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Las Puertas de Ghazrüll

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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Dom Dic 01, 2013 5:45 am

Varios eran aquellos a los que conocía en aquella sala, y verles a todos reunidos era una mezcla agridulce de emociones que no sabía muy bien cómo sobrellevar. Sí, estaban conmigo pero, ¿a cambio de qué? De haber sufrido los dioses saben cuánto tiempo. La poca humanidad que me quedara en aquellos momentos era lo que hacía que aún pudiera sentir algo de pena y tristeza por aquello... Y no el pensamiento de que por lo menos habría más carne de cañón para nosotros. Notaba como aquél sitio me había cambiado en cierta manera y todavía no sabía si debía alegrarme de aquél aumento de mi sentido de la supervivencia o si horrorizarme por saber que, al menos ahí abajo, me sería difícil encargarme de alguien que no fuera yo mismo, y aún con todo sentía cierta inclinación a preocuparme antes por Axelier que por los demás. Al fin y al cabo, Eressea siempre decía que estaría a mi lado pero bien que corrió, aunque no le sirviera de nada. Dalahak se suponía que era mi guardaespaldas... ¿Y llegaba tarde otra vez más? Y otra pregunta me surgía, ¿dos resurrecciones? ¿No había muerto en el Túmulo? Mi mente estaba demasiado aturdida ya como para pensar en algo coherente respecto a aquello. Negué con la cabeza y decidí restarle importancia, escuchando las palabras de Dalahak que me hicieron sonreír. Jones se pronunció, diciendo que él ya había abandonado el recinto. Alzando una ceja solo respondí: -Al parecer el precio por salir de aquí será la cordura de todos si es que alguno la ha conservado alguna vez...- Zyrxog fue el siguiente en pronunciarse, y mi única respuesta fue mirar a los ojos de la abominación con comprensión. Si había habido algún momento en que pudiera entender una ínfima parte de los inescrutables pensamientos del nigromante, era aquél. Todos teníamos deudas de sangre pendientes con los demonios.

Cuando el hombre de piel oscura se me acercó a pedirme ayuda diciendo que me conocía y demás, no pude evitar alzar una ceja, sin acabar de entender que incluso ahí abajo la fama pudiera servir para algo... Aunque fuera para que me pidieran favores. No tenía problema en ayudarle, aunque sabía que poco podría hacer con un solo brazo, pero antes de poder hacer nada escuché a Morial hablar. Sus palabras no me dieron buena espina para nada... ¿Ya venía el fuego a por nosotros? ¿Qué quería decir? Aparté la mirada y la alcé hacia lo que sería el cielo del sitio... Y entonces entendí. La luz roja que brillaba a lo lejos en la bóveda pronto se tornó un pilar de fuego que fulminó cuatro esqueletos de golpe, haciéndolos desaparecer del todo. Apreté con fuerza la espada y tensé la mandíbula, queriendo comprender qué demonios estaba pasando ahí y si, por lo menos, íbamos a tener una oportunidad de luchar. No parecía que mis deseos fueran correspondidos y aquello me desconcertaba, me inquietaba y, sobre todo, me enfurecía. Sin embargo, con tantas cosas extrañas que habían pasado ahí... ¿Quién sabía si aquello al final iba a ser realmente malo? Ni idea, pero mi instinto no me permitía relajarme.

Me aparté justo a tiempo para evitar un rayo de fuego que calcinó a Dalahak y al muchacho, siendo tal mi sorpresa que ni siquiera llegué a decir nada, sencillamente mirar el vacío con cara de total incomprensión. Morial disfrutaba de aquello, Axelier parecía estar en su terreno, y la mujer que se le había acercado con evidente aspecto de no estar bien de la cabeza, aunque... ¿Alguien lo estaba allí? ¿Y por qué demonios se me antojaba apetecible? Ocho años no pasan sin dejar huella para nadie, supongo... Mis pensamientos fueron desviados inmediatamente al liche cuando éste habló y, carcajeándose, recibió el impacto de uno de aquellos pilares llameantes. Tenía la respiración agitada, estaba nervioso, ¿¡qué demonios pasaba ahí abajo!? ¿Aquél escape había sido en balde o ahí actuaban otras fuerzas? Necesitaba respuestas... Pero en su lugar solo recibí un haz de fuego cuando intenté agarrarme al antebrazo de Eressea, desapareciendo ella mientras yo salía volando, impactando contra Jones y dejaba escapar una frase gritada que mostraba bien mis sentimientos: -¿¡Qué demonios está pasando!? ¿¡Qué les está pasando a los demás!?- Fue entonces cuando Axelier habló, cruzándose nuestras miradas. ¿Ella no había muerto? ¿Nosotros no lo habíamos hecho? No pude preguntarle pues tanto la mujer como él fueron alcanzados. Sin embargo, finalmente cuando alcé la vista al cielo entendí. Fuego que no mataba y que hacía desaparecer... ¿Como el fuego que Morial había lanzado sobre el paladín caído y sobre mí para transportarnos ahí abajo?

Las llamas me consumieron en apenas un instante que se me antojó el más largo de toda mi vida, más incluso que el minuto que llegó a durar la calcinación que sufrí en el brazo y que había acabado por dejarme tullido. Si lograba sobrevivir al desafío que fuera que me esperara, buscaría alguna forma de implantarme alguno, pues candidatos en aquél monasterio cuyo brazo ya no les fuera necesario abundaban. Seguramente debería encontrar nuevas formas de canalizar mi esencia, aunque eso me reclamara tiempo que no sabía si poseería. Aquello lo pensé después, pues en el momento del transporte solo pude pensar en que maldecía al bastardo que lo había hecho tan doloroso.

Aparecimos Jones y yo junto a mis Tumularios en una sala que conocía demasiado bien. Cadenas, calderas, hierros al rojo, y en especial muchísima gente todavía viva que gritaba de dolor al estar encadenados a planchas de hierro ardiente. En otro tiempo habría sentido pena por ellos. En aquellos momentos no pude evitar sonreír al no contarme yo entre ellos. Del techo colgaban cadenas de las cuales muchas terminaban en garfios, y la sangre que los salpicaba me traía recuerdos. A veces, a aquellos prisioneros que nos rebelábamos contra los captores pero les causábamos demasiado gracia como para sencillamente clavarnos a las planchas, nos dejaban colgando de ellos... Con el garfio enterrado en la carne. Yo tuve suerte. Algunos de los que había visto ahí enganchados no podían volver a andar o a mover los brazos tras dañárseles la columna. Sin duda, no había sido de los que peor había acabado, a juzgar por todas las torturas que había llegado a ver allí. Mi espalda era testimonio de que los látigos y los cadenazos eran de lo más tenue que podían infligir los demonios. No pocas eran las marcas de quemaduras, y en mis omóplatos se veían las cicatrices dejadas por dos ganchos. Les había resultado demasiado divertido como para darse prisa conmigo... E iban a pagar por ello.

La sala de torturas, sin embargo, no era solo aquello si no también forja. Los prisioneros que ya no les servían y que los demonios no usaban como alimento eran utilitzados como material de forja, y como nigromante sabía bien el por qué. Muchas son las formas de obtener equipo cuyo poder sea también mágico, pese a que runas, encantamientos y bendiciones o maldiciones divinas sean las conocidas. Una de ellas es, precisamente, usar almas y sangre. Y los demonios conocían bien aquello. Obviamente, aquello hacía que la forja no fuera muy usada en cuestiones armamentísticas. Al fin y al cabo, ¿para qué iban a forjar algo de calidad para simples lacayos? No, las armas que surgían de la mezcla de hierro negro, magia demoníaca, y la sangre y las almas de los condenados no eran dignas de las manos de los siervos. Aquello estaba reservado para los grandes. Y por desgracia de aquellos sacrificados para alimentar las forjas, su sufrimiento no terminaría ahí. No... Sus almas quedaban atrapadas en aquello que vomitaban las calderas de hierro fundido, en aquellos artefactos que se forjaban con su sangre. Su tormento era eterno. Como todo aquello que los demonios se deleitaban con infligir. Las veces que había sido torturado en aquella sala me habían convertido en testigo de aquellos y más horrores. Esa crueldad, ese sadismo, mentes tan retorcidas, tan depravadas... En el Khaelos de antaño habrían conseguido provocar malestar, furia justiciera... Pero el antiguo Khaelos era un necio, era débil. Yo no podía negar que aquello me causaba admiración. Pese a mi odio inquebrantable hacia los demonios... Admiraba aquella obra de castigo y sufrimiento eterno. Si lograba salir de ahí, tenía claro que probaría algunos de los trucos allí aprendidos contra mis otros enemigos, aquellos que desearía que estuvieran encerrados en el Monasterio solo para haber presenciado sus muertes lentas, dolorosas, haber escuchado sus gritos... ¡O incluso para asesinarles yo mismo durante el fragor de la batalla!

Una voz demoníaca logró hacerme recuperar el interés por la realidad. Era pronunciada en la lengua de los siervos de Minauros. El Carnicero. Artífice de mi dolor, mi tortura, mi sufrimiento en aquél agujero infernal. De todo lo que dijo, apenas entendí algo. Sé que me mencionó a mí, y si el idioma de los demonios comparte algo con el de los humanos, “ook” significaría “orco” para esos seres. No parecía que le gustara ver a sus juguetes fuera de sus baúles... Aunque creo que con aquél odio se mezclaban otros sentimientos, pues parecía curioso por saber cómo dos de sus torturados predilectos se encontraban armados y preparados en su propio terreno ni más ni menos, y además... ¡No tendría que ir a buscarnos a nuestras celdas! Al parecer el grandullón tenía ganas de jugar... Si de algo me alegraba era de ver que sus entrañas estaban totalmente expuestas gracias a la herida del estómago, y en el hombro derecho un espadón de aspecto terrible estaba bien clavado. La pestilencia que destilaba aquél ser era tan fuerte que agradecí mi elección mágica. Estar acostumbrado a tratar con muertos fue lo único que evitó que vomitara... ¿Que vomitara qué? Oh, sí... Carne humana. Mi sustento durante ocho años. En aquél momento recordé por qué cuando olí la carne chamuscada de los prisioneros nada más llegar a la Forja sentí antes hambre que repugnancia. El ser humano no sabe nada mal, así que cocinado estaría bastante mejor.

