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El enigma de Vanatolia. H8SDUFN
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El enigma de Vanatolia.

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Mensaje por Arcadia Samaras el Vie Ago 01, 2014 3:15 pm


Hacía tiempo que las nubes habían cubierto el cielo antes despejado para oscurecerlo y dar paso a una tormenta sin precedentes; una con tanta fuerza que había arrastrado el navío hacia tierras desconocidas, tan alejadas como para quedar fuera del potentado del Sacro Imperio y como para obligar al Almirante Lanterion Samaras a dejar a un lado su misión hasta ser capaz de reparar los daños.

Había garabateado con precisión ciertos datos en el cuaderno del navegante para cuando la repentina tempestad les sorprendió en las profundidades del océano, envolviéndoles en poderosas olas azuzadas por las galernas furibundas de los confines del mundo. La tripulación había dado la voz de alarma, el contramaestre había corrido a avisar a su capitán, y todos ellos, sin excepción, se habían aprestado a sobrevivir las inclemencias del tiempo pretendiendo que, quizás, la mala suerte prosiguiera de largo y no les apartara de su camino.

Las velas se habían roto; el mástil había cedido por la fuerza de lo más parecido a un ciclón que Lanterion había visto en mucho tiempo. Si era sorprendente la prontitud con que aquella tormenta había hecho acto de presencia aún lo fue más su potencia, y pese a que ellos eran todos curtidos lobos de mar, echados al océano como si los hubiese parido, ninguno pudo hacer nada más que rezar por que la corriente no se les llevara. Sucesos así eran habituales en ultramar, pero las leyendas se habían congregado en su vasta mayoría en torno a aquella zona todavía inexplorada. Se había dicho que los barcos que echaran a navegar por las aguas malditas acabarían desapareciendo, que los naufragios eran auspiciados por una mano negra en algún recóndito lugar del extraño archipiélago, y que los supervivientes, todos ellos sin excepción, se convertían en bestias que jamás volvían a recordar lo que alguna vez fueron.

Muchos habían pretendido acabar con la amenaza, descubrir si el rumor era cierto o si por el contrario era una burda falacia. Algunos aristócratas habían adoptado la condición de mecenas de muchos capitanes, movidos por su curiosidad, e incluso instituciones públicas habían intercedido en el asunto. Un febril furor se había apoderado de la población, y en las casas de apuestas habían aparecido jugadores que arriesgaron su dinero por los bravos marineros que aceptaron el reto. No obstante, lo cierto fue que conforme más intensas y habituales eran las tentativas de descubrir aquellas aguas desconocidas mayores fueron los desastres y las desapariciones, hasta que nadie quiso continuar con aquello y el asunto se convirtió, silenciosamente, en un tabú innombrable. Todos habían anhelado la fama, algunos se aprovecharon de ello. No tardaron en surgir los oportunistas y los mentirosos, farsantes que se achacaban logros inmerecidos, pero la pérdida había hecho mella en los corazones de las personas y pronto también aquellos fueron olvidados. Se creyó que era conveniente dejar ciertos enigmas sin resolver, que lo que quiera que guardasen las Islas de Vanatolia nunca debía de ser desvelado. Todos volvieron la cara hacia otros menesteres, problemas que también requerían soluciones y prontas, y entonces pasaron los años. Las guerras continuaron sucediéndose y el Imperio volvió todos sus efectivos hacia aquellas zonas conocidas que aún resistían sus envites. Siguieron pasando los años, las reyertas continuaron sucediéndose. La avaricia humana y otros oscuros propósitos movieron a ciertas personas a sacrificar vidas sin importar el costo total, y el Ejército pronto dirigió sus miras hacia el oeste, hacia las lejanas tierras por conquistar. Mandaron los más altos dignatarios en su dirección, para emplazar allí los primeros asentamientos mediante los cuales tantear el terreno, y otros tantos años pasaron hasta que el Imperio requirió la presencia de más hombres para dar paso a su política de agresión. Así fue que Lanterion Samaras recibió, una fría y despejada mañana, la noticia de que debía partir llevando consigo una compañía de tres navíos contando el suyo propio.

Aquellas gestas no le eran desconocidas, pues era ya un hombre maduro con una larga experiencia a sus espaldas. Era respetado y no solo por detentar títulos heredados y de cosecha propia, sino porque se trataba de un incansable siervo del Imperio del Dios Único y su devoción le había movido a convertirse en un sabueso que demostraba atacar de forma precisa y estudiada, sin perder la calma. Con el tiempo había alcanzado a dirigir la comandancia de buena parte de la Armada, hasta el punto de que la cúpula militar le había condecorado en más de una ocasión, y ahora era ya un reconocido almirante en la legión naval imperial. A él, por ejemplo, se debía la toma de Gardsan y Nethegar, así como la sufrida rendición de los rebeldes de la Bahía de Wydevin, sin contar con otras incursiones y contiendas en las que sumándose al imparable avance imperial había ayudado a anexionar más territorios por la égida imperial. Con el paso del tiempo se había casado, uniendo a su condado el de Amara de Lyria, pero no había dejado de lado sus obligaciones militares ni parecía tener intenciones de hacerlo. Tal vez se debía a que era ambicioso y anhelaba que su nombre perdurara en las mareas del tiempo, tal vez se debía a que no temía a la muerte y todo desafío era poco para él. Sus motivaciones eran oscuras, porque nadie las sabía a la perfección, pero una vez tomadas le impedían dar marcha atrás, de manera que a la mañana siguiente de la encomienda de tal empresa Lanterion había abandonado Sacralis comandando aquella pequeña flota en dirección a un lugar que ahora se le antojaba exquisito, la promesa de una aventura que algún día se contaría.

Eso era lo que había estado escribiendo, dejando que sus pensamientos abandonasen su mente antes de abandonarse al descanso en la noche cerrada. El viento había golpeado el navío con fiereza, un increíble barco de laboriosa manufactura que era el orgullo, junto a sus hermanos, de la Armada imperial. Se le llamaba el Titán Dorado, por su poderío y envergadura, reforzado su casco con el metal y el oro que destellaba ante el sol y evocaba la grandeza de las tierras del Emperador, así como por las guerras que había librado y su negativa a dejarse avasallar. Sin embargo, ni siquiera el legendario navío había soportado las reiteradas embestidas de unas olas enloquecidas y tan pronto como el mástil se partió en dos y tres hombres quedaron sepultados bajo su peso, el resto de la tripulación supo que estaban perdidos y que jamás llegarían a su destino.

Lanterion había bramado que recogieran las velas y se ataran a lo más cercano para resistir aquella locura, mientras él mismo hacía lo propio. La fuerza de la lluvia era tal que apenas sí veía un palmo más allá de sus narices y el suelo estaba tan resbaladizo que era un suicidio tratar de cruzar por cubierta. La mayoría se había guarecido dentro, aquellos que no habían sido necesarios para mantener la compostura del Titán. En la oscuridad de la noche los otros dos barcos comandados por sir Gene Sanbeorn y sir Anfred Thonylett habían desaparecido, y ni siquiera los eventuales rayos que iluminaron la opaca superficie marina de ultramar lograron arrojar un poco de luz sobre su paradero.

