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El Rastro de una Tejemuerte

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El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Sheoldred el Vie Oct 03, 2014 4:38 pm

Sheoldred llevaba varios días instalada en Theezeroth, por alguna razón el mágico bosque le calmaba la ira y la malicia, pero no del todo.

La aracne había hecho ya un gran nido, había encontrado un buen claro lo suficientemente grande para instalar una gran telaraña y resguardarse por una larga temporada, su meta era asaltar los poblados cercanos a su nido y utilizar las ganancias para hacerse con la cabeza de un dragón codicioso que había estado molestándola en Dhuneden.


-Quizá no sea mala idea quedarme aquí, es agradable y mi cuerpo nunca se sintió tan tranquilo como ahora- Sheoldred se encontraba descansando mientras se echaba en su telaraña principal mientras pensaba como iba a atacar a la primera aldea. La aracne había tardado cerca de un mes en hacer su telaraña, y otro mes en espiar los poblados y sus caminos. El poblado más cercano era Glaston, pequeño, pintoresco, cerrados a los viajeros, su principal fuente de ingresos eran las cosechas mágicas de polvos rúnicos, no eran grandes plantaciones pero les daba diamantes suficientes para mantener al pueblo entero cada mes.

La segunda aldea era traben, era la más pequeña de las tres pero la más rica, sus pobladores también eran muy cerrados a las visitas y no les gustaba recibir ayuda de alguien, se dedicaban a la manufactura de artefactos mágicos, sus productos eran muy variados, tenían velas que no se consumían nunca, cantimploras que siempre tenían agua, bastones para canalizar conjuros, entre muchas baratijas más, nada de lo que vendían funcionaba más allá de 1 mes, pero los comerciantes las compraban por kilos y las vendían lejos donde no los conocían.

La ultima aldea era la más grande, la que se encontraba más lejos del nido de Sheoldred y la mejor protegida, altas empalizadas de maderas mágicas de Theezeroth, podían soportar tanto como las piedras y nunca las verías resquebrajadas, sus habitantes eran tranquilos, atendían bien a los visitantes y su economía se mantenía de la ganadería, pero no de cualquier ganado, el ganado aquí era muy diferente, horrendo a la vista de muchos pero mucho mejor que el ganado común de todo Noreth, los caballos eran notablemente más grandes y los más raros podían camuflajearse con su entorno, las vacas tenían seis patas y eran el doble de largas, aunque sus caras parecían de una mezcla entre perro y sapo su carne era muy rica y con poca alimentabas a muchos pues unos cuantos bocados te dejaban satisfecha, muchos creerían a simple vista que Burython tendría mas oro que traben pero el ultimo daba siempre una cuota semanal al imperio como tributo y se llevaba casi todas las ganancias dejando a cambio soldados y oro suficiente para mantener funcionando el pueblo hasta su siguiente tributo

Dicho tributo se mandaba en un carromato, al principio de su recorrido la vigilancia es prácticamente nula, solo los dos jinetes que viajan siempre por turno, hasta que salen al camino principal a campo abierto donde se unen a una pequeña caravana de comerciantes que proveen de sus productos al imperio.

El plan de Sheoldred era hacerse con ese carromato, si bien a la aracne no le importaba tener oro le poder que le daba el solo poseerlo era vital para sus próximos objetivos.

Varios días después.

Glaston, el pueblo de los polvos, era la mejor forma de practicar sus tácticas para asaltar carruajes, pues ellos cada semana mandaban polvo rúnico a los enanos, la carga en si no era peligrosa pues solo obedecerían las runas escritas con ella, así que no había riesgo alguno.

Sheoldred se paró de su telaraña, fue difícil, nunca descanso tanto y tan bien que se quedó varias horas tirada descansando que cuando se intentó parar, el solo hecho de estirar las patas le causo un leve dolor.


-Muy bien, hora de trabajar, esos humanos deben estar por mandar el cargamento a Drakenfang, no tengo mucho tiempo- Sheoldred tomo unas cosas de su viejo cofre, unas ropas viejas que ella misma unió para que alcanzara a cubrir todo su cuerpo, un pedazo mal cosido que apenas tenía forma, se amarro el látigo al torso atravesándolo por el cuello y debajo del brazo izquierdo, cuando estuvo lista miro su guarida con un poco de flojera y mala gana, después solo se volteo y empezó a caminar.

A lo lejos un sendero de más o menos 3m de ancho parecía desierto, no se veía ni un alma a la lejanía en ninguna dirección, el trotar de un par de caballos empezaba a romper el sonido del bosque, era temprano, el sol apenas iluminaba el cielo pintándolo de un azul oscuro, los pájaros ni siquiera habían despertado, mientras aquel trote se hacía más fuerte y más fuerte.


-No se tu pero pienso robar un par de kilos para venderlos aparte, la miseria que nos dan por llevarlo no vale la pena, además el viaje es caro y no va a salir de mi bolsillo- dijo uno de los jinetes a su compañero.

-Ya cállate, y déjame dormir, en cinco horas empieza mi turno y no pienso desperdiciar mis horas de sueño- replico el otro.

-Bueno yo solo digo lo justo, deberías hacer lo mismo- respondió el otro que parecía ignorar el sueño de su amigo.

-Está bien está bien deja de molestar- dijo el segundo, se paró, tomo una bolsa y comenzó a llenarla de uno de los cofres que llevaba dentro el carromato, cuando estuvo llena se la arrojo fuera a su amigo y grito. -Ten cinco kilos y ya cállate- el ruido seco del golpe del saco contra el suelo del bosque extraño al humano, cuando asomo la cabeza por entre las cortinas su compañero ya no estaba, en cambio un monstruo a ojos del jinete se encontraba parado sobre el techo del carromato.

-Dime humano, para que sirven estos polvos- amenazo Sheoldred a su presa, lo tenía completamente inmovilizado con su telaraña.

-Son para la magia rúnica, por favor no me hagas daño, tengo hijos y esposa- imploro el humano.

-Mmm, ¿y que es la magia rúnica?- pregunto la araña

-Los enanos lo usan para inscribir runas en sus creaciones y el polvo hace lo que la runa dice, te juro que es la verdad- chillo el humano.

-Te creo te creo pero no puedo dejarte libre, creo que te dejare por aquí guardado y regresare por ti más tarde, necesito ese carromato- finalizo la aracne, colgó al humano entre las ramas de los árboles y salió en busca del carromato.

Sheoldred apresuro el paso, si quería alcanzar el carromato y regresarlo a su guarida a tiempo tenía que cortarle el paso antes de que llegara al camino principal y pudiera meter más velocidad para escapar.







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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Einarion el Mar Oct 07, 2014 2:15 am

El último trago de la última botella de licor hacía días que se había terminado.
Mi ánimo, al compás del gris y lluvioso tiempo, baja hacia los profundos abismos del alma.
Al igual, mis pasos se dirigen al más oscuro y profundamente místico rincón del mundo: El bosque de Theezeroth.

Si las leyendas eran ciertas, oscuros poderes mágicos dormían y cazaban desde los orígenes de la vida en esa arboleda. Los ríos eran mortales y adentrarse en la espesura era sinónimo de muerte.
Tal vez mi propia muerte sea precisamente lo que mi espíritu anhela.

La lluvia no se parece en nada a las frescas y agradables gotas de mi tierra natural.

Aquí, el gris y aceitoso líquido cae con un toque ácido y picante sobre mi pulido acero. Aquí no da olor y frescor al suelo: encharca caminos embarrados y los hace aún más difíciles para recorrer. Por lo menos si tienes cuatro patas equinas. Como si el propio camino cerrara el paso a los extranjeros.

Clavado en un poste de madera se aprecia el nombre del pueblo más cercano.
No sé leer así que prosigo sin saber realmente adónde me dirijo. Espero que sea Glaston, me habían dicho que se encuentra por aquí, pero lo bueno de ir adónde le dirigen a uno sus pasos, cuando uno no sabe adónde va, es que tampoco le importa.

Los campos a mi alrededor han sido recolectados hace poco y se contemplan capullos cerrados de una planta que desconozco. Recojo una del suelo y veo que el capullo es gris. "Qué apropiado, gris", pienso mientras abro las hojas del capullo. De su interior, alojado entre unos algodones, un polvo gris con ciertos brillos azulados se desprende elevándose de forma un poco antinatural. Como con éste tipo de cosas he aprendido que es mejor no jugar. Dejo caer donde estaba la flor y prosigo mi camino.

A lo lejos, por fin, contemplo la oscurecida muralla de Glaston y, por un instante, me parece un lugar pintoresco. Pintoresco en el sentido original de la palabra. Digno de ser pintado en un cuadro. Tal vez fuera un cuadro lúgubre y tenebroso, o tal vez fuera mi imaginación, que jugaba conmigo tratando de ver más allá para no entristecerme definitivamente. Pero pienso que, sin ninguna duda, era el mejor rayo de esperanza en un momento como aquel: ahí encontraría cobijo. Un sitio seco.

