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El corazón del conquistador

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El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 12:01 am

Capítulo 1: Colmillo
Por Ament Fordye

¿Está el señor de la casa?” -  La sirvienta se giró y apretó el palo de la escoba con fuerza al ver al hombre que había lanzado la pregunta. Era un hombre anciano y rollizo, de largos cabellos blancos y barba espesa que parecería un enano si no fuese porque levantaba un palmo más del suelo que ellos. Su ropa era más bien humilde, bastante sucia se podría decir, y a su espalda un objeto alargado escondido tras una piel de cuero a modo de paquete. El anciano llevaba una larga pipa de madera clara en su boca, de la cual salía un humo con aroma a hierbas. El anciano la miró de nuevo por debajo de las espesas cejas canosas, en busca de una respuesta a la pregunta, mientras la mujer terminaba de procesar toda la información visual que le proporcionaba el peculiar hombre. “¿Qué asunto tenéis con Lord Fordye?” – preguntó, recelosa por el aspecto destartalado del hombre y su lenguaje corporal que lo hacía parecer bastante despreocupado. El anciano, con sus callosas y grandes manos desató la cuerda que mantenía el paquete firme en su espalda, para luego presentárselo a la sirviente, y retirarse la pipa de la boca para hablar con más claridad. “Soy Goddo, el herrero al que vuestro señor le encargó su espada.” – comentó, cansado de las formalidades y ansioso por entregar de una dichosa vez el arma, y dejar de perder el tiempo con la mujer.

La sirvienta lo guió a través del camino que unía la verja exterior con la mansión Fordye. De tanto en tanto, no podía evitar mirar a su acompañante por el rabillo del ojo, desconfiada. El anciano, por su parte, caminaba encorvado y distraído, mirando de tanto en tanto los setos, o los pajarillos que descendían o paraban en la fuente de agua cristalina que decoraba el centro del jardín. Al llegar a la puerta, la sirvienta se detuvo ante una mujer de aspecto rolliza también, fornida y aun así de aspecto afable. Sus ropajes de color rosa pálido y sus cabellos con castaños hebras grises cubiertos por un pañuelo blanco lograban darle, a pesar de su aparente edad, un aspecto juvenil. “Señora Potts, este hombre dice ser el herrero al que encargó su espada Lord Fordye” – comentó, casi intentando susurrar la sirvienta. El ama de llaves giró un poco la cabeza para ver al hombre, asegurándose que era cierto quién decía ser. “No digo que lo soy, es que soy el herrero, ¿no es cierto, Potts?” – preguntó con cierta complicidad en su tono, y al oír esas palabras y ver al anciano, el ama de llaves esbozó una sonrisa amable. “Muchas gracias Margaret, yo me encargo de acompañarlo hasta el señor.” – comentó, instigándola implícitamente a marcharse a seguir con sus tareas, cosa que la sirvienta captó al instante, y tras asentir levemente con el rostro, marchó.

Estás viejo, Goddo.” – comentó Potts, con la sonrisa amable aun dibujada en el rostro. “Estás gorda, Potts.” – comentó él, con el mismo gesto de tedio. “El joven señor está en la sala de la espada, por algún motivo últimamente pasa mucho tiempo allí.” – comentó el ama de llaves, dando inicio a una conversación. “A ese muchacho siempre le han gustado las espadas, ya tiene edad para comprender la belleza del trabajo que hice para su padre.” – comentó sin un ápice de humildad, a lo que Potts respondió con una risa nada altanera. Al subir las escaleras que se encontraban en el centro del recibidor hasta el segundo piso, se encontraron frente a unas granes puertas dobles de madera de roble tallada con unos decorados abstractos. Potts golpeó ligeramente con sus nudillos dos veces en la puerta, y luego las empujó para entrar. “Señor, el herrero Goddo está aquí con su encargo.” – dijo, pidiendo permiso para dejarlo entrar. “Hazlo pasar.” – comentó.

Hacía muchos años que Goddo no entraba en aquella habitación, pero seguía siendo tan magnífica como la recordaba. Al fondo de la sala se encontraba la gran balconada que daba al extremo contrario al jardín, dejando a la vista una gran explanada que se extendía hasta donde los ojos podían ver. La estancia tenía gracias a ese balcón una luz especial. El suelo estaba bellamente pulido, como si aún tras la muerte del hombre que diseñó la estancia, su hijo no hubiese permitido que perdiese ni un ápice de esplendor. Las columnas estaban talladas en mármol blanco, uniéndose entre ellas por arcos muy arriba, casi tanto que la oscuridad no permitía verlos. En lo más profundo de la estancia se encontraba una estatua grande de mármol, una estatua de Jerome Fordye en una postura estoica y tranquila, con ambas manos uniéndose a la altura del estómago y a la vez, sujetando la espada conocida como Perdición de Demonios.

El herrero caminó hasta allí sin mediar palabra. Frente a la estatua se encontraba un hombre alto, enfundado en una larga gabardina de color azul como el mar, y con ambos manos uniéndose a su espalda. El viento entraba por el gran balcón y hacía que los cabellos blancos de ese muchacho se meciesen reposadamente en esa brisa veraniega. El hombre no se había dado la vuelta para compartir una mirada con su visita, si no que los ojos azules estaban fijos en la estatua. Cuando uno estuvo al lado del otro, el muchacho de cabellos blancos habló. “Una vez intenté empuñarla.” – comentó, llamando el interés del herrero, que lanzó una mirada curiosa al hombre que le sacaba varios palmos de altura. “Es demasiado pesada para mi.” – explicó, para que luego el herrero comprendiese. Perdición de Demonios era un gran espadón, una bihänder de 5”2 pies, muy afilada y pesada. Ese arma fue empuñada por Jerome gran parte de su vida y fue forjada por el mismo herrero que se encontraba ahora a su lado. “Aun así, su filo no se ha perdido en absoluto.” – comentó Goddo, tras lanzarle una simple mirada al arma, y comprendiendo rápidamente que aunque el nuevo señor de los Fordye fuese incapaz de empuñarla con soltura a diferencia de su difunto progenitor, había hecho una buena labor de manutención.

Fue entonces cuando Ament por fin compartió una mirada con el herrero. Goddo vio en esos ojos la misma frialdad que en los del padre del hombre que ahora se encontraba frente a él, aquel implacable guerrero y estoica persona que había sido un orgullo para todo el Imperio. “¿Lo has traído contigo?” – preguntó el señor de la casa, sin dejar que ningún tipo de sentimiento se mostrase a través de su rostro, pero en sus palabras apareciese un imperceptible matiz de ansia, como aquel que sabe que va a recibir algo que ha esperado mucho tiempo. Goddo sonrió sin dejar que la pipa se desprendiese de sus labios, y extendió el paquete hacia Ament. Este lo tomó entre sus brazos y caminó junto al herrero hasta una larga mesa de madera oscura y lustrosa, colocándolo en ella y desatando las tiras de cáñamo que lo amarraban para que se mantuviese íntegro. Tras deshacer los nudos, apartó la piel para ver lo que contenía.

Sobre la mesa quedó un sable precioso. Ament fijó sus ojos en él, en la lustrosa funda de color azul intenso, en la ensortijada empuñadura son filigranas de plata. Lo tomó con cuidado entre sus manos, y desenvainó y colocó en vertical frente a su rostro con un simple y grácil movimiento. Después hizo un par de tajos al aire, rápidos y casi imperceptibles, haciendo que el aire sonase como su estuviese siendo golpeado por un látigo. “Es muy ligero…” – comentó con cierta fascinación. “Es acero templado, y sí, es al mismo tiempo muy tenaz, resistente y liviano. Su guarnición es de lazo, y su empuñadura tiene un agarre perfecto. Además está perfectamente balanceado, es uno de mis mejores trabajos en su categoría…” – comentó, para luego poner cierto gesto de añoranza. “Como lo fue Perdición de Demonios… En su momento.” – aunque jamás lo había dicho, Goddo sentía cierta tristeza al ver su obra como mera decoración en manos de una fría estatua, como mirando a aquel veterano de guerra demasiado anciano como para poder volver a pelear. Sus espadas siempre habían sido hechas con la intención de ser un arma para asesinar enemigos, no para ser decoración. Por ello, prefería hacer una espada para un soldado que una para un noble, y por ello era un humilde herrero que vivía en una choza en las montañas, cerca de una mina.

