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Lluvias dispersas

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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Necross Belmont el Dom Abr 13, 2014 10:52 pm

Zalera, ahora disfrazado de elfa drow, había entendido el mensaje de los demonios, aunque no se explicaba como ellos supieron que un parasito vivía dentro de la drow. Sonriente, el parasito llamado Zalera se acercó rápidamente a la última elfa en pie, antes de que esta cayera, sostuvo la “carga” tan preciada que había protegido con su vida. Cuando abrió el manto que cubría esa carga desconocida, el parasito noto que era un bebé, aun lleno de sangre, un recién nacido. -No te preocupes, yo me encargare de que esta criatura tenga lo que se merece. Morirá, como todas las criaturas de este sucio mundo.-

Y antes de que cayera el cuerpo de la elfa, Zalera se le acerco, la sostuvo de la cabeza, y la miro directamente a los ojos. –Pero veras, quizás esta criatura no muera inmediatamente, creo reconocerla y me será útil. Pero tu… tu situación es completamente distinta, morirás, y sentirás la agonía que conlleva la verdadera tortura. Gracias a este cuerpo, conozco algo sobre lo que ustedes hacen, y usare esas mismas técnicas en ti…-

Antes de que la poca vida de la elfa se extinguiera, Zalera desenvaino una de las dagas de su huésped, y comenzó con su tortura.

<<->>

Ithilwen no quería entregarle la bastarda a Necross, la sabia la razón, ella misma se lo había dicho, pero ella no conocía en realidad lo que esas armas eran capaces de hacer. –Dentro de la espada, vive el alma de un amigo. Lo vi cuando ustedes se acercaron, en esencia, él está con nosotros. Pero al parecer solo yo puedo verlo.

Un poco más acostumbrado a su nuevo cuerpo, el hombre del lobo corría con ganas, corría como hace mucho tiempo no lo había hecho. Recorriendo el lugar, el grupo noto los cadáveres envejecidos de las drow, ya que pareciera que mil años habían pasado por su cuerpo. Necross sabía que Zalera estaba cerca, no necesitaba la advertencia del elfo guerrero para saber que su rencor rondaba.

Y desde las sombras, la drow infectada con Zalera había aparecido, los ojos rojos hicieron que Necross inmediatamente lo reconociera, por ello, su enojo crecía desmesuradamente. Necross también escucho el llanto de la criatura en brazos de Zalera, tuvo miedo de que el rencor, el parasito, pudiera asesinarlo. Si puede, salvaría la vida de ese infante, así podría comenzar  con su redención.

-¡Deja a ese niño que ningún mal te ha hecho!- Grito Necross, antes de que los elfos comenzaran su ataque. Lamentablemente, antes de que Zalera respondiera, los elfos ya habían lanzado sus flechas, y activado su magia. -¿Acaso no les importa el bienestar de esta criatura? ¿No piensan que pueden herirla por muy diestros que sean con el arco?- Dijo Zalera, que con destreza esquivaba las flechas enemigas.
Cuando los proyectiles dejaron de volar por los aires, Zalera siguió hablando: -Te tengo un trato Necross, la vida de este infante por la tuya. Únete a mí, entrega tu alma y la fuerza de Dracul… solo así vivirá este infante. –

Necross quedo pensativo, ¿Qué importa su vida si puede salvar la de un recién nacido? El mal que causo debe ser pagado de alguna manera, pero si él se une a Zalera, el mal se expandirá por esta tierra.  Necross, al albergar a Zalera en el pasado, sabía cómo pensaba, y tenía la certeza de que si no accedía, el rencor mataría al bebé llorando.

Necross se dirigió a Ithilwen. - ¿Sabes? He vivido una larga vida, no en comparación a la tuya claro, si ha sido una buena vida.Cuando me vieron, cubierto de esa sustancia negra y viscosa, había regresado a la vida. Verán, hace mucho  tiempo yo morí, y resultado de esa muerte nació Dracul, el ser con la garra gigante y armadura que vieron antes. Pero también nació Zalera, de todo el rencor, odio, y decepción de mi corazón. Mi vida no se compara con la que puede tener esa criatura. Ithilwen, te imploro acabes con Zalera… mi vida no es importante en comparación a la de esa criatura, después de todo, ya no me queda nada.-

Necross dio un paso adelante, deteniendo con su mirada cualquier ataque, o intento de detenerlo. Miro hacia atrás, y a la elfa le dedico una sonrisa, la misma que hace mucho le hubiese dedicado al a divium de ojos lilas. Su rostro era apacible, demostraba calma, y la disposición de Necross por morir salvando al infante.

A pocos metros, Zalera comenzó a reír victoriosamente, su plan de aniquilación estaba en marcha, y con  su cuerpo original, no podría ser destruido. –Aquí me tienes, terminemos con esto.-

-¿Tan difícil fue? Tú habías muerto hace mucho, deja que otros vivan después de tu muerte. ¡Necross! Serás uno conmigo, y juntos destruiremos todo Noreth.- Una aura oscura se comenzó a generar alrededor de la elfa, esta cayó al piso, siendo una sustancia viscosa y oscura. Antes de que la elfa cayera, Necross alcanzo a tomarla con su garra, evitando que el bebé cayera con ella. –Es curioso, tiene un ojo lila y el otro azul…- Dijo el hombre del lobo cuando tuvo en brazos al infante.

Los ojos de Necross se abrieron de par en par, ese ojo lila era igual al de la dama alada… ¿podría ser que ella…? ¡No!

Sosteniendo al infante en su brazo derecho, Necross tomo el cuerpo de la elfa con su garra, y la alejo de Zalera. –¡Traidor! ¡Vuelve aquí desgraciado!- El rencor con mil voces gritaba, mientras Necross se alejaba, corría con el bebé, y arrastrando el cuerpo de la drow antes poseída.

Las flechas de los elfos nuevamente volaron, pero cuando tocaban el inexistente cuerpo de Zalera, eran absorbidas. Necross había llegado con Ithilwen, le entrego a la niña y suspiro con pesadez. -Cuídala... ella merece vivir.-

-¡Nooo! ¡Necross vuelve! ¡Vuelve a mí, te necesito!- Grito con desesperación Zalera, y desde el piso, debajo de la masa sin forma que era, una luz rojiza se levantó. -¡¡Si yo no puedo tenerte, nadie lo hará!!-  El cuerpo de Zalera se había transformado, todas las almas que había absorbido lo estaban mutando, eso, y el poder oscuro que latía en el bosque.

Spoiler:

Desde sus entrañas, el rencor saco una gran mandoble, esta parecía una boca cerrada, llena de dientes afilados. –Zalera desapareció con tu traición, ahora ha despertado, ¡el terror nocturno!- Necross empuño su mandoble con fuerza, miro a la elfa, y con resignación le dijo: -Cuídala.-

El hombre del lobo corrió hacia el terror nocturno, con Sherckano en su diestra, estaba listo para atacar a su rencor.



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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Abr 14, 2014 1:00 am

-¿Acaso no les importa el bienestar de esta criatura? ¿No piensan que pueden herirla por muy diestros que sean con el arco?- espetó la figura elfica mientras huía con maestría de las saetas.

-¡Juega con nosotros!- gruñó Lüdriëlh, apretando los dientes con furia. –No le importa ganar o perder, sólo … jugar. ¡Maldito!

