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De las cenizas a las brasas.

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De las cenizas a las brasas.

Mensaje por Lyanna el Dom Ene 12, 2014 4:09 pm

El tacto de la cicatriz resbalaba bajo las yemas de sus dedos en una suave caricia. El amanecer llenaba su piel morena de rojizos rayos de luz, iluminando por doquier cada una de sus desnudas curvas. A su alrededor el sonido del agua resonaba cual melodía matutina, abrazando con frialdad su suave cuerpo. El bosque que la envolvía, un lugar siniestro para cualquier ser ajeno al lugar, aparecía ante sus ojos como un lugar lleno de vida, dispuesta a acogerla y alimentarla. El tiempo parecía adormilado, como si el descanso de los animales diurnos pudiera frenar sus movimientos, como si los seres de la noche vivieran fuera del todo tiempo y espacio. No parecía haber nada más que aquellas frías aguas, la vida en la floresta y la luz del sol que aparece a su antojo. El universo parecía reducirse a aquellas inexistentes fronteras.

Con tranquilidad empezó a dar pasos hacia adelante. A su alrededor los arboles la observaban, impávidos, meros testigos silenciosos, se elevaban en su intento de tocar el cielo, rodeando aquel gélido lago, el cual se coronaba con una ruidosa cascada, la cual no cesaba de recibir agua, con una fiereza que le resultaba agradable a su observadora. Las aguas, limpias, transparentes, mostraban un fondo tapizado de gran variedad de plantas y de pequeños animales que nadaban con tranquilidad, sin sospechar en absoluto del gran enemigo que se fundía en su ecosistema. Mas, por una vez, no había motivo para alterarse. Ninguno de sus movimientos parecían mostrar una actitud amenazadora, por el contrario, la serenidad parecía guiar cada uno de sus pasos.

Una estrecha senda la había guiado hasta allí, rodeada en todo momento por la floresta, los matojos y las espinas de las zarzamoras, las cuales crecían sin límite, azuzadas por la fuerza de su propia naturaleza. Las aguas también se veían rodeadas por aquella frondosa naturaleza, únicamente un pequeño espacio permitía adentrarse sin necesidad de esquivar toda aquella voraz forma de vida. Con movimientos ágiles se había despojado de sus pertenencias, para luego, rápidamente, avanzar hasta el agua. Esta empezaba mostrando una mínima profundidad, pero a medida que se iba acercando a la cascada, esta aumentaba hasta permitirle nadar en un pequeño espacio. Con habilidad, dio unas cuantas brazadas por el agua, mientras aprovechaba para deshacerse de toda la suciedad que había acumulado por el camino recorrido. El frío penetraba en su ser con rabia, como cuchillas rozando su espíritu, mas se mantenía firme, negándose a resultar impedida a causa de las bajas temperaturas. Se sentía fuerte, segura. Finalmente su batalla fue vencida, los temblores empezaron a conquistar su cuerpo, con lo que salió a toda velocidad, y no paro de moverse hasta verse envuelta en una de sus cálidas capas, la cual se ocupó de secar su cuerpo, mientras el amanecer empezaba a extinguirse a toda velocidad, dando paso a un nuevo día.

Hacía semanas que había perdido la noción del paso de los días. La pantera se había enseñoreado en su cuerpo, liberada ante la debilidad que asolaba cada rincón de su ser sin piedad alguna. Escasos y borrosos retazos de memoria explicaban como había llegado hasta aquel tranquilo lugar, los cuales demostraban como la violencia había sido su principal alimento. Mas no podía decir que aquello le importara, por el contrario, se sentía profundamente relajada, como si parte de sus fantasmas se hubieran visto liberados en aquellas semanas. La visión de la sangre y la ira no hacían más que regocijar su ser. ¿Inocentes? La inocencia no existe en un mundo donde la barbarie conquista cada rincón, donde la vida se convierte en mercancía. No. Nadie era libre de pecado, y por ello, nadie merecía su conmiseración ni sus remordimientos. Un gruñido escapo de sus labios ante estos pensamientos. Si, esa era su naturaleza.

