Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» El amor... ¿perdido? ¿O reencontrado? [Isla de Sade] (priv. Atlas y Axis)
Ayer a las 9:53 pm por Atlas y Axis

» -A quien le pueda llegar a interesar.-
Ayer a las 9:51 pm por Balka

» Strindgaard se ha hecho invisible.
Ayer a las 5:47 pm por Runesha

» Anhouk, la forjafora
Vie Oct 20, 2017 10:04 pm por Anhouk

» Ingeniería Rúnica
Jue Oct 19, 2017 2:30 am por Staff de Noreth

» El cordero
Jue Oct 19, 2017 12:08 am por La Aberración

» Rakaash
Miér Oct 18, 2017 2:06 pm por Señorita X

» Llegando a ciudad esmeralda [El Gremio de la Pureza]
Mar Oct 17, 2017 4:57 pm por Veronika

» Malleus Maleficarum [Campaña +18]
Mar Oct 17, 2017 4:59 am por Lujuria

» Visión del primer paso...
Lun Oct 16, 2017 1:03 pm por Alegorn

» La Incertidumbre de la Magia [CAMPAÑA]
Vie Oct 13, 2017 4:00 am por Aulenor

» [Historia de Asterion] El clan "Cuerno de Hierro"
Jue Oct 12, 2017 10:01 pm por Minos

» Índice de Personajes No Jugadores o NPC
Miér Oct 11, 2017 11:56 am por Minos

» Aracnofobia [Campaña]
Mar Oct 10, 2017 2:06 am por Almena

» La fuga (solitaria) [Phonterek]
Lun Oct 09, 2017 1:29 pm por Lilith, la sombría




Cuentos de Noreth
Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth Cuentos de Noreth

Las afiliaciones hermanas se hacen por invitacion de nuestros administradores hacia otros Admins de los foros que decidamos, o por invitaciones de ellos hacia nosotros, sin embargo nos reservamos el derecho de admision de estas mismas pues seran solo una limitada cantidad y minima. Para mayor informacion acuda a la sección de Afiliaciones


Una daga en la encrucijada

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Jue Mayo 15, 2014 9:38 pm

LA MUSA DE UNA ASESINA
La noche había resultado más larga de lo previsto en primera instancia. La medianoche había pasado tan desapercibida como la inocencia de una prostituta condenada por robo. Para pensar en un ejemplo más cercano, podría decirse también que pasó tan desapercibida como jóvenes mestizas esclavizadas pasando por las medidas de la aduana. Tal vez el golpe que habían dado esa noche, no haría más que incrementar la actividad del comercio de esclavos. Posiblemente, el tal Manver aceleraría el proceso de corrupción para asegurar su próspero negocio, y de ser así, la próxima vez el cargamento estaría más custodiado. Estas posibilidades, sin embargo, no socavaban la alegría que sentía por poder ser parte de todo aquello. Si lo pensaba bien, ni ella misma lo hubiese creído si le contaban lo que estaba sucediendo en aquella pequeña pero muy gravosa ciudad que pugnaba por la libertad que la había caracterizado desde su fundación.

El silencio reinaba en el pasillo, aunque si se concentraba, podía escuchar los cuchicheos de las chicas tras la puerta que acababa de cerrar. Una sonrisa suavizó el gesto de Victaria. Pese a que todo marchaba bien, y que su padre le había prometido que habiendo terminado con Lord Manver se exiliarían por algún tiempo, no podía evitar que la sensación de angustia creciera día a día. La risa inocente de las chicas en su primera noche a salvo, era un bálsamo que hacía que todo valiera la pena. Después de la terrible empresa que habían sufrido, todavía tenían la dignidad y el coraje de divertirse, de sentir que la vida valía la pena. Victaria apoyó la espalda en la puerta y se permitió respirar un poco de valentía antes de dirigirse a su habitación. La casa había sido construida y pensada para que en el segundo piso conviviera el personal que atendería a la familia, que además, debía recibir un pago y un trato justo por el servicio.

Con el espíritu de lucha levemente renovado, la joven Molard bajó las escaleras enfocando su mente en contar cada escalón. Eran cuarenta en total, divididos en dos tramos, los conocía como cualquier otro rincón de la casa, pero contándolos se mantenía ocupada en algo y eso estaba bien. Le preocupaba estar cada vez más pendiente de un nombre que no debería significar nada para ella. La asesina había llegado por alguna casualidad del destino, y cuando terminara su trabajo se marcharía sin dudarlo. De hecho, por lo que sabía, podía tener un propósito más oscuro que ese con el que se había presentado… No. No podía ser. La elfa había puesto en peligro su propia integridad física para salvar a las chicas. Además, se mostraba correcta al hablar con los Molard, e incluso había tomado a Victaria como una igual. Estaba siendo totalmente injusta y se odiaba por ello. Sinvyl no era la auténtica amenaza. Sus propios miedos sí lo eran.

Cuando dobló el pasillo que dirigía a su habitación segura de que nadie la necesitaría hasta el próximo día, oyó la voz de su padre llamándole. La puerta del cuarto de él estaba abierta.

— ¿Padre?

Aleksanteri estaba sentado junto a su escritorio. Aunque las hábiles manos del hombre no se veían tras una pila de papeles, resultaba obvio que estaba escribiendo. La preocupación de Victaria se esfumó al verle allí. Como si no se pasaba todo el día en la sala desde donde, seguía trabajando en su cuarto hasta que el sueño le vencía. A veces deseaba haberlo conocido antes que su madre muriese.

El hombre se volvió para atravesarla con sus ojos azules.

— ¿Estás bien?— preguntó respetuoso.
— Sí, solo un poco cansada— respondió esquiva.

Él dudó unos segundos antes de asentir una única vez.

— Que los Dioses velen por tu sueño— la despidió volviéndose hacia el papel.
— Y por los tuyos, padre— murmuró ella, ya encaminándose hacia su propia habitación.

Por fin. La habitación estaba fresca, pero no tanto como el pasillo u otros cuartos de la finca. Le gustaba mucho ese cuarto porque tenía una de las ventanas más grandes. Ahora mismo pese a las cortinas, entraba suficiente luz para moverse sin chocar la enorme cama con dosel ubicada contra la pared izquierda, o la cómoda con espejo al frente de la cama. No obstante esto, Victaria se movió a pasos cortos, extendiendo los brazos para no tropezarse con nada. Es curioso como en el único lugar de la casa donde se sentía segura, un par de ojos disímiles observaba sus movimientos con interés. La joven blonda llegó al biombo, en cuyo marco superior reposaba el camisón que usaba para dormir y antes de cruzar al otro lado, se quitó un tirante del vestido.

— Victaria.

Esa voz. Era ella, ¡estaba allí! La impresión de momento le obligó a quedarse quieta donde estaba, con la mano apretando el tirante con fuerza. Si no hubiese estado oscuro, los nudillos se hubieran visto blancos como la luna que se dibujaba tras las cortinas.

— ¿Podemos hablar?— sí, era ella. Y estaba más cerca.