Su señora tampoco parecía complacida. Apenas con el ceño fruncido, la elfa clavaba la mirada en la rapidez con que esa criatura brincaba de un lado a otro, haciendo suyas las sombras en las que se resguardaba, moldeándose a los ataques que le llegaban, burlando su castigo merecido. Más el rostro sereno e indescifrable de la solar nada atisbaba de lo que el pensamiento silencioso elaboraba. Escuchaba a esa otra entidad, la que tenía los ojos del humano que alguna vez ella conoció, y trataba de hilar la filigrana con la cual se había tejido su historia. Pero cuando se sentía cerca de la respuesta, ésta se escondía detrás de un nuevo enigma. Había un dilema, un pasado, un presente, tres entidades que todas formaban una. Así lo había explicado el humano al salir de su prisión maligna, así lo reiteraba una vez más mientras instaba a los solares por matarle. Terminar con esa entidad llamada Zalera le acarrearía la muerte y eso era ensuciar más los pecados que ya traían sus elfos de la guerra. Como telón de fondo estaba la muerte, pues aquel era un ser renacido de las sombras, una criatura que por gracia demoniaca o divina había vuelto al mundo terrestre… ¿a qué?, ¿por qué? El don de la resurrección sólo era conferido a aquellos malditos por los señores del mal o premiados por la fuerza del poder de su convicción. Los escritos eran claros en ello… a menos…

-… A menos que el camino de los dioses estuviera trazado para bien o mal en esta entidad, cuya misión aún no se ha cumplido- pronunció en voz baja, sumida en sus propias cavilaciones.

-Lüdriëlh- llamó ella sin quitar ni un solo segundo su mirada del humano mutado y la lucha de voluntades. Ambos se decían verdades, ambos traicionaban por igual, ¿cómo creer en un juego de engaño? La realidad no era cómo se veía. Eso lo tenía claro ella, pero ¿entonces cómo se hilvanaba esa historia de muerte y resurrección?: -Temo que teníais razón… ¡Ésta no es nuestra lucha!

El alto elfo giró su mirada a ella, la de cabellos ensortijados, apenas sombra de lo luminosos y puros que solía portarlos desde que nació. No había reparado en que ella no se había tomado el trabajo de curar ninguna de sus heridas, y que por su frente corrían algunas gotas de sudor frío, clara muestra de su propio agobio y cansancio. Ya sabía el veterano guerrero que, desde la muerte de los elfos en Abanisia, la sacerdotisa había visto flaquear su fe, ahora con la partida de Öldraht la herida era más profunda, y la inseguridad en su protegida también.

-Mi señora, con su venía, ahora soy yo quién se opone a mis palabras pasadas.- respondió el elfo con cariño, hincándose ante ella, la futura señora de los solares: -Ésta es nuestra lucha. No sé por qué, no sé cómo la ganaremos, pero ésta sí es nuestra lucha. Ése humano conoce las armas que llegaron a nosotros gracias a la bendición de Thëroniëth, y …

La longeva alzó su mano ante él para callarle, sin siquiera mirarle, como queriendo centrarlo en la batalla. Para sorpresa de todos, de alguna manera Necross había logrado hacerse al infante y ahora corría hacia ellos. Insensato, pero efectivo. La solar miraba y discernía: No cerraría su paso, pero tampoco intervendría a su favor. La vida del humano ahora dependía de los dioses y su valía.

-No desobedezcáis mis órdenes, general- instó ella mientras elevaba su voz de mando ante sus guerreros una vez más: - ¡Parad el ataque! Thümbriel de Äshkiëht levantad la barrera. ¡YA!

El joven mago bajó sus manos y entreabrió sus ojos con cierto temor y cansancio. Era magia poderosa y aún no tenía total control sobre ella. Además, en menos de una hora había elaborado dos conjuros difíciles de lograr, y ahora empezaban a temblarle las piernas. Conforme descendían sus brazos, el viento amainó siendo a penas el que se encargaba de mecer las olas del mar cercano. La noche luminosa dejaba ver el pálido brillo de una de sus estrellas y a la luz de ella, raudo y veloz llegó Necross, entregando a la señora de los solares un recién nacido, pesado para serlo, apenas envuelto en unas telas de confección drow, más su rostro, pálido como el de las lunas, revelaba que no se trataba de una elfa oscura. Ithilwen arrugó el rostro mientras recibía al pequeño. Su llanto suave parecía amainar al tacto de sus brazos.

-Cuídala... ella merece vivir.

La elfa calló, apretó al pequeño contra su pecho y vio partir de nuevo al humano, quien cada vez parecía recobrar de esa humanidad que ella le había conocido cuando apenas un niño era. Corría sin temor ante la oscuridad que representaba esa otra alma parte de su ser; corría sin titubear una vez más hacia la muerte; corría por algo más allá que simplemente la verdad o la justicia, quizás haciendo un propio sacrificio, y en su mente ella sólo dudaba si estaba tomando la decisión correcta. Por un segundo, buscó al alto elfo de cabellos oscuros y para su sorpresa, éste empuñaba con fuerza su espada, apretando el mango con decisión. En su cara conflictuada se veía la impotencia. Quería ayudar al humano, pero… su señora había sido clara.

Los cabellos azabaches se arremolinaban. Ella no tenía palabras qué decir. Sólo miraba la escena, espadas que se cruzaban, odio que desbordaba de la oscuridad y la virtud que palidecía en la mano del portador del mandoble. Entonces, la pequeña empezó a moverse con alegría. Su risa suave y cantarina, de nuevo despertó el poder de las armas que reposaban en su espalda. De nuevo esa energía se hizo sentir. Retiró su mirada del campo de batalla y se concentró en el bebé. Contrario a la vez anterior, como por encanto o virtud de aquella vida, al lado de ese rostro sonriente se encontraba una criatura diminuta, con alas, de colores vivos. Un hada dirían los antiguos, más aquel feérico expelía una energía demoniaca, similar a la de las armas. Antes no la había vislumbrado pero ahora… ¿podía ser ese bebé?

-Cuídala- repitió una vez más el hombre solitario antes de combatir con sus artes a las sombras.

La desesperación la envolvió. El juego estaba sentenciado al ver la transformación grotesca que aparecía como rival del humano. Alas de fuego, atrocidad deformada, Zalera era algo más que simple oscuridad. Y en medio de todo, estaban los acertijos: la espada bastarda pertenecía a él, eso había dicho. Oculto en ella había un poder… ¿cuál? Su mirada bajo al bebé.

Música:


-¿Quién eres?- le habló mientras acariciaba unos escasos cabellos plateados que recubrían su cabeza blanquecina. Le limpió el rostro mientras el hada la observaba. Parecía querer hablar la voladora pero en ese mundo de realidad aquella entidad etérea no tenía voz aunque sí consciencia. Entonces, de ese rostro multicolor, de rostro rojizo y ojos encendidos, surgió un llanto silencioso que contagió de tristeza a la señora de los solares. La feérica lloraba mientras el bebé sonreía.

-¿Quién eres?- volvió a preguntar Ithilwen mientras se arrodillaba para descubrir al recién nacido en busca de heridas o algo que pudiera denotar quién era. -¿Quién eres?

