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Prólogo III: El primero y los días que le siguieron.

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Prólogo III: El primero y los días que le siguieron.

Mensaje por Khiryn el Mar Jul 23, 2013 4:42 pm

El primero, y los días que le siguieron.

Sentía que mis muñecas se iban a romper en las manos de aquel hombre, creo que él lo sintió también, puesto que me soltó y luego con un solo brazo me levantó por la cintura.

Aquel hombre de barba recortada me sujetó como se carga un costal de papas. Intenté defenderme, gritar, arañarlo y salir corriendo, pero esas ideas sólo servían para alimentar la imaginación y salir de esa realidad; en verdad, estaba demasiado débil para hacer nada, y cada paso de aquel hombre me apretada su antebrazo en el estómago, provocando que el reflujo subiera por hasta mi boca. Amarga y amarilla bilis escurría desde mis labios por mis mejillas y mi cabello llenándome el gusto y el olfato. Unas cuantas gotas cayeron en las botas de este hombre que me llevaba. Detrás de nosotros, el sonido sordo de las botas de los cazadores nos seguía; poco hablaban ahora.

Una enorme puerta de madera rojiza con olor a caoba batió hacía dentro, y de repente, todo era diferente. El aire, el olor, la sensación. Como si el horrible despoblado que habíamos cruzado para llegar aquí hubiera sido inexistente y etéreo; aquí dentro estaba fresco, había sombra y olía a bosque; incluso, se veía como uno. Ahí afuera, la tierra era amarilla y arenosa, seca y sin vida; aquí el piso era del material de los árboles y estos brillaban y nos regalaban su perfume.
Quise ver más, quise ver a mi familia, la sensación de haber regresado a casa me embriagó, me exaltó. Comencé a buscar con la vista y el olfato, pero nada, mi madre no estaba, ni padre o mis hermanos. Me moví bruscamente sacando fuerzas de flaqueza, agitándome en los brazos de aquel sujeto, pero no podía escapar; me dio un apretón con fuerza y nuevamente un hilo de bilis subió desde mi estómago hasta mi boca, la escupí al piso casi lamentándome por profanar tan rica madera; la amarilla bilis se fundió con el rojo de la caoba. No, esta llevaba sangre.

Atravesamos lo que me pareció un salón hecho de bosque; cruzamos una puerta más y llegamos a una habitación amplia y cerrada casi por completo, tan oscura que debía ser iluminada con candelas y candelabros; sólo un leve y tímido hilo de la luz de la tarde se colaba por una opaca ventana en lo más alto de la pared. La habitación estaba sencillamente amueblada, unos taburetes de madera arrimados a las paredes, una mueble un tanto más alto con puertas y tenía una especie de pileta grande, tan grande como el largo de una persona y tan alta como un niño llena de agua clara. En el interior, la pileta tenía una especie de escalones que servían tanto para llegar al fondo como para sentarse. El ambiente estaba húmedo y brumoso; pero cálido.

El hombre me sentó en uno de los taburetes, me quitó el cabello enmarañado, empastado y sucio de la cara; lo tenía todo pegado por el sudor; y la bilis, tanto que parecía haber hecho una costra.

El hombre al que llamaban Bram apareció en el umbral de la puerta, pero no entró a la habitación, en su lugar, se quedó ahí; recargado en el marco de la puerta, mirando al hombre frente a mi con aire divertido.

El hombre frente a mí me quitó entonces la túnica; de inmediato hizo un gesto de sorpresa, desvió la mirada cerrando los ojos y me tendió de nuevo la ropa. Una extraña sombra de rubor rojizo pintó su rostro.

-¡Vístete!- dijo como una orden que no estaba en autoridad de exigir.

No entendí lo que me dijo, pero entendí el gesto. Tomé lentamente y sin fuerza la ropa y la dejé sobre mi regazo. Bram parecía muy divertido de ver aquella escena.

-Maldita sea Bram, me pudiste haber dicho.- Se quejó el hombre levantándose sin mirarme.

-Ah, pero si te dije, Floki, pero es que no pones atención y actúas intempestivamente. – Dijo Bram haciéndose a un lado para dejar salir a Floki que llamaba a gritos a Ennayl.

-¡Ennayl! Limpia y pon decente a esa criatura; ¡Apesta como los mil demonios y así no la quiero en casa! Loki y Klock se encargaran de la comida mientras. ¡Loki, ven aquí con tu hermano! Bram, maldita rata, ¿Dónde está Ignot?- Gritaba Loki enojado y desquitándose de la vergüenza que sintió al verme desnuda.

