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Crónicas de antaño [privada].

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Crónicas de antaño [privada].

Mensaje por Arcadia Samaras el Sáb Nov 02, 2013 12:33 am

Sacralis
Hace diez años

Naraya había sonado muy convincente al afirmar que se estaba preparando una rebelión por la zona este de la ciudad y yo ya no sabía que pensar, sobre todo habiendo escuchado durante semanas que diversas muertes se habían estado sucediendo, una tras de otra, sin mayor razón que un ajuste de cuentas o la eventual necesidad de delinquir de todos los perros sarnosos que vivían en los suburbios del orgullo de nuestra patria, Sacralis. Y no es que nunca me hubiese fiado demasiado de ella, teniendo en cuenta que no era más que una guerrera mediocre que había ingresado hacía menos de un año en el Ejército, pero sabía a ciencia cierta que sus palabras estaban respaldadas por homicidios documentados que tanto nosotros como la guardia de la ciudad había estado controlando en todo momento. De lo poco que a nuestros oídos llegaba sobresalían en particular las exigencias de nuestros superiores de olvidar el asunto y volver la vista hacia nuestras obligaciones, cualesquiera que fueran, dado que ni siquiera habíamos alcanzado un nivel medio de maestría y formación y apenas éramos aprendices que harían más ocultándose bajo las camas que partiendo hacia la guerra. Empero, aquello no servía para ahuyentar nuestro interés por aquel asunto y así se lo hice saber a padre la primera noche en que quise empaparme de aquel inquietante suceso.

Él no quiso decirme nada, siguiendo su habitual línea de obrar. Descartó de inmediato la validez de mis deducciones y las relegó a poco más que sandeces producto de una mente adolescente con un movimiento hastiado de manos que me desalentó hasta casi hacerme olvidar aquello, de suerte que si acudí a él para encontrar respaldo de aquella breve conversación solo me fui con la amarga sensación de haberle vuelto a hacer perder el tiempo. No era algo nuevo, puesto que en realidad nunca me dio la sensación de que me tuviese en mucha estima, y fue por eso que no me sorprendió que lo máximo que hiciese para tranquilizarme al final fuera explicarme que si me había enseñado desde infante a manejar una espada no era para que pretendiese actuar como una justiciera todopoderosa, sino para que siguiese el camino del guerrero de forma paciente, disciplinada y rigurosa.

Al día siguiente yo ya había vuelto a recordar que no estaba entrenando para perder el tiempo con habladurías poco fundamentadas, sino para ser una Inquisidora. Había acudido, de hecho, con la clara determinación de no dejar que ni Naraya ni su grupo de chismosas volviesen a llenarme la cabeza de rumores que mecían la intriga en mí, porque en el fondo sabía que siempre se dedicó a eso y además por vocación: a la manipulación gratuita y la diversión a costa de los demás; solo que fue de nuevo una aspiración bastante arrogante por mi parte habida cuenta de la persistencia de parte de aquella zorra con cara de ángel de hundir mi fama de ser imperturbable.

Por supuesto no lo era, pero yo me encargaba de que así lo pareciera. No tenía más de quince años y por lo tanto era asidua a cometer errores como cualquier otro aprendiz, solo que yo de veras deseaba superar aquella etapa mientras que otros se dedicaban a perder el tiempo con otras cuestiones de mucha menos relevancia. Sé que decía de mí que me tomaba demasiado en serio las enseñanzas sagradas y que de seguir así acabaría amargada al cumplir tan solo la veintena, ¿pero ella qué sabía de mis aspiraciones y objetivos? ¿De mi meta en la vida, de mi verdadera pasión que no era más que alcanzar aquel tan ansiado rango de Inquisidora? No entendía cómo alguien tan poco comprometido con la palabra de Dios podía estar allí entrenando, pero sí que comprendía el peso del dinero tanto en el Imperio como en el mundo entero. Y precisamente por eso Naraya me odiaba a mí y yo a ella, ya que en mi caso sus riquezas no simbolizaban un elemento que temer y eso le resultaba enormemente insultante. De manera que esperó a que yo bajase la guardia y me pagó bastante duras mis insolencias: optó por dejar que yo misma me diese con un canto en los dientes.