Pero algo en su ser se revolvía. Algo no iba bien. Chasqueo la lengua con hastío, sintiendo como la pantera se agitaba. Con la lengua empezó a acariciarse los colmillos hasta que sintió que estos empezaban a crecer irremediablemente. El ceño se frunció en su rostro mientras sus manos chocaban contra él- ¡Basta! Estate quieta- susurró con voz queda. Su cuerpo volvió a su forma humana, aunque no sin antes sentir un fuerte quejido por parte del animal. Estaba perdiendo el control, quizá fuera ese el problema. Sus ojos se entrecerraron, la cabeza se apoyó contra el tronco de un árbol, y con forzada tranquilidad inspiro, sintiendo como la fría brisa que soplaba a su alrededor penetraba en su ser. Su mente, con mano firme, fue imponiendo un clima más sereno en sus pensamientos, hasta que todos resultaron silenciados. Nada importaba. Sus manos arañaron el suelo. Una idea incomoda e incomprensible acuciaba su mente.

-¿Cuánto tiempo llevas fuera del desierto?- aquel pensamiento rozo su conciencia en un tono burlón, acusativo, al cual se sintió tentada a responder a la defensiva, aun lo absurdo que pudiera resultar ser. Demasiado, llevaba demasiado. El tiempo había volado mientras la pantera la dominaba sin descanso. Sus víctimas estarían empezando a descomponerse en aquel solitario emplazamiento en el borde del desierto de Akhdar, ahora convertido en un cementerio involuntario. Desde entonces había viajado sin parar, recorriendo largas distancias, refugiándose en la naturaleza, alimentándose de todo aquello que decidiera cruzarse en su camino, humano o no. En su lengua podía sentir todavía el sabor de la sangre y las carnes que la habían mantenido con vida. Todavía no comprendía porque, hacía ya una semana, se había despertado en su forma humana. Intuía que el cansancio había vencido a la ira, con lo cual, inconscientemente, le habían sido devueltas las riendas, no tenía claro si para bien o para mal, dado que su mente todavía era un hervidero de instintos erráticos, en los cuales la racionalidad no tenía papel alguno. Corría, dormía, devoraba. No hacia otra cosa. Desgarraba animales con las manos y los dientes, para alimentarse de ellos de este modo. No fue hasta despertar junto aquella cascada que cayó en la cuenta de que su olor corporal dejaba mucho que desear, con lo que se condujo a si misma hasta aquel lago.


-¿Cuándo esperas iniciar tu venganza?- aquello resultaba más difícil de responder. La furia enardecía sus pasos, a la vez que bloqueaba su raciocinio, convirtiéndola en un mero receptáculo de pensamientos indómitos, incapaz de formular estrategia alguna. Sus habilidades humanas se veían reducidas a los pensamientos de la bestia, sin remedio. No era capaz de leer ni de hablar, mucho menos de escribir, con suerte recordaba cómo se andaba con dos piernas. Cual infante andaba por aquel bosque, enrabietado por la vida que le tocaba enfrentar, mas sin deseo alguno de dedicarle un pensamiento a aquella situación, dejándose llevar por aquel torrente de emoción, sin camino sensato por el cual dirigir sus pasos. Con un fuerte suspiro empezó a vestirse, sintiendo como sus miembros temblaban, deseosos de retornar a su forma animal, de perderse en ella por siempre, de no volver a sentir sus mundanos deseos humanos jamás, de hacerlo arder todo bajo la ira salvaje que contenía a duras penas. Pero algo la mantenía en su forma. Esa pregunta, esa duda acuciante, le recordaba vagamente que no podía perderse. Todavía no.

◦◦◦

El tiempo se perdía entre sus pasos. Sus pies sangraban profusamente, mas no lograba encontrar el modo de parar. Su delgadez, siempre marcada por las inclemencias de la vida entre el desierto y la esclavitud, fue marcándose cada vez más, incapaz de soportar el ritmo que marcaba la muchacha. La pantera y la humana, un solo ser que se intercambiaba sin que aquello afectara a sus planes. Una sola mente que las arrastraba a la muerte sin posibilidad de solución. Una locura que le arrancaba las pocas ganas de vivir que hubiera podido albergar, convirtiendo su instinto de supervivencia en una mera ansia de correr, correr y correr hasta el último de los infiernos. La carne cruda destrozaba su estómago con virulencia, la enfermedad la recorría, y en su mente la humanidad agonizaba sin remedio. No quedaba nada, tan solo la ira del necio que rechaza la irremediable llegada de la parca, la cual llega sin aviso, como un ladrón en la noche. Pero ella no la esperaba, no todavía.

