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Las deudas se pagan

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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Mar Feb 17, 2015 8:38 pm

El garrote vibró al descender, trazando una curva, hasta la rodilla de Bediam. El alquimista había preparado su defensa adelantando el brazo, preparado para sujetar el brazo de su agresor, pero había cometido un error. Había supuesto que sería un golpe alto, a la cabeza o a un costado, donde el daño sería mayor, donde lo incapacitaría. Estaba acostumbrado a los caminos y a los bandidos, no a los guardias de las ciudades.

¿En que radica la diferencia, os preguntáis? Un bandido te golpea para que no molestes, para que no te puedas defender más, o para matarte. Por muy brutal que fuese un guardia, no se dedicaba a matar gente. Bueno, tal vez un guardia con malas pulgas frente a algún ser de otra raza buscara matar a quien golpeaba, pero, en general, los guardias de las ciudades golpeaban por dos motivos opuestos: bien para dispersar turbas o bien para incapacitar delincuentes. Para que huyeras o para que no lo hicieras.

Por eso el golpe lo recibió en la rodilla, que se dobló de una forma que no debía. Así ya no podría ir muy lejos. Bediam gritó cuando un dolor agudo y enfurecido le subió por la pierna hasta el costado. Con una mezcla de ira y miedo levantó su brazo libre y lo descargó contra la muñeca del guardia.
En condiciones normales, aquel golpe no habría conseguido más que enfurecer al curtido vigía, pero en esta ocasión sus dedos resbalaron, torpes, de su presa y Bediam se vio libre al fin. El guardia, que estaba levantando la porra para golpearle de nuevo, entrecerró los ojos, aturdido. Cuando trató de volver a abrirlos, no fue capaz. Se tambaleó y dio un paso atrás. La porra tembló en su mano y no descargó un segundo golpe. El alquimista apretó los dientes y le dio un fuerte empujón a su contrincante, ahogando un nuevo grito por apoyar peso en la rodilla malherida. Éste cayó de culo, sin apenas hacer aspavientos para mantenerse en pie. Los ojos se le cerraban y empezó a dar cabezadas.

Bediam se agachó lentamente y recogió la porra del guardia. Este le miró sin verle, demasiado cansado para entender que pasaba. Se levantó con la misma lentitud, con los ojos cerrados y los dientes apretados, pues el dolor de flexionar la articulación lo destrozaba. Levantó el arma con ambas manos, dispuesto a asestar un golpe vengativo en la cabeza del otro hombre, pero éste ya estaba tumbado en el suelo, profundamente dormido.
Bediam chasqueó la lengua, irritado: la esencia de sueño había sido demasiado lenta para evitarle el golpe a él, pero lo bastante rápida para evitarle el contraataque a aquel desgraciado. Bajó la porra con un suspiro y la apoyó en el suelo: no iba a golpear a un hombre incapacitado.

Tenía que huir de allí. Solamente le quedaban un par de minutos antes de que apareciera algún Lanning, tenía que llegar a…

Su pensamiento se cortó a mitad, pues no tenía sentido seguir gastando materia gris en él.

Fen Lanning le observaba detenidamente. Y no venía solo.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Mar Feb 17, 2015 9:46 pm

Los hermanos Lanning tenían pocas cosas en común. Los dos tenían el pelo rubio. Los dos tenían una forma muy irritante de mirar. Los dos eran prestamistas. Y a los dos les encantaba usar la palabra “rata”, para llamar a los que no querían pagar. Pero mientras que Ander era grande, musculoso y agresivo, Fen era callado y más bien delgado, y, aunque no era tan alto como su hermano mayor, era alto. Hacían buena pareja y sabían compensar los defectos del otro: Fen se tomaba las cosas con calma y no se arriesgaba demasiado. Solucionaba los problemas que tenía de forma metódica y paciente. Nunca fallaba. Eso sí, tardaba su tiempo. Ander era directo y rápido. Si solo usaran el método de Fen, los problemas de los hermanos prestamistas se acumularían sin remedio, hasta hacerles quebrar. Si solo usaran los métodos de Ander, seguramente ambos  estarían muertos.

-Vaya, vaya –dijo Fen Lanning-. Parece que has aprendido un par de trucos de rata desde que te fuiste, ¿eh?

