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El asedio interminable

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Re: El asedio interminable

Mensaje por Akathos Caellum el Sáb Mayo 03, 2014 7:12 pm

Todo sucedió demasiado deprisa, un hombre rompió el silencio con la palabra ''orcos'' y cundió el pánico como jamás había visto. Los pelos de mi cuerpo se erizaron de abajo a arriba. ¿Tendría que luchar? Era un asesino, no un guerrero... ¿Cuantos serían? ¿Tendríamos oportunidades? ¿Estaba en verdadero peligro? Todas esas preguntas inundaron mi mente, hasta que una voz me sacó de mis pensamientos, y unos pequeños golpes la acompañaron. Lucius me estaba zarandeando para que reaccionase. -Akathos maldita sea muévete, tenemos que irnos. -Empezó a gritar, para que sus gritos pudieran ser oídos por encima del jaleo de la multitud. Surgió efecto, reaccioné y miré a mi alrededor, todos estaban gritando como locos, las mujeres buscaban desesperadas a sus hijos, y los hombres se reunían, supongo que para formar la milicia.

Pero, en todo ese caos, se alzó otro estruendo. Los guardias personales de el Conde Drake empezaron a golpear sus espadas contra sus escudos con violencia, para llamar la atención de todo el mundo. Para mi sorpresa, la gente se empezó a tranquilizar, seguían nerviosos, pues claro que estaban nerviosos, pero habían sido capaces de dejar de correr de un lado para otro para mirar a aquél hombre. Entrecerré los ojos poco a poco mientras le observaba y no pude contener una pequeña sonrisa de admiración. A pesar de aquella situación tan dramática, tan tensa, la fe que procesaba ese pueblo en su líder era superior a cualquier otra cosa, y hasta en ese caso, eran capaces de guardar la poca compostura que les quedaba para escuchar al Conde. -Que no cunda el pánico, estamos preparados para este tipo de situaciones. Las mujeres y los niños, sigan a los guardias a los túneles de las alcantarillas para abandonar la ciudad de forma segura. Todo aquel Zhakheshiano capaz de empuñar un arma, tiene la obligación de quedarse a luchar, por el contrario, los visitantes de la ciudadela tenéis la opción de marcharos, o por el contrario, de quedaros a luchar, agradeceremos toda la ayuda posible. -Se alzó un murmullo entre la multitud, la gente, poco a poco, comenzó a moverse. -Milicianos y voluntarios que quieran ayudar al ejercito regular, sigan por favor a los guardias al arsenal, y tomad todo lo que necesitéis. -Finalizó el hombre, antes de comenzar a caminar en dirección a sus hombres.

Varias mujeres y muchos niños, empezaron su caminata hacia las cloacas, bajo el castillo del conde. Fui testigo de muchas despedidas, algunas madres hasta se quedaban a luchar, cosa lógica, ya que muchas mujeres Zhakheshianas habían aprendido a usar las armas, esa era la ventaja de la milicia, el gran número de efectivos de los que disponía. Lucius volvió a mirarme tras el discurso. -Bueno, es hora de que nos marchemos, soy demasiado viejo para batallitas, y tu eres un joven noble, un futuro barón. -Me cogió del brazo y dio un pequeño tirón, intentando seguir a los que debían huir. -Nos quedamos, Lucius. -Dije en tono cortante, soltándome de su agarre con facilidad. -El hombre giró, y me miró con los ojos como platos, intentó responder algo, pero mi mirada no admitía súplica alguna. -Soy Zakheshiano ¿No? Tengo el deber de luchar, además... Yo no soy el futuro barón, ese derecho se lo concedo a mi hermano mayor. -Una pequeña sonrisa surcó mi rostro, intentando reflejar la serenidad que obviamente no tenía en esos momentos. El hombre puso una mano sobre mi hombro y sonrió. -Tu padre estará orgulloso de ti. -Un pequeño nudo se formó en mi garganta, y una idea llegó a mi cabeza: Puede que Lucius fuera la última cara realmente familiar que viese. El hombre se dio la vuelta y marchó en dirección al castillo.

