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Mensaje por Balka el Miér Sep 24, 2014 1:55 am

Probablemente esto es muy largo. Lamento la extensión y agradezco mucho la paciencia del lector.

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-¡AAAAAAAAHHH~!- dejó escapar Balka, asomándose sobre la baranda de aquella extraña cosa. Allí lo llamaban barco, pero lo que estaban surcando no era un mar de agua y sal, sino una llanura infinita de arena parda y caliente.- ¡ME VOY A MORIR DE CALOR!

Uno de los marineros rió. En el pequeño barco de arena viajaban unos cinco pasajeros más a parte de ella, apelotonados todos bajo la sombra de una jaima color crema anudada al palo mayor. El viento mantenía hinchadas las velas de un blanco sucio, y la nave, de casco combado, parecía flotar sobre las dunas como un pájaro susurrante que tuviera mucha prisa. Se dejó caer en el suelo de tablas de madera, desparramada y sudorosa bajo aquel sol implacable, desistiendo en el intento de recibir alguna ráfaga de aire que fuera fresca. Maldita sea, pensó; es la última vez que tomo decisiones estando borracha. Se había liado a beber junto a un divium borrachín que empezó a contarle cosas sobre las cacerías en Loc-Lac, y antes de darse cuenta estaba comprando un pasaje hacia el interior del desierto en busca de lo que sea que fuera que los nativos acostumbraran a cazar por allí.

Su acostumbrada coleta lateral era ahora un rubio moño desgreñado en lo alto de la cabeza, y en un ataque de desesperación había cortado sus pantalones casi por la ingle de una manera no muy precisa. La camisa carmesí se le pegaba a la piel dibujando la silueta de sus pequeños pechos, levantando miradas indecentes aquí y allá; de buena gana se habría quedado desnuda sobre la cubierta si con ello hubiera conseguido estar más fresca, pero el patrón del barco le aconsejó que no, que si lo hacía acabaría gravemente quemada por el sol y la fricción de la arena en el viento. Aquello era un maldito infierno sacado de una pesadilla de muy mal gusto. Chasqueó la lengua y volvió a vigilar por el rabillo del ojo la bolsa de tela y cuero a su lado.

Balka tenía una máxima con el equipaje: siempre, siempre debes cargar encima todo lo que sea importante y valioso de manera que resulte tres veces más difícil que te roben. El resto de cosas las metía en aquella bolsa que normalmente trataba con desganada indiferencia, ya que todo el contenido era fácilmente sustituíble si se llegaba a perder. Sin embargo el calor la estaba obligando a tomar medidas drásticas: rompiendo su pequeña regla guardó en ella lo que llevaba encima que pudiera caber, que venía siendo todo menos el arco. Incluso los pendientes de oro; le quemaban en las orejas y era insufrible. Suspiró, y el aire seco calentó sus pulmones por dentro. Volvió a maldecir el calor, a las gentes de Loc-Lac, a sus cacerías, a sí misma, a todo lo que se pusiera por delante. Observó la piel de sus piernas desnudas y pensó que bueno, que al menos quedaría un poco bronceada.

Cuando aquella cosa llamada barco atracó en el extraño puerto sin agua de la ciudad, Balka no pudo dejar de admirar su construcción y color: amplias estructuras que prometían buena sombra en su interior y edificios blancos de grandes cúpulas por todas partes contrastando vivamente con el pardo del desierto que los rodeaba. Hacía el mismo calor allí que en mitad de las dunas, pero la vista al menos era más fresca. El tumulto de nuevos viajeros se arremolinó como un enjambre de moscas perdidas y mientras la mujer intentaba buscar a alguien que pudiera orientarla sintió un fuerte tirón en su hombro: alguien acababa de arrancarle el bolso que llevaba al hombro. Vio alejarse corriendo a un chiquillo escuálido, que giró la cabeza y le sonrió mientras le sacaba la lengua, triunfante. De modo que ella se quedó de pie en mitad de la gente que comenzaba a dispersarse, parpadeando, perpleja. Y acto seguido estalló en altas carcajadas palmeándose las piernas, divertida, sin molestarse por el posible espectáculo que estuviera dando. Se había dejado robar como un vulgar campesino que llega por primera vez a la capital. Sólo le quedaba la ropa puesta y el arco de tejo cruzado sobre su pecho, ya que incluso había metido en la bolsa las botas tachonadas. No era la primera vez que le pasaba, pero sí era la primera vez en la que uno de esos bastardos desarrapados de los bajos fondos conseguía desvalijarla. Era tan ridículo que resultaba divertido. Se abanicó con la mano porque reír la estaba dando calor. El capitán del barco en el que había llegado, un fornido desehno con una barba impresionante y actitud demasiado noblesca, se acercó cauteloso para preguntar qué estaba pasando. No era raro del todo ver elfos en Loc-Lac, él mismo había transportado unos cuantos, pero desde luego aquella era la elfa más rara que había visto en su vida.

