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Heaven's on fire [Privada][+18]

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Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Lun Nov 25, 2013 8:27 pm

El caballo cruzó el riachuelo con un relincho exasperado cuando volví a tirar de las riendas y le clavé las espuelas, ordenándole que fuese más rápido y que se alejase cuanto antes de la frontera del Imperio, allí donde era más fácil que cualquiera me viera y supiese de mis propósitos. Había elegido la senda más apartada del camino principal y aún así me mantenía alerta, con el cuerpo en tensión y los sentidos en guardia lista para enfrentar cualquier clase de  contratiempo, porque el menester que me traía entre manos era tan importante para mí como para abandonar la protección de Sacralis sin más compañía que la de mi espada y mi maza.

La razón estribaba en lo que ahora sabía y antes se me había negado; en la verdad que Lanterion no se había atrevido a contarme de su propia boca y que yo tenía que haber descubierto faltando a su intimidad. Si en algún momento había dudado de vulnerar su privacidad ahora sabía que había hecho lo correcto, porque jamás habría podido vivir sin saber si todo lo que estaba pasando era cierto, ni mucho menos continuar cumpliendo con mi deber de Inquisidora. Al cerrar los ojos todavía podía verme a mí misma sosteniendo los diarios de padre, leyendo lo que había escrito durante el paso de los años, palabras que guardaban los secretos que habían sido preservados aún por encima del olvido y del tiempo y que me habían hecho abrir los ojos al darme cuenta de cuán vil mentira había vivido durante toda mi vida y de lo que debía de hacer a partir de ese momento. Entonces la serenidad se había apagado dentro de mí, los sucesos ocurridos en el peor de los infiernos redoblado la fuerza con que me atormentaban cada noche y cada día, y el rencor resurgido con una intensidad suficiente como para hacerme darle la espalda a todo por lo que había estado luchando desde pequeña para emprender ese viaje en pos de lo que ansiaba ya por encima de todo: respuestas. Y al precio que fuera.

Esa misma noche había abandonado el amparo de las blancas torres de Sacralis, aquellas que tanto había amado y que simbolizaban todo por lo que luchaba como dignos baluartes de la belleza de mi patria, para emprender la marcha al Monasterio de Ethelandra, el mismo que había figurado en los escritos de mi padre, y también el hogar de la Sacerdotisa Araane Cadanna, hija de Zarema Cadanna, que en su día hubo de bendecirme como heredera de los Samaras oficiando la ceremonia que me dio a conocer; y que ahora dirigía y gestionaba el territorio enemigo conquistado en la guerra para convertir a los herejes que quisiesen disfrutar de la senda de Dios en imperiales amparados por la divina providencia del Señor de la Luz. No era baladí semejante tarea, habida cuenta de los esfuerzos de los zhakheshianos por rebelarse contra el destino que Dios tenía para ellos, y todavía menos al considerar su desafortunado emplazamiento en aquellas llanuras que para nada ofrecían ventaja geográfica ante un posible ataque sino que, más bien, dejaban la bella catedral a merced de alguna insurrección. Incontables eran las veces que había presentado proposiciones ante los altos mandos para destinar refuerzos y más soldados a los territorios colonializados, y todas ellas habían sido descartadas con un sencillo ademán de manos y unas palabras que tenía grabadas en la mente: son más necesarios en el frente. Como si la guerra fuese más importante que la protección de las temerosas de Dios.

Despuntó el alba y pude ver que la vegetación se oscurecía, y con ella los cielos se nublaban advirtiendo que acabarían llorando cuando el frío se acrecentase y el reluciente sol que iluminaba los altos torreones de Sacralis fuese despachado por la oscuridad que viene con el ocaso. La frondosidad de los bosques se perdió para mostrarme un territorio franqueado por pequeñas arboledas y llanuras tan vastas que la vista no alcanzaba a abarcarlas, pero que por el contrario guardaban dentro de sí los peligros que solo en Zhakhesh podían encontrarse. Incluso el aire pareció viciarse y una extraña sensación de opresión  caer sobre mí al ser más consciente que nunca de lo que había ido a hacer allí, lo que eso suponía, y lo que se podría desencadenar de mis investigaciones y de una verdad que ahora más que nunca empezaba a comprender se me había sido negada sin piedad ninguna. Una extraña calma estaba asentada en mi vientre no obstante de todo aquello, razón por la cual me mostraba tranquila a pesar de mi ansiedad por obtener una respuesta que alejase los espectros que ya nunca me abandonaban, y es que después de todo, aún por encima de mis dudas, de mis temores e incertidumbres, si de algo estaba segura es de que Araane Cadanna me sería de utilidad porque no podría seguir soslayando su responsabilidad durante mucho más. El momento de darme lo que buscaba había llegado, y mucho había horadado el tiempo la roca como para seguir con esa pantomima.

El Monasterio se erigió delante de mí, colmado por las altas torres que parecían querer alcanzar al cielo en una inútil muestra de arrogancia por la obra del hombre. Apenas una pequeña arboleda coronaba su parte trasera, la que estaba repleta de sepulcros y lápidas en aquel pequeño cementerio; y la piedra fría que cimentaba los fuertes muros del lugar sacrosanto ya comenzaba a verse conquistada en su base por las enredaderas y el musgo que había nacido por la humedad. Era una visión preciosa, y sin embargo algo fallaba. Quizás por la falta de acólitas cuidando los jardines, quizá por el absoluto silencio que empapaba la zona. Ni siquiera se escuchaba el piar de ningún ave y las nubes cada vez se compactaban más las unas con las otras, oscureciendo el cielo hasta conseguir una melancólica sensación de haber ido a parar a un mundo totalmente distinto al que había conocido. Y yo me hubiese dejado llevar por aquello de no haber comprobado de primera mano lo que significa dejar este mundo.

Rebajé el ritmo del corcel del galope al trote, dejándole descansar solo cuando noté que sus patas comenzaban a repasar la colina en sentido descendente, bajando hacia la Iglesia hasta que solo pude escuchar su relinchar exhausto y mi propia respiración. Miré hacia sendos lados con ojos entornados, tratando de denotar alguna amenaza externa que se me hubiese pasado desapercibida; pero pasado un rato en el que solo recibí lo que me había parecido, silencio, concluí que quizás mis inquietudes me habían jugado una mala pasada. No podía pasar nada malo, dado que solo yo conocía acerca de lo que había escrito en los diarios de mi padre, y dado que aquel Monasterio jamás había recibido, en toda su existencia, ni una sola muestra de hostilidad de parte de los zhakheshianos. No cuando habían concentrado sus fuerzas en la guerra contra mi patria, en el frente, despreciando así la bendición que Nuestro Señor Padre nos había regalado como sus más fieles seguidores.

Exhalando brevemente bajé de un salto del caballo y paseé la mano por su busto, dándole un par de palmadas para felicitarle por el esfuerzo acometido con semejante estoicismo. Era un gran ejemplar aquel corcel de lustroso pelaje caoba, leal como el guerrero de vocación, y fuerte como la piedra que soporta el embiste de las olas marinas, furiosas como titanes y peligrosas como un demonio. Días en los que le había espoleando incluso con crueldad en mi ímpetu por llegar cuanto antes a Ethelandra y aquella bestia continuaba a mi lado sin consentir aún en desfallecer, mostrando que incluso un animal resistía mejor que muchas ratas que se hacían llamar soldados y no eran más que patanes que estarían mejor consumiéndose en lo fuegos del infierno.

Me acomodé el cinto del que pendía la maza y la espada, y me encaminé hacia el portón principal del Monasterio. El silencio seguía siendo sobrecogedor y de nuevo la sensación de alarma se instaló en mi cabeza, consiguiendo que frunciese el ceño al ver que nada ocurría. ¿Qué demonios pasaba que nadie salía a recibirme? ¿Dónde  estaban las novicias, que no daban voz de mi visita? ¿Quizás hubiesen ido de viaje, quizás no hubiese nadie? ¿Y Araane Cadanna? Tantas preguntas se me agolparon en un momento en la cabeza que apenas tardé un par de segundos en subir los escalones de mármol, y aún menos en abrir la gran puerta de madera de roble que casi cerrada no me había permitido contemplar como otras tantas veces el interior del atrio del Monasterio. La gran puerta emitió un chasquido cuando empujé hacia dentro y los pesados tablones se hicieron hacia un lado, dejando que la luz del exterior bañase la oscuridad de su interior, mostrando lo que hasta ese momento había estado oculto ante mi vista y ante la de todo aquel que pasara.

Y por una buena razón.

Fue la sangre lo primero que vi, salpicando las grandes columnas que haciendo las veces de pasillo ocupaban la nave central en dirección al altar, las baldosas de mármol antes relucientes, y los cuerpos de las novicias tirados como trapos allí donde el filo enemigo las hubo sorprendido. Las mujeres antes llenas de vida lucían ahora demacradas, con los ojos abiertos y un rictus de terror en su expresión, yaciendo en el frío suelo como si jamás hubiese habido vida en su interior. Los hábitos que habían sido blancos habían adquirido el color de la sangre y apenas lograban ya disimular los cortes que habían practicado por doquier, alargando su tormento para que incluso después de muertas el horror que debieron de vivir en sus últimos hálitos se convirtiese en la pesadilla del que las encontrase.

Sin embargo aquella visión era poco, era nimia, era irrelevante, y yo sabía por qué. Lo sabía porque delante de mis ojos podía ver a la canonesa Araane Cadanna crucificada tras el Altar, con el cuerpo desnudo llorando sangre, mancillando el sagrado lugar de Dios en la muerte más cruel y sórdida que nunca nadie pudo recibir. La palidez había sustituido el ligero tono bronceado del que Araane se había enorgullecido y se mostraba lánguido, suspendido a varios centímetros del suelo para obtener como único apoyo la cruz tras su cuerpo, dejando que desde su rostro, ahora tapado por el cabello revuelto, descendiesen un millar de regueros de sangre que se concentraron a sus pies y a su alrededor para convertir el Ábside de Dios no en un símbolo de su grandiosidad, sino en la manifestación del infierno, el dolor y la tempestad.

Dios. Sentí que me mareaba y que me fallaban las piernas; que la angustia me tensaba el cuerpo y que el viciado olor a metálico de la sangre de inocente salpicada por cada ínfimo recoveco de la nave principal del Monasterio hacía que me fallasen en los sentidos. Palidecí hasta tal punto que durante un instante ni siquiera escuché ese rumor ni le vi a él,  apoyado en el altar como si nada fuera con él, como si no fuese el artífice de semejante profanación, de tal crimen que hasta su alma estaba condenada, de una barbarie que jamás había visto antes, ni siquiera en el infierno. Definí su figura y reconocí enseguida el blasón impreso en el trapo que usaba para limpiar su espada, aquel que yo misma había jurado defender desde que tuviese uso de razón, el mismo que decorara e identificase la Inquisición, el símbolo sacrosanto y distintivo más directo del Imperio de su Señor: el emblema del Dios Único. Roto y ensuciado por la sangre de las inocentes, relegado a poco más que un trapo inservible para limpiar el acero que aquel sucio perro había utilizado como si hubiese tenido algún derecho.

Y fue tal el odio que me calentó el cuerpo, la indecible furia que me tensó y me gritó que le matara allí mismo, que durante unos instantes me sentí bloqueada y ni siquiera pude reaccionar presa de la fuerza con que deseaba la muerte de aquel hombre.

Tú... —siseé mirándole con los ojos llenos de ira.


Última edición por Arcadia Samaras el Lun Sep 01, 2014 8:23 pm, editado 1 vez
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Vie Dic 20, 2013 2:13 am

De vuelta otra vez... De vuelta de nuevo con respuestas desagradables que me hacían cuestionarme parte de mi mundo, de aquello que me había definido, de aquello que había sido. En el Monasterio sufrí revelaciones que mostraron que no toda mi familia ocultaba un pasado honorable, y esas revelaciones quedaron grabadas en mí, brindándome el único consuelo de que por lo menos mi padre no había sido ni partícipe ni mudo testigo de ellas. Aunque no lo reconociera, gran alivio me supuso el saber que dentro de la culpabilidad que corría por algunos miembros de mi familia, mi padre era inocente. En aquella ocasión, tras volver del segundo infierno que en mi vida había pisado, las revelaciones eran incluso más oscuras y me habían ido conduciendo poco a poco a una paranoia mayor que aquella en la que siempre viví desde que lo perdí casi todo por primera vez. Ahora había sido despojado ya no solo de la fe en el linaje, si no también la fe en los dioses. Solo en mí creía ya. Solo en mi y en aquellos pocos que, a pesar de todo, no me habían decepcionado ni apuñalado. Mi pueblo, la gente del Túmulo. Mis soldados. Mis oficiales. Sin embargo yo ya no era aquél que debía liderarles, al menos no de forma abierta. Me creían muerto, y así lo estuve durante un tiempo. Había pasado de héroe a leyenda entre los míos, y yo no era ningún mesías vuelto de tumba, pues mi tiempo de guía, de libertador, había concluido. En ese aspecto, yo ya no era necesario. Una figura de la guerra y la matanza, de la sangre y de la muerte. No, no tenía cabida en un futuro pacífico. Por ello decidí mantener mi propia vida como un secreto. En el fondo, mi gente era capaz de gobernarse a sí misma, pues durante tiempo había sido el consejo, y no yo, quien se había encargado de administrar el Túmulo con sabiduría y eficacia. Yo solo había tenido que comprobar que nada se hiciera contra la felicidad y el bienestar de sus habitantes, nada más. No podía decir que me causara especial pena el que me dieran por muerto. Me libraba de responsabilidades, me libraba de cargas... Me permitía cumplir otros objetivos que no fueran para ayudar a otros, que no fueran para luchar por otros. Por fin era libre para perseguir mis propias metas. Mi propia lucha. Era libre para buscar por fin respuestas a todas aquellas preguntas que en mí habían nacido en los últimos años.

Aquella atalaya en la que me encontraba hacía tiempo que había sido abandonada. La guerra y su posición la habían hecho poco más que inútil defensivamente hablando, pues siglos de maltrato, de descuido y el constante cambio de las líneas la habían dejado en una posición poco favorable como fortificación. Sin embargo, los Cuchillas habíamos sabido ver algo que ningún bando había logrado. Pocos pasaban cerca, y era fácil trasladarse desde ahí hasta cualquier parte del sur de Zhakhesh. Para un grupo pequeño, era una excelente base de operaciones. Y éso éramos en aquellos momentos. Solo Dreanna, una escuadra de Sabuesos y un par de nigromantes de la Orden. Llevaban días preparándose para cumplir todo lo que les había pedido. Mis compañeros magos trabajaban incansablemente en preparar los componentes esenciales para neutralizar magia, mientras los Sabuesos aguardaban a darme el aviso que llevaba días esperando. Una persona dirigiéndose hacia el monasterio de Ethelandra. Los diarios de mi padre mencionaban ese sitio y lo relacionaban con mi tío, desaparecido hacía décadas. Si mis sospechas eran ciertas, ahí encontraría pruebas... Pero mi deseo era encontrar no solo eso si no también a una persona concreta. Y pronto llegó aquél aviso que ansiaba recibir, aquella señal que pondría en marcha mi plan.

Dreanna me tendió la bolsa con el polvo anulador así como algunas pócimas que había preparado. Su sonrisa de medio lado brillaba como siempre en sus labios, y su mirada entrecerrada reflejaba aquél tinte de malicia que siempre mostraba cuando se trataba de venganzas mías. Nadie sabía más cosas de mí que ella, y las apoyaba. Nuestra relación, nuestro vínculo, siempre había resultado incomprensible para todo aquél que lo conocía o lo veía, y podía leer en sus ojos que de no ser por sus obligaciones de buen grado me habría acompañado. Sin embargo, los caminos de ambos eran distintos en ese aspecto y momento. Monté en el caballo y miré a la nigromante. Ésta habló, alzando una ceja y ensanchando levemente su sonrisa: -Suerte, Khaelos. A ti te reclaman la verdad y la venganza y a mí otros asuntos.- Asintiendo le respondí: -Suerte tú también, Dreanna. Nos costará acostumbrarnos a ésto, ¿no crees?- Ambos reímos levemente, antes de decirle yo una última frase: -Cuídales, ¿de acuerdo?- Ella asintió levemente y respondió, alzando la mano para despedirse: -Lo haré. Siempre lo he hecho. Cuídate tú también, y espero que no tardes en volver de ésta misión... Hay asuntos que a ambos nos conciernen todavía.- Una sonrisa cómplice asomó a los labios de ambos en aquellos momentos. La nigromante y yo siempre habíamos sido un par de bichos raros.