Ament hizo un garabato en el aire con la punta del filo, y envainó con rapidez y fluidez de movimientos. Luego enfundó la espada a través del cinturón, y quedó colgando allí. “Se llama Colmillo.” – comentó Goddo, continuando con su explicación. “Un maestro esgrimista sería capaz de cercenar el cuello de su enemigo como si de las fauces de un lobo se tratase. Es rápida en duelo, y a caballo.” – explicó. “Por supuesto, has de ir con cuidado, su filo no es tan fuerte como la de una espada bastarda, así que no pretendas bloquear grandes armas de contusión o mandobles con ella. Su filo está hecho para desviar el golpe, no para detenerlo. Tampoco está hecho para incrustarse en la carne del enemigo, si no para cortarla.” – Aunque oía las explicaciones que Goddo le daba, Ament aun acariciaba tímidamente la empuñadura de su nueva arma. “Comprendo. A la salida, Potts te dará la otra mitad del pago.” – explicó Ament, con ganas de poder probar el filo que recién había adquirido. Goddo comenzó a caminar hacia la puerta, dejando en completa soledad al joven Lord Fordye.

Ament caminó de nuevo hasta estar frente a la estatua de su difunto padre. Se paró con el cuerpo de perfil, llevando la mano a la empuñadura del sable. Los ojos azules estaban fijos en los de mármol, mientras con un solo movimiento desenvainó y dio un tajo al aire, levantando una brizna de polvo que cubría imperceptiblemente la nariz de piedra. El silencio siguió al latigazo al aire, mientras en la postura directamente posterior al tajo miró a la estatua con cierto tinte de desafío. Segundos que parecieron eternos después, hizo una acrobacia con el arma y la envainó de nuevo, con cierta resignación. Se irguió de nuevo y caminó hasta la salida. La señora Popps le esperaba con cierto gesto complacido.


Última edición por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 3:33 pm, editado 1 vez
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 12:15 am

Capítulo 2: Pesadilla
Por Ament Fordye

El cielo del ocaso teñía el camino empedrado de color bermellón, acompañando al olor de hierba fresca. Aaron estaba cansado, tanto como su jinete, las prácticas de caballería ligera siempre eran agotadoras, y la que había sucedido a lo largo de ese día lo había sido especialmente. Pronto lleguaron hasta la verja, siendo bienvenidos por el ama de llaves, la señora Potts. Siempre había tratado a Ament como un hijo, desde que ella era asistenta de padre y madre cuando aún vivían, y aunque agradecía esa cercanía, también la encontraba incómoda por instantes. “Bienvenido a casa, señor.” – le dio la bienvenida mientras él bajaba de la montura, mientras uno de los mozos de cuadra tomaban las riendas de Aaron y lo guiaban hasta el establo. “¿Cómo han ido las prácticas?” – el joven señor nunca sabía qué contestar ante esas preguntas, pues sinceramente si le explicaba los tecnicismos igualmente no iba a entender. Una muchacha menuda y juvenil al lado de la señorita Popps acercó un trapo para limpiar el sudor, cosa que él agradeció sin palabras. “Bien. ¿Algo nuevo por aquí?” – preguntó, mientras ambos caminaban en dirección a la mansión.
 
Sí señor, después del último incidente, ya hemos contratado a nuevas sirvientas. Las tengo a todas esperando por si quiere que se las presente.” – sabía la respuesta a eso, y aun así se molestaba en preguntar. “No, gracias, confiaré en vuestro criterio.” – dijo Ament, mientras abría la puerta. “Iré a mis aposentos a descansar. No me aviséis para cenar.” – aunque ya le había dado la espalda y estaba subiendo la gran escalera principal, podía notar la mirada de preocupación de la señorita Popps fija en él, esa que era casi maternal y lograba perturbarlo de sobremanera, aun si con los años se había acostumbrado. Llegó a su cuarto, y se quitó la gabardina azul, colocándola malamente sobre el taburete, desabrochando la almilla y el cinturón, y quedándose apenas con el pantalón de cuero teñido como única prenda.
 
Cayó rendido sobre el lecho.
 
El niño zarandeaba la espada de madera intentando alcanzar a su maestro, que esquivaba con gracia cada embiste del muchacho, haciéndolo parecer incluso torpe. Los movimientos del maestro esgrimista eran casi como una danza, sin desaprovechar en absoluto sus movimientos, e incluso sin hacerlo con los del muchacho. Cada estocada era evitada con un giro, un paso o un salto, y a la vez lograba ponerlo en una situación ideal para un contrataque, haciendo que el arma de madera golpease el ya magullado cuerpo del niño.
 
Bueno, joven señor, creo que ya ha llegado el momento.” – dijo sonriente, una sonrisa que el muchacho no veía comúnmente en ese rostro añejo. Se retiró y le lanzó al chico una toalla para que secase el sudor, mientras de una funda de cuero de carnero retiraba dos estoques hermosamente forjados, con vainas negras y lustrosas y empuñaduras ensortijadas. “Es el momento de practicar de verdad.” – dijo, lanzándole uno de los estoques a su inminente rival. Con fluideza y presteza, desenvainó el arma y se colocó en la postura de inicio, de perfil y con uno de los pies más adelantados, apuntando con la espada hacia el chico y con el otro brazo a su espalda.
 
El niño no podía creer lo mucho que pesaba una espada de verdad, aun si sabía que un estoque era más bien ligero dentro del mundo de los filos. Desenvainó con más torpeza, y cuando imitó la postura de su maestro fue embestido por él con rapidez. Logró evadir el primer golpe directo a su pecho, mientras miraba a su maestro con incredulidad. Retrocedió a zancadas, intentando ganar distancia. “¡Maestro!” – gritó, buscando una explicación. “¡No me llames así, maldito hereje!” – gritó, lanzando una estocada que segó la armadura de cuero de entrenamiento, e hizo una herida en su bíceps. De una manera u otra, el buen hacer con el que había enseñado a su ‘discípulo’  le estaba resultando un contratiempo. El muchacho corría por todo el jardín, a sabiendas que en un duelo tenía las de perder. El dolor hacía que apenas pudiese empuñar el arma, y solo pudiese correr. Las lágrimas corrían por sus mejillas, sin saber por qué su maestro del arte de la espada ahora pretendía matarlo son  semejante vehemencia, mientras sus cortas piernas intentaban no desfallecer en esa carrera por su vida.
 
Sin embargo, tras largos minutos de carrera, el muchacho tropezó con una de las rocas ornamentales del jardín, quedándose expuesto al filo de su antiguo maestro. De la nada los virotes cruzaron el aire, golpeando la espalda del esgrimista hasta tras veces antes de que pudiese asesinar a su discípulo. El chico no entendía nada. Escudriñando la distancia pudo ver a Popps acompañada de los guardias de la casa, quienes habían disparado sus ballestas y ahora desenvainaban sus espadas. Tomaron al esgrimista de ambos brazos, y con pericia le dislocaron ambos hombros. “¿¡A qué se debe tal agravio!?” – dijo uno de ellos, con furia en su mirada. “¡No dejaré que un hereje mancille estas tierras!” – gritó entre gemidos de dolor. El muchacho no comprendía qué sucedía, y de sus ojos aún seguían cayendo lágrimas sin fin.
 