Aproximadamente, la mitad de los no-Zakheshianos marcharon. La otra mitad se quedaron, y empezaron a seguir a los guardias hacia el arsenal. Giré sobre mis talones, y me encontré de frente con mis diez guardias, mis escoltas. -Señor. -Saludó el capitán, era un hombre alto, musculoso (Como todos mis escoltas) Todos ellos iban con armaduras negras, y los cascos puestos, armados con espadas de una mano y escudos. Eran soldados experimentados, curtidos en varias batallas, que no se dejaban amedrentar por los nervios de antes. -Capitán Khal. -Saludé de vuelta. El hombre desvió la mirada un par de segundos, parecía avergonzado por lo que tenía que decir. -Señor Caellum, nuestro puesto en el ejército es el de vanguardia, y usted no puede acompañarnos a las primeras filas, me temo que no podremos protegerle. -Asentí lentamente mientras me pasaba la mano por el pelo, pensando. -No es problema Khal, me las apañaré solo. -Le sonreí levemente, para tranquilizarlo, aunque yo no lo estaba nada en absoluto. Tras un educado saludo, los diez hombres marcharon hacia las murallas, a ocupar sus puestos en las primeras filas.

La plaza se empezaba a vaciar poco a poco, ya sea por los refugiados que salían, por la milicia que se iba a armar, o por los guardias que se iban a las murallas. Yo miraba hacia todos lados, sin saber del todo bien que hacer, no era un soldado, no era un guerrero, pero quería ayudar, aunque... Iba a ser mi primera batalla. Apenas había terminado mi instrucción en la academia negra hace... ¿Dos meses? ¿Tres? No mucho más. No había matado a nadie en mi vida, y sabía que el momento llegaría, pero nunca me imaginé que sería aquella noche. Mientras caminaba por una callejuela vislumbré una figura en lo alto de.. ¿Un tejado? ¿Que hacía ahí? Enarqué una ceja mientras alzaba la voz. -Ey, compañero, algunos se han ido ya hacia las cloacas, otros se están armando para pelear ¿Que haces tu ahí arriba? -Pregunté, esperando alguna respuesta coherente, aunque antes de que llegara a poder decir nada, un sonido llegó de el oeste, otro cuerno. Pero no fue eso único lo que se escuchó, un eco se extendió por toda la llanura, el sonido de tambores, tambores de guerra. Me estremecí de arriba a abajo, estaba llegando el momento, tenía miedo de no estar preparado. -Creo que va siendo hora de que bajes de ahí... -Susurré, aunque lo suficientemente alto como para que me escuchara.

El comandante Helmut  recorría la ciudad a marchas forzadas, una pequeña cojera se acentuaba en sus andares, fruto de una considerable caída. Era un hombre alto, fuerte y ancho de hombros. De piel algo oscura, y cabello blanco, mas allá de los hombros. Aunque sus brazos eran lo que más destacaban de él, ese hombre era fuerte de por si, pero sus brazos eran aún mas musculosos de lo normal, fruto de haber disparado mil flechas cada mes, durante veinte años. En efecto, ese hombre era el comandante de los arqueros, y el encargado de defender la muralla pasara lo que pasase. Una vez llegó a la plaza, se encontró con algo que le llamo profundamente la atención. Un enano, y su guarda personal, o eso parecía. El mismo había oído hablar de ellos, habían llegado a la ciudad con un cargamento personal de armas, no eran mas que uno simple comerciante con su escolta, aunque... Puede que su mercancía sirviera. -Buenas noches, aunque no por mucho tiempo. -Saludó, con educación, pero sin una pinta de alegría en la voz. -Creo que no son conscientes del peligro de la situación, mis camaradas. Esta batalla empezará en cuestión de media hora, sino menos, y dudo que... Le guste mucho estar en medio. -Dijo clavando los ojos en los del enano. -Su socio será bien recibido en nuestras filas. Pero a no ser que usted tenga algún talento especial que no sea coger una espada, no le permito permanecer aquí. -Había sido rudo, pero no quería mas muertes inocentes de las estrictamente necesarias.

En la otra punta de la ciudad, en la zona de las casas mas ricas, una multitud de campesinos/comerciantes/leñadores/obreros y demás ciudadanos de clase humilde, además de algunos visitantes que se habían reunido frente a un gran edificio de madera. Entraban en grupos de diez en diez, para poder coger las armas y armaduras pertinentes. Depende de su pericia, podían elegir entre soldados de infantería (Con armas cuerpo a cuerpo) O soldados a distancia (Arqueros y ballesteros). Todo esto supervisado por diez guardias, que ayudaban a distribuir el equipo y a asignar los diferentes escuadrones.  Uno de los guardias se quedó mirando a un elfo, un drow, concretamente. -Perdona, amigo. ¿Pretende unirse a uno de los escuadrones que se están preparando, o pretende hacer la guerra por su cuenta? -Dijo, intentando ser educado, observando como sostenía una ballesta entre sus manos.

