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El Mal Menor

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El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 3:39 am

Capítulo I


El camino serpenteaba alrededor de un fiordo coronado por verdes colinas, matorrales y helechos desde donde se podía apreciar el rumor del mar y el olor salado. La brisa fresca y veraniega soplaba removiendo la verdura, los matojos y las copas de secuoyas se mecían en el viento y dejaban caer una alfombra de verdes hojas caducas para que los cascos de los caballos pisasen. Los mercaderes, empujando grandes carros cargados de los más variopintos materiales por caballos de fuerte envergadura cabalgaban en busca de negocios hacia las murallas que se veían en la lejanía. Los destacamentos militares adelantaban con premura a los demás, cabalgando diligentemente y llevando a sus monturas con precisión y maestría. Los colores de Erenmios brillaban fulgurantes en sus escudos y armaduras.

Erenmios no se podía considerar una ciudad bonita. No lo intentaba, tampoco; Erenmios estaba hecha para ser una ciudad imponente, un bastión para la guerra y los guerreros. A nadie durante su creación se le había siquiera ocurrido imitar la arquitectura élfica, con sus detalles y su belleza; Erenmios estaba más cerca de las míticas fortalezas enanas: robustas, poderosas, resistentes y capaces de hacer temblar a un ejército ante la sola idea de tener que asediarla.  Erenmios era una ciudad que había sobrevivido a una muy larga guerra solo con el poderío de su ejército, sus armas y su tenacidad y por ello no era de extrañar ver como continuamente soldados iban y venían de la gran puerta, y tampoco lo era ver como prácticamente todo el mundo portaba consigo algún tipo de arma. Erenmios no era particularmente peligrosa como ciudad, y esta visión se debía más al propio valor bélico que estaba instaurado en la cultura de esa ciudad que por autodefensa. Cualquier habitante de Erenmios podía defenderse, pero no por ello no existía la justicia. La justicia en Erenmios era brutal, y pocas veces se quedaban cortos en los castigos. Y si la guardia fallaba, siempre quedaba la orden de la armadura blanca, galantes caballeros provenientes de Tirian Le Rain que ofrecían sus servicios a la ciudad desde tiempos inmemoriales.

En la puerta no fue sorprendente observar un destacamento militar. Se veían en sus escudos los mismos colores de los soldados que iban y venían, pero sus atuendos se diferenciaban en lo que se diferencia la seguridad urbana de lo militar. Las caravanas de mercancías pasaban sin demasiado problema, atascándose ocasionalmente o negociando con poco éxito el pago de los aranceles, cosa que malhumoraba y exasperaba al cabo que se hallaba al mando. Sin embargo, la desconfianza propia de una ciudad en guerra se hizo patente cuando el cabo en cuestión se halló frente a un forastero la mar de sospechoso. — ¿Salvoconducto? — preguntó el  centinela, con un marcado acento. La figura frente a él parecía un zarrapastroso espectro, resguardado bajo una raída túnica de grueso algodón, y montando sobre un caballo moro que miraba mal al oficial. De la holgada manga salió una mano enguantada en cuero y tendió un papel manchado en sangre. El centinela tragó saliva sonoramente. — ¿De dónde ha salido esta sangre? — preguntó, leyendo sin prestar mucha atención al contenido. — He tenido problemas por el camino.

El centinela no era un hombre de mundo y podríamos decir que había viajado más bien poco, sin embargo a su oído no escapó un cierto y disimulado acento del norte en el áspero y desagradable tono de voz del forastero. No se había encontrado con muchos norteños, pero algunos embajadores de Zhakhesh y el Imperio habían visitado la ciudad y habían pasado por la puerta que diligentemente había abierto para ellos fuese cual fuese la hora. Sin embargo, el centinela no logró saber si el acento del forastero era de un sitio u otro. — Todo correcto, señor… — el centinela escudriñó la hoja de papel, buscando el nombre del propietario del salvoconducto. —… Ament.

El interior de la ciudad era tan formidable como el exterior. Estaba organizada de forma relativamente caótica, con edificios más bajos y más altos por igual, de fría y poco hospitalaria piedra gris y robusto empedrado para las avenidas. Se notaba que estaba hecha antes que con la idea de una ciudad admirable por su belleza preferían resistir ante una roca catapultada. Caminaba todo tipo de gente, pero la inmensa mayoría parecían duchos en el arte de sobrevivir. La mayoría llevaba pieles sobre los hombros, machetes u otras armas de filo, rostros llenos de sospecha y mal humor y un frenetismo propio de una urbe. Aaron rebufaba poco acostumbrado en estos tiempos al barullo, los roces, los gritos y las estrecheces de la ciudad. Se había asilvestrado, pensó su jinete con cierta gracia. Lo espoleó y avanzaron lentamente.

La ciudad se ensanchaba a medida que avanzaban hacia el interior. El bulevar debía ser de las pocas cosas que se habían hecho con propósito estético en Erenmios, y se agradecía poder ver las acacias creciendo a ambos lados de la avenida. Al final de la rambla se encontraba, después de atravesar el viario del gremio de cazadores, el palacio real. Aquél edificio reminiscente de los antiguos palacios enanos era tan robusto como bien hecho, decorado sobria pero elegantemente y con la magnificencia de sus habitantes en mente.  Erenmios no era una ciudad pequeña, se podía ver solo con mirar las manzanas enteras de casas, los paseos propios de una variedad de gremios nada desdeñable y la plaza porticada donde todos éstos coincidían dando lugar al mercado. Sin embargo, las aglomeraciones propias del mediodía en una gran urbe no eran el ideal de comodidad para el jinete y su montura, que cabalgaron en dirección opuesta.

En el distrito religioso, al sudoeste del templo del Dios de la Luz se encontraba un recinto con un cartel de madera barnizado que ponía “La guarida del Arlequín”. La posada se trataba de un edificio de dos plantas hecho en madera y ladrillo con un techo de tejas grises. El local estaba regentado por Mona, una medio elfa que en sus años jóvenes fue miembro de comandos contra el racismo y los pogromos anti elfos pero que fue herida por un soldado del Imperio y se retiró a Erenmios donde construyó y regenta desde entonces la posada en cuestión. La mujer de cabellos recortados desiguales y orejas puntiagudas reconoció al forastero incluso debajo del tupido disfraz y corrió efusivamente a darle la bienvenida. — ¿Ament? ¡Cuánto tiempo! — la medioelfa se limpiaba las manos en un delantal. En el dedo anular de su zurda tenía un anillo de oro con amatistas engarzadas. — Le diré a Evet que lleve a tu caballo a las caballerizas. ¡No me habías avisado que venías a Erenmios! — Ament sonrió cálidamente ante una bienvenida digna de volver al hogar. — Lo siento — se disculpó — el negocio ha surgido inesperadamente. Apenas sé de qué trata. Llevo en el camino desde que me llegó el aviso con el salvoconducto. — le explicó, y era verdad. Al bajar del caballo se dio cuenta de que estaba agotado.

Lo entiendo, lo entiendo — dijo Mona guiando al huésped con una mano en su hombro. — Vamos a hacer una cosa, ¿sí? Te doy la llave de una habitación, te pones algo más cómodo y menos sucio que esa roída túnica que me traes y mientras te preparo algo contundente para ese estómago viajero. Por cierto, en el comedor hay alguien a quien seguramente querrás saludar. — le dijo, con una sonrisa cómplice en el rostro. Ament miró en dirección al comedor, que se encontraba al otro lado de un tabique grueso. Se podían oír voces, pero no pudo reconocerlas. — Vamos, no te quedes pasmado. — le dijo, dándole una palmada en la espalda y una llave con un número. El huésped ascendió unas escaleras de madera que le llevaron a un largo pasillo en cuya extensión y en ambos lados se encontraban puertas de madera gruesas. Ament sabía que poco le interesaba lo que los huéspedes hiciesen al otro lado a Mona, mientras pagasen a tiempo y abundantemente.

Las habitaciones eran excepcionalmente limpias y aunque no sobraban las comodidades, eran espaciosas. Ament se quitó la túnica, la almilla y el jubón. Se despegó el lino de la nuca y se secó el sudor de su cuello con una toalla de seda. Se desabrochó los cinturones y se deshizo de las espadas, daga y zurrones; tras lo cual se sintió ligero con solo una camisa de lino blanca, un pantalón de cuero marrón y sus botas. Se recogió los cabellos blancos en una cola y bajó de nuevo las escaleras, dirigiéndose al comedor.

El comedor era al mismo tiempo una taberna la mar de decente, con una barra tras la cual se exponían diversos tipos de aguardientes, aguamieles, cerveza y bebidas élficas de colores verde, rosa o azul. Sobre la pared con una chimenea se hallaba el tesoro de La guarida del Arlequín: Ngwaw a Draugh, una espada larga élfica que le regalaron a Mona en sus años de activista. Su filo brillaba al son de las crepitantes llamas cuando el hogar estaba encendido, y cuando no, tenía un tono opaco. La magia parecía fluir por los ríos que se dibujaban en el filo, marcas típicas del acero tratado en forja élfica. Ngwaw a Draugh era admirada y deseada por muchos, pero nadie se atrevía siquiera a intentar poseerla. En parte por culpa de uno de los comensales que se encontraban en el comedor.

¡Ament! — gritó un pequeño barbudo al otro lado de una mesa repleta de comida. — ¡Bori! — respondió el peliblanco, con efusividad. Bori era un enano de cabellos rubio mate, espesa barba tranzada y ornamentada con aros y cintas de color de plata y portaba una armadura de cuero ribeteada en acero. En su pecho brillaba una joya de gran tamaño, un rubí atado a una cadena que él llamaba con nada de humildad ‘El corazón de las Drakenfang’. Bori estaba sentado en una mesa de madera, larga y llena de platos vacíos y a medio devorar. Con él había otros dos comensales. Uno de ellos era un caballero embutido en pesada armadura de color plateado, con el yelmo reposando en la silla contigua a la de él. Tenía los cabellos cortos, negros y un bigote prominente. Tenía porte claramente militar y sutilmente monacal. — Éste es Niche Dysley, de la orden de La armadura blanca. — le presentó Bori mientras Ament se sentaba en el mismo lado de la mesa que él. El último comensal, o habría que decir mejor la última comensal era Serielye. Seguía teniendo el rostro cuadrangular, el pelo de color castaño y los brillantes y amplísimos ojos del mismo color. Por la comparación entre los platos vacíos junto a Bori y ella, seguía comiendo con la finura élfica, lenta y comedidamente. Serielye le miró y le saludó con la cabeza. Niche se levantó y le ofreció la mano. — Encantado. Mi nombre ya lo sabes y el de mi hermandad también. — saludó mientras le devolvían el apretón. — Mi nombre es Ament, y no sirvo a nadie. — dijo, y tras hacerlo se dio cuenta que el verbo servir quizá no era el más apropiado. De cualquier forma, el gesto de Niche no cambió.

¿Qué te trae por aquí, viejo compañero? — le preguntó el enano, mientras cogía una cebolla asada y le daba un abundante bocado, haciendo que el jugo se le derramase por la barba. — Lo mismo que la última vez. Creo. ¿Sabéis si ha habido algún altercado en Erenmios? — Bori lo miró con desconcierto, Serielye apartó la vista cabizbaja. Niche siguió impasible. — ¿No te has enterado? Madre mía. Si al parecer todo Erenmios sabrá para qué has venido menos tú, o al menos supondrá. — explicó el enano, remoloneando con sus ideas. — Quiero suponer yo también. — dijo el peloblanco impaciente. — ¿Qué ocurre? — fue Niche quien tomó la voz explicativa. — No-muertos. Cadáveres reanimados. Una plaga. Inundaron la playa y el muelle una noche, todo el barrio pesquero está destrozado: carros obstruyendo las vías públicas, pescado pudriéndose en las acequias y cadáveres desmembrados junto a ellos. — dijo, mientras Ament miraba incrédulo. — No he oído nada de esto. — repuso, todavía sin asimilar las nuevas. — ]Normal. — dijo Serielye, con un tono de voz forzadamente frío. — Una nación que está constantemente al borde de la guerra no querrá anunciar a los cuatro vientos cuándo y dónde está sufriendo. Si se enterasen fuera de aquí, Malik Thalish lanzaría un ataque por donde más nos duele. Por mar.— Ament miró con confusión a Serielye, y no por lo que acababa de exponer.

Si es que no son los causantes de esto. — comentó Niche por lo bajo. Bori repuso efusivamente. — Los thalikeños serán unos hijos de perra bajo el mandato de un tirano diez veces más hijo de perra, pero no son nigromantes. Se necesitaría más de uno para enviar un ejército de muertos como el que atacó el barrio pesquero. — Ament estuvo de acuerdo en silencio. Por lo que había oído y leído, nunca antes en la historia Malik Thalish había intentado una maniobra relacionada con la nigromancia. No de éste tipo. — ¿Pero qué puedo hacer yo? — preguntó Ament. — Si necesitaban refuerzos bélicos deberían haber enviado una carta a Los Bravos, no una petición personal. Yo sólo no puedo enfrentarme a un ejército de no muertos y no me agrada que se piensen que pueden comprarme como a un mercenario cualquiera. — Dijo el mestizo visiblemente alterado. Serielye le lanzó una mirada que podría cortar el acero. El peliblanco se estremeció en la silla y se disculpó. — De todos modos… — continuó Niche. — Deberías hablar con el que te envió la carta. ¿Quién la firma? — preguntó. Ament extrajo el salvoconducto de un bolsillo y lo colocó sobre la mesa. Señaló la firma. — “Corregidor de Erenmios.” — dijo. — ¿Sigue siendo Bulke? — preguntó. — No lo sé, con todo el ajetreo de lo del barrio pesquero se ha perdido la normalidad en la ciudad. — expuso Bori. Serielye continuó en silencio, y Niche se quedó pensativo. Mona entró a la estancia con un plato en las manos.