-Qué le parece, capitán.- exclamó Balka alegremente, haciendo visera con la mano izquierda mientras oteaba en la dirección en la que se había marchado el ladronzuelo. Notaba el suelo muy caliente bajo sus pies desnudos.- Acaban de desvalijarme con el mayor descaro del mundo.
-Sin duda es un gran contratiempo, señora.- contestó el hombre con desconcertada cortesía.
-Sin duda, sin duda. Era una rata pequeña de unos doce años; pude verle una marca del tamaño de una nuez, así color vino, encima del ojo derecho. ¿Tiene usted alguna idea, capitán?- preguntó, con los brazos en jarras y las cejas alzadas cargadas de intención, cerniéndose sobre él mientras sonreía. El gesto puso nervioso al desehno, aquella sonrisa era la mueca de un depredador curioso.
-Con todo el respeto, señora, espero que no esté insinuando que puedo conocer a los ladrones que asolan los muelles de arena. Ni mis hombres ni yo nos mezclamos con esa chusm...
-Sí, sí, muy honorable todo, lo que le de la gana, pero de tanto verlos acechar a los nuevos viajeros uno debe de quedarse al menos con la cara de los habituales, ¿no? No es usted ciego, o sí.
-No soy ciego, pero espero que los habituales le quiten de encima lo poco que le queda. Buenos días.

Balka chasqueó la lengua mientras veía cómo se alejaba el capitán, muy erguido y muy ofendido. Tacto, idiota, se dijo, hay que tener más tacto. Se rió un poco, siempre había carecido de él y a estas alturas no tenía intención de comenzar a practicarlo. Se estiró un poco bajo el ardiente sol y emprendió la marcha por el mismo camino que el niño.

A primera vista Loc-Lac podía parecer amplia y bien planificada para tratarse de una ciudad bastante pequeña, pero como acabó descubriendo en realidad era un inmenso entramado de calles y callejuelas encaladas por las que era sumamente sencillo perderse. Se apoyó en la pared de una casa, hasta las narices de sudar, y de paso le robó la bolsa a un peatón descuidado. Hacer preguntas nunca era gratis y un par de monedas siempre aflojan la lengua de los que nunca tienen nada. La elfa dio gracias por la marca de nacimiento del muchacho: muchos vendedores de los puestos del mercado interior de la ciudad reconocieron la descripción y le dijeron que se trataba de un raterillo que siempre rondaba por allí intentando robar algo de provecho. Suspiró y taconeó molesta con unas botas invisibles. Si hubiera estado en Sacralis las redes de mendigos la hubieran podido ayudar, pero si se hubiera dirigido hacia Sacralis como tenía planeado en vez de zambullirse en el desierto no la habrían robado de manera tan tonta. Le comentaron que fuera a hablar con el vendedor de té, que él sabía todas las cosas que sucedían con los suburbios y sus gentes.

Localizó el puestecillo de dicho hombre empotrado en una esquina medio oculta; a la sombra de los balcones del edificio en el que se parapetaba vendía alegremente té hirviendo en infinidad de vasitos expuestos sobre una mesita.

-Buenos días.- saludó muy amable. Sonreía con suavidad.- Le agradecería sobremanera si pudiera decirme dónde suele dormir el niño ladrón de la mancha sobre el ojo derecho.

Por experiencia propia sabía que el rango de los ladrones solía abarcar grandes zonas en las ciudades: se dividían todas las calles llenas de personas y las convertían en su territorio de caza; por ello era tan difícil encontrar a uno, estaban en constante movimiento dentro de sus zonas y por eso era más sencillo preguntar dónde dormían. Uno nunca nunca duerme en ningún otro sitio que no sea su casa... y su casa siempre solía estar en un lugar fijo. La sonrisa inicial del anciano vaciló en su boca arrugada. Balka vio la duda y la indecisión en sus ojos, y se impacientó. Comprendía que la actitud de los nativos hacia los forasteros fuera inicialmente hermética, ya que ella no era nadie frente a los ciudadanos del oasis. Pero en ese preciso momento ella no tenía ganas de jugar a ser amable, quería recuperar sus cosas y dormir un montón en algún lugar exento de arena para poder levantarse descansada y apuntarse a las cacerías. De modo que subió un pie descalzo a la frágil mesita de las tazas y se inclinó hacia delante mientras acentuaba su propia sonrisa y bajaba un poco la voz; la impaciencia la volvía agresiva, era un gran defecto del que no había podido librarse.