La multitud se dirigía al castillo, caminaban sin prisa, pero sin pausa. Estaban seguros de que los enemigos estaban lejos todavía, y podrían abandonar el lugar sin problemas, pese a eso, no deseaban nada más que salir de ahí. Uno de los guardias iba en la retaguardia, era un joven menudo, delgado y no aparentaba más de veinte años. Se detuvo al visualizar una figura en uno de los callejones, solo. -Disculpe, pero no es muy recomendable ir solo, debe abandonar la ciudad con nosotros si pretende hacerlo, o si por el contrario planea pelear, ir al Arsenal a conseguir armas, o reunirse con los soldados en las murallas. -El joven se acercó poco a poco a la figura encapuchada, a la que, lógicamente, no podía reconocer.

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Re: El asedio interminable

Mensaje por Owedoc el Sáb Mayo 10, 2014 4:32 am

Y la profecía fue realizada a la perfección. El numeroso tumulto de gente, al sentir la inminente amenaza de una nueva invasión, corrió por sus vidas con los ánimos de punta. Se movieron sin rutas establecidas, expandiendo el pánico allá donde fuesen. Pronto, las pequeñas calles de la ciudad, no pudieron contener a la enardecida multitud. Corrían como ganado por las estrechas calles adoquinadas, sus fuertes pasos se oían como un estruendo incontenible, los niños lloraban y las mujeres y hombres sudaban por el miedo. El alcohol derramado, se veía fluir bajo los pies de aquellos que hasta hace nada lo bebían con ánimos, lo que provocaba un extraño aroma en el ambiente. Por un lado, se olía el miedo, ese sutil aroma a pánico inundaba todo el lugar, cada rincón, cada cuerpo, cada lugar, tenía el olor que emite el miedo, ese extraño olor a almizcle y orines. Por otro, el vino que corría sobre los adoquines, desperdigaba su exquisito aroma dulce, dándonos a aquellos atentos a estos detalles, el exquisito regalo de un aroma sin igual, Dolce peur.

El oído era otro tema completamente distinto. La mezcla entre gritos, llantos y pasos frenéticos, solo daba como resultado una horrible sinfonía, donde cada instrumento no se entremezclaba con el resto, dando un estruendo espantoso. Pero no duro mucho, pues el estruendo proveniente de las espadas de la guardia chocando contra sus escudos, pronto se logró imponer a todos los demás sonidos. La muchedumbre volvió a poner su atención sobre el conde Drake, el cual, como todo hábil político, supo mentir increíblemente bien, con tal de mantener al populo controlado. Aquel réquiem de pánico, pudo haber sido silenciado, pero el “Dolce peur” sigue muy presente en el aire.

Imposible que alguien se crea esa patraña. Soltó sin ninguna sutileza, mi feo compañero.

¿A cuál de todas te refieres? ¿A que están preparados para rechazar un ataque, o a que alguien podría abandonar esta ciudad de forma segura? Dije acompañado de un pequeña risita burlona.

Ambas. Pero sobre todo, la de estar preparados. Esas murallas de papel de arroz, a las que ellos llaman “muros de defensa”, no podrían contener un ataque demasiado grande. Los arqueros parecen diestros, pero nada fuera de lo común. Creó que basan su esperanza en lo que los salvó hace 20 años, pero ambos sabemos que el favor de los dioses es caprichoso, y veo difícil que esta vez Elhías los salve otra vez.

Hoy estas más aburrido de lo común… Ya cállate y camina hacia Drake. Tengo negocios que concretar. Decía al tiempo que espoleaba el pecho de Mardu, el cual no reacciono demasiado bien, pues ante mi comentario, no hayo nada más simpático que tirarme al suelo.

Para cuando me repuse del impacto, Mardu ya había comenzado su marcha hacía el escenario de los nobles payasos. –Algún día, esta lengua me cavara mi tumba.- pensé, mientras me levantaba del suelo y me sacudía la ropa. Corrí lo más rápido que pude hacia Mardu, apartando con dificultad a los idiotas que se me cruzaban en el camino, algunos incluso me pateaban sin siquiera darse cuenta. – ¡Idiotas imprudentes! – Gritaba con enfado, pero mi voz se veía ahogada en los blandos cuerpos que me rodeaban.

