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Cuentos de Noreth
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Cimientos Impuros

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Cimientos Impuros

Mensaje por Daiana Vientosilencioso el Vie Sep 13, 2013 9:56 pm

Muerte. Desolación. Pérdidas. Dolor. Sangre. Condenación. Todas y cada una de esas palabras son sinónimo de una sola, de dos sílabas que, a su vez, son sinónimos de algo peor que la misma muerte: Guerra.
¿Cuántas almas se pierden durante una pelea? ¿Y durante una escaramuza? ¿Y durante una batalla? Muchas, muchísimas, pero… ¿Y durante la guerra?
¿Qué clase de mente enferma es capaz de concebir, siquiera por un instante, que una guerra puede solucionar problemas? ¿Acaso existen realmente motivos para enzarzar a dos naciones en una contienda que se cobre vidas de ambos bandos? No, por supuesto que no. Mas, todas estas dudas no son nada, sólo hay una pregunta correcta: ¿Qué importa todo eso? Y de esa nace otra que es todavía, y si cabe la posibilidad, más ruin y despiadada:¿Qué importa todo eso cuando hay dinero, contante y sonante, en los bolsillos de quienes la llevan a cabo?

Así es, lectores, amigos la “Guerra Santa” no existe; la “Guerra de ideales” no existe; la “Guerra de territorios” no existe. La única guerra que existe y que existirá jamás es la Guerra del Dinero.

Motor del mundo, impulsor de civilizaciones, difusor de ideales… ¡Dinero!
A la pequeña villa de no más de doscientos habitantes situada al sureste del Reino Necromántico se le había llamado, en tiempos remotos, Kalmburgo; Burgo de la calma. Y siempre, incluso en los momentos de mayor tensión entre El Sacro Imperio y La Nación Necromántica, había gozado de una paz casi idílica entre sus habitantes. Imperiales renegados y Zhakeshianos desertores era lo que componía el grueso de la población; más de la mitad de los habitantes eran antiguos Templarios Sacros de diferentes órdenes, desde la temida “Mano Ejecutora” hasta el secretísimo “Martillo Santo”, todos ellos vivían en paz con miembros de organizaciones Zhakeshianas que igualmente habían dejado la sangrienta vida que ofrecían las órdenes militares para meterse de cabeza en la ganadería, el campo y las granjas de tres al cuarto.

Al principio hubo asperezas, pero el tiempo se encargó de limarlas, como siempre hace, y gracias a esto se logró que la población pudiese vivir en paz.
Sus casas de barro con techos de paja jamás habían tenido ocasión de probar la sangre. Su tierra era bastante fértil pese a no estar abonada con cadáveres. Y la plaza del mercado, aunque siempre estaba sumida en un caos impredecible e implacable, jamás había visto desparramarse vísceras o sesos sobre las piedras que la componían. Todo era calma. Todo era paz. Y todo estaba bien hasta que un aciago día no hace mucho las huestes del conde nigromante más conocido de todo el lugar decidieron hacer del diminuto y prescindible Burgo de la Calma su hogar provisional.

Khaelos Kohlheim, según contaban las historias cantadas por juglares, era un hombre tan cruel con sus enemigos como amable con sus aliados. Se le conocía por ser el azote del Imperio, la astilla en la zarpa del león… el grano en las sacras posaderas del emperador.
Había ganado tantas batallas, había estado en tantos lugares y había llevado esperanza a tantos lugares que su simple presencia inspiraba confianza allí donde ponía la bota pero… ¿Era así siempre? Pues no, lo cierto es que no era así dondequiera que fuese “El Conde”. A parte de sus heroicidades también se conocían sus atrocidades, su crueldad con los enemigos y su costumbre de erradicar cualquier rastro de imperialismo allí donde iba. Y eso había pasado a sus tropas. Consideraban la crueldad con los enemigos un bálsamo para el reino; concebían ideas que ni los más retorcidos psicópatas eran capaces de albergar en sus mentes, y todo lo justificaban con la “liberación de su pueblo”. Pues bien, esa liberación había sido la perfecta excusa para que sus tropas tomasen Kalmburg.

Según decían los mandamases de los destacamentos asignados a ese puesto, casi olvidado por todos los bandos que se rebatían a mordiscos como cerdos por una charca, tomar la aldea había sido una acción preventiva, puesto que las órdenes del imperio eran barrer del mapa todo rastro de deserción, de abandono y de aceptación de “infieles” en sus vidas. Pero lo que estaban haciendo realmente era condenar más a esas gentes, pues si bien Kalmburg no estaba preparada para una guerra a gran escala, sí que hubiese sido capaz, la desdichada aldea, de repeler a un grupo de asesinos, o a dos, o a tres… o a los que hubiese hecho falta. Pero mantener a raya a todo un batallón de soldados con el cerebro lavado era otra cosa, y las tropas del “Gran Nigromante” habían ido dejando miguitas de pan que a los soldados del imperio no les pasaron desapercibidas.
Cada pueblo que socorrieron en su camino. Cada pequeña región que libraban del yugo. Cada buena acción que hacían, dejaba un rastro indeleble de testigos que, frente al miedo que inspiraban los Inquisidores Imperiales, no tardaban en señalar con dedo acusador la dirección que había seguido el escuadrón negro compuesto por dios sabe cuántos soldados de ese “Héroe” nacional.

Pero lo que todo el mundo se debe preguntar es: “¿Dónde encaja Daiana en éste asunto de tantísima trascendencia?” Pues bien, nuestra querida asesina entra, ni más ni menos, que en las tropas de su nación.

Daiana era una asesina de las mejores de su generación y pese a la edad que ya iba teniendo no se retiraba. La mujer-cuervo siempre había ignorado las estupideces nacionalistas que clamaban sus compatriotas mientras se golpeaban el pecho, su único interés eran las monedas tintineantes en una bolsa atada a su delicado cinturón de cuero. Eso, y la información sobre los dos desgraciados que habían decidido acabar con su vida de ensueño durante una tarde-noche lluviosa.
Si había una de esas dos cosas sobre la mesa, ella no tenía reparos en destripar a su propia madre si era el objetivo. Y en éste caso no había solo una, sino las dos. Un oficial del ejército del conde aseguraba tener mucho dinero para pagar y una información que valía, para ella, más que todas las riquezas y tesoros juntos. Información explícita sobre aquel par de desgraciados. Pero claro está, nada es gratis en ésta vida, ¿verdad que no? El susodicho no iba a soltar prenda tan fácilmente, porque no era idiota y sabía que tenía que dosificar cada palabra, cada sílaba que salía de sus labios.

-¿Sabes que nos están siguiendo? – Preguntó con frialdad la asesina; - Nos han seguido hasta aquí. No los escucho, no los veo, pero puedo oler la peste de tus “queridos” Imperiales incluso entre la peste a mierda de vaca que hay en cada esquina de ésta aldea. ¿Qué pretendes hacer ahora?

-Lo sé. – respondió, muy seco y tajante, el capitán Maüler – Haré lo que mejor sabemos hacer en mi tierra, Daiana: Luchar. Lucharé con mis hombres hasta que uno de los dos bandos sea exterminado de Noreth por completo. –

-¿Y toda ésta gente? – Daiana echó un vistazo a su alrededor y, por un momento, creyó sentir algo más que odio visceral en su pecho. Una sombra del amor que un día sintió, tal vez, o tal vez la garra del dolor ciñéndose más sobre su frío corazón; - ¿Piensas presentar batalla en un lugar como éste? Y dime, Maüler, ¿qué piensas fortificar? ¿Un gallinero? ¿O uno de los corrales de los cerdos? – la mujer curvó una sonrisa por debajo del pañuelo que le cubría casi todo el rostro y a continuación remató sus palabras para terminar de crispar la paciencia del oficial: - Me extraña que todavía te preguntes por qué te mandan a ti las misiones más alejadas de la verdadera guerra. –

{…}

Pasaron dos días muy “tranquilos”. Las huestes zhakeshianas sabían que tenían a los imperiales siguiéndoles tan de cerca que si alguno de ellos se tiraba un pedo, un soldado enemigo se lo comería entero. Aun así prefirieron no levantar sospechas, e hicieron sus preparativos en el más absoluto secreto, siempre bajo el amparo de la noche y el frío, así nadie los veía cavar zanjas que después cubrían con algo de heno sobre un entramado de ramas bien dispuestas, ni tampoco nadie era testigo de cómo afilaban sus espadas, o de cómo hacían toda clase de preparativos para hechizos profanos.