Bediam no respondió. Apoyó todo el peso que pudo en el garrote y rezó para que no se notaran que estaba cojo. ¿Cuánto rato llevaban allí? Fen había traído consigo cuatro matones, que parecían acalorados y malhumorados: aún no se habían recuperado de perseguirle, así que podía ser que acabaran de alcanzarle y no hubiesen visto nada. Tendría que arriesgarse.

Sonrió con suficiencia, como si tuviese la situación controlada.

-Menos mal que habéis venido –dijo Bediam mientras le daba unos golpecitos al guardia dormido con la pierna buena-. Con éste no he tenido ni para empezar.

Fen no se amedrentó, pero tampoco sonreía. Era un hombre cauto y era difícil saber que pensaba. Sus hombres miraron al fornido guardia, incómodos. No sabía si esas miradas significaban que no habían visto como lo había derribado… o que lo habían visto.

-Estás muy pálido –observó Fen, con voz neutra-. ¿Te encuentras mal?

Bediam tragó saliva. La rodilla le latía, frenética. No podía correr y apenas podía andar. Tal vez pudiese llegar a cojear torpemente si conservaba el garrote, pero necesitaba examinarse la contusión para ver si era grave. Las articulaciones eran un mal sitio donde tener una herida: el constante movimiento no facilitaba, precisamente, la recuperación de una fisura o una rotura. Básicamente, estaba atrapado.

-Ander no tardará en llegar –le informó Fen-. Deberías echar a correr cuanto antes… Aunque bueno, supongo que tienes tiempo de sobra para darnos una paliza de muerte a nosotros primero, ¿no?

El sarcasmo y la tranquilidad del jefe disiparon gran parte de la intranquilidad de los matones, que se permitieron unas sonrisas forzadas. Los cuatro avanzaron hacia él lentamente, con las manos desnudas.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Miér Feb 18, 2015 6:24 pm

De entre sus escasas posesiones, había una a la que Bediam le tenía especial cariño. Era su cinturón, por supuesto. Ningún alquimista que se preste sale de su casa sin un buen cinturón lleno hasta los topes de frasquitos. Cada cual tenía sus manías y distribuía las cosas como quería.
Bediam llevaba en la parte posterior, donde el acceso era más complicado, bolsillos cosidos donde guardaba materiales. Era un sitio inteligente donde llevarlos, porque no se requería un acceso rápido a ellos. Aunque también eran los que más se manoseaban, por lo que era el movimiento más usual. En cada lateral llevaba enganchado un saquito de cuero. Allí guardaba arenas y polvos. Los llevaba en los laterales por seguridad: si se caía de lado, no quería llevar en los lados frascos de cristal que pudiesen romperse.
En el saco de la izquierda llevaba granos de luz, una arena que reflejaba y concentraba la luz que le llegaba. Era bastante vistosa y no le costaba mucho venderla, aunque no tenía mucha utilidad.

En el saco de la derecha, que le quedaba mucho más a mano, llevaba arena mordedora, un polvo muy irritante que se adhiere a la piel como una garrapata.

En la parte delantera llevaba cinco frascos, aunque tenía espacio para seis, pues había estrellado su esencia de sueño contra el guardia. Uno de los frasquitos estaba vacío: era el que había contenido el preparado de nube alquímica que había usado para huir del arpón. Otro estaba por la mitad: el de enlazante, el potente adhesivo, que había utilizado para ganar tiempo mientras huía de Ander Lanning. Y aún tenía tres líquidos más descansando en su cinturón. Comecorazas, un oxidante de metal increíblemente eficaz. Y, por último, tenía dos viales de lágrimas rojas. Uno de ellos abandonó su posición en el cinturón cuando Bediam lo cogió y le quitó el tapón.

Los matones dejaron de avanzar y miraron el frasco con desconfianza. Fen dio un paso atrás y no apartó sus fríos ojos de los del alquimista.

-Cuidado con eso –le advirtió el prestamista-. No te olvides que estamos en medio de una ciudad, no en un camino perdido.

Bediam sonrió, tenso. Había noqueado a un guardia usando uno de sus preparados, no iba a empeorar su situación por amenazar a aquellos canallas con su ácido.