Extraña, diminuta, aún bañada en sangre materna, agitada pues eran sus primeras bocanadas de aire en un mundo ruin, la criatura solo sonreía mientras la solar le acariciaba antes de sacarle de las humildes telas que le cubrían. ¿Qué hacían las drows con un bebé así? ¿Por qué aquella criatura pesaba tanto? La respuesta no se hizo esperar. Al alzarla unas tímidas alas blancas y puras se extendieron, revelando a una niña saludable que abría sus ojos.

-Un divium- exclamó Lüdriëlh con asombro: -Un ángel…

Ithilwen miró a la criatura con asombro mientras la alzaba hacia el cielo, contemplando lo hermoso de sus facciones, la perfección de sus rasgos, el color asombroso que recubría sus ojos. Una niña pequeña, de apariencia débil pero de fuerza férrea pateaba con energía mientras sonreía absorta en la mirada de la imperecedera.

-Es una criatura nacida en la más profunda oscuridad y tristeza pero el poder de los dioses la ha conducido hasta nosotros: sus ojos hablan del amor con que fue traída a este mundo, y del llanto que encierra su historia, pero... es un ángel bendecido por los dioses… lleva la “esperanza” bajo sus alas…

El general, bajando su escudo y su espada, se sacó la capa, y luego de retirar su armadura de cuero, quitó su camisa, extendiéndola en la arena. La princesa de los solares reposó allí a la pequeña divium y envolviéndola volvió a tomarla en sus brazos. El sabio elfo se vistió de nuevo, siguiendo con sus ojos escrutadores la pelea entre el humano y su alter ego. Los otros dos guardianes y el joven hechicero miraban a la señora de Erínimar y a la criatura alada, sin saber muy bien en dónde reposaba su lealtad; ellos sentían la necesidad de ir tras lo correcto, luchar, aunque las consecuencias fueran desagradables. A fin de cuentas, todos habían comprendido que matar a alguna de las tres entidades significaba acabar para siempre a un inocente. La vida de aquel llamado Necross estaba en juego.

Lüdriëlh fue quien rompió el silencio que los embargaba con una sola frase:

-Es nuestra lucha, Ithilwen…-. Apuntó su arma hacia el enemigo y con seriedad continuó: -¡Fëüer! (Fuego)-. Su espada se recubrió de llamas.

Los otros dos elfos sacaron sus armas y con ánimo vivo, los tres se lanzaron en contra de ese enemigo mitad demonio, mitad engendro, dispuestos a aniquilar a Zalera.
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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Necross Belmont el Lun Abr 14, 2014 1:18 am

Sherckano  y el mandoble de Zalera, hacían eco al chocar, sacaban chispas al colisionar. El filo del arma de Necross estaba nuevo, como si hubiese sido recién forjada.  Los golpes de Zalera eran más rápidos y poderosos que los de Necross, con suerte este último lograba defenderse. Heredando el conocimiento que Necross tuvo antes con el mandoble, y añadiéndole lo que aprendió de Dracul, Zalera tenía una habilidad excelente con la espada. Era capaz de golpear con el mandoble, e instantáneamente golpear con su brazo, para luego anteponer la espada y defenderse del hombre del lobo.

Un corte horizontal de Zalera, hizo que Necross pusiera sobre su cabeza la espada de forma horizontal, la misma escena que antes había ocurrido con Dracul, se repetía.  Esta vez, Zalera  golpeo la pierna izquierda de Necross, lo hizo perder el equilibrio, y luego lo golpeo en el vientre. Debido a la fuerza de Zalera, el hombre del lobo salió disparado.

No fueron tantos metros los que voló, pero si una distancia considerable. El hombre del lobo se puso de pie, y nuevamente corrió para atacar a su rencor. Esta vez, Zalera con su mandoble, mordió la garra que reemplazaba el brazo de Necross, al verse atrapado, el hombre del lobo intento golpear el cuerpo de su rencor, con Sherckano; pero no tendría tiempo para eso. Zalera comenzó a darle cabezazos a Necross, lo golpeo tanto, que en la cabeza de este, se abrió una herida, y sangre comenzó a brotar.

La visión de Necross se volvió borrosa, podía ver como un grupo de siluetas se acercaban a él, pero no las podía diferenciar. Zalera levanto su arma,  y con ella, el cuerpo de Necross, este último cayó en un estado breve de inconciencia.

En su mundo de sueños, Necross estaba sentado, miro hacia abajo, y pudo ver a Foxhound durmiendo a sus pies, miro a su lado, y su ojo se llenó de lágrimas, estaba Ondine, con una sonrisa amplia, aunque tiritaba levemente. -¿Tienes frio cariño?- Pregunto automáticamente, ella negó con la cabeza, la siguiente acción de Necross, fue quitarse la gabardina, y ponerla sobre ella, cubriéndola por su frente, ya que las alas impedirían que la gabardina colgara desde atrás. - No, ¿sabes qué? Mejor cubrámonos juntos, que a mí también me dio frio, ¿¡Por qué tienes que vivir en un lugar así!?- Lo siguiente que vio, fue a ella arrimándose a Necross, mientras ambos se cubrían con la gabardina. Miraban el amanecer, como el sol nacía. El ambiente hacia que naciera un sentimiento de paz en el corazón de Necross, pero algo había en el sol. Cada vez brillaba más, y cada vez con más intensidad, hasta que en cierto punto fue tan brillante, que cegó el ojo del hombre del lobo.

Necross había despertado, estaba tirado en el piso, libre de Zalera, veía como El elfo veterano luchaba contra el rencor. Precariamente, el hombre del lobo intento ponerse de pie, intento recuperar el equilibrio, sintió como la sangre corría por su cara, toco la herida en su frente, y esta ardía.  Pero eso no podía detenerlo, no cuando una parte corrompida de su alma, andaba suelta, queriendo causar caos y destrucción.

Nuevamente se dispuso a correr, pasó por el lado del elfo general, y le dio una mirada llena de determinación, estaba listo y dispuesto para acabar con Zalera. El rencor conocía los movimientos del hombre del lobo, pero este ya sabía cómo contrarrestarlos. Necross sosteniendo la espada con ambas manos, le lanzo un corte en diagonal a su oponente, con este mismo movimiento, giro sobre sí mismo, y nuevamente corto a Zalera.  La técnica de Necross, consiste en atacar una vez, pero golpear muchas veces con un mismo ataque, el problema es que pierde su equilibrio cuando lo hace, y si falla, puede quedar expuesto.

Por suerte sus ataques consecutivos lograron su cometido, y dos grandes aberturas se vieron en el pecho de Zalera, con desesperación, este último comenzó a gritar, intercalando su voz demoniaca, por una más aguda, una más femenina. -¿Por qué me hieres Necross? ¿¡No es suficiente el mal que me has causado!? ¡Únete a mí de una vez por todas, destruyamos juntos este mundo!-

Lleno de ira, Zalera comenzó a brillar, una luz anaranjada se formó en su silueta, esta encandecía mas en su centro, en donde se supone iría su corazón. Esta luz anaranjada brillo con mucha más intensidad, eventualmente Zalera expulso toda esa energía, y mando a volar a todos los presentes, solo Necross, que había clavado a Sherckano en el piso, logro resistir.