Hasta que todo aquello pasara no sería plenamente consciente del error que estaba cometiendo alejándome del centro de Sacralis para acercarme a los suburbios siguiendo las indicaciones que me habían dado acerca del origen del tumulto que llevaba ya semanas calentando las cabezas de la cúpula gubernativa. Ni siquiera llevaba el uniforme pero sí que traía conmigo a Castigo, a pesar de que si padre se hubiese enterado de lo que me proponía hacer con ella no me habría dejado llevármela, ni mucho menos que yo misma estuviese rondando por aquella zona. A día de hoy supongo que fue por prepotencia, por mis ansias de creerme mejor que Naraya, pero sé que aunque me engañó y que por su culpa me metí en un problema del que no podría salir sola en el fondo aquello me sirvió como lección, una valiosa que me hizo adquirir sensatez justo después de estamparle el puño contra el tabique nasal y rompérselo en un acto de venganza.

Donde me dijo que habría una pequeña casa destartalada donde varios de los criminales estarían reunidos dispuestos a dar un buen golpe aquella noche solo encontré un callejón mohoso cuyo hedor me produjo incluso malestar, y que fue demasiado oscuro y estrecho como para hacerme ver antes de introducirme en él el error que estaba cometiendo. Si había llegado allí con la intención de demostrar que era una especie de justiciera guiada por la sagrada luz cuando no era más que una mocosa, aquello dejó de parecerme bien cuando vi que tres sucios plebeyos se acercaban hacia mí con pintas de querer terminar lo que muchos insurrectos contrarios al Ejército Inquisitorial habrían querido. Destelló un puñal en el aire cuando el primero se acercó a atacarme, y aunque pude esquivarlo y desenvainar a tiempo la espada para mantenerlos a raya supe enseguida que me habían engañado y que me acababa de meter en problema muy, muy gordo.

Pero chiquilla, ¿de dónde has sacado eso? ¿Acaso lo has robado? —se carcajeó uno de ellos, y yo noté que la bilis se me subía a la garganta. Zarrapastroso hijo del diablo, ¡cerdo criminal! ¡Maldita fuera la hora en que hice caso a Naraya Tarelias!

¡Cómo te atreves! ¡Soy Arcadia Samaras, hija del noble Lanterion Samaras, maestro de espadas, y soldado del Ejército Inquisitorial, no una vulgar ladrona! ¡Acabáis de cometer dos graves delitos agrediéndome y calumniándome según las sagradas leyes que rigen esta ciudad, así que retroceded ahora si no queréis recibir vuestro justo castigo! —me envalentoné, totalmente segura de que aquello surtiría efecto y se asustarían. Pero los hombres parecieron encontrar aquello tan gracioso que uno le dio un codazo al otro y acabaron carcajeándose al mismo tiempo—.  Nos ha tocado una chalada. Anda, Tuerto, ve a por ella y desvalíjala. Parece bien aseada. ¡Lo mismo hasta tiene dinero! —sonrió uno, y me pareció tan insultante que me tomasen por una loca, como si yo hubiese dicho alguna mentira, que grité y levanté a Castigo lanzándome contra ellos.


Última edición por Arcadia Samaras el Mar Nov 12, 2013 5:00 pm, editado 1 vez
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Re: Crónicas de antaño [privada].