Fue terriblemente sufrido. En ciertos momentos Lanterion creyó que morirían, movidos por aquellas violentas olas que pugnaban una y otra vez por hundir aquella fortaleza. Todo su cuerpo se reveló contra sí mismo cuando el dolor le pudo y permanecer allí resultó un esfuerzo titánico, no solo por aguantar hasta que todo pasara, sino por ver cómo la naturaleza se llevaba sus aspiraciones y las arrojaba por la borda. El tiempo pasó verdaderamente lento, pausado, hasta que sus propios gritos se unieron a la sórdida sinfonía del viento y, en algún momento, perdió el conocimiento.

Cuando despertó lo primero que notó fue el sabor de la arena mezclada con la sal del agua marina en su garganta. Alguien lo había arrastrado lejos de la orilla y le había quitado la armadura, a pesar de que sus vestimentas continuaban húmedas y su enmarañada melena rubia estaba ensangrentada por lo que parecía una herida abierta a un lado del cráneo. Algunas voces hablaban cerca de él, unas que le resultaban vagamente familiares. También notaba el aroma de la madera quemada en lo que debía ser una candela recién encendida.

Con esfuerzo, abrió los ojos. Le costó enfocar, adolorido como estaba, pero tras unos instantes de desorientación logró divisar la línea de vegetación a pie de playa y varias de las siluetas de que procedían las voces. Eran marineros, miembros de su tripulación, pero ni estaban todos ni los que habían sobrevivido mostraban un aspecto saludable. También los hombres estaban heridos, uno de ellos, que se llamaba Garelf, mordía un trapo sucio mientras Raveron, el sacerdote, le curaba un espantoso tajo en el muslo, ocasionado por los destrozos en el navío. Contándoles a ellos apenas si quedaban diez de los cuarenta hombres que habían permanecido en el Titán Dorado, así de cruenta había sido la tormenta.

¡El capitán está despierto! —gritó Syl Brytisen de fondo, contramaestre y hombre de confianza de Lanterion. Corrió hacia él tan aprisa como pudo, hasta que su cabeza calva tapó el sol abrasador y Lanterion pudo enfocar la vista en su rostro a contraluz. Abrió la boca para decir algo, pero una repentina sensación de asfixia le hizo toser con virulencia, escupiendo agua mientras se giraba hacia un lado para facilitarse la respiración. El resto de supervivientes no tardaron en acercarse, mientras Syl le aguantaba los hombros y Raveron andaba, a paso fatigado y cansado, hacia allí.

¿Podéis hablar, capitán? —preguntó Sangar, que había recibido un golpe tan fuerte en la cara que toda su mitad derecha estaba completamente morada.
Lanterion esbozó una mueca adolorida cuando apartó de sí al contramaestre y se levantó de manera precaria hasta quedar sentado en la arena, respirando agitado a causa del repentino ataque.

¿Cuántos somos? —inquirió con voz ronca, inspirando con profundidad.

Doce —era la voz del sacerdote, quien, aún sin lucir heridas a la vista, se denotaba mucho más angustiado que el resto—. Grimeor, Fersyl y Merios han ido a reconocer la zona. Aquí quedamos nosotros, Brastor, Thilaf, Savri y el joven Verman.

Lanterion se palpó las costillas y siseó cuando un profundo latigazo le acuchilló la zona. Supuso que al menos tenía dos rotas, debido al impacto directo del metal de su armadura contra la cubierta del barco momentos antes de perder el conocimiento. Escuchó en silencio, mientras continuaba con su reconocimiento, hasta que decidió que el resto de daños eran menores.

¿Dónde está? —todos supieron muy bien a qué se refería, pero Lanterion no lo tuvo a la vista hasta que los hombres se apartaron y dejaron de bloquearle el rango de visión. Allí, varado en la orilla, totalmente destrozado y deslustrado se hallaba el navío, cuyo mástil se había perdido en la noche y las rajadas velas caían por la borda sin asidero que las recogiera. Un enorme surco abría toda la borda, de forma vertical, como si un poderoso rayo hubiera partido en dos el barco y tan solo por su inmensidad hubiera resistido de una pieza. Las olas en la orilla se arremolinaban perezosas a su alrededor, cristalinas y transparentes, sin una sola pizca de la violencia que por la noche las hubiera mecido, como si se rieran del destino que semejante obra de arte había sufrido.

Lanterion observó desgarrado el destino del Titán y ni una sola palabra salió de sus labios. El contramaestre Brytisen volvió a pasarle un brazo por los hombros, en una forma de aliento que no obstante fue inútil, y Raveron se agachó para observarle.

La tormenta fue demasiado poderosa. El Titán no pudo soportar la presión de los vientos y la virulencia de las aguas. Amanecimos aquí, a la deriva, rodeados de cadáveres y víveres desperdiciados. De los otros dos navíos no tenemos noticia, tampoco de posibles supervivientes. Consultamos los mapas, tratamos de ubicarnos, pero no logramos hallarnos en ellos… Nos hemos perdido, mi capitán.

Garelf gimoteó algo a sus espaldas, mientras Lanterion evaluaba la gravedad de la situación y se esforzaba por mantenerse sereno. Todos los presentes sabían que aquel era un riesgo que siempre podía darse, que aquel que vive en el mar y a él pertenece siempre está sujeto a sus caprichos, pero… Jamás antes había perdido un barco, menos aún aquel con el que llevaba tanto tiempo.

Maldición —se lamentó, pero tampoco perdió más tiempo en lamentarse. Lo que estaba perdido jamás volvería; y lo recuperable estaría esperando a retornar a sus manos. Se levantó soportando estoico el dolor y tuvo que afianzar los pies en la arena cuando un súbito mareo le amenazó con hacerle caer, antes de aguantarse el torso con el brazo y echar a andar hacia el Titán ante la apesadumbrada mirada del resto de tripulación.

Capitán…

Déjalo —dijo en voz baja Brastor, hablando por primera vez, reconociendo la necesidad de soledad que del hombre destilaba en esos momentos.

No paró de andar hasta que la enorme estructura del barco tapó al completo su fornida figura y Lanterion tuvo frente sí el navío destrozado. Tan solo las olas le acompañaron allí y la conversación de los hombres quedó reducida apenas a un murmullo que no tuvo la suficiente intensidad para desviar el ritmo de sus pensamientos. Se quedó contemplando las ruinas de la fortaleza marina durante horas, sin recibir ni una sola visita ni decir ni una mísera palabra más. Tan solo cerró los ojos para relajarse dejando que el sonido del mar penetrase por sus oídos y barriera los pesares, aclarándole la mente y señalándole el camino a seguir. Elevó una breve súplica a su Dios, considerando que aquella había sido su voluntad por alguna razón, pero aún tardo algo más en decir adiós al Titán Dorado.

