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El chamán y su aprendiz.

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El chamán y su aprendiz.

Mensaje por Sylver el Miér Jul 10, 2013 12:12 pm

De los pedazos carbonizados de la caravana aun salía humo, un espeso humo negro provocado por el alcohol que habían derramado sobre la madera para que ardiera con más facilidad. Fue ese humo el que atrajo la atención de Aba, el chamán de un pequeño pueblo rural de las colinas más bajas de los Montes Keybak. Esa mañana había sido fría y gris, las nubes oscuras aun cubrían el sol de vista y el ambiente húmedo recordaba la tormenta caída durante la noche, y Aba había salido con las primeras luces en busca de hierbas e ingredientes para su consulta. Esa columna agonizante de humo negro no presagiaba nada bueno, un ataque era lo más probable, a algún viajero o mercante incauto había sufrido una emboscada.

Su primer impulso fue el de alejarse del lugar, dar la espalda al humo y regresar al pueblo con los brotes tiernos que había encontrado. El carácter cerrado y aislado del pueblo lo había educado así. “Cuida de los tuyos y que los extranjeros cuiden lo suyo”. Pero Aba no pudo dar más de dos pasos y casi se sintió obligado a acercarse al lugar de la tragedia en busca de supervivientes. Si no lo hacía, la idea de haber abandonado a un herido a su suerte lo atormentaría el resto de sus días.

Sus pies descalzos avanzaron entre la maleza sin generar ningún crujido, aproximándose precavidamente agachado a los restos de la caravana. Cerca de la linde del camino, un perro salvaje se alimentaba vorazmente del cadáver de uno de los caballos de tiro. El can alzó la cabeza y olfateó el aire, y se alejó con un gañido en cuando percibió la cercanía del humano.

Aba no se movió. Aspiró hondo, percibiendo el olor a quemado, a alcohol derramado y a rocío. Escuchó. Ni un crujido, nada aparte de las moscas que rondaban los cuerpos. Nada se movía. Una vez se aseguró de que ninguno de los atacantes se encontraba cerca, se incorporó y se acercó al desastre.

Una de las ruedas del carro estaba reventada y este había volcado hacia la izquierda. Las cajas de mercancías estaban rotas y esparcidas a su alrededor, vacías. Uno de los caballos presentaba una sola herida, una flecha firmemente clavada en el ojo que le había provocado la muerte inmediata. El otro equino había sufrido más. Había muerto tras recibir varios hachazos, una de sus patas delanteras estaba casi seccionada, y una compasiva estocada en el pecho. Aba pasó su mano sobre las cabezas de los animales y les dedicó una breve oración.

Cuando alzó la mirada encontró un escenario grotesco que no había percibido antes. Aquello que creía que era madera no lo era, no todo. En el eje de las ruedas del carro tumbado había un cuerpo. Era de una mujer a juzgar por los restos de tela que se había librado del fuego. Sus manos estaban sujetas a la rueda carcomida sobre su cabeza y sus piernas separadas y atadas a su vez a la madera del eje. Aba bajó la mirada al suelo, avergonzado y entristecido. La postura en la que se encontraba no dejaba lugar a dudas y la crueldad del acto le hizo apretar los puños. Esa mujer no solo había tenido que sufrir los abusos de sus atacantes, sino que había sido quemada posteriormente. Y no muy lejos de ahí había otro cuerpo con la espada aun en la mano. Un hombre. Un elfo. Sus ojos sin vida estaban fijos en la figura carbonizada de la que debía de haber sido su esposa.

Aba se acercó al elfo, de piel y cabellos rubios, cambió su postura, lo tumbó mirando hacia el cielo y apoyó el mango de su espada en su pecho, colocando después sus manos muertas sobre el arma, sujetándola. Pasó sus dedos por la frente del hombre con una nueva oración, deseándole suerte en su nuevo viaje. Tras esto desató el cadáver carbonizado de la mujer y lo hizo reposar junto al del hombre, dedicándola unas palabras compasivas. No hubo oración para ella, ya que según la cultura de su pueblo, el fuego era un agente destructor, no purificador. El fuego había quemado su cuerpo y su espíritu, enviándolo a un lugar donde sus palabras no serían escuchadas.

