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Mensaje por General Zod el Jue Ene 30, 2014 4:49 am

Para vencer en la guerra contra los monstruos
uno debe aparcar su humanidad y estar dispuesto a hacer sacrificios.

General Zod

Tengo frio… ¿Por qué? Yo estaba muerto, debería ser incapaz de sentir frio.
Puedo mover mi mano, es más, me siento como si pudiera ponerme en pie, esto solo hacía que empezara a reír, pero mi voz no era igual, estaba ronca, con un tono ensombrecido.
Utilicé mis brazos, para abrir mi tumba. La losa de piedra que me cubría, al caer se hizo pedazos produciendo un fuerte estruendo en la sala, mientras yo salía de mi sueño eterno, podía oler, sabía que mi viste era funcional, notaba que tenía sentido del oído, pues podía escuchar a los pequeños roedores que correteaban por el lugar, pero algo no estaba en su lugar, podía sentirlo. Con preocupación me lleve la mano a la cara, pero no sentí el cálido tacto de mis mejillas, en lugar de aquello lo único que pude sentir fue como los dedos cubiertos de metal, tocaban algo duro y que al hacerlo traqueteaba. Preocupado me apresure a palpar el suelo, en busca de algo que pudiera utilizar para hacer fuego, si bien tenia visibilidad de poco más de un metro, me sería imposible detallar lo que mi vista me hacía ver, pues las sombras eran confusas y dibujaban siniestras formas frente a mí, pareciendo fantasmas.

Con esfuerzo conseguí encender un fuego, gracias a una piedra y una vieja antorcha que había logrado encontrar tirada en el suelo, estaba en el sepulcro. –Recuerdo este lugar.- Me dije a mi mismo mirando a los alrededores, recordaba este sitio, aquí es donde había muerto, sacrificado por mi propia gente, quien me había acusado de alta traición.
Empecé a caminar por la sala, tratando de recordar cada detalle de esta y conforme lo hacía, me venía a la mente mi propia muerte, recuerdo las torturas que sufrí, recuerdo ver mi propio corazón en frente de mí siendo devorado por los cuervos, pero aquí estaba, vivo.
Mis pasos se detuvieron, cuando escuche salpicar agua. Mi pie había ido a parar a un charco, no muy lejano a mi tumba y no pude evitar sentir curiosidad ¿permanecía como antaño? Pronto lo descubriría. Me agache acercando la antorcha lo suficiente, como para ver mi reflejo sobre el agua y cuan grata fue mi sorpresa de verme aun vivo, pero con otro aspecto, mi carne había desaparecido, consumida por el tiempo y en su lugar lo único que se podía apreciar el gris hueso. De haber tenido aun mi antigua boca, podría haber visto dibujada una placentera sonrisa en mi rostro. No me importaba no tener carne ¡estaba vivo, vivo para cumplir venganza y mis propósitos! Lo que hubiera sido una sonrisa, pronto se transformo en una horrida y espeluznante carcajada que resonó por todo el sepulcro. -¡Os dije que volvería!- Exclame con orgullo, con maldad, dichas palabras fueron nuevamente acompañadas de la misma risa, que antes había proferido, aquellos que me maldijeron debieron dejarme partir, ahora soy libre y una vez más, el mundo sufrirá el azote de mi espada ¡todos se arrodillaran ante el general Zod!

------

Hacía cuatro días, que había abandonado lo que cariñosamente, había llamado das Friedhof. Acompañado de mi ahora más fiel compañero, mi cruel montura, la cual había tenido el gusto de presencia devorando un cadáver, pues cuando salí del sepulcro, lo hallé esperándome, como si nunca se hubiera ido de allí, esperando que un viejo amigo regresara junto a él.
Durante estos cuatro días, me había dedicado a tres objetivos, la guerra no se gana de un día a otro, necesita preparación. Al no ser consciente, del tiempo que había estado aletargado en el sepulcro, necesitaba ver cuánto había cambiado el mundo, obviamente omití cualquier contacto con los vivos y simplemente me limite a observar, Zhakhesh lucia muy diferente a como lo recordaba, si bien no parecía el débil e infame Zhakhesh que yo había vivido, este tampoco era el mejor. Habían sido invadidos, extorsionados, amedrentados y sometidos al yugo del imperio, cuando veía esto tan solo pudiera expresar una mueca de rabia, pues sentía ganas de tomar las riendas de una vez por todas y acabar con el sufrimiento de todos.
Imperiales, fanáticos, religiosos e idiotas creyentes de que su dios es el único existente, el único, suena a chiste malo. Los odio a todos ellos y mi odio, aunque antaño pudiera haber sido infundado, ahora era con motivo suficiente. Estos perros habían osado invadir mi tierra, el país que amé, el reino que defendí y desde luego que se lo haría pagar a todos y cada uno de ellos.

