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Una daga en la encrucijada

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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:54 pm

EL VETERANO I
Todo se estaba yendo directo al carajo. El grito de la chica no hacía más que poner el broche de oro a una serie de vicisitudes que, por lo visto, seguían arrastrándolo a la miseria más absoluta. Por mucho dolor que cargara aquel chillido, hubiese pasado desapercibido si no fuese porque el Señor Citeh seguía dentro. En las pocas semanas que había pasado haciendo el trabajo sucio al Emperador, había sido testigo de todo tipo de clientes con perversiones innombrables. Había escuchado a la mayoría de chicas implorando piedad entre sollozos y gemidos que llegaban a ser desgarradores. En ningún momento hizo nada para impedirlo. Durante las primeras noches, el orgulloso oficial que había sido, intentó entrar a rescatarlas, pero ventajosamente Wilson no se lo permitió. Pronto acabó acostumbrándose a los gritos, y peor aún, a su propia indolencia.

Areo McCann era resultado del infortunio. Había pasado toda su vida adulta al hipotético servicio de la humanidad, en una organización paramilitar llamada Eclipse. Fue un buen oficial, tan apto con la espada como con las manos vacías. Y era aún mejor guardando secretos. Sabía secretos de una buena parte de soldados de alto rango de los ejércitos de las ciudades humanas más importantes, y como era de esperarse, también conocía ciertos detalles turbios de la nobleza de otros tantos lugares. Por desgracia no sabía qué hacer con todo aquello. La política le resultaba aburrida, y desde que había escapado de la ejecución, la idea de acercarse a cualquier autoridad a explicarle quién era le provocaba jaqueca. Si estaba vivo después de todo lo que había vivido en sus últimos días en Eclipse, tenía que aprovecharlo. Tenía una familia que alimentar, y el trabajo se le daba cada vez mejor.

Normalmente lo único que Areo tenía que hacer, era acompañar al Señor Citeh a las entregas, y hacer oídos sordos a cualquier cosa que incriminara a sus compañeros, es decir, a todo lo que oía. Esta noche, no obstante, fue distinta a todas las anteriores. Después del chillido, la posada completa pareció anticiparse a lo que estaba por ocurrir. El silencio se tornó profundo y peligroso, de tal manera que le erizó el vello de los brazos. Lo primero en lo que pensó fue en la pequeña Lizbeth, su hija de tres años. Después, ya no pudo concentrarse como hubiese querido. Era una sensación tan extraña, que no recordaba haberla sentido nunca antes. Los golpes de Wilson en la puerta se oían lejanos, e incluso podía verse a sí mismo de pie, con una mano dura como el mármol sosteniendo la empuñadura de su espada envainada. Sentía sus manos traspiradas y tiesas. Solo los gritos de su camarada le hicieron volver.

Vio la mano negra de Wilson apretándole el brazo y solo entonces sintió cómo le escocía la piel.

— ¿Qué te pasa McCann? Demonios, ¿no ves que tenemos trabajo que hacer, maldita sea?

Era un narahí un poco más fornido que sus congéneres, pero por lo que había visto las pocas veces que le encontró entrenando, su masa muscular no le quitaba la gracia que caracterizaba a su pueblo. Areo sabía cómo combatir aquellos movimientos llenos de gracia, no obstante, agradecía no tener que hacerlo. En el pasado había tenido que luchar con algunos narahí, y la experiencia había resultado tan dura como el combate contra los elfos que poblaban los bosques del sur o algunos orcos asentados en la jungla. Sus miembros nervudos, adaptados por generaciones y generaciones de vida silvestre, ofrecían una resistencia poco común en los citeh o los mhare. Si a eso se le agregaba la musculatura de Wilson, resultaba un oponente formidable.

— Ya, ya. Déjame esto a mí— gruñó.

Lejos de hacerle caso, Wilson lo agarró del brazo con brusquedad, obligándole a soltar la empuñadura.

— ¿Qué mierda te sucede McCann? ¿es mucha presión para un veterano exiliado?

«Exiliado». Antes de poder controlarse, Areo le dio un golpe con la palma de la mano abierta en el cardias. No le haría daño pero le forzaría a moverlos brazos para defenderse por instinto, pero podía ser mal interpretado por su compañero.

Como vio que no recibiría más que un ceño fruncido como respuesta, prosiguió.

— No me pasa nada, ese es el punto— agregó más calmado.

Wilson lo miró enojado unos segundos más antes de sonreír como si acabara de escuchar un chiste que había olvidado.

— No sé de qué clase de imbéciles te rodeabas McCann, pero yo no soy uno. Sé identificar el miedo, puedo verlo en los ojos— contestó golpeándole el pecho con un dedo acusador.

Era cierto, tenía miedo. Él mismo lo había sentido atenazándole las entrañas, pero no podía entender por qué. En el pasado, había librado todo tipo de combates, y aunque su cabello casi al ras empezaba a teñirse de ceniza, no pensaba dejar de hacerlo por un buen tiempo. Eso si los dioses se mostraban a su favor aunque sea en aquel nimio detalle. Últimamente le costaba creer en cualquier ideal de intervención divina, pero en los próximos minutos le iba a hacer falta.

Quizá, por primera vez en mucho tiempo, alguien le estaba escuchando. El asunto era que no sabía si eso era bueno o malo.

La puerta acababa de abrirse desde el otro lado.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 8:57 pm

EL VETERANO II
La negrura se apartó con escasa resistencia cuando las llamas del pasillo irrumpieron en la habitación. Pero la tenue luz del reciente umbral no fue la única en entrar. Areo pasó con la cautela propia de las cabras que deben cruzar frente a la cueva de un dragón. Tenía su espada favorita en mano. Era una pieza tan corta como valiosa de la artesanía del Imperio, y le había costado más de diez veces el valor de lo que recibía actualmente por un mes al servicio de su nuevo señor. Por si fuera poco, sujetaba un arco de madera revestido por una lámina de acero, que lo hacía ligero, pero lo suficientemente resistente para detener unos cuantos ataques de espada. Detrás de él, Wilson entraba con un hacha en cada mano, tranquilo como las aguas que bañan las costas de Yagorjakaff. Tranquilo como él recordaba haberse sentido alguna vez.

No vio nada.

A simple vista, con excepción de la muchacha tendida en la cama sin signos de vida, la habitación estaba vacía. La luz de las lunas se disputaba la ventana pacientemente contra la oscuridad espesa y fría, revelando algunos detalles del mobiliario. No había rastros de vida. Ningún ruido se atrevía a desafiar el silencio. Y sin embargo, la sensación de estar siendo vigilado se manifestaba en gotas de sudor que recorrían la espina dorsal del veterano. Su compañero era más osado. A ojos de Areo, parecía el recluta humano promedio, ansioso de demostrar que era apto para cumplir con el papel que le habían asignado. La falta de disciplina militar en el narahí era tan evidente como su gusto por la violencia. Areo se vio torciendo los labios en una mueca de desagrado inconsciente, que no pudo censurar debido a su naturaliza inconsciente.

Alguien rió en la habitación. Fue una risotada auténtica, más cargada de arrogancia que de diversión. Tal vez esa fue la razón de que le hiciera erizar la piel. O quizá, el hecho de que justamente una carcajada, era lo último que esperaba oír. Lo único seguro, es que provenía de una mujer, aunque no estaba claro en qué dirección podría haberse encontrado.

La criatura pasó por al lado de Wilson, pues este lanzó un hachazo al aire con toda intención, pero no logró encontrar nada con el filo. Desde el centro de la habitación, Areo apenas distinguió una silueta que se unía a la cerrazón del ambiente, haciendo imposible dilucidar dónde empezaban sus extremidades o qué altura tenía. A simple vista no parecía una mujer.

— No les quitaré mucho tiempo— anunció con una voz increíblemente sugestiva—, uno de ustedes morirá esta noche, y el otro vivirá para llevar mi mensaje.

