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La rebelión de Zakhesh

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La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Sejen el Vie Abr 12, 2013 5:10 pm

Fecha 4 de Septiembre, del año 1002 D.Z.S

Camarada Khaelos, escribo esta carta con la esperanza, de que llegue a vuestras manos y así podáis leerla. Sé que os debo muchas preguntas, que por el momento no resolveré a través de un papel el cual no estoy seguro, de que llegue a su destino.
Quisiera poder encontrarme, con vos para poder dialogar, sobre asuntos concernientes a nuestra amada tierra, la cual ha sido invadida por el sucio imperio. Sé que esto que os digo, no os revela nada y desde luego, no os dice nada de sobre mi paradero, aunque por el momento quisiera mantener mi ubicación en secreto.
El motivo por el cual os escribo esta carta, es el deseo de reunirme con vos, para discutir sobre el mal que azota, nuestra amada nación… se que quizás no sea merecedor de vuestro respeto, pero debéis entender que hubo ciertos motivos, por los cuales me vi obligado a desaparecer, os prometo que responderé a vuestras preguntas, pero por el momento, preferiría tratarlas en persona.
No puedo seguir ignorando, la opresión que mi amada tierra está sufriendo, sea o no mi tiempo, Zakhesh es mi patria y mi hogar, no permaneceré de brazos cruzados, luchare como antaño hice, mas no por obtener una corona, no por adquirir poder, luchare para liberar nuestro pueblo, nuestra nación de la represión imperial, luchare por volver a ser el rey que una vez fui.
La libertad, se reunirá en el sitio donde, el fuego de la rebelión deshizo los hielos de la opresión.


Firmado, Amon Menethil


Esta carta ahora terminada, legítima y escrita de mi puño y letra, de la cual hice una copia exactamente igual, pues tenía que asegurarme, de que no cayera en manos no deseadas, debido a la invasión imperial, la comunicación mediante carta es bastante peligrosa, pues podrían interceptarla. –Que esta carta llegue a manos de Khaelos, no se la entreguéis a nadie, solo a él. Ni a un soldado, ni a un capitán, ni a ninguno de sus amigos o familiares, solo a él.- Ordene extendiendo mi mano, a unos muchachos que habían accedido a ayudarme a causa de unos kulls que había conseguido ganar, más bien saquear a unos imperiales que habían capturado a estos jóvenes. –Deposito mi confianza en vosotros, espero que logréis cumplir el objetivo. Cuando le entreguéis la carta, no hará falta que sigáis mas mis órdenes, pues esta será la única que os dicte.- Termine así la explicación, no quería reclutar a estos chicos, tan solo me servirían para hacerme este favor a cambio de haberlos salvado de aquellos guardias imperiales.
Una vez hecho esto, debería esperar en el punto de reunión, el cual esperaba que Khaelos entendiera en mi carta, pues en caso de que uno de los muchachos fracasara en la entrega, no comprenderían que lugar era el de la reunión, ahora solo me cavia esperar implorando para que la carta llegara a manos del conde nigromante.

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Raudos fueron los jóvenes al atrapar las cartas, las cuales tras las órdenes del rey exánime, estaban dispuestos de corazón a entregar al conde, pues Amon, les había salvado de los imperiales y no solo eso, les había pagado, con lo cual el antiguo señor de Zakhesh se había ganado así su confianza y lealtad. –No se hermano, puede ser peligroso.- Comento el más joven, era normal que sintiera miedo, o presión por lo que se avecinaba, pero su hermano mayor lo miro y con una sonrisa cargada de confianza, puso su mano derecha en el hombro izquierdo de su hermano mirándole a los ojos. –No temas Groderick, pues seguro conseguiremos entregar esta carta y nuestra, deuda con ese hombre será saldada, tan solo tenemos que seguir el camino del bosque viejo, donde jugábamos de pequeños ¿te acuerdas del bosque viejo verdad?- Comento agradable tratando de calmar los nervios de su hermano, el menor al verlo asintió y ambos ensillaron y prepararon dos caballos para el viaje. Aunque el hermano mayor había dicho, todo aquello con la intención de tranquilizarlo, sentía la misma inquietud que Groderick, pues aunque tomaran un sendero supuestamente desconocido, no sabe si pueda haber imperiales por allí y que vuelvan a atraparlos, pero a pesar de sus inquietudes, habían hecho un trato con Amon y tenían que saldar esa deuda. -¿Te ocurre algo Grodrok?- Pregunto el hermano con cierta preocupación. –No te preocupes, estoy bien. Pongámonos en marcha.- Entonces ambos, montaron sobre las sillas de los caballos y tras espolearlos, salieron corriendo a galope tendido, con la esperanza de lograr entregar la carta a Khaelos.

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Lejos de allí, alejada de las tierras Zakeshianas, se encuentra una rica Tenebre, hija de terratenientes.
La muchacha se halla cerca de la cordillera, de las montañas de Drakenfang. Un frio otoñal es el amo y señor, de este lugar el cielo está cubierto por oscuras nubes que anuncian tempestad, no se sabe cual razón tendría, la joven Athan para estar en aquellas inhóspitas montañas, pero el destino le tenía reservada una grata sorpresa. Quizás fuera designio de los dioses, pues fue encontrada por un convoy imperial que marchaba desde el norte. Esta diligencia tenía intención reunir fuerzas, con las huestes que ahora oprimen Zakhesh dando refuerzos a las posiciones avanzadas, dicho grupo de soldados se componía de; Cuarenta escuderos, hombres armados con lo justo y necesario, una espada, un escudo y un hacha por si lo requiriesen, sus vestimentas eran armaduras de acero común, pesadas pero les permitían la necesaria movilidad, esta unidad se veía reforzada con el apoyo de la caballería para cubrir los flancos, veinte jinetes componían ese escuadra montada, vistiendo armaduras destellantes de color plata y gris, cargando en sus cuellos varios relicarios, vistiendo túnicas sacras, bendecidas por el cardenal Bloreg de Sacralis. En este grupo no pueden faltar los arqueros y los ballesteros, este último grupo se compone de otros cuarenta hombres, cargando arcos largos y compuestos, mientras que los ballesteros, cargan ballestas comunes ideadas, para el combate contra guerreros acorazados a gran distancia, este grupo viste ropas de cuero endurecido de vaca, siendo así bastante ligeros pero vulnerables, mas su única y verdadera protección se hallan en la cabeza (Un yelmo), en los antebrazos (Brazaletes) y en las espinillas (Espinilleras). Al mando de esta expedición se encuentra la capitana, la inquisidora Alamiss Estsea, la cual a diferencia de sus hombres, viste una sacra armadura en la que destacan varias cruces, su armadura brillante de blanco puro, solo se ve ennegrecida por su oscura capa, la cual llevaría arrastrando, sus armas son una gran espada de dos manos que al igual que su armadura, presenta símbolos religiosos del dios Único, en toda la hoja. Sus cabellos son dorados, cual rayo de sol al medio día, ondulados pero se puede notar mucho cuidado en este, su piel blanca y tersa, brillante de aspecto impecable, unos ojos verdes que cualquier hombre quisiera contemplar. Pero a pesar de su aspecto aparentemente, frágil es una inquisidora y no se ha ganado su titulo fácilmente.
Por desgracia para la Tenebre, fue capturada pero aun así, no recibió castigo. -¡La llevaremos, hasta el puesto avanzado en el sur!- Exclamo con fuerza Alamiss. –¡Pero ninguno de vosotros, cometerá actos impuros contra esta hereje!- Dijo la inquisidora, por lo general, cuando un ejército hace prisioneros y estos son mujeres, suelen recibir un trato horrible, en el cual se incluye la violación, pero no en el destacamento de Alamiss, pues ella es una sirviente de dios por y para la causa, pero también es una mujer y no permitirá a sus hombres, mancillar a una prisionera. Ninguno cuestiono su orden, la desobediencia implica la muerte y el castigo eterno, los disciplinados hombres del convoy conocen lo bastante a la inquisidora, como para saber que su palabra es la ley y aquel que no la acate, morirá en sus manos por y para la gloria de su señor. -¡Nuestro dios todopoderoso y único nos protege, no temáis hombres pues, tenemos la protección del padre nuestro señor!- Así son los soldados del imperio, fieles, creyentes y fanáticos que creen luchar en nombre de su dios, cometiendo los más atroces actos en su camino, hacia esa fingida y falsa paz, escondida tras una luz cuyo destino es extinguirse pues no hay nada eterno en este mundo.
Athan fue esposada por pesados grilletes de duro metal, impidiendo que sus manos se movieran libremente, pero no la despojaron de sus pertenencias y pudo seguir el camino a caballo, aunque sus riendas fueron ligadas a las de uno de los jinetes, para que no tratara de escapar y en caso de hacerlo, rápidamente le darían caza.
Poco a poco, la diligencia dirigida por Alamiss fue internándose en Zakhesh desde el norte, su camino se dirigía hacia el sur donde les aguardaba la base avanzada desde donde, recibirían ordenes directas. El clima en Zakhesh era ligeramente más frio, más apagado quizás se pudiera decir, aunque no hasta el punto de ser desagradable, el sol era invisible tras las opacas nubes negras cual noche, deseosas de descargar su furia en forma de lluvia, relámpagos y truenos, pero el clima no retendría a los imperiales. Un fuerte torrente empezó a caer, rápidamente uno de los jinetes se acerco a Alamiss y la cubrió bajo un paraguas, evitando así que se empapara como el resto de la compañía, los truenos no se hicieron esperar mientras que los poderosos relámpagos, producían una luz blanca o quizás cerúlea tan potente, que cuando estos caían podrían incluso cegar a algunos, dando incluso una visión total en un ambiente tan oscuro como la más fría noche de invierno. Los caballos parecían estar inquietos, no así como la yegua de Athan, quien mantuvo las apariencias por así decirlo, de crin y color oscura como la más profunda de las cavernas, un magnifico equino sin duda. –Ese caballo.- Comento la inquisidora al ver, la poderosa montura de la Tenebre. –Lo quiero para mi.- Explico al jinete que la protegía de la lluvia, pero ninguno atendió esa petición, ahora mismo estaban descendiendo por los caminos de las bastas cordilleras internándose en Zakhesh, la mayoría de los hombres iban vestidos con armaduras de metal, sin duda no era una feliz situación para atender los caprichos de la inquisidora, la cual lo sabía y no puso objeciones en que nadie actuara por sus palabras.

Aunque la tormenta no ceso, los soldados estuvieron a salvo lejos de la montaña, dos horas más tarde, nuevamente una extraña fortuna favorecía a los imperiales, habían sido enviados aquí para la guerra y la opresión, en nombre del dios único y ahora, en su camino se encontraba un pueblo. No era muy grande, seguramente en el no vivirían más de cuatrocientas personas, un escueto y hermoso lugar que hasta la fecha, no había sido alcanzado tan directamente por la opresión extranjera, pero todo tiene una primera vez. Alamiss al ver el pueblo lo catalogo, de escuela de herejes, tierra profana, llena de traidores al dios único, su orden no fue otra que la de ensangrentar aquella noche ya de por si horrenda a causa, de la macabra impresión que hacían ver las luces de los rayos y el, estruendo de los fuertes truenos que venían en sucesión de los relámpagos. -¡Atacad, en nombre del dios único, nuestro padre y creador!- Un grito anuncio el comienzo, atacar un pueblo no sería difícil para las entrenadas tropas de Alamiss. -¡Pero recordad, dejar algunos supervivientes, para que puedan ser interrogados!- Exclamo su cruel orden. Los solados sin mediar palabra, desenvainaron sus armas, los caballos relincharon y sus jinetes los espolearon, cargaron contra el pueblo sin ninguna piedad pues ¿Quién se opondría a ellos?
La inquisidora quedo a cargo de Athan, evitando así que esta pudiera aprovechar, el fragor de la batalla para tratar de escapar.
Los soldados irrumpieron en el pueblo como el agua entre las rocas, pronto los gritos de los pueblerinos se sumarian al estruendo de las espadas chocando, los huesos quebrándose y la sangre brotando, mas una voz se pudo escuchar alta y clara. –¡Perros imperiales, pagareis por todo el mal que habéis hecho a nuestra tierra!- Una voz fuerte y gruesa como los truenos hizo presa del lugar. –Hombres, a las armas. ¡Muerte al imperio!- Fue entonces, como si de magia se tratara, de entre los arboles del bosque cercano al poblado aparecieron guerreros, ataviados con negras armaduras, portando espadas y escudos de metal, cargando contra la hueste imperial, una cruenta batalla entre dos fuerzas dio comienzo en el poblado, cobrándose vidas de ambos bandos, las espadas chocaban entre sí, los fieros gritos de los caballos hicieron presa del lugar al igual, que los gritos de sus jinetes, pero esto había ido demasiado lejos, era momento de utilizar las ballestas. -¡Fuego!- Exclamo un oficial y el seco ruido de los gatillos, se escucho, un leve silbido y todo había acabado, los mortíferos virotes empezaron a clavarse en los cuerpos de los rebeldes, atravesando sus armaduras como la aguja atraviesa la tela, la carne se veía perforada, dañada por el impacto, los cuerpos cayendo sobre el embarrado suelo, salpicando con fuerza. Como si de una enfermedad se tratara, los rebeldes iban cayendo poco a poco, muertos o capturados por los disciplinados soldados imperiales, pero en la plaza del pueblo, aun hay esperanza, un hombre que lucha con valor, alto como una torre ataviado con una gran coraza de metal negro, blandiendo una gran hacha con ambas manos, sus gritos de furia hacen eco del lugar, como si tan solo él fuera el único soldado que queda en pie, mientras la lluvia cae con fuerza y los alaridos encolerizados, del soldado se mezclan con los truenos. –Luchas con valor hereje.- Dijo un jinete. –Pero esto ha terminado para ti.- Fue entonces que un silbido volvió a escucharse, una ballesta hacia disparado de nuevo y aquella punzante flecha, impacto justo en la pierna del valiente tenebre. Con rapidez varios soldados del imperio se abalanzaron sobre él, empezaron a despojarlo de sus armas y su armadura, cuando le quitaron el yelmo, su rostro arrugado en un gesto de rabia, sus cabellos eran largos y rojizos como la sangre derramada aquella noche, desmarañados y lisos, empapados por la lluvia tapando su rostro, el cual tenía su cabeza hundida en el barro pues los imperiales lo sujetaban con fuerza, en ese momento el aguerrido tenebre dejo oír un grito de rabia tan poderoso como los truenos, que haría estremecer a casi cualquier persona, pero cuando sus fuerzas ya no pudieron seguir luchando, sus manos fueron atadas con grilletes y fue atado al caballo de Athan, a la que habían capturado en las montañas, por suerte para la rica heredera de la casa Do Vandor, ni ella ni Alamiss habían intervenido en aquella masacre, pues no fue necesaria la intervención de la inquisidora. Los soldados regresaron victoriosos a la formación, trayendo consigo rehenes cuyo futuro no sería otro que el de ser esclavos, o el de morir para dar ejemplo a los sucios herejes. –Nuestro trabajo aquí ha concluido. ¡Volved a la formación, nos dirigimos al sur!- Exclamo Alamiss dando órdenes, entonces todo el pelotón se puso en marcha.
El hombre que habían capturado, caminaba con dificultad, soportando en su pierna derecha un terrible dolor, pero entonces alzo la vista y vio a Athan, inmediatamente al ver sus grilletes supo que no pertenecía a este grupo de imperiales, así que la examino tan bien como pudo mientras caminaba cojeando, hasta que al fin pudo ver algo que la distinguiría, la espada que portaba con el símbolo de una casa Tenebre, una rica para ser exactos, la casa Do Vandor. Al ver esto el hombre se vio más confiado y tras ver que nadie los vigilaba, trato de entablar conversación con Athan pues, aunque no la conocía, era mejor que tratar de hablar con los imperiales, o con los soldados, hombres, mujeres y niños que habían capturado, a los cuales no tenía acceso ninguno. –Disculpad mi atrevimiento. Vos… ¿Vos pertenecéis a la casa Do Vandor no es así?- Dijo así al reconocer el símbolo de la empuñadura. –Soy Karas Gradalon, soy el teniente de la tropa que trato de defender el pueblo.- Le dijo explicativo, mirando hacia los lados, con cuidado de que ningún imperial fisgón pudiera darse cuenta de esta conversación.
Tal vez decidieran charlar durante el trayecto, pero por cada día que transcurría, poco a poco se acercaban cada vez más a su destino, el puesto avanzado imperial y una vez allí, sus vidas no tendrían tanta suerte.
No se sabe exactamente, de que hablaron Karas y Athan, ni el tiempo que tardaran los imperiales en cruzar casi todo el reino, pero aunque no encontraron apenas resistencia militar enemiga, había tenido algunas bajas, el numero de escuderos se había reducido de cuarenta a treinta y tres, sus arqueros habían caído algunos quedando de la división de apoyo nada mas, que veinte y ocho, de los cuales veinte todavía eran ballesteros, en cambio los jinetes se habían conservado los veinte, obviamente resultaban ser los más entrenados, los más disciplinados así como también los más experimentados en el campo de batalla, esta situación no le era favorable a Alamiss, la cual estaba deseosa de poder llegar hasta el puesto avanzado que hacia frontera con el Imperio, allí podría reponer sus fuerzas y unirse a la batalla, que era lo que deseaba, para sí poder exterminar a la escoria pagana con sus propias manos, pero aquel destino que había favorecido a los imperiales durante el trayecto, pareció haber cambiado por completo, pues a escasos kilómetros del puesto avanzado, algo los retenía, en frente de ellos un muro en el camino, eran soldados Zakheshianos de eso no cavia duda, pues ¿Quién mas osaría interponerse, en el camino de la santa misión de una inquisidora?, el rostro de Alamiss pareció oscurecer mientras una mueca rabiosa aparecía en su rostro. -¡Atacad, recudid a la escoria tenebre a polvo!- Ordeno dirigiendo su mano hacia el frente, los soldados respondieron inmediatamente, los escuderos cargaron espada en mano y sin miedo alguno. -¡Jinetes a los flancos. Equipo de apoyo carguen proyectiles y disparen cuando estén listos!- Y esas fueron las indicaciones de la inquisidora, nadie se opondría y detendría su camino.

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Desde el este, en la frontera cercana al Túmulo, un grupo extraño llega hasta las lindes, de la nación Zakeshiana, por inercia al verlos alguien pudiera incluso sentir temor, pues es una fuerza considerable de doscientos ‘’monstruos’’, todos diferentes del primero de todos ellos, todos extraños y con variedades algunas indescriptibles, aunque al frente de ellos se destacaba una especie de centauro, pero su cuerpo al menos la mitad superior estaba cubierta por una fina ropa, la cual apenas podía cubrir todo su imponente ser y, aunque este no fuera el más grande los seres que venían tras de él, parecía que todos le seguían acatando sus órdenes.
El clima en este lado de Zakhesh no era tan frio como en las Drakengfang, haciendo una temperatura mucho más soportable, además de que había sol, pero no tanto como en verano y desde luego no tan caluroso, el cielo parecía despejado en algunas zonas, dejando que los rayos de sol bañaran algunas hectáreas, pero no era un cielo completamente desprovisto de nubes.
Gruñidos y rugidos, aparentemente de animales, surgían de la formación, pero no se movían, estaban esperando a algo, o a alguien pareciera ser, entonces una extraña criatura apareció frente a la formación, tenía un aspecto felino, un cuerpo de apariencia musculosa, pero aun así se podía ver que era rápido, portaba cuchillos, garras y un machete todos hechos de hueso. –La he encontrado mi señor.- Dijo la criatura con una voz ronca, aunque aguda y desagradable, cada vez que respiraba de sus fauces surgían pequeños gruñidos. –Se dirige hacia el sur.- Comento señalando y mirando en la dirección que apuntaba. –No serán difíciles de matar.- Comento cruel y sádico.
¿Por qué un grupo de antropomorfos, se dirigía a Zakhesh y para qué? La respuesta parecía sencilla, aunque no del todo racional, resulto ser que Alamiss Estsea, era descendiente directa de uno de los captores de su líder, el cual quería vengarse y matar al legado de su captor tal vez le satisfaría.
El líder de este grupo de antropomorfos, salidos desde las entrañas de Tzeezeroth el bosque corrompido, era Nathrezim, antaño fue un nigromante, pero la magia lo transformo y ahora clama venganza contra, aquellos que lo capturaron. –Apenas conté cien soldados, mi señor.- La suma no iba alejada de la cifra real, se notaba que aquel ser era un rastreador, un cazador y aunque carecía de un ojo a causa de una horrible cicatriz, cuando el acechaba no se equivocaba con sus cálculos. Inmediatamente se pusieron en marcha, para dar alcance a sus futuras víctimas, aunque todos poseían inteligencia el ardor de la batalla, la necesidad de despedazar a sus enemigos, era como una vorágine de hambre carnívora deseosa de aniquilar a sus enemigos.
Atendiendo las órdenes de su líder, el antropomorfo cazador grito. -¡Moveos!- Las criaturas respondieron con un rugido, y a pesar de que en su mayoría no eran soldados disciplinados, empezaron a marchar siguiendo las pistas del rastreador.

Esta pequeña fuerza militar, si se podía llamar así, se componía de un total de doscientos antropomorfos, dirigidos todos por el heraldo del fin, al cual obedecían y respetaban. Esta fuerza de criaturas se componía de: Treinta engendros gigantes, estos median todos más de tres metros de altura, eran los menos inteligentes, pero sí que eran los más fuertes físicamente del grupo, así como los más resistentes, su piel estaba cubierta por duras corazas biológicas, hechas de su exoesqueleto de forma natural, también poseían dos grandes brazos los cuales portaban cuchillas en forma de guadaña, aunque también tienen otros dos brazos mucho más pequeños terminados en forma de pinza, lo que les permite sostener carne o sostener objetos, tienen ojos grandes con los cuales pueden ver perfectamente con poca luz, aunque no en ausencia de esta. También hay cuarenta cazadores, todos ellos tienen forma semejante a un animal, ya sean tigres, lobos, panteras… poseen garras filosas como sables, no llevan demasiada protección, pero son muy rápidos, inteligentes y todos ellos gozan de un olfato y una vista, que les permite desenvolverse perfectamente en la oscuridad, sus armas no son demasiado modernas siendo en su mayoría machetes, garras y punzones de hueso ideales para los asesinatos mas sigilosos y el ataque por sorpresa, su vestimenta en su mayoría es oscura, permitiéndoles un mayor camuflaje en la oscuridad. Otra división son los carroñeros, los cuales se componen de cincuenta unidades, son mucho más pequeños que los cazadores, en su mayoría no sobrepasan el metro cincuenta, pero no por ello son menos temibles, cargan armas de hueso como los cazadores. Los carroñeros son rápidos, muy inteligentes y oportunistas, son la unidad perfecta para la infiltración, para el asesinato y para rematar a los objetivos que quedan vivos en el campo de batalla, sus aspectos son variados, aunque en su mayoría parecen una especie de insectos, tienen grandes alas que les permiten volar varios metros, al igual que los engendros gigantes, los carroñeros tienen dos brazos grandes en forma de guadaña, pero sus otros dos brazos poseen manos de aspecto humano con grandes garras afiladas, al igual que los cazadores poseen unos ojos perfectos, para el combate nocturno viendo perfectamente, en la más completa oscuridad. Luego se encuentran los, treinta biomantes, apodados así por tener armas a distancia biológicas integradas en sus bocas, y brazos desde los cuales, pueden disparar letales ráfagas de flechas corrosivas y ponzoñosas, es una unidad de apoyo a distancia. Su aspecto se asemeja a lagartos y serpientes, aunque de distintos colores y formas, algunos tienen una membrana como las cobras y otros se parecen más a los varanos, son más grandes que los carroñeros, pero más pequeños que los cazadores. En esta fuerza militar, no pueden faltar los guerreros especializados en el frente, llamados simplemente ‘’Guerreros’’, su aspecto es tan variado que es difícil definirlos, pues hay algunos que parecen cazadores y otros que parecen engendros gigantes, sus armas son prácticamente cualquier cosa biológica que surja de sus cuerpos, guadañas, hachas, espadas e incluso martillos, son rápidos y duros, tienen que serlo para estar en la primera línea, su número es de otros cuarenta. Por último, están los Diez, criaturas de aspecto horripilante, inteligentes y capaces de trazar planes muy ingeniosos a pesar de su aspecto, el cual se asemeja mucho al de los orcos, pero son mucho más inteligentes que estos, su piel no es verde ni tienen un mentón prominente, visten holgadas túnicas y sus armas constante de martillos pesados. Los Diez son después de los cazadores la unidad más grande y resistente, son una unidad de flancos siendo una caballería pesada, cabalgan caballos de aspecto infernal y enfermizo, cuyas patas acaban en garras filosas, Su protección es su propia piel y son la unidad más temida dentro de las fuerzas de Nathrezim, todos ellos son berserkers.

Así pues, el antropomorfo y sus tropas, marcharon en busca de Alamiss para darle muerte y encontrar, así una venganza satisfactoria, parecían incansables y que nada pudiera detenerles, ni el tiempo, ni ningún soldado que se les interpusiera ¿Quién sería tan estúpido, de interceder en el camino, de una marcha de antropomorfos?

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Ruidos en la noche, espadas que colisionan, gritos de dolor y sangre. Un pueblo está siendo atacado, pero no deben interceder. –Malditos sean.- Dijo un muchacho tratando de salir de la espesura, pero un hombre curtido lo atrapo por el hombro y lo volvió a meter dentro de la maleza. –Cálmate, no podemos permitir que nos descubran.- Le dijo para tranquilizarle, entonces se asomo entre la maleza aquel, hombre que había detenido al joven, su rostro se notaba experimentado, una fina y oscura barba cubría su rostro, su cabello largo ahora estaba empapado por la lluvia y ocultaba sus ojos rojos cual carmín. –Imperiales.- Musito. –Vienen desde el norte, han atravesado la cordillera de Dal-Nuhûr.- Antaño en aquella cordillera hubo una fortaleza, ahora en estos tiempos debe de estar reducida a ruinas, pues ya nada vive allí, pero es un paso vigilado día y noche por espías tanto Tenebre como Imperiales, es un paso bastante vulnerable por el que fuerzas extrajeras pueden entrar a Zakhesh. -¿Crees que son los imperiales, que dijo Durok?- Pregunto el joven al que había detenido anteriormente el hombre. –Es muy probable, observaremos y daremos un informe, por eso estamos aquí.- Le explico y así se mantuvieron al margen de la batalla, observando con detalle, contando cuántos soldados enemigos veían y que hacían exactamente. -¡¿Ese no es?!- Pregunto extrañado. –Es Karas Gradalon, reconozco su armadura. Creo que hemos visto suficiente.- Dijo el más experimentado al ver como derrotaban, al teniente rebelde y lo capturaban. –Debemos informar de inmediato.- Entonces ambos hombres corrieron raudos en busca, de sus monturas, las cuales habían escondido en la espesura del bosque para que los espías enemigos no los localizaran. Presto montaron a los caballos y los espolearon, para ponerse en marcha tan pronto como pudieran.
Los caballos eran pura sangres, nacidos y criados en Zakhesh, no los hay más rápidos en el mundo, o eso dicen. Los dos espías eran un hombre de adulta edad, tendría al menos unos cuarenta años, su acompañante era mucho más joven y aun estaba aprendiendo a ser un hostigador, ambos iban armados con arcos largos, pero en esta ocasión no los usaron. El aspecto del más adulto era duro, sus cabellos eran largos de color negro tizón, se notaba en él la experiencia, su piel estaba algo arrugada debido a la edad, pero eso no le hacía peor hostigador. El más joven tenía las facciones más finas, su piel era pálida como la nieve, su cabello era al igual que su piel albino y sus ojos eran azules y expresivos, estaba aprendiendo a ser un hostigador.

Estos dos hombres, trabajan ambos para Khaelos Kohlheim, el conde nigromante, a quien sus hostigadores, tratan de mantener siempre informado sobre los movimientos imperiales, en la nación Zakheshiana.
Cabalgaron tan rápido como podían, tratando de no forzar demasiado a los caballos para que estos no muriesen por el cansancio, pues perder a las monturas podría ser algo que les quitaría demasiado tiempo, por ello fueron parando cada tantos kilómetros para que los caballos, se repusieran del cansancio. La intención de este informe era llegar hasta el Túmulo, prácticamente al otro lado del reino, para así dar detalles de lo sucedido en aquel pueblo y la captura del teniente rebelde, Karas Gradalon, cuanto antes llegaran antes podrían reaccionar.
Su camino hasta el túmulo, fue casi un paseo por así decirlo, nada que tuviera que alarmarles, pues lo más peligroso que encontraron de camino, fue que les atrapo una tormenta, pero nada que pudieran lamentar.

-Allí es donde nos dirigimos.- Dijo el hombre más experimentado, pues el más joven nunca había entrado en el túmulo y desde luego su primera impresión, no fue lo que se esperaría. -¿Vamos a un montón de piedra escarpada? ¿Eso es el túmulo?- El mayor al escuchar las preguntas, del joven rio por lo bajo, porque le hizo gracia. –Si Wolren, allí nos dirigimos.- Le comento con gracia. –Pues no veo nada que se asemeje, a una fortaleza Killian.- Le respondió algo molesto, pero no detuvieron sus caballos sino que Wolren, se dedico a seguir a su superior y para cuando, quiso darse cuenta los cascos de sus caballos caminaban sobre suelo empedrado, el cual los internaba aun más en las montañas, extrañado el joven no dijo nada solamente quiso ver que había más allá del camino.
-Bienvenido al túmulo.- Comento Killian cuando cruzaron la primera puerta, entonces Wolren se adelanto con la intención de ver, todo lo que abarcara su vista, lo que vio fue un valle, dividido por un rio, aquella imagen era bella para sus ojos y tan solo pudo abrir la boca y dejar salir, de sus labios un guau, Killian sonrió al ver a su compañero tan impresionado y rio un poco, para el esto no era nada nuevo pero incluso el reconoce que es un lugar impresionante. Lo que su vista les ofrecían eran campo de cultivo, caseríos, esto parecía un reino aparta dentro del propio reino de Zakhesh.
Cruzaron el puente, mientras que el joven contemplaba todo lo que podía a su alrededor, boquiabierto e impresionado por el lugar, como si se tratara de otro lugar y aunque había soldados, este lugar dejaba ver una extraña paz, una calma diferente a la de allí fuera, pero este sitio es un baluarte de esperanza para la nación de Zakhesh. –Estas son las puertas del túmulo.- Expreso Killian, entonces Wolren las vio, una puerta tan alta como una mansión, la estructura era tan impresionante, que al joven no le caía la baba por que antes había tragado, era tal la expectación que incluso le producía algo de miedo podía decirse.
Un sonoro crujido se escucho desde el interior, las gigantescas puertas empezaban a abrirse, el muchacho seguía boquiabierto ante todo este lugar, sin duda era algo más que impresionante, pero ahora tenían que entregar el informe y el general les esperaba dentro. Al entrar vieron que estaba iluminada, a base de antorchas y grandes fuego por toda la caverna, una ciudad bajo la montaña, como viven los enanos y esto, resultaba sin duda fascinante para el joven, que hasta la fecha nunca había entrado dentro del Túmulo. El interior no era menos impresionante que el exterior, una vasta fortaleza tras un gigantesco muro, estructuras talladas y esculpidas como si las hubieran hecho los enanos, pero ahora no había tiempo para entretenerse contemplando maravillados el lugar.

