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Una daga en la encrucijada

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Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:07 pm

Una Daga en La Encrucijada

SINVYL I
Thonomer. A algunos puede parecerles una locura pero, incluso el cielo es diferente por aquella extensa región norteña. Tal vez es la brisa del Mar homónimo, o por la acumulación de nubes producida sobre la cadena montañesa que separaba las tierras humanas del hogar milenario de los elfos. Los colosos humanos por excelencia representaban a Thonomer tan bien como habría de esperarse de naciones de tal envergadura. Malik Thalish, Phonterek, Eremnios y Tirian-Le-Rain. Pese a la falta de comunicación y los enfrentamientos que mantenían entre sí, las cuatro crecían en paralelo por sobre las demás.  Esto, de todas maneras, no significaba necesariamente, que otras ciudades no tuvieran importancia alguna para la región.

Desde  la península del norte, que representaba el grueso comercial entre los norteños habitantes de Yagojakaff, hasta el Río Liz, que separaba Thonomer en dos partes, se alzaban ciudades de todos los tamaños. De cualquier manera, todas tenían aquel aire indescriptiblemente thonomeriano. Después de todo, la zona tenía el mayor número de habitantes humanos de todo Noreth.

«Ya estoy de vuelta. Me pregunto cuántos cadáveres dejaré atrás en este viaje.»

La tabla emplazada por la tripulación para conectar la cubierta con el muelle, vibraba con cada paso. El sonido retumbante hubiera llamado la atención de cada hombre presente en el barco, si estos no hubiesen estados tan concentrados con el movimiento de caderas de Sinvyl Xarann. Desde que había subido a bordo unos veinte días atrás, nadie había visto a la elfa. Sabían que probablemente aquella persona envuelta casi por completo en telas oscuras que había subido a bordo junto al capitán, era una mujer, no obstante, nadie hubiese imaginado que fuese una de aquellas características.

La elfa oscura llevaba un vestido de seda púrpura característico de sus sucedáneas del bosque, excepto por el color, que aquellas solían elegir de tonos verdes o marrones. Ceñido desde los hombros hasta la cintura gracias a un ancho cinturón de cuero negro, finalizaba casi a altura de las rodillas por su respectiva falda que, cabe destacar, permitía libertad suficiente para dar largos pasos. Unas sandalias sencillas de color gris completaban todo el atuendo que tenía encima. Era un vestuario osado, sobre todo para volver al lugar del que cierta vez tuvo que escapar aferrada al trinquete de unos piratas. Y vaya que le costó escapar de aquellos bucaneros al día siguiente. Contrariamente, allí estaba, haciendo una declaración pública de seguridad en sí misma. Ego, dirían sus enemigos. Afortunadamente, no tenía ningún enemigo en Iflama. No por el momento.

Un carro tirado por dos alazanes esperaba al final del muelle, mientras su dueño miraba como idiota hacia el muelle en el que recientemente había atracado el Doncella Verdemar. Sinvyl alzó un brazo para señalarle que iba a requerir su servicio, y como vio que el hombre necesitaría por lo menos un minuto para tener reacción, se giró hacia su acompañante.

— Gracias por la ayuda, Toward— le dedicó la mejor de sus sonrisas, sin embargo aquel viejo era posiblemente el único hombre en todo el puerto al que, según sospechaba, no lograría conmoverlo con nada.

Tampoco lo necesitaba.

Cuando llegó al carro, su chofer abrió la puerta ejecutando una estudiada reverencia que la elfa entendió como el permiso para subirse. El viejo Toward por su parte, se acercó a la puerta lo justo y necesario para dejar el bolso, antes de alejarse en silencio por el camino que había recorrido, arrastrando los pies como si no pudiese mantener su propio peso. Los movimientos costosos y erráticos llevaron a Sinvyl a preguntarse de qué utilidad podía serle un arcaico de esas características a su amigo el capitán del Doncella. Lo único que quedaba por hacer era agradecer –con todo su pesar- por haber enviado a un viejo al que no se le para, y no a uno de sus tripulantes más jóvenes y musculosos. De todas formas, no era momento ni lugar para malgastar en gente que no significaban nada en su vida.

El sol tenue del alba iluminaba aquella pequeña y antigua ciudad de Thonomer, sin entender que la próxima vez que lo hiciera, esta ya no sería la misma.

— A la mejor posada de Iflama— respondió a la pregunta que el guía habría tenido que preguntar.

En otra ocasión hubiese esperado para respetar el protocolo, pero lo vio tan entretenido mirándole el escote, que no pudo resistirse ante la posibilidad de hacerle sentir el imbécil que era. Por lo pronto, funcionó. El carro abrió marcha entre marineros que se presentaban a sus respectivos barcos después de pasar la noche en la ciudad, vendedores de pescado y almejas, y guardias de la ciudad. Muchos guardias de la ciudad.


Última edición por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:23 pm, editado 1 vez
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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:12 pm

SINVYL II
No era la primera vez que recorría las calles de Iflama. Históricamente, la pequeña ciudad costera había parecido un tributo a Phonterek, pero sin mafias, lo que en cierta manera la enaltecía un poco más. Tenía su propio encanto, y por consiguiente, se había hecho un nombre en la región. El cénit de su ascenso, sin embargo, posiblemente se estuviese desarrollando en aquel mismo momento. En los últimos años, un grupo de comerciantes y mercaderes que había formado parte de la producción de barcos, descubrió que podía acumular kulls más dorados si se dedicaba al intercambio de otros productos un tanto menos inofensivos. Conscientes de esta situación, las autoridades de Iflama y de las ciudades cercanas habían incrementado la persecución sobre todo sospechoso de contrabando.

Hasta el momento, eso no había tenido resultado.

Sinvyl iba tendida plácidamente dentro de la cabina, con las piernas cruzadas, los pies sobre el asiento de al frente y un brazo sobre el dorso de su propio asiento. El carro había sido construido para llevar por lo menos a cuatro personas, y al ser solo ella, tenía espacio suficiente para hacer lo que quisiese. Inversamente a la situación, sus labios no dibujaban una curvilínea sonrisa como la que habían exhibido ante el improvisado público del muelle. No tenía necesidad de hacerse notar, ni declarar a nadie su presencia. Su ojo verde tenía la tonalidad del musgo que crece en los  árboles de la jungla, donde la densa capa de hojas y ramas mantienen la humedad durante las cuatro estaciones. El otro, el ojo drow, como ella solía llamarlo, observaba el paisaje con un brillo siniestro, tan bermellón como la sangre.
Tenía dos miradas en sentido formal y material. Sí, sus ojos eran dispares, pero también podían verlo todo de dos maneras distintas, como le gustaba pensar. Allí en el carro, advertía cómo la gente salía de sus hogares para comenzar el día. Una de las características de Iflama era el número de carros, de los cuales una buena parte eran privados. Este hecho no se reproducía con normalidad en otras ciudades. En general, se reservaba a una pequeña elite de hombres de poder. Desde la perspectiva de algunos –aristócratas sobre todo- podía representar el crecimiento económico de la ciudad. Para Sinvyl en cambio, significaba un incremento de esclavitud o trabajadores en condiciones deplorables, y un acaparamiento de riqueza en unas pocas manos. A simple vista, el desarrollo de la fastuosa ciudad no era resultado de esta desigualdad. Ese simple acto ya parecía por sí mismo todo un acontecimiento, y si se le sumaban algunos detalles más, como el despliegue de tantos guardias, trascendía a algo mayor.