El silencio posterior resultó profano. Fue una sensación similar a la que se vive al final de un oficio religioso, o del riguroso discurso de un buen líder. La voz, cargada de digna autoridad, dejó un vacío notable flotando en el fresco aire de la habitación. ¿Tendría aquella mujer la certeza de que podía acabar con ellos? Areo se volvió con la intención de cerciorarse de que nadie lo acechaba, pues estaba seguro que la mujer estaba unos pasos por delante. Efectivamente, no encontró a nadie. No obstante, otra idea cruzó su mente, ¿y si no estaba sola?, era una posibilidad menos probable, pero fue suficiente para que el corazón diera un salto. O era eso, o estaba frente a alguna hechicera. El veterano había tenido una carrera larga en Eclipse, y no fueron pocas las veces en que se había visto enfrentado a brujas que utilizaban mujeres jóvenes para hacer rituales. La diferencia era que, ahora ya no estaba muy seguro de estar salvando a nadie…

Responder le resultó inútil, no así su compañero, de quien según empezaba a sospechar, no podría esperar nada inteligente. Le recordaba a él mismo hacía veintiséis o veintisiete años, cuando la osadía se le antojaba sumamente útil.

— Yo tengo otra propuesta, zorra de mierda— gruñó señalando la oscuridad de un rincón con un hacha, donde Areo no distinguía a nadie. — Sal ahora para que pueda romperte el culo, y seré clemente contigo.

— No fue una propuesta, querido— respondió la mujer, increíblemente cerca de Areo. Allí donde se había cerciorado de que no esperaba nadie.

El veterano intentó girarse cuando sintió un tirón en el brazo.

— Yo lo pensaría otra vez— esta vez fue un susurro en el oído. La voz bajó una octava, por lo cual se oía aún más sugerente.

Una trampa. La mujer tenía razón, porque al mirar hacia abajo, Areo encontró el filo gris de una daga amenazando con cortarle el cuello. La luz de la luna teñía de luz cada detalle del arma, pero lo que le llamó la atención fue la mano que la sostenía. La mano en cuestión, no se distinguía del fondo negro que ofrecía el suelo, sino que parecía haberse corporizado desde allí. Pero lo más preocupante era el rostro de Wilson. Los labios de narahí, gruesos y carnosos, normalmente prominentes, lucían más finos debido a la mueca dibujada en su cara. Era evidente que algo le causaba asco, lo que, a juzgar por los gustos del muy desgraciado, era mucho decir. La mano se mantenía firme, y el filo iluminaba una franja blanca en el cielorraso con tal quietud que parecía pintada.

El primero en hablar fue el propio Areo.

— No creo que quieras pasar la noche con esa daga en mi cuello, ni esquivando las represalias de Wilson en el caso de que te decidas por usarla— comentó con la frialdad que dentro de su alma no sentía. — Hagamos esto rápido.

Como si las palabras se hubiesen tratado de un conjuro, la mujer dio un paso atrás, no obstante cuando Areo se giró presto a usar la espada, solo encontró la brisa que entraba por el pasillo. Era rápida. Quiso seguirla por donde sintió un movimiento, pero al dar unos pasos se tropezó con algo. No alcanzó a caer.

— A ustedes les he dado la oportunidad de elegir quién vive y quién muere. Él no tuvo esa suerte.

«Citeh». Su jefe directo no le caía bien, pero por alguna razón, ahora que su cuerpo se enfriaba a sus pies, le despertó un sentimiento parecido a la tolerancia. De alguna forma, se sentía identificado.

Al volverse por enésima vez, al fin la vio. La luz crepuscular, no le permitía distinguir muchos más  detalles que una cabellera blanca como la nieve, pero no necesitaba estar a plena luz del día para reconocer una drow. Negra de una manera distinta a los narahí, que en realidad eran pardos; orejas sobresalientes y puntiagudas; curvas casi obscenas bajo la fina tela que hacía de vestido; y lo más importante, seguridad en cada movimiento. Como oficial de Eclipse, había enfrentado elfos oscuros en más de una ocasión. La mejor oportunidad de derrotarlos, según su experiencia personal, era encontrarlos en grupo y aprovechar el egoísmo que emanaba de esos pobres diablos para usarlo a su favor.

Los drow solitarios eran otro tema. En especial las hembras. Areo lo recordaba de algunas situaciones que había pensado, jamás volvería a vivir. Cuán equivocado estaba…


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:03 pm

MOLUCCO I
En oposición a la noche fresca que había pasado, el alba anunciaba un largo día de calor en el gran burgo de Lespón. No era extraño en aquella zona bañada constantemente por las aguas del mar, pues la humedad emanada de estas, canalizaba  la calidez del astro mayor. Era un buen clima para algunos, y uno muy malo para otros, como todas las cosas del mundo. Por lo general, a Molucco no le incomodaban aquellos detalles tan nimios, pues tenía razones de peso para permanecer en la ciudad. Por primera vez en la vida, sentía que tenía cierta importancia. Poder, le llamaba él. Era el hombre de confianza del señor más rico de la ciudad, que no era poco decir. El oro era poder, y Molucco recibía cantidades generosas por su servicio. Se encargaba de los asuntos que Lord Manver consideraba significativos: controlar el flujo de mercancías entrantes y salientes de los muelles, cobrar favores a otros señores menores como él, elegir a los mejores guerreros para la guarnición personal de su amo.

En algunas ocasiones, también tenía otras tareas, que hacían la rutina más interesante. La mañana lo encontró cruzando la puerta de Tres Hermanas, una de las posadas más populares de la ciudad. Cuando entró al lugar, el vocerío general que se sentía desde afuera enmudeció. Algunos, los más inteligentes, decidieron continuar con su chabacanería en voz baja, pero otros más osados se atrevieron a mirar a Molucco mientras esquivaba mesas camino a la barra. Las meseras siguieron con sus sonrisas, más la predisposición para servir a los comensales resultó sobreactuada.
El perro de Lord Manver llegó a la barra con una sonrisa sardónica, en contraposición a los ceños fruncidos que lo recibían.

— ¿Dónde está el muchacho?

Malora se adelantó a su hermana.

— Vos no sois bien recibido en Tres Hermanas, señor— le espetó con voz más alta de lo que pretendía.

— Claro, el buen Molucco no es bien recibido, pero cuando se necesita a sus chicas para calentar camas, nadie duda en acudir a él. ¿Eh?— La sutil acusación fue suficiente para dejar sin palabras a la rubia. — De todos modos no hay nada que me importe menos que la voluntad de tu familia, quiero ver al chico ahora.

Malora se apoyó con las palmas abiertas en la barra y se acercó a Molucco con gesto amenazador.

— Pero él no quiere veros, no lo necesitáis para hacer lo que tengáis que hacer. Vuestros hombres os esperan, ¿por qué no subís por las escaleras y termináis vuestros asuntos en mi posada?

— Me parece que no entiendes algo— recusó el hombre, notablemente más molesto— ese muchacho me ha costado una puta y tres hombres valiosos— agregó señalándola con una mano. — ¿Quieres tomar el lugar de Shea, o hacemos esto por las buenas?

Las palabras no fueron bien recibidas por la tabernera. A punto estuvo de descargar su mano alzada en la mejilla del perro de Manver. Afortunadamente para ella, el chico se apersonó en la puerta de la cocina. Su madre intentó ocultarlo pero no se encontraba a su paso, además, fue esquivada por Thomas.

— Basta tía, guiaré al señor Molucco hasta sus hombres y responderé sus preguntas— comentó pasando al otro lado de la barra— después de todo no tengo nada que ocultar— agregó mirando los ojos al hombre.

Molucco sonrió al muchacho, permitiéndole ver sus dientes desalineados y amarillentos, herencia de su vida anterior.

— Eso es muchacho, hablando se entiende la gente— repuso mirando a Malora con una mueca de triunfo.