Con rapidez se dirigieron al castillo, los guardias los reconocieron de inmediato, dejándolos pasar y raudos fueron atravesando las estancias del castillo, con la intención de llegar hasta donde Khaelos se hallara.
No les llevo mucho tiempo y aunque muy probablemente, estuviera ocupado, su mensaje tenía cierta prioridad.

-Mi señor.- Irrumpió Killian en la sala, dando a entender que habían llegado, interrumpiendo así lo que estuvieran haciendo los más altos, cargos de los Cuchillas Carmesí. –Venimos para darle el informe.- Se adelanto Wolren, quien no imito a su superior cuando este le hizo una reverencia al conde nigromante. –Venimos desde la aldea de Thar-Lok- Empezó hablando el mayor, quien se incorporaba de la reverencia. –Un grupo de imperiales la ataco, ahora hará ya tres días mi señor, vinieron por el norte, atravesando la cordillera de Dal-Nuhûr.- Continuo explicando Killian. –Atraparon al teniente rebelde Karas Gradalon, se dirigen al sur hacia el puesto avanzado fronterizo con el imperio para dar apoyo.- Concluyo así dando el informe ¿Cómo actuarían?
Wolren se adelanto para comunicar algo, que no había comunicado su compañero. –La hueste tiene una inquisidora mi señor, a pesar de la lluvia y de los relámpagos yo pude verla en el fragor de la batalla.- Explico el pero ahí no terminaba. –Sus jinetes, parecer portar armaduras sacras, con algún tipo de bendición, se llevaron a los niños y a las mujeres, además de a los hombres supervivientes ¡debéis hacer algo mi señor!- Su inexperiencia hacían, que no supiera bien cómo comportarse frente al general, Killian inmediatamente reacciono. –Disculpad su atrevimiento, es un nuevo recluta de los hostigadores. ¿Cuáles son sus ordenes general?- Pregunto y asintieron ante las explicaciones de su general.

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Los hermanos Groderick y Godrok, se aventuraron con sus caballos, ellos conocían un camino el cual creían seguro, con el que llegarían hasta el túmulo a entregar la carta que Amon en persona, les había otorgado, su intención no era otra que llegar hasta Khaelos y entregarla, así habrían saldado su deuda con el antiguo rey de Zakhesh, obviamente no tenían permitido leer la carta y aunque lo desconocían, ambas cartas tenían escritas las mismas palabras, para evitar así que en caso de atrapar a uno de ellos el mensaje llegaría a su destino. –Vamos.- Expreso el mayor y ambos partieron tras espolear a sus caballos, con los que esperaban llegar a hasta el túmulo para entregar el mensaje del rey exánime, el camino seria duro y quizás lleno de peligros y enemigos, pero ¿de verdad les valía la pena?
La suerte de Amon dependía de estos dos muchachos, en los cuales había depositado su confianza para la entrega, de aquel mensaje, por suerte para el antiguo rey, Groderick y Godrok, habían sido enseñados por un soldado el cual era su padre, les había enseñado que las deudas había que pagarlas y de verdad, estaban concienciados en entregar el mensaje.

Como siempre, el terreno que rodea la corona de hielo es frio, como si se mantuviera en un invierno eterno, sea la estación que sea, siempre hay algo de nieve en este lugar y el aire, siempre es mas frio que el resto del reino. Groderick el más pequeño de los hermanos, tiene un aspecto algo frágil y delicado, su piel esta levemente bronceada, sus ojos son grandes y de color marrón, su cabello es castaño, realmente no parece un tenebre nativo, más bien parece un mestizo, mientras que su hermano mayor Godrok posee una piel pálida, su rostro es un poco más fino que el de su hermano, pero su complexión es mayor siendo realmente alto como una torre, su cabello es largo y de color plateado con leves motas grisáceas, pareciendo que lleve unas mechas oscurecidas en su cabello.
Los improvisados mensajeros, se adentraron en un bosque al que ellos llamaban, el bosque viejo, el cual es frondoso y bastante incomodo para aquellos que no lo conocen, con densa vegetación la cual apenas, deja traspasar la luz del sol, dando un aspecto bastante terrorífico al bosque y además bastante protección para aquellos que quieran refugiarse en el, tanto Groderick como su hermano conocen cada recoveco de este lugar el cual, les parece el más seguro, pero este camino les hará llegar más tarde de lo que temían, pues los caballos no están perfectamente adaptados pasar entre la densa maleza y eso podría retrasarlos. Ninguno de ellos creía que en este lugar, pudiera haber espías y rastreadores enemigos, por eso eligieron los senderos del bosque, antes que exponerse al campo abierto donde serian un objetivo visible y fácil de atrapar, a diferencia de su padre, ellos no son soldados, eran muchachos que vivían felices, hasta que fueron atacados por unos imperiales y Amon los rescato, ahora solo quedaba saldar esa deuda.

-Godrok… ¿tú has visto alguna vez el Túmulo?- Pregunto con interés el pequeño a su hermano, pues aunque no era mucho más mayor que él, Godrok si que había viajado por Zakhesh y había visto, sitios que su hermano pequeño nunca había visto. Con una sonrisa le miro para contestarle. –Por desgracia no Groderick, pero seguro que es impresionante, se donde se encuentra, pero nunca me atreví a visitarlo.- Le explico y en el fondo de su corazón sentía deseos por visitar aquel lugar, icono de esperanza para Zakhesh dirigido por el héroe de la nación, Khaelos el conde nigromante, al cual el más pequeño de los hermanos deseaba conocer. -¿Cómo crees que sea el general Khaelos?- Pregunto el pequeño. –No lo sé hermano, seguramente sea un hombre grande y fuerte, tal como dicen las historias de él.- Comento Godrok en respuesta a su hermano.

Su viaje a través del bosque, les demoro haciéndoles tardar cuatro días en alcanzar el camino de piedra, que los dirigiría hasta el túmulo. Cuando entraron atravesando la primera puerta, ambos hermanos quedaron maravillados por el lugar, sin duda era una belleza digna de contemplar. Groderick era de los dos el que más maravillado estaba, este lugar era fantástico e incluso por su mente, se le planteo la idea de querer quedarse aquí a vivir y contribuir a la causa, trabajando en los campos o si recibiera el adecuado entrenamiento, como soldado. Godrok por su parte no estaba tan feliz, puesto que su padre había sido soldado y este murió en la guerra, con lo cual ver este lugar le hacía recordar en cierto modo a su difunto padre, pero no quería estropearle el momento a su hermano menor con lo que decidió callarse y ambos se dirigieron hacia la fortaleza tras cruzar el puente, su trabajo pronto terminaría, serian libres de su deuda y podrían volver a su vida cotidiana normal, trabajando en los campos de sus tierras. –Cuando entreguemos esta carta, terminaremos con nuestra deuda hermano.- Dijo con ilusión Godrok, quien deseaba acabar el trabajo y ahora que habían llegado al túmulo esa opción estaba cada vez más cerca de ser posible. –Hermano, este sitio es mucho más increíble de lo que me había imaginado.- Comento Groderick con entusiasmo.
Ambos cruzaron la gran puerta que daba al interior, deseosos de entregar las cartas de Amon, pero cuando por fin los atendieron. –Lo siento, el general partió hacia el sur ahora hará ya un día, si queréis, enviaremos a alguien para que termine vuestro trabajo.- Les explico un guardia, pero ellos se apenaron, pues habían prometido al rey exánime entregar ellos mismos las cartas en persona a Khaelos, líder de esta fortaleza y de las fuerzas Zakheshianas. –Lo sentimos, pero prometimos entregar estas cartas solamente a Khaelos, y solo se las entregaremos a él.- Respondió Godrok con firmeza, el soldado vio que eran hombres de palabra, jóvenes pero nobles en su causa. –Pero esa carta debe llegar al general, y no es seguro que marchéis por estas tierras sin protección.- Increíblemente, aquel soldado se mostro bastante afable y amable con los jóvenes, así que les otorgo una escolta que los custodiaría hasta llegar a Khaelos para entregar así las cartas y culminar su misión.

Cuando al fin estuvieron preparados marcharon del túmulo montando a caballo, dirección hacia el suroeste, lugar donde había marchado Khaelos con su sequito personal de soldados, allí lo encontrarían y le podrían entregar el mensaje.
No se sabe exactamente cuánto tiempo cabalgaron los soldados y los muchachos, hasta llegar a su destino, pero cuanto más cerca estaban de Khaelos, mas emocionado estaba Groderick, quien al parecer admiraba mucho a Khaelos, más de lo que en un principio pensaba Godrok. –Te noto inquieto hermano.- Comento con una sonrisa el mayor de ellos. –Es que estoy a punto de conocer a todo un héroe, mi corazón esta latiendo con emoción.- Comento con alegría el menor.
Algo inesperado les cerró el paso, pues se encontraron con un pequeño destacamento imperial, no demasiado grande, pero para su suerte pudieron sortearlo, era una patrulla de reconocimiento tal vez, pero aun así no se dieron cuenta y tanto los soldados como los hermanos, se pudieron escabullir aunque por seguridad, decidieron seguir otros caminos más seguros, así fue como dando un pequeño rodeo evitaron el enfrentamiento.
Una noche, acamparon en las lindes de un bosque cercano, cenando frente a la hoguera que les proporcionaba calor. Godrok se acerco a su hermano con un cuenco de madera, lleno de sopa que habían preparado los soldados para esa noche, se lo entrego a Groderick y se sentó a su lado. –Que aproveche.- Dijo el mayor y entonces, mientras cenaban, los soldados empezaron a charlar. –¿Habéis oído? Dicen que han entrado antropomorfos, por el noreste.- Comento uno. -¿Qué los atraería desde Tzeezeroth?- Se preguntaba comentando, pues era extraño que rumores, sobre la llegada de antropomorfos llegara a los oídos de los soldados, pues al parecer no eran tan sigilosos como debieran, o es que no pretendían ocultarse de nada ni nadie. –No lo sé.- Comento un segundo soldado en respuesta del primero. –Pero si han venido hasta aquí, no será para nada bueno. Lo mejor será no encontrárnoslos de camino.- Explico, puesto que a nadie le gustaría acabar siendo la cena de una criatura, de proporciones y aspectos desconocidos, por eso extremarían las precauciones en cuanto al viaje, quizás así tardarían un poco más, pero desde luego se asegurarían de no tener que enfrentarse directamente, con el grupo de criaturas anteriormente mencionado.

A la mañana siguiente, con la primera luz del día, se pusieron en marcha, dirección suroeste.
Y así, por fin llegaron hasta el pequeño campamento, que había preparado el general frente a la frontera imperial, a menos de veinte kilómetros del puesto avanzado fronterizo del imperio, pero por una buena razón o eso supusieron los carteros. Los soldados instigaron a los muchachos, a entrar pues estaban bastante intimidados ante la idea de ver a Khaelos, pero Groderick se adelanto ilusionado, seguido de Godrok, que lo único que quería terminar con esto y volver a su vida normal.
El campamento era improvisado, no parecía diseñado para ser un campamento de verdad en un futuro, más bien era para reponer fuerzas y volver a marchar, pero ¿Por qué el general, había abandonado el túmulo para venir hasta aquí? –Mi señor, unos jóvenes vienen para entregarle un comunicado.- Dijo el soldado que había acompañado a los chicos, desde el túmulo hasta aquí con la intención de entregar la carta. Antes de que el general respondiese, Groderick se adelanto y reverencio al general con un gesto de respeto. –Es… ¡es un placer conocerle!- Comento nervioso e ilusionado, Godrok por su parte, se había quedado patidifuso, atónito en cuanto vio a una elfa pues nunca había visto una y mentiría, si dijera que no deseaba ver a alguna, pero se mantuvo en silencio ocultando su estado anímico, pero si le preguntaran admitiría que estaba tan nervioso como su hermano, pero era extraño pues ninguno de los dos, se atrevía a decir quién los había enviado aquí, eran tal sus nervios que estaban asustados, pero era extraño porque aunque estaban asustados se sentían protegidos en este lugar.
Godrok se adelanto y decidió explicar el porqué estaban aquí. –Mi señor.- Empezó con respeto. –Venimos a entregarle un mensaje.- Explico mientras extendía la carta que, le había entregado el rey exánime. –Lo escribió Amon mi señor, nos hizo prometer que solo le entregaríamos estas cartas a vos en persona.- Dijo el mayor y le entrego la carta, Groderick hizo lo mismo, pues aunque lo desconocían tenían dos cartas idénticas. Así el trabajo de ambos hermanos había terminado y ahora eran libres habiendo cumplido su palabra, pero algo que Godrok no pudo prever sucedió. –Si fuera posible… mi señor ¿cree que podría vivir trabajando en el túmulo?- Pregunto el menor a Khaelos, el mayor al escucharlo no supo que decir, no es que le hiciera especial ilusión pues el siempre había tenido que cuidarlo, pero esta vez no se atrevió a alzarle la voz, simplemente le dejo hacer y espero la respuesta, que ofreciera el general.

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Ansioso me hallaba a la espera, de saber que mis cartas habían llegado a su destino, ¿podía confiar en esos muchachos? ¿Lo habrían conseguido?, tan solo me restaba esperar la llegada de Khaelos, muchas cosas necesitaban de mi respuesta supongo, era hora de resolver las preguntas que tuviera para mi, también como había llegado la hora de actuar contra la opresión del imperio, algo que me ha horrorizado, llegaba la hora de poner fin a esta guerra, la hora de que el reino necromantico se alce a las armas y expulse al invasor como antaño lo hizo, luchando por la libertad de nuestra nación. También deseaba redimir mi ausencia, sabía que ahora, por este momento nadie que conociera confiaría en mí para ser rey y no los culpo, pues mi desaparición no había hecho bien ni al reino ni a Khaelos o al menos eso suponía.
Me senté esperando en el trono, en el que tras mi rebelión fui coronado rey del reino de Zakhesh, el frio de este lugar era obvio, las paredes aun incluso tenían escarcha en ellas, las cortinas antaño rojas pendían deshilachadas y roídas por el tiempo, la alfombra al pie del trono no estaba en mejor estado, lo único al parecer que se había conservado aquí, era mi trono, el cual lucia tan poderoso como antaño, como si el tiempo no hubiera hecho mella alguna en el.
Me lleve ambas manos bajo el mentón, apoyando sobre ellas mi cabeza, dejando que mis brazos cómodamente, puestos en los reposabrazos del trono, mi gélida mirada puesta hacia la puerta de la sala del trono, esperando a que alguien entrara por la puerta, deseando que fuera Khaelos y que este hubiera recibido mi mensaje, y claro que estuviera dispuesto a hablar y a escucharme.

Leyenda:

Toda gran historia, empieza con una reunión, todo lo que el mundo conoce, puede cambiar en apenas un segundo, si se hace lo que se debe, si alguien está dispuesto a cambiar el transcurso de la historia, para escribir un cuento del cual aún se desconoce el final. Pero es en estas historias, donde se forjan los verdaderos héroes, pues no importan los reinos, no importa el poder, lo que importa es la voluntad de un pueblo y la fuerza de este, para defenderse del mal que los atormenta, pues cuando un pueblo está unido en un mismo ideal, no existe magia, poder divino o fuerza que pueda extinguir ese deseo, así como tampoco se desvanecen los sueños, tampoco lo hará el espíritu y la voluntad férrea.

Escritor Marko Elderebril, 1047 D.Z.S




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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Nathrezim el Sáb Abr 13, 2013 6:51 pm

Por la noche y cómo demonios salidos del más oscuro de los siete infiernos avanzan un batallón intimidante de seres horripilantes, como una plaga que azotase el gran continente. Abrazaban la oscuridad de la noche y marchaban cuando esta los cubría, pues a pleno día y ante ojos curiosos, no eran en absoluto discretos. Doscientos monstruos, más grandes o pequeños, pero todos y cada uno de ellos aterrorizantes y malévolos hasta la médula. Todos caminaban juntos, algunos por compartir sus objetivos, pues odiaban al Imperio tanto como algunos de sus compañeros. Otros por el botín, pues sabían que si todo resultaba como debiera, el oro sería abundante entre sus zarpas. Unos pocos simplemente tenían sed de sangre, y se les había brindado la oportunidad de desatar caos en las tierras Imperiales. La minoría, sin embargo, buscaban venganza. Venganza por años de encierro, venganza ante las deformidades producidas por ellos, venganza por haber hecho que sus nombres cayesen en el olvido de una forma tan cruel. Ellos eran los que llevaban la misión más cerca de su corrupto y corroído corazón, pues su odio hacia los enemigos a los que iban a enfrentarse era casi irracional, era algo que hacía que la sangre maldita de sus venas hirviese como la primera vez que pisaron los bosques de Theezeroth.

El primero en la marcha era uno de los engendros que portaban algo de ropa. Sobre sus rasgos portaba una túnica de cuero con capucha, que cubría la cabeza, torso y brazos pero que era inútil para ocultar su parte inferior similar a un equino. Tras su capucha brillaban dos pequeñas rasgaduras de color verdoso, fijas en el horizonte, y otro brillo mandibular y serrado, dejando entrever los dientes afilados cual cuchillos. Iba apoyando sus pasos con una gran maza, imponente en el combate y ahora siendo poco más que un bastón o báculo. Los engendros no marchaban tan bellamente como podrían los diligentes caballeros humanos, no marchaban en filas perfectamente alineadas, no tenían un paso rítmico, pero aun así, podían hacer que muchos de esos guerreros se aterrasen al verlos. El engendro líder presagiaba la llegada de algo terrible a las tierras del Imperio, un heraldo del fin de sus días brillando en lo alto, un presagio de tiempos en los que el Imperio ya no podría subyugar a Zhakhesh ni ninguna otra tierra, pues sería destruido hasta sus cimientos.

◦◦◦

Antes de salir de los horridos bosques de Theezeroth, Nathrezim el engendro centauro se alzó sobre un enorme tocón. Los engendros a sus órdenes, grandes y pequeños, más y menos horrorosos pero todos por igual potencialmente mortales lo miraban. Ellos no tenían ya la capacidad de sentir amistad o admiración, y quizás ni siquiera respeto, pero ellos sentían en sus instintos que era lo mejor estar de su lado. Quizás habían caído por la labia fuera de lo normal del heraldo del fin, pero sus promesas de sangre y liberación del bosque oscuro habían convencido a todos los presentes. Gran parte de los engendros allí presentes se conocían de mucho antes de conocer al destructor obsidiana, pues formaban parte del clan de Gruuk Tambor de Rayo, un enorme panzón guerrero engendro que había llegado incluso a rivalizar con los líderes de los clanes de los devoracorazones y tejemuertes en cuanto a fuerza pura – aunque fallaba en el departamento de carisma y, por qué no decirlo, inteligencia. Sin embargo, un día junto el olor a muerte matinal apareció un engendro. Un engendro menudo en comparación al absurdamente enorme Gruuk. Un engendro con unas alas que ni siquiera podían levantarlo, y con una maza que no era sorprendente al lado de las mazas gemelas y eléctricas de Gruuk. Y sin embargo e inexplicablemente, no solo logró derrotarlo completamente en un combate de honor – o lo que fuese que tenían esos engendros en su lugar – sino que también logró mantener ahora bajo su mandato a la gran mayoría de miembros del clan del tambor. Por aquel entonces solamente logró tener bajo su mando alrededor de noventa engendros con cualidades innatas para el combate, pero poco espabilados a la hora de moverse. Toscos, como toros embravecidos, sin ninguna destreza ni pericia, ni perspicacia o ingenio en el combate.

Pasó años completos aumentando sus fuerzas, logrando la ardua tarea de convencer, atraer e impresionar a engendros valiosos, inteligentes y sumisos a sus órdenes. Vagando en el bosque corrupto, haciendo de su nombre primero un rumor, luego una leyenda, y como último un presagio de unos tiempos de muerte y caos en las tierras humanas. Las huestes de Nathrezim ahora ya nada tenían que ver con el tambor de rayo, pues bajo sus órdenes habían nacido los ‘destruyementes’, seres corruptos en cuerpo pero con un intelecto terrible, capaz de llevar a cabo actos propios de la humanidad que deberían haber perdido tiempo atrás, pero que mantenían por azares del destino, así como lo hacía su líder. Sus garras y colmillos rezumarían sangre, sus armas estarían melladas, y sobre sí pesarían las muertes de cientos de hombres, mujeres y niños, y ellos podrían regocijarse en ellas hasta el fin de sus días. Esas fueron las únicas promesas que salieron de la boca maquiavélica de Nathrezim, ladino como solo él sabía ser, pues sabía que no necesitaba nada más para que esas abominaciones de la naturaleza abandonasen su jaula de árboles oscuros y magia corrupta en busca de asesinar, matar, torturar y violar cuerpos y mentes por igual.

Pues, en esa reunión todos escucharon las palabras de ese ser que los rumores decían que era mucho más terrible que todos los presentes juntos. Poco sabían de Nathrezim, de su pasado o de cómo había llegado a las nefastas tierras de Theezeroth, y eso es lo que más miedo les infundía de él pues, oh sí, le temían. Allí se estiró estoico, como una mórbida estatua o gárgola. Su voz se filtró imponente y perturbadora entre los susurros de los engendros, pues nadie podía pedir que fuesen suficientemente educados como para guardar silencio. “Azhir mudas ethanul (A partir de esta junta se levantará la perdición de los hombres.)” – comenzó a hablar en una de las lenguas antiguas de Zhakhesh. Todos los engendros habían sido adiestrados mínimamente en el arte del combate para no ser meramente bestias con sed de sangre, pero también en temas como el habla y las lenguas de los hombres – pues muchos de ellos habían perdido su alguna vez humanidad hasta ese punto, mientras que otros ni la poseían de nacimiento. “Dalektharu il dask daku (Quienes, en su arrogancia, trataron de usar nuestro fuego como propio.)” – los susurros comenzaban a ganar fuerza a medida que las palabras motivaban a esos monstruos a lanzarse cuanto antes al campo de batalla. “Riftuuz e thara samanar utamus (A ciegas construyen sus reinos sobre conocimiento robado y traición.)” – la voz de Nathrezim ganaba fuerza mientras el odio inundaba cada vez sus palabras y grotesca voz. “Elas umanes azarathan rak'as ibna (Ahora serán consumidos por el fuego que trataron de soslayar.)” – esputó, alzando esta vez la maza unos centímetros del suelo, en una pose digna de ser estatua. “Belanora mordanos nenaar ila mornu farlos kada (Dejad que los ecos de la perdición resuenen a través de este mundo miserable, que todos los que viven puedan oírlos y desesperar.)” – y entonces, los gritos inundaron hasta el entonces pequeño claro entre los corruptos árboles, haciendo que el vitoreo por sangre y muerte se oyese en cada rincón de Theezeroth, o eso pareciese.

Mientras todos se unían en gritos y celebración por el inminente viaje hacia la carnicería y matanza en los reinos de los hombres, un engendro caminó hasta estar justo a la derecha de Nathrezim. Aun si en el fondo este también debía estar ansioso, mantenía un aspecto sereno y respetuoso hacia la figura negra y verde que estaba a su lado. “¿Lo has encontrado?” – preguntó el centauro monstruoso. El otro engendro se trataba de un felino bípedo antropomórfico, más musculoso de lo que el humano medio lograría siquiera imaginar para sí mismo, pero aun así con un aspecto elástico, atlético y ágil que acompañaba sus rasgos felinos. “Mi señor…” – comentó con una voz muy gruesa, aun si no sonaba tan distorsionada como la del ente con el que conversaba. “… hemos descubierto que el único descendiente vivo de ese hombre es conocida entre los hombres como Alamiss Estsea.” – dijo entre esas respiraciones entrecortadas que hacían parecer que gruñía tras cada palabra. “Y será conocida entre los ‘destruyementes’ como la presa.” – terminó comentando el líder del susodicho clan, que ofuscado por un odio irracional e incontrolable tenía solo la muerte de todos los Imperiales en mente, especialmente la de aquellos que tuviesen cualquier tipo de conexión con su encierro. “Sí, mi señor.” – gruñó de nuevo el antropomorfo felino, aun con una rodilla hincada.

◦◦◦

Ahora el grupo aprovechaba que el día estaba presente para hacer un alto, así había ordenado el heraldo pues estaba en espera de uno de sus hombres.

La he encontrado, mi señor.” – gruñó de nuevo el propietario de la profunda voz. Ahora, había aparecido al frente de él. “¿Dónde está Alamiss Estsea…?” – aunque el tono de voz del heraldo del fin parecía serena, un creciente odio y una necesidad incontrolable de dar muerte a la mujer que portaba la sangre de uno de los artífices de su estado actual era imposible de obviar. “Se dirige hacia el sur.” – explicó para que así pudiesen seguir sus pasos en busca de esa mujer. Los datos que tenían sobre ella no eran bastos, pero eran suficientes. Una inquisidora del Imperio, algo que solo haría más increíblemente placentero dar muerte y destrucción a la pobre alma de esa mujer. “No serán difíciles de matar. Apenas conté cien soldados, mi señor.” – y entonces, aunque en su rostro jamás se mostraría, el engendro encapuchado sonrió. “Ahora ellos sabrán el poder de los demonios que han creado.” – comentó cruelmente, con una voz tan fría como el aliento de la parca misma. “Vamos a por nuestra presa.” – comentó sin alzar un ápice la voz, y entonces el felino repitió la orden con fuerza, para que todos la oyesen. Todos comenzaron a caminar al unísono.

Imperiales…” – susurró para sí mismo mientras continuaban caminando. “Su cordura quebraré… Sus sueños de conquista voy a destruir…
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Athan Lor el Lun Abr 15, 2013 4:54 am

“La voz de los espíritus me encontró, y no sabría rubricar esta historia sin añadir estos términos. La demencia que parecía haber logrado evitar durante tantos años, me halló en medio de aquella tierra a la que una vez llame hogar, entre la sangre y el acero, la vida y la muerte una vez más, sin que nada ni nadie pudieran remediarlo. La voz de los espíritus me encontró, y con ella, todo recuerdo de alegría y felicidad obtenida con tanta crudeza, parecían perecer ante sus inertes ojos. La voz de los espíritus me encontró y yo creí haber encontrado mi propio final ante mis ojos dorados. Mas fue esa certeza, esa seguridad de saber con qué palabras serán redactadas tus ultimas horas, donde encontré no solo el valor de enfrentar el pasado, sino de forjar un futuro, uno en el cual la desesperanza y las huidas formaran parte del ayer, y en el cual, fortuitamente, un arquero pudiera tener al fin ese pequeño hogar que tanto deseaba. Y por ello existe esta historia. Y por ello, en ciertos lugares se escuchara como Athan Lor, la mujer que renuncio hasta su propio apellido con tal de olvidar todo lo que una vez aconteció, decidió formar parte de la mayor rebelión en la historia de Zhakhesh”

El frío de Drakenfang había atravesado sus huesos como una noche helada en la raíz de la más fuerte floresta. A pesar de encontrarse protegida tanto por su capa carmesí como por su manta, este parecía decidido a convertirla en una figura temblorosa, mientras se esforzaba por seguir cabalgando en medio de las cordilleras. Sus pensamientos eran una mar de confusión, centrados en mantener su cuerpo cálido y su mente clara, tarea poco probable de conseguir con éxito, dado que el único modo con el que contaba para no pasar frío, aparte de dar uso a todos sus ropajes, era el de tomar los últimos tragos de cerveza enana con los que contaba, los cuales eran escasos, dado que no gustaba de viajar con bebidas de ese calibre, ya que, a pesar de su gran afición, todavía no había perdido la sensatez, y por ello, procuraba limitarse a beber en situaciones donde su vida no pudiera hallarse en jaque. Mas, irónicamente, parecía que en aquel instante, aquel regalo que había aceptado a regañadientes, en ese instante se estaba convirtiendo en su mayor salvación, llenando su cuerpo de una profusa y agradecida calidez. Con la mente ligeramente embotada, alzo la mirada al cielo y se dio cuenta de que, muy probablemente, pronto empezaría a llover. Maldiciendo por lo bajo, avanzo con rapidez por el camino, abandonando toda precaución, con intención de encontrar algún lugar mínimamente confortable donde resguardarse.

No recordaba la última vez que se había visto obligada a marchar por aquellas tierras, tan distantes de Thonomer como el mismo infierno. Muchos hechos se habían llevado a cabo desde entonces, grandes sucesos, y ya ni siquiera su cuerpo recordaba la tolerancia hacía aquel inhóspito clima. La cercanía con la tierra negra le revolvía las entrañas, pero el objetivo que la había llevado hasta allí no tenía demora ni excusa alguna. Y aunque muchas cosas había dejado en Phonterek, probablemente demasiadas, su camino era inevitable, y desde el mismo instante en que sus ojos se posaron sobre aquella carta, supo que nada iba a poder hacer más que seguirlo, y desear que nada ni nadie la retuviera más tiempo del estrictamente necesario- Y ojala todo se mantenga del mismo modo. Ya poco queda por hacer, el regreso es inminente. Si tan siquiera pudiera… - mas, movió la cabeza, negándose a acabar de formar ese pensamiento. No era seguro mandar cartas desde allí, no sin tener a nadie de confianza, y eso era lo último que tenía- Malditos imperiales - pensó con una ira certera, y no le faltaban razones.

El motivo de su viaje era sencillo: Los imperiales se estaban excediendo a la hora de pedir cuentas a los tenebres que trabajaban para su familia, y no contentos con eso, la cantidad de desapariciones y asesinatos, por motivos supuestamente desconocidos, aumentaban sin cesar. Su castellano, desesperado por la situación, le había pedido que, por favor, fuera hasta la ciudad enana y les pidiera ayuda o colaboración, dado que las tierras más afectadas eran colindantes a las suyas. Cualquier trato con ellos sería favorable si conseguían librarse de esa amenaza creciente. Dado que su administrador, en todos los años que había estado viviendo fuera, jamás le había pedido ningún favor de tal importancia, Athan no pudo más que responder a la mirada interrogante que se encontraba a su lado con un leve: “Debo marcharme”.

Contrariada, movió la cabeza. Debería haber pedido ayuda, mas en aquel instante le pareció más correcto marcharse así, dejando todo aquello que era importante a buen recaudo, con el deseo de poder regresar y ver que todo lo que quería seguía allí, sin que daño alguno hubiera podido alcanzarles. Nocturna relincho bajo sus piernas- Lo sé, lo sé. Que estúpido pensamiento - le susurró en la lengua oscura. A pesar de ello, una leve llama de orgullo se encendía en su interior, dado que la misión había salido mejor de lo que esperaba, la colaboración absoluta de los enanos estaba casi garantizada, y pronto podría volver a la ciudad blanca, sin mayores percances. Si conseguía llegar con éxito a la pequeña localidad a la que se dirigía, y sus gobernadores le permitían explicar su situación, dentro de pocos días, sus pasos estarían dirigiéndose directamente hasta su origen, aquel bello lugar al que estaba aprendiendo a llamar hogar. Con una sonrisa, animo a Nocturna a acelerar el paso con un suave toque, al cual el animal respondió con entusiasmo, como si pudiera palpar el cambio en el humor de su ama.