Mensaje por Ament Fordye el Sáb Nov 02, 2013 11:21 pm

Sacralis,
diez años atrás.
Una vez desapareció la cabeza de la familia Fordye, todo terminó recayendo en mí. Pasaba más de una noche de desvelo detrás de montones de papeles, leyendo y redactando por igual. Aun cuando tenía la siempre presente figura de la señora Potts, haciéndome visitas para comprobar que no había caído preso del sueño sobre las misivas a medio escribir.
 — Joven señor, ya es más de medianoche, debería descansar por hoy.
Echado atrás en la silla, me frotaba los irritados ojos. Llevaba los cortos cabellos plateados enmarañados, y la almilla mal abrochada. Sabía que había conocimiento en las palabras del ama de llaves, pues había de madrugar para el día siguiente atender a unos asuntos. De debajo de un libro de tapa de piel enrojecida retiré un pequeño papel con una dirección, que dirigía a los suburbios de la capital. Si algo me había enseñado mi padre en vida, es que no deben haber escrúpulos a la hora de protegerse a uno mismo, y por ello había de recurrir a esa persona. Nunca nos veíamos dos veces en un mismo lugar — por su seguridad o la mía — y cuando creía que tenía información relevante para mí, me hacía llegar una dirección de las formas más variopintas que se le ocurrían.
 — Prepárame una almilla y gabán discretos, Potts. Y que Eril y Joaques me acompañen mañana, que     tengo una reunión importante.
Aunque apenas tenía veintiún años, ya tenía contactos con gente de todas las clases sociales. Aun si la obtención de fondos me llevaba a codearme con la aristocracia imperiales, también tenía ciertas conexiones heredadas por mi padre en los lugares más sombríos de la capital. La rolliza mujer abandonó la estancia, y yo abandoné el estudio arrastrando los pies hasta mis aposentos, con unas poderosas ojeras sombreando mis ojos. Caí rendido sobre el colchón, no sin antes resbalar mi mano hasta bajo la almohada, donde me aseguré que reposaba aun la daga.
El día siguiente me llevó a cabalgar hasta la capital, acompañado de Eril y Joaques. Dos horas hasta llegar a las murallas, y un cuarto más hasta llegar al barrio pobre. Las miradas que levantaban los que parecían caballeros armados no eran precisamente amigables, aunque pocos se atreverían a asaltar a alguien con su escolta incluso en los suburbios, quizá por el hecho de que no escondíamos nuestras espadas. Las dirección tan ambigua que nos habían otorgado nos hizo vagar ciertamente perdidos por las calles sucias y descuidadas, adornadas con casas destartaladas a cada lado.
Fue entonces cuando encontramos la casa en cuestión. Tenía un símbolo dibujado con carmín en la puerta. Desmontamos, y le ordené a Joaques quedarse cuidando de los caballos, pues no me fiaba en absoluto de las gentes de ese sector. Eril por su parte, desmontó conmigo y caminó hasta frente de la puerta. Solo hizo falta colar el papel por debajo de la placa de madera para que el picaporte se accionase, y entrásemos en la lúgubre estancia. El hombre al fondo me era bien conocido, pues fue presentado a mí el día siguiente a la muerte de mi padre. Era un hombre bajito, de mediana edad y con una capucha. Hablaba como siseando, y se ganaba la vida informándome clandestinamente de los posibles intentos de asesinato que se cerniesen sobre mi persona.
Aquella vez no fue diferente. Un total de tres asesinos del barrio pobre habían sido contratados por diversas personas influyentes en Sacralis. Como siempre, me previno sin darme nombres, algo que estaba muy arraigado en su código de honor — si puede llamársele así. Sin embargo, era suficiente para ponerme alerta, estar al tanto de mis alrededores.

Abandoné entonces aquél lugar, acompañado de Eril. No miré atrás, y monté en mi caballo, mientras mi séquito hacía lo propio. No me gustaba ese lugar, la hostilidad rezumaba de cada una de las grietas de las destartaladas chabolas, y eso me causaba un mal humor importante.
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Re: Crónicas de antaño [privada].

Mensaje por Arcadia Samaras el Mar Nov 12, 2013 4:54 pm

Mi cuerpo chocó contra el suelo un par de segundos después, y de mi boca escapó un suspiro adolorido cuando noté la piedra fría contra la ropa y el dolor me atravesó como si fuesen clavos ardientes. El que decía llamarse Tuerto retiró los brazos, sonriendo con suficiencia ante su gran gesta y el otro que aún me era desconocido volvió a carcajearse hasta que su voz retumbó contra las paredes del callejón.

Algunas sois muy bravas, ¿verdad? Y también estúpidas e inconscientes —predicaba esas palabras como si fuese el Mesías y el otro le escuchaba con una insultante sonrisa pendiendo de su semblante medio oculto en sombras. Estaba claro cuál de los dos llevaba la batuta—. ¿Sabes qué te digo, niña? Que no me creo nada. Seguro que has robado esa espada y te has inventado esa historia para creerte alguien. ¿Te abandonaron de pequeña? ¿Vives de las limosnas de los demás? O quizás tenías un mecenas y le has abandonado. Mira, Tuerto, mira qué preciosidad de arma —el hombre señaló la espada—. Podríamos conseguir una buena suma si lo vendemos.