En cuestión de minutos, el desemejante par llegó al pasillo del primer piso, en el que Molucco vio a dos hombres de Lord Manver. No eran de su preferencia, pero le bastarían por el momento. Se adentró en la habitación con aire desenfadado, aunque devolvió el saludo de sus inferiores con un leve asentimiento. Saboreó la sensación de estar en una posición ventajosa hasta que oyó que alguien hablaba dentro. Thomas, que había quedado rezagado en la puerta, lo siguió cuando se lo ordenaron los de afuera.

— La mujer… era un demonio… un jodido monstruo,— decía alguien, por lo visto, atado de pies y manos en el suelo— ella tomó al viejo y desapareció.

Su interrogador asintió antes de volverse a Molucco. Era Mandon Raed, un tipo duro si los hay. Su figura desgarbada y su postura desgarbada eran un engaño. Había trabajado junto a él en el pasado, y sabía que su señor no se había equivocado en enviarlo allí, aunque hubiese preferido que le avisara antes. Como Mandon se hizo a un lado, decidió continuar por donde había terminado. Pasó por el costado de su compañero y por fin vislumbró al pusilánime que había sobrevivido a la emboscada. Se trataba del narahí al que todos llamaban Wilson, pese a que ese no era su nombre real. Estaba completamente desnudo, y tenía cortes por todo el cuerpo, no obstante, lo que más le llamó la atención fue el filo del hacha que sobresalía de la parte más baja de su espalda.

«Con que esa era la manera de borrarte esa sonrisa estúpida», pensó con satisfacción. Casi no pudo reprimir una sonrisa al pensar en la longitud del mango del hacha que por razones obvias permanecía oculto.

— ¿Y qué te dijo el tal demonio?— preguntó por fin.

— Nada— respondió Wilson, que encontró los ojos de Molucco con el único que le quedaba sano. Estaba visiblemente magullado. — No sabíamos nada, Molucco… y la chica tampoco sabe nada…

De repente le volvió toda la fuerza e intentó incorporarse, pero no pudo por el obstáculo que tenía en el trasero.

— Solo juramos… que íbamos a proteger el envío de mañana para Lord Manver con nuestras vidas.

Molucco echó un vistazo a Thomas, que se mantenía unos pasos detrás, visiblemente amedrentado. Después volvió a mirar a Wilson, y tras unos cuantos segundos le hizo un gesto a Mando Raed. Este chasqueó los dedos e inmediatamente una llama verdácea rodeó el cuerpo del narahí. Parecía una esmeralda brillando con su propia luz, pero Molucco sabía que se trataba de algo mucho más siniestro. Eso le pareció aún más fascinante. El olor de la carne asada inundó la habitación, mientras en un rincón oscuro, el hijo de la tabernera expelía su desayuno con violencia.

— Ya lo estás haciendo— contestó tras dos minutos.

Acto seguido, se volvió hacia donde estaba Thomas. El chico sería clave para encontrar a esa condenada perra que se mostraba tan interesada en los asuntos de Lord Manver. Con una sonrisa lo invitó a acercarse, y tras unos segundos en los que Raed se impugnaba por traerlo a las rastras, al fin se acercó solo. Tenía las manos sobre el abdomen, como si le preocupara que este pudiese salirse de lugar. Era patético. Patético y feo. Pero lo necesitaba, por ello, le permitió vacilar y hacer una leve reverencia.

«Ya no eres tan valiente.»

— ¿Has visto a Wilson?— le preguntó, señalando los restos óseos mezclados con cenizas. — No quiso hablar de la mujer… o no sabía nada, cosa que no me importa. Pero tú, chico, tú la has visto, ¿me equivoco, Mandon?

El aludido asintió, observando fijamente los ojos de Thomas.

— No solo eso. El chico habló con ella.

Molucco lo sabía. Lo supo desde el primer momento en que lo vio, tan gallardo frente a las mujeres de su familia. Aun así fingió sorpresa.

— ¿Es así, amigo?— le preguntó, pasándole un brazo sobre los hombros para hacerlo volverse a la puerta. En el umbral, sostenida como un muñeco de paja por los hombres que habían quedado fuera, había una jovencita rubia a todas luces inconsciente. — Ya lo creo que sí.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:07 pm

SINVYL VIII
Las calles estaban completamente vacías en el corazón de la ciudad. Un síntoma más de la prosperidad que había presenciado durante las últimas décadas. Los gatos aprovechaban la deliciosa arquitectura con la que habían sido ideados los edificios. Corrían en grupo por las azoteas bañadas de luna, proyectando sombras danzarinas en las paredes blancas y grises. Sinvyl Xerann había pasado las últimas tres noches recorriendo las mismas calles, y podía jurar que conocía cada detalle de las manzanas más cercanas. En realidad, cualquier ladrón se hubiera contentado con una o  dos vías de escape, pero ella no era un simple ladrón. Bueno, el asunto que la llevó a estar de pie ante el edificio de la milicia local no era muy legal, sin embargo, su labor la había llevado a cometer incursiones clandestinas peores en el pasado.

El callejón estaba tan vacío que incluso una rata hubiera parecido fuera de lugar intentando pasar de un lado al otro. La brisa noctámbula generaba leves ondas vibrantes en una capa tan negra como la oscuridad en la que se encontraba protegida. No había transeúntes, pero si hubiera pasado alguien por al lado, seguramente hubiese pasado por alto la presencia oculta en un rincón umbroso del callejón. Sinvyl salió de la oscuridad como una sombra que de pronto se cansa de permanecer siempre en el mismo lugar. Sus botas estaban llenas de hebillas y cintillos, sin embargo, no hacían ni el más insignificante de los tintineos. Las piernas largas pisaban con seguridad, pues sus pasos eran tan sordos como las paredes.

Antes de abrir marcha, Sinvyl se había asegurado de que no había ojos que pudiesen verla merodeando por allí.

«Apenas unos pocos gatos. Supongo que incluso quienes velan por la seguridad no trabajan de noche en Lespón. Lo extraño es que no hay nadie que recoja los desperdicios formados durante el día— miró una vez más los alrededores, especialmente las cajas con basura apiladas en un estrecho callejón— más fácil para mi.»

Como si de uno de los felinos fisgones se tratase, la mujer saltó hacia una pared, y tras dar dos rápidos pasos verticales, alcanzó un punto de agarre. Se tomó unos segundos para respirar profundamente, y se puso manos a la obra. Con la ayuda de sus manos ágiles protegidas por guantes de dedos gastados, escaló por la pared del edificio con la facilidad que cualquier niño tendría deslizándose sobre sus rodillas.  Estaba a punto de alcanzar la ventana que Victaria Molard le había indicado durante la tarde de aquel mismo día. No era la mejor ética de trabajo, ni tampoco de seguridad personal, pero le serviría para conseguir información crucial, y eso resultaba satisfactorio.

No importaba en qué parte de Noreth se encontrara, Sinvyl nunca encontró un edificio de la milicia, del ejército o de monjes guerreros en el que haya sido difícil entrar. Todos creían que despertaban el respeto suficiente para que no hubiese aventureros. En general, estaban bastante equivocados. La elfa sabía de sobra que no era la única en atreverse a irrumpir en uno, pues lo había hecho en grupo en más de una ocasión. Durante sus años de huída, Sinvyl se había hecho parte de diversos grupos de mercenarios y asesinos. No tenía precisamente muchos recuerdos rescatables de aquella época, pero había  personas que aún después de siglos echaba de menos.

Al llegar al punto de agarre más cercano a la ventana, se sujetó con los dedos y alzó la cabeza con la intención de percibir el peligro. Habían sido tres pisos, y los hombros le pedían un descanso, pero solo necesitaba unos segundos más. Una característica arquitectónica de Lespón, como de la mayoría de ciudades ricas que alguna vez no lo fueron, era la ausencia de gárgolas, dragones, ángeles y todo ese desperdicio de estatuas que Sinvyl agradecía solo cuando tenía que llegar a los tejados más altos. Le parecía tonta la idea de que trozos de piedra tallada pudiesen espantar los malos espíritus, no obstante, admitía que eran buenos compañeros durante la escalada. En Lespón, solo contaba con algunos alféizares y detalles lisos, casi tan planos como las paredes.

