina, sabía que no íbamos a sacarle nada al ayudante, de modo que decidí sencillamente ser paciente. Esperé a que Arthorius se pusiera a mi altura y me hablara. Se le veía intranquilo, así que le dije, sonriendo levemente aunque con la mirada fija al frente:

-Que hay algo que no quieren que sepamos es más que obvio, y no eres el único al que le importa. Sin embargo, está más que claro que nuestro guía más bien no sabe muchos detalles de esto. Considero que lo mejor será tratar estos temas que no sabemos directamente con lord Dan. Sin embargo, querido amigo, no te preocupes tanto. Estoy seguro de que pronto se aclarará todo y sabremos por qué se nos requiere exactamente.-
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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Enya el Miér Abr 03, 2013 6:10 pm

Tras presentarme, por primera vez en mucho tiempo, con mi nombre verdadero, el más grandullón de los dos no tardó en presentarlos a ambos. Primero él, que se identificó con un nombre de raíces desconocidas para mí, y a continuación su compañero, cuyo apellido me pareció recordar de alguna conversación con un aliado o dos a mi paso por Keybak, aun así ninguno de los dos me conocía a mí, y eso era recíproco. A continuación Arthorius me ofreció la silla vacía que había entre los dos para sentarme, yo acepté sin dudarlo un momento y me senté para poder descansar un poco. Lo normal hubiese sido quitarme el yelmo, por respeto hacia los desconocidos, pero decidí no hacerlo por si alguno de los dos se creía demasiado “bueno” para luchar y beber al lado de una mujer. Así pues, tras haber decidido que me lo dejaría puesto, me dediqué a desenganchar la parte inferior de la mandíbula del yelmo, que dejó ver mi fina y pálida piel, imberbe obviamente, cubierta sólo por algunas manchas más oscuras producto del sol congelado de mi tierra.

Pocos segundos después de sentarme, mientras ambos colosos hablaban sobre temas que no me incumbían, escuché aclararse una garganta. Busqué con la mirada algún guerrero al que hubiese olvidado saludar, pero no encontré a nadie y cuando devolví la vista a la mesa me encontré con un nuevo partícipe de la tertulia, en este caso uno bastante curioso. Su figura incorpórea se dibujaba en el aire como una silueta casi transparente a través de la cual podía ver la taberna, aunque tenía que forzar la vista para ello. Tenía el pelo repeinado hacia un lado, los ojos grandes y la “piel” típica de los fantasmas, de color blanco roto. Además, las ropas del espectro eran ricas, así que al principio creí que sería un pariente difunto del conde, mas las palabras que ambos cruzaron, tan amargas como un pescado requemado al paladar, me hicieron descartar tal posibilidad a los pocos segundos.

-Khaelos – Dije, con un tono de voz mucho más suave y claraque la vez anterior gracias a la falta de metal ante mis labios – tal vez deberías tratar con más respeto al difunto. Puede que haya dicho algo estúpido y que todos sabemos, pero nunca se sabe cuándo un fantasma abrirá la boca para decir algo útil. – a continuación bebí un trago largo de la cerveza que había dejado frente a mí el tabernero.

Entre tanto dos más habían llegado. Uno era un joven de figura espigada, con el pelo del mismo color que la ceniza, los ojos amarillentos y la piel de las manos algo pálida, casi como la mía. Su armadura de cuero, junto con el poco armamento que dejaba ver, me hizo pensar que se trataba de un novato en aquello de la caza. Desde luego no tenía ni punto de comparación con el otro sujeto que entró a la posada. Dicho sujeto (el segundo mencionado) era igual de alto que el de ropas de cuero, pero casi el doble de ancho. Vestía una armadura y un casco que taba sus ojos pero no su boca, y por el armamento no tardé en adivinar que precisamente pelear de cerca no debía ser su especialidad. Aunque claro, eso lo hubiese visto hasta un niño con deficiencias mentales, así que no es que pudiese sentirme especialmente orgullosa de ello. Dante, como se presentó el primero de los dos, se sentó con nosotros, mientras que el sujeto de la armadura prefirió mantener las distancias.
Poco después reparé también en la presencia de una curiosa criatura. Nunca había visto a uno como él, al menos no vivo, y por su forma de comportarse ante la bebida recién servida pronto entendí porque. No pude mantener mucho más la atención sobre aquel chacal con cuero rasgado como armadura, el conde la requirió toda con su pregunta.

-Trátame simplemente como a un camarada, Khaelos. Todavía no diré si soy hombre o mujer, eso no importa en estos momentos como tampoco importan otros temas. – Respondí al conde, algo fría y con la voz firme. A continuación di otro trago de la cerveza y volví a desviar la mirada hacia la entrada, viendo entrar esta vez a un mozo de ropa modesta, con gafas y un libro bajo el brazo. Me recordó por un momento a los hechiceros del castillo en el que crecí, pero claro, ellos eran mucho más viejos y no solían llevar un solo libro si no muchos.