Para cuando lo hizo, Lanterion había vuelto a adoptar su habitual expresión de gelidez y anduvo de vuelta al improvisado campamento con paso sereno, controlado y preciso, algo característico en él como lo era su amor por el océano. Se acercó hacia la tripulación, que tiritaba cerca de la hoguera de candela aún tímida, y respiró lento antes de hablar con decisión.

Tan pronto como recuperemos fuerzas, abandonaremos la orilla y el Titán Dorado. Nos internaremos en la jungla y buscaremos a los capitanes Sanbeorn y Thonylett. Probablemente hayan muerto, o quizás ellos sí superaron la tempestad y alcanzaron a navegar una jornada más. Quién sabe qué designios han sido dictados para nosotros… —valoró con franca frialdad—. En cualquier caso, estamos solos. Y no se verán hombres que teman la adversidad y se acobarden por un destino incierto y desconocido.

Pero Lanterion apenas sí había acabado de decir aquellas palabras cuando desde la jungla, de forma súbita y repentina, un lejano rugido se alzó por encima de la calma y consigo una furibunda brisa volvió a azotar sus cuerpos durante largos segundos, nublando el cielo hasta que el fugaz huracán pasó y con el sol la calma se instauró una vez más.

Lanterion:
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El enigma de Vanatolia. Empty Re: El enigma de Vanatolia.

Mensaje por Arcadia Samaras el Mar Ago 05, 2014 9:00 pm

Las enormes salas de mármol del templo antaño pulidas ahora ya mostraban evidencias de cómo el tiempo había destrozado su belleza. La vegetación había ido escalando, centímetro a centímetro, las grandes murallas y se habían colado dentro reptando imparable, utilizando por asideros las columnas, estatuas y altares a los antiguos dioses de una civilización hacía mucho tiempo desaparecida. Ya no quedaba nadie allí, ni siquiera la presencia divina que les hubiese protegido de todo lo desconocido. Grietas, desolación y ruinas era el legado de los Sharisir; la muerte la única historia por la cual serían recordados, y un terrible secreto anclado a las profundidades del templo la razón por la cual Shissen continuara allí.

Sus manos raquíticas sostuvieron la palangana mientras la llenaba de agua, un símbolo que antaño fuera tenido por sagrado en la tierra de Sha. El viento de la cima de la montaña batió su cabellera cana, meció su cuerpo anciano y bailoteó en torno a los pliegos de su túnica raída y harapienta, tantas veces usada que las inscripciones de su superficie se habían visto borradas, hasta el punto de que tan solo el monje fuera capaz de encontrarlas y recitarlas en voz alta, pasional y melancólico, rememorando las enseñanzas que hacía toda una vida había aprendido. Tembló un poco ante el peso del líquido cuando se alzó y sus huesos crujieron por el esfuerzo, obligándole a caminar muy lento y pausado por aquellos jardines salvajes y abandonados.

Se internó por un arco a medio derruir de mármol blanco, alcanzando la estructura principal del Templo. Viró hacia la derecha y anduvo cuidándose de que ni una sola gota de agua se volcase de aquella palangana, dirigiéndose hacia el mayor altar consagrado a Sha que había en Yshidar. Allí, en la superficie, habían sido practicadas diversas muescas e inscripciones en una lengua antigua y primitiva, cuyo vocabulario también se había perdido con la caída de Vanatolia, y que significaban, como bien sabía Shissen, el advenimiento de la paz, la prosperidad y la abundancia de la deidad.

Shissen dejó el cuenco de arcilla sobre la mesa, y habló unas palabras que resonaron como las de una serpiente pero estuvieron impresas de nostalgia, dolor y tristeza. Movió su mano un par de veces sobre la palangana, cerró los ojos cansados y empezó a cantar una melodía que se perdió en todos los rincones del Templo, se filtró entre sus grietas y se perdió en los vientos que surcaban la Montaña de Ishashmir. Fue una oda conmemorativa, un embrujo que llamó las antiguas fuerzas olvidadas y se fundió con la naturaleza, pareciendo que despertaba toda la vida en la isla. El agua titiló nerviosa durante unos instantes ante el fervor del cántico del monje; el sol alumbró con más intensidad. Durante unos instantes el nerviosismo pareció batir la jungla, cuya vegetación se meció con virulencia, pero pasados unos instantes aquella fricción volvió a desaparecer y todo se quedó en calma una vez más. El anciano suspiró decepcionado, abriendo unos ojos cegados por el tiempo y la frustración, y hundió sus manos en el agua para enguajarse la cara con patente resignación.

Asissir —su voz sonó gentil, con ecos del vigor que alguna vez tuvo en su juventud. Alzó la cabeza y fijó la vista en la claraboya del techo, una de las docenas que iluminaban la estancia principal de la morada de Sha. Desde allí los rayos del sol arrojaron haces de luz sobre su tez morena, tostada por una larga vida de sacrificio y soledad, bañándole en una calidez que amaba por encima de todo. El anciano pareció ver algo en ello al esbozar una breve sonrisa de talante sufrido, como si estuviera decepcionado por el curso de los acontecimientos. Recogió una vez más la palangana, apartándola del altar, y posó las manos sobre la inscripción central.

Aquella vez, con un chisporroteo, las líneas trazadas sobre el mármol reaccionaron ante su contacto y se prendieron en una bella amalgama de tonos blancos y dorados. La nube mágica se contorsionó hasta convertirse en una cuerda luminosa que reptó por los dedos húmedos de Shissen, subió por sus brazos y se enrolló en torno a su cuerpo hasta alcanzar sus sienes. Allí pareció penetrar en su cabeza, hundiéndose en sus pensamientos no de forma violenta, sino amable, gentil y cuidadosa. El monje jadeó y dejó de ver durante esos instantes, con los ojos perdidos en algún punto más allá de la vegetación tras los murros derruidos. Las nubes taparon el sol en las alturas. En susurros, una voz se alzó en las inmediaciones de Ishashmir, tan profunda y a la vez tan hermosa, cargada de poder y de bondad. Le advirtió como lo haría una madre con su hijo, acunándolo con su melodía, y le habló su nuevo cometido. Luego, tan pronto como vino, la presencia en el Templo desapareció nuevamente, arrastrando consigo aquella cuerda de luz, y Shissen observó con ojos vidriosos, surcados por las lágrimas, cómo el agua de la palangana mostraba ahora la escena que había estado aguardando todos aquellos años.

***


Apagaron la candela en el mismo momento en que Lanterion se cerraba el cinto en torno la cintura, con expresión distraída y mirada fija en el horizonte. Arrastraron todos los víveres, barriles y cajas de alimento que habían podido salvar del naufragio hasta un pequeño recodo en un acantilado al este, donde estarían a salvo de las inclemencias del tiempo y donde serían fácilmente hallables. Syl gritó algo a los hombres tras él, aprestándoles a darse prisa por abandonar la orilla, y pronto la partida se puso en marcha.

Resultó que el interior de la jungla era terriblemente traicionero y que allí el clima se calentaba hasta el punto de resultar imposible de soportar. Las temperaturas tropicales formaban películas de sudor en los rostro de los marineros y aunque apenas había sino amanecido, Lanterion se sintió pesado llevando la armadura, mientras encabezaba la marcha e iba apartando a golpe de espada las ramas que pudieran obstaculizarle el paso. Avanzaban en dirección norte, guiándose por las indicaciones que Grimeor, Fersyl y Merios les habían dado después de volver del reconocimiento.