Como si la naturaleza quisiera reparar el daño hecho, una fina llovizna empezó a caer, empapando la piel devorada por el fuego. Aba alzó la cara, permitiendo que las gotas recorrieran su rostro, y se dispuso a marcharse.

Pero algo detuvo sus pasos de nuevo.

Un gemido. No, ¿un maullido? Un llanto débil y quejumbroso. Y el origen no estaba muy lejos. ¡¡Un superviviente!! Con la adrenalina corriendo por su sangre, Aba trato de llamarlo y localizarlo. Finalmente lo encontró oculto entre el tronco de un árbol y una gran roca, liado entre mantas rosadas. El hombre tomó el fardo tembloroso y apartó las mantas. Un bebe, una bebe, con la piel más blanca que había visto jamás. Clara como la leche y con el pelo tan brillante como la plata y sus orejas puntiagudas parecían enormes en comparación con su rechoncha cabecita. La pequeña no debía de tener más de dos meses y se encontraba débil, muy débil. Por suerte, la lluvia la había espabilado lo suficiente como para que Aba pudiera oírla llorar y encontrarla.

El hombre la abrazó contra su pecho y frotó su cuerpo por encima de las mantas tratando de hacerla entrar en calor. Le habló con voz suave, echando a andar con rapidez a través de la maleza, de regreso al pueblo. Un bebe extranjero... eso traería el caos a su gente, pero volver a abandonarlo a una muerte segura no era una opción. Los Dioses habían querido que la encontrara y la naturaleza le había indicado el camino. ¿Y quien era él para contradecir al destino?
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Re: El chamán y su aprendiz.

Mensaje por Sylver el Jue Ene 02, 2014 10:07 am

-Esta jodida lluvia va a borrar los rastros, si es que aun queda alguno...-refunfuñó el oficial pasándose una mano enguantada por el pelo mojado.- ¿¿¡¡ Dónde demonios está ese maldito explorador!!?? ¡¡Y cuidado con eso!!

Los dos soldados, dos crios que aun no tenia pelo en el pecho, se disculparon y retomaron su tarea con más cuidado. Apartaron los caballos muertos del camino y empezaron a recoger los restos de cajas esparcidos por el barro.

El oficial gruñó malhumorado. Odiaba la lluvia, odiaba el frío, odiaba los montes y odiaba tener que encargarse de las patrullas de la ruta comercial. Pero sobretodo odiaba esos jodidos mosquitos que.....

Una rápida palmada en su brazo dejó a uno de esos bichos aplastado contra su piel. Con un nuevo gruñido frotó su brazo para librarse de los restos. Si no fuera por ese desliz que tuvo con la mujer de su superior, no estaría tan jodido. Estaría patrullando un distrito tranquilo en una cómoda ciudad, sin piedras ni alimañas. Pero no, esa tetona pelirroja lo había seducido y luego había ido a llorarle a su marido. Menuda jugarreta le había gastado. Y ahora, cada vez que alguien encontraba una caravana asaltada en algún camino en mitad de la nada, ahí tenía que acudir con sus hombres, quienes no eran más que un puñado de niñatos paletos que no sabían ni leer. Un relincho llamó su atención y detuvo sus lamentaciones.

-Oh, por fin, maldita sea. ¡Ya era hora!- refunfuñó acercándose con pasos rápidos al recién llegado, que ya desmontaba.

El explorador era uno de esos pueblerinos bárbaros de piel oscura, uno lo suficientemente abierto de mente como para acceder a hacer tratos con extranjeros de piel clara a cambio de dinero y aun así, muy falto de modales. Ignoró la mano tendida del oficial, concentrado en examinar el lugar. Cuando centró su atención en el funcionario parecía enfadado.

-¿Por qué habéis movido los cuerpos?

-Estás de broma, ¿no, muchacho? Nuestra prioridad es despejar el camino para que las caravanas mercantes puedan seguir avanzando.

