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Mensaje por Einarion el Lun Sep 15, 2014 5:13 pm

Con los primeros albores del amanecer, despierto a un nuevo día.
Erea, la centáuride de los cabellos de fuego, sigue dormida con su cabeza apoyada en mi pecho.
Intento que siga en su dulce sueño y, con cuidado, la dejo reposar en la fresca hierba verde de la vega en la que nos encontramos. Suavemente, pues puedo despertarla al ponerme de pié, me levanto con todo el silencio que me permiten mis cuatro patas.

Alrededor, por todas partes, el bosque parece comenzar también a despertarse, y el murmullo del agua corriendo junto a nosotros me hace sonreír. Disfruto del momento. Respiro profundo viendo el amanecer y, con ternura, contemplo la perfecta belleza de Erea en su sueño.

No puedo evitarlo. Una idea pícara se me viene a la mente.

Con cuidado, mientras Erea duerme, lleno un odre con el agua del río cercano y, sin que se despierte, me pongo junto a ella.

En nuestro dialecto natural, el Kentaur (o Arcaico), le susurro al oído.

Yo: Buenos días os den los Dioses, bella dama.
A lo que ella, medio dormida y empezando a estirarse, responde:

Erea: Buenos días a vos tambi...

Y yo, desde arriba, vacío el odre entero sobre ella sin dejarla terminar.

Abriendo enormemente los ojos y la boca, sorprendida, Erea se levanta con los cabellos rojos chorreando de agua y, tal y como esperaba, divertidamente furiosa.

Erea: ¡Sois un animal!- Dice levantándose con fiereza. -¡¡Bellaco!! ¡¡Bestia!!- Y, lanzándose contra mí, me empuja tratando de tirarme al río.

Riéndome y resistiendo de forma controlada, forcejeo con ella, y poco a poco, voy dejándome llevar hacia el agua, hasta que aprovecho un empujón suyo para que ambos caigamos al río.

En el agua, chapoteando y salpicándonos, nos reímos y jugamos unos minutos.

Al rato, cuando parece que vamos a llevar nuestros juegos hacia algo más íntimo, como la noche anterior, escuchamos un ruido en la espesura.

Los dos nos detenemos al momento y miramos hacia el origen del ruido. Erea se pega a mí.

Entre los piares de los pájaros y los ruidos del bosque, las pisadas de algunos equinos se escuchan acercarse.

Sin pudor ninguno (los de nuestra especie solemos ir desnudos tal y como ahora estamos) levanto la voz.

Yo: ¿Quién va?

Y, a modo de respuesta, un fornido centauro entra en el repecho ayudando a caminar a una anciana centáuride.

Breogán: Buen día, mis señores. Mi nombre es Breogán y aquesta mujer que en ayudando me veis guiar, tiene por nombre Antía y pertenece al consejo de ancianos.

Yo: Bien sé de Antía y famosa es por sus muchos saberes. Si ella, consejera de mi padre, es amiga de vos, entonces vos lo sois de mi persona.

Erea: Y de la mía.

Y así, simplemente, el ambiente se relaja.

Antía y Breogán, con calma, me explican la razón de su presencia allí. Están buscándome por haber oído de mis dotes de rastreador. Al parecer, no muy lejos de donde estábamos, Breogán había descubierto una huella más grande de lo normal, de un animal que desconocía. Como buen hijo de nuestra especie, había buscado al primer anciano de nuestro clan para comunicárselo. La primera que encuentra, Antía, le había dicho que yo era muy buen rastreador y que, como efectivamente había pasado, me encontrarían fácilmente por ésta zona.

Yo: Bien, sea pues. Veamos aquesa la vuestra marca y, si en mi mano está, sirva mi persona para lo que haya menester.

Erea: Si me lo permite, mi señora Antía, sería de mi agrado acompañarles también, pues agora mesmo ni tengo quehaceres ni creo mi presencia suponga intromisión o daño a los vuestros.

Antía: Hay, mi niña, claro que puedes venir. Eres un encanto. ¿Cómo podría negarme después de que os hayamos interrumpido vuestros juegos matinales?- Dijo en común guiñándole un ojo a Erea.

