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Un trabajo más.

Mensaje por Riiviö Henkilö el Sáb Nov 15, 2014 1:43 pm

Las calles de aquella ciudad eran más vivas que ningún otra, llenas de comerciantes de todo tipo a la espera no sólo de los mismos ciudadanos sino de los aventureros y los visitantes varios que no tenían la oportunidad de disponer de una mercancía tan variada y de buena calidad. Si bien era cierto que de vez en cuando podías ser asaltado repentinamente con palabras melosas con intención de ser arrastrado a las garras de algún mercader para desplumarte con su género, la mayoría de los comerciantes de Phonterek estaban cubiertos de una especie de elegancia que no se denominaba por ropas caras o porte altivo, sino más bien con una profesionalidad impoluta, de la cual era a la vista obvio que tanto ellos como el gremio específico en el que pertenecieran se sentían muy orgullosos.

A pesar del bullicio y ajetreo de la ciudad, las calles constan de una amplitud más que decente, con lo cual no hay lugar a agobios por el tránsito, y a pesar de que podías encontrar callejones estrechos, casi nadie entraba por ellos. Aquél lugar, limpio, con sus construcciones bien cuidadas y robustas, adoquines perfectamente colocados en el suelo hacían de la ciudad un lugar más que agradable. Si bien cierto es que guardias vigilan con fijeza cada paso que dan todos los transeúntes, sobre todo ajenos a la ciudad y por qué no decirlo, a razas no humanas, encontrarte en Phonterek te dotaba de una tranquilidad más que agradable, teniendo en cuenta lo dispar y vil que era el mundo fuera de esos portentosos muros.

Los ciudadanos y comerciantes, ajenos entre sus risas y negocios a lo que estaba a punto de acontecer entre los callejones perdidos de la urbe, se encontraba una particularmente sucia, donde los desperdicios flotaban en pequeños y estancados charcos empozados en los desniveles no tan perfeccionados del adoquinado, a diferencia de las demás calles. Toda aquella zona impregnaba la nariz de cualquiera de un olor a despojos fisiológicos, sudor, alcohol y quizá, sólo quizá, un poco de sangre, que no llegaba a estar a la vista.


_____________________________________________________

Y aquí se encuentra de nuevo nuestro estúpido protagonista, llevando a cabo de nuevo una de sus más que cotidianas situaciones sociales; huir de una paliza. De repente, en aquél armonioso desorden de compras y charlas amables, apareció una figura bastante alta, cubierta de telas, capa y cuero, empujando a diestro y siniestro a todo el que se encontrase en su camino. Los transeúntes chillaban y se quejaban algunos con improperios propios de la taberna más deleznable posible, mientras Riiviö avanzaba sin preocuparse demasiado de los que le rodeaban. ¿Que por qué huía? Bueno, pronto se dio cuenta del motivo el comerciante más enfadado de la situación, el cual volvió a ser empujado por un grupo de cuatro guardias. A poco estuvo de volver a insultar a gritos, pero se detuvo prudentemente al ver a quienes estaba a punto de atacar con su afilada lengua.

Aquél chico pronto se descubrió a si mismo ocultándose en uno de los callejones más estrechos y oscuros del lugar, prácticamente tapado por los entretechos bastante unidos de los edificios que conformaban la callejuela. Corrió a más no poder, aguantando la respiración por el repugnante olor y resbalándose a cada zancada que daba, a punto de trastabillar estrepitosamente. Consiguió abrir de un empujón unas puertas de madera por las cuajes unas pequeñas rendijas expelían un algo de luz.


- ¡Agh! ¡Que asco! - Con una rodilla en el suelo y la otra pierna con la planta del pie en la misma superficie, pegó una bocanada de aire ruidosa en la cual el olor a suciedad, tabaco y mugre le dejaron casi mareado. No fue eso precisamente lo que le produjo asco, que también, sino el percatarse de que media bota derecha la tenía mojada y expeliendo un olor fuerte que sólo puede pertenecer a alguna clase de borracho drogadicto que mea en calles como en la que él acababa de estar.

- ¿No te gusta mi local? - La voz resonó en la taberna, y al fijar el joven la mirada al frente, se encontró con la vista de un portentoso armario humano de casi dos metros de altura, barba incipiente y mirada torva, que lo retaba a volver a hablar mal de su tugurio otra vez. - Ya sabes donde está la puerta.

Riiviö no dijo nada, se incorporó y avanzó con paso decidido hacia la barra que separaba a ambos hombres y miró fijamente durante unos segundos. Ambos parecían perros rabiosos, esperando a que uno de ellos se dignase a guardar el rabo entre las piernas. Ninguno de los dos lo hizo, y Riiviö, que posiblemente podría ser fácilmente tumbado por un derechazo de aquél fornido tabernero, estaba cometiendo de nuevo otra de sus famosas imprudencias de la cual se daría cuenta cuando ya fuera demasiado tarde.

- No es que no me guste. Metí la bota en un meado de tu calle. - Carraspeó con fuerza, en búsqueda de una voz más autoritaria y masculina, la cual no encontró. - Pero no se diferencia mucho la calle de la mugre que hay aquí. Posiblemente tanto tú como la gente de este lugar no os importe, ya que oléis igual. - El chico tenía cojones, o simplemente era idiota. El dueño del local alzó una ceja, mientras no apartó la mirada del chico, o más bien mierdecilla insignificante que tenía delante.

- ¡Chico, me caes bien! - Dijo con una amplia carcajada que acompañaba su inesperada frase, la cual hizo que algo muy dentro de Riivio, que aún permanecía con una mirada desafiante en su rostro, llorase de alegría por tener la suerte de no recibir una paliza por la idiotez de si mismo. - No sé si tienes un buen par, o es que eres tonto. - Dijo escupiendo en un vaso sin miramientos y empezando a limpiar el recipiente con un trapo negro, que Riiviö esperó que por lo menos ese color fuera de la tela original. - A mi me ha hecho gracia, pero igual a los que tienes detrás, no.

El joven se quedó petrificado durante un tiempo, que se le hizo eterno, pero realmente fueron unos pocos segundos. Ahora que aquél gigante sucio y lerdo se lo decía, casi podía sentir decenas de ojos clavándose en su espalda con odio. Volteó con cautela, y no hacen falta demasiadas descripciones. ¿Qué tipo de gente creeríais que se reuniría en un antro donde ni los guardias se acercarían y donde la cerveza aguada era casi gratis? Bandidos, ladrones, tipos duros y todos ellos armados hasta los dientes, le miraban fijamente. Aquél chico estaba demasiado ocupado fijándose en aquella horda peligrosa que tenía enfrente como para percatarse de una figura encapuchada y cubierto casi entero de telas negras, que parecía apuntar hacia él con su rostro, y estaba sentado en una esquina mal iluminada de la taberna.
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Khiryn el Mar Nov 18, 2014 7:25 am



Post I

De haber tenido monedas, habría pagado por una escolta que me llevara hasta Abanista en un placentero y cómodo viaje en uno de esos enormes barcos, por la ruta del norte, navegando cerca de la costa.

De haber tenido el brazo derecho, me habría contratado como guardaespaldas o mercenario en uno de esos ferris más pequeños que cruzan el golfo y habría desembarcado en las minas de Nos; donde me hubieran pagado por el trabajo y donde luego me habría hecho contratar como escolta de una caravana de comerciantes hasta “La Aguja,” luego ahí, haría el viaje con los hombres del norte hasta Thonomer y finalmente a Taimoshi Ki Nao.

Pero no tuve lo primero. Ni siquiera lo segundo.
¿Quién llevaría una mujer Hörige desconocida y manca gratis en viaje por el mar? ¡¿Quién la contraria para cargar bultos o cuidar un barco?!
Así que después de vender mi fina armadura y mi sable curvo, haber comprado unas cuantas provisiones y ropa de frío; luego de ser estafada sin poder hacer nada en un comercio de Ciudad Cementerio, tuve que pagar un asqueroso lugar en un ferri de comerciantes que me llevara a las Minas de Nos.