Noté la duda en mis Tumularios, al sentir tal aura de odio irracional provenir del Carnicero, aquél poderoso demonio de alto rango entre los suyos. Yo mismo hubiera sentido miedo si aquella criatura fuera cualquier otra. Pero él había sido el artífice de ocho años infernales para mí. Ocho años que no podría recuperar. Ocho años que aquél monstruo me había quitado. Ocho años donde no acabé un solo día sin desear muerte, ya fuera para mis captores para poder escapar de ahí, o para mí mismo y terminar de una vez con todo aquél sufrimiento. Ahora tenía la oportunidad de vengarme... No la iba a desaprovechar. Aferrando la espada con fuerza, acostumbrándome a marchas forzadas a tener que luchar con la zurda, empecé a vociferar órdenes a mis no-muertos con rabia tintándome la voz: -¡Ahkrîn, methris, oxus! ¡Lahrin, foghun, dôhein! ¡Draugzhûl, ukh ik barthain, ermuth! ¡¡¡DILONAHK!!!- En mi mente noté cómo los no-muertos, con marcialidad autómata, obedecieron a mis órdenes sin dudar tras notar que aquél que les había llamado a las armas no titubeaba, ¿y es que cómo el miedo iba a apoderarse de mí cuando solo podía pensar en los ocho años que aquél ser había empleado para destruirme?

Los arqueros tumularios retrocedieron y cargaron sus flechas, apuntándolos contra los ojos de la criatura. Buscaban cegar al Carnicero o, por lo menos, dañar su cabeza y su cuello. Los lanceros por su parte se dividieron en dos grupos, empezando a flanquear al carnicero con paso tan rápido como podían y buscando atraer su atención. Su objetivo era nada más y nada menos que lancearle las piernas, buscando acertar en los ligamentos. El Capitán de los Tumularios y yo nos separamos, cada uno acompañado de un alabardero. Si los lanceros hacían bien su trabajo atraerían su atención y, con un poco de suerte, tal vez lograrían esquivar sus ataques. Si aquello sucedía, entonces nosotros lanzaríamos el ataque. Podía notar que Perdición estaba hambrienta, estaba furiosa, ansiaba volver a probar sangre, y por los dioses que le daría la sangre del Carnicero, quien pese a ser apenas un palmo y un dedo más alto que el semiorco aproximadamente denotaba con el arma que portaba que era más fuerte que éste. Su hacha era tan grande como él, y sabía que un solo golpe bastaría para que cualquiera de nosotros se despidiera de la vida. ¿Nuestra baza? Tenía un hombro herido. No, el dolor no frenaría a aquella criatura, pero mi intención no era hacer que su fiereza se viera frenada por el dolor. Mi intención era mutilarlo tanto como pudiera, inutilizarle los músculos, los huesos, evitar que pudiera hacer cualquier otra cosa que no fuera caer al suelo, sangrar y morir. Tal vez si lograba que se enganchara con alguna cadena o se tropezara con alguna y cayera a alguno de los calderos inferiores... Tal vez también aquello funcionaría. Sin embargo, el plan inicial era distraerle con los lanceros, cegarle con los arqueros, y entonces los alabarderos buscarían tajar con sus poderosos filos brazos, piernas y cuello de la criatura mientras que el líder Tumulario y yo usaríamos nuestras espadas mágicas para infligirle el golpe letal, hendir nuestros aceros en su pútrido corazón, retorcerlos en sus apestosas entrañas, que mi espada bebiera de su sangre, que la del Capitán helara con su escarcha el cuerpo del monstruo. Debíamos avasallarlo, infligirle más ataques de los que él pudiera contrarrestar o siquiera bloquear. Y contábamos con el semiorco, quien era una poderosa baza para la victoria. Mis ojos se cruzaron con los de él durante unos instantes mientras los no-muertos y yo iniciábamos nuestra maniobra. Él era, o al menos había sido, un Cuchilla bajo mis órdenes. Estaba bien entrenado, estaba furioso, y sabía qué tácticas empleábamos. Sabía perfectamente que él podría adaptarse a nuestro plan de batalla. La sangre del Carnicero regaría el suelo y bañaría nuestras espadas. Aquél bastardo iba a pagar por el dolor y el sufrimiento. La idea de arrojarlo a una poza de hierro fundido mientras aún vivía para comprobar si la resistencia al fuego de los demonios también les servía contra un baño en metal ardiente. De cualquiera de los modos, iba a matarlo.
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Jones "The butcher" el Dom Dic 01, 2013 9:25 am

Las silenciosas penumbras del foso guardaban la poca dignidad que este débil cuerpo aun conservaba, como un delgado velo que me separaba de las decenas de bastardos que frente a mi se agolpaban. Cientos de esqueletos y cuerpos pútridos, humanos en su estado de más pura decadencia, abominaciones tan frágiles que el ligero soplido de Eolo podría quebrarlos en pedazos, todos se alzaban en aquel lugar impulsados por un solo sentimiento, un único pensamiento que nos unía a todos en una pobre alianza, odio, un profundo y puro odio en contra de nuestros captores, todos allí buscábamos venganza, solo eso nos obligaba a forjar lazos con tan decadentes cascarones de vida, muñecos de trapo desgastados por el tiempo en los que ningún ser medio cuerdo confiaría nada, menos aun su propia vida.

Alce la mirada hacia lo alto del foso, en busca de una imagen más calma, pero el pictograma de un cielo manchado de sangre no era mucho más alentador. Una profunda inhalación con los ojos cerrados, bastaron para hacerme pensar por primera vez en donde estaba. Habían pasado cientos de años desde la última vez que fui testigo directo del cielo, y aun manchado con la sangre de miles, esa memoria revolvió lo más profundo de mi cabeza. El mundo en el que nací ya no existe, cada ser que llegue a conocer murió hace ya bastante tiempo, los paisajes por los que caminé, ya han mutado en otra cosa, lagos se secaron y los bosques se talaron, mi propio pueblo debe haber sido erradicado por alguna fuerza mayor. Estaba solo en un nuevo mundo, un mundo que no entiende el valor de la fuerza y el trabajo duro, no entiende el verdadero significado de una guerra, ha perdido toda consciencia de su negen y cualquier respeto por el Wenkunegen se ha desvanecido con el paso de las eras. Exhale el aire y abrí los ojos. Solo una cosa puedo hacer en este mundo… Morir matando a los bastardos que me torturaron.

Una nueva ojeada al cielo raso, una última imagen que guardar en mi mente, lamentablemente, el cielo rojo no fue lo que imprimí en mis memorias, más bien fue la imagen de un fuego estelar, cayendo furioso sobre cuatro cuerpos aberrantes de esqueletos reanimados. Fue un golpe instantáneo, menos de un segundo en lo que todo ocurrió. Nada más que el simple recuerdo quedo de aquellos cuerpos, el recuerdo y la mancha incandescente en el suelo de piedra. Alarmado, me pare en el acto, un fuerte sentimiento apretaba mi pecho, acelerando mi corazón y tensando mis músculos. Demasiado lento, dos enormes columnas de fuego impactaron el piso, eliminando quien sabe cuantos esqueletos más, solo el golpe de calor me dio aviso que el cielo había atacado una vez más. El caos se expandió en los presentes, la desesperación, el miedo, la incertidumbre y la confusión, sentimientos turbulentos que encendieron las carreras frenéticas de todo el mundo.

El liche reía envuelto en la locura, exclamaba que no había escapatoria del juicio divino en el que estábamos siendo participes. Pronto, las risas se vieron apagadas bajo el infernal golpe de llamaradas que lo desintegro por completo, nada más que aire ocupaba el lugar donde se paraba. Una nueva ola de calor me golpeo el cuerpo, solo con el tiempo suficiente para voltear la mirada y observar el momento en que golpeaba el suelo. Luego, un fuerte golpe en el estomago que me hizo caer al piso. No sentía calor, fuego o dolor, así que la posibilidad de que haya sido un pilar de fuego eran nulas, tantee con mi palma de carne, solo para tocar el frio acero de una armadura. Era el accidentado cuerpo del comandante carmesí el que me había golpeado, seguíamos vivos de momento, pero era claro que la cordura ya había abandonado al pequeño Kholheim desde ya hacia tiempo. ¡¿Y como mierda quieres que lo sepa?! Y ya quítate de encima. Le grite fuerte al conde. El demonio de la sala, le hablo a Khaelos, otorgándole palabras de apoyo, asegurando que la mujer no había muerto. De inmediato, un pilar de fuego se hizo presente, calcinándolo hasta los huesos, evaporando su mísera existencia.

Un segundo pilar cayo tempestuoso, eliminando a los pocos sobrevivientes que aun quedaban en pie. Me levante como bien pude, solo para dirigir una última mirada hacia las alturas, a centímetros de una llamarada que caía inclemente sobre nuestras cabezas. Un segundo, nada más que un segundo duro la sensación de muerte. Un miserable segundo donde experimente, una vez más, el dulce sabor de la muerte invadiendo cada poro de mi piel, la cual se desvanecía a jirones bajo el fuego infernal. La carne le siguió poco después, luego los huesos y pronto la misma mente murió calcinada en el infierno pasajero al que fui sometido. ¿Cuantas veces había muerto ya? Veinte veces quizás, puede que sean 30, tantas veces que el asombro y el miedo ya no sirven para nada. ¿Cuántas más he de morir? Espero que solo una vez más… Hare que esta sea la última vez que vuelva al mundo.

La oscuridad de la muerte se desvaneció el mismo instante en el que se hizo presente, una nueva vida nos había sido otorgada, una nueva oportunidad, o quizás no fue muerte real lo que experimentamos, no es otra vida, no es otra oportunidad. Sea lo que sea, Khaelos y sus aberraciones estaban allí conmigo. Rodeados de fuego, humo, miedo y desesperanza, cuerpos de hombres y mujeres a medio mutilar adornaban el recinto, decorando con sus entrañas y sangre los adoquines de piedra que conformaban el suelo. Ganchos sangrientos colgaban sin lustre desde el techo, dejando caer pequeñas gotas carmín sobre nosotros. Un sentimiento de furia nació en el centro de mi pecho, un ardor estallo en mi espalda, el recuerdo de las torturas sufridas quemo mi cabeza peor que el fuego del infierno que nos calcino hasta la nada. La imagen de un débil Rakmar colgando en el aire, sangrando y gritando, alimentándose de su propia mierda, fue el fulminante de una potente ráfaga de ira que recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Apreté con firmeza el martillo en mi mano derecha y enfoque la mirada en el resto de la habitación, buscando a los bastardos alados que se divertían a costas de mi sufrimiento. Pero nada, solo fosas de acero fundido iluminaban con su fulgor naranja la habitación.

