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Mensaje por Scart el Lun Sep 16, 2013 1:37 am

El mar... La brisa... El piar de las aves...
Caminaba cual alma en pena. Sin fuerzas, sin energías... Sin ganas, sin esperanza. Mis botas se hundían en la arena húmeda bañada por las olas, mientras a lo lejos, en el horizonte y al otro lado del mar, el sol comenzaba a descender y el cielo se preparaba para la noche, oscura y estrellada. Balto caminaba a mi lado, a diferencia de mí, el parecía tener algo más de entusiasmo, olfateando el aire y de vez en cuando adelantándoseme y ladrando, como si intentase animarme. Pero con pocos resultados.
Mi rostro cabizbajo apenas me permitía contemplar lo que tenía a unos pocos pasos de mis pies. Podría estar caminando hacia un campamento de bandidos y no me habría dado cuenta. Aunque... ¿Que importaría aquello?
Llevaba días caminando, desde que había salido de aquel condenado monasterio lleno de demonios. Aquel sitio donde había pasado ocho años de mi vida... Aunque para el resto del mundo solo hubiesen sido unos pocos meses. Eso era algo que había descubierto poco después. Y que me había indicado el volver a ver a mi antiguo cachorro... Aunque ya no podía considerarle así. Tras ese tiempo había crecido, y ya casi podría considerársele un adulto. Aunque aquello tenía desventajas. Se notaba más que era medio lobo.

Me dolía ver que en el tiempo que había estado, él había estado solo. Que no había estado a su lado, y que él siempre me esperó. Que su esperanza no se desvaneció y que, hasta mi regreso, siempre estuvo allí. Sentado, paciente, aguardando. Me demostraba así una fidelidad que nunca antes había sentido. Y que, a pesar de la frustración que me provocaba haberle tenido en esa situación, agradecía. Pues él era todo lo que me quedaba en ese momento. Él era el único que me mostró verdadero cariño. Era la razón por la que merecía la pena continuar. Era lo único en lo que, durante esos primeros días, se basaba mi mundo.
El único, el único, el único...

¿Por qué? ¿Por qué duele tanto saberlo, y a la vez calienta mi corazón de esa forma tan reconfortante?
Supongo que me alegra saber que hay alguien a quien le importo. Alguien para quien soy suficientemente importante como para permanecer esperando sentado mi regreso. No me importa que sea un perro, o como otros pensarían, una simple mascota. Lo que yo veo es que nadie más pensaba en mí. No había ningún hogar al que regresar, ni un hijo, ni un reino, ni una misión, ni siquiera una familia. Por muy poco que sea, por insignificante que parezca el aprecio de un simple animal. A mi me valía.
Pero a la vez me dolía... Pues aunque ya tuviese a alguien que me apreciaba, y aquello ya significase que valía la pena seguir adelante. Mi memoria no la olvidaba. Y en mi corazón tenía claro que había otra persona más que siempre desee que hubiese estado a su lado. Una persona que cuando salí tambaleante de aquel abismo de oscuridad, y abracé a Balto, saliese de entre los árboles y me apretase contra su pecho. Yo la amaba... Yo la quería, la deseaba... Habría dado mi vida por ella... Y de hecho, casi la dí.
Cuando aquellos horribles seres de prominentes cuernos se lanzaron contra nosotros. Cuando apenas tenía dieciséis años y continuábamos nuestro viaje... Cuando estaban a punto de cogerla, le pedí que se alejase junto al cachorro. Y mientras ella con el pequeño en brazos se perdía en la espesura, yo recibí los golpes de aquellos demonios.