Pero, justo en el instante en el que recorría viejos caminos en busca de alguna cueva o una grieta donde guarecerse, una mano helada le agarroto su ser. Reprimiendo un escalofrío, apretó su mandíbula hasta que la incómoda sensación cesó- Un espíritu, ¡Un maldito espíritu!, está claro Athan que ebria no estas. ¿Sera posible que hasta en medio de estas montañas existan almas perdidas? - pensó, no sin mostrar cierto hastío por la situación, aunque ya no solo por el don en sí, sino porque el saberse tan cerca de su hogar le alteraba los nervios con facilidad. Algo mareada por el suceso, decidió desmontar de la yegua y acomodarse un momento en el camino. Instante que podría considerarse su perdición, pues mientras recuperaba el aliento, e intentaba deshacerse de la tristeza que la embargaba a causa del espíritu, el sonido de un enorme grupo que se aproximaba llego hasta sus oídos. Sin dudarlo, se levantó y volvió a montar al animal, con intención de salir huyendo. Pero el espíritu volvió a atacar con virulencia, de modo que, ni destrozándose la mandíbula, pudo soportar aquel golpe, provocando que Nocturna se desbocara a causa de los escalofríos de su señora. Antes de que se diera cuenta, su presencia fue alertada por aquel grupo, y aunque tuvo tiempo de empezar a correr por el camino, fue un esfuerzo en vano, dado que sus monturas estaban más descansadas y tranquilas de lo que Nocturna podría estar en aquella tarde.

Rápidamente, la obligaron a presentarse ante el grupo, el cual, irónicamente, se veía formado por una numerosa tropa de imperiales, capitaneada por una bella dama, de cabellos rubios y ojos verdes, vestida de blanco, incluida su armadura, con el símbolo del imperio en el pecho y una capa negra a la espalda. Con voz firme, dio instrucciones precisas de cómo debía ser hecha prisionera, y a pesar de que no parecía que fuera a recibir un trato desagradable, un frío temor se instaló en el alma de la joven tenebre, al ver las pocas posibilidades que tenía de cumplir con sus propósitos- Dios Elhias, ¿Qué he hecho? ¿Cómo voy a volver a mi hogar mi señor, cómo? - sintiendo como sus temores eran respondidos del modo más cínico posible, tanto sus manos como la yegua fueron atadas sin reparo alguno, impidiendo de este modo cualquier intento de fuga, por ingenioso que fuera- Maravilloso - pensó, mientras reprimía un suspiro.

El peso de los grilletes pronto se convirtió en algo más que un mero inconveniente. No sin cierta incomodidad, empezó a moverse, en un vano intento de acomodarse en la silla de montar, pero dado el poco margen de movimiento que tenía, pronto desechó la idea, y se limitó a observar el paisaje con desgana. Una tenue familiaridad empezó a corroerle las entrañas, aunque decidió ignorar la sensación, dando por hecho que la falta de luz y la situación le estaban haciendo una mala jugada, junto a su imaginación desbocada. No había motivo alguno para creer que sus pasos podían estar donde creía- Aunque los puestos de avanzada del imperio deben estar por allí, ¿no? - con el ceño fruncido, ignoro ese pensamiento. Con un suave suspiro, entrecerró los ojos, sintiendo como las primeras gotas que caían del cielo la comenzaban a empapar. La presencia de espíritus en la zona era notable, hecho que no hizo más que aumentar sus sospechas, pero en aquel momento lo único que deseaba era poder desaparecer del mundo de los vivos, aunque tan solo fuera por unos segundos, para poder relajarse y pensar con claridad, una vez pudiera compartir sus sentimientos con esos extraños seres etéreos- Nada ocurrirá mientras este don, unas veces maldito, y tantas otras bendito, me permita seguir escapando de este injusto mundo

- Si existe alguna prueba respecto al poco amor que muestra nuestro Dios hacia estos asquerosos herejes, es este maldito clima que les ha sido impuesto. Esta tonalidad gris por todas partes, la lluvia helada, la brisa mortal, todo parece pensado para que uno no pueda ni cagar sin sentir que se te van a congelar las posaderas. Malditos tenebres y su hermoso vertedero negro al que llaman hogar

- Se más educado John, tenemos una dama presente, y no es del agrado de nuestro Dios la falta de honor y templanza - respondió su compañero, el mismo que llevaba atada la yegua de Athan a la zaga, mientras le dirigía una mirada de recelo.

Mas las palabras del soldado cayeron en saco roto para la joven tenebre, ya que en el mismo instante en que comprendió donde se encontraba, sintió como si en sus pies se estuviera abriendo un abismo, cuya caída no tendría fin ni solución alguna. El final de todas las cosas había llegado. El origen de sus miedos y terrores más profundos se alzaba ante sus ojos, mostrando un gesto burlón, riéndose de todos los años en los que había dedicado tantos esfuerzos en huir de su destino, ahora todos sumamente fútiles y sin sentido. Arrastrada sin remedio, sus pies se encontraban de nuevo en el viejo Zhakhesh. En sus carnes empezó a sentir las carcajadas del destino, mientras la tristeza se enseñoreaba sobre ella.

Si, ella. Athan Lor do Vandor. La bella dama que llevaba seis años sin hogar por voluntad propia, ahora sentía como todo su ser se encogía y se agarrotaba, mientras la lluvia caía sin cesar sobre su piel, y el dolor empezaba a conquistar cada rincón de su interior, sin que clemencia alguna pudiera frenar su avance. Los recuerdos corrían ante sus ojos como un vendaval de imágenes, confusas, pero llenas de sentido para ella, fiel protagonista de esos hechos. La tierra negra, más oscura si cabía a causa de la tormenta, se desnudaba ante sus ojos, haciendo que la nostalgia por aquella felicidad perdida volviera a vibrar por sus venas. Mordiéndose el labio hasta casi sangrar, intentando evitar mostrar cualquier emoción ante sus captores, sintió como la ansiedad por lo que se avecinaba impedía que pudiera respirar con normalidad, uniéndose al ritmo de los rayos y truenos que rompían el cielo, gran metáfora de lo que sucedía en su joven mente.

Una fuerte presión se instaló en su pecho- Yo no quería volver, mi dios Elhias, yo no deseaba volver ¿Por qué vuestros designios incluían tal cosa? No puedo enfrentarme a esta situación mi señor, no puedo ayudaros y vos lo sabéis. ¿Qué puede hacer por esta tierra una tenebre con tanto terror a lo que pueda encontrar? ¿Qué aportación os puedo dar mi Dios, cuanto todo lo que tengo es este miedo que no me permite ni respirar? Mi señor, vos mejor que nadie conocéis mis temores, mis angustias, sabéis que no estoy preparada para dar la cara ante las animas que corren por este mundo en mi nombre, sois consciente de mis pocas fuerzas ante este abismo, y sobretodo sabéis que no existe peor modo de enfrentar todo esto en manos de imperiales. Por favor, permitidme volver, os lo suplico mi dios Elhias, permitidme regresar - con la inquietud apretando su pecho, estiro suavemente de las cadenas que la mantenían atada, sin éxito alguno- Por favor, os lo suplico - y volvió a estirar, con el mismo resultado. Por el contrario, sus muñecas se apretaron contra sus ataduras, mientras su cuerpo se tensaba contra el cuerpo de la yegua, y su respiración se volvía cada vez más difícil.

Una solitaria lagrima bajo por su rostro, camuflándose con la copiosa lluvia, mientras los recuerdos de sus juegos con sus hermanos, por una tierra tan condenadamente parecida a aquella que corría ante sus ojos, eran rememorados una y otra vez por su endeble memoria. Tal era su desdicha, que apenas fue consciente del tiempo que pasaba, ni de como el paisaje iba cambiando a medida que seguían la senda hasta el puesto avanzado. Ni siquiera la virulencia de los rayos de la tormenta parecía poder distraer sus pensamientos, más oscuros que la noche eterna. A pesar de todo, Nocturna permanecía tranquila y dócil entre sus piernas, como si la familiaridad del paisaje creara en ella un efecto relajante, que nada ni nadie podía afectar. O quizá, simplemente, había sido bien entrenada, en un lugar donde las lluvias copiosas no son en absoluto extrañas, algo que la convertía en un animal muy valioso, dadas las reacciones que estaban teniendo sus congéneres ante el clima. Mas en la mente de Athan no había posibilidad de que esa posibilidad de peligro llegará a forjarse, de tan perdida como estaba por los recuerdos.

Fue entonces cuando la visión de un pequeño pueblo apareció ante sus ojos- No puede ser… - pensó, no sin cierta desesperación- Cuando crees que ya nada puede ser peor - sin poder evitarlo, empezó a hiperventilar, mientras veía como los evidentes hechos se desarrollaban sin fallo alguno, como si estuvieran trazados por un plan mucho mayor que todos los presentes. Los soldados se dispusieron a atacar la población con premura, mientras la dejaban a cargo de la que parecía ser la capitana del pequeño ejército, a la cual le dirigió una mirada breve mirada de repugnancia como respuesta a sus palabras- Si ser hereje es vivir tranquilo en tu hogar, entonces deberíamos empezar por mataros a vos cuando os encontréis ante la chimenea, maldita rata - pensó, mientras su respiración se acompasaba a lo que veía que iba a venir. El sabor de la impotencia baño sus labios, mientras pequeñas lágrimas empezaban a resbalar por su rostro, al sentir que nada iba a poder hacer para evitar que aquellas pobres gentes no fueran aniquiladas por el fuerte ejército que las asolaba, sin motivo. La presión sobre su pecho aumentó considerablemente.

Un rayo rompió el cielo, y como tal la esperanza se abrió paso por la amargura de Athan, al escuchar una voz elevándose en medio de la batalla. Repentinamente, un ejército, claramente tenebre, dado el color de sus armaduras, apareció por entre los arboles de un bosque cercano, dispuesto a atacar a la amenaza que acababa de llegar. Sin poder remediarlo, la joven tenebre poso sus manos sobre la yegua, y se elevó ligeramente, para poder observar con mejor perspectiva la batalla, aprovechando el inesperado cambió de rumbo que habían tomado las circunstancias- Vamos, compatriotas, vamos - pensó, mientras sentía que sus ojos brillaban con alegría, al ver como no era del todo desfavorable la situación del ejercito oscuro- Tan solo con que lo consigan, podré retomar mi rumbo sin más dilación - Mas poco tiempo duró esa ilusión, dado que pronto los arqueros y ballesteros empezaron a realizar su función, convirtiendo aquel formidable hueste aparecida de la nada, en carnaza para carroñeros.

La congoja de Athan empezó a transformarse lentamente en una ira de proporciones inimaginables. Ira por lo sucedido. Ira por la destrucción del hogar de aquella gente, inocente de todo mal. Ira por su marcha forzada por la tierra oscura. Ira por los suyos, sus fieles campesinos. Ira por sí misma, por sus recuerdos, aunque nada tuvieran que ver con lo ocurrido. Una ira irracional que empezó a asolar con todos sus sentimientos, como si de la más fuerte de los incendios se tratara- Cobardes - Lagrimas de rabia asolaron sus ojos, mientras observaba, de nuevo con el sabor de la impotencia en la boca, como aquel último soldado era abatido por un flechazo en la pierna. Ese mismo que se parecía tanto a… - Mis hermanos… Igual de pelirrojo, alto y fuerte. Oh Elhias, ¿Por qué? – con el sabor de la sangre en su lengua, a causa de una pequeña herida que se había hecho en el labio, al morderlo de pura cólera, vio como el pobre hombre era arrastrado y atado a su yegua, cual esclavo.

Con discreción, giro ligeramente la cabeza y observo los movimientos de aquel tenebre. Era evidente que el interés era reciproco, dadas las miradas que le dirigía el soldado. Mas sus palabras le causaron un fuerte respingo: Conocía el apellido de su padre, ¡De su padre! Durante unos segundos fue completamente incapaz de comprender como había alcanzado tal conclusión, hasta que finalmente, un leve pero revelador detalle fue rememorado en su mente- La espada. La endemoniada sierpe de la espada. Mil veces maldita, dioses - contrariada, movió la cabeza y respondió con precaución- Así es, forme parte de esa casa durante gran parte mi vida, pero dadas las circunstancias - miró a su alrededor con precaución antes de pronunciar estas palabras- Os pediría que me llamarais, simplemente Athan, o Athan Lor en su defecto - carraspeo ligeramente- Es un placer conoceros, teniente Gradalon, mas debo deciros que no estamos en la mejor situación para charlar, nos están vigilando como si contaran con ojos de halcón, debemos ser cuidadosos - volvió a mirar a su alrededor, y se acercó todo lo que pudo al hombre, sin que ese movimiento llegará a poder levantar sospechas, y susurró- Pero no os preocupéis, que si de mí depende, esta afrenta no quedará así - y la voz se le rompió levemente al pronunciar las últimas palabras.

Los días pasaron con una lentitud y una monotonía asombrosas, divididos entre las horas cabalgando y las breves paradas para reposar, con alguna batalla de por medio, bastante breve siempre, las cuales iban alterando la psique de la joven tenebre. Las noches eran la peor de las torturas, siempre rodeada de espíritus tanto reales, como probablemente imaginarios, los cuales se colaban en su sueño y le arrancaban las ganas de seguir hacia adelante. Mas, a pesar de la poca relación que tenía con el teniente, sus miradas de comprensión, aún en la situación en la que él estaba personalmente, le fueron de un cierto consuelo, aunque no el suficiente para evitar que cada día fuera haciendo mella en su estado de ánimo y en sus fuerzas. La ira se fue tiñendo de tristeza, una vez más, mientras las garras de los espíritus provocaban que, cada cierto tiempo, su respiración volviera a alterarse, muchas veces acompañadas de incomodas nauseas, a causa de la fuerza con la que se expresaban. Las ojeras empezaron a coronar su rostro, junto a una palidez cadavérica, teñida de tintes azules.

Quizá por ello, cuando se encontraron con aquella muralla, formada por soldados, tenebres por lo que dejaban entrever sus armaduras y su actitud frente a los imperiales, algo en ella cambió. Un algo inexplicable repentinamente encajo en su interior. No imaginaba que mente maquiavélica podría imaginar un plan peor que aquel para enfrentarla a su destino, mas allí estaba y no le quedaba más opción que seguir la senda trazada, sino, toda su vida se arrepentirá de tal aciaga decisión. Y por si vivir huyendo no fuera suficiente, ahora todos aquellos espíritus colmarían también sus noches y recuerdos. No. Ella era una mujer tenebre. Una dama y una señora. Ella era Athan Lor do Vandor y había llegado el momento de demostrárselo al mundo, y sobre todo, a sí misma. Pero las fuerzas le fallaban terriblemente- Mi señor Elhias, por mucho que comprenda vuestro plan ¿Cómo esperáis que lo enfrente? ¿Cómo esperáis que supere todo esto y siga con ello? ¿Cómo mínimamente imagináis que alcanzare a tener fuerza suficiente para ello? La tristeza me está destrozando mi Dios, no comprendo como podéis esperar tanto de mí, no lo entiendo - las lágrimas volvieron a rodar por su rostro ante la contradicción que se planteaba en su mente, con la impotencia de no saber cuál sería el camino correcto, si es que había alguno que cumpliera con esa característica.

Y por primera vez, sus plegarias parecían haber recibido respuesta. Una respuesta poco común, sin duda, y bastante compleja de comprender, mas, algo mejor que el mero silencio. A un lado, una hueste que parecía de no-muertos, empezó a dar muestras de su presencia, la cual parecía cada vez más cercana a la batalla. Lo suficiente grande como para suponer un verdadero problema para los imperiales. El hecho de que fuera la propia Athan la primera en visualizarlo, hizo que tuviera la leve sensación de que, si bien ella no tenía fuerzas, estaba claro que todavía quedaba lugar para la esperanza. De modo que, enviándole una disculpa silenciosa al arquero que se había quedado atrás, le susurro al teniente:

- Mi señor, me temo que hemos alcanzado nuestro destino. Pronto llegará el momento de alzar la espada, solo espero que nos encuentre preparados para ello. Desconozco que será de nosotros mañana, teniente, pero sin duda, será mejor que lo que nos espere de darle la espalda a esto, nuestra vida al fin y al cabo.
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Mar Abr 16, 2013 3:55 am

-Bien, la situación parece por fin sernos favorables, hermanos y hermanas. El Imperio se está viendo cada vez más hostigado y están dividiendo demasiado sus fuerzas... Además están confiados, creen que los ejércitos zhakheshianos ya han sido totalmente diezmados y se aventuran a mandar expediciones más allá de la frontera. Según sabemos los enanos ya les han declarado la guerra, y gracias a que nosotros hemos puesto en jaque sus convoyes de aprovisionamiento no pueden mantener grandes ofensivas en el norte. Sin embargo, de momento parece que los Cuchillas estamos solos y tenemos que librar la guerra por nuestra cuenta... Mientras la localización del Túmulo siga siendo desconocida tendremos una posibilidad, y el trabajo de los muchachos de Bâznar está siendo magnífico para mantener el lugar en secreto. Nuestro siguiente movimiento será...-

No pude seguir hablando antes de que la puerta se abriera de par en par, dejando entrar a un par de hostigadores que venían con prisa. Alcé las cejas mientras les observaba acercarse, y mis oficiales se giraron a mirarles, sin estar especialmente molestos por la intervención. Cruzándome de brazos, dejé que los dos hombres hablaran, escrutándoles en silencio. El veterano era Killian, un soldado que ya había luchado junto a mi padre y con el que había tenido el placer de combatir a mi lado. El otro era un nuevo recluta, bien entrenado pero visiblemente impulsivo. La experiencia le templaría el carácter.

El informe era, cuanto menos, interesante, y tras pedirles algunos datos me quedé pensando. Aproximadamente cien imperiales, con caballeros templarios, hace tres días capturaron a Karas, un teniente de los renegados, y se dirigían hacia el sur. Fruncí el ceño, dándome cuenta de que no disponíamos de mucho tiempo para cortarles el paso, de modo que me giré en silencio y observé el mapa. Tras mirarlo durante unos segundos finalmente supe qué debía hacer:

-Shasta, reúne a mi guardia personal. Dreanna, convoca a todos los nigromantes de que dispongamos. Erenimir, reúne a tus dos mejores sanadores. Madarth, elige a tus cien mejores zapadores. Aprestad caballos para todos y cargad alforjas con material suficiente para levantar un campamento provisional y barricadas. Os quiero dentro de diez minutos formando en las puertas del Túmulo, y ya está pasando el primero. ¡Vamos!-

Tras eso, mientras los cuatro oficiales designados se ponían rápidamente en pie a cumplir mis órdenes, me acerqué a Killian y al otro hostigador, llamado Wolren. Poniéndole al más joven una mano en el hombro dije, sonriendo levemente:

-No os preocupéis, salvaremos a los prisioneros. Ahora id a vuestro barracón designado, notificad el relevo y tomaros un descanso. Os lo habéis ganado, hermanos. Oh, por cierto, Wolren... Bienvenido al Túmulo y a los Cuchillas.-

Tras darles una palmadita en la espalda prestamente me puse la capucha y el yelmo, corriendo hacia el sitio que había designado para reunir a las tropas. Así que una Inquisidora pasa por mis tierras con su séquito y llevando a prisioneros de mi patria... No podía evitar sonreír al pensar en todo lo que podría llegar a pasarles si es que dejaba vivo a alguno. Lo que estaba claro era que sus cuerpos iban a ser grandes advertencias en el sitio, y sabía qué hacer no sólo para atemorizar a los imperiales si no también dónde debía presentarles batalla. De todos modos, la prudencia se me impuso. No iba a dejar cadáveres visibles. Si nos dábamos prisa, llegaríamos a tiempo para montar bien una trampa que los imperiales jamás olvidarían. Afortunadamente nosotros contábamos con la capacidad de decidir dónde iban a librar la batalla, y aquello iba a ser su perdición...

Cuando llegué a las puertas del Túmulo ya estaban todos ahí, montados en caballos con la heráldica de la orden y las alforjas cargadas. Los oficiales me aguardaban, todos en sus respectivos caballos. En primer lugar teníamos a Shasta, quien solo podía ser definida como una gran mujer. Era casi tan alta como Dalahak y poco le faltaba para ser tan ancha de hombros como él. Llevaba el cabello plateado corto, muy corto, y el ojo que le quedaba era del color del hielo. Una cicatriz le recorría desde la frente hasta la mandíbula, pasando por la cuenca vacía del ojo que llevaba tapada por un parche, lo cual le daba una apariencia muy intimidante a su rostro. Era poco femenina, sin duda, aunque se notaba que, en un pasado, y con un par de décadas menos, había sido una mujer hermosa pero igualmente fiera. Nos llevábamos diez años, y en muchas ocasiones se comportaba como una madre conmigo, siendo mi mano izquierda en asuntos de guerra. Llevaba una armadura similar a la mía, un escudo redondo como el que desde hacía unos meses portaba yo, y una espada bastarda ancha y bien afilada. Como el resto de mi guardia personal, empleaba acero enano, con lo que su equipo era más que decente, y las armaduras de todos eran doradas, adornadas con telas carmesíes. Aparte de eso, ceñía una ballesta y una espada corta que le eran complementarias por si perdía la espada bastarda. Realmente, la única diferencia de equipo que tenía con los demás era que los otros empleaban espadas largas zhakheshianas y alabardas. Luego teníamos a Madarth, que como todos los zapadores llevaba una cota de mallas, brazales y espinilleras de acero, y por encima un tabardo negro con el símbolo de los Cuchillas en el pecho. Como armas llevaban martillos de mano, y en sus cintos tenían dagas y zapapicos, rematando el conjunto con cinturones cargados de herramientas. Aunque no estaban pensados para luchar en la primera línea, eran imprescindibles para preparar defensas, terrenos, asedios... Y si llegaba la ocasión, sus martillos de doble uso y sus zapapicos se convertían en armas más que terribles. Su oficial era un hombre jovial, unos cinco años más joven que yo, de ojos dorados y cabellos negros, bajito para ser zhakheshiano pero de porte vigoroso.

Acerca de los magos, tanto Erenimir como sus compañeros sanadores iban ataviados de verde oscuro con unas ropas que, aunque daban a entender su condición de magos y sanadores, se veía como claramente sus ropas estaban diseñadas para ser funcionales en combate. Pantalones, botas, un jubón de cuero, y túnicas con capucha que permitían libertad de movimientos y algo de protección. Por último, teníamos a Dreanna y sus nigromantes. Como era obvio, todos iban de negro, con capuchas, báculos, y espadas curvas de apariencia cruel en los cintos. Sus armaduras no se diferenciaban apenas de las de los sanadores más que en el color y el hecho de que, mientras los curanderos llevaban en un hombro el emblema de una mano blanca, los nigromantes poseían una calavera alada. Su líder era la única que llevaba la capucha quitada, dejando a la vista su rostro, lleno de una belleza casi etérea que reflejaba menos años de los que en realidad tenía, pues apenas nos llevábamos dos y sin embargo aparentaba menos de veinte, y eso que no tenía sangre élfica alguna. Su cabello, rubio ceniciento, contrastaba con su piel pálida y sus ojos verdes, brillantes y de aspecto venenoso y tóxico. Era una mujer delgada con buena figura, aunque al llevar túnicas casi siempre aquello solo lo sabíamos los que la hubiéramos visto en climas más informales, como cuando debatíamos de nigromancia en la torre de los hechiceros los días que no había nada que hacer.

Dividimos en cuatro etapas las marchas de todos los días. La primera etapa empezaba a las seis de la mañana, yendo al trote, sin cansar mucho a las monturas pero manteniendo el paso constante. Tras esa primera etapa parábamos a las doce del mediodía, dejando que nuestras monturas descansaran y comieran igual que hacíamos nosotros. A la una nos volvíamos a poner en marcha, yendo al galope hasta las seis de la tarde, momento en el que nos deteníamos de nuevo para descansar, dejar que las monturas reposaran y comer algo. A las siete de la tarde volvíamos a ir al trote hasta las diez y media, momento en el que pasábamos al galope de nuevo hasta las once y media, momento en el que parábamos para descansar y montábamos campamento. Tras la cena, dormíamos a partir de la medianoche hasta las seis de la mañana, momento en que la rutina se repetía. Gracias a eso lográbamos avanzar enormes trechos diariamente, y logramos estar en el campo de batalla un día antes.

Una vez llegamos, las órdenes pertinentes fueron dadas. Los zapadores iban a montar una serie de trampas de estacas, divididas en tres líneas separadas por un metro. Todas estas estaban tumbadas, ocultas en la maleza, y para desplegarlas hacía falta tirar de una cuerda que las levantaría y las mantendría fijas gracias a cuñas de madera plegables. Dadas las órdenes para los ingenieros, lo siguiente fue localizar cadáveres alrededor y... La verdad es que todos los nigromantes quedamos sorprendidos al notar la ingente cantidad de muertos que ahí había. Sabía que ese sitio había sido campo de batalla en muchas ocasiones, pero... No imaginaba que pudiera haber tantos. Decidimos irlos desenterrando, despertándolos con magia y dejando que salieran de sus tumbas terrosas para quedar por fin al descubierto. En total, al menos desenterramos a cuatrocientos muertos, de los cuales mandamos a dos grupos de cien a los bosques y otro de doscientos en la pequeña colina que íbamos a usar el resto de los soldados. Una vez situados les desconvocamos, dejándolos listos para la batalla. Todos conservaban sus antiguos equipos, ya bastante desgastados pero aún efectivos. Los de la colina eran casi todos los que aún conservaban carne y armaduras, mientras que los de los bosques eran principalmente esqueletos y seres peor armados. Unos serían escudos y los otros ataque rápido.

La noche fue corta para nosotros, nerviosos esperando a que apareciera el enemigo de una vez por todas y pudiéramos darles justa muerte. Poco sabíamos que las sorpresas aquél día iban a ser bastante agradables para nosotros... Nada más nos despertamos rápidamente tomamos nuestras posiciones. Los zapadores se alejaron, manteniéndose fuera del rango de visión del enemigo y aguardando a que terminara la batalla, mientras nosotros nos manteníamos en la colina, separados unos cuatro metros de la tercera línea de estacas y teniendo suficiente espacio para que, cuando los muertos fueran revividos, pudiéramos contar con dos de escudo por persona. Cerca del mediodía fue cuando se avistaron a los primeros enemigos. Había tres y tres nigromantes en cada flanco, ocultos en los lados del camino y listos para lanzar los conjuros en cuanto hicieran falta, mientras que los demás estábamos en la colina, aguardando pacientemente a la llegada del enemigo.

Cuando el enemigo apareció, la poderosa voz de la inquisidora que les lideraba resonó dando la orden de ataque. Pronto varios proyectiles surcaron el cielo a la vez que conjurábamos a los no-muertos y nos agachábamos, cubriéndonos con los cuerpos y los escudos. Ningún proyectil falló, y pronto treinta no-muertos cayeron al suelo, abatidos. De bajas entre los vivos no hubo ninguna, y rápidamente pudimos ver como los infantes se dirigían hacia nuestra posición, con los caballeros a los flancos. La orden fue clara:

-¡Aprestad ballestas! ¡Abrid fuego contra los jinetes!-

Así fue hecho, y rápidamente los virotes surcaban los cielos a la vez que desde la retaguardia imperial se escuchaban gritos de pánico, apareciendo los no-muertos de los bosques que rápidamente redujeron a los tiradores enemigos, quienes se hallaban en plena recarga. Iban escasamente protegidos, de modo que los mordiscos, arañazos y golpes de los cadáveres tenían poca oposición. Valientemente lucharon con sus espadas, y antes de fallecer hórridamente se habían cobrado entre uno y tres cadáveres. La inquisidora fue rápidamente atacada, pero parecía lograr sacárselos de encima sin problemas. Los jinetes, por su parte, fueron recibidos sorpresivamente por el fuego de virotes y las barricadas, lo cual acabó con la mitad de ellos. La otra mitad frenó, maldiciendo al ver las barreras que había entre ellos y nosotros. Y entonces sucedió lo inesperado...

Con una serie de estremecedores rugidos y aullidos, un grupo de engendros cargó sorpresivamente por el flanco de los imperiales. Estos estaban tan fijos en nosotros que fue demasiado tarde cuando vieron a las diez criaturas engéndricas más temibles que jamás hubiera visto, destrozando carne y armaduras con garras y pinzas como si fueran de mantequilla. El resto de los antropomorfos no tardó a unirse a la fiesta, y en apenas segundos los imperiales habían caído. Por un momento tuvimos miedo, pues sabíamos que si nos atacaban aquellas criaturas difícilmente íbamos a sobrevivir, pero en lugar de eso... Solamente nos miraban. Para cuando se abrieron, la siguiente imagen que vi fue a un extraño engendro similar a un centauro diabólico, que tenía arrodillada a la inquisidora imperial, ésta inmovilizada y debilitada. Cómo había sucedido no lo sabía, pero así era. Curiosamente los antropomorfos no nos atacaron, y dejaron que todos los zhakheshianos nos reuniéramos, momento en el que me dirigí hacia su líder. Haciéndole el saludo militar zhakheshiano le hablé:

-Bienvenido a Zhakhesh. Mi nombre es Khaelos Kohlheim. Habéis llegado justo a tiempo para uniros a la fiesta, por lo que veo. Decidme... ¿Estaríais interesados en una alianza con nosotros? La guerra contra el Imperio está apunto de comenzar, y necesitamos a todo aquél dispuesto a alzarse en armas contra ellos.-

El ser se presentó como Nathrezim, y aceptó la alianza. Sus condiciones fueron más que aceptables, pidiéndonos a la Inquisidora y exigiendo que no se les tratara como si fueran mercenarios o una tropa más, si no que los antropomorfos que le acompañaban eran su ejército y él era el general de dicho ejército. En pocas palabras, pidió igualdad. No tardé ni tres segundos en asentir y cerrar el trato con él. Sin embargo, ambos convenimos por prudencia que lo mejor iba a ser que nuestras tropas no permanecieran juntas mucho tiempo, de modo que, tras indicarme dónde iba a asentar su campamento, le conté que en cuanto empezaran las primeras hostilidades mandaría mensajeros para volver a encontrarnos y entonces partir juntos a la guerra. Despidiéndome del líder de los antropomorfos, cuyo clan eran los “Destruyementes”, me dirigí finalmente hacia los prisioneros zhakheshianos, quienes habían sido respetados por los no-muertos. Los rostros de la gente estaban llenos de miedo, pero al ver nuestros emblemas muchos de los soldados y las mujeres rompieron a llorar de alegría. Eran libres por fin. Mientras mis soldados iban a atender a los demás prisioneros, yo me centré en dos de ellos. En primer lugar, en Karas, a quien tras desatar saludé efusivamente con un abrazo:

-¡Perro viejo! ¡Pensaba que eras demasiado escurridizo para que te encontraran los imperiales! Definitivamente la edad empieza a pesarte.-

Tras soltar ambos una carcajada, él me contó lo que había sucedido de pe a pa. No pude evitar sentir furia por lo que habían hecho los imperiales contra las gentes del pueblo, pero... Al menos habían sido vengadas. Además, el encontrarme a Karas era algo muy beneficioso para la causa zhakheshiana, sin duda. Sin embargo, antes de poder extenderle mi plan me presentó a la señorita Do Vandor. Athan Lor Do Vandor. Aunque no nos conocíamos personalmente, sí la había visto en la Academia Negra y conocí a algunos de sus hermanos. Fue por eso que lo primero que hice fue saludarla con una leve reverencia respetuosa mientras la ayudaba a bajar del caballo, estando ya desatada:

-Milady Do Vandor, siento que vuestra vuelta a Zhakhesh haya sido tan accidentada pero ya estáis a salvo. Ahora estáis con los vuestros. Sin embargo, debo pediros que me acompañéis. La situación, a pesar de que soy alguien optimista, es bastante desesperada. Tenemos a los imperiales en jaque y la guerra está en punto muerto, pero necesitamos a más gente para poder cambiar las tornas y romper el equilibrio de fuerzas. Debo pediros que os unáis a este ejército. Por el camino os explicaré mejor cómo están las cosas por aquí, si no lo ha hecho ya Karas. Es un honor teneros de vuelta, lady Athan.-

No tardamos en organizarnos. Karas y sus soldados, tras rearmarse con los cuerpos y recibir provisiones por nuestra parte, respondieron afirmativamente cuando les dije que reunieran a los renegados que pudieran y los movilizaran, que aguardaran a mis mensajes y que de momento siguieran con las guerrillas y la defensa de pueblos... Pero también le dije que tuviera más cuidado la próxima vez, pues por lo que me contó de la batalla su ataque contra los imperiales fue bastante chapucero.