Pronto desaparecieron mis camaradas a la oscuridad de la torre, y con ellos lo hizo la sonrisa que había asomado a mis labios. Alcé la vista al cielo, perdiendo la mirada entre las nubes siempre oscuras de mi patria natal. Tras todo lo que había pasado, aún era capaz de disfrutar de aquella tierra siniestra y poco luminosa. Aún era capaz de amar Zhakhesh, al fin y al cabo. Sin embargo, no era momento de perderse en la melancolía. Observé durante unos instantes aquella máscara que me había acompañado desde mi salida de uno de los infiernos más profundos que había pisado en mi vida. Cubría todo el rostro, y su apariencia andaba a medio camino entre la máscara mortuoria de un rey y el rostro de un demonio. Un reflejo de la bestia en que me había convertido y del invierno que había anidado en mí. Había cambiado. Antaño aquello me hubiera provocado tristeza tal vez. Llevar yelmo era por protección, y era una cosa. Llevar aquella máscara era distinto. Con ella puesta, era imposible reconocerme. Con ella puesta, me convertía en otra persona. No era por efecto de la misma. Era... Como si mi propia mente asumiera aquella identidad oculta. Era extraño. Y liberador. Como si borrando mi identidad, convirtiéndome en alguien con el poder y la habilidad que el tiempo me habían otorgado sin tener detrás la fama que acompañaba a mi nombre y a mi rostro, pudiera ser completamente... Libre. Era una sensación extraña que aún me costaba entender... Pero dioses, era una sensación gloriosa. Me ceñí la máscara al rostro, y una risa suave cargada de las tinieblas que habían crecido en mí escapó por las rendijas metálicas de ésta. Ni siquiera mi voz era reconocible con aquello puesto. Con ella, Khaelos Kohlheim volvía a la muerte y en su lugar nacía Khôsh. Libre, traducido al zhakheshiano antiguo que ya apenas se hablaba. Libre de remordimientos, de dolor, de leyes divinas o mortales. Libre. Absolutamente libre. Jamás había sentido sensación más dulce. Jamás me había sentido tan... ¡Vivo! Esperoné al caballo, un magnífico ejemplar de corcel zhakheshiano. Pelaje negro, grueso, corto y espeso semipermeable, hecho para no pasar frío y evitar empaparse demasiado con la lluvia, y ojos rojos mejor adaptados para la vista en la oscuridad. Piernas fuertes, ideales para no hundirse en los lodazales y salir de ellos con facilidad. No era tan rápido como muchos corceles... Pero lo compensaba con su resistencia, su fuerza... Y su agresividad. El animal relinchó, y emprendimos la marcha.
No tardé mucho en encontrarme a lo largo del camino algo que me iba a servir en mis siniestros propósitos y evitaría mancharme las manos...

Un grupo de diez hombres me salieron al paso, armados y vestidos de una forma que, la verdad... Me dio asco. Se habían arrancado las insignias imperiales que otrora hubieran portado arrogantemente, sus armaduras de cuero malogradas por el uso y la falta de mantenimiento, sus armas en un estado lamentable... No, aquellos no pertenecían a los escuadrones inquisitoriales, soldados entrenados y totalmente leales a la Inquisición. No pertenecían al ejército nobiliario, guerreros que merecían el suficiente respeto como para ser matados de formas más rápidas y piadosas. No, aquellas sucias y malolientes alimañas que tenía delante no eran más que convictos, miembros de los regimientos penales que, habiéndose quedado sin líder y fuera de la amenaza de la Inquisición, se habían convertido en simples bandidos que no permanecían en nuestro territorio tratando de librar una guerra de guerrillas para tratar de allanar el camino a un contraataque que nunca llegaría, como otros supervivientes aislados habían hecho. No. Aquellos hombres se dedicaban al bandidaje porque no sabían hacer otra cosa. Servirían de maravilla a mis propósitos.

Me apuntaron con sus armas, confiados por su número aunque en cierto modo inquietos por mi apariencia. El que parecía el líder habló: -La bolsa o la vida.- Reí, dejando que la máscara transformara mis carcajadas en un ruido espectral, haciendo aquél inesperado gesto que se inquietaran. De nuevo, el hombre habló, frunciendo el ceño y visiblemente enfadado al ver que estaba poniendo en duda su autoridad: -¡He dicho la bolsa, imbécil!- Mis risas pararon y me quedé mirando directamente a los ojos a aquél gusano infecto. Solo necesité extender la mano y, conjurando a la velocidad del pensamiento, negras hebras de esencia se enroscaron en su cuerpo y le hicieron aullar de dolor. Sus compañeros se atemorizaron en ese momento, pero antes de que pudieran reaccionar empecé a hablar: -No me gusta que se me insulte... Pero como sólo él lo ha hecho, sólo él pagará por ello.- Los hombres quedaron inquietos, sin saber qué hacer exactamente. ¿Huir? ¿Quedarse? Parecía que la primera opción tomaba fuerza mientras la vida acababa de apagarse para su líder, pero cuando agarré la bolsa y la alcé, haciéndola tintinear, capté su atención. De corderos, su mirada volvió a ser la de lobos famélicos: -Hay más de donde vengo, y si queréis ganar suficiente dinero como para armaros caballeros si así os viene en gana, me obedeceréis. Podéis tomároslo como un contrato.- Las miradas de los hombres se cruzaron entre sí, y luego se quedaron contemplando tanto el cadáver de su líder como la bolsa de oro. Titubeaban, y el silencio se veía quebrado tan solo por la lluvia. Finalmente, uno de ellos avanzó, sonriendo salvajemente: -Acepto.- No tardaron en unirse el resto de idiotas. Si supieran...

La lluvia no había sido clemente durante el viaje, pero poco importaba aquello. Mis ropas y mi armadura, recubiertas de una capa de cera de abeja de pantano, evitaban que me empapara en demasía, y además la costumbre me hacía disfrutar aquellas condiciones. Escuchar las gotas de lluvia tintinear contra el metal de mi armadura, notar su peso resbalar por mi capucha, la vista etérea que brindaba y bajo la cual tantas veces había derramado sangre. Siempre me habían gustado aquellas sensaciones, pero tras el tiempo que pasé ahí abajo... Descubrí hasta qué punto las necesitaba, hasta qué punto eran parte de mi esencia. Había aprendido a vivirlas de verdad. No como los sucios mercenarios que me acompañaban, quienes como podían se guarnecían de la lluvia. En la lejanía, recrudeciéndose la tormenta, avisté el maldito lugar de Ethelandra. Una sonrisa asomó a mis labios mientras aguardaba, viendo las luces apagarse poco a poco a medida que cerraban los pórticos. Sabía que las monjas siempre dejaban la puerta entreabierta en aquellos parajes, confiadas y dispuestas a acoger a los viajeros que, por supuesto, profesaran la fe imperial o desearan abrazarla. La visión de un zhakheshiano no les sería para nada agradable. Reí ligeramente al pensar en sus caras cuando la escoria que me obedecía se divirtiera a costa de ellas. ¿Era sed de venganza lo que me impulsaba? No... Era más bien odio puro... Odio hacia lo que representaban, odio hacia lo que eran, y de ese odio surgía una necesidad inhumana y terrible a hacer sufrir a todo imperial que pudiera. Una adicción al sufrimiento de mis proclamados enemigos. Un éxtasis que sólo alcanzaba al destruir las almas y las mentes de aquellos que se habían ganado mi odio. No eran los actos que iba a provocar lo que me saciaría. Era el fin...

Desde el interior se escuchaban atenuados los cánticos del coro eclesiástico, unas... Doce voces, todas hermosas, algunas jóvenes, otras en la entrada de la madurez, pero todas pertenecientes a virginales damas cuya felicidad era el culto a su señor y su orgullo era su castidad, su “pureza”. Mi única felicidad era el sufrimiento. El de otros. Y tenía cuatro días para divertirme viendo su sufrimiento. Al ritmo de la lluvia acompasado con los ingenuos cantos de las novicias, me giré hacia los bandidos y les expuse mi idea con rapidez: -Dudo que tengáis en gran estima a la iglesia imperial, después de lo que os ha hecho pasar... Adentro hay unas... Doce mujeres. Su canonesa tiene algo que me pertenece. Vosotros os encargaréis de hacer que hable... Podréis divertiros tanto como queráis con ellas, pero por favor, hacedlas disfrutar un poco. Tengo ganas de ver si son tan castas como afirman ser.- Los hombres empezaron a reír, y les expliqué el plan que tenía. Aunque no eran muy agudos, la simplicidad del mismo hizo que lo entendieran.

Con rapidez las puertas laterales fueron cerradas y bloqueadas mientras escuchaba en el interior cómo las monjas se preguntaban qué estaba pasando. Podía percibir su miedo, podía sentir su temor, captaba su inquietud y el cómo sabían que algo malo iba a pasar. Nunca habrían imaginado cuál era el horror que iban a sufrir. Con paso firme me dirigí hacia la única entrada que había dejado abierta, la principal. Como un actor en su papel más importante, consideré que por ella mis siervos y yo deberíamos mostrarnos. El gran portón fue abierto y las monjas retrocedieron al apagarse las velas por el gélido viento que entraba. La oscuridad nos amparó a la escoria penal y a mí, mostrándonos simplemente como figuras veladas. La canonesa se avanzó, extendiendo sus brazos en un fútil movimiento para proteger a sus iniciadas. Su voz firme era la única que no denotaba miedo cuando habló: -¿¡Quiénes sois y cómo osáis interrumpirnos de ésta manera!?- Una espectral carcajada escapó de mis labios, y la luz de un relámpago iluminó la siniestra comitiva mientras yo respondía: -Se podría decir que soy un castigo divino.- Las novicias dejaron escapar gritos de terror y sorpresa al verme a mí y a mi escolta de bandidos, que se relamían y reían estúpidamente con malicia. La misma canonesa abrió de par en par los ojos, reconociendo los pocos símbolos y emblemas que quedaban en las armaduras de los mercenarios: -¿¡Cómo os atrevéis a giraros en contra del Imperio!? ¿¡Qué es lo que quieres!?- De nuevo reí, y la señalé a ella: -En primer lugar, unos diarios que tienes, relacionados con la Inquisidora Arcadia y sus padres verdaderos. Sé que los Samaras son sus padres adoptivos y quiero confirmar algo.- La monja respondió con rabia: -¡No te voy a entregar nada! ¡Márchate de aquí y por el amor de Dios, déjanos en paz!- Suspiré, negando con la cabeza mientras llevaba la mano libre a mi rostro y me quitaba la máscara: -¿Ni siquiera a alguien que sospecha que puede ser su primo? ¿No le harías ese favor a un “familiar” de Lady Arcadia?- Todas reconocieron mi rostro. No lo habían visto antes, pero fué todo lo que necesitaron para comprenderlo. Ojos rojos, piel pálida, cabello blanco con mechas grises, rasgos afilados, sonrisa maliciosa y tres cicatrices que nacían a media frente y cruzaban sobre mi ojo izquierdo hasta llegar a la mitad de mi mejilla izquierda. Mi descripción había quedado grabada en los corazones de los imperiales de Zhakhesh. Tal fue el impacto que quedaron calladas, y con una sonrisa digna de un demente hablé, abriendo los brazos: -¿Qué sucede? Parece como si hubierais visto a un muerto...- Una nueva carcajada brotó de mis labios mientras la canonesa hablaba: -Khaelos Kohlheim... No puede ser... Tú... Tú...- A los mercenarios ya ni les importó. Les pagaba, les había contratado en lugar de matarles. Sabían de mi poder, así que... Si no les había ejecutado, era por un motivo. Di un paso hacia adelante mientras guardaba mi máscara: -¿Estoy muerto? Lo estuve, sí. ¿Pero cómo se mata para siempre a la encarnación de la Muerte? Ahora, ¿me vas a dar ese libro?- Araane alzó su brazo mientras proyectaba hacia mí una plegaria de luz. El destelló nos cegó a todos, pero aún así su poder era ínfimo comparado con el mío. No tenía entrenamiento de guerrera ni de hechicera, y se disipó contra mí como si apenas fuera una caricia. Mi respuesta no se hizo esperar: -Oh, bueno, eso es que no, imagino.- La canonesa estaba anonadada. ¿Cómo alguien había podido resistir al poder de Dios? Aún así se recompuso y volvió a hablar con esa arrogancia que tanto me divertía: -¡No vas a recibir nada, nada de éste monasterio! ¡Antes deberás matarme para conseguir algo de aquí! ¡Dios no permitirá semejante ultraje, monstruo!- Mi respuesta fue una carcajada sonora. Negué con la cabeza y les respondí: -Si no me vais a dar nada tendré que conseguirlo por la fuerza... Tendré que mataros en el proceso, haceros sufrir un poco... Ohhh, y no va a ser rápido. ¡Ah! ¡Una última cosa! ¡¡¡ASÍ ES COMO SE LANZA UN CONJURO!!!- Rayos de luz negruzca surgieron de mis dedos, impactando a la canonesa y haciéndole soltar un grito de dolor desgarrador. Las monjas intentaron correr, pero los bandidos las atraparon con mano de hierro mientras reían siniestramente y sonreían con lujuria. Sus sucias manos tocaban la inmaculada piel de las novicias, y alguno incluso le lamió el cuello a una muchacha. Otros las tocaban, dejando entrever que siempre habían sentido una morbosa curiosidad por probar carnalmente a una monja. Ellas no podían hacer nada. Araane estaba extenuada, tirada en el suelo, su firme y atrayente pecho subiendo y bajando constantemente de forma agitada, sus ojos cerrados, su rostro congestionado por el recuerdo del dolor que acababa de sufrir. Envainé la espada y la agarré del cabello con una mano, arrastrándola hacia su cámara.