¡Mona! — dijo efusivamente el enano, al verla. — ¿Es para mí eso que huele tan bien? — Mona lo miró con represalia. — Hay más gente que quiere comer aquí, Bori. Y algunos, a diferencia de ti, no lo han hecho aun.— le regañó, pero la sonrisa disimulada en su rostro al ver el gesto apesadumbrado del enano quitó toda la tensión. — Sunces yuldar únótimë, Arehawehn— pronunció Serielye, mientras Mona ponía el plato sobre la mesa. Ament no entendió la frase, pero reconoció la palabra Arehawehn. Arehawehn era la traducción al élfico de Mona, pues ambas palabras significaban “Noble” en sus respectivos idiomas. — Man pen? — respondió Mona, y rió con alegría. El peloblanco se fijó en la sopa. Tenía diversos tipos de crustáceos flotando en el líquido de color coral. Ament revolvió y jugueteó con la comida mientras se enfriaba a una temperatura comestible. — Esta tarde iré a ver al corregidor. — expuso Ament, dando la primera cucharada.


Última edición por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 10:04 pm, editado 2 veces
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 7:29 pm

Capítulo II


Ament se acurrucó bajo el gabán. Las calles de Erenmios eran frías para aquellos que iban sin suficiente abrigo. Emprendió la marcha hacia el ayuntamiento lentamente, cruzando por delante del templo del Dios de la Luz, una gran capilla decorada más elegantemente que la mayoría de edificios con altas columnas puntiagudas, gárgolas y vidrieras de colores. Por algún motivo, pensó el peliblanco, resultaba ligeramente siniestra. Los parroquianos, sin embargo, entraban y salían continuamente tras los rezos o rituales que allí se llevasen a cabo, de los cuales Ament no sabía nada en absoluto. Luego atravesó la calle de los zapateros, donde vio unas botas de piel de cordero de aspecto confortable pero de precio desorbitado. Miró con desprecio al tendero y este le insultó, pero él ya estaba demasiado lejos para prestarle atención. Con el barrio de los zapateros convergía el de los joyeros, por el cual Ament atajó para llegar a su destino. La mayoría de joyas estaban hechas con residuos de caza. Colgantes de colmillo de lobo de las nieves, anillos engarzados con marfil, amuletos de cola de conejo… En un pequeño puesto techado Ament vio un pequeño colgante, una cruz diseñada basándose en la forma de una espada, siendo los gavilanes y el propio filo junto con la empuñadura la forma del crucifijo de plata. Ament pensó que una joya así le habría gustado a Aradna, pero blasfemó malhumorado al saber el precio. La anciana que lo vendía lo miró con el rostro desencajado, pero demasiado harto de sentirse pobre no le prestó atención mientras proseguía la marcha gruñendo por lo bajo.

El ayuntamiento era una mezcla del templo y el edificio típico de Erenmios. Construido en piedra gris, tenía columnas que soportaban un techo sobre la puerta de entrada, levantada del suelo del camino por solo unos escalones y escondida tras una reja guardada por centinelas. El forastero se acercó sin prisa y sin nervio, y fue el guardia quien reparó en su presencia primero. — ¡Alto! ¿Qué asuntos te traen a la alcaldía? — preguntó, y Ament estuvo a punto de responder que ni él lo sabía con una risa amarga, pero se contuvo. — El corregidor me envió un salvoconducto y una petición de que me presentase en cuanto llegase a Erenmios ante él. — explicó, acercándole el documento en cuestión. El guardia lo miró y remiró con celo, pero cedió al fin. — Entra. El despacho del corregidor está en el segundo piso. — le explicó. Ament se ahorró las gracias y avanzó a través del jardín sobrio que separaba la verja del edificio principal, entró y ascendió al segundo piso. En el interior, el ayuntamiento era bien distinto del exterior. Con suelos y paredes de roble, era mucho menos frío y más acogedor que la estructura exterior. Aquellos que iban y venían tenían todos un gesto arrogante; con variantes de enfado, satisfacción, confusión o tristeza; y se movían rápido y con pasos cortos. Ament recordó que así se movían los nobles… Qué tiempos.

Le separaba del despacho del alcalde una puerta de madera doble muy alta. Estuvo a punto de golpear con los nudillos para entrar, pero de la nada apareció un muchacho vestido en ropas de seda. — ¿En qué puedo ayudarle? — preguntó el muchachito. Ament se giró y lo miró con la ceja alzada. Como tenga que volver a enseñar el condenado salvoconducto, prometo que se lo hago tragar, pensó. El muchacho sonreía con amabilidad. — Tengo una petición del corregidor para verle en cuanto llegase a la ciudad. Y he llegado. — explicó. El muchacho ensanchó la sonrisa, y señaló con la mano. — Por supuesto, señor. El corregidor no está ahora mismo en su despacho, pero puede esperar dentro. Sólo serán unos minutos. — le dijo, abriéndole la puerta. Ament no hizo muchos aspavientos y entró desganado. El despacho era grande. Al lado de la puerta se encontraba una banqueta acolchada con terciopelo rojo de tamaño para tres personas de constitución común. En la pared contraria había altas librerías llenas de tomos que Ament apostó que la mayoría estaban por estrenar. Frente a ellas un escritorio de roble con una silla a un lado y dos al contrario. El peliblanco se sentó en una del par. — Enseguida aviso de su presencia. — dijo el muchacho, marchándose y cerrando la puerta a su paso. Ament esperó con impaciencia, pues los secretismos siempre llevaban a negocios escamantes. Sin embargo, apenas cinco minutos después de salir el joven, oyó de nuevo la puerta.

El rostro de Ament se desencajó. Sus manos temblaron brevemente, se controló, puso cara de póquer. Tragó saliva disimuladamente y miró al hombre de arriba abajo. Era un hombre anciano, muy anciano. Tenía el cabello cano salpicado de hebras castañas, un bigote arcaico y una mirada vidriosa. Llevaba ropas de seda blancas bordadas con hilo de oro, y a la altura del corazón llevaba un águila tricéfala de oro. Ament apretó los labios en un gesto no muy bonito, se puso en pie e infló el pecho. Lo miró directamente a los ojos y el recién llegado tuvo que levantar la cabeza. — Hace muchísimo tiempo que no te veía. — dijo con una voz que se rompía, una voz anciana y desvalida. Ament asintió con la cabeza. — La última vez en el funeral de mi padre. — expuso con un gesto sombrío.—  ¿Cómo te he de llamar ahora? — preguntó, carente de cortesía. El anciano caminó sin apenas alzar los pies hasta la silla al otro lado del escritorio. — Mi título es Monseñor Baldeemord Satrelo, capellán de Su Santidad. — expuso sin trabarse. Ament renegó de los títulos. — Don Baldeemord… ¿Qué hace aquí? No, no me refiero a la ciudad. No me interesa. Me refiero a en esta habitación, conmigo, en lugar de la persona a la que he venido a ver. — Ament sentía hostilidad a cualquier recordatorio de su vida pasada, a cualquiera que pudiera traer cosas que había enterrado en su memoria, y sobre todo a aquellos que podrían querer hacerlo con muy malas intenciones. Monseñor Satrelo era de ese tipo de personas a ojos de Ament, no por nada había sido miembro de la Exermengribe, Inquisidor y… Amigo, casi hermano, de Jerome Fordye.

Digamos que yo convencí a don Bulke de que te contratase a ti para el caso que le preocupa. No, mejor digamos que le ayudé a decidirse entre tú y tu competencia. Te tiene en alta estima. Llevo unos años queriendo hablar contigo. — Dijo, entrelazando sus dedos a la altura del pecho y reclinándose en la silla. — No sé de qué podríamos hablar usted y yo. Según sé se me da por muerto en el Imperio, al menos de forma oficial. La baronía de los Fordye ya no existe y Cahyrst es ahora parte del gobierno de Lord Werhelm. Y por mí está bien. ¿O el emperador quiere asegurarse que nadie reclamará nunca más el gobierno de Cahyrst? Bueno, se lo aseguro. Le doy mi palabra. — dijo Ament con toda la intención de despedirse y volver en otro momento. E hizo amago de levantarse. — Espera, no, no es eso… Es cierto que me encuentro aquí como embajador del Imperio para tratar con el líder eclesiástico de esta ciudad, pero el por qué me encuentro aquí, en esta habitación, es absolutamente personal. — le explicó. Ament se rindió, se recolocó en la silla y lo miró fijamente, en silencio. Monseñor Baldeemord se sonrió.

Tienes la misma mirada que tu padre… — susurró, y Ament no supo como tomarlo así que no lo hizo. Siguió en silencio. — Tu padre y yo éramos como hermanos. Nos criamos como tal, él el hijo legítimo del Lord Fordye de aquél entonces y yo el pupilo del mismo. Crecimos como hermanos… — comenzó a rememorar. Ament cruzó los dedos bajo su nariz, lo miró con los ojos afilados. — Juntos luchamos y juntos conocimos a tu madre… No, no tu madre… a Lady Fordye… A Lady Maley… Eventualmente ellos dos se casaron… — explicaba confusamente, ido en sus recuerdos fragmentados, narrados sin filtro ni cohesión. Ament esperaba pacientemente el momento en que pudiese irse. No parecía estar cerca. — Con el tiempo tu padre y yo nos distanciamos… Cada uno seguimos nuestras vocaciones… Él en Cahyrst, yo tomé los votos… Fui enviado a Zhakhesh como es común para los inquisidores… — tenía el rostro pálido y perlado en sudor. Parecía enfermo. Ament no sentía una especial misericordia. — Cuando llegué a aquella aldea… Solo tenía en mente vengar a Frey, Wooldmar, Threstop… Tanta gente de orden que habían matado los zhakheshianos… — Gente de orden, ya; pensó Ament. Lo miró con desprecio, pero la mueca no se distinguía mucho de la que llevaba usando desde que lo vio. — Muchos ya habían huido, otros se quedaron… A los que nos encontramos los ejecutamos allí mismo, de eso no me arrepiento… — comentó, haciendo un ademán con la mano. El peloblanco seguía soportando. — Allí… Allí volví a ver a tu padre… A tu padre y a esa zorra hereje… Él la apresó, estaba ella escondida en un sótano… Se negó a que el ejército inquisitorial se hiciese cargo de su apresamiento y su ejecución… Como capitán del ejército Imperial nuestros métodos no eran suficientemente honorables para nuestra gran nación, dijo… Hubo un gran revuelo, pero con mi intervención los muchachos se calmaron y lo aceptaron… Si lo hubiese sabido… — Ament comenzó a escamarse. La fría indiferencia y desprecio por algún motivo subconsciente se estaban encendiendo, convirtiéndose en algo más cálido. — Jerome le hizo un hijo a esa mujer… Su nombre era Blaidd, nunca nos dijo su apellido, no a nosotros… Traicionó a su esposa, a la mujer que le había dedicado una vida con una zhakheshiana… No se lo podía perdonar… — Tosió, se llevó un pañuelo de seda a la boca, Ament juró haber visto rojo. — Cuando me enteré, demasiado tarde para matarlos a ambos juntos, quise quemar a la zorra y su bastardo… Me volví loco intentándolo, y conseguí hacerme con ella, pero Jerome huyó con el bebé… — Ament apretó los puños y siguió soportando, notando como un calor subía por el interior de su columna vertebral.

Cuando me retiraron del servicio militar se me condecoró con mi actual cargo… Volví a Sacralis e hice algo de lo que sí me arrepiento… Hice que mataran al hombre más honorable que conocí en mi vida… Al hombre más noble, más orgulloso y más hirientemente regio que he visto en mi puñetera vida… Hablé con el sumo Inquisidor, le expliqué lo que sucedió en el frente con tu madre, contigo y tu padre… Incluso lo adorné para sonar más inculpante…  El Sumo Inquisidor luego convenció a Su Majestad de aplicar la pena capital por traición y alianza con el enemigo… Supongo que ya te imaginas lo que pasó a continuación… — narró lentamente, dolorosamente, con una neutralidad en su tono de voz como quien narra un cuento. Como si… Como si no tuviese miedo, remordimiento, culpa. Como si no desease la muerte más dolorosa por lo que hizo. — Yo hice que mataran a tu padre. — Confesó. Los músculos de la cara de Ament se tensaron. Los puños se apretaron hasta que los nudillos se pusieron de color azul. Las pupilas se estrecharon, los dientes se apretaron. — ¿Qué tu mandaste matar a mi padre…? — murmuró, con la voz atragantada. — Lo hice por celos. — Por la columna de Ament subía un humo rojo ardiente, tan ardiente como el magma del Campo de Fuego, lo sentía con el contraste de su brazos helados, así como sus piernas, su pecho, su rostro… — Ciley Maley es la mujer que más he amado en mi vida, y tu padre la traicionó y la mató de pena. No se lo podía perdonar. — dijo, con una convicción que fue el límite.

¡¡Que te calles, maldito hijo de puta!! — Ament golpeó con ambos puños en la mesa. La pluma y la tinta se derramaron, la madera tembló. La silla se cayó con el respaldo contra el suelo, el peliblanco se encontraba de pie. Su respiración estaba agitada, sus ojos desorbitados. — La misma mirada… La misma mirada que tu padre… Mirándome desde arriba, como si todos fuésemos corderos a los ojos de un lobo… Demostrando su superioridad y su magnanimidad al no devorarnos… — Ament se agachó, desenfundó un estilete de la caña de la bota, lo clavó en la mesa. — Te voy a matar hijo de puta… — dijo, separando los labios y dejando ver los dientes apretados. Monseñor Baldeemord lo miraba con los ojos entrecerrados, pero no con miedo. No asustado. No arrepentido. Apretó tan fuerte la empuñadura del estilete que pensó que la piel se le quedaría pegada. De pronto oyó la puerta. No le prestó atención, estaba obcecado. Oyó un golpe sordo a su espalda. No le prestó atención. Cayó inconsciente.