Con la furia calentándome la sangre, me incorporé adolorida, posando la punta de la espada en las baldosas húmedas por el relente para apoyarme en la empuñadura y darme impulso hasta quedar de pie. Tuerto me estaba mirando directamente a mí, frotándose las palmas de las manos con una burlona sonrisa en el rostro.

¿Y ella? —preguntó, sin quitarme ojo de encima.

El otro se encogió de hombros sin que pareciese importarle nada de eso, y la realidad es que no le hacía. Todos los que vivían en los suburbios y el extrarradio de la ciudad no eran más que criminales y pordioseros que habían hecho del pecado y los crímenes su única compañía. Los guardias los buscaban y al no poder entrar en el centro y las zonas residenciales del interior de Sacralis al final todos se habían acumulado allí como ratas en un vertedero. Me daban tanto asco que deseé con más fervor que nunca poder alcanzar algún día mi tan ansiado rango para librar el Imperio de esa lacra y dejarlo como la patria que debía de ser: inmaculada, fuerte y unida por un ideario común.

Con ella haz lo que quieras —resolvió haciendo girar el puñal que acababa de sacar en sus manos con evidente agilidad. Debía de haberle dado mucho uso con el paso de los años, ese cerdo repulsivo—. Pero mátala al final.

¡¿Acaso no me habéis oído?! —chillé, levantando finalmente la espada para señalarlos con su filo—. ¡¡Sucios criminales, lacra de esta sociedad!! ¡Ni siquiera os merecéis llamaros imperiales! ¡Habéis osado cuestionar la validez de mi palabra y mi honor como ciudadana de Sacralis, faltando al respeto a una Inquisidora! Estaba dispuesta a aplicar la ley con vosotros, a ser considerada y a daros una última oportunidad para redimiros, ¡pero ni siquiera eso os merecéis! ¡Y sufriréis por ello cuando yo misma os sentencie a la muerte!

Apenas hube terminado de pronunciar aquellas palabras que los dos se lanzaron sobre mí. Interpuse a Castigo entre mí misma y el criminal que se hacía llamar Tuerto, haciéndole retroceder a pesar de que todavía parecía encontrar mi actuar algo particularmente divertido y una cuestión que valorar. Me hería tanto la dignidad que plebeyos como aquellos se atreviesen a cuestionar que yo decía la verdad que la habitual frialdad que me envolvía se evaporaba en menos de lo que se tarda en chasquear los dedos, y me movía a pelear henchida más de impulsos que por la calculada batería de movimientos que cada día, incasable, practicaba en las grandes salas de mármol de mi bella ciudad. Lancé una estocada nuevamente acercándome al criminal, moviendo la espada con presteza en mi baile particular. Se movía rápido pero a mí me daba igual, quería vengarme por atreverse a subestimarme a mí, a Arcadia Samaras, como si no fuese más que una mediocre espadachín que no se hubiese acogido a los votos sagrados y que ahora estaba protegida por Dios.

Pero ni Dios ni mi ciega seguridad en mis habilidades pudieron alertarme de lo que estaba pasando en realidad, y tan concentrada había estaba en enfrentarle que no me di cuenta de que el otro hombre se había acercado por detrás. La preparación de mi segunda finta se vio entonces truncada cuando sentí un brazo rodeándome el cuello  y elevando mi cuerpo hasta dejarlo a un palmo del suelo. Solté una exhalación medio ahogada por la presión del brazo del hombre y pataleé desesperada, moviendo piernas y brazos a pesar de que sabía que así no conseguiría nada.

Pues no ha sido un castigo muy duradero, ¿no? —cuestionó el delincuente y noté su aliento cerca de mi rostro. Me dieron arcadas y la furia me descontroló; rugí hecha una furia y aumenté los forcejeos con los que trataba de conseguir soltarme. Eso le pareció muy gracioso, porque soltó una carcajada estridente—. ¡Toda tuya, Tuerto! —con aquellas palabras la sensación de estar perdida fue ya insoslayable y noté una opresión en el pecho que no me dejó respirar.

