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Heaven's on fire [Privada][+18]

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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Vie Oct 03, 2014 12:07 am

Yo sí quería que parara. Necesitaba que parara. Que detuviera aquella locura, que se levantara y se marchara aún si con eso aceptaba mi propia derrota al haber sido incapaz de vengarme de él. En esos momentos ya no había tiempo para pensar en represalias, ni mucho menos en retomar el combate del que también había salido perdedora. Por mucho que me costara admitirlo, por mucho que me doliese, lo cierto era que ya solo me quedaban fuerzas para rogarle como una mujer débil y no como la Inquisidora que era, pues me había empujado con tanta violencia al pie del abismo que estaba a un paso de caer, y si no lo había hecho hasta entonces era por aferrarme al odio que sentía por él. Si me lo quitaba, si me obligaba a disfrutar y a ignorar que aquel hombre era mi enemigo, ¿qué me quedaba? Mi existencia ahora se me antojaba vacía, carente de una meta que cumplir, y eso me aterrorizaba, porque yo era una persona que se movía por motivación, que siempre había recurrido a tareas más o menos variadas para evitar pensar en lo que cargaba a mis espaldas, y ahora parecía que todo se me venía encima y sus palabras no dejaban de vapulear mis pensamientos. ¿Era factible que yo no fuera la heredera de los Samaras? ¿De verdad lo que había leído Khaelos era cierto o se lo había inventado para sembrar la semilla de la duda en mi cabeza? Y aún siendo aquello cierto, aún confirmando que todo aquello era una mentira, yo sabía en el fondo que mi padre, Lanterion, también había dejado por escrito la irrefutable prueba de que había vivido una mentira. Ahora todo se estaba desmoronando a mi alrededor, como si estuviera siendo testigo de la apoteosis, y me imaginaba a mí misma observándome frente a un espejo cuyo reflejo no se correspondía con la mujer severa y fría que siempre había sido.

Así era. Siempre lo había sabido. Había dedicado especial cuidado a granjearme esa reputación para ganarme una posición fuerte en un Imperio donde la mujer era relegada a un estrato inferior. No había cedido ante nada ni nadie, había seguido el deber de forma constante, mi devoción me había movido a realizar tareas impecablemente, y no había habido ni una sola queja de mí durante mis años de formación, ni mucho menos más tarde, cuando ya era una inquisidora consumada. No, en absoluto. Las tentativas de burlas hacia mi persona se habían acabado, los hombres me habían respetado, y habían aprendido a valorar que las artes de la mujer no tienen por qué ser inferiores a las de un varón cuando se sigue el sendero de la fe. De mis labios habían salido órdenes que habrían podido cuestionar y que sin embargo fueron cumplidas con eficiencia, y mis manos habían sido las artífices de decenas de torturas hacia aquellos que consideré merecedores de las mismas. El crimen, el subterfugio, la vida al margen de la ley, el proselitismo pagano, la herejía o la concuspicencia habían sido ilícitos que había perseguido incansable, aprendiendo a mantenerme al margen de sentimentalismo barato y la experimentación de emociones cuya única función era interponer una cortina de confusión entre el raciocinio de una persona y la realidad que observaba. Tomé al pie de la letra las lecciones de mis mentores, aquellas que repudiaban cualquier clase de distracción en el ejercicio de nuestra sagrada misión, y me convertí en una auténtica máquina de matar que ni sentía ni padecía. Hasta tal punto llegó mi ceguera que me olvidé de que yo también era persona, que también era de carne y hueso, y me creí invencible en una descomunal manifestación de soberbia. Caí en el pecado y ni siquiera fui consciente hasta que me vi alejada de Sacralis y su burbuja de mentira se quebró en mil pedazos que cayeron sobre mí cuando la espada del enemigo me atravesó el pecho y presencié mi muerte en la ensangrentada empuñadura que se había clavado justo en medio del emblema imperial.

Mis manos se alzaron cuando agarré temblorosamente el arma enemiga y la sangre empezó a manar de mi boca a borbotones. El frío me embargó en una espantosa sensación de congelación que me aisló del campo de batalla. Los ruidos se desvanecieron, dejé de escuchar la canción de las espadas entrechocando, los gritos de los contendientes al lanzarse sobre su oponente; incluso fui incapaz de escuchar mi propia respiración. Todo se ralentizó hasta detenerse y me encontré sin fuerzas ni siquiera para apretar los dedos en torno la empuñadura del soldado que me miraba con desprecio y odio patente en sus ojos; apenas una fracción de segundo más tarde todavía estuve lo suficientemente viva para notar que giraba la afilada hoja desgarrando aún más mi torso, consiguiendo que la pechera de mi armadura se tiñera completamente de rojo, y que yo tan solo me mantuviera en pie por la fuerza bruta del hombre que ahora me ensartaba como si de una muñeca de trapo me tratara.

-Saluda a tu dios de mi parte, zorra imperial -le oí decir, mientras yo escupía sangre, los ojos me lloraban y un resuello quedo escapaba de mi garganta antes de abandonarme a la cada vez más presente necesidad de dejarme ir, de abandonarme a la oscuridad que prometía un descanso donde aquel terrible dolor dejaría de destrozarme.

Y recuerdo que lo hice. Recuerdo que el rostro del soldado zhakheshiano se convirtió en un borrón que giró en espiral cuando cerré los ojos y mi cabeza cayó hacia delante, mis brazos abandonaron su arma, y mi cuerpo se estampó contra el suelo cuando mi verdugo se lanzó hacia un lado para liberar su espada y continuar cobrándose más vidas.

En aquel momento, cuando todavía estaba andando hacia mi muerte, noté la mayor sensación de paz que alguna vez me embargó. Mi cuerpo estaba muerto, pero mi mente aún tardó un poco más en desconectar. Y sentí terror, pero también tranquilidad. Me di cuenta por una vez de que ya nada importaba, de que mi misión en aquella tierra ya había acabado. Resolví que ya no me daba miedo la derrota, por más que no hubiera sido capaz de vencer, y que todo por lo que había luchado se quedaba reducido a una nimiedad en el descomunal e infinito conjunto de perenne eternidad que me esperaba. No vi pasar mi vida, tampoco me resistí ante la muerte. Supe que era un hecho, que ya no había salvación para mí. Y me dejé ir, dejé que todo pasara, que ya ningún fantasma del pasado amargara mi presente... Para descubrir que todo había sido un juego del destino, quien me dejó probar la miel de la mayor de las tranquilidades para luego volver a matar mi determinación haciéndome caer en las garras de aquel hombre.

No pude evitarlo por más tiempo. No pude mentirme más a mí misma. Khaelos Kohlheim había conseguido que me sintiese terriblemente atraída hacia él, hacia las caricias que me estaba regalando con aquella exasperante lentitud, volcándose de tal forma en un placer prohibido para mí que mi cuerpo se estremecía ante una nueva sensación que ahora ocupaba cada resquicio de mi mente. Sus dedos eran llamas calentándome por dentro, obligándome a renegar de los sagrados cánones que una vez juré seguir hasta el final de mis días. Olvidé que para mí aquello era pecado, que debía mantenerme virgen y pura hasta que muriera para así poder consumar mi matrimonio con Dios en los cielos de los santos, porque el deseo se demostró mucho más eficaz que repetir los salmos en voz alta cada día de mi vida y más mortífero que una daga envenenada directa al corazón. Quizás eso es lo que fuera, una intoxicación de la peor de las drogas que alguien me hizo probar nunca; una para la que nunca albergué panacea y que sin embargo me acabó destrozando tanto o más de lo que me hubiese esperado. En aquellos momentos no era consciente de lo que terminaría sintiendo respecto al hombre que me sonreía con franca lujuria y miraba con ojos voraces, el primero por el que me sentí mujer y por el que fui consciente de lo que significaba ser deseada por otros. ¿Alguna vez en Sacralis me ocurrió eso? ¿La sensación de despertar pasiones, de ser el objetivo de una mirada lasciva de parte de cualquier individuo cercano a mí? Por supuesto que no. Por supuesto que siempre evité aquellas situaciones. Una sola mirada, una sola provocación, o un ademán desagradable hacia una Inquisidora ejecutora como yo, y habría castrado al hombre que hubiera cometido semejante irrespetuosidad. Y hubiera sido tan fácil... Habría sido tan satisfactorio reponer mi honor... Que no podía comprender cómo, por todos los demonios del averno, me horrorizaba ahora que él pudiera parar de hacerme sentir de esa manera; más allá, incluso, del poderoso odio que albergaba por él. Ni de Araane podía acordarme ya. Y cuando sentí los mordiscos en torno a la cara interna de mis muslos, y luego cómo me alzaba las caderas, y cómo hundía la lengua allí, el fuego que me había estado quemando se descontroló y me quemó por completo, lanzando escalofríos a mi espina dorsal, arrebatándome la fuerza de hacer nada, soltando mi lengua en una sucesión de jadeos y gemidos entrecortados que fueron la manifestación más profusa del placer que estaba experimentando.