Rara vez, por lo que me comentaron el capitán y los mercaderes, los barcos Huntas son atacados en el golfo de Zheroker. Estos, se hacen acompañar de cuervos que entrenados, vuelan dibujando círculos sobre los navíos. Estos cuervos, anuncian que los cambiaformas cuidan el barco. Entre los cambiaformas, los corvántropos son temidos entre los piratas y ladrones en general, ya que se sabe de ellos son particularmente buenos con los arcos y jabalinas; y su clan es tan grande y su alcance tan amplio, que su venganza llega a los rincones del mapa.

Pero esta vez no.  

Fuimos atacados y abordados ahí, donde el agua es más oscura en el golfo de Zheroker y aunque participé activamente en la defensa del navío, mi actuación sólo me valió un miserable par de monedas y la gratitud del capitán. Más fue lo que aprendí, entendiendo lo diferente que es proteger un muro a proteger el costado de un barco. Aprendí también que los comerciantes que cruzan las aguas son los peores para pagar sueldos, y Zheroker no es un país que se permita el lujo de derrochar dinero.

No así Thonomer o su acaudalada sede: Phonterek.
Así es, Phonterek.  Llegué casi por milagro, y casi por milagro no había muerto de hambre. Hace tres días vagaba la ciudad con el estómago tan vacio con los bolsillos. Alimentándome por las noches de aquellas sobras de huesos con pellejo que desechaban los acaudalados y bebiendo sin permiso el agua estancada de alguna fuente o de algún pozo destapado.

Extraña en la ciudad, acentuaba mi aspecto descuidado y mi maltrecha presencia cubriéndome siempre con la capa. De día. Caminaba lo menos posible entre las gentes tratando de ocultarme en las callejuelas angostas y poco iluminadas. Hurgaba la basura en busca de restos comestibles pues poca fuerza tenía para cazar y aun menos ganas.
De noche mis ánimos crecían y sobre los tejados más firmes penetraba la oscuridad con la mirada buscando entre las luces tenues de las velas de la ciudad el recuerdo de mi orgullo perdido y mi instinto cazador olvidado. Me prometía que el día siguiente sería mejor y llegaba a reconfórtame pensando que aun era capaz de sobrevivir dignamente por mis propios medios. Luego me quedaba dormida y al amanecer la luz del sol me encontraba escarbando la basura y me recordaba que era ahora un mendigo en una ciudad ajena. Que el recuerdo de mi brazo perdido me hacían valer menos que nada y que nada sería igual que antes.

Enojo y depresión profunda…

…con un poco de suerte.

Con un puntapié me despertó el comerciante, que con gritos y gestos de enfado reclamaba el lugar que había sido mi lecho la noche anterior. Era, donde él colocaba su tienda cada día para comerciar manzanas y otras cosas. Mareada y con dolor de cabeza por el frío me levanté pesadamente llevándome la mano al hombro derecho. A veces, la sensación de tener el brazo derecho volvía a mí con fuerza; dolía. Di un par de pasos y doble la esquina recargándome de espaldas contra la pared de piedra gris del viejo casón. Desde donde estaba, pude ver al hombre comenzar a armar con tablas y mantas su puesto, dejando a un lado el enorme canasto con manzanas mientras sus ayudantes bajaban de una carreta el resto de sus productos. En su cinto, llevaba un morral que tintineaba con monedas de cambio. En derredor, los guardias de la ciudad, se distraían del tedio platicando entre sí y otros mercaderes comenzaban a llegar para comenzar la jornada.

De súbito, un hombre apareció de la nada, caminando deprisa, parecía distraído y enfocado, como si tuviera que llegar de inmediato a un lugar al que no estaba seguro. Sin anticipar los movimientos del mercader y mientras miraba en otra dirección, el hombre chocó con el mercader haciéndolos trastabillar a ambos.

De inmediato, los ayudantes del mercader corrieron ver que sucedía. Pero el hombre, notablemente apenado, ofreció una disculpa con una reverencia y al notar que ninguno de los dos estaba herido, lo dejaron marchar. Nadie notó que el mercader había perdido en el choque la bolsa con monedas de cambio o que aquel hombre se había llevado las manos al interior de las ropas.

El ladrón siguió su camino sin prisas, doblando justo en la esquina dónde yo estaba. Sentí en el cuerpo las ganas de detenerlo, y quizás con eso, me ganaría el favor del mercader pero los ojos del ladrón se posaron en los míos y su terrible confianza congeló mis reflejos en el acto. En sus ojos leí vi el mismo fantasma que me atormentaba desde que perdiera el orgullo.

“No puedo.”

Lo dejé ir.

Pero la balanza se inclinó con la fuerza que recriminaba mi cobardía. Me fui tras él.

Lo seguí como una sombra lejana por lo callejones angostos y sucios de la ciudad, y bajo el velo de bullicio y comercio de las grandes avenidas adoquinadas encontré una ciudad pobre y maloliente. Encontré los barrios pobres donde las calles se visten con la mierda de los cerdos y los orines de los borrachos. Prostitutas que desde la mañana venden su sexo maloliente y ofrecen una chupada con esas bocas sucias y sin dientes. “Putas de cuarto de bronce.” Perros flacos, enfermos y en los huesos. Ratas que hacen de las calles cerradas sus palacios. Niños endurecidos y quemados por el frío que perdieron desde muy temprano la inocencia y miran con ojos de vidrio frío y reproche a los caminantes amenazándolos, recriminándolos. Exigiendo lo que por derecho les pertenece.

Seguí al ladrón entre toda esa miseria y de repente mis problemas eran mucho menores y mi condición me hacía ver envidiable entre todos ellos y aun así entre ellos sentía que estaba en el lugar al que pertenecía. Igual de inútil, igual de escoria. No les temía, pues era el lugar al que ahora debía pertenecer. Y aun así, quería despojarme de aquello, negar que ese era mi lugar y recuperar mi orgullo.

Así que tras el ladrón, entré en esa taberna de mala muerte, donde sólo los mercenarios sin escrúpulos, los ladrones y navajeros de poca monta se daban cita. Asesinos se llamaban entre ellos pero no lo eran. Eran matones mediocres que cegaban la vida de sus víctimas y por eso creían que ser asesinos. Estúpidos. Yo conocí verdaderos asesinos y ninguno se parecía estos animales sin dientes y apestosos.

Ubiqué al ladrón al sentarse éste en una mesa donde lo esperaban tres hombres más. Yo seguí de largo y me acerqué al tabernero que tras la barra, sacudía los tarros de madera y acero con un trapo mugroso. Recorrí la taberna con la mirada ubicando sus salidas y sus entradas y contando en la mente el número de personas ahí, suponiendo cuales serían las más peligrosas, olisqueando el aire en busca de pólvora. Luego, dirigiéndome al tabernero y a sabiendas que no tenía una sola moneda en los bolsillos le pedí que me sirviera un trago de su alcohol más fuerte. Necesitaba el calor del vino para animar mi valor.

El cantinero me echó una mirada incrédula, y sopeso mi cuerpo y estatura consigo mismo y al concluir para sí que yo no sería problema para él, me sirvió apenas sin mediar palabra. Tomé el pequeño vaso con mi única mano, le di la espalda y miré fijamente mi objetivo.

No alcancé a llevarme la bebida a la boca cuando de la nada, la puerta del tugurio se abrió dejando entrar en una estrepitosa caída a un hombre que con una rodilla en el suelo, se quejaba fuertemente del apestoso lugar.

Silencio entre los comensales y todos pudimos oír la escena a continuación…

…Bebí de un golpe el trago que con su calor amargo me quemó las entrañas. Volví el cuerpo hacía el tabernero golpeando la barra con el vaso.

-¡Un tarro!- Dije con voz apresurada como si anticipara que algo malo iba a suceder, exigiendo casi como suplica. –¡¡Rápido, rápido, rápido!!-
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Huli el Miér Nov 19, 2014 8:12 am

Si bien, Huli no tenía ni la más mínima idea de donde se encontraba o mejor dicho por què se encontraba ahí, no “ahí” en el lugar, sino “ahí” en la situación… la anciana humana que había conocido poco después de su transformación se había topado nuevamente con ella, en esta ocasión en las afueras de una ciudad por azares del destino, la humana se veía cansada, deprimida, no tenía nada que ver con la vieja humana que había conocido un tiempo atrás. La abuela la había reconocido por dos cosas, los vendajes en sus patas y el colgije que llevaba en el cuello, un bosquejo de sonrisa tierna se le hizo presente y dejando en el suelo todo lo que llevaba cargando silbó para llamar a la cambiaformas por su nombre.

