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Las Puertas de Ghazrüll

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Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Jue Ago 01, 2013 11:45 pm

Un odio quíntuple


Había cinco tipos de odio mezclados en el fondo del foso oscuro en el que se habían reunido las últimas almas en decadencia. El primer odio era el más sencillo de reconocer. El más evidente, pues lo podías encontrar en las miradas sangrando como una herida abierta que no para de derramar la vida a través de la carne y el hueso. Un odio palpable que lograba retorcer los sentidos y trastornar la poca cordura que ahí existía. Era un odio irracional, que no se puede demostrar con palabras ni acciones. Tan solo bastaba una mirada para adentrarse en el odio de quien lo poseía y sufrir su inclemente ardor.

El segundo odio era similar, pero pasaba más desapercibido que el primero. Este lo encontrabas en el tacto y la piel de los desgraciados que ahí se habían reunido. Lo notabas en la fuerza con que sus manos se aferraban al pomo de la espada y el martillo. Se notaba en las cansinas pisadas llenas de cansancio y desesperanza, y en los golpes desesperados que se daban contra la pared y contra la frente. El segundo odio era el que nacía del dolor y el sufrimiento. El que nacía de la desgracia y la pérdida de todo lo que hacía de una persona un ser con un propósito. El segundo odio era un odio tangible y retorcido.

Había un tercer tipo de odio entremezclado con los demás. Este odio era diferente, pues no se sentía ni se podía ver. No era algo que pudiese describirse con palabras ni hacer vigente con una maldición. El tercer odio era subconsciente. Existía y no existía. Era la fuerza que mantenía en pie a los que habían sufrido lo indecible y habían sobrevivido a pesar de todo. El tercer odio alimentaba el alma con más odio. Más que un motivo para odiar era un combustible que mantenía el odio en marcha. El tercer odio estaba ardiendo al interior de los esclavos y prisioneros en busca de una retribución o una razón. Era algo invisible, pero que se podía sentir en el interior.

El cuarto odio estaba en el ambiente. Era un odio externo y extremo que no cesaba ni conocía el descanso. El cuarto odio provenía de los demonios y los muertos caídos en desesperación. Un odio que había hecho sufrir a todo quien hubiese tenido contacto con los temibles seres que abarrotaban el monasterio. Un odio que habría de cambiar las mentes de sus víctimas y que se alimentara del odio de las mismas y, a su vez, alimentara las otras tres clases de odio. Era como una sanguijuela persistente, absorbiendo las mentes de los débiles y alimentándose de los demás sin otra razón más que la de hacer sufrir. El cuarto odio era terrible, habían pasado ocho años experimentando dicho odio y ya lo sabían bien, pero no era el peor de todos los odios. Había un odio más. El quinto y último odio.

Este odio era el miedo y la desesperación. La desesperanza. La pena. La desgracia. El hambre. La sed. El fuego. La oscuridad. El calor. El vapor. El metal frío y el hierro candente. Las cadenas. Las argollas. La roca. Las paredes de la celda. Los barrotes. Los gritos. Las maldiciones. Las burlas. Las mordidas. Los rasguños. La sangre. Las heridas. Las enfermedades. El llanto. El sufrimiento. La soledad. La abstinencia. El ardor. El miedo. El enojo. La impotencia. El cansancio. La debilidad. El deseo de morir y el de vivir. Todo era el quinto odio. Odio a todo y a todos. Odio a lo que significaba ser quien eras y a lo que significaba saber lo que habías sido, y ya no recordarlo más. Odio en su más puro estado. El odio a todo era el odio mayor. El quinto odio. Y todos en el foso estaban cubiertos de él.


I
LA REUNIÓN DE LOS CONDENADOS

La oscuridad se había desvanecido del fondo del foso de desperdicios en el que el paladín caído, el conde nigromante y el antiguo Liche habían permanecido por cuestión de un par de horas. Tras el regreso de Morial, y el hallazgo del Orbe de la Santa Muerte, el ambiente en las catacumbas del monasterio había cambiado radicalmente. Una terrible secuencia de temblores sacudieron los cimientos del Monasterio del Alba Roja mientras era el Liche quien, sin parar de reír, anunciaba el despertar de los monjes caídos y la destrucción de la barrera que mantenía selladas las oscuras catacumbas.

El color del fuego y la forja se mesclaron rápidamente con la oscuridad de las sombras del lúgubre lugar, dando paso a una serie de chichillos, reclamos y maldiciones provenientes de los malnacidos que habían mancillado aquel lugar sagrado por más de doscientos años. Los demonios de Ghazrüll habían comenzado su descenso hacia el último bastión por conquistar. Un bastión que había soportado toda clase de arremetidas y encantamientos demoníacos hasta el día en que se decidiera dar inicio a la retribución.

El liche Morial Griscount, un antiguo mago imperial cuyo linaje se remontaba a la creación de las tierras libres de Zhakhesh, había levantado un centenar de cadáveres a su control utilizando los restos humanoides que posaban bajo los pies del grupo, al fondo del foso. Por su parte, Khaelos Kohlheim había hecho lo propio creando un grupo nada modesto de tumularios armados hasta los dientes con todo lo que lograron encontrar entre los desperdicios de las salas superiores. Ambos nigromantes estaban concentrados en dar órdenes a sus sirvientes. Más el humano que el no muerto.

Mientras tanto, Axelier Dragonos era una sombra silenciosa. Un mero espectador en medio de la locura por venir. Su mente divagaba en lo más profundo de la oscuridad que lo había engullido, pensando en su antiguo amor y en la luz que había perdido hacía ya demasiados años a punta de torturas y desesperación. No lo sabía bien, pero en su mente comenzaba a crecer una sensación de libertad absoluta que jamás había experimentado. No temía ni sentía remordimientos ni culpa por la sangre derramada. Recordaba a su mujer pero ya no recordaba su nombre ni su rostro. Todo era un vago recuerdo de una vida que simplemente no existía más. Había abandonado su fe y su luz. Había perdido el respeto y la dignidad. Había renunciado a la misericordia y a la búsqueda de la verdad.

Axelier miraba en todas direcciones y no miraba nada en concreto. Divagaba y cavilaba en silencio mientras los muertos se levantaban a su alrededor. Trataba de enfocar su visión y su mente en un objetivo, pero simplemente no lo podía conseguir. No sabía qué hacer ni qué objetivo debía perseguir. Pero no le importaba. Lo único que estaba claro en su mente era el odio y el deseo de venganza. Lo demás era irrelevante.

― MUY PRONTO, TODO ESTE LUGAR ESTARÁ INVADIDO – Comenzó a hablar el Liche después de un corto lapso de tiempo. El poderoso mago permanecía levitando a una distancia de apenas treinta centímetros del suelo, mientras sujetaba con firmeza su cetro en la diestra y el Orbe de la Santa Muerte en su siniestra – AL FIN, DESPUÉS DE TANTOS AÑOS, LA VENGANZA ESTÁ AL ALCANCE… – Hablaba más para sí mismo que para los presentes mientras fijaba su vista en el interminable vacío que se extendía sobre sus cabezas. Sin decir nada más, Morial se quedó ensimismado. Inmóvil, flotando suavemente sobre el suelo y los escombros.

Los ecos de las voces guturales de los muertos y las exclamaciones de violencia de los demonios resonaban como un débil susurro de viento en el fondo del profundo foso en el que se encontraban. De no ser por el tenue resplandor del Orbe que portaba el Liche, y el ligero brillo enrojecido del cielo, el lugar estaría cubierto en sombras. Aun así, habían pasado demasiados años en la obscuridad absoluta. Sus ojos estaban acostumbrados a la escasez de luz, pero añoraban días más brillantes. Días de fuego y sangre, como el que estaba a punto de comenzar.

― Liche – Comenzó a hablar el paladín tras diez minutos de silencio – Necesitamos salir de este agujero.

El Liche volvió en sí, esbozando lo que bien pudiera haberse traducido como una sonrisa. Era difícil saberlo gracias a su falta de músculos y piel.

― EN EFECTO PALADÍN, SOLO PENSÉ QUE SERÍA MEJOR SI CONTÁRAMOS CON LA AYUDA DE SERES TAN DESGRACIADOS COMO USTEDES DOS – Morial Chasqueó los dedos y una serie de bolas de fuego verdosas aparecieron en el lugar. Las esferas de fuego eran del tamaño de un hombre y ardieron intensamente durante unos segundos antes de extinguirse por completo. Una tras otra, las bolas de fuego desaparecieron, dejando en su lugar la silueta de un ser o una persona. Tanto Khaelos como Axelier permanecían en guardia, pero pronto dedujeron que aquello simplemente se trataba de un desplazamiento similar al que el Liche había utilizado para trasladarlos a ese lugar. Había traído refuerzos – ESTOS SERES HAN HABITADO EL MONASTERIO POR CASI EL MISMO TIEMPO QUE USTEDE, MORTALES, Y ESTÁN DESEANDO LO MISMO… CADA QUIEN A SU MANERA…

El primero en destacarse por su horrenda apariencia era un ilícido. Un terrible engendro de las profundidades capaz de devorar los cerebros de sus víctimas con el fin de incrementar su propia fortaleza. El engendro emanaba una terrible presencia mágica, similar a la que el nigromante Kohlheim irradiaba aunque sutilmente diferente para el ojo conocedor. Tenía las ropas raídas y parecía que había perdido algunos tentáculos de la cara a lo largo del tiempo en que estuvo recluso en aquel lugar. Solo los dioses sabrían que clase de tormento había sufrido, y si es que era posible hacer sufrir a un engendro ya de por sí temible. Agitaba vigorosamente los tentáculos de su cara los cuales parecían enredaderas deseosas por sujetar el cuerpo de algún ser de quien poderse alimentar. Era difícil creer que dicho engendro pudiese ser confiable, pero Morial le había llevado ahí por lo que quizá había planeado algo para él. Claro estaba que, nadie conocía los motivos reales del Liche. Al menos parecía que el ilícido estaba tan sorprendido por estar ahí como los demás, por lo que simplemente esperaron lo mejor.

El siguiente era un inquieto joven, más demacrado que cualquier humano de su edad y con unas ojeras tan profundas y oscuras como el mismo abismo en el que se encontraban. Estaba harapiento y una multitud de cicatrices blancas hacían vigente la cantidad de tortura que había recibido el muchacho durante su encierro. Sin embargo, dichas marcas parecían haber sanado en más de una ocasión, y más de una parecía estar encima de dos o tres cicatrices más antiguas. Axelier le miró con curiosidad y admitió que posiblemente aquel sujeto tendría una habilidad regenerativa sobrehumana, cosa que explicaría el brillo en sus ojos. Un brillo lleno de vida que ninguno de los presentes poseía, ni siquiera los hombres que habían sido regenerados por el Liche. No lo sabían bien, pero ese muchachillo enclenque no parecía ser lo que aparentaba. Sin duda muchas cosas se ocultaban debajo de sus harapos y su piel seca.

Tras él, una cara familiar fue iluminada por el destello de luz que irradiaba el orbe del Liche. Una mujer, con tantas heridas en su cuerpo como el muchacho, aunque mucho peor sanadas que las de él. La mujer debió ser fuerte y hermosa antes de su encierro, pero de eso ya no quedaba nada más que una débil fantasía de algo que quizá fue y que simplemente no había dejado rastros tras de sí. Su cabello estaba maltratado y coloreado de un blanco tan puro como la nieve, con las puntas coloreadas en un rojo intenso. Daba la impresión de que antes era completamente rojo, pero ahora solo parecían manchas de sangre fresca en las puntas. El blanco del miedo y de la desesperanza se había apropiado de todo lo demás. Sus ojos brillaron al cruzar su mirada con Khaelos, quien en seguida la reconocería.

Axelier había tardado un poco más en reconocer a la mujer, pues su atención estaba puesta en otra que también había aparecido tras las flamas del Liche. Era una figura bastante menuda que se arrastraba por el suelo de forma enfermiza mientras esbozaba una sonrisa dotada claramente de locura. No llevaba más que unas ropas viejas salpicadas de una gran cantidad de manchas de sangre, algunas más frescas que otras. Arrastraba su larga y descolorida cabellera tras de sí mientras se tambaleaba de un lado a otro, posando esos ojos maníacos sobre todos y cada uno de los presentes. Los veía como si fueran alguna especie de juguete o aperitivo. Parecía que estuviese planeando siniestras cosas aunque, por otro lado, también daba la impresión de poderse partir en llanto de un momento a otro. No parecía que tuviese idea de quien era, de quien fue ni de donde estaba. Ella era la locura en su estado más puro.

Parecía que los conocidos del conde nigromante salían de entre las sombras con una facilidad preocupante. A lo lejos, la silueta de un antiguo aliado avanzaba con paso seguro hacía el que había sido su líder en alguna ocasión. Llevaba el torso descubierto pero su rostro cubierto con vendajes ennegrecidos por la sangre seca y la suciedad. Su pecho desnudo parecía mostrar orgulloso una horrible cicatriz en forma de media luna, la cual atravesaba desde el inicio del hombro derecho a través del pectoral izquierdo y terminando justo sobre el ombligo, cortándolo por la mitad de manera horizontal. Dicha cicatriz tenía al menos una pulgada de profundidad y había sido cruelmente suturada con hierros candentes y cerrada con cordeles de lino tan gruesos que más parecían cuerdas de mástil que hilo.

Por último, pero no menos importante, un par de individuos callados se acercaron desde las sombras manteniendo la distancia entre sí y entre los engendros que se habían reunido ante ellos. Uno era un fornido orco con tantas cicatrices como cabellos en su cuerpo. Su piel quemada en diversos lugares daban fe de su resistencia y la terrible tortura sufrida a lo largo de los años. Tenía la nariz rota por algún golpe reciente y llevaba ambas manos llenas de sangre, la cual no parecía pertenecerle. Las marcas de un zarpazo fresco en su rostro le daban un aire de mayor importancia. Parecía que una bestia le había herido con sus garras, dejando a su paso cinco heridas que rallaban su rostro de oreja a oreja, atravesando diagonalmente sobre ojos, nariz y boca. La sangre aún era fresca, por lo que seguramente no llevaba más de un par de horas desde que le propiciaran tan tremendo ataque.

A su sombra venía un humano con quemaduras y cortadas similares en la piel. Iba completamente calvo gracias al fuego, sin duda, pues la marca de una potente quemadura en la cabeza lo hacía evidente. Llevaba una venda ensangrentada cubriendo el ojo izquierdo y se sujetaba el brazo derecho con la mano izquierda aparentemente por una dislocación del hombro. Caminaba lentamente pero no parecía débil, solo reservado.

Axelier salió de las sombras y se posicionó dentro del rango de la luz del Liche para que los presentes le vieran. No sabía porque, pero le daba la impresión de que no había forma más sutil de comenzar una conversación con aquellos desgraciados. Y no estuvo equivocado.

― Todos ustedes… – El paladín caído no terminó de hablar cuando los gritos y la sorpresa de más de uno de los presentes le interrumpieron. Para él, el grupo estaba conformado por cobardes sin valor real. Para ellos, aquel no era ningún humano. Era un demonio en carne y hueso. Un demonio como aquellos que tanto sufrimiento les habían causado y que ahora, rodeados de muertos andantes listos para la batalla, los había invocado a su último lugar de descanso. No, no descanso. De infinita tortura.

El Liche, Morial Griscount, comenzó a reír soltando una carcajada tan maligna como la del peor de los engendros. Una risa gutural impregnada de satisfacción, deseo y ansiedad. Una risa que imitaran sus doscientos servidores muertos y los tumularios del Kohlheim. Una risa que sería el preámbulo de la locura por venir. Una risa impregnada de un sexto odio. Un odio definitivo que nadie conocía y que nadie hubiese sido capaz de discernir. Era un odio primigenio el cual solo los muertos, y los que no tienen nada por lo que vivir, tienen el placer de experimentar y contagiar…


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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Ago 08, 2013 7:05 pm

Cuando Axelier empezó a hablar lo primero que hice fue entrecerrar los ojos, mirándole perplejo. ¿Ocho años? ¿De veras llevaba ahí dentro...? ¿Ocho años...? ¿Cómo era posible...? No pude evitar sentirme acongojado y, para qué negarlo, enfadado. ¿Nadie se había decidido a buscarme en todo ese tiempo? ¿De veras habían sido capaces de olvidarme allí dentro? En aquellos momentos solo deseaba inundar Noreth bajo mares de sangre, escapar de allí y vengarme por ocho años de encierro y olvido. Me sentía dolido, me sentía traicionado, pero sobre todo me sentía enormemente furioso y cargado de ira. Muchas cabezas iban a rodar cuando saliera de allí...

Asentí cuando el hombre me dijo si recordaba el día en que nos conocimos, en aquella maldita taberna del pantano. Cuando mencionó lo de que casi perdí a dos seres queridos y él acabó con una vida más volví a mover la cabeza afirmativamente, pero las palabras no me salían de la garganta. No sabía qué decirle. No sabía qué pensar, qué responder. ¿Dos seres queridos? ¡Ocho años me habían dejado allí dentro ese par de zorras! ¡Ocho malditos años! ¡Me habían condenado a tanto sufrimiento por simple cobardía! ¡Me habían robado parte de mi vida, habían aplastado mis sueños, habían convertido en inútil mi lucha! ¡Quién sabe qué habrá pasado en Zhakhesh mientras yo no he estado! Tuve que frenarme un momento y tratar de normalizar mi respiración, conteniéndome para no gritar con rabia por la situación. Decidí distraer mi mente buscando equipo y paseándome con mi Guardia tumularia por el sitio, observando las filas de esqueletos que Morial había levantado con insultante facilidad. No podía negar que ansiaba aquél poder... Si al salir de allí todo se había torcido demasiado... Sí... Si al salir de allí todo en Zhakhesh se había torcido demasiado seguiría su senda. Si al salir de allí todo lo que me importaba había caído yo también seguiría el camino de los liches, yo también daría el paso a la no-vida...

Morial empezó a hablar, mirando a Axelier mientras yo prestaba atención a qué sucedía. ¿Qué no debía dudar más? ¿Qué respuesta estaba buscando? Alcé una ceja mientras me acariciaba inconscientemente el hombro derecho, observando al no-muerto ancestral desaparecer de nuevo en una de sus llamaradas verdes. ¿Dónde habría ido? Sospechaba que pronto lo sabríamos. Seguí aguardando a que volviera, revisando de mientras a mis Tumularios. Había elegido bien, siendo un grupo pertrechado para la batalla y preparado para combatir de forma disciplinada.

Cuatro de ellos empuñaban lanzas y llevaban espadas largas en el cinto, vistiendo armaduras de mallas con refuerzos de placas, rematando su defensa con escudos redondos. Dos de los Tumularios, por su parte, portaban alabardas y vestían armaduras de placas, llevando espadas largas en la cadera por si quedaban desarmados durante la batalla. Otros tres llevaban arcos largos, con sus carcajes llenos de flechas y ataviados con armaduras de cota de mallas y cuero con capuchas roídas, rematando su equipo con espadas cortas. Solo quedaba el último... El líder de aquellos Tumularios, el que sería el oficial de mis soldados no-muertos allí dentro. Su armadura pesada era digna de un caballero, y portaba un escudo, antaño noble, el cual si bien se mantenía en buen estado para la batalla había perdido ya todo emblema que pudiera poseer. De él destacaba la espada bastarda que empuñaba, antigua pero aún afilada y fuerte de color oscuro, y cuya hoja poseía una capa de escarcha que la recubría, delatando su origen mágico y dejando entrever que poseía poderes de congelación. Un digno oficial, sin duda. Todos se cuadraron y él saludó con voz espectral: -Dirz vulôhk, Murzhûl!- Asentí ante sus palabras y respondí, antes de disponerme a organizarlos y enseñarles las formaciones que quería que adoptaran: -Mirz mulôhk, Draugr.-

Noté como la energía demoníaca se iba incrementando en el pozo hasta que finalmente un golpe de poder llegó hasta mí, haciéndome desenvainar a Ghûrz en el acto a la vez que los Tumularios aferraban con fuerza sus armas. No pude evitar sorprenderme por la velocidad con la que habían reaccionado. Los arqueros ya tenían las flechas puestas y los arcos tensados, los alabarderos empuñaban con ambas manos sus alabardas, los lanceros tenían los escudos adelantados y las lanzas sobre sus cabezas, y el capitán me cubría con su escudo, manteniendo la espada aferrada con mano firme. Se mantuvieron así hasta que reconocí en la figura demoníaca que tenía frente a mí a Axelier, quien se acercaba. Los Tumularios, al ver que yo le reconocía, bajaron inmediatamente las armas y volvieron a ponerse en posición de descanso.