Al ver que no se amedrentaba, Fen se removió, incómodo y ordenó a sus hombres que retrocedieran, cosa que agradecieron.

-–le dijo a uno de ellos, sin dejar de mirar a Bediam-, avisa a la guardia de que un forastero ha matado a un guardia y que le estamos reteniendo.

Bediam palideció. Fen sacó un par de monedas de un bolsillo y se las entregó al hombre.

-Por si ponen alguna pega –comentó.

El hombre echó a correr, aliviado de poder alejarse de allí.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Miér Feb 18, 2015 7:05 pm

El tiempo no jugaba en su favor, eso estaba claro. Por una parte Ander Lanning, furioso, estaría al caer. Por otra, el dolor de la rodilla se iba volviendo sordo y profundo; eso lo alarmaba. La guardia también llegaría y no escatimaría esfuerzos por atraparle. También era cuestión de tiempo que el vigía inconsciente despertara, o que los matones de Fen se armaran de valor y se abalanzaran sobre él.

Y, por si fuera poco, se estaba meando. El alcohol no es buen amigo de la orina: cuando uno entra, la otra sale. Era el peor momento para eso, pero no hay nada menos comprensivo con las circunstancias que las necesidades fisiológicas.

-Te voy a decir que es lo que va a pasar –dijo Fen Lanning, con voz calmada-. En breves, llegará mi hermano. Normalmente soy capaz de meterle algo de sentido común a ese trapo mojado que tiene por cerebro, pero le has hecho enfadar. Para serte sincero, ni siquiera me voy a molestar en intentarlo. Seguramente te de una paliza. Tal vez te hayas vuelto fuerte y lo mantengas a raya, no lo tengo del todo claro. Pero eso me es indiferente. Lo importante es que no puedes moverte o hace ya rato que te habrías ido. Así que seguirás aquí cuando llegue la guardia de la ciudad. Te apresarán, te condenarán y te ahorcarán.

Una fuerte nausea se revolvió por las tripas del alquimista. Había visto ahorcamientos por cosas menos graves que dejar inconsciente a un guardia con un veneno misterioso. El Imperio no se caracterizaba por su tolerancia con las “artes oscuras”… y casi todo eran “artes oscuras” para el Imperio.

-Soy una persona razonable –continuó Fen, consciente de que dominaba la situación-.  Sé que no tienes dinero para pagarme lo que me debes. Y sé que muerto no vas a conseguirme ese dinero. Así que te propongo un trato.

Bediam titubeó, pero bajó el brazo con el que sujetaba el frasco con las lágrimas rojas. Se cuerpo se relajó ligeramente, lo justo para hacerle ver a su interlocutor que tenía voluntad de escuchar pero no lo suficiente como para bajar la guardia. Fen se permitió una leve sonrisa.

-Sé que eres una rata incapaz de juntar tres sucias monedas, pero es evidente que has aprendido algunas cosas desde la última vez que estuviste por aquí –comentó-. Y parecen cosas a las que se les puede sacar provecho.

Bediam fue a replicar, pero Fen levantó un dedo, apremiándole a seguir escuchando.

-La oferta expira en cuanto llegue mi hermano –advirtió-. Puedo intentar convencerle si ya estamos los dos de acuerdo, pero no puedo negociar contigo mientras te parten los dientes.

-¿Qué quieres de mí? –le tanteó Bediam.

Fen cruzó los brazos y adoptó una pose más relajada.

-No tienes madera de matón, aunque te las has ingeniado para tumbar a ese armario –comentó señalando al guardia con el mentón-. Por tu constitución, diría que tienes la fuerza de una niña pequeña, así que es evidente que usas alguna clase de… magia. Y por como sostienes ese frasco, asumo que lo que sea que te hace peligroso está ahí dentro, ¿me equivoco?

Bediam consiguió mantenerse inmutable. Fen no sabía que era alquimista. No sabía que era lo que hacía ni como lo hacía. Por eso su naturaleza cauta y desconfiada le impedía lanzar una ofensiva, porque no sabía a qué se enfrentaba. Esa era su única baza; debía jugarla bien.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Jue Feb 19, 2015 7:37 pm

Bediam se concentró en su papel: era una especie de mago misterioso. Había huido de la ciudad hacía años y, en algún lugar recóndito, había aprendido cosas que era mejor no saber. Poseía ahora conocimientos que el Dios Único reprobaba y no dudaría en usarlos. Era peligroso. Tenía que concentrarse.