Con toda la dignidad que logró reunir, Victaria dio media vuelta. Sinvyl Xerann estaba de pie junto a la cómoda. El ojo rojo brillaba semejante a un rubí asimétrico, extraño y peligroso, pero no menos fascinante. Era, otras palabras, un fiel reflejo de su portadora. En la penumbra, la elfa oscura se veía distinta. Quizás de día o frente a la luz, con los vestidos vivarachos y elegantes que utilizaba, tenía un aspecto interesante. Ese aspecto era, según pensó Victaria al momento, incluso vulgar ante la belleza que tenía frente a sí. La piel negra era más negra, resaltando el cabello plateado y fino como hebras de plata sobre los hombros. Las prendas de cuero parecían parte de su naturaleza.

— Sí— logró contestar arrastrando la s.

Sinvyl se acercó, al principio sin dudarlo. A mitad de camino, cuando la luz de la luna bañaba su figura, cambió de opinión, posiblemente al ver la cara de Victaria.

— ¿Qué haces aquí, Sinvyl?— se animó a preguntar la joven.
— Me sentía sola, necesitaba hablar con alguien… hablar contigo.
— Entiendo…
— No, querida. Créeme, no lo entiendes— respondió Sinvyl, con cierto tinte de humor en la voz. — Ni yo misma puedo hacerlo.

Victaria sonrió. Solía lidiar con esa personalidad todos los días, aunque sea por un rato, cuando hablaba con su padre.

— Tal vez tú no puedas, pero eso no significa que nadie más pueda hacerlo, ¿no te parece?
— Puede ser— respondió con el ceño fruncido, sus ojos escrutaban cada detalle en la figura de Victaria.
— Me siento en desventaja, Sin. Estoy cansada, ¿no podemos hablar mañana? Si quieres, puedes venir temprano o…
— Quiero quedarme, Victaria.

Pero si hacía unas pocas horas, cuando había llegado escoltando a las libertas, había rechazado la oferta de quedarse que Aleksanteri le había hecho. La joven Molard se quedó en silencio durante un momento, aprovechó para salvar la distancia con la cama y se sentó en el colchón de plumas con soltura. No sabía si su comportamiento se debía al cansancio, o si estaba transformándose en una auténtica idiota, pero en ese momento, el asunto era lo de menos. ¿Podía ser acaso que no era la única que sentía ese fuego en el interior?

— Realmente tenemos que hablar— sonrió para disipar los nervios, pero al ver a Sinvyl acercarse, no hizo sino alimentarlos.
— Necesitaba tu compañía esta noche.
— ¿Qué tiene mi compañía de distinta a cualquier otra?

Sinvyl se sentó al lado de Victaria, con las manos sobre las rodillas. Había dejado las armas en la cómoda.

— He visto como me miras, cielo. No, no te expliques, no vengo por eso. No he venido por una mujer, si tú lo necesitas, estoy dispuesta a darte todo de mi las próximas noches. Esta noche… esta noche necesito simplemente oír tu voz.

«He visto como me miras.»

Victaria se sentía una imbécil, ¿tan obvia era? ¿para eso había estudiado tantos años? ¿para eso practicaba diplomacia horas enteras frente al espejo? Estaba impávida. Intentó hablar, decir algo, cualquier cosa, pero la mandíbula no respondió. ¿Qué podía hacer ante la inminencia? ¡Dioses! “estoy dispuesta a darte todo de mi las próximas noches”, ¡estaba ofreciéndole aquello que le había pedido sin pensar! Nunca se había visto atraída por otra mujer. Jamás. Tal vez aquello era solo un error, posiblemente admiraba a Sinvyl por ser todo aquello que ella nunca sería. Antes de reaccionar, la elfa le instó a alzar la mirada, empujándole lentamente del mentón. Había acercado peligrosamente su rostro negro como la noche. Empezaba a entender a las libertas, cuando explicaban que la diosa de la guerra y el amor las había liberado en persona. Las facciones de Sinvyl eran las de una estatua de mármol negro. La más hermosa que hubiese visto nadie.

Antes de refrenar el impulso, Victaria se inclinó hacia la elfa, y con los ojos cerrados, le rozó los labios violáceos con los suyos, tiernos y rosados. Fue apenas un roce, pero antes de poder abrir los ojos, Sinvyl la había tomado de la cabeza con ambas manos, y le devolvía el beso con una firmeza tan suave que solo era posible en un ser tan binomial.

— Eres hermosa, Victaria. Pero no quiero hacer nada para lo que no estés preparada.

La joven asintió.

— Nos espera un largo día— respondió al cabo de un rato, un poco decepcionada, pero más que agradecida.

Sinvyl se cambió con un vestido que tenía guardado en una mochila que casi siempre llevaba consigo. Mientras tanto, y sintiéndose el ojo de un huracán, Victaria hacía lo propio detrás del biombo. Durmieron abrazadas bajo las sábanas de seda blanca, protegidas de la luz y alguna mirada curiosa por el dosel. Aquella noche, ninguna sintió frío.


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Vie Mayo 16, 2014 10:35 pm

SINVYL XI
Qué bella ciudad. Si hay un momento perfecto para conocer la verdadera naturaleza de una urbe, ese debe ser el alba. Es aquel período en el que el sol anuncia un nuevo día, aunque en días como aquel, lo hacía pugnando la supremacía celeste con un conjunto de nubes poco amenazadoras, aunque muy espesas. Era como si de pronto el cielo se hubiese llenado de copos algodón. Lo mejor de Iflama, era la distancia entre las grandes mansiones y el centro de la ciudad. Los caminos, casi en su totalidad de piedra gris, estaban rodeados de densa vegetación que lograban darle a las afueras de la ciudad un aspecto salvaje. No había margen de error, detrás de las frondosas ramas repletas de hojas, podían entreverse los muros que marcaban entre el límite de la ciudad, y los terrenos privados.

Iflama, como pocas, gozaba de un sistema territorial que permitía a aquel que podía darse el lujo, ser dueño de tierras por una determinada cantidad de monedas. Este sistema, permitía al gobierno olvidarse de los problemas con los señores que ocupaban tierras y esclavizaban a sus vecinos, como ocurría en la mayor parte de las naciones humanas. Pero la clase gobernante no era la única beneficiada, sino que los mercaderes también salían favorecidos, pues podían hacerse de sus propias tierras y regirlas con bastante libertad de acción. Esta necesidad recíproca, dio lugar a un nuevo estilo de comercio, menos comunal y más privado. El único problema a la vista, seguía siendo la esclavitud. Sobre todo, gracias a hombres como Manver, que regía su propio negocio de minería con suficiente privacidad para cambiar los cargamentos por chicas y armas.

«Un lugar agradable, milord. Es mejor que estar dentro de una caja o en lo profundo de una mina, estoy segura.»

Sinvyl esperaba con la paciencia que los años le obsequiaron, desde una posición segura. Por fortuna, el camino de piedra había sido emplazado sobre terreno escarpado, que no solo permitía espiar los movimientos cercanos al palacete, sino que también mantenía al curioso salvo de cualquier curioso. La elfa montaba una yegua joven, briosa y espléndida, gris como el acero de las dagas élficas y con crines como nieve en la noche. El animal pertenecía a Victaria. Victaria…

«¿Qué he hecho? ¿Es que los años me han quitado la razón, o es esa niña la que oprime mi pecho obligándome a actuar por el corazón?»