La ventana se abrió con un leve empujón. Sinvyl se aventó con la gracia que caracterizaba cada uno de sus movimientos, y metió una pierna en la sala vacía. La otra quedó flexionada sobre la ventana, presta a impulsarla por donde había llegado. No había nadie a la vista, pero la precaución era tan significativa en su trabajo, como lo era también el color de ónice de su piel, o las dagas siempre prontas. Tras echar un vistazo con su ojo drow, se convenció de que necesitaría ambos para encontrar lo que buscaba.

La sala estaba repleta de libros.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:10 pm

SINVYL IX
El recinto estaba iluminado apenas por una antorcha. Era evidente que sus llamas no alcanzaban a bañar de claridad ni la mitad del lugar, no obstante, eso podía ser tanto una desventaja como una ventaja. Dos estatuas de piedra gris guardaban la entrada desde el pasillo, con aspecto regio, como el que tienen los generales cuando creen estar en la guerra, gritando órdenes desde una sala escondidos de todo mal. Por desgracia, no se podía contar con que avisaran en caso de que alguien pasara por allí. Tampoco es que a quien estaba allí dentro aquella tranquila noche le importara demasiado aquello. De hecho, la intrusa se había limitado a asomar la cabeza una sola vez en el pasillo, tras lo cual cerró la puerta, que antes había estado abierta. No pudo evitar el chirrido que hizo al rasparse contra el suelo, pero en seguida decidió no prestarle más atención de la necesaria.

La intrusa estaba sentada plácidamente en una silla de madera en cuyos cojín y respaldar podría haberse quedado a descansar toda la noche, pues estaban elaborados con algo tan mullido como un buen colchón de plumas, y revestido en cuero. Cruzada de piernas, había dejado la mochila a un lado del escritorio, posada sobre un montículo de libros. Además del mueble en el que ella estaba enfocada, había dos mesas ocupadas con libros de todos los colores y formas. Algunos amarillentos por el paso del tiempo, otros recién encuadernados. La mayoría de los nuevos eran los que estaban a mano de quien fuere que trabajara allí, los otros en cambio, estaban apilados en los bordes de las mesas, o convenientemente situados en enormes anaqueles que llegaban hasta el techo. Como se podía apreciar en las inscripciones de los estantes, había libros de todas las temáticas, pero por mucho que a la intrusa le gustara leer, no estaba allí para saciar sus placeres.

Bueno… no todos.

«¿Por qué un sfogliatelle no puede saber tan bien en Phonterek o en la Aguja?— se preguntó tras un bocado que no estaba viendo— Incluso rancio es perfecto.»

Sus ojos viajaban a toda velocidad de letra a letra, de palabra a palabra, de párrafo a párrafo, mientras saboreaba un buen dulce riccio de los que solo había probado en aquel rincón del mundo denominado Lespón.

«Bueno, Phonterek tiene algunas cosas buenas… los libros y papiros dispuestos por fecha resultan muy prácticos. Si no costara una pierna llegar hasta ellos, quizá hasta sería mejor.»

Una parte de su mente estaba a unos cuantos kilómetros al suroeste, pero no necesitaba enfocarse con toda su atención en las hojas que tenía delante. Para ser una asesina eficiente, la intrusa se valía de técnicas mentales que había aprendido en sus albores. Una de estas, consistía en compartimentar sus facultades cognitivas para extender el sentido de alerta.

«¡Aquí está!— la exaltación duró poco para ser reemplazada por vacilación—¿alguien los mató antes de que la guardia recogiera mis regalos? Malditos lespones… qué rica está esta cosa.»

Si alguien se había hecho cargo de matar al narahí en la posada y al veterano en el muelle antes que la guardia llegara, tenían que ser los mismos que los mandaron. Pero, ¿cómo se habían enterado de que estaban vivos con tanta prontitud?

«No se puede conectar a través de un teniente o un oficial corrupto… pero siempre hay una manera. Siempre. ¿Algún tiempo compartido en prisión antes? No, el narahí no tenía antecedentes, y el racista estuvo guardado del otro lado del mundo. Algo se me escapa…»

Al terminar el quinto sfogliatelle, se llevó la mano ahora libre al mentón, sin dejar de pasar las hojas con la otra. No se dio cuenta que, al otro lado de la puerta, alguien asomaba la cabeza buscando con ojos entrecerrados algo que le indicara que todo iba bien en el recinto.

«Ah, qué casualidad: el mismo sepulturero recogió los tres cadáveres— se lamió el índice— dulce.»

Entonces, oyó el sonido característico de una puerta clamando por aceite.

— ¿Teniente?— a juzgar por la voz, era una oficial joven.

Sinvyl no se tomó ni un segundo de más para constatarlo, el sexo y la edad de sus perseguidores solía ser un dato a ignorar. Inmediatamente se agachó para ponerse la mochila, y antes de que la oficial diera cinco pasos, saltó hacia la ventana. “¡En nuestras propias narices!” oyó gritar, “¡Teniente! ¡Teniente!” sin embargo, el oído aguzado de la intrusa no interceptó ninguna respuesta. La oscuridad provocaba que los movimientos de la joven soldado fuesen torpes, pues tenía que esquivar los libros tirados por doquier. Por el contrario, Sinvyl no tenía obstáculos por delante. A tal punto que hubiese deseado tener algún punto de agarre que sirviera para la caída. La soldado se acercaba con cautela, pero estaba cada vez más cerca. Era el momento de hacer un salto de fe. O por lo menos, tener fe en que el salto saliera bien.

— ¡Alto!— la voz estaba más cerca.

La intrusa saltó de la ventana, tomando impulso con ambas piernas, y desapareció de la vista de su persecutora. Cuando esta última llegó a la ventana, disparó con una pequeña ballesta que había preparado, pero ya era tarde. El virote no alcanzó a rozar siquiera la capa negra como la oscuridad del callejón. Sinvyl se mezcló entre las sombras con la facilidad que le habían otorgado los años, y se perdió en la noche con una etéreo sonrisa en sus labios perfectos. Tenía un nuevo propósito.


Hermana de las Sombras

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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:14 pm

LA REINA ESCLAVA I
Aquella mañana el sol colgó del cielo, redondo y anaranjado como una fruta. Esparcidas por el cielo como pinceladas mal pensadas, las nubes parecían haber encontrado un buen lugar para quedarse. Aunque no había árboles para estudiar si las hojas se movían, era evidente que no corría viento. Faltaban unas buenas horas para que la nube más grande llegara a ocultar el sol, pero la luz no desaparecería hasta que el crepúsculo decidiera comenzar a teñir de oscuridad el mar. Merissa observaba el espectáculo con la indiferencia que probablemente exhiben los dioses al contemplar sus creaciones cayendo en los mismos errores una y otra vez. Era la mujer más importante en la vida de Lord Manver, según los más allegados. Se trataba de la pareja oficial, aunque entre sus tareas cotidianas, se contaba la de elegir las mujeres con las que su señor iba a pasar horas de su vida.

Merissa era reconocida en Lespón por la majestuosidad que la envolvía. A sus treinta y pocos años, gozaba de una apariencia solemne. Sus formas femeninas eran las mismas que tenía cuando su señor la encontró, ya cerca de una década atrás. En los momentos que no se ocupaba de satisfacerlo de alguna de las tantas maneras en que sabía hacerlo, se dedicaba exclusivamente al cuidado de su cuerpo. Merissa contaba con extractos de todo tipo de plantas mezclados en ungüentos para cuidar su piel, creados por los mejores herboristas. Ella misma había aprendido mucho de cataplasmas y aceites, así como de hierbas que podía utilizar ante cada eventualidad. Además, tenía instructores de diversas artes corporales, danzas, artes marciales, meditaciones de distintas culturas. Hacía todo lo posible para estar al nivel de su señor.