Mientras tanto, nuestra escurridiza protagonista se había mantenido “dormida”, meditabunda en un agujero tan estrecho que meter la mano más allá de la muñeca era complicado. Pero para ella eso era más que suficiente, su forma de cuervo era pequeña, muy disimulada y esbelta; el plumaje era denso pero mullido y cálido, así que incluso en ese pequeño recoveco en el barro ella era capaz de estar a gusto. Pero había llegado el momento, le habían ordenado actuar y así debía hacerlo.

Daiana salió de su escondite, se transformó de nuevo en humana y estiró los brazos para desentumecerlos después de tanto tiempo plegados sobre su cuerpo. La noche cerrada, sin luna ni estrellas, la hacía difícil de ver; el viento gélido que soplaba en el lugar la hacía difícil de oír y disipaba su aroma. El aroma de la muerte…




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Arwen & Pasifae el Dom Sep 22, 2013 9:15 pm

La noche estaba apunto de caer pero tenía la esperanza de llegar a mi destino antes de que ocurriese. El camino había sido largo, aunque estaba acostumbrada a viajar había sido un duro golpe irme tan repentinamente de mi hogar como había llegado, mi idea hubiese sido quedarme allí una larga temporada, disfrutar de la tranquilidad de los míos y dejar durante un tiempo largas empresas a las que últimamente me veía involucrada, pero por mucho que intentase huir de ello al final siempre terminaba viajando a algún recóndito lugar de Noreth.

La carta había estado esperándome cuando llegué, alguien la había dejado allí en mi ausencia, el remitente era un antiguo conocido de mi padre que ignoraba su fallecimiento y que le pedía ayuda. Había pasado mucho tiempo desde que aquel fatídico accidente me arrebatase a todos los que quería, y aquella carta había abierto antiguas heridas que había intentando esconder, pero no solo me había afectado a mí, la barrera que Pasifae y yo habíamos erguido sobre nuestro pasado se había desquebrajado, ahora los recuerdos de aquel día nos mataban por dentro. Pensaba que la había perdonado pero algo así nunca se termina por perdonar, siempre quedará un poco de ese dolor atormentado mi corazón.

-Deberíamos haber ignorado la carta, no entiendo porque acudir al encuentro de una persona que estaba buscando a tu padre, no creo que tu le vayas a ser de mucha ayuda.

Ella no lo podía entender, aquella persona representa una pequeña esperanza de acercarme a mi padre, y lo necesitaba. Egoístamente no lo hacía para ayudar a nadie más que a mi misma, nunca me negaría a echar una mano a quien lo necesitase, pero recorrerme medio Noreth para encontrarme con una persona que no conocía era muy distinto, buscaba algo con ello, y era conocer esa parte de mi padre que nunca me había contado.

ººººººººººººººººººººººººººººººººººº


Como había planeado al atardecer ya había dado con el lugar, un tranquilo pueblo no muy grande de casas austeras y extensos pastos para el ganado, el olor era muy distinto al que solía estar acostumbrada, no se parecía en nada al bello aroma de los bosque que rodeaban Erinimar, era el olor del estiércol que se colaba por las fosas nasales aplacando cualquier otro.  No tarde mucho en dar con la casa, nada más entrar la tercera a la derecha, un poco más grande que el resto pero igual de sencilla.

Baje de Grüll y até firmemente las riendas a un de los pilares de madera del porche. Me acerque a la puerta y levante la mano para llamar pero me quede a medio camino, estaba nerviosa o puede que algo asustada, no sabía lo que de verdad pensaba encontrarme, seguramente solo sería una familia de humanos corrientes que habían conocido de pasada a mi padre, no debían de haber tenido mucha comunicación con él puesto que no sabían de su muerte, pero yo igualmente había recorrido tanto solo para verlos. Al final termine por llamar a la puerta.

La puerta se abrió al instante, una niña, de no más de 15 años humanos, se me quedo mirando y sin esperar a que yo dijese nada llamo a gritos a su padre. Un hombre apareció detrás de ella, era mayor y tenía un rostro marcado de arrugas, pero sus ojos vidriosos y sus marcadas ojeras era lo que más me llamo la atención.

-Disculpe a mi hija, ¿que desea?

Por un momento no supe por donde empezar, había tanto que quería preguntarle pero a la vez sabía que aquel hombre no era precisamente preguntas lo que necesitaba. Sin mediar palabra le mostré la carta. Su rostro cambió por la sorpresa, y me miró con más determinación, aunque parecía algo decepcionado.

-Esta carta iba dirigida a un elfo llamado Vulrack ¿que se supone que significa esto?

-Lamento mi mala educación, soy Arwen, la hija de Vulrack, y supongo que no esta al tanto de que mi padre murió hace años.


EL hombre se le llevo la mano a la boca con gesto de asombro, parecía que aquella noticia le había dejado descolocado, no podía parar de mirar la carta que le había devuelto con aflicción.

-Tu padre era una magnifica persona y que me ayudase era la última esperanza que me quedaba.- Se apartó de la puerta y me indicó que entrase.- Mi nombre es David, conocí a tu padre hace años, mi también difunto padre le acogió una noche que pasaba por el pueblo y como no tenemos posada tuvimos que ofrecerle cobijo aquí.

Entré en la casa, la estancia principal era un humilde salón con una mesa de madera en la que estaba reunida la familia, la mujer y los dos hijos de David, y un rustica cocina con un caldero del que salía  el olor de la comida.

-En la carta ponía que necesitabais de su ayuda pero no especificaba más, supongo que solo le esperabais a él pero he pensado que yo podía cumplir con lo que esperabais de mi padre.

-Nos disponíamos a cenar, por favor siéntate con nosotros, cuando hayamos acabado de cenar y de acostar a los niños te lo contaré todo.

Cenamos en silencio, yo me sentía un tanto incomoda no sabía que decir o si debía decir algo, y el ambiente no era muy alentador. Pasifae no había dado señales de vida desde que entramos en el pueblo, no era algo extraño pero a veces ver a la bruja revolotear en su forma incorpórea me resultaba reconfortante. Al final terminaron de acostar a los niños y tras haber recogido la mesa nos sentamos por fin a  hablar de lo que ocurría, aunque fue David el único que hablo, su mujer se limito a observarnos.

-Este pueblo ha sido siempre un lugar pacifico, la gente venía aquí a buscar paz y tranquilidad, pero últimamente creemos que esa paz pueda desaparecer.- Se quedo mirando a su mujer que parecía estar a punto de llorar- Me gustaría que sacaras a mi familia del pueblo y lo llevaras contigo a algún lugar seguro, yo debo quedarme.

No sabía que decir, el pesar de aquella familia me dolía a mi también, y aunque habían tomado la decisión correcta, no sabía si yo debía dejar aquel hombre allí, aunque tampoco podía hacer mucho para cambiarlo.

-Se que es mucho pedir, que te podrías marchar en cualquier momento y no podría impedírtelo, pero te imploro que ayudes a mi familia

Se arrodillo ante mis pies, era la desesperación de un hombre al que pocas esperanzas le quedaban, solo el consuelo de que su familia tendría posibilidades de salvarse, y yo no podía abandonarlos.

-Levantaté por favor, haré lo que pueda para llevar a tu familia a Erinimar donde podrán quedarse hasta que encuentre un lugar mejor. Pero, ¿Hay alguna posibilidad de que te convenza para que vengas con nosotros?

El hombre negó con la cabeza. Charlamos durante horas sobre los preparativos y sobre mi padre, me sentía en parte bien por poder ayudar a esa familia que una vez lo hizo por mi padre, saber que cuando mi padre estuvo allí hablo de mí y de mis hermanos, y saber que iba a hacer algo bueno por ellos aunque al principio mis intenciones fueran tan egoístas. Quedamos en que pasaría la noche allí y al día siguiente partiríamos, yo solo quería quedarme a solas para hablar con Pasifae que había estado muy callada.