Nunca antes pude imaginar que pudiera sentirse tan bien algo. Nunca pude imaginar que con aquello sintiera semejante oleada de placer. La razón me abandonó, el calor me inflamó hasta el punto de hacerme sentir que estaba en una caldera, y el mundo me dio vueltas con tanta insistencia que incluso agradecí las cadenas en torno a mis muñecas para evitar caer de lleno en un pozo de inconsistencia. En mi mente no hubo margen para nada, excepto para el hombre que estaba haciéndome bailar en el filo de la navaja, y su nombre ocupó cada rincón de mi mente, reproduciéndose con ensañamiento, con mi corazón latiendo agitado y la cada vez más presente sensación de que él era lo único existente en el mundo, lo quisiera o no. Me concentré gustosa en su lengua recorriendo mi sexo de tal forma que era una tortura deliciosa, a veces lenta, a veces rápida, durante intervalos de tiempo en donde creía alcanzar el límite para tan solo verlo negado por un súbito cambio de ritmo. Yo no paré de estremecerse, pues la realidad es que me era imposible contener aquel temblor debido a la intensidad de sus caricias, y en ciertos momentos quise rogarle, quise suplicarle que parara, para tan solo arrepentirme y luego pedir que siguiera. Ni siquiera podía soportarlo, aquella constante sensación de estar ardiendo, ¿y cómo podría haberlo hecho? ¿Cómo, en el nombre de los cielos, podría nadie soportar que lo quemaran de una forma tan excitante? Para cuando él se alejó, finalizando por fin aquella dulce tortura, yo estaba totalmente rendida ante los primitivos instintos de mi cuerpo, que me hicieron observarle con verdadera voracidad, contemplando su piel perlada de una película de sudor, y las cicatrices de sus músculos, o los tatuajes de su brazo, las líneas de su torso, que se perdían más abajo, allí donde comenzaba a desvestirse... Jamás antes vi nada que me resultara más atrayente y tentador que la desnudez de aquel hombre. Jamás sentí semejante dislocación en mi pulso al observar algo. Jamás antes me fascinó nunca nadie y me catapultó al abismo con tan solo una sonrisa y un gesto de descaro, como fuera su expresión al reseguir con los dedos la humedad que aún manchaba su mentón y que lamió como si fuera algo que degustar. Aquel nimio gesto sirvió para que perdiese el hilo de mis pensamientos, si es que aún quedaba el resquicio de alguno, y me secó la garganta mientras trataba de entender a qué se debía semejante muestra de gusto por su parte. Y en el fondo ni siquiera fui consciente de que él también estaba disfrutando, hasta que le contemplé delante de mí y descubrí su propia excitación, pues hasta el momento había estado aferrándome a la idea de que lo que en principio iba a ser la peor de las torturas había acabado siendo la más excitante experiencia que jamás viví.

Empero, una parte de mí aún continuó viva. Una parte de mí continuó advirtiéndome, si bien tontamente. Sepultada bajo el deseo, trató de avisarme de que iba a perderlo todo, de que ya no había marcha atrás, y de que tenía que reaccionar. Luchó fútilmente contra la influencia que aquellos ojos ejercían sobre mí, que me llamaban irremediablemente y me hacían ignorar cualquier otro pensamiento; y que, peor aún, me engañaban de tal manera que ocultaban lo que iba a pasar. Hasta que pasó, el dolor me traspasó, mi cuerpo se tensó por completo, sus palabras se perdieron como también se perdió mi respiración y sus labios presionaron los míos con insistencia, violencia y una pasión subyacente que no fue suficiente para evitar que todo se me cayese encima de golpe y volviera a la realidad.

Ahí estaba. El adiós definitivo. Las ruinas de mi mundo, el cielo partiéndose en esquirlas mientras yo caía de golpe y veía con ojos vacíos que se llevaban todo por lo que me había sentido orgullosa. Le noté invadiéndome, aquella penetración que si tuvo objeto de ser placentera resultó como mil latigazos contra mi cuerpo, y el dolor se propagó por mi cuerpo, lanzó dentelladas a mi memoria, me hizo odiarme con avidez, tomando la culpabilidad como enseña, hasta tal punto que mis ojos se mostraron vidriosos, mi respiración perdió intensidad, un gimoteo lastimero escapó de mis labios para ir a parar a los suyos y el roce de su lengua bailando con la mía de repente me abrasó, pero no en una bienvenida sensación, sino en una de rechazo, de terrible desolación. Ahí estaba. Mi perdición. Mi vida destruida, de cabo a rabo, con un solo movimiento de caderas. Mi caída sin retorno, la victoria de Khaelos Kohlheim. No lloré, por más que el dolor ya no solo fue físico, sino que devastó mi corazón. No lo hice, porque me obligué a no mostrar mayor debilidad, y sin embargo de repente solo tuve ganas de abrazarme a mí misma y volverme pequeña, diminuta, hasta desaparecer para el mundo... Negando lo que estaba pasando, rechazando la realidad hasta desquiciarme por completo. Casi pude ver cómo los cimientos de mi vida iban agrietándose lento, hasta caer completamente desmoronados. Cómo mi sitio en Sacralis se desvanecía, y el odio nacía en mí como una serpiente venenosa anudada a mi corazón, que oprimió con saña hasta hacerlo reventar. Vi cómo Dios me daba la espalda, repudiándome por ser pecadora, y que los demonios de mi pensamientos venían a tomar el control de mi mente corroyéndome por dentro, transformando la imagen de un hombre deseable, atrayente y enigmático para hacerme verle como lo que era, mi enemigo, el mismo que estaba ahora besándome y que me había hecho el mayor daño que nadie me haría en mi vida. Uno que no tenía venganza posible, uno que jamás olvidaría y que siempre mantendría roto mi corazón. Y eso me destrozó tanto, me hizo darme cuenta de cuál era la realidad, que me negué a aceptar lo que había pasado y de repente perdí el control en aquellos instantes que el malestar interrumpió el placer.

Mi cuerpo se envaró y arqueé la espalda mientras tironeaba de las cadenas como una fiera enloquecida, respirando con agitación tratando de soltarme inútilmente. Mi pulso latió desbocado, noté más que nunca su cuerpo aprisionando el mío contra la cama, y sus labios contra los míos, poseyéndolos, insistentes, en lo que fue un húmedo contacto que amenazaba con hacerme perder el hilo de mis pensamientos una vez más. Entonces le mordí, le mordí con tanta fuerza que partí su labio inferior obligándole a separarse, a que me dejara en paz, a que no siguiera con ello, que parara de hacerme enloquecer... Y hasta que no noté el regusto a su sangre, hasta que él no se separó, no dejé de rebelarme ante lo que acababa de pasar porque por más que él lo llamara victoria había sido para mí una derrota, y de qué manera.

-Qué has hecho -me escuchaba decir, pero de alguna forma no era consciente de si chillaba o susurraba, pues estaba más allá de aquello-. ¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué acabas de hacer?! ¡¡SUÉLTAME!! ¡SUÉLTAME, MALDITA SEA! ¡QUÉ HAS HECHO! Oh, mi dios... No...-no podía soportarlo, no podía soportar la verdad. Que me dijera que era mentira, que regalara a mis oídos por una vez palabras de aliento. Que me dejara arrebatarle todo lo que él me había quitado. ¿Era eso demasiado pedir? ¿Era eso rebajarme ante el enemigo? ¿O era el ruego de una mujer que ya no sabía ni quién era?

No quise saberlo. Seguramente, él tampoco lo quiso.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Dom Oct 26, 2014 4:51 am

Siempre había considerado los gemidos y los jadeos de las mujeres como la más bella melodía que se me ocurría para acompasar el baile de dos cuerpos cuya única intención y deseo era obtener el placer supremo, alcanzar el paraíso del orgasmo entregándose a la pasión y a la lujuria inherentes a los humanos. Sin embargo, en aquellos momentos adoptaba nuevos matices que alcanzaban a tocarme de una forma que jamás había sentido, entremezclándose un torbellino de sensaciones que me confundían tanto como me suplicaban que continuara, que siguiera entregándome de aquella forma pese a saber que Arcadia no quería que lo hiciera y sin embargo su cuerpo le exigía. Era sentir cada gota de aquél veneno correr por mis venas, quemando mi cuerpo y azotando mi mente, exigiendo que siguiera bebiendo y que como si de una droga se tratase no parase hasta saturar cada rincón de mi conciencia con aquél tóxico éxtasis. Me era imposible discernir en medio de aquél ardiente sueño de cabellos rubios y mirada acerada si realmente estaba forzándola para quebrarla y regodearme en su sufrimiento cuando se diera cuenta de que acababa de destruir sus principios o si realmente lo hacía porque sabía que era la única forma en que yo podría conseguir que mi atracción por Arcadia fuera algo más que un sueño inalcanzable convertido en pesadilla por la magnitud de mi obsesión, si en verdad estaba haciendo aquello porque tanto necesitaba sentir el calor de su cuerpo y respirar su agitado aliento que estaba dispuesto a quebrar cualquier ética que pudiera quedar en mí. Desgraciadamente, sabía cuál era la respuesta a aquella incógnita. Negarme a aceptarla sólo significaba que antes de aplastar mi corazón, el martillo de la verdad debería romper la barrera del repudio.

Cuando me erguí me obligué a mi mismo no solo a disfrutar un poco más del sabor de su feminidad relamiéndome los labios, sabedor de que jamás había probado algo tan enloquecedor, siendo plenamente consciente de que la única parte de su cuerpo hacia la que mis labios se sentían inevitablemente atraídos era, sin lugar a dudas, su boca, y para mi sorpresa descubrí que el sádico deseo de arrebatarle la virginidad para destruir sus valores quedó relegado a un modesto segundo plano en comparación a la inevitable necesidad de sentirme dentro de ella, envuelto en su cálido abrazo y fundiéndonos en uno solo con un beso. Su castidad y el hecho de ver que estaba descubriendo su feminidad no hacían más que aumentar su ya de por sí arrebatador atractivo, y fue entonces cuando mi mirada se posó en sus ojos. Por unos instantes sentí como si me sumergiera en un mar ceniciento que me atraía y me atrapaba de forma inexorable, una seductora invitación a perderme y dejarme dominar por la involuntaria lascivia que la embargaba. Y sin embargo, no pude evitar sentir una punzada que rápidamente desheché cuando vi que la fiera luz de sus ojos se había convertido en las ardientes cenizas de una mente rota abusada por un demente obseso. Dioses, de haber sabido cuántas veces su mirada se aferraría a mis pensamientos y acecharía mis más dulces sueños y mis más hórridas pesadillas...