Miró a Fen con temeridad y trató de componer una sonrisa que transmitiera seguridad. Que viera que no estaba en una situación tan comprometida como las circunstancias daban a entender. Que aún tenía muchos ases bajo la manga.

Pero Fen compuso una mueca, a medio camino entre una sonrisa compasiva y una mofa, que dejó la moral del alquimista por los suelos. Aquel hombre se dedicaba profesionalmente a aprovecharse de las situaciones difíciles de los demás, no iba a poder engañarlo.

No tenía nada. Nada. Suspiró, consciente de lo poco probable que era que saliese de aquella situación airoso. Fen sonrió de forma apenas perceptible.

-Eso me gusta más –comentó-. Te voy a dar una sola oportunidad. No vamos a regatear las condiciones de nuestro acuerdo: no me iré por las ramas pidiéndote imposibles y tú no te mostrarás reticente a lo que te pida. Lo aceptarás y punto. Si no hay acuerdo a la primera, no habrá acuerdo. Así de sencillo.

Bediam asintió lentamente con la cabeza, consciente de que no podía hacer otra cosa.

-Para empezar, quiero que te guardes la poción esa –dijo con un ademán tranquilo, como restándole importancia.

El alquimista tapó las lágrimas rojas y se las guardó en el cinturón. A Fen no se le pasó por alto ese detalle.

-Así que llevas varios de esos frasquitos bajo la ropa –apuntó, perspicaz.

Bediam se encogió de hombros, incómodo. La adrenalina no había parado de entrar en sus venas hasta ese momento, por lo que empezaba a sentirse exhausto. Además, el alcohol que tan imprudentemente había consumido en la taberna de Gordo Roger le hacía sentirse desorientado, mareado y enfermo.

-Déjalo todo en el suelo –ordenó Fen.

-No –respondió Bediam con un hilo de voz.

Fen se cruzó de brazos, molesto.

-¿No? –inquirió-. Pues no hay trato.

El alquimista se pasó la mano por el pelo, exasperado. Luego meneó la cabeza, sabiendo que era una pésima idea, y se desabrochó el cinturón. Lo dejó en el suelo con suavidad y volvió a levantarse. Se sentía indefenso y desnudo sin sus compuestos.

-Me alegra ver que eres una persona razonable –le felicitó Fen. Había que admitir que era un buen negociante, mucho mejor que Bediam: sabía cuándo presionar, cuando mostrarse conciliador, cuándo inflexible… No era de extrañar que les fuera bien el negocio.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Vie Feb 20, 2015 6:14 pm

Fen le hizo un gesto a uno de sus compinches, señalando el cinturón con los frascos, dando la muda orden de recogerlo y traérselo. El hombre vaciló, pero obedeció. Se acercó con cautela a Bediam, que permaneció impasible. Se agachó poco a poco, agarró el cinturón con delicadeza y lo levantó del suelo.

-Ves con cuidado –masculló Bediam, con voz gélida-. No me gustaría estar en tu lugar si se te rompe alguno de esos frascos cerca.

El hombre se puso blanco, pero consiguió sobreponerse. Retrocedió mucho más rápido de lo que había avanzado, sin perder al alquimista de vista. Cuando estuvo junto a Fen Lanning, le tendió el cinturón. Éste lo miró con una mezcla de curiosidad y respeto. Extrajo con cautela uno de los frascos de lágrimas rojas y lo observó con calma.

-¿Qué es? –quiso saber.

-Nada que te quieras beber –respondió Bediam, críptico.

Fen devolvió la poción a su sitio.

-¿Por cuánto se puede vender todo esto? –preguntó Fen, agitando un poco el cinturón.

-2 kulls de oro –mintió Bediam. Era justo lo que debía a los Lanning. Bueno, para ser exactos, era lo que él había pedido prestado. Seguramente la deuda sería mayor ahora.

Fen le dio un par de vueltas al cinturón, pero finalmente sonrió, satisfecho.

-Adquirido –anunció.

Bediam frunció el ceño, confundido. ¿Por qué aceptaba un trato tan ruinoso…?