Alineadas, encadenadas a la pared con grilletes que había traído en mi bolsa de viaje, las monjas estaban completamente a nuestra merced. Las más jóvenes me miraban con terror si es que se atrevían a alzar la mirada del suelo o siquiera a abrir los ojos. Muchas rezaban, trabándose por el miedo. Las veteranas lograban ocultarlo mejor, y algunas se atrevían a mirarme, ya fuera con miedo o arrogancia. Sin embargo, la que más desafío mostraba era la propia canonesa. Escondía el miedo, y cuando me acerqué se atrevió a escupirme a la cara. Recorrí con dos dedos mi mejilla, secándome la saliva en su cara, sonriendo macabramente: -Deberías haberte tragado tu arrogancia, sucia puta. Habría dejado que las otras se marcharan, ¿sabes? Nadie te habría salvado a ti, por supuesto... Pero por tu orgullo, ahora todas y cada una de ellas van a sufrir lo que te va a pasar a ti... ¡Y dejaré que lo veas! Espero que te guste el espectáculo...- Obviamente, ¡mentía! Las novicias habrían sufrido el mismo destino, hubiera sido dócil o arrogante su señora, pero claro, yo sabía que se iba a comportar así... ¿Y qué mejor que sembrar duda, culpa y rencor entre las novicias? Asentí a los bandidos, y poco después empezó la verdadera tortura. Una tortura que ninguna de ellas imaginaría y a la vez sería la más terrible que podría brindarles. Con voz de mando, solo me hizo falta decir una palabra: -Divertíos.-

Una a una, todas y cada una de ellas sufrió lo que les estaba reservado. Cada bandido agarraba a una, y con poco cuidado las arrojaban contra la cama, contra el suelo o las paredes y la sometían. Les arrancabam parte de la ropa, y no se contuvieron en momento alguno con sus deseos más oscuro. Se resistieran o se entregaran, todas recibían el mismo trato. Muchas lloraban, protestaban, se revolvían, gritaban que pararan... ¿Pero por qué acababan gimiendo? Las sorprendía... Ellas imaginaban que sería algo simple, que las agarrarían y les arrebataríam el honor de forma burda. No... Mi idea fue mucho más maquiavélica, pues me había explayado a la hora de contarles a los rufianes qué hacer con ellas, y parecía que les gustaba la idea de causar ese sufrimiento a niveles tan profundos. Con cada una se tomaron su tiempo, forzándolas con firmeza pero sin violencia, centrándose en provocarles a todas y cada una de ellas placer, en conseguir que gimieran, en quebrar su voluntad y confundir por completo sus mentes. En volverlas locas con aquél placer que tanto tiempo se habían negado. Algunas trataban de resistir hasta el final, y lloraban encadenadas de nuevo mientras rezaban perdón a su Dios por no haber resistido lo suficiente. Otras llegaban a tal punto en que sencillamente se rendían, y cuando acababan con ellas ni siquiera se atrevían a rezarle a su Dios, sintiéndose sucias, indignas de los rasgados hábitos que vestían. Sólo en algo coincidían todas. Todas pidieron que las mataran. Mi sonrisa y los gestos extasiados de los mercenarios les borraron esa esperanza del rostro, siendo demasiado cobardes o tal vez teniendo demasiados principios morales como para suicidarse ellas mismas si es que podían. Un día entero se fué en torturarlas a todas de aquella manera. Y todas, todas frente a Araane, la canonesa. Al segundo día era su turno, y cuando me acerqué a ella, la mujer me miró a los ojos y me preguntó, con lágrimas rodando por sus mejillas: -¿Por qué...? ¿Por qué te diviertes ordenando que les hagan ésto...? ¿Qué te han hecho ellas...?- Ver semejante humillación frente a sus ojos había sido demasiado para aquella defensora de la castidad. Mi respuesta no tardó en llegar: -Te lo dije. Si no te hubieras comportado como una zorra arrogante, todas y cada una de tus novicias conservarían su castidad, su honor, su dignidad... Pero no, decidiste plantarme cara, decidiste enfadarme... ¡Y ahora todas y cada una de ellas han pagado por tu osadía! Ohhh, pero no te preocupes, ¡tendrán venganza! ¡Tendrán su espectáculo! Que cada una lo afronte como desee... Soldados, sólo tengo una orden que daros... Hacedlo todos a la vez.-

Como todas intentó resistir, más fieramente que ninguna... Y con ella no fueron tan delicados, aunque se esforzaron igual, si es que no lo hicieron todavía más, para quebrarla y hacerla disfrutar, pero sobre todo para complacerme a mí. Creían que a más se empeñaran, más les pagaría. Y ella gritó, lloró y suplicó una y otra vez, pero sólo se encontró con que los esfuerzos de los rufianes eran redoblados. No pararon hasta que sus ojos estuvieron tan muertos como su orgullo y su dignidad y se hubo convertido en apenas una carcasa de mirada vacía demasiado destrozada mentalmente como para pensar siquiera con claridad. De todas, con ella fue con la que más se ensañaron, y fué a la que más rato le dedicaron. Recuerdo el momento en que se quebró, tras su primer orgasmo. En aquél momento se supo perdida y dejó de luchar, dejándose hacer como si fuera poco más que una muñeca gimiente que sufría espasmos de placer. Le había fallado a sus doctrinas, a su fe. Y pude leer las miradas de las novicias. Algunas reflejaban horror en su rostro, otras pena y compasión... Y otras parecían disfrutar con aquello. Para ellas había sido culpa de la canonesa que les hubieran hecho lo que les hicieron. Y tal vez sus miradas fueron la que más le dolieron a Araane. Fue entonces cuando procedí a la siguiente parte del plan. Las obligué a participar en placeres más depravados, usando a dos de las novicias a las que había logrado lobotomizar para someter a las otras, para mayor excitación de los mercenarios. Eran jóvenes y estaban furiosas. Su fe no era fuerte, y dotarlas de un placer prohibido y hacerles sentir que era por culpa de las otras que había sucedido aquello afectó a sus mentes débiles. De las doce, aquellas dos eran las únicas a las que había podido lavar el cerebro. Las otras lograron aguantar como pudieron. Araane estaba demasiado muerta por dentro como para colaborar siquiera. Al sexo se incluyó la tortura, y contribuyendo a los esfuerzos de la escoria que me servía fuí usando algunas drogas que había traído para seguir llevando al extremo sus mentes y sus corduras. Llegó un punto en que dejaron de ser conscientes de qué estaban haciendo. Aquél cambio había sido en poco más de dos días. Decididamente, las drogas que Dreanna me proporcionó habían funcionado, y mezclándolo con mis habilidades de tortura y persuasión... Algo que me habría llevado semanas pude hacerlo en pocos días. Lástima que Arcadia no hubiera estado ahí para verlo... Pero no importaba. Vería el resultado.

Horas después Araane había recuperado la vida al ser clavada a la cruz tras el altar. La crucifiqué, ayudada por los mercenarios que hacían gala de una repugnante experiencia en esos menesteres, y las novicias a las que había anulado con aquellos métodos que muchos calificarían de monstruosos. La mujer sangraba, derramando su sangre sobre el altar, debilitada por infinidad de cortes, heridas y los mismos efectos de las sustancias que le había forzado a consumir. Poco le quedaba ya de vida... Pero aproveché esos instantes para sacrificar frente a ella a las novicias, una a una, tendiéndolas a todas en charcos de su propia sangre. Si los rufianes no se opusieron fue porque para aquél entonces, estaban ya tan destrozadas que habían perdido su atractivo. Pronto sólo ella, los mercenarios y yo quedábamos con vida. Ella lloraba y yo me la quedé mirando. Abrí los brazos, mirándola con júbilo salvaje y le dije: -¿¡Ésto es lo que querías!? ¡Te habrías ahorrado mucho dándome el libro sin rechistar! Libro que de todos modos he conseguido...- Araane sólo me miró y dijo, con voz quebrada: -¿Por qué tanta maldad...?- Sonreí sin alegría y sólo obtuvo una respuesta: -Ésto es lo que la escoria a las órdenes de la Inquisición ha hecho durante dos siglos en ésta tierra. Ahora os toca a vosotros probar un poco de infierno...- Aquello no gustó a los penales, en especial porque tarde se dieron cuenta de que habían caído en una trampa. Para cuando empezaron a moverse, yo ya había cerrado la puerta principal. Tardarían un rato en abrir alguna.

Llegué a uno de los laterales del monasterio, llegando a la parte que me interesaba. El cementerio. Arrodillándome empecé a leer las lápidas. Varias de ellas pertenecían a hermanas de aquella orden, pero... Otras me llamaron mucho la atención. Demasiado... Templarios, guerreros sacros de la Inquisición. Sus huesos reposaban bajo tierra, y era tradición imperial enterrar a aquellos dignos con sus armas. Sí... La tormenta me amparaba, la oscuridad vespertina de Zhakhesh tendía su manto sobre mí y el que pronto sería mi nuevo escuadrón. Sentía la esencia de los muertos fluir a través de mis venas, percibía la magia correr por mis venas libremente, me notaba borracho de poder, extasiado por aquello que era capaz de hacer y que años antes solo había podido soñar. La experiencia me había hecho fuerte, me había hecho poderoso, y la libertad me impedía reprimir aquello que, en el fondo, era parte de mi ser. Destellos de oscuridad surgían de mis manos y se hundían en la tierra, dotando de vida huesos viejos que contra su voluntad iban a alzarse. La costumbre imperial de enterrar a sus muertos les iba a salir cara al haber manchado con su carne mi tierra natal. Iban a pagar por aquella osadía siendo usados para hacer algo que en vida ni siquiera hubieran soñado. Manos esqueléticas enguantadas en armadura surgieron del suelo, abriéndose paso aquellos cuerpos sin alma alimentados por nada más que mi magia, animados como simples títeres que luchaban bajo mis órdenes. ¿Aquello era realmente diferente a cómo habían vivido? No mucho... Solamente cambiaba el titiritero... Y qué cubría sus huesos. Antaño fue la vida. Ahora era la tierra de cementerio y la esencia de la nigromancia. Era hora de acabar el trabajo.

El combate fue rápido y no supuso ninguna sorpresa, muriendo rápidamente los mercenarios que trataron de huir, gritando atemorizados después de que los dos primeros que trataron de oponerse fueran cortados en la mitad como si de mantequilla estuvieran hechos. Uno a uno, fueron muriendo, cazados y atrapados como simples bestias. De haber tenido más tiempo, les habría torturado, pero necesitaba que para cuando Arcadia llegara sólo ella y yo quedáramos. Pronto los no-muertos hubieron ocultado todos los cadáveres, permitiendo así que cuando Arcadia viera la escena creyera que todas las blasfemias allí cometidas las había hecho un solo hombre.

Lo que descubrí mientras la canonesa lentamente moría a mis espaldas, crucificada ella en las alturas como un bello ángel de sangre, leyendo yo a los pies del altar con la espada ensangrentada, me sorprendió enormemente. ¿Cómo debería sentirme? No lo sabía. Arcadia y yo éramos... Aquél libro lo confirmaba. Aquél libro confirmaba aquello que cuando nos vimos cara a cara y sentimos nuestra magia sospechamos, pues sé que no fuí yo el único que sintió la duda. ¿Por qué me molestaba tan poco saber que entre nosotros el vínculo era de sangre? Mi mente pronto me respondió. Me di cuenta de que si tan poco me molestaba se debía a que con aquél conocimiento podría destrozarla a ella. Me habían dejado de importar tantas cosas que saber que podía usar algo que me afectara a mí para hacerle daño a una Inquisidora imperial, lejos de molestarme porque me involucra a mi me llena de ese júbilo salvaje que sólo una cruel y sádica venganza puede darle a un corazón tocado por la oscuridad. Sonreí levemente y negué con la cabeza al darme cuenta de que no me equivocaba. Tras eso, agarrando un tapiz imperial del altar, empecé a limpiar de sangre la hoja negra de Ghûrz, mi espada. Ya sólo cabía esperarla...

Y no tardó su llegada. Al cuarto día Arcadia llegó al monasterio. Entró, demasiado en shock para darse cuenta siquiera de mi presencia, por lo que decidí ignorarla hasta que ella se dignara a hablar. Mis ojos estaban posados en ella con una mezcla de hambre y diversión. Por fin la leona había caído en la trampa del dragón. Ahhh... Y finalmente sus ojos se posaron en mí. Aquellos ojos azules casi grises cargados de odio e ira, a los que odiaba tanto y sin embargo encontraba tan bellos acostumbrados a la frialdad... Aquellos preciosos cabellos rubios y sedosos que adoraría agarrar y estirar... Su rostro y su piel blanca y pálida que tan atractiva resultaba a mi vista... Dioses, normalmente me daría asco a mí mismo por sentir ese deseo tan primitivo hacia una imperial, pero... Sabía que desatándolo podría hacerle un daño que jamás podría provocarle de otros modos. Todo se alineaba en mi favor... Y levantándome, arrojando a un charco de sangre con un infinito desdén el trapo que tenía en la mano y que tanto significaba para ella la miré a los ojos desde mi altura: -¿Me echabas de menos? Llegas un poco tarde para unirte a la fiesta, ¿sabes? Nos lo hemos pasado... ¡De muerte!- Empecé a reír denotando que mi cordura ya fallaba más que una ballesta sin calibrar antes de seguir hablando: -Ahhh... Perdona ésta broma tan mala, querida, ¿cómo estás? Hacía tiempo que no nos veíamos... Veo que sigues siendo tan despreciablemente imperial como siempre... ¿Para qué has venido? ¿Es una visita de cortesía a la partera que ayudó a traerte a Noreth en éste fantástico país? Si es así, ¡lo siento! Está muerta.- Lentamente me había ido acercando, manteniendo aún así una distancia prudencial sin soltar la espada. Estaba loco y mi rostro y los cambios de tono así lo demostraban... Pero aún loco, seguía teniendo sentido de la conservación. Saqué entonces aquél libro que había estado leyendo y lo mostré frente a sus ojos: -¿Ves éste diario, Arcadia? Creo que es lo que verdaderamente estabas buscando, ¿me equivoco? ¿Prefieres que empecemos a pelear ya, o antes te explico tooodo lo que les he hecho a éstas zorras y a la puta de su jefa? Tenemos todo el tiempo del mundo, pero recuerda... Si soy yo quien vence, cosas peores que la muerte te esperan, y no me hará falta mandarte de vuelta al plano que ambos conocemos para que sufras. ¿Qué me dices, Arcadia?-


Última edición por Khaelos Kohlheim el Sáb Jul 05, 2014 2:09 am, editado 1 vez
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Khaelos Kohlheim
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Sáb Dic 21, 2013 4:33 pm

Creía estar viviendo una pesadilla, donde todo se me negaba y donde la verdad que ya podía palpar con las manos se disolvía antes de agarrarla y desaparecía hasta perderse en la marea del tiempo. Era un mal sueño en el que el crimen imperaba, en el que pisaba un camino de sangre y huesos roídos por el tiempo de los míos, de mi pueblo; en el que nada entendía porque estaba avocada a la desgracia de ver todo por lo que había luchado en la vida reducido a aquello. Sometido a la profanación de un perro zhakheshiano como Khaelos Kohlheim, baluarte de aquellos insurrectos que habían proclamado su derecho a rebelarse contra el Imperio, contra su justo régimen y contra sus leyes. Habían abierto una guerra civil que se había cobrado la vida de víctimas y culpables sin distinción alguna y que aún ahora seguía presente, ya no solo tras la vuelta a Noreth de él y lo que eso conllevaba, sino porque con sus actos había sembrado la semilla de la discordia en los ciudadanos, les había hecho creer que tenían derecho a la rebelión, a exigir más de lo que se les daba cuando ya eran unos privilegiados en su situación. Ahora el pueblo llano pretendía reclamar lo que consideraban que les pertenecía por el mero hecho de ser personas, algo que ellos mismos denominaban como derechos naturales basados en la dignidad, ¡¿y todo para qué?! ¡¿Para entrar en la Sagrada Casa de Dios y ver lo que un demonio como él se había atrevido a hacer?! Ni todas las razones políticas que pudiera haber tenido alguna vez, ni sus convicciones morales, éticas y humanas, ni siquiera el propio hecho de que fuese un maldito hereje destinado a consumirse en los fuegos del infierno justificaba aquello.

El dolor en los rostros ya vacíos de vida de las novicias tiradas por doquier, todas ellas con los blancos hábitos teñidos del escarlata de la sangre que el Conde se había asegurado de derramar sin siquiera pararse a pensar si eran inocentes, si se merecían aquello, lo que todo iba a desencadenar. Había cruzado el umbral, se había abandonado a su demencia, lo olía en su compostura y lo escuchaba de sus palabras. Pero de todo lo que de lejos indicaba que así había ocurrido era su mirada, la sanguinaria determinación anclada a los ojos del color del infierno que ahora me miraban con una expresión rayana a la diversión. Y yo, en mi estupor inicial, ni siquiera cabía en mí del odio que comenzaba a bullir lento, sacando una vez más la furia y la ira que me envió a la tumba y que también había servido para catapultarme una vez más hacia el mundo de los vivos con la sola misión de borrar de la faz de la tierra todo lo que fuera una amenaza ya no solo para mí, sino para mi madre patria El Imperio y todos sus habitantes.