Lentamente me posé sobre ella, sintiendo su calor cercano, cada vez pegándose más a mi piel. Mi mirada se perdió en la suya, y sin darme cuenta dejé que ella viera mi mirada, sinceramente limpia de todo odio o sadismo. En mi gesto ausente dominado por la lujuria y la pasión se reflejó por unos instantes la sinceridad de mi física atracción por ella, y aunque el esfuerzo de apartar la vista de aquellos cautivadores ojos fue titánico, finalmente logré besarla a la vez que por fin me adentraba en ella, arrebatándole la virginidad y sintiendo una enloquecedora estrechez rodeando mi miembro. Un jadeo escapó de mis labios que en aquellos momentos se hallaban besando desesperadamente los de ella, y sin embargo fue entonces cuando ambos recuperamos nuestras más caras de odio y, al menos en mi caso, una roja neblina salvaje cubrió mi mente uniéndose al abrasador torrente de lujuria que pulsaba por mis venas. Ella se resistió, tratando de tironear de las cadenas en vano mientras yo bajaba una de mis manos, posándola en su trasero para poder mejorar la posición y, para qué negarlo, para deleitarme con tan sublime contacto. Y fue entonces cuando ella me mordió con fuerza, con tanta fuerza que hizo algo que por unos instantes logró desconcertarme de una forma extrañamente agradable. Me hizo sangrar. No me aparté inmediatamente, dejando que el sabor de mi propia sangre asomara como un extasiante almizcle que, por lo menos conmigo, funcionaba. Una sonrisa incrédula apareció en mis labios mientras todo mi cuerpo se detenía. Fue entonces cuando ella empezó a hablar, comenzando su voz en un susurro antes de ganar intensidad para volver a quebrarse hacia el final. Yo, sin embargo, la miré a los ojos completamente ido, enloquecido, aunque no rabioso. Ella todavía no sabía a qué condena me había sometido, y yo apenas me daba cuenta de que por mi parte me estaba sumiendo gustosamente a una maldición por el simple deseo de destruirla... ¿O de poseerla? A aquellas alturas era difícil saber la respuesta.

Mis caderas empezaron a moverse lentamente, buscando marcar un ritmo tan lento pero intenso como pudiera, dejando que ella me sintiera por completo en su interior mientras le susurraba: -Arcadia... En comparación a lo que acabas de hacer, yo no he hecho nada...- Un jadeo mezcla del placer y del descontrol que estaba arrojando mi mente a un pozo carmesí murió en su oreja mientras mis labios recorrían con besos un camino invisible hacia su cuello, mordiéndoselo suavemente antes de volver a mirarla, mientras mantenía aquél ritmo lento. Mi mano diestra seguía posada en su trasero, subiendo para aferrar su muslo mientras ponía la zurda suavemente en su cara, acariciándole la mejilla: -Acabas de derramar mi sangre en un beso... Y ese es un rito que los zhakheshianos hacemos para confirmar nuestra unión desde los tiempos de Tenebris...- La sonrisa se tornó salvaje, acrecentándose: -Haciendo ésto acabas de volverte mía, al haber saboreado mi sangre...- Seguí acariciándola, incrementando levemente el ritmo de mi cuerpo para penetrarla con algo más de fuerza, asegurándome de que se iba acostumbrando a ello... Y entonces decidí acabar de firmar la condena y hacerle una pequeña concesión a la Inquisidora: -Por una vez seré justo contigo...- Mi mano bajó hasta su nuca y fue entonces cuando le di un nuevo beso, apasionado, intenso, desesperado, bebiendo lujuria de sus labios antes de morder con fuerza su labio hasta hacerla sangrar también a ella. Relamiéndome las perlas de sangre que se entremezclaban en mi boca, mi sonrisa enloquecida se acentuó todavía más, y con un susurro proseguí: -Mordiéndome te has entregado inconscientemente a mí... Y mordiéndote, me acabo de entregar voluntariamente a ti... Si ahora no entiendes el sacrificio que he hecho para destruirte... Tal vez algún día lo acabes entendiendo...- Lamí sus labios, mirándola con un deseo inextinguible, apretando los dientes en un claro gesto de furiosa necesidad: -Dulce condena nos ata y nos destina a sufrir en los infiernos... Y ahora que el pecado nos embarga y no tiene marcha atrás... Sólo deseo arder contigo, Arcadia... Por una vez, pienso entregarte placer y no sufrimiento...- Con más fuerza mordí su cuello, y cuando me despegué para hablarle de nuevo le regalé una lenta lamida que llegó hasta su mentón: -Por una vez, quiero oírte gemir y no llorar...- Y sellé aquellas palabras con un nuevo beso más intenso, más desesperado, más lujurioso que los demás, mientras mis caderas hacían embistes cada vez más violentos y profundos, buscando no sólo su placer si no también el mío. Pronto olvidé si realmente tuve intención de hacerle daño alguno o si el oscuro propósito detrás de todo aquello era saciar aquella insana atracción que la imperial me provocaba de la única forma en que sabía que podría probar carnalmente a la Inquisidora. Dioses, de haber sabido dónde me estaba metiendo...
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Dom Oct 26, 2014 7:58 pm

El dolor me impulsaba a seguir forecejeando, jadeando a causa de la asfixiante sensación de haberlo perdido todo. Lo que antes me había movido a actuar con rabia ahora era desolación, una tan yerma y extensa que era capaz de destruir mi voluntad y mi determinación para dejar a su paso una onda sensación de tristeza que ni siquiera el placer era capaz de desterrar. Ese era mi castigo, esa era mi penitencia por haber dejado que él me quebrantara y que me manipulara a su antojo. Era la venganza de Dios por convertirme en una sucia hereje, por renunciar a mis votos de castidad y convertirme en una adultera en mi matrimonio con él. Recordaba en esos instantes a la perfección el día en que juré frente la Inquisición que sería una devota sierva por el resto de mi vida, sometiéndome gustosa a los designios divinos para erradicar el mal y los pecados del mundo en que vivíamos. Hasta el momento lo había cumplido bien, había hecho todo lo que se esperaba de mí, y jamás albergué ni un solo atisbo de duda sobre mí misma hasta que vi el purgatorio con mis propios ojos y en mi resurrección indagué en mi pasado y descubrí que era mucho más oscuro de lo que yo había creído.

Pero había sido una ilusa por creer que eran esas las únicas tinieblas que acabarían abrazándome en la más dolorosa y agridulce sensación de opresión. Fui una ilusa, como digo, por querer medirme contra Khaelos Kohlheim y salir indemne, pues él demostró ser superior a mí no solo en fuerza mental sino también en un poder que no pude combatir y que me postró en aquella cama donde las cadenas no solo eran físicas, sino también mentales. El nigromante estableció una conexión entre nosotros dos, me forzó a aceptar que los lazos que nos unían eran ahora inquebrantables y que jamás me libraría de ellos, pues desde el primer momento en que vi la lujuria en sus ojos supe que también a mí me pertenecía y en cierto escondrijo oculto en el caos de mi mente estuve más que segura de que yo era la artífice de aquello... Pero el precio a pagar había sido mi vida, mi integridad, mi dignidad y todo por lo que había luchado hasta el momento. Me había hundido, como él quería, me había hundido y ahora no había ya posibilidad alguna a dar marcha atrás. Había conseguido su propósito, se había cobrado la venganza que sentía hacia todo aquello que fuese imperial, y sin embargo ni siquiera eso fue suficiente para él, pues la lascivia continuó moviéndole a cerrar aquel terrible acto mientras su voz en mi oído y sus jadeos guturales me erizaban la espina dorsal y me hacían estremecerme completamente vulnerable al embrujo que era capaz de lanzar sobre mí. Ni siquiera con la acuciante sensación de haber sido derrotada me podía resistir a esa voz perlada de deseo y es que era demasiado poderosa como para soslayarla, al tiempo que sus manos recorrían mi cuerpo dejando un ardiente contacto que era como lenguas de fuego haciéndome explotar en una vorágine de placer tan descomunal que no pasó demasiado tiempo hasta que el dolor terminó por desaparecer.

Y cuando lo hizo sentí que además de romper mis esquemas rompía también mi corazón al entender qué significaban sus palabras y lo que iban a suponer desde ese momento en adelante. Le miré con ojos vacíos mientras el regusto de su sangre en mi boca todavía era notorio y una súbita sensación caía sobre mí como si quisiera reforzar las palabras de Khaelos, dotándome de una repentina capacidad de notar más que nunca que su deseo era genuino, que era la sinceridad la que hablaba en ese momento, y que el odio que sentía hacia mí, tan poderoso como un tornado que destroza todo a su paso, había quedado momentáneamente aplacado debido a lo que estábamos compartiendo. ¿Significaba eso que podía sentir lo que su cuerpo experimentaba? ¿Que él también podía ver ahora qué era lo que yo sentía? Las pruebas estaban ahí, sabía en lo más hondo de mi ser que era cierto, y no dejaba de sentirme aterrorizada por lo que sabía un ritual que acababa de llevar a cabo de una forma completamente involuntaria pero que, sin embargo, iba a condicionar mi vida al completo desde ese momento en adelante. Sin embargo, lo que más me dolía era saber que no podía hacer nada por evitarlo, que el daño ya estaba hecho, y que ahora que él había sellado aquel sangriento intercambio yo jamás podría librarme de él porque estaría tan presente en mis pensamientos que envenenaría mi cabeza y me volvería tan enfermizamente obsesiva que ni siquiera el sueño serviría para aplacar las pesadillas que me azotaban día a día.

-¿Por qué estás haciendo esto...? -me oí susurrar una vez más, rota por dentro, cuando él relamió la sangre de mis labios y vi en sus ojos el indomable placer que le subyugaba y le movía a violentar aquel baile de una forma odiosamente excitante. Mi cuerpo respondía al suyo de forma primitiva, ignorando al completo mis ruegos internos, y yo cada vez estaba más convencida de que lo que estaba haciendo estaba mal, pero no podía hacer nada por pararlo. No podía cuando acababa de sellar mi destino con él y esos hilos del sino oscilaban en caminos repletos de malevolencia y dolor. En su forma de mirarme tuve por seguro que aquel era el comienzo, algo me lo dijo con tanta seguridad que se me formó un nudo en la garganta que me impidió siquiera respirar, pero me encontré inevitablemente cautivada por el dolor que suponía sentir lo que estaba sintiendo al mirarle a los ojos y bucear en aquel infierno chispeante que era mi perdición y que sin embargo en esos momentos me tenía, completa e inevitablemente, a su merced.