¡Suéltame, sucio animal! ¡Te mataré si no lo haces! —pero tanto yo como ellos sabíamos que mis amenazas no eran veraces. No era más que una niña estúpida, y Naraya Tarelias lo había sabido desde el principio.
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Re: Crónicas de antaño [privada].

Mensaje por Ament Fordye el Mar Nov 19, 2013 9:49 am

No me gustaba aquel sitio. No se trataba de soberbia aristocrática, si no que aquel lugar tan frío, hostil, oscuro producía una inmensa sensación de apatía en mí. Quería marchar, salir de ese lugar repugnante que jamás acostumbraría a visitar. Cabalgaba a paso ligero sobre Aaron como una fría efigie, inamovible, imperturbable. A unos pasos detrás de mí iban Jacques y Eril, también preocupados por el hostil ambiente que rezumaba de vidrieras quebradas, chabolas destartaladas y callejones ensombrecidos por techos hechos de hierro oxidado. Los caballos, en cambio, se mostraban tranquilos; eran corceles de guerra, allá donde la hostilidad y peligro es el pan de cada día, y no se dejarían perturbar por un nimio sentimiento de peligro. Curioso era que animales nerviosos como son ellos pudieses mostrarse más imperturbables que sus jinetes.

El hedor escapaba de los callejones sucios; y las ratas entonaban dúos, tríos y cuartetos de chirridos agudos y desagradables en las sombras de grietas. Todo parecía especialmente desierto, pero la sensación de ser vigilado hacía que un sudor frío resbalase por mi nuca, y seguro estaba que mi séquito no se sentía mejor. Pero ambos callaban estoicamente, aunque de vez en cuando hacían comentarios para hacer más amena la hórrida marcha. Jacques, especialmente, hacía comentarios sobre lo desagradable que le resultaba aquél lugar. No era de extrañar, pues él siempre había sido un muchacho de bien que entró en el ejército imperial como mandaba la tradición familiar. Sus padres, abuelos y tatarabuelos habían sido condecorados por su valentía en más de una contienda, y jamás les había faltado pan que llevarse a la boca.

Por su parte, Eril se limitaba más a asentir que a participar en las quejas. Ella había visto más colores de la vida, aunque no por ello dejaba de compartir las opiniones de su compañero. Sin embargo, estaba acostumbrada a este tipo de menesteres. Mientras Jacques era la primera vez que se adentraba de esa forma en los suburbios, ella me había acompañado en la inmensa mayoría de viajes, como era de esperar de mi mano derecha. Sus cabellos dorados, recogidos brevemente en la coleta que ya era parte casi característica de su atuendo ondeaban en el no muy agradable aire que escurría por callejones y callejas.

De pronto, irrumpiendo el sepulcral silencio que había hecho presa en aquel lugar; escuchamos unos alaridos. Parecían chillidos femeninos. Miré por encima de mi hombro a la retaguardia. Eril parecía algo pálida, y me lanzó una mirada profunda, como si me preguntase. Jacques también estaba alerta, y no pudo evitar deslizar su mano hasta la empuñadura de su sable, haciendo gala de ese mal hábito suyo. Azucé al caballo, que aceleró su marcha. Ambos me siguieron de cerca, galopando hasta el origen de los chillidos; una callejuela estrecha. Desde nuestros caballos, intentamos los tres escudriñar en la penumbra del callejón sombrío para comprender qué es lo que acontecía allí.

Eril, Jacques; desmontad e ir a ver qué ocurre. — ordené con cierta desgana. Jacques acató con no mucha confianza y bastante resignación, desmontando de un brinco ágil y acostumbrado. Eril azuzó a su caballo a acerarse hasta mí, donde me habló con cierta preocupación. – ¿Estás seguro? Estamos solos aquí, y podemos meternos en un problema con los... — mi mirada la interrumpió, una fría e imperativa. – Ve, y si consideras que no merece la pena un altercado, date la vuelta. — ella aceptó. Igual que siempre le había permitido opinar, ella sabía cuando una sugerencia se convertía en orden. Desmontó, y caminó hacia el centro de los gritos.