El muchacho tuvo que estar presente cuando su maestro fue azotado hasta la muerte, mientras este lo miraba con odio y arrepentimiento. No lo odiaba porque estaba a punto de morir, aquello estaba planeado. No se arrepentía de no haber matado al joven señor, si no de no haberlo logrado. Por supuesto, el niño no comprendía ese odio. No comprendía por qué había sido llamado hereje, ni por qué habían atentado contra su vida. Sin embargo esos ojos llenos de odio y desprecio parecían tallarse en su piel como un fierro ardiente.
 
Tristemente, no fue sino el primero de los múltiples intentos para matarlo.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 4:02 pm

Capítulo 3: Asesino
Por Ament Fordye

La daga se clavó en la almohada, a apenas unos centímetros de donde, segundos antes, la cabeza del señor de la casa reposaba. Los ojos tras la máscara negra resultaron incrédulos al haber fallado semejante tajo, mientras el hombre de cabellos de plata propinaba un puntapié al torso del asesino que se abalanzaba sobre él, haciéndolo caer del lecho y rodar por el suelo de la habitación. Ament entonces se revolvió entre las sábanas y de un salto se puso en pie, llegando hasta el tocador donde en su funda, reposaba. El asesino se recuperó pronto, y con la daga en una mano y el picahielos en otra se abalanzó de nuevo sobre su víctima, que le daba la bienvenida desenfundando rápidamente y dando un tajo al aire que segó los ropajes negros pero no logró atravesar la armadura de cuero ligera bajo ella. El asesino esquivó el golpe dando un salto hacia atrás, y luego dio otro hacia adelante para lograr clavar el picahielos en su víctima.
 
Ament retrocedió uno, dos y hasta tres pasos, consciente de que desviar el pequeño punzante objeto era más que complicado. Cuando el asesino se abalanzó sobre Ament, este llevó su mano hasta el tocador y lo lanzó el suelo, obstaculizando el camino entre él y el enemigo, cosa que no amedrentó al atacante. Arrogante, apoyó su pie en el canto del tocador y dio un gran salto, colocando la daga frente a su rostro y el picahielos como si fuese una banderilla. Las oberturas obvias ante ese ataque no fueron desaprovechadas por el esgrimista, que con un sobrio movimiento de muñeca y codo cortó los tendones del brazo de la daga, y afortunadamente, logrando que el dolor le hiciese fallar la estocada con el picahielos, y caer retorciéndose a su lado. Una sirvienta entró en la estancia, con gesto de inmensa preocupación ante el estruendo, y al ver la escena no pudo si no entrar en pánico. “¡Avisaré a los guardias, señor!” – gritó, haciendo ademán de salir en su búsqueda. Ament respondió pronto con voz rasposa. “¡No! Este hombre ha venido a tomar mi vida. Le daré la posibilidad de hacerlo… O de morir en el intento.” – cuando la sirvienta lo miró a los ojos, vio en ellos que eran tan fríos y aterradores como los del asesino, o más.
 
¡Pero…!” – intentó reprochar, pero la señora Potts colocó su rolliza mano sobre el hombro de la muchacha. “Como sirvienta, no estás en posición de llevar la contraria a tu señor.” – comentó, en su rostro se podía ver una profunda preocupación, pero más allá del pánico en su rostro había también una porción de resignación. En algún punto del pasado, su señor había decidido tomar por su mano la vida de aquellos que atentaban contra su integridad, que no eran pocos. La sirvienta recién contratada no comprendía esto, así que miraba conteniendo su incomprensión. El asesino se revolvió de nuevo en el suelo, y se colocó en pie tras ver la mirada completamente fría e implacable de la víctima que se había convertido en su depredador. Ament retrocedió unos pasos, recuperando su postura, colocándose de perfil y apuntando con su espada a su enemigo. El asesino tenía una mano completamente inservible, y sabía que sin el factor sorpresa no tenía posibilidades de abatir a su contrincante. Hizo amago de acercarse a él, pero pronto dio un brinco y decidió correr hacia el ventanal.
 
Sin embargo, Ament estalló en carrera también y de dos zancadas redujo completamente la distancia entre ambos, dando un tajo en la espalda de su enemigo, seccionando la ropa y armadura y haciendo una herida en su enemigo, que cayó a cuatro patas frente a él. Demostrando su superioridad total, llevó la espada amenazante hasta el cuello del arrodillado. Éste, a sabiendas de su inminente muerte, usó el picahielos para clavárselo en la pierna, lográndolo y haciendo que Ament rechinase los dientes. A la vez que hincaba la rodilla, cercenó el cuello del asesino, llenando todo de un charco carmesí. Pronto, la sirvienta y la señora Potts corrieron en socorro de su señor, con el picahielos aun clavado en su muslo. Potts hizo que el muchacho pasase su brazo por encima de sus hombros, acompañándolo hasta la cama para que pudiese reposar. “Llamaré al médico, resista.” – comentó, al ver el rostro pálido, lleno de dolor y sudado de Ament, que sentía el punzante dolor del picahielos incrustado en el muslo hasta la empuñadura.
 
La sirvienta hizo amago de retirar la máscara del asesino inerte, pero fui interrumpida por una orden en grito de su señor. “¡No, no le quites la máscara!” – dijo entre jadeos, cosa que exaltó a la muchacha. “¡Janett, acompáñame!” – ordenó Potts, haciendo que la muchacha se confundiese aún más, pero de todos modos la siguiese hasta fuera de la habitación. “Al señor no le gusta saber quién le ataca, será mejor que no le contradigas.” – comentó, haciendo que su acompañante la mirase con incomprensión. “Al señor ya le han intentado matar sus maestros, gente del servicio, varios de sus párrocos, miembros de su escuadrón… Supongo que ha llegado un punto en que ya es incapaz de soportar saber quién más de su entorno desea verlo muerto. Es un mecanismo de protección.” – Janett tragó saliva, comprendiendo por fin lo extravagante de la actitud del señor Fordye. “En fin, no es momento para más. Llamaré a los guardias, tú encárgate de llamar al doctor.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 5:21 pm

Capítulo 4: Eril
Por Ament Fordye

Eril caminaba a través del camino empedrado que destinaba a la mansión Fordye. A diferencia de la mayoría de mujeres que se dirigían allí, ella no llevaba atuendos despampanantes, peinados enrevesados y zapatos incómodos. Su cabello rubio, espeso y liso iba siempre amarrado en una simple cola de caballo, y su pecoso rostro no tenía rastro de maquillaje y demás potingues. En vez de escotes, llevaba un peto de hierro; en vez de falda, llevaba unos pantalones de cuero y en vez de zapatos incómodos, llevaba unas botas de cuero altas. En su cinturón llevaba una espada de mano y media, y sus brazos ligeramente musculados le quitaban toda la feminidad de la aristocracia imperial. En su brazo portaba una cesta de mimbre con diversas frutas, específicamente seleccionadas para el enfermo, y compradas esa misma mañana.
 
Eril era una de las pocas mujeres que habían llegado a formar parte del Exermengribe sin ser parte de la nobleza ni ostentar un cargo oficial más allá de soldado raso. Irónicamente, era la segunda al mando dentro del escuadrón de Lord Fordye, y una de las guerreras más temibles, si le preguntaban a la persona adecuada. Por supuesto, el hecho de ser una mujer le provocó problemas tanto dentro como fuera de las murallas del vasto Imperio, pero eso nunca le supuso un problema en el campo de batalla. Eril era buena en todo, su dominio de la espada podía rivalizar con los de la mayoría, sabía atender heridas, usar armas arrojadizas y ballestas, montar a caballo, pelear desarmada… Eso se había ganado la admiración del resto del escuadrón, que pronto olvidó el hecho de que era una mujer ante el factor de que probablemente era más habilidosa que la mayoría de ellos.
 