A los civiles nos los llevamos nosotros, cargándolos en nuestros caballos para que no tuvieran que andar hasta el Túmulo. Cuando estábamos a tres días a caballo de nuestro hogar, uno de los guardias dio el aviso de que se acercaban soldados de los nuestros. Estábamos en la tienda de mando del campamento, y repentinamente entraron un soldado y dos muchachos jóvenes, mensajeros por lo que parecía. Todas las miradas de los que allí dentro estábamos se giraron a ellos, y yo me avancé para recibirles. Cuando uno de los muchachos se arrodilló, diciendo que era un placer conocerme, le puse una mano bajo la axila, y le levanté con gentileza pero firmeza, asintiendo y dándole una palmada amistosa en el hombro, dedicándole una sonrisa de medio lado:

-El placer es mío, muchacho. ¿Qué nuevas traéis?-

El mayor se acercó entonces y ambos me tendieron sendas cartas. Las abrí, pero antes de poder ponerme a leerlas el más joven de los dos me preguntó si podría vivir en el Túmulo. Ante aquellas palabras le miré a los ojos y asentí:

-Por supuesto, hay casas y catres libres en el Túmulo, y un par de manos extra siempre se agradece. Cuando llegues al Túmulo, Daggard, el hombre que os ha guiado hasta mí, te informará sobre las varias opciones de trabajo a las que puedes optar y tú le dirás las que te interesen. No te preocupes por el alojamiento y los alimentos básicos, eso corre por cuenta mía. Si quieres un consejo... Aunque necesitamos soldados, te recomendaría que no te unieras. Se cierne la guerra sobre nosotros, joven, y en cualquier momento puede que me toque movilizar a todos y cada uno de mis efectivos. Tenlo presente. Y si tu acompañante lo desea, él también puede ir a vivir al Túmulo. Y si tenéis familia... También podéis llevarla. Tenemos espacio de sobras, y no abandonaremos a los refugiados ni les cerraremos las puertas a quienes deseen colaborar. Por cierto... Tomad.-

Saqué diez kulls de oro de mi bolsa de monedas y les di cinco a cada uno. Tras eso finalmente leí las cartas, dejando que los muchachos se quedaran por ahí. No pude evitar que un gesto de rabia congestionara mi rostro, y cuando acabé de leer las cartas arrugué e hice pedazos la primera. Iba a hacer lo mismo con la otra, pues eran lo mismo, pero... Tras unos instantes de duda suspiré y antes de hacer añicos la segunda carta arranqué un pedazo. En él se podía leer “La libertad se reunirá en el sitio donde el fuego de la rebelión deshizo el hielo de la opresión”. La Corona de Hielo. Me guardé ese fragmento y tras dejar caer el resto de los pedazos de la carta me giré a mis oficiales:

-Hemos de ponernos en marcha en seguida. ¡Vamos, desmontad campamento! ¡Al Túmulo!-

Algunos días después nos hallábamos en la fortaleza, y lo primero que hice fue escribir un par de cartas, para seguidamente llamar a mi águila. La conversación fue breve, y le di la orden de que entregara la carta de la pata derecha a Karas, teniente de los renegados, y la izquierda a Amon. Las respuestas de ambas eran muy simples. La primera solamente decía “Dirigiros a la Corona de Hielo.” La segunda, por su banda, rezaba “Iré.” Sin perder más tiempo, llamé a los heraldos, sin permitirme ni un segundo de descanso. Afortunadamente mis soldados me conocían y sabían que si no se podía descansar era por un buen motivo. Hice reunir a todos los soldados en la explanada y me situé frente a ellos. El silencio era absoluto.

Mi guardia personal se hallaba justo a mis espaldas, con sus alabardas en la mano y las espadas y ballestas guardadas, las armaduras doradas resplandecientes y las telas rojas voleando, mientras sus escudos descansaban a sus espaldas. Frente a mí estaban los 6.000 soldados que poseía bajo mi mando, todos perfectamente formados, con sus oficiales al frente y sus estandartes ondeando al viento. A mi lado se hallaba Athan, a quien le había facilitado todos los medios posibles para que llamara a sus soldados, y con quien había empezado a entrar en confianza. Era una buena mujer, y una buena compañera, y como le había hecho saber, si necesitaba hablar conmigo de lo que fuera me tenía a su entera disposición. Las conversaciones con ella eran fructíferas, a pesar de que notaba ciertas reticencias a quedarse en Zhakhesh. De no ser por mi capacidad oratoria y de lo que había visto y sabido en su vuelta, difícilmente se habría quedado. Mirando a mis soldados desde mi posición elevada para que me vieran, empecé a proclamar un discurso:

-¡Mis guerreros! ¡Mis hermanos! ¡Hombres y mujeres libres de Zhakhesh! ¡Hoy es el inicio de una nueva era! ¡Hoy por fin nuestra nación se moviliza! ¡Hoy por fin nos alzamos en armas de forma total y definitiva contra el Imperio! ¡Se avecina una guerra larga, cruel y dura, pero por fin tenemos una mínima esperanza de vencer! ¡Ya no debemos resignarnos a luchar en una guerra de guerrillas que podemos mantener pero que no podemos ganar! ¡Por fin podemos desafiar al Imperio y convertirnos en su mayor amenaza y su peor pesadilla! ¡Mañana, a primera hora, partiremos a la guerra! ¡Desgraciadamente no puedo llevaros a todos todavía, no voy a dejar desprotegida a la gente del Túmulo, mas tened por seguro que antes de que acabe la guerra todos habréis empapado de sangre imperial vuestras armas! ¡Ahora procederé a deciros quiénes vienen, además de mi guardia personal! ¡Kern! ¡Tú y tus 1.000 alabarderos vendréis! ¡Hadrâsh! ¡Tú y tus 500 espadachines vendréis! ¡Borghûsh! ¡Tus 500 hacheros estáis dentro! ¡Arvadh, Shûr! ¡Vuestros escuadrones de hostigadores, 1.000 en total, nos acompañaréis! ¡Merandra! ¡Tus 500 jinetes cabalgarán con nosotros! ¡Drothmund! ¡Tus 500 caballeros estarán en la refriega! ¡El resto de Carmesíes se quedarán en el Túmulo para defenderlo del ataque! ¡Ahora tocan las unidades de apoyo! ¡Madarth! ¡Que tus 400 zapadores nos acompañen, necesitaremos material bélico! ¡Erenimir! ¡Tú y tus 50 sanadores venís! ¡Dreanna! ¡100 nigromantes para el frente! ¡Juliette! ¡Que 100 elementalistas vengan contigo! ¡Bâznar! ¡Necesitaré 200 soldados de los escuadrones de la muerte y 100 sabuesos! ¡Que sus oficiales sean Dhaera y Mhaera! ¡Aprovechad esta tarde para despediros de los vuestros y prepararos para mañana! ¡Nada de fiestas, no podemos permitirnos ir a la batalla con los sentidos embotados! ¡Hoy por fin empieza nuestra libertad, y mañana...! ¡¡¡LUCHAREMOS POR ELLA!!!-

Los gritos de júbilo, de guerra, las ansias de sangre de mis soldados resonaron por todo el recinto, y los civiles coreaban con emoción. A pesar de que sabían que el momento era serio, no podían evitar estar emocionados e ilusionados porque pronto iban a poder afirmar que vivían en una tierra libre. La tarde transcurrió tranquila, y me dediqué a hablar con los oficiales, preparar la ciudad para que siguiera funcionando tras nuestra marcha, asegurándome de que en todo momento hubieran tres representantes de los Cuchillas y tres de los civiles que se llevaran bien. Como representante de los carmesíes estaba Dalahak, de los sombríos Bâznar, y de los etéreos estaba el segundo al mando tras Dreanna, Pharas. De los civiles estaban el alcalde Darmos, la líder del gremio de los trabajadores y comerciantes Mya y el sargento de la milicia Vedrath. Todos eran competentes y compartían mis visiones, de modo que sabía que iban a escuchar a la gente y a preocuparse por ella, sobre todo los civiles. La convivencia entre civiles y Cuchillas se había vuelto simbiótica, pues muchos de los hombres y mujeres que vivían allí tenían a al menos un miembro de su familia en la Orden. Solucionado todo eso, decidí mostrarle a Athan las mil y una maravillas del Túmulo, tanto el círculo exterior como las calles, la fortaleza y la ciudad interior, la torre de los magos... También me llevé a los dos muchachos que resultaron ser hermanos, Grodrok y Groderick, para que se familiarizaran. Tras eso, a ellos les dejé a cargo de Mya, y luego, tras cenar con los soldados y presentarle a Athan mis oficiales, la acompañé a su habitación, la cual aunque austera en decoración era lujosa en servicios, contando con una bañera de agua caliente para ella sola y otros lujos que, según había comprobado, no eran exclusivos de la nobleza en el Túmulo. Tras desearle las buenas noches y decirle que si necesitaba algo me avisara, me fui a mi habitación privada, y tras tomar un baño finalmente me fui a dormir.

Al día siguiente me levanté cargado de fuerzas. Las tropas estaban preparándose, y afortunadamente las horas y el dinero gastados en entrenar a mis soldados mostraban hasta qué punto eran efectivos. En apenas una hora desde que se dio el aviso a formar ya habían desayunado, se habían equipado y habían formado en el círculo exterior. Mis guardias habían hecho lo mismo, yo igual, y Athan logró dar la talla y no retrasarse. Eso era bueno. Una vez formados, pasé revista una última vez, y antes de partir a la guerra me despedí de mi hija. Fue un momento cargado de lágrimas, que aunque oculté para que los demás creyeran que era por la emoción... En realidad era por miedo. Había perdido a tanta, tantísima gente... Que en aquellos momentos sentía que, aparte de mis más íntimos amigos solo ella me quedaba. Era la persona a quien más amor le había brindado a lo largo de mi vida, era sangre de mi sangre, era mi pequeña. Mi niña. Aunque sabía que no iba a seguir con mi carrera, sí estaba seguro de que al menos mi amor por ella era tan incondicional como el suyo por mí. Ella solo me tenía a mí, y a veces sentía que yo solo la tenía a ella, a pesar de que no nos veíamos tanto como deseábamos. Tenía miedo de que aquella fuera la última vez que la viera. Tras despedirme, finalmente me puse ya sí a ver las tropas.

Kern era un hombre casi tan veterano como Shasta, curtido en batalla, cinco años mayor que yo, con gesto siempre ceñudo y malhumorado, ojos duros y fríos y el cabello rapado al cero, haciendo imposible saber de qué color lo tiene. Sus ojos eran azul pálido, y contrastaban con su expresión. Era tan grande y ancho de hombros como Dalahak, pero más viejo y malhumorado, aunque menos furioso y más frío. Su equipo, como el de sus hombres, consistía en una alabarda, una armadura intermedia de placas y mallas como la mía, un escudo grande de torre con una hendedura para apoyar la alabarda y poder manejarla sin renunciar a la defensa y una maza de batalla en el cinto, además de la sempiterna ballesta que todos mis infantes portan. Sus soldados iban equipados de la misma manera, con la única diferencia de que llevaban espadas zhakheshianas en lugar de un mazo. Su versatilidad y utilidad les convertía en perfectos baluartes y centros de batalla, siendo capaces de aguantar cargas de caballería e infantería por igual. Hadrâsh, por su parte, era un hombre delgado y atlético, como sus soldados, de cabello pelirrojo largo y ojos verdes, piel clara y algo pecosa y era inusitadamente joven pero talentoso, contando con apenas 27 años, llevando ya 11 en el negocio. Llevaban cotas de malla, jubones de cuero y protecciones metálicas en los antebrazos y las espinillas, siendo una tropa de respuesta rápida. Todos portaban escudos redondos de metal con púas, espadas largas zhakheshianas, espadas cortas y ballestas ligeras, siendo matadores de arqueros y expertos en el uso de cuerdas. En asedios, batallas en puentes y demás eran toda una joya, y como unidad de flanqueo eran magníficos. Los hacheros, por su parte, eran similares pero algo más lentos y fuertes, manejando el mismo tipo de armaduras y escudos, pero en lugar de espadas portaban hachas de mano y hachas arrojadizas, además de ballestas. La mayoría eran montañeses y semiorcos como su oficial atraídos por Borghûsh, un fuerte semiorco adusto y feroz, quien supo darles buen uso para nuestros fines. Eran rápidos para ser lo que eran, y contrarrestar infantería pesada era su especialidad.

Arvadh y Shur eran también guerreros veteranos, fríos y taimados, ambos tenían mi edad, antiguos cazadores furtivos que habían aprovechado sus conocimientos con el tiro con arco, los bosques y el rastreo para ser los ojos y oídos del ejército, además de sus francotiradores y emboscadores. Llevaban armaduras de cuero completamente y capas con capucha con colores típicos de los bosques y tierras zhakheshianas, y su conocimiento del camuflaje era una de sus grandes bazas. Ambos escuadrones usaban arcos compuestos, capaces de lograr tiros certeros, lejanos y poderosos con sus armas, y usaban flechas de puntas aserradas, siendo un disparo suyo algo extremadamente doloroso. Para combatir cuerpo a cuerpo manejaban una espada larga zhakheshiana y una espada corta, siendo guerreros duales eficientes y rápidos. Luego teníamos a Merandra, una salvaje mujer de las llanuras de ojos rojos como la sangre y cabello negro como el carbón, de unos 29 años, feroz como una leona. Sus soldados eran nuestra caballería ligera, armados con arcos de caballería, lanzas y sables de jinete, ideales para contrarrestar a caballerías más pesadas o a infantería que no posea ataque a distancia. Drothmund, el caballero, por su parte era un hombre tranquilo y de honor, un guerrero hábil y fuerte de unos 35 años, rapado por completo y de cálidos ojos marrones. Sus soldados iban equipados con armaduras de placas, escudos de caballería, caballos con barda, lanzas de caballería y espadas largas. Eran impresionantes a la hora de cargar y de acabar con arqueros enemigos, así como abrir boquetes en las líneas de infantería.

De los zapadores de Madarth ya había hablado, pero ahora habían añadido a sus equipos carros de provisiones cargados de viales de fuego griego y otros artilugios de pólvora como bombas de mano. Para rematar su arsenal, eran las únicas tropas de mi ejército que empleaban arcabuces, ideales para combatir en asedios y en trincheras, pues esa era su utilidad. Los sanadores de Erenimir, por su parte, ahora iban algo mejor armados. A diferencia de ella, ellos llevaban báculos y espadas largas, y habían añadido a sus vestimentas de mago armaduras de cuero, todos vestidos de verde para reflejar su naturaleza sanadora. Los nigromantes de Dreanna iban de la misma manera, pero sus vestimentas eran de color negro, y las espadas que llevaban eran zhakheshianas, más crueles que las espadas largas convencionales al tener un filo aserrado y el otro levemente curvado. Los elementalistas de Juliette, la phonterekeña pelirroja, llevaban solo báculos, y sus túnicas tenían los colores de sus elementos. 25 rojas, 25 azules, 25 grises, 25 marrones. Dhaera, oficial de los escuadrones de la muerte, y Mhaera, oficial de los sabuesos, por su parte, eran gemelas, ambas albinas de ojos dorados, jóvenes y mortalmente hermosas, aunque esa característica solo la mostraban si el trabajo lo requería. Como el resto de los escuadrones de la muerte llevaba una espada zhakheshiana y una pareja de dagas, además de cuchillos arrojadizos y algún que otro veneno. Los sabuesos, por su parte, empleaban arbalestas y ballestas de repetición, y para el combate cercano usaban dagas duales. Su especialidad era disparar desde la retaguardia y, sobre todo, coordinarse con los escuadrones para luchar codo con codo. Era un ejército que, aunque pequeño, estaba bien entrenado, era veterano e iba bien equipado. Eran mis hermanos de batalla. Eran mi orgullo. Eran mi ejército.

Para antes del mediodía ya estábamos saliendo del Túmulo, manteniendo un ritmo de marcha constante y tratando de que no fuera lento. Afortunadamente no tuvimos incidentes, y cuando llegamos al campamento de Nathrezim todo estaba en calma. Una vez allí, nuestras fuerzas se unieron y se pusieron en marcha hacia la Corona de Hielo. Mi águila volvió, mostrándome el mensaje de los renegados que decían que habían movilizado a tantos soldados como habían podido y estaban ya de camino al castillo de Amon. Eso era bueno.

Los días pasaban rápidamente, y las conversaciones se sucedían. Los ánimos eran altos, y a medio camino se nos unieron los soldados de Athan, quien había convocado a tantos como había podido para que lucharan con nosotros. A un par de días de marcha, los destruyementes decidieron avanzarse un poco, supuse que sintiéndose algo incómodos por viajar con humanos. Aunque eran seres fieros y su lealtad hacia Nathrezim a veces parecía flaquear, el ser era muy convincente con sus palabras, y de vez en cuando yo unía a él mi capacidad oratoria para mejorar los ánimos de aquellas criaturas, y funcionaba bastante bien. Las promesas de muerte y saqueo eran miel para sus oídos, según parecía, y Nath sabía muy bien la cantidad de miel que debía darles. Aunque nuestros liderazgos eran distintos, que el suyo era muy efectivo estaba claro.

Cuando los engendros decidieron hacer vía aprovechando su mayor velocidad, al cabo de unas horas y mientras cubríamos los últimos kilómetros que nos separaban de la Corona de Hielo, que se veía en el horizonte, mis soldados empezaron a cantar, y yo con ellos.



La canción trataba acerca de que, en tiempos oscuros para la tierra negra, un héroe surgiría para expulsar de una vez por todos al Imperio de nuestras tierras para siempre, para poder volver a ser por fin libres de una vez y vencer. Sin embargo, no podía evitar sentirme acongojado por esa canción. En un principio creía que se trataba de Amon, pero tras su desaparición eso me llenó de dudas. Por otra parte, mis soldados creían que era yo el héroe de aquella profética canción, y que era yo quien iba a salvar a toda la nación y a destruir para siempre el Imperio. Si bien el hecho de que creyeran eso me hacía sentir enormemente honrado y conmovido... Por otra parte me sentía con dudas. Ya no era el joven que era, ya no era un adolescente a lo que todo pudiera venirle grande, pero... Aquello para mí me venía demasiado grande. Y sin embargo... Si yo no les guiaba, ¿quién más se iba a erigir en defensa de los nuestros? En mis tierras cada vez era más y más aclamado, y en las tierras enemigas mi nombre era pronunciado con terror, pero... ¿De verdad merecía tal leyenda? ¿De verdad merecía semejante respeto, semejante honor? ¿De verdad merecía semejante carga? A veces me preguntaba por qué lo hacía, pues aquella guerra me alejaba de mi hija, de Kariope que ya era toda una mujer. Y entonces me daba cuenta del por qué. Porque Kariope era el vivo reflejo de Zhakhesh en aquellos momentos. Una tierra quebrada y atemorizada cuya única esperanza es el amor por los suyos. Una tierra donde los niños crecen sin sus padres, donde los parientes entierran a los de su misma sangre, a sus propios hijos. Una tierra donde los amantes son separados por la espada, una tierra donde se vivía y se moría por la espada. Una tierra oprimida y deprimida por las garras de aquellos que querían erradicarnos por el simple hecho de ser diferentes, por el simple hecho de no ser más que un pedazo más de tierra que conquistar, y nosotros simples herejes que merecían morir, según ellos.

Esos eran mis motivos. Luchaba para que ningún hijo tuviera que sufrir lo que mi hija sufrió. Luchaba para que ningún hombre o mujer volviera a saber lo que es ver morir a la persona a la que amas. Luchaba para que mi tierra dejara de tener miedo, para que volviera a estar completa. Luchaba para que el futuro de mi gente no estuviera marcado por la espada. Éramos un pueblo guerrero, sí, pero queríamos la paz, la libertad. Queríamos vivir a nuestra manera, queríamos vivir sin tener que preocuparnos de que en cualquier momento los soldados imperiales pudieran entrar en nuestras casas, a violar a nuestras mujeres, matar a nuestros hombres y secuestrar a nuestros niños. Queríamos vivir con la certeza de que al cerrar los ojos, cuando los abriéramos, lo primero que viéramos fueran nuestros hogares intactos, y sentir el calor y la alegría de estar vivos, y estar con los nuestros. Esa era nuestra lucha. Esa era mi lucha, y si debía entregar la vida por ella, si debía sacrificarme para que mi patria lograra por fin su libertad, si debía sacrificarme para conquistar la felicidad y la paz de mi pueblo lo haría sin dudar. No temía a la muerte. No. Mi temor era fallar. Mis soldados confiaban en mí, mi gente confiaba en mí, mi patria confiaba en mí. No me sentía preparado, y nadie jamás se va a sentir preparado para una labor así. Pero mi gente tenía sus esperanzas puestas en mí, y por mi honor, por mi vida, por mi patria juraba que no iba a defraudar su fe. Con la ayuda de Elhías y de la Madre Muerte o sin ella, con la ayuda de Noreth o solo, no iba a defraudar a mi gente. Guiaría a los míos a la victoria, a la libertad, a la paz. Nada en el mundo me detendría, y ya no habrían más contratiempos que me frenaran. No. No iba a rendirme.

Y a lo lejos, mientras mis pensamientos tristes se cargaban de determinación, coraje y patriotismo, la Corona de Hielo apareció. Nuestra primera etapa. Nuestro primer destino. El primer signo de la libertad de mi pueblo. El primer paso para salvar mi tierra.


Última edición por Khaelos Kohlheim el Mar Jun 04, 2013 2:47 am, editado 1 vez
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Erenimir Lunielëren el Sáb Abr 20, 2013 1:24 am

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Última edición por Erenimir Lunielëren el Jue Feb 19, 2015 2:36 pm, editado 1 vez
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Sejen el Lun Jun 03, 2013 5:12 pm

La batalla en la frontera, así seria conocida la masacre, que se sucedió aquel día, los preparados soldados imperiales, no fueron rivales para la estrategia del Khaelos Kohlheim, quien les corto el paso. El pequeño destacamento imperial cargo con valor, tratando de romper la defensa de los soldados del conde, mas fue en vano, tan pronto como se movieron, los virotes volaron, surcando el cielo, cortando el aire, deseosas de clavarse en los cuerpos de sus enemigos, un primer impacto y el gran numero de ballestas fue suficiente para reducir a un gran número de los soldados, aunque su mayoría aun seguía viva, algunos jinetes lograron sobrevivir al primer embate, pero no habría segunda oportunidad, aunque eso no los detuvo ni les amedrento para seguir cargando contra ellos, pero cuando al fin un templario iba a estar lo bastante cerca como para que su hoja pudiera probar sangre un estruendoso rugido se escucho de entre la maleza y una vil criatura de aspecto felino emergió de la espesura, dando un salto derribando al jinete y a su caballo, degollando con fuerza al soldado imperial, a este primer ataque le siguieron otros, los engendros gigantes aparecieron desde el flanco de los imperiales, junto con los cazadores y los carroñeros. Aquella noche el mayor número de bajas enemigas fue cobrada por los engendros, quienes arremetieron con violencia y fuerza pura, todos en un éxtasis sangriento, ansiosos de sangre, sorprendentemente no atacaron a los refugiados entre los que se hallaban Athan Lor y Karas Gradalon, tal vez su único objetivo era la sangre imperial, espeluznantes y grotescas fueron las imágenes de aquel día, la sangre cayendo desde las fauces de aquellas viles criaturas, el olor a muerte surcando el aire, un macabro festín.
Khaelos Kohlheim reacciono rápido y ofreció una alianza, para los engendros, no tendrían porque luchar sino lo deseaban, pero los engendros no seguirían sus órdenes, ellos solo tienen un seño Nathrezim, el era su amo y señor al cual seguirían sin importar dónde. El heraldo del fin acepto la alianza con el conde nigromante, aunque solo fuera temporal y le expuso sus condiciones.

Athan Lor y Karas estaban ahora a salvo, gracias a la intervención del conde nigromante y del inesperado ataque de los engendros, surgidos desde las mismas entrañas de Tzeezeroth ¿pero que los había traído hasta Zakhesh? Pronto obtendrían quizás una respuesta de Nathrezim el líder de la horda antropomorfa.
El saludo a Karas fue amistoso, ambos dirigentes se abrazaron, se conocían, muchas eran ya las batallas que pesaban sobre los hombros de estos hombres, aunque uno ya era conocido en toda la nación como el héroe de Zakhesh, mientras que el discreto teniente se dedicaba a las guerrillas para proteger los pequeños pueblos, que si bien no son el sustento total de la tierra de los nigromantes, son una parte importante y también los más vulnerables, y es por ello que aunque la tarea del conde nigromante fuera mucho más costosa, la de Karas no podía ser menospreciada . El teniente de los rebeldes respondió con efusividad al abrazo del comandante, largo tiempo había transcurrido desde la última vez que se vieran, puede incluso años, por ello mostraba felicidad al ver que su compatriota estaba vivo. –Lo mismo podría decir de vos.- Respondió con gracia a las palabras de su comandante. –O disculpad, no os he presentado ella es…- Pero hablo mas antes de que terminara, su frase Khaelos ya se había acercado a Athan, para hablar con ella así que el teniente no tuvo otra opción más que negar con la cabeza y suspirar, mientras su brazos se colocaban en forma de jarra apoyando sus manos en la cintura, pero aquello no contuvo su lengua. –Confiad en el lady Athan, pues no encontrareis hombre de más confianza en esta tierra.- Le comento a la rica heredera de los Do Vandor, sin lugar a dudas Karas confiaba totalmente en el conde y esperaba que la joven así lo hiciera también.

Khaelos, pidió al teniente que reuniese a cuantos renegados ofrecieran su lealtad a la causa. –Así lo hare mi señor.- Dijo mientras tomaba un caballo que, le ofrecían los hombres del conde. –Esperaremos con paciencia la señal para unirnos con vos en la batalla.- Al terminar esta frase, Khaelos asintió mientras reorganizaba a sus hombres para la marcha, Karas entonces se acerco hasta Athan, aunque no sin antes ser sanado por la bella Erenimir. –Mis agradecimientos bella dama.- Entonces sí que se dirigió a Athan. –Cuidaros lady Athan, volveremos a vernos.- Le confirmo a la nigromante y entonces, el aguerrido teniente espoleo al caballo, marchando a través de la oscuridad, sin que nadie le dijera nada, pues el no necesitaba más palabras.

Groderick y Godrok, los hermanos que habían traído la carta se sentían más que agradecidos, ahora que ya habían entregado las cartas, ya nada los retenía en este lugar, pero aunque no lo demostraran, la posibilidad de residir en el túmulo, parecía un sueño posible de alcanzar, con solo extender la mano era casi para ellos como poder tocarlo, su padre se hubiera sentido orgulloso o al menos eso se esforzaban en creer.
El viaje de vuelta al túmulo sería mucho más tranquilo, quizás más pausado, puesto que la pequeña hueste imperial había sido reducida a poco más que cadáveres ensangrentados, cuya líder conocería un destino más terrible que la muerte incluso, en manos del temible antropomorfo al cual los hombres de Khaelos, lo apodaron Dol-Rhaûr de la lengua antigua de los zakheshianos. Este nombre significaba el señor de la plaga, el homologo de la muerte, el traidor de dios, su aspecto y su voz, eran capaces de atormentar a cualquier hombre con el simple, hecho de observarlo u oírlo en la lejanía y durante la vuelta al túmulo, muchos fueron los soldados que comentaban la aparición de este ser de fantasmagórico aspecto.

¿Pero de donde procede el nombre de Dol-Rhaûr?

Antaño Zakhesh no era más que una tierra baldía, mucho antes siquiera de la fundación del reino nigromante, antes incluso de las casas principescas que rigen este lugar, existía un reino subterráneo bajo lo que actualmente se conoce, como la desolación de Zakhesh, un reino excavado por hombres y enanos en pos de encontrar joyas, oro y el codiciado Mithrill. Aquellas galerías fueron conocidas como las Taldur, que en la lengua actual se traduce como el túnel, profunda y frenética fue la excavación, impulsados por la codicia el deseo de adquirir aquellas relucientes piedras de minerales preciosos.
Tan profundo excavaron que ninguna luz, podría alcanzarles en la profundidad de la tierra, donde la única luz posible era la de las antorchas que portaban, largo tiempo transcurrió antes de que los primeros vestigios de hermosas piedras aparecieran, grabadas en la roca. Los hombres sin pensarlo, extrajeron cuanto oro pudieron y cuantas joyas, les permitían las manos, pero los enanos fueron más codiciosos, en pos de conseguir un mineral aun más valioso. –Dejad a los hombres.- Comienza así un viejo refrán. –Pues serán aquellos que busquen más profundo, en la oscuridad, aquellos que logren el más codiciado de los tesoros.- La habilidad de los mineros enanos no tenía parangón, continuaron excavando mas y mas profundo en la tierra, con el deseo de adquirir el mayor de los tesoros.