Mire al único personaje medio decente de la habitación, o al menos al único que podría considerar un compañero en este lugar. Claro que mi sorpresa fue grande, cuando, al voltear para mirar al joven Kholheim, me encontré con un hombre divagante que observaba fascinado a los cuerpos de los hombres que aun se mantenían con vida. Una mezcla de fascinación y hambre ornamentaban con brillo los ojos muertos de Khaelos. Un profundo grito gutural anunciaba la llegada de alguien, una voz extrañamente familiar, gritando en un lenguaje enfermo y corrupto. Un enorme y desagradable demonio se hizo presente ante nosotros. No era tanto más alto que yo, pero era considerablemente más feo y claramente más fuerte. Su cara hecha jirones de sangre seca y piel pútrida, ocultaban pobremente las feas facciones y los ojos llenos de maldad de la criatura. Su vientre, abierto de par en par, desperdigaba sus entrañas negras por donde pasara. Su hacha, casi del mismo porte que su dueño, era aterradora, casi tanto como el enorme espadón que se alojaba en su espalda. El olor a muerte que expelía provocaba un hueco en mi corazón, un hermoso sentimiento de pasión despertó cuando vi que aun quedaban enemigos del viejo mundo en este caótico nuevo mundo.

Voltee ligeramente la mirada, cruzándola instantes con la del nigromante, reconocí ese brillo en sus ojos, él tenía un plan y estaba lleno de sed de sangre, se lanzaría por el frente. Sus aberraciones sacadas de su descanso mediante magia pútrida, se desplegaron por el campo, una táctica de grupo similar a la que utilizaban los Arjthuzun en las viejas eras. Buscaban confundir al enemigo, cegarlo, distraerlo, eliminarlo. Una gran alegría desemboco en una sonrisa sincera y una ligera risa ahogada, las viejas costumbres no se habían perdido del todo en este caótico mundo, tal vez aun haya lugar para algo como yo en este lugar. Decidí darle lo que quería al humano de cabellos plateados, tome una caminata ligera por el flanco izquierdo, a paso tranquilo pero acelerado, buscaba alguna ventaja sobre la criatura. Estaría entretenida con la carne no muerta de cañón que Kholheim llamaba tumularios, por lo que gozaba de cierta libertad para desenvolverme.

La imagen de la gran fosa de acero fundido, me dio una idea. El gordo estaba peligrosamente cerca del agujero, un mal paso y todo habrá acabado. Una larga cadena que terminaba en un oxidado gancho que descansaba en el ensangrentado piso, serviría como improvisada arma para provocar ese mal paso. Enfundado el martillo, tome la cadena entre mis manos, enrollándola en la siniestra, dejando el gancho en la diestra. Debe ser una cadena de eslabones de al menos unos tres metros, algo oxidada, pero con su parte estructural aun en condiciones, al menos lo suficiente para resistir bastante peso. Seguí caminando por el flanco, manteniendo mi distancia con el arma preparada. Decidí observar un poco como se desenvolvía la situación antes de lanzarme a lo loco.


Última edición por Jones "The butcher" el Vie Dic 13, 2013 5:24 am, editado 1 vez (Razón : Cambiar la palabra viejo por nuevo)
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Farimir el Dom Dic 01, 2013 8:58 pm

Me sentí un tanto aliviado cuando el Kohlheim no pareció mostrar señales de molestia ante mi petición. Al menos fue agradable que no le molestara mi ignorancia en asuntos mágicos. Desgraciadamente nunca pude saber con total certeza si me hubiera podido ayudar o no. Ni siquiera alcanzo a responderme antes de que el desastre comenzara. El esquelético ser grito con una voz que hizo eco en mi cabeza. Sus palabras no sonaban como advertencia a pesar del mensaje que transmitían, por la risa del nigromante y de sus esqueletos podía deducirse que le daba un placer macabro la situación. Sin embargo no pude entender a que se refería realmente con eso de que el fuego del infierno vendría por nosotros; no hasta que vi un gran pilar de fuego desintegro a un grupito de tropas no muertas. Seguidamente, otro pilar de fuego calló y fulmino a más esqueletos. Después comenzaron a caer los seres vivos, en pares de a dos casualmente, incluido el mismo liche, quien sorprendentemente no pareció demostrar penuria alguna por su destino. Por más loco que fuese, hubiera esperado otra reacción ante una muerte tan horrible.

Justo después de que una mujer fuera carbonizada escuche las palabras del hombre de aspecto demoníaco. Decía que la mujer no había muerto, ni tampoco lo harían los demás. Aquello solo sirvió para plantar muchas dudas en mi cabeza. Pero no tuve mucho tiempo para pensar, por que inmediatamente después fui alcanzado por el mortífero fuego. No pude evitar soltar un grito antes de ser completamente incinerado. Cerré los ojos esperando una muerte horrible. Más no fue un dolor como esperaba. Ya había sentido la terrible caricia del metal caliente en mi piel y no se le parecía mucho a lo que ahora sufría. Era como un dolor menos significativo, por así decirlo; todo lo contrario a lo que esperaba.

Entonces abrí los ojos, sorprendiéndome de seguir con vida. Entonces comprendí el significado de las palabras del tal Axelier, así como la reacción del liche ante su supuesta muerte. Seguíamos vivos; al parecer ese “mortífero fuego” no era tan mortífero después de todo. Al menos eso significaba que vivirá para luchar otro día, aunque eso significara que debía pelear contra demonios salidos del peor de los infiernos. Tenía deudas de sangre como todos los demás. El olor a muerte invadió mi nariz poco después de que me percatara de que no había muerto. Aquel fuego infernal parecía tener funciones de transporte más que de aniquilación. Sin embargo no tenía idea de donde me encontraba. La oscuridad era tal que apenas veía mis pies. No tenía idea de donde me encontraba ni con quien y eso no me tranquilizaba. Podría estar en territorio de una bestia de hábitos nocturnos y no me percataría de ellos hasta que el monstruo me atacara. Para colmo, el silencio de la habitación era tal que casi se podría describir como insoportable. Gire mi cabeza hacia todos lados, sin querer adentrarme en la oscuridad por mera inseguridad. No quería sacar mi espada tampoco; el sino del acero saliendo de su funda alertaría mi posición, si es que ya no lo había hecho. Aun así, mantuve mi brazo bueno en el mango de la espada por las dudas. En esos momentos reaccione y percate de que aún tenía un hombro salido de lugar. Si no encontraba rápidamente la forma de curarme tal vez tendría que recurrir a un acto desesperado como colocármelo yo mismo.

Una vez más, mis pensamientos se vieron interrumpidos por un particular sonido de goteo, el cual se escuchaba con fuerza debido al sepultural sonido de la habitación. Entonces, la oscuridad de la habitación comenzó a disiparse. Era algo extraño, mágico o sobrenatural ya que no parecía haber ninguna fuente de luz. Lo primero que vi fue un espectáculo desagradable como mínimo. Las paredes y el piso estaban tapizadas con cadáveres humanos y miembros cercenados. “Bonito decorador de interiores” pensé con sarcasmo; trataba de mitigar el horror del paisaje y hasta el momento parecía funcionar. Entonces cayó un cadáver del techo, estampándose contra el piso. Se podía escuchar el sonido de sus huesos hacerse puré contra el suelo y sus tripas saliendo del cuerpo. Después cayó otro, y otro, y así sucesivamente. Entonces pude notar la presencia de otro ser, de aspecto un tanto repulsivo, pero familiar al mismo tiempo. Era otro de los convocados para la batalla. A pesar de eso no sabía si debía tomarlo como una amenaza o como un aliado. Más allá de su aspecto, había algo tétrico en él que me inquietaba un poco. Pude notar que parecía tener problemas para levantarse. Aquello era verdaderamente des esperanzador. Él estaba rengo y yo no podía usar un brazo, era casi una ironía cruel que estuviésemos juntos.

Luego caí en cuenta de que no estábamos los dos solos. En la misma habitación se encontraban dos de los tantos guerreros esqueléticos que había visto. Me sentía un poco incómodo al tenerlos cerca, sin que su amo estuviera presente. No sabía nada de magia, menos cómo funcionaba la necromancia. Hasta donde sabia esas criaturas habían sido invocadas para ayudar en la batalla, nada más. Por el momento, parecían ser aliados, aunque debido al hecho de que su invocador no estaba presente, no sabía que esperar de ellos. El calamar, cuyo aspecto dejaba en claro que era más un ser de magia que un guerrero, tal vez pudiera controlar a los esqueletos en el peor de los casos, pero, de nuevo, no tenía idea de si funcionara o no. Ya lo había decidido, si salía vivo de aquel lugar, investigaría un poco más sobre el tema de la magia.

No paso mucho tiempo antes de que el engendro demostrara uno de los usos prácticos de sus tentáculos. Se estiro y tomo una de las tantas cabezas que por ahí se encontraban. Lo siguiente fue un espectáculo grotesco que casi me hizo olvidar que estaba rodeado de cadáveres mutilados. Dicho de forma simple, parecía ser que aquel cabeza de pulpo se estaba comiendo el cerebro de su víctima. Demostrando un hambre voraz continuo devorando otro una vez terminó con el primero. No sabía que era más repugnante: la lluvia de cuerpos demacrados, algunos de ellos aparentemente aún con vida, o mi compañero y sus hábitos alimenticios. A pesar de todo, no podía desviar la vista del pilar que se encontraba frente a nosotros, así como mantenerme en guardia por si algo pasaba.
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Vie Dic 06, 2013 5:58 pm

La balanza del Caos

El negro es un color muy definitivo. Al igual que su contraparte, el blanco, es un color relacionado con la ausencia de algo. Falta de color, pensando en el simple sentido que tiene la sola palabra. Oscuridad, si se piensa en negro. Luz, si se piensa en blanco. Sombra y destello, noche y día, muerte y vida. Maldad. Bondad. Desesperanza. Fe.