Última edición por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 10:06 pm, editado 1 vez
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 7:41 pm

Capítulo III

Se te acusa de desacato a la autoridad, intento de homicidio y agresión a una figura con autoridad. — Niche estaba al otro lado de las rejas, sentado en una banqueta de madera baja en la que no podía estar cómodo. A su lado llevaba una lámpara de aceite que apenas iluminaba la condenada mazmorra. Ament estaba encerrado, su celda apestaba a orín y lo único que tenía era un montón de paja y un cubo. Estaba acurrucado contra la pared, sus cabellos blancos escondiendo el rostro. — ¿Cómo demonios se te ha ocurrido? ¿Te has vuelto loco? — le reprochó Niche, y de entre los cabellos blancos pudo ver un pequeño círculo azul brillante. Luego fueron dos. — Niche, te juro que como no dejes el tema te destripo. — dijo, con un tono incluso más ronco que de costumbre. Niche seguía obcecado en su pasmo. — Te han quitado el estilete, lo tienes difícil. ¿Pero qué eres, uno de esos Zhakheshianos guerrilleros? ¿Un Cuchilla de esos que aprovecha cualquier excusa para gritar ‘libertad’ y acuchillar a los Imperiales? — Insistió. Ahora las palabras de Ament venían acompañadas de un gruñido. — Vale, déjame arreglarlo. Si no te callas y yo salgo vivo de ésta, te perseguiré hasta Tirian Le Rain si hace falta, asesinaré a todos tus hermanos de la orden y luego usaré tus propios intestinos para estrangularte. — narró con todo lujo de detalles. Niche suspiró. — Mira, Ament, solo estoy aquí porque Serielye me lo ha pedido. Me ha pedido que te ayude. Y Bori y Mona también. Y pienso hacerlo. Hablaré con el corregidor, intentaré que rebajen esto a una multa, a arresto domiciliario unos meses. — dijo, poniéndose en pie y colocándose el yelmo bajo el brazo. Ament murmuró. — ¿Qué? — preguntó el caballero. — Gracias… — respondió el peliblanco. Niche no respondió y se marchó, llevándose la lámpara de aceite y dejando todo en una penumbra densa.

¿Por qué no lo maté? Ament daba vueltas a esa pregunta desde que recobró la consciencia. Si hubiese querido, habría podido. Habría sido rápido, un tajo al cuello. Se repetía lo mismo una y otra vez, como si se tratase de un mantra. ¿En qué he cambiado? Ament se sentía confuso, y esa confusión y a la vez un enorme enfado lo hacían sentir vulnerable, y solo sabía reaccionar de una forma cuando se encontraba así. Como un lobo herido, que muerde más fuerte cuanto más peligro le acecha. Acurrucado allí sentía que no quería salir de la celda. Si lo hacía no sabría qué hacer. No sabría si acechar fuera del ayuntamiento; esperar a que Baldeemord saliese, seguirlo hasta su casa y apuñalarle en el pecho hasta que dejase de salir sangre; olvidar lo acaecido en la ciudad, volver a Balad Celadher como si no hubiese pasado nada… En la oscuridad de la celda solo había confusión, enfado, odio y vulnerabilidad.

¿Desde cuándo le dolía tanto la muerte de su padre? En su funeral no había llorado. No lo hizo después, no lo hizo hasta ahora. Su padre no era una figura a la que recordase con cariño todas las noches, no era una figura de su infancia que odiase ver corrompida por las bajas pasiones de un Inquisidor hijo de puta. ¿Por qué entonces ahora se estaba mordiendo los labios hasta sangrar y desearía  dar puñetazos a la pared hasta romperse los dedos? ¿No había ya matado las memorias de su padre una vez? ¿Por qué sentía que habían renacido?

La soledad de la oscuridad le dio mucho tiempo para pensar.

Niche estaba de nuevo al otro lado de la celda, con su yelmo y su lámpara de aceite. Ament en cambio ya no estaba acurrucado, estaba sentado en la pared contraria a Niche con las piernas estiradas en el suelo. Esta vez se veían los ojos, y no solo a través de los cabellos blancos. — He hablado con el corregidor. Está muy cabreado. Todavía no sabe si esto va a afectar las relaciones entre el Imperio y Erenmios. Monseñor Baldeemord no ha salido de donde se hospeda desde anteayer cuando aconteció el incidente. — Niche seguía recitando maquinalmente, pero Ament tenía la mirada ida. Pero estaba atento. — ¿Entonces qué será…? ¿Decapitación…? ¿La soga…? — preguntó con sorna. Niche lo miró con reproche en sus ojos, pero respondió. — Duelo. He convencido a don Bulke que opte por el código de caballería. Tú has cometido una afrenta para con monseñor Baldeemord, así que por su honor él mismo tiene derecho a recuperarlo. Las normas de caballería dictan que ante una afrenta, la persona cuyo honor ha sido herido tiene derecho a retar en duelo a la persona que produjo la afrenta. — Ament sonrió con amargura. — ¿Vas a hacer que me enfrente en un duelo con un octogenario? Para eso haberme dejado apuñalarlo en el despacho… — Niche volvió a recriminarle el sarcasmo con la mirada. Se aclaró la voz y continuó. — Como monseñor Baldeemord no goza de una salud que pueda hacerle pasar por semejante combate, tendrá el derecho del retador a elegir un campeón. — Las reglas de caballería son estúpidas, pensó Ament. Le dan mil vueltas a las cosas. El honor no se gana o se pierde según si un tercero mata a alguien que ha herido tu orgullo.

Me parece bien. ¿Me dejarán participar como mi propio campeón? — preguntó Ament finalmente. — Estás obligado a ello. El retado no tiene derecho a campeón. — explicó. De nuevo, se puso de pie con su yelmo y lámpara. — Ament… — Murmuró Niche. El peliblanco levantó la cabeza. — Dime. — Niche apartó la mirada. — Acuérdate de darle las gracias a Serielye.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 7:51 pm

Capítulo IV



El cielo estaba encapotado y escasos rayos de sol luchaban por impedir que el día fuese tan gris como era. El mar bramaba a lo lejos y auguraba una tormenta para nada agradable. El patio exterior estaba a rebosar de gente. Al parecer más de un centenar de personas habían acudido al encuentro. Estaban de pie en los adarves del castillo y se apelotonaban en las escaleras, observaban desde ventanas, tejados y balcones… Había tanta gente que era casi imposible de controlar. Algunos se encaramaban en cajas y barriles para tener una mejor vista. En la superficie del patio había dos mesas techadas por unas estructuras cubiertas de lonas de colores. Una era de color negro y gris, la otra de un blanco plano y sin matices. Bajo esta última habían tres personas: un hombre de cabellos blancos, una elfa y un escudero de rostro juvenil y falto de práctica.

Serielye se ahorró preámbulos y rodeos. — ¿Por qué querías que estuviese a tu lado ahora? — su rostro era tan frío como siempre, arrogante y a la vez perfecto como sólo los elfos podían ser. Estaba sentada en una silla de madera al lado de la mesa, en la cual habían servidos unos platos con ciruelas con caramelo, jamón asado y patatas rellenas. Y había un centro de mesa con crisantemos. Ament la miró y fue tan sincero como sabía que debía ser con una mujer como ella. — Niche me dijo que debía darte las gracias por esto. Y puede que muera en unos momentos, y entonces no podría dártelas. Gracias, Serielye. — Serielye apartó la vista con frialdad, con su frialdad forzada y autoimpuesta. Miró a una balconada. — No se lo pedí yo más que Mona o Bori. — Ament también miró a la balconada, donde se encontraban el enano subido a una banqueta y la medioelfa. Niche se encontraba en una plataforma alzada del suelo para ver todo mejor, con cuatro asientos y dos de ellos vacíos. Él estaba al lado del corregidor, Bulke. En el rostro del oficial había una mezcla de enfado con decepción, se podía ver desde la distancia. — Entonces intentaré vivir para darles las gracias a ellos. — el silencio entonces se instauró bajo la carpa blanca. Serielye miraba a la nada y Ament también.

El caballero con una armadura negra como la misma noche entró pesadamente en la arena. Un sector del público lo vitoreaba al unísono, aclamando su llegada.  Ament lo miró con detalle. El campeón de monseñor Baldeemord era el humano más grande que había visto. No se impresionó. Bajo la sobreveste de color negro con un cuervo de sable llevaba una coraza de acero negro mate que lo hacía parecer un acorazado con piernas, e imaginó que debajo debía de llevar prendas de cuero y cota de malls¡as. En la cabeza portaba un yelmo de cúspide plana con respiraderos en torno a la boca y la nariz y una hendidura a la altura de los ojos. La cresta del yelmo era un ave rapaz con las alas extendidas tallada en el mismo material que el resto de la armadura y colocada en la cima. Las inmensas manos del caballero enfundadas en guanteletes de acero se aferraban a un lucero del alba fuera de lo común, que debía medir al menos tres codos y poco de alto y su escudero le entregó un escudo gigantesco de pesado roble. Fue anunciado bajo el nombre de Sir Vincent Hauley.

Por lo demás el atuendo de Ament era de cuero flexible y finas sedas, que le habían entregado previamente a su entrada en el patio. En total, su vestimenta no le otorgaba ni una décima parte de la protección que llevaba su contrincante encima. A la espalda, atada con un cinturón que cruzaba el pecho a través estaba su espada bastarda. Serielye miró a Ament, al cual nunca había visto pelear antes. — ¿Vas a poder con él? Es el humano más descomunal que he visto. — le preguntó con dolorosa sinceridad. — La habilidad siempre gana al tamaño. — Le respondió. — Me moveré a su alrededor hasta agotarlo. Me mantendré fuera de su alcance. — planeó sencilla y esquemáticamente, observando que el alcance de la maza no era mucho más largo que el de su espada. Por gruesa que fuere su armadura, se dijo a sí mismo, habrá aberturas en la cara interior del codo y la rodilla, bajo los brazos…

Cuando las fanfarrias sonaron y el caballero se puso en marcha con paso lento pero sin pausa él entrecerró los ojos y alzó el acero, se tensó y estuvo dispuesto a saltar a dar un tajo pero su contrincante detuvo la marcha e hincó un pie detrás del otro. Ament se puso en camino, al trote comenzó a rodear a su enemigo con una marcha ágil, de lado, siempre encarando al caballero negro como el centro de su rotación. El otro giraba sobre sí mismo lenta y torpemente, alzaba el escudo y escudriñaba dentro de su yelmo y, en ocasiones, lo perdía de vista. Una de éstas no pasó desapercibida.

Ament saltó, del suelo bajo sus pies salió una breve y sutil nubecilla de polvo. Hizo girar la espada cuando estaban a rango el uno del otro, la pasó por encima de la cabeza y chocó inocuamente contra la coraza, rasgando la sobreveste y rayando el acero debajo. El bigardo gruñó y soltó un amplio barrido con la mano del garrote, que pasó inofensivamente unos centímetros por encima de la cabeza de un Ament agachado. Éste con pequeños y medidos saltos retrocedió hacia atrás, de nuevo hizo una pirueta con la y la colocó en perpendicular con su rostro, apuntando al cielo.

El caballero avanzó con el escudo en alto. En él había un cuervo de sable sobre campo gris pintado. Ament no reconoció el escudo de armas. Cambió de postura, esta vez con el filo por encima de su cabeza, dispuesto a atacar. Pero era una estratagema. Cuando el caballero estuvo peligrosamente cerca Ament rotó, giró hacia el brazo del escudo con rapidez evitando una embestida espontánea con el pedazo de roble y dio una zancada para ponerse a su espalda, dando una nueva tajada que resulto en un nuevo y prominente rasguño en la coraza, pero ningún daño. Retrocedió.

Esta vez no aprestó ninguna guardia, dejó la espada pendiendo de su costado pero agarrada firmemente. Empezó a caminar casualmente, manteniendo un perímetro de seguridad entre él y el caballero que giraba para encararse con él. Ament tuvo una sensación desalentadora, un frío que bajaba por su espina. Dio un par de pequeños saltos en el sitio, giró la espada en un molinete, la cambió de mano y con ambas la asió con fuerza. El acero brillaba aun sin la necesidad de un sol prominente. El caballero esta vez tomó la iniciativa, lanzó un golpe descendente con la maza que chocó sin efecto en el suelo, entonces el peliblanco giró sobre sí mismo y buscó colar el filo en la axila desprotegida de su contrincante. Sin embargo, en su lugar encontró el manotazo de un guante de hierro que había priorizado golpear a su enemigo que sostener el arma. Ament encajó el golpe pero cayó impulsado por el puñetazo, deslizándose por el pulido suelo bajo sus pies y su espalda. No soltó el arma.

El bigardo trató de aplastarlo con el escudo, pero Ament se retorció como una víbora, se contrajo, se extendió, giró y se alzó de un brinco.  Esquivó una carga con el escudo y con la espada a una mano golpeó el yelmo de su enemigo en la sien. Supo que el golpe debía haber hecho chirriar los oídos de su enemigo, o como mínimo aturdirlo. Esta vez giró concéntricamente con su enemigo en el eje y rápidamente se puso a sus espaldas, y rasgó su muslo. Las cinchas se desprendieron y con ello la bota quedó suelta.

En retrospectiva, uno se preguntaría qué errores cometió Ament en aquella batalla. Si le hubiesen preguntado a él, seguramente hubiese respondido que ninguno… ninguno que hubiese podido evitar. Pero con un matiz frío y analítico, se puede ver lo arriesgado del modo de vida y de lucha del duelista. Su filosofía de «moverse a su alrededor hasta cansarlo y que no pudiese ni alzar su arma, para luego hacerle caer al suelo. En el suelo, todo el mundo es vulnerable» no era incierta, pero era mucho más arriesgada de lo que hacía ver. No quiero dar ideas equívocas y no pienso que él no supiera los riesgos que entrañaba, si no que los había interiorizado de tal forma que era su subconsciente el que los guardaba. Sin embargo, también es cierto que no supo ver más allá de lo que veían sus ojos.