«Además está ese hedor. Iflama apesta… el Conde  Barnscaster no tuvo en cuenta el resultado de tantos soldados…»

El carro paró después de unos minutos de marcha continua, y pronto el guía abrió la puerta. Sinvyl lo recibió con una sonrisa que él percibió como complicidad, pero ella sabía que más bien podía leerse como una pizca de malicia. Pese a ser un completo idiota, el hombre no parecía malo.

— ¿Y esta es la mejor posada de Iflama?— preguntó con inocencia, inclinándose hacia afuera con sutilidad, y ofreciendo una buena visión de su escote.

La pregunta no era necesaria, conocía la posada desde antes, pero le servía para ganarse un favor. Las dos columnas de mármol a cada lado de la entrada principal no eran necesarias, estaban allí para ostentar, y le daban un aspecto difícil de olvidar a la fachada. El hombre sonrió durante el asentimiento, y por un instante pareció rejuvenecer por lo menos una década. Pese a ser un simple cochero, si hubiese estado en una ciudad menos favorecida, tal vez hubiese pasado por noble o por un prelado. Además de su vestimenta bastante pulcra, no se arrastraba al caminar, ni exhibía manos agrietadas.

«… Pero el condenado es un hombre, y como todos los hombres, se distrae…»

Sinvyl se deslizó con solemnidad fuera de la cabina, seguida del cochero, que tomó el bolso para seguirla. Con los primeros pasos dejó demostrado que sus pensamientos no estaban errados. El guardia de la puerta, algunos paseantes, e incluso un hombre que salía del edificio junto a su señora se giraron para verla. La elfa caminó altiva entre la gente. A simple vista no parecía muy interesada en lo que ocurría a su alrededor, contrariamente, prestaba atención a cada detalle que estuviese frente a sus ojos dispares. Afortunadamente, el efecto creado por la penumbra en sus ojos dispares, se disipó ni bien la luz los penetró. A veces tardaba en hacerlo.

El próximo que se giró fue el guardia del lado interior de la entrada. El lugar era estupendo, la pestilencia que imperaba en las calles no tenía oportunidad ante el aroma de las cocinas, que impregnaba absolutamente todos los ambientes de la planta baja. Por fortuna, la taberna estaba atendida por una mujer. El intercambio se hizo con premura y cuando quiso acordar, Sinvyl se encontraba ante la puerta de su habitación. El número catorce tallado sobre la superficie de madera de pino, tenía detalles propios de un buen artesano élfico. Una rareza, teniendo en cuenta que el edificio en general tenía más piedra que madera, y que por el momento, la ciudad parecía poblada completamente por humanos. Antes de abrirla, agradeció al cochero que le llevó el bolso y lo recompensó por la ayuda con una sustanciosa propina plateada. Al fin, después de casi un mes, estaba sola. Tenía que prepararse.


Última edición por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:24 pm, editado 1 vez


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:15 pm

SINVYL III
La mañana se fue sin querer admitirlo, dejando una tarde soleada de escasa humedad. Como la distinguida hospedería no se encontraba  cerca del muelle, apenas llegaba la brisa acuosa que bañaba la zona de los muelles. La temperatura era perfecta, pues la frescura de una leve pero persistente corriente contrarrestaba el fruto de la luz diurna. La habitación era perfecta. El mobiliario estaba compuesto por varios elementos tan refinados, tanto era así que Sinvyl llegó a preguntarse cómo sería la habitación del conde. La cama contaba con espacio suficiente para cinco personas, con sábanas frescas de lino, estaba situada frente a la ventana con vista al mar. Además tenía un tocador con media docena de cajones, dos asientos de madera alrededor de una mesita baja de hierro con terminaciones florales, e incluso un cuarto aparte con una bañera.

Tan solo de pensar cuánto le costó todo aquello, le daban ganas de salir corriendo y escaparse al bosque más cercano. Con el gasto de una noche podría haber comprado una casa en alguna otra ciudad. Eso si decidía cambiar la vista que el paisaje ofrecía a la ventana por un pantano, y la bañera por una olla de latón. Afortunadamente, el gasto era minúsculo comparado con la recompensa que alcanzaría de completar con éxito su misión. Y como era de esperarse, Sinvyl no admitiría otro resultado.

Habían pasado al menos tres horas del mediodía. Las herramientas estaban perfectamente ordenadas sobre la cama. Un pequeño arco de madera de abedul recubierto por láminas de cobre que le daban un aspecto más resistente, junto a un carcaj repleto de flechas; a unos pocos centímetros, una colección de diez cuchillos arrojadizos que brillaban casi completamente debido a la luz del sol que reflejaban. Al lado de los cuchillos, un puñal de empuñadura de plata y cuero, y una daga más larga, que pese a los años que tenía, conservaba cada detalle original, incluso el filo letal. Por último, un sable largo que, si bien rara vez se usaba, le había salvado la vida en más de una ocasión.

Sinvyl miraba hacia las calles con atención. Conforme el tiempo pasaba, sus temores, dudas, sus emociones mismas, se iban esfumando. Ella era consciente de esto, le había llevado años adquirir aquella actitud frente al trabajo, pero sabía que era necesario. Después del mediodía, se había dado un baño, y recién ahora se le estaba acabando de secar el cabello, pero eso no le había impedido bajar al comedor común a compartir la mesa con algunos comensales. Sinvyl había heredado muchas particularidades de sus ascendentes, más la antipatía por otras razas, no fue una de ellas. De hecho ya estaba invitada a cenar con dos muchachas ávidas de diversión, a quienes había sacado más de una carcajada con sus anécdotas durante el almuerzo. Lamentablemente, nadie en el comedor sabía nada de los nuevos negocios de la burguesía, que era la razón por la que había bajado. O bien, aquellos que sí tenían algún conocimiento, fueron lo suficientemente inteligentes como para no charlarlo en público.

Lo único que faltaba era que cayera la noche, y eso no le correspondía a ella. Lo demás estaba consumado casi por completo, incluso le había sobrado algunas horas que en breve aprovecharía para armar planes de escape de la zona. Como lo único que le faltaba a Sinvyl era vestirse, se dirigió a la cama, donde además del arsenal, descansaba su traje. La última vez que estuvo en Iflama, aún no lo tenía, por lo que no corría riesgo de que alguien la identificara. De todas formas, no estaba muy segura que de haberlo necesitado, lo hubiese dejado a un lado. Ese era su traje favorito, en especial en climas como aquel. Conocía cada detalle, cada pliegue, cada lazo, cada recoveco, cada hebilla, como conocía cada parte de su cuerpo. Era esencial tener absoluto control sobre su cuerpo y lo que llevase encima. Lo había usado prácticamente en todo Noreth, y si bien  cada cierto tiempo lo modificaba, hacía por lo menos cinco años que eso no pasaba.