Sabía que había sido Dios el encargado de rescatarme de las garras del diablo, que él, piadoso en su bondad y misericordia, había aceptado acoger mi alma y acunarme una vez más con la calidez que tan solo los temerosos de su furia pueden entender. No me cabía ninguna duda de que si estaba viva se lo debía a él y era por eso que había deseado buscar mi identidad, saber realmente quién era yo, por qué estaba donde estaba y si lo que hacía era lo correcto. En todo había coincidido con mis antiguos pensamientos menos en algo, un detalle que había desbaratado todo mi mundo de una tacada, como si me hubiesen propinado un fuerte golpe en el pecho que me hubiese dejado sin respiración y me hubiese destinado a la subconsciencia para paliar su significado. Palabras escritas de puño y letra de Lanterion Samaras, el que siempre consideré como mi padre y consejero, las cuales confesaban lo que su boca nunca se atrevió a hablar: que yo no era su hija, que nunca lo había sido. Que me habían adoptado a temprana edad, cuando el frío invernal comenzaba a asentarse en Sacralis y a la luz de las lunas nadie había que pudiese dar fe de la transacción que se hubo producido en la puerta de la mansión.

Que mi madre era estéril, que nunca pudo tener hijos. Que la odiaba por ello aún disimulando de cara al exterior, y que la consideraba una desgracia en su vida y el origen de toda su deshonra. No tener cuando quiso un heredero varón ya había sido un golpe muy difícil de superar; saber que nunca lo tendría, directamente inadmisible. Quizás, recordé en voz alta, esta niña sea una bendición de Dios. Quizás, en el fondo, haga honor a los logros que se esperan de ella. Que además de desgraciada fuese inútil sería algo que me hundiría para siempre, ¿pues qué se acabaría diciendo de mí? Dios sabe que tengo claros mis objetivos en esta vida, que siempre los he tenido. Y los obstáculos que encuentre mientras los persigo, cualesquiera que sean, no supondrán un retraso en mi cometido. Aunque signifique sacrificar mi propia familia en pro de la nación. Nada había tenido que sacrificar, porque de todos modos siempre supe qué papel desempeñaría en la vida.

Lo cierto era que ese mismo papel fue el que me llevó a enfrentar en el atrio de aquella Catedral a Khaelos aquel día, mientras las galernas exteriores se estampaban contra las vidrieras que reproducían estampas de Santos y otros pasajes de los sagrados libros sobre los que había jurado representar mi cargo una vez me elevé hasta Inquisidora y ejecutora. Aquel viento se asemejaba a cortantes cuchillas estampándose contra los gruesos muros de piedra fría de la edificación, en una alegoría al filo que había hendido la impoluta carne de las acólitas, y cuyo autor tenía ahora delante de mí, andando por el pasillo principal con una soberbia tan insultante que me resultó imposible despegar la vista de él durante los momentos iniciales. Mi corazón latía desbocado al divisar en segundo plano la siniestra visión de la mujer que había sido crucificada en la misma cruz que había presidido el Ábside y en un gesto mecánico había desenvainado mis armas con la firme decisión de acabarle allí y en ese momento por todo lo que se había atrevido a hacer. No solo había asesinado una servidora de Dios y como tal mujer casta y sagrada, sino que me había arrebatado a una de las personas que verdaderamente había considerado una amiga, alguien en la que confiar y sobre la que dejar caer mis preocupaciones si es que eran demasiado pesadas como para callármelas para mí.

Le fulminé con la mirada antes de decir nada, dejando que mi rabia fluyese con total libertad hasta controlar mi cuerpo por completo, y sin poder evitarlo nada más fijarme en sus ojos rojos los recuerdos de lo ocurrido en aquel infierno acudieron a mí y tensé los labios disgustada con el resultado. No había podido quitármelo de la cabeza, ¡y por eso ahora me perturbaban tanto! Él se acercaba, con la espada ónice en alto y paso lento, mostrando un porte recio y tan seguro que me resultaba insoportable.

¿Cómo podía decir todo aquello viendo lo que había a su alrededor? ¿Cómo había pensado siquiera aquel maldito cerdo blasfemo que podría cometer tal fechoría sin recibir el divino castigo que se merecía? ¡Jamás debió salir de las profundidades del infierno, y hubiese dado la vida gustosa con tal de arrebatársela a él! Porque nada se merecía sino la muerte, y la peor de todas. Pero él continuaba provocándome, henchido de la locura que parecía haberle conquistado.

Khaelos Kohlheim —pronuncié el alto su nombre con repulsión y un tono tan gélido como una cuchilla de hielo—. ¿Has hecho tú todo esto? ¿Te has atrevido a profanar la Sagrada Casa de Dios? ¿A delinquir contra sus siervos, a tentar su furia y su ira? ¿A matar mujeres inocentes que tenían toda la vida por delante? —achiqué mis ojos mientras los desviaba momentáneamente hacia el blasón que ya tiznado de carmesí el nigromante había estado utilizando como un sucio trapo inservible. La sangre me hirvió con auténtica sed de venganza, tanto, que noté que me enfebrecía—. ¡¿Qué demonios significa todo esto?! ¡¿Acaso en tu vuelta a la vida te has abandonado a la locura, zhakheshiano, o es que pretendes retomar tu insurrección contra el Imperio realizando estos actos de crueldad?!

Ni siquiera parecía afectado por el contexto, ¿cómo iba a hacerlo? Yo mataba en nombre del Imperio, y lo hacía gustosa porque era necesario y estaba justificado en base al bienestar de mi pueblo. Pero él… Él había hecho aquello porque así lo había deseado, porque lo había movido alguna clase de convicción personal. Lo supe en cuanto meneó el libro de Araane Cadanna delante de mis narices y yo contuve el aliento mientras mis sospechas iban tomando solidez hasta hacerse más y más ciertas. Aquel era el diario de la canonesa, donde estaban documentados no solo sus registros en el tiempo que hubo administrado la Catedral, sino también los de su madre, Zarema. A ello me había llevado mi propia investigación desde que leí los escritos de Lanterion y si mis sospechas eran ciertas en la partida de nacimiento tendría que ver la realidad. La verdad sin añadidos de lo ocurrido hacía ya mucho tiempo. Era mi única oportunidad de saber lo que demonios estaba pasando y saber que ese hijo de puta lo había encontrado antes que yo… Dios, todo se había vuelto en mi contra, y yo no entendía nada.

¿Por qué había ido a buscarlo él también? ¿Por qué lo tenía en sus manos? ¿Lo habría leído ya? Tal vez tenía mis mismas dudas, tal vez necesitaba respuestas a aquellos interrogantes que me perseguían por las noches, coronados por la horrible sensación de familiaridad con su magia; con el vestigio de sus conjuros anclado a los muros de la catedral y el remanente de su presencia en cada losa. La certeza de que conocía muy bien porque se asimilaba tanto a mi propia arte y que desde aquel fatídico día había tratado de ignorar. ¿Era posible que él también hubiese llegado a esa conclusión? De ser así tenía que impedir que continuase poseyendo el libro, que siquiera lo leyese.

Movida por aquel afán, levanté la espada para señalarle con su punta mientras me concentraba en conjurar una esfera de luz que lanzar contra él. No obstante, un repentino quejido proveniente de más allá de su posición me desconcentró lo suficiente como para dejar de conjurar la luz, levantando la vista con el ceño fruncido en dirección al Altar en donde Araane continuaba crucificada con el rostro perlado de carmesí. La mujer, que hasta el momento había creído muerta, movió la cabeza en un movimiento breve y errático, soltando un nuevo quejido conforme más trataba de levantarla. Tras los mechones despeinados pude divisar sus ojos abiertos en rendijas, indicando que la vida aún no había abandonado en su plenitud su cuerpo, al contrario de lo que había creído el Conde.

Arc… Arcadia… —tosió con dificultad mientras su voz rota y cargada de dolor sonaba tan atormentada que indujo un escalofrío en mi espina dorsal—. Nosotras… No hemos podido… Ni siquiera yo… Resistir a ello —trató de moverse pero ante los diversos cortes que cruzaban su cuerpo y la debilidad que la había calado por el paso del tiempo solo pudo emitir un gimoteo lastimero y volver a quedarse quieta—. Él… nos hizo seguir… la senda del pecado. Profanándonos… Sin parar… Ahora ya estamos condenadas… Arcadia, venga nuestras almas. Vénganos para que Dios nos acoja en su seno… Y expulsa a ese diablo… de la casa… de Dios —los estertores parecieron volver a retomar intensidad y aunque Araane trato de decir algo más al final acabó tosiendo sangre con dificultad y sus palabras se convirtieron en un gorgojeo ininteligible, del que solo pudo desprenderse el infinito dolor que debía de estar soportando. Tembló sobre la cruz, proporcionándonos un terrible espectáculo, y a pesar de que desde las alturas ella y yo nos estuvimos mirando sé perfectamente que en cuanto terminó de pronunciar aquella súplica la vida expiró de su cuerpo y la oscuridad pasó a reemplazar la luz de su mirada. Se lo habían arrebatado todo, y en respuesta había muerto de la peor de las maneras. Una que solo se hubiese merecido un hereje y un blasfemo por la comisión de escarnio y graves delitos contra el Imperio.

Con furia renovada, cuando volví a mirarle me impresionó la tranquilidad con la que continuó comportándose, como si nada de lo acaecido hubiera tenido algún tipo de peso en su actuar—. Tu camino de desgracias y pecados termina aquí y ahora —le amenacé en voz baja. Ya no solo era el libro o mi propia cruzada personal contra él. Ya era la necesidad de vengar aquellas almas inocentes lo que me movía a enfrentarle. Desde la punta de mi espada comenzó a emerger en ese momento una esfera de luz idéntica a la que antes estuve a punto de conjurar, que se solidificó e intensificó una vez canalicé mi propio poder hasta condensarlo en esa bola que era la lex divina del Imperio. Se condensó durante un par de segundos allí, suspendida en el aire, y luego salió despedida en su dirección mientras yo misma corría enarbolando mis armas con la determinación de responder al duelo que se me proponía. Iba a matar a ese necio zhakheshiano aunque fuese lo último que hiciese en la vida.
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Arcadia Samaras

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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Dic 23, 2013 12:22 am

La sonrisa en mi rostro se acentuó y se volvió más cruel, contemplando en los ojos de la imperial el horror que mis actos le provocaban. Tuve que contener una carcajada al percibir aquella mirada que mezclaba el odio y la furia con el terror y la desesperación, disfrutando de la situación sin siquiera molestarme en ocultarlo. Arcadia podía percibir con facilidad que si había un odio más profundo y más grande que el suyo hacia mí era el mío hacia ella, hacia lo que era, hacia lo que representaba. Era mi odio hacia todo lo que su patria era. Podía leer en mis ojos la llama de la destrucción y la sed de sangre, y sabía bien de qué era capaz. Estaba seguro que incluso intuía de algún modo que, habiéndome liberado y habiéndoseme dado por muerto, actuando por cuenta propia, me había vuelto una amenaza todavía mayor para los suyos. Al fin y al cabo, ya no había valores ni personas que se interpusieran entre mi venganza y yo. Y Lady Samaras era uno de mis objetivos. Uno de los muchos nombres grabados en la lista negra que mi cerebro llevaba años escribiendo. Una persona que había ido escalando posiciones y ahora estaba entre aquellos a quienes más quería ver sufrir.

Había guardado el libro en mi cinto tras menearlo frente a ella, y ahora en mi mano izquierda se encontraba la máscara que conseguí para ocultar mi rostro del mundo. Para ocultar mi identidad, el hecho de que estaba vivo. Para volver locos a aquellos que todavía temían mi venganza. Confundirles con el hecho de no saber si yo seguía vivo o no. De mi lista negra sólo Arcadia sabía que había regresado. Los demás deseaban que siguiera muerto, creían que había muerto. Deseaban creerlo. Aquél pensamiento era glorioso para mí porque sabía que podría torturar no solo sus cuerpos si no también sus mentes. Hacerles pagar con litros cada gota de sufrimiento que me habían hecho pasar. Convertirme en una pesadilla que de veras deberían temer. Y Arcadia sería la pieza clave en todo aquél puzzle de venganza, muerte y desgracia. Ella era la llave para sembrar el terror y la condena entre aquellos a quienes deseaba muertos y atormentados para toda la eternidad. Ella sería la ficha que al caer se llevaría las demás consigo misma. Ella iba a ser mía. Iba a caer aunque eso significara inmolarme en el proceso.

Vi cómo desenvainaba las armas, su maza y su espada, preparándose para combatir mientras ella me miraba con el fuego del más negro odio. ¡Sí! Ella estaba empezando a consumirse por ese sentimiento, por esa emoción, podía sentir la rabia fluir por sus venas. Notaba que empezaba a empaparse por la sed de venganza, algo que a la larga acababa destruyendo a las personas de forma lenta y nada agradable. La acabaría convirtiendo en un monstruo... En algo como yo. Qué familia, ¿eh? El gélido viento del otoño zhakheshiano azotaba las vidrieras del lugar y entraba por el gran portalón y de nuevo la tormenta volvía a azotar mi tierra. No dejé de acercarme hasta estar a unos diez metros de ella, aproximadamente. Finalmente habló, pronunciando mi nombre con un tono tan gélido que me hizo cerrar los ojos mientras sonreía, alimentándome de su odio, de su repulsión. Cuando ella terminó aquellas palabras yo sonreí, hablándole con un tono gélido que rezumaba peligro: -¡Arcadia, querida! ¿Cómo puedes dudar de mí? ¿Cómo puedes dudar que ha sido otro y no yo quien ha provocado tan bella matanza? Sí, me he atrevido a profanar la casa de tu patético Dios. Las maté porque tu amiga, la canonesa, no me ha dejado otra alternativa. Le pedí el libro por las buenas. Se negó. Tuve que cogerlo por la fuerza. ¡Al menos yo pregunté antes de matar! Los tuyos nunca lo hacen. ¿Abandonarme a la locura? Me alegra que lo hayas notado, ¡llevo años trabajando en ello! Se podría decir que más que insurrección lo que quiero es... Venganza, simple y llanamente. Ya logré lo que quería con mi gente. Que fuera libre, independiente, pero que no guardaran deseos de cruzar la frontera. De éste modo, me aseguro que el derramamiento de la sangre de mi pueblo se detenga. Hay que decir que morir me ha ayudado a hacer lo que siempre quise y por responsabilidad nunca pude. Retomar mi venganza. Poder dedicarme por fin a lo personal. Y eso es lo que he hecho. Ahora soy libre. Voy solo. Ahora puedo dedicarme a ser vuestra peor pesadilla. Yo también quería leer el libro, ¿sabes? Y oh, sí, lo he leído. Entero. No te gustará lo que vas a leer, tal vez desees morirte.- Reí levemente, mirándola a los ojos con una fiera sonrisa en los labios. Estaba disfrutando con aquello, se notaba. Fué entonces que continué: -Sólo te has equivocado en una cosa. Yo he hecho ésto, pero... No lo he hecho solo. Draaugr! Xith ak dôth!- Pasos de armadura se escucharon a ambos lados de la puerta, apareciendo un par de templarios imperiales, esqueletos ya, no-muertos, que cerraron las puertas. Me miraron con ojos vacíos, y ante mi asentimiento usaron sus armas para atrancar la puerta. Ahora ella estaba atrapada.

Ella me apuntó con su espada, señalándome con la punta mientras percibía que estaba empezando a conjurar la magia de su débil Dios, pero el oportuno quejido de Araane la distrajo, haciendo que su magia se quedara en nada al desviarse por completo su atención del acto de arrojarme un hechizo. La canonesa había sido oportuna para mí, sin duda. Me alegré de haberme decidido por darle una muerte lenta, lenta y dolorosa. La monja tosió, y mientras Arcadia le prestaba atención yo me decidí por finalmente descartar mi máscara y guardarla de nuevo en mi cinto, prefiriendo que ella pudiera verme el rostro en todo momento. Pocas eran las personas que me hubieran visto con eso puesto y supieran que a mí me pertenecía. Aparte del círculo interior de los Cuchillas, sólo Arcadia y los pocos pobres desgraciados que escaparon con nosotros del mismísimo infierno sabían que portaba la máscara que le había arrebatado al Desesperado tras matarlo. Pero ella tendría el privilegio de poder ver mi rostro y saber con mis gestos qué era lo que le esperaba. Finalmente la canonesa expiró su último aliento, y escuché a la Inquisidora amenazarme en voz baja. Mi respuesta fué una carcajada y una respuesta que reflejaba qué poco me importaba la muerte de la canonesa: -Empezaba a pensar que éste momento tan emotivo te había ablandado, Arcadia. Me alegra ver que sigues recurriendo a la violencia cada vez que te enfadas.- La mujer acabó de canalizar su esfera de luz y la disparó contra mí. Mi respuesta fué rápida. Empuñando la espada bastarda con ambas manos lancé un tajo ascendente que hizo desaparecer la bola de energía. En mi mente, mi inseparable compañero habló: -Cada vez los hacen más débiles a éstos clérigos...- Yo aullé en voz alta, gritando con furia: -¡¡¡LA DEBILIDAD DE TU PATÉTICO DIOS ES UN INSULTO A MI PODER!!!- Yo también avancé, encontrándose finalmente nuestros aceros.