Giró su espada con un molinete por encima de la cabeza, y dio un amplio tajo que más parecía un mamporrazo al yelmo que ahora se encontraba más cerca del centro de gravedad de su atacante, pues su portador había hincado la rodilla. El yelmo, abollado, salió despedido y rebotó en el suelo dos veces, dejando escapar un sonido metálico y hueco. El caballero bigardo cayó al suelo por el impacto, sobre su brazo libre. Ament estaba de pie frente a él, con la espada apuntándole y una mirada fría y distante en el rostro. Sin embargo, antes de poder verle la cara se revolvió y con una velocidad impropia para su tamaño y equipamiento se abalanzó sobre Ament con el escudo por delante, haciéndolo chocar con su tórax y haciendo que saliese despedido.

Se deslizó de nuevo por el suelo, el hombre corrió rápidamente para lo pesado de su equipamiento y se hizo con la maza. La hizo girar hasta su espalda y la dejó caer sobre Ament, que saltó en una pirueta para esquivar el letal mamporrazo. Ahora estaba a la defensiva, retrocediendo instintivamente ante los golpes que cada vez estaban más cerca. Uno lo trató de bloquear, pero la maza hizo chirriar el filo de la bastarda y rechinar los dientes del espadachín, que sintió un agudo dolor en los brazos. Retrocedió cuanto pudo tan rápido como pudo, y de nuevo se encontraron ambos fuera del rango del otro. Ament jadeaba visiblemente, la espada estaba aprestada en la más simple de las guardias, frente a su cuerpo y en perpendicular a él.

Mai acáriel — susurró Serielye, sin apartar la mirada del combate. Como elfa, entendía la forma y la estrategia de Ament. Los elfos eran los más grandes combatientes de esgrima ágil, pensaba ella, y por lo tanto estilos similares a ese había visto en montones. Sin embargo Ament era menos delicado, menos elegante y más directo. Un elfo habría aprovechado muchas cosas que Ament no aprovechó y no habría cometido errores que él cometió. — En! — no pudo evitar exclamar.

Ament se lanzó directamente contra su enemigo, con la espada por encima de los hombros. El caballero replicó con un mazazo que de nuevo fue esquivado. Ament giró el ángulo de la espada, empuñó con firmeza y apuntó al cuello. El bigardo rechazó la estocada con el canto del escudo y golpeó a Ament con el plano del mismo. Cayó, giró en el suelo y se alejó. Estaba siendo difícil perforar sus defensas. Miró a las gradas, donde estaban Bori y Mona. Parecían gritar, pero sus palabras se perdían en el ruido general. Cuanto desearía que estuviese ahí Helmut, pensó Ament. Y Aradna, añadió. Demonios, si estuviesen ahí…  Buscó a Niche en la plataforma, y lo vio junto al corregidor. Y al lado del corregidor… Monseñor Baldeemord. El fuego en la columna de Ament volvió a encenderse, prendiendo como una yesca bajo un pedernal.

Serielye seguía con el corazón tenuemente agitado. Todo lo agitado que dejaría ver una mujer de la antigua raza de los Amrun'quessir. Sin embargo, si ocultaba las manos era porque le temblaban. Sabía muy bien que Ament no podía ganar. No sólo por el tamaño. Ament no tenía la mente clara. Estaba confuso, y ella lo veía en cada ataque, en cada estocada, en cada corte inocuo y en cada huida por los pelos. — Aa' lasser en lle coia orn n' omenta gurtha — dijo por fin, rindiéndose a la imperiosa necesidad que sentía de rezar por la vida de un hombre suficientemente estúpido o desesperado como para pelear en esas condiciones. Entrecerró los ojos, pero cuando los abrió se quedó petrificada. Podía ver el rostro de Ament, que se encontraba quieto. Podía leer sus labios.

El hombre por el que peleas es un asesino, un bastardo que me ha traído aquí porque intenté matarlo. — gruñó Ament, y su tono de voz era una octava más bajo. La forma en que empuñaba la espada era distinta. Había cambiado de estilo. — ¿Y sabes qué? Si tuviese otra oportunidad lo volvería a intentar. Y juro que esa vez no fallaría. — Ament corrió de la nada, sin impulso y sin aviso hacia su enemigo. Lo recibió con un escudazo, pero el peliblanco frenó en seco para que el escudo solo golpease el aire. Cuando el caballero replicó con un golpe del lucero, Ament se retorció, se contorsionó y esquivó el golpe por los pelos. Zarandeó la espada, cosa que confundió a su contrincante, e hizo un tajo superficial en la frente, que sin embargo sangró abundantemente. Luego retrocedió, hizo girar la espada y la sangre del filo se esparció por el suelo. — Y juro que ese hombre para mí es tan despreciable y odiado como cualquiera de los demonios que he asesinado. — Ament jadeaba, pero esta vez lo hacía de forma distinta. El caballero negro esperaba oír un aullido de su boca en cualquier momento.

Serielye había sido engañada. Había sido engañada por los movimientos vacíos y la confusión y vulnerabilidad tras ellos. — Edan… — murmuró ella, con una tristeza condescendiente. Siempre sacan fuerzas de los deseos y las emociones más corruptas. Solo se vuelven fuertes con el odio, o con la venganza. Se le formó un nudo en la garganta, un nudo como se le forma a un padre cuando ve que su hijo va por un mal camino. Un sentimiento que los elfos desde hacía cientos de años sentían para con los humanos. Y Serielye no era la excepción. Sentía lástima, por todo ese potencial que iba a donde no debía; ese potencial de la humanidad que terminaba en guerras entre ellos en lugar de mejorar su civilización, que dedicaban a exterminarse en lugar de prosperar, esa ambición individualista que buscaba ser mejor que el prójimo, ese odio que implicaba hostilidad a todo aquello que no era aceptable a sus ojos, esa sed de venganza que obcecaba sus mentes como un toro enfurecido… Ament se movió y ella ya no pudo leerle más los labios.

Pero no lo haré. — confesó. — Terminaré este duelo, seré libre de esta ciudad y volveré donde se encuentra la gente que quiero proteger. La gente por la que no quiero terminar pudriéndome en una celda. Y tú morirás aquí por un vejestorio que tiene los días contados. Porque yo estoy descreído de los Dioses, no confío y no dejo nada en sus manos. Pero existen cosas que son excepciones. Tu señor se está muriendo, vomita sangre. Y se morirá, y yo no tendré nada que ver. Pero me alegraré. — el odio, sin embargo, seguía palpable en los ojos de Ament. El bigardo con el rostro ensangrentado avanzó, hizo un espectacular barrido con la maza que no alcanzó nada. Ament corrió, se movió por debajo de él y clavó la espada en la ingle, la parte solo protegida por cuero. Se hundió y apretando los dientes el peliblanco la hundió más todavía. El caballero palideció, cayó de rodillas.

Retiró la espada, empapada en sangre hasta la mitad. Retrocedió. El gesto del bigardo estaba contraído, pálido, perlado en sudor frío. El rostro de Ament era demoníaco, inhumano, frío y cruel. Pronunció unas palabras bajito, solo para el caballero y él. — Anima Eius Requiescat In Pace in Aeternum. — el bigardo supo lo que iba a pasar. Ament se llevó la espada a detrás de la cabeza, la empuñó como un bate, giró las caderas y dio un mandoblazo semicircular. La cabeza del bigardo casi se partió en dos, y cayó desplomado. El público chilló, las damas gimieron en pánico, los jayanes vitorearon por la espectacularidad de la muerte. El corregidor tenía gesto preocupado. Niche sonreía casi por obligación. Bori y Mona saltaban de alegría, ella abrazaba al enano como si fuese una muñeca de trapo. Serielye seguía sentada, con los ojos cerrados. Ament miraba al cadáver con indiferencia.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 8:02 pm

Capítulo V

¿Entonces? — a Ament no le hacía especial gracia estar en aquel despacho de nuevo. El corregidor Bulke estaba de pie, mirando por una ventana que daba a la avenida. Tenía un gesto ceñudo, con el ceño fruncido y una mueca seria en el rostro. Finalmente se sentó frente a él, y expuso. — Aunque de una forma que no me ha gustado especialmente, has demostrado tu inocencia. Bueno, de hecho no, pero las normas de caballería que monseñor Baldeemord aceptó dictan que eres un hombre libre de justicia. — no parecía especialmente feliz. Bulke y Ament habían hecho negocios juntos en dos ocasiones anteriormente y siempre habían terminado en buenos términos. Aquella tensión, por lo tanto, ambos sabían que no era personal. Bulke era un hombre en extremo profesional, un hombre que creía en la justicia por encima del bien y el mal y por lo tanto no le gustaba cuando alguien era capaz de escaquearse de ella, por mucho que ese alguien fuese conocido suyo. Sin embargo, tampoco se podía decir que Bulke fuese un hombre necio. — Bueno, no sé si ya te has enterado de por qué te he traído aquí. Es bien conocida la situación de Erenmios. — comentó el hombre. Ament asintió. — He tenido tiempo de informarme. No-muertos, ¿me equivoco? — el corregidor tenía el rostro ensombrecido, como si solo su mención avivase su pesadumbrez. — Así es. La guardia de la ciudad apenas mantiene a raya la plaga en el barrio pesquero. Una parte de los civiles ha logrado ser evacuada, otros muchos han caído muertos o convertidos. La orden de la armadura blanca está investigando los orígenes, entre ellos tu amigo Niche. Nuestros consejeros apuntan a tantas causas que no sabemos dónde mirar, pero ninguno se atreve a certificar sus teorías. — explicó, claramente alterado. — ¿Por qué? — preguntó el peliblanco. — Son consejeros. El más joven debe doblar tu edad. ¿Te imaginas a alguno de ellos metiéndose en el barrio pesquero espada en mano a dar validez a sus teorías? Yo no. — respondió. Ament se dio cuenta entonces. O mejor dicho, dio validez a su teoría. — Entonces eso es lo que quieres de mí. Que me meta en el barrio pesquero espada en mano a dar validez a sus teorías. — dijo, con un tono que no demostraba alegría.

No. — respondió secamente el hombre de cabellos castaños y mostacho. — Quiero que vayas a donde esté el causante de esto y me traigas su cabeza con una demostración creíble que eso bastará para que dejen de salir mutantes de las cloacas. — claramente a Bulke no le hacía mucha gracia que Ament conjeturase con sorna. — Podrías haber enviado esta carta a cientos de mercenarios con más experiencia que yo en no-muertos. O, si querías a alguien de confianza, podrías habérnosla enviado a Los Bravos. Pero ésta es una carta personal y sabes que bajo mi nombre solo actúo para una cosa. — explicó poniéndose serio el peliblanco. — ¿Hay algún motivo para pensar que es el hacer de un demonio? — preguntó finalmente. — El Maestro Trycel dijo que era una de las posibilidades. Ningún individuo mortal tiene suficiente poder para levantar semejante horda de no muertos. — al menos una persona se me ocurre, pensó Ament. — Es una de las opciones, ciertamente. También me parece más probable que no sea un individuo si no una logia de hechiceros los que estén detrás de esto. Así no se necesitaría intervención demoníaca para asediar una ciudad. Una logia de hechiceros muy poderosa, eso sí. Archimagos, diría yo. — Ament estaba pensativo, pero Bulke fue directo al grano. — ¿Y no tienes un precio estándar para averiguar si una desgracia es causada por fuerzas demoníacas? — preguntó irritado. — 500 kulls de plata. Si resulta que es un demonio, el precio sube si se quiere captura o exterminación. La mayoría de veces que aplico la tarifa de investigación resulta que no hay demonio si no imaginación vívida. — explicó Ament claramente apesadumbrado. Bulke entrecerró los ojos. — Serán 150. Y date con un canto en los dientes, porque si no o te largas de la ciudad echando pestes o te declaro enemigo nacional por sabotaje a las negociaciones con el Imperio. Digamos que esa rebaja a tus tarifas habituales serán destinadas a tu reinserción social. — Ament lo miró con desprecio, pero se tragó las quejas. Ojalá haya un demonio entonces, pensó Ament. Así al menos podría costearse el viaje de vuelta a Balad Celadher.

Ésta vez Niche estaba ausente. En su lugar, Mona se había sentado con los comensales a hablar. — Lo sabía. — dijo Bori, pegando un gran trago a una copa de líquido verde brillante que le había servido Mona y que sabía sorprendentemente afrutado. — Así que te toca meterte en esa pocilga hasta que la mierda te llegue a los sobacos y ver qué causa que en lugar de peces muertos hayan muertos andantes. — expuso con elocuencia. Mona se rió. — Sí, y no me gusta nada. Desde la última vez me he dado cuenta de lo poco que me gusta trabajar con las guardias de las ciudades. Aprecian poco el conocimiento forastero y toman el mando sólo porque conocen la estructura de la ciudad. Por su culpa una vez casi me matan a mí y a un escuadrón entero cuando les dije que era mala idea abrir un cofre que había en medio de una taberna vacía. — Bori sonrió mostrando su imponente dentadura. — Un mímico, ¿eh? — Ament asintió. — No creo que debas preocuparte. Dudo mucho que la guardia de la ciudad vaya a ir contigo hasta ahí. Todos los escuadrones disponibles están dedicándose a la evacuación y la contención. Y dudo que te acompañasen aun si se estuviesen rascando la nariz con una flecha en los barracones. — le dijo el enano, más alegre con cada trago. — Lo sé, y tampoco me gusta. No se me da especialmente bien exterminar no muertos y apenas sé dónde empezar a investigar.