A dos horas de la puesta del astro mayor, una silueta oscura salió por la ventana de uno de los cuartos de la posada. Ya poco quedaba de aquella mujer que había ingresado por la entrada principal por la mañana. En la habitación no quedaron sus dudas ni tampoco sus emociones, la experiencia le había enseñado que cuando el momento de una ejecución se acerca, son tan necesarias como el puñal y la daga. No obstante, para usarlas, las convertía en resolución y adrenalina.

Si alguien hubiera estado patrullando por los tejados, quizá la hubiese visto llegar…

No, si alguien hubiera llegado a estar patrullando, jamás la hubiese visto. En las ciudades burguesas, los detalles se multiplicaban como niños en las aldeas. Los detalles, las estatuas, las torrecillas, los puntos de apoyo. Todo proyecta sombras, y ¿quién es capaz de distinguir una sombra dentro de otra?


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:18 pm

LA SOMBRA I
Los muelles estaban despejados. Los pocos individuos que se veían desde lo alto no estaban trabajando, ni preparando el barco. Algunos se movían entre enormes cajas y puestos vacíos donde durante el día se llevaban a cabo las transacciones normales entre pescadores y clientes; en cambio otros, se mantenían en su posición durante largos momentos antes rotar lugares con sus colegas. La Sombra llevaba observándolos por lo menos una hora y media, y no se mostraban muy dispuesto a cambiar su actitud. No era el movimiento que se puede esperar de marineros, transportistas o transeúntes. Si no se hubiese distinguido perfectamente sus ropas desarregladas desde allí, habría pensado que se trataba de guardias.

La Sombra esperaba agazapada sobre un conjunto de cajas dispuestas en la parte trasera de un almacén ubicado en el cordón de edificios que separaban la ciudad de los desembarcaderos. El aroma a pescado resultaba insoportable, pero aquella era una posición privilegiada. Desde allí había podido estudiar no solamente la posición de sus objetivos más próximos, sino también de aquellos que estaban más lejos. Por lo demás, la luna le obsequiaba un paisaje que difícilmente se le olvidaría alguna vez. A su espalda, las fachadas de cientos de edificios se habían convertido en piedra caliza y marfil debido a la noctívaga claridad. Por un momento, la Sombra se permitió imaginar cómo se vería el bosque aquella noche. Solo por un momento, pues no podía desperdiciar ningún segundo en nada que no estuviese relacionado con su muriente.

El momento llegó cuando los objetivos que seguían una rotación se movieron otra vez. Sin perder un segundo, la Sombra saltó al tejado del almacén para recorrerlo sin hacer ruido. Después de todo, era una sombra. Desde el borde más próximo, alcanzaba a ver la caja.

«Caja 894… extraño… pero si la información es correcta, es la única oportunidad de hacer salir a mi muriente»

Durante un momento la capa fuliginosa, tan oscura como la noche, se asemejó a un par de alas. La caída fue corta, sin riesgos. La Sombra cayó sentada en los hombros de un muchacho que pese a su imponente figura, no tuvo oportunidad de defenderse. Antes de que el pobre infeliz se derrumbara por el fuerte golpe en la base del cráneo, ella ya se había deslizado a su lado para evitar cualquier sonido que pudiese alertar a otros.

«Que duermas bien— murmuró, mientras lo depositaba entre unas cajas, y al ver  la marca que le había dejado supo que si volvía a despertar en sus cabales no sería en breve— Y hasta mañana»

Ahora solo tenía que buscar la caja, hacerse con lo que había allí adentro y escapar antes de que alguien descubriese al hombre. Según sus conjeturas, nadie pasaría por allí hasta dentro de media hora, pero si salía con quince minutos a su favor, sería un trabajo sobresaliente. Al final del pasillo encontraría lo que estaba buscando, corrió envuelta en su capa, pegada a la imprevista pared de madera formada por los contenedores de madera. Cuando estaba por llegar, el sonido de pasos le alertó justo a tiempo para agacharse. Un hombre pasó frente a ella sin sospechar que alguien estuviese observando cómo iba sacándose los mocos. La Sombra trotó por donde él había pasado y giró una vez más hacia la izquierda, pues de haberlo hecho hacia la derecha se hubiese encontrado entre dos guardias que por lo visto no entendían la importancia de hacer silencio en su trabajo. Sus parloteos le llegaron incluso cuando quedó frente a la caja 894.

El tamaño de la caja se asemejaba al de las jaulas que usualmente eran tiradas como carros para transportar prisioneros. Sin embargo aquella noche, cuando creía que ya lo había visto todo,  algún hijo de puta con una moral inferior a la de un troll, fue capaz de caer muy pero muy bajo. Cuando la abrió, los ojos de la Sombra se encontraron aquello que jamás hubiera pensado de aquella ciudad. Se quitó la capucha para observar mejor cómo seis mujeres se tapaban los ojos debido a la repentina aparición de la luz nocturna. Sinvyl Xarann se quedó pasmada, mas aquello no le impidió modificar cada uno de sus planes de escape. Por las facciones, supo al instante que se trataba de extranjeras, no menores de quince, pero tampoco mayores de veinte o veinticinco.

Ni bien la sorpresa inicial hubo pasado, las mujeres comenzaron a pedir ayuda. Sinvyl no conocía su lengua aunque entendía algunas palabras sueltas como “esclava”, “hogar” o “casa” y “dioses”. Estaban desesperadas. El detalle de las cajas más pequeñas repletas de armas dentro no pasó desapercibido. Les pidió silencio pero su propia voz pasaba imperceptible entre los lamentos desesperados. Estaban famélicas, sus ropas eran harapos  y telas sueltas. Aun así, ni bien pudieron, se abalanzaron hacia afuera ansiosas de ser libres. No podía enojarse con ellas, eran las víctimas de algún “respetable” señor de la ciudad. De todos modos hubiera deseado que carecieran de cuerdas vocales o que estuviesen un poquito más débiles. Los guardias de alrededor no tardaron en llegar. Eran dos. Nada indicaba que otros no pudiesen estar al caer. La Sombra los observó con el ceño ligeramente fruncido, deslizando la capa hacia los costados para que entendieran que una mujer sería quien los dejaría fuera del mercado negro. La luna la iluminaba directamente, provocando destellos en el ojo drow. Su cabello inmaculado caía como una catarata plateada sobre los hombros ocultos por la tela. La camisa no alcanzaba a ocultar el valle entre sus pechos, ni los múltiples lazos de su cinturilla. Lo que no se veía a simple vista eran los filosos cuchillos escondidos por allí. Su silueta no era precisamente la de cualquier otra sombra.

En alguna otra ocasión hubiese sonreído, pero por primera vez en mucho tiempo, alguien había logrado hacerla enojar.
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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:29 pm

LA SOMBRA II
Los ojos disímiles capturaron cada detalle desde debajo de largas pestañas femíneas, casi al instante. Eran dos humanos adultos carentes de detalles dignos de ser contados, después de todo, no habían mirado ni una sola vez al grupo de niñas. Eso significaba que sabían de qué se trataba el “cargamento” que estaban protegiendo. Por alguna razón que escapaba del raciocinio instantáneo de la Sombra, aquello la enfurecía aún más. Era una asesina profesional, no una doncella en edad del florecimiento. Estaba acostumbrada a tratar con gente como esos dos, o peores, aunque siempre intentaba que el único contacto fuese daga mediante. Por el color y la forma del filo empuñado por el futuro cadáver más próximo, portaba un sable más corto que su shamshir.