Jacques iba brevemente más adelantado que la muchacha. Su porte de hombros anchos, cabello largo profundamente negro y sus rasgos más bien morenos lo hacían algo así como un proyecto de galán. Su uniforme le sentaba como un guante, llevando un caftán de manga larga hasta los tobillos; con un sable familiar pendiendo del cinturón y unos guantes de cuero negro hasta la mitad del antebrazo. Sin embargo, aquél día no portaba consigo el uniforme, si no que llevaba un jubón discreto, pantalones beige e intentaba pasar desapercibido.

Eril, por su parte, dos pasos más atrasada, llevaba una camisa verde y un pañuelo granate por debajo del cinturón que sujetaba su espada ropera. Su aspecto siempre había resultado refrescante, con su cara más bien infantil, sus cabellos de oro y sus ropajes de colores apastelados. Era bastante más baja que su acompañante, e intimidaba también menos. Aun así, era una guerrera, y por ello tampoco palidecía en situaciones de tensión.

Se encontraron una curiosa escena pocos segundos después de desmontar. Dos hombres, uno de ellos sujetando a una muchacha del cuello. Eril no era desconocida de semejantes escenas, y por ello reaccionó con presteza. – Jacques, pon freno a ésto. Iré a buscar a Ament. — dijo, en un susurro apenas audible para su interlocutor, que respondió asintiendo sin palabras. Ella volteó, y corrió rápidamente para cuando aquellos hombres se percataron de la presencia de una cuarta persona.

¡Eh, vosotros! — gritó Jacques, sin delicadeza ni miedo. El hombre que agarraba a la muchacha pareció aflojar brevemente el agarre, mientras el otro se daba la vuelta. Ambos eran en su máximo definición, estereotipos puros de bandidos, asaltadores, ladrones y por lo general gentuza del barrio pobre. Lo miraron, con los ojos rezumando con mezquina malicia, pero Jacques solo respondió con flema indiferencia. – ¿He de saber qué perjuicio os ha hecho la joven, para que entre dos adultos hechos y derechos la sujetéis para hacer Dios sabe qué cosas? — preguntó, tamborileando con su dedo enfundado en cuero la empuñadura de su arma. El que agarraba a la muchacha, con esfuerzo habló. – Ni es de tu incumbencia ni nadie te ha dado vela en este entierro. Ahora, si nos permite don caballerete... — dijo con acrecentada sorna — … estamos aquí con unos negocios. Si quieres una ramera para ti, hay una casa de placer por allá, que seguro puedes permitírtela. — el otro hombre, claramente tuerto, rió como un cochino ahogado, y ambos demostraron que no iban desarmados. Jacques bufó con resignación.

Vamos a hacer una cosa. Soltamos a la cría, arreglamos este asunto como gente civilizada, y... — intentó decir, siendo interrumpido por un grosero rugido del hombre tuerto. – ¡Que te vayas de aquí, hideputa! ¿Prefieres que te dejemos enjuagándote la boca con tu propia sangre? — Jacques se llevó una mano a la cara, que luego se deslizó hasta el mentón. — Pues tenemos un problema, caballeros, porque no me han dado órdenes de matar a nadie, ni dejarme matar... — dijo con fingido tono preocupado. El otro hombre, el que agarraba a la muchacha, pareció hartarse de pronto. — ¡Joder, Tuerto! ¿Qué coño esperas? ¡Métele la daga entre pecho y espalda! — dijo, enfurecido. El otro hombre se sobresaltó, y sacó un estilete de los pantalones. Lo asió con cierta destreza, y caminó hacia el moreno, que lo miraba con hastío.


Jacques, atrás. — Ordené, con un tono serio. Jacques escuchó las palabras, adivinando mi humor en seguida, y se retiró, dejándome espacio para caminar. A mi derecha iba Eril, que había hecho un trabajo excelente en informarme rápidamente. Mi gesto era mucho más lúgubre de lo que uno imaginaría para un hombre de esa edad. Ambos ojos, azules y fríos como una cuchilla de hielo, se posaron en la escena, en el hombre que sujetaba a la muchacha y en ella misma. — ¿Qué coño...? ¿Qué cojones hace un Zhakhe... — hizo amago de preguntar, pero fue interrumpido por una voz que se sobrepuso. — Mi nombre es Ament, hijo de Jerome y heredero de la casa Fordye. Exijo una explicación de lo que está aconteciendo aquí. — pregunté. A pesar de mi corta edad, mis exigencias y órdenes no palidecían en absoluto con las de un mandatario curtido.