Varias marcas de quemaduras estaban en el cuerpo de Necross, este miro a un lado y vio que el elfo veterano lo había imitado, ambos estaban quemados por el odio de Zalera, pero sus heridas no eran tan graves, no les impediría luchar, pero si mermaría rápidamente su vitalidad. - Si no lo logramos, debes saber que ha sido un honor luchar junto  a ti.-

Lentamente, Necross comenzó a correr hacia Zalera nuevamente, sus pasos se hicieron más rápidos a medida que los segundos pasaban,  así también sus ganas de acabar con la criatura nacida de su rencor.



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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Abr 14, 2014 2:56 am

Däi na tën de nï më da tüs Thümendril
Ödonaräth de na,
Öldranethë ni me de naiderath!
Sägen ni me Erü än önderanithë,
Aÿidim di ni Tërriëth
Dë ni thëni më den thënäth.

¡Oh, qué misterio espantoso
es éste de la existencia!
¡Revélame algo, conciencia!
¡Háblame, Dios poderoso!
Hay no sé qué pavoroso
En el ser de nuestro ser.

Como pudieron, Mïniël y Zäthïnwën cavaron hondo en la tierra aún bañada de sangre. Limpiaron el rostro del solar, ese hermano caído en batalla; retiraron sus pertenencias, pues una familia aún les aguardaba en Erínimar y a éste elfo le llorarían en las bóvedas junto a sus hijos y sus ancestros aunque su tumba yacería al lado del suelo que le vio morir. Ambos inmortales, sin cruzar ni una sílaba, recordaban las órdenes de Ithilwen Erulaëriel y no pretendían desobedecer aunque… aún era nítida la imagen de ella cuando vio el cuerpo inerte de Oldrählt. Suspiraban con dejos de cansancio, más ninguno interrumpió la tarea. La rigidez de la señora de los solares llenaba su mente. No pareció turbarse en un principio, pero todos notaron ese suspiro ahogado que expulsara mientras un llanto ahogado se atravesaba en su ser, opacando el brillo de su mirada cristalina.

Cantaron, pues ese hermano merecía cada una de las alabanzas de los suyos; entonaron al aire las proezas de Certero, cómo había logrado sus grandes hazañas, los momentos de gloria, la bienaventuranza que había legado el reino de Erínimar al lado de su arco y sus flechas, más aquellas historias, cantos en lengua versada, eran inentendibles para los que desde la lejanía, resguardados en sus casas, veían la escena con temor y curiosidad. Aquel era un cementerio de cuerpos, la tierra bañada en sangre sólo era la única prueba de una historia que los solares aún no terminaban de entender.

-Id con bien, amigo de Erü- terminó Mïniël, manteniendo oculto el lugar donde debiera haber un brazo. –Ahora, vamos con los nuestros, Zäthïnwen.

Cubrieron sus rostros con las capas sucias que desde Abanisia les había resguardado y como sombras desaparecieron entre la espesura de la bruma y el canto del mar.

--//--

Adecuados en cada uno de los extremos, los arqueros arremetieron contra la criatura. Era veloz, esquiva, pero sobretodo, resistente. Ambos maldijeron por lo bajo al ver cómo sus ataques eran infructuosos frente al monstruo de llamas y dientes, tan ajeno y corrompido, que sólo podían concentrarse en una sola idea: destruirlo.

Lüdriëlh supo desde el inicio en qué lugar arremetería su primer golpe, pero ahora compartía el bando con esa otra parte de la criatura, más noble, aunque errática aún, y aquello le perturbaba: de darse la oportunidad de aniquilar a la bestia y sellarla para siempre, aunque fuera sacrificando a ese humano, él lo haría. Su camino era el de la luz y no dejaría que la oscuridad reinara por preservar un poco de claridad pálida que en últimas sería esquiva para cualquier mortal. Corrió con la agilidad de sus años de gloria, y teniendo en su mente a ese compañero de armas caído, gritó con furia obstinada:

-Ës ïst dëinë Ëndë… ëndlïch… für dïch, Öldrahlt (Es vuestro fin… al fin… por ti, Öldrahlt)

Su movimiento fue rápido y preciso: atajó su brazo, aquel que parecía ser uno con su arma, cercenando parte de lo que parecían articulaciones. Aunque la bestia era veloz también, y en un rápido intento de defensa tomó el arma del general para parar el golpe, no pudo contra la energía purificadora que la hoja expelía. El fuego de su espada calcinaba la maldad. Aún con la bendición de su señora, el metal resplandecía con la palidez de las estrellas. No en vano era suya la poderosa Glordiäleth, arma legendaria del valle de los altos elfos, cuyas esmeraldas canalizaban la magia que de su fuerza vital se desprendía.

El grito de la bestia se hizo sentir en cada uno de los rincones del lugar. El versado guerrero sacó con todas sus fuerzas su preciada espada de la carne oscura de la criatura y allí, las fuerzas de su ser le fallaron. Se tambaleó para su sorpresa, y con cara de extrañeza su mirada se encontró con la furia de Zalera. Había luchado demasiado. Él lo sabía. Desde Abanisia hasta aquellos linderos de Jyurman no había tenido un momento de verdadero descanso. Su cuerpo empezaba a pasarle la factura por sus excesos.

A sus pies, Necross acababa de recibir varios golpes por parte de su alter ego, y entre la vida y la muerte, difícilmente podía decirse si volvería a la batalla.

-No ganaréis, maldad- gruñó el elfo de cabellos oscuros, mirando a sus hermanos arqueros: -¡NO GANAREIS!-

Con la agilidad que le restaba, el elfo tomó su espada con fuerza, y el escudo, corriendo donde el joven humano, quien cada vez devolvía más de aquellos rasgos humanos, nobles, puros, de un alma que en sí no debía ser condenada. Lüdriélh sonrió al verle abrir los ojos y con su escudo lo cubrió. El elfo ayudó a levantar al caído, y de nuevo éste, como si una llama de esperanza latiera en su corazón mortal, se lanzó sobre su enemigo. Las saetas de los dos elfos seguían cayendo sobre sus cabezas, más el general de Älseniäth-Thäl se sentía desfallecer por momentos.

Desde la distancia segura, el hechicero y su señora observaban con angustia todos los sucesos. En el fondo, ella quería también luchar, pero el recuerdo del cadáver del hijo de la Ciudad de Luz, inerte, inexpresivo, llenaba su corazón como pensamiento de inseguridad. Ella estaba en lo correcto, no debían meterse en los asuntos que no les convenía a los inmortales. Con un suspiro ahogado y un grito desgarrador seguía los movimientos de su protector, podía ver en ellos el cansancio, ese sudor frío que le bajaba por la frente y, de nuevo, el temor la invadió.

Entonces, de entre la batalla un cuerpo se arrastró, tratando de llegar a los árboles, huyendo de los ataques. Era largo, esbelto, de ropajes oscuros, y heridas que dejaban una estela rojiza mientras trataba de alejarse de la playa. El elfo hechicero miró a la de cabellos azabaches y con un gesto de ella, él se alejó para volver con la herida: una drow, expulsada en el momento en que Zalera había decidido manifestarse en todo su poderío y peligrosidad. Sus heridas eran graves, más al ver a la bebé en manos de Ithilwen, un fuego interno inundó sus ojos rojizos moribundos y como si estuviera destinada a hablar, en voz tenue, entrecortada por el dolor de sus heridas y la sangre que se arremolinaba en su garganta, balbuceó:

-Mi señora… la hija de mi señora… la guardiana… Wasser… perdón… perdón… Ondine. Sálvala solar… Sálvala…

-Wasser- repitió la solar con cara dubitativa: -¿Ondine?