Aquella era el arma típica de cualquier pirata, con la hoja curva y la hoja delgada, en un abordaje tenía sentido usarla, era una espada ligera especial para un asalto rápido pero, ¿en suelo firme, para iniciar un combate? Era un grave error en el que, pese a todos los colegas que terminaban flotando en el mar, envueltos en mantas viejas, los corsarios no dejaban de caer. Tal vez para aquellos lobos de mar fuese un honor morir como idiotas. Sinvyl prefería adaptarse a la situación. Tenía su sable preparado para usar si la única oportunidad de terminar con su muriente era involucrarse en un combate con varios enemigos. Como eran pocas las ocasiones en las que hacía uso del sable, también llevaba una daga deseh que tras más de setenta años, se había convertido en su compañera predilecta. Era ligera como un el vuelo de un halcón, la empuñadura era casi tan suave como su propia piel y por su fuera poco, contaba con una letal hoja de doble filo.

La Sombra se movió con la celeridad que caracteriza al viento. La capa se abrió frente al enemigo, una promesa de oscuridad y muerte. Por desgracia, esta última sería corta, la otra, en cambio, lo abrazaría eternamente. De esa parte se encargaba ella, la Sombra, la que sentía fuego corriendo por sus venas. Posiblemente se había olvidado de respirar, tal era su concentración. El corsario alzó su sable a la altura del cuello, de forma tal que la hoja dibujaba un horizonte. Allí fue a donde vio que se dirigía el acero letal, pero ningún asesino con un poco de autoestima sería tan idiota de iniciar un combate de aquella manera. Mucho menos ella. Su daga se clavó debajo del tórax, siguiendo un curso ascendente hasta tocar el hueso de la columna. Uno menos.

Ahora solo quedaba uno, y en principio, no había nada que indicara que sería diferente. El viejo lucía un pañuelo azul con el que se tapaba la calva, más a Sinvyl le hubiese gustado que la prenda le tapara también esa cara de imbécil con la que la miraba. En oposición a su compañero recientemente ofrecido a los dioses, llevaba dos hachuelas filosas que sostenía como si de dagas se tratase. Su primer movimiento fue totalmente agresivo, se abalanzó hacia su enemiga aparentemente, creyendo que los años no le jugaban en contra. El hacha diestra fue directo a donde había estado la cabeza de la Sombra, pero esta última ya no estaba allí. Para sorpresa de las chicas que observaban pasmadas la escena, el viejo aprovechó la fuerza de su propio movimiento para dar un giro hacia donde se había movido la Sombra, pero otra vez erró. Cuando estaba por alzar el otro brazo, un puñal le atravesó el hueco popítleo. El viejo cayó gruñendo unos cuantos improperios, de frente a las mujeres de ojos grandes y labios resecos.

Le puso uno de sus cuchillos más pequeños en el cuello.

— No seré yo quien te salve de la miseria— le susurró en el oído con un tono entre lascivo y burlón— verás cómo tu señor hará mi trabajo, después de escuchar todo lo que has logrado averiguar sobre mí. No, no, no, no. Si quieres vivir hasta mañana cierra esa boca sucia. Es más, te compraré algo tiempo si eres capaz de darle mi mensaje.

«Eso ni lo sueñes»

Con un movimiento cansino clavó el cuchillo en la mano del viejo, interceptándola justo cuando estaba por tomar nuevamente su hacha. El grito fue aún más desgarrador que el anterior, si había más guardias por ahí, tenían que estar al caer.

— Créeme que aun no entiendo de dónde los sacan tan idiotas. Voy por él, es lo único que pretendo que le digas, y descuida por esto— agregó, mientras extraía su cuchillo— no es nada grave, seguramente un hombre capaz de cuidar un cargamento de niñas indefensas en una de las ciudades más segura de Thonomer puede soportarlo.

La ausencia del subidón de adrenalina se hizo notar, especialmente cuando se puso de pie. La sensación era similar al hambre, en principio, porque las extremidades quedaban débiles, pero también por el leve mareo. Era normal, y le ocurría cada vez que entraba en combate con más de un enemigo, aunque eso no lo hacía más agradable ni placentero. La Sombra recogió la daga oscurecida por la sangre, el aroma de la herrumbre le resultó refrescante, provocando que se le erizara la piel tan oscura como la noche. Allí bajo la luz de la luna, parecía el monumento de alguna diosa de mármol negro que de pronto había cobrado vida. Consciente de que las chicas se habían quedado atónitas viendo sus movimientos, volvió a ponerse la capucha para que no vieran su ojo drow. La capucha que bajo ningún precepto había tenido que quitarse. Aquel desliz le traería problemas más tarde o más temprano, no obstante, de momento tenía ciertos asuntos más importantes que atender.

Cuando se acercó a las jóvenes, pasó por alto los gestos de miedo y asombro que tenían en sus caritas demacradas para terminar con aquello lo más pronto posible.

— ¿Alguna habla el común?— preguntó mirando una a una.

La capa ocultaba todo su cuerpo de tal manera que era difícil para las jóvenes mantener el contacto visual. Cuando miró a la quinta a los ojos, esta asintió levemente, como debatiéndose entre decir la verdad o dejárselo a alguna más valiente. A simple vista la joven no parecía mayor de quince, pero eso era por su estatura y su estructura ósea pequeña. Se mordía un labio reseco mientras mantenía la mirada baja. Sinvyl no podía culparla, acababa de mostrarle cómo asesinaba a un hombre, y por lo poco que sabría al haber estado dentro de una caja, era posible que creyera que ella había llegado para matarlas.

—  ¿Cuál es tu nombre, pequeña?— preguntó con delicadeza.
— Dorea— respondió, animándose a mirar a donde creía que estaba el rostro de Sinvyl— si a mi señora le parece bien.

«Está acostumbrada a servir»

— Eres muy bella Dorea, ¿Estás segura de que no eres alguna emperatriz perdida?— le comentó, y es que aunque en aquel momento era una verdad a medias por su estado, sus rasgos eran propios de una exótica belleza.

Piel olivácea, figura curvilínea, grandes ojos oscuros y cabello azabache con largas ondas. Estaba claro para qué estaban transportando a aquella jovencita, casi tan claro como que pronto se les acabaría aquel negocio. Con tres simples palabras y un tono sincero, se ganó una oportunidad de ser oída.

— No soy tu señora, me llamo Sinvyl, y necesito que les digas a las demás que me sigan en silencio. ¿Puedes hacerlo?— le pidió de forma afable— tenemos que salir de aquí antes de que vuelvan los esclavistas.

Las últimas palabras tuvieron su efecto, pero más allá de eso, ningún otro pirata apareció. El grupo de mujeres siguió a la capa serpentina con dos lunas por testigo, por pasillos de cajas en donde no se oían movimientos enemigos.

«Esta noche la tripulación del Luminosa no esperaba problemas. Supongo que el que vende estas niñas no le interesa rescatarlas… ¿pero de quién serán esas armas?»

