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El exilio de Ludovico

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El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Sáb Abr 27, 2013 11:55 pm

El ideal


Mi mente no me dejaba tranquilo. Esto no puede seguir así. Este planteo es errado, no coincide con los valores de Luminaris. Pensaba y pensaba, no podía parar. Mi idea era cada vez más fuerte, sus raíces se empezaban a afirmar en el centro de mi cabeza. Sentía que iba a estallar si no hacía algo, por lo que tomé mi pluma y comencé a escribir. Todo era demasiado claro para mi, no podía entender como los demás podían estar tan errados. Años y años, por siglos, siguiendo un camino que estaba torcido, que no representaba puramente la idea por la que nos ha bendecido Luminaris. Estaba tan seguro de mi mismo, que no aguanté más. Solo quedaba esperar un par de días y sería parte de la historia.

Me levanté de mi cama y fui al baño a asearme, iba a ser un día importante. Me dirigí a la sala principal, en busca de Itsis, él siempre solía estar ahí. Al llegar, como era de esperarme, allí se encontraba, con su túnica blanca, tan blanca que parecía brillar, su pelo gris como una nube de tormenta y su gran barba, que parecía tener vida propia. Me acerqué a él -Buenos días, señor Itsis- saludé con orgullo -Oh, que grata visita, jovén Ludovico. Buen día para ti también ¿Como has estado?- me respondió Itsis -He estado pensando, gran Itsis. Tengo un gran proyecto entre manos y quiero presentarlo en el consejo lo más pronto posible. Estoy muy ansioso y creo que es una idea que nos beneficiará en muchas cosas y con otros grupos- respondí con mucha felicidad -Esta bien, joven Ludovico, esta tarde hay un espacio. Lo reservaré para ti- me dijo Itsis. No lo podía creer, era muy pronto. Me puse nervioso, aunque ya tenía todo escrito, lo que iba a decir, mis respuestas sobre posibles cuestionamientos, no podía relajarme, estaba ansioso.

Las horas parecían no querer llegar. No sabía que hacer, ya había desayunado y almorzado, intenté dormir, pero no podía, repasé mi discurso, una y otra y otra vez, ya me lo sabía de memoria prácticamente. Sudaba, no sabía por que, esto nunca me había pasado desde que tengo memoria.
En un momento escuché tres golpes seguidos sobre mi puerta y miré rápidamente por instinto. La puerta se abrió suavemente -Ya es hora- dijo Itsis. Mi corazón se iba a salir de mi pecho, podía sentir mi sangre fluyendo por las venas. Me llené de coraje, tomé mi discurso y seguí a Itsis, que me miraba como nunca, sus ojos parecían estar llenos de esperanza.

Se abrieron las puertas y entre un río de aplausos caminé hasta la mesa central. El congreso era una enorme sala hecha puramente de mármol blanco como una la lana de una oveja al mes de nacer. Allí estaban muchos de los grandes referentes de Luminaris. No podía quedar mal frente a ellos. Cuando Acabaron los aplausos, comencé a discursar con mi voz y mi cara bien en alto.

-Compañeros de Luminaris, os saludo a todos los aquí presentes, y a los que no se encuentran también. Algunos me conocéis, pero la mayoría no, por lo que me presento. Mi nombre es Ludovico Reverearis. Estoy aquí por una razón muy importante para mi. Todo este tiempo hemos estado siguiendo un patrón de exterminio sobre la magia. Magia... ¿Gracioso no? ¿Qué es la magia? Magia es cometer acciones no físicas sobre algo o alguien, que la gran mayoría de los mortales no pueden realizar ¿No es cierto?... ¡¿Pero acaso nosotros no practicamos una especie de magia también?! Me refiero a que por medio de la bendición que Luminaris nos ha ofrecido, anulamos magia por medio de plegarias ¡¿Pero la mayoría de los mortales pueden hacer esto? No, no pueden! Por lo tanto pienso que nuestro camino está errado gente, hemos torcido el rumbo, hemos interpretado mal los deseos de Luminaris, la magia no es nuestra enemiga si sabemos como usarla ¡¿Se imaginan tener toda una línea de magos ayudando para nosotros? ¿No sería una gran ventaja?! ¡Nuestro cometido aquí es la verdad y la justicia, señores! La magia nos puede servir, nos puede ayudar, nos puede facilitar en demasiadas cosas. Podríamos ampliar nuestro ejercito de una manera tremenda si aceptáramos gente que practique magia. No toda la magia es malévola, gente y vuelvo a repetir ¡Nuestra misión encargada es la verdad y la justicia, no el exterminio! ¡Hemos interpretado mal, compañeros! Por eso les pido que recapacitemos, que hagamos una segunda opinión. Los beneficios serían enormes para nosotros. Solo... Solo piénsenlo. Muchas gracias por su atención- Terminando así mi discurso, esperé una respuesta.