Y él sabía por qué lo había preguntado. Sabía a qué me refería, pues no podía entender por qué prefería consumar aquel pecado renunciando al dolor en pos del placer más primitivo. ¿De verdad estaba yo disfrutando aquello, aún a pesar de que significaba toda una vida de padecimiento? Jamás justificaría vivir en la miseria durante lo que me quedase de vida por culpa de un solo momento de suspiros sobrecogidos y un deseo que calentaba mi cuerpo hasta hacerlo hervir como un volcán, haciéndome olvidar que el hombre que ahora me poseía era quien había matado a una mujer que quise y a todas las demás acólitas que dedicaron su vida a predicar con el ejemplo y a resultar un apoyo para todo aquel que se encontrase sumido en la oscuridad. Habían sido buenas, inocentes y puras, pero habían sufrido un destino atroz y violento que no se merecían. ¿Por qué había permitido Dios semejante carnicería? Había tantas cosas que no entendía, tantas cosas que me hacían poner en duda lo que había creído un dogma de fe... Jadeé debido a la intensidad de lo que estaba sintiendo y sentí que aún me quebraba más por dentro.

-¿Por qué me arrastras al infierno contigo...? ¿Acaso no estás ya satisfecho...? -no pude evitar que un nuevo gemido escapase de mis labios cuando él aumentó el ritmo de sus embistes y paseó la lengua por mi cuello en un húmedo recorrido que me hizo perder el aliento y el control de mis pulsaciones, que se dispararon hasta hacerme hiperventilar. Cerré los ojos desgastada, agonizante por dentro, mientras no dejaba de pensar en cómo la gélida lluvia impactaba contra los enormes ventanales y yo sin embargo me sentía sumergida en una caldera-. Ya has conseguido lo que querías... Ya has logrado arrebatármelo todo como hiciste con Araane y las acólitas... Eres un demonio con piel de humano... -me faltaba el aire, y su tacto se me antojaba tan irresistible que sentía que no podía soportar el torrente de placer que me embargaba. Era superior a mí, que ya había aceptado mi derrota de la peor forma. Es por eso que ya no me debatía, sino que, al abrir los ojos, le miraba devastada, mientras la sangre que aún decoraba sus labios era un constante recordatorio de que, incluso tratando de defenderme, había provocado una avalancha mayor de sensaciones que resolver en mi cabeza. Y es que por más que lo intentase el tacto de sus manos sobre mi cuerpo era demasiado seductor para soslayarlo, su voz grave instándome a dejarme llevar por el pecado capaz de embrujar incluso al más poderoso mago, y sus ojos demasiado hipnotizantes como para apartar durante mucho tiempo la vista de ellos-. Ah... -gemí en un nuevo arrebato que me hizo arder como una llamarada y que me movió a arquear la espalda como si buscara su contacto aún por encima de todo el cúmulo de dolor que ahora apagaba la llama de mi voluntad-. Si es cierto que estoy ligada a ti, que jamás podré romper ese vínculo... -musité, con ojos vidriosos por el deseo- ...Entonces me aseguraré de que sufras tanto como yo lo estoy haciendo, Khaelos Kohlheim... Aunque eso signifique mi propio sufrimiento.

Pues estuve segura de ello. Estuve segura de que ya jamás podía descansar, que nunca volvería a ser la misma, y se lo haría pagar. A cualquier precio, y bajo cualesquiera circunstancias.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Jue Nov 20, 2014 7:10 pm

En Zhakhesh siempre se decía que el sabor del triunfo era el sabor de la sangre, y pocas veces había sentido más cierto y breve aquél dicho. La sangre de ambos se había unido en una malsana unión que ninguno de los dos hubiera esperado y que sin embargo no dudé ni un instante en completar en un arrebato de... ¿Qué? ¿Compasión? ¿Locura? ¿Masoquismo? Si mi mente se hallaba ya confusa, cualquier rastro de cordura que en ella pudiera quedar se hizo añicos cuando pude percibir de una forma más nítida no solo su lujuria y su deseo, si no también toda una miríada de sentimientos confusos de los cuales sólo discerní una profunda desolación y un odio no menos hondo. Fue recibir un golpe directo en el alma y, sin embargo, tan excitado y dominado estaba por mis propios impulsos que no me di cuenta hasta después de que todo pasara. Era como si mi psique estuviera cautiva en una prisión de impulsos animales, y en honor a la verdad, fue posiblemente lo que me impulsó tanto a cerrar la unión como a seguir adelante tras sentir con aplastante intensidad qué sentía Arcadia, incluso pese a que yo mismo sentí que algo olvidado en mi interior pareció enviar un tímido mensaje que para mi desgracia, ignoré. Si hubiera sabido...

Abandonándome al placer, mi propia lujuria buscó la de ella y con un ardiente abrazo apagó cualquier remordimiento, cualquier sentimiento de culpa que pudiera haber sentido por el hecho de saber que pese a que su cuerpo estuviera disfrutando y algo en el interior de Arcadia la impulsaba a seguir también adelante, cada embestida, cada oleada de placer que le proporcionaba también la estaba quebrando. Una agridulce sensación que en aquellos momentos me sabía a triunfo y sin embargo en otros momentos bien podría saber a bilis pues por culpa de aquella obsesión enfermiza sabía que ya no podría matarla, ya no podría desentenderme de ella, ya no podría solo detestarla. Tal era mi odio, mi deseo por destruirla, mis ganas de hacerle daño, que sabía sin embargo que aquella mujer se transformaría en el centro de todos mis pensamientos y muy posiblemente también acabaría convirtiéndose en mi ruina, y sin embargo, con tal de sentir su piel contra la mía, una vida de agonía se me presentaba un sacrificio tan nimio... La necesidad de poseerla, de que fuera mía para atormentarla y a la vez sentirla sacudía mi mente y mis principios tanto como movía mi cuerpo, obligándome a seguir adelante con aquél dulce suicidio. Ya no podía obviar lo evidente. Que tanto su sufrimiento como su placer, tanto su miedo como su lujuria, tanto su odio como la necesidad, iba a necesitarla, desearía en cada momento tenerla cerca... ¿Y para qué? Ni yo lo sabía, pues tantas eran las posibilidades y tantos los deseos que era incapaz de decidir si me resultaba más placentero ver sus lágrimas o sentir sus labios.

Nuestros cuerpos se fundieron en uno a medida que aquél apasionadamente cruel acto continuaba, a medida que aquella placentera tortura que le infligía a la imperial se prolongaba, y su resistencia se desvanecía tanto como lo hacían mis deseos de dolor y destrucción. Tan embriagado estaba por el dulce veneno de su piel que me daba cuenta poco a poco de que a quien más deseaba destruir era a mí mismo mediante su propio dolor y su propia angustia, en fantasear con aquél rostro severo de ojos acerados enmarcado en cabellos de oro que me perseguiría en mis más bellos sueños y mis más hórridas pesadillas, en obsesionarme con ella, en mandar al infierno todo lo que había hecho a lo largo de mi vida con tal de poseerla a ella... En destruirme a mi mismo para poder tenerla con un propósito cada vez más difuso y desconcertante. De no hallarme poseído por la lujuria, posiblemente me hubiera martirizado por lo patético que soy, dejándome derrotar tan fácilmente por sentimientos estúpidos que sin embargo se me hacía imposible apartar pese a envolverme en una capa de crueldad, malicia y ego para ocultar lo miserable que era en realidad, ¿pues qué sentido tenían mi venganza y mi odio si a la vez no podía vivir sin ella? Tal vez lo mejor fuera que no me di cuenta de ésto delante suyo... O tal vez fue lo peor, el no darme cuenta pese a saber que de haber procedido de otro modo, nunca hubiera logrado tenerla ni tan siquiera unos segundos, pero por lo menos ella no habría visto su corazón convertido en el infierno donde moraban mis demonios. Tantas contradicciones, tantos sentimientos encontrados... ¿Quién era yo? ¿Realmente me entendía a mí mismo?

Relamiéndome los labios sentí el sabor de nuestra sangre, literal metáfora del destructivo pacto que inconscientemente ella había abierto y apresuradamente yo había aceptado, aún a sabiendas que eso haría más imposible aún olvidarla, aún a sabiendas que aquella era la puntilla que acabaría de hundirnos a ambos en el peor de los infiernos que jamás hubiéramos visto. Ella susurró, preguntándome por qué estaba haciendo aquello, y sin dejar de embestir me quedé mirándola a los ojos. Mi autocontrol había sido apuñalado por el deseo hacía rato, así que no pude ocultar la sinceridad de mis palabras ni evitar un gesto que hasta a mí me sorprendió. Acariciándole el rostro con suavidad, la miré con gesto ausente a los ojos y le respondí, entre jadeos: -Ni yo lo sé, Arcadia... Ya no sé si lo hago para destruirte... O si lo hago porque es la única manera en la que puedo tenerte...- Y ahora que sé lo que es tenerte no volveré a sentirme vivo sin sentirlo de nuevo... Si aquellas palabras las pronuncié, o si fueron simplemente un fugaz pensamiento no lo sé, pero sí supe que ella las percibió, fuera porque realmente las dije o si pudo leerlas a partir de mis emociones y mis gestos, a partir de aquél gesto de cariño cuya intención iba más encaminada a aplacar mi conciencia sobre lo que estaba haciendo, y antes de volver a besar su cuello necesité besarla una vez más a los labios, adicto por completo a su sabor.