Distingo a lo lejos las puertas remachadas de metal de la pequeña población. Un breve movimiento en la altura me distrae de mi camino y percibo a Fugaz. Mi águila vuela con dificultades trayéndome una liebre de hermoso tamaño entre sus garras.

Fugaz llega hasta mí. Se posa en mi hombro y me ofrece su presa. Le tiendo mis manos y deja su regalo. Una liebre enorme.

En lugar de contento me quedo extrañado y un tanto asustado por el animal. Tiene 6 patas. Pienso en tirarla. Semejante aberración es mejor no comerla y, por suerte, llevo mis alforjas a rebosar de comida. Pero nunca tiro el alimento que Fugaz trae. Ya le daré algún uso en el futuro. Sólo espero que aquella "enfermedad" de la liebre no me pegue nada a mí o al rapaz. Decido no comer ni beber nada de por aquí. Por si acaso.

Doy a Fugaz un trozo de carne que llevo preparado para premiar sus cacerías y él salta un par de veces hasta a mi grupa donde, como siempre, se arremolina para que yo lo lleve. Con la fuerte lluvia, se cubre bajo su propia ala.

Veo el pueblo más cerca. Los metales de los clavos y las rejas se retuercen bajo el óxido de constantes lluvias. La madera está ennegrecida por la magia y los embarrados suelos resbalan a cada paso. Sólo pienso en encontrar un lugar para descansar que no sea el húmedo y, posiblemente, corrosivo suelo.

Llego a las puertas pero éstas se hallan cerradas. Dos gruesos portones de madera carcomida que debieron ser bellos en algún tiempo muy pasado (como todo en aquél lugar) me cierran el paso pese a que queden aún un par de horas hasta que anochezca.

Golpeo tres veces el portón con fuerza.

Espero.

Nadie abre.

Golpeo con más ímpetu.

Nada.

Silvo a Fugaz. Fugaz saca su cabecita bajo el ala y me mira con curiosidad. Le indico con un gesto que se pose encima del portón para ver al otro lado.

Fugaz mira el sitio con su cabeza ladeada y, de un brinco, vuela majestuoso hasta posarse sobre la puerta.

Veo cómo Fugaz mira al otro lado. Después de esperar un poco, empieza a chillar con su gañido agudo.

Durante unos segundos contemplo cómo chía incesantemente a algo o a alguien mirándolo muy fijamente.

Al final se escucha una voz al otro lado de la puerta.

- ¡Largo, bicho! ¿Quién va? Estamos cerrados. ¡Largo!

- Mi nombre es Don Einarion de Dhuneden. Hacedme la merced, buen señor, ábrame el portón.

- ¡He dicho que está cerrado! ¡Largo!

Veo que no debe ser un hombre de muchas luces el portero. Ha repetido tres veces "largo" en dos frases. Hago el esfuerzo de dejar de hablar en Kentaur y usar el idioma común pues, aunque sé que el Arcaico se entiende perfectamente por el que habla común, hace falta más esfuerzo. Y no creo que a ése pueblerino le llegue la sesera.

Pienso en ofrecerle la liebre que ha cazado Fugaz para sobornarlo, pues no tengo absolutamente nada de dinero en mi bolsa, pero decido que éste hombre no se merece nada por dejarme pasar. Es muy pronto para haber cerrado. No va a llevarse encima un premio. Así que decido una técnica más agresiva.

El Barón me había enseñado a ser primero persuasivo y recurrir a la amenaza como último recurso pues hacerlo al revés es muy difícil. Pero aquí me dará más resultado ir directo al grano.

Dándole la espalda a la puerta, arreo una coz que la hace retumbar pese a la aparente robustez que parece tener.

- Si cree que ésta puerta carcomida y medio podrida va a interponerse en medio de una hoguera caliente y un techo, sepa que pienso destrozarla de tal forma que ésta noche no pueda cerrarse. ¿Ha entenido?- Remarco para dispersar las dudas de su diminuto cerebro - ¡Puedo hacer que ésta noche no puedan cerrarla! Y bien saben los dioses que no os gustaría dejarla abierta de noche a lo que sea que habite por aquí.

Con cierto nerviosismo ésta vez, escucho cómo se abre un cerrojo pesado de metal y se aparta una gruesa tranca que debe de atravesar las dos puertas de lado a lado. En ningún caso han abierto la pequeña mirilla de madera que tiene el portón para ver quién va al otro lado.

Tras recapacitar sobre esto, me doy cuenta de que aquí la ley debe ser más simple que en otros lugares: si es capaz de hablar no es tanta amenaza como lo que gruñe y araña la puerta.

Al final, sin embargo, sí que abren la mirilla con cuidado y una arrugada cara me inspecciona de arriba abajo para asegurarse de que no soy un demonio o algo parecido.

Escucho abrirse otro cerrojo y por fin se abren las puertas. Cruzo el umbral y mi alma se encoje.

Una ancha calle embarrada se adentra en un oscuro y ajado pueblo que parece apunto de caerse. O de tragarme en la oscuridad. La decoración me causa una extraña sensación de familiaridad. El Barón se hubiera sentido en éste pueblo como en su casa.
El olor a muerte y a algo más oscuro que nombraré "magia" inunda el lugar.
Un cadáver que aún no sabe que debería ya estar muerto se retuerce un poco, colgado sobre el camino. Su función es muy clara: es una señal de aviso para los visitantes. Aunque, como yo, no sepan leer. Ya sé cómo se las gastan en éste pueblo. No se andan con pequeñeces. Tu vida no vale nada.

Cada sombra de cada esquina parece alojar seres con los que no desearías toparte en la noche y, tal vez por eso, nadie se ve. Una rata un poco más pequeña que la liebre de Fugaz corretea a esconderse. O a preparar una emboscada.

Se diría que es un pueblo abandonado, de no ser por los ruidos de contraventanas de madera cerrándose de golpe.

El cielo encapotado arrecia su acidulosa lluvia, como si pretendiera ensombrecer más aún mi lúgubre entrada, y el portero, probablemente un anciano al que ya no le sorprende nada, mira a ambos lados de la puerta tras de mi y cierra con todos los cerrojos y vigas que la puerta tiene.

Cuando acaba, se pone a cubierto bajo un soportal de una casa y yo hago lo mismo. Agachando la cabeza.

- No me interesa saber qué le ha traído aquí. Si viene a por polvo rúnico llega tarde. Ayer salió el carruaje de éste año.

- ¿Dónde puedo encontrar un establo? ¿Sabe si alguien busca trabajadores?

- ¿Establo? Al final de la calle. Calle de los labradores.

- ¿Y lo del trabajo?

- ¿Trabajo? No... ¿Después de la cosecha? Más le valía agarrar a su pajarraco y mañana a primera hora larga...

- Largarme. Sí. Su palabra favorita. Ya sé. Pero pienso encontrar trabajo.

- ¿Eh? Bueno. Haga lo que quiera. - Y trata de acabar la conversación. Se tapa con una manta y se esconde en la oscuridad de su portal.

- Espere. ¿Porqué ha cerrado tan temprano?

- ¿Temprano? Uno de los cocheros que salió lo han encontrado muerto. Colgado de un árbol estaba. Cubierto de tela de araña gigante. Si llevara aquí tanto como yo sabría que es mejor no preguntar.

Y así, con la muerte como bienvenida a Glaston, me dirijo a la caballeriza. La ventaja de ser medio caballo es que a nadie le importa ceder un hueco en su establo para uno más. Uno que, en forma de pago, puede echarle un ojo a los caballos como pago por algo de comida y ese hueco.


Última edición por Einarion el Jue Oct 09, 2014 11:25 pm, editado 1 vez


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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Balka el Mar Oct 07, 2014 3:22 pm

Balka suspiró y siguió caminando a paso vivo por el sendero de tierra embarrada tironeando nerviosa del borde de su capa. Estaba pasando por un tramo en el que los árboles del bosque crecían casi al borde del camino, y la elfa observaba con paranoica cautela sus formas retorcidas y torturadas. Resultaban siniestros, pero no la preocupaba la razón por la cual la vegetación creciera de semejante manera, sino las criaturas todavía más horrendas que pudiera estar escondiendo en sus sombras.

Aquella era la segunda vez que visitaba los bosques de Theezeroth, y comenzaba a recordar por qué no había querido volver. Mayormente las recompensas por monstruos se ofrecen cuando amenazan la seguridad de los habitantes de la zona, y por aquellos lugares no es que hubiera mucha población más allá del límite invisible donde la magia corrupta se limitaba a inquietantes sonidos nocturnos casi siempre inofensivos. Allí todo procuraba mantenerse en su sitio: los pobladores por un lado, las bestias por otro, y en algunos casos aislados cuando ambos se cruzaban siempre moría alguien; por lo demás trataban de no encontrarse... Lo cual hacía que allí la caza pagada fuera prácticamente inexistente, al menos por motivos de bien común.

