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Cuentos de Noreth
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El prólogo.

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El prólogo.

Mensaje por Bjarzul Az Krozsïll el Vie Mayo 30, 2014 2:40 am

El polvo frustraba cualquier intento de ver mas allá un metro, los soldados corrían de un lado a otro gritando ''A las armas'' con el temblor del miedo afectando sus voces. Muchos sabíamos que había llegado el fin, cualquier hombre experimentado en la guerra podía intuir que era inevitable caer en esta batalla. Eran estandartes verdes contra estandartes rojos, o al menos así es como lo veía el soldado medio reclutado para la guerra. Habíamos estado aguantando en aquella pequeña fortificación durante semanas, atrapados en nuestra propia miseria, sitiados hasta llegar a los límites de la inanición.

Los estandartes rojos habían decidido que era la hora de irrumpir en el patio, reventando la puerta con uno de sus gigantescos elementales de tierra. Durante una decena de angustiantes minutos tuvimos que soportar sus golpes contra la puerta fortificada, sin que siquiera opusiésemos resistencia a que la derribase. Si no moríamos por la espada, moriríamos de hambre y sed, por lo que la espada parecía una opción mas amable. Durante esos minutos todos y cada uno de nosotros nos dedicamos a rezar, a elevar nuestras despedidas a los familiares al cielo gris con la esperanza de que el viento se las llevase, incluso muchos simplemente maldijeron su propia vida, la de nuestros enemigos y las de todos en general mientras se secaban las lágrimas. Tenía la garganta seca, así que no me molesté en hacer nada de eso. No creía en los dioses, no tenía familia y no era mas que un desgraciado al que se le había dado la opción de servir y morir en la horca.

Era la hora de luchar por última vez, me decidí a contar los últimos segundos de mi existencia, esperando que aquél ritual significase algo... o tal vez para mantener algo de control sobre mi vida. Quien sabe, tal vez si que había algún dios dispuesto a acoger a semejante despojo como yo.

-Uno...- entoné en un susurro, con voz afónica. Tensé la cuerda del arco con una flecha lista, haciendo caso omiso al dolor que sentía en todas mis extremidades y sacando las fuerzas de donde pude. Era la última batalla, no tenía nada que perder, así que podía darlo todo.

-Dos...- ni siquiera eran los segundos de verdad, el resto del mundo no me interesaba en aquel instante. Aquellos eran mis segundos, solo míos, era mi tiempo y aquél era mi lugar. Solté la cuerda, siguiendo a la flecha en su recorrido hasta la espalda de un estandarte rojo.

-Tres...- cargué de nuevo el arco, contando esta solo me quedaban dos flechas, siendo que yo era de los que mas tenían. Un nuevo restallido fue acompañado de otro estandarte rojo que penetraba la flecha... Estaba cansado, muy cansado... apenas podía mantener los ojos abiertos.

-Cuatro...- cuando intenté preparar el arco una vez mas, la cuerda cedió y se partió en mis manos. Me daba igual, ni siquiera tenía ganas de maldecir mi suerte. Una flecha mas o una flecha menos... no importaba al fin y al cabo. Desenvainé mi espada con la derecha y la daga con la izquierda, dirigiéndome encorvado y a paso lento hacia las escaleras por las cuales bajaría a enfrentarme a los estandartes rojos y al elemental de tierra.

-Cinco...- la punta de la espada iba arrastrándose por la piedra, golpeándola cada vez que bajaba otro escalón mas. Mi espalda iba encorvada y notaba mi respiración excesivamente pesada. Escuché la puerta del torreón partirse, seguramente los estandartes rojos no tardarían mucho en encontrarse conmigo.

-¡SEIS!- grité con furia, ignorando la sensación de desgarro en la garganta. Deje caer la espada y en su lugar empuñé otra daga mas, las escaleras eran estrechas, la espada entorpecería mis movimientos y ademas me resultaba demasiado pesada. El primer estandarte rojo apareció por el pasillo, con un pequeño escudo y una espada corta con la que trató de lanzarme una estocada.

-Siete...- susurré para mi al sentir su espada cortar la carne de mi brazo izquierdo. Le hundí la daga de mi mano libre en su brazo como respuesta, avanzando sin temor al dolor y recorriéndole la extremidad con un largo corte que llego hasta el hombro. Me dejé caer encima de su escudo y deslicé la daga de mi brazo herido por debajo de sus defensas, hincándosela debajo del mentón hasta la empuñadura.

-Oooooocho- le dediqué al soldado muerto ese segundo, mientras caíamos rodando por las escaleras. Noté como una de mis costillas se quebraba ante el impacto con uno de los escalones, dejándome apenas sin respiración aun si las ganas de gritar no consiguieron conquistarme.

-Y nueve- me sentencié, con el sabor de la sangre impregnando mi boca sonriente. Vi caer el hacha de un estandarte rojo sobre mi cuello, del cual ni siquiera traté de defenderme... ese era el final después de todo.

Y se hundió en la carne, dejándome dormir por fin...

Un golpe seco sobre la tierra despertó a Riven de su sueño. Al principio le costó tomar consciencia de que se había quedado dormido apoyado sobre la mesa que había fuera del Shar en Folkcreed, encima de la cual había un par de compendios de herbología que había estado estudiando antes de caer rendido en una siesta ante la pereza provocada por el calor.

-Aaah...- suspiró, lamentándose por haber usado de almohada un libro abierto a la mitad. Si se enteraba Alaysha...

Por primera vez desde que se despertó su atención cayó en la cuenta de los tres cuerpos tirados que había en mitad de la calle, un grupo de lo mas pintoresco. Uno de ellos portaba una mascara blanca, un arma de madera negra con inscripciones y clavos. Otro tenía pinta de nómada, con un morral lleno de pieles en su regazo, siendo que este iba tumbado sobre una camilla improvisada. La tercera era una mujer, la cual podría haber confundido con guardabosques de no ser por el grupo con el que se encontraba. También iba tendida sobre una camilla, lo que le dio a pensar al mestizo que el golpe seco que lo había despertado había sido cosa del de la mascara, que había caído exhausto después de transportarlos. Cada uno de ellos presentaban heridas en sus cuerpos, mejor o peor tratadas, lo cual solo quería decir una cosa... eran clientes.

-Llévalos dentro- ordenó la voz de Alaysha, que, como siempre hacía, había aparecido en la puerta sin hacer ruido alguno.

Si, eran clientes.
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Bjarzul Az Krozsïll

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