La respuesta no se hizo esperar. El barco del que habían bajado  la caja 894 iluminó gran parte del muelle cuando empezó a arder, el grito de los hombres no tardó en llegar junto con los destellos de las llamas.
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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:36 pm

EL ARISTÓCRATA I
El edificio estaba sostenido en una estructura poco común, por lo menos en otras ciudades humanas. En Iflama, no se trataba de la única, aunque tenía sus propias peculiaridades. El palacete había sido emplazado en una elevación de rocas que se alzaba directamente del mar, no obstante, estaba tan alto que el agua no alcanzaba ni siquiera sus cimientos. Las olas rompían muy por debajo, ofreciendo un estrépito lejano prácticamente constante que a algunos podía resultar una tortura. Las paredes blancas tenían imponentes balcones rosados que sobresalían por debajo de enormes ventanales, en los cuatro lados.

A simple vista, desde el mar,  se podía apreciar como una especie de torre salida de la piedra, aunque el material con el que estaba construida no era propio de la roca.  Una buena parte del edificio estaba compuesto por cuatro pisos de distintos diámetros, resultado de los mejores constructores de la zona. Resultaba evidente que los enanos, que solían jactarse de la superioridad arquitectónica propia de sus ciudades subterráneas, nunca habían visto aquella pequeña ciudad burguesa. Sobre el tejado del último nivel, se erigían dos pisos más, que compartían las paredes. A pesar de ser más pequeños que los cuatro del edificio principal, era entre aquellos cuatro paneles donde ocurrían los acontecimientos más importantes.

Aquella mañana en la que el cielo resultaba extremadamente celestial, encontró un grupo variopinto en el último piso de aquel palacete. La habitación estaba perfectamente iluminada gracias a las tres ventanas que recibían directamente la luz del sol. Esto, no obstante, no ocurría con el calor, pues el ambiente se mantenía fresco como la noche anterior. Había cinco personas dentro, pero solo una de ellas estaba sentada, en uno de los dos sillones alargados que rodeaban la pequeña mesa del centro. El hombre exhibía unas calzas grises en sus piernas cruzadas con desenfado. Sus zapatos negros de cuero brilloso, eran una señal de su poder, aunque precisamente no necesitaba demostrarlo. Un jubón también gris con motivos de dragones sobre la camisa blanca completaba su atuendo de señor burgués. Tenía unos cuarenta años, aunque aparentaba por lo menos siete menos. Su ceño fruncido contradecía la postura descomedida. Observaba el vino tinto llenando el cáliz que él mismo sostenía, sin ningún interés aparente en las formas curvilíneas de la muchacha que lo servía.

La joven iba vestida con un vestido cerúleo holgado, que dejaba el pecho izquierdo descubierto, pero en el brazo contrario la tela llegaba hasta el codo. No tenía un anillo atravesando el labio inferior, pero estaba claro que era una esclava. Sin embargo, no era la única en su condición, otras dos chicas esperaban con gesto pétreo detrás del sillón de su amo. Ambas llevaban vestidos iguales a los de la otra, aunque estos eran verde y rojo respectivamente. Las tres miradas eran de tristeza, aunque a nadie allí le interesaba hacer algo por remediarlo.

— ¿Ardió completamente? ¿Todo el cargamento?— voz sospechosamente tranquila en un hombre con el temperamento de Lord Manver.

El viejo lo supo al instante, pero no podía hacer nada para escapar. Ya no quedaba resquicio de la osadía que lo había caracterizado en sus años mozos, y aun si la hubiese tenido, la herida que la Sombra le había hecho no le permitía apoyar la pierna por completo. Por si fuera poco, su jefe lo sujetaba del hombro con un apretón que bien podía ser una amenaza, obligándole a sostenerse con la pierna herida. Era difícil concentrarse con aquel espectáculo de piel canela y curvas generosas, pero se las arregló para mirar a su amo con un gesto que él consideró de sumisión.

— Creo que las chicas están vivas… se fueron detrás del demonio, Lord Manver.

Cada detalle en el rostro gallardo era una alerta. La arrogancia que lo caracterizaba se iba de a poco, dejando un gesto más peligroso detrás de su barba de cuatro o cinco días y de sus ojos negros.

— ¿Las chicas? Las chicas no importan… vienen en el cargamento de Woestyn Ölüm. Lespon es la encrucijada del mundo… el mejor puerto de Geanostrum— explicó con la voz apagada. — Pero las armas importan, Sidorio.

El señor se llevó el cáliz a la boca el momento necesario para que su anciano servidor lo comprendiera.

— Meses de producción de nuestros amigos de la Aguja— agregó observando el contenido del cáliz con sumo detalle, y aunque su voz era tranquila, lo lanzó con tal fuerza que rebotó varias veces antes de ir a parar a los pies del viejo Sidorio Caes. — Es un desperdicio.

El impacto causó conmoción a la muchacha que le había servido el vino, las otras dos, adquisiciones anteriores del señor, se movieron con ligereza para no hacer ruido ni interrumpirlo, dispuestas a limpiar el empedrado de mármol blanco. Cuando una rozó el zapato de su señor con el trapo con el que estaba limpiando, este la tomó por el cabello envolviéndose la mano y tirando hacia atrás.

— Y no me gustan los desperdicios— sentenció observando como las lágrimas se concentraban en sus ojos violáceos. Satisfecho con el terror que había despertado, la soltó con suavidad, como si nada hubiera ocurrido.

«No es la primera vez que me afrenta con su torpeza, ya me encargaré más tarde de un correctivo apropiado.»

Sidorio se había quedado petrificado con el impacto del cáliz, a diferencia de su jefe, que esperaba nuevas órdenes. Molucco era uno de los hombres de confianza de Lord Manver. Un hombre delgado pero nervudo y musculoso, astuto como pocos, aunque arruinaba ese potencial con su gusto por la violencia. Era tan alto que pasaba por una cabeza a Sidorio, y el viejo no era lo que se dice un enano. Lord Manver lo observaba pensando, no como pocas veces, lo semejante que era su rostro al de un águila.

— Tenemos un nuevo problema en la ciudad… una mujer, posiblemente de otra raza. Dupliquen todas las posiciones, especialmente en torno a nuevos clientes y a los más importantes, tienes permiso para hacer— lo observó con un leve gesto de asco en los labios— eso que te gusta hacer a ti.

El fornido guerrero asintió, provocando que la penumbra resaltara una sonrisa sanguinaria. La esclava de verde, que lo observaba con pavor, esquivó la mirada fría del hombre cuando este le echó un vistazo de perfil.

— Y Molucco… ¿tu chico dijo que estaba listo para más?

Cuando Molucco asintió, el viejo Sidorio Caes se desplomó con todo su peso hacia atrás. En la frente, el cabo de una daga sobresalía de forma grotesca, mientras el suelo impoluto se iba tiñendo de carmesí centímetro a centímetro.

— Envíalo a los muelles.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:40 pm

SINVYL IV

— Haremos todo lo posible por las muchachas, señora…

La sala era tan alta que la voz potente del hombre parecía chocar con las paredes cada vez que terminaba de hablar, repitiéndose una y otra vez. Con un poco menos de cosas, la sala hubiese sido perfecta para una reunión privada. Actualmente no lo era, en principio, por las hojas llenas de garabatos, dibujos y números dispersas sobre la mesa, en el mueble de los libros, dentro de cajas atestadas y hasta clavadas en un tablón de la pared, detrás de Aleksanteri.