El lugar era tétrico, todo el entorno la hacía sentirse inquieta, resultaba poco lucrativo y por ende cerrado a los extranjeros. Así que no, a Balka no le gustaba Theezeroth.

Cuando llegó a Traben el panorama que la recibió no fue muy alentador: ante ella se desplegaba una empalizada de madera oscura y maciza, erizada de púas y estacas puntiagudas reforzadas con metal que rodeaba todo el pueblo. No le pareció extraño que los portones estuvieran cerrados a cal y canto teniendo en cuenta los rumores que corrían por la zona desde hacía unas semanas: algo o alguien estaba secuestrando las caravanas que partían hacia las ciudades desde los pueblos colindantes a los bosques de Theezeroth. La elfa, que se dirigía hacia el golfo de Ghörth, no le dio mucha importancia suponiendo que alguien solucionaría el asunto, pero se cumplió el mes y los convoyes, con hombres incluidos, seguían desapareciendo al poco de partir. Y aunque no había visto carteles de recompensa, a esas alturas quien estuviera al mando por la zona probablemente anduviese ofreciendo algo de oro por la eliminación del problema. Un extra nunca venía mal.

Se quedó de pie ante los grandes portones macizos de la entrada, observándolos. Hacía dos días que había dejado de llover, pero el suelo seguía encharcado y el ambiente cargado de una humedad pesada que hacía florecer el verdín en cualquier cosa que se estuviese quieta quince minutos. Estaba preguntándose si aldeanos en guardia ante cosas extrañas le abrirían las puertas a un extraño cuando, repentinamente, éstas comenzaron a moverse. Tras ellas se escuchaba el murmullo de gente que se arremolina.

-¡No descanses hasta haber llegado, muchacho, así revientes! ¡Y recuerda, por el centro del camino! ¡Por el centro!

Balka se apartó para dejar pasar al galope a un gigantesco caballo pardo con un flacucho niño encima agarrado a las riendas como si le fuera a vida en ello. Un caballo grande y un niño pequeño a galope mortal usualmente eran mensajeros de emergencia. La elfa se volvió hacia las puertas para descubrir que un hombre la estaba observando con los ojos entrecerrados, visiblemente desconfiado. Se echó la capa hacia atrás para que vieran que no llevaba espadas, y se acercó con las manos con las palmas hacia arriba y una sonrisa tranquilizadora en los labios. Los portones reforzados comenzaron a cerrarse hasta que sólo quedó aquel hombre robusto en medio de las hojas, como un centinela. Tras él se divisaba una calle embarrada, estrecha y llena de casas apelotonadas unas contra otras, como si tuvieran miedo de algo. Era un lugar triste y gris.

-Los viajeros no son bien recibidos, márchate.- gruñó.
-Estoy cansada, señor, tengo hambre y llevo una semana caminando por lugares embarrados que hacen pesadas mis botas. Sólo soy un viajero normal que busca refugio...

El hombre escupió al suelo entre el horrendo hueco de un diente y volvió a gruñir.

-¡Viajero normal mis pelotas! ¿Pretendes engañarme, mujer de mierda? Cualquiera que duerma al raso por esta zona es pasto de los segadores nocturnos o los gorros rojos. Si sobreviviste no eres normal para nada. ¿Y qué hace un elfo aquí? ¿Qué estás buscando? No tenemos bosques bonitos y musiquitas dulces, márchate por donde has venido.- el hombre apoyó las manos en las hojas de la puerta para hacer fuerza y cerrarlas, pero de repente frunció el ceño y pareció caer en la cuenta de algo.- Eso es, ¿qué estás buscando? ¡¿Por qué estás aquí?!

Balka parpadeó, sorprendida. Cuánta hostilidad. Quiso reírse, pero el gesto sería lo suficientemente raro como para que los dos arqueros en las troneras sobre la empalizada la disparasen.

-Vale, vale... ha corrido el rumor de que algo se está llevando las caravanas de la zona, así que pensé que...
-¡Es una cazarrecompensas!- escuchó decir a alguien a quien no vio.
-¡Qué pensaste, eh! ¡Qué pensaste! ¿Que unos simples pueblerinos no podrían solucionar problemas como éstos? ¡Pues podemos! No necesitamos que inmundicia mercenaria como tú venga a salvarnos el culo. ¡Márchate! ¡Largo largo LARGO!

Las grandes puertas se cerraron con un estrepitoso entrechocar de madera y metal. La elfa se quedó mirando la empalizada con los brazos colgando a los lados. La madre que los parió a todos, si lo hubiera sabido antes venía a ayudarles su puta madre en bragas. Tenía ganas de prenderle fuego a aquella maldita aldea y escucharlos arder.

Alguien se asomó por una tronera poniéndose las manos alrededor de la boca para hacer bocina.

Sigue al caballo y llegarás a Burython! ¡Burython, a un día a pie!- exclamó, señalando el Este antes de desaparecer de nuevo.

Balka los maldijo alzando el puño y se dio la vuelta. Tenía hambre y quería dormir en un sitio seco en el que no intentaran atacarla tres veces por noche, y aquellos cerdos la echaban de nuevo al camino sin darle ni agua. Su puta madre. Alzó la vista al cielo y se preguntó si con un trote moderado podría llegar a ese otro lugar antes del anochecer. Soltó un gruñido, pateando el barro.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Sheoldred el Miér Oct 08, 2014 12:46 am

Era casi hora del amanecer, el cielo se empezaba a pintar del característico azul en la lejanía, la oscuridad aun predominaba en el bosque y el frio matinal calaba hasta los huesos, la niebla se extendía como sabana natural del suelo y era tan densa que no dejaba ver los pies a nadie.

En la noche anterior un crimen atroz se había cometido, tres cuerpos de niñas habían sido encontrados en las afueras de glaston, estaban desangrados, los cuellos habían sido abiertos pero no con armas de acero, la herida era pequeña pero profunda, similar a una mordida de lobo o un perro pero incluso un hocico así no dejaba la carne tan limpia, les faltaba toda la ropa y no había síntomas o indicios de violación, el daño más cercano a sus vaginas eran rasguños en las piernas que parecían habían servido de tortura, pero lo que no encajaba eran las mordidas grandes, mordidas de bocas que solo bestias grandes pudieron haber hecho, mordidas que abarcaban de la cintura al hombro como para arrancar medio tórax, las huellas era ausentes, al menos huellas de animales o personas, solo había muchos hoyos parecido a los que un pico minero llegaría a hacer, eran tantos de eso hoyos regados por todo el lugar que era difícil distinguir un patrón.

-¿Quién fue el primero en percatarse de los cuerpos?- pregunto un hombre delgado, alto y de aspecto enfermo que se erigía frente a los cadáveres, se cubría la nariz y la boca con un trapo de una manera muy afeminada y delicadamente, vestía muy elegante para vivir en un pueblo del bosque. Era obvio el asco que le producía el estar viendo los cuerpos de aquellas jovencitas, por sus ropas se podía adivinar a simple vista que era religioso, su atuendo elegante era de los investigadores de la ciudad imperial de Sacralis pertenecientes al clero, educado y creído ante la gente de Glaston.

-Pues la gente del pueblo nos avisó señor- respondió un hombre de edad madura, parecía pobre, no tenía grandes lujos en su vestimenta y tenía las manos sucias de tierra, era el dueño de los terrenos donde encontraron los cuerpos.

-Pero exactamente quien fue- volvió a preguntar el hombre delgado un poco impertinente.

-Pues no sabría decirle señor, las niñas desaparecieron desde hace tres días y pues se organizó una búsqueda-

-Que inútil es su gente, no puede ni tener un sospechoso-

-Pues claro que hay un sospechoso señor-

-Así, y dígame, quien es ese sospechoso-

-Pues no sabría decirle señor-

-Tienen o no tienen un sospechoso-

-Pues sí señor si lo tenemos-

-Dígame su nombre pues-

-Pues no lo sabemos señor-

- ¡¡¡Pues, pues, pues, pues!!! Ya me tiene hasta... Con ese maldito pues, no se sabe otra estúpida palabra, y ahora ponga a funcionar ese tonto pedazo de carne al que usted tiene la osadía de llamar cerebro y explíqueme quien es ese supuesto sospechoso que tienen- grito el señor del imperio, el cabello se le había alborotado y el color pálido se había convertido en rojo de la furia que tenía.

-Pues... Este, no es de aquí, dicen que es una araña-

-Me está diciendo que una arañita hizo esto- pregunto el señor otra vez tratando de contener su enojo y tener más paciencia con su testigo.

-No señor, no fue una arañita, fue una araña enorme, en drakenfang les dicen tejemuertes- la cara del señor que había venido a investigar se volvió a palidecer, hacia años había escuchado de un conflicto con una tejemuerte en los pantanos, no es que fuese un gran problema pero si algo no le había gustado aquella ocasión habían sido las enormes telarañas.

-Entiendo, creo que ya sé que hacer, quiero ver al alcalde de este pueblo, ¿Dónde lo puedo encontrar?-

-Su despacho esta frente al templo señor.