Finalmente, después de mucho esfuerzo, logre hallar a Mardu, quien me esperaba con su tradicional sonrisa de superioridad. Detrás de él, a unos cuantos metros, el conde Drake se encontraba dándoles instrucciones a sus oficiales, los cuales partían en todas direcciones luego de escucharlo. A su alrededor, los soldado de su guardia personal se arremolinaban nerviosos, con sus armas listas para defender a su amo de cualquier amenaza que se presentase. Eso sería un problema. Acercarse a Drake sería considerablemente difícil en un momento de alarma roja como este. Requeriría toda mi audacia crear un plan lo suficientemente brillante para lograr mi objetivo de acercarme al conde lo suficiente como para mantener un dialogo… Aunque, tal vez, a fin de cuentas, no sea necesario. Desde la inmediateces del conde, un enorme hombre se dirigía hacia nosotros con marcha acelerada. A tropezones y empujones, se abría paso entre la multitud, dejando relucir una prominente cojera. Era un hombre grande y notoriamente fuerte, su larga cabellera blanquecina dejaba ver su linaje zhakheshiano a todas luces.

Prontamente, estuvo frente a nosotros. Allí pude notar un par de detalles que no había logrado detectar a la distancia. Sus rasgos faciales parecían añejados por el tiempo y el calor de la batalla. El brillo de sus ojos parecía opacado por los oscuros recuerdos que parecía estar viviendo, tal vez, tengo ante mí a un veterano de la afrenta de hace 20 años. Sus brazos parecían altamente entrenados, moldeados por el trabajo duro y el entrenamiento constante, pero no parecía un guerrero de corta distancia, sus hombros eran demasiado fuertes y sus piernas demasiado débiles para aquello. Vestía una pomposa armadura de acero, con una insignia de Zhakhesh sobre su corazón.

Buenas noches, comandante. Repetí con el rostro serio.

No somos socios. Más bien, es como mi mascota. soltó Mardu, junto con un estúpida risotada. Y con respecto a su invitación. Yo no soy zhakheshiano, ni tengo alguna relación con su deplorable reino, así que ninguna obligación me ata a seguir aquí.

Mardu, cállate un segundo, deja hablar a los adultos. Mardu solo escupió al suelo y dio media vuelta, apartando su mirada de la del capitán. Mardu y yo, no somos socios, eso es cierto. Pero estoy lejos de ser su mascota, comandante…

Helmut, defensor de la muralla y comandante de los arqueros de la ciudad. Dijo con tono marcial el papanatas con armadura.

Bien, comandante Helmut. En efecto, no tengo habilidades con la espada, pero tengo algo igual de afilado, y ciertamente, mucho más mortífero. Y posiblemente, su mejor oportunidad si realmente se tratase de orcos.

Solo mentiras y engaños. No necesitamos los trucos de una aberración proveniente de fuera y a su irrespetuoso subordinado. Tenemos la fuerza de nuestros brazos, el sudor de nuestras frentes y el favor de nuestros dioses. Esos orcos caerán, tal y como lo hicieron la última vez.

¿Y cuantos de vosotros caerán con ellos? ¿Serán los mismos que hace 20 años? ¿O ahora serán más? ¿Tiene planeado cavar todas las tumbas o solo hará quemar los cuerpos? Respóndame soldado. ¿A cuántos niños tiene planeado dejar huérfanos esta noche? Pero Helmut no respondió, solo mantuvo su mirada carente de brillo pegada en la mía. Déjeme ayudarlos. Tengo aquí, algo mucho más confiable que el favor de un dios y más fuerte que la fuerza de cualquier brazo. Y además no le cobrare nada por usarlos, una muestra de buena fe de nuestra parte. Solo pido una audiencia con el conde Drake, tenemos que hablar de negocios. Ustedes me dan su palabra, y yo les doy una oportunidad. ¿Qué le parece, comandante? Un trato justo, ¿no le parece? Y con una mirada seria y una sonrisa leve en mi rostro, le extendí la mano.

Sobre nuestras cabezas, las estrellas habían perdido su brillo. Aquellos ojos celestiales lloraban por las vidas que se desperdiciarían bajo su vigilia.
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Re: El asedio interminable

Mensaje por Snarl el Sáb Mayo 10, 2014 6:04 am

La compañía de los hombres me es molesta, tan inútiles y miserables que tiemblan ante el enemigo y se orinan cual críos asustadizos.