Sus jadeos y sus gemidos fueron tan salvajemente bienvenidos por mis sentimientos más primitivos como fueron balsámicos para mi conciencia pese a que sus palabras se clavaban como puñales que en aquél momento sentía cálidos pero que más adelante se retorcerían furiosamente en mi mente y mi corazón. Cuando ella me preguntó por qué la arrastraba al infierno, mi respuesta no se hizo esperar: -Nunca estaré satisfecho hasta tener aquello que se me ha negado, Arcadia... Y te arrastro a ti al infierno...- Remarqué aquello, el hecho de que fuera justamente ella antes de seguir: -Porque quiero que ardamos juntos...- Y lo estábamos haciendo. El calor nos envolvía a ambos, sintiendo el roce de su piel contra la mía extasiado, maravillándome todavía con la perfección y la belleza que aquella mujer poseía y que yo estaba profanando, despojado ya de la mayoría de los valores que alguna vez había poseído. En el fondo sabía que pese a su credo yo era el monstruo. Tantas veces me había roto que a esas alturas ya no era más que un miserable intento de persona, y mis actos en aquél templo lo evidenciaban más que cualquier otra cosa que hubiera hecho en mi vida. ¿O realmente pensaba aquello porque se lo había hecho a ella, y con el resto de las personas hubiera seguido siendo un cínico hipócrita?

Arcadia dijo que le habia arrebatado todo, que era un demonio con piel de humano, y sin dejar de embestirla respondí, negando con la cabeza: -Si supieras qué sucedió realmente aquí...- Y sé que ninguno de los dos sintió pasar desapercibida la punzada de culpa que sentí. Matar a las novicias y a la canonesa era algo que no me producía pena alguna, y teniendo en cuenta lo que les habían hecho antes, acabar con sus vidas había sido un acto de compasión. Lo que sí me hacía sentir culpable es lo que habían sufrido antes. Era la primera vez que permitía aquello, y me daba cuenta de lo bajo que había caído. Cerré los ojos y hablé de nuevo: -Soy peor que eso...- Ni arrogancia ni sorna acompañaron aquella afirmación, y de no ser por mis jadeos y gemidos que se acompasaban harmoniosamente bien con el acto que estábamos consumando, la nota de asco en mi voz habría sido bastante más evidente.

Ella arqueó su espalda y pude notar como había dejado de resistirse del todo, tan embriagada por el deseo y la lujuria como yo lo estaba mientras un coro de jadeos y gemidos se entremezclaba en aquella ardiente danza que bailaban nuestros cuerpos, tan abrasadora como sería el infierno en el que ambos íbamos a arder tras aquello. Fue entonces cuando la escuché musitar de nuevo, y vi como sus ojos estaban tan embriagados de deseo como lo estaban los míos, pese a que sus palabras portaban de forma latente el odio que sentía hacia mí. Sabía que me detestaba, y sin embargo el vínculo y sus propios actos me hacían saber que a la vez me deseaba de la misma forma en que yo lo hacía. Aquello me hizo alcanzar mi límite. No para parar, si no para seguir revelándole secretos que jamás debería haber sabido: -Eso es lo que deseo Arcadia... Que me hagas sufrir tanto como te estoy haciendo sufrir... Quiero saber lo que es romperse una vez más... Y si quieres verme sufrir... Créeme... Cuando acabemos, no tardarás...- Y volví a besarla, dejándome llevar por completo, aferrando su rostro con ambas manos, como si deseara que aquél instante no se acabara nunca, cerrando mis ojos que en aquellos momentos brillaban con una vida que hacía tiempo que no poseían. Me perdí en el cálido éxtasis que me brindaban sus muslos atrapando mi cintura, consumando aquél acto tan placentero como enfermizo que me hacía sentir verdaderamente vivo y a la vez me mostraba en qué me había convertido. Y en aquellos momentos me daba igual. Todo se volvía secundario en comparación a Arcadia, como si la Inquisidora fuera lo único que importara en toda la existencia, como si ella fuera lo único que me hacía falta, apartando el odio por un rato, negándole a éste acabar de destruir mi mente a sabiendas de que sólo estaba retrasando lo inevitable. Rompí unos instantes el beso que había compartido con ella, ignorando si quería corresponderme o si se resistía, y la miré a los ojos con una pizca de decisión, con el gesto contraído por una mezcla de lujuria y rabia sin canalizar. Sólo dos palabras surgieron de mis labios, y sé que ella no las entendió al principio: -Así no...- Me incorporé de rodillas por unos instantes, alzándola por los glúteos momentáneamente para no romper aquél placentero contacto mientras hacía lo que iba a hacer. Mis manos recorrieron sus torneadas y esbeltas piernas lentamente, y jadeante la miré a los ojos mientras mis penetraciones se tornaban más lentas y profundas. Finalmente sentí el tacto del metal calentado por la piel contra mis dedos, y sin dudarlo saqué los dos pequeños pernos que mantenían aprisionadas en cadenas los tobillos de la imperial. El chasquido se escuchó pronto, y fue entonces cuando volví a echarme hacia adelante, besándole el cuello de nuevo mientras manos se dignaban ahora a recorrer sus brazos fibrosos de piel suave hasta llegar a sus muñecas, y de nuevo se repitió el proceso.

Sin cadenas, Arcadia ya estaba libre. Busqué entrelazar mis dedos con los suyos, rendido ante el placer y el calor del momento, y antes de besarla de nuevo, dejé escapar un susurro al lado de su oreja: -Así mejor...- Y de nuevo fundí mis labios con los suyos, mientras la penetraba con más intensidad que antes. Me daba igual si ella intentaba luchar o si por el contrario se rendía y seguía ardiendo conmigo. Lo único que me importaba era que estaba compartiendo aquello con ella, y que ya no habían cadenas entremedio. Quería saber si la obsesión le había alcanzado con tanta fuerza como a mí. Quería saber quién tenía la mente más enferma.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Dom Nov 23, 2014 7:08 pm

Desconocía las penurias que aquel hombre habría padecido a lo largo de su vida, como también desconocía si en su caótica mente encontraba alguna razón para llevar a cabo las maldades que había volcado sobre las novicias y sobre mí. Por más que hubiera sufrido, por más que hubiese llevado una vida dolorosamente difícil, por más que la vida le hubiese negado cientos de cosas, lo que estaba haciendo no tenía perdón. Me estaba utilizando de chivo expiatorio, estaba cargando a mis espaldas toda su culpa acumulada. Me estaba torturando por sentirse frustrado consigo mismo, por no atender ya a límites, y lo peor es que él lo sabía y disfrutaba con ello. ¿Qué había hecho yo para convertirme en semejante muñeca de trapo? ¿Por qué mis pasos me habían llevado a sufrir los golpes de un hombre así? Ni siquiera el placer que pudiera prodigarme era capaz de barrer la terrible verdad que había tras aquel acto, cual era que Khaelos me había elegido a mí para soportar todo el odio que llevaba dentro en un egoísmo tan atroz que me dejaba sin respiración.

¿Yo me lo merecía? Esa era la pregunta que más rondaba en mi mente. ¿Acaso me había ganado un final así? Estaba tan destruida que ni siquiera creía ya conocerme, pues me veía a mí misma como un despojo que lejos de presentar batalla, encima había sucumbido ante el seductor roce de sus manos recorriendo mi cuerpo. Ni siquiera podía entender de dónde nacía semejante oleada de placer, siendo consciente como era ahora de sus emociones aparejadas a las mías, ni tampoco por qué mi odio, en vez de presentarle a mis ojos como un ser repulsivo, me hacía ahora obsesionarme más con él.

Había matado, había torturado y había llevado ante la justicia a cientos de herejes y contrarios al Imperio. No era una santa, mis manos estaban manchadas de sangre, y la égida de mi Imperio tiznada de montañas de cadáveres, pero jamás creí que Dios tuviese un destino así guardado para mí. Jamás pude imaginar que el precio a pagar por la salvaguarda de mi alma fuera la destrucción de mi cuerpo y mi mente. Khaelos me había mancillado, era un bastardo miserable que se odiaba a sí mismo y odiaba todo lo que le rodeaba, y fui plenamente consciente de ello en el mismo momento en que me confesó que su único deseo era arrastrarme con él al infierno. Estaba trastornado, su mente no respondía ya a ningún tipo de límite por el que supiera comportarse como un hombre. Era una bestia fuera de control; un monstruo que lo arrasaba todo a su paso, sin importar que los demás hubiéramos participado en la caída de su mundo o tan solo hubiésemos cruzado camino con él en un fatídico día bajo un cielo tormentoso cargado de nubes ribeteadas de plateado.

Así era. Estaba loco, y yo lo estaba con él. Se le consideraba una amenaza al Imperio, un peligro que borrar para confirmar así la seguridad de los soldados imperiales y los ciudadanos de a pie, pero lejos de cumplir con mi deber como Inquisidora, y de matarle como debí haber hecho en su momento, estaba dejándome dominar por él. ¿Qué decía eso de mí? Mi indefensión no era excusa. Mi derrota anterior, tampoco. Consolarme con que intenté ganarle sin conseguirlo era, directamente, humillante. Podría haberme quitado la vida, podría haberme aferrado todavía con mayor fuerza a mi odio por él. Pero no lo hice. No pude hacerlo. Si él lo sabía lo desconocía, pero yo lo sentía muy fuerte en mi pecho, como una serpiente que estaba anidando en él y dejaba sus huevos dispuesta a convertirlo en un refugio donde alimentarse de la rabia y de mi ira hacia mí misma. A cada embestida, a cada caricia, a cada jadeo de su voz grave, a cada mirada y cada beso me caía con más fuerza hacia el abismo y se abrían aún más las heridas. La fe no servía, me sentía ajena a Dios en una tierra desolada, y solo podía pensar que ya no me quedaba nada más en la vida. ¿Qué hacer a partir de entonces? ¿Suicidarme? ¿Volver a Sacralis y cumplir mi juramento de arrebatarle la vida? Para responder esa pregunta, que muy en el fondo sabía, primero debía sopesar qué era más intenso: si mi odio por él o mi odio hacia mí. Y cerca de Khaelos, sumida en el placer que me prodigaba, era incapaz de encontrar una respuesta a ello.