-Huli… pequeña Huli ¿Cuánto tiempo sin verte…?-

La joven zorruna giró lentamente la cabeza, alzó las orejas y giró el rostro un tanto desconcertada, en un principio estuvo a punto de correr, pero recordó el curioso aroma de la mujer y se alzo, se encontraba recostada en la copa de un bajo árbol, su yumi pendía de unas ramas más altas y bajo la raiz del árbol estaba enterrado su shinobue. Bajó despacio del tronco caminando despacio hacía la mujer, bajó la cabeza para olfatearla y abrió el hocico a medio mostrar la dentadura como si de una sonrisa se tratase, ambas se estaban sonriendo.

A pesar de que Huli no había tomado en ningún momento su forma humana, la anciana no había dejado de platicar con ella ni por un solo momento pues de sus recciones humanas a sus reacciones animales la diferencia no era tanta, siempre se encontraba callada, escuchando, hasta el momento en el que le parecía bien responder, pero elmomento aún no había llegado. La abuela platicaba acerca de su viaje, todo iba bien y entretenido, hasta que sus ojos comenzaron a humedecerse, la humana estaba llorando y Huli la observó contemplando su húmeda mirada.

-Ya no es lo mismo pequeña, ya estoy vieja, estos pies ya no dan para más por más que intente buscar caminos cortos siempre termino cansándome, ya no puedo trabajar como antes, necesito un descanso… creo que moriré sola entre la maleza, seré parte de tu alimento como buen fertilizante…-

Huli sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal y prestó más tención a la anciana, intentó acercarse más a ella hasta que su esponjada cola tocò el regazo de la humana, entonces tomo su forma humana y recargándose un poco en ella finalmente habló.

-No está sola, aquí estoy yo.-

-Gracias pequeña… pero aun que estés conmigo, comienzo a necesitar un techo, un suelo, unas paredes donde pueda refugiarme.-

-¿Por què no te unes a una manada de humanos? Hay muchas por aquí-

-Aldeas Huli, los humanos no se rigen por manadas, se llaman tribus, o aldeas.- Corrigió la anciana con una sonrisa, Huli se quedó mirándola y sonrió casi imperceptiblemente.

-Entonces únete a una tribu humana.-

-No es tan fácil Huli, hace mucho que no hablo con nade, no tengo conocidos, no puedo llegar así como así,al igual que en las manadas de un animal tengo que ganarme un lugar y yo ya estoy vieja para ello…

-¿Y si te ayudo a ganarte un lugar en una tribu humana?-

-Huli, hay una cosa que los humanos llamamos “dinero” el dinero lo compra todo, si tuviera mucho de eso no batallaría ni por un solo momento, pero todo lo dejé y lo perdí, ya no tengo nada… veo muy difícil incluso el hecho de que tú pudieras ayudarme.-

-¿Y còmo se gana el dinero?-

-Trabajando pequeña, trabajando muy duro.-

-Enséñame a trabajar y te ayudaré a ganar dinero para unirte a una tribu.-

A la abuela le causaba gracia y nostalgia lo que Huli decía, no pudo evitar colocar una mano en su cabeza y sonreir, suspiró y la observó, la chiquilla realmente quería ayudarla, en sus ojos azules había una chispa de esperanza que le hacía creer en el hecho de poder vivir en una urbe humana, finalmente asintió con la cabeza y se puso en pie para tomar sus cosas, Huli no dudo por un momento en ayudarle con otras tantas.

-Está bien niña, creo que tengo uno que otro conocido por ahì, el problema es que para que no te metas en problema no debes dejar que se enteren de que eres un animal.-

-¿Por qué?-

-Por que no toda la gente es buena, hay humanos que creen ser la mejor de las razas o tienen confliots y no aceptan a nadie màs que humanos, habrá que hacer también algo con esas garras que llevas, tienes que cuidarte, hay hombres malos.-

-¿Mi ropa es mala?-

-Tu ropa no, las personas…-

Las respuestas y preguntas de Huli parecían hechas con cierta inocencia, su tono de voz era bajo, paciente y tranquilo, la anciana le respondía de la misma manera. Durante el resto del viaje Huli tuvo que colocarse algo encima de “sus garras” que nunca había usado, era como una especie de kimono corto que le llegaba poco más debajo de los muslos, una cinta le cruzaba la cintura y por primera vez se vio en la necesidad de usar “zapatos” eran unos botines cortos que cubrían por completo sus pies, a la cambiaformas le parecían molestos, incómodos e innecesarios, sin embargo por las cosas que la abuela le contaba se vio en la necesidad de aguantarse la incomodidad.

El lugar al que se dirigían según la humana se llamaba “Phonterek” situado en Thonomer, hace no mucho tiempo Huli estaba por dirigirse hacía dicha ciudad sin embargo las dos personas con las que viajabn se habían perdido en el camino y no las había vuelto a ver ya, así que por primera y real vez se separaba de sus amados bosques keybak. El viaje no había sido para nada largo, la abuela llevaría a Huli a una panadería cuyo dueño era un viejo amigo de la familia. Huli se encontraba fascinada ante los adoquines de la ciudad, los muros, las construcciones tan amplias, era la primera vez que veìa una “tribu” como esa, pues estaba acostumbrada a pequeñas aldeas humanas situadas en las de faldas de los montes, sonreía para sus adentros sin alejarse de la humana temiendo perderse y no saber a donde dirigirse. Tras unas cuantas calles finalmente habían llegado a su destino.

El local era pulcro,agradable a la vista, el aroma dulce que desprendían los panes al hornearse era deliciosamente edictivo, Huli tuvo que hacer un esfuerzo para no olfatear “salvajemente” por lo que se limitó a elevar el rostro, cerrar los ojos y embriagarse con el aroma, salió de su trance cuando la abuela la tomó por la mano presentándola al dueño de la panadería, el hombre era un humano alto, grande de edad, algunas canas yacían cobre su cabello y su cuidado bigote, era delgado y de manos largas.

-Ella es Huli, mi hijo la cuidó mucho, es como una más de la familia, es muy callada pero es de rápido aprendizaje, no te dará problemas.-

El embriagante aroma había sido tal que Huli se había perdido la primer parte de la plática entre la abuela y el hombre, se limitó a inclinar un poco el cuerpo a manera de saludo y observar la panadería de suelo a techo. Sin saberlo ese sería su casi hogar durante los siguientes días.

La idea entre la anciana y el dueño de la panadería había sido la siguiente, Huli iría a trabajar todos los días y a cambio el dueño le daría un cuarto de su amplia casa, la cual constaba de muchas habitaciones, por lo que durante los días consecutivos el panadero fue enseñándole las cosas más básicas a Huli. Era un hombre paciente y de sonrisa diaria, parecía estar sólo ya con su esposa después de que sus hijos habían partido cada uno a hacer de su vida por sí solos, continuamente el panadero le decía que le recordaba mucho a su hija menor, si no fuera por su poca plática y por su esmero en el trabajo, la verdad es que Huli no tenía ni la menor idea de lo que hacía, sólo seguía los pasos y por alguna extraña razón sabía que lo hacía bien.

Había transcurrido cerca de un mes y todo parecía ir tan cómoda y tranquilamente en la vida de Huli y la anciana, sin embargo la antropomorfa se había dado cuenta de que no era lo que ella quería para “el resto de su vida” era verdad, quería ayudar a la anciana, sin embargo la vida que estaba llevando durante el último mes era por demás monótona, carecía de sentido salvaje, de conexión natural y eso a Huli no le gustaba para nada… Un día como cualquier otro habìa decidido cambiar la ruta que solía tomar hacía la casa del panadero, llevaba días sin sentir su lado animal y eso la estaba volviendo loca, así que comenzó a urgar entre los callejones de la ciudad hasta que finalmente llegó a uno donde las almas parecían no acercarse ni por gracia.