Cuanto más excavaban más cerca del fuego se hallaban, la sombra se cernía sobre ellos hasta que una luz ilumino toda la Taldur, una joya tan resplandeciente como el sol, un orbe del tamaño de la palma de la mano, tan reluciente, tan hermoso, los enanos quedaron fascinados inmediatamente al verlo. El minero que hayo esta joya era Borgrim pico de diamante, hijo de Borgrum pala de roca, padre de Borgrim, Borg ojo de cristal y Borgram dedos de oro. Cuando hallaron esta joya los enanos se apresuraron a salvaguardarla entre sus grandes despensas de oro, Borgrum felicito a su hijo al igual que Borgram, pero no lo hizo así Borg ojo de cristal quien codiciaba el tesoro para él. –Celebra hoy tu premio hermano.- Dijo ojo de cristal. –Pues jamás volverás a poseerlo.- Amenazo a Borgrim quien además de ser el mayor no se amedrento. –No oses jamás amenazarme, o la furia de la montaña recaerá sobre ti.- Contesto a su hermano, pero una noche mientras dormía Borg estrangulo a su hermano valiéndose de una sabana vieja, poco a poco la vida de pico de diamante se esfumaba con su último aliento en esta vida. Con las manos manchadas por la muerte de su hermano, ojo de cristal robo la gema, a la cual los enanos llamaron Khâzul, que en la lengua rúnica de los enanos podría traducirse como ‘’El tesoro’’ o simplemente como ‘’La gema’’

Borg escapo con la gema en sus brazos, subiendo a la superficie después de tantos años, después de tanto tiempo en la oscuridad al fin pudo ver de nuevo la luz del sol, pero aquel día anunciaba oscuridad pues sobre las Drakenfang un siniestro y oscuro humo se alzaba sobre las montañas, no parecían nubes de tormenta, sino como nubes de maldad que se acercaban por el norte, pero Borg estaba más preocupado por custodiar su tesoro, así que lo envolvió con su capa y corrió hacia el sur creyendo que allí podría estar a salvo de la maldad que asolaría esta tierra y durante días, huyo escapando de lo que él creía un fatal destino, sus hermanos enanos lo buscaron tratando de hacer justicia por la muerte de Borgrim pico de diamante, Burgrum pala de roca era quien dirigía la búsqueda de su traidor hijo, deseaba fervientemente castigar a su hijo por la muerte de su otro vástago, ningún padre debe enterrar a sus hijos. –¡Te encontrare Borg traidor de mi familia!- Exclamo el patriarca. -¡No habrá lugar donde puedas esconderte!- Y como si fuera capaz de escuchar estas palabras, Borg sintió congoja en su corazón, pero eso no era lo peor, pues fue detenido, su pierna quedo atrapada, había estado tan inmerso en sus pensamientos que no reparo en que se había adentrado en un cenagal. Su pie quedo tan engullido por el barro, que no podía moverse. -¡Auxilio, socorro!- Exclamo después de cuatro horas. Los minutos eran cada vez más y mas longevos, los minutos parecían horas y las horas parecían días, el tiempo transcurría tan lentamente, que Borg empezó a perder la cordura, sintiendo como el oscuro brazo de la parca lo envolvía poco a poco en su seno. Años y años transcurrieron desde la traición de Borg ojo de cristal, Khazûl se perdió en aquel cenagal, mas no desapareció por siempre de la mente de los enanos que la hallaron, la cual buscaron con ansias pero sin éxito, pues ningún enano la encontraría por mucho que buscaran porque ¿Quién iba a pensar que un enano se metería en un cenagal?

Cuando al fin los enanos desistieron, dando por perdida a Khazûl y a Borg, el destino tuvo un giro inesperado, un hombre de avanzada edad con una larga barba gris que llegaba hasta su cintura, ayudándose de un bastón para caminar se encontraba paseándose por la ciénaga, no es que fuera la primera vez que la visitara y fue entonces, que algo le llamo la atención, un resplandeciente fulgor emanaba desde una fangosa charca, como si algo brillara bajo la capa de tierra mojada. El anciano se agacho haciendo esfuerzos por no caer hacia el fangoso pozo, entonces extendió su brazo y agarro algo que poseía el tacto de una piedra lisa, entonces tiro de ese objeto con toda la fuerza que era capaz de ejercer y entonces, del barrio emergió Khâzul el tesoro de los enanos, la cual era sostenida por un esquelético brazo, cuya carne el tiempo ya había cobrado, el hombre la miro con asombro, la acaricio con cuidado y la apretó contra su pecho, para después envolverla con ropajes. Durante días porto la joya consigo, de camino hasta su aldea, pero cuando llego a esta nada quedaba allí más que fuego y ceniza, convirtiéndose en una tierra baldía y estéril, el anciano hombre contemplo el paraje con pavor, mientras sostenía con fuerza la hermosa piedra ¿Qué había pasado en su aldea? Aunque desconocía la respuesta esa pregunta, aquel hombre se adentro en la desolada tierra que en su día llamo hogar, en busca de una respuesta, pero no la encontró, así entonces y con el corazón destruido, marcho a la búsqueda de un nuevo hogar para él y vago durante años, muchos años que pasaban como días en el infinito, pero mientras la vida de la gente que el anciano iba conociendo, poco a poco se desvanecía la suya perduro, como si la muerte no pudiera tocarle. Aquel anciano cuyo nombre fue olvidado incluso por él, recibió uno nuevo, lo llamaron Urub-Turok y aunque no tenía un significado definido, ese nombre se convirtió en el sinónimo de el inmortal, el que no puede morir, el hombre que venció a la muerte. Urub vago por la antigua Zakhesh como un alma en pena, pues aunque a veces se hablaba de él como un héroe, los hombres el tenían miedo, nadie lo quería tener cerca, era como si tras él una desolación de desgracias fuera a suceder, hasta que al final quedo solo, recluido en las lindes de los montes de las Drakenfang, donde oscuras nubes se alzaban por encima de estas, largo tiempo ya que el viejo Urub había visto estas nubes desde la lejanía, mas nunca había estado tan cerca de ellas, tal vez por miedo o simplemente por cautela, pero ahora que ya nada le ataba a este lugar, decidió saber que se ocultaba tras aquellas oscuras nubes. Pero durante el ascenso, mientras escalaba aquella enorme pared de piedra natural un desafortunado accidente ocurrió, Khazûl le abandono cayendo precipicio abajo, perdiéndose en el vacío y en el momento que la joya fue perdida, las fuerzas de Urub-Turok se fueron desvaneciendo mientras la sombra lo envolvía, perdiéndose en la oscuridad de las Drakenfang.

Nuevamente Khazûl se hallaba sin dueño ni portador, perdida en Zakhesh esperando a que alguien la encontrara y así fue, pues nuevamente la joya encontró un nuevo dueño un enano, hijo Borgram cuan irónico seria aquel destino, pero esta vez el hijo de Borgram a quien llamaron Dulin expreso su encuentro, como si este fuera causa del destino así que de buen grado acogió la joya en su seno, mas no la guardaría para él, orgulloso la llevo hasta el castillo que ahora en estos tiempos, se conoce como el Túmulo, aunque los enanos lo llamaban de otra forma y ese nombre hace ya mucho que se olvido en el tiempo.
Dulin entro a palacio henchido de orgullo, portando aquella hermosa joya en su cinto, exhibiéndola ante sus congéneres, Turin el rey creyó lo mismo que Dulin, que era una señal de que su reinado seria largo y prospero, así que tomo la joya de la cual el enano que la había traído se desentendió con facilidad pues era leal a su rey y de buen grado, se la ofreció como ofrenda tal vez. Turin hizo que tallaran la joya para que esta formara parte de la empuñadura de su espada, siendo un símbolo de poder, fuerza y valor. El reinado de Turin perduro ante las adversidades, siendo cada vez mas prospero y bello, mas una sombra se cernía en el norte.
Pues de entre las malignas nubes del norte, por encima de las Drakenfang una monstruosa silueta apareció, bajo un rugido que estremeció las montañas y agito los bosques. Los enanos incluso a kilómetros de distancia escucharon con claridad aquel rugido y aquellos que supieron, interpretarlo no auguraron nada bueno para el reino de Turin el rey, el estruendo de aquel grito fue seguido de un viento huracanado que arranco los arboles y derribo las casas más pequeñas, seguido de oscuridad, pues la nube de las Drakenfang se movía ocultando a una terrible criatura. Los enanos prestos tomaron las armas, con la intención de defender su reino mientras que un segundo rugido, confirmaba el fin, Urub-Turok el inmortal había regresado, pues aunque son muy escasos aquellos dotados de la sabiduría, para entender el dialecto de los dragones, el rey Turin era uno de ellos, pero no estaba dispuesto a entregar la joya Khazûl ahora engarzada en su espada. Cuando la criatura llego al reino enano de Turin, se desvelo su forma, un gigantesco y negro dragón era quien portaba aquella nube de oscuridad tras de sí y sin esfuerzo atravesó las puertas del reino, derribándolas mostrando así una monstruosa fuerza. Los enanos lucharon con valor, tratando de frenar el avance del dragón, pero las armas no conseguían atravesar su dura piel, sus escamas refulgían como brillante metal y sus fauces emanaban gas toxico. -¡Dol-Rhaûr!- Grito el rey, llamándole traidor. -¡Dol-Rhaûr!- Gritaron los enanos, otorgándole un nombre al viejo Urub, el traidor de dios, el homologo de la muerte el señor de la plaga, pues como una enfermedad no hubo quien pudiera detener al dragón, Turin el rey se enfrento cara a cara con el blandiendo una majestuosa espada, la espada del rey llamada Thargrun.
Turin se enfrento al dragón durante tres días y tres noches, hasta que al final, cuando ya no pudo alzar mas su espada Dol-Rhaûr le asesto un golpe fatal con su garra, pero en este encuentro la dureza de los enanos se demostró, Turin falto de fuerzas hizo acopio de su valor, cargo contra el dragón y con firmeza clavo la espada en el pecho de este, justo cuando el cuello termina y el pecho empieza, la criatura se revolvió de dolor mientras Turin poco a poco moría en el suelo, contemplando como el enloquecido ser se revolvía de dolor, tratando de quitarse la espada pero no hubo forma de conseguirlo y con dolor, la bestia se adentro en las profundidades del reino enano, sumergiéndose en la sombra por siempre jamás, llevándose consigo aquello por lo que había luchado, la joya, el tesoro Khazûl. El nombre de Dol-Rhaûr ya no es tan frecuente hoy en día, mas aquellos que han oído la historia, permanecerán con ese nombre grabado para siempre en sus corazones y de, como el coraje del rey Turin, mantuvo la esperanza hasta el final.

Traducido por Olga Kebrain escrito por Marko Elderebril, 1034-1036 D.Z.S

Ilustraciónes del dibujante Ricardo de Sol-Nâhur:



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Días ya habían transcurrido desde, el primer encuentro entre las fuerzas de Khaelos y las de los antropomorfos, el conde y sus huestes, junto con Athan y los hermanos Godrok y Groderick se hallaban de nuevo en el túmulo, al parecer el líder de los cuchillas carmesíes tenia nuevos planes, pero antes deberían tener un reposo aquellos que habían marchado, para derrotar aquella pequeña hueste de imperiales, la heredera do Vandor no tardo en acostumbrarse al túmulo y si, en el momento en que lo vio de sus labios no surgió, palabra alguna víctima del asombro al contemplar este lugar, además de que ella también necesitaba reposar, reponerse del cansancio de haber sido retenida por la inquisidora Alamiss cuyo destino le era incierto y tampoco es que le importara demasiado. Groderick por su parte no demoro en ir con Daggard, para poder quedarse a vivir en el túmulo, ya fuera trabajando o entre las filas del comandante nigromante Khaelos, pero Godrock quien le acompaño, en un momento que se quedara a solas con Daggard, le suplico, le pido de todas las formas que no permitiera que su hermano se uniera a las filas para ser soldado, quería proteger a su hermano a toda costa y ante esta reacción, el soldado de Khaelos no pudo oponerse a los deseos del muchacho. –Pero… dejad que yo sea soldado por el mi señor, os juro que serviré fielmente a Khaelos.- En sus palabras se podía notar que no había mentira, que era su deseo servir al conde nigromante, pero este muchacho carecía de experiencia militar. –Solo quiero proteger a mi hermano y sé que de esta forma, podre hacerlo, por favor permitidme alistarme a las fuerzas del comandante.- Nuevamente el corazón de Daggard se ablando y alisto al muchacho como recluta, mientras que al más joven lo designo a trabajar en los campos, no mostro enfado alguno por la decisión, es más, la acepto con ánimo ferviente, ilusionado por esta nueva oportunidad, un nuevo hogar e incluso alabó a su hermano por alistarse en el ejercito. –Se que lo harás bien hermano, haz que nuestro padre se sienta orgulloso.- Dijo Groderick animando a su hermano.
Días después Khaelos dio órdenes, la libertad tendría un precio y deberían luchar por ella, mientras que Athan nada mas los acompañaría puesto que su hogar les queda de camino hacia la corona de hielo. Así pues el comandante envió también una carta con su águila para Nathrezim, advirtiéndole de que la marcha había comenzado.

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Nathrezim, el cruel antropomorfo que había guiado a sus huestes hasta aquí, se había establecido en un pequeño campamento que antes había pertenecido a la escoria imperial, los terribles engendros del heraldo del fin no encontraron resistencia prácticamente, pues sus cuchillas podían cortar la carne con facilidad, atravesando sus finas armaduras como si fueran de papel, los engendros del heraldo del fin sin duda serian poderosos aliados para Khaelos, si es que su líder se decidía al final a colaborar con él y tal vez inclinaría la balanza a favor del conde y sus aliados, así que recapacito y se sumergió en sus pensamientos, aclarando sus ideas sobre lo que iba a hacer a continuación. Pero mientras él se sumergía en sus pensamientos, sus criaturas tan solo deseaba asolar cuanta vida encontraran a su paso, además de hacerse con todo el botín que pudieran y así se pasaban las horas.
Dos cazadores estaban escudriñando los cadáveres, buscando algo que les pudiera ser útil, desde armas a objetos que les llamaran la atención, tales como joyas o dinero, uno de ellos encontró algo brillante entre las pertenencias de uno, de los cadáveres y lo alzo para verlo mejor, el segundo antropomorfo fue advertido de la presencia de ese objeto, pues un leve rayo de luz se reflejo en este y al verlo, rápidamente se puso en pie. -¡Eh!- Exclamo llamando así la atención del primer cazador, que a primera vista era bastante más pequeño que él y tenia, un aspecto parecido a un jaguar oscuro. –Quiero ese colgante brillante, es mío.- Dijo con malicia, pero el primero no se amedrento y con una voz ronca y seca, como la de su compañero se respondió. –Tendrás que arrancármelo.- Le dijo desafiante y con dos rugidos, una pelea dio lugar, simplemente por conseguir un objeto brillante, aquellos rugidos de bestias encolerizadas no pasarían desapercibidos ni a cien metros a la redonda. Ambas criaturas luchaban con las manos desnudas, valiéndose solo de sus garras y dientes, como si de animales salvajes se trataran, los carroñeros ya incluso merodeaban ese zona de combate, esperando a que alguno de los dos cayera al suelo y poder devorarlo, así iban las cosas en este clan, si uno caía podía darse por muerto y por ello, ambos luchaban como si su vida dependiera de ello, pero entonces alguien entro en escena, uno de los diez, el más grande de ellos al que todos llamaban Grond y casi sin esfuerzo los aparto a ambos haciéndolos caer de bruces al suelo, pero a pesar de ello los carroñeros no osaron interceder, pues inmediatamente se separaron, entonces una voz profunda como el abismo se adueño del lugar. –Si queréis luchar, que sea por una buena razón.- Dijo Grond con maldad para después acercarse al cazador, que portaba el collar y arrancárselo de las manos. –Esto y todo lo que encontréis pertenece a Nathrezim nuestro señor.- Confirmo y fue entonces que el águila enviada por Khaelos, llego hasta el campamento de los antropomorfos con la carta escrita de la mano del conde, advirtiendo que empezaba a movilizar a las tropas y que, confirmara si Dol-Rhaûr y su hueste de engendros lucharían a su lado.

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Karas Gradalon teniente de la fuerza rebelde, marchaba hacia el campamento que tenia al norte, cercano a las Drakenfang, en la cordillera de Dal-Nuhûr, una antigua fortaleza ahora en ruinas, que sirve hoy de refugio para algunos así como de base militar para los rebeldes. Al llegar Karas fue recibido como un héroe, pues la mayoría lego a pensar que había muerto en la última incursión, aunque por suerte solo había sido capturado y ahora, más que nunca Zakhesh precisaba de la ayuda rebelde, Khaelos le había dado órdenes al teniente y este las cumpliría sin rechistar. –Lo siento, pero no tenemos tiempo de celebrar, el comandante Kohlheim precisa de nuestra ayuda.- Explico a los soldados que celebraban su regreso, esto los hizo ‘’despertar’’ de alguna forma, pues sus expresiones de alegría cambiaron inmediatamente, a una actitud serena y de completa disciplina. -¿Cuáles son sus ordenes mi señor?- Pregunto el cabo. –Tenemos que reunir a todas la fuerzas de la rebelión, a todos los renegados, Zakhesh necesita nuestra ayuda.- El cabo asintió. -¡Si señor, movilizaros, quiero que enviéis mensajes a todos los líderes rebeldes!- Pero aun con esas órdenes, el teniente no iba a quedarse quieto y desde luego, no iba a quedar excluido de la misión para reclutar a mas renegados en la causa, para que lucharan por la libertad de su patria, así que en cuanto pudo monto en su caballo y se dispuso a cabalgar en la búsqueda de nuevos aliados. –Quiero que cada semana, se envíe un informe al comandante Kohlheim, dando parte de la situación y de cómo va el reclutamiento, Zakhesh lleva demasiado tiempo bajo el yugo imperial y el momento de alzar nuestras espadas es este.- Dio esta ultima orden a su cabo, el hombre de más confianza de Dal-Nuhûr, entonces cabalgo hacia el sur.

Una semana transcurrió desde que Karas, partió de Dal-Nuhûr y este pequeño intervalo de tiempo, el campamento rebelde de las Drakenfang había pasado de ser un refugio y base militar de cientos, a ser miles. Quinientos hombres armados con espadas y escudos, vistiendo armaduras simples, todos ellos renegados, llamados traidores por los leales al rey, diestros en el combate de guerrilla, fieros en el campo de batalla. A esta hueste también se unieron doscientos arqueros, muchos de ellos no eran más que cazadores, mas su voluntad y su lealtad hacia Zakhesh le fueron suficiente a Karas para permitirles luchar, diestros en el uso del arco, vistiendo corazas de cuero endurecido. Los últimos en unirse a la rebelión fueron quizás los más esperados, eran los llamados Dargos, del clan de los Dargorios, un clan bárbaro que vive en el norte de Zakhesh, todos ellos son jinetes experimentados, diestros en la batalla dirigidos por su líder Targon Tarko, un hombre que a pesar de ser bastante joven, posee un largo historial militar, de cabellos desmarañados oscuros como el tizón, alto como Karas y el único de sus jinetes que monta un enorme lobo huargo, que es el símbolo de los Dargos. Los hombres de Targon decidieron luchar bajo el estandarte de Karas, pues aunque son barbaros Zakhesh es su hogar, su tierra y largo tiempo llevan deseando expulsar a los imperiales y de hecho, sus tierras nunca han sido totalmente invadidas siendo unas de las pocas tierras libres que quedan dentro del reino nigromante. Los jinetes Dargos se componen de trescientos soldados, instruidos en el combate montado, todos ellos son excelentes luchadores tanto en combate con espada, lanza y arco, siendo esta ultima su arma principal durante el combate montado. Obviamente todos estos avances en cuanto al reclutamiento le eran informados a Khaelos, quien siempre debía estar al corriente de el reclutamiento rebelde, pues aunque seguirían haciendo guerrilla, esperarían con ganas la notificación del comandante para ir en su ayuda y unirse a él en la batalla, Karas esperaba que al menos la noticia de que los Dargorios se habían unido a la causa, contentara al conde.

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Athan y Erenimir, junto con Khaelos y Nathrezim quien había, tomado la decisión de aliarse con el conde nigromante, al fin habían llegado a las puertas de la gigantesca fortaleza conocida antaño como la corona de hielo, lugar donde antes residían los reyes de Zakhesh el cual ahora siempre está congelado de ahí su nombre, el clima de este lugar es casi siempre invernal, una fina capa de nieve cubre en esta época del año el suelo y de no ser por la visión, de la gigantesca fortaleza, muchos podrían incluso perderse en este inhóspito lugar. Pero tan solo Khaelos y los que el eligiera entrarían en este lugar.
Mientras tanto y desde la sala del trono, yo esperaba pacientemente la llegada de de mi libertador, aquel por el que había decidido luchar. Mi mirada dirigida hacia la entrada, con ambas manos entrelazadas frente a mi boca, pensando bien que diría a las números preguntas que Khaelos tendría para mi, el último paso para que una rebelión de comienzo en esta tierra, mi hogar, lugar por el que antaño luche contra mis semejantes, lugar por el que hoy empezara una revolución y lejos de querer recuperar mi trono, lo que más deseo en este momento, es expulsar la escoria invasora de el que antaño fuera mi reino…
Las puertas de la sala se abrieron, a la par que mis ojos observando quienes eran aquellos que entrarían a este lugar, lo primero y lo que más me llamo la atención fue la visión, de una criatura, era alta, más alta que yo y que Khaelos podía decir, su aspecto era realmente intimidante, pero si lo había traído aquí es porque el conde tenía cierta confianza con él o eso, me daba a entender, obviamente junto con aquella ‘’bestia’’ entro Khaelos, el hombre que hace tiempo me libero de mi hechizo y por lo cual, eterna será mi gratitud hacia él. Junto a él, entraron dos mujeres, hermosas como un amanecer en otoño, me sería difícil incluso tratar de describirlas y tras de este grupo, varias personas más les seguían, que me resultaba difícil reconocer entre la penumbra del castillo. Hubiera ofrecido un saludo formal, mas decidí guardar silencio esperando a que todos entraran en la sala del trono y aquellos que tuvieran algo que decir, o preguntar lo expusieran en este momento.

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Off:

Bueno al fin mastereo, espero que os guste, en este turno tampoco podemos hacer mucho, pues es moverse y moverse no hay mas, tendremos que esperarnos un poco para empezar con lo divertido de la partida. Bien vayamos por partes (Jack el destripador says)

Como podéis leer Karas ya esta cumpliendo con su trabajo, reclutando cuantos rebeldes puede, esperando la señal de Khaelos entre los recientes aliados y los que Karas ya tenia, suman 1.300 soldados, listos para entrar en batalla cuando precise el comandante xD
También se han unido los Dargos, aquellos que hubierais podido conocerlos, describidlos como querais.
Vamos con las imágenes de PNJ. Haced click en los nombres, puesto que hay imágenes demasiado grandes.
Karas Gradalon.
Targon Tarko
Grond aunque normalmente lleva una túnica, como los Nâzgul.
Godrok

En este proximo turno, podeis hablar entre vostros durante el camino, practicamente hacer lo que querais, pero si quereis poneros peleas ahi ya si que intercedere yo, bueno espero vuestros post y suerte.




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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Nathrezim el Mar Jun 04, 2013 3:52 am

La marcha de los engendros se detuvo al ver a su frente un espectáculo singular, pues al parecer no eran los únicos tras la pista de la inquisidora Imperial. Ante sus ojos se alzaba un campo de batalla singular, pues los Imperiales habían iniciado combate con, al parecer por los rasgos físicos, armas y armaduras y simbología y heráldica, un nada desdeñable ejército zhakheshiano. Aun si sus hombres – por llamarlos de alguna forma – hubiesen preferido infinitamente abrir combate contra todo humano o no que se alzase frente a ellos, no era sabio ni remotamente necesario una enemistad abierta con los hombres de zhakhesh, al menos no de momento. Junto al centauro caótico se encontraba un engendro insectoide, con un exoesqueleto púrpura a modo de armadura natural y alas membranosas, así como dos afilados aguijones a modo de patas delanteras, sin olvidar en absoluto que su tamaño era bastante inferior al del líder del clan. Este antropomorfo era la máxima autoridad dentro del escuadrón de infiltración. “Envía tres parejas al campo de batalla. Que se muevan sigilosamente y encuentren, inmovilicen y sometan a Alamiss Estsea.” - ordenó Nathrezim, con esa voz particular. “En siete minutos tras vuestra marcha, enviaré diez gigantes en pos de servir de refuerzo, y tras ello abriremos en combate el resto.” – su plan era simple. Confiaba en primero observar la reacción de los zhakheshianos respecto a los engendros gigantes. Si abriesen combate contra ellos, ganarían el suficiente tiempo como para retirarse secuestrando a la inquisidora.

Desde su posición, sin embargo, pudo observar como los diez gigantes arrasaban completamente con todo Imperial que se alzaba sobre ellos, pero sin atacar en lo más absoluto a los zhakheshianos. Tras ellos comenzaron a entrar el completo ejército de doscientos engendros, siendo Nathrezim protegido de ataques por los Diez al mismo tiempo que caminaba en busca de Alamiss Estsea. “Mi señor.” – comentó uno de los carroñeros que habían sido enviados como avanzadilla. “Seguidme, hemos capturado a Alamiss Estsea.” – sonó con una voz aguda, para completa satisfacción del centauro. Si la Inquisidora hubiese caído a manos de los zhakheshianos, habría roto cualquier posibilidad de indiferencia entre ellos, y habría permitido que los monstruos arrasasen con todo ser viviente allí. “Guíame hasta ella.” – ordenó, y siguió los pasos del engendro antropomórfico a través de cadáveres y heridos. El fragor de la batalla comenzó a desaparecer a medida que el número de imperiales con vida comenzaba a disminuir. Las órdenes de Nathrezim fueron acatadas, y aun si los monstruos – especialmente los más grandes – preferirían haberse lanzado al ataque, simplemente se contentaban con mirarlos de recelo desde la distancia. El líder no se opuso en absoluto a que los combatientes se reuniesen con su líder, pues centrado estaba en la mujer de cabellos de oro y ojos esmeralda, con sangre en su rostro y suciedad, inmovilizada y herida en una pierna, lo que impedía cualquier intento de ponerse en pie. Allí la tenía, arrodillada a su merced, y entonces el centauro sintió lo más cercano a la felicidad desde que abandonó el encierro en Theezeroth.

Sin embargo, sus pensamientos fueron interrumpidos por el aparente líder de los zhakheshianos, que lejos de mostrar miedo o recelo hacia él o sus hombres, les habló con la misma naturalidad que a cualquier otro hombre. El apellido del hombre en cuestión, Kohlheim, resonó en su mente como vientos de tiempos atrás, pues en sus recuerdos existía un hombre con un apellido semejante. Pero no soltó ni una palabra hasta que Khaelos Kohlheim terminó de hablar. Su cortesía en palabras y en el saludo militar zhakheshiano, que le trajo muchas memorias de los tiempos en que vivía en Zhakhesh logró que el heraldo no se llevase una mala impresión del hombre, aun si la sorpresa no fue poca ante la proposición de una alianza.

Nathrezim era consciente de que aliarse con humanos era tan descabellado como inconsciente, sobre todo ante el conocimiento de la sed de sangre hacia los humanos que tenía la gran mayoría de su clan. Sin embargo, para él era una oportunidad de oro. Si bien no sentía simpatía o patriotismo alguno hacia zhakhesh, su odio estaba en gran parte enfocado hacia los Imperiales, pues eran los causantes directos de su situación actual. “Mi nombre es Nathrezim, líder del clan de los ‘destruyementes’, aquí presentes.” - Respondió con cierta parsimonia a las palabras de Khaelos. “Una alianza es viable, pues mi odio hacia algunos de los Imperiales es más fuerte que el de muchos zhakheshianos unidos, pero no os consideraré aliados sin unas condiciones previas.” – más de uno de los engendros que se encontraban más cerca lanzaron al centauro una mirada de sorpresa, desconciertos y ciertos matices de desacuerdo, pero se tragaron sus palabras en signo de cierta lealtad.

Primero, se me permitirá tener a Alamiss Estsea, sin cuestionar su destino ni lo que le pueda suceder. Segundo, éstos son mis engendros y no estarán sujetos a tu voluntad al igual que tus hombres no estarán sujetos a la mía. El clan de los ‘destruyementes’ actuarán como ejército individual, y solo actuarán en vuestra ayuda si mis órdenes así dictan.” – por supuesto, Nathrezim no era en absoluto idiota, y sabía que como a cualquiera de los zhakheshianos se les ocurriese intentar ordenarle algo a alguno de sus hombres, estos rápidamente romperían cualquier pacto y comenzarían una masacre indiscriminada. “Si vais a iniciar una guerra contra el Imperio, mi clan acudirá en vuestra ayuda, pero me parece prudente que engendros y hombres no pasen tiempo juntos.” – al parecer, el tal Khaelos era suficientemente digno de su nombre para haber llegado a la conclusión de que lo mejor era no mezclarlos, o la alianza podría durar poco. Las despedidas siguieron una vez la alianza fue un hecho, y Kohleim abandonó la compañía de los engendros para perderse más allá de donde Nathrezim quería mirar. Sus ojos se fijaron de nuevo en los de Alamiss Estsea, que compartió con él una mirada de dolor y odio a la vez, pero sin poder esconder miedo a la percepción del presagio de tiempos peores.

Lo cierto es que el desconcierto estaba presente en la mayoría de los engendros que seguían al heraldo, pues las promesas de sangre habían desembocado en una alianza con humanos. Susurraban y rugían, algunos aparentemente molestos y otro conteniendo su contrariedad por el desenvolvimiento de la situación, pero por sus órdenes siguientes Nathrezim no parecía voluntarioso a solventar esa situación en ese momento. “Montad campamento, y llevad a la inquisidora ante mi presencia.” – y así fue. Mientras Kohlheim y su ejército abandonaba la escena, y los carroñeros se encargaban de alimentarse de los cuerpos muertos de los Imperiales, Alamiss fue abandonada en la tienda de mando junto a Nathrezim y un engendo particular. Su cabeza era como la de un cuervo, aun si más grotesca, y su cuerpo era escuálido y pálido, completamente desnudo, y con dos pares de brazos. Unos terminaban en manos idénticas a las de un humano, y otros se replegaban similares a las alas de un cuervo. “Alamiss Estsea… Por tus venas corre la sangre del hombre que me convirtió en el demonio que soy hoy día.” – comentó ante la Inquisidora, que aunque con una férrea actitud, probablemente debía estar aterrada ante la realidad de haber sido capturada por unos seres de apariencia tan salvaje y macabra. “Tú crees en tu Dios, idolatras su figura e impones su existencia sobre los demás, pero al mismo tiempo, al querer crear un rebaño que siga a ese pastor divino, creáis demonios en la tierra más temibles que la furia de los mismísimos Dioses.” – continuó hablando, dejando que la furia y el odio convirtiesen el discurso en uno intimidante. “Sin embargo sé que en tu fe hallarás suficiente resguardo para no perder la cordura.” – y entonces rio con malicia. Salió de la tienda, y ordenó algo muy sencillo.

Ordenó que Alamiss Estsea fuese amarrada a un poste, atada fuertemente de pies, manos, cuello y frente en medio del campamento. Un chorro de agua continuo caería en su cabeza, suficiente como para que le fuese incómodo respirar o abrir la boca, intentar hablar o abrir los ojos, pues el agua se colaría por todo su rostro. El gélido líquido resbalaría, destemplándola. Quizás pareciera una tortura poco violenta, pero más que eso, era una tortura paciente. Una vez todo eso fue hecho por parte de los engendros, Nathrezim se acercó a ella. Su cuerpo temblaba por el frío del líquido empapando su ropa, pues ya estaba desprovista de armadura y todo lo que llevaba menos una pieza de tela que más que una inquisidora o una mujer prácticamente santa, ahora parecía poco más que una furcia de barrios bajos. “Sé que rezaréis, primero por vuestra salvación, y luego lo haréis para que la piedad de ese Dios se traduzca en muerte, pero pronto os daréis cuenta de que todo lo que habéis hecho en vida es inútil, que vuestras plegarias en el momento que más lo necesitáis son ignoradas, que nada detendrá las frías gotas que os dan la sensación de ahogo, y pronto dejaréis de rezar y suplicar a los Dioses, y os arrastraréis hasta los pies de los demonios, hasta mis pies, para que cese el suplicio.” – mientras intentaba responder, ahora con furia y todo lo que salía de su boca era un gorgoteo desagradable, Alamiss Estsea aún no había perdido fe en lo que creía correcto, en lo que creía verdad.