Así pues, recogemos las escasas pertenencias que tenemos tiradas por la hierba allí y nos adentramos los cuatro en el bosque hacia donde Breogán nos va indicando.

Después de caminar varias leguas se aprecia, claramente, que Breogán y Antía tienen más dificultades que nosotros para avanzar. Antía siempre va agarrada de Breogán y a éste, bien sea por acompañar a la dama, o bien con gestos de dolor, le cuesta caminar a nuestro paso. Como soy cortés, no pregunto más allá y sigo el camino hacia donde me indican sin inmiscuirme. Erea no parece haber notado nada raro en ellos.

Cuando el sol todavía no ha llegado a su cenit, disfrutando del paseo forestal, entramos en un claro del bosque y, nítidamente marcada en el suelo, veo una huella felina de 5 veces el tamaño de los animales que suelen habitar nuestro bosque. Comienzo mi labor.

Me agacho sobre la huella y la palpo con las manos. Sigo con la mirada el posible origen y la posible dirección de aquella marca y, sin embargo, no encuentro más huellas cercanas que me confirmen direcciones. Sea el animal que sea, sabe caminar muy cuidadosamente.

Tomo un poco del barro seco de la huella, me lo llevo a la nariz y huelo su aroma. Huele a felino, efectivamente. Pero a más de uno. Me fijo con más detenimiento y descubro algo que me sorprende: la huella grande está encima de huellas más pequeñas del mismo tipo. El animal más grande ha pisado las pequeñas para que no se vean. El felino es inteligente hasta el extremo de cubrir el número de los que son. Posiblemente las pequeñas sean crías. Ante la expectación de mis compañeros, me doy cuenta de que llevo un rato examinando el terreno y ellos aún no saben nada. Así que me levanto y les explico.

Yo: Mi señora.- Digo mirando hacia la anciana Antía- Si bien mis ojos y mis manos ven lo que ven y sienten lo que sienten, no puedo sino pensar en que, semejantes visiones, y tales sentidos, no pueden sino estar nublados, y que no son sino fantasías y necedades propias del más insensato de los lunáticos.

Antía, que se ríe un poco: Ay, buen Einarion. Muchacho. Si algo he aprendido en los más de los años que llevo en vida, es que nada puede sorprender al que todo espera. No temáis en decir cuáles son vuestros sentidos, por extraños que os parezcan, que ya juzgaremos en después si de locuras se tratase o de otros menesteres. En buena razón, aqueste animal no ha causado daño alguno en todavía. Por ende, solamente deseo de saber quién es nuestro invitado y a qué se dedica.

Yo: Sea pues. Si mis sentidos no me engañan, hete aquí que creo, por las dimensiones de aquestas marcas, que ante un tigre dientes de sable nos hallamos.

La sorpresa de Breogán se deja ver en su cara y Erea mira sin comprender.

Erea: Disculpad mi ignorancia mas ¿Diente de Sable?

Yo: El Smilodón, o "Dientes de Sable", era un ser felino de porte tamaño como de un potro, con colmillos como dagas que se ven asomar desde su mandíbula superior. Era fuerte e ingenioso. A tal punto era apreciado, que los humanos gustaban de cazarlo por muchas razones. Gustaban de matarlo por sus pieles. También, por sus colmillos y su carne y, ante todo, por el trofeo de dar caza a tan ingenioso y perspicaz felino. Que dificultades muchas ponía a su captura. Por ende, y que yo supiera, tiempo ha que aquestos bellos animales murieron en su totalidad. Los humanos aprendieron rápido modos y formas de atraparlos que los Sable no podían evitar.

Erea: Pobres.

Yo: Pobres y, que yo sepa, extintos.

Antía: ¿Y acaso, joven Einarion, necesitáis de más pruebas que las que vuestros ojos ven, vuestras manos sienten y vuestros sentidos notan para convenceros de que siguen vivos? Éste es un Dientes de Sable. Tal vez el último.

Yo: No. El último no. Que crías la acompañan. Creo que es una madre. Mirad aquí.

Antía: Disculpad, mas mis ojos no son los de antes.

Yo: Perdonad, mi señora. Hay huellas de pisadas menores cubiertas por la mayor. Ya me había fijado que no andábais con soltura. ¿Os encontráis bien?