Serielye tomó la palabra. — Los primeros avistamientos fueron en el Templo de Lunaris, que está al norte del barrio pesquero. Lunaris es para estas gentes el Dios de la luna, las mareas y los marineros. — Ament se sorprendió del conocimiento de Serielye acerca del asunto. No indagó. — Supongo que allí me dirigiré pues. ¿Por qué las cosas más grotescas siempre aparecen en templos? Demonios profanando templos, no-muertos, mutantes… Qué obsesión. Si apareciesen en una armería saldrían mejor preparados. — Bori comenzaba a tener rubor en las mejillas y la nariz. Ament y Serielye ignoraron el un sonoro eructo, pero Mona rió sonoramente. — Tienes que tener cuidado, Ament. Los no-muertos que habitan en el barrio pesquero no son sólo civiles cualquiera. Y son más terribles que cualquiera que esté vivo. — Ament miró con curiosidad a Serielye, y escuchó sus palabras con el mismo interés. — ¿Quién causa temor en tus pensamientos? — Serielye lo miró con seriedad y él supo que no se trataba de una broma. Ella nunca las hacía. — En el duelo te enfrentaste a Ser Vincent Hauley, conocido como el caballero negro. Un admirable contendiente, probablemente el hombre vivo más grande y fuerte de Erenmios. Vivo. Pero cuando te enfrentaste a él su hermano mayor Geoffry ya estaba muerto. Sus brazos gigantescos eran capaces de balancear un martillo de guerra más rápido que tres hombres juntos. Era un hombre de gustos voraces, y uno de ellos era el alcohol. Por su culpa se metió con quien no debía. Terminó con un espadón clavado en el pecho y lanzado al mar. — mientras Serielye explicaba, Ament se temía lo peor. — La figura de Geoffry es inconfundible, esté vivo o muerto. Y durante la evacuación, alguna gente vio… — el temor se posaba en los élficos rasgos de la mujer. — Geoffry fue uno de los primeros aparecidos. Y por sus manos los cadáveres se fueron apilando y sus filas aumentando. No te unas a sus filas Ament. — le pidió, y aunque el orgullo jamás salía de su tono de voz, aquello parecía una súplica. — No lo haré.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:18 pm

Capítulo VI


No hacía un buen día. El cielo estaba gris y todo parecía más oscuro que de normal. Por primera vez desde que había llegado a Erenmios llevaba su equipamiento al completo. Los zurrones pendiendo de sus bolsillos, la empuñadura de Perdición de Demonios sobresaliendo por encima del hombro izquierdo, Colmillo en su vaina colgando de la cadera izquierda, La capa raída sobre los hombros… Ament comenzaba el trabajo. Se había despertado muy temprano para aprestarse, justo cuando despuntaba el alba, y ahora debían de ser unas tres horas después. No tenía intención de llevar a Aaron con él, sabía que era demasiado peligroso para el caballo adentrarse en aquel barrio infestado. Mona le acababa de dar indicaciones de cómo llegar al barrio pesquero y cómo llegar al templo de Lunaris. Se puso en marcha con desgana.

Aun cuando en teoría no debería haber llegado, ya se olía un hedor a podredumbre que causaría náuseas a cualquiera. Identificó sin dificultad el hedor del pescado podrido, pero también el de carne en descomposición. Sin duda se acercaba al lugar correcto. A medida que se alejaba del centro de la ciudad podía ver como las casas eran más humildes, de ladrillos más pequeños y de menor estatura, y también podía ver que cada vez el silencio era más prominente y el ajetreo de la urbe comenzaba a desaparecer junto con los ciudadanos. Más pronto que tarde se encontró en una soledad desalentadora, donde no se oía ni se veía un alma se mirase en la dirección que se mirase. Cuando llevaba al menos tres cuartos de hora caminando se encontró una montaña. Una montaña de cadáveres corroídos, inanimados, pudriéndose uno encima de otro como si los hubiesen matado y ordenado para llevar cuentas. Se acercó, y gracias a soportar un horrible hedor pudo identificar que las heridas de espada que les habían hecho caer habían sido post-mortem. No habían expulsado sangre con el corte. Por las calles cada vez más estrechas y caóticamente organizadas se podían encontrar haberes perdidos o abandonados en la evacuación: cajas, un zueco, ropa interior, sartenes y cazos, una muñeca de trapo, libros sobre aritmética… Todo ello pisoteado, pateado, apartado. Algunos incluso arañados por algo con fuerza sobrehumana. El empedrado del camino comenzaba a estar barnizado con costras de sangre seca y vieja, con algunas vísceras y en ocasiones incluso quebrado como si lo hubiesen golpeado con una maza enorme. Siguió caminando.

No se sorprendió cuando lo vio. En un callejón entre dos casas particulares encontró una barricada hecha con una carreta de madera con restos de heno, un armario de dos puertas y tres sillas inclinadas. No sabía si lo habían construido los guardias de la ciudad intentando contener el avance de la plaga o algún civil desesperado. Ament lo escaló con cuidado, intentando no tirar nada ni hacer ruido. Lo consiguió y avanzó al otro lado. Ya se lograba oír el rumor del mar y el olor a podredumbre se había acentuado. Los rasguños en la fachada de los edificios se habían acentuado. Ament siguió avanzando. Llegó a una rotonda donde pudo ver una estructura en forma de equis, y en ella estaba atado un hombre. No, mejor dicho, estaba atado medio hombre. El cadáver carecía de cuerpo por debajo del costillar, viéndosele las entrañas pendiendo como si le hubiesen partido por la mitad atándolo a dos carros de caballos que corrían en dirección opuesta. Ament contuvo el disgusto. Pero no contuvo la sorpresa.

De detrás de él había salido una criatura que no pudo identificar en el momento. Le habría golpeado en la espalda si no se hubiera lanzado hacia adelante en una voltereta. Desenvainó la espada de su espalda y lanzó una estocada sin ver a la criatura que era como un borrón blanquecino. Era rápido, y no sabe si fallo el golpe o la criatura lo esquivó. Pero cuando se acerco a cuatro patas para atacarle fue empalado a través de la espalda por la espada. Quedó clavado a ésta como una brocheta, pero seguía moviéndose. Ament retiró la espada y retrocedió, y vio a la criatura. Era un hombre calvo, deforme, con los ojos como un pez muerto, un gesto rígido en la cara, completamente desnudo y carente de un brazo. También tenía mordidas en el cuello, las costillas, las piernas y una en la cabeza. Estaba esquelético.La criatura avanzó de forma arrítmica y ortopédica, e intentó golpear a Ament con las uñas. Éste intentó apostar por lo que las leyendas contaban de los no-muertos, y lanzó un tajo semicircular a la cabeza. Golpeó el cuello y fue suficientemente profundo el corte como para que el mismo peso de la cabeza la hiciese separarla del último pedazo de cuello al que estaba unido. Y cuando cayó, el resto del cuerpo cayó con ella y convulsionó para luego quedar inerte.

Ament tranquilizó la respiración y ahora con la espada en mano, siguió avanzando. Los elementos mórbidos y desalentadores solo siguieron aumentando en número a medida que uno iba en dirección al paseo marítimo, adyacente a los muelles y la playa. El olor del mar era corrompido por el olor de los muertos. A medida que intentaba desesperadamente llegar hasta el paseo del gremio de pescadores Ament tuvo que enfrentarse a tres cadáveres más. Uno era otro hombre de aspecto similar al anterior, solo que su físico era el de un obeso vestido con sedas rasgadas. Otro era un animal, un perro que parecía haber sido mordido hasta la muerte, pues carecía de la mitad izquierda de su cabeza, donde sólo se hallaba cráneo. La última era una mujer también desnuda, que carecía de brazos y había sido mordida con muchísimo más ahínco que los otros, faltando abundantes pedazos de carne especialmente en los tejidos blandos. Ament dio muerte a los tres sin resultar herido. Aún.

Cuando llegó a la playa una náusea azotó su esófago. Decenas de cadáveres putrefactos se encontraban crucificados o empalados a lo largo de la playa, muchos de ellos carecían de miembros enteros o incluso de alguna mitad del cuerpo. Hombres, mujeres, viejos, niños… Había de todas las edades y todos los sexos. Incluso algunos que el maltrato y la podredumbre hacían irreconocibles. Algunos desnudos, otros vestidos y la mayoría de éstos con las prendas rasgadas. El mar traía consigo vísceras, trozos de carne y cabellos… Con cada ola se llevaba algunos y traía otros de vuelta. Comenzó a caer un orvallo fino pero desalentador. El cielo estaba muy gris y el día muy oscuro. Tenía que seguir norte a través de la playa para alcanzar los muelles y desde allí llegar hasta el santuario. Y lo hizo.

O casi.

Cuando llegó al fin de la playa vio unas empalizadas levantadas con maderos afilados. Vio también una pira, una enorme hoguera que se encontraba apagada. Casi parecía un campamento. Y de detrás de la empalizada salió un gigante. Tenía la piel verduzca, y debía medir dos metros y medio como poco. Tenía los ojos completamente blancos, y el pecho desnudo. Sólo llevaba un taparrabos de cuero marrón y unos brazaletes del mismo material. Y un espadón que le cruzaba el pecho al que acompañaban al menos cuatro flechas clavadas a lo largo de su torso y que por las historias de Serielye debió haber sido usados por los guardias de la ciudad mucho tiempo después de su fallecimiento. El agua del océano había limpiado todo rasgo de sangre, pero el rojo se podía ver en su cuerpo por culpa de la degradación. Se veían sus músculos desprovistos de piel en diversas partes de su cuerpo, y su cráneo asomaba por su calva. Geoffry lo miró y Ament tragó saliva. Había deseado con todas sus fuerzas no encontrárselo. No había tenido suerte.

Ament imitó la táctica que había usado contra su hermano, preparó una guardia y esperó a que el gigante avanzase hacia él, y lo hizo. Caminaba lenta y pesadamente, y con cada paso la arena bajo sus pies se hundía dejando una prominente huella. Esperó hasta que ambos estuvieran a rango del otro y esquivó un intento de agarre por parte del bigardo a la vez que lanzaba una tajada contra sus manos. Superficial, un corte que debía sangrar mucho. En un vivo. El muerto no se inmutó, y sacudió el brazo como si empuñase un martillo de guerra e impactó con la misma fuerza que si lo fuese. Ament salió despedido, cayó en la arena y levantó una nube en su caída. El golpe había sido parado con la hoja de la espada, pero aún así no había logrado no salir despedido. Sentía como si hubiese intentado detener un ariete con las manos desnudas. Se levantó rápido, justo para esquivar un puñetazo veloz y directo con la zurda. El gigante no sólo era fuerte. Sabía moverse. Ament hizo un giro con la espada y lanzó un tajo contra el gigante. El filo se quedó encallado en la clavícula, no logró hacer nada más profundo. Lo que una vez fue Geoffry lanzó un gancho que impactó de lleno en el estómago de Ament. Por un momento los pies del peliblanco se alzaron del suelo, y luego cayó tan ancho como era sobre la arena, de cara al cielo.

Sintió como si le explotase el estómago, se le agrietasen las costillas y se le desinflasen los pulmones. Sintió frío en las extremidades y la vista se le nubló. Tuvo ganas de vomitar, pero inteligentemente no tenía el qué. Se sobrepuso al dolor, rodó lentamente hasta ponerse en cuatro patas, luego quedar con la rodilla hincada y finalmente ponerse en pie. El gigante, sin embargo, no perdió el tiempo. Agarró a Ament del cuello, intentando asfixiarle. Llegó incluso a levantarlo del suelo. El rostro del  peliblanco se congestionó y puso muy rojo. Pero tampoco perdió el tiempo. Desde esa posición empuñó la espada a reversa con ambas manos y atravesó el cráneo del gigante, llegando incluso a salir el filo por el lado opuesto a donde lo había clavado. El gigante lo soltó, cayó de rodillas. Convulsionó. Murió, de nuevo. Ament cayó también, de rodillas. Se tiró a la arena de espaldas y respiró sin importarle el hedor. Tomó grandes bocanadas como si hubiese pensado que nunca más lo haría. Su rostro estaba todavía enrojecido y sudoroso.

Poco a poco y no sin esfuerzo se puso en pie y retiró la espada del cráneo putrefacto. Decidió entonces ponerse en marcha.


Última edición por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 10:08 pm, editado 1 vez
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:31 pm

Capítulo VII


El templo desde el exterior estaba tan dañado como todos los edificios, o incluso más. La fachada estaba medio derruida, y no parecían solo daños residuales. Se veía ensañamiento, se veía que algo había golpeado con muchas ganas aquella pared, y aquella, y aquella otra… Algunas columnas carecían de buenos pedazos, y algunas estatuas decorativas que salían en relieve de los muros del frente del edificio estaban rayadas y maltratadas. Ament reconoció la obra de los demonios allí. Poca gente tenía tanto odio por las figuras y representaciones divinas. Algunos humanos antireligiosos, puede. Pero los humanos no solían tener las uñas tan largas y resistentes como para arañar piedra. Y los que se desquitaron con el templo las tenían. Ament suspiró y se aseguró que no había nadie en los alrededores. Al parecer, el templo era un trabajo hecho y terminado. No se oía un alma y el olor había mejorado notablemente. Aun así no se dejo llevar por la mejoría, y sólo entró con cuidado y la espada muy bien sujeta en la mano.