Aleksanteri Molard era un hombre cuyos rasgos ariscos le restaban gracia a su aspecto lozano, de brillantes ojos azules y cabello dorado. Su alto talante se complementaba perfectamente con un rostro hermoso que, de exhibir una sonrisa, sería totalmente perfecto. Lamentablemente, como él mismo le había aclarado desde un principio, no era hombre de paciencia, ni sentía aprecio por la intriga, y como tal, sus palabras podían llegar a ser como navajas. En otras palabras, era la persona ideal para cuidar de las jóvenes que había rescatado, pero no para llevarlo a la cama.

«Al menos en esto no me falló», aún no entendía por qué su informante la había enviado hasta allí sin relatarle todos los detalles.

— Sinvyl— tanto Aleksanteri como su hija observaron con suspicacia a la elfa.

Al ver sus reacciones, Sinvyl sonrió. Para la ocasión, había decidido llevar un vestido cárdeno bastante ligero, que solía caer por debajo de uno de los hombros, pero nunca de ambos. No tenía escote pronunciado, no lo necesitaba, pero era tan corto que llegaba por arriba de las rodillas. Las ventajas de no ser una humana. Hacía calor en la sala, y como podía corroborar, la hija de Aleksanteri, con su túnica ajustada y larga de color azul, no lo estaba pasando bien. Por lo menos hacía que luciera como una auténtica princesa. La muchacha había heredado algunos rasgos de su padre. Casi todo menos su escasa carisma, lo cual era un milagro.

— Me pusieron un nombre encantador, Aleksanteri— aclaró con una sonrisa de picardía que en realidad iba dirigida a Victaria Molard. Mientras hablaba, tenía entre sus manos un punzón de los que usaban para colgar los carteles— Además, no tengo que empezar a mentir a mi impresor favorito.

— Estamos de acuerdo, quienquiera que sea, estamos del mismo lado— coincidió una muchacha mucho más ingenua que su padre.

Pese a la mirada que le dirigió, él también se mostró conforme.

— Mi viejo amigo de Phonterek dijo confiar en ti, así que lo haré… pero sobre todo por el bien tuyo— aclaró señalándola con unas hojas que acababa de enrollar. — Desde el comienzo de la Primavera Deseh, esta zona se ha visto inundada de refugiados y de historias de mujeres jóvenes que son víctimas de esclavistas a través de nuestra ciudad, que se venden a la prostitución muy lejos— comentó evidentemente liberado de algo que hacía mucho tiempo quería decir— estoy harto de informar de esta repugnante historia a unos señores que no se molestan.

Aquello era todo lo que quería escuchar. Con el consenso de Aleksanteri y Victaria, prácticamente tenía pase libre para hacer lo que fuese necesario. No tenía nada que ver con aquella gente, ni con las chicas, ni con sus captores, ni con aquellos que estuviesen detrás de la esclavitud de Lespon e Iflama. Sin embargo, había algo que la incitaba a quedarse. Había vivido bajo tratos miserables durante muchas décadas, quizá fuera por eso que odiara a los opresores, a los señores que creían que tenían algún derecho sobre otras personas. Esos no merecían ni la vida ni la libertad, sino más bien una muerte parsimoniosa y acerba.

Cuando el silencio fue suficiente, el impresor lo rompió estupefacto.

— ¿Y bien? ¿Va a hacer algo?

Tras un trayecto rápido y certero, el punzón fue a clavarse al tablón de la pared. El silbido fue similar al de un virote que sale de la ballesta, pero sin el ruido seco que esta hace al activar el mecanismo. Cuando quiso acordar, Aleksanteri ya no tenía sus hojas en la mano, sino que estaban todas clavadas una detrás de la otra entre el mango del punzón y la madera. Sinvyl sonrió para ocultar el desconcierto ante su propia reacción.

«Bien, ahí vas mostrándole al mundo tu capacidad para demostrar que eres peligrosa»

— Sí— respondió en una nota clara antes de abrir la puerta. — Vaya que sí.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:43 pm

SINVYL V
“Tres hermanas”. Una de las posadas más concurridas de Lespon. Para algún viajero de sureño que no venía del mar, posiblemente el alojamiento podía resultar costoso, pero para Sinvyl, que había estado de visita por Iflama, le parecía una ganga. Además no era la primera vez que pisaba el ambiente, y conocía muy bien a las dueñas. La posada había tomado ese nombre en honor a las tres hijas de su fundador, el viejo Robert. Resulta que la esposa de este Robert había muerto al dar a luz a las trillizas, y el pobre se había quedado solo con sus hijas. De pequeñas, según se comentaba, habían sido tres niñas adorables e inocentes, muy tímidas con los clientes. Lo que no explicaba por qué al momento de heredar el lugar con escasos dieciséis años, ya eran más conocidas que las putas del puerto púrpura, y eso ya es mucho decir.

Sinvyl las había conocido en su mejor momento. Recordaba haber visto a tres muchachas casi idénticas correteando entre las mesas, dejándose manosear por los borrachos con tal de hacerse con considerables propinas. Melessa, Talla, y Selyse sí que habían sabido aprovechar de las dotes que los dioses les habían otorgado. Eran dadas a cualquier charla, poseían sonrisas perfectas y cuerpos de bailarina. Talla era la que tenía las tetas más grandes, Sinvyl recordaba bien el tacto suave y tierno entre sus manos, aunque competía directamente con los ojitos pícaros de Melessa, que era apenas un poco más menuda pero más tenaz en sus comentarios. Selyse también tenía su encanto, especialmente cuando se iba desnudando al ritmo de una lira que ella misma tocaba con pasión.

Sinvyl las recordó con una sonrisa mientras esperaba su turno de ser atendida. La “era dorada” había pasado, era evidente. Los comensales no gritaban improperios, ni silbaban, sino que hablaban en sus respectivas mesas. Era otro ambiente, incluso había algunas familias con niños pequeños. El encanto de las hermanas blondas había sido reemplazado por la cordialidad de sus hijas, e incluso de algunos nietos. La barra estaba atendida por tres mujeres de unos treinta y tantos años, que aún no habían perdido su beldad, como le sucedía a otras humanas en menos tiempo. Sus cabelleras doradas eran prueba suficiente de que eran descendientes directas de las Tres Hermanas.

Al final, después de unos cuantos minutos, una se le acercó.

— Bienvenida a Tres Hermanas— «la posada más alegre de Lespon»— la posada más alegre de Lespon.

Sinvyl le sonrió sincera al recordar aquellas palabras de boca de Selyse, ¿o había sido Talla?

— He estado aquí antes— le comentó con malicia— y vaya que me he divertido.

El rubor subió por el cuello ya de por sí encendido mientras Sinvyl lanzaba una carcajada.

— ¿Cómo está Talla?— con las otras dos había desarrollado charlas interesantes, pero no había llegado a ser tan «íntima» como lo había sido con Talla.

— ¡La tía Talla! Nos ha dejado hace algunos meses, se fue de viaje con el tío Ghael— comentó apoyando ambos codos en la barra para reposar la cabeza en las manos.