Antía: Ayer, al ocaso, empecé a ver nublado y, por un instante, temí que de un Strantus se tratara, un insecto mortal. Mas, por mi suerte, o mi desgracia, sólo es la edad. Puede que mi vista esté nublada. Pero nunca el juicio.- Y se rió.

Erea: ¡Mi señora!- Dijo quitándose un mechón pelirrojo de la cara.

Antía: Los Dioses quieran que lleguéis a mi edad en mi estado, muchachos. Bueno, sea como fuere, debemos dar con la Dientes de Sable. Hay que saber en qué condiciones está, si puede valerse por sí sola y, en caso de tener criaturas, si existe esperanza para ellos aquí.

Breogán: ¿Y no será peligroso para los nuestros u otros de los que habitan el bosque?

Antía: Si bien son poderosos depredadores, y a pesar de que suelen preferir estepas y sabanas, si ésta "Señora" nos ha elegido para quedarse, bienvenida sea. Dicen las leyendas que aquí había Dientes de Sable hace mucho, mucho tiempo. Antes que los hombres los cazaran. Tal vez por eso ella haya venido aquí. Antiguas sendas para nuevas vidas.

Breogán: A ésta merced, sobre los hombres, me creo en mi deber de explicar, si me lo permiten, los sucesos que fuéronme ocurridos ayer noche. Que si bien hasta agora non tenían de especial significado, con aquesto que decís lo cobran. Ayer paseaba por el camino forestal que lleva hacia el linde, cuando escuché, no demasiado lejos, ruidos de metal. Atendiendo a su procedencia, dí con 7 furtivos que montaban una jaula gigantesca en un foso, lleno de estalagmitas y estalactitas naturales, y que nunca había visto antes.

Yo: ¿Dónde fue aquesto?

Breogán: Pues bastante adentro del bosque, a decir verdad, no muy lejos de aquí. Y hete que me oyeron husmear y, sin pensarlo demasiado, me dispararon con sus arcos, hiriéndome aquí.- Breogán nos muestra una herida en la cinchera de su pierna derecha, donde la pata se une al cuerpo, en un sitio que no es perceptible a simple vista.- Desde entonces me aquejo de cierto dolor y por eso hoy no piso bien.

Yo: ¿Estáis bien vos?

Breogán: No os preocupéis.

Yo: Entonces debemos aprestarnos. Los cazadores querrán esa presa y no debemos permitirlo.

Sin mediar más palabras, nos ponemos todos en movimiento. Aplicando la lógica, busco la fuente de agua más próxima, pienso que allí la Sable tendrá buen lugar tanto de caza como de cría. Sigo un camino que no tenga demasiadas dificultades pues, además del considerable tamaño de la Sable, si era verdad que tenía que proteger a una o más crías, tendría que seguir un camino más abierto.

Al cabo de un rato, con el sol en el mediodía, llegamos a un riachuelo que corre un poco crecido y rápido por el bosque. Allí paramos y oteo el lugar pues sé que éste lugar es bueno para un animal como la Sable. Me separo del resto para examinar mejor la zona.

Tras unos minutos explorando el lugar, con la suerte de mi lado, contemplo a unos 100 metros de donde me encuentro cómo una magnífica hembra de Dientes de Sable, fuerte y majestuosa, dirige a nada menos que ocho ¡Ocho! Crías hacia el agua. A pesar de que la distancia es grande, y a pesar de que ellos no se percatan de mi presencia, puedo contar cinco hembras y tres machos de diferentes camadas.

Esto es lo mejor. La madre no era madre de las ocho crías. Sólo de la más pequeña. Algunas veces, cuando una madre amamanta a sus crías, acepta otras en su camada como si fueran propias. Pero ésta vez la noticia era maravillosa. La especie podía sobrevivir si sobrevivían esas ocho crías diferentes. Se podría recuperar al Dientes de Sable en los bosques de Dhuneden. Si la madre vivía el tiempo suficiente como para terminar de amamantar a las pequeñas, claro.

