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[Día del niño] A diez minutos de la noche, a la izquierda de la luna y todo recto hasta el amanecer.

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[Día del niño] A diez minutos de la noche, a la izquierda de la luna y todo recto hasta el amanecer.

Mensaje por Invitado el Mar Abr 29, 2014 7:19 pm

En los jardines de La ciudad de las Tres Lunas siempre encontrarás una brisa cálida y juguetona que desliza sobre el pasto de color naranja. Impregna el ambiente con un olor dulzón, arrastrado desde las ramas de los árboles Mahui, cuyos frutos azulados cuelgan tentadores de las ramas repletas de pequeñas gotas de savia. Era mi lugar favorito para hacer el vago en los días en los que no parecía necesario existir para nadie, esos en los que simplemente podías relajarte y disfrutar del precioso arte de no hacer nada. El ritual era relativamente sencillo: primero jugaba entre las ramas de los Mahui, luego comía uno, y solo uno, de sus frutos y me tiraba en la hierba a relajarme el resto del día. (Para todo visitante mortal que llegue a las Tres Lunas les diré que es importante que nunca coman más de un fruto de estos árboles, aunque no os explicaré el por qué dado que es una larga historia. Simplemente: no lo hagáis)

En el momento en que sentía a la brisa recorrer mi pelo no podía evitar sonreír en respuesta. Cualquiera que no haya crecido allí nunca se habría dado cuenta de ello, pero la realidad era que hasta la misma brisa eran entes oníricos que jugaban entre la hierba al corre que te pillo. Si te quedas quieto, escuchando atentamente, incluso puedes llegar oírlos reír de vez en cuando.

Recuerdo los primeros días que empecé a venir a este lugar. La brisa corría por todas partes al principio pero, en cuanto me acercaba a cierta distancia, de repente paraba y no la volvía a ver hasta que decidía irme del lugar. Cuando le pregunté a mi maestro por qué el viento me odiaba en el jardín de los árboles Mahui no reprimió ni un ápice una risotada condescendiente que aún a día de hoy recuerdo a la perfección. Me pasé días sin hablarle por la vergüenza que había sentido después de que me explicase que era lo que ocurría. Era, y aún soy, un niño egolatra que no soporta desconocer algo o hacer una pregunta completamente estúpida.

Los siguientes meses los dediqué a intentar entablar amistad con aquellos espíritus del aire de los que me había hablado el maestro. Lo probé todo: Conversación, el sigilo, quedarme relajado sin hacer nada para que se acercasen e incluso suplicarles que jugasen conmigo. Nada de eso funcionó. El rechazo de los espíritus provocó en mi el mismo sentimiento hacia ellos, espetando cada vez que iba donde los árboles Mahui ''¡Pues vale, no juguéis conmigo, escondeos y temblad de miedo ante el gran Lunático!'' riendo histéricamente hasta quedarme dormido sobre el pasto.

Tengo que reconocer que en aquellos tiempos empezaba a sentirme solo en la ciudad de Las tres Lunas. Era un ambiente de ensueño, lleno de magia por todas partes e infinidad de cosas con las que jugar y maravillarse, pero la única compañía ''real'' que tenía era la de mi Maestro. El solo parecía interesado en educarme y enseñarme, por lo que todas nuestras conversaciones iban dirigidas a eso y, aunque disfrutase de muchas de las conversaciones que trataban de enseñarme, aún sentía que me faltaba algo más. Puede resultar irónico que, en una ciudad llena de espíritus, me llegase a inventar amigos imaginarios. En un lugar repleto de entes que estaban en la linea entre la existencia y la inexistencia yo había creado una personalidad ajena a mi, completamente inexistente con la que comencé a jugar en los mismos pastos en los que vagueaba antes, para darles envidia a los espíritus del viento. Lo llamé: Sasha.

Para mi era un espíritu de colores oscuros, con una apariencia en principio aterradora y con un sentido del humor parecido al mío. Junto a él me dediqué a buscar a los malvados espíritus del viento que habían osado ignorarme anteriormente, guardando las mejores bromas que mi retorcida mente de crío pudo idear. Se había convertido en mi aventura personal a pequeña escala, inventándome una historia completa de traiciones y agravios familiares típicos de la nobleza humana con los que justificar años de guerras bromísticas contra los espíritus del viento.

Sorprendentemente fue esa la única forma en la que los espíritus del viento comenzaron a prestarnos atención a Sasha y a mi. Dos no batallan si uno no quiere, y desde luego ellos ansiaban entrar en guerra con nosotros. Estos fueron los momentos más divertidos de mi infancia en los que tuve que explotar al máximo mi inventiva para la travesura con el fin de combatir la superioridad mágica y la experiencia de nuestros enemigos. Es uno de estos extraños casos en los que una confrontación me abrió un mundo completamente nuevo de diversión en vez de cerrármelo.

Y si, ya sé que os dije antes que Sasha era en realidad una invención de mis solitarios nueve años, una idea que se formó en mi mente para alimentar mis ansias de compañía. No me volví loco, os lo aseguro, Sasha en un principio no existía. Pero, si algún dato interesante podéis sacar de este relato nostálgico es la forma en la que nacen los espíritus. Solo necesitáis un maestro bonachón que aporte cantidades enormes de magia, una idea y un sentimiento. Si lo que queréis es una moraleja, os dejaré la siguiente: Dejad a un niño en un mundo de espíritus y crecerá feliz, dejad a un adulto y probablemente acabe convertido en una oveja negra (Literalmente, los he visto).

PD: Maestro, si eres tu el que lee esto, lo cual es bastante probable, te diré que te doy las gracias por Sasha y que me ayudó muchísimo a convertir mi infancia en el sueño de cualquier niño. Por cierto, has violado la seguridad anti-maestro de mi guarida secreta bajo uno de los árboles Mahui y, por lo tanto, estás a punto de ser atacado por una guardia formada por mis conquistados y leales Krigare de la Tormenta(Ya sabes, los espíritus del viento. Me gusta ponerle nombres nuevos a todo).
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