Durante unos instantes nuestras armas estuvieron cruzadas, ambos presionando para desbaratar la defensa del otro. Arcadia llevaba dos armas mientras que yo usaba una, de modo que tenía que alejarla si quería desembarazarme de aquél choque sin correr riesgos. Mi fuerza, mayor que la suya por mi corpulencia, se impuso, y la empujé hacia atrás de una patada. Su equilibrio era firme, y aquello solo sirvió para poner algo de distancia entre ambos. Sonreí ferozmente mientras me ponía a hablar de nuevo, manteniéndome en guardia: -Vas a correr el mismo destino que todas ellas, zorra. ¿Sabes? Fué divertido. Jugar con sus deseos prohibidos, con sus necesidades más primarias, con sus anhelos ocultos, con sus mentes y sus cuerpos... Todas acabaron perdiendo el control, ¿sabes? Les acabó gustando, por mucho que lo odiaran aquello. Dos se enfadaron, ¿sabes con quién? Con Araane. Entendieron por qué estaban siendo tratadas como estaban siendo tratadas... Entendieron que Dios no las protege... Se entregaron por completo a mí. Sus débiles voluntades acabaron cediendo. Toda persona tiene un límite, un máximo... Si se logra quebrar eso... Serán poco más que autómatas a tu servicio, y vaya si me sirvieron. Araane se llevó la peor parte, o la mejor, según prefieras verlo. Llegó a un punto en el que ella lloraba y me pedía que no siguiera... Pero su cuerpo respondía furiosamente al mío. No podía controlarse. No podía controlarlo. Su instinto dejó de pertenecerle... Y tomó el control de ella. Qué desperdicio...- Fué entonces que mi rostro cambió y con un rugido de furia me lancé repentinamente contra Arcadia, buscando atacarla y desarmarla. Cuando nuestros aceros se cruzaron, la miré a los ojos con algo más que puro odio y furia desbordada. Podía leer el hambre en ellos, la sombra de una bestia que la tenía en su punto de mira, que la deseaba para algo que ella no quería todavía. Un susurro gélido y siseante escapó de mis labios: -Y pienso hacerte a ti lo mismo, Arcadia. No creas que voy a matarte de buenas a primeras. No... Tengo ganas de descubrir cómo es el cuerpo de una Inquisidora. Pero sobre todo... Ansío romperte. Ansío destruirte.- Y redoblé la furia de mi ataque.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Lun Dic 23, 2013 5:50 pm

La maldad había pasado a controlar la Catedral que antes fue un baluarte del poder de Dios, corrompiendo su pureza, tornando la sagrada aura en profanación. Sangre que nunca antes hubo de ser derramada se esparcía ahora por doquier, manifestando que la muerte había ido a parar a las mismísimas puertas del cielo rompiendo así las barreras que la habían estado protegiendo hasta el momento. En terreno zhakheshiano la tormenta había vuelto a desatarse y ahora no solo el viento se estampaba furioso contra los altos muros del Monasterio, sino que también lo hacía la lluvia que al repiquetear contra las piedras y las vidrieras hacía que pareciese que los Santos lloraban lo que había ocurrido, compadeciéndose de la masacre acaecida por la mano del demente que tenía delante y que se llamaba Khaelos Kohlheim. Incluso un lejano trueno dio pie a que supiésemos que una tormenta se acercaba y por las oscuras nubes que se fueron formando el sol perdió intensidad y todo quedó aún más en la penumbra, proyectando juegos de claroscuros en todo lo que estuviese a la vista.

Mi hechizo iluminó durante breves instantes lo que barrió a su paso, mostrando las gruesas columnas que soportaban los altos techos en la lejanía. Sobre el crucero se alzaba la cúpula principal de la Iglesia de Ethelandra, aquella que mostraba una figura armada con una gruesa espada iluminada por la mismísima luz del sol y un halo en torno a los cabellos, de expresión fiera y al mismo tiempo bondadosa. Mantenía a raya las huestes de demonios que trataban de lanzarse sobre él y a pesar de que la pestilencia y la sangre diabólica empapaba el suelo que se abría a su paso su inmaculada armadura seguía impoluta, como si un escudo sagrado lo protegiese de todo mal. Era una pintura que resaltaba la magnificencia de Dios, del Único y Glorioso, cuyo poder era tal que nada podía derrotarle. Bajo sus enseñanzas me había estado educando desde que tuve uso de razón, sin siquiera pararme a barajar la idea de que quizás fuesen erróneas porque sabía de corazón que solo Él era real, y por pasajes como esos había acudido cada día a mi formación como Inquisidora hasta convertirme en una. En los Cánones de los Sagrados libros se había contado su historia, de entre las cuales siempre resaltó su cruzada contra la blasfemia, la herejía y la maldad, y por ellas yo siempre me había sentido amparada y animada a seguir adelante. Me había dado fuerzas cuando todo lo demás parecía fallar e incluso en las profundidades del infierno, cuando todo era discutible, aquello prevaleció. Nada ni nadie podía hacerle sombra porque me sentía amparada por la protección del Señor y porque mi fe era imperturbable, por lo que había conjurado la esfera de luz con la férrea convicción de acabar aquello… Y sin embargo había fallado en mi cometido. ¿Cómo era posible que no hubiese conseguido nada? ¿Que hubiera bloqueado el hechizo sin mayor esfuerzo que un movimiento de espada? Sabía que no iba a ser fácil derrotarle, que la victoria sería sufrida y costosa, pero en cualquier caso cuando le vi viniendo hacia mí y noté la furia en su voz grave entendí que le había subestimado. Y el miedo me conquistó momentáneamente.

Apenas fui capaz de levantar mis armas para bloquear su ataque soportando el peso del impacto con el cuerpo tensado, cruzando una mirada envenenada de ira con él. No podía creer que se hubiese atrevido a utilizar templarios caídos como esclavos que controlar a su antojo, cual histrión en las sombras que movía las cuerdas de la existencia de aquellos muertos como si tuviese algún derecho, ni tampoco que hubiese leído el libro. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué había buscado con todo ello? ¿Creía que iba calarme con sus advertencias? ¡Que se fuera al infierno!—. Has defendido el respeto para tu pueblo como motivo principal de la rebelión, por vuestro linaje y por vuestra historia, por consideraros atacados, por ser víctimas del Imperio, mas luego faltas a ello despertando de su descanso a los muertos para que te presten ayuda en tu cruzada personal. ¡¿Qué clase de hombre eres tú que ni honor para librar tus propias batallas tienes?! —estallé conteniendo su espada hasta que me propinó una patada y yo me eché hacia atrás, modulando mi postura para mantener el equilibrio y no caer. La furia que sentía barría todo tipo de sentido común porque además de sentirme insultada sabía que él me llevaba ventaja al haber leído lo que ponía en el libro. Despertar de su letargo a aquellos caballeros de la Luz… Era un delito de profanación tan grave que se merecía la peor de las muertes. Y para nosotros, que considerábamos la muerte como el sacrificio que había que hacer para procurar la ascensión del alma al cielo de Dios, llamarla de vuelta a la vida terrenal suponía la negación de esa posibilidad. No se imaginaba hasta qué punto estaba quebrantando las leyes de la moral religiosa, el alcance de su blasfemia. Y seguramente de saberlo le diese exactamente igual.

Consciente de la veracidad de sus palabras no pude evitar escuchar todo lo que me dijo con un horror que al principio no pude controlar y que más tarde se volvió rencor. Imágenes de todas aquellas mujeres sometidas se me vinieron a la mente y la secuencia la coronó Araane, una mujer que siempre fue honorable y cuyo temperamento protegió el Monasterio de la malevolencia de los viajeros. Consagrada en vida a Dios nunca quiso para sí misma más de lo que tenía porque propugnaba la austeridad como principio fundamental y así se lo transmitía a las acólitas que en fin terminaron por crecer siendo mujeres de provecho sin ambiciones ni deseos de poder. Solo quisieron enorgullecer a los cielos por ayudar al prójimo pregonando sus enseñanzas en territorio profano y a nadie dañaron. Hasta que llegó él. Hasta que Khaelos Kohlheim decidió que había algo en Ethelandra que quería para sí y con tal de conseguirlo se llevó por delante a todas las inocentes. Casi sentí que presencié la masacre, asumiendo el papel de espectadora mientras mancillaba sus cuerpos y los desangraba con evidente sensación de triunfo. ¿Cómo podía vanagloriarse de sus actos, como si fuesen algo más que un crimen? ¿Cómo podía lamentarse de no haber podido agravarlo más? ¿Acaso no tenía ni un ápice de moralidad? ¿Acaso estaba loco? Y su tono de voz se iba modulando a medida que proseguía en su discurso, sabía bien por qué. Pretendía provocarme para que cometiese un error, atacando a la herida abierta que era la reciente muerte de aquellas novicias. Es lo que los demonios como él siempre trataban de hacer, torturar psicológicamente, ganar tiempo mediante palabras cargadas de falsedades cuya finalidad era introducir a los demás en la oscuridad del que ha perdido la fe. Pero no iba a conseguir aquello conmigo, porque a mí me protegía Dios. Siempre lo había hecho y siempre lo haría. ¿Ansiaba destruirme? ¿Quería contaminarme de sus pecados? Los cielos se caerían antes de que yo cediese y admitiera una derrota con aquel necio hijo de puta.

Sus almas ascenderán a los cielos y allí sus heridas terrenales sanarán, porque ni tú ni nadie es capaz de compararse con la magnificencia y grandiosidad de Dios —gruñí entre dientes controlando la ira que me recorría entera mientras mantenía a raya su acometida con la espada y la maza entrecruzadas—. Tú no las llevaste al límite, tú no quebraste su voluntad. Solo te aprovechaste de su debilidad para hacerlas pecar, ¡y eso no es una victoria! ¡No es más que una herejía, un crimen, y como tal debe castigarse! Has caído en la arrogancia si crees que controlaste el destino de estas mujeres. Tus amenazas son en vano, nigromante... Ahórrate el aliento para cuando esté a punto de matarte —ahora le advertí yo con fe ciega en lo que iba a ocurrir. Vengaría a Araane, vengaría las mujeres, vengaría el honor del Imperio por sus calumnias y me vengaría yo misma por todo lo que había hecho en vida aquel zhakheshiano. Luego cogería el libro, y nadie sabría lo que habría pasado más allá de la gesta que sería mandar de vuelta al infierno un insurrecto como él.

Al notar que aumentaba la presión, decidí que era hora de contraatacar. Giré hacia un lado para quitarme de la trayectoria de su arma y bajé las mías haciendo palanca, obligándole a desviar su espada mientras yo levantaba la maza y dirigía su cabezal en dirección a su pecho. Si los conjuros no funcionaban acabaría aquello a golpe de metal. Todavía no había conocido hombre que soportase una herida en una zona crítica, y sabía que él no iba a ser la excepción. Por mucho que se creyera un dios, por mucho que hubiese vuelto de la muerte portando consigo aquella máscara diabólica, por mucho que hubiese cometido tales crímenes en territorio sagrado, Khaelos Kohlheim era un hombre. Y su vida también dependía del hilo que el destino puede cortar en cualquier momento.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Sáb Feb 08, 2014 7:41 am

Desde un punto de vista filosófico, supersticioso o incluso moral, aquella catedral azotada por el temporal y la muerte se había podido convertir en muchas cosas distintas. Visto desde una óptica imperial, posiblemente el cielo y los tan aclamados “santos” imperiales lloraban a las vírgenes, o mejor dicho, ex-vírgenes, que yacían sobre charcos de su propia sangre ante la mirada vacía de aquella mujer crucificada a quien en cierto modo habían podido llamar madre. Por supuesto, visto desde los ojos de muchos zhakheshianos eso sería una demostración más de la furiosa venganza que nuestro pueblo desataba sobre todos aquellos que pisaban y profanaban nuestras tierras con ansias de conquista y el mismo cielo respondía con furia exigiendo más sangre derramada en nombre de la Tierra Negra. Alguien de fuera seguramente pensaría que aquello no había sido más que otro acto cruel fruto del caldo de cultivo que había generado una guerra prolongada por generaciones, una muestra más de hasta qué punto el odio y el rencor son capaces de impulsar a las personas a cometer actos atroces y sanguinarios. Desde mi propio punto de vista... El resumen era mucho más simple. Como un vaso que lentamente se va llenando, la locura se había ido apoderando lentamente de mi alma, y todos los sucesos que se habían ido acumulando en mi ser a lo largo de mi nada corta existencia habían acabado generando una mezcla de odio, sed de venganza, pasión por la sangre y demencia que habían culminado por dotarme de cierta incontinencia mental. Había estallado, mi mente me exigía semejante enajenación... Y vaya si la necesitaba. Acumulé más de lo que liberaba, y ese monasterio fue el punto de inflexión... Fue donde descargué mi lado más perverso, más temible, mi faceta más desquiciada, pues aunque no había perpetrado yo de forma directa aquellos actos... ¿Acaso no se habían producido en mi nombre? ¿Bajo mis órdenes? No fue algo de lo que me sintiera orgulloso por demasiado tiempo pero, ¿qué efecto tendría girar la cara y negar que en esos momentos yo, Lord Khaelos Kohlheim, perdí el control emborrachado por la sensación de libertad absoluta que sentía tras volver de entre los caídos? Solamente convertirme en un hipócrita... Y pese a mis muchos atributos odiosos, una de mis virtudes siempre ha sido la facilidad para reconocer mis actos, sean éstos buenos o malos.