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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Dom Abr 28, 2013 9:48 pm

El rechazo


Cualquier objeto que cruzara por la sala en ese momento quedaría atrapado de por vida en la enorme red de silencio que se había generado en la sala. Nadie decía nada y yo no hacía más que mirar las cara de los presentes buscando algo de apoyo. Algo que nunca encontré. De pronto escuché una voz -¡Idiota!- a lo que los demás no se hicieron esperar y comenzaron con su ola de insultos y reproches hacia mi. No podía entender ni que me gritaban, solo escuchaba insultos aislados y caras llenas de enojo. Miré a Itsis, tratando de saber que ocurría, pero él me miraba con tanta decepción que no pude mantener la mirada ni un segundo. Apoyé mis manos sobre la mesa y miré hacia ésta. La angustia me subía por el pecho mientras toda la sala era un solo insulto hacia mi.

-¡Silencio! ¡Silencio todos, he dicho!- gritaba un referente de la sala, que se había acercado hasta mi lado, mientras golpeaba la mesa con toda su furia. Lo podía ver en sus encarnizados ojos. -¡Tu! ¡¿Quien te crees que eres tu para desestimar nuestros ideales?! ¡Esto lo hemos mantenido así desde que se crearon los seguidores y nadie podrá cambiarlo! ¡¿Entiendes?!"- me gritaba este hombre en la cara, mientras yo continuaba en mi misma posición, tragando vergüenza. Me tomó por el brazo y me giró hacia la puerta, sin soltarme, mientras me tironeaba hasta ésta para que salga. No tenía otra opción, obedecí su regaño y caminé junto a él con la cabeza gacha. -Tu... Tu no tienes idea en el problema que te has metido, muchacho- me dijo en la cara apenas al salir de la sala, con su cara a unos centímetros de la mía, y con un tono tenebroso e intimidador -Tus problemas no han hecho más que comenzar- y volvió a entrar a la sala, en la que todavía se escuchaba un barullo importante.

No podía creer lo que estaba pasando, semejante revuelo. Mis intenciones obviamente no eran esas, no creí que algo así fuera a pasar. No encontraba respuestas a la reacción de esos hombres. En eso se abre la puerta, era Itsis. -Ludovico, vamos, acompáñame. Debes ir a tu habitación- me dijo, mientras ponía su mano en mi espalda, invitándome a caminar. Caminamos en silencio por los pasillos vacíos del edificio hasta llegar a mi habitación. -Empieza a recoger tus cosas Ludovico. Todos sabemos lo que te espera. Es una lástima, yo tenía mucha fe en ti- dijo Itsis tristemente, mientras se quedaba parado en la puerta mirando el piso. De pronto se escucharon unos pasos al unísono, que se acercaban hasta mi habitación. Eran unos seis guardias y este hombre que me había sacado de la sala. -Tienes cinco minutos para recoger tus cosas y marcharte de la ciudad, hereje. Tómalo como un cumplido, antes de que nos arrepintamos y te mandemos a la horca pública- Se me heló la sangre, gotas frías como un glaciar comenzaban a aparecer en mi frente y una lágrima brotaba de mi ojos izquierdo, cayendo lentamente hacía el suelo. La vi caer tan feliz, tan libre, tan pura, tan transparente, que hasta llegué a pensar que tal vez tenía vida propia, y la vi estrellarse contra el suelo, esa gran pared de mármol que interrumpía su camino hacia la eternidad.

Orgullosamente me puse mi armadura, enfundé mi espada y mi calcé la daga a la cintura. Con la cabeza en alto me vestí con mi tabardo representativo de los seguidores de Luminaris y caminé hacia afuera. La construcción daba a la calle principal de la ciudad, a unos cuantos metros de la gran puerta principal de la ciudad. Ya se había corrido la voz, la calle se encontraba repleta de gente curioseando que había pasado, esperando a ver que iba a pasar, aunque no sabían a ciencia cierta que había ocurrido. Caminé con mi cabeza en alto, escoltado por dos guardias que me seguían bien de cerca. Había un claro pasillo marcado por la gente, hasta la gran puerta de la ciudad. No miré nunca hacia los costados, ni hacia atrás, mi destino estaba más allá del horizonte, sabía que algún día lo iba a conseguir. Mi vista perdida no me permitió ver como mis padres se escabullían entre la gente y corrieron a abrazarme -Ludovico ¿Qué es lo que está pasando?- preguntó mi madre, entre lágrimas, agarrándome la cara con las dos manos para que la mirara -Padre, madre, ahora es tarde- alcancé a a decir, cuando dos guardias más aparecieron para quebrar el abrazo que me estaban dando mis padres. Entre forcejeos pude sentir como su mano se deslizaba por la mía, intentando no soltarme. -Tranquilos. Algo puro no puede morir jamás- les dije entre gritos, y así fue como desaparecieron entre la gente, obligados por los guardias.

