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La sombra de los túneles [Libre]

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La sombra de los túneles [Libre]

Mensaje por Suz el Lun Ene 13, 2014 4:09 pm

A pesar de todos los enfrentamientos que había superado hasta llegar aquí, llegue a la ciudad serena, descansada y preparada. Había huído, por fin, de los drow, atravesando el bosque de Jyurman. Afortunadamente yo conocía bien aquella zona, y conseguí engatusar a Faramir, un gran guerrero, para que me protegiera durante el camino. La última vez que lo había visto fue cuando nos atacacó una patrulla de elfos oscuros. Mientras yo me zambullía en las aguas de un gran río, él los retrasaba.

A pesar de mi deformidad no soy mala nadadora; pude verle en pie, sosteniendo el gran escudo frente a nuestros enemigos, mientras las flechas rebotaban en su armadura con chasquidos secos. Eran muchos, y la verdad es que no sé lo que habrá sido de Faramir; espero que sobreviviera. En cuanto le dije que me siguiera me di cuenta de que no podía hacerlo: con su gigantesca armadura se ahogaría. Yo, por otra parte, sin ella sería un blanco fácil. Fue una decisión que había que tomar, y en cuanto me cogió la corriente perdí de vista a aquel hombre de piel roja.

El río no me trató bien, pero me llevó rápidamente fuera del bosque. Casi ahogada logré arrastrarme hasta una orilla llena de barro, y me di cuenta de que estaba a salvo cuando pude ver una cabaña habitada junto a ella. Ningún humano podría vivir cerca de los drow, así que era evidente que había conseguido salir del bosque.

Era de día, estaba tirada boca abajo, completamente agotada, y el sol me calentaba la espalda, así que decidí perder la conciencia un rato. Me despertó el frío nocturno y las voces de la mujer de la casa, llamando a su marido y a su hijo para que fueran a cenar y a dormir. Me encontraba mucho mejor, así que tras un par de intentos logré levantarme y hacer lo primero que me enseñaron como espía después de recobrar la conciencia; asegurarme de que estaba bien.

Tenía rasguños y pequeños cortes causados por las rocas de la orilla y por las cañas y ramas que había tenido que atravesar para llegar a la orilla. Mi ropa estaba destrozada, y mi pecho, libre, apenas me dejaba caminar. Pero básicamente estaba bien, y sobre todo había conservado el material importante; mis dos dagas, mi cerbatana y mis venenos.

Lentamente, aprovechando el ruido de la conversación y los cubiertos dentro de la cabaña, me acerqué sin hacer ruido. Si me vieran, cubierta de barro y harapos, hubieran pensado que era una especie de dríada que venía a atacarles, así que me dirigí a la parte trasera de la casa y encontré lo que buscaba: un par de cuerdas entre los árboles, llenas de ropa secándose en la brisa de la noche.

Cuando me aproximé a las cuerdas me di cuenta de la suerte que tenía: había mucha, mucha ropa. Y alguna ni siquiera era la típica ropa de los campesinos, sino que era ropa de aventurero: chaquetas de cuero resistente, prendas de fantasía, capas de colores brillantes e incluso algunas armaduras, apoyadas junto a la pared trasera de la casa. ¡Por eso vivían tan cerca del río: la mujer era lavandera!. Un poco más allá, pude ver junto a la orilla unas piedras perfectas para lavar, aclarar, sacar brillo y remendar las prendas de los que pasaban por aquí.

Eso significaba dos cosas: la primera, que ya tenía ropa, y la segunda, que había un camino cerca. En la noche tibia me acerqué a las rocas, me desnudé y me di un baño hasta quedar reluciente. Luego, torpemente, volví a la cabaña: en el interior todos estaban dormidos, así que pude escoger la ropa que más me gustaba.

Evidentemente, no encontré ninguna blusa que me cupiera, así que cogí un par corpiños negros que debían pertenecer a alguna aventurera. Dejaban mi tembloroso busto a la vista, pero eran lo suficientemente resistentes como para permitirme moverme. Eché un vistazo a los pantalones, pero no había de mi talla. Cogí unos también negros, que seguramente pertenecían a la misma chica, y que me quedaban perfectos.

Unas botas de caña alta a juego con los pantalones, de cuero blando, y una capa de piel de lobo bien bonita y abrigada, terminaron de vestirme. Cogí mis armas, mi vieja mochila, y comencé a buscar el camino antes de que se hiciera de día. La gente a la que había robado la ropa no estaría muy contenta cuando se enterara.

Pronto encontré el camino empedrado, junto a una posada en la que seguro que descansaban los aventureros a los que había robado la ropa. Mejor salir corriendo. O en mi caso trotando.

