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El Mal Menor

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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 9:59 pm

Capítulo XI



La tranquilidad de aquella noche estaba siendo perturbada por una fuerte tormenta. La lluvia y los relámpagos irrumpían en el silencio de la madrugada, las nubes negras tapaban la luna y las estrellas haciendo que la oscuridad fuese ominosa. No había un alma en las calles a aquellas horas. Excepto una. Las luces de las casas ya estaban apagadas, la gente hacía horas que dormían, y ninguna ventana demostraba que hubiese vida tras ella. Excepto una.

Mona no podía dormir. Ni Ament, ni Serielye ni Bori habían vuelto aun. Hacía horas que se habían ido, y la preocupación era una zozobra que no podía quitarse de encima. Sentaba en camisón en una silla mirando la oscuridad al otro lado de la ventana solo podía pasar el tiempo contando los segundos y los minutos. Sentía un frío profundo en sus brazos desnudos, aun estando la chimenea encendida en el comedor. Era un frío distinto. Un frío que atacaba a sus sensibilidades y a sus miedos. Mona rezaba a los Dioses humanos y élficos, pronunciaba todos los rituales de buen augurio que conocía. Pero en el fondo, una voz pequeña y cruel le hacía saber que no era suficiente.

Oyó un golpe seco en la puerta. Se puso de pie de un salto. Oyó tres golpes más. Por un momento en su repertorio de acciones no supo cual escoger. Cuando oyó el quinto golpe se decidió y abrió la puerta. Y lo que vio la desarmó. Le quitó el aire y las esperanzas, los ánimos, la felicidad. Vio a un hombre encorvado, de cabellos blancos, jadeando con un hálito blanco en la boca, con los cabellos empapados pegándose en su rostro envejecido y ensombrecido. Con dos espadas a la espalda y en el cinturón a Ngwaw a Draugh. Parecía que la lluvia había licuado la sangre de sus ropas. — ¿Puedo pasar…? — preguntó la voz de aquél hombre.

¿Qué ha pasado, Ament…? — preguntó desolada aun sin saber la respuesta. El hombre de pelo blanco dejaba un rastro de lluvia a sus pasos. Él la miró, y no encontró calidez en los ojos de aquel hombre. — Serielye y Bori no van a volver. Mona… — el hombre sacó algo de su bolsillo y lo puso en las manos de ella. Las manos del hombre estaban frías como un bloque de hielo. — Toma esto y vete de Erenmios. Ve a Phonterek. — Mona bajó la mirada y vio una moneda de hierro con un símbolo acuñado en ella. Una espada con alas. — ¿Qué es? — Ament la volvió a mirar y Mona seguía estremeciéndose ante esos ojos. — Enséñalo en cualquier taberna. Si no consigues una respuesta a la primera sigue intentándolo. Te guiarán hasta un reducto de Los Bravos. Son solo unos pocos mercenarios, pero te ayudarán a iniciar una nueva vida si dices que vas de mi parte. Huye de Erenmios, Mona. — Mona tenía los ojos aguados. No comprendía que estaba ocurriendo. Pero aquellos ojos no permitían dudas ni preguntas. — ¿Qué ha pasado, Ament…? ¿Qué les ha pasado…? ¿Qué… vas a hacer…? — Ament comenzó a andar de vuelta hacia la puerta. Dejó a Ngwaw a Draugh sobre la mesa.— Voy a no escoger el mal mayor ni el mal menor, Mona. Si te preguntan, diles que vine de noche aquí a por mis cosas. Diles que no te expliqué nada. Diles que huí de la ciudad. — y se fue.

Cabalgó como un espectro de la noche a través de las calles, rompiendo los charcos y empapándose de las lágrimas de los cielos. Un espectro de negro y blanco, una sombra similar a los jinetes oscuros que se contaban en los cuentos de la antigüedad, sirvientes del mal y el caos. Otros cuentos los llamaban servidores del ciclo de la muerte y la vida, buscando servir al bien y el orden. ¿A quién servía aquel jinete sombrío? Oh… En aquel momento se servía sólo a sí mismo. En aquel momento no era Ament Fordye de Cahyrst. En aquel momento no era Gwyn el Lobo Blanco, capitán de los Bravos. En aquel momento era un servidor de la justicia. De una justicia que no servía ni al bien ni al mal, ni a la luz ni a la oscuridad. Una justicia cruel.