Me encontraba parado frente a la puerta principal, con los dos guardias detrás, y en ésta me esperaba uno de los referentes de Luminaris -Ludovico Reverearis. Por tus críticas hacia nuestra organización, hemos estado un corto tiempo discutiendo. Tus pensamientos e ideologías no son de nuestro agrado, ni son bienvenidos en nuestra sociedad. Has querido deshonrar nuestra historia, nuestra larga y rica historia, haciéndonos pensar que estábamos equivocados. Por tus actos deshonrosos y criticas hacia nosotros, no nos has dejado más opción que declararte un hereje en la ciudad. Eres una persona no grata aquí, y nadie desea verte por estos lugares nunca más, por lo que estas puertas se abrirán una vez más para ti- El ruido de las cadenas de hierro, esforzándose para correr las puertas se pudo escuchar en toda la ciudad, mientras pude ver la inmensidad. -Tu no eres digno de llevar esto, hereje- Fueron las últimas palabras que pude oír de esa ciudad, y de un corte con una daga y un tirón, este hombre me arrancó el tabardo. Mastiqué rabia y comencé a caminar. Todo era mío, el destino.


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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Jue Mayo 02, 2013 2:08 am

El Exilio


Polvo. Todo lo que salió de mi primer paso fuera de esa ciudad fue polvo, que se escapaba de la suela de mi bota para sobrevivir otro día más. Estaba petrificado, mis movimientos eran como los de una momia. Evité girar mi cabeza, mi destino se encontraba más allá del horizonte, solo el pasado estaría tras mis espaldas. Es algo con lo cargaré el resto de mi vida, pero lo tengo que dejar atrás. Luego de hacer un par de pasos, pude sentir como la puerta se cerraba tras de mi. No iba a ser la última vez que oyera esa puerta, de eso estaba seguro. Mis pestañas chasquearon al sentir el golpe de ese portazo final. Di mi segundo paso, ya podía sentir como me acostumbraba a mi nueva y solitaria vida. Seguí por el camino que llevaba a las afueras de Thonomer, el camino hacia el sur. Los campos de cultivos eran prósperos a los lados de éste. Se podía ver familias y personas de todas las edades trabajando juntos entre sí, para tener un mañana mejor. En una ciudad como ésta, serán esclavos silenciosos por el resto de sus días. Me miraban con curiosidad, era obvio, un hombre escoltado por dos guerreros, no era muy común y solo podía significar dos cosas, o era un héroe o era un hereje. No tenía mucha fama a mi favor.

De pronto, como una brisa primaveral que acaricia una mejilla, una niña pequeña, a un paso saltarín y danzante, cruzaba por un pequeño puente hecho de madera, las acequias que delimitaban el ancho del camino. Sus cabellos castaños no conocían la gravedad, parecían volar libres amarrados a su cabeza, tan brillantes. Ella se paró frente a mi y me miró, con los ojos inocentes de todo niño. Me agaché, apoyando mi rodilla derecha sobre el camino terregoso y mis manos en mis muslos -Hola, pequeña- le dije, mientras corría sus cabellos, que tapaban su sucia cara, atrás de su oreja. Tomó con las dos manos una flor que llevaba y la acercó hacia mi. Era una flor muy hermosa, color rojo intenso, parecida a una rosa, pero sin espinas. La olí. -Oh, gracias- dije sorprendido. Me sentí mal por no tener nada para ofrecerle, por lo que le ofrecí una promesa -La voy a llevar por siempre, como un hermoso recuerdo ¿Te parece bien?- ella asintió sonriente, con sus manitos atrás de su espalda y balanceándose de un lado a otro, mientras yo guardaba la flor dentro de una de mis botas. -Vamos, hereje. No tenemos todo el día- Me dijo uno de los guardias, mientras me golpeaba levemente con una de sus rodillas, asustando a la niña, que rápidamente se fue corriendo de nuevo hacia su casa.

Continuamos la caminata por un largo rato. Una cuatro o cinco horas diría yo. El camino no tenía mucha variedad de paisaje, si no era que estábamos atravesando una zona de campos o una pequeña aldea, era un prado verde, lleno de pasto y arbustos. El cielo se encontraba muy despejado, no se veía una sola nube en todo el cielo y el sol brillaba, radiante. Todavía era de día, por la posición del sol, diría que serían las tres o cuatro de la tarde aproximadamente. -Entonces... ¿A donde me acompañan? Ni siquiera me tienen esposado ¿Acaso me llevan a alguna especie de prisión? Ya soy un exiliado, no volvería a menos que sea con un enorme ejercito a mi favor- pregunté, ignorante, a los guardias. Estos permanecieron en silencio. Malditos guardias y su silencio, solo hablan para molestar o intimidar, solo siguen órdenes, siempre dudé de si disfrutaban su vida, tal vez disfrutaran siendo unos esclavos de la violencia.