Se dice que no puede existir el bien sin el mal, y viceversa. Se dice que siempre debe de haber un equilibrio entre ambas fuerzas. Se dice que solo una es demasiado de algo, y poco de nada es menos del que debería de existir.

¿Pero qué pasa si un color es agregado en la balanza?

Tal es así en el Monasterio del Alba Roja, donde el color escarlata es el predominante del mundo, engullendo todo vestigio de cordura del mundo en una vorágine de perversión y caos.

El rojo es el color de la sangre y del fuego. Es el amanecer y el rojo de la forja. El rojo es furia y sed de venganza y violencia. Rojo es el color del caos.

En un lugar donde el caos predomina no hay espacio para el mal ni para el bien. El caos lo cubre todo como las llamas abrazadoras y lo consume de la misma manera que haría con un madero seco o un pastizal en sequía. Donde reina el caos, solo los locos buscarían la cordura.


~°~°~°~°~°~°~°~°~°~°~


III
ORGÍA DE SANGRE

En vida los Monjes del alba Roja fueron conocidos de muchas y diversas formas: Los brindadores de la Paz; Los Puños de la Furia; Los Incansables; Los Seguidores del Amanecer del Fuego. Entre muchos otros que hacían referencia a las mismas ideas de pelea, dolor, fuego y amaneceres en el horizonte. Los demonios que abarrotaban las paredes interiores del Monasterio, desde Las Mil Pieles hasta el fondo de Las Catacumbas, pronto habían comprendido que todos y cada uno de esos sobrenombres tenían un porque. De vivir, cada monje pudo a ver valido por uno o hasta dos de los desgraciados que ahora infestaban el lugar. Muertos, cada monje valía por cinco demonios por lo menos.

La hecatombe de cadáveres reanimados por la ira y la venganza era tan variopinta en todos los sentidos. Había aquellos quienes presentaban cuerpos tan desgarrados como los harapos de un mendigo, los cuales ni siquiera se molestaban en llevar armas consigo. Sus manos parecían lanzas afiladas y sus piernas asemejaban más a una maza, lista para destrozar alguna cabeza, que las débiles y quebradizas extremidades que en realidad eran.

Había quienes en vida hubiesen preferido la sensación de una buena espada o un confiable Bo de hierro o madera. A su paso, las temibles y desgarradoras armas demoníacas parecían juguetes diseñados para lastimar a su portador más que a su oponente. No existía forma de penetrar la muralla de ataques que los monjes armados proferían sobre aquellos imbéciles a su paso.

Incluso había monjes no muertos que aún conservaban vestigios de memorias en sus mentes hace tiempo enmudecidas. Monjes cadavéricos capaces de canalizar restos de aura y energía espiritual para utilizarla como arma de impacto en contra de uno y miles demonios a su paso. Energía espiritual que antaño era alimentada de la fuerza vital del monje y que, tras doscientos años de expiación, tomaba su poder del espíritu destrozado y torturado del propio y desdichado no muerto.

En Las Mil Pieles se libraba una batalla diferente, en cuanto a quienes la libraban, pero igual, en cuanto al nivel de bajas tras las filas demoníacas.

El suelo tapizado de cadáveres y pieles desgarradas del cuerpo de las miles de víctimas, aún vivas, de los patios principales del Monasterio eran cubiertos por miles de demonios adentrados en una frenética batalla a muerte sin un aparente sentido.

Axelier había culminado rápidamente con dos desdichados demonios enclenques que osaran plantar cara a su verdugo, utilizando nada más que un par de dagas envenenadas por la ponzoña de alguna alimaña de las profundidades y una pica de mithril capaz de perforar el más grueso de los escudos. Demonios de clase media que no estaban a la altura del antiguo paladín.

Sobre aquella colina, conformada por el cuerpo de seis mujeres unidas entre sí con hilo de púas metálicas a través sus respectivas cajas torácicas y senos, el paladín caído observaba la locura que se había desatado sobre el mismísimo infierno. Un cadáver semi calcinado por alguna terrible llamarada yacía sobre el montículo de mujeres desnudas. No recordaba cuando había sido la última vez que había probado carne bien asada, per se sorprendió aún más cuando cayó en la cuenta de que ya se encontraba masticando un pedazo de una mano. La carne se desprendía del hueso mientras el mutilado hombre aún gemía de dolor y éxtasis con cada mordida que Axelier daba a su mano. Era simplemente horrendo y delicioso. Un placer que, de alguna manera, lo hacía sentir bien.

El fragor de la batalla a sus pies se intensificaba mientras daba el último mordisco a la mano a medio terminar. Demonios alados, armados de pies y manos, volaban de un lado a otro peleando contra otros más, mientras que en tierra la masacre se daba en cada rincón de Las Mil Pieles y el patio principal. La montaña de cadáveres era inmensa. Hombres, mujeres, niños, elfos, enanos, orcos y demonios decoraban el suelo allá donde la vista posara su atención. Aquellos que no habían muerto con las terribles heridas ocasionadas por tortuosos tormentos o ataques despiadados seguro morirían ahogados bajo la alberca de sangre que ya comenzaba a acumularse.

Por su parte, Lorelei se había apartado del antiguo paladín. Se preguntaba porque lo había hecho, aunque en realidad no tenía respuesta para aquello. Cuando se está demente uno hace cosas. Y ya.

El filo oxidado había cumplido su función, cercenando de un tajo una o dos extremidades cuando los pequeños bastardos alados se acercaban a ella con aires de grandeza. Los diablillos nunca habían sido muy inteligentes, pero para ella no era nada nuevo. Casi se sintió mal por rebanarle las alas a uno y el pequeño pene del otro. Se paró a juguetear con él, unos minutos, como era debido. Era como un mondadientes ensangrentado, pero sabía mal. Tan mal que casi se había arrepentido de haberlo probado. Casi. Aunque en verdad ya lo había olvidado, por su puesto.

Un ojo por aquí y un corte certero en los ligamentos del tobillo por allá. En realidad no hacía distinción entre demonios y víctimas de la tortura de los mismos. La chiflada mujer solo cortaba y bailaba y seguía avanzando mientras los demonios hacían a ignorarla sin más. No tenía un objetivo en particular, pero pronto se vio a sí misma a escasos metros de las puertas del Gran Muro externo.

“¿Libertad?” Pensó mientras inconscientemente avanzaba hacia la destrozada construcción, esquivando como sombra a los demonios que combatían en su camino y forcejeando con la infinita cantidad de manos que sobresalían del suelo de Las Mil Pieles, sujetándola con fuerza de tanto en tanto. Sin embargo casi recuperó un vestigio de cordura y esperanza cuando sus manos tocaron la gruesa puerta de madera a medio abrir. Escabulléndose hacia el exterior del monasterio por fin, después de tantos años de pena, su entusiasmo se incrementaba con cada paso que daba entre el portón y los escombros. Sería la primera en salir de ahí, sin duda. Pero sus esperanzas pronto se esfumaron como un sueño fugaz del que no recuerdas detalle alguno al despertar.
Al exterior del monasterio se extendía un páramo de fuego y sangre casi tan horrendo que el interior del monasterio. Demonios y construcciones destruidas por doquier quebrantaban cualquier atisbo de ilusión que pudiese haber tenido o conservado durante tantos años. Loreley solo pudo esbozar su mejor sonrisa. Una sonrisa sádica, de oreja a oreja, mientras se volvía al interior del monasterio nuevamente pensando “No, no este año”. Su risa era desgarradora y su cuerpo se tambaleaba como su voluntad. Y una vez más estaba al interior del monasterio sin saber qué hacer y forcejeando con manos provenientes de algún bastardo enterrado bajo otros bastardos.

Una escena similar, pero diferente, tenía lugar al interior de la sala de torturas y de La Forja del Carnicero. La muerte se había encontrado con la perversión, mientras el horrendo carnicero reía guturalmente ante la situación que se postraba frente su hedionda presencia. El conde Kohlheim, acompañado del sanguinario orco y una fuerza de ataque tumularia, habían comenzado un asalto bien orquestado sobre el enorme demonio.

Lanzas y flechas fueron las primeras en impactar contra la blanda piel del demonio, quien solo lograría medio cubrir su rostro contra la mitad de las flechas mientras que sus piernas y estómagos eran castigados con filos y puntas pertenecientes a los no muertos del conde nigromante. Las flechas le habían desfigurado un tanto más. Las lanzas habían roto músculos y huesos. El Carnicero reía y sufría.

Khaelos había planeado bien su ataque mientras que depositaba confianza sobre Jones, esperando que recordara las técnicas de combate de la milicia a su mando. Sin embargo solo bastó un potente corte horizontal del hacha del carnicero para destrozar a los lanceros tumularios en un abrir y cerrar de ojos. Incluso el conde, el líder de sus no muertos y el orco salieron despedidos por los aires gracias a la ventisca ocasionada por el potente movimiento del obeso demonio. Kohlheim fue a dar sobre un montón de herrajes oxidados ensangrentados y algunos pedazos mutilados de víctimas del demonio. El líder de los tumularios cayó al interior de un agujero, el cual guiaba a un nivel inferior. Por su parte, Jones había logrado aferrarse a las cadenas del techo, sin embargo no pudo evitar lastimarse las manos con los eslabones de hierro espinado.

― ¡VROOOO! ¡VROOOOOOOO! – Gritó el Carnicero mientras elevaba sus brazos al cielo, emitiendo un aura tan impregnada de perversión como de mal aroma.

Víctima de su propia habilidad, el demonio corrió sin control hacia un costado de la habitación estrellándose de lleno con un pilar y haciéndose así mismo más heridas visiblemente terribles.