Mientras pienso en todo esto, una de las más pequeñas, que bebe agua desde una roca, resbala y cae al agua. La madre, dándose cuenta tarde, empieza a correr hacia la cría que chapotea en el riachuelo.

Sin embargo, tras avanzar un tramo, la madre se detiene en seco mirando a las otras siete que quedan atrás. No puede abandonar a todas las crías por rescatar a la que se ha caído, pero tampoco puede salvar a la caída sin dejar a los demás solos.

En la indecisión, la cría se va alejando y se aproxima a donde estoy yo por la corriente.

Tomo una rama gruesa, la echo al agua y la pongo de forma que el "gatito" (a pesar de ser la más pequeña es mayor que un gato adulto) sólo puede "quedarse atascado" en la rama al pasar por donde estoy.

La madre me mira y lanza un fuerte rugido que me paraliza un poco.
El gatito, maullando desconsolado, se agarra con sus patitas a la rama, clavándose firmemente a la madera.
Con suavidad, recojo la madera y agarro al tembloroso, mojado y asustadizo gato entre mis brazos.

Me acerco un poco a la madre. Pero ella amaga una postura para saltar hacia mí, así que opto por dejar a la cría en el suelo y alejarme un poco. El viento cambia y veo cómo la madre levanta la cabeza olfateando el viento para percibir mi olor.

La cría vuelve junto con el resto y la madre baja la cabeza, acaricia con su morro a la cría y yo me alejo lo suficiente para que deje de ser una amenaza. La tensión de la madre decrece.

En ese momento, de algún lugar cercano, suenan ruidos de golpes, tambores, gritos humanos y metal. La madre y sus crías cruzan el riachuelo por un vado y se marchan corriendo. Yo entiendo qué está pasando. Memorizo el lugar de los ruidos y galopo todo lo rápido que puedo hacia donde espero que sigan mis compañeros.

Aquellos ruidos tan forzados son una forma de cazar.
Los batidores hacen ruido y espantan a la presa hacia una trampa.
Una trampa como la que Breogán había visto la noche anterior.

Galopo hasta el sitio donde siguen mis camaradas.
Explico que una batida de cazadores ha espantado a la Sable, y que la he visto marcharse, pero que debemos emboscar a los batidores antes de que sea demasiado tarde.

Gracias a que he memorizado más o menos el lugar de donde venían los ruidos, localizamos pronto a cinco hombres que caminan separados, haciendo ruido con cazuelas, tambores y palos.
Sin descubrir nuestra posición (entrar en Dhuneden está prohibido y cazar está doblemente prohibido) disparamos nuestras flechas contra ellos. Erea dispara varias veces por cada disparo nuestro.
Cuatro de los hombres caen atravesados por nuestras flechas.
El quinto, presa del pánico, echa a correr en dirección contraria a la que traía.

Erea, la fogosa arquera, carga contra el que huye.
A pesar de que hay bastante distancia, ella corre mucho más rápido y sabemos que lo alcanzará pronto.
Ambos se pierden en la espesura.

Breogán, Antía y yo continuamos el camino hacia el riachuelo donde he visto a los Sables.
Llegamos al vado donde han cruzado el río los felinos.
Sigo el camino que los vi tomar cuando huyeron asustados por el ruido de los batidores.

Al cruzar el riachuelo, escuchamos un grito lejano en la espesura y, unos segundos después, el cuerno de caza de los centauros llega a nuestros oídos diciéndonos que Erea está viva.
Ha triunfado en su cacería particular del cobarde furtivo.

Cuando empieza a caer el sol, escuchamos gruñidos de fiera salvaje.
Breogán me confirma que aquí vio cómo ponían la trampa ayer.
Empieza a llover con fuerza.

Cuando nos acercamos más, vemos que el terreno crea un espacio sin salida.
Tres paredes naturales de varios metros están llenas de estalagmitas y estalactitas.
En el medio de éste "ruedo" está la jaula de metal. El lugar es una ratonera perfecta.
La jaula está cerrada. La madre está dentro.  

La jaula, a pesar de tener gruesos barrotes de metal, tiene espacio suficiente como para que las crías pasen entre barrotes, pero no la madre.
Las crías están entrando y saliendo, maullando de pena, acariciando las patas de su madre.