-Creo que ya salimos de Thonomer- le decía un guardia a otro. Estábamos en los alrededores del sur de Thonomer, en los lindes de un tupido bosque. Se escuchaban los pájaros cantar y algún que otro pequeño animal que andaba por ahí, como una liebre o una ardilla. -Hasta aquí llega tu camino, hereje- me dijo un de los guardias. Todo se convirtió en un gran silencio -Supongo que te refieres que hasta aquí llega el suyo. Yo ya no puedo volver- dije, algo confundido, mientras me giraba hacia ellos. Parecían estar disfrutando el momento, se les dibujaba una sonrisa en su rostro. -No, no puedes regresar, ni tampoco irte- me dijeron, sonrientes.


Última edición por Ludovico Reverearis el Jue Mayo 23, 2013 6:34 am, editado 4 veces
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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Sáb Mayo 04, 2013 9:01 am

La Libertad


Me rasqué la barbilla, agachando un poco la cabeza, pero sin perderles la mirada, mientras veía como acomodaban sus lanzas en posición de batalla. Estos muchachos realmente iban en serio. Nunca había visto los entrenamientos o alguna batalla de guardias, pero estaba confiado de mi mismo, soy un seguidor de Luminaris, estoy preparado para estos casos, mi confianza es grande y mis plegarias no son algo de lo que todo el mundo se sepa defender. -¿Así que vamos a "hablar" en estos términos?- Les pregunté sarcásticamente a estos dos guardias -Claro, vamos a tener una pequeña charla- Contestó uno de ellos. -Entonces... Aunque sea déjenme hablar en su propio idioma- Dije al mismo tiempo en la que desenfundaba mi espada. Me encanta oír el sonido que hace el acero corriendo por la funda de ésta, es tan inspirador.

-¡Maurus iustitia!- Grité, levantando mi mano izquierda, viendo como el guardia de la derecha caía al suelo, atrapado por mi amarre ajusticiador. No eran objetivos muy fuertes, pero no soy tonto, confiarme sería una estupidez. El guardia que quedaba en pie miró rápidamente a su compañero, viéndolo caer, con sus manos pegadas al cuerpo y sus piernas bien juntas. Volvió a girar hacia mi y lanzando un grito de furia, me atacó con su lanza de una manera muy burda. Un ataque horizontal se acercaba hacia mi torso. Levanté mi brazo y dejé que la punta de mi espada apuntase hacia el verde césped, interceptando de un golpe el ataque de su lanza. Tomé su lanza con mi brazo izquierdo y de un tirón hacia mi lo hice perder el equilibrio, aventándose hacia adelante, dejando un espacio perfecto para golpearlo con el mango de mi espada. Se pudo escuchar un ruido muy crudo, mientras volaban un par de dientes y algo de sangre. Éste soltó su lanza para agarrarse la boca, o tratar de atrapar los dientes que volaban frente suyo, entre tanto se agachaba un poco y parecía querer gritar. Pisé el filo de su lanza y tirando hacia arriba con mi brazo izquierdo quebré la punta. Tomé el brilloso acero y lo arrojé lejos, donde nadie lo pueda recuperar en un buen tiempo.

Su compañero se estaba levantando, mi amarre ya estaba perdiendo efecto, por lo que no podía perder más tiempo. Al momento en el que se estaba reincorporando pudo sentir mi fría y sucia suela sobre sus costillas. No se lo dejaría tan fácil el levantarse. Casi sentí lástima por él, después de desequilibrarlo con mi pie unas tres veces y verlo caer una y otra vez al suelo, pero el saber que no me quería ver vivo impedía que ese sentimiento se apodere de mis acciones. Debía terminar con esto. Levantando mi espada con las dos manos la elevé lo más alto que pude, con la punta hacia abajo, pude escuchar como este guarida me pedía por favor que no lo hiciera ¿Hacer qué? Tal vez creyó que lo iba a matar. No soy como ellos, si hubiera pensado como yo, tal vez me estaría agradeciendo. La sangre brotaba de su tobillo, roja y tibia se escurría entre el césped, tan lleno de vida, y se perdía escondiéndose en la tierra. No se iba a levantar.