Pero los minutos comenzaron a pasar, y luego las horas, y los días, y el agua jamás dejaba de caer, incesante, llevando a la pobre mujer, ahora con fiebre e hipotermia a la locura. Ahora ya rezaba en voz alta en el medio del campamento, ante las burlas y vejaciones verbales de los engendros, que sin embargo tenían estrictamente prohibido tocarla ni una sola vez, bajo pena de muerte absoluta. Ella oía las burlas, pero ahora ya no eran más que un eco en su mente, mientras sus rezos eran sistemáticos, como un disco rayado. Cuando ya no había cordura en ella, el heraldo del fin se personó. “Puedo detener el agua, pero entonces estaréis sometiéndoos a mi voluntad, aceptando el hecho de que vuestro Dios os ha abandonado a merced de lo más parecido a demonios que encontraréis en vida, y aceptando asimismo el hecho de que estáis pidiéndonos piedad.” – la voz quebrada de la mujer sonó tras el chorro de agua. “Por Dios… Por favor… Soltadme…” – pidió, suplicando. Una enorme satisfacción llenó el terrible ente que era Nathrezim, que rápidamente ordenó que detuviesen el agua. La mujer, ante ello, soltó un suspiro enorme, pero no pudo hacer nada antes de que el heraldo continuase su charla. “Ahora, habéis aceptado que abandonáis la creencia de vuestro Dios. Ahora os voy a matar, y si habéis aceptado el hecho anteriormente mencionado, sabréis que nada os espera más allá, que todo lo que habéis hecho en vida, a todos los que habéis esclavizado y asesinado, o transformado en monstruos como yo ha sido en vano, que ningún Dios os va a premiar con una vida mejor en el más allá. Pero lo que es peor, si ese Dios realmente existe, y es consciente de que habéis abandonado sus creencias, que habéis suplicado a seres como yo mismo por vuestra vida antes que por sus ideales, que no habéis suplicado por muerte si no por vida bajo mi sometimiento, ¿acaso creéis que os permitirá un lugar a su lado?” – y entonces, rio de forma macabra, disfrutando del gesto de angustia que aparecía en el rostro de la mujer, que no era ya ni una sombra de lo que fue. “Nada de lo que habéis hecho en vida os llevará a un lugar mejor.” – entonces, ambos compartieron una mirada. “Caeréis ante Nathrezim, el presagio de tiempos peores, el heraldo de la muerte, un ser mucho más cruel que la misma parca, alguien que no os permitirá una vida mejor en el más allá. Desapareced.” – y entonces, un cuchillo proveniente de un engendro similar a una pantera rajó la garganta de la mujer, chorreando sangre y salpicando incluso la coraza de obsidiana de Nathrezim. Y entonces, los ‘destruyementes’ presenciaron otro de los motivos por los que temían al destructor obsidiana.

Del cuerpo muerto de la mujer comenzó a salir una neblina verdosa y de aspecto etéreo, y comenzó a flotar en dirección a la boca de Nathrezim, que comenzó a absorber el humo aguamarina. Irónicamente, Nathrezim no había mentido a la hora de decirle aquello. Él era desconocedor de la existencia del tan alabado Dios único, pero era cierto de que él era capaz de absorber las almas de los seres, y también era consciente de que haciendo tal cosa, estaba influenciando directamente en el ciclo natural de las cosas, en el que la muerte era la que cosechaba las almas de la gente, permitiéndoles un lugar mejor en el más allá, y en cambio serían torturados en un limbo de nada, dentro del propio cuerpo del destructor obsidiana, donde nada bueno espera a sus consciencias.

Nos has matado…” – una voz resonó en la estancia. “Nosotros éramos de los tuyos, y nos abandonaste.” – comentó otra. “Shaza-kiel!” “Shaza-kiel!” “Shaza-kiel!” – Las voces rebotaban en eco por todo el lugar. Las paredes tenían innumerables rayas, cada una por un día en aquel lugar. La sangre seca decoraba algunas esquinas. En el centro de la sala se encontraba un ser horrible. No podía considerarse humano bajo ningún concepto. Su mente era un frenesí de imágenes, y de su boca salía una sustancia carmesí que goteaba por su cuerpo cubierto por la coraza de obsidiana. “No podemos descansar.” – las voces no callaban, jamás lo hacían. “No te dejaremos descansar.” – o podía dejar de escucharlo, una y otra vez. Nunca dejaban de torturarlo.

Silencio.” – comentó el monstruo. “Dadme silencio, y todos los que me hicieron abandonaros sentirán en sus carnes el castigo.” – la coraza negra no le permitía sonreír, ni llorar. La coraza negra no le permitía comer, ni beber, ni morir. La coraza negra siempre le hacía sentir tristeza, y felicidad. La coraza negra siempre le hacía sentir hambre, y sed, y sueño eterno. No se podía mover, al hacerlo la coraza negra carcomía su carne, y sus huesos, y sus órganos. Sentía como si humo llenase sus pulmones, y sus ojos escocer. Parecía que cada vez que respiraba sus fosas nasales ardían, y como si su saliva fuese corrosiva en su boca.


El águila de Khaelos cruzó los cielos en busca del líder de los antropomorfos, portando su misiva con estoicidad. De pronto, Grond, el más grande de los Diez interrumpió la tranquilidad relativa del engendro. “Mi señor, lamento interrumpiros.” – la voz del más grande era aún más profunda y aterradora que la del mismísimo líder. “Ha llegado esta carta traída por un águila. Sospecho que es del hombre que encontrasteis el otro día.” – sus enormes manos entregaron la carta, la cual con cierta torpeza Nathrezim tomó y abrió.

Para el líder de los destruyementes Nathrezim, aliado de Zhakhesh.

Tras nuestro último encuentro y trato de palabra sobre una alianza entre nuestras fuerzas, os informo de que el momento ha llegado. Pronto, daremos nuestros primeros pasos para la liberación de nuestro pueblo, por lo que pedimos tu asistencia en tan importante evento. Dentro de X días, mis hombres y yo pasaremos en tu búsqueda. Si es que aun crees conveniente mantener nuestra alianza, espero que estéis preparados para partir con nosotros.

Cordialmente,
Khaelos Kohlheim, conde de Zhakhesh.

Mi señor…” – comenzó a hablar. “… He de informaros que desde el encuentro con esos humanos, los ánimos están muy caldeados entre los nuestros.” – informó, intentando no sonar irreverente. “Era de esperar.” – suspiró con resignación. “Reúnelos a todos, voy a explicarles la situación.” – ordenó. Grond asintió, y salió. Su poderosa voz comenzó a inundar el campamento, transmitiendo las órdenes del heraldo. Pasaron varios minutos antes de que saliese, y fuese mirado por sus tropas de forma expectante.

Destruyementes, mis seguidores, mis engendros. Mis promesas de sangre y muerte no han sido olvidadas, pero para conseguirlas hemos de aliarnos con humanos.” – dijo. Los susurros de incredulidad y gruñidos inundaron el lugar. Aunque unos pocos intentaban calmar los ánimos, lo cierto es que les resultaba imposible. “¡¡SOMOS DEMONIOS!! ¡Odiamos a los humanos por encima de todo, odiamos a cualquiera que sea feliz aun a sabiendas de nuestro suplicio, y les haremos pagar a todos y cada uno! ¡Pero necesitamos poder, necesitamos aliados! ¡Vosotros decidisteis seguirme, y vosotros podéis decidir abandonarme! ¡Podéis desaparecer de mi vista, y podéis ir y podéis ir y saquear uno o dos poblados, hasta que los soldados Imperiales o Zhakheshianos vengan y os den muerte, o podéis seguirme, podéis acompañarme y cercenar las cabezas de cientos de soldados, aterrorizarlos, ver sus rostros cuando nos vean acercándonos en el horizonte! ¡Huid, convertiros en bestias sedientas de sangre o acompañadme y convertíos en demonios!” – el silencio los inundó, algunos dudaban aun, otros comenzaban a estar ansiosos. “Algunos de vosotros alguna vez conoció el campo de batalla. Si queréis masacre, seguidme.” – aunque era un monstruo, una abominación, en aquel momento parecía un líder nato, capaz de todo por cumplir sus objetivos.

Los días restantes hasta el arribo de Khaelos pasaron todo lo tranquilos que podían. El día de la fecha, cuando el sol apenas llegaba al mediodía, la noticia de la llegada de las tropas de Khaelos Kohlheim llegó a los oídos de Nathrezim. Los engendros estaban preparados para la marcha, pero antes que nada su líder cabalgó hasta el comandante de las tropas humanas. “Vuestra carta no fue específica en absoluto. ¿A dónde nos dirigimos, Kohlheim?” – preguntó, mirando al conde. “Está bien, pero he de decir que mis tropas deberían pasar el menor tiempo posible con las vuestras.” – suspiró. Su tono de voz no dejaba entrever ninguna emoción, ni preocupación. “Podemos marchar juntos, pero a la hora de dejarlos solos, recomendaría acampar en lugares separados.” – sugirió.

Las huestes de Nathrezim marchaban tras las de Khaelos Kohlheim. Hacía muchísimo tiempo que el engendro líder no veía un ejército tan grande, más de 5000 hombres del conde marchaban ese día hacia el lugar donde Amon, antiguo heredero al trono, reposaba y al parecer esperaba con paciencia al conde. Los días se sucedían con pocos incidentes, hasta que uno de los diez se acercó hasta su comandante. “Mi señor, quiero informaros que entre los nuestros ha habido comentarios y tentaciones para atacar a los humanos que nos acompañan.” – Nathrezim bufó con resignación. “En el próximo descanso, hablaré con Kohlheim. Nos vamos a adelantar.” – dijo, para que el otro engendro de nuevo se perdiese en el grueso de las tropas de engendros.

Cuando se detuvieron para dejar descansar a hombres y bestias, Nathrezim cabalgó hasta donde se encontraba Khaelos Kohlheim, no sin levantar miradas de desconfianza y oír el apodo ‘Dol-Rhaûr’ una y otra vez. “Kohlheim, mis hombres y yo nos adelantaremos.” – dijo, sin espacio a ser cuestionado, pues al fin y al cabo había dejado claro que en ningún momento estaban sometidos a órdenes del conde nigromante, y los movimientos de los engendros estaban únicamente ligados a la voluntad de Nathrezim. Pronto aprestaron la marcha y los engendros se separaron de los hombres. Cuando ganaron suficiente distancia, Nathrezim paró unos segundos. “¡Engendros, os di la oportunidad de elegir! Vosotros decidisteis seguirme, y por tanto acatar mi voluntad. No perdonaré que desobedezcáis ahora mi voluntad, aun si tengo que arrasar con cada uno de vosotros en el proceso. Todo aquel que vaya en contra de mis órdenes, quedará bajo pena de muerte y sus almas como mi sustento. Ninguno de vosotros sois imprescindibles, y por ello no me importará que caigáis en manos de los hombres de Zhakhesh si eso apresta conseguir mis objetivos. Sin embargo, si me obedecéis ninguno caerá. ¡Decidid, conseguir la sangre de los humanos a mis órdenes o empaparos de la vuestra propia si me traicionáis!” – dijo, para volver a marchar en presteza. Nathrezim sabía que la sed de sangre de los suyos era muy superior a su recelo de los humanos. Y sabía que temían el simple nombre de Nathrezim tanto como les fascinaba.

Con el tiempo la nieve comenzaba a hacerse presente bajo las patas de los engendros, como dando la bienvenida al lugar donde Amon los esperaba. La Corona de Hielo comenzaba a aparecer como una efigie en el horizonte, como una premonición de la liberación de Zhakhesh, y lo que era más importante para el líder de los destruyementes, el primer paso para su venganza, para acabar con cualquier trazo de aquellos que lo confinaron a una vida tras una coraza negra, en un cuerpo ajeno, en una tortura constante, en un dolor incesante.
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Athan Lor el Miér Jun 12, 2013 3:22 am

Sus ojos se entrecerraron mientras los últimos vestigios de la batalla se extinguían, pasando a formar parte del mero recuerdo. La sorpresa por la presencia de los engendros se perdía ante en entramado de pensamientos que se iba formando en su mente. En el fondo de sus parpados, las luces dibujaban fugaces figuras, que parecían danzar junto a sus intensas sensaciones, las cuales se iban acrecentando a medida que las voces se acercaban. Al fin los prisioneros de los imperiales estaban siendo liberados, aquellos pobres tenebres iban a poder regresar a sus respectivas vidas, intentando aprovechar los breves instantes de paz que lograban obtener bajo el yugo de la bandera blanca. La cabeza de Athan se movió, contrariada. Miles de sentimientos encontrados anidaban en su ser, junto a grandes preguntas que se sentía incapaz de responder, aun con la determinación que había tomado anteriormente, la cual había declarado solemnemente ante Karas, el teniente que se había visto arrastrado por su yegua. ¿Qué iba a ser de ella a partir de ese momento? ¿La querrían entre sus filas aquellos vencedores? ¿Querría ella compartir esa senda? ¿Qué tenía ella realmente en contra de los Imperiales? Su familia no se había visto especialmente tocada por tales especímenes, pero, a pesar de ello, no podía evitar sentir una cierta responsabilidad para con los suyos, los de su raza. Después de todo, llevaba años dedicada a ayudar a los demás, olvidándose completamente de su hogar y de los problemas que se desarrollaban en él, ¿No merecían acaso su colaboración? Incomoda, movió de nuevo la cabeza.

Fue entonces cuando escucho una voz que le causo una extraña sensación en su ser. Esta era fuerte, se elevaba por encima de las demás, era obvio que tenía un papel destacado. Un sonido que resonaba por el lugar, el cual le resultaba completamente desconocido, y a la misma vez, profundamente familiar, como si se tratara de un primo lejano con el que se vuelve a tener contacto, tras décadas de silencio. Solo que con el añadido de que este parecía formar parte de sus recuerdos de juventud, en los que la vida se veía teñida de un color completamente distinto al de estos tiempos oscuros, envueltos por los pasillos de la Academia Negra, y la agradable compañía de sus hermanos. Lentamente abrió los ojos, sintiendo como un temor sordo crecía en sus entrañas, al observar aquella imponente figura, de cabellos blancos y mirada tan carmesí como sus propios cabellos, se acercaba hasta donde ella se encontraba, para abrazarse con el teniente Karas, saludándolo con enorme efusividad. Era obvio que se conocían. Y no era una imagen nada extraña, no para Athan, la cual no dudo ni un instante de ante quien se encontraba- Khaelos… Khaelos Kohlheim

Aquel nombre resonaba por todo el largo y ancho de Noreth, en cualquier taberna, a la hora más arbitraria, se podían encontrar comensales admirando sus hazañas, las cuales hacía años que no cesaban de aumentar, creando un renombre que perduraría por los tiempos, de eso la tenebre estaba segura. Pero para Athan era algo muy distinto, era un reflejo de los buenos tiempos, el colega de sus hermanos más mayores, con el que realizaban sus fechorías, montaban sus festines, relataban sus dramas amorosos, y contaban en sus horas oscuras. Un amigo, un buen amigo, con el que, poco antes de que la desgracia se los llevara, también compartieron espadas en batalla. Dudaba que él fuera a recordarla, dado que nunca habían cruzado palabra, y hacia casi una década que su familia había caído en el olvido, mas no por ello pudo evitar sentir el temor a los reproches, a ser juzgada por su marcha, por su abandono a la tierra que ese ser, justamente ese ser, amaba con tanta fiereza, hasta el punto de darlo absolutamente todo por su liberación. Con cierto temor, aparto la mirada de su rostro, mientras el saludo entre el teniente y Khaelos finalizaba.

Las palabras de Khaelos, sin embargo, la alteraron con más profundidad que el peor de los reproches. ¿Un honor? ¿Era un honor tener a una persona que había huido de su hogar durante tantos años? ¿Qué llevaba gran parte de su vida huyendo? Athan dudaba mucho de que eso fuera cierto. Mas decidió no decir nada al respecto, mientras un sorprendente deseo de hacer que lo fuera crecía en su interior, no por un oscuro deseo de gloria o fama, sino simplemente porque significaría que había logrado aportar algo a la tierra que se lo había dado todo, una familia, conocimientos, y hasta su propia persona, con todos sus rasgos. Sorprendida consigo misma, se apartó el cabello del rostro y respondió, en un tono calmado, clavando la mirada en su interlocutor:

- Creedme, lord Kohlheim, el honor es mío. Y aunque no negare que reticencias al respecto no me faltan, por el momento acepto que compartamos nuestra senda, con el deseo de aportar algo a vuestra causa, por pequeña que sea mi colaboración, espero poder hacer algo por los nuestros, demasiado tiempo he pasado lejos de su sombra, algo debo hacer - las últimas palabras las pronunció casi para sí misma, apartando ligeramente la mirada del rostro del tenebre que tenía delante, pero, finalmente, volvió a elevarla y le dirigió una cortes sonrisa. Luego se despidió de Karas, con aprecio, agradeciendo su ayuda en todo ese tiempo, y sus palabras referentes a Khaelos, aunque no fueran necesarias. Esperaba volver a verlo, sinceramente.

Las horas avanzaban deprisa, acompañadas por el leve sonido de los pasos de Nocturna, los cuales, por una vez, resonaban a su espalda, en lugar de entre sus piernas. Curiosa imagen aquella, mas con un buen motivo se sucedía. El animal cargaba con una pequeña niña de ojos azules y cabellos carmesíes, la cual era abrazada por una mujer de mediana edad, de cabellos plateados y las mismas pupilas. Una vez Athan se integró en la actividad del ejército de Khaelos, y comprendió cuál era su propósito respecto a estas gentes, no pudo más que ofrecer a su propia yegua para colaborar en el transporte de aquellas personas, tan débiles a causa del transcurso del viaje junto a los imperiales. No le resultaba agradable ver cómo era montada por otras personas- Excepto una vez - más la ocasión lo ameritaba, necesitaban llegar en forma a su destino, y la tenebre estaba tan cansada de montar, que andar por aquella inhóspita tierra le resultaba infinitamente más agradable. El animal, como siempre hacia, volvió a demostrar su buen talante, un carácter amigable y tranquilo, que resultaba admirable, al menos para Athan. Pero el pensar en la bondad de su yegua no hacía más que avivar recuerdos que no deseaba rememorar, con lo cual, decidió ignorar al máximo cualquier pensamiento de esa índole, mientras el camino seguía adelante bajo sus pies.

Al llegar la noche, se ofreció cobijo a los civiles, al igual que a Athan, la cual recibió una pequeña tienda, y algo de comer, una acogida más que suficiente para la pelirroja. Pero la oscuridad, como tantas otras veces en su vida, le negó el descanso, condenándola a removerse en su catre improvisado, intentando esquivar las voces de sus antepasados, que la atacaban sin tregua, fundiendo el recuerdo con el paso de los espíritus por su conciencia, más virulentos ahora que se encontraba de nuevo en la tierra de los tenebres. Aquello provocó que la persona que la despertó para ponerse en marcha, bajo la orden del mismo Khaelos, la encontrará más cansada que al acostarse. Pero Athan no se amilano. Con raudos movimientos, se remojo el rostro con agua fría, y volvió a peinar sus cabellos, todo ello con intención de alejar al agotamiento de sus rasgos. Al cabo de poco tiempo volvió a encontrarse como anteriormente, con Nocturna a sus espaldas, cargada con aquellas dos figuras femeninas, visiblemente cansadas, mas con una nueva alegría reflejada en su rostro. Y así sus pasos las fueron acercando hasta su primer objetivo.

La relación con Khaelos mejoraba con el paso de los días. Sus charlas en el camino fluían como el agua en el lecho del rio, sin que nada ni nadie pudiera afectar a su desarrollo. La mayor parte del tiempo se dedicaban a hablar del estado en el que se encontraba Zhakhesh, dado que el desconocimiento de Athan, aun con la relación que había mantenido durante todo ese tiempo con su castellano, era bastante grande, todo lo que sabía resultaba ser, o demasiado general, o muy concreto, dado que había sido informada sobre todo de las cosas que únicamente afectaban a las personas que trabajaban para ella, cosa que, si bien se podía extrapolar a toda la situación de la tierra negra, seguía resultando una información insuficiente. Por ello, el tenebre se explayo contándole con detalle como estaban las cosas, las cuales, ciertamente, tal y como le había afirmado al liberarla de los imperiales, parecían haber llegado a un extremo bastante desesperado. A pesar de que el tema daba para muchas horas de intensas conversaciones, lo cierto es que, muchas veces, de manera completamente inevitable, terminaban desviándose a temas nada agradables para Athan, como los recuerdos de la Academia o de la época en la que estuvo viviendo en Zhakhesh, momento en el cual la pelirroja se retraía en sí misma, mostrando signos de incomodidad bastante claros. Ese era el motivo por el que, en ciertos momentos, Khaelos parecía verse obligado a volver a convencerla de su papel en aquel ejército, dado que parecía que en cualquier momento iba a volver a escapar de la tierra tenebre, y esta vez difícilmente regresaría. Por el momento, evitaba cualquier tema que resultara complejo, desde su relación con los espíritus hasta lo ocurrido en su propio hogar.

La llegada al Túmulo, junto al poderoso discurso de Khaelos, encegó el corazón de Athan de una alegría inusitada. Era imposible imaginar que en una tierra tan árida, pudiera existir lugar que albergara tanta belleza, convirtiendo aquel rincón en un sitio completamente fuera de lugar en el entorno, sino fuera porque en el exterior seguía bastante integrado en el ambiente, plagado de campos y pequeñas casas repartidas, que poco decían de la vida que albergaba la montaña que a pocos metros se alzaba. Ni tan siquiera sus muros podían considerarse una verdadera pista, dado que parecían nacer de la misma tierra. Y aunque el más poderoso de los ejércitos atravesara sus puertas, y se adentrará en el montículo que se encontraba en su interior, tampoco comprendería lo que se escondían tras aquellas casas, sumamente ordenadas y aferradas a la misma piedra, cuya visión desde la distancia resultaba del todo imposible. Un entorno hermoso, sin lugar a dudas, pero ante todo, sumamente inteligente, tanto que Athan fue incapaz de comprender los motivos por los cuales despertaba tal admiración hasta que, finalmente, guiada por Khaelos, atravesaron la entrada que conducía hasta sus entrañas, la verdadera cara del Túmulo: La ciudad subterránea.

La joya de la corona, el lugar más preciado, un espacio invisible donde se escondía la más grande de las armas con las que contaba Zhakhesh en aquellos momentos, y más importante todavía, un lugar completamente desconocido para las tropas del Imperio, las cuales vagaban por la tierra negra como si de ciegos se trataran, algo nada sorprendente para Athan, la cual miraba a su alrededor, completamente admirada. Era una ciudad, completa, con todos sus detalles, iluminada por antorchas y por la luz exterior, la cual penetraba a través de unas preciosas vidrieras, creando cálidos juegos de luz, que parecían dar la bienvenida a sus habitantes con una sonrisa. Las contrucciones le resultaban desconocidas a Athan, quien supuso que habían sido construidas por seres de razas que le eran ajenas, mas no por ello dejó de admirarlas, así como sus jardines, y su organización, la cual aprovechaba hasta el más mínimo espacio, dando cabida una gran cantidad de seres, probablemente mayor de la que pudiera imaginar en aquel instante. Del mismo modo admiro la belleza de la torre del mago y la fortaleza, sintiéndose por primera vez en su vida transportada a otro mundo, completamente alejado de lo que había conocido hasta el momento.

Sin poder evitarlo, en el momento en el que finalizaba la visita guiada, se acercó al que empezaba a considerar su amigo, Khaelos, y le dijo, con voz firme: Habéis conseguido que no solo vuestras palabras llenen de orgullo y esperanza mi corazón, sino también este lugar, este preciado lugar, que se une a vuestro discurso con la misma fuerza. Se trata de un pedazo de paraíso para todos aquellos tenebres que, por la tiranía de los imperiales, han perdido su hogar. La verdadera alma de Zhakhesh, dado que es en este lugar donde se encuentran, de verdad, las personas que aman esta tierra y harán de ella un lugar mejor. Es absolutamente maravilloso. - con una sonrisa, le hizo un leve gesto de admiración con la cabeza. Aunque la alegría inicial empezaba a apagarse, devolviendo a la tenebre a la congoja que la había acompañado todos estos días, y que nada parecía poder borrarla. Conteniendo un suspiro, siguió los pasos de su colega, hasta el lugar donde les servirían la cena. Allí, fingiendo una felicidad que, realmente, no se sentía capaz de sentir, no como debería, conoció a sus soldados, admirando la buena relación que mantenía con ellos, en especial con sus oficiales, con los cuales parecía tener un gran nivel de confianza y compañerismo, algo muy beneficioso para el ejército en su opinión.

Por desgracia, su mente se encontraba demasiado embotada para recordar todos sus nombres, mas sus originales vestimentas, junto a sus portentosos físicos, casi todos marcados por la constante vida a la intemperie y en batalla, se gravaron a fuego en su retina. Ese era el destino que estaba eligiendo. En sus ojos todavía danzaba la épica imagen que se había formado durante el discurso de Khaelos, lleno de fuerza, y a todas aquellas personas apoyando sus palabras con gritos de júbilo, ¿Eran realmente conscientes de todo lo que implicaba aquella guerra? Sus cicatrices hablaban por ellos. ¿Lo era Athan? Eso no estaba tan claro. Conteniendo un suspiro, se levantó de la mesa y siguió los pasos de su amigo, quien, finalmente, la guio hasta el lugar que sería su cuarto esa noche, un lugar practico y confortable, con el que contaban todos los habitantes del lugar, sin distinción, detalle que hizo sonreír a la pelirroja. Lo único que tenía de especial era una ventana, con vidrieras, en un costado, cosa que Athan había pedido expresamente para poder ver en qué momento de la noche se encontraba. Agradecida, le dio las buenas noches a Khaelos y atravesó la entrada.

El sonido de la puerta al cerrarse provocó, finalmente, que su cuerpo de deshiciera en pedazos, resbalando hasta el suelo pesadamente. Con el cuerpo encogido, se abrazó a sus piernas y suspiro. Al fin sola. La congoja se abalanzó sobre ella, como un enemigo que alcanza su objetivo, arrancándole el aliento y las fuerzas para continuar. El cansancio de los días de viaje se hacía presente en cada fibra de su ser. Las noches nunca la habían favorecido, mas en Zhakhesh se habían convertido en un verdadero infierno, una tortura sin fin que la dejaba exhausta. Los espíritus que rozaban su conciencia de manera más continuada de lo normal, mas no era este aumento el que le provocaba esta desazón, sino los miles de recuerdos que se entremezclaban con ellos, formando una maraña de sensaciones que conquistaba su razón y la apartaba del descanso, llegando a su momento culminante cuando la voz de su padre atravesaba sus defensas.

Un triste suspiro salió de entre sus labios, mientras observaba su alrededor con desanimo, manteniendo la cabeza apoyada en sus rodillas. Necesitaba reposar. Lo sabía, era algo completamente imprescindible para poder seguir aquella senda. Sabía que podía pedir ayuda a Khaelos, que podía contar con él, y desahogar sus pesares en su persona. Algo le decía que sería capaz de comprenderla, mas, otra voz, menos halagüeña, le recordaba que era muy posible que la tomara por loca y la juzgara de la peor manera posible, algo para lo que Athan no se sentía preparada en absoluto. La compañía del tenebre le resultaba demasiado agradable como para arriesgarla de ese modo. El mero hecho de imaginar su mirada de desprecio ante su cobardía, le provocaba escalofríos. Aquella conversación no era una opción, no por el momento. Con la mirada fija en las austeras paredes, se dio cuenta de que quedándose quieta tampoco iba a conseguir una solución, de modo que, con un enorme esfuerzo, se obligó a ponerse en pie.

La cómoda cama parecía llamarla a gritos, pero sabía que su mente no colaboraría en ello, de modo que se alejó sin dedicarle más que una penosa mirada. El caos de su mente en esos instantes era tal, que no se dio cuenta de que sus pasos cruzaban la estancia, hasta que sus ojos no se toparon con la humeante bañera privada con la que contaba el cuarto. El lugar donde se encontraba era cálido, a causa del vapor que llenaba la pequeña habitación, envolviéndola de una leve niebla, muy acogedora. Al verla detenidamente, un fugaz pensamiento cruzó la conciencia de la tenebre: Quizá un baño relajante fuera todo lo que necesitara, al fin y al cabo, era imposible que bajo aquella agua, algún musculo de su cuerpo pudiera mantener su nivel de tensión. Una mueca de duda se dibujó en su rostro, mas no tenía ningún motivo para objetar esa idea, de modo que, volvió a la estancia anterior, se quitó la ropa, y una vez desnuda, rehízo su camino y se metió en la bañera.

Su cuerpo se contrajo al sentir el enorme calor en su fina piel, algo delicada ante los cambios de temperatura, mas con el paso de los segundos, la fuerza de la relajación fue venciendo sus resistencias, acostumbrándose a esa sensación de calidez. Sus ojos se entrecerraron y su cuerpo floto levemente en el agua, mientras rozaba con los pies el fondo de la bañera. Una sonrisa de placer se dibujó en sus labios, feliz de haber conseguido, finalmente, su preciado sosiego. Pero, justo en el momento en que se sentía más segura de su victoria, una cruda imagen cruzó por su mente, devolviéndola a la realidad: El último adiós de su padre se dibujó en el fondo de sus parpados. La rigidez volvió a instalarse en su cuerpo por medio de un fuerte espasmos, mientras una lágrima de desesperación resbalaba por su rostro. No lo iba a conseguir. Era inútil que intentara hacer nada más, era imposible. No podía beber alcohol, ni siquiera contaba con una triste botella, y aunque lo hiciera, echaría a perder una misión que era muy superior a sus propias necesidades. No tenía ninguna arma con la que defenderse de su propia mente.

De nuevo, la desazón que había sentido al entrar en la estancia volvía a apoderarse de su ser, haciendo que volviera a abrazarse a sí misma bajo el agua, encogiendo sus rodillas hasta que uno de sus pies rozó su entrepierna. Repentinamente se escapó de entre sus labios un suspiro, y un escalofrío recorrió todo su ser. Turbada por el suceso, acechó su alrededor, como si esperaba que en cualquier momento fuera a aparecer un observador de la nada, mas todo seguía exactamente igual de tranquilo. Frunciendo el ceño, volvió a recostarse como anteriormente y cerró los ojos, dejándose llevar por el calor del agua. Un tentador deseo empezó a formarse en su mente, mientras su cuerpo parecía fundirse en el entorno, sensibilizando su piel a medida que esa idea tomaba cuerpo en sus pensamientos. Su mirada se volvió borrosa, y una parte algo abstracta de su mente tomo el mando de la situación, antes de que fuera capaz de reprimir sus emociones, como si su mente hubiera decidido por ella cual iba a ser la solución a sus problemas.

Sus manos recorrieron aquel conocido camino, abierto por otras que no eran las suyas, mientras su mente se perdía en un mar de sensaciones, a cada instante más intensas. Su respiración se aceleraba, y los latidos de su corazón se volvían punzantes a sus oídos, mientras su piel se erizaba al ritmo de emociones. El placer se fundía con los recuerdos. Recuerdos de aquellas manos moldeando su cuerpo, convirtiéndola en algo nuevo, en una antorcha ardiente, sedienta de deseos que creía no poseer, mientras su cuerpo se deshacía entre sus brazos. Su cuerpo entero latía bajo aquellas aguas que, extrañamente, se iban volviendo más frías, mientras un frenesí conquistaba su pensamiento, obcecado con llegar a su ansiado final, mientras el recuerdo de aquellos ojos mirándola con deseo terminaba de agotar sus últimas barreras, obligándola a perderse, haciendo arder hasta el último centímetro de su ser, arrancándole hasta el último de sus suspiros, hasta que, finalmente, sus miembros se tensaron, hechos de puro instinto, y se perdieron en su clímax, arrastrándola hasta un profundo agotamiento, que la hizo flotar en las cálidas aguas.

