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No hay principio ni final.

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No hay principio ni final.

Mensaje por Gavryel el Jue Mayo 23, 2013 11:18 pm

LLuvia muy fina y casi imperceptible. Escasas bocanadas de viento alguna que otra vez. En algún borde de la larga extensión de los Bosques de Theezeroth había ún lago que característicamente tenía dos costas muy identificables, la más cercana a los bosques estaba apagada, triste, y melancólico. Sin embargo al otro extremo del mediano lago había un sendero con vegetación ilustre y brillante, esa costa se encontraba sana y radiante de vida. Dentro del lago había una cavidad grande que era la desembocadura de un río subterraneo.

Uno de los objetivos que había decidido emprender desde que fué liberado mentalmente era entender su nueva mente, ¿sería un fallo su nuevo pensar? ¿O simplemente una completa liberización de su antiguo pensar? El segundo objetivo era el más importante, parecía un utopía pero lo tenía concebido en su imaginación de una manera muy organizada, consistía basicamente en la unión de todos los seres vivos para una cooperación de vida bajo un estado social donde todos fueran los gobernantes, enfrentandose asi a cualquier tipo de opresión como la que el no-muerto habia sufrido. Para comenzar necesitaría aglutinar fuerzas y tomar poco a poco ciudades y pueblos donde su nuevo estilo de orden social se aplicara de forma radical.

En la zona costera del lago limpia y sana, se hallaba algo que contrastaba y por sentido común debería permanece al otro lado. Allí estaba Gavryel, con todo su equipamento de siempre. Su opaca armadura no brillaba ante el sol, solo sus pendientes y demás perforaciones, su alabarda también brillaba, enganchada en su espalda de costado.
El no-muerto se encontraba sentado con las piernas cruzadas y mirando fijamente al bosque de maligno a su enfrente. Miraba no a un árbol en concreto, sino que al bosque en sí, sabía las cantidades de maldad que se ocultaban dentro, pero también sabía que allí habían ignorantes seres que podrían saber, querer y mejorar. Los objetivos colectivos de Gavryel no se podían realizar solos ni eran para ser solitarios.
Se oía de vez en cuando algún gemido provinente del bosque, el no-muerto se quitaba su casco dejando ver su rostro otrora vez colorido de humano renacido. Resopló y comenzó a pensar, no tenía miedo de entrar, el miedo era algo que casi no existía en su ser, igual que la felicidad, aunque podía entenderlo e incluso fingirlo. Mientras pensaba la delicada lluvia se hacia notar solo en la visibilidad sobre el mediano lago, se apreciaba de una manera sutil. La tarde marcaba un anaranjado horizonte hacia el lado del bosque, que más la visión natural de este, daba a un mortal normal más escalofríos de lo que pudiera dar nada, aquel bosque no era normal ni como cualquier otro bosque, escondia muchas más cosas que las que buscaba Gavryel.



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Re: No hay principio ni final.

Mensaje por Astilla el Vie Mayo 24, 2013 1:57 am

Había escuchado mucho una frase: "a veces el viaje más largo es la distancia entre dos personas". Unas palabras en boca de enamorados, de melancólicos escritores y poetas, de anhelantes hombres y mujeres. Y yo apoyaba esa frase, pero en un contexto completamente distinto, pues no era amor sino venganza y justicia para la Madre Hekkita lo que me llevaba a los confines de Noreth buscando al sibilino traidor llamado Drikk Rabo Cortado. Cada vez que creía encontrarme sobre su mugrienta espalda el rastro se perdía y difuminaba, llevándome por nuevos caminos. Y no podía negar que lo disfrutaba. ¿Qué sentido tendría maldecir? No, no era una rata impaciente, esos días habían pasado, quedando atrás y convirtiéndose en un mero recuerdo presente en cada paso para no hacerme repetir mis errores.

¿Por qué lo disfrutaba? Ah, eran los detalles. Me encantaban los detalles. El aire era distinto, el cielo era distinto... todo lo era a cada paso. Lo comparaba con mi viejo hogar, con los túneles de la colonia, en los que todo era exactamente igual... y no podía evitar no echar de menos aquello. Quizás, algún día, volvería con la cabeza del traidor, solo para volver a marcharme. Porque había descubierto que mi vida estaba aquí arriba. Oh, quizás debería admitir algo más. No tenía sentido seguir engañándome a mí misma. En muchas ocasiones, dejaba que el rastro de Rabo Cortado se perdiese... porque quería retrasar mi regreso, aunque ello significara alargar la miserable vida del traidor.

Esta vez, ese rastro difuso me había llevado hasta los bosques con peor fama de Noreth. Me resultaba irónico su escondite. La llovizna comenzaba a caer de forma suave, aletargada, algo que siempre había disfrutado desde que abandoné el desierto, donde aquél fenómeno era tan extraño que muchos morían sin haber visto una sola gota derramarse del cielo. Aquello me hizo perder las huellas de las monturas que utilizaban para cargar sus artilugios, siendo demasiado tarde para seguirlas cuando se internaban en el bosque, menos aún bajo la lluvia. El atardecer asomaba su anaranjado rostro, lamiendo las copas de los ennegrecidos árboles y haciendo parecer a la foresta menos peligrosa. Pocas veces me había internado en ella, dando caza a engendros que distinta gente quería ver muertos, pero poco o nada reconocería de ese lugar, mas que sus tenebrosas sombras. Siempre cambiaba, siempre era distinto cada vez que lo pisabas. Era maravilloso... en un retorcido y macabro uso de la palabra. ¿Con qué me sorprendería esta vez? No tardé en descubrirlo.

Un lago de aguas cristalinas, salpicado de vida y bella vegetación que contrastaba con la oscuridad del bosque, plantándole cara. ¿Era un fenómeno natural o tenía la magia algo que ver? En cualquier caso, era un lugar que me llamaba, algo nuevo que reclamaba mi atención... y donde podría aprovechar para reabastecerme de agua.

Nicodemus, en el cielo, me hizo llegar sus graznidos. Había visto algo. ¿Rabo Cortado? Debía comprobarlo. Lo que encontré, oculta entre la vegetación, no fue un rátido. Era un hombre, allí de pie, nada más. La La armadura que brillaba con el reflejo del atardecer y la gran arma que portaba le delataban a mis ojos, sin temor a equivocarme, como un guerrero de gran fuerza. Desde mi posición no veía su rostro, debía rodearle para descubrirlo y no pretendía poner mi presencia en evidencia. Sin embargo, necesitaba el agua y no sabía cuándo me toparía con una fuente tan pura.

Sin más, abandoné mi escondite y, con total naturalidad, me acerqué a la orilla del lago. Mantenía una distancia de seguridad amplia, de forma que él podría verme perfectamente pero, en caso de decidir atacarme, le dejaría atrás a él y a su pesado equipamiento antes de que lograra siquiera pensar en ensartarme con su lanza.



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