Buenas tardes, señora Potts.” – comentó Eril, con una sonrisa educada en el rostro. Potts se giró y vio a la muchacha al otro lado de la verja. “¡Oh, querida! Permíteme, permíteme, déjame que te deje pasar…” – comentó, caminando rápida y cómicamente hasta allí, y abrir la verja para que pudiese pasar. “Muchas gracias.” – agradeció, ampliando su sonrisa aún más, y levantando la cesta con la fruta. “Le traigo un regalo al convaleciente de parte de sus hombres.” – comentó, con cierto gesto de ilusión infantil en el rostro. Potts, sin embargo, cambió el suyo a uno de exasperación. “Ay, cariño… Siento decirte que Lord Ament no está aquí.” – Eril la miró sin comprender, pues había oído que su señor había sido herido en la pierna y estaba convaleciente. “Ya sabes cómo es… Muchos otros nobles han venido a lo mismo que tú… Bueno, ya sabes a qué me refiero, y sabes lo poco que le gustan los aduladores… El caso es que esta mañana al alba ha desaparecido y no ha vuelto aun…” – Eril sonrió con complicidad, la historia que había oído sí era algo propio que haría el hombre en cuestión. “Muchas gracias señora Potts. Vendré otro día, pues.” – comentó, inclinando la cabeza educadamente a modo de despedida. “Cuando quieras, querida.” – contestó el ama de llaves, sonriente.
 
Eril volvió a través de sus pasos, caminando hasta mitad del camino, y pronto desviándose por unos matojos. La espesura de la meseta la envolvía, y aun así ella se movía con gracia y elegancia, no muy diferente a como lo harían los elfos. Pronto, escuchó el chapoteo de los cascos de un caballo en el agua, y al hacerlo, esbozó una sonrisa al saber que no había errado en sus suposiciones. Entre dos rocas se encontraba un tablón de madera que impedía el paso al pequeño claro del bosque en el que se encontraba el manantial del que provenía el chapoteo. Con gracia, se encaramó por el portón improvisado sin dejar que una sola uva cayese del cesto, y saltó al otro lado.
 
El manantial era un lugar hermoso con una luz verdaderamente especial. De entre dos rocas caía una fina fuente de agua natural, que inundaba una pequeña oquedad en el terreno y hacía un pequeño lago de agua cristalina. Las hojas de los árboles que lo rodeaban hacía que algunos rayos de sol inquisitivos traspasasen y reflejasen en la superficie del líquido, que hacía pequeñas olas a raíz de los movimientos del caballo que se divertía y refrescaba, chapoteando y remojándose. Al ver a ese caballo, negro con manchas blancas, rápidamente oteó el lugar en busca de su dueño, al que vio tumbado en el pasto. Caminó con tranquilidad hasta sentarse a su lado, llamando la atención de Ament, que sin embargo no se movió un ápice, ni siquiera para incorporarse. “Me han dicho que has tenido muchas visitas. ¿Alguna bella dama que quisiese hacerte compañía en tu convalecencia?” – preguntó con cierta malicia cómica, a sabiendas de la respuesta que le daría el hombre. “Eso no deberías preguntármelo a mí. ¿No te ha contado Potts?” – Eril rio ante el comentario, acercándole una manzana de color granate de la cesta, y ella tomando un racimo de uvas. “La verdad es que sí. ¿No deberías ser políticamente correcto y atender a tus visitas?” – preguntó, tras tragar. “Puede, pero hoy me apetecía estar aquí.” – comentó, en un tono relajadamente infantil.
 
Los segundos pasaban rápidamente, entre la brisa fresca, el sonido del agua y el chapoteo de Aaron. “¿Cómo está tu pierna?” – preguntó finalmente Eril, con un gesto de preocupación que no se permitía mostrar habitualmente en público. “He estado peor.” – comentó, con cierta resignación en el tono de voz. “Déjame ver la herida.” – comentó, con total determinación en el tono de su voz, mientras Ament la miró con cierto desconcierto. “Llevas todo el día fuera de casa, y por el hecho de que Aaron está aquí, estoy segura de que has estado un buen rato cabalgando, y según he oído la herida es en el muslo y atravesó algunos músculos importantes.” – Ament suspiró con resignación, y se incorporó. Desató el cinturón, y retiró sus pantalones lo suficiente como para permitir que Eril viese la ensangrentada venda que rodeaba la pierna. Lo miró como una riña sin palabras, para luego suspirar con resignación. Desenfundó la daga que portaba Ament en su cinto, y usó la manga de su traje para improvisar una nueva venda. “Están sucias, se puede infectar.” – comentó, mientras desataba las vendas ensangrentadas, veía la herida. No pudo si no sorprenderse y acariciar suavemente el contorno de la herida, de una forma en que ni siquiera él comprendiese el motivo del gesto.

 
Tras renovarle la venda, no pudo si no sentir algo de tristeza en su interior, al ser consciente de que Ament había vuelto a ser víctima de un intento de asesinato. Sin embargo, no demostró sus sentimientos, nunca lo hacía para con él, y nunca lo haría. Nunca.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Mar Jul 02, 2013 6:29 pm

Capítulo 5: Encuentro
Por Ament Fordye


Eril nació como la hija de una sirvienta de un noble de la ciudad, y por lo tanto, compartió su condición en los primeros años de su vida. Fue criada por su madre, sin saber nunca quién fue su padre, y comenzó a trabajar en la misma casa en la que trabajó su madre antes de enfermar y verse impedida. El señor de la casa, un hombre viejo, de largas barbas negras y completamente calvo la tomó como su sirvienta personal, la que le servía los desayunos y comidas, y preparaba sus ropajes y baños. Trabajo sin muchas incidencias así hasta que la chica cumplió los quince años, y el barón le ordenó que lo acompañase a una sesión de caza preparada por el emperador en su coto de caza.


Una vez allí, la hizo acompañarlo a la espesura de la arboleda, donde la intentó violar. Arrancó sus ropajes, y ante las suplicas y gritos de la muchacha, él la abofeteó. “¡Tu madre no se quejó tanto! ¿¡Para qué crees que te ordené ser mi sirvienta personal!?” – gritó, mientras se retiraba los pantalones y usaba su enorme y horrenda mano para ahogar los quejos, llantos y súplicas. Sin embargo, de los matojos apareció un muchacho. Su rostro lo hacía parecer mayor, aunque no debía tener más de cinco años que la muchacha. Acompañándolo iban otros dos jinetes, ambos portando el estandarte de un lobo blanco. La niña se zafó de la mano en su rostro gracias a la sorpresa del barón ante la presencia de los otros hombres, que aprovechó para suplicar ayuda. El muchacho la miró sin clemencia alguna, y susurró algo a uno de sus jinetes que no pudo oír.


El jinete pateó al barón, apartándolo de ella, y desenfundó su espada, clavándola en el suelo entre ambos. Los ojos celestes la miraron, y ella los miró. “Si quieres vivir, gánate la vida.” – dijo. Mientras el barón estaba demasiado ocupado insultando a los hombres del lobo blanco por interferir en el momento en que estaba tomando lo suyo, la muchacha empuñó la espada y atravesó el pecho de su violador. El barón quedó con un gesto de horror mientras su boca se llenaba de sangre, y desenfundó una daga que portaba en secreto en su bota. La muchacha cayó de espaldas al suelo, amedrentada ante el filo brillante del moribundo hombre, que sin embargo no llegó a asesinar a su sirvienta, pues el filo del sable cercenó su cuello.