La emoción del combate y la sensación de poder que envuelven a uno cuando éste lleva alguna ventaja empezaron a embriagarme desde el momento en que pude leer con claridad el miedo en la mirada de la Inquisidora, miedo al descubrir que su plegaria, que su esfera de luz había sido tan insultantemente destruida y desviada por un simple golpe de espada de un hereje, de un blasfemo, de un ser aberrante que atentaba contra su iglesia, su gente y su Dios loco. Y ese miedo alimentó en cierto modo mi furia, pues ella era una Inquisidora... ¿Y desde cuándo se supone que los siervos de la Inquisición sienten miedo? Otros se hubieran sentido halagados en mi situación... Yo no estaba seguro de cómo me sentía. ¿Decepcionado? Tal vez, quizás es que esperara mucho de su sangre contaminada por una herencia imperial que ni siquiera era pura. Ella empezó a hablar durante el forcejeo, y no pude evitar soltar una carcajada ante sus palabras, respondiéndole con una mirada gélida: -¿Es que eres incapaz de entenderlo? No inicié esa rebelión por simples ansias personales, y si recuerdas cuáles fueron las palabras que os dedicamos entenderás que había derecho a sacarlas a ellas y a ésta ofensa a la que llamáis templo de Zhakhesh. “Todo rastro de la ocupación imperial será borrado de la Tierra Negra y se retirará de vuelta al sur de las cordilleras, allá donde las tierras pertenecen al Imperio y no al Reino.” Supongo que el problema ha sido que quien se ha encargado de quitarlas de en medio he sido yo, y no mis compatriotas que posiblemente hubieran sido más piadosos... ¡De lo que tu gente ha sido con la nuestra! Ésto de aquí no lo estoy haciendo en nombre de Zhakhesh, no lo estoy haciendo en nombre del Túmulo, no lo estoy haciendo en nombre de los Cuchillas, no lo estoy haciendo en nombre de la familia Kohlheim. Lo estoy haciendo en mi nombre. ¿Quieres un culpable? ¡Soy el único que hay de ésta masacre! ¡Nadie más! Oh, y si me preguntas por el honor... Siempre he opinado que es una forma bastante estúpida de acabar en una tumba, ¡y no tengo intención de acelerar mis pasos para hollar una! Pero si quieres motivos más grandilocuentes siempre puedo hacer una comparación sobre cómo la escoria a la que los Inquisidores llamáis “ejército inquisitorial” se abalanzaba sobre pueblos sin ejército alguno y pasaban por la espada a hombres, mujeres, ancianos y niños por igual sin pararse a pensar en si realmente eran culpables de algo. Quédate con la respuesta que a ti más te convenza.- Sabía muy bien hasta qué punto había humillado en aquella iglesia a su religión, a su culto, hasta qué punto había cometido una blasfemia visto desde términos imperiales... Y me encantaba, pero a medida que pasaban los segundos descubría que no era por haber dado la orden a una pandilla de sucios rufianes para que forzaran a varias mujeres ni por haberlas matado yo después, pues de haberlo hecho significaría que mi concepto sobre el sexo contrario era excesivamente bajo y no era así. Supongo que se podría decir que mi fascinación por el cuerpo femenino había encontrado en las damas imperiales de cabellos dorados, ojos azules como el mar o grises como la plata y pieles tersas suavemente tostadas una especie de fascinación mórbida, si nos referíamos a por qué en esos momentos pensaba que me encantaría hacerle a Arcadia lo que los bandidos le hicieron a ésas mujeres, aunque estaríamos faltando a la verdad. Aquello había sucedido pura y simplemente por la mezcla de venganza, enajenación... Y la clase de comprensión sobre el pensamiento imperial que solo alguien que casi se podría decir que ha nacido odiando al Imperio posee. Si la castidad no fuera importante para aquella iglesia, si la virginidad no fuera necesaria... Dudo que hubiera ordenado forzar a la canonesa siquiera, pero, ¡ah! ¡Qué agradable es estar rompiendo una norma imperial con solo dar una orden! Y lo mejor es que Arcadia no sabía que, si mentía en algo, era en la autoría directa de las violaciones.

El horror se apoderaba de ella a medida que más blasfemias surgían de mi boca, pero no sonreí hasta que leí en sus ojos que aquél horror le otorgaba odio, furia, sed de venganza, que poco a poco iba llenándose de las mismas sensaciones que me habían sumergido a mí, alguien con una mente más fuerte que la suya, en una peligrosa locura que nunca supe si clasificar como transitoria o permanente y que acababa por destruir a todo aquél que la vivía de un modo u otro. Yo ya no podía vivir sin sangre, sin muerte, sin guerra. Era un digno representante de aquello que esgrimía en el combate. El forcejeo se mantenía sin ceder, y finalmente la mujer gruñió entre dientes mientras contestaba tratando de controlar su rabia. A medida que la fe ciega en su victoria, que el odio hacia mí y su necesidad de ajusticiarme se apoderaban de ella, mi sonrisa se ensanchaba. No dudé en responder a sus palabras: -Mejor ahórrate tú el aliento para cuando te haga gritar como la perra que eres. Sus almas vagarán perdidas y seguramente también van a acabar en el purgatorio que los dos tuvimos que vivir. ¿Recuerdas ese idílico lugar? ¿El grito de dolor torturado con que el Penitente nos dio la bienvenida a su coliseo? ¿Las decenas de almas que habían quedado vacías de propósito y con ello de cualquier rastro de cordura, convirtiéndose en poco más que cadáveres descerebrados? ¡Sí, ahí es donde les tocará ir! Y que yo sepa no son guerreras... No las violé por falta de respeto a las mujeres, así que descuida si crees que además de un genocida chalado ahora resulta que soy un misógino. Lo hice porque está escrito en vuestro propio código que solo una mujer que haya mantenido su pureza bien esperándose al matrimonio para entregarla solo a aquél hombre al que de por vida se ata o bien entregando su castidad al servicio del Señor será recompensada con el descanso eterno en los cielos al lado de Dios. ¿No te suenan esas palabras?- Su contraataque no se hizo esperar aunque para su desgracia no me era desconocido el estilo del filo del martillo, y no pareció recordar un detalle que me convertía en un desagradable oponente en el campo de batalla sin contar mi magia.

Cuando ella hizo palanca desviando mi arma y se aprestó a lanzar un ataque con la maza contra mí, yo empuñé con la zurda mi fiel hoja mientras giraba la muñeca para poder cubrirme del filo de su arma. Con la diestra libre, di un paso hacia adelante y agarré su mazo por el asta poniendo la mano inversa, deteniendo así la cabeza a algo menos de un palmo de mi pecho. Sonreí sádicamente mientras le dedicaba un susurro furioso: -Nada hay más peligroso que el luchador cuyas manos y armas tengan diversas formas de ser usadas, pues nunca se sabe cómo luchará. ¿Te acuerdas? Soy ambidiestro desde que tuve que reemplazar mi brazo diestro por el de un muerto, y la espada bastarda es la única arma suficientemente grande para ser empuñada con las dos manos y suficientemente ligera para ser usada con una sola. El Capitán Templario Valdir envía sus recuerdos...- Sabía que le sonaría el nombre, había sido considerado un héroe dentro de las filas de los Templarios Imperiales, uno que había caído de forma desafortunada en una emboscada tendida por los Cuchillas, y mis ojos denotaban que, en efecto, frente a ella se hallaba el culpable de la muerte de tan notable sujeto. No eran mentiras lo que le escupía. Aprovechando la posición de mi mano empecé a bajarla manteniendo la maza agarrada, forzándola a tres posibles opciones. Mantenerla agarrada hasta que su muñeca le doliera demasiado al estar siendo retorcida, soltarla y perder una de sus armas, o tratar de algún modo el liberarla, ¿pero cómo? Mi espada seguía lamiendo el filo de la suya, y al haberla posicionado vertical con la punta hacia abajo la opción de atacarme con ella quedaba descartada a no ser que quisiera generar un ataque de oportunidad bastante evidente que Arcadia claro tenía que yo aprovecharía. Mientras aquél forcejeo continuaba, decidí atacarla verbalmente de nuevo: -¿Sabes, Arcadia? El libro da respuestas interesantes, ¡muy interesantes! Con sinceridad, dudo que yo mismo hubiera podido reparar en detalles que antes solo me parecían curiosos pero factibles para dañarte, pero el libro... El libro hila muchas cosas que de ti no me encajaban. ¿Nunca te has preguntado por qué la palidez de tu piel no tiene un color tan sano como el de un imperial? ¿Por qué tus rasgos son más afilados de lo que es normal en una hija del Imperio? ¿Por qué tus cabellos, aunque dorados, siempre han tenido un color más blanquecino que el oro intenso del que hacen gala tus compatriotas? Ohhh sí... El libro responde a esos interrogantes... Ha sido divertido descubrir que te atribuyes más “pureza” de la que posees realmente... Que de saber de dónde vienes podría llamarte sucia traidora y no estaría mintiendo... Mestiza...- Poder espetarle cada una de aquellas palabras y saber que no eran burdas mentiras si no verdades exactas lo que le estaba escupiendo a aquella Inquisidora que se había convertido en el foco de mi locura y sed de venganza era algo magnífico, era una sensación maliciosamente agradable que paladeaba cada vez más a cada segundo. Sí... Tenía tantas, ¡tantas armas para herirla...!


Última edición por Khaelos Kohlheim el Vie Jul 04, 2014 2:27 pm, editado 1 vez
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Miér Feb 12, 2014 12:12 am

Khaelos Kohlheim de veras creía justificados sus actos, ya fuera por la historia que portaba a sus espaldas, por el conflicto bélico entre el Imperio y Zhakhesh, o por su propia visión de la vida. Era algo que a cada nueva palabra que pronunciaba me quedaba más y más claro, auspiciado como estaba bajo la masacre que había cometido en la iglesia de Ethelandra y por lo que yo misma había tenido oportunidad de comprobar tiempo ha. ¿Cómo podía excusarse en la guerra? ¿Cómo podía renunciar al honor de una forma tan indolente? La negligencia que el Imperio había demostrado en su tarea de mandar al infierno a personas como él había quedado puesta de relieve por el mero hecho de que estuviese delante de mí en esos instantes, provocando que cada vez me fuese más difícil mantener la calma, sin mayor represalia que continuar de una sola pieza y con la aparente beneficiencia de los que tenían la única tarea de eliminarle y no habían sabido llevarla a cabo.

Sí, la guerra portaba a sus espaldas la innegable reminiscencia de años de conflicto sin solución aparente. Muchos habían muerto en ella, tanto culpables como víctimas, pero todos lo habían hecho en pos de un fin superior que resultaba prevalente sobre todos ellos. El que se dedicaba a la guerra sabía bien que era un sacrificio que llevar a cabo, por más que supusiera un trago amargo a cada nuevo día en que despertaran, puesto que al final del dolor y el sufrimiento habría de generarse la única situación viable en la situación actual de Noreth: el reinado de una sola nación unida por un ideal común, por una figura común, Dios, como una potencia hegemónica de tal calibre que nadie sería capaz de plantarle cara. Esa era la política que había sido denominador común en toda la historia del Imperio, de mi patria, y sus cimientos eran tan fuertes, tan poderosos e inamovibles, que ni siquiera los lamentos de las víctimas caídas en combate podrían empañar el hecho de ver conseguidos nuestros propósitos. Para ello era necesario borrar de nuestro camino los enemigos, los que quisieran vernos caer. Había que poner fin a la rebeldía, dotarles a todos de disciplina y de una jerarquía establecida donde supiesen bien cuál era su lugar en el mundo y qué podían y no podían hacer. Estaba demostrado que a mayor libertad se le dotaba a un individuo mayor se hacía la anarquía y todavía más difícil se hacía mantener el control, la autoridad y el dominio que los peones como ellos necesitaban, siendo así que al final aquellas personas a las que no se les castigó con la debida dureza aspiraban a pretensiones de grandeza que siempre les serían negadas. ¿Es que nadie se daba cuenta? ¿Es que no veían las cosas como realmente eran?

Que la sociedad era ganado que debía de ser reconducido al camino correcto por un líder carismático y con el poder de mando suficiente como para resultar firme y cauto. Aquel designado por Dios para mantener la calma y la paz en el mundo, el signatario del paso a una nueva etapa en Noreth. Nosotros en el Imperio lo teníamos, y la realidad era que la historia nos respaldaba. Siempre seríamos dominantes, siempre seríamos grandes. Nuestro nombre jamás sería manchado y todo volvería a su correcto cauce porque las divinas palabras de nuestro Padre así lo habían profetizado… Y ni Khaelos Kohlheim ni nadie que fuera como él podría jamás comprenderlo porque su sangre estaba ensuciada por el abolengo proscrito de la Tierra Negra.

¿Tú, nigromante, me hablas de deshonor? ¿De los actos que el Ejército Inquisitorial comete? ¡¿Precisamente tú?! ¡Cuando niegas tener un mínimo de valía, cuando te alzas en armas vanagloriándote de la masacre que has cometido contra gente inocente! ¡No eres más que un hipócrita que cree liberarse de culpa reconociendo sus maliciosos actos! No son solo los asesinatos, no es solo la tortura —contradije cuando ya mascaba la ira subiéndome por la garganta hasta hacerme vomitar todo aquello de golpe antes de poder pararme a mí misma—. Es la forma de acometer la realidad. Has blasfemado, profanado y cometido escarnio contra Dios, en su Casa, y sin embargo me hablas de guerra. ¿Tus creencias se basan en el derecho de tu pueblo? ¿En la libertad que perseguís y que os mueve a levantaros contra el Imperio? ¡No me hagas reír! ¡La culpa es solo vuestra! ¡Por desafiarnos, por aspirar a más de lo que alguna vez vayáis a tener! Vosotros, sucio pueblo de condenados, aceptaréis el castigo que os merecéis si es que vivís para ver con vuestros ojos como Zhakhesh desaparece de la faz de la tierra.

Estuvo en el infierno, ambos lo estuvimos, pero nada de eso parecía haber servido para algo. De vuelta a la vida los ideales continuaban siendo principios que defenderíamos a capa y espada, contra viento y marea si fuese necesario, y nada de lo que el otro dijera podría significar algo. Yo lo sabía, y sin embargo de alguna forma sus palabras se me clavaban como filos ardientes que sacaban un odio tan primitivo en mí que muy difícilmente podría haberlo controlado. La sangre fría que precisaba para esa clase de contiendas se había quedado relegada a un segundo plano al escuchar todas aquellas provocaciones de su parte, imprecaciones que me insultaban a mí, que insultaban al Ejército Inquisitorial, que insultaban al Imperio y que insultaban al propio Dios en los cielos. Me hacían desear matarle en ese momento, demostrarle que nada de lo que dijese podría afectarme porque no era cierto, pero de igual modo sabía que eso era lo que él quería, que lo que buscaba era intoxicarme con su hostigamiento hasta que cometiese un error. La incitación siempre provocaba ese efecto en las personas, era lo que junto a otras emociones destinaba a la gente a la tumba. Yo sabía muy bien cómo eludirlo, porque era propio de débiles sin capacidad de sobreponerse a las desventuras que pudieran llegar, y porque era mucho mejor que eso. Estaba convencida, y mi intención era demostrárselo.

Qué sabrás tú de los Cánones sagrados —siseé apretando la mandíbula a medida que continuaba hablando y a mí se me venía a la mente aquel fatídico lugar, repleto de tormento y agonía por doquier. Me abría un hueco en el pecho que jamás terminaría de sanar, y saber que por su culpa todas aquellas almas no recibirían el descanso eterno que merecían… Quería matarle, era imperativo en mí en esos momentos. No iba a descansar hasta mancharme las manos de su sangre y podía llevarme el tiempo que hiciese falta que era algo que conseguiría. Un objetivo final, una máxima que no olvidar. Se lo merecía, ¡él más que nadie!

Y sin embargo sentía que se me escapaba algo, un aspecto a tomar en consideración. Sabía que él era poderoso, que era un enemigo peligroso y que el factor más arriesgado de todo aquello era su imprevisibilidad. No sabía por dónde saldría, me costaba adivinar sus pasos. Parecía que siempre iba por delante y aquello me quemaba por dentro, dado que comenzaba a creer que la situación se tambaleaba en mi contra y que terminaría sobrepasándome. De ocurrir no conseguiría la victoria que tanto ansiaba, la única opción viable, y esa inseguridad era un enemigo todavía peor que el nigromante que tenía delante.

Con incredulidad, abrí los ojos de par en par cuando le escuché y entendí cuál había sido mi error, viendo que dejaba de agarrar la espada con la mano derecha para bloquear mi ataque con la maza, forzándome la muñeca mientras la hacía descender y consiguiendo con ello que un agudo dolor en el músculo tensado me acribillase en esos momentos. Gruñí hecha una furia no solo por aquella tesitura sino por lo que significaba lo que estaba diciendo, por la metralla de oscuros presentimientos que se instalaron en mi mente y los recuerdos que vinieron a ella. La llegada de los dos soldados mutilados tras su misión de rescate en Nashael-Iahr, su relato y la incredulidad patente en el rostro de los presentes. Ninguno creyó al principio que la historia fuese cierta, que los renegados zhakheshianos que decían llamarse Cuchillas al mando de Khaelos Kohlheim realmente hubiesen tumbado la partida liderada por Auberal Valdir, y no fue sino cuando tiempo después encontraron las evidencias en el antiguo campamento que el rumor se extendió como la pólvora y envolvió Sacralis en una mortaja de malos augurios y silenciosa neutralidad en torno a lo que había pasado. Muchos lloraron su muerte, apenados como estaban por la caída de un héroe de índole nacional como él; otros renegaron de lo acaecido y juraron vengar su muerte. Se ofició el funeral y ese mismo día se enterró de forma simbólica un ataúd en el sepulcro, con la mención de sus logros como caballero al servicio de la luz. En su epitafio quedó resumida su valía como hombre de Dios y al servicio del Imperio, pero su presencia perduró en los corazones de todos los que alguna vez oímos o tuvimos el honor de tratar con él. Un suceso tan oscuro como ese jamás pudo ser olvidado y la aún lozana evocación al mismo continuaba abriendo viejas heridas. Unas que dejarían sin palabras al más curtido de los hombres.