Y él me confundía. Me consternaba más a cada segundo que pasaba. Lo que estaba sucediendo se me antojaba eterno, sin que pareciera tener final, pues mi cuerpo se había despertado de repente, mis sentidos estaban ahora más vivos que nunca, y la oleada de deseo era suficiente para hacerme levitar en una vorágine de ansiedad donde solo deseaba suplicarle más y más. Pero callaba, trataba de hacerlo, al menos, mientras jadeos y gemidos entrecortados escapan de entre mis labios y él continuaba besándome cuando yo seguía degustando el sabor de su sangre. Aquello estaba mal, me decía a mí misma, aquello estaba tremendamente mal. Era retorcido, era depravado y era enfermizo. Insano hasta decir basta, destructivo para nosotros. Rozaba lo profano para él; lo era para mí, y sin embargo quería más. Semejante contradicción todavía propulsaba aún más el asco que regurgitaba ahora en mi interior y chocaba con fuerza contra mi atracción por él, para volver todavía más doloroso aquel contacto como si su mero roce me dejase la piel en carne viva.

Le odiaba. Le odiaba como no había odiado a nadie en la vida. Odiaba a aquel hombre egoísta, arrogante, soberbio, cruel, cínico y miserable; odiaba su rostro, odiaba su voz, odiaba su tacto, odiaba la forma en que me poseía, odiaba sus emociones que ahora sentía como mías, odiaba su aroma, odiaba su determinación, odiaba su condición, odiaba... Odiaba a Khaelos Kohlheim. Pero aún me asqueaba más a mí misma el que no pudiese pararle.

Fue un mazazo contundente el que sentí cuando le escuché sincerarse y repentinamente sentí por dentro algo distinto a lo que había estado haciéndome vibrar: una silenciosa confesión más allá del mero contacto carnal, un deseo primitivo que le impelía a tenerme para él, una afirmación de que jamás sería el mismo si no alargaba aquello cuantas veces fuera necesario. Mi respiración entrecortada se aceleró todavía más, yo palidecí y le miré con ojos entornados y brillantes debido al esfuerzo que estaba haciendo para pararme a mí misma y mis instintos más básicos. Busqué en su mirada si lo que había sentido era cierto, para encontrar incluso cierto atisbo de culpa en sus ojos, y aquello abrió un boquete sangrante tan doloroso en mi cúpula de furia aplacada por el deseo que ni siquiera encontré palabras para gritarle lo tremendamente cruel, acaparador y egocéntrico que era. ¿Pretendía ahora excusar sus actos con sentimientos que yo dudaba mucho que fuera realmente capaz de sentir? ¿Pretendía hacerme creer que, muy en el fondo, no le había movido el odio sino la necesidad? ¡Acababa de arrebatarme la vida con sus propias manos! ¡Acababa de quitarme todo lo que había tenido en la vida! ¡Me había matado y sin embargo todavía encontraba osadía para lamentarse en mi presencia!

-Cómo tienes la desfachatez de decirme eso -musité con voz entrecortada por el odio que iba manando lentamente de mi mente, en lenguas que envolvieron mi cuerpo en una segunda capa y se fusionaron con el deseo para darme la fortaleza suficiente para hablar-. Cómo eres tan insolente de permitirte sentir algo así, bastardo miserable...

El chasquido de los pernos al soltarse y de los grilletes al abrirse ni siquiera me sorprendió, y yo no aparté la mirada de él ni cuando se volvió a cernir sobre mí para terminar de liberarme. El por qué lo había hecho no me interesaba; en realidad, la única razón que encontré para ello fue que era lo suficientemente perverso y sádico como para querer sufrir a manos de una mujer que acababa de convertir en un peligro para él. Y es que jamás descansaría hasta hacerle pagar los sentimientos que ahora fluían en mi interior, pues con el tiempo, y como me daría cuenta, se acrecentarían hasta ser insoportables. Él me obligó a ello, él causó que perdiese el norte de esa manera. La culpa era solo suya, la de hacerme sentir semejantes emociones hacia él, y por eso jamás podría perdonarle la vida. Jamás podría dejar de desear que muriera en las más horribles circunstancias.

-¡CANALLA EGOÍSTA! -grité, propinándole un bofetón tan pronto como me vi libre para moverme, desentumeciendo mis extremidades y descargando en el golpe tanta fuerza como pude reunir-. ¡DESTRUYES TODO LO QUE TOCAS! -exclamé en un aullido abatido.

Giré hacia un lado y le hice rodar en la cama, quedando sentada a horcajadas sobre él mientras le observaba con ojos vivos, cargados de odio, y mi pecho subía y bajaba respirando con dificultad, notándole palpitar dentro de mí en un contacto que aún así todavía era capaz de hacerme perder la cabeza-. Vas a sufrir. Y lo vas a hacer ahora -siseé, volviendo a golpearle con fuerza en el pómulo. Aquel fue el primero de toda una sucesión de golpes que descargué sobre él, completamente enloquecida debido a la intensidad de todo lo que estaba sintiendo.

No podía soportar la forma en que me miraba. No podía quitarme de la cabeza sus ojos carmesíes analizándome de una manera devastadora. La intensidad de aquel contacto visual me quemaba, era tormentosa, y yo demasiado débil para sostenerla durante demasiado tiempo. Me hacía perder el control, me hacía desearle la muerte al mismo tiempo que ansiaba que él me precipitase al vacío junto a él, y aquello solo podía ser el primer atisbo de un trastorno que desarrollé exclusivamente por su culpa. Estaba volviéndome loca, y así actuaba en consecuencia. ¿Quería saber quién de los dos tenía la mente más enferma? Aquella pregunta jamás tuvo respuesta; no al menos mientras insistiera en arrastrarme con él a la peor de las torturas.

Recuerdo que gemí desolada cuando después de alguno de esos golpes, rasguños y arañazos él me agarró los glúteos y luego sentí su mano en torno a mi cuello, aprisionándolo en un agarre que fue presionándome y asfixiándome más a medida que yo continuaba atacándole. Respiré con dificultad, sin ceder por ello ni un ápice, mientras la falta de aire enviaba un terrible mareo a mi cabeza que me desorientó y me hizo dejar de atacarle durante unos instantes en los que sentí, como de súbito, que mi bajo vientre palpitaba y vibraba rompiéndose en una miríada de placenteras agujas que se clavaron por todo mi cuerpo y me hicieron agarrarle a él su cuello, estrangulándome también mientras alcanzaba el clímax y me estremecía entrando en un trance donde temblé sin poder evitarlo y me sentí tan debilitada de repente que cerré los ojos y la espiral desenfocada que era ahora mi mente me catapultó a lo más similar al vacío.

Aquella sensación fue algo como nunca antes hube experimentado; tan intensa que, de hecho, ni siquiera encontré fuerzas suficientes para asfixiarle como él lo estuvo haciendo conmigo y enseguida mi agarre en torno a su cuello fue perdiendo potencia hasta apenas sí resultar un roce indefenso que no borró la violencia precedente.

Mi cuerpo, ardiendo debido a semejante explosión, se entumeció y pareció abandonar mis expectativas de continuar atacándole, negándose a someterse a semejante tarea debido al cansancio, mientras yo abría los ojos y entonces le miraba completamente devastada. Ahora sí que no había marcha atrás; ahora sí que había sucumbido a sus intereses autodestructivos. Había conseguido arrastrarme al infierno con él.
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Khaelos Kohlheim el Vie Dic 26, 2014 3:41 am

¿Cómo habíamos llegado a eso? ¿En qué momento había perdido tanto el control como para condenarme al infierno arrastrándola a ella conmigo? ¿En qué momento mi locura había alcanzado el punto de no retorno, en qué momento había sido incapaz de ceder a mis impulsos más salvajes y había abandonado toda razón para consumar aquél acto que no solo la condenaba a ella si no también a mí a una eternidad de sufrimiento y demencia? No quise responder a esas cuestiones, por mucho que supiera quién era el responsable, por mucho que tuviera las respuestas. Suficiente me estaba destruyendo a mí mismo como para propinarme el golpe definitivo contestando a aquellos interrogantes que, en el fondo, eran la viva prueba de que había algo contra lo que ni mi mente ni yo éramos lo suficientemente fuertes como para defendernos de ello. Y aquél algo era yo mismo. Mis impulsos, mi locura, la oscuridad en la que llevaba años regodeándome, aquél dolor y aquél odio en los que constantemente me bañaba pese a saber que solo me ofrecerían una frívola y corta paz antes de volver a sentirlos con fuerza, quemándome por dentro, clavando cuchillas de rabia en mi corazón y en mi alma que me hundían cada vez más en el pozo de locura que yo mismo había creado. ¿Realmente la enfermedad que acechaba en mi mente era culpa de todo lo que me había sucedido? ¿O el verdadero culpable era yo por haberme dejado afectar de ese modo? ¿Qué demonios fallaba en mi cabeza? En aquellos momentos tan solo sabía que había acabado amando el sufrimiento... Y lo que estaba pasando con Arcadia iba a suponerme una tortura definitiva para mi mente por mucho que mi cuerpo y mis instintos estuvieran disfrutando como nunca. Tal vez la única opción fuera abandonarse a aquello, a dejar de pensar... Pero sabía que en el fondo, cualquier pedazo de humanidad que quedara en mí se iba a asegurar rigurosamente de que no olvidara ni dejara de darle vueltas. Acertadamente me di cuenta de que aquél sadomasoquismo autodestructivo era el único método que había encontrado para poder seguir adelante.