-¿Entonces estamos en paz? –dudó el alquimista- ¿He saldado mi deuda?

La sonrisa de Fen se ensanchó. Aquello le daba mala espina.

-No, claro que no –respondió Fen, con tranquilidad-. Hay que tener en cuenta los retrasos en los pagos. Y hay una penalización por huir de la ciudad. El “impuesto de las ratas”, lo llamamos. Así que aún debes otros 3 kulls de oro.

Bediam se quedó helado. ¿3 kulls de oro más? Era imposible. Con eso, prácticamente podía comprarse una casa. Fen sopesó el cinturón y después volvió a mirar al alquimista.

-Como ya he dicho, soy un hombre práctico –dijo el prestamista-. Sé que no eres capaz de reunir ni medio kull de oro. Así que voy a contratar tus servicios.

No había nada que él pudiese hacer que valiese 3 kulls de oro y ambos lo sabían.

-Quiero que transmitas a toda la gente de esta ciudad un mensaje por mí –explicó el menor de los Lanning-. Es un mensaje muy sencillo y muy claro.

Fen hizo un gesto muy claro a sus tres matones, que avanzaron hacia Bediam, esta vez con más aplomo. El alquimista retrocedió un paso y un latigazo de dolor le azotó: su pierna estaba peor de lo que pensaba.


Última edición por Bediam el Sáb Feb 28, 2015 5:14 pm, editado 1 vez
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Sáb Feb 21, 2015 5:24 pm

-Cuando alguien nos pide dinero, estamos asumiendo un riesgo –explicó Fen, mientras sus hombres rodeaban a Bediam-. Una muerte accidental, una huida, una rata como tú… Hay mil cosas que pueden salir mal. Es un negocio muy arriesgado y muy ingrato. Pero hay una forma muy sencilla de acabar con todo esto. Que tú mueras por no pagar.

Bediam tragó saliva, tratando de no perder de vista a ninguno de los matones, que parecían disfrutar el momento.

-Ander hace un buen trabajo partiendo narices y fracturando huesos, pero no tiene madera de asesino –continuó Fen-. Por aquí ya le tienen cogida la medida y saben de que es capaz de hacer… y de que no. Y hay quien se aprovecha de su humanidad para no pagar. Pero eso se acaba contigo. Cuando te ahorquen, todos sabrán que fuimos nosotros los que te llevamos hasta ella. Y los demás se lo pensarán dos veces antes de no pagar a los Lanning.

Bediam se giró justo para ver como uno de los hombres saltaba sobre él. Rápido como el rayo, en un movimiento instintivo, se llevó la mano al cinturón… solo que no estaba. Abrió los ojos, con evidente sorpresa, mientras el hombre caía sobre él y le inmovilizaba. Antes de que pudiese hacer nada más, le propinó un rodillazo en el estómago que le dejó sin aliento. Bediam cayó de rodillas, boqueando.

-Pero que no te vayamos a matar nosotros directamente no significa que no te toque pagar todos los problemas que nos has hecho pasar –añadió Fen con frialdad-. Quedaos a gusto, muchachos.

Bediam no trató de soltarse, no le quedaban fuerzas. No estaba acostumbrado al combate ni a las aventuras arriesgadas. No podía más. Tenía todo el cuerpo agarrotado y dolorido. El contacto de su rodilla herida contra el suelo apenas le producía un leve malestar, por lo que debía estar realmente mal, pero ya no le importaba.

-¡Qué nadie lo toque! –rugió alguien.

Bediam levantó la cabeza, alarmado. ¿Alguien venía a ayudarlo? ¿Pero quién? ¿La guardia? ¿El Gordo Roger? El matón le soltó las manos, que le cayeron pesadamente a los lados.

El alquimista se frotó las muñecas, dolorido y buscó con la mirada a su salvador. No tardó en encontrarlo. Era un hombre alto y fornido. Llevaba el pelo rubio muy corto. Una camisa blanca, sin mangas. En su cara, una mirada irritada y vengativa. Bediam tragó saliva.