La habitación retumbó. Los gritos de las víctimas encadenadas y enganchadas a tortuosos artefactos aumentaron de volumen. Piedra y metal cayeron del techo, más allá de ocho metros sobre las cabezas del más alto del salón. El Carnicero sujetó con una mano el cuerpo de un hombre desnudo encadenado de pies y manos sobre la pared y, sin piedad alguna, cercenó las extremidades del sujeto, quedando estas encadenadas a la pared mientras el Carnicero engullía al hombre aún con vida. Los primeros dos mordiscos fueron tan sonoros como los gritos del desdichado hombre. El tercer y cuarto mordisco ya carecía de voz. El quinto asemejaba más el sonido de la masilla húmeda siendo mordisqueada por un animal.

La atención del obeso engendro se posó entonces sobre lo siguiente, tan grande como para resaltar por sí solo, además de él. El orco.

En el salón cubierto de cadáveres en proceso de putrefacción era una historia completamente diferente. El engendro escuálido se alimentaba como jamás lo había podido hacer en años mientras que el hombre de tez oscura se preguntaba dónde estaban, que hacían en ese lugar y, sobre todo, que diantres hacía él al lado de un sr tan repugnante como el cabeza de calamar.

Sin embargo, la relativa calma de la habitación se vió interrumpida drásticamente por la presencia de algo tan terrible como monstruoso. Desde el techo tapizado con cientos de cadáveres y personas aún vivas comenzaron a caer estas mismas sin razón aparente.

Como pudieron, ambos prisioneros esquivaron la lluvia de carne y sangre que ahí se presenció mientras discutían mentalmente si aquello era alentador o desconcertante. La respuesta no demoró demasiado en salir.

En el techo, un enorme ojo de más de seis metros de largo se hizo presente posando su vista directamente a la zona donde se encontraban los dos. Tras un breve momento, gente y gotas de sangre de más de dos galones de líquido carmesí se juntaban en el lagrimal del descomunal globo ocular, haciendo que una nueva lluvia de inmensas gotas de sangre con cuerpos sumergidos al interior se precipitara hasta el suelo igualmente ensangrentado.

Gota tras gota, fueron cayendo lágrimas de sangre en la habitación haciendo eco en forma de alaridos de dolor y huesos destrozados al impacto con el suelo.

Un ojo más se abrió en el techo, ante el desconcierto del engendro tullido y el esperpento que alguna vez se consideró a sí mismo un guerrero. Este ojo era la mitad de grande que el anterior, pero no por eso menos impresionante. También comenzó a llorar sangre y cuerpos. Después otro. Y otro. Uno más. Al cabo de un minuto, más de mil ojos de todos los tamaños imaginables habían abarrotado paredes y techo de la habitación, dejando tan solo el suelo del mismo cubierto por miles de litros de sangre, la cual ya llegaba a las rodillas de los prisioneros, y un mundo de cuerpos mutilados aún con vida. Incluso los tumularios tuvieron problemas para mantenerse en pie, pero seguían sin inmutarse. El pilar casi era cubierto por completo, pero fue justo cuando solo restaban escasos centímetros para que fuese cubierto por el mar de sangre, el goteo intenso cesó. Junto con los gritos y gemidos de todos los cuerpos flotantes.

El silencio fue espectral, hasta que una terrible voz gutural retumbó en la habitación entera con un rugido malsano similar al de un león famélico. “¡¡¡GOROOOOOO… GOROOOOOO!!!” Se escuchó y tras el sonido un estruendo amortiguado por el colchón de pieles humanas que cubrían el suelo. Todo esto seguido por una ola de sangre que terminó de empapar a Zyrxog y a Farimir, si es que aún había alguna parte de sus cuerpos sin teñir de rojo. La habitación temblaba mientras el sonido que produciría una masa destrozando raíces y árboles a su paso. Se avecinaba un peligro invisible, e inminente.

― BROK NÄ, LOTUÜK? – La voz provino a las espaldas del paladín quien, sorprendido, dio un salto hacia delante mientras levantaba sus manos en postura defensiva, manteniendo su mano en la empuñadura de su espada.

El demonio era dos veces más grande que el humano, e incluso lucía mucho más feroz que el paladín con toda su indumentaria equipada. Garras tan largas como espadas largas. Púas en la espalda tan largas y filosas como guadañas. Piel gruesa y rojiza, con serías laceraciones causadas por sabrán los dioses cuantos enemigos abatidos. Cabeza redonda y fornida, cubierta de filosas puntas de hueso y una prominente dentadura con más colmillos que un tiburón. Y sin embargo, titubeó.

― BROK NÄ?… BARÄZZ… – El demonio se detuvo y sonrió desconfiadamente, mostrándose un tanto sorprendido al ver a través de la armadura de Axelier. Casi como si se hubiera quitado un peso de encima, o como si hubiese recordado un chiste que solo él conocía.

El paladín, impasible y neutral como ya comenzaba a hacerse costumbre le examinaba de pies a cabeza, buscando puntos vulnerables en aquella masa de músculos y púas. Encontró seis casi a primera vista, y todas tan imposibles de acertar como la anterior.

El rugido de batalla del demonio asaltó por sorpresa a otros demonios inferiores cercanos al lugar, sobresaltándolos a ellos e incluso a la insana Loreley la cual ya regresaba de su corto paseo hacia la libertad en busca de algún otro entretenimiento, o entremés.
Sin contemplaciones, el demonio embistió de frente al paladín extendiendo alas derruidas y cayendo casi por completo sobre el humano. Por su parte, el guerrero solo pudo tratar de esquivar el embiste mientras se cubría con la capa hecha jirones que, para su sorpresa, se endureció justo antes de que el demonio lo impactara amortiguando casi por completo el daño causado.

El preludio de lo que parecía ser una batalla a muerte en todos y cada uno de los rincones del Monasterio del Alba Roja había comenzado...






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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Dic 12, 2013 6:41 pm

Una sonrisa febril asomó a mis labios cuando el Carnicero empezó a recibir dosis de castigo por doquier gracias a mis no-muertos. El semiorco al cual ya no sabía cómo llamar agarró una cadena, al parecer con intenciones de hacerle caer por alguno de los agujeros que había en el suelo, mientras mis arqueros descargaban dosis de muerte sobre aquella criatura que patéticamente trataba de cubrirse de flechas y lanzazos sin lograrlo. Su rostro quedó todavía más desfigurado, otorgándole un aspecto todavía más terrorífico que sin embargo a mí me llenaba de honda satisfacción. Los lanceros, por su parte, desgarraban con las puntas de sus armas los músculos de las piernas de la criatura y abrían su estómago, derramando sus contenidos pútridos por el suelo, una masa de color verdoso y grisáceo de infecto olor y dudosa procedencia que quedaba confirmada por los restos de hueso que flotaban en la pequeña poza de bilis, fluidos estomacales y comida putrefacta a medio digerir. Y aún con todo aquél bastardo no caía. Era cuestión de lanzarle algo más potente que habría recibido de no ser por el ataque que el muy bastardo desencadenó contra nosotros. Los alabarderos todavía no habían llegado, el orco aún no había podido usar su cadena, ni el Capitán Tumulario ni yo habíamos logrado descargar el primer ataque cuando el demonio lanzó un brutal corte que destrozó a los lanceros como si fueran simples muñecos de palo que se astillaban y caían. Si algo bueno había en aquello era que recuperaba parte de la esencia que había gastado para alzarlos, pero lo que no intuí fue que tal sería la ráfaga de viento, tal sería la fuerza de aquella criatura, que su simple ataque bastó para mandarnos a volar tanto al semiorco como al Caballero no-muerto y a mí. Podríamos decir que el golpe de realidad me bastó para aclarar mis pensamientos.

Aterricé sobre un montón de pedazos de carne y hierros oxidados y ensangrentados que según sabía eran usados para torturar a todos los desgraciados que habíamos caído allí. Algunos de esos instrumentos habían sido usados conmigo, pues en algunas manchas de sangre seca percibía la esencia reseca de mi familia y las numerosas marcas en mi pecho y mi espalda así lo atestiguaban. La fuerza del impacto fue tal que pude escuchar un doloroso chasquido en mi caja torácica. Tardé unos segundos en reaccionar tras la caída, y lo primero que hice fue soltar un grito de dolor antes de doblarme hacia adelante y llevarme la mano que me quedaba al pecho mientras tosía violentamente, escupiendo una flema de sangre que manchó la túnica de cuero que asomaba bajo mi protección pectoral. Me costaba respirar, mucho, y notaba un fuerte dolor en mi interior. Años de experiencia y mi magia me permitieron saber que al menos dos costillas se habían roto con tan mala suerte que me perforaron el pulmón. En un pasado, en otro estado, aparte de las contusiones y una momentánea pérdida de respiración no me habría pasado nada grave. Sin embargo, en aquellos momentos no era más que una sombra de lo que fuí y mi cuerpo no aguantaba lo que en un pasado era perfectamente capaz de resistir. Me había vuelto débil, frágil. Aquél pensamiento me aterró y sólo la visión de lo que ahora podía conjurar y alzar logró devolverme algo de calma. Sí... No podía luchar yo todas las batallas. Debía dejar que fueran otros quienes lucharan y yo dedicarme a la magia. De lo contrario, solo lograría que me mataran. Aquél pensamiento entonces atravesó mi mente como un rayo. ¿Cuál era realmente mi objetivo en aquellos momentos? Estaba lleno de odio, de rabia, quería venganza, quería una compensación por aquellos ocho años... ¿Pero realmente podía exigirlo? ¿Realmente podía conseguirlo? ¿En verdad tenía la capacidad y la fuerza de lograrlo? El Khaelos de antaño no habría dudado ni un instante en responder “sí” a todos aquellos interrogantes. Pero yo no era ese. Era una simple sombra. No... En aquellos momentos dudaba que fuera capaz de enfrentarme a aquello, menos yo solo. Si quería sobrevivir, si quería salir de allí con vida y tener una posibilidad de vengarme en un futuro... Debía dejar la lucha a otros. A mis Tumularios y al semiorco. No podía seguir arriesgándome... Pero tampoco podía confiar en nada que no fuera yo mismo. La falta de sueño, el cansancio, la paranoia habían anidado en mí con una fuerza inusitada. Ni siquiera sabía si en cualquier momento el guerrero se giraría contra mí, y tan sólo los no-muertos bajo mi mando eran realmente de mi confianza. Conservaban parte de sus conciencias y yo era la primera voz amable que les daba una oportunidad de luchar, de hacer algo con su no-vida. Sus almas no habían podido descansar en paz. Por lo menos ahora podían dar rienda suelta a su rabia. En cierto modo, esos eran realmente mis hermanos ahí abajo. No confiaba en los vivos. No confiaba en Morial ni los suyos, no después de recordar que al fin y al cabo, si sólo me quedaba un brazo, era por él... Y que al fin y al cabo todos los no-muertos que me habían ayudado y guiado hasta la fecha era porque él los había mandado. Un Kohlheim era lo que se necesitaba para liberarle... Y así lo había hecho yo. Sí. Sólo en los Tumularios podía confiar. Del semiorco solo podía esperar que no se le ocurriera apuñalarme por la espalda ni girarse en mi contra. Vigilaría, vigilaría...