La mañana la encontró con la frente empapada de un sudor frío, mientras las suaves sabanas de su cama, en aquel cuarto del Túmulo, la envolvían por completo. Con un movimiento vago se apartó los cabellos del rostro, y se obligó a incorporarse levemente de la cama. Según la luz de las vidrieras, todavía no había amanecido. Con un suspiro, se aposentó en el catre, y se llevó las manos al rostro, mientras los recuerdos de la noche volvían a su memoria. Se sentía descansada, como hacía mucho tiempo que no se sentía, nuevas fuerzas vibraban en su ser, con energías renovadas. Apenas recordaba cómo había salido del baño, para arrastrase a la cama y caer derrotada entre las telas de la cama, tapándose sin cuidado alguno. El sueño la había atrapado con sus garras como solo podía hacerlo en aquel tipo de situaciones, como las que había vivido junto aquel de piel morena, que tanto resaltaba junto a la suya.

Un gruñido escapo de sus labios mientras observaba su blanca piel asomando bajo las sabanas, al igual que los recuerdos cruzando el umbral de su conciencia. No. No debía pensar en ello. Demasiadas cosas tenía en mente, no iba a poder resistirlo- La tristeza debe limitarse, como la infección de la herida debe atajarse - como decía siempre su padre, mas se sentía incapaz de frenar los pasos de aquel entramado de pensamientos. No pudo evitar rememorar aquellas manos estrechándola, haciendo que el infierno de pesadillas donde su mente se había visto perdida, desapareciera en la nada. Su fuerza uniéndose a su delicadeza, creando nuevas danzas en sus respectivos seres. El sentir sus latidos bajo sus dedos, y muchas otras cosas…

- ¡¡NO!! - gritó, lanzando su almohada al otro extremo de la habitación. Los latidos de su corazón se aceleraron ante aquellas imágenes mentales, mientras, con fiereza, encogía las piernas y hundía sus manos en sus cabellos- Basta, basta, no más, por favor - su respiración seguía un ritmo vertiginoso, mientras su cuerpo se tensaba de un modo mucho menos agradable que la noche anterior. Sus ojos se dirigieron momentáneamente a las vidrieras, para observar como las primeras luces empezaban a asomar. No tenía tiempo para esos menesteres. Con fuerza cerró los ojos y se obligó a recuperar el control sobre su cuerpo y mente, recuperando el ritmo adecuado de respiración, y apaciguando sus pensamientos. Debía centrarse en el cometido que tenía por delante, sus necesidades quedaban en un segundo plano. Ahora lo importante es que estaba descansada, con lo cual, la jornada se le haría menos pesada, y por ello, más productiva.

De un manotazo apartó las sabanas, y con un saltó rápido abandono el lecho. Fugazmente volvió a meterse en la bañera, para eliminar de su piel el sudor nocturno. En pocos minutos se encontró recolocándose sus ropajes, las cortas enaguas, los pantalones, y la camisa sin mangas, luego la armadura, primeramente la parte del pecho, en forma de corsé, que se aferraba con firmes cuerdas, remodelando su figura, a continuación las protecciones de las piernas, los brazos, y los hombros. Finalmente, observó su resultado, se aseguró de que todo estaba correctamente colocado, se colocó las botas, con sus respectivas protecciones en los pies, se peinó su melena con los dedos, y se ató la capa roja , convirtiéndose así en una pálida figura escarlata. Sin parar a mirarse demasiado, recogió el resto de sus cosas, y se dispuso a salir por la puerta.

Pero en el momento justo en que sus mano giraba el pomo de la puerta, el recuerdo de una de las pocas cosas que le había pedido Khaelos cruzó su mente: Debía dar aviso a sus soldados, los que trabajaban para la casa Lor, para que acudieran a su encuentro. Con un suspiro de desgana, dirigió la mirada a una pequeña mesa que había en un rincón del cuarto, donde había dejado olvidados los papeles que le permitirían redactar su misiva. Volviendo a suspirar, observo la luz de las vidrieras, la cual señalaba que todavía no había amanecido, apenas asomaban las primeras luces, con lo cual, todavía contaba con algo de tiempo. Poniendo los ojos en blanco, fue hasta la mesa, se aposentó en el asiento que estaba colocado justo enfrente, y se preparó para escribir, sintiendo como su corazón se acongojaba a medida que las palabras iban rubricando las frases que conformaban su carta:

Capitan Ethel Lothard,
Os saluda Athan Lor, desde el corazón del mismo Zhakhesh, nuestra vieja tierra, porque requiero de vuestra colaboración, y la de todos aquellos soldados que aun ofrezcan sus servicios a la casa de mi madre.
Sé que no soy la persona más adecuada para pedir este tipo de menesteres, pero me encuentro en una situación desesperada, la cual os afecta diariamente, e incluso me arriesgaría a decir que es la razón por la cual estáis contratados. Comprendo que la lealtad hacia mi sea escasa, o nula, dados los acontecimientos de estos años es un hecho más que lógico, por ello os pido que no toméis esta decisión por ser fiel a vuestra señora, sino por los poderosos motivos que me traen a pedíroslo, los cuales podrían comportar una recompensa mucho mayor de la que cualquier otro cometido pueda ofreceros.
Si aceptáis la proposición, os suplico que me comuniquéis vuestra respuesta, por el medio que más os plazca, y os dirijáis junto a los soldados que puedan acompañaros, a la fortaleza de leyenda, rodeada de hielo, cuya ubicación estoy segura de que vos conocéis a la perfección.
Con todo el aprecio y la cordialidad posibles,
Athan Lor.


La pelirroja releyó tantas veces su carta, que llegó a memorizarla, y aun con todo, se sentía muy insegura respecto a los efectos que lograría con ella. Veía poco probable que alguien de su hogar deseara ayudar a su causa. Mas el tiempo apremiaba, por ello, se levantó rápidamente, y marchó hasta el lugar donde la noche anterior había cenado. Allí desayuno con frugalidad, aprovechando para preguntar a los soldados con qué medios disponían para mandar cartas. Todos ellos habían sido avisados por Khaelos de que iba a necesitar ese servicio, con lo cual, sin dudar un instante, le presentaron a un joven, cuya dedicación principal en el Túmulo era la transportar mensajes por todo Noreth. Sin muchas dificultades comprendió la senda que debía seguir para adentrarse en los campos que formaban parte de la familia Lor, cuyo territorio por suerte conocía, los cuales se encontraban ligeramente alejados de la capital, lugar donde, muy probablemente, se encontraría el grueso de su ejército, protegiendo a los campesinos de los imperiales. Una vez finalizadas las indicaciones, y agradeció sus servicios, ofreciendo un pago por adelantado, Athan marchó rápidamente al encuentro de Khaelos, llegando justo a tiempo. Apartó la mirada en el momento en que este se despidió emotivamente de había sido presentada como su hija, sintiendo como las emociones que había sentido al despertar brotaban con nuevas fuerzas. Negándose a prestarles atención, se dirigió a recoger a Nocturna y se colocó en posición, dispuesta a iniciar el avance, con todos sus enseres preparados para ello.

La marcha se reanudo con gran energía, como si el enorme ejercito hubiera dado buena cuenta del breve descanso en el Túmulo. El ritmo era constante, y las charlas alegres, aunque Athan vivía con la congoja instalada en el corazón. En las noches lograba encontrar la paz gracias al vivo recuerdo del arquero de cabellos bicolores, mas no por ello se sentía feliz, dado que sus sentimientos abrazaban a la nostalgia con una fuerza que la intimidaba. No comprendía que le ocurría, no cuando los motivos de su marcha habían sido tan claros y concisos, todo había finalizado en buenos términos, y no faltaban motivos, ¿Qué era lo que hacía encoger su corazón? ¿Cómo era posible que todavía lograra espantar sus fantasmas de ese modo? Los espíritus seguían rozando su conciencia, mas la tristeza por el pasado lograba apaciguarse en ciertos momentos, para verse substituida por ese sentimiento inexplicable, algo insólito en la tenebre.

Con estos pensamientos en mente vio pasar las horas, montada en su yegua, hasta que llegaron al lugar donde se encontraban los engendros. Athan apenas los recordaba, demasiadas eran las emociones que había conquistado su mente en el momento de su liberación, como para prestarles la debida atención, por ello, su presencia le resulto muy sorprendente. Desde la distancia, y con cierta fascinación, observo la gran diversidad de cuerpos y formas que allí se amontonaban, ofreciendo un espectáculo, cuanto menos, curioso. Rara vez se había encontrado con seres de esa índole, aunque no por ello perdió la sensatez, evitando el contacto directo con ellos, dado que no confiaba en sus intenciones, especialmente cuando percibía alguna mirada hostil. Lo único que supo de ellos eran los rumores que corrían entre los soldados de Khaelos, como por ejemplo, el apodo que le habían impuesto a que parecía ser su líder, una especie de centauro bastante perturbador, cuyo nombre encajaba muy bien con esa apariencia escalofriante: Dol-Rhaûr. Este término recordaba a una terrible leyenda, ese tipo de historias que se cuentan alrededor de la hoguera en una noche de tormenta. El mero hecho de escucharlo, le erizaba la piel a la pelirroja, y aunque veía el contacto abierto que mantenían él y Khaelos, decidió no participar en él, al menos por el momento, y su colega tenebre no parecía querer tampoco propiciar ese hecho, de modo que se amoldaron sin problemas a la nueva situación.

Fría fue la mañana en que Athan recibió la noticia de que el mensajero que había mandado para contactar con sus soldados, estaba de vuelta con la respuesta pertinente, en forma de carta. Esta, en un mensaje escueto, parco en palabras, anunciaba que se encontraría con sus soldados en – El viejo camino del campo, senda que debería reconocer dado que hubo una época en la que la cruzábamos a menudo, desconociendo que se encontraba a mitad de camino del lugar de leyenda - recito la tenebre, para sus adentros, sorprendida. Lo cierto es que apenas podía imaginar a que se refería, demasiado tiempo había pasado.

Y ese fue su temor hasta que, finalmente, encontró bajo sus pies la senda correcta, sintiendo como una taquicardia conquistaba el ritmo de su interior. La había encontrado, aquellas plantas que rodeaban el camino le resultaba imposible no reconocerlas, no después del tiempo que había pasado estudiándolas, mientras descansaba después de visitar a sus campesinos. Con decisión, se alejó del ejército, y se adentró en su camino, hasta que se encontró con la multitud que formaban sus propios soldados.

Sin poder evitarlo, una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras observaba su despreocupada postura al borde del camino, como si ningún peligro pudiera acecharles. Hogueras campaban por doquier, mientras los caballos relinchaban a un lado, atados con sus mismas riendas. Formaban un grupo grande, más de doscientos por lo que pudo calcular Athan en un vistazo. Todos vestidos con sendas armaduras de cuero, como la que portaba ella misma, solo que la suya estaba reforzada con acero en las zonas vulnerables, como el pecho, la pantorrilla, los hombros, y una buena parte portaba también un yelmo. Había también algunos con cotas de malla. El número de hombres y mujeres se encontraba bastante equilibrado, como era típico en la sociedad tenebre, no se hacía ningún tipo de distinción.

Aunque de entre todos ellos destacaba un hombre, el único que portaba una armadura de acero al completo, aunque Athan sabía bien que era un material ligero, que le permitía moverse con gran agilidad en batalla. Nunca se había sentido cómodo con el cuero, o eso le decía a ella de pequeña, le resultaba poco seguro. Un comentario de esa índole, en la familia Do Vandor, famosa por la calidad de sus armaduras ligeras, habría despertado una gran hostilidad, mas resultaba imposible enfadarse con un ser de tan buen talante y corazón, alguien que, a pesar de las múltiples batallas que cargaba a su espalda, seguía manteniendo sus valores y su bondad intactos. Un ser fiel, que cuando se encontró sin señores, no dudo en seguir a la única que quedaba de la estirpe, aun sin saber si esta podría darle manutención ni a él ni a los suyos. Un gran hombre, como pocos, con un físico fuerte, buena musculatura, una altura que rozaba el metro ochenta, de manos suaves, y rostro agradable, acompañado de unos grandes ojos dorados, nariz grande y recta, y una barba recortada, repleta de cabellos blancos. Ethel Lothard, el único que había mantenido la mirada fija en la senda, seguro de que la pelirroja llegaría en cualquier momento, y, por tanto, el primero que la diviso, montada en aquel corcel negro como la noche.

Cuando vio que se encontraba a pocos pasos, no dudo en levantarse del suelo, con firmeza, provocando que los murmullos del grupo que le rodeaba se silenciaran, y con ellos, a base de que corriera la voz, se terminaran acallando todos, mientras esperaban, expectantes, a los sucesos que se iban a desarrollar a continuación. Ethel esperó pacientemente a que la joven tenebre se bajara de la yegua y se acercara hasta él, quedando a pocos pasos de su persona. A continuación, con un tono monótono, que nada rebelaba de sus emociones, dijo:

- Mi señora Athan Lor - bajo ligeramente la cabeza, en forma de reverencia.

Aquel tono de voz sorprendió a Athan, no era nada común en su persona, tan cálida en el pasado. Comprendió, repentinamente, todo lo que había perdido con su marcha, todas las cosas que había dejado atrás, el amor de esas personas, las únicas a las que podía llamar familia, se había evaporado con su desaparición. Las lágrimas se le acumularon en los ojos, creándole un extraño picor, mas se obligó a hablar- Ethel… - recordando su situación, movió la cabeza y se corrigió, mirándolo a los ojos- Capitán Ethel Lothard - una lagrima resbaló, inevitablemente, por su rostro, al ver la falta de reacción por parte de su interlocutor. Entrecerró los ojos un instante, consciente de que muchas eran las personas que la observaban fijamente, y volvió a empezar, esta vez dirigiéndose a todo su ejército- Sé que ninguno de vosotros está orgulloso de mi, al contrario, he sido una líder terrible y por ello, tenéis derecho a avergonzaros de mi persona. Es probable que ninguno de vosotros tenga ganas de estar aquí, pero os aseguro que lo que vais a hacer es más grande que nosotros mismos. - otra lagrima resbalo, rompiéndole ligeramente la voz- No os pido que me rindáis honores, Elhias sabe que no, solo deseo que os unáis al ejército, si os veis con fuerzas, y aportéis lo que podáis a la causa. Ni siquiera es necesario que nos relacionemos sino queréis, solo, uniros, no os causare molestia alguna. Y nada más, yo… sé que os he decepcionado, que os abandone, lo lamento tanto…

- Athan…- Ethel dudo un instante después de pronunciar su nombre con esa familiaridad, pero viendo las lágrimas resbalando por el rostro de la pelirroja, no pudo más que acercarse hasta ella, pronunciando las siguientes palabras- Athan, pequeña, que equivocada estas - al ver como el rostro de la tenebre se iluminaba levemente ante sus palabras, no dudo en estrecharla entre sus brazos, provocando que rompiera a llorar- Athan, Athan, ninguno de nosotros duda de los motivos de tu marcha, jamás te hemos juzgado por ello, ni te hemos culpado de nada. Lo habías perdido todo, por Elhias, todo. Hiciste lo único que podías hacer, buscar una nueva oportunidad para empezar. No del mejor modo, porque huir solo consigue esto, que te veas obligada a volver sobre tus pasos, pero no había maldad en ello y lo sabemos, por Elhias que lo sabemos. Todos. - abrazándola con fuerza, la obligo a girar con él, para que se encontrara con los rostros que formaban su ejército, los cuales la miraban con bondad, asintiendo sin dudar ante las palabras de su capitán. Luego, le levantó el rostro, obligándola a mirarle a los ojos- Disculpa si mi tono de voz te ha desconcertado, simplemente, no sabía que era lo que tu sentías por nosotros, no después de una separación tan larga. Pero no temas, mi cariño sigue estando contigo, como el primer día, pequeña. Al igual que el de todos. - al ver como seguía llorando, volvió a estrecharla con fuerza- Cargas con demasiado sufrimiento. No sé qué te ha traído de vuelta, pero está claro que no la benevolencia. Mas, todo ha terminado querida, cuidaremos de ti, pero no por compasión, ni siquiera por esta causa, aun cuando parece tan importante, sino porque creemos en ti, admiramos tu entereza, el modo en que te levantaste de tus cenizas y saliste adelante, aun con la peor de las tragedias a tu espalda - con una sonrisa volvió a levantarle el rostro- Además, ¿Por qué sientes que nos has abandonado? Si gracias a ti nos hemos mantenido estos años. Tú no tienes la culpa de que el imperio nos persiga. No te culpes más por cosas en las que nada tienes que ver - le seco las lágrimas del rostro- Y ahora, condúcenos hasta nuestro destino.

Con el rostro teñido de incredulidad, Athan observó como todo su ejército se preparaba para marchar sin dudarlo. Ningún rostro de decepción, ninguna palabra malsonante, todo en paz y harmonía, no parecía que hubiera nadie dispuesto a contrariar las palabras de Ethel. Tal y como le comentó el mismo capitán, mientras terminaba de preparar su propio corcel, se trataba de un grupo de trescientos soldados de caballería ligera, armados con arcos en su mayoría, excepto un pequeño grupo, una tercera parte, que cargaba con lanzas. Todos llevaban espada, y, por supuesto, dominaban el arte de combatir montados. Los otros cien se habían quedado protegiendo las tierras y ayudando en la casa Lor, la que permanecía en la capital.

Finalmente, volvió a montar a Nocturna, y los guio hasta el ejército formado por los hombres de Khaelos y los engendros. Una vez allí, la tenebre le presentó al conde Kohlheim a su capitán, Ethel, el cual le saludo con gran respeto, pronunciando correctamente su posición, dejando claro que sabía de qué persona se trataba, y la admiración que sentía por sus hazañas. Por el momento no añadió más, y la marcha fue reanudada. Fue entonces cuando una picazón se hizo presente en la nuca de la pelirroja, la cual se giró sobre sí misma, sintiendo un extraño presentimiento en su ser. Efectivamente, alguien la observaba, unos fieros ojos morados se clavaron en su mirada. Turbada, volvió a girar, y le dirigió una leve mirada de reproche a Ethel, quien sonrió divertido por la situación, dando a entender que tampoco era tan grave el asunto- Sigue siendo nuestra mejor arquera, Athan - comentó, con despreocupación, provocando un movimiento exasperado en la cabeza de la pelirroja, quien también termino por devolverle la sonrisa, como si respondiera a una especie de broma interna.

El tiempo pasó en un suspiro. Los engendros, al cabo de pocos días, se adelantaron al grupo, para alivio de Athan, y su senda hacía la Corona de hielo continuo. El corazón de la tenebre se sobresaltó al descubrir que la leyenda era real, aquel fantasmagórico lugar congelado existía. Y en su interior, por los todavía fríos pasillos que atravesaron, se encontraba aquella desconocida figura de leyenda: Amon. Su rey y señor, aposentado en su trono. Con el corazón encogido, no pudo más que esperar a que se decidiera a hablar, esperando ver como las historias contadas alrededor de la hoguera, meras leyendas familiares, cobraran vida en aquel mismo instante, en voz de aquel ser al que los observaba con fijeza desde su postura.
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Jun 13, 2013 2:33 am

Aquello no había sido una batalla. Más bien una pequeña escaramuza, si juzgábamos los números con los que disponíamos, la cantidad a la que nos enfrentábamos y la importancia. Aunque claro... Toda gran gesta comienza con un pequeño acto. En aquél momento no lo sabía, pero... Esa escaramuza, la batalla en la frontera, fue la piedra que desencadenó toda una avalancha cuyas consecuencias nadie imaginaba... Pero todos deseábamos, al fin y al cabo.

Los caballeros imperiales estaban a punto de alcanzarnos. Las estacas se alzaron, las alabardas se aprestaron, el grito de guerra imperial fue respondido por gritos guturales que surgieron de las gargantas de mis compatriotas, y cuando se iba a producir el primer choque, jinete contra alabardero... Un nuevo jugador entró en el tablero. El templario fue abatido por el salto de una criatura de aspecto felino que derribó a caballo y jinete, asesinando a éste último con una daga en la garganta. Mis soldados abandonaron la posición agresiva cuando vieron que aquella escena empezaba a repetirse por el campo de batalla, y en poco más de un minuto el destacamento imperial se había convertido en una masa de cadáveres destrozados y ensangrentados. Las sonrisas en nuestros rostros eran feroces, estábamos salvajemente alegres tras haber presenciado tan gloriosa masacre frente a nuestros ojos. Mi primera acción fue clara, dirigiéndome hacia el líder de aquél clan de engendros, los Destruyementes. Su nombre era Nathrezim, e impuso algunas condiciones para nuestra alianza. Mi respuesta no tardó en llegarle: -Sobre la Inquisidora, concedido. Mi única condición es que la hagas sufrir como se merece. Sobre vuestra independencia, concedido. Somos ejércitos aliados, no un mismo ejército. No trataré de gobernaros pues la lealtad de tus hombres es hacia ti, y tú no me debes la tuya a mí. Y sobre lo de no pasar tiempo juntos... Concuerdo. Nuestro enemigo es el Imperio, no debemos arriesgarnos a sufrir peleas internas que podrían hacer fracasar esta campaña.-

Tras eso me dirigí hacia los prisioneros zhakheshianos. Erenimir se encargó rápidamente de atender a todos los heridos que hubiera, empezando por los más graves y acabando por los más sanos mientras mis ojos se desviaban hacia Karas. Nuestro saludo fue cordial, y al parecer el hombre seguía siendo como siempre. Muy respetuoso a pesar de que constantemente debía repetirle que me tratara como a su hermano de armas, no como a un señor. Cuando acabó de hablar, le respondí, asintiendo: -Mujer, querrás decir. Conocí a los hermanos de lady Athan, sé que es de fiar. No te preocupes viejo amigo, la señal llegará pronto. Manda cartas también a otros oficiales de los Renegados si puedes... Pon en pie de guerra a todo aquél que esté a favor de nuestra causa y en contra del actual rey. Tenemos mucho trabajo por delante, hermano.-

Fue entonces que me dirigí hacia lady Athan, la cual como todas las demás personas de mi reino con las que me topaba me habló con mucho respeto, casi considerándome superior o algo. Era buena mujer, sin duda, y sabía que en el futuro seríamos buenos amigos, pero no puedo negar que si la gente sigue tratándome de forma tan protocolaria al final serán las buenas maneras lo que acabará matándome, no una espada clavada en el cuello. Sin embargo, eso no me arrebató la sonrisa y le respondí, encogiéndome de hombros mientras reía levemente: -Me dicen tanto que es un honor conocerme que al final acabaré creyendo que es por protocolo. Milady, todo el mundo puede aportarle algo a nuestra causa. Sé que seréis tan vital para la liberación de Zhakhesh como puedo serlo yo o pueden serlo mis soldados. De momento aprovechad para descansar hasta que empiece el verdadero ajetreo. Volvéis a estar en casa.-

Tras organizarnos y empezar a emprender la marcha se me acercó Erenimir. Me dio el informe de la situación, avisándome de que todos los heridos habían sido atendidos y que no había ninguno que sufriera heridas especialmente graves o que estuviera en una situación grave. Sin embargo, tras eso me hizo una pregunta que provocó una sonrisa carente de alegría en mi rostro y le respondí, mirándola a los ojos: -Todas las razas de Noreth son conflictivas, desgraciadamente, pero sí... ¿Quieres saber qué es lo que impulsa a esta gente a hacer lo que hace? ¿La fe? No. Ninguna fe es tan fuerte como para hacer esto. Quieren nuestras tierras. Zhakhesh es un país rico en cuestiones de minería. Joyas, metales, minerales...Los líderes del Imperio inculcan a sus soldados, a sus gentes, esas creencias que han logrado manipular para que justifiquen sus ideales, les ocultan la realidad, lo que hacen... La fe es solamente una excusa, Erenimir. Una excusa para hacer que los imperiales apoyen lo que aquí está pasando y que les impide ver la realidad. No son más que ciegos que jamás lograrán ver. Si nos enfrentáramos al ejército imperial habría una pequeña diferencia, esos tipos son más humanos porque su lealtad es hacia el Imperio, no hacia Dios. Pero el ejército inquisitorial, que es el que ocupa nuestras tierras... Chusma fanática, escoria de cerebro lavado, criminales metidos a soldados... Son meros matones al servicio de familias y credos poderosos cuyo único deseo es volverse más ricos con cada día que pasa, poseer más terrenos a cada instante, disponer de más siervos... Esto es lo que les impulsa a hacer lo que hacen. Quieren quedarse nuestras tierras y, sabedores de que muchos no apoyarían masacrar a inocentes se han sacado de la manga ese extremismo religioso. Lo divertido es que eso les ha condenado... Me han llegado informes de que han molestado a los enanos, y estos les están haciendo la vida imposible en el norte. Y si eso no te alegra, creo que te alegrará saber que los imperiales lanzaron un destacamento contra Dhuneden... No llegaron a saber siquiera de dónde venían las flechas. Como ves, Eren, la avaricia rompe el saco... Y a esos bastardos imperiales se les está rompiendo cada vez más.-

El camino fue más calmado, adaptando un poco nuestro ritmo al de los civiles que habían sido liberados. Acababan de salir de una situación traumática, y a pesar de que se les iba a llevar a un sitio seguro, no era buena idea de que llegaran nerviosos. Estaban entre amigos, entre compatriotas, no entre enemigos. Éramos todos miembros del mismo pueblo. La estampa era curiosa cuanto menos por el hecho de ver a los soldados cediéndole sus caballos a niños o ancianos, y ver a la gente feliz de que por fin hayan sido ayudados, rescatados, sacados de su miseria. Y mis soldados en aquellos momentos dejaban caer su fachada de tipos duros y sedientos de sangre. Igual que yo, mostraban su lado más humano cuando se encontraban con camaradas necesitados. Un nigromante les mostraba a tres niños algunos trucos de juegos de manos, haciendo “aparecer” kulls de oro tras las orejas de los chicos, haciendo que éstos rieran y aplaudieran en especial cuando el hombre les daba cada moneda que sacaba. Uno de los zapadores de Madarth charlaba con un anciano y su hija, quienes resultaban ser parientes suyos. Mis guardias personales, por su parte, bromeaban con hombres y mujeres, y algunos de vez en cuando cargaban niños sobre sus hombros, haciéndoles felices al poder ver el mundo desde aquella altura. Aquellas escenas eran lo que me daba verdadera esperanza y fe en nuestra causa. También eran lo que hacía que, posiblemente, en mis viajes me sorprendiera mucho cuando veía las relaciones de la población con sus militares. En Zhakhesh disponer de un soldado en el ejército o en la guardia era un gran honor debido a la gran responsabilidad que éste asumía, y el simple hecho de ver a alguien en armadura luciendo emblemas zhakheshianos le valía a un soldado la admiración por parte de la gente. En cambio, en otros sitios la gente temía a sus soldados, quienes se dedicaban a patrullar las ciudades como si fueran simples matones corruptos, propinando palizas a quien no les obedeciera ciegamente o causando más problemas de los que solucionaban. Triste es que la única nación donde eso no pasa... Sea también considerada una nación de herejes, monstruos, sanguinarios e inhumanos. Supongo que todos los hombres necesitan sus monstruos, y nosotros éramos los más fáciles de odiar y temer. Mejor. Así cuando echemos al Imperio nadie volverá a molestarnos.

Tras días de marcha llegamos finalmente al Túmulo. Los que no habían estado nunca ahí al principio se extrañaron. Escuché incluso a una niña preguntarle a su padre si íbamos a estamparnos contra la roca, y a su padre respondiéndole que no tenía ni idea. Algunas risitas se escucharon entre mis soldados, sabedores de la enorme impresión que les íbamos a dar a nuestros compatriotas. Cuando nos acercamos a la puerta secreta grité: -Athûliandzal!- “El ejército de la libertad”, nuestra contraseña. Tras cerca de un minuto de silencio, la puerta empezó a abrirse lentamente, revelando una gran abertura en la roca que había sido disimulada con esmero. Ésta acabó abriéndose de par en par, revelando que solo la cara exterior de la roca era tal, y que el resto era en realidad una muralla. Si los murmullos de asombro entre los civiles fueron numerosos cuando eso pasó, cuando nos adentramos más en el Túmulo y ante nosotros se reveló el círculo exterior de la ciudad, muchos más fueron los que jadearon de sorpresa. Ante nosotros se extendía una zona circular llena de campos de cultivo, granjas y amplias casas solariegas y masías con espacio para las familias, que iban ataviadas de formas más ricas de las que estaban acostumbrados los civiles que con nosotros iban. Poseían buenas herramientas y buenos medios, pero también reflejaban el hecho de que, si la ciudad era atacada, todos estarían listos para luchar. Tanto hombres como mujeres llevaban espadas o hachas ceñidas al cinto, denotando que, aunque sus deberes eran con la tierra, no dudarían en defender el Túmulo si éramos atacados. Al centro de aquella verde explanada se alzaba un puente, única forma de cruzar a la otra mitad del círculo debido al río que lo dividía en dos y que, tras cerca de un kilómetro, caía por un alto risco que formaba una defensa natural del sitio. El río surgía de la ciudad grande, del embalse que teníamos. Aquello garantizaba que, incluso en un asedio, no nos íbamos a morir de sed, pero es que además representaba una de las muchas medidas defensivas que nos habían sido enseñadas. Aquél sitio era conocido como la cuenca, aunque los soldados lo llamábamos el cuenco, debido a que si el enemigo atravesaba la primera muralla y se situaba ahí, podíamos liberar el río y arrasar con sus aguas a los atacantes, arrojándolos por el risco.

Los cascos de los caballos y los pasos de las botas se hicieron más notorios, al dejar de pisar gravilla para empezar a caminar sobre caminos empedrados nivelados y completamente regulados, otro de los muchos regalos de los antiguos habitantes de la fortaleza, la cual fue diseñada en especial por arquitectos enanos, maestros de la fortificación y la arquitectura. Muchos no lo sabían, pero uno de los soldados se encargó de informar a los civiles: -Todo este sitio fue, en origen, construido por enanos ayudados de hombres y elfos. Si os fijáis en la arquitectura y en la perfección de las construcciones notaréis sus manos en ella. Los elfos y los humanos, por su parte, se encargaron de hacerlas más... Universales. Lograron un tipo de belleza, durabilidad y maestría que gustaba a las tres razas. En éste círculo viven solo humanos, pues nuestra raza domina la agricultura y la ganadería en este tipo de entornos. En el resto de la ciudad veréis también a enanos y a elfos.-

La gente estaba maravillada, pues muchos veían como criaturas que solo conocían por medio de leyendas e historias, de repente, iba a serles mostrada, iban a aparecer frente a sus ojos. De por sí, no eran pocos los que miraban con extrañeza y asombro a Erenimir y a los dos sanadores que iban con ella, pero cuando escucharon la palabra “elfos” cayeron en la cuenta, y si antes las miradas que sintieron eran extrañas, ahora, miraran al civil que miraran, verían la admiración reflejada en sus ojos. Lo primero que hice fue llamar a los heraldos, mandar cartas a Karas y a Amon, y prepararme para un discurso. Una vez dadas las órdenes y pronunciadas las palabras necesarias, me encargué entonces del asunto de los civiles.

