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El renacer de Mika (solitario)

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El renacer de Mika (solitario)

Mensaje por Mika Hunterdream el Vie Ago 23, 2013 5:48 pm

Capítulo 1: Llegó la hora de ser un hombre

Las lágrimas discurrían por sus pálidas mejillas. Arrodillado en el suelo de aquel bosque que una vez le dio la vida se preguntaba por qué ahora deseaba quitársela. No en sí la vida física que lo hacía respirar, moverse y percibir el mundo; sino su vida espiritual. Los miembros de su tribu de acogida se habían hartado de que fuese el único macho que hacía tareas de mujer. Hacía poco habían atacado su clan y numerosas muertes se habían velado en las últimas noches de verano. Ahora más que nunca se necesitaban hombres que protegiesen sus casas, sus mujeres y sus cachorros. Y aunque en su momento Mika hubiese sido un forastero ahora era un miembro más del clan que, al igual que el resto, tenía derechos y obligaciones.

¡Vamos, coge ese maldito arco y dispara!—gritó el macho más alto, de tez morena y corpulenta constitución con su voz agria y seca.

Mika seguía agarrando con fuerza sus rodillas, negando varias veces con la cabeza y mirando fijamente las pequeñas piedras y restos plantas putrefactas que ensuciaban sus ropajes. Entonces, el macho nombrado “El Rojo” por el resto del clan por su sed de sangre y agresividad a la hora de alguna contienda, golpeó con fuerza la barriga del albino haciendo que éste soltase un fuerte gemido de dolor. El Rojo estaba bastante irritado. Aquel maldito crío ni hablaba ni se movía. Ya de por sí le molestaba bastante que nunca respondiese cuando se le llamaba y que cuando tenía algo que decir, simplemente dejase una nota. ¿Qué clase de guerrero era ese? En cualquier caso, aquella era una buena ocasión para desfogarse con él.

Podían divisarse algunos rastros de sangre en suelo que el lupino había escupido por la boca debido a los fuertes golpes que El Rojo le propinaba. ¿Cómo podía seguir consciente siquiera? Entonces se levantó apenas unos palmos y clavó sus orbes celestes en las negras pupilas de El Rojo y dio un fuerte golpe en el suelo con la palma de su mano diestra. Estaba frustrado, totalmente frustrado. Aquellas bestias (por llamarlos de alguna manera ya que no había suficientes insultos en el mundo para poder definirlos), querían obligarlo a matar a un conejo, el cuál habían encerrado previamente en una jaula de madera de aproximadamente un metro cuadrado para que no tuviese oportunidad de escapar. ¿No era suficiente que fuese capaz de encerrarlos y llevarlos a las mujeres para que los degollaran? No, tenía que verlo morir. Y es que aquellas malditas criaturas no podían entender mínimamente la repulsión agonizante que Mika sentía cada vez que veía un ser inerte, cuya vida había sido arrebatada sin piedad por manos de asesinos como aquellos hombres que ahora querían obligarlo a ser uno de ellos.

Estoy harto de ti, Mika. De tus secretos y reservas; de tu cursilería y caballerosidad. ¿Eres un lobo o un príncipe? ¿Eh? ¡Dime, porque yo no lo entiendo! ¡O matas a ese puto bicho o lo haré yo y te obligaré a lamer sus entrañas!—volvió a gritar con furia El Rojo, agachándose y agarrando las peludas orejas que Mika escondía bajo su cabello para obligarlo a mirar sus ojos inyectados en sangre. Sonreía con lascividad; el amor a la muerte que El Rojo poseía no podía exaltarle más al imaginarse al pequeño Mika obligado a lamer las tripas del pobre conejo.

Entonces Mika, exhausto y desesperado acercó la afilada uña de su índice para acercarla al mullido suelo que pisaban. Con el lateral de su mano, apartó todo el follaje y con elegancia y parsimonia escribió en el suelo: “Las damas”. Aquella pequeña burla por parte del lupino, la cual su “agresor” no había terminado de entender,  hicieron que El Rojo se cabrease un más y su irascibilidad se incrementase.

¿Las damas? ¿Cómo que las damas?

Mika no respondió. Él sabía perfectamente a lo que se refería. Las hembras del clan eran las encargadas de limpiar a los conejos para su posterior uso como alimento. Él siempre se los traía vivos; admiraba la tarea de las chicas pero absolutamente siempre se negaba a observarlas. Las hembras allí presentes soltaron una risa tenue al escuchar al incrédulo lobo hacer aquella pregunta a voz de grito. Definitivamente Mika sabía cómo conquistarlas y halagarlas incluso en momentos de desespere; y eso que no lo hacía de manera consciente. Simplemente era caballeroso y amable por naturaleza. Su hermana le había enseñado esos modales y nunca en la vida se atrevería a faltarlos.

Pero la paciencia de El Rojo estaba llegando a su límite; así que fue fiel a sus palabras y tras algunos pasos se acercó al conejo, cogiéndolo por la piel que sobresalía de su cuello y colocándolo frente a Mika. Volvió a sonreír y se agachó para, con su mano sobrante, agarrar el mentón del menor.

Observa con atención—mencionó mientras mostraba sus afilados colmillos, los acercaba al cuello del conejo y los arrastraba con fuerza para herir al animal forzándolo a soltar un fuerte alarido. Entonces adaptó su mandíbula al tamaño del cuello del pequeño animal y apretó con fuerza, girándola bruscamente hacia la izquierda, rompiéndole aquel miembro y por consiguiente, haciéndolo morir.

Los borbotones de sangre salían del cuello del pobre animal como si de una cascada de ira y sangre se tratase. El hecho de tener aquel ser que apenas hacía unos instantes irradiaba vida, saltando de un lado para otro, totalmente inerte frente a sus ojos; totalmente horrendo y obsceno de ver, hicieron que el estómago se le atragantase en la boca. Todas las bayas y frutos que había consumido hacía poco se le revolvieron en las tripas y se le atoraron en el esófago, haciéndole vomitar. Él estaba muy débil y el resto, demasiado cansados. El hecho de que quisiesen quitarle aquella fobia a la fuerza de un día para otro no era algo que le hubiese sentado especialmente bien. Mika cayó exhausto en el suelo, ya no podía más; ni física ni psicológicamente hablando. Poco a poco, todos los lobos presentes en su “formación se fueron disipando”, aquel espectáculo nunca iba a terminar. Mika jamás sería lo suficientemente fuerte para ser uno de ellos. Y aunque estuviesen desesperados por tener más machos en la manada, les valdría más usar mujeres que a él a la hora de una batalla. El rostro de El Rojo se inundó de pura decepción. La ira se había disipado al ver aquel penoso espectáculo…quedando únicamente compasión por aquel ser que se hallaba en el limbo entre lobo y humano recién nacido.

O vuelves al clan con uno de éstos lleno de tu saliva y asesinado con tus propias manos u olvídate de pertenecer a los Deg-gan.

Y pronto Mika quedó sólo en aquel lugar lleno de silencio, sumido en una profunda reflexión… Tenía que sobrevivir, no podía ser abandonado de nuevo. Tenía que ser fuerte por ella.

Pero lo que no sabía el afligido lupino es que él no era el único allí preocupado por sus emociones, por su futuro…alguien más deseaba su transformación.
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Mika Hunterdream

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