Los arqueros corrieron hacia mi posición, rodeándome y cubriéndome por si alguien se acercaba. Podía notar cierta preocupación provinente de sus conciencias, e incorporándome costosamente me quedé sentado sobre aquél incómodo montón. Los alabarderos, por su parte, dejaron escapar gritos espectrales de rabia mientras el Carnicero elevaba sus brazos al cielo y gritaba en su lenguaje demoníaco, emitiendo un aura repulsiva en extremo. Tras eso, el demonio corrió descontrolado hacia un lado de la habitación, estrellándose contra una columna que le hizo más heridas de considerable gravedad. Y aún así no moría. No moría... ¿¡Es que había que cortarle en pedazos para destruirlo!? Trozos de piedra y metal cayeron del techo, e instintivamente me cubrí con el brazo aunque afortunadamente no impactó ninguno sobre mí ni sobre mis tiradores alzados. Tras eso observé cómo el Carnicero arrancaba a un hombre de la pared desmembrándolo en el proceso y comiéndoselo, todavía vivo. El desgraciado gritaba de dolor al principio, pero pronto solo los mordiscos del monstruo resonaron por la habitación. De su estómago abierto seguían manando fluidos, y como si alguien abriera una compuerta sangrienta, de los huecos cayó una nueva cascada de sangre ennegrecida por los fluidos y la propia sangre del demonio, derramándose algunos fragmentos de hueso y vísceras que caían al suelo, uniéndose así al reguero putrefacto de bilis de la criatura. Al contacto de la carne fresca con el ácido estomacal del monstruo, la primera empezaba a humear levemente y a desprender un fétido olor penetrante que llegaba hasta donde yo estaba. Fue entonces que los alabarderos aprovecharon para atacar, mientras la criatura fijaba su atención en el semiorco. Descargando los filos de sus armas de asta como si fueran leñadores, los estrellaron primero uno y luego el otro en su brazo armado. El primer golpe llegó hasta el hueso, abriendo un poderoso surco que cortó músculo y parte de la estructura ósea del brazo. El segundo impacto cercenó algo más arriba del codo la extremidad del Carnicero, que cayó pesadamente contra el suelo junto al hacha todavía aferrada. Dudé que aquello le detuviera, siendo capaz de blandir con una mano el arma con una sola mano el monstruo, pero... Por lo menos no podría usar la potencia que le daría hacerlo con ambas manos... Y perdería tiempo si quería rearmarse. Si el orco necesitaba una oportunidad para atacar, qué mejor que aquella. Solo esperaba que él supiera lo que se hacía, pues el Carnicero le miraba a él.

Mientras mis arqueros me ayudaban a levantarme y me tendían mi espada, que envainé mientras me llevaba una mano al pecho, hice un análisis de situación con mis no-muertos. Sabía que tenía dos activos pero no sabía dónde estaban, así que decidí mandarles un mensaje que no sabía si llegaría. Que trataran de ser discretos, sólo lucharan si era necesario... Y que volvieran a mí en cuanto pudieran. ¿Si les llegaron mis indicaciones? En aquellos momentos era incapaz de saberlo, sólo podía desear que así fuera. Solo sabía que seguían vivos y, afortunadamente, poseían suficiente inteligencia como para poder luchar de forma independiente. Aunque sin duda, el que más me preocupaba y con el que afortunadamente sí tenía suficiente contacto para percibirle fue al Caballero. De su conciencia me llegó el mensaje de que trataría de volver cuanto antes a mí. Mi respuesta fue que tuviera cuidado y tratara de no llamar la atención, pero que se diera cuanta prisa pudiera. Le necesitaba conmigo cuanto antes, pues sabía que era, de todos, mi mejor guerrero. También le pedí que me informara de todo cuanto viera en su camino. Necesitaba cuanta información pudiera precisar, y al menos de él sí podía obtener respuesta inmediata. Los dos lanceros desaparecidos... Hasta que no se pusieran a mi alcance, solo podría saber si vivían o habían sucumbido. Incorporado y con un arquero a mi lado, los otros dos retrocedieron mientras tensaban una flecha. El tercero tenía la espada corta en la mano por el momento. Los que apuntaban tenían como objetivo el cuello y andaban preparando el disparo. Al tercero le ordené que le cercenara el brazo derecho a un prisionero que había cerca, el cual gritó mientras era despojado de su extremidad. Su dolor no significaba nada para mí, pues una idea cruzaba por mi mente. Los dos alabarderos de mientras retrocedían, vigilando los agujeros del suelo y preparados para advertirme de cualquier peligro que me amenazara. Yo agarré con mi única mano, libre al estar envainada la espada, el brazo que me tendió el tercer arquero. Un nuevo acceso de tos me sacudió, obligándome a escupir una flema de sangre y a calmar mi respiración poco a poco. Empecé a pensar frenéticamente. Un brazo amputado a la misma altura que yo perdí el mío... ¡Sí! Tal vez, si lograba encontrar el conjuro adecuado, ¡o crear!, el conjuro adecuado, podría recuperar mi brazo... ¿Qué necesitaba? Aparte de magia y un brazo fresco, por supuesto, cosas de las que disponía... ¡Tiempo! Necesitaba conseguirme tiempo, y mis Tumularios y el semiorco podrían dármelo. ¿Qué más? Alguna forma de lograr que se produjera la unión y que no me implicara debilitarme... Había que reunir tendones, músculos, huesos... Algo de energía residual quedaría en el brazo, y yo poseía bastante gracias a las últimas horas, pero... ¿Qué precio se podría pagar que no implicara debilitarme? Los gemidos y gritos de agonía me trajeron la respuesta. ¡Vida! ¡Debía usar vida! ¡Arrancarla y usarla como material para esa unión! ¡Sí! ¡Matar a algunos prisioneros y usar la esencia que se les escape de los cuerpos para sellar la unión de aquél brazo que sostenía en mi mano con el resto de mi cuerpo! ¡Sacrificarles! ¡Sí, podría funcionar! Debía conseguirme tiempo, y no sabía qué haría el Carnicero. En el estado en que estaba el monstruo, si el semiorco se daba prisa y le atacaba, podría acabar con él sin represalias, y el demonio le miraba a él. Mis no-muertos me tenían preparado para cualquier eventualidad y estaban preparándose para mantener y solo atacar cuando tuvieran un blanco claro, esquivando si el monstruo se decidía a lanzar un nuevo ataque. Sí... Necesitaba que me consiguieran tiempo mientras yo acababa de atar aquél plan que mi mente febril buscaba realizar... Debía concentrarme y hacerlo bien, y sobre todo no arriesgarme demasiado. Sí... Podía lograrlo. Si lograba unir el brazo, y el Carnicero moría... ¡Sí, todo iría mejor! El colgante estaba haciendo su trabajo... Sí, las cosas no estaban tan negras como aparentaban... Pero debía tener cuidado, ser cauteloso y centrarme en sobrevivir... Sobrevivir y salir de ahí como pudiera. Se me había dado una oportunidad. No podía tirarla a la basura. El resto... Improvisar. Improvisar sobre la marcha.
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Zyrxog el Sáb Dic 14, 2013 2:57 pm

Como un espeso elixir
La sangre y la vida se diluyen entre ellas
Dejando olvido y miseria solamente
Dejando hambre y desesperación
Las ansias por lo perdido
Y las añoranzas de lo soñado.

Christian Chacana 14 de diciembre de 2013
Con ansias, con voracidad, con desesperación y hambre, la bestia se alimentaba, con los deseos de aplacar un hambre largamente sostenida. Se puede decir que sus modales dejaban mucho que desear, manchando los restos de las ropas que quedaban en su cuerpo, la túnica que en más de una ocasión fue rasgada y hecha girones, el peto podrido y que ahora únicamente se mantenía en su lugar por la sangre de la propia criatura, sangre derramada en incontables torturas. Mas ahora las cosas cambiaban, no le importaba nada en ese momento, más que saciar su hambre. Como un niño pequeño al cual le dan una golosina y le ofrecen mas, los cráneos eran triturados, abiertos cual cocos y devorado su contenido, con rapidez y gula. No se sabe cuánto demoro, ni cuantos comió, pero su cuerpo se sentía bien, como si hubiera recordado algo tan largamente olvidado. La criatura se limpio sus tentáculos, los que aun estaban en su rostro y no habían sido arrancados cruelmente, y lo que el alimento había hecho olvidar, ahora era más vivo que antes, su odio y desprecio, su inhumanidad y los deseos de venganza que oprimían su corazón y lentamente envenenaban su mente para ser lo único que importaba.

Mas el tiempo de alimentación había cesado, ya que antes de poder tomar el merecido descanso después de aquella larga y esperada comida, sucedió lo que para muchos hubiera sido el cenit del horror y la depravación. Cuerpos, infinidad de cuerpos y victimas comenzaron a caer, aun mas que los restos que antes habían tapizado la estancia, cuerpos que aun vivos no dejaban de gritar y gemir, antes de estrellarse contra el piso y lentamente acumularse, uno sobre otro Algunos soportaban el primer impacto, para ver como su vida se extinguía cuando otro cuerpo les impactaba, aplastándolos sin detenerse. La aberración debió de esquivar a más de un cuerpo que había intentado aplastarle, salpicándose de sangre y entrañas, cosa que no le molesto, ya que en el pasado, era común en sus prácticas inhumanas con los inferiores. Mas cuando uno de los cadáveres impacto el suelo, un sonido diferente se escucho, no era el típico de carne reventándose, sino de algo duro que había revotado. Con dificultad, el nigromante se agacho, enterrando su mano entre dos cadáveres, y sacando lo que parecía un largo bastón hecho de hueso o similar, aquel bastón tenía algo que le llamaba la atención, y aun cuando no fuera así, le serviría, ya que su pierna, a pesar de unos instantes de calma, había vuelto a doler con la misma intensidad que anteriormente.