-Capitán, mande a sus hombres a por el alcalde, y también por los de las otras aldeas, los espero en su oficina junto con su alcalde, puede usar mi carruaje para agilizar la solución a este problema, y encárguese de que estén hoy antes de que anochezca por favor- ordeno el señor sacerdote.

-Sí señor- respondió enérgicamente el capitán.

Justo un par de horas antes de que la noche comenzase a caer, los alcaldes de los tres poblados estaban en el despacho del capitán de la guardia imperial, frente a ellos estaba aquel enviado desde la capital para arreglar el problema, tomo una hoja de papel y se las entregó a cada uno.

-Son anuncios, tengo entendido que suelen llegar mercenarios o viajeros bien armados a las aldeas, sería bueno que les ofrecieran el trabajo, 100 monedas de oro del imperio por supuesto, al que traiga la cabeza de ese asqueroso animal, 200 si lo capturan con vida.- el hombre tenía un aura maligna, parecía tener una cuenta pendiente con las tejemuertes, pero eso era imposible de creer.

A varios kilómetros de Burython en la entrada principal de Traben.

-Oye tú, espera, nuestro alcalde está buscando gente de tu tipo- desde lo alto de una de las atalayas de la entrada a Traben un guardia había gritado para llamar la atención de la elfa, a simple vista no parecían un ejército regular, daban la pinta de ser más una milicia mal organizada, aquel guardia murmuro una palabras a sus compañeros y entre los tres decidieron abrir las puertas.

-Señorita, nuestro alcalde acaba de mandar un mensaje desde Burython, están buscando mercenarios en pocas palabras, tenemos la obligación de buscar gente que quiera unirse a una cacería, de entrada le digo que la paga es buena solo que no podrá gastarla en ningún lugar que no sea del imperio, si gusta puede pasar pero con la condición de darnos sus armas y su nombre, maña será enlistada para darle un permiso de portación de armas, si acepta esta noche podrá dormir en el despacho del alcalde- el joven miliciano se enrojeció un poco y después añadió. –Aunque si gusta puedo ofrecerle techo esta noche, mi casa es grande para mí solo y mi familia ya no está en este mundo, lo digo porque el despacho del alcalde no es cómodo y en este pueblo no hay posadas ni nada por el estilo, aunque si no quiere no hay problema.


-Jajaja míralo, no desaprovecha la oportunidad Gale, maldito niño enclenque, tienes suerte de ser joven- dijo el guardia que había prohibido la entrada a la elfa hacia un par de minutos, era obvio que lo decía para burlarse del muchacho y hacerlo quedar mal.

-Ignórelo señorita, el tonto de Walter es así con todos, el joven Will es de fiar, si acepta quedarse mañana yo me encargare de ayudarle con lo que necesite, tengo una herrería y un par de caballos- añadió el ultimo guardia desde la otra atalaya mientras le hacía una invitación a pasar a la elfa.

En las callejuelas de Glaston.

-Ayuda, ayuda, la bestia está en el pueblo- eran los gritos de los habitantes de Glaston, todos corrían a sus casas, parecían haber visto un muerto pues no se detenían por nada, solo un grito ahogado por los demás alegaba otra cosa. –Tranquilos vecinos, no es una bestia, viene en paz- pero era inútil, el viejo que guiaba al centauro a la caballeriza había desatado un caos en el pueblo, tanto que un grupo de hombres armados con lanzas de palo y algunos arcos lees habían cerrado el paso.

-¿Quién es tu amigo Fred?- pregunto uno de los hombres armados.

-Es un visitante, le dije que no podía entrar pero amenazo con tumbar la puerta- respondió el anciano.

-Bueno pues tu amigo tendrá que acompañarnos, no es bienvenido a este pueblo.

De inmediato más de diez hombres armados rodearon al centauro, sus lanzas apuntaban en todas las direcciones del cuerpo del antropomorfo.

-Se llama Einarion creo- grito el viejo Fred mientras se hacía a un lado.

-Bueno Einarion- El hombre que parecía liderar a sus vecinos hablo algo sarcástico. –Sería tan amable de acompañarnos, su humilde morada le espera, jajajaja- rio todavía más fuerte. -Amárrenle las patas y las manos que no de problemas o ya vera con quien se mete- finalizo el hombre.

Después entre todos guiaron al centauro por el pueblo y lo amarraron en la plaza principal, sus patas estaban inutilizadas para correr pues apenas podía dar pasos torpes, sus manos empezaban a sangrar por lo apretado que estaba el nudo de su soga, sería una mala noche para el centauro.

A la mañana siguiente.

El centro de la aldea estaba atiborrado de gente, muchos hombres, mujeres y niños se habían congregado frente a la horca pública, era raro ver aquella horca sin prisioneros que matar, solo un alcalde enclenque que era la fachada de una organización criminal, pero lo más atrayente era la bestia que se encontraba aprisionada a unas estacas bien enterradas en el suelo.

Todos los presentes parecían muy entusiasmados por enterarse de la noticia. Que guardaron silencio una vez que el alcalde subió y desenrollo un pergamino.

-El glorioso imperio del dios único, regente del pueblo vecino de Burython representado por su eminencia, Lord Maximilian Shepard, los convoca a todos, caza recompensas, cazadores, guerreros, magos, arqueros y todos aquellos que puedan combatir bestias, a la cacería del engendro que atormenta los alrededores y amenaza el bienestar de la región.

La recompensa es de 100 monedas de oro del imperio por su cabeza y 200 por traerlo con vida e inutilizado.

Aquellos que participen en esta misión serán atendidos por el capitán de la guardia imperial de las oficinas en Burython, se les proporcionara cualquier apoyo de soporte, como trampas, servicios de herrería, renta de armas, una habitación para descansar el tiempo que dure la cacería y tres comidas básicas al día. Cabe mencionar que los interesados deberán apuntarse en una lista para darles el permiso de portar armas, así como el registro de las armas que portan.- después de que el alcalde acabo de leer el oficio miro al pueblo y añadió. –Señores, es un problema serio, no es para aficionados, los que deseen participar los estaremos esperando hasta medio día aquí en la horca con un carruaje listo para partir a Burython.









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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Einarion el Jue Oct 09, 2014 11:06 pm

Einarion se desperezó con las proclamas matinales del alcalde. Aquella había sido, probablemente, una de las peores noches de su vida. Tumbado en el frío suelo del patio, había tenido que dormir con las manos en alto porque las ataduras no daban lo suficiente de sí. Sus piernas y sus brazos estaban dormidos y notaba el cosquilleo cuando intentó moverlos.

Era como cuando entrenaba y le obligaban a tener los brazos en alto horas con el arco. De hecho, era la misma sensación. Eso le reconfortó por dentro. Estaba preparado para lo que pudiera pasar. Su humor no se había hundido del todo.

Eso sí, estaba herido, cansado, dolorido, enfadado y con la muerte en ciernes.

De todos sus problemas sus heridas eran el menor. Su gruesa piel como el cuero hacía que las heridas siempre parecieran más feas de lo que en realidad eran. Sangraba. Sí. Pero podía ser peor. Mil veces había sufrido heridas muchísimo peores en los entrenamientos militares de su juventud. Y perder un poco de sangre no tiene absolutamente nada de peligroso cuando había pasado años de su vida siendo el almuerzo principal que cada noche un vampiro conocido como el Barón decidía tomarse.

Lo que más le dolía, por encima de la incomodidad del sitio, por encima de las ligaduras de pies y manos, del cosquilleo de sus miembros dormidos, de las burlas de anoche, de que le hubieran quitado su equipo, lo que más daño le hacía era encontrarse en aquella situación por una injusticia.

Las puertas de cualquier poblado se cierran al anochecer. Al anochecer. Cerrarle a alguien y dejarlo fuera es condenarlo a muerte. Más aún aquí. Einarion tenía derecho a haber exigido la entrada a esa miseria de poblacho tal y como había hecho. Mal por ellos por cerrar temprano. Mal por condenar a muerte a alguien dejándolo fuera en la noche de Theezeroth. Mal por arrestarlo... Mal por...

Mal él por creer que las leyes de la caballería se regían en aquel lugar alejado de la ley y de los dioses. Cuando lo detuvieron ni siquiera se inmutó. No pataleó, ni le coceó a nadie, no desenvainó ni se quejó. Se dejó apresar como un noble estúpido cualquiera. Mal por él mismo.

Encerrado en el foso, mientras escuchaba las proclamas del alcalde, barajaba las posibilidades que tenía ante sí:

1. Dudaba que existiera un juicio en estos lugares tan alejados de Dhuneden. En caso de haberlo, ni los miembros del consejo Kentaur, ni su padre, una especie de "Rey" entre los suyos, ni los responsables élficos del bosque ni ningún amigo llegarían a tiempo de aportarle ninguna defensa. Lo que sea que fuera a pasar, pasaba ésa mañana. Así que contar con ayuda exterior estaba descartado. La plebe lo consideraba un monstruo. Patanes...