— Ghael, Ghael… ¿Ghael Hupp?

La mujer se mostró sorprendida, aunque no tardó en asentir.

— El buen ser Ghael, cuánto me alegro, no sabía que habían terminado juntos— recordaba a un joven caballero que siempre hablaba de conseguir tierras y oro en las justas para casarse con “Talla, la dulce doncella”. Sinvyl recordaba lo dulce que había resultado Talla, pero lo de doncella era muy discutible. Le sonrió con camaradería.

— ¿Los has conocido?— era evidente que la había intrigado. Perfecto. Ya tenía un favor disponible ante cualquier eventualidad, que esperaba no tener. Pero por las dudas…

— He sido compañera de armas de ser Hupp, y una buena amiga de tu tía Talla, pero cuéntame sobre tu madre, ¿quién es?

— Selyse, es la única que frecuenta la taberna, aunque tiene su propia corte. Enseña a las niñas los “excelsos caminos de las artes”, o por lo menos es lo que le gusta decir. También se ha casado, y me ha dado dos hermanos, ambos varones. Symon y Orland, ambos armados caballeros, están de servicio en Thonomer del oeste.

«No sé cómo se llevará con la escultura, pero de baile, lira y actuación sí que puede dar clases. Bien por Selyse, se lo merece».

— Me alegro mucho, querida… aunque ha de ser difícil para una familia tan unida vivir alejados.

— Mi nombre es Malora— se presentó alegre— y para ti la casa invita, apenas pueda le contaré a madre que estás por aquí. ¿Te quedarás por mucho tiempo?

Sinvyl negó con una mueca resultante de la lástima y el agradecimiento. Lamentablemente no podía quedarse en aquel lugar, aunque una ciudad pacífica y bella. Lespon no era el hogar de señores mercaderes, como lo era Iflama, y a diferencia de esta última, recibía decenas de barcos con gente de todos los rincones de Noreth. Además, no faltaban otras razas que no fueran las humanas, aunque a Sinvyl le parecía que todos los humanos, pese a sus colores, tenían más cosas en común que en conflicto. Incluso había visto algún drow caminando por las calles, aunque no había sido una experiencia agradable Sacando ese último y único detalle, le parecía un lugar estupendo para quedarse una temporada. Por desgracia, no podía hacerlo. Estaba a punto de granjearse temibles enemigos y no tenía intención de poner en peligro a tanta gente.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:46 pm

SINVYL VI
La puerta de la habitación era inequívocamente de origen humano. Eso no significaba que fuese mejor ni peor que otras, simplemente era parte de una cultura, que tampoco era única, porque a decir verdad, los humanos rara vez se aceptaban los unos con los otros. Una portezuela de madera hecha en una sola tabla, que permitía entrar a tres mujeres con el ancho de Sinvyl. Jamás la había visto en la vida, pero curiosamente le resultó familiar. Hacía mucho tiempo que no sentía aquella sensación de estar en casa. El suelo ya no era de madera, sino de piedra, no obstante, la posada no había perdido ni un ápice de su ambiente. Porque, si había algo que había aprendido con el tiempo, era que el ambiente de un edificio, resultaba como la personalidad de una persona, o la cultura de una organización. Se podía cambiar el piso, las ventanas o las puertas, pero seguía siendo el mismo.

Era una sensación extraña, en principio, porque nunca había tenido un lugar al que llamar hogar, pero también porque no tenía un segundo de silencio desde que había dejado a Malora en la barra. El muchacho, que tan servicialmente se había ofrecido a llevarle el bolso, no había parado de hablar. Sinvyl había notado ya en el salón principal, que los varones de la familia carecían de la belleza celestial de las que estaban dotadas las mujeres. Thomas, que con sus quince años declaraba a todas voces que ya era un hombre, era una prueba viviente de esto. Su sonrisa rápida dejaba entrever dos hileras de dientes desiguales, unos centímetros por debajo de una nariz gruesa y chata que lucía como recién golpeada. La barba rala parecía una pelusilla que enmarcaba su rostro redondeado, por lo demás, era bastante alto para su edad, y no le faltaba ánimo.

— Desde aquí me las arreglo sola, Thomas. Dile a tu tía que estoy muy agradecida por haberme enviado a un muchacho tan guapo— comentó mirándole de reojo, con una leve sonrisa sagaz.

El sonrojo se le marcó inmediatamente en las mejillas pecosas.

— ¿Puedo ayudarle en cualquier otra cosa, señora…?

Sinvyl tomó el bolso con ambos brazos, y empujó la puerta con él.

— Sinvyl, puedes llamarme Sinvyl. Y sí, hay otra cosa ahora que lo dices. Necesito que me suban agua caliente, tengo ganas de tomar un baño— declaró mirándolo a los ojos— ¿podrás con ello?

Mientras Thomas iba a buscar agua, Sinvyl aprovechó para revisar su habitación. Echó un vistazo debajo de la cama, detrás de las cortinas y dentro del cuarto de baño, para asegurarse de que no había nadie. Era un procedimiento normal que hacía cada vez que entraba en un lugar, aún sin sospechar de nadie en particular. Hacerlo le había salvado la vida en alguna ocasión, cuando su pueblo aún la perseguía. Había pasado más de un siglo, pero su trabajo la obligaba a sospechar de la gente. Sabía de primera que en el más insospechable recoveco podía ocultarse el filo que acabara con su vida.

No había nadie.

La cama era normal, nada parecido a la que tenía la posada de Iflama, pero era tan cómoda como aquella, y tenía espacio para dos personas, que era más que suficiente. Sinvyl aprovechó el tiempo para acomodar los pocos vestidos que llevaba en el bolso, junto a la mochila, en un mueble de dos compartimentos tan alto como un librero, que en la parte inferior tenía seis cajones. La habitación era acogedora. Especial para no llamar la atención. Además, contaba con dos ventanas grandes que permitían ver qué lo que estaba sucediendo en la calle, y en especial, en el cielo.

Cuando golpearon la puerta, Sinvyl estaba recostada. El recipiente resultó tan grande, que Thomas había tenido que pedir ayuda a una prima. La muchacha era hija de Malora, y tenía el carisma de cualquier otro miembro de su familia, pero no era con ella con quien quería hablar precisamente. Le agradeció los jabones y cepillos a la chica mientras los acompañaba a la puerta, y una vez en el pasillo, pidió al muchacho que se quedara. Juntos, los primos parecían la representación humana de dos dioses: ella tenía que ser la diosa de la juventud, el amor, o las doncellas; él, desgraciadamente, parecía el hermano malvado. Siempre había un hermano malvado en cualquier grupo de dioses, no importaba la raza.
Pese a su apariencia tosca, no era difícil saber que se trataba de un buen muchacho.

— ¿En qué puedo ayudarla, señora?

«Si Aleksanteri no cumple con su palabra, me temo que en muy poco.»

— Necesito que seas sincero conmigo— lo miró a los ojos con la expresión más inocente que le salió, mordiéndose levemente el labio y evocando un bello recuerdo para que se manifestara en sus ojos. «Es un hombre bueno, y como tal, apelará a su honor para servirme». — ¿Puedo confiar en ti?