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Sylver el Lun Sep 23, 2013 11:36 am

El óxido olor de la sangre era tan fuerte en esa pequeña habitación que costaba respirar. La titilante luz de las velas no era suficiente para ofrecerme toda la iluminación que me habría gustado, pero no había tiempo para buscar más cirios. Mis manos estaban empapadas de rojo y el rostro de la mujer se contraía con cada latigazo de dolor, con cada gemido agónico.

-Trae agua caliente.- le pedí a la niña que se encontraba encogida junto a la cama, con cara de miedo.- y paños, toallas.

Una nueva contracción arrancó otro grito de los labios de la mujer. Cada vez eran más frecuentes y no dejaba de sangrar.

No iba bien. No podía esperar.

Primero realicé un pequeño corte en su entrepierna, para dirigir el desgarro que provocaría el parto en una dirección segura. Ella ni siquiera lo notó, perdida en la agonía del alumbramiento. Dejé mi cuchillo a un lado y me subí a la cama con ella. Le susurré palabras tranquilizadoras al tiempo que trataba de moverla. Si seguía tumbada boca arriba el niño no sobreviviría. Conseguí que pasara sus brazos por mi nuca y, abrazándola, la obligué a incorporarse en el lecho y le di la vuelta.

-Colócate de rodillas, pero no te sientes.- repetí varias veces hasta que ella asintió, con el rostro perlado de sudor y lágrimas. Tomé sus manos y las puse sobre la madera de la cabecera de la cama. Se agarró con tanta fuerza que sus nudillos empalidecieron. Me coloqué a su espalda, arrodillada como estaba ella, y pasé mis brazos en torno a su tórax.

"Empuja", le susurré, "vamos, empuja". Su cuerpo estaba instintivamente preparado para el parto en esa postura pero el cansancio y la pérdida de sangre hacían mella en ella. "Empuja, hazlo por tu hijo". Ella apretó los labios, reprimiendo a penas un nuevo grito. Sus fuerzas flaqueaban pero luchó como solo una madre lucha por su hijo. "Empuja".

Es un momento agónico, terrible para la mujer, pero con una recompensa que vale la pena... y cuando ella notó el pequeño bulto entre sus rodillas, cuando escuchó su primer berrido, rompió a llorar. Alcancé de nuevo mi cuchillo y corté el cordón que aun unía a madre e hijo, atándolo de inmediato para cortar la hemorragia. Tomé entre mis brazos el pequeño cuerpecito del recién nacido y retiré las sábanas sucias del lecho para que la agotada madre pudiera volver a tumbarse.

Solo entonces percibí la presencia de la niña en la entrada. Había regresado con el cubo de agua pero, aterrada por presenciar el trance por el que acababa de pasar su madre, se había quedado parada sin llegar a entrar, sollozando. Le dediqué una sonrisa, tratando de calmarla, y le mostré el bebé.

-Mira, es tu hermanito.- ella se frotó los ojos aun sollozando, pero se acercó.- ¿Quieres ayudarme a limpiarlo?

Le enseñé como tenía que hacerlo, con delicadeza, sujetando la cabeza, derramando el agua tibia sobre el, y la dejé con el bebé para volver a examinar a la madre.

La mujer estaba pálida, si seguía perdiendo sangre no sería capaz de reponerse. Pasé uno de los paños humedecidos por su frente, rostro y pecho, y coloqué mi mano sobre su vientre aun abultado. Murmuré una oración y, de entre mis dedos, unas finas raíces de luz se extendieron por su piel, profundizando en ella para llegar a las heridas de su interior. Por prudencia, más que por necesidad, también le di a beber una poción, que la calmó, le quitó el dolor y la ayudaría a recuperarse.

Más tarde, cuando ya era noche cerrada, el bebe estaba en su cuna, junto a la cama, y la niña dormía junto a sus padres. Yo me había quedado para velar a la madre y al niño durante las primeras horas, aunque no esperaba que hubiera más complicaciones. Me acerqué a una ventana para observar el pueblo. Sus casas bajas y echas con barro y madera me recordaban tanto a mi pueblo que sentí una punzada de dolor. Quería marcharme, alejarme de recuerdos dolorosos, pero no podía. No debía, al menos de momento.

Kalmburg, así se llamaba el pueblo, había sido tan solo uno de tantos destinos que visitar, uno de tantos puntos marcados en mi mapa, pero en cuanto había llegado se había convertido en algo más. No era solo por su parecido con mi hogar, si no también por el ambiente que se respiraba. Era la primera vez que encontraba un asentamiento extranjero en el que sus gentes vivieran en armonía a pesar de los muchos y diferentes orígenes que tenían, contentos de llevar vidas humildes y sin aspirar a nada más que vivir tranquilos y en paz.

Y aun así...

Aun así también había algo de inquietud, un nerviosismo palpable, como el de un ratón que siente la sombra del águila antes de que ésta se lance sobre el. Ya había pasado casi una semana en ese pueblo, ofreciendo mi ayuda a quien lo necesitara, curando a cambio de comida y un lugar donde dormir, y había podido observar ciertas cosas inquietantes. Como esa noche, por la ventana, ahí estaban de nuevo. Cuando todo el pueblo dormía, un grupo silencioso de hombres salían a la calle y cavaban agujeros alrededor del pueblo, escondiéndolos luego, ocultando la trampa. Aquellos que repetían el mismo trabajo cada noche, al amparo de la oscuridad, eran los mismos que durante el día evitaban que los niños jugaran cerca de esa zona.

Algo se acercaba... y a juzgar por la cantidad de trampas colocadas alrededor del pueblo no tardaría demasiado en aparecer.

Teníamos la sombra del águila justo sobre nosotros.

Por eso no podía marcharme, por mucho que lo deseara, por mucho que me doliera el recuerdo constante de mi hogar abandonado. Iba a ocurrir algo malo... y todas esas mujeres y niños, todos esos hombres que de seguro entregarían sus vidas por sus familias, necesitarían toda la ayuda que un chamán pudiera ofrecerles.

Con un quedo suspiro me aparté de la ventana y me acomodé en la silla. Eché un último vistazo a la familia que dormía aferrada en sí misma y cerré los ojos, tratando de conciliar el sueño. Necesitaría estar descansada, quien sabe que podía llegar con la luz del alba.




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Daiana Vientosilencioso el Lun Sep 23, 2013 6:14 pm

Su avance silencioso era el preludio de una sinfonía fatal. No hacía ruido alguno al saltar de techo en techo ni al recorrer las embarradas calles, pero eso no impedía que tras ella sonase toda una orquesta siniestra, una sinfonía oscura que estaba a punto de alcanzar su “in crescendo”.

Daiana siguió moviéndose sigilosamente bajo la pálida luz de la media luna; recorría calles y callejones lo más rápido que podía en busca de su objetivo, lo que no sabía es que ella también se había convertido en presa. Los Imperiales, que no eran desprevenidos, ya habían tenido en cuenta la posible intervención de asesinos a sueldo por parte de sus enemigos y para contrarrestarlos habían recurrido a algo que ellos detestaban y odiaban con toda su alma, a algo que no podían casi ni ver pero que les era tan útil que tampoco podían rechazarlo a la ligera… La magia no divina.

-Ahí… - Dijo una voz joven, con tono arrogante, al mismo tiempo que un dedo tan fino y largo como acusador y traicionero se elevaba para señalar una pequeña casita muy cerca de la verja de madera que definía los límites del pueblo.

-¿Cuántos? – inquirió una voz en la que se notaba más edad y experiencia

-Cinco, de momento. Continuaré buscando. – volvió a responder la primera.