No parece haber poblaciones cerca. Ni una sola aldea —había dicho Merios, un hombre alto y enjuto, con el rostro afilado y nariz aguileña. Manejaba como un demente el martillo—. Quizá sí haya en el interior, pero no deja de ser extraño tratándose de una isla.

Hemos ido a parar al puto culo del mundo —gruñó Syl, claramente molesto.

¿Y si es una isla desierta? —preguntó Verman, el más joven de todos los soldados. Apenas sobrepasaba la veintena y si estaba allí era porque tenía una gran destreza en el combate, aunque aún mostraba signos de inocente cobardía—. Podríamos no salir nunca de aquí.

Cierra la boca, chico —replicó Sangar, uno de los veteranos—. No vamos a morir aquí.

Pero, ¿y si tengo razón?

Si tienes razón —cortó Lanterion—. Las pasaremos jodidas. En marcha.

Parecía no ser una isla demasiado grande, aunque a pie las distancias eran engañosas y al desconocer el terreno Lanterion no podía saber en qué punto se hallaban. Lo único que estaba claro es que debían alcanzar algún terraplén elevado en el cual tener acceso a una visión más favorable, tratar de discenir en qué lugar se hallaban y, con suerte, reunirse con los demás. Del resto de tripulaciones no había ni rastro, tampoco de sus navíos en la orilla, que habían buscado suponiendo que habían encallado. Parecía que solo quedaban ellos y no dejaba de ser una sensación abrumadora, pues significaba que de un plumazo el Imperio había perdido más de ochenta hombres y aquello sin contar que su misión no iba a poder llevarse a cabo hasta que consiguieran salir de allí, si es que lo conseguían.

¿Sabéis qué? Esto es como las historias que mi matrona me contaba de pequeño —dijo Brastor—. De islas solitarias en los confines del mundo que guardan oscuros secretos y enormes botines para el saqueador que sea lo suficientemente inteligente para encontrarlos.

Fersyl chasqueó la lengua.

Aquí no tiene pinta de haber ni los restos de algún muerto de hambre.

Alguien tiene que haber, ¿no? —dijo Verman, algo tímido.

Nosotros —se rio Syl—. Estamos muy al oeste, muchacho. Navegábamos hacia el norte para cuando la tormenta nos alcanzó, y viendo cómo soplaba el viento lo más probable es que nos haya arrastrado por todo el mar hasta aquí.

¿Nadie ha estado aquí antes?

Hubo un silencio general hasta que Raveron habló.

Estas tierras no son jurisdicción del Emperador. De serlo, figurarían en el mapa. Es probable que se trate de una isla salvaje, aún virgen. Muchos potentados periféricos han querido proteger estos parajes no solo por su situación, sino porque están demasiado lejos para ser de alguna utilidad. Aunque yo no sé dónde estamos exactamente.

Continuaron debatiendo sobre aquello durante gran parte del trayecto. Todos se mostraban tranquilos, al menos dentro de lo que cabía esperar en tales circunstancias, pues a excepción de Verman eran todos veteranos de guerra y soldados de la Armada naval, lo cual les había hecho ver cosas mucho peores que un naufragio.

Las aves graznaban a lo lejos, y a su alrededor continuamente se levantaba el murmullo de algún animal tropical que se arrastraba entre las hojas y trepaba por los árboles. Lanterion vio serpientes retorcidas, enormes y multicolores, cuyas pieles refulgían al sol y mostraban un arcoíris de tonalidades que jamás antes tuvo la suerte de ver. También captó en la lejanía el vuelo de aves extrañas, blancas como las nubes o negras como el carbón más opaco. Un riachuelo parecía discurrir no muy lejos de allí, a juzgar por el chapoteo del agua que se colaba entre el bochornoso ambiente de la jungla, y cada vez le molestaba más la armadura. Hubiera dado lo que fuera por quitársela, por quedarse desnudo, ya puestos, pero ante el desconocimiento toda cautela era poca. Y por eso también se mantenía en guardia.

¿Y qué mierda fue eso de antes? —inquirió uno de los hombres.

¿El qué?

El rugido, joder. Parecía un oso, pero aquí no hay osos.

¿Tú crees? Puede que existan los osos tropicales —sugirió Verman.

No existe tal cosa, subnormal —gruñó Syl, mientras se mesaba la barba con gesto pensativo—. Puede que fuera un lagarto gigante. No sería raro que siguiese habiéndolos. Con el tiempo se han replegado, pero esas bestias de mierda siguen siendo unas cabronas muy duras y puede que hayan echado huevos aquí. Con suerte hasta encontramos su nido y nos liamos a hachazos dentro.

Santo cielo —se lamentó Raveron.

Bueno, no lo sabemos —dijo Sangar, cauteloso—. Con tanta monstruosidad suelta por el mundo, podría ser cualquier cosa.

Un demonio.

Como si son cientos —intercedió Thilaf, que cargaba con Savri, cuyo rostro estaba pálido y amarillento—.  Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Thilaf tiene razón —le secundó Raveron, claramente preocupado por la idea de acabar en una nueva contienda—. Dios sabe que debemos encontrar a los capitanes Thonyleff y Sanbeorn o…

Silencio —cortó tajante Lanterion, levantando un puño para indicarles también que debían parar.

Había escuchado algo, o visto algo, o las dos cosas. Creía definir a través de la espesura alguna forma que se recortaba entre ramas y follaje verde, de tonos marrones y calizos, como de un gigantesco edificio construido en medio de la jungla por algún motivo que desconocía. Con lentitud se acercó hacia allí, todavía con la sensación de haber oído algo, y se asomó a un lado del grueso árbol que ponía fin aquel terraplén ascendente para descubrir unas enormes ruinas tan enormes que su amplitud era inabarcable desde su posición. Había pequeñas hogueras repartidas entre los edificios principales, en su gran mayoría pirámides pequeñas y grandes torres que formaban un enclave entre sí. Casi todas tenían labradas en su techo grandes rostros tribales y lo que le parecieron motivos reptilianos, formas serpentarias de una manufactura exquisita, que sin embargo ahora estaban deterioradas por el paso del tiempo. Calzadas medio destrozadas conectaban toda la zona en un camino principal con ramificaciones, internándose en los edificios y llegando hasta la linde de la jungla donde volvían a desaparecer. Y había gentes allí. Individuos de piel de ébano, pintados con motivos tribales en tonos blancos, azules y amarillos, que no llevaban más que taparrabos y lanzas de aspecto primitivo. Muchos se habían agujereado la cara, portando colmillos y otras piezas elaboradas con huesos, y hablaban un idioma que Lanterion no podía reconocer. Se trataba de indígenas, sin duda, y unos que jamás antes hubo visto.