El paladín empezó a hablar y yo me acerqué a él, mirándolo con evidente preocupación en el rostro, en especial por aquello que dijo de haber cometido un error. Su nueva fuerza era impresionante, sin duda... ¿Pero a qué precio la había adquirido? Yo había ganado mi nuevo poder a raíz de perder un brazo, pero... ¿Qué había entregado él? Aquella esencia demoníaca... Cuando habló de aquella noche, tuve que preguntarle: -¿A qué noche te refieres, hermano? ¿Te refieres a la noche en que...?- Me sobresalté al verle llorar lágrimas de sangre mientras los recuerdos le invadían, pero antes de poder decirle algo un fuerte temblor sacudió la sala. Morial reapareció, aguantando en la diestra un artefacto de inmenso poder. No me gustó cuando dijo lo de que quizás debería decir humano y... ¿Humano y qué? ¿De verdad Axelier había trascendido a la demonicidad? Por los dioses, esperaba que no... Esperaba que no hubiera sucumbido, aunque... ¿De qué serviría arrepentirse? ¿De qué serviría creer que así estaba peor? No, no servía de nada. En aquellos momentos estábamos solos ahí abajo. Solo nos teníamos el uno al otro. Lazos de hermandad provocados por el dolor, la muerte y la sangre se habían forjado entre nosotros al ser los únicos en quienes podíamos confiar allá abajo. Deseé que, por lo menos, aún con sangre demoníaca corriendo por sus venas no me traicionara.

Axelier respondió al liche, pudiendo percibir el dolor y la furia de aquella alma torturada. Era un hombre al que no le quedaba nada de nada. A mí tal vez me quedara algo al salir de allí dentro, pero... ¿A él? ¿Qué podía esperar el antaño paladín? Si salía de allí, su nueva apariencia y su nuevo poder le convertirían en alguien que sería cazado por los que tiempo atrás fueron sus camaradas. Sí, él estaba peor que yo en ese aspecto, podía sentirlo. En aquél momento alcé la cabeza, como un perro que repentinamente escucha algo que no debería ser.

La presencia demoníaca invadía las catacumbas mientras la penumbra del lugar se corrompía, dejando en su lugar una luz roja que iluminaba el ambiente mientras sentía la presencia de los demonios adentrarse en las catacumbas, preparándose para asaltarlas. Lo que había mantenido a esos monstruos alejados de allí abajo ya no estaba en el sitio que le correspondía... Pero no había mal que por bien no viniera. Según anunció Morial mientras se carcajeaba, igual que los demonios ya no podían ser mantenidos a raya, ahora los monjes ya no podían seguir muertos. Ahora disponíamos de un ejército de verdad para masacrar a los demonios... Ahora teníamos la oportunidad de expulsar de allí a los engendros del infierno y vengarnos de todas y cada una de las máculas que habían dejado en nosotros. Ahora empezaba la guerra de verdad, era momento de destruir todo aquél nido de dolor y locura. Era el momento de vengarse.

Morial había levantado a esas alturas ya a cerca de doscientos cadáveres, y yo seguía organizando a mis Tumularios, quienes parecían ya listos para la batalla, e incluso percibía que cualquier vestigio de alma que en ellos quedara estaba ardiendo con sed de venganza, con odio, con deseos de masacrar a quienes les habían arrojado al foso. Su fanatismo hacia mí era algo más que simple magia necromántica. Su lealtad venía de que era yo quien les estaba brindando la oportunidad a esos diez guerreros anónimos de cobrarse una sangrienta venganza por haber muerto allí. El liche empezó a hablar, más para él que para nosotros mientras decía que por fin podría vengarse, y que pronto el sitio estaría invadido. Quedó en silencio, sumido en sus pensamientos. Yo me quedé atento, escuchando voces guturales provenientes de gargantas muertas hace mucho y las violentas voces de los demonios, que llegaban al foso como si fuera el suave rumor de una brisa. La luz, aunque escasa, era suficiente para mí. Llevaba demasiado tiempo viviendo bajo aquella iluminación como para no haberme acostumbrado, y tampoco echaba de menos al sol en demasía. Una de las ventajas de haber nacido en la Tierra Negra, eternamente cubierta por las nubes.

Axelier empezó a hablar, diciendo que necesitábamos salir de allí abajo. Como imaginé, Morial ya había pensado en la posibilidad, y expresó que iría mejor si contáramos con la ayuda de otras personas que hubieran pasado por lo mismo que nosotros. Chasqueando los dedos, varias bolas de fuego verde aparecieron, dejando siluetas de personas en su lugar. Al parecer no estábamos solos, definitivamente. Como anunció el liche, aquellos eran prisioneros que habían pasado tanto tiempo como nosotros ahí dentro. No supe si desear que hubiera rostros conocidos entre los prisioneros o si prefería que fueran completos desconocidos. Para mi sorpresa, no eran pocos los que reconocí.

El primero al que reconocí, a pesar de que estaba desmejorado físicamente y que hacía unos nueve o diez años que no lo veía fue al cefalópodo nigromante. Zyrxog. No podía negar que su presencia allí me alegraba, pues esa criatura poseía un gran poder mágico y era nigromante, como Morial y como yo. Con él de nuestro lado sin duda contaríamos con un ejército todavía mayor. Sin embargo, mi confianza en él era escasa, de modo que me mantuve expectante, con la espada todavía en la mano y rodeado de mi guardia Tumularia mientras le saludaba con voz neutra: -Zyrxog.- Del siguiente prisionero que vi no sabía mucho, excepto el hecho de que poseía una regeneración veloz como reflejaba el estado de sus cicatrices. Era enclenque, pero el brillo en sus ojos... Sin duda era más de lo que a simple vista parecía. Fue cuando miré a la siguiente persona que se me partió el alma. Eressea.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas mal sanadas, y su aspecto había empeorado considerablemente. Su fuerza, su belleza se habían perdido en buena medida tras todo lo que debía haber pasado allí... Por los dioses, si yo iba a necesitar tiempo para reponerme, ella necesitaría todavía más para lograr sanarse y recuperar parte de lo que fue en un pasado. Su cabello era blanco y solo las puntas conservaban el color rojo que antaño tuvo. En ese momento nos miramos y apreté los dientes, sin apenas poder moverme del sitio. Sí, ella no me había traicionado... No lo había hecho, ¿pero a qué precio lo había pagado? Por los dioses... La miré con los ojos abiertos de par en par y finalmente hallé fuerzas para hablar, con evidente preocupación: -Eressea... ¿Qué te han hecho...?- Apenas presté atención a la figura que se arrastraba por el suelo, la cual reflejaba una total falta de cordura. Parecía quien peor estaba de todos en cuanto a la mente se refería.

Más conocidos míos fueron surgiendo de entre las sombras, logrando que mi corazón diera un vuelvo en más de una ocasión. Mi mirada fue capturada por una silueta que pronto reconocí acercándose a mí. La horrible cicatriz que había en su torso era lucida con orgullo, y aunque su rostro estaba cubierto por negros vendajes pude reconocerle. Sabía quién era. Pronuncié su nombre, extrañado por encontrarle ahí, preocupado por saber lo que habría pasado, pero aliviado de ver que su paso seguía siendo firme y de contar con él para algo así. Asentí mientras le saludaba: -Dalahak... Veo que ya somos tres de la misma familia los que hemos caído aquí...- La última figura que reconocí fue un orco cubierto de cicatrices y quemaduras, la nariz rota y las manos manchadas de sangre ajena, reflejando que seguramente habría matado a alguien sin usar más armas que los puños. Su rostro tenía los surcos provocados por un zarpazo reciente, reflejo de que había estado luchando hasta hacía poco. No dudé a la hora de pronunciar su nombre: -Jones.- De todos tal vez fuera el que mejor estuviera mentalmente, pues de por sí los orcos son salvajes y violentos. Lo que le hubiera pasado era solo una excusa para desatar con más furia de lo normal su brutalidad contra los demonios. El último era un hombre de piel rojiza, calvo por el fuego y agarrándose un hombro dislocado. A pesar de aquello, no parecía débil, solamente intranquilo.

Axelier se puso a la vista, empezando a hablar antes de ser interrumpido por las exclamaciones de sorpresa de más de uno, quienes al parecer veían al demonio que había portado la armadura, y no al humano que realmente había bajo ella. Fue entonces que los no-muertos empezaron a reír, incluidos los Tumularios, reflejando malignidad, el deseo que sentían por arrancar cabezas y destripar demonios por doquier, ansiosos por empezar la masacre. Aquella risa estaba cargada de un odio profundo, al cual me habría unido de no seguir todavía impactado por la aparición de tantos conocidos. Me acerqué a Axelier y le miré, negando con la cabeza: -Axelier, será mejor que me dejes hablar a mí primero. Tal parece que muy pocos en esta sala ven que bajo la apariencia que te confiere esta armadura hay un humano, quiero pensar.- Repasé con la mirada a todos los que habían llegado allí y empecé a hablar finalmente: -Aquí estamos... Todos los que hemos sido prisioneros de este Monasterio, tanto vivos como muertos. El ancestral liche Morial os ha traído hasta aquí para que os unáis a nosotros en esta guerra que se avecina, y el hombre que está a mi lado a pesar de tener la apariencia de un demonio es Axelier. Ha sufrido igual que todos los demás lo hemos hecho, así que creedme cuando os digo que no es uno de ellos. Los monjes que una vez habitaron este sitio han despertado, y si aguzáis el oído escucharéis que la pelea entre muertos y demonios ya ha comenzado. Tras ocho años de encierro, al menos para Axelier y para mí, y quién sabe cuántos para los demás, por fin somos todos libres. Ahora tenemos la oportunidad de vengarnos por todo lo que nos han hecho pasar aquí dentro... Ahora tenemos la oportunidad de destruir a todos y cada uno de los demonios que durante tanto tiempo se han cebado con nosotros, la oportunidad de arrasarlos a sangre y fuego. En esta sala encontraréis todo lo que necesitéis. Armas, armaduras, artefactos mágicos... Aprovechad para rearmaros y prepararos, pues la guerra por el Monasterio del Alba Roja acaba de empezar. Yo no pienso rendirme hasta que todos y cada uno de esos bastardos demoníacos de ahí arriba hayan pagado por todo lo que me han hecho. Es hora de darle a esos bastardos una buena dosis de lo que nosotros hemos recibido y hacer que sufran tanto como sea posible. ¿Qué decís vosotros? ¿Es hora de hacerles sufrir un infierno o no?-
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Scart el Jue Ago 08, 2013 9:48 pm

-¡Pantano!-Exclamó Adel sacando un pie de un charco de agua estancada.-... ¡Un maldito pantano!

-Si...-Dije con una sonrisa, acercándome hasta donde estaba ella y cogiéndole de las manos para ayudarla a subir a un pequeño desnivel. Cuando estuvo justo delante de mi sonreí y le di un suave beso en los labios. Rápido y sencillo, suficiente como para captar su atención, pero no para distraerla.-¿Que ocurre? Del frío no podrás quejarte.

Ella me miró con una sonrisa un instante, pero después torció el gesto en una mueca de falso enfado, me dio con un dedo en la nariz, haciendo que me apartase un paso mientras sacudía la cabeza como un perro.-¿Que qué pasa? Acabamos de volver de los glaciares. Una visita no del todo agradable, y ahora nos traes al pantano.

Ante aquellas palabras me limité a sonreír de medio lado, mientras dirigía mi diestra al ojo derecho, rascándome el corte cicatrizado que lo cruzaba verticalmente... Un regalo de aquella zona y de nuestro encuentro con aquellos otros licántropos... Pero después miré al suelo, donde el pequeño Balto correteaba juguetón, olfateando los charcos y algunas plantas que nos rodeaban. Era cierto, en los glaciares no habíamos tenido lo que se decía una estancia agradable, pero aun así habíamos sacado buenos recuerdos del lugar. Y a mi no me importaba demasiado, ella estaba bien, y yo solo tenía una herida en el rostro. Tampoco me importaba demasiado, no era la primera que tenía, ni sería la última con total seguridad. Aunque si la primera en la cara. Ella se acercó a mi en esa ocasión, y tras pasar sus dedos por la herida, me depositó otro beso en los labios, este fue mas largo e intenso... Cuando al fin nos separamos me giré algo pensativo.

-Lo siento... Te prometí que iríamos a un sitio mejor cuando volviésemos de los glaciares, lo se. Y eso intento. Pero hay que pasar por aquí para llegar al resto de Noreth. Tranquila, estamos solo de paso. Te juro que te llevaré a un lugar mejor...-Le dije finalmente, fingiendo una sonrisa alegre en el rostro. Por suerte, yo era mejor actor que ella.

-¿De verdad? Espero que no me lleves al desierto o te habrás ganado una torta.-Me dijo ella en tono de broma mientras me adelantaba.-¡Pues vamos! ¿A que esperas?

Sonreí ante su energía... Era siempre así, impulsiva, hiperactividad... Pero me gustaba.-¡Te lo prometo! Te llevaré a un bonito lugar. Me cueste lo que me cueste...

[...]

Con forme íbamos avanzando la zona iba volviéndose más seca. Algo que en principio me hizo suponer que íbamos en buen camino. Pero poco a poco también captaba un potente olor a quemado en el aire. No tardamos en dar con un poblado devastado. Algo que empezó a incomodarme un poco. Al fin y al cabo, dudaba que el pueblo se hubiese calcinado el solo. Alguien o algo debía haberlo hecho... Y sentía el mismo olor llegar de diferentes direcciones... Algo no iba bien en esa zona, y no me gustaba en absoluto. Intenté desviarme de la zona, no quería más problemas, solo salir de una vez y llegar a algún sitio agradable para que Adel y yo pudiésemos estar tranquilos de una vez.

[...]

Escuchamos sonidos a nuestro alrededor. Había captado su olor antes, pero no lograba identificar que era, aunque no parecía en absoluto agradable... Tampoco pude distinguir su dirección ni distancia, y de que me di cuenta, estábamos rodeados... Lancé un gruñido, mirando las figuras que teníamos alrededor, unas más humanoides que otras, algunas con cuernos, otros sin ellos, unos grandes, otros pequeños. Parecían danzar a nuestro alrededor entre los árboles retorcidos del lugar. No conseguía enfocarlos bien. Alcé una mano, y en ella apareció estrella polar. Y sin esperar un segundo más me coloqué en guardia preparado para recibirles. Ya era tarde para evitar los problemas, tocaba afrontarlos...
Pronto empezó el combate. Hería a alguno, incluso mataba a otros. Eran... ¿Demonios? Apenas me pude fijar en ellos, apartándome de sus golpes e hiriéndole yo con los míos. Pero eran demasiados... Por cada uno que caía o se alejaba, aparecían tres en su lugar. Era como una temible hidra que no pararía hasta tenernos.
De pronto, en mi visión pude ver como tenían a Adel cogida por los brazos... Sin pensármelo ni un segundo me lancé en carga sobre aquel ser que con una sonrisa cruel mantenía a la chica cogida de los brazos.
El placaje fue suficiente como para lograr que la soltase, y caí al suelo con él. Lo único que hice antes de clavarle la espada en el corazón fue lanzarle un gruñido bestial, más lupino que humano. Pero había más de ellos a nuestro alrededor. Y pronto vi como más de aquellas figuras comenzaban a rodear a la chica.

-¡VETE, ADEL!-Le grité inmediatamente. Ella se giró hacia mi y negó con la cabeza, colocándose en guardia... Pero no iba a permitir que se quedase. Era tozuda, pero no iba a dejar que le pasase nada malo.-¡HE DICHO QUE TE VAYAS, AHORA! No te preocupes... ¡TE ALCANZARÉ!

Me dedicó una última mirada de duda... Pero finalmente empezó a correr en dirección opuesta a la que llegaban aquellas figuras, y tras ella Balto corría asustado... Me levanté, viéndome rodeado de enemigos de mil formas diferentes... Así el mango de mi espada con fuerza y lo blandí con fiereza hacia ellos... Pero no aguanté mucho. Apenas unos pocos segundos después caí al suelo tras un golpe cuya procedencia no logré percibir, y a mi alrededor la luz se fue apagando. Y la oscuridad me devoró...


De pronto me desperté.
El corazón latía con fuerza en mi pecho, y mi cuerpo sudaba... O al menos lo intentaba. Tenía sed, y hambre... Me dolía todo el cuerpo, estaba lleno de magulladuras... Me miré las manos, doloridas y entumecidas, y tras unos momentos me froté los ojos... Hacía días que no lograba conciliar el sueño mucho tiempo ¿Cuanto habría dormido? No más de una hora, eso seguro. Y aun así... Había vuelto a soñar lo mismo... El último día que fui libre...
En la incomodidad de mi pequeña celda, decidí tomar mi forma de lobo. Al fin y al cabo era a lo que estaba acostumbrado. No tenía mucho espacio para moverme siendo humano, y durante los años pasados había encontrado una ligera comodidad a aquel rincón alejado donde si me acurrucaba con las pocas ropas que tenía no se estaba del todo mal. O bueno, yo al menos me había acostumbrado ¿Cuanto tiempo llevaba allí? Había dejado de contar los días cuando pasaron los cien, y desde entonces habían pasado varios cientos más, de eso estaba seguro. Lo que no sabía era cuantos. De igual manera, tampoco importaba demasiado...

Resoplé agazapado en aquel lugar... Adel... Adel... Adel... Ese era su nombre, me era imposible olvidarme de él, soñaba muchas veces con ella. Pero su rostro, cada día se volvía más diluido. Cada día me costaba más recordar sus rasgos... Sus ojos verdes... Su cabello dorado... Su sonrisa...
Lancé un pequeño gruñido lastimero, apenas audible. No quería despertar a nadie, no quería tener problemas por adelantado. Hacía ya años que había abandonado la tarea de aullar con fuerzas y morder a todo aquel que se acercase. Era totalmente inútil. ¿Que habría sido de ella?
Esa era una pregunta que me hice los primeros años... Que estaría haciendo... Supuse que esperarme. Que estaría cerca de aquel lugar, esperando mi regreso, y a su lado Balto, ya crecido. Que cuando me escapase correrían a mi con los brazos abiertos y saltando de alegría, y que podríamos volver a estar juntos al fin. Que al fin seríamos felices. Que... Que cumpliría mi promesa.

Pero esa esperanza fue muriendo cada día que pasaba, y después de unos años la di por perdida. No podía esperarme tanto tiempo. No podía seguir allí. Ella era mi vida, mi razón de existir... Mi corazón... Y me habían separado de ella.
Pero ella, debía seguir su vida. Debía continuar. Y cuando ese tiempo pasó, pensé que se habría marchado lejos, que cuando saliese de aquel lugar, algún día la vería en una ciudad paseando de la mano con otro chico. Pensaba que para aquel entonces lo habría superado y no me importaría... Al fin y al cabo, si había sobrevivido sin mi y yo sin ella tantos años, nada me impedía continuar...
Pero los años siguieron pasando, y al final ya no pensé en que pasaría al salir de allí. Cada día mis esperanzas estaban más mermadas, y lo único que podía pensar era en dormir, para pasar al siguiente día, y que todo avanzase lo más rápido posible. Morir, o matar ¿Que más daba?
Si sobrevivía a aquellos demonios, solo me esperaba otro día más para pelear. Para pensar más en ella, para pensar más en mi antigua vida. En todo lo que era, y lo que perdí. En todo lo que pudo ser, y no fue... Y en lo que ahora era...
Y si moría, todo terminaría, aquella tortura tendría fin, y podría... ¿Descansar? No... Algo en mi interior me decía que no, algo en... Mis sueños... Me recordaba que la muerte no sería el final. Vivir para sufrir... Sufrir para vivir. A esas alturas, ya era lo mismo.

