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Luz verde en su mirada

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Mensaje por blantilante el Jue Abr 10, 2014 9:43 pm

La niebla temprana, que disminuye conforme llega el crepúsculo, esconde en sus entrañas un triste recuerdo que ahora resurge melancólico y taciturno. El entorno reluce turbado mientras huye temeroso ante unos pasos, cuyo eco resuena en el húmedo silencio. Esas pisadas se acogen al lento disimulo a pesar de llevar horas sin ceder en su camino. La dueña de tan entregados zapatos niega su dolor de pies y lo sustituye por uno más afligido, el de la nostalgia.
Tras la neblina, la estrella vespertina bendice con su luz esta hora precaria y Clara, hechizada por la añoranza, rememora toda una vida. Ahora se encuentra recostada en el árbol que da la entrada al Bosque Nenúfar, donde la tierra firme se empieza a confundir con el fango y este con el agua:
En este misterioso lugar florecen y perviven las rarezas naturales más bellas e interesantes de todo Noreth, desde las hundidas elodeas increíblemente largas y finas, elegantes collares de sirenas, hasta los nenúfares más amplios y grandilocuentes ,cuya superficie inherente posibilita el hecho de andar libre sin miedo a caerse.
Crecen, además, miles de flores teñidas de colores indescriptibles que rodean los grandes árboles acuáticos. Estos, tan altos y extraños que uno cree ver esculpidos en ellos temerosos atlantes antiguos, salen de las profundidades luchando por huir del agua y saludar al sol.
Clara no teme asomarse a la superficie acuática, hundiendo sus talones en el barro, contemplando las viejas ruinas que yacen en el fondo. Ahí se encuentra el castillo olvidado, entre peces y bestias, ajeno a la superficie seca, sin voz que rece por su pérdida u abandono.
Centra su vista, entonces, en algo que le resulta francamente familiar. Ante sus ojos se vislumbra un viejo bote de madera flotando no muy lejos de ella, estancado y solitario. La curiosidad carcome su mente. Separa los pies cenagosos y levanta sus brazos, como si clamaran al cielo y, acorde con este último movimiento, una ráfaga de niebla aparece viva e infausta consumiendo al completo su figura. De este engañoso velo, surge un pájaro negro que vuela guiado por su instinto nato. Su audaz ascenso finaliza sobre la tibia madera del bote, donde las patas se convierten en pies, el pico en nariz y las plumas se limitan a ser una delicada decoración en la capa de Clara. Deteniendo su mente en el vacío, reflexiona y empieza a sentir un leve mareo, sutil cual roce entre manos al andar acompañado, que aumenta, y le obliga a sentarse. Sus labios suspiran un nombre, casi como si de una oración se tratase. Pone su mano en el pecho y siente la cicatriz arder. El paso del tiempo lo cura todo, pero a veces pasa tan lento…
Las ondas en el agua empiezan a multiplicarse rápidamente, pero no hay viento que las provoque ni luna que las excite, las luciérnagas apenas emanan luz. No, la verdadera razón de que el agua se aturda tan fácilmente es la aparición de un nuevo bote, algo más grande que el viejo donde se encuentra Clara, cuyo pico de madera sostiene un pequeño faro que se acerca junto a él:
La luz desprendida por este se clava en su mirada, un destello verde queda grabado en la pupila y siente que, a pesar de ser solo un faro, le llega hasta el alma. Si no fuese porque ella está ahí, lo negaría. Oye una voz tierna y a la vez madura, conocida y a la vez olvidada, de un niño que ha crecido, de un recuerdo muerto que ahora está vivo. El joven navegante sobre el bote aparecido coge con su mano al viejo y se lo acerca, dirigiéndose a Clara:
-¿Necesita ayuda? Venga, le acercaré a la orilla del pantano.-El desconocido extiende la mano con buena voluntad y Clara la acepta decidida.
El tacto mano con mano resulta amargo y áspero, intimidante cual grito alzado.
El paso de un bote a otro se dificulta con el enganche desamparado de la capa, con sus plumas negras en la cola entrelazadas con la madera vieja. El brazo del desconocido acude en su ayuda y libera la tela, apartando su mirada entorpecida hacia los ojos de ella. Estos, susurrantes, quedan asombrados con su visión efímera. Él no es un desconocido, sabe quién es ella, pero algo ha cambiado, quizá todo.
Unas notas de piano resuenan en el ambiente, la marea pantanosa ha cesado, las luces se proliferan, ya no son sólo simples luciérnagas, la humedad ha desaparecido y la música aumenta. Cuando quiere darse cuenta, Clara empieza a andar, el bote se ha desvanecido en el aire, pero no le importa. Su capa negra ha sido sustituida por seda y las plumas por miles de perlas como su pelo, antes desgreñado, que es ahora un fino tocado a juego con su ropa, sino rasgada, ahora un largo vestido blanco, pero no le importa. El Bosque Nenúfar parece ser leyenda pues ni pilares ni lámparas de araña se correlacionan con él y lo más importante, Clara está bailando en el centro de la sala con Dimitri, a quién no ve desde hace años, pero no le importa, es Dimitri y está aquí y ahora.
Se encuentran en un grandioso salón de mármol, con cientos de lámparas doradas colgantes y monumentales bóvedas en los techos. Una gran orquesta resuena en el fondo.
Un embrujo extraño envuelve el baile, las vueltas no cesan y el paso empieza a avanzar estrepitosamente. No hablan, simplemente no quieren, con la mirada les basta. Pero el baile no para, los giros empiezan a molestarla y ambos bajan bailando por una escalera recién aparecida, como todo lo demás. La escalera parece infinita, ¿lo es? Clara intenta gritar, no puede y el mareo vuelve, el aire no, Clara se ahoga en su propia saliva. “¡Detente!” grita en su interior con rebeldía, ¿acaso hay alguien que la pueda oír? La escena de ensueño se convierte en una incesante pesadilla nocturna.
Los pilares caen desde lo más alto rompiendo el suelo con un enorme alboroto, el techo se agrieta escandalosamente haciéndose pedazos él mismo, las luces mueren una a una y de las paredes nacen olas gigantescas que chocan en el centro contra la pareja. Cual trasatlántico hundiéndose en el pacífico, la estructura de aquel sueño se convierte en el océano. Clara se ve a sí misma bajo el agua entre plantas y peces, en medio de las ruinas del castillo olvidado. Entre tantas piedras derruidas, hasta hace un segundo reluciente mármol, distingue unas sombras verdes que brillan, cegándola como el faro. Apenas puede contemplarlas con atención, el aliento se agota y ya tiene suerte de poder ascender nadando.
Sin embargo, su huida es perseguida por un empeño de fracaso pues una sombra arremete contra ella y la coge de un tobillo arrastrándola hacia al fondo. La luz que emana esta sombra consigue la fijación visual de Clara, que se ahoga y pierde el sentido por momentos: Es Dimitri de nuevo, pero sin serlo del todo. Dimitri está muerto. Gracias al cielo, al fin la suelta.
Clara llega milagrosamente a la superficie y se sube a duras penas encima de uno de los amplios y resistentes nenúfares. La vida parece no abandonarla de momento.
Todo el baile, la evasión del pantano y de la noche han sido producto de una ilusión fantasmal. En realidad ella nunca ha abandonado el Bosque Nenúfar, solo ha estado a punto de ahogarse en sus aguas, pero la pasión traspasa fronteras invulnerables. Por eso Dimitri no pudo evitar volver a reunirse por ella, no pudo olvidarla, como tampoco pudo dejarla ir y separarse de ella para siempre cuando la vio en peligro.