Breogán y Antía, sin pensar demasiado, se lanzan hacia la jaula para abrirla mientras yo intento evitarlo gritando.

Yo: ¡Quietos! Puede haber más trampas.

En ese momento, ante la jaula, un foso cubierto de hojas cede ante el peso combinado de Breogán y Antía, haciéndolos caer.

Los dos cazadores que no habían participado de batidores aparecen en lo alto de los muros naturales del lugar y, dejando caer un "rastrillo" que habían improvisado con troncos de árboles, cierran la entrada y única salida del lugar. Ahora yo también estoy encerrado. Aunque tal vez pudiera salta hasta allá arriba.
Pero dos contra uno sería muy peligroso. Los cazadores se ríen maliciosamente.

Furtivo con barba: Mira mira mira... Pero si tenemos nuevos ratones en nuestra trampa. Nunca pensé que esto pudiera ser tan fácil. Gordo, abre la jaula. Vamos a divertirnos un rato. Una pelea de animales.
Jajaja. Apuesto por el gato.

Gordo: Sí jefe.

El más gordo abre la puerta de metal de la jaula, dejando libre a la Dientes de Sable.
El animal ruge con la fuerza de la naturaleza y yo preparo mi lanza pero sé que no puedo hacerla daño si quiero que vuelvan a vivir los Dientes de Sable por aquí.

La madre se acerca a mí. Evita el foso en el que han caído Breogán y Antía, y me lanza un zarpazo.
Intento pararlo poniendo la lanza de madera entre los dos pero el golpe es tan fuerte que parte la lanza. Me echo para atrás.

La madre se acerca gruñendo. Me tropiezo y caigo con mis cuatro patas al suelo, quedando contra la pared. La madre se pone a un palmo de mi cara y me ruge.

Los cazadores ríen a carcajadas sin perder detalle. La madre me huele la mano. No han pasado muchas horas, así que la madre debe estar oliendo algo de cuando he rescatado a su cría. Eso puede enfadarla más si no ha entendido lo que pasó en el riachuelo.

Sin embargo, con un potentísimo rugido, la madre salta hacia arriba y pasa por encima de mi cabeza. Cuando miro, veo cómo ha logrado saltar el murete natural y está peleando con el cazador barbudo que había mandado abrir la jaula.

Sin perder la oportunidad, salto todo lo que puedo yo también y logro subir el murete. Me abalanzo sobre el gordo con la punta de mi lanza rota y se la clavo en la garganta. El gordo cae al ruedo sangrando a borbotones.

Me giro y veo que la Dientes de Sable, arrastrando el cadáver del barbudo, vuelve a bajar al ruedo y atrae a sus crías. Desde la parte de arriba, rodeo el murete hasta la puerta de entrada y quito el rastrillo. La madre se marcha lentamente con sus crías, adentrándose hacia la espesura.

Antes de que los haya perdido de vista, saco a la anciana y al guerrero centauros del foso y los tres vemos, en la lejanía, cómo la madre mira hacia nosotros una última vez y se dirige hacia lo más profundo del bosque donde nunca más volverá a ser la presa, sino la cazadora.

Llega Erea a donde estamos. Los cuatro estamos bien. Hemos salvado a las crías y a la madre. Hemos dado una nueva esperanza al bosque. Hemos preservado la huella de la esperanza.
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Mensaje por Alice Lydell el Jue Sep 18, 2014 5:20 pm

No estoy segura de si la ambientación sea del todo correcta, pero la historia es buena y está bien escrita; supongo, y a riesgo de equivocarme y parecer tan inculta como soy, mezcla usted dos lenguas; y sin embargo, eso parece enriquecer la narración.

felicidades.

bienvenido a noreth


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Mensaje por Einarion el Vie Sep 19, 2014 1:05 am

Sí. Jajaja. Español antiguo y español moderno.

Como el Arcaico, Kentaur o idioma de los centauros es "un dialecto del común que resulta comprensible". Pues eso. Idioma parecido al común pero comprensible y "arcaico".

¡Gracias! Espero que os haya gustado.

Prometo no escribir tan largo y raro en el futuro. Pero necesitaba soltarme un poco.
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