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Un último canto por los muertos

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Un último canto por los muertos

Mensaje por Ithilwen Erulaëriel el Vie Mar 07, 2014 3:33 am


-El mundo parece agrietarse desde el centro que lo forma, allí donde late su potencia, con rapidez inusitada, dejándonos desolados, obligándonos a aceptar unas reglas en un juego que es injusto… uno que nació siendo fatídicamente muy, muy injusto. Es la vida que comenzó hace años y hoy recuerdo sólo es en la memoria de los caídos. Porque bien sabemos los imperecederos que la vida da pero cobra, y el precio a pagar ha calado tan hondo en nuestras almas, que no hay hermano de credo o raza capaz de levantar nuevamente la cabeza ante quién ha sido cegado por la oscuridad. ¡Tan profundo es nuestro dolor, tan ancho el mar que se ha tejido con las lágrimas de nuestros muertos! Y, ¿para qué?, ¿qué fin perseguían esas almas puras, que en un mañana próspero se atrevieron a soñar y ese nuevo día nunca les llegó?- sollozó, mientras su padre con tierna sonrisa secaba esas lágrimas corredizas. La miraba con comprensión, con ese infinito cariño de quién tiene en valor primero a esos seres que hacen parte de él como el aire que respira, pero aún en su sapiencia, con la firmeza de saber la respuesta ante ese sentimiento que reconocía, ése capaz de hacer arder el pecho y agobiar la mente, respondió sereno. Ya no era el monarca de Erínimar, era el padre de dos hijas, que más que nunca se sentía llamado a consolar y enseñar:

-La comprensión de lo que ES en el mundo no se hace a través de lo que NO fue, bella Ithilwen. Sí, la vida es vieja, la muerte también, ambas son amigas, cara de una misma moneda con la que todos nacemos, y nada de justo o injusto tiene la una y la otra en sus tratos o en sus juicios. La verdad escapa incluso a nuestras mentes longevas y, aunque sólo logramos sospechar sus designios, sólo podemos maravillarnos de la vida que aún late en nuestros cuerpos y de la paz que nuestros hogares aún resguardan. Ésa fue la lección que en eras pasadas olvidamos recordar, aquellos años en que pusimos por encima a los demás antes que a nosotros mismos, y que la traición de antiguos aliados y la desvergüenza de aquellos a los que llamamos alguna vez hermanos, nos fallaran. Épocas oscuras que tiñeron de dolor nuestros corazones pero labraron el futuro que ahora vivimos. ¿Acaso no veis el esplendor de los árboles en flor? ¿No sois testigo de los cantos que las voces sutiles de nuestra raza son capaces de entonar en honor a aquellos días bañados de tristeza? Porque sobrevivimos y lo seguiremos haciendo hasta que las estrellas nos llamen de nuevo al hogar más allá del mar. La ausencia de sus espíritus sólo nos sirve de ánimo para seguir nuestras sendas, para perfeccionar nuestro arte, para salvaguardar nuestra cultura, para reconocernos fuertes luego de la turbación y la sombra- pronunció con serenidad, mientras tomaba el mentón de su hija primogénita y con atención devota, culminó: -¡Porque aprendimos lo sagrada que es cada una de nuestras vidas es que nunca olvidaremos a nuestros muertos!

Había despuntado el día con colores de otoño. Las hojas caían sobre las blancas casas de la ciudad, pero el oficio, los cantos, el pueblo, las palabras, todo estaba sumido en un silencio sepulcral. El día se vestía de luto y la ciudad vivía una vez más su eterno duelo. Ella, evitando la mirada de su padre, se perdió en la inmensidad del cielo, visible a través de esos grandes ventanales recubiertos de sedas finas, blancas como las costas que esperaban en el más allá a los justos. Entonces, lo que parecía ser la música del viento en una mañana apacible, fue roto por una tonada cadenciosa, un lamento evocador que con cada pulso parecía estremecer a los astros. Era el arribo de una procesión como pocas suceden en lo vasto del mundo. Sacerdotes, guerreros, pequeños, sabios, jóvenes, heridos, herreros, hechiceros, artesanos, todos y cada uno de los habitantes de los estados del reino solar, hacían su entrada a la ciudad y, aunque sus pasos hasta ahora tocaban el portón de la bella Ciudad Dorada, desde las habitaciones del rey, el anuncio quedaba sentado. Sus rostros no lo expresaba, pero con sus voces lloraban a los ancestros.

Spoiler:

-Es hora, Ithilwen- culminó él, mientras besaba la frente de su hija. –Ya es hora.

Tomó a la de cabellos azabache del hombro, y con una reverencia dio la bienvenida a su otra hija, quién recién llegaba a su encuentro. Con su primogénita a la derecha, y su pequeña a la izquierda, el alto elfo, cuidador del trono élfico y líder de los solares, salió a reverenciar a su pueblo junto al gran ventanal, donde ya les aguardaba el Consejo de Sabios, los generales, y los representantes de los dioses. Ithilwen apenas viró una sonrisa en un claro pálido rostro turbado ante los que allí le dieron el saludo, disponiéndose para dar la bienvenida a la larga caminata que desde días atrás habían iniciado los peregrinos con la firme intención de arribar a Erínimar. No era un deber, no era un derecho, era el impulso vital que nacía en cada elfo, fuera viejo o joven, creyente o no, de recordar y homenajear a los muertos de una atroz batalla, al mismo tiempo que agradecían su presente y sus vidas llenas de paz y comodidad.