La mirada de la drow fue suficiente respuesta para entender las conexiones entre la bebé, el humano, y las armas. Ése era el nombre que había pronunciado por primera vez el humano cuando recobró su conciencia luego de salir de la brea en que la bestia le tenía cubierto. Lloró por esa criatura, río por ella. La pequeña se movía entre sus brazos con fuerza, pero la hija de la luz sólo tenía mente para sus cavilaciones y con atención seguir oyendo lo que la drow repetía, como un mantra.

Hasta que comprendió: ¡por eso podía ver a la feérica! La niña estaba conectada con ambos, las armas también. Magia demoniaca, que a pesar de haber nacido en la oscuridad era neutral… invisible en este plano de la realidad. La cansada Ithilwen observó a la pequeña y la apretó contra su pecho, aunque su mente tenía mil preguntas sobre todas las incongruencias de lo que su mente trazaba, con seguridad respondió a la drow:

-Descansad, hermana de las sombras. Vuestra promesa ahora es nuestra: Cuidaremos esta pequeña y sabrá que gracias a vosotras salvó la vida. Ahora, descansad…

Música:


Alzó la vista, buscando al hechicero y con horror clavó su mirada en lo que para éste era el vacío. Se trataba de una figura enorme ubicada detrás del joven Thümbriel de Äshkiëht, de metal, de ojos inexpresivos pero de dimensiones colosales. La niña le observaba también con absoluta fascinación, y la féerica revoloteaba a su lado como si ambos hubiesen sido destinados a estar juntos para siempre.

En el campo de batalla, la furia de Zalera había hecho que los elfos fueran expulsados por los aires, quedando inconscientes a cada lado de la lucha. Sólo Necross se mantenía estable, hincado en la arena al lado de Lüdriëlh, quien protegido por su escudo apenas si se le habían chamuscado los cabellos y parte de sus botas. La imperecedera miró al general, y éste a su señora. En ese momento, ella lo supo: él no era capaz de dar un paso más. Lüdriëlh de la casa Thündëll, general de las tropas de su Majestad, sabía que su fin había llegado.

Ithilwen lloró al mismo tiempo que en su lengua balbuceaba sus rezos. ¡No quería ver caer a uno más de sus aliados! “Primero ella antes que ellos”, repetía para sí. Más el cielo oyó sus plegarias pues como cálido espíritu renovado, los dos heridos llegaron gritando, uno de ellos, el hechicero Zäthïnwen, alzando las olas de la marea, encerrando entre una bola de agua el espíritu bestial de Zalera.

-Necross…- gritó la elfa mientras se levantaba, decidida, segura por fin de que no fallaría una vez más en proteger a los suyos. Veía en los ojos de esa niña la esperanza brillar de la mano del sabio hechicero que llegaba: -Fue vuestra una vez y ahora volverá a vuestras manos, pues sólo de ellas es que viene la redención de vuestra alma. Alzaos sobre toda vuestra historia, hijo de Shading, y venced a la oscuridad. Sed una vez más digno de empuñar esta espada…

Sacó de su carcaj la espada bastarda y vio como la mole de metal avanzó corriendo hacia su amo. Sí, ese era su amo. Ella sonrió entendiendo el mensaje de los demonios. Estaba débil, sus heridas, ganadas en el campo de batalla en los glaciales, volvían a abrirse, desprendiendo hilos de sangre que corrían por sus brazos. Desde enfrente, el general gritaba, al verla a ella tan débil pero decidida a atacar. Más ella a nada de esos ruegos y gritos atendió, aferrando fuertemente al bebé y en la otra la espada, invocó el último de sus poderes.

-Dä nïl… in da täch

Un lazo de luz divina nació de su mano, enrollándose en ella y cerrándose sobre el mango de la espada. Con destreza la elfa miró al humano y calculó sus posibilidades. Movió una vez con proeza el látigo bendecido, otra vez más, como impulsándolo y a la tercera, dando una vuelta completa sobre su mismo eje, la cuerda se tensó y de ella escapó la espada, volando por los aires en busca de su dueño.
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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Necross Belmont el Lun Abr 14, 2014 3:25 am

Zalera estaba atrapo, Necross,  Lüdriëlh, y el resto de los elfos estaban cansados.  Pero una ayuda vendría del resto del grupo de la elfa, los dos últimos inmortales, cansados, y severamente heridos por otras peleas, habían llegado a apoyar en el campo de batalla.  Necross busco al responsable de la prisión de su rencor, y le dio una sonrisa de alivio.

Zalera gritaba, el enojo que sentía traspasaba la prisión acuática que lo retenía, sus gritos de furia se podían escuchar claramente. De a poco, Necross sentía como la fuerza, los poderes que alguna vez le pertenecieron a Adrammalech, se hacían uno con su cuerpo, en su brazo derecho pudo sentir pasar la energía eléctrica, y aprovechando esto, electrifico a Sherckano.

Con su arma lista, el hombre del lobo corrió hacia Zalera, con fuerza apuñalo la burbuja de agua, y la energía eléctrica aumento su poder. El rencor grito con más fuerza, volvió a juntar energía y hacer explotar la burbuja; el agua que salto por todas partes hervía, y un poco de esta cayó cerca de Necross, aumentando el dolor en su cuerpo.

Necross perdió el balance de su cuerpo, al ver eso, instantáneamente Zalera se lanzó sobre él, golpeando su vientre, haciendo que Necross se inclinara hacia adelante, para rematarlo con un golpe directo en la mandíbula que lo hizo caer completamente. –¿Esto es lo que quieres? ¿Es esto realmente? ¿Morir por defender a unos pocos? ¡Nosotros podemos hacer mucho más! ¿Acaso no entiendes? ¡La destrucción es lo que hace que la vida valga la pena! Necross escupió sangre al piso, y con una férrea mirada le hablo a su rencor.  - Esa no es la vida que queremos vivir.-

Zalera pateo la cara de Necross justo antes de clavar el mandoble en su abdomen, pero Lüdriëlh  lo golpeo de lleno con su propia espada, clavando esta en donde se supone irían las costillas, solo que Zalera no tiene costillas. Aun débil, Necross se puso de pie, mientras el elfo general luchaba ferozmente contra su rencor.

-Necross…-

Se escuchó a lo lejos, era Ithilwen, que decidida y valerosa, se unía en alma a la batalla.  -Fue vuestra una vez y ahora volverá a vuestras manos, pues sólo de ellas es que viene la redención de vuestra alma. Alzaos sobre toda vuestra historia, hijo de Shading, y venced a la oscuridad.-

El hombre del lobo vio el momento en que ella sacaba la espada, él veía como Belias corría en su dirección.  Cuando la espada cayo, lo quedo clavada en el piso, allí se detuvo Belias, llamando a su amo para que juntos lucharan una vez más. Necross como hipnotizado se acercó a su espada, la tomo del mango y pudo sentir como la energía de Belias recorría su cuerpo, muchas lunas han pasado desde que empuño esa arma por última vez. -Ser de la oscuridad, yo te llamo para que surja la luz, libre eres una vez más.- Un haz de luz nació del mango de la espada, y se materializo en un cuerpo, una forma que Necross no conocía. Sin saberlo, el hecho de que Dracul esté dentro del hombre del lobo, había fortalecido a Belias.