El día que me encerraron grité, golpee las paredes, los barrotes, aullé, mordí, me asusté, lloré... Fue... ¿El peor día de mi vida? Es difícil decirlo... He tenido tantos bajones que me es imposible elegir uno en concreto... ¿La primera paliza de mi padre? ¿El día que secuestraron a Adesa? ¿El día que murió? ¿El día en el que mordí a Adeluna? ¿O quizás cuando intentaron quitármela? ¿El día que me cogieron los demonios? ¿O el primer combate que me obligaron a hacer?
Oh... Si... El primer combate...
A aquellos hijos de puta parecía no serles suficiente divertido encadenarme a una tabla y divertirse a latigazos, o contemplar como mi carne iba curándose con los cortes que me hacían... No... Pasada una semana de aquel encarcelamiento me soltaron dentro de una jaula más grande. Había otra persona... Aun recuerdo los ojos amarillos y brillantes de aquel demonio... No había comido nada en aquel tiempo, y mi estómago suplicaba alimento. Me señalaron a aquel tipo, y con una sonrisa macabra me dijeron que si quería comer... Ahí tenía mi comida. A él le dijeron lo mismo conmigo...
Aquél día comí hasta hartarme... Porque pude intuir el principio de un largo ayuno...

Efectivamente, aquel solo fue el primero de una larga lista. Cada vez los combates se volvían más fieros y desesperados, se notaba que peleaba con gente en la misma situación que yo. Y más de una vez recibí mordiscos, arañazos, o cortes de espadas en pésimo estado. Alguna que otra vez, mi oponente se giraba hacia los demonios, intentando librarse de su captura en aquel mismo momento... Siempre pasaba lo mismo. Aprovechaba ese despiste para morder su pierna y derribarlo, momento en el cual lo mataba con un rápido mordisco en el cuello. Comprendía su rabia hacia los demonios. Pero no era estúpido, en esos momentos habían demasiados, escapar era un suicidio, y si quería morir, al menos que su carne sirviese para mantenerme un poco más.
¿Por que lo hacía? No lo sabía a ciencia cierta. Todo lo que tenía estaba completamente destruido. Había perdido a Adel, mi único motivo para seguir enfrentándome a la vida. Hacía demasiado tiempo que había dejado de pensar en vivir feliz. Y poco más tarde dejé siquiera en pensar demasiado en mi propia supervivencia. Al fin y al cabo, como dije algo ¿De que valía? No había nada por lo que seguir luchando. Lo único que me impulsaba a seguir era un simple sentimiento de supervivencia... Aunque el de conservación hacía ya tiempo que me había abandonado. No me importaban las heridas. Mi cuerpo estaba plagado de cortes, arañazos, mordiscos y cicatrices. Siempre tuve, si, pero desde aquel encierro el número se había multiplicado.

Cerca de mi celda a veces había gente... Ellos me miraban, algunos con tristeza, otros con hambre, y otros con rabia... Algunos incluso me hablaban. Pero yo, como un lobo que no sabía hablar, solo les respondía con miradas severas, firmes, sin sentimiento alguno. Era como si el alma se hubiese escapado de mi cuerpo. Aunque en verdad, prácticamente era eso lo que me había pasado...
Nunca hablaba. Había aprendido a conservar energías, a no malgastar fuerzas, a no molestar a nadie. Porque sabía que hacerlo traía siempre más problemas. Me limitaba a mirar, a quedarme tumbado, a pelear, y a aullar de dolor cuando los demonios llegaban a torturarme. No tenía claras sus intenciones. Recuerdo que en un principio incluso intenté averiguarlas, saber el por qué de aquella crueldad infinita, aquel desprecio visceral hacia todos. Pero no tardé demasiado en dejarlo pasar. Ellos eran así, no había razón aparente, simplemente lo hacían. Y yo debía resignarme.

Escuché pasos de pronto. Y alcé débilmente mis orejas en dirección a la puerta, mientras contemplaba los barrotes de hierro, iluminados ténuemente por una antorcha en la pared... Aquello... Había sido transformado, podía notarse. Aquellas celdas y jaulas no estuvieron siempre allí, al menos no la mayoría. Era como si los demonios hubiesen tomado un edificio y lo hubiesen reconstruido a su manera.
La puerta se abrió, y ante mi apareció uno de ellos, era delgado, de piel cobriza, con dos grandes cuernos sobresaliendo de su cabeza. Sus ojos eran ambarinos, y tenía una sonrisa cruel en el rostro. Con un palo golpeó en el suelo, y después me pinchó en el lomo para que me levantase. Sin oponer resistencia me alcé del suelo y caminé hacia él con la cabeza gacha mientras escuchaba su irritante risa. ¿Donde me llevarían esta vez? ¿Otra pelea? ¿Más torturas? ¿O algo nuevo?

-Vamos, sucio chucho... Tenemos que divertirnos de nuevo...-Dijo con una voz aguda, aun más irritante que su risa.-... Bah... Patético... ¿Y tú te haces llamar lobo? Eres un perro flacucho y demacrado. Parece que estar encerrado no te hace bien, perro.

Eché un rápido vistazo a mi alrededor... No había nadie, en las celdas cercanas no quedaba tampoco gente. El último, era un hombre algo mayor, era un licántropo también, como yo. Pero nos habían hecho combatir hacía un par de días. Y tras varios cortes y mordiscos había acabado sangrando a mis pies... Él tenía suerte, ya estaba descansando.
El pasillo estaba limpio, y en el más absoluto silencio... Aunque solo el pasillo, podía escuchar como habían gritos de torturados, golpes, peleas en otros sitios...
No se exactamente que ocurrió ese día. Quizás la mezcla de la situación y la rabia que me inundaba cuando aquel cabrón me hablaba... Pero cuando salí de la celda y escuché las cadenas que me iba a poner sobre mi cabeza, me giré rápidamente y salté a su pecho. Era delgado, y a pesar de que yo también lo estaba, el movimiento sorpresivo y mi velocidad ayudaron a derribarle. Caí sobre él, y durante un momento pude ver en sus ojos miedo... Terror... Cuando los míos se cruzaron con los suyos y mis fauces se abrieron mostrando unos afilados colmillos... En mi mirada solo había desprecio, ira, odio en estado puro. No demoré un instante más y aplasté su cuello entre mis dientes, penetrando piel, músculo y cartílago. Se agitó un poco mientras la sangre inundaba sus vías respiratorias, pero finalmente se quedó quieto, muerto, inmóvil...

Tomé de nuevo mi forma humana, y regresé a la celda, cogiendo la ropa que había allí. No tardé demasiado en estar vestido, y me limpié la sangre de la boca con un trozo de la camisa, esbozando una mueca de repugnancia y tirándola a un lado. No quería tener nada de esos seres en mi cuerpo. Me repugnaba.
Pasé por encima de su cadáver al salir y lo metí dentro de la celda para que no estorbase ni llamase demasiado la atención, aunque no tenía demasiadas esperanzas con aquella fuga. Antes de emprender el camino por uno de los lados de aquel gigantesco pasillo dirigí una mirada hacia atrás, donde se encontraba el cuerpo del que debía ser mi verdugo. Le lancé una nueva mirada de desprecio, y le dediqué unas palabras... Por primera vez desde hacía años hablé, y esas palabras fueron solo para él.

-... No soy un perro dócil...-Dije, sorprendiéndome a mi mismo con mi voz... Después de tanto tiempo sin hablar, había cambiado bastante, y casi no me reconocía.-Soy un lobo... Un lobo salvaje...

Y sin más, me alejé de aquel sitio. Viendo como a mi alrededor se extendían celdas de diferentes formas y tamaños. La mayoría estaban vacías, y las que no, tenían o bien trozos de carne y sangre por toda la pared y el suelo, o bien a hombres y mujeres de mirada perdida. Que contemplaban hacia el frente con ojos vacíos, huecos, sin sentimiento. No parecían verme, no parecían prestarme atención alguna... Y me recordaban a mi.
No se durante cuanto tiempo estuve vagando por aquel laberinto de pasillos y celdas. Ocultándome de los demonios que me encontraba por el camino, usando las sombras a mi favor como tantos años atrás había hecho. Pero empecé a desesperarme... Hambriento, sediento... Y no solo de carne y agua... La venganza ocupaba un gran hueco en mi mente. Pero ese no era el momento de hacerlo... No tenía nada para defenderme. Y si no había logrado hacerlo en el pasado, junto a Adel, dudaba poder hacerlo solo con garras y dientes.
Cuando aquella imagen acudió a mi cabeza durante un segundo, sentí una punzada de dolor en el corazón... Mi mayor miedo... Perderla... Mi mayor temor... Había sido cumplido, y con creces... Aun podía sentir un ligero dolor cuando la recordaba, cuando soñaba con ella.

Varias veces me topé con callejones sin salida. Y sin encontrar una forma de salir empezaba a pensar que lo que había hecho había sido un gigantesco error. Si no lograba salir, probablemente me esperaría algo peor que la muerte y que las torturas que había sufrido hasta ese momento. Estaba cansado. Pero aun así, no me detuve, y seguí mi camino.
O al menos así fue hasta que una luz verde me rodeó... Una serie de llamas de color esmeralda que brillaban y danzaban a mi alrededor, desprovistas de calor. Al verlas me puse en guardia, buscando la fuente de origen e intentando alejarme de ellas. Pero me fue imposible. Un bucle de llamas ya me había rodeado y no había salida alguna. Lo primero que pensé, fue en que me habían atrapado de nuevo, y empecé a mentalizarme para futuro aun más negro que mi ya de por si oscuro pasado... Pero no. Poco después las llamas se extinguieron, y pude ver el exterior... Aunque era bastante diferente al lugar donde había estado antes de ser alcanzado por aquella misteriosa magia. Puesto que supuse que exactamente eso era... Magia...

Aquel sitio llamó un tanto mi atención... Primero, por la zona.
Se trataba de una especie de foso, y yo estaba al fondo. Las paredes se extendían verticales hacia arriba, y no podía ver la parte superior, en la que tras varios metros perdía la visión y solo podía ver oscuridad. No podía ver ninguna antorcha, ninguna llama, ni cualquier otra fuente de iluminación, pero una extraña luz rojiza estaba presente en el ambiente, permitiéndome ver todo lo que me rodeaba. La roca que nos rodeaba era lisa, de forma que escalar por ella parecía poco posible. Además, tampoco parecía haber puerta o salida, al menos desde mi ángulo de visión. Me era imposible encontrar una forma de salir de allí. Parecía una trampa. Y aquello fue lo primero que pensé. Sobre todo cuando vi el resto allí...
El suelo era una masa de carne, huesos, cuerpos, y objetos. Espadas, escudos, de madera y acero, dagas y armaduras. Era como un basurero donde echaban todo los los desperdicios... Y además... A mi alrededor habían muchos muertos. Y no en el suelo, como los demás. Si no de pie, erguidos, y se movían ligeramente, equipados con armas y armaduras de otros tiempos. Era todo un ejército de muertos vivientes... Aquello ya lo había visto en otras ocasiones, pero nunca en aquella cantidad. De hecho, había llegado a vérmelas con un esqueleto con un poder descomunal... Seguramente él habría barrido a aquellos con una sola mano... O quizás no. Nunca estuve seguro del poder de Jack.

Pero allí, ese ejército no era el único. Había más gente... Gente que destacaba entre aquella legión de muertos vivientes. Tres en particular. Uno de ellos tenía una especie de armadura extraña. Su peto era rojo, y portaba una especie de falda negra bajo este. Su porte era serio y firme, e infundía respeto. Además, una buena parte de los no muertos le contemplaban fijamente, mientras este les devolvía la mirada autoritaria. Otro parecía uno de aquellos cadáveres andantes. Era un esqueleto, vestido con una túnica desgastada por el tiempo y el uso. Que obviamente había visto tiempos mejores... Flotaba a unos centímetros del suelo de cadáveres, y tenía un extraño orbe en la mano, y creí ver una maza en la otra... El resto de aquel gigantesco ejército le miraba a él... O ella, en cuestión de esqueletos nunca se me dio muy bien identificar sexos.
La tercera y última persona que destacaba a mis ojos, era... Un demonio. Su aspecto era realmente aterrador, y aquello fue lo que más me intranquilizó. Me hizo pensar que había sido descubierto, e inmediatamente retrocedí ante aquella visión, fulminándole con la mirada, llena de rabia, de ira... Y de pronto, mi pie se hundió en algo... Y su figura se deformó. De pronto, el demonio que había ante mis ojos se transformó en una armadura... Un hombre con armadura.
Extrañado, bajé la mirada hacia el suelo, y descubrí que mi pie se había colado en el interior de un peto de algún metal que desconocía... Lo saqué, y al volver mi mirada hacia el frente, el demonio había vuelto...

No tardé demasiado en percatarme en unir ideas. Aquello no era un demonio, si no algún tipo de ilusión. Y ese peto con el que me había topado parecía desvanecerla, por alguna razón... Me relajé un poco, aunque seguí recorriendo el lugar con la mirada... Había más gente... Un hombre enorme con una cicatriz, otro con un brazo herido, un orco con un zarpazo en la cara, una mujer de extraño aspecto y mirada vacía, otra de cabellos blancos y cuerpo herido, pero que dejaba notar que había sido partícipe en muchas batallas. Una abominación con el rostro similar a un pulpo finalizaba los que pude ver. Y si había alguien más, no pude apreciar su presencia entre tantos cadáveres andantes.
Me sentí extraño entre tantos desconocidos, pero no parecía ser el único en posición similar, aunque también podía ver miradas de familiaridad entre algunas personas... Las reconocía... Aunque por desgracia, o por virtud, yo no tenía a nadie con quien compartirla. Debido a que todos allí compartíamos algo... Sufrimiento. Y no se lo deseaba a nadie que quisiese. El hombre demonio intentó hablar, pero rápidamente fue cortado por gritos de sorpresa, y por una carcajada generalizada de todos los muertos vivientes del lugar. Una risa sin sentido, contagiosa, extraña... Me limité a cerrar los ojos y sonreír ante aquella situación. La verdad es que era tan ridícula que hasta a mi me daba ganas de reír. Allí estaba yo, en un foso de mierda, rodeado de muertos, vivientes y no tan vivientes, de desconocidos que parecían haber sido transportados allí por alguna razón que desconocía. De gente que según parecía se habían reencontrado después de mucho sufrimiento.

El hombre de la armadura carmesí se adelantó, explicándonos a grandes rasgos la situación. El hombre que había visto como un demonio no era uno. Si no alguien que como todos los demás había sufrido. Probablemente no le habría creído de no haber visto con mis propios ojos su aspecto humano. Pero con aquella prueba, sus palabras me sonaron bastante más convincentes.
Si hacía caso de lo que nos explicaba, habíamos sido traídos por un liche llamado Morial. Quien inmediatamente supuse que se trataba del esqueleto flotante. La razón de nuestra llegada se debía a... Ayuda. Fue lo que interpreté rápidamente. Necesitaban nuestra ayuda para acabar con los demonios para comenzar con la venganza. Y para ello estaba aquel lugar, donde según nos comentaba, podríamos encontrar piezas de equipo, pues obviamente era poco probable que lográsemos vencerles a mano desnuda. Aunque sabía de algunos que quizás pudiésemos desenvolvernos un poco con la ayuda de nuestras manos. Analicé la situación con detenimiento durante un instante. ¿Por qué querían mi ayuda? ¿Por que la de los demás? No me terminaba de convencer aquello, si la venganza era tan posible, por qué habían necesitado de llamar a tanta gente para acudir en su ayuda. Y si ellos no podían ¿Por qué con nosotros si lo lograrían? Jamás me había visto como alguien especial, pero el mundo no paraba de indicarme lo contrario. Por más que intentaba buscar una vida feliz y tranquila, solo encontraba más obstáculos, dolor y sufrimiento.

Miré hacia atrás, contemplando el brillo verdoso de aquella armadura que había pisado antes. Era bella, de tonos dorados y verdes, y tenía algún poder que no terminaba de averiguar del todo. Lo primero que hice fue agacharme y recorgerla... Era extremadamente ligera, jamás antes había tomado una armadura tan ligera, salvo las de cuero. Pero aquello era metal, su tacto, su temperatura, su brillo... Sin decir ninguna palabra a nadie me lo coloqué, y comencé a buscar a mi alrededor. No tardé en encontrar el resto de la armadura. Me venía un poco grande, extraño debido a mi ya de por si gran tamaño, pero no me quejaba. Al fin y al cabo no era mía.
Nunca antes había llevado una armadura así, pero a pesar de todo, su ligereza se me hacía bastante cómoda, por lo que no supuso demasiada molestia, y sin perder un minuto más, comencé a buscar por el lugar. Buscaba algo... Algo mío... No sabía si podía estar allí, o si se habría perdido, pero no había podido invocarla, y no era por falta de poder o energías. Cuando caí inconsciente, estaba allí, de forma que quizás se la llevaron. No tenía muchas posibilidades de hallarla, pero... La encontré.
Clavada en un cuerpo, Estrella Fugaz despedía un brillo rojizo por la luz ambiente. Su mango de cuero negro, y su pomo se me hicieron extraños... Era ella, estaba seguro, pero notaba algo en su esencia, en su forma, en su... Totalidad. Era como si la espada misma hubiese sido torturada y se hubiese corrompido de rabia y maldad.
Rodee el cuero de su mango con mi mano derecha, y la extraje del cuerpo con un rápido movimiento, inspeccioné su estado con cautela, no parecía demasiado tocada, siempre fiel a mi, había vuelto para aquella batalla.

Con un rápido movimiento de muñeca la hice desvanecerse en un ligero destello plateado, sintiendo de nuevo su poder en mi interior... Era como si todo aquel tiempo me hubiesen arrancado una parte de mi alma, y al reencontrar aquella espada, hubiese vuelto a unirse a mi. Podía notar su energía fluyendo por mis venas... Rabiosa, colérica, furiosa. Y yo le permitía inundarme. Antiguamente reprimía esos sentimientos, pero después de tantos años, aquello solo me hacía más fuerte.
Me agaché sobre aquel suelo de huesos y cadáveres, y levanté mi capa gris del suelo. Incluso la capa que había llevado durante tanto tiempo estaba allí... Aquella prenda con la que me cubría en las ciudades, del color ideal para pasar desapercibido... Bajo ella habían otras cosas mías. El colgante de bronce que me ayudaba en mis transformaciones, y el amuleto con forma de garra de oso que había conseguido en los glaciares. Era otra de las pocas cosas que me había llevado de aquel lugar.
Al ver ese último objeto me llevé una mano al rostro, y recorrí con mis dedos la cicatriz de mi ojo derecho, como antaño había hecho... Mis ojos amenazaron con derramar una lágrima de dolor por los recuerdos que, de nuevo me asolaban. Pero me contuve... Aquello era fuerza, y no lo iba a malgastar sobre el suelo de muertos. Prefería usarlo para llenar los que aún no los tenían. Cogí ese amuleto y lo até a mi mano derecha, colocando el guantelete de mi armadura sobre él para así tenerlo bien seguro, y sin reparos tomé el colgante y me lo puse en el cuello, hundiendo el óvalo central con un brillante rubí en el peto de la armadura, donde estaría resguardado.

Antes de levantarme, eché una mirada de nuevo a mi capa... Al lado de ella había otra, de color rojo oscuro, y algo desgastada, pero podía ver que aún estaba en buen estado... Durante un segundo miré ambas, y finalmente tomé la segunda. ¿Por qué?
Sencillo... La otra pertenecía a mi pasado, era gris, para pasar inadvertido. Pero si las cosas salían como pretendía, no tardaría demasiado en volverse roja, ya fuese por mi sangre o por la de los demonios. Para eso, prefería una que disimulase esas manchas, antes que a mi... Porque en esta ocasión no me importaba que los demonios me viesen. Al fin y al cabo, mi rostro sería lo último que podrían ver. Me colgué la capa a la espalda, y la cerré en torno a mi cuello con un broche de acero dorado en forma de dragón rugiente. Me alcé entonces del suelo, y buscando un sitio de más comodidad, pasé por delante de un escudo de acero brillante, que por alguna razón no había perdido el brillo con el tiempo, y pude ver mi rostro, después de tanto tiempo, era la primera vez que lo contemplaba.

