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Cuentos de Noreth
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Preludios

Mensaje por Arianne el Mar Jul 02, 2013 10:41 pm

1

Recuerdo mi primera noche en el Palacio Blanco. La primera vez que me perdí en aquellos enormes pasillos, la primera vez que me embriagó ese aroma a leña quemada y acero, la primera vez que la Dama se acercó a mí, la primera vez que sentí el peso de su mirada sobre mi cuerpo demacrado. Ella nos acogió con benignidad y opulencia, pero también bajo normas estrictas. Fue en época estival, en el entrado Zuìè Driador; cuando el calor sofocante tal vez hizo hervir su cerebro de aburguesada y decidió adoptar dos ratas de calle que se encontró por ahí. Porque eso éramos, ni más ni menos: dos animales.

Cuando fuimos escoltados por los vasallos de la Dama hasta el comedor del palacio, me sentí minúscula. Desde las ventanas del castillo se divisaba cómo el Bosque Verde, manto de fauna y flora, se extendía hasta las costas del oeste. De vez en cuando, la inmensidad del mundo me golpeaba y todo mi cuerpo se estremecía ante el impacto. Me preguntaba por cuánto tiempo sería capaz de sobrevolar las tierras de Noreth sin caer agotada sobre la cruel superficie. Por aquel entonces era una niña, a fin de cuentas; una niña ilusa e impresionable.

Gorm parecía estar igual de maravillado que yo, o incluso más. Sus ojos claros centelleaban ante cualquier cosa que entrase en su campo de visión, como los de un niño pequeño. Se trataba de un muchacho bastante peculiar, no sabría especificar si es mi protector o mi protegido. No era musculoso ni robusto, sino más bien esmirriado, algo admirablemente imposible vistas las cantidades de comida que cada día se metía entre pecho y espalda. Su nariz era angular y prominente, y sus labios delgados. Tenía el cabello oscuro y siempre revuelto, desafiando a la gravedad, del que sobresalían aquellos cuernos que le habían condenado a la mala vida. No conseguía comprender cómo lograba no avergonzarse de ellos tras las humillaciones que él me llegaba a narrar que había vivido, sólo cuando estaba muy borracho y accedía a contarme cosas de su pasado.

Entre sus rasgos de hörige y su inusual apetito, Gorm era valioso como atracción de feria, desde luego. Aquella noche, en el banquete que organizó la Dama, devoró aproximadamente el equivalente a diez raciones individuales. Ella, en el papel de anfitriona, se sentó con nosotros e intentó entablar una conversación en la que yo participaba por parte de ambos, puesto que Gorm estaba demasido ocupado llenándose la boca de todo lo que había encima de la mesa.

Te he visto luchar, Arianne — la Dama jugueteó con uno de los cubiertos de plata entre sus dedos —. ¿Es la primera vez que empuñas una espada?

No supe qué decir, así que asentí con la cabeza. Desconfiaba de la situación en general, y por una vez estaba convencida de que era inteligente hacerlo. O más bien, había tomado consciencia de mi ignorancia, y me había percatado de lo muy fácil que sería aprovecharse de nosotros estando en unas condiciones nefastas en las que nos agarraríamos de clavos ardiendo.

Créeme, aquellos que tampoco lo han hecho en su vida suelen ser mucho peores que tú. Eres diestra. Y no quieres desaprovechar eso, ¿verdad?

Me quedé en silencio, y Gorm lo quebrantó con un desagradable eructo que me enseñó que quedarse callada no era una opción favorable.

No, mi Señora. Claro que no.


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Re: Preludios

Mensaje por Arianne el Jue Jul 04, 2013 10:59 pm

2

Los primeros días fueron holgados. Nos dejaron descansar hasta que nuestro cuerpo se desagarrotase, pero una vez estuvimos presentables -limpios, sanos, dispuestos- nos despertaban con los primeros rayos de sol que bañaban el cielo. Me enfundaba en una armadura y desplegaba las alas, dejando que cortasen la brisa fría que solía levantarse por las mañanas. Antes de aprender a atacar tuve que aprender a recibir, y antes de aprender a volar tuve que aprender a tropezar. Por esa misma razón no tardé en estar salpicada de moratones y magulladuras.

A medida que bajaba las escaleras, las estancias se hacían más angostas, y las paredes recubiertas y adornadas dejaban paso a una piedra yerma. Abrí la puerta y el sonido del agua cayendo me tranquilizó, permitiéndome caer absorta en mis pensamientos. Hacía bochorno fuera, pero sólo un baño caliente podría aliviar mis heridas, así que acepté sin remilgos las toallas y los ungüentos que la Dama me había proporcionado. Gorm estaba allí, sumergido hasta la barbilla, con los ojos enrojecidos y cansados. Lo cierto es que él llevaba un tiempo quejándose de que no dormía, pero no me había dado cuenta hasta aquel momento de lo mucho que había repercutido en su aspecto. Parecía enfermo, y me preocupaba, porque Gorm era lo suficientemente estúpido como para descuidar su propio estado de salud.

Me desnudé y me metí en el agua. El hörige me había visto muchas veces desnuda, y yo a él también. La confianza da asco, o eso dicen. Muchas veces nos habían confundido con una pareja, cuando estábamos más bien lejos de eso: Gorm era un buen compañero, pero seguramente un pésimo amante. Aunque en realidad no lo sabía, ni descartaba que lo probase en un futuro. A fin de cuentas, se trataba de mí, y yo ya me conocía. Había cumplido dieciocho años, ya era lo suficientemente madura como para decidir yo sola lo que hacer con mi cuerpo.

- ¿Qué te parece, Ari?

Gorm rió sin ganas. Le contesté mientras me cubría el hombro dolorido con un bálsamo color verdoso que desprendía un fuerte olor a tierra húmeda. La herida me escocía nada más tocarla, y en cuanto apliqué la pasta sentí que mi piel se incendiaba.

- ¿Qué me parece el qué?

- Que estemos aquí. Que nos hayan dado cobijo por nuestra cara bonita.

Me encogí de hombros.

- Al principio creí que era una trampa... - le respondí, sonriéndole con los labios apretados, aguantando el dolor punzante en mi hombro - Pero estoy empezando a confiar en que no lo es. Tal vez la Dama nos quiera hacer mejores de verdad.

Gorm dejó escapar un breve suspiro y se hundió un poco más en el agua. A pesar de que aparentase estar tan cansado, seguía teniendo esa chispa de vitalidad infantil en el rostro que tan repelente me parecía. Y no sé qué haría sin ella.

- Tal vez.

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