-Creía que la prioridad era rastrear a los atacantes.-dijo con seriedad el explorador, con su tribal acento. El oficial refunfuñó.

-Ese era tu trabajo, no el mío, y te esperábamos hace horas. Si hubieras llegado puntual, los cuerpos seguirían en su sitio. Ahora apáñatelas y déjanos hacer nuestro trabajo.- un nuevo mosquito en su brazo y una nueva palmada- ¡Mierda de...! ¡¡Acabad de una vez, muchachos, la tormenta esta empeorando!!- dedicó unos segundos al explorador que seguía parado frente a el- Rastrea sabueso, sin resultados no hay hueso.


Mâred permaneció de pie y en silencio, con los brazos cruzados, observando como los guardias de piel blanca terminaban de despejar el camino, subían a sus caballos y se alejaban del lugar, abandonando sin más los cuerpos sin vida que reposaban en la tierra y llevándose tan solo algunos objetos de la caravana que podrían serles útiles. Objetos “recuperados”. La corrupción y la falta de respeto de los pieles blancas le revolvía el estómago.

Una vez se alejaron por el camino, el explorador se acercó al tramo donde había estado la carreta antes de que fuera apartada. Se situó en mitad del sendero arenoso y tardó unos segundos en reubicar mentalmente cada objeto, cada cuerpo.

La carreta viajaba en dirección oeste y había sufrido un ataque por sorpresa. No había marcas de carrera ni ningún intento de giro, tan solo el hueco dejado por el peso de la caravana al volcarse. La rueda había sido echa añicos, Mâred se preguntó que podrían haber usado para romperla de esa forma con tanta rapidez que no dejara reaccionar al conductor del carro... y no encontró nada alrededor que pudiera haber servido para ello.

Entre el saqueo de los atacantes y de los guardias extranjeros que habían acudido posteriormente, no quedaba nada. Ni armas, ni mercancías, ninguna pista... tan solo la certeza, por la huella dejada, de que habían sido hombres extranjeros. Tan solo los de piel clara eran lo suficientemente bárbaros como para hacer lo que hicieron con la mujer.

El explorador se acercó a los cuerpos, que reposaban fuera del camino el uno junto al otro. Pasó la mano sobre la frente carcomida de la mujer y le dedicó unas palabras de consuelo, entristecido. Solo entonces se fijó en la postura del hombre. Sus ojos miraban al cielo, sus manos, derecha sobre izquierda, sujetaban su arma contra su pecho. Sabía que los extranjeros, en ocasiones, colocaban a sus muertos de forma similar a como lo hacía su pueblo... aunque dudaba mucho que alguno de esos guardias hubiera tenido el decoro suficiente para ello. Un examen más exhaustivo reveló pisadas alrededor de los cuerpos. Apenas podían verse con las huellas de las botas de los extranjeros... pero Mârel estuvo seguro de que se trataban de pies descalzos.

Alguien había llegado antes que los guardias y había apartado los cuerpos, colocándolos ceremonialmente y de seguro, rezando por ellos. Mârel estuvo seguro de que su corazonada era cierta. Meneó la cabeza.

-Aba...





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Re: El chamán y su aprendiz.

Mensaje por Sylver el Jue Ene 02, 2014 10:10 am

El revuelo que se había montado en el pueblo fue mayor de lo que Aba esperaba. Había tratado de pasar desapercibido y dirigirse de inmediato a la choza del consejo de sabios, pero los vecinos esperaban su regreso con las medicinas y se había corrido la voz de la llegada de la pequeña extranjera. Los niños del pueblo se habían reunido en torno a la choza de lo sabios, trepando a los árboles, trepando unos sobre otros, asomándose a las ventanas, tratando todos de echarle un vistazo a ese extraño bebe de plata que el chamán había encontrado en el bosque.

Tanta agitación ponía de mal humor a los sabios, quienes llevaban ya demasiados años a sus espaldas y se mostraban taciturnos y cansados. El bebe no debería estar ahí, fue la primera sentencia. Era un extranjero y le correspondía el destino de un extranjero, algo que no era asunto de la tribu y en lo que no debían involucrarse. El bebe debía de ser devuelto al camino y dejado en manos de los Dioses.