Por qué desaté a Arcadia es algo que me costó entender al principio. ¿Remordimiento? Tal vez. Quería que se defendiera, pues el placer que pudiera haber sentido de verla dominada y vencida, indefensa ante cualquier cosa que quisiera hacerle era tan nimio, tan frívolo, que se había vuelto vacío en poco rato mientras me daba cuenta de que, por mucho que la odiara y por mucho que quisiera quebrarla, no me veía capaz de llevarla hasta ese punto en que ella sencillamente se rindiera pues sabía lo que eso implicaría para ella... Y no pude evitar llamarme imbécil por saber que cualquier daño o humillación que eso causara era mínimo en comparación a la destrucción que ya le había infligido con mis actos. Y sin embargo, chocaba la culpa de eso con el furibundo sentimiento de que, al fin y al cabo, ella formaba parte de la Inquisición, y su mente era tan radical como la de aquellos que pasaron a cuchillo a mi familia, como la de aquellos que me arrebataron sin piedad a casi toda persona por la que hubiera sentido aprecio alguno. Ella no me había quitado a nadie, pero saber que apoyaba a aquellos que me lo habían arrebatado todo era un pensamiento que apartaba todo remordimiento que pudiera sentir por haberla destruido aunque fuera de forma momentánea. Tal vez ese fuera realmente el motivo por el que la había soltado. Tal vez porque el hecho de verla luchar y atacarme era lo único que a esas alturas me permitía verla como una Inquisidora, una sucia imperial como aquellos que me habían quitado todo lo que había amado. Encadenada e indefensa, a Arcadia solo podía verla como la mujer que me obsesionaba, una mestiza que sufría de primera mano las consecuencias de aquél odio consagrado que existía entre zhakheshianos e imperiales. De haberlo pensado en ese momento, posiblemente me hubiera echado a reír. He llegado a un punto en que no sé ya si soy patético, si estoy loco, o si estoy patéticamente loco. A ese paso no me haría falta absolutamente nadie más que yo para torturarme y brindarme la saludable dosis diaria de tortura mental que necesitaba. Bendito sarcasmo...

Y mientras mi mente, y de seguro la suya también, se enzarzaba en una batalla contra si misma de emociones, sentimientos y grandes dosis de odio, nuestros cuerpos parecían entregados al placer pese a que pronto se añadió un componente más que, al menos en mi caso, no contribuyó precisamente a apartar aquella lujuria que se había afianzado en mi cerebro a base de un placer prohibido brindado por una mujer que, en honor a la verdad, era de las más hermosas que jamás hubiera conocido. Podía odiarla, podía saber que tenía las manos tan manchadas de sangre como las mías, y era obvio que las ideas y objetivos de ambos chocaban frontalmente, pero era innegable que el embrujo de su cuerpo, de su rostro y especialmente el de su mirada habían causado un devastador efecto sobre mí. Me había cautivado tanto como me había hecho odiarla, y sabía bien que eso significaba que me había arrojado de lleno a un mar que posiblemente fuera demasiado turbulento como para salir vivo o por lo menos indemne de él. Otra vez más, Khaelos Kohlheim cometía un error que iba a pagar muy caro. ¿Por qué ya no me sorprendía que fuera capaz de meter la pata de esa manera? Tal vez porque aquellos instantes de placer malsano y obsesivo, muy en el fondo, estuvieran valiendo la pena.

Sus jadeos, sus gemidos, la forma en que su cuerpo reaccionaba por puro instinto desobedeciendo por completo a cualquier orden que ella le diera me incitaban a descontrolarme del mismo modo, y sabía muy bien que ambos nos hallábamos perdidos ya en aquella vorágine de peligroso éxtasis que nos iba a enviar de lleno a un infierno más ardiente que los dos que ya había vivido, pero su piel, su cuerpo, sus labios, su calor, su olor, incluso el sabor de su sangre hacían que me riera una y mil veces de ese infierno porque a la vez no concebía paraíso más cálido que el que ella podía ofrecer, y yo sabía demasiado bien la condena implícita que ocultaba aquella certeza. Tal vez aquello fue el empujón que me impelió a sincerarme con Arcadia y a sentir una fugaz chispa de culpa que sus palabras no apagaron. Abrí los ojos, viendo su mirada entornada, brillante, y percibía los titánicos esfuerzos que hacía para no dejarse llevar mientras el odio seguía manando hacia ella. Tal vez fue lo que ella me dijo que consiguió arrancarme una sonrisa sarcástica acompañada de unas palabras que no lo eran menos: -Se podría decir que la justicia divina existe, Arcadia... No me he permitido sentir algo así... Si no que ese es el precio que he pagado para destruirte...- Mis palabras y mi sonrisa ejemplificaban el dicho de “reír por no llorar”, mientras proseguía hablando tras soltar un jadeo, sin detener mi cuerpo ni un instante: -Es mi castigo... Y la mejor forma que tienes de devolverme todo lo que te he hecho y te estoy haciendo, de vengarte, de hacerme sufrir... Pero ten cuidado, porque una vez sigas ese camino...- Necesité robarle un beso antes de terminar la frase: -No hay vuelta atrás.- Los dioses saben lo bien que he aprendido esa lección.

Cuando solté los grilletes, ni siquiera me inmuté ante su más que natural reacción al ver que recobraba la libertad. Sentí el calor de su bofetón en mi mejilla, y pese a la fuerza que puso en el golpe apenas ladeé el rostro mientras entreabría la boca en una mueca divertida. Lo cierto es que hasta me resultó excitante a su manera. Gritó y aulló, llamándome egoísta, acusándome de destruir todo lo que tocaba, y no me dio tiempo a responder antes de soltar una ironía que no pareció capaz de apreciar. ¿Sufrir yo, poniéndose ella encima, mientras me golpeaba de nuevo? No pude evitar sonreír salvajemente, dejando escapar un evidente gemido antes de que la rabia volviera a mí y le respondiera, tornándose mi gesto complacido una mueca furibunda mientras la agarraba del cuello con una mano y con la otra aferraba firmemente su trasero: -¿A ésto le llamas sufrir, Arcadia...? ¿Le hablas de sufrimiento a alguien que no entiende de otra cosa...? No me hagas reír... Si te enseñara lo que es de verdad el sufrimiento, necesitaría por lo menos seis años...- La cifra que mencioné no fue aleatoria. Seis años en éste mundo eran los que habían transcurrido desde que mi caída empezó, pese a que para mi cuerpo y mi mente habían sido catorce. La furia de mi mirada se transformó por unos breves instantes en algo indescifrable. Era demasiado tarde para pedir perdón, pero el orgullo y el odio me impedían pensar en que ella realmente no lo mereciera, y sin embargo todavía me quedaba la pizca suficiente de voluntad y piedad para sentir remordimiento y desear que ella no recorriera mi mismo camino... No cuando sabía que eso la destruiría, y aunque se me tilde de arrogante, dudaba que la fortaleza de su mente fuera suficiente para aguantar lo que yo había soportado... Dioses, si ni siquiera yo había salido indemne y lo que estaba haciendo era una fehaciente prueba de ello...

A medida que ella me golpeaba, mi agarre sobre su cuello se volvía más fuerte y su respiración más costosa, y fue entonces cuando sucedió algo que con aquél torrente de violencia, en especial siendo su primera vez, no me esperaba ya para nada pese a ser lo que había buscado desde el principio. Sus golpes repentinamente cesaron y así lo hizo la presión de mi mano, tornándose la asfixia una caricia mientras notaba su cuerpo estremecerse, como su calor se volvía cada vez más insoportablemente placentero y tembloroso a mi alrededor, excitándome de una perversa manera que dudaba haber sentido jamás. Ella me agarró a mí también el cuello, y aquella práctica sólo acabó de rematar el éxtasis en el que me estaba a punto de volcar. Arcadia había tenido un intenso orgasmo, y aquello, sumado al agarre que se tornó caricia sobre mi cuello igual que sucedió con mi mano sobre el suyo hicieron que tampoco yo pudiera contenerme más. Arqueé la espalda, y mis manos se apartaron momentáneamente de ella para aferrarla en un firme abrazo que no ofrecía trazas de violencia ni tortura. No. Durante unos instantes, gimiendo por el fuerte clímax que también yo había alcanzado, mi mente y mi cuerpo reaccionaron al unísono con las sensaciones que solo un amante sentiría al haber alcanzado la cúspide del placer. Mi mente quedó vacía de odio, de rabia, de desprecio... Sé a ciencia cierta que Arcadia pudo notar a la perfección que por unos instantes hubo paz en mí. Era la magia de aquello, que permitía olvidar por unos momentos la cruda realidad. Cuando ésta me alcanzó y abrí los ojos, fijando mi mirada en la de Arcadia. El contraste entre nuestros ojos era patente. Ella estaba devastada, y yo sentí que se me había escapado el alma, si es que quedaba algún retazo de ella.

A medida que mi cuerpo se enfriaba también lo hacía mi cabeza, volviendo la razón y la capacidad de pensar con claridad a mi agitada, confusa y desquiciada mente. Y cuando el raciocinio volvió a mí me obligué a cerrar los ojos por unos instantes. La condena a la que me había sometido, los actos que había cometido dejándome llevar por otro acceso más de locura desencadenado a raíz de la rabia y la sed de venganza me golpearon con la fuerza de un martillo. Reuní la fuerza de voluntad suficiente para volver a mirarla a los ojos, con expresión vacía. Un ramalazo de rabia fría y odio me recorrió, y cerrando los ojos de nuevo solté un grito acompañado de un fuerte puñetazo con mi brazo cadáver. El dolor y la sangre en mis nudillos me ayudó a serenarme, y tal fue la ira, el enfado que me había impulsado a lanzar aquél golpe contra la pared junto a la que la cama se recostaba llegó a agrietar y desplazar varios de los ladrillos. Permanecí en silencio por unos instantes, con los puños crispados, el diestro magullado sin importarme para nada. Suspiré, y sé que Arcadia podía notar que por algún motivo me hallaba furioso conmigo mismo. Me odiaba. Lo que tal vez no supiera es que fuera por haber perdido el control de aquella manera, por haberme empujado yo solo a tal extremo. Debería haberla matado o haberle dado el libro, y en su lugar... Los dioses saben que es otro crimen más que iba a arrastrar a mis espaldas. Tal vez lo peor es que fuera la primera vez que cometí ese pecado, y deseé que fuera la última. Respirando agitadamente, ya no tanto por el orgasmo cercano si no por el fuego que recorría mi sangre y quemaba mi alma, finalmente recobré suficiente sentido como para afrontar la realidad y mirar a Arcadia a la cara. Ella se detuvo por unos instantes al ver que de nuevo la miraba, y vi que empuñaba algo. No me importó. No me importaba el peligro que pudiera correr. Con ojos vacíos y voz fríamente neutra, sólo pronuncié una palabra que casi sonó a súplica: -Hazlo.- Un fuerte dolor en la sien hizo que prontamente las tinieblas se cernieran sobre mi vista, y una mirada de acero quebrado fue lo último que logró traspasar la oscura neblina en la que me hundí tras su golpe. Podía odiarla, podía querer su muerte, podía desear venganza contra los suyos... Pero incluso sintiendo todo eso, hubo algo que nunca le pude negar a Arcadia. Todo el daño que me infligiera, todo el sufrimiento y miseria que ella llevara a mi vida... Me lo merecía.