Se sacudió el cuerpo, brincó y estiró las extremidades, tomó su forma zorruna por unos cuantos minutos y corrió de un lado a otro del callejón arreglándoselas para no ser vista, tras unos minutos llamó su atención algo al fondo del desolado y húmedo callejón, escuchó voces que provenían de algún lugar, parecían ser personas que se dirigían al mismo lugar que ella y no pudo evitar escuchar algo de la conversación que ambas personas llevaban

-Dinero fácil amigo, así de fácil, hablas con el cantinero y él te consigue el trabajo, suficiente como para no trabajar por unos cuantos meses eh.-

Los ojos de Huli se iluminaron por breves momentos y tomando nuevamente su forma humana decidió seguir a ambos sujetos, de pronto tuvo que agradecer el hecho de llevar aquellas botas, pues en breves segundos se vio plagada de una suciedad que para su olfato era de cierto modo abrumadora. Habìa llegado a una especie de “restaurante” o al menos eso parecía, miró hacía todos lados y un sin fin de nauseabundos olores se le hicieron presentes, hizo una mueca con la nariz y siguió caminando directo al tabernero.

-Busco a “Cantinero”-

Dijo en voz baja, por su cabeza no pasaba ni la más mínima idea de lo que ahí adentro pudiera suceder, no sabía si quiera en donde se había metido… pero qué se esperaba ella era tan sólo una cachorra zorruna.









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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Devargo Adacassim el Vie Nov 21, 2014 6:42 pm

A la hora de costearse los viveres y suplementos Devargo se arrepintió notablemente de haber hundido dos monedas de plata bajo tierra a su llegada a Phonterek. Le venían genial para darse algún que otro capricho y encontrar un sitio más cómodo para descansar, en vez de tener que dormir acompañado de otros viajeros malolientes al igual que él y no poder pegar ojo debido al miedo de que alguien le robase de sus pertenencias. Lo único de valor que cargaba consigo era a Dory y la mantuvo tapada con una sucia manta toda la noche mientras esta tiritaba a causa del frío, lo cual carecía de sentido al no tener piel alguna. La armadura y el poco dinero que llevaba hacían que perdiese el sueño, los insesantes susurros a su alrededor causaron en él una especie de paranoia en la que se convencía de que a la mañana siguiente se levantaría sin botas y que terminaría perdiendo los pies debido al frío.

Quienes le robaron horas de sueños no fueron precisamente ladrones. No pudo evitar escuchar la conversación que mantenian un grupito de cuatro hombres en uno de los rincones de la gran habitación en la que se encontraban todos respetando sus respectivos lugares. Devargo tuvo que contentarse con un trozo de la pared bajo una enorme telaraña pero tampoco podía quejarse. Mantuvo toda su atención en la conversación aunque algunos datos tanto relevantes como irrelevantes se perdían debido a los incesantes ronquidos y los ocasionales gruñidos de Dory cada vez que escuchaba ruido fuera. En resumidas cuentas hablaban sobre un tipo en una taberna, el nombre completo de la calle se perdió ligeramente pero Devargo tampoco hizo mucho caso y por último lo que hizo que sus fríos ojos azules resplandecieran fue la palabra "dinero". Mucho o poco, no importaba, pero si quería subsistir un tiempo en la ciudad y encontrar a alguien que lo llevase a su siguiente destino necesitaba sin duda alguna dinero.

Pasaron horas hasta que Devargo decidió abandonar la "posada" y se atrevía a aventurarse entre los callejones de Phonterek, carecía de mucha información y los tipos que escuchó por la noche desaparecieron antes de que el abriese los ojos por primera vez ese día. Descartó el plan de seguirlos y por lo tanto después de un fuerte desayuno, adquirido en el mercado, y de cubrir a su mascota con la tela de la noche anterior se buscó la vida como solo él sabía hacer; sin preguntar a nadie.

¿Puede alguien creer que consiguió encontrar el sitio que buscaba? en ese momento el joven nigromante desconocía sobre este hecho. Buscó y buscó como un desquiciado en cada callejón por el que cruzaba, e incluso tuvo que sacrificar el poco dinero que cargaba consigo para no tener problema con un grupo de chicos que lo rodearon en uno de ellos. Si hubiera cargado consigo un cadaver otro gallo cantaría. Pero como no fue el caso no perdió el tiempo en lamentaciones y procedió a entrar en una de tantas tabernas después de un chico que se adentró como si de un huracán se tratase. La entrada del joven hizo que nadie hiciese caso al nigromante, que como de costumbre pasaba desapercibido como un alma en pena.

El olor no fue problema para el nigromante, abrir a mas de un centenar de cadaveres descompuestos para su maestro resultó ser un gran entrenamiento para esos casos, y en cuanto a la suciedad, bueno, vivió rodeado de muertos. Prestó atención a la escena y a quienes la representaban. El joven, un muchacho de probablemente su misma edad y de misma altura mantenía una cordial conversación con el tabernero quien en vez de aplastarle la cabeza -y por las pintas podría de sobra- decidió reir a carcajadas ante los comentarios del joven. Algo curioso es que aunque habían muchas mesas vacias las que tenían clientes en ellas como mínimo tenían sentados a cinco o seis hombretones en cada una. El sector oeste eran reconocibles por ser calvos, excepto uno que tan solo tenía entradas, y apenas tenían diferencia entre si, todos llenos de heridas, corpulentos y por supuesto rasgos excesivamente masculinos que los hacian ver peligrosos. Ah si, uno era negro. El este parecía mas deprimente, casi parecían trabajadores o vagabundos que se reunian para ahogar sus penas en jarras repugnantes llenas de dudoso alcohol. Un poco triste.

Quienes llamaron la atención del nigromante fueran únicamente dos, sin duda destacaban más porque al igual que él ocultaban sus rasgos bajo una capucha. El que se encontraba en la barra facilmente podría hacerse pasar por una mujer, figura estilizada y aunque mas alta que la media podría dar el cante, algo en él decía que se trataba de una especie de elfo pero tan distinguida raza no pintaba nada en aquel lugar. Dudó un segundo en acercase a él, o ella, debido a que parecía concentrar toda su atención en el otro chico, como de costumbre. Antes de dar siquiera un paso sintió unos intensos ojos concentrados en él y por supuesto cruzaron miradas, no con el de la barra -a quien deseaba verle el rostro- si no con el tipo de la capucha que se encontraba tan solitario mirando a la sala. No lo pensó mucho y Devargo se aproximó a él acompañado por Dory, quien caminaba torpemente entre las mesas.

-Buenas -saludó el nigromante; no habló hasta que confirmó de quien se trataba la persona que acababa de entrar en la taberna. Una simple desconocida que buscaba al cantinero y de cuya cara, al igual que la del resto, memorizó en caso de que fuese necesario. Pero en este caso aunque pareciera mentira no se fijó en ningún otro rasgo sobre ella y se centró en el encapuchado-. ¿Es usted quien da trabajo? -directo y sencillo. Como él.
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Riiviö Henkilö el Dom Nov 23, 2014 2:47 pm

La taberna era levemente iluminada por cuatro lámparas colgadas en el techo, únicamente acompañadas con una vela a medio derretir que amenazaban con apagarse si alguien volvía a abrir la puerta, y sumir toda la sala en una parcial oscuridad. Mientras las sombras bailaban al son de las frágiles llamas en movimiento, una escena se cuajaba lentamente, con una mezcla de odio y ponzoña bastante intensa.

La chica encapuchada y tullida pidió con prisas una jarra de alcohol que no recibió, puesto que en la cara del tabernero se reflejaba la misma inevitable espera de situación que la antropomorfa tenía como motivo para pedir una copa más con premura. Temía dar de beber gratis como cada vez que acontecían peleas y todo el mundo se marchaba con la excusa del terror de ser heridos en la trifulca. Mientras el tabernero, suspirando y dándose la vuelta con calma, empezó a recoger las botellas de licor que tenía en exposición y guardarlas en lugar más seguro detrás de la barra. Los trabajadores, visiblemente asustados, se alejaron con prisas acercándose más a la barra, temiendo que si salían del lugar les pillase en medio de lo que parecía ser el preludio de una pelea, o más bien una paliza.

En medio de toda esta tensión, una mujer entró, bastante hermosa y con rasgos lupinos, la cual avanzó sin mayor preocupación entre la mesa de hombres calvos que miraban con odio hacia la barra mientras se levantaban, y entre el chico que estaba a punto de batirse en un duelo contra todo aquél tumulto. La joven, ajena a la situación por su tardía llegada, se acercó al dueño del local, el cual un poco desconcertado, asintió a la pregunta de la joven como dando a entender que él era a quien la chica buscaba.