-Puede usted ser de ayuda, anciano, o puedo lanzarle a la cara su mesa llena de agua coloreada hirviendo y arrastrarlo bajo el sol hasta que se cueza en su propia túnica. Hágame el favor y pórtese bien, ¿vale? No nos metamos en cosas innecesarias, que hace calor.

El anciano le dio unas secas indicaciones y la conminó a marcharse antes de que llamara a algún guardia. Balka emprendió el camino con cierta prisa: extranjeros preguntando cosas extrañas se convertían pronto en noticia en los bajos fondos de todas las ciudades, donde la información corría mas rápido que el viento. Y ella lo único que quería en ese momento era darle una paliza a aquel maldito niño. En realidad no tenía nada en contra del ladronzuelo; de hecho ni siquiera se hubiera molestado en perseguirlo si la bolsa hubiera tenido su contenido habitual, comprendía muy bien las razones de la gente para robar y no encontraba censura alguna en ello; solía dejar hacer a los ladrones. La irritaba tener que perder el tiempo buscando, pero era lo que había, todos necesitamos sustentarnos de alguna manera. Sin embargo el error del muchacho en esta ocasión había sido elegir mal la presa, y aunque desde su punto de ladrona experimentada le pareciera divertido ser robada, no permitiría la venta y dispersión de sus posesiones.

Tardó relativamente poco en encontrarlo, principalmente porque Ihrri, que así era como se llamaba, era un chico descuidado, charlatán e inexperto. Resultó algo poco decepcionante, pero aceptó su buena suerte poniendo rumbo hacia el casco antiguo, hacia las callejuelas más estrechas en las que había estado jamás. Se maldijo a sí misma mientras la estrechez del espacio la hacía sentir una profunda desazón y comenzaba a ponerse nerviosa. Se trataba de una zona pobre de casitas apelotonadas apoyadas las unas en las otras: daba la impresión de que si quitabas una las demás se desplomarían en cadena. Los encontró a él y a un chico más discutiendo acaloradamente, con el bolso de cuero y tela abierto sobre el suelo. Le pareció admirable que con semejante calor esos dos aún pudieran enzarzarse en cualquier pelea. El más pequeño de unos siete años se parecía mucho al primero; también tenía una mancha de nacimiento grande como una manzana en el hombro desnudo y fue el primero en darse cuenta de su presencia en la entrada del estrecho callejón. Era tan estrecho que le bastaba con extender los codos para tocar ambas paredes a la vez, y aquello facilitó que, al grito de alarma de Ihrri, ambos pudieran escalar las paredes llenas de salientes con la agilidad de un maldito mono para intentar perderse entre los tejados.

La mujer soltó un grito exasperado y se puso a trepar ella también. Aquello empezaba a ser humillante, verse obligada a perseguir dos ratas de alcantarilla por aquel estúpido bolso como si todo aquello fuera una gigantesca burla. Terminó de enfadarse. La vista sobre las terrazas de la ciudad era realmente hermosa, pero el sol castigaba mucho más intensamente allí arriba y el suelo quemaba bajo los pies. Con un suspiro agradeció la repentina amplitud, no estaba segura de poder seguir guardando la compostura allí abajo. Comenzó a correr tras ellos saltando con facilidad los huecos de los callejones, sus piernas largas y de zancada segura eran mucho más eficaces que las de los niños, y pronto les dio alcance. Ihrri saltó con cierta dificultad un hueco grande, pero su hermano pequeño se quedó al borde, ansioso, con temor. Balka lo atrapó de la misma manera en que un lobo caza a una liebre lenta y sonrió triunfante cuando escuchó el chillido angustiado del niño en sus garras. Lo zarandeó para que se mantuviese quieto y lo agarró por la nuca, apretando sus largos dedos por debajo del final del hueso de la mandíbula, bajo las orejas. Era un cuello flacucho. El niño boqueó, pero dejó de moverse cuando ella lo obligó a inclinarse, en precario equilibrio, sobre el borde del techo. Aquella parte de la ciudad era alta porque se habían construido unas casas sobre otras como un enjambre, y la caída era al menos de tres pisos.

-Bueeeno, qué tal si hacemos un intercambio, pequeño bastardo.- comentó la mujer, secándose el sudor de la frente y estirando la cuerda del arco. Se le clavaba en el pecho, molestaba.