Favorablemente las puertas de la mansión donde, según Aleksanteri, el tal Lord Manver pasaba sus días, se abrieron. Ya tendría tiempo para pensar en Victaria más tarde, y con un poco de suerte, encontraría las razones que la atraían a la chica sin remedio. Ahora tenía trabajo por hacer. La única forma de acercarse al jefe criminal, era perseguirlo, y en una de esas, si los Dioses se mostraban clementes, incluso podía descubrir algún detalle más sobre el sucio negocio. De un momento a otro, salieron dos jinetes tan robustos como el que más. Llevaban capas y capuchas de un rojo oscuro que les ocultaban el rostro, pero que no lograban disimular la corpulencia de sus musculosos cuerpos. Cuando llevaban recorridos unos pocos metros, una carroza tirada por cuatro caballos cruzó la puerta, seguida por dos jinetes de similares características que los primeros. Inmediatamente después, las puertas se cerraron. La caravana tenía rumbo a la ciudad, aunque Sinvyl sospechaba que no era allí donde se dirigía

«Hmmm. La rata sale de su agujero— Sinvyl bajó el catalejo satisfecha. Era todo lo que necesitaba ver. — Divertido, hubiera esperado que desapareciera después de mi irrupción de anoche. Debe ser una fecha importante… sin duda se trata de él.»

Mientras la caravana se alejaba, guardó el catalejo en la alforja izquierda, y le dio unas palmadas en el costado a la yegua.

— Muy bien Lucy, pongámonos en marcha.

La jinete espoleó hábilmente para que la yegua se animara a bajar por el terreno escarpado, y se unió a un grupo de comerciantes que pasaba de camino a la ciudad. Para la ocasión, Sinvyl había llevado una túnica sobre la cinturilla y el culote. Lo único de metal que podía verse eran las hebillas de las botas, pero solo desde cierto ángulo que precisaba tenerla al lado. Además, cubría su cabello atado con una capucha. A una distancia prudente, los escoltas buscaban cualquier cosa que pudiese suponer un riesgo para su señor, seguramente sin llegar a imaginar que el azar les estaba conduciendo al verdadero peligro. Desde el camino podía verse el mar más allá del terreno perteneciente a Lord Manver. Por lo visto, no era un hombre de mal gusto para algunos asuntos. Lamentablemente estaba aquel asunto del deleite por las niñas en condición de vulnerabilidad, que se condecía terriblemente con la vista del ocaso percibida desde un palacete.

«Definitivamente él no podía salir sólo para sobornar algún oficial o quejarse de la pésima seguridad del puerto, así que vamos a ver dónde va.»

La yegua tenía un trote tan suave que parecía rozar el suelo en vez de rozarlo. No tenía que darle indicaciones, recorría el camino como si supiera dónde estaban yendo. Sinvyl iba levemente inclinada sobre el lomo para que la capucha ocultara sus facciones. No era la única drow en la ciudad, no obstante, dudaba que tras los asaltos al corazón del tráfico de esclavos, dejaran tranquilos a sus congéneres. Lo único ventajoso, era lo poco que le importaba la seguridad de los elfos oscuros en comparación a los pobres chicas que estaba a punto de salvar.


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Mar Jul 08, 2014 4:16 pm

SINVYL XII
La caravana  avanzó sin mayores contratiempos, pese a que el camino que unía la mansión del esclavista con el centro de la ciudad, estaba bastante transcurrido. La mayoría de viajeros que pasaban por Iflama, llegaba desde el mar Thonomer, por lo cual la mayor parte de la guardia de la ciudad, estaba apostada en los puestos. Esto provocaba, entre otras cosas, que la única seguridad para los viajeros que escogían entrar a la ciudad a pie, fuese aquella que sus bolsillos les permitieran pagar. Lo único positivo era la falta del pago de tributos para ingresar a la ciudad por el camino terrestre, aunque esto podía deberse también a que no muchos pueblerinos se atreverían a pisar la ciudad en la que vivían los dueños de la mayor parte de latifundios de todo el entorno. Quien entraba a Iflama, según podía oírse en las posadas más importantes, se había ganado el derecho a pisarla.

Algunos pueden mostrarse de acuerdo ante tal afirmación. Otros, como Sinvyl Xerann, saben que el mundo no es tan simple. Una buena parte de los habitantes del burgo habían nacido allí, y desconocían completamente los males que aquejaban a la mayor parte de la población de Noreth, desde el oeste hacia el este, desde el punto más boreal al punto más austral. Los que sí habían vivido en otras ciudades, claro, olvidaban rápidamente los problemas ajenos. Iflama era en muchos aspectos, un mundo aparte. Y en otras palabras, era también un buen refugio para la peor calaña. No. La peor calaña no eran ladrones de pies descalzos, ni asesinos obligados por el hambre. Para Sinvyl, la peor mierda era aquella capaz de afirmar su titularidad sobre otras personas, como si de mercancías se tratasen.

La yegua trotaba como pisando el viento, nadie que viese aquel animal podría sospechar que estaba persiguiendo a alguien. Aunque mantenía un paso lento, los músculos comenzaban a brillar bajo la luz del sol. Su jinete tenía las manos mojadas, pero no podía decir si se debía al animal o a ella misma. Llevaba cerca de media hora bajo el sol, enfundada en una capa gris tan gruesa como desagradable. La tela, además de contener el calor corporal, raspaba la piel donde nada la cubría, y provocaba que se le pegaran las prendas de cuero. Por si no fuera suficiente, se sentía inexplicablemente excitada. Quizá esto último era lo que peor la traía. Hacía años que nada lograba encenderla, había intentado todo tipo de prácticas que las damas de alta alcurnia considerarían reprochables. Todo para recuperar el calor que la había caracterizado durante buena parte de su vida.

De un día al otro, como quien recibe un don, despertó consciente de aquello había regresado.

Durante los primeros años de caza, había creído que aquella excitación le ayudaba a sobrevivir en los momentos más difíciles. Solo cuando la perdió, fue consciente de que la adrenalina seguía estando, y en realidad el autocontrol era la mejor defensa. Ahora se dirigía a una posible batalla más intranquila que de costumbre, sabiendo que había perdido el control y no tenía tiempo para buscarlo.

Por lo pronto, la yegua ya estaba recorriendo la curva que anunciaba el final de la zona residencial de los mercaderes más acaudalados. Adelante, tenía una bifurcación a la que estaba acostumbrada. Sinvyl la detuvo cuando quiso proseguir por la izquierda, y contrariamente, la instó a tomar la leve pendiente de la derecha. Inmediatamente dejaron atrás el entramado de árboles, hojas y ramas, para encarar la brisa marina. Si hubiese podido hacerlo sin correr peligro, se habría quitado la capucha para dar un buen vistazo al paisaje. El camino que tomó llevaba directamente a unos muelles que solo se veían desde lejos, cuando el barco estaba llegando a la ciudad. Nunca había estado allí, sin embargo, sospechaba acerca del uso que se le daba. Sabiéndose en desventaja, dio unas palmadas en el costado de la yegua para que parase, y acto seguido se bajó de un salto. Aún oía la marcha de la caravana que había estado persiguiendo.

— Ven por aquí, reina— dijo en voz baja, tomando las riendas de Lucy  y adentrándose en una estrecha senda rodeada de matorrales.