Snarl, contemplando a los soldados.

El olor a miedo, a humedad, a estiércol y sudor, eran aromas conocidos por el schakal, eran aromas que más de una vez había sentido juntos. ¿Cuántas noches había aguardado en un oscuro callejón?, demasiadas para contarlas, siempre a la espera de cumplir un trabajo y era que si bien, había sido ya traicionado, el jamás había incumplido en un negocio, de cierta forma, se sentía orgulloso de ello, acaso era ¿honor? O ¿simple soberbia? Muchas cosas pasaban por la mente de aquel animal, ya que no se le podía considerar un hombre, un hombre no habría hecho lo que él. Desde que había abierto los ojos, desde que había mordido su primer trozo de carne, había sobrevivido pro sangre y dolor, ya fuera propio o ajeno. Mas ahora, lejos del desierto, lejos del sol que quemaba la piel, entre montañas y frio, entre lluvia y noche, el schakal contemplaba el caos, el miedo y la desesperación.

Ya había matado a dos guardias, ya se había manchado de sangre yd e seguro, alguien les encontraría, pero no a su verdugo ¿Acaso habían tenido familia?, era algo que al medio bestia no le importaba, era como un cazador, un animal que asechaba a su presa, la cual se ocultaba tras hombres con armaduras y falsas esperanzas. No demoro en que sus pasos le llevaran hasta un lugar desagradable para él, como si no existieran mil y uno más de ellos. La estrecha callejuela fue invadida, hombre, mujeres y niños trataban de avanzar, como si escaparan de las fauces de una bestia para llegar a otra, más el schakal se hecho a un lado, podía ver miedo en aquellos rostros, miedo y desesperación. No importaba si era un hombre, un niño o un anciano, aquel cuerno parecía haber invadido sus corazones. Palabras de desesperación podía escuchar, mientras que la palabra “orco” se repetía una y otra vez, el schakal sonrió ¿Acaso en cada ciudad donde estaba era invadida?, recordaba aquella batalla del pasado, recordaba a aquella vaca y a los trasgos, como los enanos habían luchado y muerto bajo el aliento de aquel dragón negro, una sonrisa se dibujó en las fauces de ese ser. Los humanos ya habían pasado y sus pisadas le llevaron en dirección contraria a ellos, no le importaban, por él, que todos murieran y alimentaran a los gusanos, no le importaban ni le servían de nada.

¿Hacia dónde le llevaban sus pasos? Quizás a los muros, quizás a otro callejón, no lo había decidido, lo que si le importaba era encontrar al noble y terminar con su trabajo, si la ciudad era asediada, de seguro le costaría más salir de ella y terminar con el trabajo. De pronto se detuvo en aquella callejuela, el aroma a sudor y miedo habían vuelto, ¿soldados asustados? ¿Aún más inútiles corriendo como pollos sin cabeza? Si hubiera sabido lo que vendría, hubiera preferido a los pollos humanos. La voz chillona, estridente y demasiado “amable”, de un humano hizo que sus orejas se movieran, el metal chocando delataba una armadura, era joven… muy joven, quizás un puñado de años sobre el cuerpo. El sonido de sus pisadas y su voz se acercó, demasiado, hasta ese momento el schakal le había dado la espalda, más cuando el sonido fue más que notorio, el hombre bestia se giró, siempre con su capucha cubriendo sus facciones, y dejando ver poco de su hocico únicamente.

-Hmm... no tengo intenciones de marcharme aun... humano – Aquella última palabra había demostrado un desprecio únicamente igualado por aquellas razas crueles y oscuras, como las drow o los propios orcos –Tengo cosas que hacer ahora y luchar hombro con hombro con los de tu especie no es una de ellas- Snarl avanzo en dirección de aquel muchacho, siempre ocultando su rostro, paso a paso el chico sentía una tensión, una amenaza en aquel ser encapuchado. Su corta carrera le había enseñado muchas cosas, que el miedo existía y debía superarlo, que el enemigo por muy fuerte que fuera podía ser derrotado y que la muerte no era el fin, pero aun con todo el entrenamiento que había tenido, los combates que le habían precedido, esa figura era diferente, sus movimientos no eran las de un simple hombre, si no los de un monstruo. EL muchacho llevo la mano a la empuñadura de su arma, pero no la saco, únicamente estaba en guardia, más cuando el encapuchado paso por su lado, pudo ver un instante quien se encontraba bajo aquella tela, fio los colmillos, los ojos amarillos, el rostro inhumano de un animal, de un asesino… y por qué no decirlo, de un ser tan peligroso como los orcos. La figura camino en dirección de la plaza, lugar donde hasta hace poco había estado el banquete, que de seguro ahora estaba en el suelo.