Loki era un hombre práctico; sencillo; no le importaba ver mujeres en las tabernas, ni a las prostitutas desnudas y sin dientes de las calles; antes de su matrimonio, era bien conocido por sus muchos romances de los que la gente decía nacieron hijos no reconocidos; incluso, después de que su mujer muriera, había mantenido una corta relación, en la que por supuesto, habían tenido sexo. Pero incluso para él, un hombre maduro y conocedor de mujeres y lugares, ver la sexualidad de una infante era lo más inmoral que existía; por su puesto, Bram, amigo de Floki desde siempre, lo sabía.

Ennayl entró de inmediato a la habitación; era la mujer con la que había viajado y la que todo el camino había conducido la carreta; casi no había hablado en todo el viaje y poco también habían sido sus acciones para conmigo; era una mujer que al parecer se mantenía alejada de los asuntos que no tenían por qué importarle, y a ella no le importaba nada que no fuera una orden del dueño de la casa. Si tenía o no costumbres y gustos personales, los ocultaba muy bien.

Ennayl me arrebató la túnica de inmediato; con cuidado, me ayudó a incorporarme y a caminar a entrar a la pileta con agua. Sólo al meter el primer pie, mi cuerpo respondió por completo; me sobrecogí por la sensación de agradable tranquilidad que me daba el agua; estaba caliente, perfecta. Mi cuerpo tembló por la sensación y casi perdí el equilibrio, cada peldaño que descendía dentro de aquella tina era una nueva explosión de placer. Al llegar el agua a la altura de mi cintura, me desvanecí cayendo sentada en uno de los escalones; el agua me llegaba hasta el pecho.

Lentamente, sentía como todos los músculos tensos de mi cuerpo se comenzaban a relajar; mi mete volaba y se extraviaba; ahora estaba en todos los lugares menos en este, en esta realidad.

Ennayl me dejaba caer jícaras de agua con gentileza en la cabeza; empapando mi cabello; tomo una especie de esponja y empezó a tallar mi cuerpo, suavemente.

La sensación era tan relajante como sobrecogedora, y yo estaba tan débil que nuevamente perdí el conocimiento; esta vez, me quedé dormida.

“La noche era la más negra de todas; la vista penetrante de mi raza no servía ni tenía poder alguno en este lugar; el aire estaba tan viciado que la densa y fría atmosfera parecía devorar el sonido y la luz. Yo corría; en mi mente estaba claro mi destino pero no tenía la seguridad de ir a dónde quería llegar. No sabía si corría en círculos o estaba a punto de caer por el abismo; o tal vez ya estaba cayendo pues el piso tampoco sentía el suelo bajo mis plantas. Algo me ponía resistencia; me dificulta cada vez más difícil avanzar. Es el viento. Mi cabello vuela y tira de mi cabeza; mi frente se hace pesada; es mi rubí. Brilla, esta encendido pero su luz no ilumina; sé que está encendido porque está caliente; quema. Sigo corriendo y empiezo a sentir, las ramas de los árboles me golpean desde los tobillos hasta la frente; las hojas en ellos son cuchillas afiladas y frías; estoy herida y sangrando. El calor de la sangre me escurre hasta formar charcos a mis pies. Miro atrás; una horda de espadas y escudos me persigue. Son los humanos, blandiendo su ego y su ansiosa avaricia. Babean e respiran fuerte y pesadamente; no tienen pies, así que no corren; son sus sombras siniestras las que los cargan en su frenética embestida. Sucios y malditos humanos; impuros traficantes de máscaras y mentiras. Malditos humanos, ¿¡Por qué son tan rápidos!? ¡¿Por qué no puedo correr?! Hay algo al final. Una imponente silueta blanca; grande fuerte y orgullosa; blande un escudo de oro y una lanza alada. Detrás de él hay más; las siluetas de cabellos blancos formados en posición de punta; me esperan; no para defenderse de mí, para protegerme. ¿Qué pasa? La distancia entre ellos se hace cada vez mayor y la horda detrás de mí está cada vez más cerca; no vi el filo del barranco; estoy cayendo. Los blancos brazos de mi padre se extienden hacía mí; él está en el fondo esperándome. Por un momento, soy feliz. Caigo en sus brazos y me aferro a él; pero el ya no es mi padre, es el hombre al que llaman Floki; me quiero zafar, me retuerzo en sus brazos y lo trato de alejar de mí, pero él me contiene, sin lastimarme me aferra a su cuerpo y me tranquiliza. Desesperada y ansiosa, por fin me recargo en él. Dejando caer mi cabeza en su pecho, lo abrazó y empiezo a llorar. Pero no son mis lágrimas lo que me empapa; es la lluvia. Me alejo de Floki para sentir el agua en mi rostro, con los ojos cerrados y con la boca abierta la recibo; por un momento estoy tranquila; la risa de Floki inunda mis sentidos; el también está feliz. Abro los ojos para ver los ojos de Floki, pero frente a mi esta Ignot; convertido en un demonio de cuatro brazos; con dos de ellos me sujeta con fuerza asfixiante contra su cuerpo, con el tercero me sujeta con fuerza del cuello; el cuarto empuña un cuchillo de punta delgada que de manera asesina deja caer sobre mí; una y otra vez…”





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Re: Prólogo III: El primero y los días que le siguieron.