Sus ojos se me quedarían grabados a cuchillo por siempre en el alma y la conciencia, matándome como una espada afilada clavada en mi pecho... Un dolor que nunca acabaría... Unas cicatrices que nunca sanarían...
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Khaelos Kohlheim
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Re: Heaven's on fire [Privada][+18]

Mensaje por Arcadia Samaras el Sáb Dic 27, 2014 4:24 pm

EPÍLOGO

Los ojos de la mujer que observa al hombre bajo ella no muestran ni una sola emoción. Parecen estar muertos, vacíos en su interior, sin que ningún tipo de luz brille o vaya a brillar en ellos. La expresión en su rostro está igualmente helada, no es capaz de decir o sentir nada. La tempestad la ha devastado, la verdad le ha golpeado con contundencia. Se ha visto irremediablemente arrastrada hacia ello a causa del odio del hombre al que acaba de golpear con un candelabro en la cabeza, en un arrebato de ira entremezclada con la desolación y la soledad más hondas que nadie pueda sentir. Se siente perdida, se siente sola, se siente sin fuerzas para más. Ahora tiene el libro a su alcance, y sin embargo sus ojos están fijos en el rostro inconsciente de Khaelos Kohlheim. Le resulta un esfuerzo titánico dejar de mirarle, porque eso supondría calmar sus propias emociones, y no tiene la fortaleza necesaria para eso. Sería como detener el avance de un tornado, como levantar una montaña con sus propias manos. Más fácil le habría resultado cruzar voluntariamente las puertas del infierno, empapándose de las tinieblas que allí se concentran, intoxicándose con su aire viciado, presentándose voluntariamente a una muerte terrible de mano de esas diabólicas criaturas, pues lo cierto es que ya no tiene nada que perder.

Ya no puede enorgullecerse de nada. Ya no conserva su dignidad. Su cuerpo estremeciéndose, en una reminiscencia de lo que acaba de suceder, se está ocupando de mantener vivo el sentimiento de odio hacia sí misma, avivándolo en una creciente oda a su propia estupidez. Continúa agarrando el candelabro, aunque lo hace débilmente. Por su espalda no paran de ascender escalofríos que la envaran y la hacen estremecer; le arrebatan la calidez, su propia temperatura corporal, dejándola congelada en una habitación que se ha convertido en su pesadilla hecha realidad. Nota aún su bajo vientre palpitar, su respiración acelerada, su pecho subir y bajar. Sus pupilas están dilatadas, sus labios todavía permanecen hinchados debido a los besos compartidos. Ella no lo sabe, pero parece más humana que nunca, porque él ha destruido todas las heladas barreras que había en torno a su corazón.

Si se viera, sería incapaz de soportarlo. Se odiaría a sí misma; identificaría su reflejo como lo que es ahora: no más que una pecadora con falsa apariencia de santa. Una usurpadora, una mentirosa y una farsante. Un fraude. Una blasfema, sacrílega y miserable hereje. Esa es la verdad, y una que debe aceptar. Ha dejado de ser Arcadia Samaras, la Inquisidora, la Doncella de Hierro. Ahora solo es una ramera.

Se levanta con un resuello quedo, notando un nudo en su garganta tan atroz que las lágrimas amenazan con bañar su rostro. Deja el candelabro en la mesa y cuando se yergue un bofetón de frío la envuelve y vuelve a temblar en estertores involuntarios. Arcadia Samaras se abraza a sí misma, cierra los ojos con fuerza y trata de controlar las emociones que la están desbordando. Su corazón cada vez late más rápido, su respiración, lejos de calmarse, también está desbocada. El pecho le duele a horrores, su cabeza gira en espiral sumida en lo que es un ataque de histeria. El miedo, la tristeza y el dolor se hacen tan presentes que puede palparlos con las manos y notar cómo la estrangulan y reducen hasta dejarla indefensa: pasados unos segundos, la ansiedad que siente es tan fuerte que no puede contener las lágrimas y rompe en sollozos convulsivos, de tanta intensidad que ni siquiera la profusa lluvia en el exterior es capaz de acallarlos.

Ese terrible llanto no hace sino violentar el ataque de ansiedad que está sufriendo. Le tensa las extremidades y tuerce su mirada en una mueca de odio tan atroz que es extraño que no haya aprovechado la inconsciencia del hombre para arrancarle el corazón. Ahora le ve tras la capa de lágrimas, tumbado en el lecho con una expresión de paz tan injusta que todavía la hunde más. Todavía recuerda el arrepentimiento manifiesto que ha sentido de su parte al acabar, que luego ha tratado de paliar con un puñetazo tal que ha roto la pared, y eso empeora sus resuellos, respiración entrecortada y desconsuelo. Es tal el acceso de histeria que la embarga tan solo con verle que, de hecho, Arcadia Samaras grita y tira la mesita al suelo con honda rabia, destrozando las velas del candelabro contra la alfombra carmesí del suelo, dejando el librito abandonado más allá, siendo objeto ahora de sus ojos huecos.

Se mueve entonces, como si fuese una muerta en vida, y recoge lo que queda de su ropa para empezar a vestirse con movimientos muy pausados y mecánicos. Las llamas cada vez crecen más y más, proyectando sombras retorcidas en las paredes de piedra fría; lamiendo el suelo en dirección a cada mueble y recodo de la habitación dispuestas a quemarlo absolutamente todo. Ella no parece molesta ni inquieta por eso; más al contrario, ni siquiera al cerrarse las correas de la armadura y ceñirse sus armas al cinto, momento en que las llamas ya han tomado la altura de una persona cerca de la ventana, ella se apresta a salir del lugar.

Lo que hace es recoger el libro y guardarlo con tranquilidad, mientras se acerca una vez más a la cama donde Khaelos Kohlheim continúa yaciendo. Ahora no parece un demente trastornado, ni un nigromante enemigo del Imperio del Dios Único. Tan solo un hombre en paz consigo mismo. Lo único que podría dar la pauta de su inconsciencia es el reguero de sangre que ahora le apelmaza el pelo contra el cráneo en el lugar donde ella le ha estampado el candelabro, con tanta fuerza que ha rajado la carne y ha ocasionado una herida de donde mana, copioso, ese líquido carmesí. Reposa con una expresión casi cercana a la felicidad, y sus manos, las mismas que la apresaron contra la cama, que la estrangularon y acariciaron, ahora ni siquiera se mueven. ¿Debería cortárselas? ¿Debería degollarle y acabar de una vez con él? La expresión de Arcadia Samaras es ahora tan letal que solo un vistazo sirve para entender de sus intenciones homicidas.

Pero no lo hace. Quizá es que se ha vuelto loca; quizá es que para él tiene otro destino. ¿Cómo puede alguien saberlo? Su mente se ha vuelto un caos, no hay ningún orden en ella. Actúa como una autómata, porque en el fondo ha dejado de sentir. No sabe si algún día podrá volver a hacerlo, empero, pues pensar en eso es sinónimo de albergar esperanzas. Y ella ya no tiene. Khaelos Kohlheim las ha destruido por completo. Le ha arrebatado la ilusión y ha apagado la única luz que podría haber en ella. Debe estar contento, debe estar orgulloso de lo que ha conseguido.

-Es lo que perseguías -susurra ella, lacónica, con una voz tan lúgubre que es imposible denotar en ella un ápice de emoción-. Me has destruido. Celébralo, Khaelos Kohlheim.

Sencillamente, ella ya está muerta. Buscar más adjetivos para describir una situación así sería una tarea innecesaria. Arcadia Samaras lo sabe, y lo acepta, porque también acepta que su venganza llegará. Ahora ha pasado a regirse por ella, ha cambiado el deber, el honor y la valentía por el camino de la revancha. La ira va a pasar a ser su consejera y compañera; el odio, lo que alimente su alma para seguir adelante. No es consciente, pero está siguiendo el mismo camino que recorrió Khaelos Kohlheim.

Al salir de la habitación, agarra otro candelabro y lo revienta contra el suelo, azuzando todavía más el incendio. Se queda en el umbral de la puerta un instante, en que se gira una última vez y observa a lo lejos al hombre que está a punto de ser pasto de las llamas, y su mirada queda emborronada por las piras de fuego que proyectan espirales de calor sofocante en su rostro, desenfocándolo por completo.

Para cuando Arcadia Samaras sale de la catedral y está galopando lejos de allí, el Monasterio de Ethelandra se está desmoronando por las llamas y una negruzca humareda está subiendo hasta el cielo, sumándose a las nubes que ocultan las estrellas nocturnas. La lluvia es de tal intensidad que la acompaña el incesante tintineo de su armadura. Zhakhesh se despliega ante sus ojos como una tierra de desgracia, maldita en sus inicios, y perdición de aquellos que, como ella, le pertenecen.

Porque la sangre no engaña, y la verdad la abraza como una mortaja. Ella ya no es Arcadia Samaras; en realidad, nunca lo ha sido. Ella es Arcadia Kohlheim, está contaminada de la peor de las sangres mestizas, y ese es un secreto que la llevará a la tumba.



Dark nature clasp my soul
around his throat mine arms enfold
to sleep, perchance to dream
and then...
to dusk and flesh ascend
and no heaven would silence the pain
the secrets of the dark I know

The sun descends and he comes to me
wreaking erotic maladies where sex and death abide
from writhing tides where the rotting dead weave their song to shore
through the ashes of the battlefields where ravens and angels fall

We rule like the red and risen moon upon the sea
the stars of judgement silent, for we share fear
damnation
and pain

I am enamoured and imparadised
to catch the fires dancing profanely in his red eyes
to listen him saying
"I will crush them all
If this holds thy delight
for I am the pleasure that comes from your pain''
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Arcadia Samaras

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