Me dirigí hacia el guardia, que se encontraba agachado, sosteniéndose su labio partido por la mitad. Creo que no podía hablar. Ahora que lo pienso, hice mal en preguntarle a él -¿Les han indicado matarme o solo lo hacen por placer?- Solo encontré silencio y murmullos de sufrimiento. Este sería mi mensaje: Sigo mi camino por mi cuenta, no seré dependiente de lo que ustedes quieren que suceda. Enfundé mi espada y continué caminando hacia el sur. No sabía hacia donde iba, pero Noreth tiene tantos caminos que es imposible perderse en la nada. A algún lado iba a llegar. Mi única duda era qué sería de mi ahora ¿Debo buscar mi destino o este me buscará a mi?
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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Jue Mayo 23, 2013 8:10 am

Me preguntaba qué sería de mi ahora. He perdido mi identidad, me han humillado delante de mi gente por una causa justa, sin dar respuestas ni argumentos. Idiotas e ilusos. Sus palabras no se detenían en mi mente, rebotaban de aquí hacia allá, como un hechizo mal logrado. Estaba seguro de que algún día volvería, y sería tomado en serio por esos tipejos. No puedo contenerme, mi rabia es tal que no dejo de pensar en otra cosa, debo dejarlo atrás por un momento, sino no iría a ningún lado. Seguí caminando hacia el sur, por los senderos y con mi rabia pellizcándome los dedos, que se frotaban sobre la palma de su respectiva mano. De pronto recordé la flor de la niña ¿Todavía seguiría allí, en su lugar? Me agaché un tanto para revisar mi bota. Allí se encontraba, un tanto marchita y con algunos pétalos caídos, pero su esencia no había muerto, para nada. Seguía representando perfectamente los recuerdos y la niñez. Decidí guardarla en mi pequeña bolsa de cuero, allí se estropearía un tanto menos y por lo pronto debía encontrar un lugar donde quedarme algunos días.

Decidí tomar un camino que se costeaba al lado de un arroyo. Éstos siempre conducen a pequeños poblados abandonados en el recuerdo de unos pocos, eran mis favoritos. Extrañas historias locales, mentiras sobre héroes que rondaron por allí, rumores de las cercanías, son un excelente destino para los sin rumbo como yo. Cada tanto veía a algún hombre o mujer que se me cruzaba por mi camino, nada extraño, taladores, comerciantes, mensajeros, nada del otro mundo. Ni miradas sospechosas, ni agresiones, ni intentos de robo, era todo demasiado normal por aquí. Un sonido parejo afiló mis odios, era un galope, corto y continuo que cada vez se acercaba más. Disimuladamente mire de reojo hacia atrás, era un comerciante, podría pedirle un aventón en su carreta. Me detuve e hice unos pasos fuera del camino y levanté mis brazos en señal de si podría detenerse.
-Buen día, usted dirá- me dijo el comerciante con una voz un tanto aguda. Era un hombre delgado, con una pequeña barba en punta, bien cuidada y detallada, y un bigote que parecían dos zapatos de bufón pegados por el taco.
-Buenos días buen hombre, mi nombre es Luis.- mentí  -Me preguntaba si usted podría darme un aventón hasta el pueblo más cercano- pregunté sin más.
-Sube que nos vamos. No estamos muy lejos- me dijo, sin pensarlo demasiado. Le sonreí en muestra de agradecimiento y rápidamente subí a su carro. -Tengo toda mi mercancía contada, Luis. No me obligues a cortarte los dedos- fue todo lo que me dijo apenas me subí y comenzó a cantar una canción de caza dragones. No puedo decir que pagaría por escucharlo cantar, pero al menos no sangraban mis oídos.

Con mi espalda hacia el donde nos dirigíamos y mi vista sobre el camino, que se alejaba a cada paso del caballo, me encontraba en un estado casi vegetal. Mi mente estaba cansada y necesitaba descansar luego de tantas cosas.
-¡Estamos llegando!- gritó el comerciante. Pestañeé como un chispazo y me arrodille en el carro, para mirar hacia adelante. Eran unas 14 o 15 casa pequeñas, de madera y techos de paja. Podía verse a simple vista una pequeña herrería, un aserradero, gallinas por doquier y algunas zonas con cercas que adentro resguardaban unas cuantas vacas.
El hombre frenó su carreta en la entrada y dijo -Hasta aquí llegas en mi carro, hombre-.
Me bajé de un salto y le agradecí a éste, que se marchó tan rápidamente que no me acuerdo cuando le perdí el ojo ni que camino tomó. La poca gente que se encontraba fuera me miró sin mucha importancia, era obvio que allí todos se conocían, pero también era normal que haya gente que está de paso, en si es un pueblo de paso para mucho. Empecé a caminar por el pequeño poblado, buscando un lugar donde quedarme. "La Rata: Posada"... No tenía muy lindo nombre ¿Pero cuántas opciones podía tener? Sin titubear demasiado ingresé a la posada.