Ruinas:
El enigma de Vanatolia. 2d2cdnp

Oh, cielos —susurró Raveron, que fue el primero en ver aquello tras su capitán. Todos los hombres se agacharon y se ocultaron como Lanterion, reptando hacia el borde del pequeño terraplén para poder observar bien aquel extraño enclave—. ¿Quiénes son?

Indígenas —replicó Lanterion sin disimular el desprecio y el asco en su voz—. Una tribu de cavernícolas que utilizan este lugar como su casa.

Adónde hemos ido a parar… —masculló Syl, que estaba a su izquierda—. ¿Qué vamos a hacer? No podemos mostrarnos. Probablemente sean caníbales, estos demonios hijos de puta, como las tribus del desierto.

Lanterion tensó los labios hasta que su boca formó una línea recta. Estaba molesto, porque la presencia de aquellas personas allí era una terrible noticia para él. Había atesorado, a pesar de todo, la idea de que quizás habían encallado no muy lejos de su lugar de destino, que quizás la tormenta les había arrastrado allende el mar en dirección noroeste, pero ahora estaba ya seguro de que habían ido a parar a un lugar mucho más lejano. De estar cerca de la avanzadilla imperial esa tribu habría sido aniquilada; y el lugar, debido a su favorable posición, tomado. Pero si continuaba salvaje e inhóspito era por una razón, y es que nadie antes había llegado hasta allí.

Volvamos —ordenó, disponiéndose a dar marcha atrás—. Hemos de rodearles y buscar otro camino para continuar…

Capitán —le cortó Syl con voz grave.

Lanteron siguió el curso de su mirada y abrió los ojos perturbado y repentinamente enfurecido. Los indígenas habían comenzado a cantar una canción extraña, danzando como unos poseídos alrededor de una gran hoguera azuzada frente la atalaya principal del enclave. De su interior comenzó a salir una procesión de personas que cargaban sobre los hombros grandes palos a modo de viga, de cuyo centro pendían dos personas que Lanterion reconoció al instante como los capitanes Thonylett y Sanbeorn. El resto de supervivientes de su tripulación iban tras ellos, no colgados de aquellos palos, sino maniatados de pies y manos a punta de lanza de los indígenas. Todos ellos estaban cantando algo, mientras los conducían a la hoguera y de vez en cuando les apuñalaban con aquellas lanzas de punta roída y precaria. Sus rostros estaban magullados, mostraban miedo y odio, y habían sido despojados de todas sus pertenencias, incluyendo sus prendas.

Pero qué demonios… —musitó Sangar, más allá, ante la atónita mirada de todos ellos.

Los indígenas colgaron a los dos capitanes de dos soportes colocados a sendos lados de la hoguera, y los dejaron allí colgados mientras alimentaban las llamas para hacerlas más grandes y de esa manera alcanzarles.

Van a quemarlos vivos —replicó Raveron, cuyo tono de voz mostraba su horror e incredulidad—. Santo cielo, tennos en tu Gloria…

Aquellos individuos eran caníbales. No podía ser de otra manera. Los dos capitanes, incapaces de defenderse, estaban ya siendo pasto de las llamas y sus gritos se alzaban desgarradores por encima de todo, incluso del viento que se arremolinaba en torno a ellos. Chillaban como auténticos condenados, mientras su piel se quemaba, hasta que las cuerdas vocales le fallaban y entonces gimoteaban unos instantes antes de volver a gritar como becerros en el matadero.

Los indígenas empujaron el resto de tripulantes y los arrojaron al suelo sin muchos miramientos, mientras algunos de ellos se acercaban con gruesos machetes y gritaban en voz alta algo que ninguno de los imperiales pudo comprender. El resto les vitoreó, como si estuvieran ansiosos por ver lo que estaba por ocurrir, y mientras bailoteaban al son de las llamas de la hoguera y los alaridos de los convalecientes, bajaron los machetes y descuartizaron a los otros soldados hasta que la sangre de todos se entremezcló y formó un cruento colchón bajo sus cuerpos que manchó la calzada. Lanterion y los demás vieron todo aquello en un silencio sepulcral, vieron también cómo recogían las extremidades mutiladas y las echaban en cazos, y vieron también el hambre en la cara de los indígenas, que se les antojó tan demoníacos como un auténtico siervo del caos venido del infierno.

Vámonos —urgió Lanterion—. ¡¡Vámonos!! —y salieron de allí con el corazón latiéndoles con fuerza y la sensación de que habían ido a parar al fin del mundo.
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El enigma de Vanatolia. Empty Re: El enigma de Vanatolia.

Mensaje por Arcadia Samaras el Jue Ago 07, 2014 12:21 am



Bajaron por la pendiente corriendo tanto como se lo permitieron sus piernas, esquivando a duras penas las gruesas raíces y las traicioneras ramas de las arboledas tropicales. Un cuerno sonó en la lejanía, junto con el cántico acompasado y rítmico de los indígenas, cuando viraron hacia la izquierda del terraplén tratando de alcanzar los tramos más suavizados de aquella pendiente. Notaban sus respiraciones aceleradas y sentían, paranoicos, que toda una horda de caníbales les perseguía con ojos hambrientos y lanzas voraces. En el cielo las nubes comenzaron a agruparse avisando de que se acercaba una llovizna, y los pájaros que no habían salido en desbandada ante el grito de los prisioneros les observaron desde las alturas, planeando sobre ellos con lentitud. Verman tropezó con una de las raíces y gritó al caer, empezando a rodar cuesta abajo como si no fuera más que un fardo.

¡Chico! —aulló Syl y adelantó la mano tratando de cogerle, sin conseguirlo a tiempo.

Lanterion vio aquello y afianzó los pies, se agarró a una rama y adelantó el otro brazo para cogerle por el pliego de su pechera en cuanto llegó hasta él.

Cae de nuevo y te dejaremos atrás —le zarandeó con expresión furiosa, lanzándolo nuevamente hacia la pendiente cuando estuvo listo y todos pudieron volver a ponerse en marcha. Sentían el aliento de la muerte tras ellos, persiguiéndoles en territorio extraño, en un campo de batalla hostil. Lanterion no podía saber si aquellos indígenas les habían visto, u oído, o si los estaban rastreando. Confiaba en que hubiesen pasado desapercibidos, pero si aquella isla era su tierra, ¿quién podía saber si no les estaban ya vigilando? ¿Si no habían visto el barco varado en la orilla? Tampoco tuvo mucho tiempo para cábalas cuando vio aquellas siluetas recortándose contra los árboles.

Una flecha silbó en el aire, le cortó la mejilla y fue a estrellarse contra la maleza a sus espaldas. Lanterion desenvainó la espada y levantó el escudo a tiempo para parar la segunda flecha que iba dirigida contra él, al mismo tiempo que desde todos los ángulos caían sobre ellos una hueste de indígenas gritando en una lengua desconocida, con las lanzas en ristre.

¡¡Malditos hijos de puta!! —gritó Sangar al esquivar por los pelos una embestida, haciendo bajar su espada para rebanar la cabeza al indígena.