Mensaje por Khiryn el Miér Jul 24, 2013 8:06 pm

El sonido pesado de unas botas estampándose contra el piso de madera me despertó. Me encontraba tendida en el piso; a mi lado, se encontraba un colchón alto y mullido vestido con ropa de cama; una sábana mal doblada y estrujada me mostraba que alguien había dormido ahí recientemente; tal vez yo misma. Instintivamente me fui a refugiar a una esquina de la habitación.

Era una habitación sencilla; rectangular; pisos de madera de caoba rojiza y paredes altas de una madera mucho más clara que no alcancé a reconocer. Una cama hecha con pieles y alfombras se extendía desde la pared frente a la puerta hasta el centro de la habitación. Junto a esta está la cama, y sobre ésta, una única ventana pequeña con barrotes tan cerrados que apenas pasaría un jilguero entre ellos. Del lado derecho, una cómoda con dos pares de cajones en el centro y un quinqué encima. Del lado derecho; una cría de unos 11 años de edad, asustada y confundida; era yo.

Esperé escuchar un poco más mientras los pasos parecían alejarse del lugar. Un potente olor a eses de equinas se percibía en el aire. Fue en este momento cuando noté que mis brazos y piernas estaban vendados. Desde el tobillo hasta la entre pierna en ambas piernas, así como desde la muñeca hasta el hombro y parte de mi pecho y espalda vestían apretadas vendas. Me desenrollé la venda de mi brazo izquierdo un potente olor a infusión de hierbas se me impregnó en a la nariz y boca; me toque el dorso del brazo y comprobé que una película de una especie de ungüento pastoso de color verdusco se adhería a mi piel. Un ataque de frio pánico me subió súbitamente desde la espina hasta la parte trasera de mi cabeza. Me llevé entonces las manos a la frente; estaba también vendada. Me tallé con fuerza las manos sobre la venda y luego me la arranqué de un tirón desesperado; comprobé con las manos y el pánico se desvaneció lentamente, mi rubí seguía en su lugar; frio y liso, como siempre. La calma volvía lenta, pero no totalmente; aun no sabía dónde me encontraba. Recapitulé lo último que recordaba hasta el momento y pronto todo fue claro. “Estaba en una tina y una mujer, la que había viajado con el grupo de cazadores desde Physis me estaba lavando… luego ya no supe más.”

En algún momento después de que me quedé dormida; me habían untado hierbas en el cuerpo; tenían un olor penetrante una vez te quilatabas la venda; pero su efecto era increíble; los brazos y las piernas ya no me dolían y el estado de las heridas había mejorado; también, se la habían arreglado para vestirme con esta túnica de algodón que distaba mucho de mi vieja túnica raida de piel de conejo y además me habían llevado hasta esta habitación; donde al parecer, había dormido en el colchón y luego sin sentir caí al suelo. Pero; ¿Por qué? Y ¿De quién son esos pasos?

Caminé lentamente hasta la amplia puerta en la habitación; agazapada con el pecho paralelo al piso tratando de no hacer ningún ruido. Extendí mi mano para girar el pomo de la puerta pero esta se abrió súbitamente de par en par; con el corazón exaltado, sólo pude dar un pequeño salto atrás a causa del susto mientras trataba de distinguir a quien pertenecía la silueta en el umbral de la puerta. Como si de una ruleta se tratara, mi mente dio vueltas hasta dar con el recuerdo de aquel hombre; era el hombre de cabello oscuro y barba poblada; el hombre que me había ayudado antes y que viajó con los cazadores; era el hombre al que llamaban Bram.

-Ten; desayuna algo. No has comido nada desde ayer… - Dijo el hombre tendiéndome un platón hondo con olor a carne guisada y verdura; por supuesto, yo no entendí nada de lo que dijo.

Al oír la voz de trueno de aquel hombre reaccioné instintivamente, a la defensiva siempre, corriendo hasta la esquina más alejada de la habitación y me agazapé en posición fetal. El hombre masculló una oración completa en tono cansado, dejó el platón sobre la mesa y salió de la habitación cerrando la puerta tras él. Sus pasos no hacían ruido así que no pude saber con certeza si el hombre se había ido ya, de alguna manera, sospechaba que me vigilaban, aunque las paredes no parecían tener ranuras o hendiduras.