El templo por el interior no estaba mejor tratado. Había rastros de sangre en el suelo, como si alguien hubiese sido arrastrado por el suelo y luego un charco de sangre. Todos los bancos de rezo y sin excepción estaban rotos, algunos más brutalmente que otros. Algunos estaban incluso ensangrentados. Pero no había cadáveres. Ament avanzó hacia el fondo de la estancia. No había más luz que la que se filtraba a través de un agujero en el techo, que debía haber sido parcialmente derruido. Al fondo, sobre un altar ensangrentado y una estatua del Dios del mar decapitada había una cristalera que al parecer había sido rota con piedras y por la que también se filtraban unos escasos rayos de luz. Ament pisaba con cuidado intentando que los pasos no resonasen con eco. Siguió examinando. No parecía haber ni un alma allí, viva o muerta. Aquello no sabía si tranquilizaba o desesperanzaba al peliblanco, que más tarde vio como a la izquierda de la estatua decapitada había una puerta. Se acercó despacio, apoyó su hombro en la puerta y llevó la mano libre al pomo. Al entrar vio otra puerta al lateral y unas escaleras descendentes. Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. Descendió.

Las escaleras estaban oscuras y los escalones resbaladizos, desgastados y demasiado empinados. Ament se esforzó en bajar cuidadosa y silenciosamente, sin bajar la guardia ni un segundo. Pero no pudo escuchar lo que le golpeó antes de que lo hiciese. De la nada vio una luz blanca que nubló su vista como una centella, y sintió un ardor en su espalda que rápidamente se extendió por todo su cuerpo como una chisporroteante corriente de energía que dañaba cada vena, cada célula y cada gota de sangre en su cuerpo. Le dio en la espalda, y salió despedido hacia el frente separando sus pies de las escaleras, cayendo y rodando hasta el fondo del empinado descenso. Rodó por los escalones, sin embargo no sentía el dolor de su cuerpo siendo golpeado y amoratado, estaba entumecido. Al llegar al sótano rodó sobre sí mismo por la inercia de la caída, chocó contra la puerta y rodó al interior de una estancia. Sentía un entumecimiento y hormigueo por todo el cuerpo. No podía contener la saliva en la boca, y chiribitas rojas, blancas y azules impedían que viese con normalidad. Intentó ponerse en pie pero el cuerpo le era ajeno, ni un músculo respondía a las órdenes. Oía pasos que provenían de las escaleras, alguien que descendía. Sin duda el que le había atacado. Intentó estirar el brazo para hacerse con la espada que había soltado al caer, pero tampoco le respondió.

Vio entrar una figura que llevaba botas altas de cuero detalladas con remaches de oro. Eran muy ostentosas, muy decoradas, y muy femeninas. Eran de tacón alto y hacían un inconfundible sonido a cada paso. Ament forzó los globos oculares a buscar más arriba pero solo pudo ver hasta las caderas, que eran anchas y se contoneaban exageradamente. Los detalles de la anatomía de la desconocida se discernían a través de un traje de cuero ceñido, muy decorado además. Llevaba un pañuelo rojo atado a las caderas. Caminó hasta estar a unos pasos de él, donde las botas de tacón alto se detuvieron.

Anda, pero si es Ament Fordye. — exclamó la persona frente a él. La voz que salió de ella era femenina, muy aguda y ciertamente melosa. Sin embargo la mayor sorpresa no fue su voz ni que supiese su nombre, si no el eco que provino del lado opuesto a donde se encontraba la mujer, al fondo de la estancia que quedaba en el punto ciego del inmóvil Ament. — ¿Le conoces? — preguntó esa ominosa voz, grave y masculina y que sonaba con eco metálico, seguramente causado por un yelmo. La mujer de nuevo se contoneó, cambiando el peso de una pierna a otra. — De oídas. Éste tipo atacó al capellán del Imperio. Tuve la oportunidad de verle en el duelo. — al parecer Ament había llamado la atención a causa de ello. Demasiado para su gusto, de hecho. Demasiado para su seguridad, pues ahora estaba total y absolutamente indefenso. Las chiribitas habían desaparecido, pero su cuerpo seguía sin reaccionar a las órdenes que se le daban. — ¿Qué hacemos con él? — preguntó la mujer, dirigiéndose a la ominosa voz. — No nos ha visto. Átalo y llévalo a las mazmorras. Y si no está con nosotros, mátalo. — las palabras metálicas sonaban firmes y duras, y no daban lugar a dudas del destino de Ament. Quiso maldecir, pero su lengua y cuerdas vocales hacían tanto caso como el resto del cuerpo.

La mujer pareció soltar una risilla juguetona. Y justo después de ella, un golpe en la cabeza hizo perder el conocimiento a Ament.

Cuando despertó sintió un dolor vivificante en sus articulaciones de brazos y piernas. Ésta vez no veía nada, pero la presión en su rostro denotaba que era a causa de un antifaz. Intentó mover los brazos pero certificó que el origen del dolor era a causa de que estaba atado con muy poca delicadeza. Los tobillos también parecían estar atados con suficiente fuerza como para cortar la circulación. Por la postura en la que se encontraba, pudo deducir que se encontraba atado en una silla. Maldijo, y ésta vez tuvo éxito en hacerlo en voz alta. Oyó una risa aguda y melosa respondiendo al insulto que le había enseñado Bori. Movió la cabeza siguiendo el sonido, buscando su origen. Oyó esos ruidos de pasos característicos y oyó la voz melosa y femenina. — Eres poco refinado, asesino de curas. — parecía estar muy cerca, a solo unos pasos de él. Intentó mover los brazos instintivamente y un agudo dolor subió hasta los hombros.

No lo sigas intentando o terminarás dislocándote un brazo. Te he atado muy, muy fuerte♪— dijo, regocijándose y demostrándolo con una melodiosa voz. — ¿Quién eres? ¿Por qué me habéis atado? — preguntó Ament, intentando encontrar respuestas que hiciesen desaparecer la confusión en su mente. — Preguntar quién es alguien que te ha puesto un antifaz para que no la veas es un poco incoherente, ¿no crees? Sin embargo… — notó como una mano fría se posaba en su mejilla y ascendía hasta aferrarse a la venda en sus ojos, aflojándola y eventualmente haciéndola caer. Ament parpadeó buscando acostumbrarse a la luz del lugar y rápidamente se fijó en la mujer de las botas de tacón alto.

Era una mujer de aspecto joven, con el rostro triangular y grandes ojos color malva. El cabello rubio de su cabeza tenía hebras grises, pero no parecían el tipo de canas que provenían de la edad. Ament había aprendido que la magia en ocasiones causa estragos en el cuerpo. Llevaba un traje de cuero muy ceñido y un corsé que no tapaba el escote, el cual estaba decorado con un broche en forma de mariposa. Todo su traje estaba ribeteado con oro y plata, y joyas que parecían de mucho valor. Tenía un rostro bellísimo pero innatural. Ament luego escudriñó la estancia y no encontró mucho. Solo un pequeño cubículo de piedra alumbrado por una antorcha sujeta a la pared y la silla a la que estaba atado.

¿Entiendes por qué te dejo ver mi rostro? — preguntó la mujer de voz dulzona. Ament apretó los labios y no mostró un gesto muy amigable. — Cuando a un secuestrado se le deja ver el rostro del secuestrador suele ser porque no saldrá de sus zarpas con vida. ¿Vais a matarme? — la mujer sonrió con cierta juguetonería, se contoneó y caminó frente a Ament. — Es un cierto protocolo ése, sí. Pero digamos que sería desaprovechar un muy buen material matarte. Y más lo sería sabiendo tu historial como lo sabemos. — la mujer estaba peligrosamente cerca de Ament. — Intentaste matar a monseñor Baldeemord de una forma muy poco planeada, pero aun así casi lo consigues. Me gustaría poder retirar el casi de esa oración. — Ament entrecerró los ojos, la miró con desconfianza e incomprensión. Ella respondió con una carcajada muy femenina. — Quiero que mates a Baldeemord para nosotros. Para mí. Créeme, a pesar de tus antecedentes, tienes más posibilidad que yo de acercarte a él. Y si prometes hacerlo, no te mataré. — Ament no comprendía el desarrollo de acontecimientos. No sabía por qué ocurría esto. — ¿Y si no cumpliese la promesa? Podría decir que os ayudaré y luego huir de Erenmios. — preguntó. — Te dejaríamos ir. Lo único que no queremos es que te conviertas en un obstáculo. Como testigo o como aliado no lo serías, así que es tu elección. Márchate para nunca volver o ten una excusa para matar a un hombre que odias. — expuso con perturbadora jovialidad la mujer. — ¿Excusa? — preguntó él. Ella le respondió con una enorme sonrisa en la cara. — Si Baldeemord no sale de su escondite y entrega su vida a mí, los no-muertos continuarán arrasando Erenmios hasta que no quede nada. Y si huye de aquí, le perseguiré a la siguiente ciudad. Por eso tu elección puede hacer un cambio. Puedes elegir el mal menor, matar a un hombre y salvar a cientos. O simplemente ignorar la situación, para mí también está bien. — el peliblanco se quedó en silencio. La mujer le lanzó una mirada crítica. Ament seguía con la mirada turbia. La mujer comprendió.

Veo que no te convence el bien de una ciudad para aliarte conmigo. Déjame probar otra cosa. Déjame contarte una historia. — la mujer retrocedió, se apoyó contra la pared y cruzó los brazos por debajo del busto. — Hace años vivía una dama en una aldea pequeña pero próspera. Su belleza era habladuría entre hombres y mujeres por igual, pues sabía los encantamientos élficos de belleza, sus elixires y maquillajes. Resulta que un día, la mujerzuela de uno de esos hombres que besaban por donde la dama pasaba se enfureció por el ensimismamiento de su señor esposo acusó ante las autoridades inquisitoriales a la dama. Éstas la tomaron presa y rebuscaron entre sus cosas, y viendo los elixires la llamaron bruja. La torturaron durante días. La destruyeron. La tiraron viva a un foso común, y a costa de sus uñas logro salir de allí. Pero no era la misma. Era un engendro. Tuvo que recurrir al aprendizaje de magia para ponerse una máscara que la hiciese ver hermosa de nuevo. — Ament entendía la historia y el significado tras ella. — Sabes bien lo que significa la venganza, y lo mucho que uno estaría dispuesto a hacer por ella. Quizá eso te incentive a decidirte. — Ament la miró. Ella se sonrió. — ¿Debo dejarte ir? — preguntó. El peliblanco asintió.

La mujer se sonrió, y por primera vez parecía que su rostro innatural era capaz de mostrar una emoción verdadera. Posó una de sus frías manos en Ament, acarició su rostro y bajó por su cuello, colocando la palma de la mano en el centro de su pecho. Se escucharon unas chispas y al segundo Ament perdió la consciencia debido a la electrocutación. — Cuando lo hayas hecho, trae la cabeza de ese hombre a mí, Dicai de Osine.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:42 pm

Capítulo VIII

¿Dónde… estamos? — Ament abrió los párpados y vio a Mona junto a él, pero no reconoció el lugar. No era su posada. Mona le devolvió la mirada y no sin cierta preocupación le sonrió sinceramente. — Es un campamento, estamos en la plaza del mercado. Todos los de nuestro barrio hemos tenido que evacuar, de la nada los no-muertos avanzaron y comenzaron a invadir más y más… — Ament tragó saliva. Sabía que aquello era un mensaje de la mujer para él. Se incorporó entre dolores y entumecimiento. — ¿Dónde me encontrasteis? ¿Cuánto tiempo llevo dormido? — la cabeza le daba vueltas y sentía agujetas en cada músculo del cuerpo. — Te encontraron unos guardias tirado en el barrio pesquero. Estuvieron a punto de quemarte con el resto de cadáveres pero en tu inconsciencia murmuraste un nombre y se dieron cuenta de que estabas vivo. Así decidimos traerte con nosotros. — Ament se imaginó qué nombre había mencionado y le resultó amargamente divertido que ella le salvase una vez más la vida de una forma tan extravagante. — Y llevas alrededor de dos semanas dormido. En este tiempo el problema de la plaga se está haciendo mucho más serio… Los guardias no dan abasto, Bulke está comenzando a formar un pequeño escuadrón de mercenarios… — la mente de Ament reaccionó ante el nombre de aquél hombre. — Lo siento, Mona, pero tengo que ir inmediatamente a hablar con el corregidor. Es un asunto importante.

El corregidor estaba claramente fuera de sus casillas. Tenía una montaña de papeles sobre su escritorio y escribía sin cesar en un pergamino. Ament pudo ver que se trataban de algunas cuentas, suponía que para el contrato de algunos mercenarios. — El nombre que me dio la mujer es Dicai de Osine, pero ni conozco el nombre ni el lugar de origen. Me temo que debe tratarse de un pseudónimo. Confesó que los no-muertos son causados por ella o un aliado suyo. También confesó que el único precio por el que detendría el avance de la plaga es por la vida de monseñor Baldeemord en persona. — Bulke parecía palidecer y enrojecerse de furia por momentos. Sus ojos como platos se intercalaban con una mueca de rabia en sus labios que deformaba el bigote que siempre llevaba peinado. — Si Baldeemord muere, la vieja guerra entre nuestra ciudad y Malik Thalis – aka el títere del Imperio – se reabrirá sin duda. También está la posibilidad de que ella muera. ¿Por qué no me has traído su cabeza? Esa es la otra posibilidad para detener a los no-muertos. ¡Joder, es para lo que te pago! — Ament lo miró, y Bulke supo que había herido cierto orgullo u honor con aquellas palabras, pero no le importó en absoluto. — Yo no mato personas por dinero. Me pagaste, o tendrás que hacerlo mejor dicho, por investigar si el ataque estaba causado por un demonio o no. Son 500 kulls de plata. No, no está causado por un demonio si no por Dicai de Osine, o un aliado suyo. Y no sentí ninguna esencia demoníaca desprendiendo de ella. — expuso fríamente, claramente no muy alegre del trato que recibía del corregidor. — ¡Y un cuerno! Mi ciudad se está viniendo abajo, los no-muertos están destruyendo barrio tras barrio y las cuentas de los desperfectos son desorbitantes. Nos arriesgamos a que Malik Thalish nos ataque cuando estemos más débiles y me veo obligado a contratar mercenarios porque la guardia está demasiado ocupada evacuando civiles. ¡Ve de nuevo a ese puto barrio pesquero, tráeme la maldita cabeza de la zorra esa de Dicai y entonces te pagaré 500 kulls de oro si hace falta! — Bulke golpeaba enérgicamente la mesa en el punto álgido de las oraciones, queriendo imponerse. Ament lo miró con una frialdad capaz de congelar el agua.