Finalmente llegamos a las puertas de la ciudad, siendo recibidos por los representantes de la población civil, Darmos, Mya y Vedrath. Darmos era un enano que se había criado en nuestras tierras. Calvo, pero luciendo una larga barba blanca, una prominente barriga cervecera y fuertes brazos peludos, su rostro lleno de arrugas reflejaba afabilidad y amabilidad. Fumaba tabaco aromático en su pipa, soltando anillos de humo con cada exhalación para deleite de los niños. Iba vestido con ropas cómodas pero austeras, y su rango quedaba reflejado exclusivamente por un broche dorado que le ceñía una capa a los hombros. Vedrath, por su parte, era un elfo. Su piel era pálida y, aunque su porte aparentaba altivez, era inusitadamente humilde. Era el capitán de la milicia de la ciudad, y como tal iba ataviado con una cota de mallas y ropajes zhakheshianos, manteniendo el estilo élfico solo en sus armas, un arco largo, carcaj y un par de espadas curvas. Por último estaba Mya, de raza humana. Una mujer ya madura de piel morena, ojos marrones cálidos y cuerpo esbelto pero fuerte. Sus ropas estaban algo sucias, pues aunque era la representante del gremio de trabajadores y mercaderes no había renunciado a su empleo como capataz en las minas. Un pico pendía de su cinto, acabando de mostrar su empleo. Los refugiados los miraban con asombro, pues lograban notar la importancia que tenían en aquella ciudad.

Me quité el yelmo finalmente, y bajándome del caballo me dirigí hacia ellos, sonriendo: -Darmos, Mya, Vedrath... Traigo a más gente al Túmulo. Creo que aún nos quedan empleos disponibles, casas libres y alimentos suficientes, y nuestras escuelas siguen admitiendo alumnos, ¿no?- Los tres asintieron, acercándose a los refugiados mientras estos comprendían que no íbamos a darles un asilo temporal. Que les estábamos ofreciendo un sitio donde vivir en paz, donde prosperar, donde criar a sus hijos y ganarse la vida. Los adultos empezaron a llorar, a sollozar y abrazarse. Los niños los miraron alarmados, y pude escuchar a una niña pequeña girarse a sus padres: -¿Qué pasa mamá? ¿Algo malo?- La madre se giró hacia la niña, sonriendo ampliamente mientras lloraba de felicidad y le respondía: -Hija mía, no está pasando nada malo... Nos están ofreciendo un hogar, mi pequeña... Volveremos a tener un techo... Volvemos a tener un sitio donde vivir...- Aquello hizo que los niños se alegraran. No comprendían bien lo que pasaba, solo sabían que iban a vivir en un sitio que les gustaba mucho y donde parecía que habitaban todas las criaturas y figuras que habían escuchado en canciones, mitos y leyendas. Les bastó para ser felices. Los representantes del consejo civil se los llevaron a ver a Daggard, el oficial de trabajo y refugiados, quien se encargaba de evaluar a cada ciudadano y asignarle un empleo, así como asegurarse de que recibían un hogar. Los soldados seguimos avanzando hasta la fortaleza, mientras los refugiados se alejaban dándonos las gracias. Sí... Definitivamente no hay nada mejor que ayudar a los tuyos. Athan y los hermanos seguían conmigo, mientras yo me dedicaba a mostrarles la ciudad e irles explicando cosas.

La ciudad interior se hallaba amurallada por un muro hecho de piedra con refuerzos metálicos. Tenía varios contrafuertes puntiagudos, hechos con la intención de dificultar la colocación de escalas y torres de asedio, y cada cien metros se alzaba una torre de vigilancia en la cual se encontraban apostadas catapultas. Las murallas eran grandes, midiendo cerca de cincuenta metros de altura y contando con un ancho y grosor de al menos veinte metros. Su interior estaba diseñado con pilares y apoyos que le conferían una mayor estabilidad y resistencia, y no eran pocas las salas de armas y las ranuras de tiro que poseía. La ciudad en sí, estaba dividida en dos por una gran avenida por la que estábamos circulando, y el resto de calles estaban tramadas de forma similar. Las casas de piedra se alzaban por doquier, mostrando comercios, tabernas y casas alineadas de forma hábil para lograr economizar al máximo el espacio sin que los habitantes perdieran movilidad o comodidad. La ciudadela se hallaba a medias bajo la sombra de la caverna natural que la tapaba, hallándose excavada en la ladera de la montaña y en muchos casos incluso las propias casas habían sido creadas a partir de la misma roca que antes había habido allí. Los guardias de la ciudad se diferenciaban de los Cuchillas por los emblemas que portaban, luciendo el dragón carmesí sobre escudo negro que se había convertido en el emblema de la ciudad, en lugar de lucir la espada sobre el escudo negro, símbolo de los Cuchillas. Iban tan bien armados como mis hombres, pero se notaba que no estaban tan hechos para la batalla como mis soldados ya que nunca la habían vivido. En sí, su deber era mantener el orden, pero teniendo en cuenta que la ciudad vivía una situación idílica, en su lugar se encargaban de ayudar a la gente. Si un niño se hacía daño no tenían problema en llevarlo rápidamente a la enfermería, y si se declaraba un incendio, cosa bastante rara pero probable, eran los primeros en aparecer con cubos de agua. Igual que los Cuchillas, la Milicia Ciudadana era bastante querida por los habitantes del sitio.

Finalmente, llegó la gran joya de la ciudad. La fortaleza, que había sido rebautizada por los ciudadanos como el Castillo del Dragón Carmesí, se alzaba frente a nosotros. Grandes estandartes de tela con los símbolos de los Cuchillas y de los Kohlheim, que ahora se habían convertido en los símbolos del Túmulo se alzaban en las paredes de la muralla excavada en la montaña, viéndose también ventanas en las paredes de la misma, algunas con cristales, otras con pequeños baluartes de los cuales asomaban balistas y terrazas para defenderla si es que algún ejército lograba superar antes las dos murallas previas. Aquellas murallas medían cerca de doscientos metros de altura, y estaban coronadas por la torre de los magos, que sobresalía de la roca unos cincuenta metros más de alto, una torre de aspecto solemne, de la cual pendían los estandartes de los Cuchillas Etéreas. Para poner el broche, se hallaba la puerta, una gran puerta de al menos cuarenta metros de alto y veinte de ancho hecha con mithril y madera de mithrilian, contando con grabados en ella. El gran portón, como siempre, estaba abierto, dejando que la gente pudiera entrar o salir, y se veía a soldados yendo de aquí para allá calmadamente, magos, gente de la servidumbre... La fortaleza era como una pequeña ciudad, aunque estaba dedicada por completo a los Cuchillas casi, a pesar de que el paso estaba permitido a cualquiera, en parte para llegar a la última parte de la ciudad... La ciudad subterránea. Según sabíamos, en el idioma que antes se hablaba allí, aquella ciudad era conocida como Thrainidrial, y por respeto se mantuvo el nombre. Así pues, la ciudad quedaba dividida en cuatro zonas. Cuenca del Cauce, Ciudad Pétrea, Castillo del Dragón Carmesí y Thrainidrial, cuya traducción sería “Ciudad Eterna.” Esas cuatro zonas formaban el Túmulo.

Thrainidrial era posiblemente la mayor maravilla arquitectónica que jamás se hubiera visto, superando en belleza incluso a Zhak'Thrûgond pues poseía más vida gracias a las avenidas de los resistentes mithrilian, la arquitectura única en todo Noreth que allí había y, por último, por el juego de cálidas luces que presentaban las vidrieras que se hallaban en el techo de la caverna. El lugar era extenso, y estaba conectado con la ciudad por dos aberturas, una que llegaba hasta el castillo, y otra que era una gran puerta disimulada en la roca que solía encontrarse abierta, comunicando Ciudad Pétrea con Thrainidrial, permitiendo así el transporte rápido de mercancías y el paso de los trabajadores. Si en los anteriores sitios la mayoría de la población era humana, en aquél había una población más heterogénea, encontrando a enanos, elfos, varios semiorcos, e incluso minotauros y algún que otro schakal por las calles. Y aún así se notaba fácilmente que el espacio del que disponía aquella fortaleza permitía alojar a un número por lo menos tres veces mayor al que alojaba en aquellos momentos. La visita guiada duró un rato más, en el cual tanto los jóvenes como Athan pudieron contemplar la fortaleza que me había agenciado, no sin sangre y dolor a la hora de conseguirla, pero que afortunadamente estaba compensando con creces todo lo allí vivido. Vieron la sala del consejo, principal sitio de gobierno. En ella había una gran mesa redonda, rodeada de cómodas sillas de madera en las cuales se hallaban inscritos los nombres de quienes allí nos sentábamos, añadiendo algunas sin nombre para aquellos que fueran invitados a los consejos. Aparte de estandartes y telas con motivos épicos, posiblemente lo más destacable fueran las tres cabezas de dragón que en ella se hallaban. Las tres estaban disecadas, pero se podía notar que había sido un trabajo reciente. Cuando uno de los muchachos preguntó cómo las habíamos conseguido, mi respuesta fue simple: -Eran los anteriores inquilinos del Túmulo. Los Cuchillas dimos buena cuenta de ellos.-

Athan habló finalmente cuando acabó la visita, antes de que nos dirigiéramos a cenar y a presentarle a mis oficiales. Los hermanos estaban ya con Daggard, de modo que solo quedábamos ella y yo. Antes de ir a cenar nos habíamos dirigido un momento a mis aposentos, y de camino me dijo, sonriendo y admirada por lo que había presenciado aquél día, que aquél sitio era la verdadera alma de Zhakhesh. No pude evitar desviar la mirada y sonreír, sonrojado. Aquellas cosas seguían viniéndome grandes, sin duda. Finalmente la miré y le respondí, ampliando mi sonrisa: -Me alegra que os guste el Túmulo y las maravillas que posee. La verdad es que, tras ver lo que se ha logrado aquí... No me arrepiento de haberlo elegido como centro de operaciones de mi orden y como mi nueva residencia. Es raro para un guerrero descubrir que se hace más bien construyendo una ciudad y dándole hogares a la gente que matando a sus enemigos. Ahora entiendo cuando mi padre decía que la guerra no era solo matar a tu enemigo si no vigilar por el bien de tu gente. Dadme unos instantes, voy a cambiarme para cenar.-

La mención que hice a mi padre me hizo sonreír de forma más nostálgica, y con la cabeza le di a entender a la mujer que me esperara fuera. Tras eso, me metí unos momentos en mi habitación y me cambié la armadura por el traje de “gala”. Chaleco de cuero sin mangas, pantalones de terciopelo, botas de combate, gabardina de cuero y la espada familiar ceñida al cinto. Una vez fuera, ya sí, se desarrolló el resto de la noche entre comida, bromas, saludos y demás. Tras acabar eso, ella fue a su habitación y yo a la mía. Una vez en mi habitación me di el último baño que, sabía, iba a tener en mucho tiempo. Dejé que el agua caliente rodeara y lavara mi cuerpo, me enjaboné el cuerpo y el cabello y, una vez fuera, me dediqué a secarme y a peinarme la larga cabellera blanca que poseía. Me fijé que se me habían abierto un poco las puntas y que empezaba a llegarme casi hasta la cintura, de modo que agarrando unas tijeras me dediqué parsimoniosamente a recortarlo, saneándome las puntas y peinándolo bien hasta que quedó a mi gusto. Sonreí, satisfecho con el resultado, y tras eso me fijé en mi cuerpo. No, no fue por egocentrismo. Empecé a repasar las cicatrices que lo cubrían. Me fijé que todo el tormento que había pasado en el Monasterio del Alba roja se había repuesto. Mis músculos volvían a tener el aspecto de antaño, mi cuerpo volvía a ser fuerte... Pero más cicatrices habían aparecido en él. No pude evitar sonreír. Como se dice en Zhakhesh, las cicatrices señalan la cantidad de veces que la muerte nos ha acariciado y no se nos ha llevado, señalan las victorias que hemos tenido. En mi tierra, se dice que si una persona no posee cicatrices es porque nunca se ha probado en batalla, hasta el punto de que es fácil ofendernos si se nos llama “sin cicatrices”. En mi caso, echar un vistazo a mi cuerpo era más que suficiente... Cortes, perforaciones, latigazos, desgarros, mordiscos, zarpazos... Era un auténtico mapa. Cada herida tenía su propia historia, su momento, su tiempo... Algunas databan de cuando aún iba a la Academia, otras eran de las veces que fui capturado y torturado, y la mayoría representaban batallas a las que había sobrevivido. Sin embargo, la que se hallaba sobre mi pecho siempre iba a ser aquella que más marcado me tenía. Era la prueba de que uno puede morir y volver tras eso. Era la prueba de que existen las segundas oportunidades. Bostecé y tapé mi cuerpo. No era necesario seguir viendo cicatrices. Ahora lo necesario era dormir. Iba a necesitarlo...

Al día siguiente nos pusimos en marcha, y las águilas mensajeras fueron partiendo del Túmulo para ir a informar a quienes debían. Athan mandó una carta a sus hombres, y yo mandé otra para Nathrezim, quien iba a aguardar nuestra llegada. Rápidamente nuestras fuerzas se pusieron en camino, algunos a caballo, otros a pie, y otros en carro. En los carros iban aquellos que se iban a encargar de las guardias nocturnas. Se habían pasado toda la noche sin dormir, y en aquellos momentos dormían en los carros, forrados con telas negras para evitar que el sol les molestara. Cuando se montaba campamento, eran ellos quienes se encargaban de patrullar las zonas colindantes y hacer guardias. De día, los jinetes constantemente batían la zona para asegurarse de que nadie nos seguía ni nos espiaba. Por último, teníamos águilas adiestradas sobrevolando la zona, comandadas por mi águila personal, la cual se hallaba impaciente por ir finalmente a la batalla. Muchas de las águilas que empleaban eran suyas, y por lo tanto podía comunicarse con ellas igual que ella se podía comunicar conmigo. En la guerra esos animales eran muy útiles, sin duda.

Poco antes de contactar con los engendros recibí una carta de Karas y no pude evitar sonreír. Ya había conseguido algunos hombres, y según me decían otras cartas que me habían llegado, las suyas no eran las únicas tropas que se iban a unir a nosotros. Aquello iba bien, sin duda. Una de las noticias más buenas que nos habían dado eran la inclusión de los Dargos en el ejército. Aquellos tipos eran feroces, grandes guerreros de tradición bárbara. Sin duda nos iban a venir como anillo al dedo para aquella campaña. Nuestro ejército era rápido, fuerte y feroz, y parecía que aquello no solo se iba a mantener si no que además se acentuaría. Nuestro balance de tropas pesadas y ligeras era adecuado, y la calidad y experiencia de los soldados eran, por lo general, bastante altos. Sí, sin duda poseíamos una gran ventaja en referencia a eso. El Imperio podría tener varios soldados por cada uno de los nuestros... Pero cada uno de los nuestros podía llevarse a varios por delante antes de caer. Y contábamos con mi capacidad táctica, además de la de otros oficiales y comandantes zhakheshianos de gran talento. Por último, el terreno nos beneficiaba a nosotros, no al enemigo. Sí... Sin duda teníamos oportunidades de vencer.

Finalmente llegamos al campamento de los Destruyementes, y el primero en ir a recibirme fue Nathrezim, quien como era obvio tenía preguntas. Como podía ver por mi rostro, la situación era apremiante. Estaba serio, firme, tal vez tenso por los acontecimientos que se acercaban. Mis soldados ya habían sido informados, de modo que ningún arco o ballesta apuntó a los engendros, ninguna espada o hacha salió de su vaina y no hubo lanza o alabarda alguna que fuera bajada. Cuando acabó de hablarme le respondí, poniéndole al corriente: -Nos dirigimos a la Corona de Hielo. El rey Amon parece que por fin ha vuelto, y estamos reuniendo tropas para expulsar y masacrar a todo imperial que haya en Zhakhesh. Sobre lo de las tropas, concuerdo. No deben producirse altercados entre nuestros soldados. De todos modos, espero que a lo largo de esta campaña tanto mis hombres como los tuyos alcancen a respetarse mutuamente. Eso nos evitará muchos problemas. Al fin y al cabo, mientras no hagáis daño a ningún zhakheshiano no tenemos motivo alguno para llevarnos mal. Por cierto... Si en algún momento os avanzáis y os topáis con soldados zhakheshianos, decidles que sois aliados de Khaelos Kohlheim. Os dejarán tranquilos inmediatamente.-

Días después, coincidiendo con la llegada de otra carta de Karas que me informaba de que la situación entre los Renegados estaba cada vez mejor y que la moral estaba más alta que nunca, Athan encontró a sus soldados cerca de donde nosotros establecimos el campamento. Cuando éstos llegaron, nos dirigimos a su encuentro. Saludé a su capitán de forma efusiva, tuteándole y tratándole de forma amistosa, más como dos veteranos se tratarían al encontrarse en una taberna que un comandante hablándole a un soldado de menor rango, mientras que él se había portado con humildad y admiración. Ethel era un buen hombre. Shasta, por su parte, se dirigió hacia sus soldados. Sin decir nada, empezó a mirarles la cara, tomándosela a alguno y levantándola levemente. Tras revisar a al menos unos diez que no sabían qué demonios estaba pasando, la imponente mujer asintió y dijo, con voz potente: -¡Ojos de acero, mordiscos de acero!- Aquellas palabras hicieron que mis soldados se acercaran entonces a saludarles, mostrándose muy cordiales. Si alguno preguntaba por el significado de aquella frase, era sencillo. Era nuestra forma de decir que un soldado había sobrevivido a batallas y había matado a enemigos. La mirada de alguien que ha matado siempre es distinta a la de alguien que no lo ha hecho, y como antes dije, las cicatrices en esta nación son algo respetado. Los hombres de Athan presentaban ese aspecto, y con eso les bastaba a mis hombres para tratarlos como iguales y no como críos de teta.

Los soldados de Athan se adaptaron rápidamente a viajar con el grupo, y vi como los soldados de ambos lados trababan amistades. Los Cuchillas habían estado en la guerra muchas veces, por lo que sabían que era esencial poder confiar en el hombre o la mujer que se hallan a tu lado. De todo mi ejército, posiblemente los que más se acercaban a ellos eran tanto los caballeros como los jinetes. Los primeros pronto parecieron erigirse como rivales honorables de los jinetes de Athan, pues como era obvio, caballería pesada y ligera, a pesar de trabajar bien en equipo, siempre se han disputado el puesto de mejores jinetes, mientras que los soldados de Merandra se interesaban por sus tácticas y las compartían con ellos. Esa interacción contrastaba con la nulidad de las relaciones entre engendros y soldados. Los engendros no nos miraban bien, y nosotros decidíamos ignorarles. El único con el que trataba era con Nathrezim, quien ejercía a la perfección su papel como líder. Estaba claro que si no nos habían atacado era porque él había amenazado de muerte a sus soldados. Pronto tuvieron que avanzarse, y cuando Nathrezim me lo dijo asentí. Mi respuesta fue escueta, y la dije sonriendo, dándole a entender que era una broma: -No vayáis a la guerra sin nosotros.-

Y finalmente... La Corona de Hielo apareció ante nosotros. Muchos soldados silbaron al ver la imponente fortaleza, otros parecían emocionados al ver aquél sitio casi mítico. Yo, por mi parte, tenía pintada en el rostro una expresión ceñuda que Kern, quien estaba cerca de mí, me hizo notar: -¿Qué te pasa, Khaelos? Parece como si no hubieras podido ir a cagar en una semana.- Me giré hacia él y le respondí, sin perder la expresión ceñuda: -No guardo buenos recuerdos de este sitio, y digamos que Amon me debe algunas explicaciones si no quiere que sus huevos cuelguen de mi cuello.- El soldado rió y se encogió de hombros, mientras me respondía: -Ya sabes cómo son los reyes y similares. Fíjate tú, yo maté al hijo de un príncipe que se excedió demasiado en una taberna y aquí me tienes, pisando la mierda que tu caballo suelta sin rechistar y aguantando tus órdenes.- Shasta se giró hacia él entonces y le respondió, riendo: -Te quejarás, encima. Si no hubiera sido porque los nobles de la capital son tan capullos ni tú ni yo nos lo estaríamos pasando tan de puta madre como nos lo pasamos con el chiquillo este. Mejor seguir a este crío que pudrirse en una celda.- Me giré hacia ellos y les dije, manteniendo el ceño fruncido: -Os estoy escuchando, mamones.- Ambos se miraron durante unos instantes y luego me respondió Kern: -Pues menos mal que no nos escuchaste anoche, chico...- La respuesta de Shasta no se hizo esperar: -Ni lo sueñes, viejo.- Abandoné mi expresión ceñuda y me eché a reír con ellos. Definitivamente, mis hombres son lo mejor para subir la moral y hacer reír. Gracias a eso pude seguir avanzando para entrar a la gran fortaleza.

Nos adentramos todos los oficiales y líderes. Nathrezim y Athan como representantes suyos, y conmigo entraron representantes de los distintos cuerpos. Shasta como capitana de mi guardia, Dhaera por parte de los Sombríos, y Dreanna y Erenimir por parte de los magos de batalla y sanadores. También se hallaba Godrock y algunos de los miembros de mi Guardia. Tras recorrer los lúgubres pasillos, en los cuales se hallaba una gran variedad de cadáveres antiguos, finalmente llegamos a la sala del trono. Allí estaba él. Amon, el legítimo rey de Zhakhesh. Amon, figura legendaria del folclore zhakheshiano. Amon, el tipo al que le descongelé el culo y luego desapareció misteriosamente. Yo portaba mi escudo a la espalda, así como la ballesta, un par de dagas, una mágica y la otra mundana, sobresaliendo por los costados de mi espalda, la espada familiar en el cinto izquierdo y la maza en el cinto derecho. Mi yelmo estaba en la mochila, y mi mano derecha reposaba sobre la empuñadura. La mayoría se detuvo a media estancia. Yo no. Yo seguí avanzado, con visible gesto enfadado. Me detuve a unos quince pasos del trono y miré al rey a los ojos, con cara de pocos amigos.

El rey empezó a hablar, mostrando un atisbo de disculpa en sus palabras: -No os contengáis, decid lo que tengáis que decir. Como ya expliqué en mi carta, responderé a todas las preguntas que tengáis.- Ahí bufé, aún enfadado, y empecé a responder, sin contener mi lengua ni mi enfado: -Dos años, dos malditos años hace que te descongelé el culo y hasta ahora no he vuelto a saber nada de ti, maldito malnacido. Más te vale tener una excusa perfecta para justificar tu desaparición porque yo no voy a aceptar ponerme a las órdenes de nadie que me deja hacer tooodo el trabajo sucio mientras él se va de vacaciones a quién sabe dónde. A ver, ¿qué has estado haciendo en todo este tiempo? ¿Dónde has estado metido mientras mis soldados y yo nos dedicábamos a fortalecernos y a matar imperiales?- Mi respiración agitada fue calmándose a medida que iba hablando, dándole la oportunidad de responder, oportunidad que él tomó: -Espero que este despliegue de palabras os haya tranquilizado. Mas yo os haré una pregunta... ¿Qué harías tú en mi lugar? ¿Qué harías, Khaelos, si todo por lo que has luchado, todo lo que has conseguido... No ha servido para nada? ¿Como te sentirías... Si tu tiempo hubiera pasado hace mas de doscientos años?-

Durante unos instantes hubo silencio mientras me lo quedé mirando, tratando de construir mi respuesta, pues no era fácil decir algo sin mostrar el enfado que me estaba carcomiendo aunque ya estuviera empezando a pasarse. Finalmente empecé a responder, con la voz más limpia, denotando que, a diferencia de él, yo conservaba la esperanza, y que no iba a permitir que ese tipo, la única esperanza de tener un buen rey, se viniera abajo por aquello. Necesitaba un par de hostias bien dadas para reaccionar, y yo era el encargado de dárselas: -En primer lugar, dices que no ha servido para nada... Zhakhesh sigue en pie, no ha sido destruido. Luego, ¿qué habría hecho? Quedarme con el pobre bastardo de turno al que le haya tocado devolverme a la vida para que éste me informe adecuadamente, me ponga al corriente, y me haga saber si existe alguna posibilidad de que toda la lucha no haya sido en vano. ¿O acaso ahora, a pesar de que hay esperanza para nuestra tierra, vas a querer tirar la toalla? Todos hemos perdido mucho a lo largo de esta guerra, y hace años que pasó el tiempo de lamentarse. Ahora es el momento de luchar por la libertad y la paz de nuestras gentes, Amon.-

El rey pareció compungido por aquello, pero al menos demostraba que, aunque no se estuviera excusando, por lo menos tenía razones. Eso me hizo ser menos duro con él, me relajó un poco. No, no estaba todo perdido afortunadamente, y al menos el rey, aunque estaba todavía afectado por lo menos ahora empezaba a demostrar que sí quería hacer bien las cosas: -Este no es mi tiempo Khaelos... Hace mas de un siglo que dejó de serlo... Entiende que para mi todo era... Es nuevo, el hecho de que mi... Nuestra nación haya sido invadida sólo me da la razón. Mas no quiero que pienses que me quedare de brazos cruzados... Si hubiera abandonado toda esperanza no te habría citado aquí mediante una carta.- El rey suspiró antes de continuar, mirándome fijamente a los ojos, azul contra rojo, agua contra fuego. No bajé la mirada, pero al menos me había calmado. Amon prosiguió: -Tu pregunta es el porque de mi desaparición. Mi respuesta es simple y espero que llegues a comprenderla. Me sentía tan desorientado, tan perdido en este nuevo mundo que me sentí abrumado. Así... que opté por verlo con mis propios ojos y créeme que durante estos dos años no he estado vagando solamente para explorar. Me he dedicado a acostumbrarme a este nuevo mundo, explorando Zhakhesh, poniéndome al día... Pues aunque te debo mi vida y depositaria en ti toda mi confianza, las palabras no dicen toda la verdad que necesitaba ver.-

Mi respuesta fue una sonrisa de medio lado. Al menos sí había hecho cosas de provecho desde que le descongelé, sí... Ahora necesitaba darle las fuerzas que le faltaban... Pero también necesitaba dejarle claras las cosas y acabar de ponerle al corriente: -Bueno, me alegra el hecho de que al menos no vayas a quedarte de brazos cruzados, porque sabes que Zhakhesh no reconocerá como su rey a nadie que no luche y sangre por nuestra patria. Por lo demás, espero que con tu viaje por Zhakhesh hayas hecho algo más que mirar cómo está la situación. Espero que también te hayas dedicado a ayudar, y no, no te estoy pidiendo grandes victorias ni nada. Un hombre solo no puede hacer mucho si no tiene otros que le apoyen. Pero al menos te habrás dedicado a ayudar a nuestra gente con más que palabras, ¿no? ¿O solamente has estado paseándote y tratando de adaptarte mientras te lamentabas? No quiero creer eso, y lo sabes. Y como tú dices, las palabras no dicen toda la verdad que uno necesita ver. Ahora que se reúnen los ejércitos necesito ver si te has curtido como guerrero, necesito ver si voy a seguir a alguien digno o si estoy siguiendo a un necio pusilánime. Tienes mucho que demostrar en estos momentos, Amon.- No fue el rey quien me respondió, si no Godrock, con quien intercambió una mirada. Así que por eso me trajo la carta... Su respuesta fue corta, pero esclarecedora: -No se si el señor Amon haya hecho algo más, pero mi hermano y yo te llevamos las cartas por una deuda de vida con el.- El rey centró su mirada en mí y yo en él de nuevo, momento en que él me habló otra vez: -Espero que eso pueda aclarar un poco tus dudas. Confuso o no, no detendré mi espada ante nadie que amenace a las gentes de esta tierra. Lucharé en tu nombre Khaelos, al menos hasta que te sientas satisfecho. Daré mi vida por Zhakhesh si es necesario, no dudes de ello. Y bajo tu estandarte lucharé hasta que se me reconozca como quien soy... Amon Menethil el Rey Exánime. El rey de Zhakhesh.-

El silencio reinó en la sala y empecé a asentir lentamente, mientras me acercaba al rey y empezaba a desabrocharme el guantelete. La determinación brillaba en mis ojos y sabía bien qué iba a hacer en esos momentos. Me quité el guante de metal dejándolo caer, y tras eso desenvainé la daga de acero común. Empecé a hablar mientras hacía aquello: -Aunque muchas cosas han cambiado, las tradiciones se mantienen...- Me hice un corte en la mano sin proferir ni la más mínima muestra de dolor y dejé que sangrara. Tras eso, le tendí la mano a Amon y seguí hablando: -Juro por mi honor y por mi vida que te pondré a prueba y, si demuestras que mereces el trono, juro que te serviré y aconsejaré, como amigo y como vasallo, hasta el día en que la muerte me alcance y mis huesos se conviertan en polvo.- Amon no vaciló e hizo lo mismo. Tras hacerse un corte en su mano izquierda me dio la mano y respondió, mirándome con determinación en los ojos: -Así es como debe ser. Juro solemnemente, por mi honor y mi vida, cumplir tus expectativas hasta que me aceptes o caiga en la batalla, hasta que a tus ojos pueda ser el rey que debo ser. Mas jamás seras mi vasallo ni en esta vida ni en la próxima, pues eres mi amigo.- En mis labios apareció una sonrisa y asentí, mientras guardaba la daga. Estrechando nuestras manos le dije, satisfecho: -Perfecto. En ese caso, finalizadas las formalidades, ¡pongámonos manos a la obra!- El rey respondió con otra sonrisa y un tono de voz fiero: -Mandemos a unos cuantos imperiales al infierno del que nunca debieron salir.-


Mientras nos recolocábamos los guanteletes le guié hasta los oficiales y demás que allí había y empecé a presentárselos uno por uno: -Este es Nathrezim, señor de los Destruyementes y aliado de nuestra causa. Como nosotros, busca destruir a los imperiales, y nos ayudará siempre y cuando tengamos presente que él es un aliado, no uno de nuestros soldados. No le debe lealtad a nadie más que a sí mismo, y sus soldados solo le deben lealtad a él. Esta es Athan Lor Do Vandor, primogénita de la casa Do Vandor, señora de jinetes. Esta es Shasta, capitana de la Guardia del Dragón, mis protectores. Dhaera, capitana de los Escuadrones de la Muerte, líder de los asesinos. Dreanna, capitana de los Nigromantes de batalla, apodados las Manos Negras, y Archimaga de la Orden de los Cuchillas Carmesíes, líder de los Cuchillas Etéreas. Por último, esta es Erenimir Lunielëren, dama del bosque verde de Dhuneden, capitana del grupo de magos de las Manos Sanadoras y oficial de alto rango de los Cuchillas Etéreas. En el exterior hay más oficiales y soldados que esperan a que los conozcas, y hay fuerzas de los Renegados en camino para unirse a nuestro ejército. Con la cantidad de tropas que sumaremos podremos declararle la guerra abierta al Imperio.-
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Khaelos Kohlheim
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Re: La rebelión de Zakhesh

Mensaje por Erenimir Lunielëren el Vie Jun 21, 2013 7:04 pm

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Última edición por Erenimir Lunielëren el Jue Feb 19, 2015 2:36 pm, editado 1 vez
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Erenimir Lunielëren
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