Lanterion desenvainó su espada y se giró para estampar el escudo contra la cabza de otro de los indígenas, reventándole el cráneo en el acto. Los demás hombres también se defendieron y trataron de atacar, pero las flechas que continuaban disparando y las lanzas embistiéndoles por doquier les produjeron varias heridas en los segundos que tardaron en replegarse y continuar huyendo.

¡Corred! —rugió Lanterion agachándose para esquivar una rama. Todos los guerreros tribales corrían tras ellos, algunos se lanzaban desde las partes superiores del terraplén y rodaban en la tierra antes de volver a perseguirles con una agilidad inusitada. Gritaban continuamente, como una jauría de perros hambrientos, y les iban tomando ventaja por momentos, a medida que los hombres imperiales, mucho más armados y pesados, iban perdiendo velocidad y se internaban en aquellos parajes desconocidos—. ¡Corred y no paréis!

Raveron corría con expresión angustiada y el rostro pálido, agarrándose las costillas para evitar desangrarse debido a la flecha que le había alcanzado en los riñones. Jadeaba y se bamboleaba peligrosamente a cada paso que daba, demasiado cansado para continuar, así que Lanterion redujo el paso y le pasó un brazo por los hombros para cargar con él. El almirante miró hacia atrás, viendo que los pocos indígenas se habían convertido en decenas que reptaban entre los árboles como endemoniados, y una lanza volvió a rozarle el rostro fallando apenas por milímetros. La respiración se le desbocó cuando supo que no iban a sobrevivir.

Se dio cuenta de que no cantaban, sino que solo repetían una palabra sin cesar, una única palabra que a pesar de desconocer bien podía significar algo. Comida. Presa. Cena. La forma de gritarla una y otra vez le recordaba a las embestidas de los hombres del norte, auténticos bárbaros cuya valía se medía por su capacidad para saquear y destruir todo lo que se interpusiera en su camino, de corazones primitivos y expresiones hostiles como los fuegos del infierno.

Van a alcanzarte —musitó Raveron, cuya voz tembló a causa de su padecimiento—. Déjame y sigue.

No te dejaré —gruñó Lanterion, pero a pesar de que dijo aquello sin asomo de duda, lo cierto fue que aquellas palabras eran el eco del pensamiento de todos ellos.

Lanterion buscó desesperado una forma de perder de vista aquella hueste, pero la jungla no parecía tener fin, ni su frondosidad acabar. Era un auténtico laberinto en el que iban a perecer, demasiado cansados como para presentar batalla a un enemigo que les superaba con creces. Corrieron hacia el norte en todo momento, evitando las lanzas que mortíferas silbaban en el viento tratando de alcanzarles, y en algún momento dado, cuando los indígenas estaban ya pisándoles los talones, el camino de repente acabó y en su lugar encontraron un puente precariamente construido, conectando los dos lados de un enorme acantilado como Lanterion no había visto en su vida, tan profundo como las fauces de un dragón, con un río bravo en su lecho tan caudaloso y surcado por las rocas que de caer aquella sería una muerte segura. El puente estaba ya medio destrozado por el paso del tiempo, las cuerdas antaño fuertes se mostraban ahora débiles, y la maleza había podrido la madera hasta hacerla traicionera, quebrando algunos tablones que el río se tragaría para siempre.

Lanterion corrió respirando con pesadez, aguardando en la retaguardia mientras el resto de hombres se balanceaban peligrosamente en aquella quebradiza estructura pero conseguían alcanzar el otro lado al fin.

Dios mío, guárdanos de estas huestes demoníacas —rezó Raveron cuando Lanterion tanteó los tablones de madera, que crujieron bajo su peso. Era un hombre grande, de complexión atlética, y que además llevaba una armadura de buena manufactura y cargaba con otro. Que no se rompieran era un auténtico milagro, pero él no podía pararse a confirmarlo.

¡Syl! —rugió, y el contramaestre se volvió hacia él cuando Lanterion se descolgaba a Raveron del hombro y se lo tendía, girándose de cara a los indígenas. Mantuvo el escudo en ristre, evitando así ataques proditorios, y avanzó lento, muy lento, de espaldas y comprobando con la punta de la bota que aquellas losas eran lo suficientemente sólidas para sostenerle.

Apenas había avanzado unos metros cuando los indígenas también cruzaron por el puente, mirándole con ojos muy abiertos.

¿Queréis matarme? —siseó Lanterion, enfurecido por sentirse acorralado por aquellos hombres—. No lo conseguiréis, gusanos de piel oscura.

Uno de ellos pareció captar el asco en su tono de voz, porque gritó y se avalanzó sobre él. Lanterion paró su golpe con el escudo y lo arrastró hacia la barandilla a fuerza de inercia, consiguiendo arrojarle al vacío mientras afianzaba los pies para evitar caer por el incesante bamboleo del puente. Volvió a mirar aquellos indígenas que ahora parecían más precavidos, aunque igualmente avanzaron por el puente, y entonces se volvió y echó a correr cuando estaba ya cerca del otro lado.

¡Cortad las ataduras! ¡¡Ya!! —gritó, y los hombres se aprestaron a llevar a cabo sus órdenes. Brastor y Grimeor dieron dos profundos mandobles a aquellas cuerdas cerradas en torno dos bloques de piedra, desmoronando el puente que chirrió fantasmagórico, y los guerreros tribales aullaron cuando se vieron cayendo al vacio. Lanterion se lanzó hacia los hombres, que le cogieron a tiempo de evitar que cayera, y aterrizó con brutalidad contra la tierra al mismo tiempo que el puente caía sobre el otro lado del acantilado y las losas de madera se quebraban contra el precipicio.

¿Estáis bien? —preguntó Merios, que le ayudó a levantarse.

Estoy bien —replicó Lanterion, respirando con dificultad. Envainó la espada y se echó el escudo a la espalda, volviéndose para llevar a cabo el recuento de hombres. No le llevó mucho darse cuenta de Garelf, Savri y Fersyl no estaban.

A Garelf lo abatió una flecha en la cabeza —relató Verman, cuya voz flaqueaba tanto como su entereza—. Y a Savri lo vi caer antes de que los indígenas le saltaran encima…

Hemos perdido tres hombres —dijo Lanterion, con expresión sombría—. Y Raveron está herido. Necesitamos encontrar un refugio si queremos sobrevivir a esta noche. Esos salvajes estarán buscándonos. Saben dónde estamos, y no les costará mucho alcanzarnos. Syl, carga con Raveron. El resto, andando.

No había tiempo para lamentaciones. El sol aún estaba en su punto álgido, pero la noche no podía alcanzarles allí a la intemperie. Debían buscar un lugar donde ocultarse de los animales, las inclemencias del tiempo y aquellas huestes, y debían hacerlo antes de que volvieran a dar con ello. Aquella era su prioridad, como también lo era la salud de sus hombres.

***

Ahí hay una cueva —dijo Brastor, señalando la cadena montañosa que se recortaba frente a ellos, cuya cima estaba oculta bajo una profusa capa de nubes grisáceas que ya empezaban a dejar caer las primeras gotas del día—. Y ahí otra. Y otra. Quizás sea una galería subterránea conectada en el interior, o cuevas aisladas.