En aquel momento, recordó que tenía más asuntos que resolver.

— ¿Y bien? ¿lo haremos por las buenas o quieres hacerlo a mi modo, cielito?— preguntó.

Le había dado tiempo suficiente para que hiciera aquello que tenía que hacer, pero no había oído el sonido de la ropa deslizándose, ni de la piel siendo rozada por más piel. Las tres elegidas de Lord Manver estaban sentadas en los sillones que rodeaban una pequeña pero muy costosa mesa dispuesta para la comodidad del señor. Dos reposaban en uno, y la tercera en el del frente. Iban vestidas con los vestido que Merissa les había asignado, que eran idénticos excepto por el color. Eran vestidos muy comunes en regiones del oeste, donde las esclavas tenían por costumbre exhibir un pecho. A Merissa se le había ocurrido que era un detalle del agrado de su señor, y no estuvo errada, pues desde que ella lo propuso, todas las esclavas propiedad de Manver tenían que usarlo. Era una manera sutil de marcarlas como esclavas, y ella se los hacía saber cuando alguna se animaba a mostrarse inconforme.

Detrás de Merissa, una muchacha desnuda intentaba taparse los senos con un brazo, mientras con la otra mano sostenía su vestido todo arrugado, pretendiendo infructuosamente ocultar la única prenda que le quedaba puesta. Las tres esclavas la observaban con las facciones apenas marcadas, tendientes a la inexpresividad, parecían más bien tristes al reconocerse a ellas mismas en la más nueva.

Merissa se volvió hacia la chica provocando que su vestido cortara el aire. Iba vestida con un batín que se acostumbraba a usar en las regiones donde predominaba la cultura mhare. Kimono, le llamaban. Este, en cambio, tenía más escote de lo normal, y la falda no era larga, sino que le dejaba en descubierto las piernas largas y bien formadas. Merissa se acercó furiosa, y las tres esclavas la observaron con una llama de temor brillando en sus ojos. Cuando los rostros quedaron a un palmo, la reina esclava estuvo a punto de hablar, pero en vez de eso se quedó observando las facciones juveniles de la pequeña blonda. Acercó su rostro un poco más, a tal punto que sus labios casi rozaban los de la chica. Cuando esta última cerró los ojos, asustada, Merissa deslizó una mano por su vientre desnudo y los dedos se perdieron debajo de las bragas. La adolescente quiso zafarse, pero advirtió en los ojos de la señora que no se le permitiría.

— Al señor no le gusta que las rubias lleven vello— dijo Merissa, separando la mano del pubis— Jeyne, encárgate de eso.

La esclava de vestido rojo se puso de pie de inmediato y le tendió una mano a la muchacha para llevársela de allí. Cuando salieron por la puerta que daba al pasillo interior de la torre, un hombre apareció por la otra. Pese a que normalmente había por lo menos dos encargados de la seguridad personal de Lord Manver al otro lado de la puerta, desde adentro no se veía a nadie que lo acompañase. Merissa lo observó durante un momento antes de caer en cuenta de quién se trataba, y acto seguido le abrió la puerta. Tras una fugaz reverencia le pidió que se sentara, mientras la esclava de rojo servía dos copas de vino tinto de Phonterek. La otra esclava se dispuso detrás del sillón, donde sabía que iba a sentarse su señor.

Merissa saló en busca de su señor y al llamarlo en la puerta de sus aposentos, se quedó esperando. En menos de tres minutos, Lord Manver salía vestido con una bata añil, acompañado por una joven de tez oscura y cabello por los hombros a medio vestir.

— ¿Qué podría ser más perfecta que esta cosita tan joven y dulce?— decía, mientras le daba una suave nalgada a la muchacha. — Una buena elección, Merissa, necesitaba relajarme después de… las decepciones de estos días.

La muchacha hizo una suave reverencia.

— Me alegro de que esté satisfecho, mi señor— comentó antes de retirarse.

Merissa sonrió con humildad y placidez antes de acercarse de forma sumisa. Lord Manver la tomó de la cintura como si se tratara de la mujer de su vida, y la siguió hasta la sala donde esperaba el visitante. El mensajero.

— Muy temprano para esto— comentó Manver secamente entrando al recinto. Merissa lo acompañó hasta el sillón y se sentó acurrucada junto a él.

El mensajero, un hombre sin cabello y vestido completamente de prendas negras, habló.

— El muelle. Todos vuestros hombres no sirvieron para nada.

— Oh, esos tipos. Todos los idiotas que ella golpeó han sido atendidos, y la zorra fue lo suficientemente sabia como para desaparecer. No vamos a saber de ella— aventuró el señor de la casa. Merissa sabía que esa no fue la última vez que habían sabido de la mujer que había llegado a la ciudad solo a molestar a su señor, pero no dijo nada. Sabía de primera mano todo el esfuerzo que se estaba haciendo para detenerla.

El mensajero parecía estar hecho de un tipo de piedra del color de la piel. Su rostro no delató lo que podía estar pensando, pero a la reina esclava no le pareció extraño, pues si desempeñaba aquel trabajo, se debía justamente a características como esa.

— Y si ella es tan tonta como para dejarse ver, la acabaremos—agregó Lord Manver, señalando con un dedo acusador al mensajero, antes de acomodarse contra el respaldar del sillón. La esclava que esperaba de pie detrás de él, extendió sus brazos para comenzar un relajante masaje en los hombros de su amo. — Así que todo irá bien en la próxima entrega, y cuando el padre de tu señor llegue… por favor, asegúrense que el general tenga una bienvenida perfecta…


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:17 pm

LA SOMBRA III
Otra noche más en Lespón. Esta, al contrario de todas las anteriores, prometía ser distinta. La brisa fresca proveniente de las montañas sureñas, había disipado la humedad acumulada desde primeras horas de la mañana por la cercanía al mar. Las estrellas podían verse perfectamente debajo de la bóveda purpúrea del cielo. Hasta el cielo en aquella región próspera de Geanostrum  parecía más suntuoso. No era una buena noche para morir. Cuando se piensa en el día de la muerte, no se suele imaginar las golondrinas volando alegres, ni un sol sonriente en el firmamento azul. Y si el momento llegara de noche, generalmente se espera una oscuridad tenebrosa, repleta de nubes y alguna llovizna persistente golpeteando los tejados hasta el comienzo de un amanecer gris.

Desde los arbustos del frente, la capilla se asemejaba más a un palacete que a lo que era. Las columnas de forma hexagonal se alzaban a lo alto para sostener las tejas que hacían de techo. Debajo del pasadero que comunicaba la capilla con el edificio principal de la iglesia, esperaba un carro de madera lustrada tan negra como los ojos de un muerto. Su tamaño podría haber permitido que ocho pasajeros viajaran plácidamente, no obstante, ese armatoste no estaba hecho para la comodidad de las personas, sino para transportarlas hacia su morada final. Los carros funerarios eran propios de las ciudades ricas, en las que las actividades económicas primarias habían dejado de ser las de producción hacía algún tiempo.