Baldeemord Satrelo no podía dormir en muchas ocasiones, y aquella era una de ellas. Miraba el torrente caer al otro lado de la ventana de la residencia que le habían cedido durante su estadía en Erenmios, en la propia casa del corregidor. Miraba la lluvia con un aire melancólico, vestido en sedas blancas y doradas. Sus ojos estaban vidriosos.


¿Me vendrás a ver esta noche también, viejo amigo? — Susurró el anciano, con una profunda voz cansada. Giró el rostro a la oscuridad de sus aposentos. — Ahí estás… Suponía que esta noche tampoco te retrasarías… — el anciano caminó hacia las tinieblas, vislumbró las dos sillas que había predispuesto una frente a la otra. Una estaba vacía, la otra la ocupó él. Miró hacia la silla vacía con mirada perdida. — Ponte cómodo… ¿Cómo…? ¿Esta noche será más corta de lo habitual, dices…? — el rostro del anciano parecía cansado hasta para demostrar la confusión. Y también para preguntar por qué. — Ah… Esta agonía me consume, viejo amigo… Siento que mis pulmones se hacen cada vez más pequeños… — el anciano de pronto sonrió con amargura, como si hubiese oído un comentario mordaz. — Sí… Si no hubiese habido guardias en aquel momento habría sido perfecto… Todo habría acabado como debe ser… La justicia se habría llevado a cabo… — alzó la mirada al techo unos instantes y la devolvió a la silla vacía. — Supongo que Dios no quiere concederme ni ese último deseo… — por un momento los ojos ancianos brillaron acuosos. Pero rápidamente fue retirado de sus cábalas por algo que solo podía oír él. — ¿Cómo…? ¿Cómo que ya te vas…? – Satrelo se puso en pie como imitando a alguien que no estaba allí, y siguió con la mirada la oscuridad que le rodeaba. — No comprendo lo que dices… ¿Otra visita…? ¿Quién…? — pero pareció ser obligado a callar. Bajó la cabeza. — Está bien, no te entretengo… Hasta mañana, Jerome…  

La puerta de la habitación crujió abriéndose. Del otro lado apareció un espectro empapado de lluvia. El anciano, ahora de nuevo sentado sonrió plácidamente al verlo. Vio la figura de cabellos lacios y blancos entrar en la estancia y mirarlo fijamente a los ojos por unos segundos. — Siéntate, por favor… Te llevo días esperando… — dijo el anciano, y la figura se adentró en la luz de las ventanas pero no se sentó. El anciano lo vio tan alto y voluminoso como las sombras de pesadilla que tenía de niño. — Ha llegado el momento de que te vengues como justamente es merecido. Por la muerte de tu padre. — dijo, cerrando los ojos. Pero cuando los segundos pasaron en silencio, los abrió de nuevo. Miró al espectro. Sus ojos azules eran casi blancos, y su mirada era inescrutable. No era el hombre consumido por la venganza que intentó apuñalarle con un estilete. Era un verdugo frío y cruel. Y aquello le hizo correr un escalofrío por la columna.

No quiero vengarme. Pero voy a servir justicia. Justicia para Blaidd, la mujer que solo asesinaste por su origen, el color de sus cabellos y tus sentimientos personales hacia el padre de su hijo. Justicia para Jerome Fordye, cuyo único pecado fue traerme al mundo. Justicia para Dicai de Osine, que murió antes de conseguir vengarse de ti. Justicia para Nichelett Ventusbarg fon Dysley, que murió intentando que su gente perdurase. — en la mirada del anciano apareció descontento. — ¿Justicia…? ¿Justicia? Estaba dispuesto a aceptar la venganza, incluso la justicia por lo que le hice a tu padre… Pero, ¿justicia para esa gente…? ¿Y será justo los que mueran por culpa de este acto…? — el gesto de Ament no cambió. — No voy a elegir un mal menor. Si me veo obligado a elegir, elegiré aquello que mi honor me guíe. Elegiré aquello que no me convierta en un héroe ni en un villano. Hoy he asesinado a aquella que pasará a la historia como la villana que intentó destruir Erenmios. Y hoy asesinaré a un alto cargo eclesiástico. No soy un héroe ni un villano. — Ament lentamente desenfundó la espada, empuñándola con ambas manos.