- Si, hija. Yo soy el cantinero, pero te recomiendo que vengas detrás de la barra como... el resto. Rápido. A ti también, chiquilla. - Dijo mirando hacia la capucha que cubría bastante bien los rasgos de la Hörige, la cual por su estatura y voz, denotó el apelativo por el cual fue llamado por el fornido y asustado tabernero.

Y de repente, el caos hizo presencia en aquella sucia estancia.


________________________________________________________

- ¿Queréis pelea, mamarrachos? - Dijo con la voz temblorosa e insegura. Parecía no portar aquella seguridad que sus palabras pretendían implantar a su porte acojonado por la situación comprometida en la cual se encontraba. - Os voy a dejar hechos mierda, puta mierda. ¡Venid todos a la vez, sino será demasiado aburrido! - El grupo de calvos se levantaron gritando como animales llenos de furia y se abalanzaron a por aquél pobre chaval, el cual intentó esquivar, lo cual consiguió a medias como para conseguir golpear a uno de aquellos hombres en la quijada, lo cual lo tumbó en el suelo durante unos segundos. Antes de que el golpeado se levantase, el chico era levantado levemente sobre las puntas de sus zapatos, que rozaban el veteado irregular de la madera. Sostenido por el cuello abrochado de su capa, y mientras uno de aquellos hombres le sostenía los brazos en la espalda, el hombre con entradas y otro calvo más se ensañaban entre risas y gritos, golpeando su estómago con fuerza una y otra vez.

- ¡Alto! - Indicó con total autoridad una voz que provenía de la esquina más oscura de la taberna. La autoridad de aquella voz hizo que la mayoría de las personas, sino todas, se detuvieran en el acto y volteasen hacia su procedencia. - Sé muy bien que los que están peleando muy seguramente están aquí por mi oferta de trabajo, y aquí estamos para hablar y formalizar el empleo, no para pelear. Quien siga interesado en escuchar mi oferta, que pida una bebida y se acerque a mi mesa. - Se había levantado, y Devargo pudo ver una sonrisa entre las telas de la capucha que le sonreía. - Quien prefiera seguir peleando, que salga de la taberna y se olvide de la oferta. No quiero cabezas huecas.

Riiviö agradeció en lo más profundo de su ser mientras aún seguía sostenido del cuello de la capa, mirando casi agradecido hacia aquél hombre encapuchado que, por lo visto, requería de matones para un trabajo. Sonrió pensando que aquella era la oportunidad de ganar dinero y hacerse un "nombre" como mercenario y/o asesino. Sus sueños se acabaron cuando fue dejado caer y su trasero golpeó violentamente el suelo de la taberna, escuchándose de fondo un lamentable grito medianamente ahogado acompañado con el crujir de la madera.

Todo el grupo con problema capilar avanzó hacia aquella esquina y por fin se percataron de la presencia de un hombre también encapuchado y con ropas y armaduras bastante sucias, rotas y manchadas de sangre. ¿Era signo de ser un asesino letal, o alguien que recibía muchas palizas? Por si acaso era mejor no entrometerse en sus asuntos, pensó Riviiö mientras miraba hacia el lugar. Claro es que, siendo como es, quizá del dicho al hecho, hay un trecho.

Había otra mesa al lado contrario de donde la mayoría se estaban dirigiendo, y se levantan dos personas de la misma. Una de ellas era un elfo de pelo castaño claro y largo. Avanzó con un porte señorial y estilizado, clavando su mirada gris a todos mientras caminaba por entre las mesas, portando encima el característico carcaj y arco que caracterizaba a su pueblo normalmente. Avanzó cogiendo una silla y llevándola hacia la zona donde empezaban a amontonarse asientos ocupados y virados hacia el encapuchado interlocutor. Detrás de él iba un hombre con una armadura de metal y cuero, que llevaba una espada bastante larga anclada en su espalda. Su mirada torva y la barba incipiente que acompañaba a su rostro le daban un porte fiero y peligroso. Se sentó donde pudo, lo más cercano posible, y Riiviö se levantó y se acercó a la zona, a una distancia prudencial para no molestar a los matones de antes pero aún así poder escuchar la conversación.


- Tabernero, traiga algo decente para todos, lo que pidan y que no se excedan demasiado. Esta corre por mi cuenta. - Se dispuso a hablar cuando la mayoría de civiles pagaron sus copas y se largaron como alma que lleva el diablo, fuera de aquella peligrosa estancia. Sólo se quedaron los interesados en la oferta de trabajo. - El trabajo es simple; buscar y destruir. - Empezó a reír por lo bajo y la capucha temblaba a cada risilla que movía su cuerpo. - Encontrar indicios de fraude y robo por parte de la guardia de la ciudad, capturarlos, sacarles información y matarlos. ¿Alguna pregunta? Sé que habrá preguntas. - Rió nuevamente, justo como antes. A Riiviö no le gustaba para nada aquella sonrisa, pero estaba interesado en el trabajo.
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Khiryn el Miér Nov 26, 2014 6:42 am

¿Qué pasó? Si todo lo tenía planeado. ¿Por qué no pude moverme? ¿Fue la presencia del tabernero que con paternalmente me ofrecía refugio? No.

Fue miedo.

¿Miedo a qué? ¿a salir herida? ¿¡Qué podían hacerme estos desgraciados navajeros muertos de hambre!? ¡¿Qué arte podían tener bajo la manga que no hubiera visto ya?! ¿Miedo a morir? Lo dudo. Aquellos que llamé hermanos y me arroparon con el manto negro y carmesí me habían mostrado lo bondadosa que es la muerte.

La muerte hermosa.

La reina de los muertos, la señora de los cementerios, la madre y reina muerte era la esencia de la batalla y pilar fundamental de la ideología del reino necromántico. No, no era a morir. Aunque aun no era digna de regresar al lecho de la madre, no me asustaba caer en el sueño eterno.

Me asustaba matar.

Tanta miseria y pena y caos y terror causaron las hordas. Fui víctima testigo y victimaria y bajo mi sable cayeron muchos. Pero cada muerte causada se cobra un poco de la propia vida, perdiendo la vida y muriendo un poco cada vez. Yo no había perdido el valor.

¿O sí?

No se es valiente sin sentir temor pues el verdadero valor nace de la capacidad de superar los miedos. Yo no había dejado de ser valiente por no temer luchar y morir, era que en realidad no me importaba. Pero no era por eso lo que me detenía. No era eso lo que me daba temor. Con el tiempo, uno se hace humilde y aprende a poner las cosas en perspectiva. ¿Quién era yo para matar?

¡Ese es el trabajo de los dioses y los jueces!

Yo no tengo autoridad ni capacidad para juzgar la vida de alguien. No tengo la moral para arrebatar otra vida. Ya no.
Me da miedo matar y causar la misma pena que quisimos evitar.
Me da miedo matar y luego, al acercarse mi juicio particular ser encontrada arrogante y ser desechada por la reina de los muertos, y no morir en paz. Y dormir con los ojos abiertos para siempre, siempre recordado aquello que fue mi pena y mi juicio.

Y no me saco de la cabeza el hecho de que el tabernero me ha ofrecido refugio. ¡A mí! a una rata fría e inmóvil cuya vida deshonrada no vale nada.
¡Oh, benditos los ignorantes y este pueblo donde nadie me conoce!
No sabe que me debato por correr y proteger al muchacho cuyo pecado es simplemente ser impertinente. Y aun así,  no lo hago. No lo hice. No sé por qué.


Y aun con todo lo que sucedía, no fui ajena a mirar lo que pasaba. No era la única en esa situación; o al menos eso fue lo primero que pensé. No muy lejos de mí, otra silueta encapuchada de esbelta contextura y estatura mediana miraba atentamente lo que acontecía. No podía verle el rostro, pues sus ropas me lo impedían pero su cuerpo hablaba del mismo temor y la misma duda que yo poseía. O al menos eso quería pensar. Sin querer, clavé los ojos en su espalda. Esa espalda fina y estática. Fría; y mis pensamientos volaron otra vez.