Nada más terminar la conversación de las dos misteriosas voces el sonido de pasos metálicos sobre la tierra húmeda empezó a romper el silencio de la noche. Los soldados del Imperio avanzaron impasibles, destruyéndolo todo a su paso hasta la aldea, matando cuanto ser vivo encontraron en su camino y enviando a posibles enemigos hacia las últimas filas de la Horda Sacra, al batallón de torturadores que les seguían para que sacasen toda la información posible.
Y cada vez más… Y más… Y más cerca sonaban aquellos pasos cuya clara intención era llamar la atención. Pero… ¿Para qué? Nadie en su sano juicio llamaría a la puerta del enemigo de una manera tan descarada a menos que fuese para suicidarse. ¿Entonces?

Esas preguntas, junto con muchas otras, empezaron a aflorar en la mente de Daiana, la asesina cuervo cuya mirada fría y analítica se paseaba por el lugar en busca de algo que le diese pistas. Sin embargo allí no había nada, sólo un grupo de, al parecer, jóvenes legionarios dispuestos a morir de las formas más estúpidas posibles a manos de sus acérrimos enemigos. Y es que los soldados del imperio no tenían la más mínima posibilidad contra los bien adiestrados zhakeshianos; no había parangón entre sus destrezas con las armas, ni con los hechizos… ¡Ni con nada! Aquello sólo eran jóvenes muriendo y haciendo un ruido infernal que cada vez levantaba a más pueblerinos de un sueño que casi parecía fingido de lo frágil que era.

{…}

La noche se fue alargando, y a medida que pasaban las horas el sonido de una batalla era cada vez más evidente. Acero contra acero, gritos de dolor y agonía, sangre por las calles; los amargos recuerdos surcaban también el aire, junto con los gritos y las súplicas de soldados de ambos bandos, silenciosas súplicas que sólo en sus ojos se podían hallar, marchitándose como flores en invierno ante el frío tacto del acero en la carne.
Finalmente, el silencio de la noche cedió todo su terreno a una terrible mezcla de gritos, gemidos y toda clase de maldiciones. Los hechizos volaban de uno a otro lado, muchas veces sin control alguno, y derruían las estructuras contra las que impactaban. Los civiles, atemorizados los más jóvenes ante tal crueldad y retorciéndose por el dolor los más viejos al ver los recuerdos aflorar en sus mentes, se mantenían en sus casas atrincherados con las pocas armas que tuviesen, reminiscencias de un pasado que claramente no habían podido olvidar por completo.

Los niños huérfanos, esos pequeños pícaros que correteaban durante el día por la plaza del mercado haciéndose con algunas piezas de fruta para llenar sus estómagos, ahora eran presas del pánico más espantoso y arañaban las puertas de las casas mejor fortificadas rogando para poder entrar, desesperados por un cobijo que jamás habían tenido.

¿Y ya está? ¿Eso era todo, una simple batalla en las calles que claramente parecía ganada por el bando rebelde? No, queridos amigos, para nada. Los cuerpos imperiales que yacían en el suelo mostraban una sonrisa de ultratumba cruel y despiadada, como si morir les hubiese aportado una gran satisfacción, y bajo sus armaduras algo estaba empezando a gestarse;  un mal tan horrible que era imposible de detener incluso para los clérigos de mayor poder. Aquella temible infección conocida como “La Plaga” era la principal arma del Imperio Sacro desde hacía un tiempo. Batallones enteros infectados por ese mal se habían visto forzados a tomar misiones suicidas para redimirse de sus pecados y estar en paz con su dios a la hora de morir. Pero morir no era lo único que hacían, pues aunque sus almas sí que abandonaban sus cuerpos, estos no perecían tan fácilmente.

Un poco más de tiempo, cedido por los suicidas imperiales, permitió a “La Plaga”extender sus raíces por la tierra, el agua y todos aquellos que en ese momento estaban en el campo de batalla. De repente, los Imperiales empezaron a retorcerse de dolor. Todos y cada uno de ellos, vivos y muertos, tuvieron notables signos de estar enfermos en vida y en muerte. Los vivos se cayeron de rodillas, suplicaron a su dios que cesara el dolor y comenzaron un lento proceso de cambio que a primera vista sólo estaba pudriéndoles la piel.

Daiana, que en esos momentos estaba rebatiéndose a palos contra dos Imperiales en un callejón oscuro y angosto, no desaprovechó la ocasión y en cuanto se le presentó la oportunidad les cortó el cuello a ambos para deshacerse de ellos. Pero claro, ella era una mujer fría, calculadora y sin apenas corazón. ¿Pero y Sylver?

Sylver, una elfa inocente cuya única intención había sido ayudar, se había topado de cara con un horrible problema. La casa de la última mujer a la que había prestado su inestimable ayuda fue de las primeras en ser invadida, nada más y nada menos que por dos de esos condenados soldados cuya sed de sangre era visible en sus ojos. Por suerte para ella, esa casa tenía un sótano bastante bien protegido, con una puerta gruesa de metal y un cerrojo que ni el mejor de los ladrones sería capaz de forzar. Pero por desgracia las prisas no fueron buenas, los nervios jugaron en contra de todos y la confusión frente al ataque hizo que a la dulce e inocente familia, elfa incluida, se les olvidase el bebé en su cuna. El recién nacido había dormido plácidamente hasta que un golpe seco había echado la puerta de la habitación en la que dormía abajo… ¿Y ahora qué? Si salía eran dos soldados, ¿qué opciones tenía contra ellos? Pero si se quedaba… ¿Qué opciones tenía el bebé?

Por otra parte, otra elfa, Arwen, también se había visto sorprendida, aunque ella más tarde. Ya había tenido ocasión de hablar con Pasifae, la bruja que la acompañaba allí donde fuese dentro de su propio cuerpo, y gracias a ello había podido comprobar que la profana no había perdido un ápice de lucidez pese a su enclaustramiento mental; Pasifae había prestado atención a cada detalle, cada gesto de los soldados “camuflados” y cada movimiento fuera de lo normal en una aldea como esa, con lo cual reportó un buen informe a Arwen… Pero tarde… Su terquedad, su orgullo herido al verse confinada en un cuerpo mortal de ese tipo, habían hecho que se retrasase durante horas esa información, y como consecuencia de ello, los imperiales no sólo habían tomado la casa, sino que habían violado cruelmente a la mujer de David, el amigo de su padre, y ahora parecía ser el turno de la hija.
Mas, súbitamente, un dolor infernal invadió a los soldados y los detuvo en seco. Fue entonces cuando Pasifae, reconociendo aquella maldición que llevaban, gritó desde el rincón más profundo de su corazón:

-¡Mata a la mujer y los hombres! ¡Acaba con ellos antes de que sea tarde! – En su voz no había odio, sino miedo…




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Sylver el Vie Sep 27, 2013 10:43 am

No se cuanto tiempo había dormido antes de que una luz bailara sobre mis ojos. Fruncí el ceño, somnolienta, y parpadeé confusa. Mi mente embotada tardó unos segundos de más en recordar donde me encontraba... ¿ya había amanecido? Miré por la ventana y pude ver el oscuro cielo nocturno salpicado de estrellas...... y entonces volvió la luz. Duró unos segundos, fue apenas un resplandor anaranjado, pero fue suficiente para que mi cerebro volviera a ponerse en marcha.

Me levanté de un salto y entonces los oí. Gritos, chillidos de dolor y rugidos de furia. Un nuevo resplandor y una pequeña explosión. Me asomé a la ventana. Las trampas que habían estado cavando por las noches habían sido de gran ayuda pero, quien quiera que fuera el atacante, había logrado entrar al pueblo y ahora este era arrasado sin compasión. En la casa de enfrente se encendió una luz y pude ver a un hombre con armadura que arremetía y atravesaba con su espada a la mujer que acababa de tomar la vela.

Me aparté de la ventana y fui hasta el lecho. Un simple roce en el brazo del hombre hizo que se despertara. Siseé, llevándome un dedo a los labios, para pedirle silencio y le hice gestos para que se levantaran. El hombre despertó a su hija y a su mujer, manteniéndolos también callados, mientras yo vigilaba lo que ocurría fuera.

Algunos hombres y mujeres habían logrado reunirse y organizarse mínimamente para hacer frente a los atacantes, pero ni eso estaba siendo suficiente. Una nueva oleada de enemigos enfundados en armaduras los arrinconó con facilidad, haciendo su resistencia inútil.