Él había ido a reconocer aquellos parajes mientras el resto descansaba. Lanterion también había ordenado a Verman que fuera a recoger agua del riachuelo que habían estado siguiendo durante todo ese tiempo, acompañado de Merios, mientras los demás hacían guardia a la espera de que Brastor volviera.

¿Has visto indicios de que estén habitadas?

Él asintió.

Dos están completamente vacías, capitán. La otra, esa de ahí, apesta. He visto restos de animales, así que debe de ser la guarida de alguno.

A Lanterion no le gustaba aquella idea más que dormir en la jungla, pero todos estuvieron de acuerdo en que era la mejor opción y terminaron por subir por la falda de la montaña en dirección a la cueva que Brastor había descubierto, una medio escondida en un recodo de relieve accidentado. Su interior era frío y muy húmedo, tanto que calaba los huesos. Resonaban gotas en sus profundidades, donde el camino se perdía descendiendo hacia la penumbra absoluta, negándoles cualquier tipo de visión. Lanterion entornó los ojos tratando de ver algo, pero se dio por vencido, y cuando reconoció que el interior efectivamente estaba vacío, dejó caer el escudo contra la pared y les indicó a los hombres que se quedarían allí.

Descansad ahora.

Raveron, con la ayuda de Syl, se dejó caer contra la pared y respiró aprisa, cogiéndose el enorme crucifijo que pendía sobre sus hábitos con gesto dolorido. Lanterion se inclinó hacia él, sacándose los guanteletes y dejándolos a un lado.

Túmbate —ordenó—. Hay que sacarte esa flecha —suavizó, y mientras Raveron hacía lo que le pedía los hombres fueron tomando posición y fuera empezó a llover.

La noche cayó como una mortaja sobre la jungla, despertando animales nocturnos que hasta el momento habían estado dormitando ocultos a la luz del sol. Las estrellas se desplegaron en el firmamento hermosas en su esplendor, multiplicándose por millares, centenares de millares, millones de ellas. Algunas eran más grandes que otras y titilaban; otras eran muy sólidas, y de vez en cuando, si uno se fijaba bien, podía notar que algunos puntos se movían. Las nubes hacía tiempo que habían vuelto a desaparecer, evitando así tapar la belleza del firmamento, y la frialdad se había asentado en la isla y en el interior de la cueva de una forma virulenta y agresiva.

Lanterion afilaba su arma apostado cerca de la entrada, controlando que todo estuviera tranquilo. Todos dormían mientras él hacía guardia, con expresión adusta y helada. Raveron era el que tenía la respiración más irregular, lo cual no era de extrañar. El religioso había perdido sangre, tal vez demasiada, y la apresurada huida había empujado a su cuerpo a realizar un esfuerzo físico que nunca antes tuvo que hacer. Tal había sido su cansancio que apenas sí había podido cerrarse a sí mismo la herida tan pronto como Lanterion le sacó la flecha, cuya punta había resultado estar serrada y le había rajado todavía más por dentro. Con un grito el monje había suplicado a Dios que aliviara su tormento, estremeciéndose por aquella tortura, y poco después había caído inconsciente. Luego había vuelto a despertar, se había curado con relativa eficacia, había agradecido de vuelta a Dios su favor, y se había vuelto a dormir. Los demás tampoco habían tardado, a excepción de Syl, contramaestre y amigo de Lanterion, que se había sentado junto a él durante unos minutos para admirar el cielo nocturno.

A veces Dios nos pone en un aprieto, ¿eh? —había bromeado—. Podríamos haber muerto.

También podríamos haber muerto anoche en la tormenta. Pero aquí seguimos, vivos.

Sí. Seguimos vivos —aceptó, aunque siguió mostrando cierta resignación—. Pero estamos en un sitio que desconocemos, a merced de salvajes que quieren asarnos vivos y de los peligros de una jungla que ha resultado ser una suerte de purgatorio. Si me preguntas, preferiría haber muerto en el mar.

No vamos a morir —repitió Lanterion, con una determinación que era categórica en él—. Tenemos una misión, y acabaremos cumpliéndola porque es lo que se nos ha ordenado.

Siempre has sido tan persistente que a veces me pregunto si no será eso lo que te lleve a la perdición.
Lanterion tardó un rato en volver a hablar.

¿Quiénes crees que son?

No lo sé. Jamás antes vi algo así en mi vida. Ni siquiera en Tehuatl. Y, créeme, en Tehuatl vi cosas terribles antes de que el Emperador conquistase la provincia. Pero tampoco tengo intención de quedarme a comprobarlo.

Si tan solo tuviera más hombres —dijo Lanterion entre dientes, enfurecido—. Juro por Dios que enviaría a todos esos cabrones a la muerte por tortura. Los despellejaría y luego los crucificaría por comportarse como bestias. ¿Cómo es posible que esto haya pasado desapercibido para el Imperio? ¿En qué lugar nos hallamos?

Yo también lo he estado pensando —admitió Syl—. Raveron y yo comprobamos los mapas confiando en estar en un sitio u otro, pero en ninguna de nuestras hipótesis este lugar figuraba como existente. Continuamente llegábamos a la conclusión de que deberíamos estar hundidos en el fondo marino, no en esta isla, así que lo dejamos estar. Confiamos en que encontraríamos a los capitanes y podríamos irnos de aquí.

Debieron encallar allende la bahía —sugirió Lanterion, recordando cómo ellos habían ido a parar a una pequeña cala, a la izquierda de la cual vieron una enorme bahía—. Los indígenas los vieron, y los emboscaron.
Sus barcos deberían estar cerca. ¿Querrás ir a buscarlos?

Lanterion asintió, y se volvió a hacer el silencio. Distraído, se llevó una mano al cuello y se sacó el relicario que llevaba unido a una fina cadena de plata, con forma ovalada y relieve en sus bordes, emulando intrincados dibujos por una mano experta. Apretó con el dedo índice el botón que abría el relicario, y observó el retrato en miniatura de una hermosa mujer, tan hermosa como las olas de un mar en calma o la furia de un océano bravo. Su expresión era gentil, pero también fría. Se mantenía erguida, cumpliendo decorosamente con la compostura que se esperaba de una dama como ella, y sonreía a medias, dejando escapar un poco de la jovialidad que ocasionalmente Amara de Lyria mostrara.

Amara:
El enigma de Vanatolia. I6jmv5

¿La echas de menos? —preguntó Syl, observándole.

Lanterion tardó un rato en contestar.

Cuando me casé con ella —dijo, con la vista fija en el retrato— la odiaba. Me pareció una mujer débil; hermosa, pero débil, porque jamás alzaba el tono de voz, ni aportaba nada, ni se atrevía a ir contracorriente. Se limitaba a comportarse como lo que es, una dama, guardando las apariencias y haciendo caso a los mandatos de su padre. Y cuántas se habrán visto así.

Es un matrimonio concertado.