Balka observó a Ihrri con atención. No pudo evitar sonreír ampliamente con una satisfacción algo desquiciada al darse cuenta de que él estaba a punto de convertirse en uno de los suyos, en uno de los salvajes, de los que eran capaces de matar sin sentir porque en realidad no existía lo erróneo en el mundo, porque todo estaba permitido. Lo vio sopesar la vida de su hermano y las ganancias de la venta del bolso, casi pudo escuchar los engranajes de su cerebro funcionando a toda velocidad. Sintió curiosidad por la respuesta que elegiría, ¿su hermano, que gemía quedamente como cualquier criatura débil y atrapada? ¿O aquel bolso que podría proporcionarle una diminuta fortuna y hacerlo libre? Vamos, susurró mentalmente, decídete. Inclinó al hermano todavía más sobre el abismo, que desde la terraza llena de sol se veía muy, muy oscuro, como sin fin. Éste emitió unos lastimeros sonidos y sacudió las manos sobre el vacío; sus pantalones de tela parda se humedecieron. A Balka no le dio pena.

-Puede que mi vida sea muy larga pero mi paciencia es muy corta, chico. O me devuelves el bolso o despeño a tu mascota.

Realmente lo haría sin asomo de compasión o remordimiento; la verdad es que no había motivo alguno por el cual hacerlo, pero estaba demasiado enfadada y se sentía dispuesta a llegar todo lo lejos que necesitara. A ella le daba igual que en aquel preciso momento estuviese sosteniendo la vida de un niño pequeño, lo que la interesaba en ese instante era el conflicto interno de Ihrri. Sus ojos oscuros reflejaban cierto dolor: sabía lo que quería y sabía lo que era correcto, y ambas cosas eran diametralmente opuestas. Le recordó a ella misma cuando callejeaba muerta de hambre por las ciudades humanas, tanto tiempo atrás, y a aquella vez que dejó morir a un compañero para asegurarse su propio pan. En el fondo sólo importaba la propia supervivencia y daba igual qué método se usara para ello, la meta era ganar, ganar siempre. No había espacio para amar o ser amado, para tener pena o sentirla por alguien, para hacer amigos o conseguir una familia, para ser blando. Todo eso era lo que reflejaban los ojos despiadados de la elfa, clavados profundamente en los del otro.

Si Ihrri elegía el bolso por encima de su hermano ella lo soltaría sin más y después se lanzaría a por el muchacho para recuperar lo que era suyo; no estaba dispuesta a perder algunas cosas. Desde su particular sentido de la honorabilidad pensó que debería dejar que Ihrri se quedara con el botín si sacrificaba al chiquillo por él, pero su parte cruel comentó que no, que el chico iba a recibir un excelente bautismo de fuego y que eso era recompensa suficiente. De todas maneras estaba segura de que la situación no se torcería en aquella dirección.

El hermano entre sus dedos comenzó a removerse, llorando, incómodo por la posición, asustado por el largo silencio. Balka apretó más fuerte para que no se le escurriera. E Ihrri decidió: se acercó al hueco de la calleja y tendió el bolso sobre el vacío. Aunque ya lo esperaba la elfa sintió algo de decepción, pero se encogió de hombros y tendió la mano libre. El niño, ansioso por volver a estar a salvo, se sacudió salvajemente extendiendo los bracillos flacuchos hacia su hermano mayor. Los dedos de la mujer eran fuertes, pero no tanto. El chiquillo se deshizo de su garra y por un momento quedó suspendido sobre el vacío, como si el tiempo se hubiera detenido, con las puntas de los dedos rozando las manos de Ihrri. Luego cayó cabeza abajo como un fardo de patatas y se estrelló sobre el suelo de la calleja desierta con un desagradable sonido de cosas que se rompen.

Ihrri gritó, con una voz ronca y sorprendida. Dejó caer el bolso por el hueco y descendió a toda prisa hasta el suelo. Balka bajó también con cierta dificultad, resbalando, y se dirigió hacia sus pertenencias. Sacudió la bolsa quitándole algunas manchas de arena y se la colgó del hombro, revisando que, efectivamente, los delicados frasquitos de los antídotos se habían roto. Chasqueó la lengua.

-Lo has matado...- susurró el chico, con su pequeño maltrecho hermano en el regazo.
-Técnicamente fuiste tú al tardar tanto en decidir si querías salvarlo o no, pero vamos a dejarlo en que resbaló él solo por no saber estarse quieto.
-¡NO! ¡ERA SÓLO UN NIÑO, TÚ LO MATASTE!- gritó, desesperado. Sus manos estaban manchadas de sangre y su rostro de lágrimas.
-No lo hice y lo sabes.