¡Alto! –Gritó un hombre con la voz como un trueno, dejándolo todo en silencio y  quieto.
Sé muy bien que los que están peleando muy seguramente están aquí por mi oferta de trabajo, y aquí estamos para hablar y formalizar el empleo, no para pelear. Quien siga interesado en escuchar mi oferta, que pida una bebida y se acerque a mi mesa. –

Durante unos minutos todo fue confuso. El joven que estaba siendo víctima del ataque de los asquerosos ladrones cayó al suelo y los rudos “calvos” le dieron la espalda. Todas las miradas se posaron ahora en el extraño aquel que levantando la voz nos había llamado a detenernos.

“Otro idiota.” Pensé. Y con nervios apreté el vaso vacio en mi mano al punto que mis nudillos comenzaron a doler sin despegar la vista de la encapuchada. Quizás 5, quizás 10 minutos pasaron antes de que el asqueroso tugurio comenzará a vaciarse y se quedaran aquellos que interesados se acercaron al hombre, que luego de su tremendo poder de convocatoria y que con sólo con su voz había despedido a más de la mitad de los comensales ya no parecía “tan idiota.”

El hombre repitió su ofrecimiento y al ver los ánimos en el lugar más relajados yo misma me comencé a relajar. Ya había estado antes en situaciones similares, pero nunca tan insegura de poder salir a voluntad.

-¿Ya puede servirme ese otro trago?- le dije al cantinero forzando un tono de voz relajado. –El hombre de la mesa paga; es eso lo que le preocupaba, ¿No es así?

De mala gana me sirvió el mismo licor en el mismo vaso y luego preparó las bebidas para llevarlas a la mesa del hombre misterioso. Aproveché este momento en que nadie me prestaba atención para asegurarme de que el ladrón al que había seguido siguiera en el lugar y fue aquí que noté que también tenía la cabeza rapada, sin duda eran una pandilla. “Niños jugando a los asesinos.”

Aproveche también los lentos y nerviosos pasos de la persona en la capucha que furtivamente mantenía un perfil bajo, acercándose pero no demasiado a la mesa del hombre misterioso, guardando si distancia. Cuando por fin pude ver su rostro, lo que vi me dejó el corazón helado.

Bajo su manto, sus ojos me regresaron los míos. Era una mujer joven con características innegables de una herencia animal. “¡Un Hörige!” pensé. Y su rostro joven y sus ojos vivos e interrogantes me llevaron al pasado, y en ellos me vi a mi misma, hacía años, cuando no había perdido tanto. Cuando aun podía sonreír. A la edad que posiblemente tenía la joven, tenía un amo; un viejo del “Punto Rojo” que era todo para mí; por el que hubiera dado todo.

¿Qué puedo decir? Con el tiempo aprendí a la fuerza que mi raza está condenada al servicio. Como si desde que naciéramos tuviéramos un fuerte rasgo a pertenecer a una manada o a un señor y que a pesar de poder ser libres y vivir para bajo nuestros propios términos, nuestra existencia no se encuentra llena a menos que sirvamos a algo más. Alguien más grande, una causa superior.

“Emancipación.” No.

Fui obligada a libertad. Yo no la quería; fui arrastrada a vivirla.
En Zhakesh, bajo la tutela del conde y en compañía de los hermanos cuchillas encontré lo que perdí hace tiempo; ahora de nuevo sola estaba vacía.

Una sensación cálida me sobrecogió el corazón. Miré en derredor buscando entre los presentes aquel que fuera el señor de esta joven o a aquel que fuera parte de su manada. Nada. Estaba sola. Como yo. Y de nuevo, el frío. El terror de verla sola y sin saber que hacer.

La desesperación apareció con la preocupación. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que caer aquí? Tan joven. Inmediatamente sentí la obligación, la necesidad de protegerla. Tomarla bajo mi capa y llevarla lejos a un lugar seguro; pero me engañaba.

No era a ella a quien quería proteger. Era a mí. A la Khiryn de  hace años, a la Hörige que perdió a su familia.

Sentí el deseo de tomarla del hombro y decirle que contara conmigo. Pero no lo hice. Me dio miedo la idea de dejarla caer. Todo lo que había querido me había sido arrebatado, todas las personas que fueron importantes eran alejadas de mí. Morían. “Tu no.”

Y mientras el hombre de la capucha llevaba la conversación y hablaba para el público, decidí que  esa criatura “no.”
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Huli el Miér Nov 26, 2014 7:53 am

La voz de Huli era casi un susurro en medio de todo el tumulto del lugar, sus delicados y empolvados pies muy apenas rozaban la superficie de madera, a veces parecía flotar o danzar en vez de caminar. Un aura de timidez la cubrió en el preciso momento en el que el cantinero le pedía dirigirse detrás de la barra, pero Huli no lo hizo por dos razones, una: No conocía al sujeto; y dos: no solía seguir “recomendaciones” de desconocidos. Frunció el ceño ladeando la cabeza de forma canina, levantó una ceja y entonces… el espectáculo estaba por comenzar.

Huli dio la media vuelta pegando su espalda contra la barra, una de sus manos tocó el yumi como si estuviese lista para atacar, pero no lo hizo y no lo hizo por que desconocía le lugar, desconocía a los presentes y lo más importante, desconocía la situación y el origen del aparente pleito que estaba por comenzar. Asustada pero con la mirada fija en lo que sucedía recorrió la barra por la orilla hasta quedar en un rincón, su corazón latía rápido y fuerte y tuvo que agacharse en un par de ocasiones y ladear el cuerpo cuando notó que tanto botellas como tarros y vasos salían volando en diferentes direcciones, disparados probablemente por el furor de la recién comenzada riña.

Huli se preguntaba una cosa en ese momento ¿Por qué peleaban esos hombres? Se había percatado de que uno y uno sólo en particular había “pedido” la pelea y era algo que la cambiaformas no comprendía ni en lo más mínimo ¿Acaso era divertido para los humanos buscar pleitos? Los animales lo hacían pero siempre habían dos razones: territorialidad y apareamiento, y en esa última realmente no se buscaba, era algo que tenía que hacerse como competencia para ganar a la mejor hembra, cosa que claro, Huli también desconocía ya que seguía siendo una cachorra, o al menos lo era como zorrina.

Y aún con aquel tumulto lleno de bullicio y escándalo la chica de curioso cabello “canoso” buscaba algo que le diera un indicio de que se encontraba en el lugar correcto, y ¿Cuál era el lugar correcto? Era un lugar donde alguien ofrecía dinero a cambio de “trabajos sencillos”, así que alzando la cabeza y olfateando Huli buscaba “algo” aunque en realidad no sabía que, observó al cantinero, observó a otra persona en la barra y observó a todas partes pero nada, finalmente el silencio gobernó en el lugar tras el potente grito de un hombre un “¡Alto!” resonó en el lugar y Huli sin darse cuenta había “levantado” sus orejas humanas y alzado el rostro en posición de alerta, tal como lo hacían los animales, escuchó paciente las palabras del hombre y sonrió para sí misma, pues ese hombre era la persona la que buscaba.

Ante la frase “que pida una bebida y se acerque a la mesa” Huli no supo exactamente a lo que se refería, observó curiosa y desorientada a todos y volvió a observar al cantinero o más bien observaba lo que el cantinero estaba haciendo, vio cómo servía algo que parecía ser agua sucia en un vaso y se dio cuenta de que lo que había servido otra persona lo estaba tomando, observó entonces a la persona, llevaba una capucha y Huli no había prestado mucha atención en su físico, lo que estudiaba eran las acciones que hacía pronto se dio cuenta de que estaba “observándola de más” parpadeó unas cuantas veces, bajó la mirada y giró el rostro en otra dirección, había decidido no pedir nada y dirigirse simplemente a la mesa.

Se abrió paso suavemente entre las sillas se apoyó en una columna de madera como si estuviese escondiéndose de la comunidad, sus ojos observaron a cada uno de los presentes de forma breve, pero se posaron un poco más de tiempo en el joven que había comenzado la riña pues seguía preguntándose lo de hacía breves segundos. Pasados unos cuantos minutos fijó de lleno la mirada en el hombre que conversaba en voz alta, todo iba bien hasta el momento en el que sus oídos se cruzaron con una frase “Capturarlos, sacarles información y matarlos”. Dubitativa Huli miro directamente al suelo y tras preguntar el sujeto si alguien tenía una duda la cambiaformas sin pensarlo dos veces dio tres pasos al frente respiró profundo e hizo una pregunta que quizás al resto le pareció por demás estúpida…

-¿Por qué tendrían que morir? ¿Por qué razón?-

Su voz era suave, casi tierna pero con determinada fuerza natural, sus pálidos ojos se centraron en el encapuchado y su pecho se movía al ritmo de una lenta y cautivadora respiración. Era curioso observarla pues su yumi le llevaba por poco más de la mitad de su estatura total, parecía una niña pequeña, delgada… si, muy pequeña. Pero a pesar de su estatura su porte hacía saber que ella para nada se sentía “diminuta”.