Desde el techo, la visión de aquel ojo solo trajo una nube negra al ya oscuro corazón de la aberración, la cual esperaba lo peor ya la vez lo mejor, ya que con el paso de los segundos, aquellos el techo y muros se tapizaron de ojos que lloraban sangre y cadáveres, como si derramaran lagrimas de dolor o quizás de placer. El suelo pronto fue cubierto por litros y litros de sangre, que manchaban piernas y ropa, dejándolas rojas por el elixir carmesí. Si bien hasta ese momento había dificultades para mantener el equilibrio, el ser comenzaba a analizar donde se encontraba, aquel lugar no aprecia una habitación simplemente, ni una sala, sino mas bien el interior de algo, la carne que tapizaba el lugar y los ojos daban la impresión de que habían llegado al vientre de una bestia, la cual se estaba alimentando ene l exterior … quizás tuviera razón o quizás no, pero el pilar, el pilar que en un inicio no había llamado su atención, ahora lo hacía … la sangre no lo había cubierto, algo interesante si tomaba la cantidad de sangre que se había juntado en el suelo.

Pero no todo termino ahí, ya que un sonido extraño retumbo por toda la estancia, y luego, algo cayendo, aun más pesado que los cadáveres, algo de seguro de gran tamaño, ya que la sangre salió disparada, cual olas chocando contra las rocas, bañando de pies a cabeza al nigromante, a la aberración, hasta ese momento, su rostro había estado frio, mas ahora, parecía haber cambiado a una “sonrisa” si es que podía llamársele así, no estaba feliz, ni asustado propiamente tal, había pasado por infinidad de torturas y ahora su temple había cambiado, si antes su forma de ver la existencia de la vida era como un muro de roca, ahora este se había cubierto de acero y púas.

Rápidamente se giro hacia aquellos cadáveres, aquellos alzados de seguro por el liche o el nigromante, no le importaba, eran cadáveres y su amo ya no estaba presente, eran siervos sin un amo, y el, era un amo sin sirvientes. Estirando su mano, apunto hacia los tumularios, los guerreros alzados del pasado y concentro su esencia, su poder mágico, su voluntad, que ahora alimentado, se había vuelto más fría y dura que antes. ¿Qué pasaría? No se sabría hasta después, mas el azota mentes no se rendiría, ni daría piedad, no le importaban los “aliados” que pudiera obtener, todos eran herramientas, meros objetos que le servirían, hasta romperse o morir, y aun así, el les alzaría, para que le sirvieran, hasta que sus cuerpos fueran destrozados hasta volverse irreconocibles. Su intención era muy simple, tomar el control de aquellos no muertos, y usarlos como sus armas, como sus escudos, como su ira y venganza, quizás su poder mágico no los podría controlar, quizás se volverían contra el mismo, tal vez su brazo estallaría o su vida se extinguiría, no importaba, aun en la muerte el seguiría buscando venganza, y fuera lo que fuera lo que se acercaba, el no le daría la espalda, no le demostraría piedad, si no que le obsequiaría dolor, sufrimiento y finalmente, la muerte más amarga posible para su existencia.




Patetico  Invitado no eres mas que un inferior ... una alimaña que deberia de pisar con mi pie


I Eat Your Brain Muajaja




Llevo varios cadaveres a mis espaldas: Rue, Elena, Aleria, Jack Cross, Erik, Fayt Reeden, Malblung Anwarünya, Lairë Tinúviel, Naerys, Björki Gotriksson, Sheoldred, Silence, Ferenec, Iosif, Tuxy, Light Yagami, Vanegan, Jarko, Hans Stoker ... quizas el proximo seas tu Invitado
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Jones "The butcher" el Dom Dic 15, 2013 3:44 am

El acero de las flechas, surcó el pútrido viento cargado de muerte y lamentos, aterrizando, con fuerza terrible, sobre la delgada piel del depravado demonio que se alzaba frente a nosotros, desgarrándola en jirones funestos de piel carcomida y deshecha, desperdigando gotas de sangre oscura sobre los adoquines de roca ancestrales. Las letales puntas de las lanzas, se enterraban en la carne corrupta del carnicero, separando músculos, piel y huesos a su paso, y desparramando pedazos podridos de sus viseras, llenando el ambiente con el olor penetrante y desagradable de la bilis del demonio. Lentamente, la vida de aquel infernal enemigo, se iba extinguiendo bajo las armas de los engendros de Khaelos, pero ninguna muestra de efectividad se veían reflejadas en el rostro del demonio, quien solo esbozaba una mueca llena de satisfacción, que era acompañada con una gutural risa que nacía en la obesa garganta del carnicero. Si no hubiese sido por que la carne se rajaba y la sangre fluía, hubiese parecido que era completamente inmune a los ataques, cosa que quedo más que clara cuando, de un único y poderoso hachazo, destruyo a los muñecos funestos del joven Kholheim como si fueran muñecos de trapo siendo golpeados por un huracán. Pero las repercusiones del ataque no terminaron ahí, no, la fuerza del golpe fue tal, que la cortina de viento empujada por el hacha fue lo suficientemente fuerte para mandarnos a volar a Khaelos, al engendro líder y a mí, quienes estábamos a varios metros de distancia.

Mi cuerpo salió disparado por la habitación, pero gracias a la suerte, ya sea buena o mala, logre ser capaz de aferrarme a las cadenas que colgaban del techo, provocando un violento movimiento en ellas, atormentando, aun más, a los pobres diablos que colgaban de los oxidados ganchos en los extremos inferiores, desgarrando la carne de algunos y dejando inconscientes a otros, debido al intenso dolor sufrido. Como sea, yo tampoco salí ileso del golpe de las cadenas, pues las pequeñas pero macabras púas de los eslabones, se clavaron fuerte en mi brazo derecho e izquierdo, logrando, este último, salir ileso debido al acero del que estaba hecho. Aun así, el brazo derecho salió bastante lastimado, sobretodo en la zona del antebrazo y la palma de la mano, las cuales se vieron enredadas entre el mellado acero cubierto de sangre seca. Mi espalda y pierna izquierda se encontraban en situación similar, con una cadena cubriendo una línea recta desde mi hombro derecho a mí nalga izquierda, bajando por mí pierna y enroscándose en mi pantorrilla. Si no fuese por los jirones de armadura que encontré en el foso, las espinas hubieses desgarrado gran parte de mi espalda. Las espinas, una vez clavadas, no se podían retirar fácilmente, obligando a desgarrar piel y carne para lograrlo, por lo que mis brazos, carentes de protección alguna más que mi propia piel, estaban bastante comprometidos, sobre todo si se tiene en cuenta la extraña y antinatural posición en la que me encontraba.

Las punzadas de dolor, que nacían en las viejas puntas de las púas, recorrían todo mi cuerpo, estallando como volcanes en mi cabeza, llenando mi espíritu de un ímpetu juvenil que no sentía desde hace siglos. Las señales nerviosas, se excitaban inclementes bajo mi piel, revolviendo mi alma en un huracán tempestuoso de furia y emoción. Estaba feliz, estaba lleno de impaciencia por demostrarle a aquel enemigo de las viejas eras, que aun quedaban orcos del viejo mundo en este depravado lugar. Estaba ansioso por demostrarle a este asqueroso nuevo mundo, que el poderío de los orcos de aun no mengua, sino todo lo contrario,  la fuerza de nuestras espaldas ha nacido de nuevo en este maldito monasterio, listas para transformar el exterior, al método de la vieja usanza. Estos viejos brazos, talaran los bosques de los débiles elfos y quemaran su arrogancia infundada. Nuestras piernas, moverán las montañas de los enanos y derribaran sus fortalezas, subyugándolos bajo nuestro mando una vez más. Estos ojos, traerán el fuego del clan Faucesangrientas sobre el mundo de los humanos, quemando sus civilizaciones hasta los cimientos, construyendo sobre ellas, los pilares para un nuevo viejo mundo.

Teniendo el cerebro lleno de esas ideas y el alma incendiada con esa energía juvenil, tomé las cadenas fuertemente entre mis palmas, y con un fuerte y violento movimiento de mis brazos, logre arrancar las cadenas desde sus inicios, cayendo fuertemente al piso, seguido del largo sonido de ambas cadenas repartiendo sus eslabones sobre el piso. Todo el suceso, coincidió con el ilógico movimiento autodestructivo del carnicero, el cual desencadenó que grandes y pesados pedazos de piedra, cayeran desde el cielo, impactando el piso, retumbando los mismos cimientos de la habitación. Los pedazos de cielo raso, no impactaron en ninguno de los presentes, al menos en nadie relevante, solo en algunos prisioneros que vieron sus vidas violentamente interrumpidas bajo la lluvia de rocas. Mas la lluvia de piedras, no se vio acompañada solamente por los gritos de miseria y dolor de las víctimas de los demonios que aun colgaban desde sus espaldas, pues el golpe del carnicero contra el muro, también provocó la caída de decenas de cuerpos a medio mutilar que aun se retorcían como gusanos lastimeros, esclavos que se encontraban en un eterno tormento. Las más diversas armas y artilugios habían sido utilizados para provocarles un indescriptible sufrimiento a esos pobres diablos, y algunas de ellas, aun se podían encontrar en sus cuerpos mutilados, atravesando sus brazos y piernas, rasgando sus mejillas necróticas o cruzando su pecho en las más diversas formas. Eran decenas de cuerpos los que cayeron, desde hombres y mujeres, hasta horiges y engendros, todo tipo de esclavos destinados al macabro entretenimiento de los asquerosos demonios.