Fue por ella por quien me sacrifiqué. Fue por ella por quien pasé ocho años sometido a la voluntad de aquellos seres de piel roja. Encerrado en una jaula diminuta. Flagelado por sus armas, y obligado a pelear con otros como yo por supervivencia. Fue por ella por quien durante los primeros años me mantuve esperanzado. Deseando que aquello acabase para poder volver a su lado. Y fue también por ella por quien derramé lágrimas por primera vez desde mi encierro. Jamás lloré ante los demonios. Por más sufrimiento que ellos me infligían, me mantenía firme como un muro de acero. Grité, mordí, golpee... Pero jamás salió de mis ojos ni una sola lágrima. Pero cuando vi solo a Balto, sentado y crecido. Cuando nadie acudió a ese lugar... Cuando me di cuenta de que ella no estaba... Lloré.
No puedo saber que fue de Adel. Quizás se marchase, y creyendo que estaba muerto, se fue para no volver. Regresó a alguna ciudad y rehízo su vida sin mi. Quizás, a pesar de todos mis esfuerzos, los diablos la atrapasen, y no lograse correr mi misma... Mi mismo destino... Pues no puedo decir que tuviese suerte.
Estoy vivo, si. Pero ¿De qué sirve vivir, cuando te han arrebatado el resto? ¿De que sirve notar el corazón latir en tu pecho, si todo aquello por lo que sentías aprecio ha sido destruido?

Aunque... De todas formas... ¿Acaso habría importado que ella estuviese allí? No... Me conoció con quince años, y me secuestraron uno después. Pero desde aquello yo había crecido, y ya tenía veinticuatro. Mientras que ella probablemente no habría envejecido nada. Aquello ya no podría funcionar jamás. Ella y yo no volveríamos a estar juntos. Y aunque hubiese sobrevivido, aunque volviese a encontrármela por azares del destino, jamás me reconocería.
Dirigí una mirada al mar, y contemplé mi tenue reflejo en las cambiantes aguas. Era bastante alto, mis ojos seguían del mismo color azul grisáceo, pero en ellos la chispa de alegría y jovialidad había desaparecido, y tan solo podía ver dolor y sufrimiento, y la cicatriz que me cruzaba el derecho le confería a mi mirada un matiz más agresivo. El cabello era idéntico, castaño y revuelto... Muy típico y común. Una barba que me había acostumbrado a atusar enmarcaba mi rostro de piel clara. Mis ropas, antiguamente simples y grises, ahora se componían de un pantalón de piel marrón, una camisa blanca bajo la coraza que encontré entre los restos del maldito edificio, y una capa roja rasgada y deshilachada en varios puntos. Lo único que se mantenía en mi atuendo eran los guantes y las botas.
¿Que quedaba de mi antiguo yo? Creía que nada. Parecía una persona totalmente diferente. Pero... En mi interior, aun conservaba aquellos recuerdos y sentimientos que me recordaban quien fui. Aunque en su mayoría, cuando las imágenes regresaban a mi mente, solo lograba provocarme dolor. Punzadas en el corazón tan dolorosas como una espada de verdad.

Era lamentable. Mi aspecto era realmente triste. Y aquello era irónicamente gracioso, cuando en el pasado yo era la chispa de vida de la ciudad de piedra gris... ¿Sacralis se llamaba? Aquel lugar que siempre parecía estar inundado de pesar y tristeza, en el que correteaba por las calles, perseguido por los guardias con el botín robado de aquel día. Cuando tan solo tendría ocho o nueve años. Y en esos momentos, era todo lo contrario. Mientras a mi alrededor el mundo rebosaba de vida, yo me sumía en una sombra de pesar.
Durante un instante. Un simple y mísero instante, levanté la vista al frente por el ladrido de mi compañero, y pude ver como al frente, y a unos cuantos metros de la costa. Pequeños edificios de madera se alzaban sin una muralla que les envolviese. Parecía un pueblo. Lancé una mirada rápida al mar y vi como el cielo comenzaba a teñirse de naranja y rojo, y el astro rey arrancaba destellos de luz de la superficie calmada del agua. Anochecía, y quizás fuese buena idea pasar por el pueblo. Me encontraba agotado tras caminar tanto tiempo y dormir a la intemperie bajo la sombra de algún árbol. Con suerte, alguien en alquél lugar sería capaz de arreglar la capa que en tan lamentable estado se hallaba.
Y sin saberlo, con aquella decisión, había dado el primer paso hacia un nuevo camino que me marcaría de en adelante. Mucho más de lo que esperaba, y de lo que habría deseado en esos momentos.



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