2. Escapar era posible en cierta medida. Hasta ahora, creía que si Fugaz conseguía desatar antes del amanecer sus ataduras podría fugarse. El águila picoteaba las cuerdas, pero no lo estaba consiguiendo. Huir así no era opción. No con toda esa jauría de ignorantes pueblerinos acechando en la plaza. Y no sin su equipo.

3. El mejor momento para huir, paradójicamente, sería en cuanto intentaran ahorcarlo. Cuando vió la horca empezó a reírse por dentro. Poco a poco, la risa se hacía más fuerte y amenazaba con salir al exterior. A Einarion le costaba más y más resistirse para no dejarla salir. No podía permitir que lo vieran reírse.

No por el hecho de que parecería un loco riéndose a carcajadas cuando su muerte estaba tan próxima. No. No podía dejar que lo vieran reírse porque era tan evidente lo que estaba pensando que a algún pueblerino menos tonto se le podía ocurrir cambiar la forma de ejecución. Podían decidir decapitarlo con un hacha, por ejemplo.

Evidentemente, Glaston no disponía de muchos ingenieros y, si alguna vez habían contratado un verdugo, no era en aquella ocasión. Eso desde luego.

La horca estaba diseñada para humanos. Bravo. Brillante. Típico travesaño de madera con una cuerda en forma de soga. Todo sobre un estrado con una palanca, que abría el suelo, colgando al infeliz ajusticiado.

De repente Einarion tenía ganas de ser ajusticiado. Tenía ganas de demostrarles lo que pasa cuando un travesaño diseñado para sostener 120 kilos de criminal se ponía a prueba con una tonelada de centauro. Colgar a un caballo. Genial. Aguantarse la risa se estaba haciendo difícil. ¿Los vapores de los polvos rúnicos secaban la sesera?

Cuando activaran la palanca y la viga se viniera abajo, cediendo ante una tonelada de peso, todo el estrado caería con ella en un montón de madera inservibles y astillas. Entonces Einarion habría sido "ajusticiado" y legalmente no podrían acusarlo de lo mismo. Aunque eso daba igual. Entonces estaría libre y podría escapar muy fácilmente entre la alterada multitud. Pero no, tampoco quería irse así. Ése pueblo se la debía. Le habían hecho sufrir y debían pagarle por ello. No con la muerte. Einarion jamás castigaría a un pueblo con semejante maldad. Era un caballero.

4. Por un momento pensó desde el otro lado de su vida. La mitad de su vida la había pasado apagando incendios. Si provocaba uno... Sabía hacerlo. Había una lámpara de aceite al alcance de Fugaz. Podía hacerlo de forma que sólo ardieran ciertas zonas del pueblo o que arrasara el poblado entero. Con Fugaz a su libre albedrío (la gente ni siquiera se había fijado en su águila real y ella había sabido esconderse muy bien hasta entonces), podía hacerlo, liberarse con calma de las ataduras, buscar su equipo y largarse. Pero tampoco. Su ética se interponía en sus planes porque no eran correctos. Él era su peor juez. En el pueblo puede que no hubiera ni un sólo inteligente. Por descontado. Pero habría algún inocente. Algún niño o anciano de buen corazón. No podía darse ése capricho sólo porque pudiera hacerlo. Había meditado mucho sus opciones ésa noche pero sólo una era aceptable.

5. Los Dioses habían hablado. El hecho de que el alcalde estuviera anunciando la proclama de que se necesitaban cazadores para ése monstruo era una clara señal. Yo era, probablemente, su única posibilidad. Ellos lo pensarían. Son estúpidos, pero la necesidad espabila el ingenio. No pensaba ofrecerse voluntario. Si quería que pagasen por lo que habían hecho ayer tenía que resistir. Negociar. Debía salirles tan caro que no volvieran a maltratar a uno de su especie jamás. Averiguar el punto exacto para no pasarse negociando y conseguir que se arrepintieran de verdad. Los Dioses habían hablado bien claro. Que además del equipo y la recompensa les pudiera hacer pasar por lo mismo que ha pasado él esa noche. Ojalá. Y costándoles oro. A ver cómo lo negociaba. De momento, si ni uno sólo del pueblo se presentaba ése mediodía sería el mejor comienzo.


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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Balka el Vie Oct 10, 2014 10:14 pm

Balka contempló los lejanos siniestros bosques que se cernían sobre la tierra y los caminos como una sombra llena de pesadillas. Ella comenzaría a tenerlas también si seguía durmiendo a intervalos de una hora subida a la copa de algún árbol retorcido, despertando sobresaltada por cualquier nimio sonido mínimamente amenazador. Se frotó la cara, cansada y desanimada.

Escuchó el sonido de una pequeña pelea sobre las atalayas de la empalizada, pero lo ignoró. No le incumbía, regresaría por donde había venido y entonces... Entonces la llamaron. Se dio a vuelta y vio a un humano gritándole algo sobre que buscaban gente como ella. Frunció el ceño. Tres hombres abrieron las puertas y se asomaron haciendo gestos para que entrara. Balka no se movió. ¿Qué pretendían? ¿Antes no y ahora sí? Iba a partirles los dientes a patadas. Lo iba a hacer y se iba a reír mientras la sangre salpicaba sus botas si aquello era una broma. Salió a su encuentro un muchacho alto y de complexión fibrosa, aunque la elfa era más alta todavía. No eran frecuentes los humanos que igualaran o sobrepasaran su estatura.

Le dijo que el alcalde estaba buscando mercenarios para una cacería, aunque no mencionó para cazar qué. La recompensa era en oro del Imperio y si estaba interesada la dejarían pasar la noche después de entregar sus armas, para que partiera inmediatamente a la mañana siguiente tras haber descansado. Sonrojándose, el chico  que antes le había señalado el camino a Burython añadió que si el despacho del alcalde no era de su gusto él tenía una casa vacía y grande en la que podía pasar la noche. La elfa sonrió de manera sesgada, indescifrable. Las únicas palabras que le importaron de todo lo dicho fueron cacería, oro y descanso.

Una risa que sonó más como si alguien fuera a morir por gripe de pecho resonó seguida de unas burlas hacia el chico, que lo hicieron sonrojar aún más. Se trataba del tipo que le había negado la entrada hacía unos minutos, pero fue rápidamente callado por otro guardia, muy rubio, que bajó de la última tronera y le aseguró que Will era de fiar, y que Walter era un idiota de manual. Se presentó como Brandor.

-Si acepta quedarse mañana yo me encargare de ayudarle con lo que necesite, tengo una herrería y un par de caballos.- comentó el guardia. Will asintió, fervoroso, aunque con la mirada todavía baja y las orejas rojas. Era tan tierno que Balka sintió ganas de aceptar la noche en su casa y destrozarle la cama.
-Dudo que me hagan falta sus servicios, pero no me negaré si me presta un caballo.- contestó.

La guiaron hacia el interior de las empalizadas. A la entrada se había congregado un buen número de curiosos de mirada hostil y desconfiada que se dispersaron al grito de que cada uno volviera a su trabajo. Dio su nombre e inventarió todas sus armas en un pequeño puesto de guardia que no era más que una cabina de madera vieja anexada al muro; dado que la mayor parte de sus pertenencias era armamento le pareció caminar desnuda cuando tuvo que dejarlo todo allí, salvo el bolso y el estilete escondido en la bota izquierda que no mencionó. Se sentiría demasiado indefensa sin algo de acero puntiagudo con el que rajar gargantas en caso de emergencia.

Balka arrugó la nariz con disgusto cuando el anciano a cargo del proceso de registro escribió Valca, pero se disgustó aún más cuando el mismo lanzó a un rincón sus cosas, sin miramientos. Will insistió en hacer de guía y le enseñó dónde quedaba el despacho del alcalde. A pesar de haber sido rechazado el muchacho estaba entusiasmado, diciendo que nunca había visto un elfo, y ninguna mujer más hermosa que ella. Balka rió porque no era vanidosa y tampoco se consideraba especialmente bonita aunque la alabaran con frecuencia. A su pesar debía negarse: llevaba una semana viajando a pie por esos malditos bosques inquietantes, no había comido mucho y se sentía agotada mentalmente, lo que necesitaba era pasar una noche durmiendo del tirón para recuperar fuerzas y no una fiesta constante con un chico lleno de energía. Por otra parte, estaban ofreciéndole el despacho de un alcalde. Sonaba jugoso lo miraras por donde lo miraras.

Traben era como había podido vislumbrar, gris y triste, muy  acorde con la zona. Se dio cuenta de que la mayoría de las casas tenían anexados unos cobertizos de los que salían todo tipo de olores, ruidos y luces. Asomándose al primero que vio abierto comprendió que se trataba de talleres donde la gente se dedicaba a hacer lo que sea que fuera a vender después. La aldea se dedicaba al mercado de los cachivaches y de allí partían hacia los comercios de grandes ciudades muchos de objetos de utilidad variada y eficiencia dudosa. Balka había comprobado personalmente que las velas eternas que fabricaban duraban sólo 20 días y que sus botas con sentido de la orientación en realidad sólo eran zapatos que hacían cosquillas en los pies si caminabas mucho hacia la izquierda.