Me había detenido en la entrada de un bosque, cuando de pronto escuche unas voces que provenían detrás de mí, rápidamente hice que mi montura se aventurara al amparo de la arboleda y el follaje. Desmonte y en silencio, procurando que no me vieran, aprovechando la oscuridad que ofrecían los arboles, empecé a ver de donde provenían las voces. Con atención empecé a escuchar de qué diablos estaban hablando, pero lo único que sacaba en claro, eran sus chistes y vejaciones hacia la tierra negra. Su egocentrismo me haría vomitar de poder hacerlo, pero tenía que ser paciente, algo podría sacar en claro de esos idiotas. Pero uno de ellos, en concreto una de ellos se me hacia extrañamente familiar, demasiado familiar pues su rostro, juraría que lo había visto antes. Con algo de temor agarre el collar, un collar que sabía que era importante para mí, no porque tuviera valor sentimental alguno, sino porque era lo que me había hecho volver a la vida. En mi vida pasada, había leído suficientes libros sobre la nigromancia como para entender esto y es por ello, que trataba de manejarlo con cuidado, no como si estuviera hecho de cristal, pero si como para asegurarme de que no se rompiera. Al tomarlo sentí un extraño sentimiento de nostalgia, no era lo bastante fuerte como para hacerme entristecer, mas si era lo suficiente como para ser molesto y había experimentado, que esto ocurría con más frecuencia de la que desearía siempre y cuando, abriera el colgante, pues este, era en realidad una pequeña caja de música que contenía el retrato de una persona, una persona que por mucho que lo intentara era incapaz de recordar, pero que ahora se había mostrado ante mí en el rostro de una maldita imperial.
La caja de música empezó a sonar en el bosque, era como un llanto tétrico clamando por reunir a alguien, pues la música que emergía de él, denotaba cierta tristeza a pesar de que era una bella melodía.  Tampoco me preocupaban los imperiales, pues estaban lo bastante absortos en su conversación como para no prestar atención, de la dulce melodía del colgante y si se percataban, ya seria tarde para ellos. Ahora tenía un objetivo, esa imperial me iba a confesar cuanto quisiera saber, su rostro era idéntico al del colgante y descubriría el porqué, aunque tuviera que arrancarle la piel a tiras.

Monte sobre el caballo desenvainando mi negra espada de acero, Hildegard, cuan hermosa espada la que había elegido para segar la vida de esos perros del imperio. Tras espolear el caballo, de este emergieron las llamas azules de sus pezuñas y sus ojos brillaban con fulgor, un macabro relincho surgió de sus fauces y yo obligué a mi fiel criatura a cargar contra los sorprendidos siervos del imperio. La pequeña escaramuza fue breve, el factor sorpresa jugo a mi favor así como el terreno, el corcel había golpeado a la muchacha tan fuerte que la había dejado inconsciente, dos de sus compañeros perecieron bajo el filo de mi espada y un tercero, sobrevivió, una grata recompensa para mí.

