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Mensaje por Invitado el Jue Nov 21, 2013 12:59 am


La luz del astro mayor apenas acarició los techos pálidos de la Ciudad Blanca, cuando el oficio divino fue convocado unos cuantos minutos antes con los rezos y cánticos propios del día, en la estación predicha, según lo dictaminan las estrellas: nada de lo que sucede en Erínimar se entrega a los brazos del azar. Desde el umbral ubicado al ala este de palacio se alcanzaba a oír el eco de las voces cadentes y lánguidas, que del templo de Thënerëth, a unos cuantos metros de allí al lado de los jardines reales, nacían como protección y defensa mágica para los ciudadanos. El sonido armonioso de las Laudes, la levantó con los primeros rayos del sol, y luego, oró en penumbras por los suyos. ¡Tantos son los deberes de quien para el bien de otros ha nacido! ¡Tantas las decisiones por tomar y la sabiduría no le era suficiente para tener todas las respuestas!

Ayudar en los quehaceres del templo, leer las letanías, tomar la merienda con su familia, seguir la práctica diaria de la magia ancestral, entrenar –algo que poco la complace- saludar a Firenze y sacarla a dar una vuelta por la ciudad -la cual sigue siempre igual desde los años de infancia- y volver a orar, antes de atender el Consejo de los sabios, son algunas de las tareas que obedecen a su rutina. Los días se pasan iguales e inalterables, como todo lo que rodea a la raza inmortal, aunque cada vez con mayor ahínco sus paseos por la urbe la ilustran de lo que el mundo de afuera vive; los temas sonados por las calles o en las mismas habitaciones de palacio despiertan cada vez más angustia y turbación. Ese día no era la excepción.

El mundo es grande pero para los primeros nacidos es pequeño e inexperto. Su mirada clara sólo puede posarse en los procesos de largo aliento, aunque siempre olvidan que es en los detalles que prevalece el secreto de la existencia. Al menos así pensaba la de cabellos de azabache y mirada cristalina, ataviada con los colores de su linaje, mientras oía sentada a la diestra de su padre las palabras de los sabios en la sesión del consejo.

-¿Qué haremos?- cuestionó el general de las tropas, Adëloth, con tono pausado mientras los cantos aún inunda la estancia del Consejo. -¿Marcharemos al lado de los humanos para repeler la avanzada?

-Es alarmante, sin duda, pero ésos no son nuestros asuntos- se oyó desde el fondo del recinto una voz pequeña y risueña -Mucho ha sido el devenir y los desvaríos de los humanos, quienes saben de antemano la brutalidad de los orcos, como para inmiscuirnos de nuevo en lo que no es nuestra pena ni dolor- contestó Färhuölt, uno de los consejeros, mientras miraba al rey con aire victorioso –La lección que no ha sido aprendida con la voz que enseña, ha de ser entendida por acción de la práctica- sentenció.

La sala prorrumpió en voces dispares que comentaban y lamentaban, pero sin ideas claras de qué opción debía ser la más acertada para todos. Y no era para menos: las huestes orcas rondaban los poblados humanos saqueando, matando, aniquilando. El paso del Dönöthör, territorio colindante con el río Tospot, había sido tomado por humanos invasores y por ende las conexiones comerciales con las criaturas vivientes a orillas del río y la saliente al mar se veían afectadas. Eso era claro en los pensamientos de la princesa, quién con atención seguía el debate entre los miembros más respetados de la sala de los sabios. La lista de aliados se hacía cada vez más estrecha y nadie parecía alterado por esa realidad.

-No estoy seguro de ello, sabio Färhuölt- se adelantó el viejo Diëntriëth, a quién algunos ya le consideraban loco pero el rey nunca aceptaría su dimisión hasta que él mismo pisara su tumba, ¡tal era la gratitud que le tenía!: -La relación con aquellos humanos es más que cercana: sin sus cazadores, no seremos capaces de abastecernos; sin su ingenio con la minería, no podremos obtener los metales necesarios… ¿A quién más recurrirán los elfos cuando, Ëlvenëhth, se nos acabe el hidromiel?

La indignación de más de un asistente, hasta ese momento creyéndose sabio y medido, se hizo notoria en palabras de rechazo ante la ironía del sabio elfo. La princesa hizo una mueca, que rápidamente cubrió con la mano, pero al voltear su rostro los ojos de su padre aguardaban por ella, con severidad en su mirada, el viejo regente reprochaba el comportamiento de éste, su amigo cercano, como la sonrisa de aquella.