-Que nadie le ponga un dedo encima –repitió Ander Lanning-. Es mío.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Dom Feb 22, 2015 12:26 pm

No entraré en detalles de lo que ocurrió a continuación. No fue una pelea, fue una paliza. Bediam estaba malherido y cansado; Ander estaba a plena potencia, aunque en realidad, eso poco importaba: Bediam no tenía ninguna oportunidad contra aquel hombre, acostumbrado a las peleas callejeras. Lo único que tuvo tiempo de hacer el alquimista fue dejar su zurrón a un lado, pues no quería que se le rompieran las pocas posesiones que le quedaban. ¿Extraño, no? Le iban a dar una paliza y luego lo iban a ahorcar, pero se preocupó más de que no le rompieran sus frascos vacíos y su crisol que sus propios huesos.

En el transcurso de la paliza, entre las oleadas de dolor, Bediam se preguntó dónde estaba aquella compasión, aquel buen corazón del que Fen había hablado. Casi le hizo sonreír, pero justo entonces le rompieron el antebrazo de un pisotón y dejó de verle la gracia a la situación. No sabía cuánto tiempo duró aquello, pero fue sin duda demasiado. Sentía que la consciencia le iba abandonando poco a poco, cuando…

-¡Alto en nombre de la ley! –rugió alguien.

Bediam trató de abrir los ojos, pero los tenía amoratados e hinchados. Apenas consiguió vislumbrar una franja de luz, pero fue suficiente para ver una docena de hombres armados con garrotes, todos vestidos con las armaduras ligeras de la guardia de la ciudad. Esa armadura daba mucho calor, pero era parte del uniforme. Los guardias siempre tenían calor y por eso siempre estaban irritados. Parecían muy irritados. El alquimista no tuvo fuerzas para sonreír, pero se alegró de que hubiesen llegado, porque significaba que ya no le iban a pegar más. No le importaba que a continuación fuese la horca: solo le importaba que dejasen de golpearlo.

Entonces pasó algo que no se esperaba: Ander Lanning y los hombres que había traído echaron a correr. No fue al único que le pilló desprevenido: Fen Lanning abrió mucho los ojos al ver como su hermano y la mitad de los hombres que había allí salían huyendo. Se produjo una calma extraña, en la que los guardias miraron a Bediam, luego a los hombres del prestamista, luego al prestamista… y el cinturón con líquidos de colores que llevaba en la mano. Uno frunció el ceño.

Bediam reunió las pocas fuerzas que le quedaban y habló, aunque cada palabra se le clavaba como una cuchillada en el costado.

-Ese… hombre… fuerzas… oscuras… blasfemo –consiguió articular entre toses.

Ese fue el empujón que les faltaba a los guardias para decidir qué había pasado.  

-Suelta ese cinturón, brujo –ordenó uno de los guardias a Fen.

Éste palideció: todo había salido mal. Había sido culpa de su hermano: ¿por qué había tenido que huir? Entonces uno de sus matones salió corriendo, y el resto le siguieron. Los guardias ya no necesitaron nada más, se abalanzaron sobre Fen en un instante. Éste, conmocionado, agitó el cinturón delante suya, consciente de que no tenía tiempo para huir. Los guardias se pararon en seco, cautelosos.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Dom Feb 22, 2015 1:24 pm

Fen agitaba el cinturón mientras retrocedía poco a poco. Los guardias avanzaban lentamente, manteniendo la distancia que los separaba.

-¡Yo no soy brujo! –chilló Fen, sin dejar de agitar el cinturón- ¡Es ese desgraciado que está en el suelo!

Los guardias hicieron caso omiso y siguieron avanzando mientras se abrían en abanico, tratando de que el prestamista no pudiese tenerlos a todos controlados. Siguió retrocediendo poco a poco, pero de pronto se paró y miró a Bediam.

-Esto no acaba así, rata –masculló con rabia-. Te daré caza.

Los guardias aprovecharon que el “brujo” ya no les dedicaba toda su atención para avanzar, pero Fen se dio cuenta y con un ágil movimiento hizo un amago de lanzar el cinturón contra los guardias y estos retrocedieron, alarmados. El brusco movimiento hizo que uno de los frascos se saliese de su hueco en el cinturón (no estaba pensado para llevarlo cogido con la mano, haciendo que todos quedasen colgando de lado) y se estrellase contra el suelo, liberando su contenido. Era el frasco de comecorazas, que empezó a extenderse, sisando en contacto con la piedra.