No soy un asesino a sueldo y ciertamente no me importa que te estés arruinando. Hiciste un trato conmigo y yo he cumplido mi parte. Si mi parte no te satisface debiste pensarlo antes de cerrar el trato. Pero está bien, pensé que eras un hombre de honor y palabra y me equivoqué. Descuida, no volveremos a sufrir tú y yo de tratos infructuosos. Ni de tratos en general. — Ament se levantó, se giró y se dirigió a la puerta. — ¡Alto ahí! Tú no te vas de aquí hasta que yo lo diga. ¿No eres un asesino, dices? ¿Acaso tampoco una persona? Por culpa de esa Dicai han muerto decenas si no cientos de inocentes, y otros tantos son obligados a matar a sus compatriotas por la magia de esa bruja. ¿Acaso no es desdeñable eso, y poco honorable? Te estoy dando a elegir el mal menor. La muerte de una persona puede salvar una ciudad. Elige, Ament. — dijo, y se miraron a los ojos.

El mal es el mal. El tamaño es irrelevante y las fronteras son demasiado convenientes para aquellos que obligan a elegir. Si me das a elegir entre un mal y otro, Bulke, te diré que elijas tú el mal que te dé la gana porque yo no lo haré. Gracias. Y adiós, porque no creo que nos volvamos a ver. — Ament abandonó el ayuntamiento enfurecido y empobrecido, y se puso en marcha hacia la posada cuando recordó lo sucedido. Caminó sobre sus pasos en dirección al mercado, pero por el camino se encontró con Bori y Serielye. Serielye llevaba su armadura de cuero y sedas verdes, su arco compuesto a la espalda junto a su carcaj y una espada de una mano pendiendo en el cinturón. En su rostro estaba un gesto decidido. A su lado caminaba Bori, con su armadura de placas y cota de mallas tintineando a cada paso, resonando el choque del metal contra el metal. A la espalda llevaba un escudo de roble y una espada que Ament rápidamente reconoció: Ngwaw a Draugh, la espada bastarda élfica. Ambos se acercaron a él. — Qué bueno verte en pie, amigo. ¿Ya has terminado tus negocios con el corregidor? — preguntó el enano risueño. Ament asintió con pesadumbrez. — Desafortunadamente. ¿Y vosotros? ¿Cómo por aquí? — Fue Bori quien le contestó — También tenemos que ganarnos el pan. Formaremos parte del plan para hacer que los no-muertos se retiren de nuevo al barrio pesquero. — Ament los miró preocupado, a sabiendas de las cosas horribles que les esperaban de manos de Dicai de Osine. Pero la elfa se adelantó a las preocupaciones. — Y esperamos hacer un mejor trabajo que tú. Ahora, tenemos que ir Bori. Seguro que Ament tendrá ganas de abandonar la ciudad cuanto antes, ahora que le han pagado. — No me han pagado pero no es por eso por lo que no quiero irme, pensó Ament. Ament cerró los ojos. — Dejadme ir con vosotros. Conozco los peligros que os esperan allí y una espada más os será útil. — dijo finalmente, pero no parecía demasiado feliz con la proposición. Serielye dibujó un gesto contrariado, pero no se opuso; Bori puso gesto sorprendido, sonrió luego y con efusividad soltó una carcajada. — ¡Eso es! Como en los viejos tiempos. ¿Qué te ha hecho cambiar de parecer? — Ament apartó la mirada y confesó entre dientes. — He elegido el mal menor.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:45 pm

Capítulo IX

Todo era muy diferente siendo tres. Ament y Bori caminaban por delante mientras que Serielye los seguía dos pasos más atrás que ellos. El enano era una máquina de cortar con su espada larga élfica, blandiéndola sin dificultad a una mano y cercenando miembros de no-muerto a diestra y siniestra. Serielye no era muy letal con sus flechas, excepto aquellas que se clavaban en la cabeza de las criaturas, pero su precisión élfica y la potencia de su arco hacían que sus flechas abriesen agujeros en las guardias de las criaturas o previniesen a sus acompañantes de ser atacados por sorpresa. Bori, Serielye y Ament habían sido encargados de eliminar a todos los no-muertos cercanos al Templo del Dios de la Luz, incluidos los que pudieran estar dentro del edificio. Y lo estaban haciendo con eficacia. Cuando se veían rodeados creaban una formación en circular, siendo la elfa el eje central y el enano y el peliblanco orbitando a su alrededor para hacer retroceder a los enemigos con rápidos pero contundentes golpes de las espadas, mientras ella hacía caer a los que intentaban huir o los que estaban en la retaguardia. Se sincronizaban a la perfección. Bori y Serielye habían trabajado como un dúo desde el momento en que se conocieron en una misión que también incluía a Ament, pero a diferencia de éste que abandonó el equipo en cuanto dicha misión terminó ellos dos continuaron trabajando como socios ganando a su vez así mucha más fama. Ament, sin embargo, aplicaba su versatilidad en combate y su adaptabilidad para observar los patrones de ataque no solo de los enemigos sino también de sus aliados y amoldarse a las necesidades y carencias del equipo. Y eso solo hacía que si el tándem de la elfa y el enano ya era eficaz sumarle la espada del peliblanco solo hiciesen un equipo al que daba pavor enfrentarse.

Los no-muertos eran cada vez más escasos. Cuando al principio atacaban en oleadas incesantes, ahora era el equipo el que debía esforzarse en encontrar a sus enemigos. Optaron finalmente por comenzar a limpiar los interiores de los edificios, y se deshicieron de algunos en el interior de tabernas y posadas, sin embargo Bori propuso algo con lo que los demás rápidamente congeniaron, especialmente Ament. Había que ir al Templo del Dios de la Luz, pues seguramente allí estaría el centro neurálgico de la invasión de ese barrio en concreto. Se dirigieron raudos, esquivando los destrozos y obstáculos que se encontraban a su paso. El templo no estaba lejos, pero Ament tenía un mal presentimiento.

El exterior del templo recordaba a lo que había vivido Ament dos semanas antes. Fuera quien fuera el causante se había ensañado con la destrucción del edificio, y al ser exponencialmente más grande y ostentoso daba la impresión de que el daño causado era mayor. Bori no quiso esperar mucho tiempo y rápidamente tomó la vanguardia para lanzarse al interior. Y el interior era tan enorme como el exterior. Había decenas de bancos de rezo alineados uno tras otro en filas simétricas, todos ellos encarando un altar tras el cual habían unas escaleras ascendentes que llevaban a un pasillo abalconado, con barandillas desde las cuales se podía escuchar la misa desde detrás del altar. La pared opuesta a las barandillas eran unas vidrieras de colores que ocupaban de una punta a otra del pasillo y de las cuales se filtraban rayos de luz tintados de multicolor. A diferencia del templo que Ament vio antes, el interior de éste estaba inmaculado. Bori propuso continuar avanzando, y sus compañeros le siguieron los pasos. Hasta que oyeron un sonido. Bori apretó la empuñadura de Ngwaw a Draugh y Serielye aprestó una flecha en el arco. Ament reconoció el sonido.

De una de las puertas del pasillo abalconado salió Dicai de Osine, con el mismo traje y los mismos andares de dos semanas antes. Los cabellos mechados de hebras grises bailaban al son de un viento que corría desde la puerta abierta, y su rostro no parecía contrariado por la visita. Ament se encontró a sí mismo en la retaguardia de la formación. — Bienvenidos. Disculpad que no tenga nada que ofreceros, pero… ¿Qué puedo hacer por vosotros? ¡Oh, querido! — dijo al fijarse en Ament. A éste le entró un escalofrío. — ¿He de suponer que tu visita aquí me trae buenas nuevas? — Ament apretó los dientes y avanzó. — Me temo que no, Dicai. Vengo a parlamentar contigo. — Dicai dibujó una sonrisa malvada en el rostro, y chasqueó los dedos. De las sombras de la escaleras salieron dos hombres que el trío rápidamente reconoció. Y diríamos hombres aunque apenas lo parecieran, o lo fueran.

El primero era un mastodonte enorme con un espadón clavado en el pecho y cuatro flechas. Y tenía un agujero de espada en la cabeza. Ament reconoció a aquél hombre como Geoffry. El otro portaba una imponente armadura negra y era sólo un poco más bajo que su acompañante. No llevaba yelmo y eso permitía ver una profunda herida de espada en el rostro que parecía haber estado a punto de partirlo en dos. Se trataba de Vincent Hauley, su hermano. Ament tragó saliva al ver a ambos convertidos en no muertos y tragó saliva al pensar en enfrentarse a ambos simultáneamente. Pero entonces Dicai habló. — Geoffry, Vincent, haced el favor de entretener al señor enano y a la señorita mientras Ament y yo hablamos de unos asuntos de importancia. — dijo sonriéndose maquiavélicamente. Los enormes bigardos corrieron hacia Bori y Serielye.

Serielye se enfrentó a Geoffry y esquivó acrobáticamente un puñetazo dirigido hacia ella por parte de la enorme criatura. La rapidez de sus puños era impensable para un ser de aquel tamaño, pero la elfa era ágil a la par que elegante en sus movimientos y esquivaba cada embestida sin demasiada complicación. El arco ya pendía de su espalda cuando desenfundó la espada de su cinto. El filo cortó la carne del antebrazo cuando el bigardo quiso alcanzarla con un derechazo que ella esquivó, pero no pareció tener demasiado efecto. Los tajos superficiales no serían suficiente. Saltó hacia atrás y colocó la espada por delante de su cuerpo, en guardia.

Bori se enfrentaba brutalmente a su contrincante, en un choque de acorazados. Las espadas chocaban contra los escudos, armaduras y entre ellas resonando metálicamente.  La furia de sus antepasados brillaba en el rostro contraído de Bori, que manejaba su espada con ligereza y contundencia. Su contrincante de ojos vidriosos y muertos no cambiaba el gesto pero movía su arma con una fuerza sobrehumana. Apenas avanzaban o retrocedían unos pasos alternándose, pero los impactos de sus armas parecían hacer temblar el aire a su alrededor.

No veo que traigas la cabeza de Baldeemord contigo. ¿Deduzco pues que vienes a por la mía? — Ament agachó la mirada un instante, pero la volvió a alzar con convicción. — No, Dicai. Vengo a pedirte que te detengas. No me importa que tomes la vida del hombre que te perjudicó, pero no metas en tu venganza a más vidas inocentes. Si Baldeemord muere hoy aquí significaría la guerra. Por favor, Dicai. — aunque las palabras del peliblanco sonaban sinceras, una grotesca sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer. Y no era de alegría. — ¿Te preocupan las consecuencias? ¿Te preocupa la vida de inocentes? ¿¡Y la vida de los inocentes que tomó ese hombre!? — Dicai perdió el juicio. Gritó con una voz estridente y la mano que extendió como un látigo se iluminó. Los dedos chisporrotearon y la luz de las centellas atravesaron la distancia en un par de segundos. Impactaron en Perdición de Demonios, electrocutaron al que la empuñaba, salió despedido en un estallido y chocó contra unos bancos de madera que se desmoronaron bajo su peso.

Serielye corrió, rebotó contra una columna se giró en el aire y hundió la espada hasta la empuñadura en la cabeza de su contrincante, que cayó de espaldas y ella sobre él. Levantó la cabeza y vio a Bori aun batiéndose en duelo contra su contrincante. Giró la cabeza y vio la espada de Ament, brillando en incandescente y humeante rojo y a él tumbado a unos pasos de ella. Vio a la mujer, a la enemiga, descendiendo las escaleras con un gesto frío y un relámpago en la mano. Serielye dejó caer la espada, agarró el arco y aprestó una flecha. Rápidamente voló, pero un chispazo la desvió y se incrustó en una pared.

El relámpago cruzó la distancia, y Serielye lo esquivó. No lo esquivó porque lo viera. De hecho se movió incluso antes de que fuese lanzado, porque si no, era imposible de esquivar. Rodó en una voltereta y al instante preparó otra flecha. La soltó sin apuntar y de nuevo erró el tiro pues una chispa la desvió. — Una elfa.  Me pregunto qué tipo de grito soltarás… ¡Ahora! — el rayo que salió de ambas manos unidas de la bruja era mucho más grande y rápido. Serielye no lo pudo esquivar. Le golpeó en una pierna y la corriente se extendió por todo su cuerpo. La hizo convulsionar, gritar de forma ahogada. Sentía como todo su cuerpo ardía bajo un fuego lento y concienzudo. Cuando cayó al suelo no veía, no sentía. Estaba entumecida hasta el cerebro. Solo sentía el olor a carne quemada. Y una risa. Aguda, horrible, cruel. Y lágrimas.

Resulta que todos gritan con la misma agonía, no importa la raza. — Dicai estaba al lado del cuerpo de Serielye, que olía a piel quemada y humeante. Aun convulsionaba. En la mano de la hechicera volvieron a formarse rayos de luz chisporroteantes. Escuchó un rugido, se giró y viendo al pequeño acorazado corriendo hacia ella. Bori, el enano, había logrado cortar un brazo al espadachín no muerto y ahora corría hacia la bruja con el rojo enrojecido y los ojos desorbitados. Giró desde la cadera y lanzó los rayos hacia Bori, que instintivamente colocó el acero élfico entre el proyectil y él. Lo que debería haber pasado según Dicai es que tal y como con Ament, los rayos deberían haber impactado en la hoja volviéndola incandescente y la electricidad debería haber corrido a través de la pequeña mole de acero. Pero no sucedió así. Como si los absorbiese, los rayos de Dicai se quedaron en la hoja chisporroteando para lentamente desaparecer. Esto pareció sorprender al enano tanto como a ella, pero no se detuvo.