-Los Dioses ya han hablado y me lo han entregado a mi.- declaró Aba con toda la serenidad de la que fue capaz, en contra por primera vez en su vida de la palabra de los sabios.- La lluvia ya se había marchado y regresó para provocar los llantos del bebe moribundo. Los lobos devoraban los cuerpos y sin embargo respetaron la vida del bebe hasta que yo llegué. ¿Qué sería eso, si no obra de los Dioses?

-Los extranjeros nos culparán del ataque. Nos llamaran ladrones.- interrumpió uno de los sabios.- El pueblo no tomará esa carga.

-¡¡La tomaré yo!!- exclamó Aba. Iracundo ante el hecho de que los sabios realmente pretendieran abandonar a una muerte segura a un bebe en el bosque, habló alzando la voz y sin pensar en las consecuencias. Su arranque provocó un silencio pesado entre los sabios, y el chamán lo rompió esforzándose en hablar de nuevo con voz serena- Yo cargaré con ese peso. Si culpan a alguien que sea a mi, yo seré el ladrón. Si vienen a buscar al bebe, será a mi a quien señalaréis.

-¿Por qué querrías tu cargar con ese peso?-pregunto otro de los sabios- Tu deber es para con el pueblo, no con el bebe extranjero. El pueblo necesita a su chaman.

-Y el pueblo lo tendrá. Durante años. Siglos. Y ningún pueblo habrá tenido jamás un chaman tan sabio como este.- Aba destapó al bebe que dormía en sus brazos y lo mostró- Es una niña elfa, vivirá más que cualquiera de nosotros. Cuidará de nuestros hijos, y de los hijos de nuestros hijos, y de los hijos de sus hijos, y de los que estos tengan. La tomo a mi cuidado y como mi aprendiz. Le enseñaré bien. Le enseñaré a ser una más, una de nosotros.

-Los extranjeros no pueden aprender a ser como nosotros.- interrumpió el sabio más anciano del consejo, un hombre tan consumido en sus huesos que no podía ni ponerse en pie.

-Jamás nadie lo ha intentado.- repuso Aba.

Que por segunda vez el chamán se mostrara contrario a la opinión del consejo provocó unos irritados murmullos entre los sabios. Las miradas fulminantes y los meneos de cabeza no presagiaban nada bueno. Aba no era un hombre joven, rozaba los cuarenta años y su oscuro pelo rizado mostraba ya las primeras canas que coronarían su vejez. No contaba con el atenuante, aunque los sabios lo llamarían excusa, de una imprudente juventud, y aun así el castigo por enfrentarse a los sabios habría sido muy severo.

Aguardó en silencio, tratando de parecer tranquilo y sin apartar los ojos de los sabios. Cuando los murmullos terminaron, el portavoz del consejo le hizo un gesto.

-Te quedarás con el bebe extranjero. Tu serás el ladrón y a partir de ahora serás su madre, su padre y su maestro. –sentenció con voz solemne- Si logras que aprenda a ser uno de nosotros, podrá quedarse. Si no lo logras, ambos deberéis marcharos del pueblo.

Aba asintió bajando los ojos al suelo. La alegría de haber convencido al consejo se desvaneció en cuanto las comprendió en toda su magnitud. Los sabios realmente esperaban que los extranjeros vinieran a buscar al bebe, y cuando eso pasara señalarían a Aba y lo dejarían en sus manos. Sería una forma de adoctrinar al resto del pueblo, de enseñarles que es lo que pasa cuando no se hace caso a los sabios.

Y aun en el caso de que nadie viniera a reclamar al bebe, su piel blanca y su cabello liso y plateado se diferenciaban demasiado de la piel del color del coco y el pelo corto y rizado del resto de niños. No la aceptarían.

Aba estaba solo... y debía empezar a pensar donde establecerse lejos del pueblo y como sobrevivir, sacando adelante además a la niña elfa.




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Re: El chamán y su aprendiz.

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