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Mensaje por Lyanna el Sáb Nov 30, 2013 2:16 am

La luz de la mañana brillaba sobre el rostro de Lyanna, entorpeciendo levemente su visión a medida que avanzaba por las oscuras calles de Malik Thalish. Lejos se hallaba de aquel lugar que una vez llamo hogar, mas poco importaba en aquel instante, ni tampoco en el mañana dado que nunca había vuelto a tener necesidad de utilizar tal termino, vagabunda, alma libre sin rumbo concreto, bajo el cielo infinito se encontraba su estela y su morada. Todo lo ajeno a esos espacios no tenía importancia, eran meros lugares de tránsito para lograr sus objetivos, sitios a los que pisotear, personas a las que usar, mentes que aprovechar. Nada tenía importancia.

El repentino sonido de un alarido rompió con la tranquilidad de las níveas calles. Una satisfecha sonrisa se dibujó en sus labios, y como si se tratara de un movimiento absolutamente planeado, cambio el rumbo de sus pasos, siguiendo aquel inesperado ruido, que tanto parecía haber alterado a los habitantes que se encontraban a su alrededor, los cuales no se percataron en absoluto de su presencia, algo absolutamente lógico, aunque no por ello sensato, dado que se trataba de una simple joven de cuerpo escuálido y pocas formas que ofrecer, cuya casi desnudez se veía tapada bajo una gruesa capa azulada. Con rapidez, sacando partido de su ligereza, recorrió las calles con una danza que únicamente conocía su portadora, la cual le permitía esquivar a todo aquel que hubiera decidido seguir su misma senda.

Hasta que, finalmente, al cabo de pocos minutos, se encontró ante una gruesa puerta, tan negra como el resto de la ciudad. A sabiendas de que una pequeña multitud de curiosos pronto se encontraría en aquel mismo lugar, llamó a la puerta con vehemencia. Al no recibir respuesta, giro hacia un lateral, y con un solo vistazo localizo una ventana que se encontraba a pocos metros de su persona y, por suerte, casi al nivel del suelo. La joven no tenía motivo alguno para temer el trepar por aquella pared de roca pintada de negro, mas la idea de que pudieran observarla los transeúntes no le resultaba del todo cómoda. Con agilidad se acomodó en el bordillo de la ventana y dio tres suaves toques, muy distintos a los que había dado en la puerta. Con lentitud esta se abrió y tras ella apareció un rostro entrado en años, cuyo peso se denotaba en cada una de las múltiples arrugas, tan solo una melena carmesí, bañada en un mar de blancura en ciertas zonas, revelaba que su portadora era una dama. Aquellos rasgos, al reconocer a la presencia que había perturbado sus actividades, mostro un gesto de profundo disgusto, que en nada altero a Lyanna, quien al contrario, señalo con todo descaro a los pasos que empezaban a escucharse a su espalda. Sin más palabras, el rostro cerró la ventana y la joven se dirigió de nuevo a la puerta, la cual fue abierta en cuestión de segundos.

-No comprendo que te trae aquí- susurro la voz de una completa desconocida, de cabellos de oro y ojos cristalinos, al ver como aquella pequeña figura cruzaba el umbral sin ningún tipo de temor.

-Me necesitas- aquella voz se alzó firme, segura, mas sin mostrar emoción alguna, como si simplemente hubiera expresado un hecho trivial.

-¿No tienes ningún tipo de decencia? Todavía no hemos logrado acordar si aceptaremos tu repugnante trato o no, nadie te ha dado señal alguna de que este hecho haya cambiado, mas te presentas aquí como si con tu osadía pudieras obligarnos a mover al balanza a tu favor- carraspeo con fuerza- Pues no señorita, no vamos a vender a nuestra familia a cambio de vuestra supuesta ayuda, ya hallaremos otro modo.