Pero de todos ellos, uno era el que destacaba, pues, su cuerpo, soldado mediante magia a una enorme plancha metálica, se encontraba completamente desfigurado, pudiendo ser cualquier ser de este mundo, y ni siquiera el erudito más experto hubiese podido reconocerlo. Era poco más que un amasijo de carne quemada, gritaba lastimosamente y dejaba caer pequeñas gotas carmín desde donde deberían estar sus ojos. Todo su cuerpo poseía ese color característico de los cuerpos incinerados, aunque su olor era más similar al de los cuerpos descompuestos hace días. El único color que destacaba en su cuerpo, era un pequeño diamante de un color turquesa malsano, el cual asomaba desde la boca de su estomago. En una especie de trance, caminé directo hacia el cuerpo, y agarre con fuerza el pequeño diamante, era extremadamente filoso, provocando un fuerte corte en mi palma, pero aun así no lo solté y lo hale con fuerza. El cuerpo del bastardo se partió como si estuviese hecho de papel, dejando libre una extraña arma que había sido usada para torturarlo hasta más allá de sus límites.

Era una gran hacha, cuyo aspecto se veía claramente corrupto por el influjo de los demonios del monasterio. Tenía un color violáceo malsano y un leve fulgor amatista se desprendía desde su centro. El mango estaba cubierto por una especie de capa de escamas secas, de aspecto frágil y quebradizo, dando la impresión de que al mínimo contacto se desprenderán, dejando ver el metal original del arma. Un aura de autentica maldad, similar a la que desprenden los demonios, era emitida desde toda el arma. Expelía una atmosfera cargada de odio y furia, como si el arma tuviera consciencia propia y quisiera destruir todo a su alrededor. Ningún ser en sus cabales la hubiese tomado entre sus manos, pero por alguna razón, yo camine y la empuñe. La apreté fuerte en mi mano derecha, sintiendo como un gran poder comenzaba a fluir dentro de mí. Levante la mirada y pude ver al obeso y pervertido demonio mascando un amasijo de carne gritona. La baba saltaba desde el interior de su boca, salpicando todo a su alrededor. Por algún motivo, cuando le vi el horrible rostro deformado por las heridas al carnicero, una ira incontenible me devoro por completo. Ahora lo odiaba más que antes, mis manos temblaban de furia, mis ojos bailaban de enojo, mis fauces se apretaban tan fuerte que mis colmillos rechinaban cuando impactaban entre sí.

Una ligera duda se planto en mi cabeza, una pequeña inseguridad que no permitió que mis piernas salieran disparadas cual bala de cañón contra el demonio. Era un nombre, una palabra perdida de un vocabulario corrupto. Era un sentimiento que obligaba a mi corazón a correr tan rápido como un elfo asustado. Demusiku solté de manera inconsciente desde mi boca. Esa era la palabra que me llenaba de odio, me cargaba de ira, me colmaba de poder, pero también era la razón de mi miedo. Tenía miedo de mi mismo, de lo que era capaz de lograr en ese estado. Tenía miedo de que se acabara alguna vez. Tenía miedo de que alguien me quitara el hacha, que me la arrebatara para sí mismo. Pero no iba a permitirlo, nada me alejaría del poder de Demusiku. La duda se desvaneció y mis piernas saltaron desde su posición inerte y comenzaron a correr imparables hacia el carnicero, el cual estaba siendo mutilado por los tumularios de Khaelos. Su brazo armado, caía al suelo bajo el filo de las alabardas de los engendros no muertos, provocando que el obeso gritara y riera de dolor. Pero no me importó su risa, no me importó que no sintiera que le lastimáramos, no me importó que sus ojos se posaran fijos en mi, solo me importaba arrancarle la cabeza de su cuerpo.

Los metros entre nosotros desaparecían demasiado rápido como para darnos cuenta. Los adoquines de piedra retumbaban ante mis pasos, liberando un ligero sonido ante mi peso. El demonio seguía riendo mientras me observaba fijamente, podía sentir como su mirada calaba profundo en mi alma, incendiándola en una ira asesina incontenible. Entre más reía, más quería arrancarle su oscura lengua de la cara. Podía sentir como yo mismo gritaba, pero no lo hacía voluntariamente, era un grito primigenio que nacía desde el más puro sentimiento de odio. Cuando los metros que nos separaban no eran más que un par, di un poderoso salto que me elevo por sobre la cabeza del demonio, vi su mirada elevarse posada fija en la mía. Pude sentir que el demonio sabía que lo odiaba. El hacha cayo pesada al costado izquierdo de su cabeza, partiendo su clavícula como si fuesen ramitas de árbol seco, separando sus costillas en dos partes, llegando al lugar donde debería estar su corazón. Luego, apoyando ambos pies en las zonas donde aun había carne, removí el hacha sin ningún cuidado. Una vez en el suelo, gire sobre mi propio eje, haciendo que el filo del hacha golpeara la zona posterior de la rodilla del demonio, semi cercenando la extremidad. Grandes chorros de sangre oscura brotaban desde las heridas recientes. Cuando el demonio caiga, un potente corte vertical caerá sobre su cuello, terminando de separar la cabeza y cortando para siempre con su estúpida risa masoquista.


Última edición por Jones "The butcher" el Lun Dic 16, 2013 7:10 pm, editado 1 vez
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Farimir el Dom Dic 15, 2013 6:34 am

Examinaba aquella habitación con detenimiento, mirando de reojo al techo para asegurarme de que nada me cayera encima. La habitación en si parecía mas el fondo de un hoyo que una habitación. Visto de una forma cínica, aquello sería un basurero, aunque no podía estar muy alejado de la verdad. Cada centímetro del lugar estaba recubierto con una capa de cadáveres, sangre y órganos y miembros mutilados. Lo que más extraño me pareció, sin embargo, fue mi propia actitud hacia aquello. Por más dantesco que fuera el escenario en el que me encontraba, aquello era más que una mera distracción. Hubo una época en la que aquel espectáculo hubiera capturado toda mi atención y preocupación. Sin embargo en esos momentos lo único que invadía mi mente era el pensamiento de cómo salir de aquel lugar. No podía dejar de sentir una profunda pena por todos los pobres desgraciados que se decoraban el cuarto, pero aun así, ya no era igual que antes; ya no era tan emocional al respecto. Sería erróneo decir que me había vuelto un hombre completamente duro y frío como uno de los cadáveres que nos acompañaban. Pero no podía negar que, después de sufrir indescriptibles tormentos y de perder mucho tiempo de mi vida que jamás recuperaría, algo había cambiado. No era como siempre fui y lo sabía.

Sin embargo, como si el grotesco espectáculo de ver a mi compañero devorar unos aperitivos no fuera suficiente, del techo comenzaron a llover nuevamente cadáveres, pero con una intensidad mucho mayor que antes. Era una lluvia torrencial de cuerpos muertos y sangre. Debí estar en constante movimiento, esquivando a los pobres desdichados que caían de las alturas a gran velocidad. El sonido de la carne estallando y los huesos rompiéndose contra el suelo se pasó a ser algo más común de escuchar que el sonido de mis propias pisadas. En más de una ocasión un cadáver cayó a escasos centímetros de mi cuerpo, salpicándole la cara de sangre aun tibia y la armadura con sus tripas. En un determinado momento, un cadáver cayó justo enfrente de mí, pero no conseguí reaccionar rápido como para saltarlo y me tropecé con él, cayendo de cara al suelo y ensuciándome aún más de sangre. Rápidamente de di vuelta y contemple como un par de cadáveres caían hacia mí. Comencé a girar en el suelo como una alfombra enrollándose y afortunadamente los cadáveres no me cayeron encima. Sin perder el tiempo, me pare y le dedique mi atención a algo que había podido distinguir vagamente mientras giraba, pero que me había parecido una mera ilusión.

Sorprendentemente no fue una ilusión: un ojo gigante comenzó a abrirse en el techo. Como si fuera poco, poso su vista en nosotros. Lo que paso a continuación fue definitivamente algo que no se jamás me imagine fuera posible. El ojo literalmente estaba llorando cadáveres. Sangre y cuerpos se amontonaron en su lagrimal y luego comenzaron a caer a gran velocidad como si de un descomunal llanto se tratase. Como si con una solo no fuera más que suficiente, otro ojo, más pequeño, se abrió en el techo y repitió la misma acción que el primero. Pero el espectáculo no cesó entonces, ya que cientos de ojos comenzaron a hacerse presentes no solo en el techo sino también en las paredes. Todos liberanban el mismo funesto llanto. Poco tiempo después, la habitación comenzó a inundarse de sangre y cuerpos demacrados que no tardo casi mucho en elevarse hasta el nivel de mis rodillas y seguía avanzando. Se hacía dificultoso moverse con velocidad estando inundado en cadáveres y el vital líquido carmesí. Volví mi atención hacia el pilar que previamente había observado con cautela. La sangre aun no había llegado a cubrirlo totalmente. Entonces, la lluvia se detuvo y así lo hicieron los gemidos de los cuerpos aun mutilados aún con vida. Justo cuando creí que el silencio de la habitación estaba destinado a durar bastante, se escuchó y poderoso rugido que hizo eco en las pareces del lugar. Casi inmediatamente después, escuche el sonido de algo cayendo en el lago de muerte que se había formado. No eran cadáveres, estaba seguro de que era algo más pesado. Su impacto en el lugar provoco que se formara una gran ola de sangre, la cual empapo cada centímetro de mi cuerpo, dejándome más rojo de lo que nunca había sido. Pude notar como el nigromante cabeza de pulpo extendía su brazo hacia los cadavéricos soldados. A juzgar por las apariencias, parecía estar tratando de controlar a los esqueletos. Esperaba que pudiera conseguirlo, en nuestra situación actual cualquier apoyo sería útil. Por mi parte, desenvaine rápidamente mi espada e intente agudizar mis sentidos lo más posible. La sed de batalla era grande para mí. Estaba ansioso por arrancar una vida demoníaca, al menos una. El peligro no se había presentado directamente, pero encontrándome en una habitación inundada de sangre al punto que una criatura de tamaño mediano pudiera deslizarse nadando cual pez y no podría detectarla hasta que fuera demasiado tarde, debía estar preparado para lanzar un corte o estocada ante la primera señal de peligro.
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Re: Las Puertas de Ghazrüll

Mensaje por Axelier Dragonos el Dom Dic 15, 2013 4:19 pm

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Re: Las Puertas de Ghazrüll

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