Se miraron entre ellos.
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Re: Crónicas de antaño [privada].

Mensaje por Arcadia Samaras el Mar Nov 19, 2013 11:07 pm

¿Ah, sí? —inquirió el que estaba delante de mí, chasqueando la lengua con evidente diversión—. Yo tengo una sugerencia mejor. ¿Por qué no te callas de una vez y dejas de decir tonterías? Nos llevaremos mejor así, mocosa. Nada tiene por qué salirse de madre, a fin de cuentas —resolvió como si aquello fuese una situación habitual en su vida.

Y yo aposté a que lo era. Tenía toda la pinta, porque eso era lo que hacían criminales asquerosos como ellos. Aprovecharse de la gente de bien, mancillando la dignidad de cualquiera que pasase demasiado cerca como para ver venir la malicia que sus mentes de perturbados albergaban. Pero yo lo sabía, yo no era como el resto, ¡yo podía con ellos! ¡Y me negaba a dejarme arrastrar hacia la deshonra por culpa de dos necios de los barrios bajos! ¿Qué diría padre de mí si se llegaba a enterar? ¿Y Naraya Tarelias? ¿Qué pasaría con mi futuro, con mis metas? No podía dejarlo así, el mero pensamiento de aceptar la derrota conseguía que la angustia se me expandiese por el cuerpo como un veneno.

¡No me hables como si fuese tu igual, como si formase parte de tu sucia calaña de ladrones y delincuentes! —grité forcejeando, pero la fuerza de un hombre adulto era demasiado para una niña como yo, y en mi nerviosismo no atinaba a pensar una estrategia mejor más que optar por la imprecación fácil y la locura que viene del miedo—. No sois más que basura que deshonra el buen nombre del Imperio —ni me daba cuenta de que con eso solo empeoraba las cosas ni me importaba, solo quería soltarme, fintar con Castigo y matarles como los puercos que eran. Semejante ansia de sangre se había levantado ya en mí aún cuando era una chiquilla, que no haría sino acentuarse hasta alcanzar proporciones astronómicas—. Os creéis muy valientes, y no lo sois. ¡Suéltame! ¡No me arrebataréis mi espada!

El hombre desconocido bufó por lo bajo y me propinó un revés en la mejilla con tanta fuerza que la cabeza me dio vueltas y por unos instantes ni siquiera fui capaz de enfocar. Dejé de forcejear, las losas de piedra fría de la pared que estaba mirando ondearon, como si se estuviesen moviendo en formas imposibles, y un millar de brillantes puntitos aparecieron en mi campo de visión como si mi mente hubiese explotado y se hubiese reducido a pedazos. Gimoteé algo por lo bajo y luego sentí una mano cerrándose en torno a mi cuello, obligándome a levantar la cabeza para toparme de frente con una asquerosa sonrisa de suficiencia en el semblante del hombre—. Te he dicho que cerraras el pico, ¿pensabas que era broma? O… —enarcó una ceja, como si hubiese recordado algo de repente—. Puede que creas que la basura no cumple sus amenazas. Pero, ya ves, por estos lares tenemos bastante experiencia en ese tipo de… ¿Cómo lo llamamos, Tuerto?

Negocios, Reigan —aventuró el otro delincuente, pero Arcadia continuó con la vista fija en el puñal que el hombre manipulaba en la mano que tenía libre. No dijo nada, pero por dentro su mente se había convertido en un caos mientras trataba de trazar alguna clase de estrategia. Solo que era tan, tan difícil. En esos momentos ni siquiera creía que ella sola pudiese salir de aquello, distando por mucho aquella previsión de la que segundos antes había vaticinado, y solo pudo atinar a elevar una silenciosa plegaria a Dios para que la ayudase, para que su piedad la catapultase hacia una vía segura que le permitiese no solo salvaguardar su valía como guerrera, sino mandar aquellos perros al infierno—. ¡Eso, negocios! A veces no sé donde tengo la cabeza, ¿sabes? —se rió por lo bajo, acercándose para hablarme como si quisiese decirme algo en tono confidencial. Tensé los labios, y traté de apartarme, pero me mantuvo el cuello inmovilizado y aquello fue inútil—. Tienes dos opciones. La primera es estarte quieta y recibir una muerte rápida. La segunda es seguir tratando de hacer algo más que patalear como una estúpida inconsciente y terminar de joderme la poca paciencia que tengo. ¿Qué decides?