Padre e hija tomaron a la mujer de los brazos para ayudarla a caminar en su precario estado. "Tenemos un sótano, abajo.", dijo él. Asentí y los insté a bajar de inmediato. Unos nuevos gritos atrajeron mi atención, voces más agudas, más desesperadas, mientras el padre apartaba la alfombra que escondía la puerta del sótano. Los niños huérfanos corrían en desbandada por las calles, suplicando, llamando a las puertas. Ignorando las quejas del hombre corrí hasta la puerta de la casa y la abrí.

-¡Entrad! ¡Aprisa!

No se cuantos niños entraron, pero seguro que no eran ni la mitad de los que esa noche necesitaban ayuda. El hombre sabía que iba a costar más hacerles salir de nuevo a todos que ofrecerles cobijo junto a su familia en el sótano, así que los dejó pasar. Cuando bajaron con la mujer, esta me agarró con fuerza del brazo y me miró con ojos hundidos y desbocados. Su piel casi parecía grisácea y sus labios habían perdido el color.

-¡¡Mi bebé!!

¡Maldita sea! ¿¿Cómo había podido olvidarme del recién nacido?? Asentí, estrechando su mano para infundirle confianza.

-Iré por el, bajad y no os mováis. No hagáis ruido.

Los ojos de la mujer se quedaron clavados en mí, mientras la hacían bajar al sótano y yo cerraba la puerta. Volví a echar por encima la alfombra y arrastré una silla hasta colocarla sobre ella. No era demasiado pesada como para que el hombre no pudiera abrir de un golpe desde abajo y ayudaría a disimular la entrada del refugio. Hecho esto, me giré para echar a correr hasta el dormitorio pero unos pasos al otro lado de la puerta me frenaron. Alguien golpeó la puerta desde fuera... una... dos veces... iban a echarla abajo y no tenía ninguna duda de quienes se trataba. La imagen de la mujer de la vela siendo atravesada por la espada regresó a mi mente y me lancé hacia un montón de leña que reposaba cerca de la entrada, encontrando un hueco entre la madera y la pared. El amparo del escondite y la oscuridad lograron que los soldados no repararan en mi cuando lograron echar la puerta abajo y entraron en la casa.

Me sobresalté cuando volcaron la mesa. Lanzaron contra el suelo platos y vasos, rompiéndolo todo a su paso, y patearon las sillas. Por un momento temí que hubieran encontrado la puerta del sótano, la cual esperaba que hubieran cerrado desde dentro, pero los soldados avanzaron hasta el dormitorio. Cuando tiraron la puerta abajo el bebé comenzó a llorar.

El bebé.

Salí de mi escondite y corrí hacía ellos, daga en mano, pillándolos por la espalda. Acuchillé a uno de ellos a la altura de los riñones y alcé mi mano hacia el otro. Las raíces quebraron el suelo de barro y crecieron a su alrededor, atrapándolo e inmovilizándolo.

El soldado que quedaba libre, ignorando mi daga en su espalda, se giró hacia mi propinándome un fuerte golpe en el rostro con su mano enguantada en metal. Trastabillé hacia atrás y un nuevo puñetazo me hizo caer al suelo. Rodé por el suelo y me arrastré de forma desesperada, tratando de alejarme de el, palpando el suelo en busca de algo que me sirviera como arma. Mis dedos se cerraron en torno a la pata rota de una de las sillas cuando él se abalanzó sobre mi.

Me giré, aun en el suelo, y le propiné un fuerte golpe en la cara con la pata de la silla. Aun así su aterradora sonrisa no desapareció, sus dientes estaban rojos y la sangre goteaba de su boca. Coloqué mis pies contra su cuerpo e hice fuerza, tratando que quitármelo de encima, pero era demasiado pesado. Su mano se cerró en torno a mi cuello.

Fue la adrenalina la que me dio fuerzas, la que dirigió mi brazo para golpearle con la madera... una y otra vez. Era matar o morir... y ruego a los Dioses no volver a sentirme jamás así. No se cuantos golpes costó... pero finalmente su mano se aflojó y su cuerpo quedó inerte sobre el mío. Lo aparté con un quejido y me quedé tumbada, respirando, tratando de aclarar mi campo de visión, embotada por la falta de oxígeno. A través del pitido que retumbaba en mis oídos podía percibir los llantos del bebé.

Antes de poder recuperarme escuché más pasos pesados entrando a la casa, más soldados atraídos seguramente por el lloro del bebé. Me incorporé como pude y los vi. Casi parecía se salivaran, observándome. Traté de correr pero se comportaban como perros cazando en manada. Grité y forcejeé, pero varios de ellos me sujetaron mientras otros tantos entraban al dormitorio e, ignorando totalmente a su compañero muerto, atacaban las raíces que sujetaban al que aun seguía vivo.

Una de las manos agarró la tela de mi camisa y la arrancó de mi cuerpo. Cerré los ojos y musité una plegaria a los Dioses. Me derribaron contra el suelo y uno de ellos me aplastó con su peso. Misericordia.... Dioses, por favor, misericordia...

Uno de ellos cayó al suelo... y segundos después otro... y otro... Incluso el que estaba sobre mi parecía haber empezado a retorcerse de dolor, no de lujuria, y pude lograr salir de debajo de su cuerpo. Me arrodillé y los miré, tumbados a mi alrededor... sus caras macilentas, sus pieles secas.... ese color...esos espasmos...

Me aparté de ellos con rapidez, reconocía esos síntomas. Era una plaga mágica, recordaba haber leído sobre ella, aunque Aba no pudo, o no quiso, darle más detalles sobre ella. Recordaba sobretodo una de las frases, una que me había resultado chocante...

"Entregaos a la enfermedad, abrazadla y ella os brindará paz..."

No estaba segura de si esos soldados merecían la paz... pero al menos no habían podido hacerme daño ni alcanzar al bebé. Gracias, Dioses Misericordiosos.

Con el cuerpo dolorido me puse en pie, apretando la tela rota de mi camisa contra mi pecho, y acudí al dormitorio. Debía coger al bebé, conseguir que dejara de llorar y escondernos ambos en el sótano.




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Arwen & Pasifae el Mar Oct 01, 2013 2:54 am

Acerque una de las sillas a la ventana y me sumí en mis pensamientos mientras contemplaba el cielo estrellado, sentada en el silencio de la noche, pero nunca sola.

-¿Qué se supone que crees que estas haciendo?

La miré fijamente, su cuerpo incorpóreo revoloteaba a mi alrededor sin dejar de moverse, diría que estaba enfadada aunque su inexpresivo rostro no había cambiado un ápice. Había querido hablar mucho antes con ella pero no podía haberlo hecho delante de aquella familia ya tenían demasiados problemas como para pensar que su invitada estaba loca.

-Nunca lo entenderás, una ser como tú que no ha sentido en la vida ni la más misera empatía nunca podría entender porque lo hago.

Me arrepentí al instante de haber sido tan sincera pero ella no pareció herida, sino aun más cabreada, era difícil de explicar con palabras lo mucho que aquella profunda mirada podía herirme, pues sabía que debajo de ese oscuro corazón había un minúsculo atisbo de un ser humano por mucho que ella se negará a reconocerlo.

Pasamos un rato en silencio, hacía tiempo que las palabras sobraban entre nosotras y sabía con certeza que no aprobaría nada de lo que la dijese. Seguía mirando por la ventana pero comenzaba a estar cansada y me costaba mantenerme despierta, todo estaba en calma pero me sentía inquieta, no me habían explicado a que me enfrentaba y tenía miedo a que fuese lo que fuese me pillase desprevenida. Pero inevitablemente sucumbí al cansancio y cerré los ojos unos instantes por lo que no vi el movimiento en la calle. Pasifae que vigilaba a mi lado si se había dado cuenta, había soldados recorriendo el pueblo, se oían gritos a lo lejos pero los soldados por el momento pasaban de largo aunque algunos aldeanos intentaban luchas por sus vidas, era una batalla como tantas que había visto ya antes pero en esta ella no había elegido participar.