La muchacha miró al espadachín con confusión en su rostro. El muchacho era sin duda peculiar. Los ojos de color celeste no mostraban ningún tipo de sentimiento, ni siquiera tras haber asesinado a un hombre. La sangre empapaba el filo de su sable, y los cabellos blancos que nunca antes había visto en una persona ondeaban al viento. “¿Por qué me habéis salvado…? Dijisteis…” -  el muchacho interrumpió las atragantadas palabras de Eril, y la miró. “Solo el fuerte sobrevive. No importa si eres un noble o plebeyo, si un filo atraviesa tu corazón mueres, y una vez muerto, no hay títulos ni tierras.” – comentó finalmente. “Tú le atravesaste el corazón con una espada.” – explicó segundos después, esta vez mirándola a los ojos. “Por consecuente, de los dos, tú sobrevivirás y él no.” – dijo finalmente, para caminar hasta el caballo. “Deshaceos del cuerpo.” – ordenó a sus jinetes, mientras él mismo se subía a su montura.
¡Decidme vuestro nombre!” – pidió, casi como una súplica. El caballero la miró con curiosidad, pero ninguna palabra salió de sus labios. “Permitidme serviros…” – a su corta edad, ella no conocía una forma de gratitud más alta que esa. “Eres una mujer libre, ¿y tras obtenerla decides desecharla en pos de servir a otro hombre?” – preguntó, con un cierto tono contrariado en su voz. “No.” – respondió ella, con una seguridad recuperada. “Solo a vos.” – añadió, inclinando la cabeza. Los segundos de silencio pasaron como minutos,  hasta que dijo finalmente. “Sígueme si quieres, pero si lo haces, quiero que seas consciente de que eres mía.” – añadió finalmente.


El muchacho de cabellos blancos se retiró la gabardina y la lanzó hacia Eril, para que se cubriese sus desgarrados ropajes. “Mi nombre es Ament Fordye” – comentó, tendiéndole una mano para que montase junto a él en el caballo.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jul 03, 2013 4:18 am

Capítulo 6: Condena
Por Ament Fordye

¿Cómo está la situación en la fortaleza Draenor?” – el emperador miró con cierto gesto de preocupación en su rostro a uno de los caballeros que se encontraban sentados en la misma estancia que él, de cabellos rubios y repeinados, y una armadura reluciente. Este compartió la mirada con su majestad unos segundos, con claro gesto de preocupación, pues sabía con certeza que las únicas palabras veraces que podía decir lo contrariarían mucho. “Todo sigue igual, excelencia.” – el silencio se hizo de nuevo en la sala. El emperador perdió la vista en la lejanía, cavilando sobre toda la situación. Los nobles que le acompañaban en ese momento no tuvieron el valor de interrumpir sus pensamientos, y simplemente esperaron en silencio a las palabras de su gobernador. Las miradas siempre se cruzaban en el hombre que regía el santo Imperio, y luego se miraban entre ellos, con expectación. La mirada frustrada del emperador dio a entender a todos sin necesidad de palabras que era incapaz de llegar a una conclusión en la que saliesen victoriosos.
 
Hemos de movilizar a todas las tropas que nos queden dentro de las fronteras.” – comentó finalmente, y aunque todos sabían que esas eran las únicas palabras que podían siquiera sonar coherentes, pero no por ello las hacían más acertadas. “Majestad, ni siquiera sabemos a qué nos enfrentamos… Es una locura movilizar a todo nuestro ejército por una fortaleza…” – el emperador lanzó una mirada severa al caballero que tuvo el valor de sugerir que estaba loco, para que segundos después y tras que éste inclinase la cabeza en gesto de disculpa, recuperase su gesto frustrado. “Si me permite sugerirle, majestad…” – tomó la palabra uno de los pocos hombres que parecían aun compuestos, vistiendo una armadura plateada y por encima una toga de color rojo. “Deberíamos primero enviar una avanzadilla poderosa…” – el emperador lo miró con desaprobación, como si el hombre hubiese dicho una soberana estupidez. “Sir Owen, ¿por qué creéis que estamos tan preocupados?” – comentó, en un tono sarcástico que daba a entender a la perfección que su pregunta era completamente retórica. “Hemos enviado dos docenas de avanzadillas y hemos perdido alrededor de doscientos hombres solo para investigar el interior de la fortaleza Draenor. ¿De qué nos serviría perder otros doscientos hombres?” – preguntó finalmente, con furia entremezclada en su gesto, dando a entender que no estaba dispuesto a debatir posibilidades tan inútiles.
 
“Majestad, no podemos movilizar a todo un ejército sin saber por qué han muerto esos doscientos hombres. Es una locura, y nos deja vulnerables a otros muchos peligros mientras la campaña dure. Difícilmente nos resultaría beneficioso tomar el castillo a tan alto precio. Por eso, mi propuesta es enviar una avanzadilla lo suficientemente poderosa como para investigar el interior y devolver un informe explicando el contenido del castillo. Entonces podríamos valorar si, como sugerís excelencia, debemos movilizar todo nuestro ejército.” – el emperador no pudo negar las certezas de su consejero, para luego sumirse en sus pensamientos de nuevo. Esas palabras eran totalmente ciertas, pero no por ello habían encontrado un camino sin obstáculos. “Sir Owen…” – murmuró, con un tono mucho menos autoritario y más bien preocupado. “Todos los que se presentaron voluntarios para ir como avanzadilla para hacer reconocimiento han caído.” – dijo con pesadumbre. “Es más, todos los capacitados para la tarea ya han ido. Los dragones del norte han caído en Draenor, así como los tigres de Uzuri y los caballeros morados. No tenemos una fuerza que se pueda decir tiene más posibilidades de acierto que sus predecesores…” – una voz justo rompió el silencio tras las palabras del emperador. “Yo sugiero a alguien.” – el hombre que había hablado era un veterano de guerra, un hombre de cabellos de color arenoso y una cicatriz en la quijada. “Adelante, Sir Claus.” – dio paso el emperador, haciendo que la mirada de todos los presentes se fijasen en él. “Sir Ament Fordye.” – comentó finalmente, haciendo un gran revuelo entre los presentes.
 
Como solamente sería lógico, Ament Fordye era un noble que ni siquiera estaba en la sala, y de hecho tenía más de un detractor entre los que sí lo estaban, por motivos más que obvios. Tomar el castillo Draenor era una tarea que estaba llevando más de diez años al emperador, y lograr hacer reconocimiento de lo que contenía era el primer paso de una campaña que podría llevar gran gloria al Imperio, y eso lo sabían todos muy bien, lo que hizo que la conversación se acalorase hasta convertirse en una discusión. Las palabras volaban por la estancia, cada una más alta que la anterior, ninguno con la intención de callar. Los primeros en discutir fueron los detractores de la sugerencia, enajenados por proponer que un hereje se encargase de semejante tarea, respondidos por aquellos que la idea no le resultaba tan loca. “¡¡Silencio!!” – gritó el emperador finalmente, irritado por todo el barullo que se había formado a su alrededor. Todos los que ya se habían puesto en pie para enfatizar su postura respecto a la sugerencia terminaron tragándose las palabras, volviéndose a sentar e intentar recuperar la compostura. “Sir Claus, ¿puedo saber por qué proponéis a Sir Ament para una campaña de esta magnitud?” – preguntó el emperador cuando el silencio recobró su lugar en la estancia.
 
Claus asintió en silencio primero, y luego respondió. “Sir Ament y sus hombres no son una fuerza que merezca ser desmeritada. Independientemente de si él es el mejor comandante o sus hombres los más fuertes, es innegable que su valor y determinación es una entre un millón. Por otro lado, si estuviésemos hablando de enviarlos como avanzadilla a una guerra, probablemente no propondría esto.” – se reclinó sobre la mesa, apoyando ambos brazos en ella en mitad de la explicación. “Probablemente ellos no son la fuerza bélica más poderosa de la que disponéis, su majestad. Pero ahora lo que necesitamos no es ganar a aquello que reside en el interior del castillo, si no a alguien que tenga el valor de entrar, descubrir lo que esconde y salir.” – terminó de explicar, para luego acomodarse de nuevo en el asiento. Los murmullos volvieron a tomar la sala, esta vez mucho más comedidos, mientras todos comentaban la explicación que acababan de oír, y el emperador asimilaba la información en la soledad de su trono.
 