¿Valdir? —se me escapó con el rostro pálido cuando todavía la potencia de aquella revelación restallaba en mi cabeza como una pesadilla, confirmando lo que me había temido desde el momento en que los soldados hicieron saber lo ocurrido en Nashael-Iahr. Durante unos segundos mi determinación flaqueó y al ser incapaz de retirar la maza de su agarre el dolor en mi muñeca se incrementó hasta que me hizo comprender que no tenía más opción que arriesgarme a un ataque que me pondría a mí misma en peligro o a dar por perdida la maza. De haber utilizado la espada él también habría hecho lo propio, y por la cercanía la herida podría haber sido mortal. Asimismo, si continuaba aguantando la maza al final acabaría cediendo ante él y a pesar de que yo me había acostumbrado a luchar con aquellas dos armas de nada me habría servido continuar alargando más aquella situación. Furibunda por esa certeza fue pues que terminé cediendo y solté mi agarre, siseando por el dolor cuando ya estaba pensando en cómo contra-atacar y conseguir evadirme de todo lo que estaba formando un caos en mi cabeza.

Pero él no me iba a dar ni un respiro, ni sus mentiras tampoco. Cuando esa vez habló mencionando el libro yo apenas pude reaccionar, cercada como me encontré en la repentina sensación de que lo que decía fuese cierto. Por una fracción de segundo me encontré paralizada, entendiendo muy bien a qué se refería pero sin dar crédito a lo que decía. ¿De qué estaba hablando? ¿Qué diablos ponía en el libro? ¿Acaso era eso cierto? ¿Había alguna evidencia? De repente la ira me controló por completo, las palabras traidora y sucia mestiza controlaron mi cabeza borrando toda capacidad de discernir entre lo que era adecuado y lo que no; y sumida por una cortina roja de furia ciega mi cuerpo se movió solo y levanté el puño para propinarle un puñetazo contra el mentón, apartándome de él mientras retiraba la espada y volvía a enarbolarla en alto con el rostro crispado por la emoción.

¡MIENTES! —le grité, totalmente ida—. ¡NO DICES MÁS QUE MENTIRAS! ¡Sé muy bien lo que estás haciendo, sé muy bien lo que te propones, y no lo conseguirás! ¡No vas a llamarme mestiza y a quedar impune ante semejante ultraje! ¡Tú, maldito necio hijo de puta!

¿Cómo se atrevía? ¿Cómo había sido capaz de insinuar algo así? ¿Cómo, por Dios, lanzaba tal agravio? ¡Iba a pagarlo, lo juré por mí misma y lo juré por el Imperio! Girando la espada me lancé contra él y dirigí el filo hacia su flanco izquierdo, buscando alcanzarle el antebrazo y hundirlo en él. Mis aspiraciones por mantener la cabeza fría ya no servían, mi pretensión de acabar con aquello con rapidez y de una forma limpia, tampoco. Yo era Arcadia Samaras, Inquisidora y servidora del grandioso Imperio del Dios Único. Me merecía respeto y aún más, me merecía cobrarme su vida por todo lo que había hecho. Nadie que hubiese insultado al Ejército Inquisitorial viviría demasiado tiempo para contarlo, y aquello era ya una afrenta personal.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Dom Jul 06, 2014 1:11 am

Cuando empezó a hablar de deshonor y me habló de mis propios crímenes hablando de que estaba buscando alguna justificación no pude evitar empezar a reírme a carcajadas, dándome cuenta de que era incapaz de entender que la realidad era mucho más simple y eso la hacía mucho más cruda. Era la mentalidad de los genocidas como ella la que les hacía incapaces de entender lo que motivaba a gente como a mí. En ningún momento había tratado de justificar mis actos, ¡le había dado motivos por los cuales ella podría justificarme si así lo deseaba! Era incapaz de entenderme en esos momentos y sus palabras estaban equivocadas de cabo a rabo. Estaba dejándose dominar por la ira, y eso era bueno, muy bueno. Significaba que estaba logrando ponerla justo donde yo quería. Cuando mis carcajadas por fin se apagaron le respondí sin dudar, sonriendo con una ferocidad enloquecida: -¡Te doy las justificaciones que tú me pides! Te doy las justificaciones que podrían haber llevado a mi gente a matar a ésta panda de zorras puritanas, que mi gente podría haber esgrimido en nombre de la venganza. ¿Quieres saber MIS motivos? Esto ya no se debe solo a que no desee someterme a tu patético y podrido Imperio. No... Esto se debe a que lo disfruto, Arcadia. ¡Lo gozo! No he cometido ésta masacre en nombre de la justicia, no he cometido estas blasfemias en nombre de la venganza, lady Samaras. No... ¡Lo he cometido porque odio tanto al Imperio y a todo lo que lo represente que lo disfruto! ¡Me da placer cometer éstas blasfemias contra tu patria, contra tus ideales, contra tus gentes! ¡Me hace sentir más vivo de lo que me haya sentido jamás! Mato a los tuyos, los torturo, los hago sufrir, destruyo vuestras efigies porque eso me llena de dicha, porque eso me hace feliz, ¡me hace sentir mejor que nunca! Luché la guerra por deber y por amor a mi patria, sí... ¿Pero crees que todos mis crímenes, todas las atrocidades que he cometido las he hecho “en nombre de un ideal”? ¡No, Arcadia! ¡Los he cometido por placer! Soy un criminal, soy un monstruo que habéis creado, sí, pero... ¿Te crees que me importa? Sé que no tengo perdón, sé que no tengo justificación, sé que no tengo redención... ¿Y sabes qué? No me importa en absoluto. Sería un hipócrita si, cometiendo los mismos crímenes que vosotros, tratara de justificarlos, no por ti, no por tu gente, no por la mía... Me estaría mintiendo a mí mismo. Estaría tratando de negarme que yo cometo éstos actos contra el Imperio por el puro placer de destruir, de hacer sufrir. Conozco mis crímenes, mis pecados... Y no me arrepiento en absoluto. ¡Es más! ¡Pienso seguir cometiéndolos! Zhakhesh no va a desaparecer, lleva demasiados años existiendo... ¿Pero vosotros? Orcos por un lado, elfos por el otro... Habéis decidido morder demasiado a la vez, y no te hablo como persona que odia al Imperio, te hablo como estratega. Tenéis demasiados frentes abiertos y el que acabáis de cerrar lo habéis hecho con gravísimas bajas. El Imperio ahora está débil... ¿Quién contendrá a los elfos en Calerna? ¿Bellum y Austrin podrán resistir a los orcos? Se rumorea que un Gran Caudillo orco ha aparecido...- Tras eso la miré directamente a los ojos, alzando las cejas: -No me preocupan vuestras represalias. Tal vez algún día logréis matarme, y ese día creeréis haber hecho justicia por los centenares de crímenes que he cometido contra vosotros. ¿Pero te crees que a mí eso me importa?- Mi sonrisa se volvió más siniestra, menos amplia, y negué con la cabeza mientras volvíamos a enzarzarnos en batalla: -No me importa en absoluto. Pagaré por mis crímenes cuando me llegue la hora. Y ni es hoy cuando me toca, ni eres tú quien me hará pagar.- Y de nuevo, el combate a muerte siguió.

Arcadia parecía no entender que aquello iba mucho más allá de justificaciones morales, de valores éticos, de conceptos como la libertad o la justicia, de las razones nacionales, políticas y bélicas que cualquiera de los dos bandos esgrimía. No, aquello era el puro acto del odio, de la venganza, no era un acto justo ni honorable, no era un crimen necesario para que Noreth fuera un lugar mejor. No, era el acto de vengarse en sí, de disfrutar con cada gota de sangre imperial que derramaba, con cada bastardo de cabellos rubios y ojos azules nacido en el Imperio al que quebraba física y mentalmente. Se trataba de pura destrucción y rabia focalizadas sobre una misma etnia, sobre una misma nación, una misma idea. Tanto había sufrido en manos de sus ideologías que me importaba poco si, a la hora de la verdad, por cada imperial culpable había matado antes a mil inocentes. Me era completamente indiferente. Me bastaba saber que eran imperiales y que disfrutaba acabando con sus vidas, que gozaba con su miedo, su furia, su desesperación, su sangre. Y ella no parecía entenderlo.

Me preguntó que qué sabía yo de los Cánones sagrados, siseando con una rabia que me hacía saber que, sin duda, la imperial estaba encontrándose cada vez más cerca de perder el control y ceder a la rabia asesina, lo cual me facilitaría bastante las cosas. Prestaría menos atención a mis movimientos y a su defensa, y se centraría exclusivamente en tratar de matarme. Se creía la cazadora, y en realidad no era más que mi presa, iba a ser mía para atormentarla y emplearla como un arma e instrumento de venganza, sin importarme qué tuviera que hacerle para conseguir aquello. Ni siquiera su sangre la salvaría. Sin embargo, no todo podía revelárselo en esos momentos, de modo que le contesté con una sonrisa burlona: -No es muy difícil conseguir un cánon sagrado de las manos frías y muertas de cualquier siervo de tu patético Dios. Tampoco lo fue demasiado obtener vuestras creencias mediante torturas e interrogatorios. He visto como trabajáis en la Inquisición a la hora de extraer confesiones, tú misma sabes cómo es eso... Y sólo te diré que no solo he aprendido vuestros métodos, en parte gracias a sufrirlos en carne propia... Si no que he logrado superaros en el infame arte de extraer confesiones. ¡Pronto lo comprobarás!-

Cuando cayó en mi pequeña treta y quedó desarmada de una mano, vi que a Arcadia se le escapó el nombre del Capitán Templario y sus ojos se abrían con incredulidad mientras su piel, blanca de por sí, se torno todavía más pálida. Una sonrisa salvaje afloró a mis labios y se me escaparon risas que más parecieron gruñidos animales, y con la voz llena de un júbilo salvaje me regodeé en explicarle mejor el destino de Valdir: -Así es, Arcadia. Sin embargo, hay un pequeño detalle que no se ha contado... Y es que no fue en el campo de batalla donde murió. No puedo decir que le estemos conservando con vida, más que nada porque su destino final ha sido el águila sangrante... Recuerdas ese castigo, ¿verdad? Lo has visto en más de una ocasión. Y mi brazo diestro, como ya sabes, no es mío. Es de él, de hecho. Tal vez luego te enseñe las decoraciones que le he hecho, su brazo era demasiado insulso y siempre he tenido cierta debilidad por los tatuajes con significados “profanos”, como tu gente lo definiría. Lo que queda del resto de Valdir es poco más que un despojo sangriento y gimoteante. Cinco años de tormento tienen ese efecto.- En muchas cosas podía ser un mentiroso, pero si algo sabía Arcadia es que cuando se trataba de hablar del destino de mis enemigos, nunca había mentido. Me gustaba que todos los que se me oponían supieran qué significaba la derrota contra mí, y a lo largo y ancho de la guerra lo había demostrado claramente. Poblaciones imperiales masacradas desde los ancianos hasta los niños, oficiales horriblemente mutilados y desfigurados, traidores ahorcados... Incluso aquellos nobles zhakheshianos que se habían alineado a la causa imperial habían padecido destinos no menos terribles. Tal vez la única mentira fuera el atribuirme enteramente los méritos de tan excelsas torturas, de muertes tan sublimes como terribles. Era más fácil para todos que uno solo asumiera la responsabilidad. Quería la mirada del Imperio fija en MÍ, no en mis camaradas. Llamadme egocéntrico, si queréis... Pero en cierto modo era divertido ser la peor pesadilla de los imperiales.

Fue cuando la llamé mestiza, sin embargo, que me di cuenta de que realmente Arcadia acababa de perder por completo cualquier rastro de control que pudiera quedarle. Lejos de aprovechar la momentánea distracción de Arcadia al paralizarse por mi revelación. Todo rastro de lucidez desapareció de sus ojos, y tan solo furia y odio brillaban en ellos. No fue del todo prudente, debo decir, pues logró apartarme al darme un puñetazo en el mentón que me hizo retroceder un par de pasos. Dolía, y supe que por dentro me había cortado la mejilla, lo cual explicaba el regusto a sangre en mi boca. Escupí, sin perder la sonrisa ahora salpicada de rojo. El dolor podía acabar siendo una sensación placentera con el tiempo. Cuando alguien quiere saber si sigue vivo o no, si está despierto o soñando, suele pellizcarse en lugar de complacerse, pues no hay nada que denote más vida que el dolor. Desde que nacimos hasta que morimos, el dolor, el sufrimiento es lo único que siempre nos acompaña. Abrazarlo y emplearlo en tu favor es la única forma de lograr ser poderoso. El dolor es lo único que acaba quedando.

Empecé a reír a carcajadas ante sus palabras, negando con la cabeza mientras me preparaba para resistir su siguiente embiste, el cual en honor a la verdad era demasiado predecible gracias a la rabia que la inundaba. Mantuve la espada en la mano izquierda, haciéndome más fácil la tarea de bloquear su estocada, y permanecí a la espera. No fue hasta que las espadas chocaron y se trabaron que aproveché la fuerza de su impulso para darle un cabezazo y agarrarla del cuello, alzándola con la nueva fuerza que el brazo de Valdir me había otorgado. Una sonrisa cruel se dibujó en mis labios mientras la miraba a los ojos: -No, Arcadia, no miento. No cuando la verdad puede hacerte mucho más daño que cualquier mentira que consiga inventarme. He leído el libro de la canonesa, y dejaré que lo leas. Quiero que lo leas para que te des cuenta de que no te miento. Para que te des cuenta que eres una bastarda, una mestiza, que tu sangre es sucia e impura, ¡que llevas en tus venas la sangre de la traición! Y también, vas a descubrir algo todavía más terrible, pero prefiero que lo leas por ti misma... Es algo que me haría sentir insultado por compartirlo contigo... Pero que por el odio que te profeso, no me importa en tanto te haga sentir todavía peor y te atormente. Y otra cosa...- La solté, lanzándola contra el suelo mientras adoptaba una mueca de desprecio: -Creía que eras mejor espadachina de lo que pensaba. En guardia, zorra mestiza. Aún no he acabado contigo.- Y aquello era verdad.

Su tormento no había hecho más que empezar.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Lun Jul 07, 2014 1:56 pm

Recibí el cabezazo y el impacto fue tal que me mareé y la vista se me desenfocó en lo que duró que el bastardo zhakheshiano me alzase del suelo y me agarrase por el cuello, dificultándome la tarea de respirar a causa de la presión mientras yo asía con la mano libre la suya y trataba de zafarme. El dolor se hizo patente en mi expresión crispada, pero en la forma en que le sostuve la mirada quedó claro cuán furibunda me encontraba en ese momento y más importante aún: lo poco que me importaba sufrir si con eso conseguía resarcir las acusaciones y calumnias que había lanzado en mi contra.

Osadía era insuficiente para describir la actitud de aquel hombre en esos momentos. Ensalzándose a sí mismo y a sus crímenes, insultando la grandeza del Imperio y reconociendo tan a la ligera que su motivación personal, el ansia de venganza, le habían vuelto tan loco y demencial que no le importaba entremezclar mentira con realidad. Podía leer en sus ojos el placer que le producía enunciar todo aquello, en una letanía que no parecía acabar, puesto que Khaelos Kohlheim, sumido en su arrogancia, había decidido que enarbolaba la verdad absoluta y nada ni nadie podía negarle que así fuera.