Arthorius fue el primero en interrogarlo, también recibió la primera negativa. Seguidamente el joven nos nombró uno a uno, se presentó como Mack y nos invitó a seguirlo fuera de la taberna, él nos llevaría con Dan. El Cuchilla Carmesí pagó las bebidas de todos los presentes, algo que agradecí con un modesto asentimiento de cabeza, y después abrió la marcha junto con el coloso de la gran espada y el joven sirviente del alquimista. La lluvia se coló por los resquicios de mi armadura, empapándome el cuerpo de nuevo y haciendo que volviese a sentir el frío por dentro. Intenté caminar rápido, con pasos cortos y ligeros que pronto me pusieron a la altura de Khaelos, quien caminaba de forma noble.

-Concuerdo con Khaelos. Está muy claro que hay algo que nos ocultan, pero me parece que toda misión que se precie suele tener dos o tres cosas desconocidas, sino pierde la gracia. – Tras decir aquello continué mirando al Cuchilla Carmesí, sorprendida por cómo disfrutaba de la lluvia. – Veo que no te molesta el sonido de las gotas en el metal o la incómoda humedad por debajo de este. Dime, Cuchilla, ¿llueve mucho en tu tierra o sólo pretendes hacerte el fortachón delante de algunos? - La pregunta iba, en parte como una broma, pero también para conocer algo más sobre mis compañeros. Debía intentar llevarme bien con ellos si es que quería salir viva de allí.

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Re: Una Caza En Condiciones

Mensaje por Cerverus Dante el Miér Abr 03, 2013 11:13 pm

Dante no fue el último cazador en unirse al grupo. Poco después de él apareció un cuarto hombre con armadura, este armado con una ballesta de considerables dimensiones. Si aquello iba a ser una cacería en condiciones se necesitaba un tirador, pues no todas las piezas de caza se dignan a lanzarse contra su atacante, de hecho la mayoría solían optar por huir, así que aquel tipo sin duda iba a resultar útil, si sabía usar semejante armatoste con destreza, claro.

El guerrero Zhakheshiano se presentó como Khaelos Kohlheim, gran maestre de los Cuchillas Carmesíes y oficial del ejército zhakheshiano. Dante había oído ese nombre, aquel hombre era un soldado famoso en Zhakhesh, por sus múltiples campañas contra el imperio. Dante supo que estaba ante un héroe de su nación y debía tratarlo como tal.

-Es un honor y un privilegio- Dijo imitando el mismo saludo militar, propio del ejército de Zhakesh- Me temo entonces que somos compañeros de oficio, pues yo también serví en el ejército de Zhakhesh. Me gradué como mago de combate en la academia negra hace 4 años, aunque ya he hecho algunos méritos- Dante apartó un pliegue de la chaqueta para dejar ver sus condecoraciones- Campaña de Dhuneden, tercer escuadrón, 30 bajas confirmadas.

Se presentó también Arthorius, el gigante acorazado, quién dejó notar sus dudas acerca de la capacidad de su cliente de costear el contrato de tantos soldados. Justo en ese momento interrumpió un hombre vestido de forma extrañamente normal para lo que se podría esperar de alguien que acudiese a aquella reunión, teniendo unas gafas apoyadas sobre la nariz como único detalle característico, pues dichos utensilios son utilizados únicamente por los estudiosos y eruditos, afirmando que el viaje que el grupo de mercenarios había hecho no habría sido en vano. Dante supuso de que debía tratarse de Dan el alquimista, y así lo supuso también Arthorius, quién no tardó un instante en exigir explicaciones al recién llegado.

Sin embargo ambos erraron, y aquel hombre resultó ser solo el aprendiz del alquimista, de nombre Mack. El aprendiz saludó a todos los presentes, incluyendo un schacal que bebía solo delante de la barra. Dante se sorprendió por un momento, aunque probablemente estuviese entre los menos sorprendidos del grupo, pues los schacal no eran desconocidos en Zhakhesh y Dante tenía una mediana experiencia en tratar con esos seres. La experiencia que le decía que si viajas con un schacal insistas siempre en que valla delante, más que nada para evitar encontrarte un cuchillo clavado en tu espalda. No obstante, no se podía negar que hacían grandes trabajos como guías y cazadores. Sería útil mientras estuviese vigilado.

Mack les indicó que le siguiesen hasta el hogar de su maestro, de modo que los seis emprendieron el camino tras él. A mitad camino, el grandullón volvió a cuestionar al aprendiz, esta vez acerca del motivo por el que tanta gente había sido contratada. Lo cierto es que Dante también se lo preguntaba. ¿Qué clase de monstruo había en aquel pantano que precisase de tantos soldados para ser cazado? Sin embargo, Mack aclaró que no se trataba de la peligrosidad de una única criatura, sino del número y variedad de las piezas a cazar. Dante se dio por satisfecho con la respuesta. Según parecía, Dan había hecho una caza de talentos para encontrar gente cuyas especialidades fuesen apropiadas para cazar específicamente a cada una de las criaturas que necesitaba que le cazasen. En opinión de Dante, algo perfectamente lógico. Sin embargo el grandullón no parecía satisfecho con la respuesta y seguía manifestando sus dudas, esta vez apelando al apoyo de su compañero.

-Pues sinceramente, a mi no me preocupa. Al fin y al cabo nosotros hemos sido contratados por dinero. No es nada nuevo que en este tipo de tratos al contratado se le dice únicamente lo que necesita saber para llevar el trabajo a cabo. Y de todas formas, puestos a preguntar dudas, creo que el maestro será más apropiado que el aprendiz para responderlas.
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Re: Una Caza En Condiciones

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