La verdad es única, pero jamás será descubierta del todo. Clara no sabe que cuando abandonó su hogar ,tras ver a sus padres yacentes en el suelo y ser repudiada a pedradas en forma de cuervo por Dimitri, él mismo fue a buscarla tras creer que el ave, sin saber que era ella, había sido un símbolo de mal agüero. Cuando él mismo vio la sangrienta escena en la cabaña, intentó salvar las vidas de los hogareños pero solo recuperó, entre sollozos, unas últimas palabras de la madre:
-Dimitri, busca a Clara, corre. Verás que su cuerpo humano cambia al del pájaro sin darse uno cuenta pero no te dejes engañar por las alas negras porque ella es, en verdad, un ángel. –
Entonces, Dimitri oyó entre los destrozos de la cabaña las pisadas del asaltante. La persecución de este llegó hasta el pantano donde el derramamiento de sangre concluyó la batalla final, cayendo Dimitri, a manos del mismo asesino que el de los padres de ella, en las aguas tiñéndolas de púrpura y descansando ahora en el fondo, sobre el castillo olvidado, lamentándose el resto de la eternidad al lado de los antiguos habitantes de esas ruinas.

Clara intentará olvidar todo lo sucedido, incluso que una vez tuvo infancia, pero la luz verde que vio en los ojos de él será su acompañante el resto de su vida.
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Mensaje por Crash Bandicoot el Dom Abr 13, 2014 8:51 pm

A petición de la arácnida apruebo yo el Hijra, uno de muy buena calidad, sin duda. ¡Bienvenida a Noreth!


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