El demonio inocente grito, nuevamente estaba en libertad, y nuevamente lucharía al lado de su antiguo amo.  Lüdriëlh, bastante herido por los golpes de Zalera, cada vez hundía más  la espada en el cuerpo del rencor, este gritaba con furia, y así mismo golpeaba al elfo.  Los arqueros no dispararon, su colega estaba demasiado cerca, ellos vieron el momento en el que Necross  y Belias aparecieron. Lograron divisar cuando estos, con espada en mano,  clavaron sus armas en el cuerpo incandescente de Zalera.  

Extendiendo sus alas, Zalera se alejó, y alejo las espadas que lo estaban matando, su sangre era negra como la brea que antes cubrió a Necross.  Las flechas de los elfos seguían llegándole, pero este simplemente las absorbía, un arma sin voluntad, no podría herirlo.

-Si hay mal en este mundo… ese es el que yace en sus corazones… ustedes son los demonios de esta historia.- El rencor hablaba con dolor, Zalera se tambaleaba y nuevamente se lanzó contra los tres guerreros en frente de él.  Uno a uno, comenzó a atacarlos, el rencor era más rápido, y sabia como deflectar los ataques de sus oponentes. Pero estos eran más, y aunque estaban cansados, tenían a alguien que había recién entrado a la batalla, a un ser etéreo que estaba dispuesto a dar todo por luchar junto a su amo.

Belias con gracia clavaba su espada en las entrañas de Zalera, cada vez más cansado, el rencor no pudo ver cuando Necross y Lüdriëlh lo atacaban. Sus segundos estaban contados.

Sin ánimos de morir, el rencor junto toda la energía que le quedaba, y nuevamente exploto. Haciendo que los tres guerreros volaran unos metros, sus heridas eran graves, sus fuerzas estaban mermadas, y en frente de ellos había una criatura con sed de venganza.  Pero Zalera no se movía, solo reía levemente, sus brazos estaban caídos y así también su cabeza, había llegado  a su límite.

Sin dudar, las flechas nuevamente llegaron a su cuerpo,  a esto se unieron las mandobles de Necross y Lüdriëlh, que para apoyar el ataque, las lanzaron con lo último de su fuerza. Ambas quedaron en el cuerpo del rencor, y antes de que este cayera arrodillado, Belias se puso en frente, orgulloso, demoniaco. Zalera miro al demonio inocente y rio. –¿Tu darás el golpe de gracia? Je… es divertido saber cómo una alma inocente termina infectada con la maldad del mundo.- Belias hablo, mas no ataco. - No seré yo el que termine contigo, el mal que has causado será terminado por ese ser que invadiste hace poco.-  Desde las sombras, la drow que antes había sido poseída por Zalera levanto una de sus dagas, y la clavo en el cuello del rencor. - Hasta aquí llega tu destrucción, demonio.-

El cuerpo de Zalera brillo con una tonalidad rojiza, y exploto una última vez en miles de esferas brillantes, sus últimas palabras se pudieron escuchar antes de que se desvaneciera. –Yo solo quería estar contigo… Necross…-

Con la explosión de Zalera, varios pedazos de metal cayeron al piso, era la última armadura que Necross porto.  Y desde esta armadura, una luz blanca y brillante como el sol comenzó  a brillar, esta viajo por el aire, hasta llegar al pecho de Necross, solo para entrar en el hombre del lobo.

Necross se puso de pie, su garra comenzó a temblar, y de a poco volvía a su forma normal, con la desaparición de la garra, se pudo ver un brazo completamente de acero, pero perfectamente funcional.   Con admiración Necross veía como su brazo volvía a la normalidad, lagrimas cayeron de sus ojos, y en voz alta dijo. - si pudieras verme ahora… algún día te encontrare, Ondine.-  Pero el destino aun no acababa de entregar las malas noticias para el hombre del lobo. El destino es un ente cruel, que no puede romperse.



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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Lun Abr 14, 2014 11:26 am

Respetuosa apartemos la mirada
de tumbas que haya entre partida y vuelta.
Y si hubiere una lágrima ya helada
ruede al calor del corazón disuelta.

Olvidemos el hado que hizo injusto
de nuestros corazones su juguete,
y regalemos la orfandad del gusto
con el añejo néctar del banquete.

R. Pombo. Decíamos ayer.


Las olas mecían el navío con la suavidad de la brisa matutina. El sol despuntaba y la aurora boreal pintaba de colores el cielo antes de desaparecer con la presencia del astro mayor. El olor marino se entremezclaba con la madera del barco y los cantos de los elfos hacían dúo con la armonía percutiva del mar. Nada en el ambiente podía volver a recordar la tragedia que quedaba atrás, la historia de derrotas, traiciones y muertes, sólo se trataba del mañana y de llegar nuevamente al tan añorado hogar. Sobre proa, al lado de aquel que controlaba el timón, Ithilwen de la casa Erulaëriel, coordinaba el rumbo. Suerte habían tenido de que aquel embarcadero tuviera varios navíos, aunque sólo uno de ellos estaba con provisiones y equipado con lo suficiente para realizar el viaje. ¡Los Ëlberëth les habían sonreído sin saber los solares que fue gracias a las fugitivas que su transporte estuvo allí para ellos! Más en ese momento había sido un milagro de los cielos y es que ir a las tierras del este, donde el sol es más cálido y los árboles crecen más altos, no era una travesía sencilla. Más con la bendición de los dioses, el hogar de la luz estaba a su alcance.

Entonces, mientras el viento jugaba con los cabellos azabaches de la imperecedera, su mente viajó a la larga hilera de acontecimientos que habían desembocado en ese lapso de paz y esperanza. Le era difícil imaginarse que tan sólo algunas horas atrás se había encontrado a sí misma envuelta en angustia y sinsabor por fallar una vez más a los suyos: no sólo verse disminuida mientras alrededor todo se derrumbaba, era ver a Lüdriëlh dar todo de sí por una causa que ella había considerado en un principio perdida, ser testigo de la entereza de sus guerreros, que a pesar de verse disminuidos y derrotados, no se entregaron al camino fácil, sino que lucharon por lo que era correcto, fue darse cuenta de lo difícil que sería el camino para gobernar con sabiduría.

En silencio, la dama de los solares oró a los dioses, una plegaria por los caídos, un momento de piedad por las faltas cometidas: sabía que debía pedir perdón por mucho, por fallar, por flaquear, pero sobre todo, por no haber sido siempre fiel a sus premisas y a su vocación como líder. Aún le quedaba mucho por aprender y mucho mundo que conocer, demasiado conocimiento de Noreth que escapaba a su entendimiento, mucho de sí misma que aún no podía controlar ni discernir. La tierra era basta, el reto era claro: los elfos eran parte de este mundo, y por él debían dar su brazo a torcer. El encierro de un reino luminoso pero condenado debía terminar, la luz de su conocimiento debía abrirse paso hasta las raíces del mismo mundo, la historia de victorias y derrotas, de traiciones y venganzas debía dar paso a una era mejor, y no a un estancamiento donde ellos, los solares, esperarían la muerte o la locura, dejándose morir entre sus propias cárceles de la necedad.