Dejé pasar un poco de tiempo antes de moverme; no quería comer; bueno, no quería comer la comida que los humanos me daban, pero mi estómago empezó a exigir el alimentado, tentado por el delicioso aroma que manaba desde el estofado en el tazón.

Con ágiles y rápidos movimientos me acerqué a la cama, cogí el tazón entre las manos y regresé de inmediato a la esquina donde estaba, lancé al piso una extraña herramienta metálica con forma cóncava (la cuchara) que estaba dentro de éste levantando el tazón por sobre mi cabeza, me empiné el líquido directo a la boca. Los trozos de carne blanda los sujetaba con las manos y los masticaba apenas un poco para poder pasarlos, mientras que las verduras se iban en directo junto que el caldo. Terminé de comer en unos dos minutos. Quedé totalmente satisfecha.

Dejé el platón en el piso junto a mí con cuidado y tomando una postura más relajada, me senté estirando las piernas. Pasaron unos cuantos minutos y luego recobré mi postura agazapada. La mente me daba vueltas ahora. No podía permanecer ahí; no al menos sin saber dónde estaba.

Di un par de pasos rápidos a la puerta y luego me acerqué lentamente; esta vez, pegué el oído a la pared de madera tratando de recibir algún sonido de fuera de la habitación; nada. Caminé pegada a la pared hacía la puerta y puse la mano en el pomo; lo giré con lentitud y cuidado, pero tratando de hacerlo con firmeza. En el interior de la puerta, un sonido de engranes metálicos se hizo escuchar y el seguro se botó. Abrí la puerta con cuidado, sólo un poco para poder echar una mirada fuera. No vi a nadie; pero sorprendida, me animé a abrir la puerta un poco más para mirar con ambos ojos.

Al parecer me encontraba en una habitación en la parte alta en el interior de otro edifico. Sobre mi cabeza, el techo de la habitación donde desperté se extendia más allá de la misma; unos cien metros al frente y alrededor de 30 metros a cada uno de los lados; su forma era de dos aguas que caían abajo por los bordes largos. El techo, era un tramado de tablas y troncos gruesos revestidos de grandes y correosas hojas y palmas pegadas con una pasta hecha con resinas de varios tipos de árboles. Cada 7 metros; en todas las paredes, se desprendían hasta el suelo unas poderosas columnas de unos 10 metros de alto hasta el piso, hechas con troncos tallados y lijados que sostenían el imponente techo; cada tronco se enterraba entre dos y dos metros y medio en el piso a modo de cimiento. La habitación donde yo estaba, se encontraba ubicada en el fondo del edificio, colindando con la pared opuesta a la entrada, que era la parte angosta. Estaba ubicada a unos 5 metros sobre el suelo en una plataforma sostenida por gruesas y pesadas cadenas metálicas que colgaban del techo, así como por gruesos postes hechos con troncos en la parte baja. Mi habitación se encontraba en el centro, y a los lados, había un par de habitaciones más, una especie de oficina con un escritorio, una escribanía y muchas candelas y quinqués; el resto, era una especie de bodega de todo. El acceso a este piso era por medio una sólida rampa, con barandal, que subía en forma recta, sin hacer giros ni codos; esta rampa estaba ubicada en junto a la pared izquierda (desde donde yo la veía, si se veía de frente, que es la entrada al edificio, estaría a la derecha) y era tan ancha que tres jinetes podrían subir por ella al mismo tiempo, uno junto a otro y no estorbarse ni llegar a rozarse entre ellos.

La primera planta estaba dividida en cubículos reducidos, donde se contenía ganado. Vacas, mulas y caballos sólo eran parte de la fauna de este edifico. Una especie de establo.

Caminé lentamente fuera de la habitación, devorando con la vista cuanto aquello se presentaba; toda esta visión era nueva y espectacular. Los colores pardos y opacos de las maderas blancas dominaban combinándose a la perfección con escasos tramados y detalles de maderas rojas más oscuras; el aire llevaba un olor mezcla de aserrín, madera y mierda de caballos; y era de caballos por que las de las vacas no despide ese olor. Estaba abrumada, jamás en esta vida había visto o estado en el interior de una nave tan grande y espectacular; pero ahora tenía mucho más sentido el por qué estaba aquí; a estos humanos les gustaba encerrar a otros “animales.”

Sin embargo, estaba embelesada, no podía esperar a bajar y ver de cerca los caballos y acariciciar sus hermosa crines; molestar a las vacas y jugar con las mulas; siendo una niña, casi olvido que también me habían secuestrado.
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