El pelo largo, mucho más largo que nunca, el rostro era duro, marcado por una expresión severa. La cicatriz que cruzaba mi ojo me daba un aspecto amenazante que en el pasado no tenía, y alrededor de los mismos unas grandes ojeras dejaban claro que no había podido dormir demasiado. Una barba corta aunque mal cuidada crecía bajo mi barbilla. Y... Era mucho mayor... Era un adulto... Ocho años dijo aquel hombre... Ocho años encerrado... ¿Cuantos años tendría? ¿Veintitrés? ¿Veinticuatro? No estaba seguro, pero no parecía estar lejos de aquello. Me quité el yelmo un segundo, y cogí una tira de tela roja de una camisa, perteneciente a alguien que no había tenido tanta suerte como nosotros, y tras retirarme el pelo hacia atrás, lo até con fuerza con aquella improvisada cinta, sintiéndome algo más cómodo con el cabello recogido. Me volví hacia todos los demás. Algunos ya habían terminado, y otros aún continuaban con su selección de equipo. Sin prestarles demasiada atención, me coloqué de nuevo el yelmo, e inmediatamente tomé mi forma híbrida... Transformándome en una bestia entre humano y lobo, de pelaje gris y ojos de un azul oscuro muy intenso. La armadura, la capa, y el resto de prendas se habían desvanecido al instante, igual que mi piel humana, y quedó solo el colgante en su sitio.
No me importaba qué pensasen todos los presentes de mi, quería dejar claro qué era, y que sus opiniones sobre mi no tenían ninguna relevancia. Si alguno decidía buscarse problemas conmigo no iba a tener reparo alguno en arrancarle la cabeza de un zarpazo.

Y con aquella forma que hacía tiempo que no tomaba, me coloqué en un rincón, un tanto separado de los demás, contemplándoles con ojos analíticos, vigilándoles sin pudor alguno. Un par de ellos podía que se conociesen, pero para mi todos eran extraños, y no me habían dado prueba alguna para que tuviese una mínima confianza en ellos, y hasta que eso pasase, hasta las palabras contaría en su presencia. Para lo que a mi respectaba, todos ellos eran traidores potenciales.
Mi mirada se posó durante unos segundos adicionales sobre el liche... Parecía tener poder... Pero muchos lo parecían, y no todos lo tenían. Sin embargo, no terminaba de resultarme menos interesante... Él nos había traído... Él nos ofrecía la venganza que tanto ansiábamos, al menos yo. Pero algo me había enseñado mi vida de ladrón. Y es que todo regalo tiene un precio...
Y él aún no nos había mostrado el suyo.





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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Dalahak Schtzie el Sáb Ago 17, 2013 1:52 am

Ocho años atrás

Khaelos había desaparecido del mapa hacía tiempo… ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses? Ni idea, jamás me había entretenido en contar el tiempo, pero lo cierto es que nos tenía a todos en vilo. No era típico en él alejarse tanto de las tierras sobre las que teníamos dominio cuando la guerra contra el Imperio estaba dejando de ser una guerra fría para ser una guerra abierta, no tenía sentido y eso preocupaba a todos sus hombres por igual, pero más a mí, a su guardaespaldas. Como protector del Conde tenía que saber de su posición cada vez que le fuese posible informar, pero lo cierto es que ese bastardo tenía por costumbre no enviar jamás ni una maldita águila mensajera, así que las partidas de búsqueda para encontrarlo no eran tan raras después de todo.

Aquella mañana salí de El Túmulo ataviado con toda la armadura de Segador, de la cual no me podía deshacer. Mi porte no podía ser más glorioso. Cubierto por el rojo de la sangre seca sobre el carmesí intenso del mithryl, con la arbalesta y el mazo al cinto y el espadón flamígero a la espalda. Cabalgaba a lomos de un caballo que muchos consideraban demoníaco, tanto por sus ojos rojos como dos carbones encendidos, como por su enorme tamaño y fuerza –pues era capaz de llevarme a mí y a todo mi equipo y pese a ello cabalgar tan rápido como el viento en las mañanas de un gélido invierno.-

Recorrí durante horas los territorios que el nigromante de sangre azul solía visitar, mas no hallé nada y la noche se iba cerrando entorno a mí. Sabía que cabalgar de noche por lugares tan cercanos a Sacralis, la capital de Imperio, era peligroso para un zhakeshiano, sobre todo si éste adoraba a un demonio, así que decidí pasar la noche en una posada del pueblo aliado más cercano. Mi intención era descansar pero no… no fue así. Nada más entrar a la habitación, cuando me disponía a llamar al pequeño diablo que vivía en una de mis joyas para que me despojara de la armadura para dormir, fui sorprendido por horribles criaturas; demonios que no respondían ante Mi Señor y que por lo tanto no me guardaban ningún tipo de lealtad.
En un espacio cerrado como era aquella habitación, poca resistencia pude ofrecer. Mi espada era demasiado grande, mi maza demasiado pequeña y la ballesta demasiado lenta como para abatirlos antes de que se arrojasen sobre mí. Aun así, luché a brazo partido hasta que finalmente me redujeron entre dos y un tercero me despojaba de la armadura. Lo primero que me arrancaron fueron las botas, a continuación los brazaletes, que fueron seguidos por el peto, para finalmente arrancarme el yelmo con brusquedad. Arrojaron mi equipo a lo que parecía ser un portal mágico y después a mí.

Me desmayé…

Desperté aturdido, sin saber exactamente cuanto tiempo había pasado, y cuando traté de moverme para escapar escuché el asfixiante sonido de cadenas. Me habían anclado a la pared a base de bien los muy cabrones, con pesados eslabones de hierro en las extremidades superiores y una argolla al cuello que apenas sí me permitía respirar.

Los primeros días luché con la fuerza de un toro desbocado para escapar, pero fue inútil y sólo logré que la ración de dolor esos días fuese el doble. Sí, en efecto, aquellos malditos hijos del abismo me estaban torturando; cada día, nada más despertarme con una hostia de buen calibre, me hacían un corte, con una hoja tan oxidada que casi se podía considerar un milagro que sajase mi curtida piel, en forma de media luna que después cosían con gruesos hilos negros y quemaban con hierros al rojo vivo. Esa era la tortura principal, pero no la única… Los demonios también se encargaron, durante los primeros meses, de hacerme sentir los hierros en las costillas, zona que azotaban con especial devoción esos hijos de puta.

Al acabar el primer año de encierro decidieron que era hora de empezar con algo más duro, así que empezaron a infligirme quemaduras en el rostro con diferentes sustancias. Algunas veces lo hacían derramando aceite por mi rostro y después acercándome una tea, pero otras era más retorcidos y usaban los jugos gástricos de otras criaturas para causar quemaduras más hondas y dolorosas. Llegaron incluso a usar una especie de cera que penetró tanto en la parte sana de mi rostro que la dejó como la que había perdido contra los canes infernales en El Túmulo, con la piel totalmente calcinada y los músculos ennegrecidos por el humo.

El segundo año lo dedicaron por completo a destruir mi mente. Hicieron que viese una y otra vez el sufrimiento del pueblo zhakeshiano, pero no sólo el que ya había visto y vivido en mis propias carnes; también me mostraban escenas que estaban ocurriendo en esos precisos instantes: mujeres siendo violadas, torturadas y vejadas por varios soldados al mismo tiempo, niños que apenas alcanzaban los diez inviernos golpeados hasta morir y hombres sin nada más en la vida que sus granjas y sus familias obligados a ver las torturas que ejercían sobre sus mujeres y sus hijas, sin importar lo jóvenes que estas últimas fueran.
Aquellas escenas las repitieron un día tras otro, y otro… y otro, hasta que vieron que la furia inicial con la que había entrado se transformaba en una resignación desesperanzada.

Durante el tercero año, cuando ya apenas tenía la mente en condiciones, reavivaron mi odio volviendo al punto de partida; de nuevo aquel maldito corte y las dolorosas palizas con barras de hierro cada día. Ya ni sabía cuántos huesos me habían roto, pero aun así me mantenía en pie, firme como una vela que no se amedranta ante la tormenta que se le viene encima. ¿Y por qué? Porque tenía la vana esperanza de escapar algún día, de poder recuperar toda mi fuerza y de clamar venganza contra aquellos demonios.
El cuarto año me azotaron con látigos de metal en la espalda hasta que casi hicieron visible mis riñones, aunque por fortuna –o porque me necesitaban vivo para algo- no llegaron a ellos jamás. Aquel año… recé. Recuerdo haber implorado cada día el favor de Khorne, aunque jamás directamente, nunca le pedí al señor de la sangre que enviase a alguien a salvarme, pues aquello hubiese sido una muestra de debilidad y esas cosas no le agradaban. En mis oraciones pedía, simplemente, fuerzas, odio, para poder soportar aquel tormento que algún día yo haría pasar a los seres. Y mis oraciones parecían ser escuchadas, pues cada nuevo amanecer me despertaba con una sonrisa en el rostro, una mueca afilada que no agradaba en lo más mínimo a mis captores y que se esforzaban en borrar de mi maltratada cara a base de golpes con el pesado látigo con púas metálicas.

Los demás años pasaron de igual manera, destrozando mi cuerpo y mi mente a partes iguales. Cada día me sentía más abandonado, nadie iba a buscarme, nadie preguntaba por mí en las visiones que aquellos malditos monstruos mostraban, todos parecían haberme… olvidado… ¿Y es que no era ese mi destino como servidor de Khorne? Debía de tenerlo asumido, sólo era un hereje del que muchos ya ni querían saber y al que otros temían demasiado como para tan siquiera acercarse. Sí, estaba solo. Me habían abandonado en aquel lugar y sólo me tenía a mí y a mi fe, así que debía de empezar a aceptarlo.

Así lo creí hasta que un día, cuando habían pasado ocho años…

A día de hoy…

Aquella vez sentí que algo iba a cambiar. La paliza fue más suave que de costumbre, no hubo tantos golpes con el hierro y los demonios no castigaron en exceso mis costillas. ¿Pero por qué? Mi pregunta no tardaría en hallar respuesta.
De la nada, surgió una luz, escuché el sonido de algo al derrumbarse y cerré los ojos bajo las vendas, pues el intenso resplandor que había me resultaba molesto incluso bajo la protección del vendaje y la sangre seca sobre éste. Cuando volví a abrir los ojos, me apresuré a quitarme las vendas del rostro y… ¡Podía mover las manos! No era capaz de creerlo. Ya no estaba atado, en el cuello no me quedaba ninguna argolla y mis brazos, aunque entumecidos por los años en cautiverio, parecían conservar buena parte de la fuerza que un día tuvieron.

Entonces fue cuando alcé la cabeza. Ya no tenía vendas, así que mi ojo sano podía ver. Y lo que vio me dejó sorprendido…

-¡Khaelos! – Dije gritando, sin poder evitar que una mueca de alivio asomase en mi rostro. Pero allí no estaba sólo el conde, también había más gente, más prisioneros al parecer, y todos tenían pintas de haber sufrido los estragos del tiempo y la tortura. En especial una mujer de cabellos blancos y puntas rojas. Era bajita, con un rostro redondeado y que parecía haber albergado gran belleza tiempo atrás. Era: - Eressea… ¿Tú también? –

Los demás no me llamaron mucho la atención, salvo el esqueleto que no parecía estar bajo las órdenes del Conde y el… demonio que había lado de éste. ¿Qué quería decir aquello? ¿Acaso mi mente se había trastocado del todo y ya veía diablos donde no los había? No tenía ni idea, pero por si acaso avancé despacio hasta donde se encontraba mi hermano de otra madre rodeado por su guardia. Pero en lugar de pararme a saludarlo como lo hubiera hecho ocho años atrás, me limité, simplemente, a caminar por su lado con la mayor frialdad posible. Ya no era el mismo, seguía sintiendo un inenarrable respeto por aquel hombre, también lo admiraba y lo quería como a un hermano, pero la idea de que en ocho años no hubiese hecho nada para ayudarme… No, no podía olvidar eso tan fácilmente.

-Yo no los enviaré al infierno directamente, Khaelos. – Respondí a las palabras de Khaelos, mientras cavaba con las manos entre los cadáveres en busca de algo que me fuese útil: - Yo lucharé con ellos, y cuando acabe suplicarán que los envíe a las garras del señor del abismo. – añadí después.

Finalmente mi búsqueda fue fructífera y encontré, entre el montón de objetos, cuerpos y demás, dos piezas de la armadura de la que me habían despojado al entrar allí. Me las puse y seguí rebuscando hasta dar con dos cosas que tampoco me resultaron extrañas: mi arbalesta y el espadón ígneo.

-Bien, ¿cuál es el plan? – Pregunté, con tono amargo pero firme, y con deje de odio en la voz.






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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Jones "The butcher" el Sáb Ago 17, 2013 6:07 am

Hace mucho tiempo ya que estoy sumido en la oscuridad eterna de la jaula más recóndita del escondrijo de mi mente. No sabría decirte si han pasado años o siglos, quizás milenios, en la profundidad de la mente orca no existe el tiempo o el espacio, solo nada y el vacío. ¿Cuánto llevo flotando en este deshabitado desierto de pensamientos superfluos? No lo sé, de verdad no lo sé y daría todo por saberlo, me gustaría saber cuánto tiempo he desperdiciado aquí en la nada, cambiaría mi vida a cambio de saber si las personas que algún día quise aun siguen con vida… ¿Qué habrá sido del comandante luego de salir del túmulo?

¿Por qué me cuentas todo eso? Sabes perfectamente que yo tampoco lo sé, después de todo, yo soy tu, vivo dentro de ti y se lo mismo que tu. Tampoco tengo idea cuanto llevamos aquí, al menos tu puedes visualizar tu cuerpo, yo ni eso tengo, solo soy una voz de los fantasmas del pasado. ¿Qué tal le estará yendo a Él, allá afuera? Seguramente lo está llevando mejor de lo que cualquiera de nosotros dos, pudo haber hecho.

Lo sé, me duele admitirlo, pero en cuanto a fuerza, Él nos supera con creces. Seguro que sigue vivo, pero por lo que deja escapar hasta lo profundo de su alma, tampoco la está pasando de maravillas. Solo puedo sentir un enorme odio hacia los demonios, sus pensamientos desvarían en frases de venganza y furia, a veces quiere morir, otras quiere salir y aplastar a cada demonio en el infierno, sus emociones son un revoltijo, todo cambia según el día, pero algo siempre se mantiene, el odio.

Lo curioso es que, a pesar de que él y yo somos el mismo ente, tu puedes saber mejor lo que piensa él. Siempre has podido percibir la ira y el odio provenientes de su mente perturbada, me pregunto, por qué será.

Si, es cierto que percibo mejor el odio que tu, pero también puedo sentir el amor y la amistad mejor que Él. Yo creo que soy un empate entre ustedes dos, una fusión de ambas partes, lo que me permite percibir todo el espectro de la situación. En cierta manera, soy un equilibrio entre el bien y el mal, un mediador entre el amor y el odio, soy superior a ustedes en ese aspecto.

Es probable, lástima que seas tan idiota.

Je Je, muy gracioso. ¿Sabes que es curioso? No puedo recordar nada después que terminamos con el asunto de los jóvenes en Jyurman y tomáramos el barco hacía Thargund. ¿Tú recuerdas algo?

¿Por qué preguntas lo que ya sabes? Por supuesto que lo recuerdo, yo no entro en modo hibernación cada vez que ingreso a tu mente. ¿Recuerdas que rodeamos el bosque gris? Bueno, allí entramos a ese pequeño poblado abandonado de la gracia de Dios. Ya sabes, ese pueblucho escuálido y moribundo en los límites del pantano de Swash, allí recibimos el mensaje de ayuda de esos estropajos andantes, a los cuales tú insististe en decirles humanos.

¿Yo? Eso es imposible, estaba dormido cuando llegamos a Thargund, no recuerdo nada de lo que dices.

Pues hablas dormido, o no sé. Ahora, no me interrumpas, sabes que odio que me interrumpan. Los humanos medio muertos, nos suplicaron que les ayudáramos con los engendros demoniacos que habitaban en el pantano. Según ellos era seres diabólicos que habitaban en el infierno, pero que, por portales abiertos hacía el submundo, ahora caminan entre nosotros y frecuentemente devoran y secuestran a los habitantes de ese pueblito. Yo les dije a ambos que no fuéramos, que rodeáramos el pantano, podía sentir que un gran poder se alojaba en el centro del pantano, aun más grande que Nyxis. Lo que me recuerda, ¡Te lo dije!

A mi no me dijiste nada, se lo dijiste a Él. Yo estaba inconsciente, por el amor de todos los dioses.

Pero Él no está aquí, ¿o sí? Bueno, de todas formas, prosigo con el relato. Él dijo que sí, yo dije que no, tu no dijiste nada, pero debido a que Él estaba controlando el cuerpo en ese momento, acepto entrar al pantano, quería probar su nuevo poder con algo fuerte y diabólico, claro que nunca llegó al templo. Debimos haber estado a unos 400 metros del monasterio, quizás más, cuando seis demonios cayeron desde el cielo. Eran del tamaño de un humano común y corriente, eran rojos como el fuego y tenían alas parecidas a la de los murciélagos. Akrak, lucho fieramente contra todos, sacudiendo su hacha con increíble maestría, hizo caer a cada unos de los demonios, pero su exceso de confianza le costó caro. Mientras se jactaba de su fuerza, un enorme demonio cayó desde el cielo envuelto en una bola de fuego, era al menos dos veces más grande que nosotros y mínimo cuatro veces más fuertes. Akrak, no se intimido y ataco a lo bruto, pero en tres movimientos estábamos a su merced. La enorme fuerza de aquella infernal bestia nos derroto como si fuéramos moscas.

Es imposible que la diferencia de fuerzas haya sido tan abismal…

Lo fue, ese demonio era, incluso más fuerte, que Laraek. Luego, arrastrándonos desde los cabellos, nos llevo hasta las profundidades del monasterio, allí nos dejaron a la voluntad de los carceleros.

Eso lo recuerdo, cuando desperté estábamos colgados en medio del aire. Recuerdo haber visto paredes de piedra por todo el entorno, solo paredes de piedras, ocultas por el humo y la sangre. Recuerdo también que todo estaba sumido en las penumbras, sin más luz, que la que expelían los fogones y los fierros incandescentes.

Eso no lo recuerdo, por alguna razón, en aquel monasterio siempre estábamos solos, alguna extraña magia tan antigua como el mundo, lograba que ninguno de los dos restantes, pudiésemos ayudar al que está afuera.

Durante las sesiones de tortura, pude oír la palabra Ghazrull muchas veces, probablemente sea el líder de los demonios. Bueno, ya que no sabes lo que viví, te lo cuento, ahora me parece divertido que haya sobrevivido a tal tormento, muchas veces creí que por fin moriría, pero esos bastardos me mantenían con vida. Siempre querían un grito más, una súplica más, otra lagrima de angustia. Siempre había dos demonios pequeños pululando por la habitación, se divertían a expensas de nuestro dolor.

Éramos cuatro pobres diablos colgando en el aire. Dos ganchos para cada uno, caían desde el techo y se enterraban torpemente en nuestras espaldas, el metal sucio y gastado, rajaba la piel y el músculo, lenta y dolorosamente, creando terribles hemorragias, las cuales eran selladas con espadas al rojo vivo. Nos azotaban a diario, era su forma de despertarnos, cuando, por medio del dolor, caíamos desmayados. Esos látigos tenían púas de acero oxidado, los cuales, con cada latigazo, arrancaban pedazos de carne y nos perforaban las piernas con tizones repasados en mierda que nosotros mismos dejábamos caer.


¿Cuánto tiempo duraste así?