Ihrri sacó del chaleco que llevaba un cuchillo mellado, gris y lleno de manchas. Se puso en pie y embistió como un animal desbocado. La mujer esquivó con facilidad el ataque frontal y se apartó hacia un lado. Segundos antes Ihrri, en el tejado, había decidido renunciar a aquella vida carente de moral en la que todo estaba permitido que Balka llevaba. Probablemente el encuentro lo habría hecho recapacitar con el tiempo, y habría podido crecer de una manera diferente pensando cosas diferentes porque, en el fondo, tenía a alguien de quien cuidar, tenía un  hermano, tenía el cariño de un familiar, el calor de una amistad, la confortable compañía de alguien a su lado en los caminos oscuros. Pero ahora ya no. Ahora el motivo de su renuncia se había esfumado, y en menos de lo que se tarda en parpadear el muchachito se había lanzado a su propio abismo interior, abrazando la oscuridad y el frío lleno de dolor. La mujer lo vio, vio su propio vacío reflejado en el vacío de aquellos hermosos ojos oscuros. Y supo que acababa de nacer otra bestia sin corazón en aquel mundo triste lleno de sangre.

El chico volvió a la carga pero las lágrimas lo cegaban y la furia lo hacía torpe. Balka lo esquivó con perezosa facilidad y lanzó una patada que estampó a Ihrri contra una pared. Sonó un crujido, probablemente le acaba de partir una costilla o dos. El cuchillo salió disparado, y él se dejó resbalar hasta el suelo. Se tapó la cara con las manos.

-No es justo... No es justo...- sollozó.- Él no tenía culpa de nada... Ahora yo... no es justo... qué voy a hacer...
-Justicia.- rió Balka, acuclillándose a su lado  y removiéndole el pelo con gesto amistoso. Él se estremeció, pero ella no apartó la mano sino que la apretó sobre su cráneo como una garra de acero, obligándolo a mirarla.- ¿Reclamas justicia después de lo que acaba de suceder? Atiende bien mocoso, en este mudo no existe esa quimera que llamas justicia: la única verdad incuestionable que puede alzarse sobre la balanza es la ley del más fuerte, la de matar o morir. La vida es una broma muy cruel, chico, nada de lo ocurre dentro de ella tiene razón de ser, los buenos se mueren de la misma manera que los malos y todo continúa su camino con indiferencia y sin sentido. ¿Lo notas? Estos sentimientos, abrázate a ellos y no los pierdas de vista, sólo tienes que seguir avanzando con ese ímpetu que me has mostrado hace un momento cuando estabas dispuesto a matarme. Te has ganado el derecho a empuñar cualquier arma porque has sido capaz de aceptar tu muerte al lanzarte a matar, y ese derecho te mantendrá con vida si todavía quieres vivir. Deja de buscar justicia en lo que te sucede, no la hay. Lo único verdadero, lo único que jamás te va a mentir es la sangre derramada.

La mujer se levantó apoyándose en las rodillas y salió de la sombra del callejón con paso tranquilo, guiñando los ojos por el sol repentino y estirando mucho los brazos. Odiaba tanto los espacios reducidos...

-Yo... Yo... - la voz del niño, gangosa por el llanto, resonó entrecortada y llena de ese tipo de odio ardiente que no tiene fin y lo quema todo a su paso.- Viviré y me convertiré... en alguien muy bueno peleando... y luego... luego te buscaré... te mataré y tu sangre me contará la verdad.

Balka sonrió con suavidad desde la calle, asintiendo. En sus ojos bailaba un brillo divertido por el reto lanzado.

-Me parece bien, pequeño. Crece mucho para convertirte en un hombre temible y cuando eso pase búscame, recibiré todo el odio que quieras darme. Pregunta por Balka, ¿vale? La roja, la de la suave sonrisa. Aférrate a esto y no lo olvides jamás hasta que me encuentres.

Enganchó sus pulgares en las trabillas del pantalón mal cortado y caminó calle abajo pensando en cómo de pequeñas serían las habitaciones de las posadas baratas y si inscribirse a las cacerías le costaría dinero. También iba a necesitar algo ropa nueva de la tela fresca que usaban los nativos, de lo contrario la palmaría por el calor. ¿Cómo era posible sudar tanto? Maldito desierto.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Mensaje por Turbulencia el Miér Sep 24, 2014 10:29 pm

Muy bien señorita Balka, pediré color verdoso para su personaje Wink
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