~La familia ... ¿Que sentido tiene cuando hay que despedazarla con tus propias fauces? ... ¿Cuando hay que caminar entre los cadáveres de aquellos que llamaste hermanos y pisar sus entrañas para seguir viviendo? ... la familia ... ~






~Sobrevivir es lo importante ... La forma no~
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Re: El asedio interminable

Mensaje por Feng Roshi el Sáb Mayo 10, 2014 6:53 am

El caos estaba desatado, por un buen momento, aunque poco a poco se fue calmando, la gente empezaba a evacuar la ciudad, al parecer, esas antorchas eran enemigos. Veía la ciudad, dudaba que fueran capaces de evacuar a tanta gente, aunque lo prefería, así podría moverme sin problemas.

El espectáculo era lamentable, algunos jóvenes aprovecharon el desmadre y el caos para colarse en casas vacías y luego huir con pertenencias que no eran suyas. Las madres abrazaban a sus hijos y salían corriendo con ellos. Algunos soldados intentaban calmar la situación, en algunas veces con éxito, en otras eran superados por el problema que tenían. Pero poco a poco se calmaba.

Debajo de mi, los gritos se habían calmado, la gente empezaba a moverse en varias direcciones principalmente, o eran varios hombres y algunas mujeres que parecían dispuestos a prepararse, o eran gente armada en dirección murallas, o mercaderes alejándose en una tercera dirección.

La cosa no pintaba bien, me quedaría a intentar ayudar cuanto pudiera, pero tampoco iba a entregar mi vida en esta batalla, claramente están mal protegidos, si están en guerra deberían trabajarse un poco el aspecto de defensa.

De pronto un joven me habló desde el suelo -Ey, compañero, algunos se han ido ya hacia las cloacas, otros se están armando para pelear ¿Que haces tu ahí arriba? -. Mire a ver quien era, un joven moreno, diría que por sus vestimentas no era de clase baja.

-Observar!- dije yo calmadamente y analizandolo, se podría decir que era el único, aparte de mi, que por aqui cerca parecía menos alterado.

De pronto otro cuerno, pero esta vez acompañado de tambores, alce la mirada, pero no veía más de lo que había visto antes, antorchas y más antorchas. La situación me ponía bastante nervioso, pero concentraba mis esfuerzos en calmar y relajar mi mente, ojala tuviera tiempo para una infusión.

-Creo que va siendo hora de que bajes de ahí... - Me volvió a decir.

-primero, armado ya estoy- dije enseñándole las manos, aunque pensándolo bien, esto parecía requerir usar los cestus. Me senté en el borde del tejado, y comencé a desenredarme varias telas y luego la pieza de armadura que tenía en los antebrazos.

-segundo, de aquí puedo observar perfectamente muchas cosas, un punto estratégico importante, sabré cuando llegaran, antes que cualquier otro que está ahí debajo- Me quite mis armas de entrenamiento de las manos y guarde ambas cosas en mi bolsa de viaje. La pregunta seria, katar o cestus….

-Tercero, no me gusta mucho estar entre tanta gente alterada, se agobian ellos, me agobio yo, …. en un rato bajare- Los cestus estaban amarrados entre si me los colgué al cuello, Me deslice hacia abajo por el borde del tejado, tuve que tantear un poco con las piernas hasta sentir una ventana, me dejé caer, me agarre a la ventana, y la abrí.

-Pero tienes razón- le dije ya con un pie en la ventana y mirando alrededor. La gente no se concentraba cerca, no tendría problemas ahora mismo. Entre por la ventana y en unos minutos bajé y salí con los cestus ya colocados en mis brazos.