-Arreglatelas sola, ha sido tu elección y como tu misma has dicho nunca lo entenderé-

Se marcho a su rinconcito oscuro pero no desconecto del todo, no podía permitirse el lujo de perder lo último que la ataba a este mundo por culpa de su orgullo, necesitaba conservar ese cuerpo.

El súbito golpe en la puerta me hizo pegar una sobresalto en la silla, y mi mano instintivamente fue al arco que solía llevar a mi espalda, pero lamentablemente ya no estaba ahí, se encontraba apoyado contra una pared, no muy lejos pero si lo suficiente para que mi intento de defenderme fuese frustrado por los tres hombres que entraron por la puerta que habían echado abajo. Uno de ellos fue más rápido que yo y me golpeo en la cara, ventaja que cogió para agarrarme por la espalda e inmovilizarme, intenté zafarme con todas mis fuerzas pero era inútil.

Como si aquella información siempre hubiese estado ahí vi a los hombres entrar en el pueblo y como atacaba a los aldeanos desarmados, los gritos suplicando ayuda, el sonido de las espadas y el olor de la sangre. Todo aquello había sucedido mientras yo dormía y aquella bruja no había sido capaz de despertarme, aquella estupidez nos había puesto en aquella situación. Aunque insultar a Pasifae con todas mis fuerzas era tentador la situación no pintaba bien como para distraerme con ello.

David y su familia habían oído el ruido y bajaron las escaleras para comprobar lo que había sucedido, otro de los hombres no perdió el tiempo y se abalanzó sobre él, le golpeó con fuerza tirándolo al suelo, desde lo alto de la escalera los dos niños comenzaron a gritar el nombre de su padre con desesperación y la mujer sin poder evitarlo acudió a la ayuda de su esposo. El tercer hombre agarro a la mujer que se había agachado a socorrer a su marido y la empujo hasta una pared usando su cuerpo para inmovilizarla. Su mano siguió la curva de las caderas de la mujer de forma lasciva, el llanto de ella parecía divertirle aun más y del brazo que aun la tenía agarrada la lanzo al suelo, la mujer nada más caer intentó arrastrase para escapar pero él la abofeteó y se puso encima de ella.

-¡Dejala!

La impotencia me estaba matando, por más que intentase sacudirme, golpear o gritar, no servía de nada, no creía lo que estaba pasando, no podía dejar que le hiciesen eso a esa pobre mujer, pero no podía hacer nada. El marido intento ponerse en pie pero recibió como recompensa un nuevo puñetazo que lo dejo de nuevo tirado en el suelo, los dos niños estaban aterrorizados, no podían dejar de llorar y temblaban del pánico. La mujer había dejado de intentar luchar con el hombre sus ojos ahora estaban puestos en sus hijos, mientras era violada por aquel miserable ser en lo único que podía pensar era en que sus hijos estuviesen a salvo, lo que estaba pasando era una pesadilla pero debía ser fuerte por sus hijos.

El hombre acabó con la mujer, se levantó y la miró con una sonrisa de despreció, pero ella no se movió, se quedo en suelo sin inmutarse, estaba en estado de shock. Ninguno de nosotros podía dejar de llorar, ni yo misma me creía aquella pesadilla, solo recordaba una situación en la que me había sentido así, aquel día en el armario mientras oía los gritos de mi familia mientras eran devorados por aquella abominación, había jurado que nunca más viviría una experiencia así y me quedaría de brazos cruzados, pero en aquel momento era justamente lo que había ocurrido. Cuando aquel hombre se acercó a la escalera sin apartar la vista de la niña sentí un odio visceral que me llenaba por dentro, nunca me había sentido así, pero antes moriría que le hiciese lo mismo a aquella inocente niña.

Pero el hombre frenó de golpe y se tiró al suelo, gemía y su cuerpo se sacudía ligeramente, y lo mismo paso con los otros dos, lo que sirvió para que consiguiera escapar, lo primero que paso por mi mente fue acudir a ayudar a la mujer, pero de repente Pasifae apareció.

-¡Mata a la mujer y los hombres! ¡Acaba con ellos antes de que sea tarde! – En su voz no había odio, sino miedo…

De repente el odio que había sentido hasta hacía unos momentos se reavivo con aquellas palabras, nunca había sentido tanto despreció por la bruja, después de que no había dado señales de vida durante todo lo sucedido aquello me parecía la más macabra de las bromas, no pretendía matar a ningún miembro de aquellas familia pero por primera vez la idea de acabar con aquello hombres me hacía hervir la sangre de placer y eso justamente era lo que iba a hacer.




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Daiana Vientosilencioso el Mar Oct 01, 2013 8:34 pm

Los soldados caídos en desgracia empezaron a moverse, arrastrándose por el campo de batalla lentamente con los ojos entornados, blancos por completo, y una mueca horrible en el rostro. Muchos habían perdido buena parte de la cara a causa de los golpes propinados por las botas de los supervivientes, y esos eran los peores, los que más furiosos se movían entre las botas en busca de carne que morder.
Daiana por suerte era bastante ágil y rápida así que no le costaba trabajo alguno ir saltando de espalda en espalda para atacar, pero su resistencia no era pareja a su velocidad, ella se cansaba deprisa y con cada uno que derribaba sus golpes se hacían más torpes, menos precisos y mortales. Sin duda el fin estaba cerca, muy cerca… ¿Pero sólo para ella?

Sylver había logrado escapar casi de milagro de las garras de los soldados, quienes ahora se retorcían en el suelo entre gritos de dolor y agonía los cuales se entremezclaban con los llantos del bebé cada vez más intenso. Su cuerpo, casi desnudo, segregaba tanta adrenalina que sudaba a mares pese al aire fresco que se colaba entre los huecos de la madera. Pero eso no la detenía, ni eso ni la culpa tras haber tenido que matar pese a ser una criatura tan noble. Ella sabía que no le había quedado otra. Por desgracia aquello no había hecho más que empezar.
Su velocidad le permitió recorrer rápidamente el pasillo hasta la habitación principal de la casa, lugar en el cual nacían los gritos. Sin embargo, el infante no estaba solo…

De pie, junto a su cuna y con una macabra sonrisa que ya jamás se le olvidaría a la mujer, se hallaba la dantesca figura de un hechicero, pero no uno de esos de cuento con elegante gabán, sombrero de pico y báculo mágico, no. Éste daba mucho más asco, tenía toda la mitad derecha del cuerpo convertida en raíces putrefactas, verdes como las hojas que están a punto de cambiar; la parte del pecho que tenía al aire estaba cubierta por su propia sangre y el cuero que vestía supuraba una sustancia extraña que parecía ser el origen del sufrimiento de los soldados. Aquella aberración, cuya simple presencia había podrido los barrotes de la cama del niño, estiró su mano y se dispuso a tocarlo... Algo terrible podía pasarle, Sylver lo sabía gracias a sus conocimientos sobre magia, ¿pero era rival para él? ¿Podía la elfa siquiera soñar con enfrentarse a una criatura cuyo cuerpo destilaba esencia demoníaca líquida? Eso tenía que descubrirlo ella…

Arwen tampoco lo estaba teniendo fácil en “su casa”. Las cosas se habían complicado, la violación por parte de los soldados había sido brutal y la mujer agonizaba en el suelo con la mirada perdida en un horizonte que no existía y la boca abierta, luchando por respirar. Los soldados, por su parte, estaban teniendo también graves dificultades aunque las de ellos pronto encontraron su fin cuando Arwen les dio muerte, creyendo que así acababa con ellos. Inocente criatura.