Era evidente que no iba a pasar nadie, pero le resultaba más fácil pasar la línea de vegetación estratégicamente plantada para embellecer el camino, o para ofrecer una vista limitada a las miradas curiosas que podían llegar a posarse desde el mar. Si alguien hubiese estado mirando entonces, habría visto una figura gris encapuchada, al lado de una yegua también gris, aunque plateada. Lucy era templada en demasía, era especial para un trabajo como el suyo, y durante un momento, le recordó a algunas de las monturas que había llegado a querer. Por fortuna para el animal, no era de ella, su dueña tenía tiempo para cuidarla, y seguramente no le pedía nada que rozara lo imposible, como en ocasiones se había obligado a hacer Sinvyl. Además, su trabajo la llevaba a viajar constantemente, ni siquiera un caballo podía seguir aquel ritmo.

De nuevo en su circunstancia, la elfa tomó un cuenco de la alforja, y lo llenó de agua, que por haber sido resguardada por la bota, aún estaba bastante fresca. Sin dudarlo, le ofreció casi todo el néctar cristalino a su compañera, y después tomó lo que quedaba en la bota. No tenía sed. Al fin, después de tanto esperarlo, empezaba a sentirse preparada para la tarea que tenía por delante. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas como acostumbraban los hombres rojos de  Sülh Dunes y esperó hasta que la caravana llegó al único muelle usado de los tres. Un barco mediano aguardaba al final del puente. Era una embarcación sobria, con el casco rojo cruzado por franjas doradas. Obviamente, aquello no podía ser oro por cuestiones prácticas, pero el color de la pintura lo emulaba a la perfección. Por lo demás, contaba con dos velas, aunque la de popa se veía como un adorno.

«Todas las comodidades de vuestra mansión, pero más difíciles de alcanzar. ¿Creeráis que un poco de agua me detendrá, milord? Eso funciona con los incompetentes que llenan filas en la guardia.»

Los primeros en desmontar fueron los escoltas, armándose de sendas ballestas. Después de una inspección protocolar alrededor del carro, ambos se acercaron a la puerta del habitáculo, aunque esperaron a que se abriera desde adentro. Sinvyl recordó a los inútiles que había enfrentado durante los asaltos al muelle con una sonrisa. Evidentemente, las esclavas valían tan poco para el señor, que hasta el momento, cualquier mercenario de poca monta había servido para protegerlas. Para resguardar su propia vida, en cambio, tenía profesionales con uniformes de cota de malla y cuero, armados de ballesta, escudo y dos espadas cada uno. Por fortuna, era exactamente lo que la elfa estaba buscando. Necesitaba oponentes que soportaran un buen duelo. Cada parte de su cuerpo demandaba hacer algo con aquel fuego intenso que ardía en su interior, y como Victaria no estaba cerca, prefería hacerlo mediante lo que mejor sabía hacer.

Victaria…

Como si de un caballero al rescate de la princesa se tratare, Lord Manver salió de su suntuoso carruaje, acaparando la atención de su persecutora. Los Molard no mintieron al describir al distintivo señor del crimen local. Sinvyl pegó más el borde del catalejo al hueco ocular, como si de fuera necesario para verlo en detalle. Era un sujeto esbelto, con el porte de un rey pero la sonrisa de un matarreyes. Cuando habló, dejó a la vista dos hileras perfectas de dientes blancos como los muros de Yagorjakaff, enmarcadas en labios finos y crueles. Además, la barba no ocultaba un mentón anguloso y bien formado, sino que lo resaltaba. A la elfa le pareció atractivo, aunque le faltaban unos centímetros para llegar a su tipo idílico. El hombre esperó junto al puente hasta que otro guardia vestido como su escolta, bajó de la embarcación. Acto seguido, subió, seguido por uno de los hombres que le habían acompañado.

Cuando el señor pisó la borda, salieron en fila a recibirlo otros dos hombres que por el aspecto, estaban acostumbrados a la vida en el mar.

«Creo que os equivocáis si os creéis a salvo. Donde sea que vayáis, milord, voy a estar allí cuando toquéis tierra.»


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Mar Jul 08, 2014 5:20 pm

LA SOMBRA VI
El agua estaba tan tranquila aquel mediodía, que, si no fuese por el denodado desfuerzo de su superficie en reflejar el sol, hubiera imitado perfectamente una gruesa capa de hielo. Al momento que el barco desancló, comenzó a flotar en dirección al horizonte con la parsimonia que solo en un día tan despejado podía concebir. Mientras la embarcación se alejaba, los escoltas que habían quedado en el muelle volvieron a su caballo. Inmediatamente el chofer del carruaje lo hizo girar dando una muestra de maestría a sus escasos espectadores. Sinvyl vio cómo el hombre le ordenaba algo a uno de los soldados, y cómo este último asentía… tras unos cuantos segundos. Estaba claro que le molestaba acatarse a los designios de otro subalterno, así como también quedaba en evidencia el poder de aquel otro.

Con una sonrisa trivial surcando su rostro inmemorial, Sinvyl alejó el catalejo y cerró el ojo durante un momento para dejarle descansar. Era el ojo “bueno”, que había heredado de un padre que no conoció. También era el que captaba los colores cálidos, y capturaba los detalles más distantes.

— Bien reina, el momento ha llegado— comentó guardando el catalejo en la alforja. Después le acarició el lomo. — Creo que tú te quedas aquí un rato más, ¿qué te parece?

Cuando la yegua la miró, pudo corroborar que no le importaría. Menos mal. Se bajó la capucha por primera vez en horas, y acto seguido se agachó quitándose la pesada túnica gris por arriba. Posiblemente no la verían, pero tampoco tenía necesidad de atraer la atención. El ligero soplo del viento chocando con la piel húmeda por el sudor, provocó una súbita sensación de placer que comenzó en las entrañas y terminó en la punta de los dedos de cada extremidad. Dobló como pudo la enorme prenda y la metió en el bolso más grande de la alforja. Después tomó el carcaj negro cargado de flechas de madera de arce, y el pequeño arco mhare armado en madera y metal. Sabía lo que debía hacerse, y cómo debía hacerse, solo quedaba esperar a que llegara el momento oportuno.

«Realmente no me gustan los hombres que usan a las niñas. Pero no imaginé que algún día haría algo por ellas. El mundo es cruel, ¿no ha sido suficiente toda mi experiencia? ¿En qué estás pensando Sin? ¿Crees que haciendo esto, toda la sangre será lavada?»

Ya poco importaba. La caravana había abierto marcha hacia la salida del puerto. Para hacerlo, tendría que pasar por allí como conejos que, de camino a la madriguera, encuentran la amenaza oculta de un zorro. O una zorra. Sinvyl sonrió ante la ocurrencia y acarició el morro de Lucy otra vez antes de susurrarle palabras tranquilizadoras en el oído. Posteriormente se perdió entre los arbustos otra vez, a la espera de algún indicio que revelara la proximidad del enemigo. El calor ya no era una molestia, si los sentimientos le habían molestado hasta hacía unos minutos, ahora estaban guardados detrás de una coraza. Como era habitual, gran parte de aquello que era Sinvyl, quedó relegada a un segundo lugar para dar paso a su alter ego más mortífero: la Sombra.