Por ello siguió adelante, durante un largo mes, siguió luchando, cada vez con menos motivos, con menos razonamiento sobre el cual apoyarse, hasta que entre ella y sus deseos solo quedo la certeza de que debía hacerlo, por cabezonería, sin saber bien porque, aun sabiendo que aquella lucha con el animal que tanto amaba solo la llevaría a la muerte de ambas, debía seguir con su batalla. El dolor de las múltiples transformaciones la destrozaba, la dejaba en tierra durante días, pero finalmente seguía, seguía adelante sin pausa posible, alimentándose de todo aquello que encontraba, cada vez con menos fuerza. Las presas escapaban de un modo insultante para ambos seres, y el poco alimento que ingerían se veía quemado por aquel ritmo imbatible.

El proceso había sido lento,  al principio fue capaz de mantener aquel ritmo aplastante de manera sensata, cuidando las fuerzas y alimentándose de manera adecuada. Parecía que aquel baño había logrado imponer una tregua entre ambos seres. Mas, la necesidad de seguir adelante, sin alimento, sin baño, sin contacto humano alguno y con sentimientos que amenazaban con atravesar su protegida psique, fue rompiendo sus barreras mentales, hasta convertir aquella placida armonía en una fiera batalla, en la que el animal fue exigiendo sin piedad su papel en aquel escenario, una ira sin precedentes exigía su protagonismo en aquella triste existencia. Pero nada importaba, nada más allá de aquel férreo control, el único que le permitiría encontrarse con su destino. Y en el instante en que tomo esa decisión, su propia tumba empezó a cavarse bajo sus pies. Su raciocinio temblaba ante aquella bestia, la cual iba ocupando cada vez más espacio en su mente, haciendo que aquel cuerpo humano fuera cada vez menos capaz de realizar todas aquellas acciones que lo mantenían en buen estado, hasta que en la última semana perdió casi todo contacto con su persona, reflejando en sus propias carnes el felino que habitaba en su ser.

Hasta que finalmente la realidad se impuso. En plena carrera, los ojos de Lyanna empezaron a nublarse- No- pensó, mientras la pantera rugía lastimosamente. Su cuerpo empezó a perder fuerzas, sus pasos a ralentizarse forzosamente, mientras su respiración se aceleraba, con agonía, sintiendo como el aliento se escapa sin remedio, como tantas otras cosas- ¡¡No!! - Su cuerpo cayó al suelo con dureza, aplastando la poca maleza que pudiera hallar bajo él. Las fuerzas la abandonaron a toda velocidad, sus labios, sus manos y sus pies, resecos y destrozados, siguieron sangrando sin que nada pudiera evitarlo- ¡¡¡NO!!! - lo único que pudo escucharse fue un leve grito agónico que resonó en el silencio de la mañana por el camino que discurría a pocos pasos de su ser. Lyanna, la mujer pantera,  nacida en la fiereza del desierto de Akhdar, fue devorada por la oscuridad.

◦◦◦

Una colorida comitiva se encontraba atravesando los caminos, intentando evitar a toda costa cualquier senda que pudiera dirigirles accidentalmente a un feudo imperial, conscientes de la poca gracia con la que caerían a sus fieles sirvientes, cuya fina hipocresía solo les permitía caer en sus redes cuando la nocturnidad los amparaba bajo su supuesto anonimato, uno nada respetado por la figura que encabezaba la marcha. Bajita, de ojos ligeramente saltones y nariz respingona, con un cuerpo menudo y una belleza discutida que, si bien no llamaba a ser llevaba ante un altar, resultaba claramente atractiva bajo aquellos vistosos vestidos, que realzaban su busto y el brillo de sus extraños ojos carmesíes. Sus largos cabellos, negros como la adorada oscuridad tenebre, terminaban de colorear aquel cuadro.

Sus sirvientes la respetaban y la temían a partes iguales, algo que la hacía sonreír a todas horas. La consideraban una bruja, una mujer capaz de encontrar lo que busca hasta en los rincones más extraños, por ello, era perfecta para el menester que debían realizar cada cierto tiempo. Una caza muy especial, en la cual era más importante saber leer el alma que las señales de la tierra. Por eso era una bruja, una hechicera que veía el corazón de todos los hombres. Sonrió con arrogancia hasta que un extraño detalle se cruzó ante sus ojos, una mancha de sangre que aparecía en el camino y se adentraba en la floresta, algo que hizo que su sonrisa aumentara de tamaño.

Porque no era una bruja, ni una maga, ni una mujer de grandes habilidades. Tampoco veía corazones ni deseos. No. Simplemente sabía leer las señales que los dioses y los seres racionales van dejando a su alrededor. Porque nadie desea que sus secretos se escondan eternamente, todos desean compartir, y cuando no pueden- Dejan señales… - susurro, mientras guiaba a su corcel hacia la oscuridad.
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Lyanna

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