Pues bien, la tremenda fuerza de la que estuvo haciendo gala en esos momentos me dejó momentáneamente fuera de combate, sin que pudiera defenderme de su contraataque. Mis pies no tocaban suelo y su mano en torno a mi cuello era más similar a una cárcel de acero que a una mano humana. Con el recuerdo patente de sus palabras y el nombre de Auberal Valdir en la cabeza aquello me hizo plantearme durante unos instantes si no decía la verdad y de veras aquel hombre, en su enajenación mental, no habría utilizado aquella extremidad para Dios sabe qué perversiones y retorsiones producto de la magia negra que simpatizaba. De solo pensarlo sentía que un escalofrío de repulsión me subía por la espina dorsal y me envenenaba los pensamientos, pues ya no solo significaba que había cometido un grave atentado contra la vida y el honor póstumo de un héroe nacional imperial, sino que yo era incapaz de defenderme de ello. Y la idea de que pudiera vencer me volvía loca de ira, porque querría decir que un asqueroso zhakheshiano era superior a un Inquisidor.

Mientras duraba mi padecimiento él continuaba ensalzándose a sí mismo los oídos con más provocaciones producto de las mentiras que tanto le gustaba utilizar. Se estaba aprovechando de mi interés por el Monasterio de Ethelandra y por los escritos de la Canonesa, a pesar de que no entendía qué podía haberle motivado a él, precisamente a él, a acudir hasta allí. La idea de que pudiera haber algo de verdad en sus palabras era inadmisible, el producto de cederle cierta coherencia al pensamiento de un necio. Descartada esa opción sus motivaciones me eran indescifrables, ocultas bajo toda esa capa de crueldad… Empero, aquello ya no importaba. No importaba pues, al final, había conseguido la oportunidad que había estado ansiado para hacer pagar a Khaelos Kohlheim todo el padecimiento ocasionado al pueblo imperial.

Desde que le viera en el Plano de los Condenados la había sentido, esa profunda ira que removía los cimientos de mi mundo y que se concentraba toda en aquel hombre con los ojos del diablo. Para nosotros los Inquisidores su nombre nunca había sido desconocido, menos aún a raíz de la profusa rebeldía que había demostrado la Tierra Negra por causa de su mandato. Toda vez que los insurrectos heréticos habían estado comandados por el dado en llamar Conde Nigromante buena parte de los esfuerzos del Imperio se había reconducido a acabar con él. Y sin embargo nadie había podido, pues había demostrado ser tan poderoso como lo eran sus lazos con aquella magia prohibida, sucia y repleta de maldad.

¿Acaso era el deseo de Dios que de veras aquel conflicto prosiguiera? ¿Acaso no era tiempo de que depusieran las armas y abrazasen de una vez las condiciones que el Imperio les había impuesto? Con el tiempo, con el alargamiento de aquella beligerancia, lo único que los zhakheshianos habían conseguido era acabar con la paciencia del Santo Imperio. A partir de ese momento se había establecido una cruzada cuyo objetivo eran aquellas gentes, tanto militares como civiles, motivada por la sagrada misión que los servidores de la luz teníamos en la tierra. Jamás hubieran habido tantos muertos de no ser por la vehemencia con que personas como él se abstuvieron de rendirse; de modo que, ¡¿cómo podía justificar sus acciones por el padecimiento sufrido, si él había sido el que lo había acentuado?!

Pero si alguna vez había habido margen para la diplomacia aquello ya no era más que la reminiscencia de un ideal pasado. Puede que yo misma hubiera suscrito esa conclusión de los hechos hasta que fui ejecutada en el campo de batalla y vi el purgatorio con mis propios ojos. Y allí, junto a él, viéndolo por vez primera como nunca antes lo hice, y de una forma más cristalina que tiznada por los ideales imperiales, comprendí que jamás olvidaría aquella afrenta hasta que mis manos se ensuciaran de su sangre traidora. A mi vuelta al mundo ese pensamiento se había vuelto una obsesión, y la obsesión me había llevado al filo de la navaja, haciéndome balancear de una forma peligrosa y arriesgada. Había cedido ante sus provocaciones y me había dejado llevar por la ira como nunca antes había consentido que nadie me afectara, mucho menos un bastardo nigromante del norte, ¿y el resultado cuál era? ¿Que estaba perdiendo? Ya me era indiferente. Ya me daba igual. Si tan solo conseguía arrastrarlo conmigo de vuelta al infierno, todo habría merecido la pena… Porque, en el fondo, si sus palabras conseguían consternarme ya no era solo por ver trazos de certeza en ellas, sino porque la mácula de la duda se había asentado en mí en el Plano de los Condenados y ahora el infierno me había perseguido en vida hasta hacerme imposible conseguir ni un remoto momento de paz.

Me lanzó contra el suelo y caí al menos tres metros más allá, jadeando por el golpe y tosiendo a causa de la presión que había ejercido sobre mi garganta. A pesar de que la armadura había absorbido la mayor parte del impacto noté resentida mi pierna derecha y buena parte de la pelvis, desde donde una oleada de dolor me impidió reaccionar durante unos fugaces segundos. El pulso me temblaba pero no lo hacía por dolor ni tampoco por miedo: lo hacía de pura cólera, de una rabia tan visceral que mi primer impulso fue buscar mi espada para agarrarla y volver a arremeter contra él. Sus insultos eran como cuchilladas que se clavaban en mis sienes hendiéndolas en el proceso, y su petulancia, su sonrisa de superioridad, me desquiciaban hasta tal punto que me era imposible ver que aquello era lo que él quería. Que era lo que había estado esperando, la comisión de un error de mi parte o, como prefiera verse, la sensación de verme ceder por sus provocaciones. Estaba ciega de furia, y esa misma furia me movía en esos instantes.

Así que al recoger la espada y levantarme, una vez volví a mirarle, no es de extrañar que mi rostro mostrase una terrible expresión cuando descubrí aquel rastro sardónico en su mirada, la prepotencia y arrogancia mal disimuladas en su gesto de desprecio por su parte. Y más aún, no es de extrañar que al entrever por el rabillo del ojo el cuerpo ensangrentado y crucificado de Araane a sus espaldas, en una prueba manifiesta de la profanación que allí se había cometido, yo estallara una vez más.

Grité y me abalancé sobre él asiendo la espada con ambas manos para redoblar la fuerza del impacto. Me daba igual si paraba mi ataque como si no, lo único que deseaba era pelear, era atacar, era alcanzarle y hundirle la espada hasta las costillas y hasta el corazón. La alcé y la dejé caer contra él en un tajo descendente diagonal, a pesar de que supe que pararía el golpe tal y como había estado haciendo. ¿Me dejaría leerlo, decía? ¿Vería algo que le insultaba pero que aceptaba con tal de atormentarme? ¿A qué demonios se estaba refiriendo, a qué demonios estaba jugando? Cada vez sentía con mayor intensidad que había algo que él sabía y que a mí se me escapaba, lo cual le daba una ventaja nada desdeñable que desnivelaba las cosas de una forma mucho peor que un conjunto de estocadas y de golpes más o menos fuertes. Porque yo había leído los diarios de Lanterion, y sabía bien lo que había en ellos. Sabía lo que había leído y lo que significaba que durante toda mi vida hubiera vivido una mentira. Ahora nada se sostenía, ahora todo flaqueaba de un modo u otro. Solo Araane Cadanna podría haberme ayudado y habiendo caído bajo el filo de la espada del bastardo, ¿qué me quedaba? ¿La fiabilidad de las palabras de un mentiroso? Ya no sabía qué odiaba más: que sus insultos pudieran ser verdaderos o que en el fondo yo supiera que así era.

Eres un monstruo —siseé con voz envenenada por la ira que sentía, una que estaba corroyéndome por dentro del mismo modo que haría un trago de ácido bajando por la garganta—. Pero no eres el monstruo que quieres hacer creer —porque no me daba miedo, no le temía, y no me iba a atormentar. No iba a jugar conmigo si es que eso era lo que estaba haciendo. Había cruzado el límite, lo había rebasado por mucho, y le iba a borrar para siempre aquella sonrisa de los labios aunque fuera lo último que hiciera. Así que soltando una mano de la espada, cuando aún estaba aguantando el filo de la suya, la levanté en dirección a su pecho y conjuré una esfera de luz con la clara intención de lanzársela desde esa ínfima distancia. Al cabo de una fracción de segundo la luz sagrada proyectaba claroscuros sobre nuestros rostros y la penumbra imperante en la catedral parecía haberse reforzado a nuestro alrededor. La lluvia caía con una fuerza impresionante, tanta que incluso a resguardo de aquellos gruesos muros de piedra podía escucharla sin problema. Un trueno lejano restalló en el cielo, indicando que se había desatado una tormenta.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Lun Jul 07, 2014 6:28 pm

Nunca me había sentido tan bien como en aquellos momentos por bien que hubiera vivencias que podían acercarse. Tener a una Inquisidora, a una arrogante zorra imperial que se vanagloriaba de su poder y de la supuesta superioridad racial y marcial de sus gentes agarrada por el cuello como si no pesara más que una niña y que sus ojos reflejasen que, de veras, entre su odio se hallaba oculto un atisbo de duda, de que se daba cuenta de que YO era superior a ella, de que un hereje era mejor que uno de los supuestos guerreros sacros de ese Dios cruel y enloquecido... Por los dioses, aquella sensación de victoria, de poder, ¡era gloriosa! Tan sólo la decepción hacia la fuerza de la imperial empañaba mi triunfo. ¿De veras era eso todo lo que tenía por ofrecer? Quería comprobar si de veras dar espadazos como una idiota era lo único que sabía hacer o si realmente ella solo había estado calentando como yo había estado haciendo. Más le valía que fuera lo segundo, porque de ser más débil de lo que pensaba aquella mujer iba a recibir un infierno todavía peor que el que había sufrido.

Cuando la arrojé contra el suelo, no pude evitar sonreír ampliamente al verla toser por las amables atenciones que le había brindado y, en especial, al ver que durante unos instantes no pudo reaccionar por el dolor. Tal vez me había pasado de fuerza. Mejor... Me percaté entonces de su mirada asesina, de su furia, y me di cuenta de que si había alguien allí tan cargado de sed de venganza como yo, de una rabia tan obsesiva como la mía, esa era sin duda Arcadia. Como yo, ella también había cedido a sus más primarios instintos empujada por el odio hacia mí. La diferencia es que yo aún conservaba la razón mientras que la nube roja que envolvía su mente, como bien denotaban sus ojos, la cegaba. Aquello lo hacía todavía más interesante, todavía más... Divertido. Hacía que me diese cuenta de hasta qué punto mis palabras le escocían y se le clavaban como puñales. Tuve que permitirme el lujo de fantasear por unos instantes cuál sería su reacción al darse cuenta de que en mis palabras se ocultaban más verdades de las que ella creía porque sabía que si la duda la estaba matando ya, que el simple pensamiento de que mis palabras pudieran ser ciertas, ¿cómo se sentiría cuando descubriera para su horror que lo eran? ¿Que no le había mentido sobre su procedencia? Me daba ganas de ejecutar el plan de una vez... Y ella me dio motivos para hacerlo.

Se alzó agarrando la espada y estalló de furia, lanzándose a la carga contra mí como si se tratase de una bersérker vikhar, blandiendo su arma con ambas manos para dar un golpe más veloz y poderoso que los anteriores. Quería matarme y no sabía cómo, se daba cuenta de que estaba jugando con ella y eso la enfurecía todavía más. Quería ver hasta qué punto la imperial podía llegar a descontrolarse, a dejarse llevar por la rabia. Sabía que ella quería el libro, y pensaba jugar con eso para seguir llenándole la mente de miedos e inquietudes mientras le dejaba caer sutiles pistas que, sabía, no creería hasta que leyera ella aquél diario. Sin embargo, eso era parte de la diversión. Dejarla con la duda, hacer que se desesperara pensando en la posibilidad de que mis palabras fueran ciertas, ver cómo poco a poco la Inquisidora se exasperaba y su necesidad de saber la verdad se volvía obsesiva... Era maravilloso aquello. Y sin embargo, la mujer hizo algo que no me esperaba y que me obligó a poner en marcha mi plan antes de lo previsto. Habíamos acabado aquella parte de la diversión...

Bloqueé el ataque sin demasiada dificultad, siendo extremadamente previsible aquél tajo que me lanzó, y no pude evitar ampliar mi sonrisa con aquél siseo que dejó escapar la mujer. A esas alturas me dolían las comisuras de los labios pero no podía evitarlo... Su sufrimiento era tan, tan divertido que no podía evitar tener ganas de reír o, por lo menos, sonreír. Sin embargo, los juegos se acabaron finalmente. Tenía ya preparada una respuesta ácida, un comentario mordaz y burlón para responderle cuando me dijo que no era el monstruo que quería hacerle creer, pero repentinamente ella alzó una mano en dirección a mi pecho y no me dio tiempo a esquivar el impacto. Una bola de luz me cegó por unos instantes y golpeó mi pecho, haciéndome sentir un ardor nada desconocido. No era la primera vez que algo ígneo impactaba contra mí, no era la primera vez que sentía el dolor de las quemaduras... Pero no por ello me gustaban. Tuve que retroceder varios pasos tras soltar un gruñido de dolor y casi caigo al suelo, notando mi pecho como si estuviera en llamas. Sin embargo, logré mantener el equilibrio y mi mirada quedó fija en el suelo. Sí, había logrado borrar la sonrisa de mi rostro... Pero a qué precio.

Gruñendo como un animal, un relámpago iluminó la catedral como si fuera de día cuando tras recobrarme del ardiente dolor alcé la mirada y la clavé en sus ojos la mujer pudo ver por unos instantes que todo rastro de humanidad que pudiera haber en mi rostro o en mis ojos había desaparecido. En esos momentos la máscara de burla y diversión cruel había desaparecido, y sabía con certeza que hasta un demonio sentiría miedo al verme en mi estado más primario. Mi respiración sonaba como la de una bestia enfurecida, y también lo hizo mi voz cuando hablé: -¿Magia? Que así sea.- El trueno restalló en esos momentos. Lentamente una sonrisa volvió a asomar a mis labios y alcé una mano, hablando en la tenebrosa lengua de los muertos que proviniendo de mí en aquellos momentos sonaba de forma no muy distinta a la invocación de un demonio. Sin embargo, desde cierto punto de vista hice algo peor.

Mientras zarcillos de esencia negra como la noche surgían de mis manos, el eco de cinco pares de botas metálicas sobre el suelo de piedra de la catedral empezaron a hacerse patentes a espaldas de la mujer. Mi magia se perdió en la penumbra de la sala, y mi sonrisa adoptó un siniestro tono que no había mostrado desde que perdí mi fe en los dioses en la tierra de los condenados. Empecé a hablar, con un tono frío pero burlón, recuperada una nueva sonrisa: -Si te das la vuelta, Arcadia, contemplarás a viejos compañeros de oficio que ésta vez están de mi parte...- Cinco Templarios convertidos en no-muertos aguardaban a algunos metros tras ella, haciendo gala de una marcialidad que ni siquiera en vida reflejaron y enfundados en sus armaduras que, medio oxidadas, todavía portaban los emblemas del Imperio. Ladeé la cabeza, y haciendo más amplia mi sonrisa proseguí: -Y si miras a tu alrededor, verás a las adoradas hijas de Dios de una forma que nunca creíste.- Los pies desnudos de las monjas, subyugadas en la muerte, avanzaban con paso torpe y con mirada lastimera gemían acercándose a la Inquisidora. La imperial estaba completamente rodeada, y no pude evitar sentir un júbilo salvaje en el pecho. Se acercaba el momento, y así se lo hice saber: -Nunca es buena idea obligar a un nigromante a mostrar su magia cuando sólo quiere emplear la espada. ¿Qué piensas hacer ahora, Arcadia?- El cerco se iba estrechando cada vez más. Los caballeros se acercaban por la espalda, las hermanas por los flancos, y yo era quien iba de cara hacia ella. Quería verla desesperar y sufrir. Quería ver que cualquier rastro de esperanza en su rostro desaparecía. Riendo levemente, proseguí: -Has caído en mi trampa, pequeña.-
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Khaelos Kohlheim
El Conde Nigromante

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