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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Devargo Adacassim el Jue Nov 27, 2014 9:02 pm

El nigromante reaccionó ante el ataque por parte del grupo de pelados hacia el muchacho. No llegó a ejecutar ningún tipo de acción para proteger al chico, sin embargo no dudó ni un solo instante en clavar en el suelo el bastón que sujetaba con la siniestra y canalizar una cantidad nimia de esencia en la mano contraria. Le encantaba la sensación de antes de lanzar un hechizo, primero un calor constante recorriendo las venas de su brazo y concentrandose en la mano hasta alcanzar la yema de los dedos los cuales le daban la sensación de que iban a comenzar a arder en cualquier momento. No lo hacía por el muchacho, quien tan solo recebiría una paliza bien merecida y se largaría con los pies por delante, si no que en caso de que aquellos individuos se volviesen mas violentos de lo normal al menos podría neutralizar a uno de ellos y con algo de suerte intimidar a los demás.

No fue necesario. El grito del tipo que ahora se encontraba de pie, cuyo rostro aún era incapaz de vislumbrar, fue suficiente como para parar por completo la batalla campal que pudo haber sucedido en cuestión de segundos. Al nigromante le pareció increible como la voz de solo aquel hombre fue capaz de convencerlos a todos de pararse, incluso él mismo se encontraba ahora mas aliviado por no tener que hacer uso de sus hechizos. E incluso Dory, su mascota, la cual en mitad de la trifulca decidió hacerse la muerta ahora se volvía a unir bajo la tela que la cubría para subirse en las piernas de su amo una vez este se sentase. Pero antes el hombre necesitó de un minuto para dejar de concentrar la esencia que ahora se encontraba en sus dedos dispuesta a hacerle daño a alguien, primero expandirla en su mano y lentamente devolverla lentamente por sus venas para que fluyese de nuevo por todo el cuerpo.

Ya sentado y acompañado de su mascota escuchó atentamente las palabras del encapuchado. Mientras las palabras fluian a su alrededor se concentró en dos nuevos hombres cuyo rostro no hubo identificado segundos antes, probablemente porque aquellos que ocultaban su rostro llamaron mas la atención del nigromante, pero sin duda eran dignos de permanecer en su memoria. Un elfo y un humano que al igual que él decidieron coger sitio para atender mejor. Si tuviese que elegir a uno de los dos sin duda se decantaría por formar equipo con el elfo, conocía el cuerpo de los humanos como el que más y hasta la fecha jamás tuvo la posibilidad de reanimar el cuerpo de un elfo fallecido. En ese instante se preguntó "¿Es malo que ante la muerte de alguien tan solo me preocupe por lo que tendrá en su interior?" Para nada.

El caballero se encontraba en el cuarto lugar de interés. Mientras que el segundo y el tercero lo ocupaban la única chica que formuló una pregunta y el otro -u otra- encapuchado, respectivamente y cuya posición podía variar una vez los conociese mejor. ¿Qué por qué el guerrero estaba en el cuarto puesto y no los demás? en apariencia parecía ser el mas eficiente como guardaespaldas y un formidable aliado. El resto de integrantes de la reunión ni siquiera entraban en su lista y el tipo encapuchado era quien pagaba.

-Yo tengo unas preguntas -se dignó a decir. Por un instante se arrepintió de sus palabras, no estaba acostumbrado a hablar en público pero era un todo o nada y nadie parecía estar dispuesto a preguntar-. ¿Es esto una especie de cacería o tan solo necesitamos reunir la información que nos den y dejar de matar? una vez muertos ¿importa lo que hagamos con los cadáveres y sus pertenencias? -no se dio cuenta de lo insensibles que resultaban sus palabras, así que el nigromante continuó intentando mantener un tono neutro y pausado-. ¿Tiene alguna pista, sospechosos, rumores o iremos dando palos de ciego? Por supuesto la mas importante ¿cuanto será el pago por nuestros servicios? y por último, y posiblemente mas irrelevante pero la curiosidad me puede, ¿quien es usted? ¿qué gana con esto? -no supo si el hombre respondería a este último interrogante pero Devargo retiró la máscara y la capucha que cubrían su rostro. Si quería algo debía dar algo-. Mi nombre es Devargo, no tengo problemas con matar pero al menos me gustaría tener todas mis dudas resueltas.

De ese modo permaneció en silencio máscara en mano. No destapó a su mascota hasta el momento y por supuesto no mencionó su oficio, podían conocer su rostro y su nombre pero desvelar mas información de lo normal a cambio de nada era, para resumir, una estupidez. Echó un par de miradas furtivas a aquellos que ocupaban su "lista de prioridades" y permaneció inmovil esperando una respuesta o algún que otro interrogante más por parte de sus "compañeros".
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Riiviö Henkilö el Sáb Dic 06, 2014 7:39 pm

Y de repente, todos se encontraban rodeados en aquella sala mugrienta, o más bien arrinconados. La sala estalló en un mar de ruidos y gritos cuando la puerta cayó derribada al suelo y una veintena de fornidos y bien armados guardias de la ciudad entraron por la puerta con lanzas y alabardas, colocándose todos en el otro lado de la taberna y apuntando con sus peligrosas y amenazantes armas a los integrantes de aquella clandestina reunión. El tabernero se quedó congelado, mirando hacia lo que tenía enfrente detrás de la barra, como si se hubiera quedado congelado por el terror. La situación era tensa, peligrosa, y si no se tomaba con precaución la situación en la que todos se encontraban, podían quizá correr el riesgo de salir mal parados, y en un caso peor, perder la vida.

El hombre encapuchado se levantó, mirando fijamente hacia la guardia, con total decisión. Parecía estar casi extasiado con la situación.


__________________________________________________________________________________

En el instante en el que la pequeña joven con rasgos salvajes y hermosos hizo la pregunta, una oleada de carcajadas llenó la estancia. Risas, golpes en las mesas con los puños cerrados y pies que resonaban con fuerza en la madera que componía el suelo que pisaban. El grupo de los calvos empezó a reir con fuerza mientras miraban a la joven, e incluso de ellos podía jurarse que se le empezaban a escapar unas cuantas lágrimas mientras carcajeaba sin ningún reparo. El hombre con entradas calmó un poco su alegría y se dirigió a la muchaha de manera no muy educada.

- Mira, gatita. - Pronunció a duras penas aún resoplando entre palabra y palabra por su repentina risoterapia. - Estoy casi seguro de que el señor que tenemos enfrente se refería con preguntas a lo que realmente nos concierne como si se sospecha que sean muchos guardas y averiguar así la peligrosidad del trabajo, cuanto se nos paga por cabeza y si dispondremos de una salida de la ciudad rápida y eficaz tras cumplir lo que se requiere de nosotros. Dudo que matarlos o no sea una excepción, mocosa. - Entre ellos se miraron maliciosamente y, el que anteriormente lloraba de risa, tomó la palabra. - ¿Por qué mejor no te largas y evitas una muerte prematura metiéndote en negocios que aún no puedes afrontar?

Tras aquella incómoda e hilarante escena a partes iguales, otro encapuchado que se retiró la máscara que llevaba puesta, empezó a hacer todo tipo de preguntas y, esta vez un tanto más interesados en las respuestas, la mayoría de los presentes empezaron a agudizar los oídos y mirar con curiosidad la charla. Para cuando aquél chico terminó de exponer su larga lista de preguntas, otro de los alopécicos se dispuso a congratular la estancia con un "ingenioso" comentario sobre la ansia de preguntas sin espacio para respuestas por parte del encapuchado de ojos azules.