No lo sé, dos semanas quizás, un mes, en aquella habitación no existía ni la noche ni el día, era imposible saber cuánto tiempo pasaba. Siempre agradecí a aquel ogro por arrancarme el brazo en Jyurman, así los demonios no pudieron quebrármelo por diversión.

¿Un mes? ¿Cómo sobreviviste a semejante condena? Digo, ¿Qué comías? ¿Qué bebías para no morir de sed?

Oh, esa era la parte divertida. Cada día uno de nosotros caía muerto, los carceleros se tardaban días en darse cuenta, e incluso cuando ya lo sabían, lo dejaban pudrirse unos días más, luego traían una especie de canes infernales a la habitación y los alimentaban con los cuerpos de los muertos, luego, lo que sobraba, nos lo daban a nosotros. Eso era lo divertido, al tener sangre orca en mis venas, podía comer ese tipo de cosas sin problemas, pero los demás se enfermaban y comenzaban a vomitar hasta morir.

¿Por qué dices que eso era divertido? Algo así me lo esperaba de Akrak, ¿Pero de ti? Siempre fuiste la voz de la razón, el lado humano en nosotros.

Eso cambio para siempre, nadie que haya entrado al monasterio del alba roja, iba a salir igual. Lo divertido de esa situación, era que, entre más rápido morían los demás, más podía comer yo. En cuanto a lo que bebíamos, casi siempre era nuestra propia sangre, pero en contadas ocasiones, los demonios nos daban un vaso de agua hirviendo directo a la garganta. Dolía como la mierda, pero al menos podías beber algo que no fuera tus propios fluidos. Además venía con un premio extra, pues el agua hirviendo quemaba las papilas gustativas hasta un punto en que no servían para nada, eso ayudo bastante, cuando los demonios me dejaron solo en la habitación y me obligaban a comer la mierda de los perros.

Tienes razón, después de eso, no te culpo por cambiar. Yo nunca entré al monasterio, algo me impedía hacerlo, sentía que mi cuerpo no soportaría ni la mitad de lo que soportaste tú. ¿Qué paso al mes?

Pues, lo último que recuerdo, fue a dos demonios tan grandes como yo entrar a la habitación violentamente. Recuerdo que la puerta se separo de las bisagras cuando una de esas bestias la golpeo con la mano. Gritaban en un idioma extraño, mucho más bizarro que el hablado por los pequeños carceleros, era mucho más violento y sucio, como si inventaran cada palabra que dijeran, mataron a uno de los carceleros con una patada y, literalmente, me arrancaron de mi prisión aérea, lo que provoco que mi espalda se rajara donde estaban los ganchos. El otro gigante, me tomo desde las piernas y me arrastro por los duros pasillo de piedra. Los demonios eran mucho más feos que el demonio que nos venció afuera, aunque también eran rojo como el fuego, su rostro parecía mucho más desfigurado. Parecía que usaban injertos de piel de sus víctimas y las usaban como mascaras de cuero macabras y sobre sus cabezas nacían dos pares de cuernos del mismo color que la sangre seca, parecían duros como la roca, armas letales en sus manos. Ellos me llevaron a una habitación un poco más grande que la anterior, me amarraron a un potro de castigo y obligaron a Bob a comer un pedazo de hueso, ellos habían descubierto mi brazo mágico y ahora lo usaban para infringirme dolor. Amarraban el brazo hecho de hueso y lo estiraban hasta que se saliera de la articulación, luego quebraban el hueso en decenas de partes, allí fue que me desmaye y Akrak tomo mi lugar. El resto de la historia ya la conoces, ¿no?

No… No se nada de Akrak, parece que no pudo contra el monasterio. Mucho me temo, que estamos solos niño, tu cuerpo murió en una silla de torturas. Estamos condenados a la oscuridad eterna. No estamos vivos y no estamos muertos, flotamos en el espacio de la no existencia y nada puede sacarnos de aquí. Que los dioses nos amparen.

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Años pasé bajo las innombrables torturas que ahí me practicaron, años de sufrimiento y dolor atiborraron mis sentidos, años de locura y odio se adueñaron de mi mente. Tanto tiempo pasé siendo golpeado y humillado, que incluso pude descubrir el paso del tiempo en aquel infernal monasterio. Los demonios, cada mes cambiaban el método de tortura para que no me acostumbrara, cada seis meses alternaban entre los castigos físicos y los daños a mi honor, cada año me provocaban una herida de gravedad que me mantenía sin torturas por una semana. Esos bastardos me mantenían vivo, solo para arrancarme otro pedazo luego, no tenían muchos prisioneros orcos y disfrutaban su variedad.

Creo que fue al tercer año cuando me hicieron la herida en la espalda. Fue un demonio pequeño pero de aspecto malévolo, su rostro denotaba malicia, aunque lo verdaderamente  perverso, era su peculiar arma, la cual era un extraño palo negro con una punta curvada y filosa. El demonio, obligo a dos grandotes a colocarme contra la pared, dejando mi espalda libre para su perversa mentecilla. Para cuando termino, mi espalda estaba totalmente destrozada, llena de sangre y pedazos de músculos colgando, ni siquiera podía mantenerme en pie. Mis guardianes, al darse cuenta de esto, me dejaron tirado, solo, completamente sumergido en un charco de mi propia sangre y lamentos, sumido en la completa oscuridad del olvido, solo tenía una opción si quería seguir vivo, solo podía sellarlos a ustedes, solo pude olvidarme a mí mismo y a ustedes, Rakmar, tu cuerpo ya no es tuyo, tampoco es de Tevta, incluso tampoco es mío. Para sobrevivir, tuve que sacrificarme a mí mismo, Akrak se desvaneció en las tinieblas de la soledad absoluta y di paso al único que podría sobrevivir al monasterio. Arlok nació entre las penumbras de aquella habitación, y como la noche, su corazón y su alma, fueron forjadas desde el más negro odio.


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Cinco años ya, desde que desperté en aquel cuarto invadido por la sangre, el dolor y el olor a descomposición. Cinco años, desde que Akrak me libero en este mundo de torturas y pesar. Cuando abrí los ojos estaba completamente solo, por un momento, incluso dudé de haber sido liberado, pues las penumbras y la soledad eran similares a la prisión de olvido eterno donde fui relegado hace tiempo, pero, gracias al olor a muerte y el dolor en mi cuerpo, rápidamente despeje toda duda de mi cabeza, pues en el olvido no sientes nada más que odio.

Surgí desde la sangre para disfrutar mi nueva libertad. Era joven y ágil, era fuerte de nuevo, ya no estaba encerrado en el cuerpo de aquel viejo decrepito, derruido por el tiempo y la experiencia. Pero mi libertad duro poco, pues enormes demonios entraron por la puerta de madera roída, los gigantescos seres apenas cabían por el portal de piedra, pero se las ingeniaron para ingresar y, pese a ofrecer toda la resistencia que pude, me redujeron a un bulto de carne y sangre. Años pase bajo torturas, años, meses, días, horas, minutos, segundos, contabilice cada momento que pase encerrado en aquella celda. Me colgaron a una muralla de la diminuta celda, con una hermosa vista a una pared vacía. El piso era húmedo, lo que pudría con mayor rapidez los cuerpos muertos de anteriores residentes de la celda, el moho crecía en los rincones y me propinaron la peor tortura que pudieron haberme dado. Me dejaron a morir ahí, solamente acompañado por calaveras y moho.

Mi mente no tardo en desvariar y perderse en la locura, la soledad absoluta ya era mala, pero saber que hay alguien a metros de ti y que aun así morirás olvidado de la memoria del mundo, es mucho peor. Si mi mente ya estaba rota antes, ahora se había sumido por completo en la locura y mi único cobijo de aquella absurda realidad era el odio, ese bello sentimiento que se desarrollaba por mis infernales captores, crecía más y más a medida que pasaban los días. Pronto no pude albergar más que odio e ira por los demonios que se paseaban por fuera de mi celda, ellos me miraban y reían, mientras observaban como moría de hambre con el paso de los minutos. Ocasionalmente, uno de ellos, entraba y me daba comida cruda, pero él no parecía un demonio, era más parecido a un ente humanoide.

Hasta que un día, ya no pasaron más, los gritos, de los condenados de las salas contiguas, ya no resonaron en las paredes de piedra húmeda, su dolor se había extinguido en el viento. Pasaron dos días antes de que volviera a ver algún ser vivo rondar por los pasillos fuera de mi celda, cuando algo lo hizo, fue un demonio alado que tenía el cuerpo empapado de sangre, su cara parecía haber sido dañada por una explosión o algo por el estilo, mientras que en su espalda, dormitaba un pedazo de hueso enterrado hasta la mitad.

Si yo me voy, tú te vienes conmigo. Dijo con voz carrasposa y débil, mientras me mostraba un viejo tridente, el cual pasaba por debajo de mi nariz. Pero no iba a morir ahí, mi odio y mi ira había crecido a niveles tan estúpidamente altos, que cuando ese diablillo entro a mi celda, mis ojos se nublaron y mi mente se encegueció, solo pude ver su cuerpo despedazado por mis manos. Hecho una furia, comencé a agitarme en todas direcciones, agitando violentamente las cadenas. El demonio solo reía malévolamente mientras seguía diciendo que me llevaría con él, primero lanzo un zarpazo directo a mi rostro, el cual dibujo cuatro surcos en mi cara. Luego, se alistaba para rematarme con su arma, pero antes de que él pudiera conectar la mortal estocada, las cadenas cedieron ante mi peso, liberándome de mi prisión aérea, lamentablemente, una de las cadenas golpeo mi nariz y la quebró. Mis manos cayeron sobre el cuerpo demacrado del diablillo y lo despedazaron, la sangre, la piel, la carne, los fluidos, todo su interior se desparramo en el área de la pequeña habitación. Cuando termine solo quedaba un amasijo de carne y huesos, me levante y comencé a caminar hacia afuera, todos los demonios iban a caer bajo mis manos.

Cuando estaba de pie, pude verme reflejado en el charco de sangre, ya había recuperado completamente mi cuerpo, de Jones solo quedaban sus vivencias habitando en mis recuerdos. Mis ojos habían vuelto a tener la tonalidad grisácea de antaño, ese color ceniza que había aterrorizado a miles de soldados de todas las razas, volvía a dominar mis globos oculares. Mi piel, recobro su color nocturno, el azabache teñía mi cuerpo por completo y solo el rojo de la sangre, hacia el contraste con la piel.
Pero antes de que pudiera tocar el pasillo, me vi envuelto en una extraña flama verde que nublo toda mi visión. Cuando la llama desapareció, cientos de siluetas se dibujaron frente a mí, más que nada eran pequeñas y le faltaban pedazos, era un pequeño ejército de no muertos, aunque para sorpresa mía, ninguno hizo nada cuando aparecí, parecían controlados por un nigromante, ya había visto algo parecido en el túmulo, a manos del Khaelos, pero eso es imposible, Kholheim no puede estar ahí. ¿Por qué estaría allí?

Pero cuando puse más atención, no solo Khaelos estaba allí, Dalahak también estaba parado allí, justo en frente mío, pero ambos estaban distintos, no sé cuánto tiempo pasó desde que Akrak murió y yo desperté, pero esos dos humanos, ya no eran las personas que Jones conoció en Los cuchillas carmesís, esos dos ya no eran humanos. El comandante, dijo mi nombre con una mueca de alivio en el rostro. Jones abandono el recinto, Khaelos. Estaba a punto de ir hacía él, cuando, desde las sombras, un demonio camino hasta el centro del grupo, pero antes de que pudiera conectar tres palabras, un grito se disparo desde la garganta de alguien de los presentes, el miedo, infundido por lo demonios en años de tortura, le había cobrado el valor a alguien. Por mi parte, solo sentí odio y ganas de asesinarlo, pero su poder era demasiado, mucho mayor que los demonios grandes del templo, no tenía posibilidad contra él, en ninguna de mis vidas o formas, podría siquiera acercarme a ese ser nacido en las llamas del inframundo. Solo pude gritar de impotencia y golpear uno de los muros.

Furioso, buscaba desahogar mi rabia contra algo, cualquier cosa. Buscando por la habitación, pude ver como uno de aquellos no muertos, traía equipado el mazo y el cinturón que Jones encontró en el templo de Tarxos. ¿Bob? ¿Sigues vivo?

¿Rakmar? No, tú no eres Rakmar. ¿Quién eres?

Soy Arlok. Jones murió hace años, era débil, no pudo soportar el nivel del monasterio. Ahora yo soy tu amo, así que, cállate y comete un pedazo de acero.

¿Qué me calle? Quie…

!Te dije que te callaras! Comete la maldita espada del piso.

La pequeña bolita de dorado color, no tuvo más remedio que obedecer y haciendo uso de sus dientecitos de mithril, comió una de las espadas que allí se oxidaban. Inmediatamente, desde mi hombro izquierdo, apareció un brazo nuevo, hecho completamente de acero común. Lo moví ligeramente hacia arriba y hacia abajo, así soltaría un poco las articulaciones. Me voltee hacia el muerto re animado que ahora equipaba mis objetos y le di un fuerte golpe en la cabeza, su frágil cráneo solo se quebró y cayó al suelo. Tomé mis armas y las arrastre hasta una zona oculta por las sombras, ya estaba harto de todo el mundo, solo quería matarlos a todos, pero era claro que ni siquiera podía tocarlos sin morir en el intento. Allí, aguardando mi llegada, una armadura hecha jirones estaba oculta por las sombras y la podredumbre, rápidamente me equipe todo lo que tenía a mano, pero aun faltaba algo, podía sentir como algo me llamaba desde lo más profundo del mundo, algo poderoso me quería y si me prestaba su poder, con gusto lo aceptaría.[/color]
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Zyrxog el Sáb Ago 17, 2013 3:21 pm

¿Conoces el miedo?
¿Conoces el odio?
¿Sabes que es alimentar la desesperación?
¿Sabes lo que es vivir por la ira?
No… tú no sabes nada de ello
Eres un simple mortal
Que vaga por el mundo pensando que es su propiedad
Pero te contare algo que te asustara
Hay seres que han sufrido más allá de lo descriptible
Que han sido torturados durante largo tiempo
Y que solo recuerdan el dolor y el odio
Esos seres son los verdaderos gobernantes
No tu…. Pequeña alimaña.

Christian Chacana 17 de agosto de 2013


Nuestro relato nos lleva bastante tiempo en el pasado, una eternidad para la abominación y solo un parpadear para el mundo. Durante el último año, la criatura llamada Zyrxog, había tenido su “hogar” o mejor dicho, laboratorio en las alcantarillas y fosos de Malik Thalish, lugar idóneo para un ser como él, ya que una muerte o desaparición, no era investigada y era atribuida a los malhechores  que pululaban por las calles o pasajes de la gran ciudad. Lamentablemente, la “paz” que había disfrutado, hasta ese instante,  fue rota. Las primeras señales fueron la enorme cantidad de ratas que huían por las cloacas, mientras que tras una roída y nauseabunda puerta de madera, la criatura trabajaba en uno de los especímenes que había obtenido. El cuerpo estaba parcialmente mutilado, o como él decía, viviseccionado, aun viviente se podía ver como sus músculos se movían y su pecho subía y bajaba erráticamente. La aberración se encontraba trabajando en el cráneo, el cual, abierto cual un coco, dejaba ver el cerebro palpitante. La criatura se dedicaba a cortar pequeñas secciones, para ver las reacciones de su víctima, cuando las ratas comenzaron a roer la puerta con desesperación, como intentando huir. Fue cuando la bestia se dio cuenta que las cloacas habían sido invadidas por inferiores. ¿Buscaban capturarle? Era posible, quizás había tomado como espécimen a alguien influyente y ahora le buscaban. Con tranquilidad tomo sus cosas, anotaciones y viales con alimento, mientras se retiraba por túneles secundarios, mas no demoro en comprender que debería de ser más cuidadoso. Los humanos comenzaron a cercar su avance, mas le nigromante jamás estaba solo y utilizando los cadáveres de sus víctimas anteriores, comenzó una cruel batalla bajo los pies de Malik. El nigromante, asqueado pro la presencia de los inferiores, alzo los cadáveres de los caídos, la lucha fue cruel, pero el poder del nigromante parecía menguar, ya que, ni la ósea defensa que le protegía, pudo soportar la flecha que le atravesó el costado. Pronto la visión de la abominación se nublo y junto con su consciencia, sus guerreros caían al suelo, como si jamás se hubieran levantado.

Y así fue como la abominación inicio aquel viaje al sufrimiento y el dolor. Dolor que le acompañaría por el resto de su vida.

Lo que prosigue a este relato son pequeños fragmentos, ya que escribir cada día y la diferente tortura a la que estuvo sometido el antropomorfo, seria extenuante y demasiado largo, mas hay puntos clave, puntos que lacerarían la consciencia y personalidad de la abominación. Las verdaderas cicatrices no son las de la carne ni el corazón, si no la de la vida y la mente.

Durante las primeras semanas, la abominación comprendió que el dolor seria una compañera habitual. Los seres que le rodeaban no exudaban el aroma ni al esencia de los inferiores, si no de seres mucho más crueles. Durante días, semanas y meses, fue torturado, con el único motivo de escuchar sus gritos de dolor, y de la visión de su cuerpo retorciéndose. Lamentablemente, la abominación era orgullosa, demasiado, cosa que hacia enfadar a los diablillos y demonios que constantemente visitaban el agujero que era su celda. El látigo era un amigo conocido, ya lo decía su pecho y espalda. La abominación paso años colgada de sus muñecas, colgado al techo de la fría cámara, mientras el látigo destrozaba su espalda una y otra vez, dejando muchas veces sus huesos a la vista. Incontables veces cayo inconsciente, entre el dolor y el sufrimiento, mas cada despertar era el conocer una nueva tortura.

Mientras la abominación era torturada físicamente, en su mente igualmente lo era, consumiéndose por el odio  la ira, en un momento dado no soporto aquello, había tenido miedo, había sido como una sombra, una nube que no había durado los suficiente como para oscurecer el sol, pero si  para comprobar que había sentido lo mismo que aquellos que despreciaba, por un instante, había tenido el mismo miedo con el cual vivían los inferiores.

Durante aquellos ocho años las torturas fueron variables, cada una más cruel que la anterior y más inhumana. La aberración no era un guerrero, si no un mago y por ende, su resistencia al dolor era menor, a pesar de su orgullo, de los insultos proferidos, la tortura continuaba. Dos años después de su captura, dos de sus tentáculos fueron arrancados y cuando estos volvían a crecer, arrancados nuevamente. Las pinzas, tijeras y cuchillas eran comunes en ese lugar, con cada corte un nuevo dolor sufría la criatura, que ya no vivía por el hecho de sobrevivir, si no con la idea de arrancarle la vida a todos quienes le habían causado aquel dolor.

Si bien las torturas eran variadas, el maestro torturador se regocijaba con algunas partes de la anatomía del antropomorfo, su decepción fue grande cuando constato de que era imposible castrarlo, al no poseer miembro y ser una criatura asexual,  en esos momentos, su ira fue tal, que tomo otro rumbo en su “trabajo”, creando un pequeño ritual para conmemorar cada año que pasaba la aberración en la celda. Año tras año, un trozo de falange era arrancado por unas pinzas calentadas hasta el blanco, comenzando con el meñique izquierdo, durante seis años la mano del antropomorfo fue mutilada lentamente, con gran placer para el torturador y con horrible dolor para el nigromante.

Otra parte del cuerpo de la aberración que sufrió la ira de la tortura, era su pierna derecha. Quebrada, golpeada, fracturada, una y mil veces a lo largo de los ochos años. Atravesada por largas varas de acero demoniaco y con tornillos introducidos en la carne y hueso, la tortura fue agónica, y tenían como objetivo, que el dolor durara durante toda la vida, volviéndose crónico… al final lo lograron. Los gritos de la abominación resonaron por cada rincón de esa prisión, mas de una vez cayo inconsciente, pero era despertada por un nuevo dolor, una nueva sensación de agonía y sufrimiento. Durante todo ese tiempo, la aberración menguo, su vida pendía de un hilo y solamente era mantenido por su odio, el cual crecía constantemente, su magia languidecía, casi extinguiéndose completamente, pero aun conservándose después de tantos años de tortura en su cuerpo y alma.