— Por… por supuesto, señora.

El chico se puso serio. «Bien.»

— En el salón principal llegará en algún momento de esta noche una jovencilla más o menos de tu edad, junto con un hombre. No conozco al hombre «ni a ella tampoco» pero debo suponer que tiene el porte de un guerrero— comentó dubitativa, sosteniendo el borde de la puerta— esta es una posada familiar así que no deben ser difícil de reconocer. ¿Podrías enviarlos a mi habitación?

— Lo haré.

Sinvyl se mostró aliviada, aunque sabía desde antes de preguntar cuál sería la respuesta.

— Es muy amable de tu parte, pero eso no es todo. Habrá problemas en la posada, no te pediré que mientas por mi, ¿bien? Si alguien pregunta, sabes mi nombre, no corras peligro, dilo sin miedo— le pidió seria, mientras le tendía la mano. — El de plata es por tu ayuda, los dos de oro son para tu tía. ¿Se lo darás?

Él solo asintió con la boca abierta, antes de mirar los kulls brillando en la palma de su mano. Por si fuera poco, Sinvyl se abalanzó hacia él y le depositó un beso en la punta de la nariz.

— Avísale que no podré quedarme como pensé en un primer momento.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:51 pm

SINVYL VII
El agua estaba caliente cuando entró al receptáculo de latón. Tal era así, que la fina lámina metálica escaldó en la piel delicada de los muslos y las plantas de los pies durante algunos minutos. Era un precio a pagar muy bajo en comparación con el placer y la paz que el agua le ofrecía. Aprovechó el sosegado momento para frotarse la piel con jabones de sosa ligeramente perfumados que la prima de Thomas le había llevado. Pese a estar casi permanentemente de viaje, le gustaba meterse en el agua cada vez que podía. Le hacía sentir limpia. Se lavó los pies, dedicándole a cada dedo el mismo tiempo, antes de demorarse en los tobillos y subir por las pantorrillas. Apenas sintió un cosquilleo cuando pasó unos dedos suaves entre las piernas, preguntándose cuándo había sido la última vez que lo había hecho.
No recordaba a la última, sabía que en aquel momento le había parecido suficiente, pero evocar el recuerdo no la excitaba como hubiese ocurrido años atrás. Comenzaba a pensar que había perdido el interés en el sexo.

«Quizás es un castigo por haber jugado con tantas personas»

Descorazonada, Sinvyl se demoró en el baño hasta que se hubo enfriado, restregándose la piel con intensidad, y dedicándole especial cuidado a la melena blanca que con el brillo proveniente de las velas, parecía plateada. Tan limpia como podía estar, se incorporó, se secó con una toalla  blanda que le habían dejado junto con el agua, y se vistió con las prendas que había elegido antes del baño: sandalias negras, ropa íntima, vestido de seda azul mhare, y un corsé de cuero. El vestido era excepcional. Había sido tejido por una maestra artesana con algunas indicaciones de quien sería su dueña. Parecía un chaleco largo que le llegaba a los pies y como particularidad, se unía con un lazo debajo de los pechos, ofreciendo un generoso atisbo de estos. Además, cambiaba de tonalidades azures dependiendo de la luz que lo bañara. El corsé era tan largo como el vestido por delante y por detrás, mas no en los costados. Iba abrochado con el primero por dos lágrimas de cianita a la altura de la cintura, pues tenía que guardar sus partes femeninas.

La brisa nocturna la acarició en la ventana, provocando que se le erizara la piel por donde no había tela. Desde allí podía ver una buena parte de la ciudad, la que daba a la costa. La luna roja arrojaba su luz desde el fondo purpúreo del firmamento, reflejándose sutilmente en los tejados de piedra y cobre de las casas. Era un bello espectáculo que no logró suplir la mueca triste dibujada en el rostro de Sinvyl.

«Qué pena que puedas conseguir lo que quieras en Lespon— como si esperaran que les diera permiso con su pensamiento, golpearon la puerta—… incluso esto.»

Abrió la puerta con la mejor de sus sonrisas, para darle la bienvenida nada más y nada menos que a cuatro personas. Dos más de las que esperaba, pero eso no cambiaba nada, sino que le añadía un poco más de diversión.

Sinvyl se centró en la única mujer del grupo. Una cosita de cabello azabache que no llegaba a ocho palmos de altura. Pura curvas y piel debajo de unas prendas prácticamente transparentes. Vista de lejos, podría haber sido confundida con alguna princesa deseh, pero de cerca se notaba que algo iba mal. La luz suave de la araña de velas se reflejaba en sus mechas negras y le arrojaban sombras misteriosas sobre el rostro. Tenía los labios carnosos y parecían muy suaves, sin trucos aparentes de maquillaje. Sus ojos almendrados de color avellana, sin embargo, se mostraban lejanos, casi en blanco.

— Oh… qué dulce— comentó Sinvyl sin cambiar la expresión de risa— justo lo que esperaba.

El único hombre que entró con la chica, la guiaba con un apretón en el hombro. Asintió al pasar por al lado de su clienta, sin percatar que esta trababa la puerta tras él.

— El pago es ahora, y vuelvo más tarde… ¿en la mañana, tal vez?— preguntó dejando a la chica en el medio de la habitación, mientras se giraba para cobrar por el servicio.

Lo siguiente que vio fue el techo, cuando una pierna de ónice trazó un arco ascendente que culminó en su mentón. Tal vez no era el momento de hacerlo, pero la sensación impresa en el golpe revitalizó cada trocito de Sinvyl. Antes de que el cráneo del hombre chocara contra el suelo, su agresora ya estaba agachándose a su lado. El bienestar del malnacido le importaba más bien poco, pues era casi seguro que lo había matado, pero no podía arriesgarse a que el ruido llamara la atención de los que esperaban afuera. Por un momento se preguntó si no pensarían quedarse allí durante todo el rato, hasta que un sollozo a su espalda le recordó que tenía problemas más acuciantes. Cuando se giró, la chica estaba echa un ovillo, mirándola con miedo desde el costado de la cama. La imagen sobrecargó de emociones a una Sinvyl que no se lo esperaba.

— N… no me haga daño— le pidió con los ojos abiertos, con vetas doradas producidas por el miedo.

Sinvyl se acercó mostrándole las palmas de las manos, tan lenta como pudo. Incluso, con movimientos torpes. Sentía el sudor en las manos y el corazón golpeándole en donde suponía que tenía un hueco vacío.

— No, no. Solo quiero hablar contigo, por favor.

— ¡Aléjese!— le pidió abrazándose las rodillas. — ¡A-LÉ-JE-SE!

El último grito fue tan agudo y alto que obligó a Sinvyl a acercarse los últimos pasos a toda velocidad. Antes de que la chica gritara otra vez, le apretó la carne blanda detrás de la oreja izquierda. Mientras los ojos almendrados se cerraban, trataba de gritar, le vio los músculos del cuello tensándose sin éxito. La drow le apartó un mechón que le caía sobre los ojos con cuidado, tras depositarla en el colchón mullido y suave.

— Desearía que no hubieses hecho eso— murmuró.

Desde el pasillo, alguien intentaba abrir la puerta.


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Re: Una daga en la encrucijada

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