-¡Mátala, por los dioses mátala ahora que todavía estás a tiempo! - Chillaba enérgicamente Pasifae dentro de la cabeza de Arwen. Ella jamás se había puesto así, no había habido jamás tanto miedo y desesperación en la mirada de la bruja, pero en aquellos momentos era todo cuanto se leía, miedo y desesperación a partes iguales.
Tal era su histeria que Arwen comenzó a marearse, a sentir que perdía el control de su cuerpo. La percepción del tiempo empezó a confundirse y lo que para ello sólo fueron un par de segundos, un pestaño apenas, en realidad transcurrió durante varios minutos en los que la mujer fue cambiando, mutando para horror de todos, hasta transformarse en una aberración en la que sin lugar a dudas ya no quedaba ningún tipo de humanidad.
Su tono de piel se perdiendo paulatinamente, casi al mismo tiempo que su pelo se endurecía y formaba una corona sobre su cabeza de la cual brotó… ¡un ojo! Todo aquello era extraño, cuanto menos, y la criatura que finalmente se levantó apenas cabía en el salón; medía más de dos metros de altura y seis de envergadura si se empezaba a contar en un extremo de su cuerpo y se terminaba en el contrario.

-Te dije… Que la mataras… - susurró Pasifae, mientras que su figura incorpórea se arrinconaba en una esquina, sentada en posición fetal, y comenzaba a murmurar cosas sin sentido alguno.


Daiana, por otra parte, ya había caído. Su cuerpo yacía junto a otros tantos que se arremolinaban entorno a un pozo cerca de la plaza del mercado, desde donde al parecer muchos Imperiales habían logrado entrar evitando las zanjas y otras trampas. Su cuerpo iba palideciendo poco a poco, la chispa de sus ojos se había apagado y su mirada contemplaba sin tan siquiera mirar su propio reflejo en el filo de una de sus dagas.

"Y ahora que todos habían conocido su infierno, había llegado el momento de caminar sobre sus brasas candentes."




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Sylver el Lun Oct 07, 2013 1:18 pm

Llegué a trompicones hasta la puerta, acudiendo a los angustiados llantos del bebé, y supe que algo iba mal. Lo supe antes de verlo, como cuando tu piel se eriza antes de la caída de un rayo. Di una bocanada de aire en ese ambiente de pronto asfixiante y abrí la puerta lentamente.

Había alguien allí.

Estaba parado junto a la cuna de madera, cuyos barrotes parecían haber empezado a carcomerse. El olor que había en la habitación era extraño, casi putrefacto, como el de una fruta en mal estado, y provenía de él. Parecía estar supurándolo... y no era lo único que supuraba. Era enfermedad, enfermedad hecha carne. Su cuerpo estaba sanguinolento y retorcido, medio hombre medio vegetal, su piel verdusca y macilenta, su rostro....

Era una abominación.... y acercaba su mano al bebé.

Grité y las raíces acudieron a mi orden, quebrando los finos maderos que cubrían el suelo de la casa, rodeando los pies y las piernas de ese monstruo, reptando y retorciéndose por su cuerpo hasta que casi no se sabía donde terminaban las plantas y empezaba el.

Eché a correr hasta la cuna, olvidando por completo la desnudez de mi torso, y atrapé al bebé entre mis brazos, apretándolo contra mi pecho. No pude evitar echarle un vistazo, tan cerca que lo tenía. Sus ojos ahora estaban fijos en mi... y su sonrisa, esa horrible sonrisa, parecía romper su cara en dos mitades. El olor era inaguantable... y las raíces estaban pudriéndose a su alrededor.

No tenía tiempo, eché a correr con el bebé entre mis brazos. No podía ir al sótano y descubrir el precario escondite del resto de la familia y los niños, los condenaría a todos. Corrí fuera de la casa y grité, pidiendo ayuda. En mi carrera me crucé con otros cuerpos que no sabía si huían o atacaban, solo sabía que esa abominación iba justo detrás de mí, avanzando paso a paso con la seguridad del cazador, y que no podía detenerme ni siquiera para mirar atrás.

Necesitaba un escondite, un sitio seguro, al menos para el bebé. Hacía tan solo unas horas que lo había visto nacer, que lo había tomado por primera vez entre mis brazos. Tan solo hacía unas horas que había empezado a vivir, no podía acabarse tan pronto. No tan pronto. La adrenalina se convirtió en angustia, la angustia en vértigo. No podría seguir corriendo para siempre. A mi alrededor las carreras caóticas se habían convertido en pesadillas. Un hombre que no debería estar vivo le arrancó la yugular de un mordisco a un joven que gritaba, salpicando su rostro de rojo. Su cuerpo estaba casi tan retorcido como el de la abominación que me seguía.

Esto estaba mal, esto no debería estar pasando. Dioses... ¿por qué lo permitís?

Algo me golpeó y caí al suelo, acurrucada, con el bebe abrazado contra mi pecho. Un relincho resonó cerca de mi y más cuerpos enormes pasaron a mi alrededor, golpeando el suelo. caballos... Por fortuna ninguno me había aplastado. Alcé la mirada y vi la puerta del establo abierta. Con un quejido por el esfuerzo volví a ponerme en pie y corrí hacia allí.

Entré y con toda la rapidez de la que fui capaz cerré por dentro el establo. Eché un rápido vistazo a mi alrededor, no parecía quedar ni hombres ni animales dentro. Y no había una salida trasera. Corrí hasta uno de los boxers y encontré una enorme pila de paja amontonada. Nadé entre la paja hasta que me cubrió por completo y traté de acunar al asustado niño para que dejara de llorar. Tenía que dejar de hacer ruido o nos encontrarían. Susurré, lo acaricié, lo acuné. Dioses, por favor...




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Arwen & Pasifae el Lun Oct 07, 2013 9:12 pm

Libre ya del hombre que me agarraba me acerqué hasta mis armas, cogí el bastón y me coloqué el carcaj y el arco a la espalda. El primero en caer fue el que me había agarrado, el primer golpe con el bastón le reventó la nariz de la que empezó a emanar un río de sangre y el segundo golpe en la cabeza lo dejó tirado en el suelo, seguramente muerto pero tampoco me molesté en comprobarlo. No era una batalla digna de recordar, no estaban mostrando resistencia alguna y yo simplemente debía acabar con ellos. Al segundo le clave una flecha con la mano en la sien y al tercero una en los testículos, a este último no le daría el placer de morir rápido, disfrutaría sabiendo que su vida se iba a acabar poco a poco gracias al desangramiento.

Me sentía bien, eufórica pero poco a poco volví en mí, y el miedo resulto sobrecogedor, pero no solo era mi miedo por lo que acababa de hacer, era el miedo de Pasifae, y el hecho de que la bruja sintiese miedo era lo más perturbador.

-¡Mátala, por los dioses mátala ahora que todavía estás a tiempo!-

La fuerza con la que gritó en mi cabeza me sacudió como un terremoto, nuestras miradas se encontraron, sus ojos brillaban con una fuerza que daba miedo, contenía las lagrimas pero no podía ocultar el miedo y la desesperación que sentía, y esas emociones se colaban por nuestra barrera, unas emociones tan fuertes que me mareaban. Caí de rodillas contra el suelo y solté el bastón para agarrarme la cabeza, dolía y sentía los latidos de mi corazón acelerarse pero era en la cabeza donde sentía las fuertes palpitaciones.

Y entonces la vi, todo parecía moverse lento pero aun así no podía dejar de mirar aquella escena irreal, el cuerpo de la mujer empezó a retorcerse de forma horrible y cada ápice de ella comenzó a mutar en una grotesca criatura, sus extremidades se alargaron, su piel palideció, y su pelo se endureció formando una corona de la broto un enorme ojo. Cuando se levanto su cabeza choco contra el techo e hizo un agujero en él que sacudió el piso superior, y sus brazos lanzaron por los aires todos lo encontraron en su camino.

-Te dije… Que la mataras… -

Desvíe la mirada a mi compañera pero ella me dio la espalda para escabullirse a una esquina, donde se sentó en posición fetal abrazándose el cuerpo como un niño pequeño y empezó a murmurar cosas que no conseguía entender, ni siquiera parecían tener sentido. La necesitaba más que nunca pero ella no parecía reaccionar, ahora estaba sola y no sabía que podía hacer contra aquella abominación. Los niños que habían estado en la escalera todo el tiempo habían desaparecido, seguramente a esconderse de la monstruosidad en la que se había convertido su madre, o eso quería pensar, y el marido había muerto al caer sobre él una viga de madera que había derrumbado la criatura.