-¿De verdad?- Lyanna, lejos de acobardarse ante tales palabras, dibujo una sonrisa de satisfacción en sus labios, y se dedicó a andar por aquel corto pasillo, observando con suma atención la albura de sus paredes, las cuales terminaban con un ribete de oro, para luego unirse al techo, el cual mantenía la misma tonalidad blanca. Contempló las obras paisajísticas que colgaban de las paredes, las cuales parecían imitar algunas tierras que rodeaban la ciudad, y prestó especial interés a un busto esculpido en piedra, el cual formaba todo el mobiliario de su alrededor.

No fue hasta que resonó otro carraspeo impaciente, el cual provocó una sonrisa todavía más amplia, que empezó a hablar una vez más- Veamos, sois claramente una familia rica, una de las más importantes de la región, y por…- se tomó un instante antes de pronunciar la siguiente palabra, mientras movía la cabeza con cierta ironía- desgracia, un familiar vuestro se ha metido en problemas en los bajos fondos, motivo por el cual ha acabado envenenado con una substancia que solo se utiliza por esas zonas. No podéis llamar a un médico, porque se enteraría de lo sucedido y no confiáis en que sepa guardar el secreto. Dado que se trata de alguien importante, la mayoría de habitantes de Malik están enterados de que está enfermo, y cada vez que sucede algo suelen venir a curiosear, cosa que al final hará que todo sea desvelado por la torpeza, o la ambición, de algún criado con ansias de gloria. Lo único que parece que se ha colocado a vuestro favor ha sido la aparición de esta jovencita- con una sonrisa juguetona se señaló a si misma-la cual está dispuesta a ayudaros a cambio de un mísero favor- con rapidez, avanzó los pocos pasos que la separaban de su interlocutora, mientras una carcajada burlona salía de sus labios. Cuando se encontraba a pocos pasos, susurro, con cierta amenaza reflejada en su voz- Dime, ¿De quién es la osadía? ¿La mía por venir en el momento correcto o la vuestra por rechazar mi ayuda sabiendo que con chasquear los dedos os puedo vender al mejor postor y conseguir lo que quiero de vosotros de maneras mucho menos agradecidas? El tiempo se os acaba y lo sabéis, sois servidores de un gobierno que desconocéis, y al que no le va a gustar nada que sus servidores jueguen con un fuego que no es suyo.

-No tenéis corazón, venderíais a un enfermo a cambio de conseguir lo que deseáis. ¿Dónde está vuestra moral? ¿No sentís ningún temor por nuestros dioses?- el miedo se reflejaba en cada uno de sus gestos, como si una capa hubiera entelado su imagen.

Lyanna agachó la cabeza, y giró sobre sus pasos, con actitud arrepentida. A su espalda la mujer relajo el rostro, sintiendo que todo había finalizado, al menos por el momento. Mas, justo cuando iba a pronunciar unas leves palabras de despedida, la muchacha dio media vuelta, y con gran agilidad volvió a recorrer sus pasos, mientras sus manos desenvainaban una de sus dagas. Con un rápido movimiento, se aferró a su cuerpo, impidiendo su movimiento, y coloco el arma junto a la tierna piel de su cuello. Los guardias acudieron a toda velocidad, mas al observar la escena, encontrándose todos únicamente armados con espadas, decidieron esperar, intimidados ante la vulnerabilidad de la que parecía su señora- De acuerdo, ahora ya estamos hablando en los términos que mí me agradan. Decide pronto que destino deseas, señorita, porque en unos instantes se verá todo claudicado, y créeme, no te resultara agradable lo que tengo pensado para una muñequita como tú, ni para la perra que se hace pasar por su hermanito querido.