Le sostuve la mirada en silencio, como si le estuviese midiendo con ella. Fui totalmente ajena de que alguien se había acercado al callejón y que ocultos estaban observando lo que ocurría, porque estaba tan concentrada en no dejar que el miedo me superase que obviaba hasta mi propio entorno. Hasta que me decidí a hablar—. ''Él nos guía en la luz y en la oscuridad. Nos da paz y nos protege de la adversidad. Ampara a quien le ama y quien le ama eleva su alma hasta su seno, granjeándose un lugar allí donde la oscuridad no llega, donde la maldad está muerta y solo queda la eternidad para los premiados por seguir el sendero marcado por su auspicio y bajo su Reino. Él nos guía en la luz y en la oscuridad. Nos da paz y nos protege de la adversidad. Repudia sus enemigos hacia los fuegos del inframundo y sus almas vendidas al diablo arden en las llamas sagradas hasta la inmortalidad —rechiné los dientes cuando la voz me tembló en aquel punto de la oración, escupiendo aquellas palabras con rabia—. No reciben aquellos que le han dado la espalda salvaguarda alguna, nunca encuentran descanso en toda una vida de fracaso. ¡Blasfemos! Por atreverse a profanar la sagrada moral que el Señor de los Cielos espera de sus siervos''. Esa es mi respuesta, sucio cerdo trapero.

Reigan me miró con los ojos abiertos de par en par, el rostro crispado por la sorpresa inicial. Le sostuve la mirada con todo el odio que pude reunir, instándole a que acabase lo que había empezado, y para cuando él reaccionó la presión en torno a mi cuello fue tal que prontamente me sentí asfixiada y cuando el aire dejó de llegarme al cerebro todo me dio vueltas y comenzó a oscurecerse con una rapidez apabullante.

La voz se hizo de notar en aquel momento, sorprendiéndonos a todos la presencia de alguien inesperado. Renqueé y pude alzar la vista cuando Tuerto se giró para enfrentar el intruso, todavía medio oculto en las sombras. Por lo que vi pude denotar que se trataba de alguien que no pertenecía a aquella zona, ya no solo por su vestimenta, sino por su tono de voz, la relajación que la motivaba aún presenciado la escena, o el porte que le hacía cuadrar los hombros con evidente disciplina. Le sostuvo en todo momento la mirada a Reigan, como si estuviese instándole a continuar su gran hazaña, y a pesar de los gritos de aquellos delincuentes él no retrocedió.

Parecía no tener intenciones de irse de allí, y al escucharle me pregunté de quién sería guardia. ¿Un noble, tal vez? ¿Pero por qué iba un noble a rondar por aquella zona y a esas horas de la noche? Las cuestiones se agolparon en mi mente y casi olvidé lo que había estado pasando al tratar de comprender aquel giro inesperado, y hasta qué punto, porque para cuando vi de quién se trataba el mundo se desmoronó y la furia que me embargó fue tal que al principio ni siquiera pude hablar.

No puede ser —murmuré observando con fijeza aquel joven que ya conocía bien, cuyo nombre y apellido era algo que me hacía repudiarle y no sin razones. Ament Fordye, ese mestizo desgraciado. Ese bastardo que no se merecía pasear libremente por Sacralis, estaba allí—. ¡¿Ament Fordye?! ¿Qué demonios haces tú aquí? —no me enfrasqué en la tarea de disimular mi odio porque aquello era imposible. Mi asombro inicial fue tal que, de hecho, ni siquiera me paré a pensar que esa era la oportunidad perfecta para zafarme del agarre. Demasiado ocupada estaba en convertir al zhakheshiano en objeto de mi furia como para obrar en algo más.
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Arcadia Samaras

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Re: Crónicas de antaño [privada].

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