La fachada de dos pisos de la capilla era angosta, no obstante, a cada lado tenía anexada un ala que probablemente contaba con por lo menos dos salas. Pese a esto, la única ventana donde se percibía luz era una de la planta baja. Era la más cercana a la puerta principal, que a diferencia de la que recibía a los feligreses de la iglesia, no había sido tallada con motivos religiosos. La Sombra salió de un arbusto lindero al camino y se aproximó a la capilla a largas zancadas. Como todas las noches en Lespón, la ciudad dormía profundamente. El gran puerto era la única zona que permanecía activa en las horas nocturnas, y ahora se encontraba a media ciudad de distancia. Nada indicaba que ella estaba allí. Sus pasos no hacían ruido sobre el empedrado, mucho menos en el césped que rodeaba la capilla. Ni siquiera quebraba las ramas al pasar por encima.
La sombra había estado esperando la señal desde hacía varios minutos. Había seguido al sepulturero desde que salió de su hogar en pleno centro de la ciudad hasta la calle más cercana, y se había escondido mientras él bajaba del carro. Cuando vio una silueta cruzar por la ventana iluminada, supo que era el momento. Mientras se acercaba, sus manos pasaban con presteza sobre cada arma oculta debajo de la capa. El largo manto le serviría en pocos minutos, así que se aseguró de tener la capucha bien puesta. Sabía que, colocada de determinada manera, la prenda podía ser tan persuasiva como el filo de un puñal. Pese a saber lo que estaba por ocurrir, la Sombra no sentía satisfacción alguna. La adrenalina era una respuesta de su cuerpo a las necesidades momentáneas, y nada más. Ya no era una joven sedienta de aventura,  sino que seguía un estricto código personal para hacer el trabajo.

«Trabajo.»

La palabra resonaba en su mente una y otra vez. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Era en realidad su trabajo? Ella era una asesina, no tenía razones de peso para estar allí arriesgando su identidad. No obstante, había pasado toda la tarde con Aleksanteri Molard, y si algo le había quedado grabado –además de aquella mirada azul salvaje del misterioso Aleksanteri- era la necesidad de terminar con el negocio de la esclavitud antes que corrompiera a todos los señores de la ciudad, como había pasado en Phonterek. Por alguna razón, gastar algunos días en Lespón para ayudar a aquellas jóvenes humanas que ni siquiera conocía, le hacía bien. Por primera vez en mucho tiempo, le daban un objetivo ajeno a los kulls dorados.

Cuando se acercó a la ventana, logró ver a su objetivo nuevamente. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, cuyo cabello castaño aún no conocía sobre el paso del tiempo en su especie. El hombre tomó un mandil impecablemente blanco con manos delicadas, que se condecían con el aspecto comedido del que era dueño. A juzgar por su figura redonda, no pasaba hambre, y por la sonrisa bobalicona que mostraba mientras tarareaba una canción de piratas, tampoco tenía muchas visitas indeseables por la noche. Se notaba a todas luces, que además de ser el sepulturero, era quien preparaba los cadáveres. Un detalle que los Molard no habían sabido decirle. La habitación que acababa de dejar, recientemente iluminada por él, esperaba con un cadáver sobre una camilla de metal, cubierta por un manto blanco. En la que estaba por el momento, no obstante, solo había ataúdes vacíos. A juzgar por el tamaño de aquellas enormes cajas de madera, todas eran para hombres adultos.

En el momento en que el hombre se disponía a regresar junto al cadáver para seguir con su tarea, la Sombra decidió que era el momento.

— Quieto— le dijo con voz glacial.

Estaba sentada en el marco de la ventana abierta. Tenía la capa abierta solo en parte, razón por la cual no se veía su rostro debajo de la capucha. El hombre retrocedió y se tropezó con uno de los cajones exhibidos en forma vertical. Sus ojos abiertos como plato, decepcionados al no encontrar a nadie conocido bajo la capucha, bajaron inmediatamente al escote descubierto, e inmediatamente después, a aquellas piernas negras, largas y atléticas.

— ¿O quieres quedarte en ese ataúd hasta el final de los días?— preguntó la Sombra, con actitud umbría— también puedo hacer esto mucho más doloroso— agregó desenfundando la daga sin dejar de mirar a los ojos a su presa.

Él intentó hacer lo mismo con ella, pero todo era oscuridad debajo de la capucha. No pudo ver la sonrisa de placer en el rostro de la Sombra, ante su miedo. A ella le resultaba muy tangible el terror emanado de los ojos del hombre.

— No, no, señora… por favor— dijo por fin, con las manos arriba como si la daga fuese un trabuco. — Por lo que más queráis, por los Dioses, soy un buen hombre, no hago daño a nadie.

La Sombra se acercó hasta que los rostros estuvieron a un palmo de distancia, y se quitó la capucha, regalándole al condenado algo que en su vida volvería a ver antes de su final. El rostro de la muerte.

— Entonces sóis un buen hombre con un mal gusto para los amigos, mi señor— respondió secamente, dirigiendo la daga al cuello regordete— y me diréis todo acerca de ellos si queréis ver un nuevo amanecer.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:22 pm

SINVYL X
Sinvyl permanecía en silencio frente a los Molard. El limitado grupo, que había acordado el día anterior reunirse para ponerse de acuerdo en algunos asuntos, estaba sentado alrededor de una mesa redonda. Pese a estar en el centro de una taberna, la mesa contaba con espacio suficiente para pasar algunas hojas sin riesgo de volcar las bebidas, por lo que no había sido una mala elección. Asimismo, Sinvyl no tenía nada que ocultar. Si alguien la buscaba, estaría llevándola directamente al corazón del movimiento esclavista que estaba floreciendo en Lespón. No harían más que facilitarle la búsqueda, que de por sí ya se le estaba haciendo fastidiosa. Pensándolo así, era muy improbable que alguien se presentara como servidor del esclavista en público. Además tenía cuestiones más acuciantes que atender.

Lo primero, era el ceño fruncido en el rostro de Victaria. Por primera vez desde que la había conocido, la joven se mostraba incómoda en presencia de Sinvyl. Victaria era una mujer dotada de la hermosura que debían de tener las diosas élficas, es decir, el ceño fruncido no funcionaba como ella esperaría. En los ojos disímiles de la elfa oscura, la muchacha se veía encantadora. Además, para la ocasión había elegido unos pantalones de color negro que le llegaban hasta las caderas y ocultaban la parte de debajo de la camisa parda. Era un atuendo muy osado para una mujer humana, no obstante, no encontró a nadie mirándola mal. Por si fuera poco, Victaria había decidido llevar el cabello recogido por una coleta tirante, que le daba un aspecto señorial a su rostro perfecto. Sinvyl sospechaba la causa del enojo infantil de la muchacha, pero ya buscaría otro momento para hablarlo a solas con ella. No era un tema a tratar con el padre al lado.

Lo segundo, se trataba del nombre que la había guiado hasta allí. Como era habitual, poco quedaba de la Sombra, la personalidad que solía adaptar cuando tenía un muriente o algún objetivo que involucrara violencia. No obstante, recordaba cada detalle, y el más importante en aquel momento era el de Manver. Lord Manver. No le había costado mucho obtenerlo del sepulturero, un hombre rechoncho y cobarde que estaba dispuesto a entregar a su propia madre si con eso se salvaba el pellejo. Sinvyl se había encargado de él. Lo había dejado vivo, sí, pero sabía que él ya nunca dormiría tranquilo después de haber negociado su vida con información. Si era la mitad de inteligente de lo que era de ambicioso, entonces no tardaría en dejar la ciudad.

Aleksanteri se había tomado su tiempo para reflexionar, dando unos sorbos a su taza de cerveza casi con asco.

— ¿Manver? Ya era un hombre terrible. Ahora puede estar con todo este tema de las esclavas y el contrabando de armas, Sinvyl— comentó mirándola, aunque parecía que solo veía un horizonte imaginario— pero ya tenía las manos manchadas por todo lo que pasa a través del puerto de Lespón desde que compró los muelles mineros.

Sinvyl asintió, llevando su zumo a la boca.

— ¿Y nadie lo detiene, Victaria?— preguntó luego, alzando la mirada de la taza a los ojos de la joven.

«Son idénticos a los de él, pero le faltan experiencia.»

Victaria dejó de jugar con el pastelillo que tenía a mano, pero en ningún momento devolvió la mirada, sino que la dirigió a la puerta, como si conociera de toda la vida a dos elfos lunares que entraban.

— Mi padre y yo somos gente de información, Sinvyl— comentó con su vocecilla aniñada, suave como un coro de diviums elevando plegarias en una de sus fiestas— no somos militares ni nos importa la política.