Lanzó un corte horizontal que Dicai solo esquivó por reflejos puros. Volvió a conjurar los rayos en su mano mientras retrocedía ansiosa ante el cada vez más cercano filo. Dejó llevar los rayos que fueron absorbidos por la espada élfica como si se tratase de un pararrayos. Maldijo, pero el enano estaba en un trance que no le dejaba ver ni oír más que el grito agonizante de Dicai. La bruja, mientras tanto, esquivó un tajo y extrajo un estilete fino y afilado. Fue inútil, pues el enano atacaba demasiado rápido y con demasiado rango como para poder acercarse. La hechicera estaba perdida.

Si no fuese porque el enano sólo pensaba en ella. Las particularidades de los no muertos es que no pueden morir por amputación o pérdida de sangre. Y Vincent, a espalda del enano, era la prueba de ello. Desde su espalda lanzó un tajo al enano que lo desequilibró. Dicai entonces hundió el estilete en el cuello del barbudo hasta la empuñadura. Bori barbotó sangre, tosió, y en sus últimas fuerzas lanzó un tajo que decapitó a Vincent. Lo hizo con tanta fuerza que la espada salió volando a la lejanía, chocando con los bancos de madera. Dio unos pasos, tambaleándose con un cervatillo herido y cayó al suelo, formando un charco de sangre bajo él. Se quedó inmóvil, justo como Vincent. Dicai por fin respiró tranquila. Volvió a dejar el estilete enfundado en la caña de la bota.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:52 pm

Capítulo X

Ascendió lentamente las escaleras, tambaleándose. Había convocado demasiada esencia en demasiado poco tiempo, y eso hacía mella en sus fuerzas. Lo que no sabía Dicai es que el destino siempre paga sus deudas, y además mediante el uso de la más refinada ironía. Habiendo abatido al enano gracias a un ataque a traición, demasiado pronto se sintió segura. No oyó los pasos. A su espalda apareció una sombra. Una sombra grande, de rasgos alargados. Una sombra de ojos brillantes como estrellas y cabellos blancos como la nieve. Una sombra con una espada muy afilada entre sus manos.

Dicai no lo esperó. La muerte la alcanzó tan rápido y de improviso que solo pudo caer al suelo, mirando hacia el techo y buscando con los ojos a la figura que estaba frente a ella. El filo de los escalones se clavaban en su espalda, pero ella no sentía dolor. Se llevó una mano a la boca del estómago y se le empapó de sangre. Volvió a mirar en el espectro. Dicai se sintió tan frustrada por morir antes que aquél hombre que lágrimas de amargura se derramaron por sus mejillas. Miró al espectro. No comprendía por qué en aquel rostro de gesto adusto había más derrota que victoria. Por qué en aquellos ojos que se tintaban de gris no había una luz victoriosa. Eso la frustró todavía más. La máscara de belleza innatural de aquella mujer se empezó a disipar, y debajo solo había un amasijo de carne sin orejas y sin nariz, con el rostro lleno de cicatrices de quemaduras. El rostro de la dama. En su último hálito, quizás, aquella mujer entendió por qué no veía victoria en aquel rostro.

Ament empuñaba en su diestra a Perdición de Demonios. Con ella había matado a Dicai de Osine y había prevenido el renacimiento de una guerra. Había prevenido que los no-muertos asesinasen a todos y cada uno de los civiles de Erenmios. Había elegido y obrado por el bien mayor, se dijo. Se mintió, y supo que lo había hecho. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro. Había obrado por el mal menor. Y sabía como vinagre descendiendo por su garganta. Pero no tuvo tiempo de lamentarse quejumbroso. El sonido de pasos metálicos se oyó a su espalda, provenientes de la puerta principal.

Parece que has obrado en pos de tu justicia, guerrero. — el hombre que aparecía iba embutido en una armadura plateada, su yelmo decorado con las alas de un ave rapaz. En su pecho una sobreveste con el símbolo de la hermandad de plata. La mirada tras el visor era justa y recta. Y la conocía. Ament tembló por dentro con furia. — Déjame presentarme esta vez como es debido. Mi nombre real es Nichelett Ventusbarg fon Dysley, Hermano Mayor de la Orden de la Espada de Plata. Mis hermanos me suelen llamar Niche. Llámame Nichelett. — Ament apretó los dientes. La confusión solo lo cegaba más. — Sí, estuve en un momento aliado con Dicai de Osine para asesinar a Baldeemord Satrelo por sus atentados contra la humanidad. Para traer justicia al mundo. Y por eso te liberé, porque podías ser un poderoso aliado. Pero por lo que veo has decidido ser una amenaza. Lo siento de veras. Habría preferido que todo fuese… — los ojos de paladín tras el visor miraron aquel cuerpo quemado. — … diferente. Pero has hecho mucho daño a mi causa, lobo. Lo siento. — lentamente Nichelett desenfundó una espada que llevaba al cinto. Una espada de dos manos gloriosa.


A pesar de su armadura, Nichelett demostró ser un esgrimista rápido. En apenas unos segundos se enzarzaron en un duelo que ponía al límite los reflejos de ambos. Nichelett demostraba una fuerza pura desorbitante, permitiéndole empuñar el espadón con ambas manos con ligereza y velocidad. Cada ataque lanzado por el paladín debía ser esquivado incluso antes de ser lanzado. El cazador de demonios sin embargo demostraba que sus reflejos alcanzaban los límites de lo posible, esquivando y contraatacando con destreza y precisión. Las vigas parecían temblar ante el choque, pues ambos ponían todo lo que tenían en el asador. La bastarda y el espadón chocaban con furia, haciendo que el metal rechinase en un eco metálico que inundaba la capilla.

Nichelett se sobrepuso en la pelea, avasallando al peliblanco con pura fuerza bruta. Lo golpeó con el puño enguantado y lo obligó a retroceder, aprovechando el instante para lanzar un tajo descendente. Ament contrapuso el ataque defendiéndose con el plano de la espada sobre su cabeza, pero la magnitud del golpe le obligó a hincar la rodilla. Se dio cuenta entonces que desde el primer momento se había visto obligado a retroceder. El paladín vio su oportunidad de dar fin al duelo al ver a su contrincante arrodillado, pero falló al no prever que su agilidad no disminuía estando en el suelo. El cazador de demonios giró en el suelo, se retorció y se levantó a unos pasos de su contrincante. Ambos se miraron y de sus ojos parecía salir un fulgor arcano.

Las espadas chocaron de nuevo. El acero restalló dolorosamente. Las embestidas cada vez eran más rápidas y furiosas. Ambos sudaban, ambos maldecían para sus adentros. Ambos eran la antítesis del otro. El de la armadura lanzó un amplio tajo que su contrincante esquivó acertadamente. El peloblanco lanzó una estocada que inocuamente se deslizó por la armadura plateada. Ambos retrocedieron, se midieron en la distancia. Nichelett sonreía arrogante. Ament no, él tenía el rostro serio y adusto. Frío. Nichelett acrecentó la sonrisa y continuó con sus ataques.

Ament notaba que cada vez los golpes del paladín pesaban más. Eran más duros, más difíciles de bloquear. Notaba que cada vez estaba retrocediendo con más facilidad ante él. Notaba que no estaba al cien por cien. Hizo un quiebro, giró en un molinete la espada por encima de la cabeza y tajó en el costillar de Nichelett, rebotando sin efecto contra la armadura. Apretó los labios y recibió un golpe en el rostro por parte de la empuñadura del arma de Nichelett. Retrocedió, se secó la sangre de una brecha en su ceja. Miró con severidad a su enemigo. — Si esto fuese un duelo a primera sangre habrías perdido. Pero no lo es. — Nichelett se sonrió, magnánimo. Ament habló con un tono de voz árido. — Niche, matarte me resultará mucho más satisfactorio que a Dicai.

Ament giró sobre si mismo para esquivar la hoja enemiga, se impulsó con la inercia del movimiento para dar en el casco de Nichelett que sintió el golpe como si le hubieran dado con una cachiporra. Intentó retroceder, pero una mano se aferró a su yelmo, le cegó. Recibió un impacto en el acero de su casco por parte del pomo en forma de lobo. Cayó de espaldas, y Ament encima de él. Le dio otro puñetazo, obligando a las cinchas de cuero a ceder. Pero Nichelett replicó, y su guante de acero golpeó el rostro de Ament, haciéndole rodar por los suelos. Pero el peloblanco se puso de pie antes y amagó con decapitar a su enemigo.

Niche dijo algo en un lenguaje incomprensible. Una luz negra como la noche estalló entre ambos, mandando a Ament despedido unos metros. Cayó y rodó, y sintió como si un cañón hubiese golpeado su pecho. Intentó ponerse en pie, pero dolía. Nichelett lo hizo, estaba de pie. Y de su hoja salía una bruma negra como los dominios de la misma parca. Una bruma anormal, una bruma arcana y de otro mundo. Nichelett parecía satisfecho. — Pocas veces me habían obligado a usar el poder de la espada del Rey Brujo para salvar mi vida. Congratulaciones lobo. Y mi más sincero pésame. Descansa en paz, hermano. — Ament reaccionó a aquel tajo desproporcionalmente rápido bloqueando la hoja, que era más pesada que nunca. De pronto sintió un frío que le caló hasta el tuétano. No un frío como al que se había acostumbrado Aradna, rejuvenecedor y vigorizante, si no un frío como… La muerte. La bruma negra estalló de nuevo y el peliblanco se vio obligado a retroceder de nuevo.

A cada impacto era lo mismo. Ament cada vez estaba más magullado, adolorido. Al final no se tenía en pie. Al final estaba de rodillas tosiendo sangre. Al final estaba derrotado frente a él. Nichelett lo miró con condescendencia. La mirada de Ament era demasiado orgullosa para lo nublada que estaba. — Hay algo que no entiendo… — murmuró Ament con el sabor a hierro en la boca. Nichelett le concedió las últimas palabras. Lo miró como preguntándole a qué se refería. — Tú… A Serielye… ¿Por qué la muerte de Baldeemord aquí y ahora es tan importante como para… Sacrificar tanto…? — Nichelett turbó su gesto, pero aceptó solventar las dudas de un condenado a muerte. — Por supervivencia. La de mis hermanos, y de los hermanos que están por llegar. Tirian Le Rain se nutre de la Orden. La orden de caballeros vive gracias a la guerra. Y sin ella, Tirian Le Rain se muere. En unos siglos no quedará más que miseria allí. A menos que Baldeemord muera aquí y Malik Thalish tome acciones. Entonces Tirian Le Rain acudirá en ayuda de Erenmios, con todo lo que ello conlleva. Nuestra pervivencia, Ament. Poder perdurar en la historia. — Ament cerró los ojos. Estaba agotado de una forma muy profunda. — No me importa romper las normas de la hermandad. No me importa ser un paria. Pero la Orden perdurará, lobo. — Nichelett alzó el mandoble de penumbras. Ament seguía con los ojos cerrados.

Baldeemord había matado a Blaidd, su madre. Había matado a Jerome, su padre. Había querido matarlo a él. Mandó torturar de una forma inhumana a una mujer culpada de ser bruja. Esa mujer había querido destruir una ciudad entera y miles de vidas humanas para vengarse de su verdugo. Niche se había convertido en un villano para asegurarse el bienestar de los suyos, aun a costa de la muerte de cientos de personas. Ament había asesinado a Dicai de Osine para evitar una guerra. Todos habían elegido el mal menor. Todos habían elegido aquello que era mejor para quien querían beneficiar… — Ah… Estoy tan cansado… — murmuró.

Cuando Nichelett dejó caer el mandoble, Ament no estaba ya allí. Se había movido tan rápido como su cuerpo podía alcanzar. Sus movimientos recordaron a Serielye, pensó Nichelett. Aquella agilidad no era propia de humanos. El rostro del peliblanco había cambiado, ya no estaba turbado. Parecía triste, sí, pero no estaba ceñudo ni aproblemado. Parecía haber llegado a una conclusión. Y eso era un arma mucho más poderosa que el espadón de tinieblas de Nichelett, pero de eso se dio cuenta tarde.

Nichelett había avasallado a Ament con su fuerza bruta, pero ahora era avasallado él por una ráfaga de ataques rápidos y ágiles, que venían con velocidad de todas direcciones llevando al límite la velocidad que aquella espada podía alcanzar. El peliblanco giraba y hacía quiebros y piruetas, giraba su espada en molinetes para cambiar su trayectoria sin perder la inercia e inclusive cambiaba de mano entre ataque y ataque con una destreza increíble. Los sombras estallaban pero ese rechazo solo hacía que aumentase la energía cinética del próximo tajo, que golpeaba tan duro como podía.

La espada de Ament finalmente se coló como una víbora entre los brazos de Nichelett, y con un rápido y medido movimiento lo desarmó. El siguiente paso no esperó a la reacción de Nichelett y sin saber cómo sintió un doloroso pinchazo en la cara posterior de la rodilla. Esta vez él estaba de rodillas. Ament empuñó el espadón de tinieblas en su zurda, pero la oscuridad se disipó ante el agarre de alguien ajeno a su propietario. Hizo una cruz con ambas espadas y acercó la convergencia al cuello de Nichelett. Él lo miró con el rostro desencajado. — ¿Lo vas a hacer…? — la voz de Nichelett era pequeña e insegura.

Lo siento… Pero si el destino me obliga a escoger el mal menor, entonces el destino es mi enemigo. — Respondió el peliblanco. Su voz sonó como la de un juez y un verdugo.
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