La Sombra se mantuvo inclinada entre la vegetación, concentrada en el repiqueteo de los cascos. No le molestaban las pequeñas ramas que le raspaban la piel, ni el calor que solo el sol podía imprimir incansablemente sobre su espalda. Noreth se había reducido drásticamente a una caravana cada vez más próxima, a ella misma y a los latidos de su corazón encendido. Conforme el resonar de los cascos se hacía más cercano, cada terminación nerviosa de la asesina vibraba con más ímpetu, como si su cuerpo grácil y apasionado se hallare irremediablemente atraído al inminente peligro. Cuando el sonido fue lo suficientemente cercano, y a través de los escasos huecos de la vegetación pudo ver el color de vino tinto de la primera capa, se puso de pie. Dio unos pasos orgullosos y elegantes hacia la mitad del camino. Nada parecía indicar que hubiese advertido a la caravana, no obstante sus manos ya estaban tensando el arco.

Lo que prosiguió, fueron escasos segundos que a un espectador ajeno al baile que supone un duelo, podían resultar escasos para tomar cualquier acción. La Sombra, por el contrario, se sentía en su elemento. Mientras el jinete daba la alerta haciéndose de una de sus espadas, enfundada hasta ese instante al lado izquierdo de su cintura, Sinvyl disparaba la primera y única flecha. El proyectil fue a clavarse a poco más de un metro de un asustado caballo que no dudó en relinchar y, en un intento desesperado por escapar del peligro, hizo caer a su jinete. El pobre animal no tenía modo de saber que eso, era exactamente lo que su atacante pretendía. El guerrero sí lo había deducido, y cayó de pie, haciéndose con la espada enfundada en el lado contrario a su compañera. La Sombra observó inalterable, cómo el chofer del carruaje se metía en el habitáculo, y al cerrar la puerta, dejaba ver al otro contendiente acercarse corriendo. Por fortuna de la elfa, ese último no se había dado cuenta de que la ballesta sería más útil.

Pese a la concentración de la Sombra, podía sentir el fuego en sus entrañas, que le pedía acción inmediata como los niños hambrientos piden por un mendrugo de pan. Lo que ella precisaba era sangre, sentir el sonido del acero contra el acero, y los gritos de odio de un enemigo impotente ante su superioridad. Después de todo, era una asesina. Lanzó el arco hacia el césped que limitaba la piedra del camino, y sin dejar de visualizar a su enemigo acercándose con los brazos extendidos hacia abajo en los costados, tomó la daga que colgaba del cinturón. Algunos pueden pensar que una daga no es rival para dos espadas de más de un metro de longitud. La Sombra, por el contrario, creía que el arma no era el filo en sí, sino su portador. Ella, como combatiente, tenía siglos de práctica, y aunque por lo general prefería librarse del muriente con sigilo, en algunas ocasiones se presentaba dispuesta a demostrar su preponderancia en un duelo. Así también, en otras ocasiones, sentía la obligación de darles una oportunidad, aunque cada fibra de su ser pidiera un duelo.

En parte, lo hacía porque sabía que el enemigo reclinaría a tan honorable oferta.

— ¿Es razonable malgastar una vida en defensa de una causa tan vergonzosa como perdida?— preguntó sonriendo con disimulo.

El hombre se paró a escasos pasos y alzó el brazo derecho, haciendo que la punta de la espada rozara el pecho de la elfa. Esta rió con ganas.

— ¿Sabes hace cuánto no tengo un sable entre estas? Pero no me malentiendas— agregó empujando al costado y con cuidado la hoja enemiga con la mano desnuda— hablo de otro tipo de sables. El tuyo no me interesa.

El hombre, alto, fornido y por lo visto de muy poco humor, escupió a los pies de ella antes de abalanzarse, haciendo uso de la mano izquierda. La estocada fue certera. Si la Sombra no  hubiese girado en el sentido del sol, la punta de la espada se abría clavado sobre el ombligo. No contento, el guerrero volvió atacar, esta vez con la otra mano. Lanzó un barrido a horizontal a la espalda de Sinvyl, que había quedado de perfil a él. Esta vez, en vez de esquivarlo, se limitó a ubicar la daga entre la espalda y el arma enemiga con la mano izquierda. Al ver el desconcierto en el rostro barbudo de su atacante, se llevó el índice de la derecha, depositó un beso y se lo enseñó con soltura.

Su compañero lanzó una carcajada antes de hablar.

— ¡Acaba con esa maldita puta, Harry!

— Cariño, parece que nos conocemos de toda una vida— agregó Sinvyl lanzándole una mirada de soslayo. — ¿Quieres unirte a la fiesta?— invitó volviendo a enfocarse en el peligro más inmediato.

Como el enemigo lanzó un corte con ambas espadas a la vez, lo esquivó con un improvisado salto hacia atrás que la hizo perder el equilibrio.  En vez de caer, aprovechó el impulso y estiró la mano lista para actuar como muelle, logrando acaparar la caída y saltar sin el uso de las piernas. El movimiento fue mágico. Un cuerpo esculpido por los dioses, negro como la noche, girando en el aire al ritmo de una canción silenciosa, para caer sobre ambas piernas flexionadas como las patas de una pantera dispuesta a contraatacar. La Sombra se humedeció el labio superior antes de lanzar una mirada a su pasmado atacante. Esta vez no sonrió. Esta vez lanzó la daga hacia arriba y la cogió de tal manera que la hoja quedó apuntando al mar y no a ella misma. Si bien el soldado intentó atacar, ella fue más veloz, y antes de que él lograra extender ambas espadas, corrió para enfrentarlo. Como el combatiente se vio superado en velocidad hizo lo único que podía hacer si quería mantener su escasa dignidad: unió el filo de sus armas con la intención de formar una cruz de bloqueo en dirección a la elfa.

Fue inútil, porque la Sombra no buscaba un enfrentamiento directo con él… en vez de eso, lo pasó como si no le supusiera una amenaza. Antes de que el otro guerrero cayera en cuenta, ya tenía a la delicada pero mortífera enemiga sobre él. Su reacción fue inmediata, porque se hizo con el escudo, pero no contó con que ella saltaría sobre este para caer detrás de él. La Sombra tomó un cuchillo arrojadizo con la mano derecha y puso la daga en el cuello del infeliz soldado.

— Como no fuiste por mí, tuve que venir por ti— comentó jocosa, en el oído del hombre, haciendo uso de todo lo que había aprendido acerca de la seducción. — Te he visto más divertido que a ese antipático.

Cuando el otro quiso moverse, la elfa le chistó. Estaba lejos, para un ataque inmediato, pero si le dejaba avanzar dos o tres pasos, podía cambiar la balanza.

— Si quieres que él viva, tendrás que hablar. Haré una sola pregunta y no te molestaré más, ¿entiendes?

El soldado dibujó por primera… y última vez, antes de contestar.

— ¿Debería preocuparme…— comenzó a decir con voz ronca.

Antes de que terminara la frase, un cuchillo delicado como los rayos del sol, surcó el aire con un trayecto perfecto, antes de clavársele en la frente. El resultado, hasta a Sinvyl le asombró, pero pudo contener la excitación con dignidad profesional.