La joven elevó la mirada para alcanzar el rostro de Sinvyl, para sorpresa de esta última, sin un atisbo de enfado. Tras unos cuantos segundos, volvió a enfocarse en el pastelillo.

— No es tan fácil— musitó retraída— aquí en esta región todo está conectado…

Sinvyl estiró el brazo y robó un pequeño fruto que Victaria dejó a un lado.

— Entonces tenemos que romper esas conexiones— dijo tras llevarse el fruto a la boca, consciente de que había llamado su atención. Después miró seria a Aleksanteri — Antes de que todas las refugiadas de la Primavera Deseh queden atrapadas en ella, y por consiguiente, que la vida comercial quede bajo dictaduras establecidas en casas… públicas.

Dicho esto, se puso de pie.

— Si dejan sus hogares es para tener una vida digna, y debemos asegurarnos de que lo consigan— comentó antes de alejarse de la mesa. — Gracias por lo del barco.

O de intentarlo. Aleksanteri la tomó del brazo sin inmutarse, pidiéndole sin palabras que se quede. Por su parte, la hija de este observó aquel gesto tan extraño en su padre y agachó la mirada, cerrando los puños sobre sus piernas. La elfa lo vio todo y decidió quedarse, aunque sabía lo que venía.

— Que no siempre es tan sencillo, Sinvyl— añadió él. — Muchas no vienen por voluntad propia, sino que son vendidas a esta gente por su propia familia… y muchas ciudades cercanas no quieren ver más a estas chicas, o ayudarles.

Sinvyl se volvió en un solo movimiento, que hizo que su vestido de color celeste, tan corto como los que solía usar, flameara por un momento.

— Pero además, quizá puedas explicarnos algo— agregó él con un atisbo de sonrisa— es sobre unos extraños sucesos en el Tres Hermanas hace dos noches. Verás, hay rumores de una mujer tan oscura como una sombra, que anduvo haciendo… justicia, con vestimenta de cuero.

«Así es que lo sabías. Definitivamente no fallaron en guiarme hacia ti.»

— A menudo los rumores tienen una pizca de verdad, Aleksanteri— comentó sonriendo, antes de alejarse— aún en ausencia de pruebas.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:26 pm

LA SOMBRA IV
No había evidencia de qué clase de pozo negro en Geanostrum provenían las armas encontradas en la caja 894, pero las chicas que fueron liberadas esa noche, provenían todas de la misma zona tribal del sur del continente. Era un dato que podía pasar desapercibido para mucha gente, no obstante, podía significar un avance en cualquier pesquisa. En otras palabras, un veterano en asuntos relativos a la ilegalidad, podía hallar fácilmente el patrón de comportamiento adoptado por los esclavistas. Eso era justamente lo que había hecho Aleksanteri Molard, un hombre de ciencia que se dedicaba al manejo de información concerniente al delito. En ciudades menos prósperas, los monjes eran los únicos que sabían leer, haciendo uso y provecho de la información para mantener el poder. Aleksanteri solo quería liberar la ciudad del crimen organizado, a tal punto que a veces parecía que la seguridad de las chicas le traía sin cuidado.

Con un poco de ayuda de Sinvyl, Aleksanteri había encontrado una conexión entre los barcos que transportaban minerales por la zona, y la colocación de mercancía ilegal por Lespón y alrededores. Lord Manver. Un hombre que solo salía de su palacete a la orilla del mar si los negocios lo obligaban a tratar con la realeza de Geanostrum. La idea no era esperar tanto, sino hacerle una visita en su propio hogar, hacerle sentir que en realidad no era tan intocable como creía ser. Podría haberla hecho aquella misma noche, si el “Lord Titus” no hubiese estado a punto de llegar a la ciudad. Aleksanteri se había mostrado de acuerdo en aquel punto, pues lo principal era salvar a las chicas de una vida miserable, aunque una parte del hombre se resentía a perdonarle al tal Manver una noche más.

«Traer a Lespón a esas niñas con armas del mejor acero para quién sabe quién… es un hombre muy económico.»

Sinvyl observaba un galeón que resaltaba entre los otros barcos anclados y amarrados en los muelles. Era un navío que pese al desgaste propio de las olas y el tiempo, lucía imponente. Desde el lugar que había escogido para explorar, tenía un buen ángulo de toda la cubierta del barco. Lo único que no alcanzaba a ver, era el nombre, no obstante, coincidía con los detalles que le había contado su fuente. El casco de color carmesí, gastado en algunas partes, era cruzado por tablas doradas un poco más descuidadas. Los mástiles principal y de mesana, se alzaban desde la primera y la segunda cubierta del castillo de popa respectivamente. La proa, en oposición, contaba con una sola cubierta en su castillo, lo que le daba un aspecto impetuoso, como un depredador en persecución de su presa.

«No somos muy diferentes.»

De uno de los callejones salían voces masculinas. Hablaban mal de unas prostitutas que acababan de dejar en el edificio del que habían salido, con el tono de quien no sabe qué estupidez inventar para regodearse. Arrogantes como solo los humanos pueden ser. Durante unos instantes atroces le pareció que se aproximaban, pero luego volvieron a apagarse, engullidas por los gritos procedentes del barco de Manver, que inundaba la noche como un olor hediondo. La Sombra se agachó, apoyando una rodilla en el tejado, y tras evaluar la situación, saltó hacia unos cajones. Esta vez, no llevaba la capa puesta, por lo que algunas hebillas reflejaban la luz de la luna. Quería enviar un mensaje al tal Manver y a cualquier otro que estuviese detrás del tráfico de esclavas y de armas a Lespón. Estaba decidida a disfrutar derrotando a aquel hombre.

Pese a las dificultades que había enfrentado recientemente, el jefe criminal, como es habitual, no había podido ganarle a su propio orgullo. Había más hombres que antes, eso era verdad, pero la Sombra había evadido a la mayoría, sin hacer uso del contacto físico. Eso significaba que, si alguno de los que custodiaban el barco, gritaba, sería oído por una cantidad importante de colegas dispuestos a quedar bien con el jefe. A Sinvyl le traía sin cuidado. No tenía pensado ni permitirles mover un centímetro los labios. Saltó entre las últimas cajas para ponerse al alcance de uno de los tipos, más aun no era momento de entrar en combate. Se arrodilló al borde de las cajas, quedando a unos cuatro metros del suelo y preguntándose cómo moverían semejantes cajones apilados unos encima de otros.

El matón no vio a la mujer que lo observaba imperturbable desde la altura. Cruzado de brazos, miraba el puente de madera tendido entre el barco y la plataforma del muelle. De a ratos movía la cabeza, como si creyera que una asesina podría venir del pasillo donde vigilaban sus compañeros. Más allá de eso, el tipo no paraba de dar pitadas a una pipa, posiblemente ajeno a la idea de que el humo no suele ser aliado leal en un combate. La sombra observó impasible cada detalle, repasando sus vías de escape. Lo cierto es que, si lo necesitaba, podía abrirse camino con el shamshir, el arco, la daga y el puñal… o con su propio cuerpo, que posiblemente era más letal que cualquiera de sus armas. No obstante, le gustaba planear varias vías de escape. Si se centraba en ello, incluso podía verse entre los enemigos, abstraída en la danza que precede la muerte.

Solo interrumpió sus pensamientos cuando captó un movimiento en el barco. Alguien había abierto una escotilla en la cubierta principal desde adentro, dando paso a un hombre de mediana edad. Espada en mano, farol en otra, el hombre revisó cada rincón de la cubierta con impaciencia. La Sombra aprovechó que el tipo que aguardaba junto al puente se dio la vuelta, para bajar de un salto.  Cayó tras una voltereta con las piernas flexionadas y una mano en el suelo para hacer equilibrio, fue un movimiento temerario a la vez que hermoso, como el de los felinos que se lanzan desde los árboles.  Mientras tanto la otra mano ya se había hecho con el puñal. Se movió amparada por la oscuridad de la noche, conocedora de que pocos humanos recibían entrenamiento para ver un poco más de su capacidad durante la noche. Los llantos de las mujeres inundaron la noche como la más triste de las melodías, pues no sabían que alguien por fin estaba velando por ellas.