El despacho del alcalde estaba en un edificio bajo y chato en el centro del pueblo. La elfa revolvió el pelo de Will como si fuera un perro que le hiciera mucha gracia cunado el muchacho volvió a sugerir su casa. Preguntó si había algún sitio donde comer. Le respondió que ella no tenía una buena acogida en el pueblo, así que alguien le prepararía algo y se lo tendrían que servir donde durmiera. Balka asintió, satisfecha por el hecho de no tener que socializar con gente hostil.

La habitación no era ni grande ni cómoda, pero tenía un sofá de buen tamaño con cojines mullidos y cierto aire caro. Frente a la ventana había un escritorio de madera maciza, de la buena, del color marrón de toda la vida que debería tener un árbol sano. Una estantería ocupaba la mitad de la pared opuesta, llena de papeles y algunos libros encuadernados en cuero. Algunos candelabros plateados estaban distribuidos por aquí y por allá; los fue encendiendo según el atardecer llegaba a su fin. Sobre el suelo de madera oscura se extendía una hortera alfombra bordada con hilo de oro. Esperó su cena recostada en la silla de respaldo alto, tras el escritorio, y cuando la muchacha que le trajo la comida regresó para llevarse el plato vacío junto al vaso le pidió que le dijera a Brandor que pensaba partir mañana antes de alba, sí o sí. Cuanto más pronto mejor.

Balka se estiró y subió los pies a la mesa, sin importarle que ésta se manchara de barro seco. Bostezó. El conejo servido con patatas resultó sorprendentemente bueno a pesar del número excesivo de patas; el hidromiel sin embargo estaba demasiado caliente.

Rebuscó casi con desgana en los cajones del escritorio mientras comenzaba a llover en la calle. Recién cenada y disponiendo de un lugar seco en el cual dormir a la elfa le estaba entrando el sueño. Encontró un montón de hojas sobre un montón de asuntos sin importancia, dos libros falsos de contabilidad, unas láminas raras con dibujos de muchachos en posiciones sugerentes. Nada de provecho. Miró la estantería al otro lado de la habitación y leyó desde la silla los pocos títulos que había. Se levantó desganada a por uno que rezaba "Theezeroth: bestias y engendros.", y de vuelta al escritorio se dio cuenta del mapa colgado en la pared: detallado a conciencia, el bosque de Theezeroth y sus alrededores, incluyendo los pueblos, se extendían demasiado coloridos sobre un fino cuero de alta calidad. Decidió que le gustaba y que se lo quedaría, sería útil. Lo sacó del marco para extenderlo sobre la mesa e ir ubicando los hábitats del bestiario que estaba leyendo.

Descubrió una botella de vino bueno en una mesita auxiliar, y se bebió un cuarto del contenido antes de que el sueño la venciera por fin recostada en el sofá, leyendo sobre los segadores nocturnos: "... garras afiladas en forma de guadaña, flotan sobre el suelo pues pies visibles no poseen y capas y capuchas desgarradas sobre sus rostros tienen; son atraídos por la sangre de los vivos así no sea derramada y portan un candil de llama eterna, roja y cálida y de aspecto bueno, que confunde a los viajeros poco avispados y los lleva a la desgracia... "

Durmió plenamente, sin sueños ni pesadillas porque ella nunca soñaba con nada. Despertó mucho antes de la hora de partir y se dedicó a desentumecer el cuerpo con cuidado, como un gato que se despereza al sol. Guardó la botella de vino en el bolso y el mapa en su cinturón, y salió a la calle cubierta por una espesa bruma; para su sorpresa Brandor y Will la estaban esperando a las puertas de la aldea bostezando como si no hubiera mañana. Junto a ellos había un hombre armado vestido con gruesas telas bastas y aspecto de leñador y tres caballos piafantes e inquietos.

-El pequeño Timmy llegó ayer entrada la noche con un mensaje desde Burython,- anunció Will, demasiado entusiasmado para ser tan temprano en la mañana.- diciendo que el reclutamiento para la cacería se cerraba hoy al mediodía y que todo empezaría mañana al amanecer cuando se hubieran unido los más rezagados.
-Ah.- comentó Balka, bostezando con Brandor.- Eso me viene bien. Supongo que uno de estos caballos deberá sufrir una agotadora mañana al galope tendido para llevarme allí, pero creo que me sobran dos.
-No te sobran, elfa engreída. El chico y yo vamos también.- gruñó el tipo con pinta de leñador.

Brandor le explicó, con un profundo gesto de desaprobación hacia Will, que aquellos dos iban a unirse a la cacería de la cosa que tuvieran que cazar. La mujer preguntó de qué demonios se trataba. Todos encogieron los hombros sin darle importancia. Balka silbó. Viviendo allí probablemente habían visto cosas demasiado extrañas como para que a esas alturas les interesara saber qué era o dejaba de ser. Sólo importaba deshacerse del problema.

En cuanto se hubo armado de nuevo y se sintió lista para afrontar el tenebroso mundo que Theezeroth le ofrecía, picó espuelas y partió al galope por la rendija abierta para ellos en las grandes puertas de Traben, a la cabeza del grupo. La elfa no admitió ni un solo minuto de descanso a lo largo de la mañana, y poco antes del mediodía los tres entraban al trote por las imponentes puertas macizas de Burython, a lomos de unos caballos espumeantes reventados por la marcha.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Sheoldred el Dom Oct 12, 2014 6:53 am

En Glaston, más exactamente en la plaza central, el alcalde había terminado de leer el oficio, el pueblo empezó a murmurar, algunos apenas se enteraban de la noticia, otros se decían lo mucho que les hacía falta el dinero y otros más discutían sobre si alistarse o no, lo cierto era que la mayoría tenía en la mente una cosa, el centauro, seguro que aquel centauro tenía habilidades para poder participar en la cacería, poco a poco se empezaba a armar un alboroto, nadie había alzado la mano ni dado un paso al frente para salir a cazar, el alcalde que solo era una fachada no supo que hacer y en su lugar el verdadero mandatario, el cabecilla de los criminales de pueblo había salido a relucir. Sus hombre le abrían paso entre la congregación que se amontonaba frente a la horca, conforme iba pasando la gente se daba cuenta de quién era y dejaba de hacer aborto, todos bajaban la cabeza y se apartaban de su lado hasta que las escaleras para subir al templete se despejaron. -Qué vergüenza, estoy atrás, esperando que los valientes se asomen, y me veo perplejo, no puedo creer que viva entre cobardes- la gente que miraba al señor anciano de la horca no decía nada, le tenían miedo.

-Como nadie quiere ir, yo mismo escogeré tres voluntarios- el anciano repaso a la gente del pueblo y fue nombrando uno por uno.

-Sebastián, hijo ayer te di para la comida de tus hijos hazme el favor de subir conmigo, haber quien más, quien más, o si, Roland, tu granja no ha dado su cuota de derechos este mes, porque no nos acompañas, y por ultimo tu- el anciano miro a Einarion mientras le señalaba con su artrítico dedo.

-Tú querías trabajo, tienes suerte, hay uno disponible- dijo el anciano. -Pero que esperan suéltenlo, ¡Gustav!, suéltalo y denle algo de tomar, una bestia de su tamaño debe estar sedienta, y de paso denle de comer- dijo el anciano un poco altanero y regodeándose de su autoridad.


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-¡Abran las puertas!- grito un guardia del imperio.

El enorme portón de madera se resquebrajaba al abrirse dejando ver el grosor de las puertas, un grosor increíblemente profundo, tanto como para enterrar un arma de asta y no traspasar el otro lado, el ancho era grande como para dejar pasar tres carromatos al mismo tiempo y su altura suficiente para que pasaran las torres caminantes del imperio.

Burython era muy diferente de los otros dos pueblos, era ordenado y con leyes, las calles limpias le daban un aspecto de confianza, y las edificaciones tenían todas el mismo estilo, incluso daban la idea de haber sido hechas por la misma mano pues los tejados eran iguales, las fachadas eran las mismas y hasta las maderas del mismo color.

Justo cuando el convoy de Traben estaba entrando fueron despojados nuevamente de sus armas y desmontados de los caballos, para ser escoltados por cuatro guardias, uno a cada esquina encerrándolos en un cuadro y sin darles oportunidad de desviarse del camino.