Satrelo aceptó la muerte estoicamente, sentado en la silla. No pataleó, y aun frío y con el filo atravesándole el pecho, no cayó de la silla y murió plácidamente con los ojos cerrados. El espectro verdugo alzó de nuevo la espada y pronunció unas palabras.

Requiescat in pace.
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Re: El Mal Menor

Mensaje por Ament Fordye el Miér Jun 18, 2014 10:11 pm

Capítulo XII

Temed, temed, temed al justiciero que cabalga por las noches.
Temedle porque no soporta la injusticia, y su sombra es larga y oscura.
Temedle porque si os portáis mal os atrapará.
Y entonces veréis,
veréis su sonrisa desdentada,
sus ojos como los de una víbora,
su espada que rezuma maldad,
y os atrapará para llevaros sin miedo a la crueldad.
Canción de cuna popular de Erenmios.

Aquella mañana los jinetes Erenmienses seguían yendo y viniendo con normalidad. Los carros de mercancías seguían deteniéndose para pagar los aranceles y los cabos seguían exasperándose ante un intento de regateo tras otro. El cabo primero que había sido ascendido ante su valiente actuación durante la evacuación sentía una agridulce sensación al volver a la rutina, aunque aun por las tardes ayudaba a la reparación de los desperfectos. Aquella mañana había sido tan tranquila como de costumbre, solo rompiéndose la más estricta de las rutinas ante la llegada de un diplomático Imperial.

Según había oído el señor cabo primero por parte del don corregidor Bulke el asesinato de mosneñor Satrelo y lo acaecido con los nigromantes se cerró satisfactoriamente. Al parecer, por lo que opinaba el corregidor, Satrelo hacía muchos años que actuaba más como civil que como representante inquisitorial y por ello no estaban especialmente apurados en la investigación acerca de lo acontecido. Aquello era una gran fortuna para Bulke, que sin embargo todavía sabía que la ciudad estaba muy vulnerable ante el ataque de Malik Thalish, ahora que se hallaba tan débil.

Lo que no se había filtrado al público y ni siquiera el señor cabo primero sabía es que el verdadero asesino de Baldeemord Satrelo no lo había hecho por política. No era un enemigo del Imperio, de Erenmios ni de Malik Thalish. No era un conspirador ni un zhakheshiano terrorista. No era nadie más que quien era. Y aunque la historia terminó filtrándose al mundo, y los bardos cantaron sus canciones, los niños escucharon sus cuentos y los borrachos bramaron sus habladurías, nunca dejó de serlo. Era solo un jinete, un jinete con una espada a la espalda. Un jinete montando un caballo moro. Un jinete con los cabellos blancos y la mirada ensombrecida por ojeras tapadas por una capa negra y raída.

Y el jinete aquél ya estaba muy lejos con sus dos espadas y su caballo. Como un paria escapó de la ciudad, porque no pudo ni quiso elegir entre ser un héroe o un villano en los cuentos para niños, en las habladurías de pueblo o en los cantos de bardos. Y sin saberlo lo fue, porque sin saberlo se convirtió en un héroe. Quizá no un héroe que Erenmios hubiese elegido, quizás no un héroe que Erenmios mereciese, pero se comportó como el héroe que la ciudad necesitó en aquel momento. Y huyó de ella como un prófugo, porque también se convirtió en un villano, porque asesinó a un anciano en su lecho. Y fue el villano que Erenmios necesitaba. Porque cargó el peso de ser un héroe y un villano a su espalda, y con ello las culpas y las miradas, y las persecuciones. Y se lo llevó todo ello lejos de donde pudiese hacer daño a alguien. Porque aquella fue su elección.

Eligió el bien mayor por encima del suyo propio.

FIN

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