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Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:31 pm

LA SOMBRA V
— ¡Pero será posible! ¡Mueve ese culo! ¿No estás contenta de estar al aire libre otra vez?

Durante la pausa, se oyó el sonido de la carne chocando con la carne, y un leve gemido reanudó el sonido de los pasos en la madera.

— ¡Dejen de quejarse!

Sí. Era muy fácil decirlo, cuando no habías pasado quien sabe cuántas semanas en un barco de gente desconocida, en curso hacia algún lugar desconocido. Él no era una jovencita con todos sus sueños rotos, y la desesperanza obstruyéndole la garganta o agitando su respiración. No tenía un imbécil caminando detrás, empujándolo, ni haciéndole sentir una mierda. No. Seguramente se creía importante maltratando una chica lejos de su hogar, llevándola al hombre que le compró la vida. El grupo de mujeres pisó el muelle en silencio. Sus rostros eran máscaras vacías de lo que alguna vez fueron, incapaces de expresar nada, ni siquiera la desdicha de ser dueñas de tan terrible destino. La última era la excepción, y aunque intentaba tranquilizar los sollozos, el espasmo que acompaña al llanto ponía nervioso a su apresador.

Cuando la chica puso los pies en el muelle, el tipo que tenía detrás aprovechó para pegarle en la cabeza. Fue con la mano abierta, pero el peso de su mano fue suficiente para desestabilizarla. La chica, vestida con una falda lila y unos harapos del mismo color que algún día supieron ser una prenda sencilla pero digna, cayó al suelo en cuatro. Su cabello, antes liso y brillante, se movió, ocultándole la mirada.

— Quiero ir a casa, señor… ¡por favor!

Era la súplica desesperada de una muchacha, sin embargo por el gesto congestionado de su captor, lo había tomado como un insulto. La Sombra observó agazapada detrás de unas cajas, justo al otro lado del puente, de donde vigilaba el otro tipo. En cuclillas, tenía las piernas prontas a la acción y una mano haciendo equilibrio. Cuando el hombre se agachó y tomó del brazo a la muchacha, el temor marcó el rostro de todas las otras como un sortilegio de magia oscura. Estimulado por su posición frente a las chicas indefensas, la hizo girar de rodillas como estaba, para verle la cara. El gesto contraído de ella era la antípoda de la sonrisa dibujada en el rostro apuesto de él. Sí, era apuesto, eso se veía de lejos. Unos ojos oscuros, brillantes y pequeños debajo de cejas finas, suavemente arqueadas; labios finos, marcados por una fina sonrisa constante que nada tenía que ver con armonía interior o paz. Sus rasgos le favorecían mucho, la Sombra se lamentó de que detrás de aquella piel olivácea se escondiera un alma tan corrupta.

Si bien en un principio pareció que el hombre iba a soltar otra bofetada a la chica, prefirió tomarle la cabeza con la mano libre y sacudírsela.

— A ver cuándo te enteras. ¡Vas a ir donde yo diga!

¡Cuán equivocado estaba el pobre diablo! Pero nadie le había condenado más que él mismo. Lo que uno cree de sí mismo, no termina sino convirtiéndose en su propia verdad. Él se había creído dueño de vidas ajenas, y por esta razón, su destino se había cruzado con una asesina. No era necesario creer en los Dioses para comprender esta verdad, y es que lo que uno da, termina recibiéndolo. El desgraciado estaba tan satisfecho con el dolor que le procuraba a la chica, que ni siquiera advirtió en el rostro de las otras lo que estaba sucediendo. Una silueta había salido de las cajas que él había visto desde el puente, pero en ese momento no hubiese imaginado que algo pudiera haber estado esperando y no le prestó la atención que debió haberle dado.

La Sombra lo tomó del brazo que mantenía alzado, obligándole a soltar a la chica. En el momento en el que el tipo quiso darse vuelta, ella le lanzó una patada detrás de la rodilla. El crujido indicó que jamás volvería a caminar, aunque estaba por verse si algún día se presentaba la oportunidad de intentarlo. La sombra se enderezó detrás de él, forzándolo a permanecer erguido al sostenerle la mano en alto.

— Ella irá donde quiera, pero tú, querido… tú te vas al agua.

La mujer lo tomó de la nuca y le intimó a ponerse de pie para lanzarlo por el borde de la plataforma de madera, deshaciéndose de él con asombrosa facilidad. Cuando dio media vuelta, se encontró con un enorme puño cerrado a punto de alcanzarle. Las chicas, que habían observado como la Sombra se encargaba de uno de sus captores, le gritaban desesperadas para prevenirle. La Sombra, por el contrario, se limitó a sonreír cuando la mano le pasó por el costado de la cabeza, no había movido los pies, pero un ligero movimiento de caderas le permitió burlar el ataque. Había anticipado los movimientos de su enemigo incluso antes de que este se moviera, y si no hubiese tenido tal precaución, el humo le hubiera llenado sus sensitivas fosas nasales de todas maneras. Antes de que el hombre reaccionara, la Sombra ya había apoyado un pie en la pierna de él, y había saltado por encima para, tras dar una voltereta vertical en el aire, caer con total equilibrio.

Contrariamente a su colega, que seguía intentando mantenerse a flote, este no tenía ningún rasgo digno de mención. Era un rostro vulgar, con algunas cicatrices apenas perceptibles bajo la costra y el vello facial. La Sombra era la única que podía ver tales detalles. Sus ojos estaban adaptados para ver en la oscuridad, en especial el del iris color rojo que en momentos como aquel, recibía el brillo de las lunas, y resplandecía como un rubí. Para ese momento, las muchachas habían ayudado a su amiga a ponerse de pie, más lejos de escaparse, se habían quedado hipnotizadas ante el despliegue perfecto de su protectora. Esta última no tenía ojos para nadie más que su enemigo, así que en el momento en que este se recuperó y quiso pegarle otra vez, lo esquivó con presteza. Lejos de apartarse, la Sombra saltó sobre la espalda del hombre, posando primero las manos y rodeando el cuello con sus piernas una vez en el aire.

— Te preguntarás por qué me limito a esquivar tus trompadas de niña— comentó presionando un poco más cuando él quiso liberarse- déjame explicarte querido…

— Muérete, puta— fue lo único que contestó él, con voz ronca.

En un rápido movimiento saltó hacia delante impulsada por los brazos, abriendo completamente las piernas para esquivar la cabeza de él. Al caer, dio media vuelta y lo miró a la cara, con una sonrisa que no respondía nada al interrogante marcado en su semblante roñoso. Para su sorpresa, una vez recuperado, él también sonrió, y acto seguido silbó tan alto, que el sonido siguió propagándose a lo lejos aun cuando él ya había vuelto a juntar los labios. De forma inmediata, la Sombra desenfundó la espada y lo señaló, sin embargo corrió hacia el lado contrario. El pobre diablo estaba condenado aunque no fuese ella quien impartiera la justicia, no tenía tiempo para perder. Sin dejar de mirar y advertir a su enemigo con la espada en ristre, habló a las chicas.

— Entiendo que seguramente estén cansadas, tengan hambre y sed. Es posible que nunca hayan visto alguien con mis características— comentó con toda dignidad— y que tengan miedo solo de verme, no sé si alguna me entiende realmente… pero necesito que me sigan— agregó señalando el pasillo por el que ella misma había llegado.

Ninguna pareció entender lo que les había dicho, pero pudo advertir no con poca admiración, que aquella noche después de haber pasado una odisea, aquellas chicas la hubieran seguido incluso al más oscuro de los infiernos.


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
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Sinvyl

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Re: Una daga en la encrucijada

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