La entrada principal al pueblo conducía por una calle igual de amplia que la entrada y adentrándose más se ampliaba un par de metros a cada lado, conforme le grupo de cazadores que acompañaban a Balka se iban internando más al pueblo se podían dar cuenta de lo que tenían a la mano, comercios de comida en una parte de la orilla del camino, otros de pieles y productos derivados de estas, incluso algunos artilugios de traben se vendían muy baratos y sin tanta mentira de funcionalidad, en otra zona un poco más pudiente, las casas tenían sus propios negocios, había una panadería, la única del pueblo, había una herrería que igualmente era la única del pueblo, algunos negocios tenían anuncios de sastre, carpinteros, algunos eruditos de la medicina tenían sus sanatorios, algunos más naturistas que otros y otros más estudiosos con herramental médico, ya más adentro se encontraba la plaza pública, rodeada de algunos edificios de uso público, había un establo para los que no tenían donde dejar su caballo, además de que se ofrecía servicio de revisión médica al caballo, también estaba el cuartel general de la guardia del imperio y justo a su lado el edificio de gobierno, ambos bien limpios y cuidados, tallados en la madera se podían apreciar sus escudos del imperio bien definido, también estaba una gran estatua del dios único y un templo que claramente era la construcción más grande y adornada del pueblo, acompañado de un jardín botánico al que solo podían entrar los sacerdotes, el alcalde y su familia, los nobles del pueblo y los altos mandos del ejército, y si los comerciantes pagaban su cuota podían entrar con algunas restricciones.

Era un pueblo que a simple vista parecía incluso más adinerado que su vecino traben pero todo lo que se generaba allí iba a parar a manos de la capital y solo se quedaban con lo justo para mantener al pueblo así que prácticamente vivían en cautiverio y con las porciones bien racionadas de lo que fuese que necesitaran. Les daban zapatos gratis pero tenían que demostrar que el par viejo ya no serbia y así era para casi todo.

Cuando el grupo de cazadores llego a la plaza pública los pararon fuera del cuartel, además de ellos una carreta estaba estacionada y parados fuera de ella otros 4 individuos, no eran militares, no tenían ropas elegantes para ser nobles, y era obvio que la vida de sacerdote no era la suya, sus ropas eran variadas aunque algunos daban pinta de mercenarios.

Unos minutos después salió del cuartel un militar bien armado con capa, espada y una armadura lujosa. -Bienvenidos sean a Burython- dijo el militar mientras hacia una leve reverencia en modo de saludo. -Soy Lord Frey, capitán de la guardia imperial en Burython- presumió el hombre. -En cuanto escuchen su nombre pasen al frente, se les entregaran sus pertenencias y un permiso especial para poder portarlas dentro y fuera del pueblo, el permiso también sirve para identificarse y poder entrar al pueblo sin problemas, además de que podrán reclamar su derecho a servicios médicos, de techo y sus comidas, las comidas se les racionan por día dándoles tres en un mismo paquete, así que ustedes sabrán como las consumen, la puerta se bloquea con la puesta del sol, después de dicha hora nadie entra y nadie sale, si planean quedarse fuera la guardia puede proporcionarles una tienda y una cobija, eso es todo, si alguno desea empezar desde hoy pueden hacerlo, si no pueden pasar a la ventanilla del cuartel para que les den su cena de bienvenida y les asignen un cuarto en la posada que esta sobre el camino principal- en cuanto el capitán termino de hablar uno de sus subordinados comenzó a nombrar a los cazadores, uno a uno fueron pasando hasta que todos tenían sus pertenencias.

-Otra cosa, si hacen uso de la posada he de advertirles que no pueden estar vagando por el pueblo después las campanadas que los soldados hacen sonar por todo el pueblo, si son sorprendidos fuera se les revocara todo derecho, arma y serán arrestados, deportados y encarcelados en la capital, y ese mismo será el destino si sorprendemos que alguno no está realizando actividades de casería y solo se beneficia de los servicios que Burython les brinda, gracias a todos por su atención, pueden disponer de sus nuevos derechos y de su tiempo- finalizo el capitán, mientras daba órdenes susurradas a su primer oficial.


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-Ja ja ja- la risa de Sheoldred resonó por todo el bosque, era una risa burlona y a la vez macabra y provocadora, de aspecto fantasmagórico, que erizaba el pelo de muchos. -Así que intentan darme caza, ilusos humanos, meterse conmigo les va a costar caro- dijo Sheoldred mientras veía un cartel con el dibujo de una araña y una cara humana en el centro seguida de una jugosa suma en oro por su cabeza o por ella misma en vida. -Ya verán malditos, acabare con sus niños poco a poco para que aprendan a respetarme- dijo la aracne en voz alta como si hablara con alguien, hizo bola el papel y lo arrojo al húmedo pasto del bosque, miro en dirección a Burython y empezó a caminar, iba decidida a no solo saquear la ciudad, sino también a dejarles claro quién era ella.

Sheoldred no podía contener su rabia, aquel papel le había enfurecido demasiado, su pelea de toda su vida era precisamente por ese motivo, los malditos humanos se sentían superiores y Sheoldred les demostraría que estaban en un error.

La aracne camino por el bosque alrededor de cuatro horas, su viaje fue tranquilo, nada que le causara problemas. Cuando llego a su destino la noche ya había caído, frente a ella se alzaba la muralla de Burython, igual de fuerte que la puerta y parecía ser igual de gruesa, en ella los guardias custodiaban los alrededores, algunos miraban hacia el bosque mientras que otros vigilaban la ciudad, para ellos era una noche cotidiana, un turno de ocho horas parados sin nada más que hacer que ver su alrededor esperando que nada pase para no tener que arriesgar su vida.

Cerca de donde la aracne se escondía un guardia había detenido su caminata por la muralla, parecía aburrido y con sueño pues había soltado un bostezo demasiado largo, seguido de un trago a su cantimplora esperando contener el sueño con aquel líquido, la aracne se acercó, miro a ambos lados de la muralla, los demás guardias estaban lo bastante alejados como para llegar a tiempo a socorrer a su compañero, Sheoldred miro la luz de las antorchas que se mantenían en algunos puntos de las murallas, no alumbraban demasiado y los guardias por lo regular estaban postrados en las zonas oscuras, quizá por estrategia o mera casualidad pensó la aracne y sin pensárselo más tiempo lanzo una telaraña que impacto justo en la espalda del militar. Los demás guardias no tuvieron tiempo ni de racionar, el grito ahogado de la víctima alerto a los demás guardias pero demasiado tarde, la aracne ya lo había jalado fuera de la protección de las murallas e internándolo en el oscuro bosque, dejando el suelo marcado con sangre y un rastro por donde había jalado el cuerpo.








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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Byron el Mar Oct 21, 2014 6:17 pm

Para Byra andar de un lugar a otro había sido ya agotador, estaba aburrida de estar viajando sin poder encontrar un lugar fijo para quedarse si quiera unos cuantos meses, si, tenía flojera y quería descansar más sin embargo por otra parte la idea de que en su descanso su padre pudiese aparecer era lo que la mantenía a trote “Ahora que lo pienso tiene meses que no me doy un respiro…”, pensó para sus adentros mientras recargaba su espalda en un árbol viejo y seco, miró las ramas con cierta nostalgia, no porque fuera sentimental, sino porque tenía tiempo que no cazaba algo “divertido” para comer, en realidad si lo pensaba mucho no tenía caso, lo cierto es que también llevaba días sin comer y su estómago ya estaba reclamando.

Respiró profundo y retorció los huesos de su espalda y cuellos, estiró los brazos y las piernas y abrió su boca lo más grande que pudo, en realidad estaba bostezando mientras pensaba lo que comería esa misma tarde. Después de repasar la mayor parte de la cadena alimenticia decidió sin más ni menos que tenía antojo de una cabra, una gorda y sabrosa cabra, el problema era que las cabras sólo se encontraban en donde había humanos, hizo un gesto de desaliento y gruñó para sus adentros, pues la idea de toparse con humanos no le satisfacía mucho, aunque claro, para ella no eran más que insectos molestos y empedernidos. Pasados unos cuantos minutos finalmente se desperezó para ir en busca de su cena.

No había sido mucho lo que había caminado entre la maleza y los árboles, si acaso unos 500 mt. Cuando a sus oídos llegaron lo que le parecían singulares voces agudas, para ella voces humanas, observando con cautela entre las ramas pudo divisar las luces de una comunidad de personas, y si, en efecto eran humanos. Prestó atención a lo que había a su alcance, se quitó la careta para tener una mejor visibilidad, había personas con antorchas fuera de sus casas, otras tantas sentadas en las escaleras de sus propiedades, perros ladrando por aquí y por allá y gatos, Byra sonrió pues esos animales le parecían molestamente curiosos, olfateó elevando el rostro para percibir mejor con sus mandíbulas, las abrió un poco y los finísimos vellos de su boca comenzaron a vibrar, podía oler muy entre todos los olores un ligero olor a abono,, a excremento de ganado, volvió a sonreír y se colocó la careta, buscó a los alrededores un lugar donde internarse en la aldea sin causar mucho alboroto, la verdad es que no tenía ganas de nada, ni si quiera de pelear.