------

La sierva del imperio despertó, estaba todavía aturdida por el golpe, pero sus manos y pies estaban atados, evitando así que pudiera escapar, trato de levantarse por supuesto, pero no lo consiguió, aunque su aturdimiento poco a poco se fue pasando, gracias a unos balbuceos. -¿Hay alguien ahí?- Pregunto ella con miedo, aunque nadie le respondía, a menos que pudiera entender balbuceos. -¿Hola?- Insistió pero nadie parecía atender a su reclamo.
El tiempo pasaba en aquella oscuridad, poco a poco, el miedo y el terror se estaba cobrando la mente de la imperial, la oscuridad aguarda muchos monstruos, algunos ni siquiera puedes llegar a verlos, aunque los percibes a tu alrededor, son como una quimera, esperando despedazarte, son fantasmas que te reclaman, es el falso viento que sientes que recorre tu espalda, con un halito frio y despiadado. -¡Por favor, que alguien me ayude!- Grito, mientras que al decir eso, unos pesados pasos producían un fuerte sonido, acrecentado por el eco, eso le hizo comprender que estaba en una especie de cueva. Los pasos eran cada vez más cercanos pero se detuvieron, apenas unos segundos después ella pudo escuchar perfectamente un golpe, algo había caído contra el suelo y acto seguido un lloriqueo, la mujer, supo de quien se trataba. -¡Erian!- Grito esperando que él le respondiera, pero Erian balbuceo de nuevo, esta vez con más fuerza.
Los pasos volvieron a hacerse presentes, pero esta vez los acompañaba el ruido de un cuerpo siendo arrastrado, acompañado de dulces balbuceos, guiados por una antorcha. Por un momento el rostro de la imperial se ilumino, como si una esperanza la embargara, pero poco a poco, la sonrisa de su rostro se fue apagando, cuando vio que lo que emergía de las sombras, era uno de esos monstruos que nacen en la oscuridad, cuando me vio a mí. -Lo lamento, pero Erian no puede atenderos.- Le explique mientras acercaba al imperial junto a la muchacha. Ella repitió su nombre y trato de mirarle a los ojos, pero Erian ahora ya no tenía ojos, ni ojos ni lengua siendo concretos, por ello no le respondió y parecía que la estaba ignorando, también le faltaban los dos dedos meñiques de las manos, sus pezones habían sido cortados y los tendones de los tobillos habían sido seccionados, evitando así cualquier posibilidad de fuga. -E de admitir que era un soldado valiente, no quiso revelarme nada de lo que le pregunte, así que si no estaba dispuesto a hablar, su lengua no le era de mucha utilidad.- Dije mofándome. El objetivo de todo esto era ablandar tanto la mente de la imperial, que estaría dispuesta a suplicarme que la matara si fuera necesario, cuando se llega hasta ese nivel de sumisión, es fácil obtener la información que deseas. Suspiré. -En los próximos diez minutos, te hare una serie de preguntas y deberás responder, si dices algo que no me gusta te comerás una pequeña parte de él, que yo cortare con sutileza con este cuchillo.- Comente mostrándole mi cuchillo con una esmeralda engarzada. -También estas obligada a responder,  si no lo haces, seguiré mutilando el cuerpo de Erian y te irás comiendo cada pedazo que saque de él y el juego seguirá así, hasta que obtenga lo que quiero.- Su primera respuesta no tardo en llegar ¡monstruo! Exclamó ella, no era un término que me desagradara si se refería a mí, no obstante no estaba aquí para insultarme sino para responder, así que volví a suspirar y empecé a cortar lentamente un trozo de la oreja izquierda de Erian, el gritó como pudo a pesar de tener la lengua cercenada y ella empezó a llorar y a gritar, rogándome porque me detuviera, pero yo hacía caso omiso. Cuando el pequeño trozo de cartílago había sido cercenado, obligue a la muchacha a que lo masticara y posteriormente se lo tragara tapándole la boca. Podía sentir como las lagrimas caían por su rostro y mientras le tapaba la boca le advertí. -No tengo tiempo para los juegos, se buena y contesta a las preguntas, así como también tendrás que reservar tus insultos hacia mi persona.- Ella sollozaba tratando de no tragarse, aquel macabro pedazo de carne pero la asfixia le obligo a hacerlo y cuando ocurrió, ella tosió, no era un trozo lo bastante grande como para que se atragantara, ya me había ocupado yo de ello. -Buena chica, bien, comencemos ¿Cuál es tu nombre?- La primera pregunta, era la más típica, es mucho más fácil trabajar cuando sabes su nombre, pues se crea un pequeño vinculo de confianza, el cerebro reacciona creyendo que si consigues hacer sentir lástima a tu agresor este te dejara escapar, dar tu nombre denota cierta confianza en ello. Su nombre era Laura me confesó a lo que yo le respondí. -¿Lo ves Laura? Así es más fácil.-