Sir Claus, ¿me permitís una pregunta?” – esa interrogación sorprendió al caballero, que no esperaba que le pidiese permiso para algo así. “Por supuesto, majestad.” – respondió, expectante. “Vos sois amigo de Sir Ament, ¿no es así? ¿Sois consciente de que enviarlo ahí es una muerte casi segura?” – Claus puso un gesto sospechoso, y respondió casi al instante. “A su primera pregunta, fui amigo de Sir Jerome, uno de los caballeros más gloriosos que han servido bajo el estandarte Imperial. Y si su primogénito se parece en algo a él, estoy seguro de que buscará servirlo con tanta pasión como su progenitor.” – respondió finalmente, haciendo que el emperador no pudiese si no asentir.

Bien, ordeno que Sir Ament Fordye y su escuadrón se encarguen de la exploración de la exploración de la fortaleza Draenor.” – ordenó finalmente.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jul 03, 2013 7:48 pm

Capítulo 7: Presagio
Por Ament Fordye

La estancia se trataba de la biblioteca privada de la mansión Fordye. Las grandes y altas estanterías de roble estaban llenas de tomos de distintos colores y tamaños, todos al menos leídos un par de veces. En el centro había un amplio escritorio con algunos papeles, tinta y una pluma, y sentado frente a él el señor de la casa, con una carta entre manos, con el sello de la casa Imperial. Tras leerlo, la colocó de nuevo sobre el escritorio, reclinándose en la silla al son de los nudillos de la señora Potts sobre la puerta. “Señor, la señorita Eril está aquí. ¿La hago pasar?” – preguntó como de costumbre, a la vez que él daba su consentimiento y la muchacha de cabellos rubios y ojos aguamarina entraba en la estancia. “¿Para qué me has llamado?” – preguntó ella, con cierta curiosidad, pues no era común que él la llamase con tanta prisa. “Lee.” – le dijo, acercándole la carta con cierta curiosidad ante su reacción. El gesto comenzó con curiosidad ante las primeras palabras, y completa incredulidad ante las últimas. “” – el gesto de completa conmoción en el rostro de la chica no pudo si no parecer entretenida a Ament. “Pero esto…” – dijo, intentando articular una palabra. Ament asintió.

Nos están enviando a una muerte segura.” – dijo finalmente. “He oído que decenas de escuadrones han intentado esta misión antes que nosotros, escuadrones mucho más grandes y más especializados, y ninguno ha vuelto, ni siquiera tuvieron tiempo de enviar un informe respecto a lo que allí sucedía.” – comentó, no sin cierta indignación. “Es una condena de muerte, Ament.” – dijo, esta vez despegando los ojos del papel y mirándolo a él, que sin embargo y sumándose a la incomprensión de las órdenes del emperador, estaba con una sonrisa de medio lado. “Si salimos victoriosos, seremos héroes.” – Eril lo miró descolocada, para luego relajar su gesto en completa resignación. “Ya has aceptado las ordenes, ¿verdad?” – preguntó, a sabiendas de la respuesta. “No podemos lamentarnos, será cuestión de ganar a cualquier costo.” – respondió, empapando la pluma en la tinta y esbozando garabatos con mucho sentido en uno de los pergaminos que se encontraban en el escritorio.

¿Qué tienes pensado?” – preguntó ella, resignada a cualquier queja y decidiéndose en al menos cooperar para que todo fuese lo mejor posible. “Nuestra misión es enviar un informe, ¿no es así?” – preguntó retóricamente, siendo respondido por su compañera con un movimiento de cabeza y reclinándose sobre el escritorio para ver lo que esbozaba. “Sabemos que actualmente la información de la que disponen es absolutamente cero, por lo que cualquier tipo de información que podamos aportar es oro puro. Tenemos que llevar mensajeros con nosotros, al menos cuatro escuadrones.” – continuó explicando. “No puedo asegurar la estrategia, pero a grandes rasgos… Vamos a aprovechar el terreno. Antes de mandarte venir, me informé un poco de la localización en la que se encuentra el castillo. Es una explanada arenosa, y aprovecharemos eso bien.” – dijo con una sonrisa que solo mostraba en ese tipo de situaciones.

°°°

Supongo que esta nube de polvo que no nos deja ver absolutamente nada es parte del plan.” – comentó Eril, quejumbrosa, azuzando al caballo hasta colocarse junto al de su comandante. “Por supuesto.” – comentó, escuetamente, con sus ojos fijos en la silueta que se entreveía en la todavía lejanía, la fortaleza enorme. La nube de polvo desértica se alzaba del suelo y nublaba totalmente su visión, algo que aunque pareciera una desventaja, todos los guerreros tenían muy en cuenta. “Es una suerte que el emperador nos haya proporcionado tropas extra.” – comentó Eril una vez más. “Al menos lo hace parecer menos como una condena de muerte.” – dijo a modo de sátira. Ament volteó la cabeza, y la miró a través del yelmo en forma de cabeza de lobo. “¿Tienes planes de morir?” – preguntó, con cierta complicidad. Eril sonrió, y se enderezó sobre la montura. El estandarte del lobo blanco ondeaba violentamente en el seco vendaval. Los cascos de los caballos chocaban contra la reseca tierra, como si hiciese meses que una gota de lluvia no caía sobre la aridez de la fortaleza. “Es hora.” – comentó Ament.

De entre la nube de polvo del horizonte se comenzó a ver una línea de siluetas oscuras que se hacían cada vez más grandes, a medida que avanzaban en dirección a ellos. “Rodrick.” – dijo Ament, llamando la atención del hombre en cuestión, que azuzó a su caballo para avanzar. “Ve a ver cuáles son sus intenciones.” – ordenó. El hombre tragó saliva, y espoleó a su corcel que comenzó a galopar en dirección a las siluetas tras la polvareda. Ament agudizó la vista, oteando la distancia en búsqueda de lo que sucedía al otro lado. De pronto, vio como el jinete salía despedido de su montura a causa de un golpe. Ament suspiró y acució a Aaron, tras tomar las riendas y hacerlo galopar en paralelo a los hombres de su cuadrilla. “¡Hombres del Imperio! ¡Se nos ha dado hoy la oportunidad de pasar a la leyenda, y lo haremos pase lo que pase aquí y ahora! ¡Nos enfrentamos a un enemigo del que no sabemos nada, y saldremos victoriosos como siempre lo hemos hecho! ¡Vuestra es la elección, pelead por sobrevivir y ser una leyenda en vida, o morid llevándoos a vuestro enemigo como vosotros, y sed leyenda en la muerte, pero siempre, siempre pelead mientras vuestros brazos puedan sostener una espada! ¡Dios os está mirando a todos, espera de vosotros que luchéis con furia y honor, que ganéis y traigáis la gloria a nuestras tierras una vez más! ¡Por el Imperio, por Dios, por la victoria!” – gritó, seguido de los rugidos de sus hombres, el sonido de los cascos de los caballos chocando violentamente contra el suelo y el sonido de las espadas saliendo de sus fundas.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jul 03, 2013 7:55 pm

Capítulo 8: Horda
Por Ament Fordye

El gran orco de más de seis pies y medio alzó su martillo por encima de la cabeza. Aun si no llevaba montura, no palidecía en tamaño contra un jinete, logrando hacer volar lejos de sus caballos a más de uno. Con paso raudo y mirada feroz, caminó a través de guerreros orcos y humanos por igual, sacándole varios palmos a la mayoría. Aunque su arma era un martillo de dos manos, sus músculos excepcionalmente desarrollados incluso entre los suyos le permitían ser eficaz incluso cuando lo empuñaba con una sola. Dos cintos de cuero cruzaban su torso cubierto de armadura de acero orco en forma de equis, y un taparrabos cubría la armadura sobre su zona íntima, acompañando sus pasos con dos botas de cuero. El yelmo puntiagudo dejaba entrever los dos ojos celestes que, inyectados en sangre, estaban fijos en el general enemigo.