-Los elfos no somos esclavos de nuestro ser o propio apetito, mi viejo amigo- atajó el rey con tono decidido y porte paternal, aunque ciertamente indignado: -Pero cierto es que depositamos demasiadas esperanzas en la humanidad, y ésta parece con los años ser más propensa a la corrupción. Raza críptica y enigmática para nosotros, hermanos menores que cada vez se distancian de nuestro pensamiento, del destino que con ellos alguna vez compartimos. No es momento de sacrificar más vidas de inmortales… -hizo una pausa mientras miraba su bastón y luego mirando el rostro de cada uno de sus súbditos continuo:  -es claro que Färhuölt tiene razón en ello: no permitiré más vidas sesgadas de nuestro pueblo sin tener la certeza que podemos confiar en lo que estamos salvando.

El rey miró con severidad a todos, escrutando los ojos de esos altos elfos, amigos de siempre, compañeros de riñas, guerreros de viejas batallas, parecía tener la respuesta a lo que le turbaba, pues sin duda la gracia de Diëntriëth había expuesto una verdad gritada a voces y que solía camuflarse en palabras llenas de sabiduría obsoleta: nada en la naturaleza puede sobrevivir por sí misma, ¡se necesitaban aliados!

-Las nubes a lo largo de los montes de Keybak parecen teñirse de oscuridad- continuó el soberano - y más allá de ellas la desolación drow arrasa con la poca bondad que pudiera vivir en aquella parte del mundo. Los elfos no podemos depositar en esos parajes nuestras esperanzas. Los féericos de Phisis son seres volátiles, desordenados, incluso egoístas, no piensan más allá de su presente inmediato; algo parecido se puede decir de los enanos, sus fortificaciones subterráneas solo esconden el hermetismo de sus gentes. Entonces, es cuando viramos hacia los humanos y el panorama no es alentador.

El alto elfo de blonda cabellera y ojos color miel verdoso se levantó y como inspirado por los dioses levantó su báculo, mirando al firmamento:

-Pero hay un lugar al cual nuestros ojos no han virado, los hielos de los glaciales…- continuó: -Tal vez allí el frío haya hecho que los corazones de las criaturas guarden lo que antaño sirvió de fuego para la alianza y hermandad. Y no veo mejor método que empezar a buscar donde antes no hemos si quiera pensado.

El rey bajó su mirada y la posó sobre su primogénita, y ella entendiendo su mirada, como lo hiciera desde siempre, se levantó de su puesto y repasando los rostros presentes, respondió a las palabras de su padre:

-Yo iré en esta búsqueda si me lo permites, padre. El reino del este y la ciudad de Abanisia ha captado mi atención y las lunas han hablado sobre éste. Permitidme padre, cumplir tu voluntad y avanzar hacia un primer encuentro.

-No creo pensar en nadie mejor para ello, querida mía- contestó el alto elfo con mirada dubitativa pero con el rostro coronado por una sonrisa.

-Entonces, si esto demanda la presencia de un miembro de la familia real, es mi deber partir al norte también, mi Señor. Concededme el permiso de cuidar a vuestra hija como guiar los pasos de esta expedición- se escuchó con voz gruesa y profunda a Adëloth, la cabeza principal de las fuerzas de Erinimar.

-No será está vez, general- contestó el Señor de Erinimar: -Nuestras defensas deben estar bien dirigidas en caso que la avanzada de humanos y orcos entren en territorios nuestros. Tomad las medidas necesarias para que mi hija viaje bien y segura.

La princesa sonrío al general y este devolvió el gesto con una inclinación respetuosa. Mucho era lo que se debía organizar, pero para ella el día se desarrollaba con total normalidad. La sesión terminó y en privado, padre e hija bajo el cielo estrellados en los jardines reales terminaron el día, conversando como siempre, sobre la manera precisa en que las estrellas se leían cuando el primer Älyssä pisara la tierra donde la ciudad blanca había sido fundada.

-Siempre recuerda, Quianyu…- dijo él con lentitud, como si algo más lucubrara su intelecto longevo: -…antes de amanecer es cuando más oscura aparece la noche. ¡Cuidad tus pasos, pequeña mía! –suspiró, fundiéndose en un abrazo sincero y afectuoso.

A la mañana siguiente, la elfa salió, como le era usual, en una nueva misión diplomática. Partió con los mismos cantos que cada mañana la despertaban y de noche la arrullaban, pues nada en el reino de los elfos solares había nacido para ser renovado, sino perpetuado.
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Mensaje por Crash Bandicoot el Jue Nov 21, 2013 1:23 am

Un Hijra genial de leer, sin duda. Generando color, ¡bienvenida!


De nuevos caminos por viejos senderos. Unipaldo
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