Las preguntas que le hice en un principio, nada tenían que ver con lo que me proponía, pero me ayudaban a saber que había ocurrido en Zhakhesh exactamente y él porque, pero poco a poco, la conversación se iba avivando y Erian estaba cada vez más cerca de convertirse en rica carne troceada para los cerdos.
La conversación, pronto acabo con la vida de Erian, pues la sangre que había perdido, le costó la vida, a mi no me disgusto, pero desde luego mi invitada parecía totalmente afligida por la perdida. -Erian…- Susurro triste, con lagrimas en sus ojos. -Si os sirve de consuelo, cuando empecé a torturarlo, el no dejo de llamaros aunque desconocía que se refería a vos cuando gritaba vuestro nombre.- Por supuesto esta explicación, pretendía ser tan cruel como todos mis actos, pero mientras ella gritaba y se retorcía yo con tranquilidad tomaba de nuevo el collar para abrirlo. Una vez abierto la música empezó a sonar y yo rápidamente, la sujete por el cuello para obligarla no solo a centrar su mirada en lo que quería que estuviera atenta, sino para que sus ojos quedaran fijos en la imagen del collar. -¿Esta persona os es familiar?- Pregunte, pues ella era idéntica a la persona del retrato del collar, pero yo no conocía respuesta alguna para que el rostro de una imperial, estuviera en el artefacto por el cual ahora estoy vivo. Ella negó diciéndome que no sabía quién era, tal vez el tormento psicológico de hacia un momento había sido superado y habíamos vuelto a la parte de la desconfianza, de la cual no se podía sacar nada en claro. -¿Esta persona os es familiar?- Pregunte de nuevo con enfado, para que ella sintiera que esta pregunta iba completamente en serio, pero ella volvió a negarlo. -Entonces ¿Por qué es vuestro rostro el que esta retratado aquí? ¿reconocéis este collar?- Ella volvió a negarlo todo, alegando de que no sabía ni el cómo ni el porqué, que jamás había visto este collar, con lo cual este interrogatorio empezaba sinceramente a serme molesto, su rostro estaba retratado en el retrato del collar no había duda, pero ella negaba haber visto esa sortija en su miserable vida, desconociendo el motivo por el que estaba ella retratada. -Mentís. Mentís o no queréis decírmelo, en cualquiera de los dos casos no es la opción que yo escogería en vuestra posición.- Pero ella volvió a negarlo, llorando, suplicando que no la matara ante mis evidentes y crueles palabras, sino confesaba no me servía y si no servía, no había motivo para que estuviese viva, pero este interrogatorio ya había durado bastante y no había resuelto ninguna de las dudas por las cuales ella estaba aquí, lo único que había conseguido averiguar el porqué el imperio había invadido Zhakhesh y que Laura se iba a casar con el hombre, que yo le he hecho devorar, algo realmente triste. Tantas horas de interrogatorio para no conseguir la información que pretendía. -Considerad esto como un regalo.- Le comente con calma y tras desenvainar, decapite a la mujer procurándole una muerte instantánea, desde luego le había ofrecido un buen regalo. Una muerte rápida, la libertad eterna.

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Si tan solo hubiera sido así… más aun me encuentro sumergido, en el profundo sueño del sombrío mundo al que me condenaran antaño.
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Mensaje por Miss Style el Jue Ene 30, 2014 11:18 am


... ¿Esperabais más? -saca aguja e hilo -La verdad yo he quedado más que conforme... -empieza a dar par puntadas sobre su tema de trabajo: -.. y todo esto para saber que hablábamos de una dama... ¡una dama!. Son como las capas...

Tose de manera copiosa y al terminar lleva el hilo a la boca, cortándolo con los dientes: -Bien, probaos los pantaloncillos...

¡Di-VI-NOS! ¡Buen Hjira!
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