Fue cuando al parecer, otros prisioneros escaparon que la aberración tuvo su oportunidad. EL torturador demoniaco, ser increíblemente obeso, grasiento y monstruoso le dio la espalda, sus tentáculos habían sido arrancados hacia pocas horas y la carne aun sangraba en su rostro, junto con su espalda y mano, a pesar de ello, la ira le invadía y antes de que el torturador lo pudiera evitar, los tentáculos de la criatura se enroscaron en su cuello. Si bien, el gran Zyrxog, señor de la muerte, ser temido y odiado, ahora era una vil sombra de lo que había sido, un andrajoso y torturado ser, aun poseía algo de fuerza, fuerza impulsada por la ira y el odio. El antropomorfo, el horige nacido de una violación, apretó con sus tentáculos, cada vez más fuerte, con energías que el mismo no poseía, pero que alimentaba su desesperación y su sufrimiento. Aquel carcelero y torturador araño los tentáculos de carne con sus garras, pero estos parecían apretar con más ímpetu, cual serpientes desesperadas. La abominación apretaba y no soltó, hasta que el cuerpo del torturador no pudo ser sostenido por sus tentáculos. Se había liberado de aquel ser, pero de seguro enviarían otro y ese seria aun peor que el anterior. Sin nada que perder y arriesgándolo todo, enrollo su mano izquierda con uno de sus tentáculos, apretándola de tal forma, que sus huesos se dislocaron y pudiéndola pasar por la argolla del grillete, ya con ello, pudo alcanzar la llave del demonio y abrir la cerradura de sus cadenas, para terminar cayendo sobre el cuerpo seboso de su carcelero. Como pudo se arrastro por el suelo, su pierna dolía, como si la tortura no se detuviera. Al final, se pudo poner en pie, con la ayuda de una mesa llena de instrumentos de tortura. De la garganta del ser surgió un grito, grito lleno de ira, de sufrimiento y a la vez alegría.

La aberración debía de ocultarse, mientras sus heridas sanaban, pero no tuvo tanta suerte. Muchos demonios, y seres de pesadilla pululaban por pasillos y celdas, la aberración se marcho de la que durante ocho largos años había sido su “hogar” y patio de “juegos”, su caminar fue lento y con cada paso, su pierna daba un golpe de dolor que subía por la espalda del nigromante, si es que aun podía llamarse así, apoyándose en los muros, sostenía sus manos, mientras volvía a colocar los huesos en sus posiciones adecuadas, no sin sentir el dolor de esto.
Su cuerpo destrozado, su alma lánguida, su magia casi inexistente, todo fue llamado, una nube de humo oscuro le rodeo, ¿Acaso una nueva tortura? Mas no fue así, como largo tiempo más adelante comprendería.

El sonido de su cuerpo contra el suelo era notorio, al igual que el quejido de este al intentar levantarse, con dificultar levanto su rostro, y lo que vio le trajo algo de alegría, algo que había perdido hacía mucho tiempo atrás. Soldados esqueléticos, soldados de muerte alzados, más un rictus de severidad y desprecio cambio el rostro del antropomorfo cuando vio al comandaste de esa hueste. Un miserable inferior, un ser despreciable, una alimaña ¿Había vuelto a recordar su verdadera personalidad?, quien sabe, mas no pronuncio palabra ante él, ni ante los seres que el rodeaban, una criatura de inmenso poder y un ser lamentable, que poseía magia, pero estaba manchada y corrupta como la de los demonios.

Los seres comenzaron a hablar, uno tras de otro, ofrecían retribución ante la tortura y sufrimiento, a la aberración no le importaba donde estaba, si no acabar con los responsables de su encierro y dolor. Poco a poco estaba siendo consumido por la ira y el odio, uno aun más visceral que el que profesaba a los seres vivos con antelación.

La aberración miro a su alrededor, parecía ser un foso y por lo que decía el inferior, era así. A pesar de estar sentado, la aberración no tenía suficiente fuerza para levantarse aun, estaba débil, y mucho… tenía hambre, y  fatiga. Mas entre todo ese lugar, algo le llamaba, algo “familiar” , arrastrando su mano temblorosa tomo un pequeño objeto de metal, lo miro, como si tratara de recordar que era, una sortija … si lo era, se veía un hombre torturado, su vientre estaba abierto y sus entrañas formaban la argolla… poco a poco lo recordó, era su sortija, con rapidez la coloco en uno de sus tentáculos, y fue como un golpe eléctrico, era esencia pura, esencia de la misma sortija lo que le alimentaba. Su mano topo con dos objetos más, o ¿eran uno solo?  Dos sortijas mas… las miro, simples bandas de metal, pero su brillo le hizo recordar otras épocas… y un nombre que casi había olvidado “Sindragosa”… su mascota, que debía de haber estado alimentándose en las lejanas tierras de la Ciudad Cementerio… debía de recuperarla… rápidamente, se coloco ambas sortijas, mientras disfrutaba de algo la esencia que recuperaba de ese pequeño objeto. Los tentáculos de la aberración se movieron, como lo recordaba en un pasado, de seguro el inferior. AL lado del nigromante se levanto un esqueleto, pero distaba mucho de ser un esqueleto respetable, parecía “enfermo” si es que podía llamársele así, parecía débil, aun más que un esqueleto normal. La huesuda mano del alzado tomo la de su amo y con lentitud, ayudo a levantarle, mostrando al debilidad de este, a pesar de su ira por ello. ¿Acaso era el mismo nigromante que antaño había conocido el inferior? No… las torturas habían causado estragos en él y demoraría algo en recuperar su fuerza.

-No… no me importan sus razones *guardando la palabra inferior para sí mismo* pero aquellas alimañas me deben largos años de dolor y sufrimiento… y se los hare pagar, en carne y sangre-

¿Seria útil el nigromante ene se estado? Quién sabe, pero si había algo con seguridad, no eran sus músculos lo que le hacían levantarse, si no el odio, la ira y por sobre todo, un deseo de venganza que quizás superaría con creces a cualquiera que estuviera ahí.




Patetico  Invitado no eres mas que un inferior ... una alimaña que deberia de pisar con mi pie


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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Farimir el Dom Ago 18, 2013 12:38 am

Aùn recuerdo ese fatídico día. El día que mi historia cambio para siempre. El día en que toda la felicidad y gozo que aun quedaban en mi vida se desvanecieron. Esa trágica ocasión que me hizo verme envuelto en una situación más allá de mi alcance y comprensión. Aquel día, cuando creí que era el fin. Incluso recuerdo a la perfección es exacto momento en que creí haber muerto. Poco tiempo me tomaría darme cuenta de que la muerte hubiese sido un camino demasiado fácil, demasiado rápido, demasiado piadoso por así decirlo. Y el motivo de mi captura no había sido matarme, había sido otro, uno mucho mas macabro. Ese día comprendí que ya no había vuelta atrás.

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Me encontraba caminando por una ruta comercial de Zakhesh que conectaba dos aldeas bastante ricas. Los pueblos de esa zona eran agrícolas y ganaderos.  No estaban involucrados en la guerra, al menso no hasta donde podían. No reclutaban ni entrenaban soldados. No fabricaban armas para ningún bando. Apenas le daban sus productos y materias primas a los zakheshianos. Por alguna razón, mi camino me había llevado hacia una de esas dos aldeas. Era una aldea con un nombre tan extraño que aun entonces tenía problemas para pronunciarlo bien. Las gentes de esos lares eran amigables, inocentes. Solo simples campesinos de paz. Nunca deje de preguntarme que le paso.

Conforme me iba acercando a aquella aldea, pude notar algo. Al principio pareció solo una ilusión óptica, un truco de mis ojos. Pero cuando estuve lo suficientemente cerca, note mi error. Contemple con horror el fuego saliendo de los edificios. Las casas incendiadas, marcas de destrucción por todos lados. Era un infierno. Corrí rápidamente hacia la aldea, en busca de sobrevivientes. Creí que solo eran bandidos, o a lo sumo una incursión imperial. Mas pronto me di cuenta al llegar, de que había estado demasiado equivocado.

Escuche rizas macabras proviniendo de los alrededores. Era difícil determinar su ubicación exacta. Poco después empezaron a salir de sus escondites, seres de aspecto increíblemente macabro y atroz. Algunos eran enormes bestias con cuernos pequeños que llegaban a pasarme por una cabeza. Otros eran pequeños seres, del tamaño de perros, con enormes cuernos sobre la cabeza. Había tantas diferentes formas que no podía hacer hincapié en cada una. Lo único que supe de aquellos seres es que intentarían algo malo y que debía estar listo.

Rápidamente desenfunde mi espada y alce mi escudo. Los seres corrieron hacia mí de forma bestial. Gritaban y maldecían salvajemente; más alborotadores que guerreros. Con mi espada mate a muchos de ellos. Regué su sangre y sus tripas por todo el suelo. Corte cuellos, estómagos, cabezas y piernas. Recibí variaos golpes, pero aun seguía de pie. Para cuando el último de ellos callo, estaba en un estado lamentable. Tenía moretones, cortes y apenas me mantenía parado. Sin embargo, mi batalla aun no había acabado. De pronto, mas demonios salieron de las sombras, muchos más. Estaba seguro de que moriría, pero lo haría peleando- Sigo de pie- Le dije a uno de ellos, mientras se apuntaba con el filo de mi espada. Entonces, todo acabo. Sentí un dolor repentino en mi nuca, y acto seguido caí al suelo rápidamente. Mi vista se puso borrosa. Note que uno de ellos caminaba hacia mí, y luego todo se puso oscuro.
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Eso de lo poco que pensaba en mis días de encierro. Me torturaba constantemente con las imágenes de la batalla. Me carcomía la cabeza pensando en cosas como “¿Qué hubiese pasado si no me hubiera descuidado? ¿Si hubiese aprovechado el momento para escapar? ¿Si ni siquiera hubiese pasado por aquella maldita aldea?”. Esas y otras dudas más de que hubiese pasado me carcomieron el cerebro durante mis primeros momentos en mi celda, después de despertar. Recuerdo que mi primer día me mantuve sin dormir, inquieto. Camine de un lado a otro de la celda, probé distintas posiciones para acostarme. No podía acostumbrarme a aquel lugar. No podía hacerme a la idea de que me quitasen mi libertad.

Siempre he considerado mi libertad una de las cosas más hermosas que tenia, por no decir la más hermosa.  El poder ir a donde quería y hacer todo lo que quería; algo invaluable, algo que muchos seres pasan su vida entera buscando y mueren sin siquiera haberla probado. Algo que muchos no valoran y dan por sentado, más que para personas como yo, es un regalo. Pues ese regalo me había sido arrebatado por unos demonios miserables.

En cierta forma seguía siendo el mismo: peleador, obstinado hasta cierto punto, serio y dispuesto a todo. Pero algo dentro de mí había cambiado. Ya no estaba más ese lado de mí que veía el lado bueno de cualquier situación. Ya no podía verse vida en mí. Era casi un muerto más. Mis acciones carecían de emoción, y cada vez que una emoción parecía vislumbrarse en mis ojos, solo eran la ira y el odio. El honor seguía pareciéndome importante, pero ahora también sentía poderosos deseos de sangre. Quería muerte, mas no estaba dispuesto a lanzarme como un loco para conseguirla. Mi odio creía cada día. Sabía que debía esperar, mas cuando tuviese la oportunidad, asesinaría a cualquier demonio que tuviese enfrente para escapar. Seguía siendo paciente y precavido, pero también me había vuelto más frio, mas sádico, menos piadoso; al menso en lo relacionado con aquellos demonios. Mis relaciones con todas las demás razas estaban igual que siempre lo estuvieron, pero en lo que respectaba a esos demonios; si acaso existía en mi algún sentimiento hacia ellos que no fuese odio, aun no lo había descubierto.

Así fueron pasando los años. Estaba seguro de que mi encierro se había prolongado por más de un año.  Todos los días me los pasaba entrenando o descansando la mente en el suelo. Cuando escuchaba que los guardias pasaban, me quedaba inmóvil, acostando en posición fetal para dar la apariencia de dormido. Quería que ellos creyeran que yo estaba indefenso y asustado, Tenía planes de escapar, de salir de allí a cualquier costo y recuperar mi libertad. Me ejercitaba día y noche, pues al estar encerrado no tenía muchas actividades que realizar. A veces me quedaba pensando en mil y un formas de asesinar a mis captores. Me imaginaba a mi mismo sacándoles los ojos con mis dedos, cortando sus gargantas y derramándoles metal caliente dentro.

Pero la oportunidad jamás llego. Finalmente, el hecho de entrenar fue más un pasatiempo que preparación para una tarea. En algunas ocasiones no veía posible el entrenar debido a que las constantes torturas de los guardias me dejaban tan herido que apenas podía moverme. Me laceraban, me golpeaban, estiraban mis miembros, a veces hasta le quemaban levemente la piel. Luego de eso me arrastraban a mi celda y me arrojaban sin cuidado contrauna de las paredes. Yo me volteaba rápidamente, sin importar mis heridas, solo para mirarlos con profundo odio durante unos segundos antes de cerraran la puerta y se fueran.

Una vez en particular, comenzaron a reírse de mi tono de piel. Preguntaban cosas como “¿Qué te paso en la piel? ¿Es esa una gran marca de nacimiento? ¿Estuviste mucho tiempo bajo el sol? ¿Hiciste enojar a un dragón?” a modo de burla, las cuales yo trataba de ignorar. Sin embargo, ese día en particular parece que se sentían más crueles que de costumbre. Me hicieron arrodillarme. Eran dos demonios grandes. Uno de ellos me sostuvo con fuerza la cabeza mientras otro acerco una antorcha encendida a mi pelo y la hundió con furia. Sentí en mi piel un ardor indescriptible. Era, sin duda, el peor dolor físico que había sentido hasta el momento. Mi pelo ardía como si fuese yesca. La madera caliente quemaba mi cuero cabelludo. Después de aquello me soltaron y se pusieron a reír como locos mientras yo me revolcaba por el suelo y daba golpes fuertes con mis manos para apagar el fuego. Para cuando conseguí apagarlo todo mi cuero cabelludo tenía un daño irreparable, al menos por medios no mágicos.

Fue aquel día cuando recupere mi fuego interior. El sentimiento de odio inundo todo mi ser de forma más fuerte que nunca. Sentí enojo como jamás lo había sentido. Quería sangre, su sangre. La exigía. La derramaría. Sabía que solo tenía que esperar. Esta vez mis esperanzas había vuelto acompañadas por la ira y la rabia. Si me estaba convirtiendo en un salvaje o no, no me importo; solo me importaba la venganza en ese momento. No podía contenerme más. Esa noche golpee las paredes con fuerza hasta que mis manos sangraron. A partir de entonces, casi ninguna tortura era demasiado severa. Comparado con la experiencia de ese día, los gritos de dolor eran gritos vacios. Ya no podía sentir un dolor pero que aquel. Había sido el peor día de mi vida, desde que mi tribu fue destruida y me vi forzado a abandonar mi hogar para siempre. El día que quemaron mi cuero cabelludo había sido el segundo peor día de mi vida.

Un día tuve la oportunidad de cumplir mis deseos. Los guardias me llevaron a una habitación de tortura diferente. Era un espacio más reducido. Tenía cuatro enormes “fogatas” en las esquinas y un enorme poso con carbón caliente en el medio, similar a la que usan algunas forjas. En una esquina había muchos instrumentos de tortura entre los cuales se incluía un mazo, varios cuchillos y algo con la forma de un picahielos. Los guardias se dispusieron a llevarme a la mesa. Uno de ellos me arrastro mientras el otro se fue a agarrar unos cuchillos. Entonces, diría que por accidente, me tropecé y caí al suelo arrodillado. En guardia se enojo bastante y aprovechando mí posición me dio un poderoso pisotón en el hombro izquierdo. Pude sentir mi hueso moviendose de su lugar. Me había dislocado el hombro.

Inmediatamente emane un poderoso grito de agonía, ante lo cual el demonio solo se rio. Me dio una patada en la cintura y grito- “Vamos escoria, levanta tu patético cuerpo ya”. Yo lo mire a los ojos, con el mismo tipo de decisión que miraba a mis oponentes y creo que él lo noto- No- le dije de forma tajante y severa.-“¿Qué has dicho? Levántate antes de que te rompa el cuello”- Mas yo permanecí impasible, esperando a que en enojo lo hiciera acercarse, y así lo hizo. Cuando le puso una mano encima, rápidamente me levante y di un firme paso al frente sobre su rodilla. Su pierna cedió ante mi pisotón, lo que hizo al demonio agacharse bastante. Aprovechando la posición le tire un puñetazo descendente con mi mano derecha directo a la cara, tras lo cual cayó al suelo.

Entonces fije mi vista en el otro, quien al percatarse dela situación tomo una de las dagas que había en la pared y corrió hacia mí. Primero me tiro un tajo directo al cuello, el cual conseguí esquivar agachándome. El siguiente corte fue hacia mi estomago. Me hice para atrás a tiempo y el cuchillo apenas roso mi estomago. Aprovechando que bajo la guardia debido a ese ataque, pegue un salto inclinando mi espalda hacia atrás y mis piernas hacia adelante. De ese modo le di una fuerte patada con mis dos pies en el pecho, impulsándolo contra una pared. Caí de espaldas al suelo y rápidamente me levante. El demonio hizo lo mismo, pero yo me levante antes. Corrí hacia él, listo para tirármele  encima. Sin embargo, antes de que llegara, el demonio alcanzo a tirarme un corte a la cara con su brazo izquierdo. Lo esquive parcialmente: no me mato, pero me hizo un corte diagonal desde la ceja hasta la mejilla, dañando mi ojo izquierdo en el camino.

Sin embargo, lejos de dejar que me desanimara, utilice mi brazo derecho para sujetar su mano y aferrarla al suelo como pude. No seque me paso entonces, pero nunca me arrepentí de lo hecho. Acerque mi cara a la del demonio rápidamente y le mordí con fuerza la nariz. El demonio, sorprendido, agito su cara mientras gritaba para apartarme y trataba de alejar mi cabeza con su mano libre. Pero yo nunca deje de agarrarlo, solo apreté con más fuerza mi mordida. Sentía la sangre en mi boca y como perforaba la carne.  Finalmente, le arranque casi toda la nariz. Luego de eso la escupi, pues el solo hecho de tenerla en la boca me repugnaba demasiado. El ser se llevo la mano derecha a la cara mientras sollozaba como niña. Debido a eso, aflojo su agarre. Aprovechando mi situación, le di un fuerte golpe con los nudillos en el nervio de su mano izquierda, lo que provocó que soltase la daga. Sin perder tiempo, la clave en su pecho. Mas no me detuve ahí, continúe retirando mi arma y volviéndola a clavar, una y otra y otra y otra vez. El demonio murió mucho antes de que yo dejara de clavar la daga en el. Entonces escuche un sonido de gemidos.

El otro demonio se arrastraba suplicante por los suelos pidiendo ayuda. Sin ánimos de terminar ahí, retire la daga por decimo tercera vez del pecho del demonio y me acerque al otro. Pise con fuerza su pierna rota para detenerlo, cosa que solo le provocó más dolor. Entonces, atravesé una de sus manos con la punta de mi daga. El ser rápidamente se cubrió su herida con la otra mano, cosa que solo aproveche para apuñalársela también. Ya con sus dos manos inutilizadas, me senté sobre él y lo mire a los ojos. Estaba seguro de que mi expresión era fría, severa; ya no era humana. Con lentitud puse el filo de la daga sobre su frente y antes de que el me preguntara le respondí- Tu quemaste mi cabeza, ahora me toca a mí- Y antes de darle oportunidad de hacer algo, comencé a cortar con rapidez su cuero cabelludo. Más no lo mate. Una vez termine de cortarle el cuero cabelludo, arto de escuchar sus gritos pero sintiendo un extraño placer al mismo tiempo, lo golpee con el mango de la daga hasta dejarlo inconsciente y un poco más.