Cuarenta elfos entrenados de las fuerzas de su Majestad habían partido de los puertos de Älseniäth-Thäl hacía más de un mes con el único propósito de encontrar aliados en los glaciales, donde quizás la nieve hubiese preservado la fidelidad en los corazones que allí moraban. El Consejo de Erinimar había encontrado vital para la integridad del reino buscar nuevos aliados, fortalecer el contacto con otras culturas, incluso reconocer de nuevo los bordes del mundo pues el conocimiento se había desactualizado y lo que hacía siglos se había consignado con juicio y empeño ya no era vigente. Las guerras, los actores, los campos de batalla no eran los mismos que los primeros elfos habían visto, y por eso habían partido, por eso ella se había ofrecido a realizar aquella tarea, por eso nació aquella empresa condenada al fracaso. Pese a la gran vacuidad y profunda desilusión de volver con las manos vacías, sólo en la noche anterior pudo palpar con sus manos un trozo de ese mundo que tanto había imaginado: uno sin límites, sin desigualdades, donde los seres se entiende, se unen y se respetan. Su fe estaba puesta en el mañana y en lo que ese viaje le había legado.

Suspiró con satisfacción y con decisión señaló el sendero que debían seguir, bajo el auspicio de un mar tranquilo, recordando y sintiéndose en el fondo victoriosa.

--//--


… Al terminar la batalla, los elfos recién llegados vieron el final del enemigo y corrieron a auxiliar a sus compañeros combatientes, ahora también disminuidos. Las heridas de ellos eran de diversa naturaleza, algunas profundas, otras simplemente superficiales pero todas dolorosas. El joven hechicero, corrió donde la drow valiente, al ver cómo ésta desfallecida de cansancio. Sus heridas eran tratables y allí estuvo él para atender a la de tez oscura, mientras bajo la orden de su señora la audaz MÏniël, aunque carente de un brazo, corrió presta a requisar los navíos allí anclados. Por su parte, ella, Ithilwen, sin apartarse de la recién nacida trataba de reunir todas sus fuerzas para aliviar en algo las heridas de los suyos con sus poderes curativos, admirando como en medio del caos surgía la fuerza de un humano renacido, ahora bendecido con la entereza de su espíritu y de sus nuevos poderes. No se había equivocado en entregar aquella espada bastarda, pero a su vez, también sabía que él debía conocer el portador del estoque que aún yacía bajo su resguardo... como también a la pequeña.

-Joven Necross…-  llamó con seriedad pero complacida, luego de verificar que todos estuvieran medianamente a salvo. La elfa guerrera ya había avistado un navío y ahora entre los más sanos ayudaban a los heridos. A los pies del humano, estaba el fiel Lüdriëlh, quien con rostro satisfecho, hincado aún, reponiendo sus fuerzas, devolvió con un gesto la mirada de ella. –Habéis cumplido… y ella vive.

La solar abrazó con cariño al bebé y, haciendo una leve inclinación hacia el humano, le mostró el rostro sonriente de la niña. La pequeña jugaba con los cabellos de la elfa, mientras su mirada seguía con intensidad el vuelo del hada que la rondaba.

- Sé que podéis ver a esa otra entidad que revolotea junto a la pequeña… parece feérica pero vos y yo sabemos que no lo es. Teníais razón: ésa arma era vuestra, más ésta otra… sospecho que vos conocéis al dueño de ella – la elfa sacó su carcaj y lo entregó con su valioso contenido, sin soltar a la pequeña. -¿Sabéis? Antes era incapaz de verles, demonios neutrales, magia tan antigua como las piedras, sólo pueden ser comprendidos por aquellos a quienes están ligados en mente y corazón, pero entonces  tuve a este recién nacido en mis manos y todo lo invisible se torno visible…-. Con una suave caricia en el mentón, la solar mimó a la criatura mientras con tono quedo continuó:  -…es una hermosa y saludable divium, humano: bendecida con la gracia de los dioses. Tiene los cabellos plateados, la piel tan clara como la nieve y sus ojos han sido marcados por el sacrificio de sus padres: uno azul profundo como el vuestro y el otro… -paró, mirando con seriedad: -Somos longevos, y en honor a aquello que podemos ver con la claridad de quién lee un libro conocido os puedo asegurar que esta pequeña os pertenece tanto como a aquella alma que la drow llamó “guardiana Ondine”. ¿Quién lo creyera? La misma por la que rierais y llorarais apenas avistasteis la luz de un mañana. Una de las cuatro líderes de Jyurman... para sorpresa de todos- finalizó cadenciosamente, como meditando, pero con un movimiento la confianza y su soberbia retornaron: - Pero juré proteger a esta niña, llenarla del resguardo que sólo en las tierras de luz le puedo ofrecer, y por ello la invitación va para vos también: ¿seguiréis las huellas de este camino o buscareis nuevos senderos?

En el fondo, la solar entendía la confusión de él. Las piezas del acertijo poco a poco habían encajado de manera pareja, dejando ante la claridad de la luz del conocimiento las respuestas. Tenía dudas, muchas, y mientras aguardaba sólo podía cavilar entorno a ellas. ¿Cómo era posible todo aquello? ¿Un divium en Jyurman, aceptado por las oscuras? ¿La misma podía ser uno de los cuatro guardianes? Y esa maldad, tan antigua, tan siniestra, ¿Sería posible que los portales de este mundo se estuvieran abriendo? ¿Los dioses ya no guardaban a sus creaciones? ¿La oscuridad pretendía una vez más llegar a ese plano de leyes divinas? Si ello era así, los elfos deberían estar listos para pelear en contra del mal, y en ese momento no podían estar más debilitados. La drow viajaría también, lo había decidido desde que la hermana de ojos rojizos hablará de la pequeña y le encomendara su vida,  la salvaría como pudiera, pues en un mundo de tinieblas, los solares eran ciegos ante la verdad que desde hacía mucho parecía tejerse en los parajes de las sombras. Esa drow era su único testigo.

Música:


Lo miró de nuevo, y en su rostro vio turbación y dolor. Trató de comprender a esa mente mortal, más en su poder de ver más allá de las simples coincidencias la inquieta Ithilwen continuó con sus palabras, tratando hacer peso en la balanza de su propio juicio:

-Necross, sé la necesidad que tenéis de buscar a ese ser que quizás amabais y por quién habéis vivido más de lo que un humano haya tolerado, pero debéis saber que antes de que esa drow marchara a luchar, mencionó que su estirpe había perecido bajo el imperio de una fuerza oscura, antigua, temible. Si ello ha invadido Jyurman, aquella criatura que estimabais… debe haber perecido.- Alzó a la niña con insistencia, para que él la observara:  -Acá tenéis una vida que os necesita, y allá el fantasma de un pasado que dio todo de sí por salvar este pedazo de ella… Nadine la llamó… Esperanza entre nosotros en lengua de los humanos celestes. ¡Pensad y decidid vuestro sendero, que el de ella está ya dictado por los cielos!

Nunca entregó al bebé, aun cuando él lo exigió; y menos lo hubiese hecho, consiente que en sus manos pesaba la palabra de protegerla de todo mal. Hasta el último segundo, cuando el navío zarpó hacia Erínimar, la tuvo con ella, resguardándola del frío o simplemente de la triste realidad de su historia. Sus ojos alegres la embelesaban.