Rodeó la aldea casi en su totalidad, por un momento sintió ganas de desistir, era principalmente el hambre lo que la mantenía con esa desalentación, finalmente se internó en una de las zonas poco alumbradas, para fortuna suya los animales se encontraban regados a diestra y siniestra por todo el lugar, no vió ninguna cabra gorda y sabrosa, pero si ovejas y sobre todo gallinas, total ¿Qué diferencia había centre cabras y ovejas? Era carne, así que le venía igual de suculento. Lentamente y agachando el cuerpo mientras se acercaba por detrás a una ovejilla amarrada Byra se saboreaba el sabor de la carne, se detuvo cuando la oveja giró la cabeza, pero estaba ya oscureciendo y el color parduzco en la piel de la tejemuertes la hacía fácilmente camuflajearse entre la maleza, cuando la oveja giró la cabeza nuevamente Byra la tomó lo más rápido que pudo de las dos patas y sin darle tiempo a que gimiera o soltara algún ruido de su hocico clavó sus garras en el cuello del animal dejando un regadero de sangre en la tierra, dejó que chorreara un poco apretando con fuerza el hocico del animal, pues aun desangrándose soltaba gorjeos que podrían delatarla, una vez que el animal se había desangrado casi por completo la antropomorfa cargó con el animal a cuestas mientras echaba hojas a las gotas de sangre que quedaban detrás de ella…

Claro que una pequeña cabra no lograba saciar su hambre, hambre que llevaba a cuestas de días, por lo que cerca de una semana la tejemuertes se hacía de uno o dos animales por día, en el caso de las gallinas no se media, sin embargo, eran las que más la delataban, y estaba segura de que en la aldea ya se habían percatado de ella, pues el movimiento entre los humanos día tras día había cambiado un poco.

Al sexto día de haber estado descansando entre la maleza del lugar, cuyo nombre se había percatado de que era Traben, sin embargo había algo que la confundía, desde un principio los humanos parecían estar “buscando algo” o a alguien, Byra se preguntaba si ya la habrían visto por casualidad alguna, fuera lo que fuera no estaba dispuesta a dejarse intimidar por una bola de pequeños e insignificantes humanos…



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Re: El Rastro de una Tejemuerte

Mensaje por Balka el Mar Oct 28, 2014 6:58 pm

Balka observó al tal Frey, un hombre alto y algo gordo con una barba mal cortada y aire petulante que hablaba hacia el grupo de mercenarios y cazarrecompensas como si tuviera bajo la nariz una mierda de vaca. Para ser un lord iba muy descuidado por mucho que reluciera su armadura desajustada.

Aún así escuchó atentamente todo lo que dijo, resopló con molestia frente a las estrictas reglas y volvió a registrar todas sus pertenencias de nuevo en el puesto de la guardia, salvo el estilete que seguía a buen recaudo en la bota y del cual no pensaba decir nada.  Cogió con desgana su "pase", una ficha ovalada de madera resquebrajada con el símbolo de Burython en el reverso, y el de la guardia imperial en el anverso. El paquete que le dieron con la comida diaria se dividía en tres y las raciones se reducían a largas tiras de cecina con tocino junto a algo desecado redondo y medio aplastado que parecía fruta, un papel arrugado equivalente a una única hogaza pequeña de pan negro por ración y una cantimplora totalmente abollada que podías rellenar en la fuente del pueblo las veces que te diera la gana. Balka observó tan frugales viandas y pensó que alguien debería meterle la cecina por el culo a quien pensara que aquello serviría siquiera para nutrir adecuadamente a un humano medio en mitad de un ejercicio intenso como lo sería una cacería. Rió por lo bajo y suspiró, pensando que tendría que gastar algo de dinero en comida de verdad. Y en cerveza. Le dio vueltas a la cantimplora y se preguntó cuánto valdría aquella cosa de lata.

Callejeó un poco por el lugar, no era muy grande pero estaba ordenado, era limpio y el ambiente seguía siendo gris y deprimente como todo lo que había por la zona, acentuado aún más por el hecho de que todos sus edificios, salvo los oficiales y los de culto, eran exactamente iguales. Galopar toda la mañana había abierto su apetito, de modo que buscó la posada.

Le costó un poco distinguirla ya que su construcción no sobresalía más que cualquier otra, pero en cuanto entró la recibieron los olores de la comida churruscándose al fuego y las bebidas especiadas en las gargantas de los hombres. Ignoró las miradas que todos le dirigieron porque estaba más que acostumbrada a llamar la atención, y fue a repantingarse en una de las menas de la esquina, cerca de la puerta de la cocina y de cara a la entrada. Subió los pies a la mesa y la posadera se los bajó de un manotazo gruñendo como una bestia. La elfa rió, pidió la especialidad de la casa regada con buena cerveza caliente y la reserva de una habitación muy grande, o con ventanas muy grandes. Resultó que la especialidad de la casa volvía a ser uno de aquellos conejos de seis patas y aspecto grotesco que, a pesar de todo, combinaban asombrosamente bien con cualquier cosa que les pusieras; o al menos eso parecía por lo bien que sabía junto a un generoso puñado de verduras desconocidas para ella, con un aspecto blando y extraño. Se quedó un largo, largo rato en la mesa de la esquina, escuchando a la gente conversar, ir y venir mientras digería el conejo, bebiéndose despacio su única pinta de cerveza con una expresión apacible en el rostro de ojos entrecerrados que haría pensar a cualquiera que estaba medio dormida y no se enteraba de nada. De hecho quería dormir a pesar de que media tarde, y antes de eso quería beber mucha más cerveza para dormir mejor, pero ninguna de las dos cosas la convenía.

A su alrededor pululaban los mercenarios, entrando y saliendo y haciendo preguntas a todo el que se cruzaban. Cada uno de ellos creía que lo estaba haciendo de manera discreta, sólo para su persona, hablando en voz baja y medio escondidos para que nadie más se enterara, y Balka les dejaba hacer el trabajo de campo mientras lo captaba casi todo con sus agudas orejas de elfa lista y entrenada. Fue una tarde tranquila y productiva porque la mayoría del pueblo se estaba reuniendo en la posada, atraídos por la curiosidad, la novedad y el morbo.

Entrada la noche y después de haber vaciado una segunda jarra de cerveza que pidió, muy enfadada consigo misma por sucumbir, subió a su habitación para querer bajar de nuevo y dibujarle una sonrisa roja en el cuello a la maldita de la posadera. Aquel cubículo, porque no era más que eso, no tenía ni grandes ventanas ni espacios aceptables que evitaran que la elfa entrara en una espiral de ansiedad: oscuro, estrecho y con una pequeña ventana. En realidad era una buena habitación, pero no si sufrías claustrofobia aguda.

Balka abrió la ventana de par en par, pero la situación no mejoró. Estiró los brazos y dió una vuelta sobre sí misma en medio de la estancia, y aunque las puntas extendidas de sus dedos no rozaron ninguna pared, la respiración comenzó a acelerársele lentamente. Se asomó al hueco abierto. De allí al suelo sólo había un piso. De allí para arriba estaba el tejado porque la posada no era tan grande. Decidió que si la azotea estaba en buenas condiciones dormiría allí mismo, con las estrellas como techo. Además, el tiempo aún era cálido por la noche a pesar de estar entrando en otoño. Descolgándose de la ventana y con cierta habilidad trepó hasta el techo: las tejas de madera crujieron un poco y dos de ellas, sueltas, resbalaron hacia la calle. Encontró un trozo liso y despejado en el hueco en el que antes debía de haber uno de esos barriles gigantescos que almacenan agua de lluvia o para incendios; extendió la manta sobre el duro suelo, usó su bolso como almohada y se recostó con las manos tras la cabeza. Aquello estaba mejor. Inspiró ampliamente. Mucho, mucho mejor. La constelación de la serpiente bifurcada titló, como sonriéndole en la noche despejada.

La pequeña empanada de carne y la cerveza de la cena le templaban el estómago, mientras una suave brisa cargada de sonidos siniestros parecía arrullarla. Todo parecía demasiado tranquilo. Sospechosamente tranquilo, pensó una parte de su mente que aún no sucumbía al sopor del sueño inminente. El aire seguía llenándose de ruidos extraños. Golpes, cosas que se caen. Brisa suave, ruidos de animales desconocidos. Y de repente gritos. Gente que corre con espanto, una campana de alarma, más gritos de alarma.

A Balka se le pasó el sueño de golpe. Se asomó al borde del tejado y escuchó con atención. Algo había pasado. La guardia... no, un guardia se había ido. Había desaparecido de repente, gritando en la oscuridad, y nadie había visto nada. Vaya, pensó la elfa, ha pasado de los convoyes a la ciudad directamente, alguien ha cabreado a la cosa, sea lo que sea, rió.

Enrolló la manta, se colgó el bolso y bajó con celeridad para enterarse de los detalles sabrosos.


{ - sin perder la ronrisa... }
¿Qué está bien y qué está mal? Dime.
¿Qué ética tiene la llave de lo moralmente aceptable?

{ ...pero perdida en ella - }

Diálogo - #d65151
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Re: El Rastro de una Tejemuerte

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