Cuando estuve más o menos calmado, corte una tira de la ropa que llevaba y con bastante dificultad la utilice para envolver precariamente mi ojo.  Tambien continue escupiendo para asegurarme de que ni el mas minimo rastro de aquel nauseabundo ser quedara dentro de mi boca. Estaba en estado lamentable. Tenía un hombro posiblemente dislocado, mi ojo izquierdo estaba herido de gravedad, tenía varios moretones, cortes y marcas y un gran tajo en mi cara; por no mencionar la quemadura en mi cabeza, la cual a pesar de haber sanado seguía siendo una herida considerable. Pero a pesar de todo, me sentía más vivo que nunca. Había matado a mis torturadores, me había vengado. Al menos por unos segundos, aunque después de eso me matasen y me destripasen los compañeros furiosos de los demonios que mate, me sentí vivo. Aunque estaba seguro de que la muerte vendría a buscarme dentro de muy poco tiempo no me importo, por que supe que por unos escasos momentos, fui libre otra vez.

Entonces irrumpieron en la habitación varios demonios. Eran tantos que muchos debieron quedarse afuera pues la habitación era muy chica. Miraron a sus compañeros masacrados y una combinación de horror, sorpresa y asco. Luego me miraron a mí, con el mismo tipo con el que yo los había mirado a ellos tantas ocasiones. Ante eso, sonreí. Estaba seguro de que aquella había sidod mi primera sonrisa en años. Era una extraña sensación. No me importo morir, pues moriría peleando.- Vengan por mí, malditas aberraciones del diablo- dije apuntándoles con mi daga. Acto seguido, corrieron hacia mí.

Pero jamás llegue a sentir la caricia de sus aceros, al menos no en esa ocasión. Observe como los demonios se quedaron quietos de golpe, casi con miedo en sus ojos. Yo no comprendía por que, hasta que vi con más detenimiento mis manos. Estaban envueltas de unas raras llamaradas de color verdoso. Todo mi cuerpo estaba igual. Creí que había sido un ataque de algún demonio, pero las llamas no me quemaban ni me apresaban; además de que los demonios estaban tan confundidos como yo. Entonces, pestañe un momento, y lo siguiente que vi fue que me encontraba en un lugar diferente. Ante tan sorpresa, estuve a punto retroceder. Sin embargo, algo me impidió hacerlo, y no era la sensación de miedo paralizante. Me sentí extraño, de una forma difícil de describir. Aprovechando aquello, lance una mirada por la habitación, buscando algo de interés.

Vaya que lo encontré. Para empezar, estaba en un lugar completamente distinto del que hacía unos segundos me encontraba.  Estaba básicamente en un pozo. Las paredes de roca lisa se extendían hasta donde alcanzaba la vista y más. La oscuridad de arriba me impedía calcular el tamaño del pozo.  En realidad, el único motivo por el cual podía ver lo que me rodeaba era debido a una tenue luz roja que inundaba el área. También note algo peculiar sobre el suelo que pisaba: estaba cubierto de cadáveres. Cientos y cientos de cadáveres apilados unos sobre otros inundaban la zona. No sabía cuantos había, pero estaba seguro de que varios de ellos debían estar ahí desde hacia tiempos inmemorables. Había armaduras, espadas, escudos y otras armas de todas las formas y tamaños imaginables  que se encontraban esparcidas por el suelo. Algunas parecían bastante nuevas y de buena calidad, otras parecían oxidadas y carcomidas pro el paso de los años.

Lo siguiente que note fue que no estaba solo en aquel lúgubre y funesto lugar. Lo que más destacaba eran un ejército de esqueletos que se levantaban frente a mí. No podía calcular fácilmente su número, pues eran muchos y entre ellos destacaba un esqueleto flotante. Este esqueleto, muy diferente a los otros, flotaba en el aire a escasos centímetros del piso, iba vestido con una especie de túnica malgastada y llevaba un cetro en una mano y un orbe en la otra. Parecía ser él quien daba las órdenes a los esqueletos.

Por otra parte, también había entre los presentes un hombre de aspecto severo. Llevaba una extraña armadura de color negro rojizo bastante imponente. Cabe destacar que a este hombre le faltaba un brazo y además parecía estar dándole órdenes a otro grupo de esqueletos vivientes. Estos esqueletos del hombre parecían mucho más fuertes y mejor armados y preparados para la batalla que los del esqueleto flotante, quien probablemente fuera un liche.

Otro de los “seres vivos “era un engendro que parecía salido de las profundidades del bosque maldito. Literalmente tenia cabeza de pulo, con algunos tentáculos cortados. Sin duda su aspecto era espeluznante y me inquietaba la forma en que sus tentáculos se sacudían, pues parecían buscar algo que meterse a la boca. El siguiente miembro que observe fue un joven magullado, cortado y bastante herido como pocas veces había visto. Me daba mucha tristeza que un joven como él se hubiese visto envuelto en aquellas circunstancias, pero rápidamente me di cuenta de que no era un joven común  y de que si estaba entre muertos vivientes, magos, engendros y guerreros debía ser porque era igual o más letal que todos los que estaban allí. La siguiente en la lista fue una mujer de pelo gris, tal vez antaño bastante hermosa aunque ahora demacrada pro la vejes y por las grandes marcas que tenía su piel.  Poco después otro engendro llego a la zona, una criatura arrastrante cuyo rostro era la imagen misma de la locura. Además de eso no había mucho que destacar de dicho personaje peculiar. El siguiente fue un hombre de imponente musculatura con una gran cicatriz en forma de media luna y con su cara cubierta de vendajes cuyo color negro indicaba una gran pérdida de sangre en dichas zonas. También había entre los presentes un orco de grandes proporciones con una herida bastante grave en la cara; daba la impresión de que algo lo había arañado con fuerza.

Yo no paraba de preguntarme que hacia ahí. Estaba rodeados seres de todas las formas y tamaños, más entre todos podía distinguir una sola cosa: la sed de sangre. Se notaba por las apariencias de dichos sujetos que cada uno de los que ahí se encontraban sin importar el sexo, raza o estado mental, tenían ya experiencia quitando vidas. Yo no podía decir lo contrario, pero aun así me daba curiosidad toda la situación, mas mis dudas fueron descubiertas poco a poco. Un demonio de aspecto horripilante se presento ante todos. Debido a tal acto no pude evitar soltar una fuerte exclamación al igual que varios de los presentes, la cual fue seguida por una risa de parte del ejército de esqueletos. Pero su risa distaba de ser burlona. Era risa maligna en su máxima expresión, como si fuese una forma de expresar su locura. A mi aun me sorprendía mucho ver a un demonio entre nosotros y sentí tanta ira al verlo que casi quise abalanzarme sobre él. Por suerte un segundo antes de moverme me di cuenta de que con toda la repentina sorpresa se me había extraviado mi daga. No me quedo más que observar al demonio mientras hablaba, pues si había un demonio entre nosotros y aun no había sido atacado por nadie, significaba que algo importante debía decir.

Entonces, el humano que carecía de un brazo se acerco, pidiendo la palabra, cosa que el demonio pareció darle. La primera frase del humano me llamo la atención. Eso quería indicar que había un hombre debajo de la armadura de demonio. Muchas teorías sobre lo que pasaba inundaron mi mente. Ninguna parecía muy válida, así como muy inválida. El humano comenzó a dar un discurso, así como unas explicaciones. Al parecer el liche “Morial” quien era el esqueleto flotante de la esfera extraña, nos había llamado a aquel paramo olvidado de la mano de la luz para ayudar en una gran guerra contra los demonios. También aclaro que el demonio que le había cedido la palabra no era más que un humano  que también había sufrido. Después de eso, prosiguió con su animador discurso de guerra, terminando con la clásica pregunta de ¿SI o no? En otros tiempos habría levantado mi espada hacia el cielo, habría gritado que sí. Sin embargo no tenía ganas de gritar en aquellos momentos, solo esperaba la batalla, así que  me limite a asentir con la cabeza mientras miraba profundamente a los ojos del humano.

Después de eso, me puse a buscar entre los cadáveres algo que pudiera serme de utilidad. Me tomo bastante tiempo, pero finalmente pude encontrar un objeto destacable. Era una armadura de mithril completa. La llevaba un esqueleto cuya cabeza reposaba a centímetros de su cuello. Supuse que no la echaría de menos así que la quite y comencé a ponérmela. En orden de dificultad las botas y el casco fueron la parte más sencilla. Después de eso vinieron las grebas, las cuales costaron un poco más pero conseguí ponérmelas. Los pantalones tampoco presentaron mucha dificultad. Lo más molesto fue el peto. Tuve que ayudarme con mi brazo bueno para poder pasar mi hombro dislocado por los agujeros de la armadura y aun así sentí dolor en algunas ocasiones pero finalmente acabe con la armadura completa puesta.

Sin embargo mi búsqueda no cesó. Revolviendo los cadáveres de la zona encontré un par de cosas que me resultaron extrañamente familiares. Para empezar, encontré una pequeña daga que por algún motivo se me hacia familiar. Me llevo su tiempo, pero finalmente entendí porque me resultaba tan familiar: aquella era la misma daga que llevaba antes de ser capturado. No solo eso, sino que a pocos metros de donde la halle se encontraban también mi espada y mi kukri. No tenía ni idea de cómo mis posesiones habían llegado ahí, solo me digne a aprovecharlas. Afortunadamente la armadura tenia las fundas necesarias para guardar mis armas.

Lo siguiente que encontré fue algo bastante peculiar: un escudo. La forma de aquel escudo era idéntica a la de mi anterior escudo, pero este tenía una peculiaridad extra: estaba hecho completamente de metal. No parecía un metal cualquiera, parecía una aleación especial, como si fuese adamantio. Decidí no preocuparme mucho por los detalles y solo recogerlo por si las dudas.

Una vez reunidas ya las armas necesarias para presentar batalla, simplemente me puse a caminar por el lugar mientras pensaba en varias cosas como mi situación actual. Aquel hombre extraño y carente de brazo me resultaba extrañamente familiar; mas no como un conocido, sino como alguien cuya descripción hubiese escuchado ya antes. Estuve pensando un buen rato sobre aquel asunto sin encontrar respuestas. Finalmente cuando estuve a punto de rendirme, encontré la verdad; aquel hombre no era otro que Khaelos Kohlheim. Había escuchado varias veces su nombre durante mi larga estadía en Zakhesh y aunque jamás le había visto, si había escuchado descripciones de su persona infinidad de veces. Sin embargo jamás habían mencionado que carecía de un brazo.

En lo que todas las versiones coincidían era en que Khaelos era un poderoso mago nigromante. Sabía que la nigromancia tenía más que ver con levantar a los muertos que con curar heridas, pero tenía que arriesgarme. Me acerque hacia él como si fuese un desconocido, cosa que en realidad era. Cuando estuve a sus espaldas, le llame la atención- Disculpe….señor Kolheim- No sabía cómo dirigirme a un miembro de la realeza zakheshiana, así que dije lo que me vino a la mente y espere que funcionase.- He oído mucho de usted; dicen que es un gran mago. Quería saber si es posible que me brindara su ayuda para sanar mi hombro malherido. –Dicho eso, no pude evitar observar su brazo faltante-Entiendo que el hecho de pedirle a ayuda para curar un hombro a alguien que carece de un brazo es de lo más estúpida, pero esperaba que con su magia pudiese hacer algo para sanarlo. En todo caso disculpe mi ignorancia, se de guerra, espadas y escudos pero en cuestiones mágicas la verdad no se absolutamente nada.- Esperaba que mi ignorancia sobre las artes de la nigromancia no ofendiera al Conde Nigromante. Lo último que quería en aquel oscuro basurero era ganarme la enemistad de alguien, principalmente por el hecho de que pelearía junto a ese alguien por quien sabe cuánto tiempo.
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Loreley el Mar Ago 20, 2013 11:36 am

Muerde el hueso, chupa el tuétano. Muerde el hueso, chupa el tuétano. Pasé mi lengua por mis labios empapados en rojo y le dirigí una mirada al hombre que hasta ese momento había sido el dueño del brazo que ahora yo mordía. Le sonreí. Sus ojos se agrandaron aun más, vidriosos de miedo.

Me gustaba ese hombre, el "Eleazar" de ese día. Oh, no era Eleazar por supuesto, ojalá lo fuera... tan solo era un sujeto de pruebas, un ensayo, un entrenamiento de lo que le haría a él si alguna vez llegaba hasta mi... pero me encantaba. Era alto y fuerte, y contaba con un rostro apuesto. Su piel aun conservaba un bonito tono tostado y sus músculos lo delataban como un guerrero experimentado... uno que ahora sangraba por el muñón abierto en su codo y gritaba. ¡Y como gritaba! ¡Y lloraba! ¡Y suplicaba! Ya no había rastro del desdén y la altanería con la que me había recibido al ver que era una mujer y no un engendro.

Ojalá fuera Eleazar. No lo era, una pena, pero siempre podía echarle imaginación.

Dejé caer lo que quedaba del brazo amputado al suelo y volví a tomar mi navaja curva. Su cara era bonita, incluso más que la de Eleazar, demasiado para que acabara hecha pedazos bajo los puños de alguno de los demonios, así que la conservaría. No podía quedarme con toda la cabeza, no... no podría esconderla y me la quitarían. Pero la piel... eso era fácil de esconder. Solo tenía que cortar con cuidado justo bajo la superficie e ir raspando con suavidad para que fuera soltándose de su carne con pequeños tirones. La ocultaría entre los pliegues de mis ropas y luego encontraría una roca grande en la que colocarla, una redonda que me sirviera de cráneo.

-¡Hembra!

Me quedé rígida, inmovilizada y con el cuchillo a punto de abrir una línea roja bajo la barbilla de mi "Eleazar". Mi maestro, y mi torturador, entró en la sala y me agarró de los cabellos de forma dolorosa. Cerré los ojos con fuerza, pero no grité. El me agitó con brusquedad hasta que volví a abrirlos y lo miré. Me golpeó con violencia en el rostro, usando la mano amputada de aquel hombre.

-¡Sucia perra! ¡¡Mira lo que has hecho!! Acaba de llegar y ya lo has matado desangrado.

Dirigí mi mirada hacia el cuerpo del hombre, al que ya no le quedaban fuerzas para luchar o gritar y que tan solo gemía retorciéndose en sus ligaduras. Lo cierto es que no tenía buen aspecto. Ese día estaba algo despistada, distraída con recuerdos troceados y sueños sobre trocear, y había olvidado la norma más importante de todas: no había que matarlos, el sufrimiento debía prolongarse.

Cuando ese maldito hombre se dio por vencido y expiró su último aliento, supe que ese iba a ser uno de esos días. No había nada que enfureciera más a los demonios que perder una victima... y no había nada que los desfogara tanto como...

Empecé a patalear cuando me arrastró por el suelo. No me importaba si me arrancaba el pelo, podía quedarse con todo mi cuero cabelludo si así lo deseaba pero no volvería a pasar por lo mismo de nuevo, no al menos sin luchar. El problema es que a él no le gustaban las dóciles... y cuanto más me resistía yo más se relamía el.

Sentí el frío duro cuando enrolló una cadena en mi cuello y abrí la boca con un gemido asfixiado cuando me levantó y me dejó colgando de ella. Moví mis pies en el aire y arañé mi cuello tratando en vano de agarrar mi soga de metal. Parpadeé cuando se me empezó a nublar la vista. Sabía lo que vendría después. No me mataría, oh no, eso rompería la primera regla, pero no me soltaría hasta que estuviera más allá que acá, demasiado débil para defenderme.

De pronto unas llamas verdes cubrieron mi desenfocado campo de visión. Por unos segundos creí que el bastardo me había prendido fuego, pero no sentí dolor. La cadena desapareció de mi cuello y caí al suelo, derrumbándome panza abajo todo lo larga que era.

Eché un vistazo alrededor, no reconocía el lugar donde estaba. Oh, espera, sí. Era el vertedero, donde tiraban toda la mierda que ya no les servía. ¿Me habrían tirado a mi? ¿Significaba eso que podía irme? Una ancha sonrisa se dibujó en mi rostro. Significara lo que significara, me había librado de la lujuria de mi Maestro Torturador.... al menos de momento.... y eso lo debía de haber enfurecido taaaaanto.....

No muy lejos escuchaba voces, voces desconocidas que no podía entender bien. ¿Qué estaba cociéndose aquí? En mitad de la oscuridad me arrastré en dirección a las voces, y cuando llegué hasta la tenue luz que iluminaba la zona me levanté lentamente, de forma insegura. Me tambaleé, sin equilibrio, pero logré estabilizarme. Mis pies me sostendrían.

Había más personas allí, parecía una extraña reunión. Algunas salían de entre las sombras como debía de haberlo hecho yo, otras simplemente estaban de pie parados, otros estaban en los huesos, y otro... se dedicaba a flotar por encima de nuestras cabezas. Un tipo lleno de vendajes llamó mi atención al resultarme familiar... ¿no era aquel tipo al que le había bañado la cara en ácido un par de veces? Una experiencia enriquecedora pero peligrosa por culpa de los salpicones.

Algo enorme se movió hacia el centro de la sala.

-Todos ustedes…

Grité, señalándolo confusa. Era un enorme demonio embutido en una sólida armadura que casi parecía formar parte de el, como una segunda piel. Tal vez no me había librado de mi sesión diaria después de todo... Las risas resonaron contra las paredes de piedra y tardé en darme cuenta de que no estaban solo en mi cabeza. Los esqueletos reían... y el tipo flotante también reía. ¿Se reían de mi? Me sentí furiosa.

Les arrancaría la columna vertebral.

Casi sin darme cuenta me uní a sus risas, con unas carcajadas furiosas, hasta que me interrumpió la voz del hombre que se hallaba junto al demonio. Habló de tortura, de muerte, de sufrimiento... y de venganza. Guerra. El demonio no era tal al parecer.... suponiendo que dijera la verdad, lo cual era mucho suponer. Pero me interesaba eso de la venganza y de pagarles con la misma moneda. Ojo por ojo. Diente por diente. Corazón por corazón. Y ese Axelier, demonio o no, parecía fuerte. Alguien al que convenía más tener como aliado que como enemigo, alguien al que se le podía sacar partido.

Di un paso para avanzar y pisé algo punzante. Retrocedí, ignorando el dolor de mi pie y me arrodillé para examinar el suelo en el que me encontraba, compuesto por entero de basura y desechos. Entre ellos había un regalo. Oh, si, uno para mi. La reconocí, ¿como no hacerlo? ¿Por que la habían tirado? Aparté la mierda de su alrededor y la tomé entre mis manos. Su metal oxidado era áspero, tal como recordaba. Era la espada que me habían ofrecido la última vez que esos pequeños monstruitos rompieron mi cuerpo para abrirse paso hasta este mundo. Y aun tenía sangre seca. Un arma perfecta para la guerra, mucho mejor que los enseres de tortura que portaba en ese momento... aunque tampoco había que menospreciarlos.

Arrastrando la oxidada espada tras de mi, provocando un chirrido del metal contra la piedra y dejando una huella de sangre a mi paso, me acerqué al que pretendía agradar. Alcé la cabeza para mirar al enorme demonio.... o humano, según el hombre blanco, y le dediqué una sonrisa que esperaba que fuera hermosa.

-Ocho años... ¿ocho años ya?-dije con dulzura.- Se me han pasado volando... ¿y a ti?-Rompí a reír de nuevo y le miré ensanchando la sonrisa- Ocho años aprendiendo el dolor, enseñados por los mejores. ¿Por qué no subimos y los dejamos impresionados?



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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Lun Nov 25, 2013 4:36 am

Danza de fuego

Hubo un tiempo en el que la luz del fuego era recibida en forma de bendición y guía para los peregrinos y monjes que conformaban el culto del Alba Roja. Un tiempo en el que el fuego provenía de sus corazones y de su fuerza vital. Un tiempo de paz que comenzaba al alba de un nuevo año y no culminaba jamás, si no que se renovaba con el paso del tiempo. Un tiempo en el que “fuego” significaba “vida”. Hubo un tiempo. Lo hubo en verdad.