Un escupitajo cubrió la corta distancia que había entre ellas hasta dar de lleno en el rostro de Lyanna. Esta, con un frío movimiento, dado casi con hastió, apretó la daga hasta provocar la salida de un hilillo de sangre. Un gemido de dolor escapó de los labios de la rubia mujer que estaba atrapada entre sus brazos. Los guardias desenvainaron las armas, mas aun la indecisión se reflejaba en cada uno de sus movimientos. Una cruel sonrisa de la muchacha basto para que frenaran sus pasos, mientras estaba no dudaba en oprimir todavía más la daga- ¡Quedaos quietos!- grito la mujer de cabellos de oro, y luego, volviendo a dirigir su mirada hacia Lya, susurró- Si me haces cualquier cosa, te mataran. Puede que yo muera pero tu destino no será distinto.

El rostro de Lyanna, repentinamente, mostró una profunda desolación, incluso llego a parpadear forzadamente unas cuantas veces seguidas antes de responder a aquella premisa- Es verdaderamente desolador que yo tenga hombres escondidos entre la multitud de curiosos que hay ante vuestra puerta, los cuales, sino me ven llegar a ellos antes del atardecer, se dedicaran a contar la buena nueva por toda la ciudad- frunció el ceño, mostrando una actitud de arrepentimiento- Me atormenta pensar en las consecuencias de este hecho, de verdad, son hombres tan fieles, leales, y con unas ganas tan grandes de beneficiarme aun cuando yo me encuentre enterrada bajo dos metros de tierra- una cínica sonrisa recubrió su rostro entero, hasta alcanzar sus brillantes ojos. Con una frialdad matemática se acercó hasta su oído, sin disminuir la presión de la daga, y susurró- Incluso vuestro hermano llego a formar parte de esa encantadora hueste. ¿No es maravilloso?

La verdad fue revelándose ante los ojos de la mujer, la cual, tan pronto como aquellas palabras terminaron de ser pronunciadas olvido el peligro ante el cual se encontraba expuesta. La incredulidad fue convirtiéndose en miedo, y este en puro terror, hasta que finalmente temblores y nauseas, ajenos al arma que se anclaba en su cuello, hicieron presa de su cuerpo, para hastío de su captora. Tan solo el orgullo parecía mantener a aquella mujer de una pieza, sin que se derrumbara ante la cruda realidad que se presentaba ante sus ojos. Con una voz que denotaba una gran fuerza, aunque se mostraba rota por la ansiedad, susurro- Lo que buscáis se encuentra en Tirian Le Rain. Por el camino principal que conduce a la ciudad encontrareis un cruce que desvía al este, solo existe ese, fue construido por su dueño, seguidlo, y hallareis lo que queréis. Y ahora marchaos y no regreséis jamás a esta casa, porque os aseguro que lo único que encontrareis será vuestra tumba. Sois el demonio en persona.

Con un hábil movimiento, Lyanna sacó de su bolsillo un pequeño bote de cristal, el cual lo poso en las manos de la mujer, mientras que con movimientos precisos apartaba el arma de su cuello. Luego, con la misma velocidad, giro sobre sí misma y empezó a andar en dirección a la puerta, sin añadir palabra. No fue hasta que se encontraba junto al pomo que se volvió un instante y añadió- Que pena que no seas tú la única que puede invitarme- apoyo la mano en el pomo y volvió a girar- Por cierto, espero que jamás os encontréis con un demonio de verdad, porque me parece que esto son meras naderías al lado de lo que podría haceros uno de ellos. No los nombréis en vano.

Sonriente, abrió las puertas, dejándolas de par en par, permitiendo que todo aquel que quisiera pudiera cruzar ese umbral. Mientras la mujer de cabellos de oro se tapaba la herida del cuello, y gritaba a pleno pulmón a los guardias para que impidieran el paso de aquellos indeseables morbosos, la joven se recolocó la capa, y se hundió en el frenesí de la ciudad. Pronto un par de brazos envolvieron su cintura, mientras otros a su espalda le colocaban un gabán negro encapuchado, que la cubría por completo. Sus miradas interrogantes la hicieron sonreír abiertamente, sin el sarcasmo que la había acompañado durante toda la jornada. Con un tono sumamente tranquilo, susurro simplemente- Lo tenemos.