-Iré contigo a explorar un poco la ciudad y a enterarme que sucede y que piensan hacer aqui, pero paso de meterme de lleno donde haya demasiado gente, eso nunca es bueno, son los objetivos favoritos de los enemigos, siempre…-
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Re: El asedio interminable

Mensaje por Nightcrow el Sáb Mayo 10, 2014 6:49 pm

Mis cuervos revoloteaban por sobre mi cabeza sin alejarse mucho. Estaban ansiosos; sabían que pronto ocurriría una carnicería, una masacre, y ellos tendrían mucho para comer. El pánico no tardó mucho en desatare cual peste. Hombres y mujeres de todas las edades, razas y clases sociales corrían y gritaban cual puercos arrastrados al matadero; aunque en realidad era un símil bastante adecuado para describirlos. Estaban encerrados en una ciudad patéticamente amurallada con defensas lamentables. Una vez que los orcos lograran entrar, cosa que indudablemente harían, asesinarían a todos allí. Sin embargo, el “noble” conde Drake hizo lo que pudo para calmar a las buenas gentes del feudo. Dio órdenes claras a los habitantes capaces de pelear, a los soldados y a los mercenarios, ordeno evacuar a cualquiera que no pudiese combatir; básicamente les mintió como todo buen político, haciéndoles creer que tenían esperanzas, como si su excusa de deidad pudiera salvarlos.

Pero mi preocupación no eran los habitantes comunes ni los peregrinos, sino los nobles. Cualquier noble que salvara de la muerte significaría una substancial cantidad de dinero en mi bolsillo. Por más que esas personas fuesen como ratas, eran ratas adineradas y de seguro estarían dispuestas a pagar por su vida; caso contrario los orcos no serían la única amenaza. A pesar de todo, si las cosas se ponían complicadas y había alguna posibilidad de salir con vida la aprovecharía y todo quedaría atrás.

Toda mi atención estaba centrada en los soldados y habitantes que se dirigían al arsenal buscando algo con que combatir. Pero no eran soldados, eran desesperados armados, brutos sin coordinación, campesinos con espadas. Si función no era más que la de desmoralizar al enemigo con su nuero, eran mera estética. En la batalla real morirían rápidamente puesto que luchaban contra una raza temida y conocida por su bestialidad en el combate. Se orinarían y desertarían apenas vieran a un mísero trasgo. Pronto notarían que su dios no estaba con ellos esta vez.

Tome y devolví una buen número de ballestas hasta finalmente encontrar el arma adecuada a mis capacidades. Conseguí una ballesta de 1,5 kg y un carcaj de 30 virotes. No era mucho en realidad pero debería bastar. Considerando las dificultades que se me planteaba el manipular un arma de largo alcance con una espada en vez de brazo muchos hubiesen considerado tonta esa decisión. Pero que alguien con mis características fuera en pleno combate directo contra los orcos hubiese sido algo aún más desquiciado. Poco después de tener el arma en manos, un soldado se acercó y me dio la posibilidad de unirme a uno de sus escuadrones.

Ni siquiera tuve que contemplar por mucho tiempo la oferta del soldado como para saber que le respondería. –No- dije terminantemente. Aquella no era mi lucha, ni mi ciudad ni mi reino siquiera. Todo lo que me importaba estaba en los bolsillos de los nobles. Si tuviera que elegir, saldría corriendo de ahí apenas pudiese. No vine a morir al pueblucho y si elegía pelear con los escuadrones de humanos eso pasaría inevitablemente. Con unos muros tan patéticos como esos, de seguro, los trasgos y goblings, quienes eran la propia carne de cañón de los orcos, de seguro no tardaría mucho en penetrar las defensas. Una vez en la muralla, gran cantidad de los arqueros allí apostados morirían inevitablemente y yo no sentía deseos de encontrarme entre ellos así que me limite a irme con la ballesta que había obtenido. Sin embargo, antes de abandonar completamente el lugar me voltee y les dije a los soldados.- ¿Para qué me necesitan a mí, con su dichoso dios apoyándolos?- escupí con mi lengua venenosa y una mirada de desprecio que me hizo ganarme más de un mal gesto de los soldados. Uno de ellos casi me responde, pero su superior lo tranquilizo y le dijo que me olvidara.
Así hice yo, que rápidamente dirigí mi mente hacia otras cuestiones, como buscar un buen lugar donde colocarme. Necesitaba un tejado lo suficientemente alto como para poder divisar lo que ocurría debajo y al mismo tiempo no arriesgarme a sufrir heridas antes de que iniciara el combate, como seguramente ocurriría con los arqueros de la muralla. Por suerte encontré rápidamente un tejado prometedor y me prepare para subirlo lo más rápido que pude. La matanza estaba cerca, mis mascotas y yo lo sabíamos.
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Re: El asedio interminable

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