— No hablaba contigo— contestó acercando el filo de la daga hasta que una pequeña gota resbaló por debajo de la ropa— ¿Podemos hablar con tranquilidad, o crees que tu destino es el de ese condenado, cariño?

Tras pocos segundos, el soldado alzó las manos en señal de redención.

— ¿Qué es lo que quieres?— espetó furioso.
— Lord Manver, ¿a dónde va?

El soldado esperó unos segundos. Como su captora lo había soltado, mantuvieron la mirada unos cuantos segundos que se hicieron eternos. La elfa había ganado el combate físico, pero ahora estaban llevándolo a un plano más etéreo, aunque no menos peligroso. Estuvieron quietos hasta que finalmente él, después de observar cada detalle en el rostro de la Sombra, asintió. Seguramente había entendido hasta qué punto estaba dispuesta a llegar para obtener las respuestas que quería.

— A Iflama. El señor pasará el día en el mar, para desorientaros, y durante la noche llegará al puerto abandonado de la cala del norte— comentó con un nuevo respeto hacia su oponente.

Sinvyl asintió con media sonrisa.

— Gracias, cariño. Tendré que salir ahora mismo si quiero llegar antes que él— comentó volviéndose para buscar a Lucy. Tras dar unos pasos, volvió a girarse ante un asombrado guerrero que la miraba sin entender lo que acababa de pasar. — Por cierto, ese chofer que estabas escoltando con tu compañero… tendrás que hacer algo con él, toma.

Le lanzó una pequeña bolsa que al ser atrapada tintineó. Nunca le faltaban monedas, pues sabía que allí donde fuese, siempre habría alguien dispuesto a hacer su trabajo más fácil.

— Te estoy dejando sin trabajo. Si fuera tú, me iría de aquí inmediatamente, tienes suficiente para pasar un tiempo fuera— explicó, como si hiciera falta.
— ¿Para qué es esto?— preguntó el hombre, demostrando nunca haber sido testigo de semejante trato.

Sinvyl lo miró enigmática.


— Considéralo un pago por deshacerte de ese cochero— aseveró por lo bajo. — Y por si algún día requiero de tus servicios— agregó caminando hacia Lucy.
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Mar Jul 29, 2014 1:30 am

LA SOMBRA VII
«Venid con mamá, milord. Debéis haber tenido una larga noche de fiesta en las tranquilas aguas del Thonomer.»

Indudablemente estaba ante el navío que había zarpado desde el puerto privado de Lespón. Un casco rojo oscuro como el buen vino de la Aguja, cruzado por franjas ambarinas, una vela de mesana con forma de daga y un castillo de popa tan blanco como un palacio élfico. Pocas veces se veía una embarcación tan inconfundible en una zona donde todos los señores compraban barcos idénticos, fabricados por los mismos astilleros. Desde una posición alta, además, se obtenía una perspectiva  de la borda, que a juzgar por la pulcritud que exhibía, había sido fregada recientemente. El barco había atracado a media mañana, pero era mediodía cuando su dueño salió a la borda, acompañado por un deseh gigantesco que, tras hablar con quien timoneaba, había entrado a buscarlo al castilo de popa.

Conforme los minutos pasaban, salieron más tripulantes, pero estos lo hicieron de una abertura en la borda. Mientras, Manver hablaba con quien había dirigido el barco hasta allí, un hombre menudo con gesto desconforme. Estaba claro que ese hombre gobernaba el barco cuando su dueño no estaba a bordo.

«Se ve que sabe cómo dirigir un barco pero, ¿no podía ni siquiera llevarlo a un puerto mejor, en vez de este abandonado? Con todos los lugares bellos que tienen las costas de Iflama…»

Un bucanero de camisa gris prácticamente desprendida, bajó por el puente recientemente extendido. Después lo hizo otro, este con una camisa que había sido blanca, y una cinta marrón en la cintura, que ocultaba una panza pronunciada, a la vez que hacía de cinturón. Pese a que la ropa había visto mejores tiempos, se notaba limpia, así como sus portadores. Eran extraños para ser tripulantes de un barco. Generalmente, según la experiencia de Sinvyl, esta clase de hombres se preocupaba más por tener una botella llena de algún veneno etílico a mano, que por su higiene personal. El deseh era el único que no llevaba camisa, sino que mostraba el torso desnudo con orgullo. Además de los pantalones y unos calzados de tela marrón que contrastaban con las botas de cuero oscuras de sus compañeros, lucía una kufiyya que no permitía dilucidar si tenía o no cabellera. Este hombretón era una enorme sombra que no se movía de al lado de Lord Manver, aunque sí estaba atento a los movimientos a su alrededor.

Sinvyl se humedeció el labio al verlo, y se tiró hacia atrás cuando el hombre miró a su posición. Pocas personas podrían haberla  visto donde estaba, pero si quería hacer las cosas bien, no podía permitirse ningún error. La elfa se encontraba en un puente que unía dos casas pertenecientes al mismo dueño, como era habitual en aquella ciudad. El puente en cuestión estaba hecho de la misma piedra gris que formaba las paredes aledañas, y tenía en el medio una columna que la sostenía. Por dentro, en el mismo lugar, tenía dos columnas más pequeñas que sostenían un techo con forma triangular de tejas. Posiblemente no la sostenían, pero le daban buena vista, y eso en Iflama era muy valorado. Sinvyl estaba contra la puerta del edificio izquierdo, la mitad del cuerpo oculto por la balaustrada y casi el total del resto, escondido tras la pared.

El fornido deseh quedó mirando un rato hacia allí, a tal punto que Sinvyl se preguntó si no la estaría viendo, pero tras unos cuantos segundos - ¿o fueron minutos? – se volvió hacia otro lado. Entretanto, una joven salió del castillo de popa, seguida por un hombrecillo desgarbado que había entrado hacía un momento. La mujer en cuestión le remitía mucho a la joven que había rescatado aquella loca noche en la que decidió involucrarse en una batalla que no le correspondía. Dorea. Tenía el cabello largo y oscuro, aunque el de esta joven se veía mejor cuidado que el de Dorea. Además, su piel era de un tono más oscuro, casi el de una narahí. Las diferencias eran menores, pero el semblante triste las unía más que lo que podría ligar la sangre.

Manver la atrajo y le dijo algo al oído.


«Solo tenéis que moveros de vuestro grupito de matones… por un minuto, no pido mucho… tendréis una muerte rápida… os digo… es más de lo que mer… ¿qué es eso?»

Si bien había oído el repiqueteo que provoca la marcha de una caravana, jamás hubiera imaginado lo que aparecía ante sus ojos. Sinvyl se asomó más, con el ceño fruncido ante los inesperados visitantes. De un momento a otro, el puerto más abandonado de Iflama se pobló de guardias. Era difícil no reconocerlos con sus uniformes bicolor, dignos de los protectores de una ciudad burguesa. La indumentaria consistía básicamente en una cota de malla que cubría hasta las rodillas y los brazos, bajo un manto anaranjado en el lado derecho y azul en el izquierdo. Sobre el manto, llevaban capas grises con capucha, bordadas con los colores que les representaban; y debajo de la malla, usaban pantalones azules y botas de cuero gris. En total eran seis hombres armados con escudo, cinco de ellos contaban con una lanza, y un sexto, además de la lanza portaba una espada. Este último, además, contaba con placas de acero sobre la malla.