◦◦◦

- ¿Cómo conseguiste entrar?

- La vieja me dejó pasar. Ella siempre pareció saber bien lo que se estaban jugando, no como sus queridos hijos.

El hombre asintió, con una expresión absolutamente neutra, que en nada reflejaba sus emociones. Lyanna lo observo del mismo modo, manteniendo en todo momento sus expresiones bajo control, mostrando una imagen de perfecta serenidad. Con un deje de hastío, observo la estancia donde se encontraba, de suelos enmoquetados y paredes vacías, de un tono amarillento, viejo, el cual contrastaba mucho con lo que se encontraba bajo sus pies. A pesar de la austeridad del lugar, el ambiente estaba cargado, se podía respirar la tensión, algo que la pantera parecía notar todavía más, por lo que se removía en su ser, mostrando de este modo su incomodidad ante la situación. Aun y todo, la joven mantuvo su rostro impávido, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo. Con despreocupación acaricio la empuñadura de la daga- Ni se te ocurra- susurro el hombre. Lyanna se limitó a sonreír, divertida.

- Ahora que tienes lo que quieres, ¿Qué se supone que piensas hacer con mis hombres?

- ¿No te han dicho donde se iban?- Lyanna chasqueo la lengua- Que extraño…- susurró, mas al observar la expresión de su interlocutor decidió hablar abiertamente- Están en Tirian Le Rain, inspeccionando el lugar, consiguiendo toda esa información que pueda ser útil una vez pueda unirme a ellos.

- ¿Y se puede saber con qué derecho crees que puedes despojarme de ellos el tiempo que quieras? ¿Quién te crees que eres?- Lyanna volvió a dirigirle una sonrisa juguetona- No. No hagas eso, conmigo no te funcionaran esos juegos. No sé con qué artimañas logras que quieran hasta besar el suelo que pisas, pero conmigo estas pérdida. Las putitas como tú no me dicen nada, no eres más que una niñita pretenciosa que intenta entrar en el juego de los mayores- con la mirada teñida de ira se acercó hasta ella, demostrando con creces la diferencia física que hay entre ambos- Da un paso en falso y tendré a diez hombres atravesando esa puerta con más armas de las que hayas podido llegar a imaginar, zorra.

Un suspiro escapó de los labios de Lya, mientras en su interior se transformaba en un verdadero gruñido, que a duras pensar logro sofocar. La situación se le escapaba de las manos por momentos. Con manos tensas, abrió la bolsa que colgaba de su cintura, y con presteza sacó un pequeño saco repleto de monedas, el cual lanzo sobre la mesa que había justo al lado de ambos. Finalmente, se dirigió al hombre, con una mirada igual de irada que la suya: - Ahí hay el triple de lo que valen tu manada de perros hambrientos, zanjemos el asunto de una vez. Después de la misión los liberare, lo que decidan hacer con su senda no es ni será cosa mía jamás- se acercó sigilosamente a él- Y por cierto, dudo que con una niña tuvierais la necesidad de utilizar tantas amenazas- rápidamente se replegó bajo la capa y salió por la puerta a toda velocidad. No fue hasta que salió de la mansión, que su paso se relajó.

Alzó la mirada hacia las lunas, y al ver solo a dos alzadas no pudo evitar susurrar- ¿Dónde estás Kring?

◦◦◦

Lyanna escuchó al hombre con aparente desinterés, dedicándole sonrisas en momentos poco adecuados, recolocándose las ropas cuando menos lo esperaba, y manteniendo siempre la mirada en movimiento. De un modo extrañamente irónico, había descubierto que esa era una buena estrategia para tratar con hombres de esa calaña, tan acostumbrados a sus grandes señoras, tan buenas sirvientas como poco entendidas de las necesidades de sus, supuestos, decentes esposos. John entraba sin duda en esa clase de hombres, con su cabello cenizo tan repeinado, y sus ropajes tan curiosamente cuidados, a pesar de la musculatura que dejaban entrever. A pesar de todo ello, estaba demostrando una gran inteligencia y una gran capacidad de observación, cosa que no paso desapercibida para la mujer pantera, la cual escuchaba con suma atención cada una de sus palabras, aunque se cuidaba mucho de que no lo pareciera.