Era una oportunidad para todo el reino: los líderes hacían presencia frente al pueblo; ellos miraban hacia lo alto de la casa real y encontraban allí toda la representación del poder mayor que los gobernaba. Conforme pasaban frente a aquel palco de honor, las venías iban y venían, sin palabras, sin lágrimas, sólo cantos y plegarias; todo entorno a una gran antorcha llameante, símbolo de ese fuego eterno en el que se purificaban las almas de los hermanos caídos en batalla. De alguna manera aquel ritual generaba un desahogo para los elfos, acostumbrados a esconder sus sentimientos de todas las criaturas vivientes; pero para la joven princesa, era una pantomima que reavivaba el odio en los imperecederos hacia los pequeños maestros de las runas y la herrería, de la misma manera que sumía a los suyos en un malsano letargo optimista.

Pese a estos pensamientos y reflexiones, aquello era un evento magnánimo, un verdadero y sentido réquiem a los caídos, un recuerdo más por aquellos que se habían atrevido a soñar, a creer, a luchar y a levantar su puño contra la ofensa cometida por la raza brava de barbados y piernas cortas, aquellos practicantes de runas y martillos, en la época en que muchos les consideraron amigos, aliados y compañeros. En medio de traiciones y sangre, condenaron el futuro de la raza élfica a la división y el eterno camino a vivir separados de sus hermanos silvanos y drow: sin corona, sin trono, sin un rey que al menos fuera reconocido por todos, más de un aliado les falló, más de un hermano se marchó para nunca más volver. La elfa lo sabía y por ello en silencio su alma lloraba. Cada hermano alejado del hogar primigenio, cada nueva traición, cada caído en batalla, era una oportunidad menos de sobrevivir para todos como comunidad. La oscuridad de la ambición traicionera, las creencias aciegadas de aquellos adoradores del equilibrio natural, o el juicio malogrado de los suyos, los llevaría a todos juntos, drows, silvanos y solares, al olvido. De alguna manera, ella reconocía como todos estaban a un mismo destindo, eran una raza condenada… y aunque fuera aquello cierto, en su mente no tenía cabida el conformismo.

-Queridos hermanos, elfos, amigos de sangre y de familia- habló el soberano cuando la llama se apagó, y la noche cayó sobre todos: -Hemos sido bendecidos…

-“No… ¡No!”-, fue el primer impulso de respuesta que tuvo en su mente la infanta, una que brotó desde el fondo del corazón al retumbar cada una de esas sílabas paternales que cerrarían aquel tributo a los ancestros: la victoria los había vencido el mismo día en que aquella batalla había finalizado. Con lentitud taciturna pero estudiada, observó los rostros de granjeros, hábiles soldados faltos de práctica, sabios, hechiceros, en suma su pueblo, aquellos seres que en el futuro ella regiría, y en ellos no vio valor, no encontró la sabiduría de los antiguos, cada uno encerrado en el abismo de su propia complacencia ahora estaban entregados a su idea egoísta de sobrevivir. Sí, su padre cuidaba a los suyos con recelo, pero apresados en el reino ninguno había vuelto a tener contacto con nada más allá de sus límites. Su raza había dejado de existir para las demás criaturas, y el mundo ya no era lo que estaba escrito entre tinta y pergamino. Más aquello no era lo que su corazón más lamentaba: el optimismo a sobrevivir acunado por la fatalidad de su decadencia, los había derrotado años atrás y ahora sólo les quedaban esos muertos como anuncio de un futuro que tarde o temprano llegaría.

Sin atreverse a observar o siquiera escuchar, agachó la cabeza y esperó a que el ritual terminara. Y aunque los días se sucedieran, nunca olvidaría aquella celebración, la cuarta después de dos siglos de la tragedia, y la primera y última a la que ella asistiría:

-Un último canto por los muertos y no más- pensó para sí, aquella noche mientras el sueño la encontraba: - No más lamentos sin antes lanzarme en el mar de las posibilidades que ofrece el actuar. Bendícenos, oh Ëlbherëth, y guía nuestros pasos: la luz de nuestros corazones no puede apagarse en medio de estos amados árboles. ¡Las vidas de los valientes no son sólo recuerdo y lamento, son la muestra de que hay más allá de lo visible, de lo conocido, y de lo permitido! Sí… sólo eso pido… sólo eso… un último canto por los muertos.
Ithilwen Erulaëriel
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Re: Un último canto por los muertos

Mensaje por Crash Bandicoot el Vie Mar 07, 2014 10:37 pm

Muy buen Hijra sin duda, procedo a generar color. ¡Bienvenida!


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