Montado sobre un corcel siena se encontraba la segunda al mando. Dirigía con pericia los movimientos de sus hombres, moviendo la punta de su bastarda en distintas direcciones. Tras el yelmo en forma de blanco y oro, los ojos aguamarina se clavaron en los del orco, que con grandes zancadas había logrado ponerse a rango de golpearla. Asió la cobertura de cuero de la empuñadura de su martillo con ambas manos, y con un movimiento circular lo subió por encima de su cabeza. Con un mazazo vertical intento aplastar el cráneo de la mujer, que ni corta ni perezosa interpuso la hoja de la espada en la trayectoria del golpe, a la altura de sus ojos. La hoja del arma era demasiado fina para bloquear el poderoso impacto del mazo, por lo que al sentir la colisión, cambió la posición. Desvió el golpe con cierta efectividad, pero a la vez perdió el equilibrio en la montura. Antes de caer, espoleó al caballo que salió despedido perdiéndose en el fragor de la batalla.

Eril rodó por el suelo, embadurnándose la armadura y ropajes de color caqui, como la arena del suelo del campo de batalla. El mazo hizo un barrido a ras de suelo, no pillando a la muchacha de por medio porque de nuevo, rodó y se alzó, logrando por fin recuperar la postura, colocando la espada en paralelo a su mirada. El mazazo consiguiente fue tan rápido y feroz que no llegó a esquivarlo, si no que en un intento mediocre de bloquearlo, no pudo si no caer de espaldas al suelo. Los brazos entumecidos al recibir el golpe apenas sostenían bien la espada. Intentó ponerse en pie, pero el orco lo impidió con un puntapié al costillar que la hizo rodar de nuevo, haciendo que la espada se desprendiese del agarre de su hierro. El orco llevó la manaza al cuello de la muchacha, y le arrancó el yelmo, dejando ver el rostro compungido de dolor, el hilo de carmesí escapando por una brecha en el labio, los ojos aguamarina entrecerrados por la asfixia.

Has peleado bien, mujer, y por ello te daré una muerte de guerrero.” – dijo en un tono gutural y ronco a la vez, mientras los fuertes dedos se cerraban más y más sobre la tráquea, como una tenaza imparable. Gemidos ahogados se atoraban en la garganta, mientras ella pataleaba en el aire en busca de aire. Los ojos del orco, sádicos, disfrutaban con el gesto de asfixia y desesperación de su víctima, que intentaba separar la zarpa de su cuello de forma totalmente inútil. La palidez comenzaba a tomar el rostro de Eril, mientras los movimientos eran cada vez más vagos, hasta que poco a poco comenzaba a dejar de moverse, en un gesto exánime.

De pronto, dos virotes se incrustaron en el brazo extendido del orco, que de pronto soltó a la muchacha, y miró en la distancia. “Ballesteros, primera ola, ¡disparad!” – dijo, cuando cuatro ballesteros lanzaron sus virotes contra el orco. El hombre en la armadura de lobo bajó de su caballo y corrió hacia la desfallecida Eril, mientras el orco recibía otros dos virotes en su cuerpo, y gruñía en consecuencia. “¡Ballesteros, segunda ola, ¡disparad!!” – gritó de nuevo el caballero, mientras cubría el cuerpo de Eril por si acaso un virote se descarriaba, que por suerte no ocurrió y los cuatro virotes golpearon en el enemigo. El orco retrocedió, dolido por las heridas, tiempo suficiente para comprobar la respiración de la desmayada. Aunque no lo demostró, Ament suspiró aliviado al comprobar que respiraba.

¡Ballesteros, lleváosla a lugar seguro!” – ordenó, y se incorporó de nuevo para ponerse en pie, y desenvainar el sable. El orco rugió con furia, alzando el martillo de nuevo, pero que antes de hacerlo descender, su contrincante aprovechó la diferencia en la velocidad de las armas para dar un tajo en el abdomen, y a la vez dar dos zancadas hacia atrás, suficiente para no recibir el mazazo. Con el arma del enemigo apoyada en el suelo, el sable lanzó otro corte esta vez seccionando el antebrazo izquierdo. Ante el gemido de dolor, el caballero del lobo blanco lanzó un tercer y último latigazo con el sable al cuello, cortándolo y haciendo que la espesa y oscura sangre salpicase a todo el lugar.

El orco cayó de rodillas ante su enemigo, mirándolo, sin poder articular palabra. La sangre aun caía a borbotones a través de su cuello y pecho, momento en que Ament desenfundó su daga, y la clavó en el corazón de su enemigo.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jul 03, 2013 11:01 pm

Capítulo 9: Infiltración
Por Ament Fordye

Ament enfundó el sable, bajándose del corcel y cayendo de rodillas. Los jadeos escapaban con un acompañamiento metálico del yelmo del lobo, mientras la sangre escurría por la armadura, una mezcla de la enemiga, la aliada y la propia. Apoyándose en Aaron, logró recuperar la postura, poniéndose en pie a la vez que un hombre en jinete cabalgaba hasta su lado. “¡Señor, tengo noticias!” – comentó. El muchacho a caballo era el joven Rickert, uno de los soldados más novicio dentro del escuadrón del lobo blanco, y a su vez, uno de los más prometedores. Ament lanzó una mirada a través del yelmo, preguntando sin palabras. “La estrategia ha funcionado, en parte. El escuadrón de reconocimiento ha logrado infiltrarse en la fortaleza.” – comentó, algo que hizo esbozar una imperceptible sonrisa al otro lado del metal. “Sin embargo… No han salido.” – Ament abrió los ojos de par en par. “Ni siquiera el águila…” – respondió después, con un gesto de abatimiento.
 
Ament quedó impactado por la información. Miró a su alrededor, viendo los últimos vestigios de la guerra. Hombres y orcos yacían en el suelo, algunos decapitados o destripados, punzados hasta la muerte o con el cuerpo rasgado. Algunos aún quedaban en pie, y hacían chocar sus aceros contra los de los enemigos. “¿Hemos fallado…?” – musitó, con los labios temblorosos, más preguntándose a si mismo que al muchacho a su lado. “Tengo más noticias…” – comentó, amedrentado. Ament alzó la vista y lo miró con expectación. “La capitana Eril ha formado un escuadrón y ha dicho que iba como soporte al escuadrón de reconocimiento.” – Ament lo miró con el rostro desencajado, para luego apretar la mandíbula con fuerza. “Vamos a traerla de vuelta, Rickert.” – dijo, lanzándole una mirada completamente determinada e implacable. El muchacho, al mismo tiempo, tragó saliva y asintió. Ament por su parte, montó de nuevo en Aaron, cabalgando a través de los cadáveres de sus hombres y enemigos por igual.
 
°°°
 
Rickert, Ament y un improvisado escuadrón lograron infiltrarse siguiendo el mismo método que habían usado el escuadrón de reconocimiento y seguramente el de Eril también. A través de las aguas de la alcantarilla, caminaban todos alumbrándose únicamente por una antorcha que portaba en sus manos el más joven de ellos. El paso marcado por el líder era rápido y ansioso, como si quisiesen llegar cuanto antes al lugar en cuestión, y encontrar el motivo por el que nadie había cumplido el plan. Rickert trepó primero por las oxidadas escaleras de metal, seguido por Ament, apartando la roca que cubría la antigua alcantarilla. A ojos de Ament, todo pasaba como si fuese especialmente rápido, como si todo se volviese borroso, como si la ansiedad tomase control de su cuerpo. No se fijó en ningún detalle, sino hasta que un grito en boca de un vigilante orco dio la señal de alarma ante los invasores.
 