El grupo desmontó.


«¿Y justo ahora, después de que una asesina dejó de lado su noble trabajo para terminar con su miseria, la guardia decide hacer su trabajo y arrestar a Manver— la Sombra buscó debajo de su capa hasta que tuvo la empuñadura de la daga en mano
— en verdad saben arruinar el día.»

Mientras que la guardia se preparaba en el muelle, el otro grupo hacía lo propio sobre el barco. Nada parecía indicar que se aproximara un enfrentamiento. El deseh de tamaño similar a un urso se aproximó a la espalda de su señor, a diferencia de los otros cuatro hombres que se ubicaron por delante. Para vivir o servir en un barco, todos se veían bastante pulcros, como si estuviesen ante un evento excepcional al que no estuviera permitido asistir con los ropajes de un simple mortal. El grupo de matones escoltaron a su señor con un aire solemne que rara vez demuestran los piratas. Lord Manver se mostraba tranquilo, tenía un brazo sobre los hombros de la muchacha, y la obligaba a avanzar con él a cada paso. Bajaron del barco para encarar a los guardias, no obstante, ambos grupos mantenían sus respectivas armas enfundadas.


«En el nombre de todos los Dioses del bosque, ¿qué mierda está pasando?— el primero en hablar fue Manver, e inmediatamente estrechó la mano que el capitán de la guardia le ofreció— ¿protegen al más grande esclavista del Thonomer septentrional? Pensé que había una posibilidad de cortar el problema antes de que se hiciese oficial como en Erenmios. Tal vez me equivoqué.»

Sinvyl había pasado los últimos dos siglos trabajando metódicamente. Mientras desenvainaba la daga, se preguntó qué había pasado en su cabeza para semejante cambio. Había ejecutado incontables murientes: humanos, elfos, enanos, orcos, incluso alguna vez se había enfrentado otros seres más oscuros y peligrosos. Nunca había dudado en enterrar el puñal en la carne de sus objetivos, así como tampoco había sucumbido a las ganas de matar si no había una retribución monetaria de por medio. En sus innumerables días como asesina, se había cruzado con gente desagradable. Muy desagradable. Era inevitable, después de todo, es esa clase de personas las que hacen el mundo moverse. Los consideraba un mal necesario porque, si no existieran recipientes para el avance del mal, ¿con qué fin existiría el bien?

Siendo consciente de todo esto, saltó de su escondite utilizando la pared para amortiguar una caída limpia. Agachada, avanzó entre los dos edificios, jugando con las sombras como una más.

No sabía qué le hizo pasar el límite. Ya no le importaba. Estaba dispuesta a terminar con Manver y toda la guardia de la ciudad si eso significaba terminar con un foco de esclavismo. Aún si se le fuera la vida en ello.


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Sinvyl el Mar Jul 29, 2014 1:40 am

ALEKSANTERI I
El murmullo de la pluma sobre el papel solía ser para aquellos afortunados que habían aprendido a escribir, tan tranquilizante como el golpeteo suave pero constante de una llovizna sobre el cristal. En parte, por ello los Molard pasaban buena parte de su tiempo en el estudio. El estudio era, o había sido, el lugar más ruidoso de la casa. Eso antes de la llegada de las chicas y de su salvadora. Desde este ineludible pero bienvenido hecho, las cosas habían cambiado en la finca. El estudio pasó a ser uno de los pocos espacios silenciosos de la casa. Porque, ¿qué es el susurro de una pluma rebosante de ideas frente al estrépito de la risa? Curiosamente, y ante todo vaticinio, Aleksanteri no extrañaba aquella tranquilidad pesarosa, casi lúgubre, que había reinado en su hogar durante la última década. Las jovencitas libertas eran un encanto, estaban acostumbrándose rápido de su independencia, aunque aún no comprendían y quizá nunca lo hicieran, aquello del libre albedrío.

Lo mejor de aquel júbilo que se instaló en la casa, era la alegría de Victaria. Aleksanteri se sentía bien de poder ayudar a las libertas, pero sobre todo lo demás, le hacía feliz ver a su hija contenta. Desde que Sinvyl Xerann apareció en la ciudad, no solo había cambiado la vida de las chicas, sino también la de los Molard. Victaria había pasado algunas tardes junto a la elfa, según le había contado a su padre, mostrándole cada rincón de Iflama desde el puerto hasta la ladera de los montes. Esto era extraño, teniendo en cuenta que la muchacha palidecía cada vez que tenía que asistir a algún evento social. No podía culparla, él mismo le había inculcado lo importante que es el valor de ciertas cosas que no tenían precio. Su hija era un fiel reflejo de su madre, y él, como gran admirador de su amada fallecida, se había encargado de criarla de manera que explotara sus cualidades.

Después, llegaron las chicas, y se transformaron todas y cada una en hermanas menores para Victaria. La joven, que había sido instruida en las artes y las letras, entre otros tantos placeres académicos, había pasado los últimos días enseñándoles el común. Claro que, si aprendían algo, no era solo por mérito de su joven maestra, sino también por las ganas que le ponían a todo. Especialmente al hecho de estar vivas, y tener la oportunidad de ser. En general, salvo algunas excepciones, todas las chicas se comportaban como niñas en ciertos aspectos. Las del primer grupo, pese a no ser todo lo expertas que podían llegar a ser en ciertas tareas, enseñaban a las más nuevas lo que habían aprendido sobre la escritura. Algunas, menos interesadas en tareas tan letradas se abocaron más en las tareas del hogar. Aunque Victaria aún no había revelado sus intenciones, Aleksanteri creía que su hija estaba preparándolas para ayudarlos en el trabajo.

El hombre se preguntaba si sería por eso que se mostraba tan esquiva con él, cuando oyó la puerta y el murmullo suave de una voz pronunciando con dificultad.

— Callista, mi señor.

Alzó la vista y, tras dejar la pluma en el tintero, le sonrió.

— Adelante Callista, sabía que eras tú— comentó, y ante el sonrojo de la joven, continuó hablando— ya te lo he dicho, hija, es incómodo que me llames “mi señor”.

La joven se quedó parada al lado de la puerta.

— No entiendes nada de lo que estoy diciendo, ¿verdad?— preguntó afable. Como vio que no iba muy errado, la señaló. — Tú igual a mi— explicó señalándose a sí mismo. — Yo, señor, no “tu señor”. Tú no me perteneces, eres libre— agregó abriendo los brazos para mostrar cuán grandes eran las fronteras de su vida.