Claro que lo es. Por eso no me quejé. Y luego me di cuenta de que estaba equivocado —Lanterion sonrió por primera vez, y lo hizo durante un breve lapso de tiempo, el mismo que le duró el recuerdo de la verdadera personalidad de la mujer—. Porque ella es inteligente, más que yo, más que todos nosotros, y se limita a actuar como se espera de ella para no levantar sospecha, mientras que después, en su soledad, es un auténtico huracán. Habría podido contra la tempestad que nos ha traído hasta aquí.

Syl sonrió con amplitud.

No lo pongo en duda. Hay cosas que todo hombre debería temer, y el temperamento de una mujer enfurecida es una de ellas. Que Dios me libre de encontrarme alguna vez en una situación similar.

Hay cosas que es mejor mantener en secreto… —caviló, y aún tardó un rato largo en cerrar el relicario y despedirse de ella, pero cuando lo hizo, ya había vuelto a retomar su habitual y feroz expresión de acero—. Es tarde. Ve a descansar. Mañana será un día duro para todos.

Luego de que Syl se acostase, Lanterion continuó con la guardia. En algún momento el silencio se hizo terriblemente notorio, y solo el pulular de algún exótico ave lejano le disuadió de abandonarse al sueño. Perdió la noción del tiempo, sin siquiera saber cuánto tiempo llevaba despierto, y las sombras proyectaron siluetas extrañas y misteriosas en la lejanía, a su alrededor e incluso en su propia cabeza. Se sintió sugestionado, tal vez por las circunstancias, tal vez por el reciente recuerdo del ataque de los tribales. El frío se arreboló en torno a él, penetró por su armadura y le encogió el corazón, y cuando suspiró cansado, en buena parte angustiado, algo empezó a titilar tras él.


Las motas de color dorado se arremolinaron en las profundidades de la caverna, perdiéndose en el camino descendiente que había hacia el interior de la montaña. Se encontraban suspendidas en el aire, congregándose más adelante para formar una suerte de luz artificial que le iluminase el camino a seguir. Le atraían con fuerza, le instaban a seguirlas. Le hablaban en la mente y sus voces le resultaban gentiles, atractivas y exquisitas. No había peligro en aquella magia, porque no había ningún tipo de rastro oscuro en ella. Respondían a la naturaleza, la misma que les rodeaba, la misma que dormitaba en aquel extraño lugar.

Lanterion se levantó con lentitud y agarró la espada, acercándose hacia allí con paso lento, suave y sutil para evitar despertar a ninguno de los hombres. Caminó despacio, afianzando bien sus pies en aquel traicionero camino, y cuando comenzó a descender a las profundidades la frialdad se hizo más y más liviana hasta desaparecer y volver a dar paso a un calor tan sofocante que pronto empezó a sudar y se sintió tremendamente presionado.

Allí abajo la sensación térmica era de una auténtica caldera. Pareciera que le rodeaba lava y eso que al tocarla la piedra estaba fría y de las estalactitas caían gotas de humedad fría. Era una galería estrecha, tanto que le asfixiaba debido a su corpulencia. El rastro mágico continuaba reptando por allí, se perdía en el giro que había en un recodo cercano, y allí continuaba bajando por el camino sinuoso. Lanterion estuvo tentado de volver, de ignorar aquello, e incluso pensó si no estaba soñando. Sin embargo continuó avanzando movido por su curiosidad, con la espada en ristre, hasta que las gotas de agua que antes escuchara recobrasen fuerza y le llevaran, junto al rastro, a un enorme lago subterráneo cerca del cual había una enorme pared labrada en un sinfín de símbolos. El mayor era un gigantesco sol cuyas aristas guardaban dentro de sí runas, todas de formas distintas y de un significado que él desconocía. El sol era tan enorme que su mano apenas sí cubría un tramo de runa, tal era el tamaño de la caverna, y si antes había sufrido en su trayecto hacia allí ahora se sentía empequeñecido debido a las proporciones de semejante lugar.

Giró sobre sí mismo con expresión consternada, sin entender todo aquello. ¿Qué era aquel mural? ¿Qué era aquel rastro? ¿Dónde había ido a parar? La nube mágica se congregó en torno a él, danzando a su alrededor. Pareció acariciarle, en cierta manera con timidez, hasta posarse sobre el filo de su espada. Lanterion, sin comprender, acabó por bajarla en un gesto de rendición, envainándola cuando decidió que aquello no era ninguna clase de peligro. El rastro entonces recobró intensidad, se convirtió en una cuerda sólida y nítida de tonos blanquecinos y dorados. El hombre adelantó la mano con intención de agarrarla, pero se escapó entre sus dedos y se acercó hacia el enorme sol labrado en el mural. Allí traspasó la roca, y esta se iluminó con el mismo tono dorado. El sol se rellenó y pareció recobrar vida, porque brilló como si tuviera un núcleo hecho de fuego. Lanterion observó aquello maravillado, se acercó como movido por un resorte, y adelantó la mano con ojos atraídos de lo que estaba viendo. Posó los dedos en aquella superficie y la notó latente, como si tuviera vida propia. Bombeaba lento, al compás de su propia respiración. La luz empezó a extenderse por sus dedos, penetrando en su piel y en su músculo hasta su sangre. Las venas y las arterias se le iluminaron, Lanterion sintió que se abrasaba por dentro, y entonces, de súbito, aquella pequeña muestra de poder explotó y se convirtió en un torrente que le embargó por completo y le hizo jadear, le cegó y lo volvió todo en llamas blancas. El dolor fue insoportable, pero fue un dolor bienvenido, uno que a pesar de todo atrajo a Lanterion como lo hubiera hecho una piedra preciosa titilando en medio de la oscuridad. El hombre se retorció, tratando de escapar de aquel agarre, pero el gran sol continuó canalizándose en él, hurgando en su interior, buscando algo en su mente, su pecho y su corazón. Dobló sus esfuerzos con crueldad, le hizo postrarse de rodillas en el suelo, y tan pronto como vino, se fue. El sol volvió a apagarse, y de la armadura de Lanterion manó el humo por la potencia de las llamas, no así de su cuerpo, que se mantuvo entero, sin apenas un solo rasguño. Las heridas que tenía habían desaparecido, y había cobrado sus fuerzas.

Levantó la cabeza, mareado y sintiéndose muy extraño. Su mano continuaba pegada a la pared, pero ya no había ningún rastro de aquella magia. Con lentitud volvió a levantarse, consternado, y se observó a sí mismo como si no se reconociera. Se tocó la cabeza, confirmando que no había rastro de la herida, y también se tocó el pecho, donde había sentido una enorme cuchillada de parte de aquella fuente mágica. Entonces se dio cuenta de que algo brillaba en su mano, una luz que había reaccionado al chocar contra el metal. La giró y se observó la palma, donde vio, bajo la piel, una nebulosa de luz dorada que no supo catalogar. Aquella nebulosa bailó provocativa, pero fue perdiendo intensidad con el paso de los segundos. Al cabo, no había ni rastro de aquel extraño embrujo, y Lanterion volvía a sentirse como siempre había estado.

La caverna volvió a sumirse en la más profunda oscuridad, y se vio solo en aquella inmensidad.
Arcadia Samaras
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