Cogí el arco y apunte al monstruo, no me había dado cuenta que me temblaban las manos  y a duras penas pude tensarlo y colocar la flecha, lo que quedaba de aquella mujer se acercó lentamente hacía mi, y yo disparé muerta del pánico, quería darle en el ojo pero mi flecha se clavo en la pared detrás de ella. Me levante para alejarme de ella pero tropecé hacia atrás y me caí a merced de ella, pero no me ataco, en su lugar vi a una niña pequeña acercarse corriendo hacía a mí, al principio no la reconocí pero era imposible que no lo terminase haciendo, pues era yo misma cuando era pequeña.

Yo miraba estupefacta aquella ilusión que parecía tan real como los cadáveres que había a mi alrededor, pero alguien me agarro y me tiró hacía atrás, entonces vi a dos o tres hombres de píe ante la criatura, eran soldados pero no se parecían a los que nos habían atacado antes. Uno se lanzó contra la criatura espada en mano con un grito furioso, su arma no llego a tocar a la bestia, se quedo muy quieto con mirada fija en el ojo y luego se dio la vuelta para atacar a sus propios compañeros, estos intentaron hacerle entrar en razón pero al final terminaron luchando contra él, a mi me habían vuelto a soltar contra el suelo y volví a intentar disparar al ojo.

-¡No lo hagas!

La ilusión de mi yo pequeño se interpuso entra ambas, por un momento dude pero al final disparé, esta vez la flecha si iba en buena dirección pero la criatura puso su brazo como escudo para que no le diese en el ojo. El chillido que emitió fue horripilante, parecía que la había cabreado y no había logrado nada con mi ataque, estaba en serios problemas. Miré a Pasifae esperando que hubiese vuelto en si, pero ya no estaba allí y cuando volví la mirada a la criatura solo alcance a ver como su mano se acercaba a mí. Me agarro con fuerza del cuello y me levanto del suelo, intenté luchar con todas mis fuerzas pero no podía hacer nada contra su impresionante fuerza. Poco a poco dejé de respirar hasta perder el sentido, pero durante ese proceso pude ver la imagen clara de Pasifae mirándome con dureza.

-Te lo dije




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Re: Cimientos Impuros

Mensaje por Daiana Vientosilencioso el Miér Oct 16, 2013 7:25 pm

Hubo unos instantes de silencio, eternos. Nada perturbó la paz ante la que sucumbió la asesina, ni tan siquiera el incesante rugido de la batalla que había sobre su cabeza. Pero es que ella ya no estaba allí, sólo su cuerpo continuaba tendido sobre el suelo, como el de la elfa de dos almas, y su alma se había desprendido de él y había ido a parar a un lugar extraño, totalmente distinto al ya marchito Kalmburg.

“Squash!”. Ese fue el sonido que se escuchó; a continuación un gemido y después de nuevo el silencio.

Daiana miró a todos lados confusa, y con su mano fue dando golpecitos en el suelo en busca de alguna de sus armas, mas no halló nada. Ni armas ni armadura llevaba, estaba totalmente desnuda en un lugar que le recordaba a la verde jungla de Uzuri, salvo por un detalle: El cielo. En aquel lugar, fuese cual fuese, no había cúpula sobre sus cabezas,  en su lugar un manto totalmente negro sobre el que a veces pasaban imágenes confusas y sin sentido lo sustituía.
Aunque las copas de algunos árboles casi llegaban al extraño cielo no se observaba movimiento alguno en ellas, como en el resto del páramo… No había aire.

-¿Cómo habré llegado aquí? – Se preguntó Daiana, justo cuando otro sonoro “squash!” sonaba no muy lejos de ella. Su primer reflejo fue cerrar la boca, el segundo llevarse las manos donde antes guardaba sus dagas y el tercero negar para sí misma con la cabeza antes de reconocer que era estúpida, ya no las tenía.

En silencio, como la buena asesina que era, recortó las distancias que había entre ella y el misterioso sonido y se agazapó entre la maleza para observar a dos mujeres de cuerpos totalmente diferentes una de espaldas a la otra. Tenían ambas argollas en el cuello, como si fuesen mascotas de alguien, y una cadena de verde espectral las mantenía unidas; parecía ser lo bastante larga como para brindarles un espacio a cada una, no más de un metro redondo para cada una y con menos de medio separando ambas “burbujas”, pero aun así tenían suficiente.

Dai, ya dispuesta a salir al ver que ellas tampoco iban armadas, cuando un tercer sonido la alertó. Ésta vez pudo ver con claridad de dónde venía. Miró hacia arriba, a varios metros sobre su cabeza, y discernió con claridad lo que parecía ser una fruta madura que caía a toda velocidad hacia su posición; rápidamente se apartó y dejó que la inmensa bolsa, rellena de una especie de líquido amniótico muy disuelto, se estrellase contra el suelo. De ella salió un hombre con barba, mucho mayor que las dos mujeres (al menos en apariencia física) y que la propia mercenaria, quien no pudo evitar extrañarse todavía más al comprobar que la mezcla de líquidos de la fruta, y su piel, habían desaparecido en cuanto aquel hombre empezó a titubear cosas sin sentido, más propias  de un borracho que de alguien de utilidad en un lugar como en el que estaban.

Pero no estaban solos. Aunque los afinados sentidos de la mujer no se hubiesen percatado, allí había algo más, un ser que sólo las dos mujeres podían ver. Su figura era, cuanto menos, curiosa; vestía una túnica negra que le cubría todo el cuerpo salvo el rostro, formado únicamente por la parte frontal de un cráneo con una de las cuencas vacías y la otra iluminada por una débil llama rojiza que en el centro parecía brillar con más fuerza. No llevaba armas, ni tampoco parecía ser peligroso aunque, en aquel lugar… ¿Quién sabe?

{…}

Por otra parte estaba Sylver, cuya escurridiza naturaleza sumada a su fuerza mágica inherente a su raza le había servido para confundir durante un instante al temible hechicero, había logrado también esconderse en un lugar más o menos oculto a la vista casi omnipresente que tenía aquel engendro de la magia oscura. Sin embargo no bastaba con eso, ya que cuando las raíces creadas por la magia élfica de la mujer se vieron corrompidas por la esencia demoníaca del adalid de la horda el panorama se volvió todavía peor.

Un grito gutural salió de la boca del mitad hombre, iba de la mano de un temible pulso mágico que hizo enloquecer a todos los afligidos por la enfermedad mágica. Los soldados de ambos bandos, todo aquel que había tenido contacto con un infectado y que había empezado a sufrir los síntomas de La Plaga, cayó al suelo doblado de dolor; recordaba, a ojos de algunos, a la primera etapa de transformación pero en ésta ocasión no era así, no volverían a alzarse.
Los que ya estaban infectados y convertidos en criaturas horrendas producto de la magia comenzaron a inflarse, a supurar todos sus fluidos internos por los poros y a correr hasta que les fallaron sus atrofiadas piernas. Uno cayó justo en la puerta de los establos y Sylver tuvo la mala suerte de poder ser observadora forzada de cómo aquella masa de carne se hinchaba cada más, más y más hasta que finalmente su piel cedió…

Una primera explosión dio comienzo a un grotesco concierto de sonidos tremendamente horribles que fueron sucediéndose uno tras otro sin mucho espacio entre ellos. Y una última mirada, una súplica casi, por parte de aquel engendro hacia Sylver fue todo lo que alcanzó ella a ver antes de que la corrupción lo rematase y le hiciese saltar las vísceras por todos lados.

Después nada… Sólo silencio, uno parecido al que habían vivido las tres mujeres y el hombre en ese lugar desconocido, mas este no fue tan largo, sólo duró unos segundos hasta que un nuevo grito, este sin consecuencias tan brutales como el anterior, se dejó oír por todo el lugar.

-¿Dónde estás? – Proclamó, con un tercer alarido oscuro y demasiado grave para tratarse de un humano, la voz del hechicero.

Era ahora o nunca, Sylver tenía que huir de allí como fuese, ¿pero por dónde? ¿cómo? ¿quién la ayudaría?  Estaba sola… ¿O no?




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Daiana Vientosilencioso

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Re: Cimientos Impuros

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