El ruido de las bisagras parecía ser la alarma de quien ingresaba y quien se iba. Allí se encontraba el cantinero, un hombre de unos cincuenta años, barba negra y recortada, pelo corto. Por lo demás, no había nadie dentro del lugar.
Me acerqué hacia la barra  -Buenas tardes, buen hombre. Sabe... Estoy buscando un lugar en el que pasar la noche, pero en este momento no llevo dinero, por lo que me preguntaba si podríamos hacer una especie de intercambio, un truque. Yo trabajo para usted y usted me da comida y una cama- pregunté con algo de vergüenza, me sentía como si estuviera pidiendo caridad.
-¿Sabes una cosa muchacho? En este lugar lo que falta es gente y lo que sobra son cosas para hacer. Duerme hoy, tu cara no es la mejor. Mañana comienza tu nueva vida-  me dijo ¿Acaso me había leído la mente? ¿"Nueva vida"?... "Nueva vida"... No paraba de rebotar en mi cabeza.


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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Vie Mayo 24, 2013 4:51 am

¿Por qué sigo cayendo? ¿Acaso estoy flotando? ¿Acaso me estoy elevando? No puedo sentir mis piernas y veo como Thonomer cambia de tamaño a gusto de los inmortales dioses. El cielo rojizo se encuentra cubierto en lava y rayos, humea y parece que en cualquier momento va a ceder. Palomas blancas caen en picada a mi lado, llegan al vacío, chispean y se desvanecen. Unas quince manos, independientes, toman mi tabardo de Templario y me agitan por el aire. Mi tabardo termina por ceder y comienzo a volar a placer. Las manos comienzan a incendiarse y Thonomer parece caer en un agujero. Una flor se presenta frente a mi y comienza a girar, se clava en mi pecho y estalla llenando mi vista de estrellas, con un cielo nocturno negro como el alma más cruel. De pronto el espacio comienza a sacudirse, no puedo lograr estabilidad, giro, me mareo y caigo...

-¡Arriba holgazán!- gritaba el dueño de la taberna mientras pateaba mi cama -¿Crees que por ser un desconocido te vas a ir de rositas? El desayuno está listo y las labores creciendo- me dijo mientras tiraba de mis cobijas y me dejaba en ropa interior sobre la cama.

Me senté en la cama, refregué un poco mis ojos y comencé a vestirme para ir a la sala principal. Allí me esperaba este hombre, acodado a la barra -¡Ja! ¿A ti te parece comenzar así?- me dijo en tono burlón -Mi nombre es Yov Fridman, y tu estás durmiendo en mi cama sin haberte presentado-. Largó una risa pequeña, esperando a que conteste.
-Mi nombre es Luis Revo- volví a mentir, como al comerciante -y estoy a su disposición, hasta que pueda marcharme por mi propia cuenta, o tener algún trabajo sustentable- dije en tono de rendición
-¡Ja! ¡Y sí que lo estás, muchacho!- volvió a reír Yov -Mira, esto es simple, yo estaré cocinando con mi señora, Lucy, y tu te encargarás de atender a los personajes que lleguen ¡No vas a creerlo, pero aquí circula más gente de lo que parece!-
Y así fue, hora tras hora llegaban hombres de todos lados, al paso, comían, bebían y se marchaban. Alguno que otro pedía una habitación para dormir un poco, de esas que se encuentran con la puerta hacia la sala principal. Me tenía que escuchar todas y cada una de las historias de la gente ebria, mañana (Aunque no lo crean), tarde y noche. En verdad era un trabajo agotador, pero tenía su recompensa. Comida y habitación. Por el momento estaba bien, aunque sabía que mucho tiempo no me podía quedar allí. Esa no era mi nueva vida, no me lo permitiría.

Hasta que un día pasó, lo que sabía que iba a pasar. Llegaron dos hombres, armados cada uno con una espada. Rápidamente me giré hacia la puerta de la cocina y le dije a Yov si podía atender un momento, que necesitaba ir al baño y acababan de llegar dos personas. Por suerte la cocina tenía una puerta hacia el pasillo que daba a las habitaciones privadas. Me refugié allí un momento, fui al baño y me mojé la cara. Puse mi daga en mi cintura y me coloqué una capucha de Yov. Me asomé lentamente por el pasillo, a ver si podía divisar a estos dos que habían recién ingresado, pero a simple vista no los ubiqué, por lo que me acerqué un poco más, pero ya no estaban allí.
-¿Y los dos hombres que acabaron de entrar?- le pregunté a Yov
-Se marcharon, buscaban a un tal Ludovico... Ludovico Reverearis- Me habían encontrado. Un sudor frío comenzó a caer por mi frente
-Voy a por mi espada- le dije un tanto desesperado a Yov, a lo que él, sin mucha importancia respondió -¡Genial! Si vas a mandarla a afilar, lleva estos cuchillos, que también necesitan ponerse a punto. Sólo dile que vas de parte mía- y me entregó unos cuantos cuchillos, amarrados dentro de un paño de cuero.