Flechas cruzaron el aire en su dirección, pero por suerte pudieron cubrirse tras unos muros. Pronto, se vieron completamente rodeados por vigilantes piel verde. “Tirad las armas, humanos.” – ordenó uno de ellos, el más grande y con armadura más ostentosa, que parecía el líder. “Habéis sido buenos combatientes, mi líder quiere conoceros antes de daros muerte. Decidid, desarmaos o morid aquí y ahora.” – Ament apretó la mandíbula, y desenvainó el sable, dejándolo caer en el suelo, para hacer lo mismo con la daga, la ballesta y los virotes. Con un movimiento de mano, ordenó a los demás que le imitaran. “Llévanos ante el rey de la fortaleza.” – comentó, casi como una orden.
 
¡Traed los grilletes!” – ordenó el orco líder, siendo obedecido pronto por sus subordinados, y amarrando las manos de los humanos. Ament ordenó que ninguno opusiese resistencia, así como tampoco lo hizo él. Fueron guiados a través de los pasillos, mientras sus captores intercambiaban palabras en una lengua que ninguno podía entender. Ament se mantenía en calma, caminando con paso firme y tranquilo a la vez, pero con una mirada fulminante en los ojos cubiertos por el yelmo. Pronto, llegaron a un largo pasillo, con estatuas decapitadas a los lados y un trono al fondo. En él, se encontraba un ser que no parecía un orco. Su piel no era verde, si no igual a la de cualquier Imperial, y su cabello espeso, puntiagudo y abundante en su cabeza. Un hombre incluso más grande que los orcos, que más parecía un ogro por la forma de su rostro y los colmillos que se dejaba mostrar. Al lado del trono reposaba una cimitarra enorme, que más parecía un gran pedazo de acero cortante y curvo. “¿Quién es el líder de los hombres?” – preguntó, cuando todos estaban frente a él. El silencio se hizo unos segundos, tras lo cual Ament dio un paso al frente. “Fueron valientes, normalmente nadie logra atravesar las murallas sin mi consentimiento, sin embargo no uno si no dos escuadrones lograron hacerlo.” – explicó el ogro. “¿Cómo te llamas?” – preguntó después.
 

Ament Fordye.” – respondió escueto. “Ament Fordye,…” – replicó el líder de los orcos. “Mi nombre es Gor’om, y hace décadas tomé este castillo con mis propias manos. Desde entonces, decenas de los tuyos han querido arrebatármelo. ¿Sabes cuantos han vuelto con vida a su hogar?” – Ament lazó una mirada que podría amedrentar a cualquiera, mientras que Gor’om seguía con su verborrea. “Ninguno.” – dijo, para luego sonreír grotescamente. “Pero eso no es lo que más deberíais temer. Algunos de los guerreros que vinieron aquí la última vez aún siguen con vida, si a eso se le puede llamar vida.” – los hombres a la espalda de Ament se horrorizaron, mientras que este lo interrumpió. “¿Dónde están los que vinieron antes que yo?” – preguntó. “Lleváoslos a los calabozos.” – ordenó. “¿¡Dónde están!?” – rugió de nuevo, mientras eran llevados lejos.
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Re: El corazón del conquistador

Mensaje por Ament Fordye el Jue Jul 04, 2013 1:45 am

Capítulo 10: Amigos
Por Ament Fordye

El látigo centelleó en el espacio, golpeando la carne pálida y haciendo que el hombre se balancease, amarrado por los grilletes del techo como si de carne para secar se tratase. La sangre escurría por la piel, brotando de los diversos cortes que provocó el flagelo en manos del semiorco de piel pálida que se encargaba de torturar al hombre de cabellos blancos. El medio humano sudaba en abundancia, jadeando cansado por el castigo que le infringía al torturado, que sin embargo, tenía los labios como sellados, de los que no salía quejido alguno, lo cual solo enfurecía al verdugo. Abrió los ojos cuando oyó la puerta abrirse, y entrar un orco de aspecto importante, armadura negra y roja y pinturas de guerra en el rostro. “¿Cuánto ha suplicado por su vida?” – preguntó, entre risas, burlándose del humano. “Mi señor, no hay manera…” – explicó con un tono parecido a una disculpa. “¿Qué me estás contando?” – en su rostro se dibujó furia, mientras tomaba el hierro ardiente y lo colocaba sobre la piel. “¡Sufre, perro humano!” – gritaba, pero aparte de desfigurar el rostro de Ament en dolor, no logró que suplicase ni gritase.
 
Así que este es uno de esos tipos, ¿eh? Quizás sea más efectivo contarle lo que les está pasando a sus amigos.” – comenzó a explicar, mientras Ament esbozaba una sonrisa desganada. “Quizás te interese saber cómo los torturamos… Como, para que no huyan, les cortamos los tendones de pies y manos, y los despellejamos, o les arrancamos las uñas. A veces les echamos agua hirviendo por encima. Por supuesto, también le cortamos la lengua…” – dijo gozando el sadismo de sus palabras. “Y me han comentado que tu segunda al mando es una mujer. No vienen muchas féminas por aquí, ¿sabes? Mis hombr--…" - Ament soltó una risa desganada que interrumpió al orco, a la vez que dejaba caer un sorbo de sangre. “¿Amigos…?” – preguntó, retóricamente. “… ¿Quién puede considerar amigo a alguien que te sigue por oro, o por un sentimiento de pertenencia a la patria…?” – comentó, pareciendo que se hablaba más a si mismo que a sus captores. “… No puedo considerar amigo a alguien que no es mi igual, que no pelea por su sueño aun si es contra mí… A alguien que vive simplemente por ver el siguiente campo de batalla… O a alguien que simplemente se ata a sí mismo a otra persona… Un amigo es alguien que está en tu mismo escalón.” – el orco mostró un gesto de furia y levantó la fusta de nuevo, impactando una y otra vez sobre el cuerpo del hombre.
 
Las últimas luces del ocaso se colaban por el ventanuco enrejado.
 
La anciana tendió un crucifijo de plata con una cadena del mismo material al muchacho. El la miró con curiosidad, “¿por qué me dais esto, anciana?” – le preguntó. “Sin un crucifijo, eres presa de los demonios.” – los ojos de la anciana no podían ver, y extendía su brazo para acercarlo al muchacho. “Tómalo… Tómalo… Tómalo…” – las palabras resonaban como en un eco en ese callejón pavimentado. El muchacho extendió su mano y agarró el colgante, momento en el que las campanas comenzaron a sonar.
 
Lo siento anciana, tengo que--…” – en ese momento, sintió una punzada en su pecho. En el horizonte, frente al sol poniente se alzaba el castillo, con sus altos torreones, murallas y campanar. El camino empedrado se perdía en el horizonte, bañado en la irradiante luz que desprendía la alta, noble y magnífica estructura.
 
Sin embargo, una luz también comenzó a brillar a su espalda, tímida y cálida a la vez. Cuando el muchacho se giró vio allí diversas siluetas que lo miraban con aceptación, admiración, aprecio… “Eril…” – musitó, al descubrir los rasgos de una de las siluetas. Sin embargo él no la miro a ella con esos gestos, sino una mueca de angustia se dibujó, mientras volvía a girarse para ver el despampanante destello del alcázar sobre la loma. Tragó saliva, y volvió a mirar a las siluetas cálidas, sonrientes pero que hacían escocer algo en el interior del pecho del chiquillo, mientras el sol se ocultaba más y más, más y más al otro lado de la alcazaba. El brillo cada vez disminuía, mientras la agonía crecía en el interior del pecho del joven.
 
El albino abrió los ojos ligeramente, sintiendo el escozor de las heridas, la presión de los grilletes y la sed en los labios. Alzó la cabeza con dolor, viendo al pequeño ventanuco que dejaba ver que la noche había llegado. El torturador no se encontraba en la celda, y si aguzaba lo suficiente el oído, podía escuchar gemidos y gritos en las celdas vecinas. Apretó entre sus puños las cadenas, como un único gesto de furia mientras que su rostro no reflejaba absolutamente nada.
 
De pronto, un estruendo lo inundó todo.
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Ament Fordye

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Re: El corazón del conquistador

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