Callista hizo una mueca entre la risa y el llanto, y asintió. Se acercó al escritorio para dejar una bandeja con la comida. La muchacha era una de las últimas que había llegado, y si bien se interesaba por seguir las clases de Victaria, también se había mostrado especialmente dada a la cocina. Desde hacía dos días que llevaba el almuerzo a Aleksanteri. Era una joven de catorce, como mucho, quince años, de estatura baja y apariencia frágil. Tenía el cabello rojo como el sol, no del color del cabello de las pelirrojas, que en realidad es anaranjado, sino de un verdadero tinte carmesí. Sus cejas eran del mismo color, así que no había sido teñida para realzar su belleza, de hecho, no lo hubiera necesitado ni en cien vidas. El rostro tenía algo que le recordaba al de Victaria, aunque el de Callista era un poco menos alargado, y tenía un holluelo en el mentón, que le restaba algunos años. Cuando veía sus ojos verdes, Aleksanteri sentía un irrefrenable impulso de dejar lo que estaba haciendo y salir a cazar a Manver como lo estaba haciendo Sinvyl. Esto no sucedía solo con Callista, sino con cada chica. Pensar en las vejaciones a las que habían sido y hubieran continuado siendo sometidas al alcance del esclavista, le hacía hervir la sangre.
Callista tomó un cuenco con ambas manos y se lo ofreció.

— ¿Señor… bien?— preguntó, y ante el gesto risueño de él, le ofreció una sonrisa.
— Sí pequeña, estoy bien. Gracias por la comida, mañana almorzaré con ustedes— respondió, haciendo las señas que creía que mejor acompañaban cada palabra.

Ella asintió y se quedó allí de pie, mirando los tomos de libros apilados sobre el escritorio, a los costados de las hojas en las que trabajaba.

— Ya puedes irte, Callista.

Dicho esto, el hombre tomó la pluma nuevamente. Dejó que la tinta sobrante cayera nuevamente en el recipiente, y continuó escribiendo desde donde lo había dejado. Aleksanteri trabajaba con información. Como buen amante de las ciencias y las artes, también era un eximio inventor. Hacía algunos años, no más de cinco, se las había ingeniado para crear una máquina que, combinando un conjunto de moldes de madera con las letras del común talladas,  y una vieja prensa utilizada para exprimir el jugo de las uvas destinadas a crear vino, era capaz de reproducir copias de cualquier cosa escrita. Como el método era mecánico, no obstante, prefería continuar escribiendo sus trabajos. Pocas cosas le hacían sentir tan bien. Cuando la tinta caía en la hoja y la pluma comenzaba a murmurar en cada giro, se creaba un efecto hipnotizante, y sobre todo, muy tranquilizante.

Había escrito tres líneas cuando se dio cuenta que no estaba solo. Callista le señaló el guiso y la cuchara, que había dejado prolijamente al lado de un vaso, en la bandeja.

— ¿No… comer, señor?— preguntó con su pronunciación, característica de los vikhar, que más bien decían “segnior”.
— Sí, gracias Callista, estoy trabajando hija, ya puedes irte— respondió nuevamente, esta vez señaló la puerta, con una sonrisa nerviosa. No quería mostrarse desagradecido, pero por otra parte, le desesperaba no saber cómo comunicarse correctamente.

Callista estuvo a punto de hablar, no obstante, a último momento inclinó la cabeza y se dirigió a la puerta. Estuvo un momento junto al picaporte, mas Aleksanteri no le hizo caso. En vez de eso prefirió bajar la vista a su hoja otra vez. Tenía que plasmar sus ideas antes de que se dispersaran. Sabía por experiencia, que era mejor no tentarlas. Los Molard trabajaban principalmente para la guardia de la ciudad, los templos, y aquellos señores dispuestos a desembolsar un poco de sus arcas a cambio de información. Esto último, solo si la información y los señores eran los correctos, Aleksanteri nunca se había sentido cómodo delante de una injusticia. Conjuntamente con su asistencia a la guardia, copiaba libros para mantener su posición económica, que por cierto no era nada débil. Su tarea actual, sin embargo, era distinta. Estaba escribiendo un aviso para todos los señores respetables de la ciudad. En las hojas, se las apañaba para conectar a Lord Manver con la esclavitud, y explicaba por qué debía ser detenido. Si todo salía bien, para cuando lo recibiesen, Sinvyl ya se habría encargado de todo el asunto.

La puerta se abrió y se cerró mientras el hombre escribía el nombre de Manver. Un movimiento dentro de la sala, le alertó de que otra vez, no estaba solo. Cuando alzó la cabeza, notable fue su sorpresa al encontrar a Callista en el centro del estudio. Las ondas de fuego caían sobre sus hombros desnudos, y en el lado derecho, rozaban un pezón. La chica estaba completamente desnuda frente a él, mostrando sus pechos que, pese a no ser grandes, parecían tiernos y firmes. Era una visión apabullante, una diosa pagana expulsada por divinidades envidiosas, para caminar entre los simples mortales como él. Entre las piernas, exhibía un triángulo de rizos tan rojo como su cabellera, tenía un cuerpo espectacular, incluso letárgico. Esto, sin embargo, no tuvo el efecto que la chica esperó encontrar en Aleksanteri. El hombre se recuperó rápidamente, y de la misma forma se puso en pie.

— ¿Qué crees que haces?— espetó sin controlarse.

Ella se asustó tanto, que se volvió hacia la puerta.

— ¡No! ¡no! Espera Callista, espera— le pidió completamente confundido. Como ella lo miró, él intentó calmarla.

Fue acercándose lentamente a ella como se le acerca a una fiera salvaje cuando se le está dando caza. No quería asustarla, no había sido su intención en ningún momento. Aleksanteri se acercó, tan alto como podía serlo, con pasos cortos y pura elegancia. Una demostración de caballerosidad que Callista nunca había visto, él lo sabía, y por eso se sentía un idiota al haber reaccionado así. La chica esperó junto a la puerta, las piernas apretadas en un intento de mantener lo que seguramente sabía, había perdido.

Aleksanteri tomó la prenda más íntima y se la tendió. Ella miró hacia otro lado mientras se ponía las bragas. Él también. Después el hombre le pasó el vestido por encima y se lo puso, notando como el cuerpo de la chica temblaba, sin saber qué decir. La situación era incómoda para él, pero comprendió que resultaba peor para ella, y eso le entristecía. Cuando la chica quedó como había llegado al estudio, ambos se hicieron incómodamente conscientes del silencio que reinaba. ¿Qué podía decirle para que no se sintiera mal? Callista miraba hacia abajo, su pena era notable. Entonces, él supo que hacer. Le tomó la cabeza con ambas manos para que le mirase, y sonrió.

— No llores, querida. No ha pasado nada— le dijo afable.
— Yo quería… gracias, señor— explicó ella mientras las primeras lágrimas brotaban de sus ojos.
— ¿Querías agradecerme, decirme gracias?

Cuando la chica asintió, él llevó los pulgares a las comisuras de los labios de la chica y la ayudó a dibujar una sonrisa.

— Cuando quieras agradecerme, Callista, tan solo sonríe. Eso es todo lo que puedo pedir.

La abrazó como se lo merecía. Como, estaba seguro, nadie la había abrazado nunca. La abrazó como un padre, y dejó que se desahogara entre sus brazos.


Hermana de las Sombras

"Merezco simpatía por los pecados de mi sórdido pasado, no desprecio. Fueron días difíciles; probablemente estaba muy confundida y fuera de quicio por la falta de un sentido. No siempre se trata de ser "buena" y "mala", Invitado, cariño."
avatar
Sinvyl

Mensajes : 36
Nivel : 1
Experiencia : 0 / 500

Volver arriba Ir abajo

Re: Una daga en la encrucijada

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.