Salí por la puerta de atrás, hacía la herrería del poblado, quedaba a unos 50 metros de allí. Me acerqué al herrero y le dije que Yov mandaba sus cuchillos y espada a afilar.
-¡Al parecer Yov tiene espada nueva! O esta nunca la había mandado- dijo el herrero.
-No, no, esa espada es mía, me dijo que no habría problema en que la afilaras- respondí al herrero, mientras los nervios me comían y miraba hacia todas direcciones en las que veía algo de movimiento.
-No, no hay problema, con Yov tenemos una relación de hace años y...- su respuesta se cortó en seco y su mirada se incrustó hacia la posada La Rata -¡Hey, hey! ¡¿Qué hacen, malditos?!- gritó el herrero mientras tomaba una de sus espadas y salía corriendo. Rápidamente giré mi mirada hacia la posada y vi como tres hombres armados, cada uno con su espada, derribaban la puerta de La Rata e ingresaban de manera violenta. Dentro de la posada se pudieron escuchar varios gritos.


Última edición por Ludovico Reverearis el Lun Jul 29, 2013 10:43 am, editado 1 vez
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Re: El exilio de Ludovico

Mensaje por Ludovico Reverearis el Lun Jul 29, 2013 10:35 am

-¡No! ¡Hijos de puta!- grité furioso y salí corriendo hacia La Rata, detrás el herrero, mientras gritos y maldiciones se propagaban en ese pequeño sector. Algunas personas que allí cerca se encontraban, giraban su mirada hacia mi, el herrero y La Rata, sin entender que sucedía. El calor invadía mi pecho, sería la furia, los nervios, la venganza. El herrero ingresaba a la taberna, golpeando la puerta de un topetazo con su hombro, cargando su espada, bien empuñada. Comenzaba a escucharse cómo una batalla nacía allí dentro. Al entrar todo era caos, tres tipos armados violentando el lugar, sillas y mesas desparramadas por toda la sala, el herrero... Y yo.

Éstos tres tipos no dudaron un segundo en atacarnos, sólo uno hizo tiempo para largar una palabra.
-Reverearis...- dijo gustoso, con su cara salpicada con gotas de sangre, mientras pasaba su antebrazo, tratando de limpiarse un poco y su mirada derrochando ansias y ambición.
-¡Maurus iustitica!- grité rápidamente, apuntando hacia él, quien saltaba desde el mostrador de la posada hacia mi posición. Cayó violentamente contra el piso de madera, cerca mio, rompiendo algunas tablas que largaban un sonido crujiente, sin poder despegar y mover demasiados sus brazos y piernas, amarrados por la plegaria arrojada. Lo que sí podía hacer era largar una cantidad espectacular de insultos hacia mi persona.

El herrero se encontraba en plena batalla con otro de los guardias; parecía estar defendiéndose bastante bien, lo cual me daba algo más de tranquilidad al momento de batallar. Ferozmente se abalanzaba sobre mi el restante, con un grito de batalla que salía desde lo profundo de su garganta y tapaba el acero chocante del herrero con su contrincante; su espada, empuñada bien alto con sus dos manos, se dejaba caer tal cual mandoble sobre mi cabeza. Levanté mi espada por sobre mi cara, sosteniéndola con una mano en la empuñadura y la otra apoyada sobre la hoja de ésta. Unas cuántas chispas hicieron su aparición frente a mis ojos. El golpe me había hecho perder algo el equilibrio, obligándome a flexionar erróneamente las rodillas y dándole la oportunidad a mi rival de patearme, provocando que caiga de espaldas al suelo, golpeando con ésta la pared de la posada.

Comenzó a reír en tono burlón preparándose para ejecutarme, mientras yo trataba de reincorporarme con mi espalda apoyada sobre la pared, empujándome con mis pies hacia arriba y haciendo el esfuerzo de levantarme con ayuda de mis brazos.
-¡Cuidado atrás, idiota!- gritó el guardia caído, que continuaba amarrado. Era tarde para el avisado, que al girar su cabeza sólo encontró el filo del herrero que atravesaba diagonalmente su cara, dejando a su paso un surco de sangre, cartílago, encías y restos de dientes, que caían al mismo tiempo que el agonizante guardia, mientras se movía espasmódico en el piso, junto al amarrado, a quien el herrero le ponía un pie sobre su pecho, clavaba su espada en la mano de éste, obligándolo a soltar su arma.

-¡Ayuda, ayuda por favor!- un grito desconsolado de mujer se oía desde la cocina, tras el mostrador. Miré al herrero, asegurándome de que todo estaba bien allí y con su cabeza me hizo un gesto de que me dirija hacia donde provenían los gritos. Troté ante el mostrador para luego ingresar a la cocina y encontrarme con lo peor. Yov se encontraba en el piso de su cocina, gravemente herido y su mujer arrodillada a su lado lloraba sin consuelo, sosteniéndole la cabeza. Yov se sujetaba su herida con las manos, pero entre sus dedos la sangre fluía sin control.