La ayuda de aquellos hombres había resultado muy beneficiosa, algo extraño para la cambiaformas, mas no podía negar que había sido un gran acierto encontrar un aliado para su cometido- Aun cuando haya resultado ser tan caro finalmente- pensó, no sin cierto hastío. Pero no tenía importancia, nada lo tenía. El trabajo en equipo resultaba incomodo, la pantera rara vez se mostraba dispuesta a colaborar, cosa que la agotaba enormemente, pero esta vez ambas notaban el sabor de la victoria cercano, al acecho, en la punta de los dedos, por lo que moverse como una persona resultaba muy sencillo. Gracias a toda la información que le habían ofrecido, sabía exactamente donde se encontraba su víctima, cuáles eran sus costumbres y las de sus vigilantes, y lo más importante, había logrado formar un plan de lo más sencillo gracias a que contaba con la posibilidad de infiltrarlos entre el servicio.

- Sois míos- susurro, mientras se alzaba y andaba entre todos ellos. Sus ojos reseguían su figura, la cual estaba libre de toda capa, con miradas de deseo. Los tenía, eran suyos. Nunca habían tenido escapatoria alguna y en ese instante iba a demostrárselo. Con elegancia felina fue agachándose junto a los oídos de cada uno de los diez hombres y con un tono que parecía sugerir algo muy distinto, fue diciéndoles con exactitud lo que esperaba que hicieran esa misma noche. Los ojos de John la observaron con estupefacción, su instrucción conllevaba un riesgo inconcebible para el hombre. Lyanna lo observo con una mirada que parecía repleta de ternura, con dulzura volvió a su postura anterior y susurró con todo el erotismo que pudiera extraer de sus labios: - Solo puedo hacerlo contigo.

El atardecer los alcanzó antes de lo esperado. El día parecía desear acelerar los acontecimientos, o esa era la sensación de la joven pantera, que se mordía los labios por la expectación, mientras John aguardaba junto a ella, mostrando un abatimiento muy poco común en su persona- ¿Vos no teméis a la muerte?- susurró. Lyanna lo observo con una mirada indescifrable. Lentamente, se agacho junto a él, sin dar muestra alguna de sus intenciones, y con un suave movimiento, muy distinto a la firmeza que solía mostrar, se acercó hasta sus brazos y empezó a besarlo con una docilidad insospechada. El hombre reacciono con la calidez de un amante, abrazándola y acariciando su rostro mientras respondía a aquel cariño inimaginable. Finalmente, la muchacha se apartó de él y lo miro a los ojos, sin añadir palabra alguna. John le acaricio el rostro con ternura y susurró- Esta bien, está bien. Lo haremos, iremos hasta allí cuando den la señal y saldremos con vida, lo juro- fue entonces cuando un silbido resonó a poca distancia de donde se encontraban.

Lyanna se incorporó, se recolocó las ropas y empezó a andar, mientras una sonrisa de profunda satisfacción se dibujaba en sus labios- Los tenemos, querida, los tenemos- susurro para sí misma. Dirigió una última mirada desvalida a John, y empezó a correr en la dirección que le correspondía. Aquella casa, por motivos nada conocidos en la ciudad, se encontraba siempre protegida por un gran número de soldados, con lo que no había resultado demasiado difícil deshacerse de algunos de ellos y substituirlos por otros. Luego solo fue necesario aprender bien el funcionamiento de los cambios de turno- Y finalmente, aquí estamos- pensó la mujer pantera mientras se acercaba a la puerta de atrás del edificio. En sus labios se dibujó una nueva sonrisa, muy distinta a la anterior, llena de crueldad y un profundo deseo de terminar cuanto antes. Con tranquilidad poso la mano sobre el pomo y empezó a girar.