- La información que buscaréis es que os digan más nombres de guardias que trabajen en una especie de organización criminal por parte de algunos de la guardia de Phonterek. Encontrar a uno, interrogarle por sus movimientos y más localizaciones o nombres de los suyos y luego se le mata. Tras eso, es repetir una y otra vez hasta que no quede ninguno. - Para responder la siguiente pregunta, se tomó su calma. Momentos atrás cuando Devargo preguntó si importaba que hicieran con los cadáveres tras el trabajo, casi pareció que el encapuchado se repugnaba o lograba controlar una rabia interna lo más rápido que pudo, cosa que sólo se pudo reflejar en los leves espamos físicos o en el movimiento de sus telas. Sólo los más espabilados y perspicaces pudieron percatarse de un hecho tan simple y con esfuerzo, oculto. - No, no... no importa lo que hagáis con los cadáveres o sus pertenencias después. - Tras otro comentario ingenioso hacia Devargo por parte de los mismos de siempre sobre si su afán por cadáveres era más bien romántico que otra cosa, el encapuchado continuó respondiendo. - No tengo sospechosos, empezaréis investigando por vuestra cuenta. El pago son 5 monedas de oro por cada uno de vosotros que sobreviva tras finalizar el trabajo, dos monedas de plata por cada cabeza que me traigáis y una por información que lleve a otros malnacidos. Sobre quien soy...

No pudo terminar la frase, puesto que tras los acontecimientos anteriormente descritos, todos fueron rodeados por hombres con armaduras y armas de aspecto caro y resistente. El encapuchado se levantó, el cual se encontraba en la esquina, justo entre los mercenarios y la guardia, y dejó caer la capucha hacia atrás mientras un hombre de pelo corto y castaño, unos ojos saltones y una sonrisa amplia se mostró ante todos.

- Bien, caballeros, me temo que nuestro negocio se ha acabado aquí. Quien venga con nosotros sin dar problemas tendrá una muerte rápida e indolora, y bueno, quien se imponga... creo que no hace falta responder lo que sería la antítesis de la anterior oferta. - ¿Estaba loco acaso? ¿Cómo tenía los huevos de traicionar a un mar de asesinos y ladrones que, aunque estuviesen rodeados de guardias, le tenían a menos de un paso y un brazo estirado de su blanco cuello? Eso mismo pensó Riiviö mientras se lanzó directamente hacia aquél hombre que les había tendido una trampa a todos, saltando encima de las mesas y abalanzándose hacia él con la espada en la zurda, a punto de practicar un corte vertical empezando por la cabeza del encapuchado que había sentenciado a muerte a una docena de hombres y mujeres armados hasta los dientes, y que a su vez estos tenían a una veintena de guardias preparados para ensartarlos después.
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Re: Un trabajo más.

Mensaje por Huli el Jue Dic 11, 2014 10:20 am

En cuanto a Huli algo era seguro… ella no sabía tratar con hombres tan bestiales como los ahí presentes (en realidad nunca lo había hecho), pronto se dio cuenta que estaba en medio de un mar de asesinos violentos, cazadores sin escrúpulos, humanos sin valor ético alguno, al menos así los llamaba la anciana.Todos los ahí presentes eran como los asesinos de la esposa de su antiguo amor jamás correspondido, la zorra blanca sintió un vuelco en el corazón que le hizo erizarle la piel, la pupila de sus ojos se contrajo por completo haciéndole ver unos casi pálidos ojos azules, su cuerpo emanaba hormonas llenas de ira, una ira que sabía no podía liberar… una ira que se resguardaba para volverse paz y pensamiento… entonces ¿Qué estaba haciendo Huli ahí? Ni ella misma lo sabía.

Al escuchar las risas de todos los ahí presentes Huli no entendía ni en lo más mínimo el porqué de su risa, incluso giró la cabeza en un tono dubitativo “¿Por qué se ríen? ¿Dónde está la gracia? No entiendo nada…” Era lo que pasaba por su cabeza, mirara a donde mirara todos se reían, todos se burlaban, pero ella no comprendía el sarcasmo en sus tonos de voz o la malicia en sus carcajadas, tras unos cuantos segundos se dio cuenta que su pregunta no había sido del todo correcta, ella quería saber ¿Por qué razón habría de matarlos? Huli no mataba sin razón alguna y del poco tiempo que llevaba en Noreth como humana no comprendía del todo lo correcto de lo incorrecto, sólo sabía que cuando se mataba a alguien era por una razón, fuera por subsistir, por defensa propia o para defender a alguien más, o fuera para proteger algo, siempre había una razón y ese hombre de ahí no le había dado la razón del porqué, llegó a la conclusión de que la mayoría de los presentes jamás la comprenderían, que tendrían parte de la cabeza vacía esa parte que los hacía ser seres racionales.

Ante las palabras del hombre que se dirigió a ella Huli se quedó ahí parada mirándole desde su corta altura con curiosidad, giró la cabeza dos veces consecutivas y parpadeó, poco después frunció el ceño un tanto molesta y musitó algo casi imperceptible. –No soy un gato…- Se sintió cohibida, agredida, sintió el mismo sentimiento que se manifestaba cuando se encontraba enjaulada tratando de buscar una salida… fúrica, impasible, y  violentada, bajó la cabeza sin quitar la mirada del hombre y frunció el ceño en un gesto de molestia, ante las palabras de otro hombre giró la cabeza se apartó del sitio donde se encontraba y tomó un asiento a un  rincón cerca de la barra del lugar se había dado cuenta que eso de “ganar dinero fácil” quizás no sería del todo tan fácil, colocó su yumi en la mesa mientras escuchaba las palabras de otro joven humano presente, al parecer sus preguntas eran de mayor interés para los demás.

Desde su asiento en el rincón y a pesar de todo atenta, Huli comprendió otra cosa, comprendió la razón del porque matar a esa gente “ganancia” en ese momento muchas dudas se le hicieron presentes ¿Era correcto matar para ganar algo? Ella lo relacionaba de la siguiente manera ganar=subsistir pero ¿Era así como solía hacerse entre los humanos? ¿Una ganancia era una razón para matar? Supuso que dependía de la ganancia, lo pensó por un instante y diose cuenta a sí mismo que todo aquello estaba plagado de egoísmo y arrogancia, se había perdido por un instante en sus propios pensamientos por varios minutos, sin embargo algo logró sacarla de su mundo un estruendo seguido por varios gritos. Huli reaccionó al instante levantando la cabeza y colocándose de pie, se vio envuelta en una desorientación compleja ¿Qué había sucedido? De pronto el hombre que los había unido ahora parecía entregarlos a otro grupo de personas… Los humanos sí que eran raros y mucho, y diose cuenta de otra cosa, los hombres también usaban trampas para cazarse a sí mismos y lo que había sucedido hacía pocos momentos no había sido más que un señuelo para cazarlos.

Se quedó parada por breves momentos sin decir nada, sin moverse, sin si quiera mirar a alguno de los guardas, tomó su yumi y muy despacio se coló por debajo de la mesa, a decir verdad debido a su estatura todos los demás la cubrían, la única manera de observarle era brincando entre toda aquella horda de asesinos calvos. Una vez debajo de la mesa se quedó hincada y pensativa por breves segundos, intentó analizar la situación y se dio cuenta que no podría usar su yumi en ese espacio tan pequeño, aun así su pequeña complexión seguía siendo una ventaja… o una desventaja, miró al suelo, observó por entre las mesas, no necesitaba ser humana o saber mucho más de lo que había visto para darse cuenta de que lo que se avecinaba era una gran trifulca entre “manada y manada” y las peleas entre manadas no eran muy buenas… no, nunca eran buenas.

Justo después de haberse sumergido entre las mesas Huli observó como uno delos presentes se abalanzaba sobre el hombre que les había tendido la trampa, y no faltaba mucho para que unos contra otros comenzaran a enfrentarse. Comenzó a respirar un tanto agitada no por el miedo, sino por lo absorta de la situación ¿Hacía donde se dirigiría? Viendo que la barra se encontraba muy cerca y aprovechando la probable trifulca que estaba por comenzar, Huli marchó a hincadas entre las mesas hasta llegar a la barra, al menos eso quiso intentar, quería llegar al otro lado donde tomaría su forma zorruna para liberarse de la situación, no estaba del todo segura si alguien la vería o no, al menos por ese instante repleto de tensión y peligro. Huli estaba muy segura de algo, estando en su forma zorruna se le iba a hacer más fácil escabullirse para librarse de los golpes…








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