--//--


Así recordó Ithilwen esos últimos sucesos a los pies del Bosque Sombrío antes de embarcarse. Era el poder de la promesa no sólo hecha a su padre, a sus hermanos, a los elfos que la habían protegido, también a la drow, a ese recién nacido, a todos, les protegería. Y ella cumpliría. Ahora su mirada estaba en el horizonte, en ese punto perdido donde el mar se encuentra con el cielo. Sabía que su padre no daría albergue a tantos extranjeros, pero su palabra estaba empeñada y la verdad latía en cada uno de ellos. Además, no podía evitar sentirse involucrada fuertemente con cada uno.

En ese horizonte la espalda ancha de un padre se encargaba de mecer a su pequeña, estudiando cada detalle de ella, cada marca, cada gesto, encontrando los rastros que en ella vivían de ese gran amor que había abandonado en otra vida. Y ante ello, la heredera del trono de Erínimar supo que hacía lo correcto.

-Nada resultó como se esperaba, mi señora…- habló Lüdriëlh apenas resguardado por sus camisas, soportado por una muleta improvisada hecha de la misma madera de la planta baja del primer almacén.

-Suele suceder, viejo amigo… sólo que ahora el sendero está escrito y éste nos llama a casa.


Última edición por Ithilwen Erulaëriel el Miér Oct 28, 2015 8:57 pm, editado 1 vez
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Re: Lluvias dispersas

Mensaje por Necross Belmont el Lun Abr 14, 2014 3:36 pm

Como si por  si fuera la primera vez que respiraba, Necross inhalaba con fuerza, exhalaba con felicidad. Su regreso había sido caótico, lleno de tristezas y malas decisiones, pero ahora por fin era el ser que hace tiempo no era. Ahora era el idiota que hace tiempo perdió un ojo, el que  crio a un lobo como si un hermano fuera, el que encontró una amiga en una Hörige, el que batallo junto a un semi orco, el que termino enamorado de una divium cascarrabias, ahora era Necross Belmont, una vez más.

Belias al momento de terminar la pelea, había regresado a su hogar, el mango de la ánima negra, la espada bastarda de Necross. Belias podía hablarle a este como si ambos estuvieran en la misma sala, pero solo el hombre del lobo podría verlo, también lo hacia Ithilwen, pero eso debía a que cargaba a la infante.  - Me alegra que estés de vuelta, Belias.- Dijo Necross en su mente. -Me alegra estar de vuelta, amo Necross.-

Spoiler:

Pronto la elfa se acercó, con la criatura de ojo duales en sus brazos, el hombre del lobo podía ver como Ayekantum  volaba alegremente alrededor del bebé. Ella hablo sobre un estoque, Necross inmediatamente supo de quien hablaba. La había visto hace mucho en los glaciares, una última vez antes de morir, y nuevamente después de eso, en el castillo de Arthias.  

Necross se quedó mirando fijamente el estoque, recordando todo su pasado con Ondine, ahora podía hacerlo, podía recordar. Nuevamente sus ojos se llenaron de lágrimas, el solo pensar que Ondine pudiera estar muerta, que él paso tanto tiempo alejado de ella… que esa pequeña…

Necross se tapó la cara con la mano derecha, mientras escuchaba las palabras de la elfa. La infante en brazos de Ithilwen, era hija de él y Ondine; nuevamente Necross se quebró en llanto, habían pasado muchas cosas desde su ausencia. ¿Qué había pasado con la divium?  ¿Es cierto lo que dijo la drow?

–No elfa, no tienes idea lo que sucede conmigo ahora. Son demasiados sentimientos, demasiados pensamientos. Es mucha la información que ahora me bombardea, es mucha… y todas son malas… bueno, casi todas.-  Necross con cariño miro Nadine, desde su interior, él sabía que Ondine la había bautizado así. - Dame un momento a solas, necesito asimilar todo esto.- Comento aun sonriente.

Necross miraba su mano, movía sus dedos, estaba maravillado con volver a ser el nuevamente, su cara de curiosidad pronto cambio a un gesto de alerta, había sentido una fuerza mucho más poderosa a la suya, era Dracul. –Ahora que lo logramos, ¿Qué haremos?- Dijo el engendro en la mente de Dracul. –Ahora te mostrare el mundo desde una nueva perspectiva, una menos cruel y más alegre, donde esa pequeña divium nos enseñe el camino.- Dracul rio levemente con la idea. –Suena bien, pero he tenido mucha aventura este último tiempo, yo solo quiero descansar.- Necross alzo su vista al cielo, que de a poco oscurecía. –Así será entonces amigo mío.-

Necross rompió un pedazo de tela de su pantalón, y con el se cubrió el ojo derecho, el ojo por el cual Dracul podía mirar el mundo.

Con dificultad se puso de pie, camino hasta los restos de Zalera, que no eran más que piezas de una armadura, la última armadura que Necross llevo. Con cuidado, el hombre del lobo se puso la armadura, podía sentir como todos los recuerdos de batallas pasadas llegaban a su mente, como quien recuerda con nostalgia viejos compañeros, amistades perdidas, recuerdos inolvidables surcaban la mente de Necross.

Con certeza, sabía que Nadine era su hija, el sentimiento de saber que alguien lleva su sangre era indescriptible, sospechaba que Ondine podía haber fallecido, él se negaba a creerlo. Tenía decidido ir con Ithilwen, adonde quiera ella lo lleve, sabía que con ella podría cuidar bien de la niña, y esta última tendría una buena educación, un techo y una cama que le ofrecieran abrigo, y un padre, que vivirá por ella, ya que Necross veía en la niña, el alma intacta de quien fue su amada alguna vez.

Necross se acercó a Ithilwen cuando estaban a punto de partir, toco su hombro, y con un gesto le hizo saber que la acompañaría. Dentro de la embarcación Necross se quitó la armadura, y dejo sus armas, su mandoble, la espada bastarda, y el estoque de Ondine.  Pidió ropajes a los elfos, algo que cubriera su torso desnudo y quemado, sus heridas fueron aliviadas por el poder de la elfa anteriormente, pero aun dolían.

Ya en cubierta, pidió tomar a la niña, sus ojos nuevamente comenzaron a humedecerse. Sin duda ella era hija de Ondine, su ojo color lila lo demostraban, y el ojo azul, le hacía ver que Necross era padre de una hermosa criatura. - Contigo, mi vida ha regresado, pequeña mía, eres la viva imagen de tu madre… Ondine, tu hija es hermosa.-

Una lagrima cayo en la frente de la bebé, Necross y Dracul lloraban la perdida de la mujer que los hizo buscar el camino, que solo su recuerdo los animaba a seguir adelante, y no caer en el abismo, ella, y solo ella fue capaz de causar eso, aun cuando físicamente no estaba. Su recuerdo viviría en la pequeña divium en los brazos de Necross, y el recuerdo de una gran mujer, viviría en el corazón del humano y engendro.

Necross se quitó la venda que usaba a modo de parche, y miro hacia el horizonte. –Ya no hay más lluvias, aquí comienza nuestra nueva vida. Hija mía, te amare hasta que mi vida se consuma.



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Re: Lluvias dispersas

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