Ahora el fuego tiene un significado completamente diferente. El fuego del monasterio solo presagia pérdida y maldad. Ya no es fuego de vida y creación, si no de muerte y destrucción. Fuego es el elemento del que nacen los desgraciados seres que colmaron con sangre y pena los muros antaño sagrados. Fuego, fuego es lo que ahora se extiende a través de los muros de las Catacumbas custodiadas eternamente por los muertos que le rendían culto en su tiempo.

Sin embargo, no han cambiado mucho las cosas. Pues este es el mismo fuego al que los monjes ciegamente adoraban. Engañados por un ser de los Nueve Infiernos, los Monjes del Alba Roja siempre alabaron al fuego en su más puro estado. Solo estaban equivocados en una cosa. Su error fue pensar que el fuego era celestial cuando siempre se ha sabido que es del fuego donde nacen los demonios más terribles.

Doscientos años han transcurrido desde la afrenta y la traición. Doscientos años de insomnio en el limbo, entre la muerte y lo que sea que le siga. Doscientos años de espera que habían culminado de la misma manera en que habían comenzado: Con fuego.

Era hora de la retribución de los muertos. Un baile marcial en honor al fuego que los había visto caer y que ahora los levantaba devuelta a las armas.

======

II
CARNE

La guerra había estallado finalmente al interior de Las Catacumbas, tal como Morial lo había anunciado con anterioridad.

Hordas de demonios desquiciados, al ver que la protección del Orbe de la Santa Muerte había desaparecido por completo, invadieron sin demora los pasillos inferiores del Monasterio con una histeria sin sentido. Cada uno esperando saquear cualquier riqueza o reliquia que los monjes hubiesen oculto en las profundidades. Sin embargo no fueron riquezas si no golpes y patadas lo que encontraron al interior.

Antaño, los Monjes del Alba Roja no solo eran reconocidos por su fanatismo y sus excéntricas formas de vida. Los Monjes del Alba Roja también eran conocidos como una secta de guerreros marciales tan poderosos como cualquier ejército de los grandes reinos. Poseedores de las técnicas ancestrales del “Boethïen”, Los Monjes del Alba Roja no temían a nada ni a nadie. Sus puños partían armaduras del metal más duro. Sus pies destrozaban el suelo al caminar. Sus cabezas eran tan duras como el adamantino y sus mentes tan afiladas como la mejor de las espadas.

La avanzadilla de demonios que iniciara la conquista pronto descubrió que las profundidades debieron permanecer selladas por toda la eternidad.

ES MOMENTO – Anunció el Liche mientras vislumbraba a los mortales reunidos ante él. Las carcajadas del centenar de no muertos seguían sonando al unísono que las del propio nigromante quien no pudo más que contener un poco la risa antes de continuar hablando – ¡YA VIENE EL FUEGO POR VOSOTROS!

Todos los prisioneros reunidos ahí elevaron las miradas hacia el cielo empañado por el rojo sangre, como si la luz enrojeciera la cuenca tal se derramara a través de una herida oscura. No habían terminado de reconocerse y hablar cuando un pilar de fuego infernal fulminara a cuatro esqueletos del Liche, desapareciendo segundos después, dejando tras de sí solo una estela de humo y la marca del rojo vivo en el suelo de piedra enmohecida. Y de los esqueletos, ni un solo rastro.

Así que… ¿esto es el fuego del infierno?… ― Ensimismado, Axelier contempló el pilar de fuego sin inmutarse ante la imponente escena. Sin pestañear, desvió su mirada hacia la extraña mujer que, anteriormente, le había dedicado una sonrisa y quien había dejado una pregunta en el aire y que ahora parecía perpleja y un poco confundida – ...No será necesario mujer.

No habían pasado ni cinco segundos, cuando un par de pilares de fuego impactaran con tremenda potencia en el fondo del foso. Diez esqueletos más habían desaparecido sin dejar rastro, pero nadie pudo siquiera cerciorarse pues, en el cielo, una serie innumerable de manchas incandescentes iluminaron la oscuridad con calor y poder.

Los primeros en apartarse, en un intento por evadir las llamaradas, fueron el muchacho de ojos vivales y el soldado a las órdenes del Kohlheim. Sin embargo sus movimientos fueron torpes, y nada pudieron hacer para evitar el fuego.

El caos se hizo presente en todos menos el paladín caído, quien parecía estar en su elemento, la mujer demente, seguramente por la locura que la invadía y que no le dejaba discernir la verdadera naturaleza de la situación en la que se había visto envuelta, y Morial, quien parecía disfrutar con demasía la situación y lo que se cernía sobre ellos.

NO HAY NADA QUE HACER MORTALES, ESTE NO ES UN FUEGO DEL QUE SE PUEDA ESCAPAR… JA-JA-JA – Sus palabras resonaron en la fosa al momento en que uno de los pilares de fuego lo golpeaba directamente, desintegrándolo por completo a él junto con los cientos de no muertos a sus órdenes. La presencia de Morial Griscount desapareció por completo.

Khaelos intentaría aferrarse al antebrazo de su consanguínea, sin embargo un potente haz de fuego cayó justo frente a él haciéndolos volar por los aires. Fue el orco quién amortiguara la caída del conde nigromante mientras que, al otro lado de la estancia, Eresea era consumida por el fuego justo antes de que esta tocara el suelo.

Las palabras de Morial eran ciertas. No había absolutamente nada que hacer.

― No te preocupes Khaelos… ella no murió, ni nosotros lo haremos – Dijo el paladín caído mientras desviaba su mirada ensangrentada hacia el rostro desesperado de su compañero. Axelier volvió la mirada hacia el cielo y cerró los ojos mientras sentía como la enloquecida mujer se pegaba a él. Un gran pilar de fuego cayó sobre el paladín y Lorelei, quienes visiblemente fueron calcinados hasta desaparecer por completo.

Un segundo pilar de fuego hizo explosión en el suelo, incinerando a Farimir en un instante junto con Zyrxog y dos de los tumularios bajo el control del Kohlheim. Por último, y desprovistos de opciones, Khaelos, los tumularios restantes que le protegían, y el enorme guerrero orco fueron alcanzados y calcinados por un gran pilar de fuego intenso.

Una vez que el fuego los alcanzó, cada quien logró sentir el vértigo y la desesperanza de morir calcinado. En un instante, cada uno de ellos logró ver como su piel se desprendía del hueso para desaparecer tras un olor a carne quemada. El hueso desaparecía instantes después, dando paso a cenizas y a un dolor imperceptible. Un dolor tan intenso e instantáneo que simplemente no se sentía con el cuerpo, si no con la mente.


La oscuridad desapareció tan pronto como había aparecido ante ambos cautivos. Pero la escena que les esperaba era incluso peor de lo que imaginaban, y mejor de lo que cualquier otro en sus condiciones mentales podría haber esperado. El acero del paladín caído en pieles demoníacas surcó el cielo casi de forma involuntaria, pasando tan cerca de la cabeza de Lorelei que logró cortarle un buen mechón de cabello enredado.

― De pie mujer, aquí a nadie le interesa si estas cuerda o no... la cordura a abandonado estas tierras.

Tan frío como ya se volvía una costumbre, Axelier le dirigió la palabra a la maníaca que había sido transportada a su lado mientras este sacaba su espada del interior de las entrañas de un demonio alado con la misma complexión de la mujer, pero diez veces más temible y veinte veces más muerto.

El cielo era humo y fuego. Seres alados volaban y chocaban unos contra otros, peleando y desgarrándose la piel con espadas y colmillos. El suelo era sangre y tierra quemada. Cadáveres de innumerables demonios yacían inertes sobre cientos de víctimas mortales, fallecidas tiempo ha. Demonios peleando contra demonios. Unos tan grandes como un árbol mientras que otros pequeños como lo sería un niño, pero no menos temibles. Las ruinas de una torre de vigilancia a las espaldas de la pareja servían de tumba a una gran cantidad de bestias demoníacas que habían combatido y se habían destripado entre sí.

Todo era ya bastante caótico en el monasterio, pero el hecho de ver que los demonios se peleaban entre sí en una encarnizada batalla a muerte era algo que sobrepasaba las expectativas.

¡Gok Zorresh! – Gritó Axelier, haciendo que dos temibles demonios volcaran la atención sobre él. Los demonios no poseían alas, pero tenían tantas púas alrededor del cuerpo que más parecían puercoespines esbeltos. Las palabras, y el aspecto de Axelier, lograron hacer que los demonios se detuvieran a pensar un poco en lo que ocurría. Como era de esperarse, ambos embistieron, enrabiados.

Haciendo gala de su nueva fuerza, y la energía demoníaca que invadía el ambiente y sus propias venas, el paladín comenzaría su lucha contra estos dos seres con ningún objetivo en particular. No deseaba llegar a la Abadía, al centro del campo de batalla. Sabía que al interior de ella se encontraba el acceso a los demás niveles inferiores del Monasterio. Tampoco tenía la intención de llegar hasta el portón principal de la muralla, la cual lograba divisar a apenas quinientos metros de distancia. Por un momento lo consideró, igualmente, pero su mano estaba guiada por una necesidad de venganza tal que superaba su necesidad de libertad.

El humano que caminaba un sendero peligroso solo quería pelear, y el clamor de la batalla que rugía ante él le llamaba como una madre a un hijo. No le importaba nada más.


Khaelos y John, el guerrero de sangre orca, habrían de aparecer en un punto tan conocido como odiado por ambos. A su alrededor solo habían cadenas, calderas, hierros al rojo vivo y una gran cantidad de hombres, mujeres y niños encadenados a planchas de metal ardientes. Sus gritos de dolor eran desgarradores y ensordecedores. La mayoría tenían las entrañas fuera del cuerpo mientras otros permanecían suspendidos del suelo con cadenas que mantenían unidas las extremidades semiamputadas de los desgraciados que ahí se congregaban. No había rastros de otros demonios en el lugar, lo cual solo significaba una cosa: un recinto de alguien de cierta jerarquía.

¡AHHHH! … ¡KROZ VALÜMA, NEK ROKK! – Una voz retumbó en el recinto mientras un enorme demonio entraba al lugar desde una habitación trasera. Se trataba del mismísimo Carnicero, aquel que colmara de tortura y sufrimiento a Axelier y Khaelos durante tantos años. Y el mismo, cuyos vasallos ordenaba a la hora de torturar al orco que ya comenzaba a desvariar – KOHEIM, ET OOK… ¿¡VOZZA NÜKK OTI NAZEK!?

El Carnicero era incluso más horrible de cómo lo recordaban. La horrenda herida de su estómago estaba abierta y atravesaba el estómago del engendro de este a oeste, dejando a la vista sus negras entrañas y un hedor a podredumbre tan increíble que costaba respirar si sentir náuseas y mareo. Llevaba, clavada en el hombro derecho, un espadón con filo aserrado tan temible que podría partir en dos a una vaca en una sola repetición. Su rostro estaba tan golpeado y arañado que, al hablar, no era posible discernir entre su boca y los trozos de piel que le colgaban del rostro, dejando entre ver parte del cráneo y musculatura.

El Carnicero mantenía una enorme hacha de carnicero, de dos hombres de altura y un filo de al menos seis pies de anchura, mientras esperaba expectante a sus nuevos huéspedes. El demonio tenía curiosidad y sentía diversión y una clara ausencia de dolor, además de irradiar un odio tan irracional que pondría a temblar incluso a los muertos… Cosa que el nigromante comprobó enseguida, al sentir la duda en sus fieles vasallos.

Zyrxog y Farimir se encontraron rodeados de oscuridad y un aura tan agradable para uno como nauseabundo para el otro. Olía a muerte y putrefacción.

La habitación era tan oscura que le era imposible ver más allá de dos pies de distancia incluso con la visión adaptada a tales condiciones que poseía el engendro. La oscuridad no era natural, si no mágica. No había rastro de energía demoníaca ni la presencia de sus efímeros compañeros de encierro. No había puertas ni salidas. No había fuego, aunque esto último no estaba nada mal para variar.

Lo que si había en esa habitación era oscuridad y un silencio ensordecedor. Un silencio tal, que hacía que sus tímpanos vibraran con cada latido y con cada pisada seca. Al menos así fue durante pocos minutos, mientras exploraban la oscuridad.

Un constante goteo comenzó a tomar fuerza mientras la oscuridad disminuía y la habitación comenzaba a mostrar sus verdaderos colores. Colores rojos, de carne sin piel tapizando las paredes, el techo y todo el suelo. Una habitación de más de trescientos metros cuadrados cubierta por carne y órganos, y torsos humanos y extremidades y rostros sin descanso que comenzaban sus gemidos y quejidos conforme la habitación se iluminaba por completo a partir de una fuente de luz desconocida e intangible.

El engendro y el hombre estaban en peligro, más el segundo que el primero, teniendo en cuenta sus naturalezas. Ninguno de los dos reconocían la fuente, pero sabían que algo ahí les acechaba. La atención se fue rápidamente al techo, de donde comenzaron a caer cadáveres mutilados como si lloviera perdición del cielo.

Uno a uno, los cadáveres brotaban del techo y las paredes como agua a través de un pañuelo, precipitándose en caída libre hacia el suelo. Vivían y gemían mientras caían hasta el momento en  que sus cuerpos se destrozaban y quedaban aplastados por el impacto, uniendo sus entrañas y su sangre al ya enrojecido y encarnizado suelo de la habitación.

Lo único que resaltaba en la habitación de carne era el pilar del centro de la habitación. Un pilar destrozado, que más parecía un pedestal. Fuera de eso, y de la lluvia interminable de cadáveres, nada más.


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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Zyrxog el Dom Dic 01, 2013 4:19 am

Vida y muerte
Sufrimiento y felicidad
Alegría y tristeza
Nada de eso importa
Cuando te consume un único sentimiento
Cuando te consume el odio y nada más
Somos el reflejo de nuestras ansias
Ya sean oscuras o bellas
Somos lo que nosotros creamos
Consumidos por los deseos y anhelos

Christian Chacana 30 de noviembre de 2013

Los pecados del pasado volverán para consumir el presente de los mortales, mientras que los inmortales no tendrán un futuro por sus crueles actos. Así dictan las leyes de la vida, así mismo seria dictado el fin de la bestia, de la abominación, de la aberración que ahora se encontraba famélica, con el estomago ardiendo por el hambre, el cuerpo adolorido pro la tortura y la pierna destrozada, que seguiría doliendo hasta el ultimo día de su nefasta vida.

La criatura debió de obligarse a utilizar el artilugio en su poder, alzando un cadáver de los cientos que existían, el alzado aprecia “enfermo”,  mas no en el sentido de la palabra mortal, si no como lo dirían los poderosos nigromantes, era un alzado débil, frágil, sin fuerzas o poder, mas lo suficientemente útil como para que la abominación pudiera levantarse, su pierna dolía, y lo había hecho durante días y noches, sin parar, el hueso lo resentía, la carne lo sufría, como un recordatorio de su debilidad, de su inferioridad, de su similitud con aquellos seres que despreciaba con toda su “alma” o lo que quedaba de ella, su lánguido espíritu, que aun se debatía entre el odio perpetuo y su propia existencia.

A lo lejos el fuego comenzó a surgir, el liche, la esencia pura de la muerte representada en un cadáver antiguo, pareció decir algo, antes de ser engullido por las llamas y desaparecer, al igual que los alzados que le servían, de la misma forma, uno a uno de los inferiores presentes fueron devorados por las  llamas. Antes de poder hacer algo para defenderse, el nigromante horige fue envuelto en llamas. Dando un grito ahogado, sintió como la piel se le desprendía de sus huesos, como la carne era calcinada y sus huesos quemados, sintió dolor, sintió agonía y sufrimiento, pero no de la misma forma que la que le habían otorgado los demonios, no, esta era más sutil, a pesar de la grotesca apariencia.

Lentamente, la aberración abrió sus ojos, mientras sentía algo viscoso y nauseabundo que el rodeaba, sentía aquel aroma tan conocido, aroma que el mismo había desprendido tras largas torturas, el aroma a la descomposición, a la podredumbre de la carne. Con dificultad  se arrodillo en el suelo, el solo doblar su pierna hizo que sus tentáculos o por lo menos los que aun estaban pegados a su rostro, se movieran violentamente, demostrando el agudo dolor que había cruzado su espina dorsal. Mientras sus ojos intentaban acostumbrarse a la penumbra, sintió nuevamente aquella punzada en el estomago, aquel ardor que durante días no le había dejado conciliar los pocos instantes de sueño que el permitían sus torturadores, el dolor y ardor del hambre. Más con cada instante, la habitación parecía iluminarse más y más, como si el goteo audible, disipara las sombras que le envolvían. En aquel momento se dio cuenta que a su lado estaba uno de los inferiores, uno que no conocía y no era que tuviera mucha simpatía con aquel inferior nigromante, pero sabía que en su estado, hubiera sido útil claramente.  

La aberración se coloco en pie, no sin dificultades, la pierna dolía y aun así aguantaba el dolor, con algunas muestras de molestia o claro dolor. Mirando hacia cada rincón de ese lugar, la aberración noto la muerte que le rodeaba, muerte que aunque era enfermiza y nauseabunda, para el era el tan apreciado alimento que anhelaba su alma, su espíritu, su magia, magia profanada, magia impía y despreciable, se alimentaba del dolor ajeno, del sufrimiento que le rodeaba, de la muerte que como una panacea, hacia que el dolor de su pierna se olvidara lentamente, y le llenaba lentamente su vida, su alma, su espíritu. En ese momento se escucho el primer golpe, un cadáver cayó al suelo el cual aprecia un amasijo de entrañas, carne y rostros que gritaban en un coro que solamente los demonios podrían haber apreciado… y una abominación que se deleitaba con aquella cacofonía de voces que se unían en un único gemido sin fin. Fue cuando vio caer algo que reconocía, a pocos centímetros, cayó un cuerpo, parecía de un hombre, su cuerpo no solo estaba mutilado, si no claramente destrozado, mas había algo que estaba a su alcance, algo útil para la bestia, una cabeza humana… ¿una cabeza? Uno puede preguntarse, algo que nadie quisiera tener cerca y aun menos en aquel ambiente, pero para la abominación, para ese ser despreciable y nauseabundo,  era un festín, tan suculento como el mejor caviar existente. Estirando su mano, atrapo los cabellos de aquella cabeza y sin preocuparse por los deseos o acciones del inferior, la llevo hasta su boca, el cráneo fue rápidamente roído, cual rata ansiosa del suculento tuétano de los huesos y con ansias voraces y famélicas, comenzó a introducir los tentáculos en esa cavidad craneal, para extraer el apetitoso cerebro y llevarlo a  su boca, donde era consumido, con desesperación, con voracidad y anhelo. Aquel alimento, aquel órgano, ya frio, ya muerto, parecía tan desagradable, pero era lo que pedía a gritos el estomago de la bestia, con cada bocado, su cuerpo lentamente se recuperaba, con cada bocado, parecía que su deseo de venganza y desprecio, se avivaba, de la misma forma que la leña nueva reanima las brasas.

Con cada bocado, dejaba ver más sus deseos, ya que una vez que el cráneo quedo vacio, tomo el que se encontraba más cerca de sus manos y sin importar si era mujer, hombre o niño, roía y roía, aun cuando algunos gritaban y aullaban antes de morir … tenía hambre, hambre que lentamente era saciada. Pero la bestia no era idiota, y a pesar de alimentarse, siempre evitando los cadáveres muy viejos o en descomposición, permanecía alerta, sin despegar los ojos de aquel pilar u altar, si la sensación de peligro era más que notorio, con cada bocado podía sentirla crecer también.




Patetico  Invitado no eres mas que un inferior ... una alimaña que deberia de pisar con mi pie


I Eat Your Brain Muajaja




Llevo varios cadaveres a mis espaldas: Rue, Elena, Aleria, Jack Cross, Erik, Fayt Reeden, Malblung Anwarünya, Lairë Tinúviel, Naerys, Björki Gotriksson, Sheoldred, Silence, Ferenec, Iosif, Tuxy, Light Yagami, Vanegan, Jarko, Hans Stoker ... quizas el proximo seas tu Invitado
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