Caminé durante tres horas en la oscuridad, y cada vez me sentía más confortable con mis ropajes nuevos. Al final, encontré una muralla alta y una ciudad de casas bajas, de piedra sólida, que trepaba sobre las montañas como una mancha.

Me acerqué a los guardias que vigilaban las puertas cerradas, (casi todas las ciudades las cierran por la noche), y dejé que me vieran bien, no fueran a lanzarme flechas. Tras un par de sonrisas y de tonteos, y la promesa, (que no iba a cumplir), de que iría a verles al día siguiente al cuartel, abrieron las puertas para mí.

Y así fue como llegué a Mirrizbak. Es curioso que llegara a una ciudad minera, teniendo en cuenta que yo me crié en una mina. Quién sabe, quizás necesitaran mis servicios como espía, o como lo que fuera, y esos conocimientos de minería me sirvieran para algo.

Me adentré en las calles oscuras, desiertas, de la gran ciudad.
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Re: La sombra de los túneles [Libre]

Mensaje por Suz el Jue Ago 07, 2014 12:39 pm

Cuando atravesaba los puentes de piedra para llegar a la ciudad, decorados con pendones rojos y negros, una nevada ligera pero abundante empezó a caer desde el cielo plomizo sobre mi cabeza. Como plumas, los copos de nieve revoloteaban en el viento y terminaban aterrizando sobre los que caminábamos por el puente; algunos buhoneros, algunos aventureros de aspecto cansado, y yo.

Dejé atrás las puertas de la ciudad, y me sorprendí al percibir su tamaño y la actividad que había en sus calles. Aunque estuviera nevando, rebaños enteros de animales se movían por las calles hacia sus cuadras, y carros con mineral iban y venían. La mayoría de la gente era humana, como yo, aunque la deformidad que se removía delante de mí al caminar no me dejaba pasar desapercibida. Un grupo de pastores me gritó algunas groserías, pero una mirada asesina y un vistazo a mis dagas les asustaron lo suficiente como para que no hicieran nada más que mirar.

El frío arreciaba, y aunque iba bien arrebujada en mi capa de piel y llevaba botas altas, el ridículo corpiño dejaba pasar el frío. Empecé a notar que mis labios se amorataban, y me di cuenta de que había perdido mi dinero cuando salté al río, pero necesitaba un lugar en el que descansar y conseguir algo de trabajo. Y rápido.

Me dirigí a la zona más rica de la ciudad, y busqué hasta encontrar un buen observatorio; un mirador, debajo de una pérgola que me cubría de los copos de nieve. A mis pies, la impresionante calle principal de la ciudad se extendía hasta el fondo. Envuelta en mi capa vi pasar algunos sirvientes haciendo recados y un par de patrullas de guardias, y al cabo de veinte minutos, por fín, vi un palanquín llevado por cuatro hombre fuertes y musculosos, bien abrigados. El palanquín, de madera labrada, estaba cubierto y venía de la zona del mercado; seguramente era uno de los ricos del barrio volviendo al calor del hogar.

Sonreí, me pellizqué bien las mejillas para enrojecerlas y abrí la capa, mostrando sin pudor el gigantesco, (y ahora congelado), escote. Mientras bajaba hacia el palanquín, contoneándome, me arreglé el cabello como me habían enseñado en mi entrenamiento como espía y asesina, imitando descuidadamente el estilo local.

Al acercarme experimenté el placer de ver que había hecho bien mi trabajo. Los jóvenes musculosos que llevaban el palanquín no pudieron apartar la vista de mí. Pero mi objetivo era otro. Fijé mis ojos en la celosía del palanquín, agité mis pestañas y sonreí con descaro al ricachón del interior del vehículo, viéndome ya en el calor de sus habitaciones.

Lo que me encontré fue la mirada de asco de una condesa de mediana edad, mirándome de arriba a abajo como si fuera... bueno, lo que estaba intentando aparentar.

A veces pasa.

Suspiré y volví a cubrirme. "No, si me tocará dormir en algún agujero esta noche...", pensé amargada borrando la sonrisa de mi cara. Me volvía al mirador cuando vi un tablón de anuncios, de esos que algunos utilizan para contratar aventureros. Por curiosidad, me acerqué a leer;

"El Gobernador de la ciudad convoca a todos los aventureros que puedan tener experiencia en subterráneos para explorar los túneles descubiertos recientemente en las minas de la ciudad. Interesados, acudan a la taberna de la Plata la noche de... ". ¿Qué día era hoy?. ¡Qué suerte!.

Pregunté a uno de los sirvientes que paseaban por las calles, y no me costó encontrar la taberna. Si conseguía un adelanto, quizás podría dormir en una cómoda posada esta noche. ¡La reunión era exactamente ahora!.
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