-No, Yov...- me lamenté, tirando mi espada a un costado de la cocina y arrodillándome a su lado y corriendo sus manos para ver la herida.
-Luis...- dijo por lo bajo, reconociéndome; casi no podía oírselo, algo de sangre también salía de su boca y su mirada se encontraba algo perdida.
-Haz algo- me dijo sollozante su mujer, quien no podía contener sus lágrimas y acariciaba y besaba continuamente la frente de Yov.
-Lo... Lo siento... Yo... Yo no puedo hacer nada- dije casi rindiéndome ante la situación. Sólo presionaba la herida lo más que podía, pero era inútil, cualquier trapo que le ponía rápidamente se empapaba en su sangre.
Pasaron algunos minutos, hasta que Yov, finalmente dijo sus últimas palabras -Vi... Vida...- sus palabras eran sumamente entrecortadas -T... Te... Te amo- terminó por decir, dejando caer algunas lágrimas por su rostro, mientras su cabeza se ladeaba a un lado y sus ojos terminaban por mirar la nada.
-No, no, Yov, no, Yov... No, quédate conmigo, Yov- le suplicaba su mujer al oído, quien no paraba de mecerse sobre sus rodillas y sin soltarle la cabeza y dejando fluir un cántaro de lágrimas incontenibles por sus mejillas.

La situación me superaba, estaba paralizado, idiotizado, mirando lo que ocurría frente a mis ojos, no podía contenerme mucho más. Le cerré los párpados a Yov suavemente con mis manos dejando un -Lo siento mucho- a la mujer sin consuelo y me paré. Tenía un nudo en mi garganta y fuego en mi pecho, era una sensación horrible y para peor me sentía culpable de lo ocurrido, si no fuera porque yo me quedé allí, a Yov no le hubiera pasado nada. Era mi culpa, no me lo podría perdonar jamás. Un furia tomé mi espada y me dirigí de nuevo a la sala de la posada. Allí seguía aquel idiota, con su sarcástica sonrisa, viendo cómo me acercaba a él.
-¿Y Yov? - El herrero se giraba hacia mi, al escucharme volver.
-¿Qué pasó, paladincitio?- dijo entre risas el guardia, que continuaba bajo la suela del herrero -¿No pudiste salvar a tu amiguito?
La rabia poseyó mi cuerpo por un instante. Aparté al herrero de un violento empujón, mientras lágrimas de impotencia salían de mis ojos. Comenecé a patear sin medida al guardia en las costillas.
-¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta!- era lo único que atinaba a decir, mientras los golpes pasaban de las costillas a su estomago. Me arrodillé sobre él y comencé a golpearle la cara con una de mis manos, mientas que con la otra lo sostenía por el cuello de sus ropas.
Asustado por mi actitud, el herrero se abalanzó sobre mi, tratando de calmarme, abrazándome de manera que no pudiera mover los brazos.
-Ya muchacho, ya. Tranquilo- me decía, esperando que mi rabia disminuya y empiece a entrar en razón. Sólo tardó unos segundos para lograr su cometido -¿Ya? ¿Estás bien? Tranquilízate- me decía mirándome fijo a los ojos.
-Ya, ya, estoy calmado- dije apartándolo de mi y secando mis lágrimas.

El tipo, magullado y con su cara rajada de tantos golpes, continuaba riéndose en el piso. Me paré al lado de él, a tiempo que el herrero se paraba del otro lado de éste.
-¿Qué pasa Reverearis? Sólo me has demostrando lo débil que eres. Me decepcionas bastante, niño- continuaba por burlarse. Miré al herrero buscando complicidad, él me miraba, negando. Tenía razón, de nada serviría seguir golpeándole. Sólo nos quedaba sacarle algo de información.
-¿Quien te mandó, imbécil?- pregunté rabioso, pero con vos tranquila y en tono amenazante.
-Tú sabes quien me envió, Reverearis ¿O eres tonto? Seguramente es la segunda opción- continuó riendo, pero ésta vez con unos cuántos dientes menos en su boca.
-Olvídalo, no le sacaremos nada a éste tipo. Es una rata- dijo el herrero, girándose. Buscó una cuerda y procedió a amarrarle las manos tras su espalda. La gente comenzaba a ingresar temerosa a La Rata, para ver qué estaba pasando. Algunos corrían hacia la cocina y se lamentaban y rezaban al ver el cuerpo sin vida de Yov y su mujer abrazándolo, diciendo -Te amo- por lo bajo. Era una imagen desgarradora.

-Muchacho, mi nombre es Blesvu. Puedes quedarte en casa ésta noche, pero ahora hay mucho por hacer. Debemos ver qué hacemos con éste tipo y preparar el entierro de Yov... Maldición- dijo y refunfuñó el herrero, lamentando la pérdida.
Sentía que mi cabeza iba a explotar. No podía dejar de pensar que ésto era mi culpa. No sabía que hacer.
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Ludovico Reverearis

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