Se encontraba en las cocinas, los soldados cenaban a muy pocos pasos, los suficientes para no escuchar como una silenciosa figura corría hasta las escaleras del servicio. Con absoluto silencio empezó a subir, elevándose cada vez más, hasta alcanzar el piso más alto.  A los laterales únicamente encontraba puertas, todas exactamente iguales. Con la misma seguridad que había demostrado en Malik, movió el pomo, y empujo suavemente, provocando un leve chirrido que si bien provocó un estremecimiento en Lyanna, nadie más llegó a escucharlo jamás. La casa entera estaba adormecida,  y los soldados que debían vigilar esa zona se hallaban lejos, acomodados en algún callejón esperando su recompensa. Pero nada importaba, únicamente lo que se alzaba ante sus ojos, el mayor regalo que pudieran darle esperaba expectante, sin saberlo, sin esperarla.

El cuarto estaba sobrecargado, lleno de estantes, pergaminos, muebles de toda clase, como si el personaje que se encontraba cobijado bajo las sabanas hubiera querido protegerse a sí mismo bajo aquella muralla de objetos sin par. Lyanna observo su alrededor, divertida. Si bien su visión no era en absoluto perfecta bajo la tenue luz de aquella vela que parpadeaba a pocos pasos, lo poco que podía ver le resultaba de lo más curioso. Con tranquilidad recorrió la distancia que la separaba de aquel cuerpo, regocijándose en el momento, en la incertidumbre, hasta que finalmente lo alcanzo y con un único movimiento se colocó sobre él, daga en mano. Aquel ser empezó a despertar, completamente aterrorizado ante aquella intromisión inesperada, mas no necesito abrir los ojos para saber quién era, pues la mujer pantera, tan solo encontrarse en aquella postura, aprovecho para destapar su rostro, acercarse a su oído y susurrar:

- Cuantas precauciones te has tomado para huir de mí, querido.

◦◦◦

El cuerpo se removía bajo sus ataduras, mientras John arrastraba aquel carro por los bosques que los rodeaban, a muy poca distancia de la ciudad. Nunca vio claro el entrar en aquel cuarto antes que su señora, del mismo modo en que nunca comprendió porque debía jugarse el cuello andando por ahí con aquel hombre vivo. Si estuviera muerto lo comprendería, pero no. No. Estaba vivo y coleando, capaz todavía de robarles las armas y atacarles. Aquello iba a tener consecuencias, estaba seguro. Mas, cuando Lyanna se giró y le sonrió, no pudo evitar olvidar cada uno de sus reparos. Estaba tan hermosa bajo la luz de la antorcha y las tres lunas. Resultaba tan fácil imaginar de nuevo sus manos acariciando aquel pequeño cuerpo mientras lo galopaba vilmente.

- Déjalo aquí John, y márchate. Tu papel en esta historia ha terminado- Lyanna dirigió la mirada al frente, sin dedicarle ni una última sonrisa.

- Pero mi señora…

- Adiós, John- su rostro se volvió hacia él, con una expresión que distaba mucho de la dulzura que había mostrado horas antes. Un brillo aterrador colmaba sus pupilas, provocando que un temor sordo se instalara en su estómago. Sin dudarlo, se dio la vuelta y empezó a andar a toda velocidad.

No fue hasta que recorrió varios metros que volvió a sentirse seguro. Fue entonces cuando giro el rostro y pudo observar cómo, en la lejanía, las ropas de aquella pequeña figura empezaban a resbalar por su piel, llenando la tierra con su presencia.
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Mensaje por Io el Dom Dic 01, 2013 12:50 am

Asombroso Hijra, señorita. Uno digno de leer, está muy bien escrito.

Por lo tanto, procedo a azularla. ¡Bienvenidas sean sus aventuras a Noreth!
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