Para el cerebro conmocionado de Bediam todo ocurrió en un instante: Fen les lanzó el cinturón, los guardias retrocedieron, el cinturón chocó contra el suelo y los frascos restantes se rompieron, Fen echó a correr, los guardias le siguieron… y todo quedó en silencio. No había ni un alma en la calle. El alquimista fue consciente de que tenía que moverse: tenía que recuperar su zurrón y su cinturón, que descansaba en un charco de compuestos alquímicos y después tenía que huir de la ciudad antes de que los guardias volviesen y lo prendiesen. Pero era incapaz de moverse. Estaba boca arriba, tirado en el suelo. La sangre manaba de sus heridas y ya formaba un pequeño charco a su alrededor. Respiró con delicadeza, porque incluso eso le producía dolor. Hacía un buen día: apenas había nubes y el sol brillaba con amabilidad.

Un buen día, seguro… El contorno de las cosas se fue desdibujando poco a poco y todo quedó negro cuando Bediam perdió finalmente el conocimiento.
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Re: Las deudas se pagan

Mensaje por Bediam el Dom Feb 22, 2015 5:42 pm

Lo despertó un zarandeo brusco y poco considerado. Abrió los ojos de golpe, sobresaltado, y se llevó las manos a la cara, buscando proteger su rostro. Pero no sobrevino ningún golpe. Permaneció así un par de segundos, expectante, hasta que fue evidente que nada pasaba. Bajó los brazos poco a poco, inseguro sobre si debía mirar.

Bediam se encontraba tumbado en la cama de una habitación pequeña, pero bien iluminada. Había un pesado armario de una madera clara y elegante. También había una mesa y una silla en desuso, evidenciado por una fina capa de polvo asentada sobre los dos muebles. La luz que bañaba la habitación entraba, agradable, por una ventana abierta de par en par, sin cortinas. Aquí y allá habían estanterías llenas de libros y cachivaches de utilidad incierta. Bediam compuso una sonrisa quebrada y miró hacia arriba: allí estaba aquella mancha oscura fruto de uno de sus primeros intentos de hacer preparado de nube alquímica. Estaba en su habitación, la habitación que había tenido desde que era pequeño: estaba en casa de sus padres.
Pensar en sus padres le provocó un pinchazo en el corazón. Pero apenas le duró un segundo, pues ante él había dos mujeres. Ambas eran mayores que él, sin duda. Una tenía el pelo oscuro y recogido, con mirada severa y porte tenso. La otra tenía el pelo del mismo color que el armario, pero ribeteado con níveas canas aquí y allá. Demasiadas para negarlo, pero pocas para preocuparse. Era la que lo había zarandeado.

La de los ojos oscuros y mirada intensa era su madre. No parecía contenta de verle, aunque tampoco irritada.

-Hola, madre –murmuró Bediam-. Cuanto tiempo.

Los recuerdos le inundaron como un rio desbocado. La muerte de su padre. Su madre cediéndole el negocio, airada, tal como estipulaba el testamento de su marido. Su fracaso estrepitoso. El préstamo. La huida. Se había visto obligado a madurar a marchas forzadas, y ni siquiera así había conseguido nada.

Su madre no respondió, se giró hacia la otra mujer y le dio las gracias educadamente. Tras una respuesta educada por parte de la desconocida, se levantó y salió de la habitación, ligera como una hoja. Bediam se quedó callado, viendo como desaparecía. Y permaneció callado una vez se hubo ido, pensando en cuando se había torcido tanto la cosa entre ambos.

-Deberías darle las gracias a tu madre –comentó la mujer, rompiendo el hielo-. Es por ella que estás sano y salvo.

Fue entonces cuando Bediam fue consciente de lo bien que se sentía. No le dolía ninguna parte de su cuerpo. Se palpó la rodilla, asombrado: la articulación le respondió con la eficacia propia de su juventud. Ni siquiera un pequeño quejido de dolor.

-¿Cuánto tiempo llevo dormido? –le preguntó a la mujer, confuso.

La mujer se encogió de hombros.

-No sé cuándo te desmayaste exactamente –respondió-. Pero unas dos horas, supongo.

Bediam sacudió la cabeza. Era imposible.
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Bediam

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